The Project Gutenberg eBook of Teatro selecto, tomo 1 de 4 This ebook is for the use of anyone anywhere in the United States and most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included with this ebook or online at www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you will have to check the laws of the country where you are located before using this eBook. Title: Teatro selecto, tomo 1 de 4 Author: Pedro Calderón de la Barca Commentator: Marcelino Menéndez y Pelayo Release date: March 26, 2017 [eBook #54436] Language: Spanish Credits: Produced by Josep Cols Canals, Ramon Pajares Box, and the Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This book was produced from images made available by the HathiTrust Digital Library.) *** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK TEATRO SELECTO, TOMO 1 DE 4 *** Produced by Josep Cols Canals, Ramon Pajares Box, and the Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This book was produced from images made available by the HathiTrust Digital Library.) NOTA DE TRANSCRIPCIÓN * Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS. * Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar. Para su detección se han tenido en cuenta otras ediciones de estos dramas. * Se ha respetado la ortografía original, normalizándola a la grafía de mayor frecuencia. También se han respetado las inconsistencias en la acentuación. * No obstante, se han incorporado los siguientes cambios: p. xvii: Bolh de Faber → Böhl de Faber p. xlvii: Copavacana → Copacabana p. 335: ESCENA VI. → ESCENA IV. * Se han reparado los emparejamientos de los signos de admiración e interrogación. * Las notas a pie de página se han renumerado y colocado tras el párrafo o la estrofa en que se encuentra la llamada. * En el original impreso, las indicaciones escénicas se distinguen del texto principal por su menor tamaño. En esta transcripción se presentan en cursiva. TEATRO SELECTO DE CALDERON DE LA BARCA. BIBLIOTECA CLÁSICA. Doce reales cada tomo en toda España. OBRAS PUBLICADAS. Tomos. HOMERO.—_La Ilíada_, traduccion directa del griego en verso y con notas de D. José Gomez Hermosilla. 3 CERVANTES.—_Novelas ejemplares y viaje del Parnaso._ 2 HERODOTO.—_Los nueve libros de la historia_, traduccion directa del griego, del padre Bartolomé Pou. 2 ALCALÁ GALIANO.—_Recuerdos de un anciano._ 1 VIRGILIO.—_La Æneida_, traduccion directa del latin, en verso y con notas de D. Miguel Antonio Caro. 2 — _Las églogas_, traduccion en verso, de Hidalgo.—_Las geórgicas_, traduccion en verso, de Caro; ambas traducciones directas del latin, con un estudio del Sr. Menéndez Pelayo. 1 MACAULAY.—_Estudios literarios._ 1 — _Estudios históricos._ 1 — _Estudios políticos._ 1 — _Estudios biográficos._ 1 — _Estudios críticos._ 1 Traduccion directa del inglés de M. Juderías Bender. QUINTANA.—_Vidas de españoles célebres._ 2 CICERÓN.—_Tratados didácticos de la elocuencia_, traduccion directa del latin de D. Marcelino Menéndez Pelayo. 2 SALUSTIO.—_Conjuracion de Catilina._—_Guerra de Jugurta_, traduccion del infante D. Gabriel.—_Fragmentos de la grande historia_, traduccion del Sr. Menéndez Pelayo, ambas directas del latin. 1 TÁCITO.—_Los anales_, traduccion directa del latin de don Cárlos Coloma. 2 PLUTARCO.—_Las vidas paralelas_, traduccion directa del griego por D. Antonio Ranz Romanillos. 5 ARISTÓFANES.—_Teatro completo_, traduccion directa del griego por D. Federico Baráibar. 2 POETAS BUCÓLICOS GRIEGOS.—(_Teócrito, Bion y Mosco_). Traduccion directa del griego, en verso, por el Ilmo. Sr. D. Ignacio Montes de Oca, Obispo de Linares (Méjico). 1 MANZONI.—_Los Novios_, traduccion de D. Juan Nicasio Gallego. 1 ESQUILO.—_Teatro completo_, traduccion directa del griego, con notas, por D. Fernando Brieva Salvatierra. 1 QUEVEDO.—_Obras satíricas y festivas._ 1 DUQUE DE RIVAS.—_Sublevacion de Napoles._ 1 MADRID.—IMP. CENTRAL Á CARGO DE VÍCTOR SAIZ, COLEGIATA, 6. BIBLIOTECA CLÁSICA TOMO XXXVI TEATRO SELECTO DE CALDERON DE LA BARCA PRECEDIDO DE UN ESTUDIO CRÍTICO DE D. MARCELINO MENÉNDEZ PELAYO TOMO I DRAMAS RELIGIOSOS Y FILOSÓFICOS LA VIDA ES SUEÑO. LA DEVOCION DE LA CRUZ. EL MÁGICO PRODIGIOSO. EL PRÍNCIPE CONSTANTE. MADRID LUIS NAVARRO, EDITOR COLEGIATA, NÚM. 6 1881 ESTUDIO CRÍTICO. Justa y noble cosa es que los pueblos honren la memoria de sus grandes poetas; pero si he de decir lo que siento, ántes me parece funesto que útil el entusiasmo oficial y la devocion obligada, que produce los aniversarios y centenarios, con el obligado cortejo de músicas, carros triunfales, pompas y apariencias, versos y justas poéticas. Aun lo bueno sobre un mismo asunto empalaga, cuando es demasiado: ¿qué será cuando en la turbia corriente de tales solemnidades rueda tanto de mediano y áun de malo? La secta de los cervantistas acabaria, á no ser tan grande el personaje á quien injurian y apedrean, por hacer aborrecible hasta el nombre de Cervántes en la memoria de las gentes. ¿Quién sabe si conseguirán otro tanto los calderonianos, á fuerza de sacrificar en las aras de su autor favorito todas nuestras glorias dramáticas? No sé á punto fijo en qué consiste, pero hay en el fondo de toda alma verdaderamente artística algo que se rebela contra las admiraciones convencionales, de ritual ó de reata, un secreto espíritu de reaccion contra todo fetiquismo, y de protesta contra gárrulos encomios. De aquí que los espíritus delicados y que sienten y aman desinteresadamente la hermosura, se refugien en el culto íntimo y solitario de otros autores más modestos y olvidados, á quienes suele llamarse _de segundo órden_ por lo mismo que andan ménos profanados en bocas de necios, y porque han logrado la muy apetecible fortuna de no llevar tras sí una turba ignara de admiradores y devotos. Quizá parezcan demasiado amargas las palabras que llevo escritas, pero no cabe en mi ánimo el decirlas más halagüeñas, ni el esperar nunca gran cosa de estas apoteósis semi-paganas, que poco han de regocijar en la otra vida á tan cristiano poeta como Calderon. Como quiera, parece que el más digno tributo que en tal ocasion puede ofrecerse á su gloria terrena es una nueva edicion de sus obras. Y por desgracia, las ediciones no abundan, ni en todo rigor crítico las mismas que hay satisfacen. Expuestos estamos á que cualquier extranjero, atraido á Madrid por el ruido y baraunda que á propósito de Calderon estamos haciendo, recorra en vano nuestras librerías sin encontrar otra coleccion asequible de las obras de autor tan famoso (en cuyo honor quemamos fuegos de artificio y encendemos luces de Bengala) sino la que forma parte de la _Biblioteca de Autores Españoles_, de Rivadeneyra. Si desea otra de más cómoda lectura y letra ménos apretada, tendrá que acudir á Leipzig en busca de la de Keil. Si no quiere ó no puede, por falta de tiempo, enterarse de toda la inmensa balumba de comedias y autos del poeta, y prefiere una edicion de sus dramas selectos, se fatigará en vano, porque hoy es el dia en que, á pesar de tantas bocanadas de humo y tantos ditirambos en loor de nuestro gran poeta nacional, áun tiene casi intacta en sus almacenes la Real Academia Española la impresion de los dos primeros tomos de dramas escogidos de Calderon, que empezó á publicar en 1868, y que en vista de tal indiferencia del público, no ha pasado adelante. Bueno es ensalzar á Calderon y hacer versos y prosas en conmemoracion suya, y colgar de nuestros balcones retales de percalina, cual si se tratase de festejar la entrada de un héroe patriótico y libertador; pero áun fuera mejor leer y estudiar sus obras, y razonar un poco nuestras admiraciones _à priori_. Aunque nos duela decirlo, los mejores trabajos críticos acerca de Calderon, los de Schack, Rosenkranz y Schmidt, han salido de Alemania: el único texto críticamente impreso de una comedia suya le ha publicado un frances, así como ántes otros extranjeros vinieron á enseñarnos y á defender contra nuestros críticos que Calderon era un gran poeta, cuando aquí le teníamos por un bárbaro. No todo se puede hacer en un dia, pero gran principio de remedio es conocer el daño. Y por eso entiendo que lo primero y más útil es popularizar la lectura de Calderon, para que el vulgo de las gentes, y áun el vulgo literario, no le juzgue de oidas y por adivinacion, sino atendiendo á lo que en sí mismo vale y significa. Por eso esta BIBLIOTECA CLÁSICA, ya que por su objeto y condiciones no puede honrarse con una edicion completa de D. Pedro Calderon de la Barca, publica hoy en cuatro volúmenes lo más selecto de su teatro, convenientemente ordenado y metodizado. La ocasion parece oportuna para refrescar algunas ideas acerca del autor y de su mérito dramático. I.—Vicisitudes de la crítica calderoniana. Calderon, de igual suerte que Lope, no obtuvo en su tiempo más que alabanzas, ni hay ejemplo de popularidad igual á la suya, como no sea la del Fénix de los ingenios. Y áun me atrevo á decir que fué más honda y sobre todo más duradera la de Calderon, como que á los erráticos vuelos y facilidad abandonada del padre de nuestro teatro sustituyó una concepcion dramática, si ménos ámplia y rica, más una y consistente, y asimismo más española, aunque más estrecha: tan española y tan del tiempo en que floreció, como que Calderon vino á ser el poeta nacional por excelencia: lauro honrosísimo, aunque se compre á costa de un poco de personalidad, y lauro tal que sólo suelen alcanzarle los autores de las primitivas epopeyas ó los ingenios afortunados que, como Dante, cogen una sociedad y una lengua en mantillas, y modelan á su gusto la literatura y la lengua. Pero el hacerse poeta popular cuando ya se ha fijado la lengua, y cuando la literatura de un pueblo ha llegado al punto culminante de su desarrollo, sólo suele alcanzarse por medio de la dramática; y como en el mundo andan siempre revueltos los bienes con los males, trae consigo (por lo general) á la vez que cierta abdicacion del sentir y del pensar propios, una triste sujecion á las formas convencionales y á los gustos del público, lo cual si hace al poeta personaje semi-sagrado entre los de su tiempo y raza, suele perjudicarle para lo futuro, sobre todo en el concepto de los extraños, y áun hacerle ininteligible, quitándole esa universalidad que da vida y juventud perenne á Shakespeare y á Cervántes, por ejemplo. Algo de esta fatalidad pesa sobre Calderon, pero no del todo, puesto que de él se admiran por la crítica de todos los países las concepciones y los asuntos (indicio seguro de vigorosísimo entendimiento), aunque logre ménos aplauso la ejecucion, que así en los aciertos como en los lunares, es muy española y muy del siglo XVII, ya decadente. Como quiera, repito que nuestro poeta fué gala, entusiasmo y regocijo de su siglo, no sólo durante su vida larga, quieta, serena y siempre honestamente ocupada, sino despues de su muerte, que produjo un verdadero duelo nacional, siquiera tomase éste formas más solemnes y graves que las que sirvieron para honrar la memoria de Lope. La escuela de éste áun habia experimentado lucha y contradicciones; pero en tiempo de Calderon la victoria del sistema dramático independiente, español y revolucionario podia juzgarse completa. Hasta los clásicos más recalcitrantes habian cedido, y con alto espíritu estético buscaban en la Poética del Stagirita defensa y justificacion para las audacias de nuestros dramáticos, y ensalzaban el teatro español en el concepto de arte _naturalista_, puesto que, entendido rectamente el principio de la _imitacion_ ó _mimesis_, que sirve de fundamento á las enseñanzas de Aristóteles, claro es que implica no la mecánica imitacion de los modelos, sino la reproduccion de la naturaleza humana con toda la variedad y riqueza de contrastes y con la alternativa de lágrimas y de risas que ella en sí tiene, y que en la vida se muestra y desarrolla. De donde inferian que, siendo la comedia espejo de la vida humana, cumplian á maravilla con su objeto nuestros dramáticos, fieles pintores de la realidad histórica que sus ojos veian, y hábiles al par que valientes en la mezcla de los efectos cómicos y trágicos. Tal es, en sustancia, la doctrina que en modo muy dialéctico y bien trabado expusieron el catedrático complutense Alonso Sanchez de la Ballesta, grande apologista de Lope de Vega contra las detracciones de Pedro de Torres Ramila, el licenciado Francisco de la Barreda en uno de los discursos que sirven de exornacion al _Panegírico_ de Plinio (traido por él á nuestra lengua), y así otros muchos que fuera largo enumerar. Sólo reparos morales pusieron algunos escrupulosos á las comedias de Calderon, como ántes á las de Lope y Tirso. Porque si es verdad que el autor de _La vida es sueño_ y de _El Príncipe constante_, y de tantas otras joyas de la inspiracion cristiana, fué por lo general el más católico de todos los dramáticos del mundo, y aunque sea cierto de igual modo que áun en sus comedias de costumbres se abstuvo cuerdamente de las liviandades y desenfados que el fraile de la Merced habia consentido á su apicarada musa, tambien lo es que en esas mismas comedias y en sus dramas trágicos pagó largo tributo Calderon á las preocupaciones de su tiempo y de su sangre, y sobre todo á esa moral del honor, moral social y _relativa_, en muchas cosas opuesta á la moral cristiana y absoluta. De aquí no sólo tésis radicalmente inmorales como la de _A secreto agravio secreta venganza_, sino una lastimosa exageracion del espíritu vindicativo, duelista y de punto de honra. Cierto que pueden traerse circunstancias atenuantes. Así, verbi gracia, el sangriento castigo del adulterio muestra por su misma dureza y ferocidad la rareza de las infracciones, el espíritu patriarcal que aún imperaba en la familia castellana, y el dominio de la ley ética en la mayor parte de los corazones. Pero es lo cierto que el teatro de Calderon promovió ya en sus dias los escrúpulos de algunos varones timoratos, y él mismo hubo de defenderse en un papel dirigido al Patriarca de las Indias, alegando el mandato del Rey, que le hacía escribir para sus fiestas. Despues de su muerte, la aprobacion dada á la _Verdadera Quinta Parte_ de sus comedias por el trinitario fray Manuel de Guerra y Ribera, aficionadísimo, como otros frailes de su tiempo, á los espectáculos dramáticos, promovió contestaciones y clamores, que en vano quiso acallar el mismo aprobante con su _Apelacion al tribunal de los doctos_, ocasion de nueva pelamesa, en que al fin vino á quedar por los calderonianos la victoria. Censuras literarias no se hicieron de Calderon hasta el siglo XVIII. Iniciólas Luzan en su célebre _Poética_ (1737), tenida generalmente por código del gusto frances, aunque debe más á los italianos, cuyas interpretaciones sutiles y menudas de Aristóteles aceptó por completo. Luzan anduvo harto duro con el teatro español, no tanto, sin embargo, como sus discípulos. Por lo comun, acierta en la parte negativa, y no hay más remedio que darle la razon cuando censura, por ejemplo, los anacronismos y los errores geográficos de los dramas históricos, ó cuando tilda en las comedias de capa y espada el abuso de unos mismos é inverosímiles recursos, los escondidos y las tapadas, las casas con dos puertas, las riñas y cuchilladas, y aquello de no tener las voces humanas acento propio y distintivo; ó bien cuando reprueba en todo el teatro calderoniano el vicioso lujo y pompa desconcertada de diccion, el hacinamiento de incoherentes alegorías y metáforas, y la intemperancia lírica que á lo sumo, y en los momentos en que el mal gusto de la época no le vicia del todo, no pasa de _elegantissima luxuries_. De otros reparos de Luzan no se hable, y téngase por dicho que no dejó de sacar á plaza contra Calderon las famosas unidades de lugar y tiempo, de la primera de las cuales ni rastro hay en la _Poética_ de Aristóteles (como quiera que la extrema sencillez del drama griego excluia casi las mutaciones escénicas, ó, mejor dicho, tenía una escena tan ideal como el drama mismo), refiriéndose sólo de pasada, y no como precepto sino como recuerdo histórico, á la segunda, cuando dice que «la tragedia suele encerrarse en un período de sol ó le traspasa poco.» Los amigos y los discípulos de Luzan insistieron en la parte más endeble de su crítica, olvidando las amplísimas concesiones que una y otra vez hace al alto ingenio y soberana fantasía del poeta. Por el contrario, para Nasarre, Montiano y Velazquez, para el mismo Moratin el padre, ingenio español de tan buena ley, Calderon no fué más que el segundo corruptor del teatro, un salvaje delirante, digno sólo de ser aplaudido por un pueblo de bárbaros. Y no pararon aquí sus diatribas y desdenes, sino que hallando eco en las regiones oficiales, lograron en 1763 la prohibicion de los _Autos sacramentales_, como ultraje á la religion y al buen gusto. ¡Y esto lo decian los ministros de Cárlos III y los abates volterianos, saturados de las heces de la _Enciclopedia_! Ni es de admirar que para los sectarios de una poética semi-mecánica y de una filosofía rastreramente sensualista fuesen letra muerta, y áun pudiesen equipararse con el apocalíptico libro de los siete sellos, las extrañas composiciones lirico-dramáticas con que nuestros vates ensalzaron el adorable misterio de la Eucaristía. La intolerancia doctrinal se extendió hasta á las composiciones profanas, y, con asombro mezclado de risa, leemos hoy que el despotismo administrativo de aquellos leguleyos vedó severamente, á fines del siglo XVIII, la representacion de _La vida es sueño_ (quizá por haber en ella una rebelion triunfadora), la del _Príncipe Constante_, apoteósis del mártir D. Fernando, y _El Gran Príncipe de Fez_, compuesta en glorificacion de la Compañía de Jesus, motivo bastante para que la mirasen de reojo los que inicuamente habian expulsado á los hijos de San Ignacio. Ni áun los críticos de más larga vista entre los de siglo pasado, D. Pedro Estala, por ejemplo, que en los discursos preliminares á sus traducciones, harto olvidadas, del _Edipo Tirano_ de Sófocles, y del _Pluto_ de Aristófanes, tan perfectamente atinó con el verdadero carácter de la tragedia y de la comedia griegas, y declaró aquel teatro admirable pero no imitable, por corresponder á un estado social y á una concepcion religiosa tan diversos de los nuestros, no acertó á desprenderse de los resabios de preceptista en sus juicios acerca de nuestro teatro, ni á hacer más alto elogio de Calderon que el de estimarle como felicísimo constructor de intrigas dramáticas, hábil en la trama y en el enredo hasta el punto de empeñar poderosamente (aunque con interes algo pueril, semejante al que resulta de descifrar un enigma ó una charada) la atencion de los espectadores. Y con crítica todavía ménos elevada y frase que raya con lo ridículo, habló del _travieso Calderon_ nuestro eximio latinista Sanchez Barbero. ¡Y áun creeria pecar de tolerante aplicando la categoría de _travesura_ al sublime ingenio que acertó á vestir de forma dramática el problema de la razon y del libre albedrío, los triunfos de la fe y de la gracia, los furores y desatada tempestad de los celos! Pero miéntras esto pasaba en España, una reaccion profundísima, y guerra declarada contra el sistema dramático frances, se habia iniciado en Alemania con la _Dramaturgia_ de Lessing, y la victoria iba quedando por los innovadores, de quienes vino á ser poderoso auxiliar aquel renacimiento de toda conciencia nacional que respondió, como protesta, á las conquistas napoleónicas. Comenzaron á ponerse en boga las literaturas indígenas, populares y espontáneas, y tanto más, cuanto más radicalmente se apartaban del arte convencional, académico y ceremonioso de los franceses. Tras de Lessing, con sus nuevas interpretaciones de la _Poética_ de Aristóteles y sus ideas de tragedia realista y _bourgeoise_, vino Herder popularizando las canciones nacionales de muy diversos tiempos y países. Traspasó los límites de Inglaterra la devocion shakespiriana, y los dramas históricos del gran poeta inglés, sus crónicas en verso, con toda su animacion, movimiento y lujo de episodios, revivieron gloriosamente en el _Goetz de Berlichingen_, vigorosísima pintura rústica y familiar de los últimos dias de la Edad Media, y en _el Campamento de Vallenstein_ de Schiller. Hizo Guillermo Schlegel el paralelo entre el _Hipólito_ de Eurípides, y la _Fedra_ de Racine, mostrando cuánto difiere la casta sencillez de la tragedia antigua (aunque se la considere en el último y más retórico de sus modelos, en el que más tributo pagó al sentimentalismo enervador y á los recursos patéticos) del arte peinado y relamido de los salones de Versalles. Así nació el _romanticismo_ aleman, cuyo poeta fué Tieck, y cuyos legisladores son los dos Schlegel, á quienes nos complacemos en citar, á pesar del amargo dejo que en los ánimos de nuestra generacion han dejado las humorísticas chanzas de Henrique Heine. Pero nunca las chanzas fueron argumentos, ni es el humorismo sistema crítico, sino estado subjetivo, fisiológico y á veces patológico, del espíritu que ve las cosas por un sólo aspecto, y hace víctima de sus caprichos de un dia al objeto del conocimiento. Y diga lo que quiera Heine (cegado además por su odio á todo género de restauracion católica), áun está por escribirse el libro que pueda sustituir, ni en la alteza de miras, ni en lo delicado del sentimiento estético, á las _Lecciones de literatura dramática_ de Guillermo Schlegel. Miéntras otros le zahieren (sin perjuicio de saquearle), séanos lícito tenerle por una de las piedras angulares de la crítica moderna. Hoy son vulgaridades muchos de los principios que allí por primera vez se consignaron. ¿Qué triunfo más glorioso para un libro de crítica? Todo el _Curso_ de Schlegel está encaminado á la glorificacion de Calderon; aunque sólo en el último capítulo se trata de él _ex-professo_. Pero el autor no le olvida nunca, ni al hablar de la tragedia griega, ni al discurrir acerca de Shakespeare, ni al maltratar á Molière. Todas las formas dramáticas le parecen imperfectas y una como preparacion para aquella forma más alta, en que se resuelve de un modo firme y sereno el enigma de la vida humana. Al coronar con ella su edificio histórico, abandona Schlegel el tono de la crítica y prorrumpe en el más entusiasta ditirambo. ¿Era fundada del todo esta admiracion? En primer lugar, Guillermo Schlegel, y lo mismo su hermano Federico, que con ménos elocuencia desarrolló las mismas ideas en su _Historia de la literatura antigua y moderna_, desconocia casi en absoluto todo el teatro español anterior á Calderon y contemporáneo de él. De aquí el mirarle como un solitario coloso, y atribuirle todas las perfecciones y excelencias de una escuela, y poner en su cabeza la gloria de toda una literatura. Además, lo que Schlegel admira, sobre todo, en Calderon es el vigor sintético del ingenio, la grandeza de las concepciones, el espiritualismo cristiano vivo y prepotente, lo recto y justiciero del sentido moral, cualidades que en mucha parte debió Calderon á haber nacido español y católico y en el siglo XVII. Pero ¿cómo se le habia de ocultar á Schlegel que, así el sereno idealismo de Sófocles como el ardiente naturalismo shakespiriano, puntos extremos, é igualmente admirables, del arte, vencen al drama calderoniano en lo perfecto de la ejecucion, en lo eterno y universal de las situaciones y de los caracteres, en la intensidad y en lo verdadero de los afectos; viniendo á ser nuestro teatro (y especialmente el de Calderon) dentro del drama romántico é independiente, algo parecido á lo que es dentro del teatro clásico la tragedia francesa, _mutatis mutandis et servatis servandis_, es decir, con la ventaja en el nuestro del poderoso aliento nacional que le informa y da vida, haciendo olvidar, cuando se le mira de léjos, faltas y aberraciones de gusto, ligerezas de ejecucion, y aquella poética menuda y caprichosa, que todo lo reglamentaba no ménos arbitrariamente que la de las tres unidades? Ni fué sólo de los románticos el entusiasmo por Calderon. Sintióle el mismo Goethe, que llegó á ensalzar no sólo las bellezas sino los desaciertos del gran poeta, y tuvo palabras de encomio hasta para la _Hija del aire_, verdadero monstruo dramático, en que nada hay bueno sino el carácter ideal y fantástico de la protagonista, cuyo carácter se quedó en gérmen como otros muchos de Calderon. Ni hemos de olvidar tampoco que uno de los más grandes poetas ingleses, émulo de Byron, corifeo de la escuela satánica, cantor de la victoria de Demogorgon contra Júpiter, tradujo en hermosos versos ingleses (¡rara eleccion de original para un poeta ateo!) las mejores escenas de _El Mágico prodigioso_. En Alemania se multiplicaron las versiones, dando el ejemplo con las suyas, ménos literales que poéticas, Guillermo Schlegel. Hasta en la cristiandad protestante logró fervorosos admiradores el más católico é inquisitorial de los poetas. _La devocion de la Cruz_, que extasiaba á Hoffman, llegó á hacerse drama popular entre los devotos. Y al mismo tiempo, los sectarios de escuelas filosóficas no poco reñidas con la ortodoxia, verbi gracia, los hegelianos, diéronse á estudiar profundamente á Calderon á título de poeta simbólico, que en sus obras habia encarnado y manifestado peregrinas y encumbradas ideas. A esta escuela crítica, que tanto exageró el predominio de la idea sobre la forma, corresponde el estudio de Cárlos Rosenkranz acerca de _El Mágico prodigioso_, monografía hoy mismo estimable, aunque el autor extrema las semejanzas entre la obra que analiza y el primer _Fausto_ de Goethe. De Alemania han salido tambien los dos mejores trabajos históricos acerca de Calderon: el de Schack en su _Historia del teatro español_, y sobre todo el de Federico Guillermo v. Schmidt, publicado en 1857 (en Elberfield) por su hijo Leopoldo. En esta obra se examinan una por una, y con muy loable escrupulosidad, todas las comedias de Calderon y algunos de sus autos. En España ni siquiera se ha traducido este libro, cuanto más hacer otro mejor. Pero aunque tarde, hemos caido en la cuenta de que Calderon era un gran poeta, cuando ya toda Europa le tenía por tal. Con todo eso, y á despecho de los menosprecios de la crítica, habian conservado intacta su reputacion, y eran representados, con universal aplauso de nuestros padres, dramas de Calderon tan románticos como _El Tetrarca de Jerusalem_. Los mismos críticos de la escuela dominante acabaron por dar cuartel á las comedias de capa y espada, y de ellas se insertó razonable número (acompañadas de discretas observaciones) en la _Coleccion general de comedias escogidas_, impresa en Madrid por los años de 1827, y en que entendieron, con criterio bastante moderado y ecléctico, Gorostiza, García Suelto y algunos más. Por otra parte, la revolucion romántica que iniciaron Böhl de Faber en Cádiz, y Aribau y Lopez Soler en Barcelona, y á la cual con más timidez ayudó D. Alberto Lista (en sus _Lecciones de literatura dramática_ pronunciadas en el Ateneo de Madrid, y luégo en los artículos sueltos coleccionados hoy con el título de _Ensayos literarios_) contribuyó á restaurar en España los altares de Calderon, y á popularizar, aunque de un modo poco científico, algunos de los resultados de la crítica de los Schlegel. Desde entónces sonó el nombre de Calderon, como nombre de batalla, entre los románticos, y algunos le imitaron, no infelizmente, en el teatro; pero á esto y á panegíricos vagos se redujo todo el incienso que España quemó en sus aras. Gracias á la diligencia del Sr. Hartzenbusch, poseemos, coleccionado en cuatro volúmenes de la _Biblioteca de Autores Españoles_, el teatro de Calderon, si bien este texto no ha de darse por definitivo ni está exento de reparos. Quizá el Sr. Hartzenbusch no acertó siempre en dejarse guiar por el texto de Vera Tássis, reproducido por Apontes y por Keil, sobre todo cuando existian manuscritos ó ediciones hechas en vida del poeta, que nos pueden dar, si no la letra primitiva del drama, á lo ménos una leccion no tan alterada por ignorantes histriones y famélicos impresores. El prólogo que el Sr. Hartzenbusch puso á su edicion es elegante é ingenioso, pero algo tímido en las conclusiones. En las notas hay cosas útiles, sobre todo para la cuestion cronológica: el resto está tomado de otros comentadores. De los _Autos sacramentales_ disertó admirablemente D. Eduardo Gonzalez Pedroso, nombre de dulce recuerdo entre los católicos españoles; y más adelante dijo algo el Sr. Canalejas, aunque con ciertos resabios panteísticos, que hubieran escandalizado no poco al reverendo y cristiano poeta, si por dicha hubiese acertado á levantar la cabeza. Trató de las tres ideas fundamentales del teatro calderoniano el Sr. D. Adelardo Lopez de Ayala en su discurso de recepcion en la Academia Española, y lo hizo por modo fácil y brillante, pero sin descender á pormenores. Tampoco puede sacarse mucho jugo de las ilustraciones del Sr. Escosura á la edicion académica de Calderon, y no porque les falte lucidez y órden, sino porque el editor apénas puso nada de su cosecha, limitándose á reproducir las ideas que en el vulgo literario corren acerca de Calderon. Tratemos nosotros de aprovechar brevísimamente los resultados de toda esta labor crítica. II.—El hombre, la época y el arte. Poco sabemos de la vida de Calderon: achaque comun en las biografías de nuestros mayores ingenios, máxime de los dramáticos. Si exceptuamos á Lope, con cuyas obras impresas y manuscritas (que así y todo no son más que una tercera parte escasa de las que brotaron de su fecundísima pluma) puede tejerse una cumplida cronología literaria, y que además nos dejó en larga serie de epístolas al Duque de Sessa raras y lastimosas confidencias acerca de su vida familiar, ¿qué es lo que podemos afirmar de cierto y averiguado respecto de Tirso, Moreto y Rojas? ¿De la vida ante-claustral del primero y áun de su vida monástica, de su carácter é inclinaciones, qué sabemos, como no sea por induccion y conjetura? ¿Qué ha hecho la crítica acerca de Moreto sino desbrozar de malezas el campo, y condenar á perpétuo olvido las invenciones de poetas y novelistas, ó de biógrafos más inventivos y fantásticos que los noveladores? De Rojas ni áun sabríamos á ciencia cierta la patria, si no hubiesen parecido sus informaciones para el hábito de Santiago. Y la misma biografía de Alarcon, maravilloso libro de D. Luis Fernandez-Guerra, es ántes que todo un _tour de force_, un libro de reconstruccion histórica, en que á los hechos documentalmente comprobados, que son pocos, se mezclan y entretejen, con habilidad inaudita, las probabilidades, inducciones y conjeturas basadas en el estudio profundo de la época. Ni sobre Calderon nos dan mucha luz las escasas biografías de él que corren impresas, pues casi todas adolecen del gusto gárrulo y pedantesco de fines del siglo XVII, y ahogan pocas noticias en un mar de palabras: así la _Fama Póstuma_ de Vera Tássis, como el _Obelisco fúnebre_ de D. Gaspar Agustin de Lara, en que apénas acierta uno á decidir cuál es peor, los versos ó la prosa. Algun dato acerca de su familia puede rastrearse en la _Genealogía de la casa de Calderon_, que ordenó el P. Gándara, ó en los _Hijos de Madrid_ de Álvarez Baena; pero lo personal del poeta se reduce á bien poco. Ni han remediado esta penuria los modernos, más atentos á las obras de Calderon que al personaje mismo. Y si algo han querido añadir, ántes es daño que provecho, y más bien extravío de la crítica que nueva luz: de tal modo se han confundido y trastrocado las especies. Así el Sr. Hartzenbusch (_quem honoris causa nomino_), dejándose guiar por la opinion de D. Jorge Díez, director de cierto colegio de Sevilla, imprimió como de Calderon un romance, en que éste declara á una dama su calidad y condiciones y le refiere su vida, en términos demasiadamente alegres y más de pícaro que de caballero. Hanse sacado de aquí torcidas inducciones sobre el carácter de nuestro dramaturgo; y sin embargo, ese romance no es de Calderon, sino de un maleante ingenio sevillano á quien decian D. Cárlos Cepeda y Guzman, el cual en un códice de sus obras (que examinó y extractó Gallardo) le dejó escrito de su mano. Yéndonos á lo cierto y positivo, comencemos por afirmar que Calderon era oriundo del nobilísimo y antiguo solar de la Barca, en las Astúrias de Santillana, hoy Montaña de Santander, siéndole comun esta oriundez montañesa con otros ingenios de los que más ilustran nuestro Parnaso, vg., el Marqués de Santillana, Lope de Vega y Quevedo. Y tambien fué desgracia para nosotros (aunque tantas veces se ha repetido, que parece indicar especial y oculta disposicion de la Providencia el que salgan de nuestra tierra, no los vencedores de reyes moros sino los padres y engendradores de tales victoriosos héroes) el que D. Pedro Calderon de la Barca Henao de la Barreda y Riaño, apellidos todos de alcurnia cántabra, no viera la luz en nuestros montes ni en nuestras marinas, sino en la villa de Madrid el 17 de Enero de 1600. Y como si Dios le hubiera destinado á ser por excelencia el poeta del siglo XVII, le vivió casi entero hasta 1680, y en su vida, que nada tuvo de excepcional ni de novelesco, se atemperó naturalmente y sin violencia á cuanto aquella época exigia de un caballero cristiano y español, logrando así vivir en paz con su siglo y con su raza. ¡Mérito singular y para admirado cuando recae en un ingenio de tal temple! Fué Calderon discípulo de los jesuitas en el colegio Imperial, y siempre les profesó amor entrañable, como lo demuestra la comedia de _El Gran Príncipe de Fez, Don Baltasar de Loyola_. Pero que en sus estudios no pasó de la gramática (entendida esta palabra en su más ámplio sentido) ó de las humanidades (como se decia entónces con vocablo más general), parece asimismo indudable. Nadie ha probado hasta ahora (ya que no son prueba leves presunciones) que Calderon cursara en tiempo alguno las aulas salmantinas, estudiando en ellas derecho civil y canónico, por más que lo digan sus biógrafos. Y en cuanto á su teología tan ponderada de los _Autos sacramentales_, tampoco excede el nivel comun de la cultura de los españoles de aquella edad, y áun puede calificarse de teología _para uso de las gentes de mundo_, inferior de seguro á los conocimientos que lograba el ménos aventajado de los discípulos de Bañez, de Domingo de Soto, de Molina ó de Suarez. Desde 1619 á 1625 Calderon parece haber residido en Madrid, como caballero de capa y espada, sin empleo ni profesion especial. Comenzaba á escribir comedias, aunque de seguro exagera Vera Tássis cuando afirma que ya entónces _tenía ilustrados los teatros de España_. No sólo Lope sino Montalban y otros de segundo órden alcanzaban en aquellos dias más alta fama que Calderon, por más que el ingenio lozano y juvenil de éste gallardease con honra en certámenes y justas poéticas, vg. en las celebradas con motivo de la beatificacion y canonizacion de San Isidro, mereciendo elogios de Lope en el _Laurel de Apolo_, y de Montalban en el _Para-Todos_. Pasaba Calderon por bravo y pendenciero, y de algun lance suyo de 1629 tenemos noticia. Consta que entónces persiguió, espada en mano, á un famoso comediante, que decian Pedro de Villegas, el cual alevosamente habia herido á un hermano del poeta. Y fué tan grande la porfía de los deudos de uno y otro, que el Villegas hubo de buscar refugio en la iglesia de las Trinitarias, dando ocasion á que la justicia, que le perseguia, violase la clausura con no pequeño escándalo. Y no paró aquí el ruido, sino que habiendo aludido al lance el predicador Fr. Hortensio Paravicino (célebre entre los corruptores del buen gusto en el siglo XVII), vengóse Calderon en el _Príncipe Constante_, llamando _sermones de Berbería_ á los suyos, de lo cual resultaron quejas y reclamaciones del fraile, y áun prision para el poeta. Todo esto lo pusieron en claro Hartzenbusch en una _Memoria de la Biblioteca Nacional_, y Molins en su libro de _La sepultura de Cervántes_, y todo ello parece que invalida la relacion de Vera Tássis, á tenor de la cual Calderon en 1625 fué á militar en el Estado de Milan, y allí y en Flándes permaneció hasta 1635. Pero si hay error en las fechas y hemos de rebajar algo del tiempo que se asigna á las campañas de Calderon, que fué soldado no tiene duda, y que en los campamentos adquirió aquel conocimiento de la vida y tipos militares que le ayudó á crear las enérgicas figuras de D. Lope de Figueroa, del Sargento, de Rebolledo y de la Chispa. Valiéronle sus servicios bélicos el hábito de Santiago, y del valor que ardia en su pecho no puede dudarse, ya que le vemos en 1640, en el punto culminante de sus triunfos dramáticos, apresurar la conclusion de su comedia _Certámen de amor y celos_, (que habia de representarse en una funcion real) para poder seguir á las Órdenes Militares en la campaña de Cataluña: lo cual le valió treinta escudos de sueldo al mes, con cargo al capítulo de artillería. Y áun le vemos enviado por el Marqués de la Hinojosa, desde Tarragona á Madrid, con cierta comision, nada literaria, relativa al cange de prisioneros. Pero todo esto no es más que un episodio en la biografía de Calderon, por más que contribuyera á darle la saludable educacion de la vida activa. Las aficiones artísticas se sobrepusieron en él á todo otro impulso, y fué poeta áulico y cortesano por espacio de más de cuarenta años. Así las fiestas reales del Buen Retiro, como las representaciones eucarísticas que con inusitado esplendor celebraba la villa de Madrid, dieron norte y empleo á su portentoso númen. En 1651 se ordenó de sacerdote, y sin duda con vocacion sana y entera (digna corona de tan honrada vida), pues así como de Lope sabemos despues livianas aventuras, en el nombre de Calderon jamás acertó á poner mancha el odio de sus más encarnizados enemigos. Calderon sacerdote tuvo ciertos escrúpulos de seguir dando culto á las musas dramáticas, y no escribió más que para los teatros públicos; pero halló él, ó escogitaron sus admiradores, una ingeniosa capitulacion de conciencia: el mandato real, que le obligaba á escribir para sus fiestas y solemnidades palacianas. Así _honestó_ (son sus palabras) _los decoros de su nuevo estado_, aunque ciertos devotos le murmurasen, y esta murmuracion le perjudicara para nuevos adelantos en su carrera eclesiástica. «Si esto es bueno (decia Calderon), no me obste; y si es malo no se me mande.» Con todo eso, Calderon llegó á ser capellan de honor de Palacio y capellan de los Reyes Nuevos de Toledo, sin otras mercedes de menor cuantía. Y tranquilo y respetado por todos, se durmió tranquilamente en el Señor el 25 de Mayo de 1681, dejando por heredera á la venerable Congregacion de Presbíteros naturales de Madrid, que en la iglesia de Salvador instituyó aniversario perpétuo por su alma. Fué Calderon fecundísimo escritor, como casi todos nuestros ingenios del siglo XVII. Además de sus ciento veinte comedias (punto más ó punto ménos) y de sus ochenta _Autos sacramentales_ (tambien en número redondo) y de sus entremeses y piezas cortas (que no es fácil reducir á número, porque de la mayor parte ni áun quedan los títulos), compuso un tratado _en defensa de la nobleza de la Pintura_, otro _en defensa de la comedia_, un poema sobre el Diluvio universal, un _Discurso de los cuatro Novísimos_ (todo ello perdido) y algunas poesías líricas, de las cuales la más notable es un romance impreso en los _Avisos para la muerte_, no siendo tampoco indigno de memoria el Discurso poético sobre la inscripcion _Psalle et sile_ del coro de la catedral de Toledo. Tambien es de Calderon, aunque estampada á nombre de D. Lorenzo Ramirez de Prado, la relacion de la entrada de la Reina Doña Mariana de Austria en Madrid, el año 1649. Para la posteridad, Calderon sólo vive como dramático. Su misma genialidad lírica, que era poderosa, se derramó casi exclusivamente en sus obras teatrales. Por desgracia, nunca formó coleccion de ellas, y aunque la mayor parte han llegado á nosotros, mucho es de lamentar el verlas tan desfiguradas. Y gracias que sabemos con certeza, por declaracion del mismo poeta en carta al Duque de Veragua, las que realmente son suyas y las que malamente se le atribuyeron. Los títulos de las que él dió por legítimas pueden verse á continuacion de esta advertencia, donde asimismo cuidaremos de advertir las que faltan en la coleccion de Vera Tássis, las que éste añadió y las que figuran sólo en la edicion del Sr. Hartzenbusch. Como muestra de la poca confianza que todos los textos hoy conocidos infunden, baste decir que Calderon no revisó (segun parece) ninguno de ellos, ni siquiera los de algun tomo de _Comedias escogidas de varios autores_ de que fué aprobante, y que su hermano D. José y su amigo Vera Tássis cuidaron de lo restante, siguiéndoles ciegamente Apontes y Keil. Los _Autos_ se imprimieron con más esmero, porque poseia los originales la villa de Madrid, y hay de ellos dos tolerables y no raras ediciones de 1717 y de 1759. Tan escasos datos, que además hemos compendiado en todo lo posible, bastan á dar idea de la fisonomía moral del poeta, mostrándole español á toda ley, cristiano fervoroso hasta parar en el sacerdocio, caballero por sangre y por educacion, bizarro soldado en sus floridos abriles, algo estudiante, y por cifra de todo, poeta palaciano y poeta popular á la vez, favorito de los reyes y de la muchedumbre: amalgama imposible de lograr en otro estado social que no hubiera sido el de España en el siglo XVII. En aquella sociedad, heredera fiel de las tradiciones y de los impulsos del siglo anterior, sobre el principio monárquico, sobre el principio aristocrático, sobre toda consideracion terrena y toda grandeza de este mundo, se alzaba puro é inmaculado el principio religioso, libre de toda mezcla de herejías y novedades. Él sólo servia de lazo entre gentes divididas en todo lo demas, por raza, lengua, fueros y costumbres. A todos los unia y congregaba aquel ardiente catolicismo español que, al espirar la Edad Media, aún tenía el brazo teñido en sangre mora y acababa de expulsar á los judíos. Y cuando llegó la pseudo-reforma, terrible protesta del espíritu germánico contra la Unidad latina, España se convirtió en adalid de la Europa meridional, y luchó, no por sus intereses temporales, sino en contra de ellos, en Flándes, en Alemania y en los mares de Inglaterra, cuándo con próspera, cuándo con adversa fortuna, pero haciendo retroceder siempre la oleada septentrional dentro de los diques que desde entónces no ha traspasado, y salvando las dos penínsulas hespéricas, y á Francia misma, del contagio luterano. Verdad es que quedamos pobres, desangrados y casi inermes; pero sólo un criterio bajamente utilitario puede juzgar por el éxito las grandes hazañas históricas, y la verdad es que no hay ejemplo de mayor abnegacion ni de más heroico sacrificio por una idea, que el que entónces hicieron nuestros padres. Ríanse en buen hora los políticos y economistas; pero entre las grandezas marítimas de Inglaterra bajo el cetro de la Reina Vírgen, y el lento martirio y empobrecimiento de nuestra raza, que tan desinteresadamente fué brazo de la Iglesia durante dos siglos, toda alma que sienta el entusiasmo de lo bello y de lo noble no dudará en conceder la palma á los nuestros. Verdad es que en todos aquellos épicos y caballerescos alardes se mezcló algo de orgullo nacional, ciego y exclusivo; pero áun éste nacia de noble orígen, puesto que no nos creíamos raza predestinada á mandar ni teníamos á los demas por siervos nacidos á obedecer, sino que todo lo referíamos á Dios como á su orígen y principio, reduciéndose toda nuestra jactancia nacional á pensar que Dios, en recompensa de nuestra fe, nos habia elegido, como en otro tiempo al pueblo de Israel, para ser su espada en las batallas y el instrumento de su justicia y de su venganza contra apóstatas y sacrílegos, por donde cada uno de nuestros soldados, en el hecho de ser católico y español, venía á creerse un Júdas Macabeo. Este sentimiento anima algunas de las más bellas inspiraciones líricas del buen siglo, desde aquel valentísimo soneto de Hernando de Acuña: Ya se acerca, Señor, ó ya es llegada La edad dichosa en que promete el cielo Una grey y un pastor sólo en el suelo, Por suerte á nuestros tiempos reservada: Ya tan alto principio en tal jornada Nos muestra el fin de vuestro santo celo, Y anuncia al mundo para más consuelo Un monarca, un imperio y una espada... hasta las hermosas octavas del capitan Francisco de Aldana: ¡Diestra, diestra de Dios! ¡ay, cómo aguardas, Multiplicando en ira lo que tardas! Y el sentimiento católico es el alma de toda nuestra cultura y de nuestras grandezas en aquel período, y no sólo daba aliento á los héroes que sucumbian en las marismas de Holanda, ó que daban caza á los piratas ingleses, sino á aquellos otros conquistadores que en América y en Asia y en Oceanía domeñaban razas incógnitas y bárbaras, y á los frailes que entre ellas difundian la luz de la fe y la ciencia de nuestras escuelas, y á los teólogos que en Trento eran valladar fortísimo contra las pretensiones de los reformistas, y á los que en Inglaterra restauraban el culto católico y reformaban las Universidades bajo los auspicios de la buena reina María, y á los que dentro de nuestra casa escogitaban (en oposicion al impío _predestinacionismo_ calvinista) el sistema teológico más favorable á la libertad humana entre cuantos se han imaginado para explicar las relaciones entre la gracia y el humano albedrío; y á los que creaban y organizaban sobre la amplísima base del orígen divino del poder el derecho natural y de gentes, matando el cesarismo pagano de los leguleyos; y á los místicos y ascéticos que con toda la opulencia de la lengua castellana penetraban en los arcanos de la ontología y de la psicología, y de otra ciencia más alta y soberana que se ha atrevido á explicar en lengua terrena cómo el hombre llega casi _á ser Dios por participacion_; y á los reformadores de las órdenes religiosas, y á los fundadores de otras nuevas, y á los inquisidores que con serenidad de conciencia fulminaban sentencia contra los heresiarcas, y al pueblo que acudia gustoso y en tropel á los autos de fe, sin que la más leve sombra de duda enturbiase aquellas conciencias, y á los poetas que en romanceros y cancioneros sagrados daban voz y cuerpo y formas, graciosísimas y variadas, á la devocion popular, y que en los _Autos sacramentales_ llegaban, por caso único en todas las literaturas del mundo, á crear un drama exclusivamente teológico, nuevo y peregrino testimonio de ardiente devocion al adorable misterio de la presencia sacramental, bárbaramente negado por Carlostadio y demas herejes del Norte. Quien entienda de otro modo la historia española del siglo XVI y quiera explicarla por mezquinos intereses humanos, perderá lastimosamente su tiempo. Era España un pueblo, no ya de católicos, sino de teólogos, y esto es la sola clave para penetrar en el embrollado laberinto de aquellos gloriosos anales y trabar racionalmente los hechos. Al lado de eso ¿qué importa lo demas? España era pueblo muy monárquico, pero no por amor al principio mismo ni á la institucion real, no con aquel irreflexivo entusiasmo y devocion servil con que festejaron los franceses el endiosamiento semiasiático de la monarquía de Luis XIV, sino en cuanto el Rey era el primer caudillo y el primer soldado de la plebe católica como Cárlos V, ó el prudente consejero del partido ortodoxo en Europa como Felipe II, para quien no imaginaban sus panegiristas mayor gloria que la de ser _en los concilios presidente_, cuando rotos los lazos de esta vida mortal, llegara él á ser venerado en los altares. Más adelante, y con la decadencia de España, este amor que inspiraron los grandes monarcas del siglo XVI, llegó á trocarse (al mismo tiempo que la heredada grandeza venía á ménos en sus débiles sucesores) en algo más ideal, fantástico é hiperbólico, como es de ver en nuestros dramáticos, sobre todo en Rojas. Pero _del Rey abajo, ninguno_. En aquella sociedad apénas habia clases, y más que monarquía debia llamarse _democracia frailuna_. A ello contribuian la sencillez cenobítica y austera de que los mismos reyes, sobre todo Felipe II, dieron larga muestra; el modo de vivir áspero y duro: la general pobreza; la anulacion absoluta de la aristocracia desde que el cardenal Tavera la arrojó de las córtes de Toledo; el predominio de la Iglesia, que abriendo sus puertas á todo el mundo, lo igualaba todo; y aquella profusion de conventos y universidades, de donde los más humildes y plebeyos llegaban, en fuerza de sus letras y de su teología y cánones, á las mitras y á las togas, y al confesonario y á los consejos del Rey. Por otra parte, expulsados los judíos y los moros, y triunfantes los anticristianos estatutos de limpieza, todo cristiano viejo se creia, por serlo, igual al más encopetado magnate. La hidalguía era patrimonio comun, y provincias enteras del Norte de España se jactaban de poseerla. En la Edad Media se ganaba á lanzadas contra los moros. En el siglo XVI fué uso conquistarla lidiando contra turcos y luteranos, ó conquistando fabulosos imperios y descubriendo y cristianizando regiones incógnitas en América. Siempre andan en el mundo revueltos los bienes con los males, y así este mismo espíritu aventurero y heroico y esta misma igualdad, cristiana en su raíz y fundamento, nos hizo mirar con menosprecio, y á veces con odio, las artes mecánicas y la industria y el comercio, dejó abandonados y silenciosos nuestros talleres y nuestras lonjas, y nos hizo súbditos de mercaderes extraños, á quienes fué á enriquecer, sin provecho nuestro, el oro de las vírgenes entrañas del Nuevo-Mundo. Toda riqueza fué aquí pasajera y advenediza: faltó clase media, y aquel vivir al acaso y fiarlo todo de la fortuna, puso en más de una ocasion al caballero á dos dedos del pícaro, aventurero tambien y conquistador á su modo. Pero con todos sus lunares (¿y qué época no los ha tenido?), ¿quién dudará de las grandezas de aquella civilizacion? Hasta el nivel intelectual estaba muy alto, si no por lo que toca á la exacta comprension de las leyes de la naturaleza y á las ciencias basadas en el cálculo y en la experimentacion, por lo ménos en la teología dogmática y en la filosofía, que no eran patrimonio exclusivo de gente curtida en las aulas, sino alimento cotidiano del vulgo, espectador de los Autos Sacramentales, que nutria su entendimiento y apacentaba su fantasía con aquel sublime y complicado simbolismo, con aquella cristiana armonía, con las continuas reminiscencias de sucesos y personajes del Antiguo y del Nuevo Testamento, de la historia eclesiástica y profana, de la mitología y de los clásicos, con extrañas sutilezas, distinciones y silogismos, y con públicas discusiones acerca de la gracia y el libre albedrío, la predestinacion y el valor de las obras. El arte que á tales impulsos respondia era el arte popular por excelencia, el arte dramático, antiquísimo y glorioso en España. Vémosle nacer á la sombra del templo ó en el templo mismo, y su primer vagido es una representacion devota, el _Misterio de los Reyes Magos_, descubierto en un códice de la Biblioteca Toledana. En toda la Edad Media continúa en auge el teatro litúrgico, y aunque escaseen los monumentos escritos, acreditan la existencia de tales representaciones los registros de los cabildos y los libros de cuentas de las catedrales, juntamente con las leyes que, al discernir las representaciones que los clérigos pueden hacer y aquellas otras de que deben abstenerse, acreditan que al lado del drama religioso comenzaba á surgir otro profano y satírico, los _juegos de escarnio_, de que ya se habian valido en mengua y depresion del estado eclesiástico, y como fácil vehículo para la propaganda de sus heréticas doctrinas, los Albigenses de Leon: de lo cual bien amargamente se queja el Tudense. Con los albores del Renacimiento asoma la imitacion de las formas y de los asuntos clásicos, primero en Cataluña, luégo en Castilla. Ciérrase la Edad Media con un monumento singular y admirable, en que la verdad humana, así en lo trágico y apasionado como en lo cómico y groseramente realista, se ostenta con tal vigor y crudeza y con tal variedad de tonos y con tan estupendo poder característico, que en vano fuera buscar otro mayor ejemplo ántes de Shakespeare. Pero la incomparable _Celestina_, espejo de lengua castellana, no influyó, en parte por su perfeccion misma, en parte por sus condiciones de obra irrepresentable, tan directamente como hubiera podido creerse, en los progresos del teatro; dado que no bastan maravillas aisladas para invertir el órden natural y graduado desarrollo de una literatura. Así es que nuestra dramática, áun despues de aquel gigantesco esfuerzo, continuó balbuciendo pastoriles coloquios en las _Églogas_ de Juan del Encina, y sólo por intervalos alcanzó en Lúcas Fernandez (insigne en la pintura de costumbres villanescas ó en donaires de ermitaños y santeros) la enérgica inspiracion y el delicado sentimiento que abrillantan algunas escenas del _Auto de la Pasion_. Más variedad y riqueza hay en Gil Vicente, que alguna vez, en sus obras portuguesas, v. gr., en la _Farsa de Inés Pereira_, presentó verdaderos esbozos de comedia de carácter, y que ensayó además el drama novelesco con asuntos tomados de los libros de caballerías. Dieron alimento y estímulo los dramáticos italianos al extremeño Torres Naharro, verdadero padre de la comedia de capa y espada en la _Himenea_ y en la _Serafina_, facilísimo dialoguista en la _Tinelaria_ y en la _Soldadesca_, que sin argumento propiamente dicho, y siendo rosarios de escenas sueltas, empeñan sabrosamente la atencion: tal es el desenfado, movimiento y sal mordicante de algunos pedazos. Siguen con ménos talento las huellas de Torres Naharro, Jaime de Huete y otros muchos, á la vez que se multiplican las imitaciones de la _Celestina_, todas inferiores á su modelo. El teatro religioso se seculariza hasta cierto punto, y sale del templo á la plaza: sus creaciones eclipsan á las del naciente teatro profano: nada más delicado que la _Representacion_ del encuentro de Jesus con los discípulos que iban al castillo de Emaus, compuesta por Pedro Altamirando: nada más delicado que el _Auto de las Donas_, el de _la Oveja perdida_ y el de los _Desposorios de Cristo_. Ni valen ménos las _representaciones_ de Sebastian de Horozco, y la _Obra del Pecador_ de Bartolomé Aparicio. En aquella mezcla y confusion de elementos, que luégo habian de armonizarse en el genuino teatro español, unos se inclinan á la imitacion de la tragedia clásica, otros refunden comedias italianas, aderezándolas con pasos é intermedios jocosos de propia invencion y de costumbres nacionales, en cuyos arreglos fueron insignes Lope de Rueda y Juan de Timoneda: otros, los ménos, buscan con poderoso instinto naturalista una forma de tragedia moderna, áun tratando asuntos de la historia ó de la Biblia. Así llegó Micael de Carvajal, en algunos pedazos de la _Tragedia Josephina_, á la expresion verdadera y sencilla de los afectos, sin menoscabo de la elevacion poética. Todo se habia ensayado en esta primera época de nuestro teatro, si hemos de creer al Sr. Cañete, que la ha investigado y que la conoce como nadie. «Desde la tragedia al entremes, pasando por los diferentes matices de la comedia, moral, política, urbana; desde la ideal personificacion de vicios y virtudes hasta el retrato de figuras tocadas del más grosero realismo.» Como embrion informe del drama de Lope pueden considerarse los abigarrados é incoherentes ensayos de Juan de la Cueva y de Cristóbal de Virués, donde se mezclan en modo confuso resabios clásicos (como los que inspiran la tragedia de _Ayax de Telamon_ y la de _Elisa Dido_), reminiscencias italianas, novelería desenfrenada y atisbos de comedia nacional. Más que ninguno de ellos se levantó el divino ingenio de Miguel de Cervántes en aquella su ruda _Numancia_, tan épica en medio de su desaliño, y tal, que retrae á la memoria la férrea poesía del viejo Esquilo en _Los siete sobre Tébas_. Al fin vino Lope de Vega, precedido ó ayudado por los poetas valencianos, y se alzó con el cetro de la monarquía cómica. Ingenio más lozano y fácil no le han visto los siglos; más fecundo creador de argumentos y de situaciones dramáticas, tampoco: en la pintura del amor y de los caracteres femeninos vence á todos los nuestros: cuando quiere, llega á lo trágico y á lo patético: en lo cómico sólo le excede Tirso: amenas, discretas y fáciles de leer son siempre sus comedias, cuya variedad de tonos aún asombra y maravilla más que su número. No sólo abrió el camino á todos los restantes, sino que lo probó, tanteó y recorrió en todas direcciones, dejando rastros de luz donde quiera, de tal suerte que apénas es posible descubrir en Moreto, en Calderon ó en Rojas forma, asunto, carácter, intriga ó recurso escénico que no tenga en alguna comedia de Lope su modelo, patron y fundamento. Lope lo invadió todo: la comedia italiana libre y desvergonzada; la pastoral al modo del _Aminta_ ó de _El Pastor Fido_; la comedia de costumbres villanescas y populares sin falso bucolismo; la de costumbres áulicas; la de capa y espada; la de rufianes, pícaros y Celestinas; el drama histórico, el trágico, el religioso y simbólico; el mitológico; el caballeresco; el alegórico; el auto sacramental; el entremes. Con Lope ha sido injusta la fama más que con ninguno de nuestros dramáticos: pocos han tenido valor para internarse en su repertorio: á Lope le ha ahogado la inmensa balumba de sus obras. Muy de ligero se le ha declarado inferior á Calderon, sin reparar que aquel arte desordenado, hijo de la improvisacion, y en que los aciertos, con ser tantos, parecen casuales, está, por eso mismo, más exento de trabas y convenciones, y encierra un fondo de verdad humana y una generosa poesía áun no viciada ni enturbiada, sino en raras ocasiones, por el falso lirismo que ahoga, como planta parásita, las mejores concepciones de Calderon y de Rojas. El drama español, tal como Lope le fijó y le trasmitió á sus sucesores, tiene ante todo carácter nacional y popular, y sin ir declaradamente en contra de los preceptos clásicos, prescinde de ellos, y se regula por los instintos y por el modo de sentir y de pensar del público que habia de oirle. Sus asuntos son todos los asuntos, pero vestidos y disfrazados á la castellana; su forma, la de una novela rápida y de mucho movimiento, más atenta al enredo que á los caracteres; sus fuentes de inspiracion, el sentimiento religioso, el orgullo nacional, el amor, el punto de honra; sus límites en cuanto á tiempo y lugar, ningunos; los accesorios líricos, frecuentes. Pero ha sido error extremar las semejanzas entre nuestros dramáticos, hasta negar á cada uno sus condiciones propias y geniales. Sobre todos se levanta Tirso, el primero á toda ley de los nuestros en lo cómico, el primero tambien en la creacion de caracteres, uno de los cuales, D. Juan, logra vida tan universal y duradera como los héroes de Shakespeare, y ha dejado en el mundo más larga progenie que ninguno de ellos. Añádase á todo esto la soberana idea de _El condenado por desconfiado_ (joya de nuestro teatro teológico), el hermosísimo carácter de Doña María de Molina en _La prudencia en la mujer_, crónica dramática superior á cualquiera de las de Shakespeare; los rasgos de estupenda poesía histórica y fantástica que abrillantan el _Infanzon de Illescas_, y finalmente aquel sinnúmero de comedias palacianas de tan hechicero y maligno discreteo, y de comedias villanescas tan primaverales y desenfadadas... ¿Quién dudará en conceder á Tirso la palma del arte entre los nuestros, y despues de él á Alarcon, maestro de la comedia terenciana, ménos pedagógico y ménos seco que Molière? Ni fuera justo relegar á tanto olvido y declarar tan de ligero autores de segundo órden á Guillen de Castro, en cuyas _Mocedades del Cid_ revivió el poderoso aliento épico de nuestros romances; á Mira de Amescua, gran imaginador de argumentos, que otros aprovecharon luégo, eximio versificador y á veces poeta de tan enérgica inspiracion como lo acredita _El esclavo del demonio_ (hermano menor de _El Condenado_), y á Luis Velez de Guevara, de quien heredó Calderon el argumento y escenas enteras de _La Niña de Gomez Arias_. Tal y tan floreciente era el estado de nuestro teatro cuando Calderon vino á apoderarse de él, como en otro tiempo Lope. III.—Autos Sacramentales. La primera y más numerosa seccion de las obras calderonianas abraza las representaciones eucarísticas en un acto, compuestas para ser representadas en la fiesta del Córpus. Este género españolísimo y singular se llama _Auto sacramental_. Sus orígenes son oscuros: para indagarlos puede ver mi lector el prólogo de Pedroso al tomo de _Autos_, que compiló para la Biblioteca de Rivadeneyra. La fiesta del Córpus, aunque en muchas iglesias particulares se celebraba ántes, sólo en tiempo de Urbano IV (1263) fué extendida á la Iglesia universal. En España sabemos que la introdujo Berenguer de Palaciolo (que murió en 1314). Desde el principio, á todos los regocijos con que se celebraba esta festividad, verdaderamente de alegría, á todas las solemnidades religiosas, á las ceremonias litúrgicas, se añadieron ya ciertos gérmenes de representacion dramática, por lo ménos en algunas catedrales de la corona de Aragon. En Castilla hubieron de ser poco frecuentes tales espectáculos, puesto que nada dicen de ellos las leyes de Partida, que mencionan otras representaciones de la Natividad, de la Adoracion, etc. Ni los cánones del concilio de Aranda ni los del Hispalense, encaminados á atajar los abusos que empezaban á introducirse en el teatro lírico, hacen memoria de los autos del Córpus; de donde hemos de inferir que si hubo (como parece verosímil) representaciones en tal dia, debieron de tener poca relacion, á lo ménos directa, con el misterio que se celebraba. Y así como en Gerona solian representarse en tal dia el sacrificio de Isaac, la venta de José y otras historias del Antiguo Testamento; así en Portugal la primera obra de que con certeza sepamos haber sido destinada á una funcion sacramental, el _Auto de San Martinho_ de Gil Vicente, no contiene otra cosa que la sabida leyenda de la capa de San Martin. En el siglo XVI, las representaciones eucarísticas, como todo género de drama sagrado, se secularizan hasta cierto punto, saliendo del templo á la plaza pública, y de manos de actores clérigos á las de histriones pagados y alquilados. Ni ha de verse en tan grave transformacion indicio alguno de entibiamiento de las creencias, puesto que nunca fueron más enérgicas ni nunca estalló con más violencia la protesta española contra la herejía, sino que la devocion se hizo en sus formas más grave y solemne, y desterró del templo (para no dar asidero á las detracciones de los luteranos) muchos de aquellos antiguos y candorosos regocijos, sin que por eso fueran ménos católicos ni de ménos provechoso ejemplo y enseñanza los nuevos autos que los antiguos. El teatro religioso del siglo XVI, en cualquiera de sus formas, suele valer más que el teatro profano, y no fuera difícil empresa entresacar del grueso volúmen de autos viejos de la Biblioteca Nacional obras de tan grato perfume de sencillez y sentimiento como el auto de _Las Donas_, ó tan ingeniosos como el de la _Residencia del hombre_. Y nunca fué tan poeta Juan de Timoneda (aunque casi siempre refundiendo y aprovechando obras anteriores) como en la _Oveja Perdida_ y en los _Desposorios de Cristo_. La accion dramática en estos primeros ensayos es sencillísima, por no decir nula: la ciencia teológica de los autores, en general muy escasa, aunque su fe los salva, y rara vez tropiezan: la poesía lírica no es tan rica y pródiga como en los de Valdivielso y Calderon, y vano fuera buscar en Timoneda ó en el tundidor Juan de Pedrosa las encumbradas síntesis y la armonía condensadora de los autos del último período. Pero en esas primeras y modestas flores de nuestra dramática halagan suavemente el ánimo ingenuos y no aprendidos acentos de ternura y de verdad humana, que compensan la pobreza y tosquedad del artificio. Lope se enseñoreó de este género como de los restantes, y derramó en él tesoros de fantasía. Véanse sobre todo el _Auto de la siega_ y el _de los Cantares_. Siguiéronle con igual fortuna Tirso y Valdivielso, facílisimo aunque desigual poeta este último, y verdadero cantor del cielo, puesto que nunca dedicó su pluma más que á asuntos sagrados, así en lo dramático como en lo épico y lírico. Pero el auto _tipo_, la perfeccion del género, sólo se halla en las obras calderonianas. Ya no es posible tratar de ellas con el intolerante menosprecio que afectó la crítica del siglo pasado. Téngaselos en buen hora por una excepcion estética, por un teatro singular entre todos los del mundo; pero si el género hubiera sido tan radicalmente absurdo como le declararon sus censores, ¿se concibe que obtuviera aquel grado de popularidad (superior al de toda composicion profana), siendo, como era, por su índole misma un teatro teológico y didáctico, desprovisto de cuantos recursos pueden interesar en la escena? Algo de esta popularidad de los autos puede atribuirse al aparato y á la tramoya, á la mayor ostentacion del arte histriónico, á las apariencias, pompas y carros. Pero por mucho que concedamos al placer de los ojos y por muy buena fe que en los espectadores supongamos para deslumbrarse con tan rudos medios de producir ilusion, ¿qué auditorio del mundo, á no ser el de España en el siglo XVII, preparado á ello por una educacion escolástica y teológica, que tanto habia penetrado en las costumbres y en la vida, hubiera escuchado, no ya con entusiasmo sino con paciencia, un poema dialogado, sin accion, ni movimiento, ni pasiones humanas, en que eran interlocutores la Fe y la Esperanza, el Ingenio humano y el Albedrío, la Sinagoga y el Gentilismo, el Agua, el Aire y el Fuego y otros de la misma especie, y donde todo el interes se concentraba en los misterios de la Trinidad y de la Encarnacion y en el dogma de la presencia sacramental? Semejante drama teológico no tiene igual ni parecido en ningun teatro. Apénas se le pueden encontrar remotas semejanzas con el _Prometeo encadenado_, donde Esquilo simbolizó, no (como se ha dicho) las luchas y dolores de la humanidad, sino la derrota de los dioses de estirpe titánica por otros dioses nuevos. Ajeno de este lugar sería discutir, con ocasion de los _Autos sacramentales_, si en el arte tienen cabida lo sobrenatural y lo invisible, así como las abstracciones, las personificaciones, las ideas puras, las virtudes y los vicios. Si la belleza, áun en el sentido de la Estética hegeliana, es la manifestacion sensible y el resplandor de la idea en la forma, claro es que no puede limitarse á lo humano, ni ménos á lo plástico y figurativo. No sólo la belleza física, sino la intelectual y la moral, pueden y deben entrar en la creacion artística. Claro que los conceptos intelectuales, las ideas puras no caben como tales ideas ni en su desarrollo dialéctico, pero sí en cuanto se revisten de forma sensible y adecuada al arte. Pero ¿caben en la dramática? Me atrevo casi á decir que no. El drama, tal como ha sido entendido por todas las escuelas y ejecutado por todos los pueblos, vive de pasiones, de afectos y de caracteres humanos: no es más que la vida humana en accion. Un drama con personajes simbólicos ó abstractos es un verdadero _tour de force_, y engendra inevitable monotonía y frialdad. Así y todo, no me atrevo á condenar los _Autos_. Además de ser fruto natural del tiempo y tener cumplida justificacion histórica, en ellos derramaron nuestros poetas, sobre todo Calderon, no sólo tesoros de poesía lírica, sino verdaderos primores dramáticos, aunque accidentales y accesorios. El auto sacramental exige, más que ninguna otra composicion dramática, exacta noticia é inteligencia de las condiciones materiales de su representacion. Yo no la daré, porque ya lo hizo Pedroso trazando un admirable cuadro de época; pero séame lícito decir que el drama eucarístico no se concibe aprisionado entre los bastidores de un teatro moderno, sino á la luz del sol, en medio del dia, en la Plaza Mayor ó en la Plaza de la Villa, ante aquel auditorio tan extraño y abigarrado, pero tan uno en creencias y afectos, que comprendia desde el Rey y los magnates y los Consejos hasta la ínfima plebe, con la escena ideal y fantástica de los carros, y con toda aquella pompa y lujo de estridentes armonías y colores. Acordémonos un poco de la tragedia griega, y otro poco de la ópera moderna, y algo de las representaciones italianas al aire libre, y mucho de las conclusiones de las escuelas: añadamos á todo esto la fe ardentísima de grandes y pequeños, y sólo así comprenderemos la grandeza de aquel extraordinario espectáculo. Tema obligado de él era la presencia real de Cristo en la hostia consagrada, pero no recuerdo obra alguna en que el acto de la institucion del Sacramento haya sido presentado en su forma directa é histórica. El mismo fervor de los poetas impedia aquella manera de profanacion. Necesario fué tratar el asunto de soslayo, y encerrarle en condiciones análogas á las del arte dramático. Escogitáronse para esto varios medios más ó ménos ingeniosos: al principio largos diálogos en que dos ó más personas discurren sobre la Sagrada Cena; luégo vidas de los santos más insignes por su especial devocion al Santísimo Sacramento. Lo primero no era dramático: lo segundo asimilaba los autos á cualquier otro género de comedias devotas y humanas, idénticas en su desarrollo á las comedias profanas. Desechados por lo comun tales recursos, no quedaba otro que la alegoría, y á él acudieron nuestros poetas. Ora entraron á saco por las historias del Antiguo Testamento, en que todo es anuncio, sombra y prefiguracion de la Ley Nueva, como es de ver en los autos intitulados _La Zarza de Moisés_, _La cena de Baltasar_, _La primer flor del Carmelo_, _El vellon de Gedeon_, etc., en muchos de los cuales hay doble y áun triple alegoría; ora se aprovecharon de los ejemplos y parábolas del Evangelio; ora, y ya con más violencia, torcieron y aplicaron á su propósito hechos bien dispares de la historia antigua y moderna. Y no paró en esto la manía alegórica, sino que constreñidos los poetas por aquella especie de pié forzado, y por la necesidad de escribir anualmente dos ó más autos, hicieron, ó bien obras puramente abstractas, en que sólo por incidencia intervienen séres humanos, siendo todo lo restante del discurso entre los elementos, las ciencias, las virtudes, los atributos de Dios, los sentidos y las potencias del alma, personificadas; ó bien dramas mitológicos como el _Divino Orfeo_ y el _Sacro Parnaso_, en que los dioses del Politeismo helénico venian á ser símbolo del mismo Redentor y á dar testimonio de los misterios de nuestra fe; ó bien _sermones de circunstancias_ (al modo de los predicadores gerundianos) y donde todo el artificio dramático y la alegoría consiste ó en una cacería del Rey, ó en una informacion de limpieza de sangre, ó en unas conclusiones de universidad, ó en el tumulto de una posada ó de un hospital de locos; que de todas estas extravagancias y otras inauditas pueden hallarse muestras en Calderon ó en sus discípulos. A veces se parodiaban los títulos, los argumentos y hasta escenas y versos de las comedias más en boga, no de otra manera que el maestro Valdivielso daba á sus _ensaladillas_ y _chanzonetas_ al Santísimo Sacramento el tono y la música de las canciones picarescas que más andaban en boca de las gentes. Hay, pues, en Calderon un simbolismo, ya sublime, ya pueril, pero enderezado todo por sano y cristianísimo intento á la magnificacion y loor del _Verdadero Dios Pan_ (título de un auto). Este simbolismo lo abraza todo, hasta las fábulas de la gentilidad, donde nuestro poeta descubre siempre huellas y vestigios alterados de la tradicion primitiva y un como anuncio y preparacion evangélica, llegando á poner en cotejo los libros teogónicos de los antiguos con la narracion del _Génesis_. La riqueza lírica es grande en los _Autos_. Exórnanlos trozos traducidos ó imitados de las Escrituras, paráfrasis de himnos y fragmentos del rezo eclesiástico. El diálogo, ya de suyo frio y monótono por las condiciones del género, suele además estar deslustrado por las formas secas del razonamiento silogístico. Así y todo, puede decirse que Calderon en ninguna de sus obras dió tan brillantes muestras de poeta lírico como en los _Autos_, á pesar de las antítesis, frases simétricas, metáforas descomunales y vano lujo de palabrería _bombástica_ y altisonante. ¿Y quién le negará el lauro de gran poeta, cuando en medio de esas dobles y triples alegorías, confusa y abigarrada mezcla de teología, de historia y de mitología, acierte á descubrir la raíz de ese maravilloso simbolismo, que de un modo más ó ménos claro y poético abraza y expone las relaciones de Dios con la naturaleza, las del cuerpo con el espíritu, las de los sentidos con las potencias del alma? En la imposibilidad de conceder demasiado espacio á los _Autos sacramentales_, hemos incluido en esta coleccion tres de los que tenemos por mejores: _La vida es sueño_, donde, además de estar contenido en cifra y de un modo abstracto el pensamiento del más celebrado drama del poeta, es de admirar el vigor de condensacion con que el autor recorre la historia humana, desde el _Fiat_ creador hasta la caida del hombre, y desde ésta hasta su Regeneracion, con símbolos más transparentes y de mejor ley estética que los que usa en otros autos: _La cena de Baltasar_, como muestra de los autos más dramáticos y en que mejor se acomodan al fin y propósito del teatro sacramental las historias del Antiguo Testamento, sin salir enteramente de las condiciones dramáticas ordinarias, realzándolo todo hermosos trozos de poesía lírica, v. gr., las primeras y las últimas octavas en agudos, tan famosas y conocidas: y finalmente _A Dios por razon de Estado_, como ejemplo de los autos en que predominan los conceptos puros y las discusiones teológicas. IV.—Dramas religiosos. Género es este tan rico en nuestra literatura como el de los _Autos sacramentales_. Incluyo en este segundo miembro de la clasificacion, no sólo las comedias llamadas _devotas de santos_ ó _á lo divino_, sino las que versan sobre asuntos del Antiguo Testamento. Algunas de las obras piadosas de Calderon se han perdido: así, v. gr., _La Vírgen de la Almudena_, _La Vírgen de los Remedios_, _El carro del cielo_ y _El Triunfo de la Cruz_, dado caso que sea obra distinta de _La Exaltacion_. Tampoco parece el _San Francisco de Borja_, aunque pueden hallarse felices reminiscencias de ella en _El Fénix de España_ del jesuita Diego Calleja. Descartadas éstas y alguna otra que tampoco ha llegado á nuestros dias, quedan unas quince, muy diversas en asunto y en mérito. De gran parte de ellas puede prescindirse sin menoscabo de la gloria del poeta. Sobre historias de la ley antigua versan _Los cabellos de Absalon_ (mera refundicion, con un acto entero igual, de _La venganza de Tamar_, valentísima tragedia del maestro Tirso de Molina, siquiera la deslustre lo repugnante de algunas situaciones); _La Sibila del Oriente_, refundicion de un auto sacramental, _El árbol del mejor fruto_, y obra de las peor escritas é imaginadas de Calderon, llena de absurdos geográficos é históricos, como hablar Joab de las cuatro partes del mundo y de los enemigos que habia derrotado junto al Danubio; y _Júdas Macabeo_, donde se hace uso de pólvora y arcabuces. _Las cadenas del demonio_ es la evangelizacion de Armenia por San Bartolomé, y _La Aurora en Copacabana_ la aparicion de una imágen de la Vírgen en el Perú: obras las dos de escaso mérito. De la _Exaltacion de la Cruz_ sólo quedan en la memoria de las gentes tres hermosísimos versos en que el autor llama al sagrado madero de la cruz: Iris de paz, que se puso Entre las iras del cielo Y los delitos del mundo, versos que por sí solos, y prescindiendo de la paranomasia de _Iris_ é _iras_, valen tanto como un largo poema. _La Vírgen del Sagrario_ es una crónica dramática que dura siglos y enlaza toda la historia de España con el orígen, pérdida y restauracion de una imágen: son de notar en ella algunas escenas episódicas, como el bizarrísimo desafío entre el montañes y el muzárabe sobre la admision del rito romano. Descartadas estas obras, quedan aún seis de Calderon, pertenecientes al género devoto. Tres de ellas forman un grupo y tienen cierta unidad de pensamiento, y áun escenas muy semejantes: _El José de las mujeres_, _Los dos amantes del cielo_ y _El Mágico prodigioso_. En las tres los protagonistas son catecúmenos, y en las tres empiezan á salir de las tinieblas del paganismo por medio de la lectura de algun texto sagrado ó profano: el de Plinio en _El Mágico_, el principio del Evangelio de San Juan en _Los dos amantes del cielo_, y un lugar de la _Epístola á los corintios_ en _El José de las mujeres_. En las tres combaten los protagonistas, ayudados por la divina gracia, contra los halagos del amor profano y contra todas las artes diabólicas, puestas en juego por el mismo príncipe de los abismos, que es personaje muy principal en ellas. Y en las tres, finalmente, reciben victoriosos la palma triunfal del martirio. Abundan en todos estos dramas, lo mismo que en los autos, las discusiones teológicas. Pero aquí se detienen las semejanzas, porque el mérito de los tres dramas es muy desigual. El que ménos vale es _El José de las mujeres_, donde la heroína Eugenia, filósofa alejandrina (trasunto de Hipatia) acaba por convertirse al cristianismo y retirarse á las soledades de la Tebaida, de donde vuelve á Alejandría para derribar las estatuas que, creyéndola muerta, le habian sido levantadas durante su ausencia. El pensamiento capital de _Los dos amantes del cielo_ (obra bastante conocida en Alemania por una traduccion de Schack) merece no escasa loa: una mujer que sólo quiere conceder su amor á quien haya muerto por ella, y que se hace cristiana movida por la consideracion del entrañable amor de un Dios que se hizo carne por los pecados del mundo; un catecúmeno cristiano que resiste y lucha contra todas las seducciones del arte y de los sentidos, y entabla una especie de duelo teológico con la mujer que adora, hasta convertirla. De todo esto podia haber resultado una accion interesante, y, sin embargo, no resulta más que una comedia de enredo con acompañamiento de teología y de sabrosos cuentos de un gracioso. De _El Mágico_ poco hay que decir, puesto que pasa universalmente por una de las obras maestras del poeta, y Rosenkranz llegó á compararle con el _Fausto_, aunque la semejanza se reduce á intervenir en ambas obras pacto diabólico por alcanzar un sabio la posesion de una mujer. Y este es elemento vulgarísimo, no sólo de la leyenda de _Fausto_ y de la de _El Mágico_, sino de la de Teófilo y otras infinitas. Lo mejor de _El Mágico_ son los datos fundamentales que Calderon tomó de las actas de San Cipriano de Antioquía, escritas en griego por Simeon Metaphrastes, y traducidas al latin por Lipomano. En lo demas, pienso que la ejecucion es inferior á la grandeza del pensamiento y á la severa teología de las primeras escenas. Cuando no hablan Cipriano y el Demonio, _El Mágico_ (aunque la accion pase en Antioquía y en los primeros siglos de nuestra era) es una de tantas comedias de capa y espada, con dos galanes celosos, y chistes de criados, y cuchilladas y escondites. Los caracteres son débiles: el demonio tiene mucho de ergotista y de leguleyo, y algo de prestidigitador hábil en escamoteos. Justina es tipo vulgar y pálido, hasta que llega la escena admirable en que el tentador agota sus recursos para infundir en ella el ánsia del placer, y acaba por confesar su derrota, exclamando: Venciste, mujer, venciste Con no dejarte vencer. En esta escena y en la que sigue á la aparicion del esqueleto está el verdadero drama. Lo demas es un embrollo amoroso, que oscurece y rebaja la alta concepcion de esta obra, en que el autor se propuso mostrar cómo la especulacion racional es preparacion para la fe, y cómo el libre albedrío ayudado por la gracia triunfa de todas las sugestiones diabólicas. _La Devocion de la Cruz_ y _El Purgatorio de San Patricio_ tienen entre sí bastante analogía. El _Eusebio_ de la primera y el _Ludovico Enio_ pertenecen á una galería muy rica en nuestro teatro: la de bandoleros y facinerosos, que jamás pierden la fe y llegan á convertirse á la hora de la muerte. Así, el _Enrico_ de _El condenado por desconfiado_, el _Leonido_ de la _Fianza satisfecha_ y el _D. Gil_ de _El esclavo del demonio_. Se ha tachado á estos dramas de anticristianos y de mal ejemplo: hasta se les ha querido encontrar parentesco con la doctrina luterana de la fe que justifica sin las obras. Error indisculpable que demuestra mala fe ó poca lectura, pues ninguno de estos criminales se salva por la fe sola, sino por verdadero y sincerísimo arrepentimiento de sus culpas, acompañado de firme propósito de la enmienda, y ninguno de ellos trata de disculpar sus pecados atenuando los fueros del libre albedrío. Fuera de que alguno de ellos, v. gr., Ludovico, hace áun en esta vida asperísima penitencia. La doctrina es enteramente católica: lo heterodoxo, á la vez que irracional y de mal ejemplo, sería que tales delincuentes, sinceramente arrepentidos, no hallasen perdon ni misericordia. ¡Cuán horrible y desesperado drama resultaria! _El Purgatorio de San Patricio_ está fundado en la vulgarísima leyenda de aquella cueva ó _necromanteion_ irlandes, tal como la habia popularizado en España el doctor Juan Perez de Montalban. Aunque obra irregular y desconcertada, encierra el drama calderoniano primores de buena ley: trozos de vigor dantesco en la pintura de las regiones infernales, y algunos rasgos felices en el carácter de Ludovico, que el autor ha echado á perder, sin embargo, hasta hacer de él un monstruo casi increible de perversidad. La grandeza de los personajes áun en lo malo no se logra sumando enormidades, las cuales son en el carácter una falsedad equivalente al énfasis y á la hipérbole en la expresion. Yago será siempre más negro y odioso que todos los malvados de melodrama, sin necesidad de haber cometido ningun incesto ni parricidio. _La devocion de la Cruz_ es interesantísima leyenda, y como obra de las mocedades de Calderon, está escrita con más frescura y sencillez y con ménos afectacion que otras obras de su edad madura. Los caracteres de Eusebio y del viejo Lisardo son buenos, sin ser de primer órden. Julia no es carácter, y el mayor defecto que yo encuentro á la obra es la súbita transformacion de aquella monja en mujer facinerosa y bandolera. Que Julia por amor de Eusebio huya del convento y corra á los brazos de su amante, entra en la verosimilitud dramática; pero que una doncella tímida y recatada que áun despues de haber saltado las tapias del monasterio, siente impulsos de volver á él, cometa inmediatamente, y sin necesidad ni explicacion alguna, tantos homicidios y atropellos, no es humano, ni racional, ni interesante. Algunas escenas de este drama estan admirablemente concebidas: así, v. gr., el diálogo de Julia y Eusebio junto al cadáver del hijo de Lisardo. Superior á todos los dramas religiosos de Calderon me parece _El Príncipe constante_, donde el autor ha logrado hacer interesante en la escena á un varon justo, integérrimo, dechado de santidad y perfeccion. Sabido es que los _piadosos_ Eneas y Godofredos son personajes de poco juego en el teatro, que vive de la lucha de pasiones y de afectos. Con todo eso, el infante mártir de Portugal, Don Fernando, resulta interesante y simpático, además de admirable. El autor ha hecho de él una especie de Régulo cristiano, mucho más heroico que el de Roma, porque no le mueve sólo el amor patrio ni la palabra empeñada, sino el sentimiento religioso aterrado ante la idea de ver convertidos en mezquitas los templos de Cristo. —¿Por qué no me das á Ceuta? —Porque es de Dios y no es mia. Esta sublime expresion da por sí sola el espíritu del drama. Y Don Fernando llega á interesar porque, aunque perfecto é invencible, es hombre al cabo, y se lamenta de la desnudez y del frio y del hambre, que reciamente combaten su enérgica determinacion. Contra lo que suele pasar en Calderon, los personajes episódicos no estorban, y el bizarro tipo de Muley y sus amores con la hermosa Fénix contribuyen á dar apacible variedad y colorido al drama, y á hacerle más humano. Hay en él trozos líricos de los mejores de Calderon, sobre todo la escena en que admirablemente se glosa aquel romance de Góngora: Entre los sueltos caballos De los vencidos Zenétes, cuyo efecto debia ser portentoso en un público que le sabía de memoria y que le acompañaba en coro: y el hermosísimo soneto: Estas que fueron pompa y alegría, uno de los pocos sonetos nuestros del buen tiempo en que los tercetos no decaen de la entonacion de los cuartetos, y uno de los pocos tambien en que la idea y la forma corren parejas y se compenetran fácil y armoniosamente. V.—Comedias filosóficas. Son las mismas que D. Alberto Lista llamó _ideales_, incluyendo malamente entre ellas algunas como _Saber del mal y del bien_, _Gustos y disgustos son no más que imaginacion_, cuya filosofía se reduce á las vulgarísimas máximas de su título, siendo por lo demas comedias de enredo ó comedias palacianas semejantes á tantas otras. Por consiguiente (salvo mejor parecer) creo que sólo dos obras calderonianas deben incluirse en este grupo: _En esta vida todo es verdad y todo es mentira_, y _La vida es sueño_. Goza la primera de cierta celebridad en Europa desde los tiempos de Voltaire que descubrió en ella el original del _Heraclio_, de Corneille: lo cual han negado luégo Viguier y Philarète Chasles, promoviendo una embrollada cuestion de originalidad. Pero aunque sea cierto que de la comedia _En esta vida todo es verdad y todo es mentira_ no descubrió Hartzenbusch edicion anterior á 1664, miéntras que el _Heraclio_ aparece impreso en 1647, tambien lo es: 1.º Que Calderon no sabía frances, como lo prueban ciertos personajes grotescos de sus entremeses, á quienes pretende hacer hablar en aquella lengua. 2.º Que la historia literaria presenta cien casos de imitaciones de obras españolas por dramáticos franceses del siglo XVII (testigos _El Cid_, _El Mentiroso_ y muchos más), y un solo caso de imitacion francesa en España, y es _El Honrador de su padre_, de Diamante. 3.º Que se han perdido casi todas las ediciones príncipes de nuestras comedias, ya sueltas, ya en tomos de varios. Y áun suponiendo que _En esta vida_... no se imprimiera hasta 1664, pudo llegar á Francia manuscrita, como otras comedias nuestras que actores españoles representaron allí, y cuyos manuscritos se conservan. 4.º Que el verdadero original de la comedia de Calderon es _La rueda de la fortuna_, de Mira de Amescua, impresa desde 1616. Esto sin otros argumentos más menudos, que ya esforzó el Sr. Hartzenbusch. Lo que Corneille tomó del drama de Calderon es la excelente situacion trágica del primer acto, en que Heraclio y Leonido se disputan la gloria de ser hijos del muerto emperador Mauricio, y el viejo Astolfo que los habia criado se niega á revelar cuál de los dos es hijo del tirano y cuál lo es de su enemigo. Todo el primer acto de _En esta vida_ es (fuera de algunas manchas de diccion) una exposicion admirable. Desde el segundo acto, la obra degenera en comedia de magia, confusa y embrollada, y hecha más para prestigio de los ojos que para solaz del entendimiento. _La vida es sueño_ pasa por la obra maestra del poeta, y lo es sin duda, si se atiende al vigor de la concepcion. No hay pensamiento tan grande en ningun teatro del mundo. No sólo una sino várias tésis están allí revestidas de forma dramática: primera, el poder del libre albedrío que vence al influjo de las estrellas; segunda, la vanidad de las pompas y grandezas humanas, y cierta manera de escepticismo en cuanto á los fenómenos y apariencias sensibles; tercera, la victoria de la razon, iluminada por el desengaño, sobre las pasiones desencadenadas y los apetitos feroces del hombre en su estado natural y salvaje. _La vida es sueño_ es cifra de la historia humana en general, y de la de cada uno de los hombres en particular. Segismundo es lo que debia ser, dado el propósito del autor, no un carácter, sino un símbolo. No es escéptico como Hamlet: la tésis escéptica no es aquí más que provisional, y cede ante una tésis dogmática más alta. La razon doma á la concupiscencia; la fe aclara y resuelve el enigma de la vida humana. El Segismundo bárbaro de la primera jornada _reprime_ (un poco deprisa, es verdad, pero ya se sabe que el desarrollo artístico en Calderon peca de atropellado) su fiera y brava condicion, hasta convertirse en el héroe cristiano de la tercera jornada. El mismo autor nos dió la clave del simbolismo en un auto titulado tambien _La vida es sueño_, donde se generaliza y toma carácter universal y abstracto la accion de la comedia. El protagonista es el hombre que con su libre albedrío despeña al entendimiento, y cae en el pecado original, regenerándose luégo por los méritos de la sangre de Cristo y por el valor de sus propias obras ayudadas por la divina gracia. El gérmen de la comedia, es decir, el sueño de Segismundo, está en un cuento muy sabido de _Las mil y una noches_, pero sin alcance ni significacion trascendente de ningun género. Todas las bellezas de la obra de Calderon le pertenecen á él sólo. ¿A qué apuntar los pocos lunares que la afean? Sobran sin duda las aventuras de la doncella andante que va á Polonia á vengarse de un agravio; y no son modelo de diccion las famosas décimas, aunque lo sean algunos de los monólogos de Segismundo. VI.—Dramas trágicos. Seccion riquísima en las obras de nuestro poeta, y la más abundante en joyas de alto precio. Prescindamos de _La niña de Gomez Arias_, cuyo argumento es más propio de la novela, donde todo cabe, hasta las aberraciones morales y los casos patológicos, que del drama, en que siempre será repugnante espectáculo el de un galan que por vil interes vende su dama á los musulmanes. Además, esta obra es refundicion de otra de Luis Velez de Guevara, y Calderon ha aprovechado escenas enteras de la comedia primitiva. _El Alcalde de Zalamea_ no sólo es la obra más popular de Calderon entre españoles, sino la más perfecta y artística de todas las suyas. Pueden encontrársela analogías con ciertas obras de Lope, verbi gracia, _El mejor Alcalde el Rey_, _Fuente Ovejuna_, _Peribáñez y el Comendador de Ocaña_, pero sólo á Calderon pertenecen el desarrollo y los caracteres, que al reves de lo que sucede en otras obras suyas, son vivos, personales, enérgicos y hasta ricos y complejos, dignos del mismo Shakespeare. Y esto se diga no sólo del singularísimo D. Lope de Figueroa (que más que tipo de fantasía, es valentísimo retrato), caudillo viejo, jurador, impaciente y colérico, lleno de preocupaciones militares, y á la vez noble, generoso, recto, caballero y hasta afectuoso; no sólo del alcalde labrador Pedro Crespo, en quien se aunan por arte maravilloso el sentimiento de la justicia y el sentimiento vindicativo de la propia ofensa, sino hasta de los personajes más secundarios, de los villanos, soldados y vivanderas, de Rebolledo y la Chispa. La vida y la animacion corren á torrentes en este drama, donde hay hasta despilfarro de poder característico. Y junto con ésto la expresion suele ser sencilla, natural y _única_, de tal suerte que el drama llegaria á los últimos lindes de la perfeccion, si no fuera por aquella malhadada escena del bosque. ¿Pero quién no olvida tan leve mácula, cuando ve á Pedro Crespo en la escena más admirable que trazó Calderon, deponer la vara, y postrarse á los piés del capitan, demandándole la reparacion de su honor, y cuando ve perdida toda esperanza de concordia, levantarse como justicia y prenderle y agarrotarle, confundiendo en uno el desagravio de la ley moral y el desagravio de su sangre? Rasgos trágicos de primer órden brillan en _Amar despues de la muerte_ ó _El Tuzaní de la Alpujarra_, cuyo argumento está tomado de las _Guerras civiles de Granada_, de Ginés Perez de Hita. Interrogacion digna de Shakespeare es la del Tuzaní cuando exclama, al oir jactarse de su infame accion al asesino de Clara: «¿Fué como ésta la puñalada?» Y todo su carácter, vengativo, celoso, reconcentrado y profundo, es de purísima estirpe africana, y de sombría y vehemente inspiracion. Como se trata de un asunto histórico casi contemporáneo, es grande el color local, sobre todo en las escenas de la rebelion de los moriscos. Nada ménos que cuatro dramas de Calderon versan sobre la pasion de los celos, quizá la más dramática de todas y la más rica en contrastes, agitaciones, antinomias y luchas. Calderon la ha descrito en su máximo grado de exaltacion: no la ha analizado pacientemente y fibra á fibra, y sin duda por eso quedan sus celosos inferiores á Otelo, y la misma pasion resulta ó idealizada hasta el delirio como en el Tetrarca, ó subordinada á rencores como en don Juan de Roca, ó á móviles de honra como en don Gutierre de Solís: nunca tan humana como en el moro de Venecia, en quien despues de todo no son los celos más que exaltacion y quinta esencia del amor. «Quisiera estarla matando nueve años seguidos. ¡Qué divina mujer!...» Estas frases apasionadísimas que abundan en Shakespeare, jamás se le escapan á Calderon. Sus maridos matan friamente, y porque así lo exigen el _honor_ y las conveniencias sociales, cuya injusticia deploran con amargura: El legislador tirano Que puso en ajena mano Mi opinion, y no en la mia. Vano fuera establecer cotejo entre tan correctos esclavos de la _opinion_, y un bárbaro como Otelo, todo carne y sangre y hervor de pasion, y por eso mismo humano, admirable y eterno. Hay cierta gradacion en los cuatro dramas calderonianos. D. Juan de Roca, _el pintor de su deshonra_, se venga del adulterio consumado: D. Lope de Almeida toma _secreta venganza_ del _secreto_ propósito del _agravio_ consentido: D. Gutierre Alfonso de Solís (encarnacion la más completa del sentimiento del honor en lo que tiene de irracional y falso) no venga agravio ninguno, pero quiere evitar hasta la sombra y la posibilidad de él, por el sangriento medio de la incision en las venas de su mujer: el Tetrarca, finalmente, no se venga de nada, sino que inmola á la desdichada Mariene por egoismo y para evitar que otro, despues de la muerte de él, la posea. Y sin embargo, el Tetrarca es de todos ellos el único verdaderamente apasionado. Y áun puede decirse que sus celos tienen más noble raíz y fundamento que los de Otelo; pero tanto extremó el autor la nota idealista, que el Tetrarca llega á parecer un energúmeno, fuera de todas las condiciones de la vida humana. Así y todo, es gran carácter, y tiene el drama accidentes bellísimos, como aquello de las _arrastradas pompas_; pero siempre daremos la preferencia al _Médico de su honra_, como trasunto de un modo de pensar social que era dramático, aunque tuviese una punta de falsedad. VII.—Comedias de capa y espada. Son comedias de costumbres del tiempo, lozanas y vivideras, como todo lo que arranca de las entrañas de la realidad. No constituyen la porcion más trascendental de las obras de Calderon, pero sí la más amena y la que más intacta ha conservado su fama, en medio de todos los cambios de gusto. Hoy mismo son las obras suyas que con más deleite vemos en las tablas. Son tambien las escritas con más llaneza, y las más libres de culteranismo, aunque no de discreteos y sutilezas, que el autor reprodujo, porque estaban en la conversacion del tiempo, y que á veces se perdonan por lo ingeniosos y bizarros y por ser un rasgo característico de la época, hijo de condiciones nativas del ingenio español. Respírase en todas estas obras delicado perfume de honor y galantería. Todas se parecen, y todas son diferentes, sin embargo. Dan materia á la fábula amores y celos. La casualidad enreda y rige la trama. Los personajes inexcusables son un galan jóven, valiente, discreto, pundonoroso y de noble estirpe (el cual suele haber militado en Flándes ó en Italia); una dama tan noble y discreta como él, y además portento de hermosura, casi siempre huérfana de madre, y sometida á un padre, hermano ó tutor, más altiva que enamorada, algo soberbia de condicion y no poco violenta y arrojada; otra pareja de galan y dama que tiene, con ménos brillo, las mismas condiciones; un padre ó hermano, y á veces dos, muy caballeros y muy guardadores de la honra de su casa, y á la vez coléricos, impacientes y fáciles á la ira; un criado que lo anima todo con sus chistes y aconseja ó ayuda á su amo en la arriesgada á empresa. El amor que anda en juego es siempre amor lícito y honesto, entre personas libres, y encaminado á matrimonio. Para estorbar tan feliz resultado suelen atravesarse dos géneros de obstáculos, unos casuales é imprevistos, otros morales, que generalmente nacen de los celos del otro amante ó de la otra dama. El amante sospecha de la fidelidad de la dama ó ésta de la suya: comienzan los celos y las quejas: interviene á deshora en la plática el padre, el hermano ó el otro galan: embózase nuestro héroe y los resiste á todos, alborotando la calle: huye la dama despavorida y tapada á casa de una amiga ó á la del mismo galan, que por de contado respeta escrupulosamente su honor: y así va enredándose la madeja entre escondites, cuchilladas, embozos y mantos, hasta que todo se aclara felizmente, y la doncella andante premia en santo vínculo los afanes de su caballero. Sobre todo este fondo un poco monótono añádase una portentosa variedad de invenciones secundarias, un poder para atar y conducir la intriga mayor que el que constituye la única gloria de Scribe y de tantos otros: póngase todo en versos fáciles y numerosos, con toda la gala y abundancia de la lengua castellana, y se tendrá idea de esas deliciosas comedias que se llaman _Los empeños de un acaso_, _Mañanas de Abril y Mayo_, _La Dama Duende_, _El escondido y la tapada_, _Dar tiempo al tiempo_, _Casa con dos puertas_, y tantas y tantas entre las que apénas se puede escoger, por que casi todas son oro de ley. No ignoro los reparos que se han hecho y pueden hacerse á este género. En primer lugar, la monotonía y pobreza del fondo, aunque la variedad de incidentes la realce. Pero la vida de entónces era ménos vária y complicada que la nuestra, y además una gran parte de las relaciones sociales quedaban fuera de la jurisdiccion del poeta cómico, ya por loable respeto á la santidad del hogar, ya porque aquel arte buscaba por instinto lo que habia de noble, elevado y caballeresco en la vida real, y no lo que deshacía ó turbaba su armonía. En segundo lugar, y con más fundamento, puede achacarse á la comedia calderoniana de enredo, escasa variedad de caracteres. Hase dicho que el don Pedro y la doña Leonor de una comedia en nada difieren del D. Juan y la doña María de otra, y que Calderon nunca vió ni acertó á reproducir más que un mundo encantado en que todos los galanes son celosos y valientes, todas las damas discretas y arriscadas, y todos los criados decidores y chistosos. No negaremos que esto sea verdad casi siempre (por la razon ántes apuntada), pero pueden traerse excepciones muy notables. Aparte de que la identidad de los graciosos (que no suelen ser lo mejor de Calderon), no es tanta como se pondera, hay variedad hasta en los tipos femeninos, en que tampoco llegó Calderon á la dulce ó apasionada ternura que acertó á poner en sus heroínas Lope de Vega. Caracteres son, ó á lo ménos esbozos de carácter, la dama culti-latini-parla de _No hay burlas con el amor_, la hermosa necia y la fea discreta de _Cuál es mayor perfeccion_, la mogigata y la coqueta de _Guárdate del agua mansa_, y la resuelta doña Angela de _La Dama Duende_, sin otras que ahora no acuden á mi memoria. Como carácter de galan trazó Calderon uno bellísimo en el D. Cárlos de _No siempre lo peor es cierto_, prototipo de pasion generosa, delicada y pura, como quien piensa y afirma Que es hombre bajo, que es necio, Es vil, es ruin, es infame El que solamente atento A lo irracional del gusto Y á lo bruto del deseo, Viendo perdido lo más Se contenta con lo ménos. Más grave pecado, y de este sí que no podemos absolver á Calderon, es el empleo uniforme de ciertos recursos cómodos, pero que tienen mucho de convencionales é inverosímiles. En nuestras comedias basta un embozo ó un manto para hacer que desconozcan á una persona hasta sus más familiares deudos y amigos. Las tapadas, los escondidos, las luces apagadas, las puertas falsas, las alacenas giratorias, agradan en una ó en dos comedias, pero repetidas hasta la saciedad, engendran hastío y denuncian falta de inventiva en el poeta. No merecen tanta censura los duelos y cuchilladas, que con ser tantos en sus comedias, áun eran muchos más en la vida real. Y en cuanto á las visitas de las damas en casa de sus galanes, desgracia es de nuestras actuales costumbres el que no podamos concebirlas sino como pecaminosas, pero tampoco es lícito dudar que á los contemporáneos les parecian verosímiles é inocentes. Se parecen mucho á las comedias de capa y espada (y tanto que no vale la pena de hacer clase aparte, aunque la condicion de los protagonistas sea diversa) ciertas comedias palacianas de Calderon, como _El secreto á voces_, _El encanto sin encanto_, _La banda y la flor_, _Con quien vengo, vengo_, etc., etc., en que son príncipes y grandes señores, en vez de hidalgos de la clase media, los que andan envueltos en lances de amor y celos. Calderon no hizo nada en este género que pueda compararse con la profunda, sazonada y discreta ironía de Tirso en _El vergonzoso en Palacio_ ó en _El castigo del pensé qué_. VIII.—De otros géneros cultivados por Calderon. Despues de maduro exámen no me he atrevido á incluir en esta coleccion ninguno de los dramas de espectáculo ó comedias de tramoya, en que Calderon fué fecundísimo. El poeta queda siempre en tales dramas subordinado al maquinista y al pintor escenógrafo, y no hace obras de arte mas que á medias. Quizá él se engañara hasta tener por las mejores suyas las que escribia para los aparatosos festejos de los Sitios Reales; pero la posteridad, más cuerda, las ha relegado al olvido. Hoy no tienen más interes que el histórico y el de algunos buenos versos acá y allá esparcidos y casi ahogados en un mar de enfática y culterana palabrería. Juzgar á Calderon por tales dramas sería evidente injusticia. Buscar en ellos pasion, interes, caracteres y color de las respectivas épocas, fuera necedad y desvarío. Baste consignar para recuerdo, que Calderon explotó grandemente los _Metamorfoseos_ ovidianos, y puso en escena casi todas las fábulas de la antigüedad: los amores de _Apolo y Climene_, la caida del _Hijo del Sol, Faeton_, la _Estatua de Prometeo_, el _Golfo de las Sirenas_, las _Fortunas de Andrómeda y Perseo_, las aventuras de Hércules, Teseo y Jason, y la estancia de Aquíles en casa del rey Licomedes, disfrazada con el retumbante título de _El monstruo de los jardines_. Unicamente hemos abierto la mano en cuanto á dos breves zarzuelas, _El laurel de Apolo_ y _La púrpura de la rosa_, que además de ser de las más antiguas muestras de su género, contienen, sobre todo la primera, hermosos rasgos de poesía lírica. Por razones análogas hemos excluido á carga cerrada los dramas fundados en libros de caballerías, v. gr., _Hado y Divisa_, _La Puente de Mantible_, _El castillo de Lindabrídis_, _El jardin de Fabrina_; así como los dramas históricos, v. gr., _El segundo Scipion_, _Las armas de la hermosura_, _La gran Cenobia_, etc., en que innecesaria y caprichosamente está falseada la historia, no sólo en su esencia y en el carácter distintivo de las razas y de las civilizaciones, sino hasta en los datos externos más vulgares, hasta suponer, v. gr., que Coriolano toma las armas contra Roma por galantería y por impedir que se cumpla una ley suntuaria sobre los trajes de las mujeres. Mascarada semejante no la hay ni en la misma tragedia francesa. Sólo dos de estos dramas, ambos de asunto cercano al poeta, merecen conservarse: _La cisma de Ingalaterra_, no sólo por rasgos tan valientes como aquel soberbio Yo tengo de borrar cuanto tú escribas pronunciado por la sombra de Ana Bolena, cuando el teólogo coronado, amante suyo, prepara la refutacion de Lutero, sino por la útil materia de comparacion que ofrece con el _Enrique VIII_ de Shakespeare. _El sitio de Breda_, comedia soldadesca y de circunstancias, muy animada y llena de rumbo, tropel y boato, viene á ser el cuadro de _Las lanzas_ puesto en verso; pero desgraciadamente lo que cabe y es hermoso en la pintura, no lo es en el teatro. Resumamos: Calderon, sin ser en todo rigor de arte el primero de nuestros dramáticos, es el más profundo en las ideas, el de genio más comprensivo y alto, quizá el más grande en lo trágico, y de cierto en lo simbólico. Es además el poeta nacional por excelencia, español y católico hasta los tuétanos é idealizador mágico de los sentimientos caballerescos y de los más nobles impulsos de la raza. Si en los caracteres fué débil, quizá debamos atribuirlo á que no acertó á ver más que los lados simpáticos y nobles de la naturaleza humana. Lo que pierde en universalidad, lo gana en sabor castizo. Sus defectos son los del ingenio español; su grandeza se confunde con la de España, y no morirá sino con ella. ¡Privilegio singular y para envidiado! Pero aún hay otro más alto: el ser á un mismo tiempo poeta admirable de su raza y de su siglo, y poeta y maestro y delicias de la humanidad en todas las edades, como lo son Shakespeare y Cervántes. M. MENÉNDEZ PELAYO. DRAMAS RELIGIOSOS Y FILOSÓFICOS. LA VIDA ES SUEÑO. PERSONAS. BASILIO, _rey de Polonia_. SEGISMUNDO, _príncipe_. ASTOLFO, _duque de Moscovia_. CLOTALDO, _viejo_. CLARIN, _gracioso_. ESTRELLA, _infanta_. ROSAURA, _dama_. _Soldados._ _Guardas._ _Músicos._ _Acompañamiento._ _Criados._ _Damas._ La escena es en la corte de Polonia, en una fortaleza poco distante y en el campo. JORNADA PRIMERA. _A un lado monte fragoso y al otro una torre cuya planta baja sirve de prision á Segismundo. La puerta, que da frente al espectador, está entreabierta. La accion principia al anochecer._ ESCENA PRIMERA. ROSAURA, CLARIN. _(Rosaura vestida de hombre aparece en lo alto de las peñas, y baja á lo llano; tras ella viene Clarin.)_ ROSAURA. Hipogrifo violento Que corriste parejas con el viento, ¿Dónde rayo sin llama, Pájaro sin matiz, pez sin escama, Y bruto sin instinto Natural, al confuso laberinto Destas desnudas peñas Te desbocas, arrastras y despeñas? Quédate en este monte, Donde tengan los brutos su Faetonte; Que yo, sin más camino Que el que me dan las leyes del destino. Ciega y desesperada Bajaré la aspereza enmarañada Deste monte eminente, Que arruga al sol el ceño de su frente. Mal, Polonia, recibes A un extranjero, pues con sangre escribes Su entrada en tus arenas, Y apénas llega, cuando llega á penas. Bien mi suerte lo dice; ¿Mas dónde halló piedad un infelice? CLARIN. Dí dos, y no me dejes En la posada á mí cuando te quejes; Que si dos hemos sido Los que de nuestra patria hemos salido A probar aventuras, Dos los que entre desdichas y locuras Aquí habemos llegado, Y dos los que del monte hemos rodado, ¿No es razon que yo sienta Meterme en el pesar, y no en la cuenta? ROSAURA. No te quiero dar parte En mis quejas, Clarin, por no quitarte, Llorando tu desvelo, El derecho que tienes tú al consuelo. Que tanto gusto habia En quejarse, un filósofo decia, Que, á trueco de quejarse, Habian las desdichas de buscarse. CLARIN. El filósofo era Un borracho barbon: ¡oh! ¡quién le diera Más de mil bofetadas! Quejárase despues de muy bien dadas. ¿Mas qué haremos, señora, A pié, solos, perdidos y á esta hora En un desierto monte, Cuando se parte el sol á otro horizonte? ROSAURA. ¡Quién ha visto sucesos tan extraños! Mas si la vista no padece engaños Que hace la fantasía, A la medrosa luz que áun tiene el dia, Me parece que veo Un edificio. CLARIN. Ó miente mi deseo, Ó termino las señas. ROSAURA. Rústico nace entre desnudas peñas Un palacio tan breve, Que al sol apénas á mirar se atreve: Con tan rudo artificio La arquitectura está de su edificio, Que parece, á las plantas De tantas rocas y de peñas tantas Que al sol tocan la lumbre, Peñasco que ha rodado de la cumbre. CLARIN. Vámonos acercando; Que este es mucho mirar, señora, cuando Es mejor que la gente Que habita en ella, generosamente Nos admita. ROSAURA. La puerta (Mejor diré funesta boca) abierta Está, y desde su centro Nace la noche, pues la engendra dentro. _(Suenan dentro cadenas.)_ CLARIN. ¡Qué es lo que escucho, cielo! ROSAURA. Inmóvil bulto soy de fuego y hielo. CLARIN. ¿Cadenita hay que suena? Mátenme, si no es galeote en pena: Bien mi temor lo dice. ESCENA II. SEGISMUNDO, _en la torre_.—ROSAURA, CLARIN. SEGISM. _(Dentro.)_ ¡Ay mísero de mí! ¡Ay infelice! ROSAURA. ¡Qué triste voz escucho! Con nuevas penas y tormentos lucho. CLARIN. Yo con nuevos temores. ROSAURA. Clarin... CLARIN. Señora... ROSAURA. Huyamos los rigores Desta encantada torre. CLARIN. Yo áun no tengo Ánimo para huir, cuando á eso vengo. ROSAURA. ¿No es breve luz aquella Caduca exhalacion, pálida estrella, Que en trémulos desmayos, Pulsando ardores y latiendo rayos, Hace más tenebrosa La oscura habitacion con luz dudosa? Sí, pues á sus reflejos Puedo determinar (aunque de léjos) Una prision oscura, Que es de un vivo cadáver sepultura; Y porque más me asombre, En el traje de fiera yace un hombre De prisiones cargado, Y sólo de una luz acompañado. Pues huir no podemos, Desde aquí sus desdichas escuchemos: Sepamos lo que dice. _(Abrense las hojas de la puerta, y descúbrese Segismundo con una cadena y vestido de pieles. Hay luz en la torre.)_ SEGISM. ¡Ay mísero de mí! ¡Ay infelice! Apurar, cielos, pretendo, Ya que me tratais así, Qué delito cometí Contra vosotros naciendo: Aunque si nací, ya entiendo Qué delito he cometido: Bastante causa ha tenido Vuestra justicia y rigor, Pues el delito mayor Del hombre es haber nacido. Solo quisiera saber Para apurar mis desvelos (Dejando á una parte, cielos, El delito del nacer), ¿Qué más os pude ofender, Para castigarme más? ¿No nacieron los demas? Pues si los demas nacieron, ¿Qué privilegios tuvieron Que yo no gocé jamás? Nace el ave, y con las galas Que le dan belleza suma, Apénas es flor de pluma, Ó ramillete con alas, Cuando las etéreas alas Corta con velocidad, Negándose á la piedad Del nido que deja en calma: ¿Y teniendo yo más alma, Tengo ménos libertad? Nace el bruto, y con la piel Que dibujan manchas bellas, Apénas signo es de estrellas (Gracias al docto pincel), Cuando atrevido y cruel, La humana[1] necesidad Le enseña á tener crueldad, Monstruo de su laberinto: ¿Y yo con mejor instinto Tengo ménos libertad? Nace el pez, que no respira, Aborto de ovas y lamas, Y apénas bajel de escamas Sobre las ondas se mira, Cuando á todas partes gira, Midiendo la inmensidad De tanta capacidad Como le da el centro frio: ¿Y yo con más albedrío Tengo ménos libertad? Nace el arroyo, culebra Que entre flores se desata, Y apénas, sierpe de plata, Entre las flores se quiebra, Cuando músico celebra De las flores la piedad, Que le da la majestad Del campo abierto á su huida: ¿Y teniendo yo más vida Tengo ménos libertad? En llegando á esta pasion, Un volcan, un Etna hecho, Quisiera arrancar del pecho Pedazos del corazon: ¿Qué ley, justicia ó razon Negar á los hombres sabe Privilegio tan süave, Excepcion tan principal, Que Dios le ha dado á un cristal, Á un pez, á un bruto y á un ave? [1] Natural. ROSAURA. Temor y piedad en mí Sus razones han causado. SEGISM. ¿Quién mis voces ha escuchado? ¿Es Clotaldo? CLARIN. _(Ap. á su amo.)_ Dí que sí. ROSAURA. No es sino un triste (¡ay de mí!) Que en estas bóvedas frias Oyó tus melancolías. SEGISM. Pues muerte aquí te daré, Porque no sepas que sé _(Ásela.)_ Que sabes flaquezas mias. Sólo porque me has oido, Entre mis membrudos brazos Te tengo de hacer pedazos. CLARIN. Yo soy sordo, y no he podido Escucharte. ROSAURA. Si has nacido Humano, baste el postrarme Á tus piés para librarme. SEGISM. Tu voz pudo enternecerme, Tu presencia suspenderme Y tu respeto turbarme. ¿Quién eres? que aunque yo aquí Tan poco del mundo sé, Que cuna y sepulcro fué Esta torre para mí: Y aunque desde que nací (Si esto es nacer) sólo advierto Este rústico desierto, Donde miserable vivo, Siendo un esqueleto vivo, Siendo un animado muerto: Y aunque nunca ví ni hablé, Sino á un hombre solamente Que aquí mis desdichas siente, Por quien las noticias sé De cielo y tierra, y aunque Aquí, porque más te asombres Y monstruo humano me nombres, Entre asombros y quimeras, Soy un hombre de las fieras, Y una fiera de los hombres: Y aunque en desdichas tan graves La política he estudiado, De los brutos enseñado, Advertido de las aves, Y de los astros süaves Los círculos he medido; Tú sólo, tú has suspendido La pasion á mis enojos, La suspension á mis ojos, La admiracion á mi oido. Con cada vez que te veo Nueva admiracion me das, Y cuando te miro más, Aun más mirarte deseo. Ojos hidrópicos creo Que mis ojos deben ser; Pues cuando es muerte el beber, Beben más, y desta suerte, Viendo que el ver me da muerte, Estoy muriendo por ver. Pero véate yo y muera; Que no sé, rendido ya. Si el verte muerte me da, El no verte qué me diera. Fuera, más que muerte fiera. Ira, rabia y dolor fuerte; Fuera muerte: desta suerte Su rigor he ponderado. Pues dar vida á un desdichado Es dar á un dichoso muerte. ROSAURA. Con asombro de mirarte. Con admiracion de oirte, Ni sé qué pueda decirte. Ni qué pueda preguntarte: Sólo diré que á esta parte Hoy el cielo me ha guiado Para haberme consolado, Si consuelo puede ser Del que es desdichado, ver Otro que es más desdichado. Cuentan de un sabio, que un dia Tan pobre y mísero estaba, Que sólo se sustentaba De unas yerbas que cogia. ¿Habrá otro (entre sí decia) Más pobre y triste que yo? Y cuando el rostro volvió, Halló la respuesta, viendo Que iba otro sabio cogiendo Las hojas que él arrojó. Quejoso de la fortuna Yo en este mundo vivia, Y cuando entre mí decia: ¿Habrá otra persona alguna De suerte más importuna? Piadoso me has respondido; Pues volviendo en mi sentido. Hallo que las penas mias, Para hacerlas tú alegrías Las hubieras recogido. Y por si acaso mis penas Pueden en algo aliviarte, Óyelas atento, y toma Las que dellas me sobraren. Yo soy... ESCENA III. CLOTALDO, SOLDADOS.—SEGISMUNDO, ROSAURA, CLARIN. CLOTAL. _(Dentro.)_ Guardas desta torre, Que, dormidas ó cobardes, Dísteis paso á dos personas Que han quebrantado la cárcel... ROSAURA. Nueva confusion padezco. SEGISM. Este es Clotaldo, mi alcaide. ¿Aun no acaban mis desdichas? CLOTAL. _(Dentro.)_ Acudid, y vigilantes, Sin que puedan defenderse, Ó prendedles, ó matadles. _Voces._ _(Dentro.)_ ¡Traicion! CLARIN. Guardas desta torre. Que entrar aquí nos dejasteis. Pues que nos dais á escoger. El prendernos es más fácil. _(Salen Clotaldo y los soldados: él con una pistola, y todos con los rostros cubiertos.)_ CLOTAL. _(Aparte á los soldados al salir.)_ Todos os cubrid los rostros; Que es diligencia importante Miéntras estamos aquí Que no nos conozca nadie. CLARIN. ¿Enmascaraditos hay? CLOTAL. Oh vosotros que ignorantes, De aqueste vedado sitio Coto y término pasasteis Contra el decreto del Rey, Que manda que no ose nadie Examinar el prodigio Que entre esos peñascos yace, Rendid las armas y vidas, Ó aquesta pistola, áspid De metal, escupirá El veneno penetrante De dos balas, cuyo fuego Será escándalo del aire. SEGISM. Primero, tirano dueño, Que los ofendas ni agravies, Será mi vida despojo Destos lazos miserables; Pues en ellos, vive Dios, Tengo de despedazarme Con las manos, con los dientes, Entre aquestas peñas, ántes Que su desdicha consienta Y que llore sus ultrajes. CLOTAL. Si sabes que tus desdichas, Segismundo, son tan grandes, Que ántes de nacer moriste Por ley del cielo; si sabes Que aquestas prisiones son De tus furias arrogantes Un freno que las detenga Y una rueda que las pare, ¿Por qué blasonas? La puerta _(A los soldados.)_ Cerrad de esa estrecha cárcel; Escondedle en ella. SEGISM. ¡Ah, cielos, Qué bien haceis en quitarme La libertad! porque fuera Contra vosotros gigante, Que para quebrar al sol Esos vidrios y cristales, Sobre cimientos de piedra Pusiera montes de jaspe. CLOTAL. Quizá, porque no los pongas, Hoy padeces tantos males. _(Llévanse algunos soldados á Segismundo y enciérranle en su prision.)_ ESCENA IV. ROSAURA, CLOTALDO, CLARIN, SOLDADOS. ROSAURA. Ya que ví que la soberbia Te ofendió tanto, ignorante Fuera en no pedirte humilde Vida que á tus plantas yace. Muévate en mí la piedad; Que será rigor notable, Que no hallen favor en tí Ni soberbias ni humildades. CLARIN. Y si humildad ni soberbia No te obligan, personajes Que han movido y removido Mil autos sacramentales, Yo, ni humilde ni soberbio, Sino entre las dos mitades Entreverado, te pido Que nos remedies y ampares. CLOTAL. ¡Hola! SOLDADO. Señor... CLOTAL. A los dos Quitad las armas, y atadles Los ojos, porque no vean Cómo ni de dónde salen. ROSAURA. Mi espada es esta, que á tí Solamente ha de entregarse, Porque al fin, de todos eres El principal, y no sabe Rendirse á ménos valor. CLARIN. La mia es tal, que puede darse Al más rüin: tomadla vos. _(A un soldado.)_ ROSAURA. Y si he de morir, dejarte Quiero, en fe desta piedad, Prenda que pudo estimarse Por el dueño que algun dia Se la ciñó: que la guardes Te encargo, porque aunque yo No sé qué secreto alcance, Sé que esta dorada espada Encierra misterios grandes, Pues solo fiado en ella Vengo á Polonia á vengarme De un agravio. CLOTAL. _(Aparte.)_ ¡Santos cielos! ¡Qué es esto! ya son más graves Mis penas y confusiones, Mis ánsias y mis pesares. ¿Quién te la dió? ROSAURA. Una mujer. CLOTAL. ¿Cómo se llama? ROSAURA. Que calle Su nombre es fuerza. CLOTAL. ¿De qué Infieres ahora, ó sabes, Que hay secreto en esta espada? ROSAURA. Quien me la dió, dijo: «Parte A Polonia, y solicita Con ingenio, estudio ó arte, Que te vean esa espada Los nobles y principales, Que yo sé que alguno dellos Te favorezca y ampare;» Que por si acaso era muerto, No quiso entónces nombrarle. CLOTAL. _(Ap.)_ ¡Válgame el cielo, qué escucho! Aun no sé determinarme Si tales sucesos son Ilusiones ó verdades. Esta es la espada que yo Dejé á la hermosa Violante. Por señas que el que ceñida La trajera, habia de hallarme Amoroso como hijo, Y piadoso como padre. Pues ¿qué he de hacer (¡ay de mi!) En confusion semejante, Si quien la trae por favor, Para su muerte la trae, Pues que sentenciado á muerte Llega á mis piés? ¡Qué notable Confusion! ¡Qué triste hado! ¡Qué suerte tan inconstante! Este es mi hijo, y las señas Dicen bien con las señales Del corazon, que por verlo Llama al pecho, y en él bate Las alas, y no pudiendo Romper los candados, hace Lo que aquel que está encerrado, Y oyendo ruido en la calle Se asoma por la ventana: El así, como no sabe Lo que pasa, y oye el ruido, Va á los ojos á asomarse, Que son ventanas del pecho Por donde en lágrimas sale. ¿Qué he de hacer? (¡Valedme, cielos!) ¿Qué he de hacer? Porque llevarle Al Rey, es llevarle (¡ay triste!) A morir. Pues ocultarle Al Rey no puedo, conforme A la ley del homenaje. De una parte el amor proprio, Y la lealtad de otra parte Me rinden. Pero ¿qué dudo? La lealtad del Rey ¿no es ántes Que la vida y que el honor? Pues ella viva y él falte. Fuera de que si ahora atiendo A que dijo que á vengarse Viene de un agravio, hombre Que está agraviado, es infame.— No es mi hijo, no es mi hijo, Ni tiene mi noble sangre. Pero si ya ha sucedido Un peligro, de quien nadie Se libró, porque el honor Es de materia tan frágil Que con una accion se quiebra Ó se mancha con un aire, ¿Qué más puede hacer, qué más, El que es noble, de su parte, Que á costa de tantos riesgos Haber venido á buscarle? Mi hijo es, mi sangre tiene, Pues tiene valor tan grande; Y así, entre una y otra duda, El medio más importante Es irme al Rey, y decirle Que es mi hijo, y que le mate. Quizá la misma piedad De mi honor podrá obligarle; Y si le merezco vivo, Yo le ayudaré á vengarse De su agravio; mas si el Rey, En sus rigores constante, Le da muerte, morirá Sin saber que soy su padre.— Venid conmigo, extranjeros, _(A Rosaura y Clarin.)_ No temais, no, de que os falte Compañía en las desdichas, Pues en duda semejante De vivir ó de morir, No sé cuáles son más grandes. _(Vanse.)_ * * * * * _Salon del Palacio Real en la corte[2]._ [2] Calderon no la nombra: sin duda le pareció poco necesario, por ser el drama de pura invencion. ESCENA V. ASTOLFO Y SOLDADOS, _que salen por un lado, y por el otro_ LA INFANTA ESTRELLA Y DAMAS. _Música militar dentro y salvas._ ASTOLFO. Bien al ver los excelentes Rayos, que fueron cometas, Mezclan salvas diferentes Las cajas y las trompetas, Los pájaros y las fuentes: Siendo con música igual, Y con maravilla suma, A tu vista celestial Unos, clarines de pluma, Y otras, aves de metal; Y así os saludan, señora, Como á su reina las balas, Los pájaros como Aurora, Las trompetas como á Pálas Y las flores como á Flora; Porque sois, burlando el dia Que ya la noche destierra, Aurora en el alegría, Flora en paz, Pálas en guerra, Y reina en el alma mia. ESTREL. Si la voz se ha de medir Con las acciones humanas, Mal habeis hecho en decir Finezas tan cortesanas, Donde os pueda desmentir Todo ese marcial trofeo Con quien ya atrevida lucho; Pues no dicen, segun creo, Las lisonjas que os escucho, Con los rigores que veo. Y advertid que es baja accion, Que sólo á una fiera toca, Madre de engaño y traicion, El halagar con la boca Y matar con la intencion. ASTOLFO. Muy mal informada estais, Estrella, pues que la fe De mis finezas dudais, Y os suplico que me oigais La causa, á ver si la sé. Falleció Eustorgio tercero, Rey de Polonia, y quedó Basilio por heredero, Y dos hijas, de quien yo Y vos nacimos.—No quiero Cansaros con lo que tiene Lugar aquí.—Clorilene, Vuestra madre y mi señora, Que en mejor imperio ahora Dosel de luceros tiene, Fué la mayor, de quien vos Sois hija; fué la segunda, Madre y tia de los dos, La gallarda Recisunda, Que guarde mil años Dios; Casó en Moscovia, de quien Nací yo. Volver ahora Al otro principio es bien. Basilio, que ya, señora, Se rinde al comun desden Del tiempo, más inclinado A los estudios que dado A mujeres, enviudó Sin hijos, y vos y yo Aspiramos á este Estado. Vos alegais que habeis sido Hija de hermana mayor; Yo, que varon he nacido, Y aunque de hermana menor, Os debo ser preferido. Vuestra intencion y la mia A nuestro tio contamos: Él respondió que queria Componernos, y aplazamos Este puesto y este dia. Con esta intencion salí De Moscovia y de su tierra; Con esta llegué hasta aquí, En vez de haceros yo guerra, A que me la hagais á mí. ¡Oh! quiera Amor, sabio dios, Que el vulgo, astrólogo cierto, Hoy lo sea con los dos, Y que pare este concierto En que seais Reina vos, Pero Reina en mi albedrío, Dándôs, para más honor, Su corona nuestro tio, Sus triunfos vuestro valor Y su imperio el amor mio. ESTREL. A tan cortés bizarría Ménos mi pecho no muestra, Pues la imperial monarquía Para sólo hacerla vuestra Me holgara que fuera mia; Aunque no está satisfecho Mi amor de que sois ingrato, Si en cuanto decís, sospecho Que os desmiente ese retrato Que está pendiente del pecho. ASTOLFO. Satisfaceros intento Con él... Mas lugar no da Tanto sonoro instrumento, _(Tocan cajas.)_ Que avisa que sale ya El Rey con su parlamento. ESCENA VI. EL REY BASILIO, ACOMPAÑAMIENTO.—ASTOLFO, ESTRELLA, DAMAS, SOLDADOS. ESTREL. Sabio Táles... ASTOLFO. Docto Euclídes... ESTREL. Que entre signos... ASTOLFO. Que entre estrellas... ESTREL. Hoy gobiernas... ASTOLFO. Hoy resides... ESTREL. Y sus caminos... ASTOLFO. Sus huellas... ESTREL. Describes... ASTOLFO. Tasas y mides... ESTREL. Deja que en humildes lazos... ASTOLFO. Deja que en tiernos abrazos... ESTREL. Hiedra dese tronco sea. ASTOLFO. Rendido á tus piés me vea. BASILIO. Sobrinos, dadme los brazos, Y creed, pues que leales Á mi precepto amoroso Venís con afectos tales, Que á nadie deje quejoso Y los dos quedeis iguales: Y así, cuando me confieso Rendido al prolijo peso, Sólo os pido en la ocasion Silencio, que admiracion Ha de pedirla el suceso. Ya sabeis (estadme atentos, Amados sobrinos mios, Corte ilustre de Polonia, Vasallos, deudos y amigos), Ya sabeis que yo en el mundo Por mi ciencia he merecido El sobrenombre de docto, Pues, contra el tiempo y olvido, Los pinceles de Timantes, Los mármoles de Lisipo, En el ámbito del orbe Me aclaman el gran Basilio. Ya sabeis que son las ciencias Que más curso y más estimo, Matemáticas sutiles, Por quien al tiempo le quito, Por quien á la fama rompo La jurisdiccion y oficio De enseñar más cada dia; Pues cuando en mis tablas miro Presentes las novedades De los venideros siglos, Le gano al tiempo las gracias De contar lo que yo he dicho. Esos círculos de nieve, Esos doseles de vidrio Que el sol ilumina á rayos, Que parte la luna á giros; Esos orbes de diamantes, Esos globos cristalinos Que las estrellas adornan Y que campean los signos, Son el estudio mayor De mis años, son los libros Donde en papel de diamante, En cuadernos de zafiro, Escribe con líneas de oro, En caracteres distintos, El cielo nuestros sucesos, Ya adversos ó ya benignos. Estos leo tan veloz, Que con mi espíritu sigo Sus rápidos movimientos Por rumbos y por caminos. ¡Pluguiera al cielo, primero Que mi ingenio hubiera sido De sus márgenes comento, Y de sus hojas registro, Hubiera sido mi vida El primero desperdicio De sus iras, y que en ellas Mi tragedia hubiera sido, Porque de los infelices Aun el mérito es cuchillo, Que á quien le daña el saber, Homicida es de sí mismo! Dígalo yo, aunque mejor Lo dirán sucesos mios, Para cuya admiracion Otra vez silencio os pido. En Clorilene, mi esposa, Tuve un infelice hijo, En cuyo parto los cielos Se agotaron de prodigios. Ántes que á la luz hermosa Le diese el sepulcro vivo De un vientre (porque el nacer Y el morir son parecidos), Su madre infinitas veces, Entre ideas y delirios Del sueño, vió que rompia Sus entrañas atrevido Un monstruo en forma de hombre, Y entre su sangre teñido, La daba muerte, naciendo Víbora humana del siglo. Llegó de su parto el dia, Y los presagios cumplidos (Porque tarde ó nunca son Mentirosos los impíos), Nació en horóscopo tal, Que el sol, en su sangre tinto, Entraba sañudamente Con la luna en desafío; Y siendo valla la tierra, Los dos faroles divinos A luz entera luchaban, Ya que no á brazo partido. El mayor, el más horrendo Eclipse que ha padecido El sol, despues que con sangre Lloró la muerte de Cristo, Este fué, porque anegado El orbe en incendios vivos, Presumió que padecia El último parasismo: Los cielos se oscurecieron, Temblaron los edificios, Llovieron piedras las nubes, Corrieron sangre los rios. En aqueste, pues, del sol Ya frenesí, ó ya delirio, Nació Segismundo, dando De su condicion indicios, Pues dió la muerte á su madre, Con cuya fiereza dijo: Hombre soy, pues que ya empiezo A pagar mal beneficios. Yo, acudiendo á mis estudios, En ellos y en todo miro Que Segismundo sería El hombre más atrevido, El príncipe más cruel Y el monarca más impío, Por quien su reino vendria A ser parcial y diviso, Escuela de las traiciones Y academia de los vicios; Y él, de su furor llevado, Entre asombros y delitos, Habia de poner en mí Las plantas, y yo rendido A sus piés me habia de ver, (¡Con qué vergüenza lo digo!) Siendo alfombra de sus plantas Las canas del rostro mio. ¿Quién no da crédito al daño, Y más al daño que ha visto En su estudio, donde hace El amor proprio su oficio? Pues dando crédito yo Á los hados, que divinos Me pronosticaban daños En fatales vaticinios, Determiné de encerrar La fiera que habia nacido, Por ver si el sabio tenía En las estrellas dominio. Publicóse que el infante Nació muerto, y prevenido Hice labrar una torre Entre las peñas y riscos De esos montes, donde apénas La luz ha hallado camino, Por defenderle la entrada Sus rústicos obeliscos. Las graves penas y leyes, Que con públicos edictos Declararon que ninguno Entrase á un vedado sitio Del monte, se ocasionaron De las causas que os he dicho. Allí Segismundo vive Mísero, pobre y cautivo, Adonde sólo Clotaldo Le ha hablado, tratado y visto. Este le ha enseñado ciencias; Este en la ley le ha instruido Católica, siendo sólo De sus miserias testigo. Aquí hay tres cosas: la una Que yo, Polonia, os estimo Tanto, que os quiero librar De la opresion y servicio De un rey tirano, porque No fuera señor benigno El que á su patria y su imperio Pusiera en tanto peligro. La otra es considerar Que si á mi sangre le quito El derecho que le dieron Humano fuero y divino, No es cristiana caridad; Pues ninguna ley ha dicho Que por reservar yo á otro De tirano y de atrevido, Pueda yo serlo, supuesto Que si es tirano mi hijo, Porque él delitos no haga, Vengo yo á hacer los delitos. Es la última y tercera El ver cuánto yerro ha sido Dar crédito fácilmente Á los sucesos previstos; Pues aunque su inclinacion Le dicte sus precipicios, Quizá no le vencerán, Porque el hado más esquivo, La inclinacion más violenta, El planeta más impío, Sólo el albedrío inclinan, No fuerzan el albedrío. Y así, entre una y otra causa, Vacilante y discursivo, Previne un remedio tal, Que os suspenda los sentidos. Yo he de ponerle mañana, Sin que él sepa que es mi hijo Y Rey vuestro, á Segismundo (Que aqueste su nombre ha sido) En mi dosel, en mi silla, Y en fin, en el lugar mio, Donde os gobierne y os mande, Y donde todos rendidos La obediencia le jureis; Pues con aquesto consigo Tres cosas, con que respondo Á las otras tres que he dicho. Es la primera, que siendo Prudente, cuerdo y benigno, Desmintiendo en todo al hado Que dél tantas cosas dijo, Gozaréis el natural Príncipe vuestro, que ha sido Cortesano de unos montes Y de sus fieras vecino. Es la segunda, que si él Soberbio, osado, atrevido Y cruel, con rienda suelta Corre el campo de sus vicios, Habré yo piadoso entónces Con mi obligacion cumplido; Y luégo en desposeerle Haré como Rey invicto, Siendo el volverle á la cárcel No crueldad, sino castigo. Es la tercera, que siendo El príncipe como os digo, Por lo que os amo, vasallos, Os daré reyes más dignos De la corona y el cetro; Pues serán mis dos sobrinos, Que junto en uno el derecho De los dos, y convenidos Con la fe del matrimonio, Tendrán lo que han merecido. Esto como rey os mando, Esto como padre os pido, Esto como sabio os ruego, Esto como anciano os digo; Y si el Séneca español, Que era humilde esclavo, dijo, De su república un rey, Como esclavo os lo suplico. ASTOLFO. Si á mí el responder me toca, Como el que en efecto ha sido Aquí el más interesado, En nombre de todos digo Que Segismundo parezca, Pues le basta ser tu hijo. TODOS. Dános al príncipe nuestro, Que ya por rey le pedimos. BASILIO. Vasallos, esa fineza Os agradezco y estimo. Acompañad á sus cuartos A los dos atlantes mios, Que mañana le vereis. TODOS. ¡Viva el grande rey Basilio! _(Éntranse todos acompañando á Estrella y á Astolfo: quédase el Rey.)_ ESCENA VII. CLOTALDO, ROSAURA, CLARIN.—BASILIO. CLOTAL. ¿Podréte hablar? _(Al Rey.)_ BASILIO. ¡Oh Clotaldo! Tú seas muy bien venido. CLOTAL. Aunque viniendo á tus plantas Era fuerza haberlo sido, Esta vez rompe, señor, El hado triste y esquivo El privilegio á la ley Y á la costumbre el estilo. BASILIO. ¿Qué tienes? CLOTAL. Una desdicha, Señor, que me ha sucedido, Cuando pudiera tenerla Por el mayor regocijo. BASILIO. Prosigue. CLOTAL. Este bello jóven, Osado ó inadvertido, Entró en la torre, señor, Adonde al Príncipe ha visto, Y es... BASILIO. No os aflijais, Clotaldo: Si otro dia hubiera sido, Confieso que lo sintiera; Pero ya el secreto he dicho, Y no importa que él lo sepa, Supuesto que yo lo digo. Vedme despues, porque tengo Muchas cosas que advertiros Y muchas que hagais por mí; Que habeis de ser, os aviso, Instrumento del mayor Suceso que el mundo ha visto: Y á esos presos, porque al fin No presumais que castigo Descuidos vuestros, perdono. _(Vase.)_ CLOTAL. ¡Vivas, gran señor, mil siglos! ESCENA VIII. CLOTALDO, ROSAURA, CLARIN. CLOTAL. (_Ap._ Mejoró el cielo la suerte: Ya no diré que es mi hijo, Pues que lo puedo excusar.) Extranjeros peregrinos, Libres estais. ROSAURA. Tus piés beso Mil veces. CLARIN. Y yo los viso, Que una letra más ó ménos No reparan dos amigos. ROSAURA. La vida, señor, me has dado; Y pues á tu cuenta vivo, Eternamente seré Esclavo tuyo. CLOTAL. No ha sido Vida la que yo te he dado, Porque un hombre bien nacido, Si está agraviado, no vive; Y supuesto que has venido Á vengarte de un agravio, Segun tú proprio me has dicho, No te he dado vida yo, Porque tú no la has traido, Que vida infame no es vida. (_Ap._ Bien con aquesto le animo.) ROSAURA. Confieso que no la tengo, Aunque de tí la recibo; Pero yo con la venganza Dejaré mi honor tan limpio, Que pueda mi vida luego, Atropellando peligros, Parecer dádiva tuya. CLOTAL. Toma el acero bruñido Que trajiste; que yo sé Que él baste, en sangre teñida De tu enemigo, á vengarte; Porque acero que fué mio (Digo este instante, este rato Que en mi poder le he tenido), Sabrá vengarte. ROSAURA. En tu nombre Segunda vez me le ciño, Y en él juro mi venganza, Aunque fuese mi enemigo Más poderoso. CLOTAL. ¿Eslo mucho? ROSAURA. Tanto, que no te lo digo, No porque de tu prudencia Mayores cosas no fío, Sino porque no se vuelva Contra mí el favor que admiro En tu piedad. CLOTAL. Ántes fuera Ganarme á mí con decirlo; Pues fuera cerrarme el paso De ayudar á tu enemigo. (_Ap._ ¡Oh si supiera quién es!) ROSAURA. Porque no pienses que estimo Tan poco esa confianza, Sabe que el contrario ha sido No ménos que Astolfo, duque De Moscovia. CLOTAL. (_Ap._ Mal resisto El dolor, porque es más grave, Que fué imaginado, visto. Apuremos más el caso.) Si moscovita has nacido, El que es natural señor, Mal agraviarte ha podido: Vuélvete á tu patria, pues, Y deja el ardiente brío Que te despeña. ROSAURA. Yo sé, Que aunque mi príncipe ha sido, Pudo agraviarme. CLOTAL. No pudo, Aunque pusiera atrevido La mano en tu rostro. (_Ap._ ¡Ay cielos!) ROSAURA. Mayor fué el agravio mio. CLOTAL. Dílo ya, pues que no puedes Decir más que yo imagino. ROSAURA. Sí dijera; mas no sé Con qué respeto te miro, Con qué afecto te venero, Con qué estimacion te asisto, Que no me atrevo á decirte Que es este exterior vestido Enigma, pues no es de quien Parece: juzga advertido, Si no soy lo que parezco, Y Astolfo á casarse vino Con Estrella, si podrá Agraviarme. Harto te he dicho. _(Vanse Rosaura y Clarin.)_ CLOTAL. ¡Escucha, aguarda, detente! ¿Qué confuso laberinto Es este, donde no puede Hallar la razon el hilo? Mi honor es el agraviado, Poderoso el enemigo, Yo vasallo, ella mujer: Descubra el cielo camino; Aunque no sé si podrá, Cuando en tan confuso abismo Es todo el cielo un presagio, Y es todo el mundo un prodigio. JORNADA SEGUNDA. ESCENA PRIMERA. BASILIO, CLOTALDO. CLOTAL. Todo, como lo mandaste, Queda efectuado. BASILIO. Cuenta, Clotaldo, cómo pasó. CLOTAL. Fué, señor, desta manera. Con la apacible bebida, Que de confecciones llena Hacer mandaste, mezclando La virtud de algunas hierbas, Cuyo tirano poder Y cuya secreta fuerza Así al humano discurso Priva, roba y enajena, Que deja vivo cadáver Á un hombre, y cuya violencia, Adormecido, le quita Los sentidos y potencias... —No tenemos que argüir Que aquesto posible sea, Pues tantas veces, señor, Nos ha dicho la experiencia, Y es cierto, que de secretos Naturales está llena La medicina, y no hay Animal, planta ni piedra Que no tenga calidad Determinada, y si llega Á examinar mil venenos La humana malicia nuestra, Que den la muerte, ¿qué mucho Que, templada su violencia, Pues hay venenos que maten, Haya venenos que aduerman? Dejando aparte el dudar Si es posible que suceda, Pues que ya queda probado Con razones y evidencias...— Con la bebida, en efecto, Que el opio, la adormidera Y el beleño compusieron, Bajé á la cárcel estrecha De Segismundo; con él Hablé un rato de las letras Humanas, que le ha enseñado La muda naturaleza De los montes y los cielos, En cuya divina escuela La retórica aprendió De las aves y las fieras. Para levantarle más El espíritu á la empresa Que solicitas, tomé Por asunto la presteza De un águila caudalosa, Que despreciando la esfera Del viento, pasaba á ser En las regiones supremas Del fuego rayo de pluma, Ó desasido cometa. Encarecí el vuelo altivo, Diciendo: «Al fin eres reina De las aves, y así, á todas Es justo que las prefieras.» Él no hubo menester más; Que en tocando esta materia De la majestad, discurre Con ambicion y soberbia; Porque en efecto la sangre Le incita, mueve y alienta Á cosas grandes, y dijo: «¡Que en la república inquieta De las aves tambien haya Quien les jure la obediencia! En llegando á este discurso Mis desdichas me consuelan; Pues, por lo ménos, si estoy Sujeto, lo estoy por fuerza; Porque voluntariamente Á otro hombre no me rindiera.» Viendole ya enfurecido Con esto, que ha sido el tema De su dolor, le brindé Con la pócima, y apénas Pasó desde el vaso al pecho El licor, cuando las fuerzas Rindió al sueño, discurriendo Por los miembros y las venas Un sudor frio, de modo Que á no saber yo que era Muerte fingida, dudara De su vida. En esto llegan Las gentes de quien tú fias El valor desta experiencia, Y poniéndole en un coche, Hasta tu cuarto le llevan, Donde prevenida estaba La majestad y grandeza Que es digna de su persona. Allí en tu cama le acuestan, Donde al tiempo que el letargo Haya perdido la fuerza, Como á tí mismo, señor, Le sirvan, que así lo ordenas. Y si haberte obedecido Te obliga á que yo merezca Galardon, sólo te pido (Perdona mi inadvertencia) Que me digas, ¿qué es tu intento, Trayendo desta manera Á Segismundo á palacio? BASILIO. Clotaldo, muy justa es esa Duda que tienes, y quiero Sólo á tí satisfacerla. Á Segismundo mi hijo El influjo de su estrella (Bien lo sabes) amenaza Mil desdichas y tragedias: Quiero examinar si el cielo, Que no es posible que mienta, Y más habiéndonos dado De su rigor tantas muestras, En su cruel condicion, Ó se mitiga, ó se templa Por lo ménos, y vencido Con valor y con prudencia Se desdice; porque el hombre Predomina en las estrellas. Esto quiero examinar, Trayéndole donde sepa Que es mi hijo, y donde haga De su talento la prueba. Si magnánimo la vence, Reinará; pero si muestra El ser cruel y tirano, Le volveré á su cadena. Ahora preguntarás, Que para aquesta experiencia, ¿Qué importó haberle traido Dormido desta manera? Y quiero satisfacerte, Dándote á todo respuesta. Si él supiera que es mi hijo Hoy, y mañana se viera Segunda vez reducido Á su prision y miseria, Cierto es de su condicion Que desesperara en ella; Porque sabiendo quién es, ¿Qué consuelo habrá que tenga? Y así he querido dejar Abierta al daño la puerta Del decir que fué soñado Cuanto vió. Con esto llegan A examinarse dos cosas: Su condicion, la primera; Pues él despierto procede En cuanto imagina y piensa: Y el consuelo la segunda; Pues aunque ahora se vea Obedecido, y despues A sus prisiones se vuelva, Podrá entender que soñó, Y hará bien cuando lo entienda Porque en el mundo, Clotaldo, Todos los que viven sueñan. CLOTAL. Razones no me faltaran Para probar que no aciertas; Mas ya no tiene remedio; Y segun dicen las señas, Parece que ha despertado, Y hácia nosotros se acerca. BASILIO. Yo me quiero retirar: Tú, como ayo suyo, llega, Y de tantas confusiones Como su discurso cercan, Le saca con la verdad. CLOTAL. ¿En fin, que me das licencia Para que lo diga? BASILIO. Sí; Que podrá ser, con saberla, Que conocido el peligro Más fácilmente se venza. _(Vase.)_ ESCENA II. CLARIN.—CLOTALDO. CLARIN. _(Ap.)_ Á costa de cuatro palos, Que el llegar aquí me cuesta, De un alabardero rubio Que barbó de su librea, Tengo de ver cuanto pasa; Que no hay ventana más cierta, Que aquella que, sin rogar Á un ministro de boletas, Un hombre se trae consigo; Pues para todas las fiestas, Despojado y despejado Se asoma á su desvergüenza. CLOTAL. (_Ap._ Este es Clarin, el criado De aquella (¡ay cielos!), de aquella Que, tratante de desdichas, Pasó á Polonia mi afrenta.) Clarin, ¿qué hay de nuevo? CLARIN. Hay, Señor, que tu gran clemencia, Dispuesta á vengar agravios De Rosaura, la aconseja Que tome su propio traje. CLOTAL. Y es bien, porque no parezca Liviandad. CLARIN. Hay que mudando Su nombre, y tomando cuerda Nombre de sobrina tuya, Hoy tanto honor se acrecienta, Que dama en palacio ya De la singular Estrella Vive. CLOTAL. Es bien que de una vez Tome su honor por mi cuenta. CLARIN. Hay que ella está esperando Que ocasion y tiempo venga En que vuelvas por su honor. CLOTAL. Prevencion segura es esa; Que al fin el tiempo ha de ser Quien haga esas diligencias. CLARIN. Hay que ella está regalada, Servida como una reina, En fe de sobrina tuya. Y hay que viniendo con ella, Estoy yo muriendo de hambre Y nadie de mí se acuerda, Sin mirar que soy Clarin, Y que si el tal Clarin suena, Podrá decir cuanto pasa Al Rey, á Astolfo y á Estrella; Porque Clarin y criado Son dos cosas que se llevan Con el secreto muy mal; Y podrá ser, si me deja El silencio de su mano, Se cante por mí esta letra: _Clarin que rompe el albor,_ _No suena mejor_. CLOTAL. Tu queja está bien fundada; Yo satisfaré tu queja, Y en tanto sírveme á mí. CLARIN. Pues ya Segismundo llega. ESCENA III. MÚSICOS, _cantando, y_ CRIADOS, _dando de vestir á_ SEGISMUNDO, _que sale como asombrado_.—CLOTALDO, CLARIN. SEGISM. ¡Válgame el cielo, qué veo! ¡Válgame el cielo, qué miro! Con poco espanto lo admiro, Con mucha duda lo creo. ¿Yo en palacios suntuosos? ¿Yo entre telas y brocados? ¿Yo cercado de criados Tan lucidos y briosos? ¿Yo despertar de dormir En lecho tan excelente? ¿Yo en medio de tanta gente Que me sirva de vestir? Decir que sueño es engaño: Bien sé que despierto estoy. ¿Yo Segismundo no soy? Dadme, cielos, desengaño. Decidme, ¿qué pudo ser Esto que á mi fantasía Sucedió miéntras dormia, Que aquí me he llegado á ver? Pero sea lo que fuere, ¿Quién me mete en discurrir? Dejarme quiero servir, Y venga lo que viniere. CRIAD. 1.º _(Ap. al Criado 2.º y á Clarin.)_ ¡Qué melancólico está! CRIAD. 2.º ¿Pues á quién le sucediera Esto, que no lo estuviera? CLARIN. Á mí. CRIAD. 2.º Llega á hablarle ya. CRIAD. 1.º _(A Segismundo.)_ ¿Volverán á cantar? SEGISM. No, No quiero que canten más. CRIAD. 2.º Como tan suspenso estás. Quise divertirte. SEGISM. Yo No tengo de divertir Con sus voces mis pesares; Las músicas militares Sólo he gustado de oir. CLOTAL. Vuestra Alteza, gran señor, Me dé su mano á besar, Que el primero os ha de dar Esta obediencia mi honor. SEGISM. _(Ap.)_ Clotaldo es: ¿pues como así, Quien en prision me maltrata, Con tal respeto me trata? ¿Qué es lo que pasa por mí? CLOTAL. Con la grande confusion Que el nuevo estado te da, Mil dudas padecerá El discurso y la razon; Pero ya librarte quiero De todas (si puede ser), Porque has, señor, de saber Que eres príncipe heredero De Polonia. Si has estado Retirado y escondido, Por obedecer ha sido A la inclemencia del hado, Que mil tragedias consiente A este imperio, cuando en él El soberano laurel Corone tu augusta frente. Mas fiando á tu atencion Que vencerás las estrellas, Porque es posible vencellas Un magnánimo varon, A palacio te han traido De la torre en que vivias, Miéntras al sueño tenías El espíritu rendido. Tu padre, el Rey mi señor, Vendrá á verte, y dél sabrás, Segismundo, lo demas. SEGISM. Pues vil, infame, traidor, ¿Qué tengo más que saber, Despues de saber quien soy, Para mostrar desde hoy Mi soberbia y mi poder? ¿Cómo á tu patria le has hecho Tal traicion, que me ocultaste Á mí, pues que me negaste, Contra razon y derecho, Este estado? CLOTAL. ¡Ay de mí triste! SEGISM. Traidor fuiste con la ley, Lisonjero con el Rey, Y cruel conmigo fuiste; Y así el Rey, la ley y yo, Entre desdichas tan fieras, Te condenan á que mueras Á mis manos. CRIAD. 2.º Señor... SEGISM. No Me estorbe nadie, que es vana Diligencia: ¡y vive Dios! Si os poneis delante vos, Que os eche por la ventana. CRIAD. 2.º Huye, Clotaldo. CLOTAL. ¡Ay de tí, Qué soberbia vas mostrando, Sin saber que estás soñando! _(Vase.)_ CRIAD. 2.º Advierte... SEGISM. Aparta de aquí. CRIAD. 2.º Que á su Rey obedeció. SEGISM. En lo que no es justa ley No ha de obedecer al Rey, Y su príncipe era yo. CRIAD. 2.º Él no debió examinar Si era bien hecho ó mal hecho. SEGISM. Que estais mal con vos sospecho, Pues me dais que replicar. CLARIN. Dice el Príncipe muy bien, Y vos hicisteis muy mal. CRIAD. 2.º ¿Quién os dió licencia igual? CLARIN. Yo me la he tomado. SEGISM. ¿Quién Eres tú, dí? CLARIN. Entremetido, Y deste oficio soy jefe, Porque soy el mequetrefe Mayor que se ha conocido. SEGISM. Tú sólo en tan nuevos mundos Me has agradado. CLARIN. Señor, Soy un grande agradador De todos los Segismundos. ESCENA IV. ASTOLFO.—SEGISMUNDO, CLARIN, CRIADOS, MÚSICOS. ASTOLFO. ¡Feliz mil veces el dia, Oh Príncipe, que os mostrais, Sol de Polonia, y llenais De resplandor y alegría Todos esos horizontes Con tan divino arrebol; Pues que salís como el sol De los senos de los montes! Salid, pues, y aunque tan tarde Se corona vuestra frente Del laurel resplandeciente, Tarde muera. SEGISM. Dios os guarde. ASTOLFO. El no haberme conocido Sólo por disculpa os doy De no honrarme más. Yo soy Astolfo, duque he nacido De Moscovia, y primo vuestro: Haya igualdad en los dos. SEGISM. Si digo que os guarde Dios, ¿Bastante agrado no os muestro? Pero ya que haciendo alarde De quien sois, desto os quejais, Otra vez que me veais Le diré á Dios que no os guarde. CRIAD. 2.º _(A Astolfo.)_ Vuestra Alteza considere Que como en montes nacido Con todos ha procedido. _(A Segismundo.)_ Astolfo, señor, prefiere... SEGISM. Cansóme como llegó Grave á hablarme, y lo primero Que hizo, se puso el sombrero. CRIAD. 2.º Es grande. SEGISM. Mayor soy yo. CRIAD. 2.º Con todo eso, entre los dos Que haya más respeto es bien Que entre los demas. SEGISM. ¿Y quién Os mete conmigo á vos? ESCENA V. ESTRELLA.—DICHOS. ESTREL. Vuestra Alteza, señor, sea Muchas veces bien venido Al dosel que agradecido Le recibe y le desea, Adonde, á pesar de engaños, Viva augusto y eminente, Donde su vida se cuente Por siglos, y no por años. SEGISM. _(A Clarin.)_ Díme tú ahora, ¿quién es Esta beldad soberana? ¿Quién es esta diosa humana, A cuyos divinos piés Postra el cielo su arrebol? ¿Quién es esta mujer bella? CLARIN. Es, señor, tu prima Estrella. SEGISM. Mejor dijeras el sol. Aunque el parabien es bien _(A Estrella.)_ Darme del bien que conquisto, De sólo haberos hoy visto Os admito el parabien: Y así, de llegarme á ver Con el bien que no merezco, El parabien agradezco, Estrella, que amanecer Podeis, y dar alegría Al más luciente farol. ¿Qué dejais que hacer al sol, Si os levantais con el dia? Dadme á besar vuestra mano, En cuya copa de nieve El aura candores bebe. ESTREL. Sed más galan cortesano. ASTOLFO. _(Ap.)_ Soy perdido. CRIAD. 2.º (_Ap._ El pesar sé De Astolfo, y le estorbaré.) Advierte, señor, que no Es justo atreverse así, Y estando Astolfo... SEGISM. ¿No digo Que vos no os metais conmigo? CRIAD. 2.º Digo lo que es justo. SEGISM. Á mí Todo eso me causa enfado. Nada me parece justo En siendo contra mi gusto. CRIAD. 2.º Pues yo, señor, he escuchado De tí que en lo justo es bien Obedecer y servir. SEGISM. Tambien oiste decir Que por un balcon, á quien Me canse, sabré arrojar. CRIAD. 2.º Con los hombres como yo No puede hacerse eso. SEGISM. ¿No? ¡Por Dios! que lo he de probar. _(Cógele en los brazos y éntrase, y todos tras él, volviendo á salir inmediatamente.)_ ASTOLFO. ¿Qué es esto que llego á ver? ESTREL. Idle todos á estorbar. _(Vase.)_ SEGISM. _(Volviendo.)_ Cayó del balcon al mar: ¡Vive Dios! que pudo ser[3]. [3] Polonia no tenía puertos: Calderon por consiguiente no pudo colocar la accion del drama en una ciudad marítima. A este cargo que se ha hecho al autor por estos dos versos creo que se responde muy fácilmente. _Mar_ se llamaba en tiempo de Calderon al de _Ontígola_, que es un estanque; _Mar_ se llamó despues al estanque grande de los jardines de la Granja. _Cayó del balcon al mar_, querrá, segun esto, decir: «cayó á un estanque de los jardines de palacio, cayó al estanque que está debajo del balcon.» ASTOLFO. Pues medid con más espacio Vuestras acciones severas, Que lo que hay de hombres á fieras, Hay desde un monte á palacio. SEGISM. Pues en dando tan severo En hablar con entereza, Quizá no hallaréis cabeza En que se os tenga el sombrero. _(Vase Astolfo.)_ ESCENA VI. BASILIO.—SEGISMUNDO, CLARIN, CRIADOS. BASILIO. ¿Qué ha sido esto? SEGISM. Nada ha sido. Á un hombre, que me ha cansado, Deste balcon he arrojado. CLARIN. _(A Segism.)_ Que es el Rey está advertido. BASILIO. ¿Tan presto una vida cuesta Tu venida al primer dia? SEGISM. Díjome que no podia Hacerse, y gané la apuesta. BASILIO. Pésame mucho que cuando, Príncipe, á verte he venido, Pensado hallarte advertido, De hados y estrellas triunfando, Con tanto rigor te vea, Y que la primera accion Que has hecho en esta ocasion, Un grave homicidio sea. ¿Con qué amor llegar podré A darte ahora mis brazos, Si de sus soberbios lazos, Que están enseñados sé A dar muerte? ¿Quién llegó A ver desnudo el puñal Que dió una herida mortal, Que no temiese? ¿Quién vió Sangriento el lugar, adonde A otro hombre le dieron muerte, Que no sienta? que el más fuerte A su natural responde. Yo así, que en tus brazos miro Desta muerte el instrumento, Y miro el lugar sangriento, De tus brazos me retiro; Y aunque en amorosos lazos Ceñir tu cuello pensé, Sin ellos me volveré, Que tengo miedo á tus brazos. SEGISM. Sin ellos me podré estar Como me he estado hasta aquí; Que un padre que contra mí Tanto rigor sabe usar, Que su condicion ingrata De su lado me desvía, Como á una fiera me cria, Y como á un monstruo me trata Y mi muerte solicita, De poca importancia fué Que los brazos no me dé, Cuando el sér de hombre me quita. BASILIO. Al cielo y á Dios pluguiera Que á dártele no llegara; Pues ni tu voz escuchara, Ni tu atrevimiento viera. SEGISM. Si no me le hubieras dado, No me quejara de tí; Pero una vez dado, sí, Por habérmele quitado; Pues aunque el dar la accion es Más noble y más singular, Es mayor bajeza el dar, Para quitarlo despues. BASILIO. ¡Bien me agradeces el verte, De un humilde y pobre preso, Príncipe ya! SEGISM. Pues en eso ¿Qué tengo que agradecerte? Tirano de mi albedrío, Si viejo y caduco estás, ¿Muriéndote, qué me das? ¿Dasme más de lo que es mio? Mi padre eres y mi rey; Luego toda esta grandeza Me da la naturaleza Por derecho de su ley. Luego aunque esté en tal estado, Obligado no te quedo, Y pedirte cuentas puedo Del tiempo que me has quitado Libertad, vida y honor; Y así, agradéceme á mí Que yo no cobre de tí, Pues eres tú mi deudor. BASILIO. Bárbaro eres y atrevido: Cumplió su palabra el cielo; Y así, para él mismo apelo, Soberbio y desvanecido. Y aunque sepas ya quién eres, Y desengañado estés, Y aunque en un lugar te ves Donde á todos te prefieres, Mira bien lo que te advierto, Que seas humilde y blando, Porque quizá estás soñando, Aunque ves que estás despierto. _(Vase.)_ SEGISM. ¿Que quizás soñando estoy, Aunque despierto me veo? No sueño, pues toco y creo Lo que he sido y lo que soy. Y aunque ahora te arrepientas, Poco remedio tendrás; Sé quien soy, y no podrás, Aunque suspires y sientas. Quitarme el haber nacido Desta corona heredero; Y si me viste primero A las prisiones rendido, Fué porque ignoré quién era, Pero ya informado estoy De quien soy, y sé que soy Un compuesto de hombre y fiera. ESCENA VII. ROSAURA, _en traje de mujer_.—SEGISMUNDO, CLARIN, CRIADOS. ROSAURA. _(Ap.)_ Siguiendo á Estrella vengo, Y gran temor de hallar á Astolfo tengo; Que Clotaldo desea Que no sepa quién soy, y no me vea, Porque dice que importa al honor mio: Y de Clotaldo fío Su efecto, pues le debo agradecida Aquí el amparo de mi honor y vida. CLARIN. _(A Segism.)_ ¿Qué es lo que te ha agradado Más de cuanto aquí has visto y admirado? SEGISM. Nada me ha suspendido; Que todo lo tenía prevenido; Mas si admirarme hubiera Algo en el mundo, la hermosura fuera De la mujer. Leia Una vez yo en los libros que tenía, Que lo que á Dios mayor estudio debe, Era el hombre, por ser un mundo breve; Mas ya que lo es recelo La mujer, pues ha sido un breve cielo; Y más beldad encierra Que el hombre, cuanto va de cielo á tierra;. Y más si es la que miro. ROSAURA. _(Ap.)_ El Príncipe está aquí; yo me retiro. SEGISM. Oye, mujer, detente; No juntes el ocaso y el oriente, Huyendo al primer paso; Que juntos el oriente y el ocaso, La luz y sombra fria, Serás sin duda síncopa del dia. ¿Pero qué es lo que veo? ROSAURA. Lo mismo que estoy viendo dudo y creo. SEGISM. _(Ap.)_ Yo he visto esta belleza Otra vez. ROSAURA. _(Ap.)_ Yo esta pompa, esta grandeza He visto reducida A una estrecha prision. SEGISM. (_Ap._ Ya hallé mi vida.) Mujer, que aqueste nombre Es el mejor requiebro para el hombre, ¿Quién eres? que sin verte Adoracion me debes, y de suerte Por la fe te conquisto, Que me persuado á que otra vez te he visto. ¿Quién eres, mujer bella? ROSAURA. Disimular me importa. Soy de Estrella Una infelice dama. SEGISM. No digas tal; dí el sol, á cuya llama Aquella estrella vive, Pues de tus rayos resplandor recibe; Yo ví en reino de olores Que presidia entre escuadron de flores La deidad de la rosa, Y era su emperatriz por más hermosa; Yo ví entre piedras finas De la docta academia de sus minas Preferir el diamante, Y ser su emperador por más brillante; Yo en esas córtes bellas De la inquieta república de estrellas, Ví en el lugar primero Por rey de las estrellas al lucero; Yo en esferas perfetas, Llamando el sol á córtes los planetas, Le ví que presidia, Como mayor oráculo del dia. Pues ¿cómo si entre flores, entre estrellas, Piedras, signos, planetas, las más bellas Prefieren, tú has servido La de ménos beldad, habiendo sido Por más bella y hermosa, Sol, lucero, diamante, estrella y rosa? ESCENA VIII. CLOTALDO, _que se queda al paño_.—SEGISMUNDO, ROSAURA, CLARIN, CRIADOS. CLOTAL. _(Ap.)_ A Segismundo reducir deseo, Porque en fin le he criado: mas ¡qué veo! ROSAURA. Tu favor reverencio: Respóndate retórico el silencio: Cuando tan torpe la razon se halla, Mejor habla, señor, quien mejor calla. SEGISM. No has de ausentarte, espera. ¿Cómo quieres dejar de esa manera A obscuras mi sentido? ROSAURA. Esta licencia á vuestra Alteza pido. SEGISM. Irte con tal violencia No es pedirla, es tomarte la licencia. ROSAURA. Pues si tú no la das, tomarla espero. SEGISM. Harás que de cortés pase á grosero, Porque la resistencia Es veneno cruel de mi paciencia. ROSAURA. Pues cuando ese veneno, De furia, de rigor y saña lleno, La paciencia venciera, Mi respeto no osara, ni pudiera. SEGISM. Sólo por ver si puedo, Harás que pierda á tu hermosura el miedo, Que soy muy inclinado A vencer lo imposible: hoy he arrojado De ese balcon á un hombre, que decia Que hacerse no podia; Y así por ver si puedo, cosa es llana Que arrojaré tu honor por la ventana. CLOTAL. _(Ap.)_ Mucho se va empeñando. ¿Qué he de hacer, cielos, cuando Tras un loco deseo Mi honor segunda vez á riesgo veo? ROSAURA. No en vano prevenía A este reino infeliz tu tiranía Escándalos tan fuertes De delitos, traiciones, iras, muertes. Mas ¿qué ha de hacer un hombre, Que no tiene de humano más que el nombre, Atrevido, inhumano, Cruel, soberbio, bárbaro y tirano, Nacido entre las fieras? SEGISM. Porque tú ese baldon no me dijeras, Tan cortés me mostraba, Pensando que con esto te obligaba; Mas si lo soy hablando deste modo, Has de decirlo, vive Dios, por todo.— Hola, dejadnos solos, y esa puerta Se cierre, y no entre nadie. _(Vanse Clarin y los criados.)_ ROSAURA. Yo soy muerta.— Advierte... SEGISM. Soy tirano, Y ya pretendes reducirme en vano. CLOTAL. _(Ap.)_ ¡Oh qué lance tan fuerte! Saldré á estorbarlo, aunque me dé la muerte. Señor, atiende, mira. _(Llega.)_ SEGISM. Segunda vez me has provocado á ira, Viejo caduco y loco. ¿Mi enojo y mi rigor tienes en poco? ¿Cómo hasta aquí has llegado? CLOTAL. De los acentos desta voz llamado, A decirte que seas Más apacible, si reinar deseas; Y no por verte ya de todos dueño, Seas cruel, porque quizá es un sueño. SEGISM. A rabia me provocas, Cuando la luz del desengaño tocas. Veré, dándote la muerte, Si es sueño ó si es verdad. _(Al ir á sacar la daga se la detiene Clotaldo, y se pone de rodillas.)_ CLOTAL. Yo desta suerte Librar mi vida espero. SEGISM. Quita la osada mano del acero. CLOTAL. Hasta que gente venga, Que tu rigor y cólera detenga, No he de soltarte. ROSAURA. ¡Ay cielo! SEGISM. Suelta, digo, Caduco, loco, bárbaro, enemigo, Ó será desta suerte, _(Luchan.)_ Dándote ahora entre mis brazos muerte. ROSAURA. Acudid todos presto, Que matan á Clotaldo. _(Vase.)_ _(Sale Astolfo á tiempo que cae Clotaldo á sus piés, y él se pone en medio.)_ ESCENA IX. ASTOLFO.—SEGISMUNDO, CLOTALDO. ASTOLFO. ¿Pues qué es esto, Príncipe generoso? ¿Así se mancha acero tan brioso En una sangre helada? Vuelva á la vaina tan lucida espada. SEGISM. En viéndola teñida En esa infame sangre. ASTOLFO. Ya su vida Tomó á mis piés sagrado, Y de algo ha de servirle haber llegado. SEGISM. Sírvate de morir; pues desta suerte Tambien sabré vengarme con tu muerte De aquel pasado enojo. ASTOLFO. Yo defiendo Mi vida; así la majestad no ofendo. _(Saca Astolfo la espada, y riñen.)_ CLOTAL. No le ofendas, señor. ESCENA X. BASILIO, ESTRELLA Y ACOMPAÑAMIENTO.—SEGISMUNDO, ASTOLFO, CLOTALDO. BASILIO. ¿Pues aquí espadas? ESTREL. _(Ap.)_ ¡Astolfo es, ay de mí, penas airadas! BASILIO. ¿Pues qué es lo que ha pasado? ASTOLFO. Nada, señor, habiendo tú llegado. _(Envainan.)_ SEGISM. Mucho, señor, aunque hayas tú venido: Yo á ese viejo matar he pretendido. BASILIO. ¿Respeto no tenías A estas canas? CLOTAL. Señor, ved que son mias: Que no importa veréis. SEGISM. Acciones vanas, Querer que tenga yo respeto á canas; Pues áun esas podria _(Al Rey.)_ Ser que viese á mis plantas algun dia, Porque áun no estoy vengado Del modo injusto con que me has criado. _(Vase.)_ BASILIO. Pues ántes que lo veas, Volverás á dormir adonde creas Que cuanto te ha pasado, Como fué bien del mundo, fué soñado. _(Vanse el Rey, Clotaldo y el acompañamiento.)_ ESCENA XI. ESTRELLA, ASTOLFO. ASTOLFO. ¡Qué pocas veces el hado, Que dice desdichas, miente, Pues es tan cierto en los males, Cuanto dudoso en los bienes! ¡Qué buen astrólogo fuera, Si siempre casos crueles Anunciara; pues no hay duda Que ellos fueran verdad siempre! Conocerse esta experiencia En mí y Segismundo puede, Estrella, pues en los dos Hace muestras diferentes. En él previno rigores, Soberbias, desdichas, muertes, Y en todo dijo verdad, Porque todo, al fin, sucede; Pero en mí, que al ver, señora, Esos rayos excelentes, De quien el sol fué una sombra Y el cielo un amago breve, Que me previno venturas, Trofeos, aplausos, bienes, Dijo mal, y dijo bien; Pues sólo es justo que acierte Cuando amaga con favores Y ejecuta con desdenes. ESTREL. No dudo que esas finezas Son verdades evidentes; Mas serán por otra dama, Cuyo retrato pendiente Al cuello tragisteis cuando Llegasteis, Astolfo, á verme; Y siendo así, esos requiebros Ella sola los merece. Acudid á que ella os pague, Que no son buenos papeles En el consejo de amor Las finezas ni las fees Que se hicieron en servicio De otras damas y otros reyes. ESCENA. XII. ROSAURA, _que se queda al paño_.—ESTRELLA, ASTOLFO. ROSAURA. _(Ap.)_ ¡Gracias á Dios que llegaron Ya mis desdichas crueles Al término suyo, pues Quien esto ve nada teme! ASTOLFO. Yo haré que el retrato salga Del pecho, para que éntre La imágen de tu hermosura. Donde entra Estrella no tiene Lugar la sombra, ni estrella Donde el sol; voy á traerle.— (_Ap._ Perdona, Rosaura hermosa, Este agravio, porque ausentes, No se guardan más fe que esta Los hombres y las mujeres.) _(Vase.)_ _(Adelántase Rosaura.)_ ROSAURA. _(Ap.)_ Nada he podido escuchar, Temerosa que me viese. ESTREL. ¡Astrea! ROSAURA. Señora mia. ESTREL. Heme holgado que tú fueses La que llegaste hasta aquí; Porque de tí solamente Fiara un secreto. ROSAURA. Honras, Señora, á quien te obedece. ESTREL. En el poco tiempo, Astrea, Que ha que te conozco, tienes De mi voluntad las llaves; Por esto, y por ser quien eres, Me atrevo á fiar de tí Lo que áun de mí muchas veces Recaté. ROSAURA. Tu esclava soy. ESTREL. Pues para decirlo en breve, Mi primo Astolfo (bastara Que mi primo te dijese, Porque hay cosas que se dicen Con pensarlas solamente), Ha de casarse conmigo, Si es que la fortuna quiere Que con una dicha sola Tantas desdichas descuente. Pesóme que el primer dia Echado al cuello trajese El retrato de una dama: Habléle en él[4] cortésmente, Es galan, y quiere bien, Fué por él, y ha de traerle Aquí; embarázame mucho Que él á mí á dármele llegue: Quédate aquí, y cuando venga, Le dirás que te le entregue Á tí. No te digo más; Discreta y hermosa eres: Bien sabrás lo que es amor. _(Vase.)_ [4] _Hablar en_ equivalia ántes á _hablar de_. ESCENA XIII. ROSAURA. ¡Ojalá no lo supiese! ¡Válgame el cielo! ¿quién fuera Tan atenta y tan prudente, Que supiera aconsejarse Hoy en ocasion tan fuerte? ¿Habrá persona en el mundo Á quien el cielo inclemente Con más desdichas combata Y con más pesares cerque? ¿Qué haré en tantas confusiones, Donde imposible parece Que halle razon que me alivie, Ni alivio que me consuele? Desde la primer desdicha, No hay suceso ni accidente Que otra desdicha no sea; Que unas á otras suceden, Herederas de sí mismas. Á la imitacion del Fénix, Unas de las otras nacen, Viviendo de lo que mueren, Y siempre de sus cenizas Está el sepulcro caliente. Que eran cobardes, decia Un sabio, por parecerle Que nunca andaba una sola; Yo digo que son valientes, Pues siempre van adelante, Y nunca la espalda vuelven: Quien las llevare consigo, Á todo podrá atreverse, Pues en ninguna ocasion No haya miedo que le dejen. Dígalo yo, pues en tantas Como á mi vida suceden, Nunca me he hallado sin ellas, Ni se han cansado hasta verme, Herida de la fortuna, En los brazos de la muerte. ¡Ay de mí! ¿qué debo hacer Hoy en la ocasion presente? Si digo quien soy, Clotaldo, Á quien mi vida le debe Este amparo y este honor, Conmigo ofenderse puede; Pues me dice que callando Honor y remedio espere. Si no he de decir quien soy Á Astolfo, y él llega á verme, ¿Cómo he de disimular? Pues aunque fingirlo intenten La voz, la lengua y los ojos, Les dirá el alma que mienten. ¿Qué haré? ¿Mas para qué estudio Lo que haré, si es evidente Que por más que lo prevenga, Que lo estudie y que lo piense, En llegando la ocasion Ha de hacer lo que quisiere El dolor? porque ninguno Imperio en sus penas tiene. Y pues á determinar Lo que ha de hacer no se atreve El alma, llegue el dolor Hoy á su término, llegue La pena á su extremo, y salga De dudas y pareceres De una vez; pero hasta entónces Valedme, cielos, valedme. ESCENA XIV. ASTOLFO, _que trae el retrato_.—ROSAURA. ASTOLFO. Este es, señora, el retrato; Mas ¡ay Dios! ROSAURA. ¿Qué se suspende Vuestra Alteza? ¿qué se admira? ASTOLFO. De oirte, Rosaura, y verte. ROSAURA. ¿Yo Rosaura? Hase engañado Vuestra Alteza, si me tiene Por otra dama; que yo Soy Astrea, y no merece Mi humildad tan grande dicha Que esa turbacion le cueste. ASTOLFO. Basta, Rosaura, el engaño, Porque el alma nunca miente, Y aunque como á Astrea te mire, Como á Rosaura te quiere. ROSAURA. No he entendido á vuestra Alteza, Y así no sé responderle: Sólo lo que yo diré Es que Estrella (que lo puede Ser de Vénus) me mandó Que en esta parte le espere, Y de la suya le diga Que aquel retrato me entregue, Que está muy puesto en razon, Y yo misma se lo lleve. Estrella lo quiere así, Porque áun las cosas más leves Como sean en mi daño, Es Estrella quien las quiere. ASTOLFO. Aunque más esfuerzos hagas, ¡Oh qué mal, Rosaura, puedes Disimular! Dí á los ojos Que su música concierten Con la voz; porque es forzoso Que desdiga y que disuene Tan destemplado instrumento, Que ajustar y medir quiere La falsedad de quien dice, Con la verdad de quien siente. ROSAURA. Ya digo que sólo espero El retrato. ASTOLFO. Pues que quieres Llevar al fin el engaño, Con él quiero responderte. Dirásle, Astrea, á la Infanta, Que yo la estimo de suerte Que, pidiéndome un retrato, Poca fineza parece Enviársele, y así, Porque le estime y le precie Le envío el original; Y tú llevársele puedes, Pues ya le llevas contigo, Como á tí misma te lleves. ROSAURA. Cuando un hombre se dispone, Restado, altivo y valiente, Á salir con una empresa, Aunque por trato le entreguen Lo que valga más, sin ella Necio y desairado vuelve. Yo vengo por un retrato, Y aunque un original lleve Que vale más, volveré Desairada: y así, déme Vuestra Alteza ese retrato, Que sin él no he de volverme. ASTOLFO. ¿Pues cómo, si no he darle, Le has de llevar? ROSAURA. Desta suerte. Suéltale, ingrato. _(Trata de quitársele.)_ ASTOLFO. Es en vano. ROSAURA. ¡Vive Dios, que no ha de verse En manos de otra mujer! ASTOLFO. Terrible estás. ROSAURA. Y tú aleve. ASTOLFO. Ya basta, Rosaura mia. ROSAURA. ¿Yo tuya? Villano, mientes. _(Están asidos ambos del retrato.)_ ESCENA XV. ESTRELLA.—ROSAURA, ASTOLFO. ESTREL. Astrea, Astolfo, ¿qué es esto? ASTOLFO. _(Ap.)_ Aquesta es Estrella. ROSAURA. (_Ap._ Déme Para cobrar mi retrato, Ingenio el amor.) Si quieres _(A Estrella.)_ Saber lo que es, yo, señora, Te lo diré. ASTOLFO. _(Ap. á Rosaura.)_ ¿Qué pretendes? ROSAURA. Mandásteme que esperase Aquí á Astolfo, y le pidiese Un retrato de tu parte. Quedé sola, y como vienen De unos discursos á otros Las noticias fácilmente, Viéndote hablar de retratos, Con su memoria acordéme De que tenía uno mio En la manga. Quise verle, Porque una persona sola Con locuras se divierte; Cayóseme de la mano Al suelo: Astolfo, que viene Á entregarte el de otra dama, Le levantó, y tan rebelde Está en dar el que le pides, Que en vez de dar uno, quiere Llevar otro; pues el mio Aun no es posible volverme, Con ruegos y persuasiones: Colérica é impaciente Yo, se le quise quitar. Aquel que en la mano tiene, Es mio, tú lo verás Con ver si se me parece. ESTREL. Soltad, Astolfo, el retrato. _(Quítasele de la mano.)_ ASTOLFO. Señora... ESTREL. No son crueles Á la verdad los matices. ROSAURA. ¿No es mio? ESTREL. ¿Qué duda tiene? ROSAURA. Ahora dí que te dé el otro. ESTREL. Toma tu retrato, y véte. ROSAURA. _(Ap.)_ Yo he cobrado mi retrato, Venga ahora lo que viniere. _(Vase.)_ ESCENA XVI. ESTRELLA, ASTOLFO. ESTREL. Dadme ahora el retrato vos Que os pedí; que aunque no piense Veros ni hablaros jamás, No quiero, no, que se quede En vuestro poder, siquiera Porque yo tan neciamente Le he pedido. ASTOLFO. (_Ap. ¿Cómo puedo Salir de lance tan fuerte?) Aunque quiera, hermosa Estrella, Servirte y obedecerte, No podré darte el retrato Que me pides, porque... ESTREL. Eres Villano y grosero amante. No quiero que me le entregues; Porque yo tampoco quiero, Con tomarle, que me acuerdes Que te le he pedido yo. _(Vase.)_ ASTOLFO. Oye, escucha, mira, advierte.— ¡Válgate Dios por Rosaura! ¿Dónde, cómo ó de qué suerte Hoy á Polonia has venido Á perderme y á perderte? _(Vase.)_ * * * * * _Prision del Príncipe en la torre._ ESCENA XVII. SEGISMUNDO, _como al principio, con pieles y cadena, echado en el suelo_; CLOTALDO, DOS CRIADOS _y_ CLARIN. CLOTAL. Aquí le habeis de dejar, Pues hoy su soberbia acaba Donde empezó. UN CRIADO. Como estaba, La cadena vuelvo á atar. CLARIN. No acabes de dispertar, Segismundo, para verte Perder, trocada la suerte, Siendo tu gloria fingida, Una sombra de la vida Y una llama de la muerte. CLOTAL. Á quien sabe discurrir Así, es bien que se prevenga Una estancia, donde tenga Harto lugar de argüir.— Este es al que habeis de asir, _(A los criados.)_ Y en este cuarto encerrar. _(Señalando la pieza inmediata.)_ CLARIN. ¿Por qué á mí? CLOTAL. Porque ha de estar Guardado en prision tan grave, Clarin que secretos sabe, Donde no pueda sonar. CLARIN. ¿Yo, por dicha, solicito Dar muerte á mi padre? No. ¿Arrojé del balcon yo Al Icaro de poquito? ¿Yo sueño ó duermo? ¿Á qué fin Me encierran? CLOTAL. Eres Clarin. CLARIN. Pues ya digo que seré Corneta, y que callaré, Que es instrumento ruin. _(Llévanle, y queda solo Clotaldo.)_ ESCENA XVIII. BASILIO, _rebozado_.—CLOTALDO, SEGISMUNDO, _adormecido_. BASILIO. Clotaldo. CLOTAL. ¡Señor! ¿así Viene vuestra Majestad? BASILIO. La necia curiosidad De ver lo que pasa aquí Á Segismundo (¡ay de mí!), Deste modo me ha traido. CLOTAL. Mírale allí reducido Á su miserable estado. BASILIO. ¡Ay Príncipe desdichado Y en triste punto nacido! Llega á dispertarle, ya Que fuerza y vigor perdió Con el opio que bebió. CLOTAL. Inquieto, señor, está, Y hablando. BASILIO. ¿Qué soñará Ahora? Escuchemos, pues. SEGISM. _(Entre sueños.)_ Piadoso príncipe es El que castiga tiranos: Clotaldo muera á mis manos. Mi padre bese mis piés. CLOTAL. Con la muerte me amenaza. BASILIO. Á mí con rigor y afrenta. CLOTAL. Quitarme la vida intenta. BASILIO. Rendirme á sus plantas traza. SEGISM. _(Entre sueños.)_ Salga á la anchurosa plaza Del gran teatro del mundo Este valor sin segundo: Porque mi venganza cuadre Vean triunfar de su padre Al príncipe Segismundo. _(Despierta.)_ Mas ¡ay de mí! ¿dónde estoy? BASILIO. Pues á mí no me ha de ver: _(Á Clotaldo.)_ Ya sabes lo que has de hacer. Desde allí á escucharle voy. _(Retírase.)_ SEGISM. ¿Soy yo por ventura? ¿soy El que preso y aherrojado Llego á verme en tal estado? ¿No sois mi sepulcro vos, Torre? Sí. ¡Válgame Dios, Qué de cosas he soñado! CLOTAL. _(Ap.)_ Á mí me toca llegar Á hacer la deshecha ahora.— ¿Es ya de dispertar hora? SEGISM. Sí, hora es ya de dispertar. CLOTAL. ¿Todo el dia te has de estar Durmiendo? ¿Desde que yo Al águila que voló Con tardo vuelo seguí, Y te quedaste tú aquí, Nunca has dispertado? SEGISM. No, Ni áun agora he dispertado; Que segun, Clotaldo, entiendo, Todavía estoy durmiendo: Y no estoy muy engañado; Porque si ha sido soñado Lo que ví palpable y cierto, Lo que veo será incierto; Y no es mucho que rendido, Pues veo estando dormido, Que sueñe estando despierto. CLOTAL. Lo que soñaste me dí. SEGISM. Supuesto que sueño fué, No diré lo que soñé, Lo que ví, Clotaldo, sí. Yo disperté, yo me ví (¡Qué crueldad tan lisonjera!) En un lecho, que pudiera Con matices y colores Ser el catre de las flores Que tejió la primavera. Aquí mil nobles rendidos Á mis piés nombre me dieron De su príncipe, y sirvieron Galas, joyas y vestidos. La calma de mis sentidos Tú trocaste en alegría, Diciendo la dicha mia, Que, aunque estoy desta manera, Príncipe en Polonia era. CLOTAL. Buenas albricias tendria. SEGISM. No muy buenas: por traidor, Con pecho atrevido y fuerte Dos veces te daba muerte. CLOTAL. ¿Para mí tanto rigor? SEGISM. De todos era señor, Y de todos me vengaba; Sólo á una mujer amaba... Que fué verdad, creo yo, En que todo se acabó, Y esto solo no se acaba. _(Vase el Rey.)_ CLOTAL. (_Ap._ Enternecido se ha ido El Rey de haberle escuchado.) Como habíamos hablado De aquella águila, dormido, Tu sueño imperios han sido; Mas en sueños fuera bien Honrar entónces á quien Te crió en tantos empeños, Segismundo, que áun en sueños No se pierde el hacer bien. _(Vase.)_ ESCENA XIX. SEGISMUNDO. Es verdad; pues reprimamos Esta fiera condicion, Esta furia, esta ambicion, Por si alguna vez soñamos: Y sí haremos, pues estamos En mundo tan singular, Que el vivir sólo es soñar; Y la experiencia me enseña Que el hombre que vive, sueña Lo que es, hasta dispertar. Sueña el rey que es rey, y vive Con este engaño mandando, Disponiendo y gobernando; Y este aplauso, que recibe Prestado, en el viento escribe; Y en cenizas le convierte La muerte (¡desdicha fuerte!): ¿Que hay quien intente reinar, Viendo que ha de dispertar En el sueño de la muerte? Sueña el rico en su riqueza, Que más cuidados le ofrece; Sueña el pobre que padece Su miseria y su pobreza; Sueña el que á medrar empieza, Sueña el que afana y pretende, Sueña el que agravia y ofende, Y en el mundo, en conclusion, Todos sueñan lo que son, Aunque ninguno lo entiende. Yo sueño que estoy aquí Destas prisiones cargado, Y soñé que en otro estado Mas lisonjero me ví. ¿Qué es la vida? Un frenesí: ¿Qué es la vida? Una ilusion, Una sombra, una ficcion, Y el mayor bien es pequeño; Que toda la vida es sueño, Y los sueños sueños son. JORNADA TERCERA. ESCENA PRIMERA. CLARIN. En una encantada torre, Por lo que sé, vivo preso: ¿Qué me harán por lo que ignoro, Si por lo que sé me han muerto? ¡Que un hombre con tanta hambre Viniese á morir viviendo! Lástima tengo de mí; Todos dirán: «bien lo creo»; Y bien se puede creer, Pues para mí este silencio No conforma con el nombre Clarin, y callar no puedo. Quien me hace compañía Aquí, si á decirlo acierto, Son arañas y ratones: ¡Miren qué dulces jilgueros! De los sueños desta noche La triste cabeza tengo Llena de mil chirimías, De trompetas y embelecos, De procesiones, de cruces, De disciplinantes; y estos Unos suben, otros bajan, Unos se desmayan viendo La sangre que llevan otros: Mas yo, la verdad diciendo, De no comer me desmayo; Que en una prision me veo, Donde ya todos los dias En el filósofo leo Nicomédes, y las noches En el concilio Niceno. Si llaman santo al callar, Como en calendario nuevo, San secreto es para mí, Pues le ayuno y no le huelgo; Aunque está bien merecido El castigo que padezco, Pues callé, siendo criado, Que es el mayor sacrilegio. _(Ruido de cajas y clarines, y voces dentro.)_ ESCENA II. SOLDADOS.—CLARIN. SOLD. 1.º _(Dentro.)_ Esta es la torre en que está. Echad la puerta en el suelo: Entrad todos. CLARIN. ¡Vive Dios! Que á mí me buscan, es cierto, Pues que dicen que aquí estoy. ¿Qué me querrán? SOLD. 1.º _(Dentro.)_ Entrad dentro. _(Salen varios soldados.)_ SOLO. 2.º Aquí está. CLARIN. No está. SOLDADOS _(Todos.)_ Señor... CLARIN. _(Ap.)_ ¿Si vienen borrachos estos? SOLD. 1.º Tú nuestro príncipe eres; Ni admitimos ni queremos Sino al señor natural, Y no á príncipe extranjero. Á todos nos da los piés. SOLDADOS ¡Viva el gran Príncipe nuestro! CLARIN. _(Ap.)_ Vive Dios, que va de véras. ¿Si es costumbre en este reino Prender uno cada dia Y hacerle príncipe, y luego Volverle á la torre? Sí, Pues cada dia lo veo: Fuerza es hacer mi papel. SOLDADOS Danos tus plantas. CLARIN. No puedo, Porque las he menester Para mí, y fuera defecto Ser príncipe desplantado. SOLD. 2.º Todos á tu padre mesmo Le dijimos que á tí sólo Por príncipe conocemos, No al de Moscovia. CLARIN. ¿Á mi padre Le perdísteis el respeto? Sois unos tales por cuales. SOLD. 1.º Fué lealtad de nuestro pecho. CLARIN. Si fué lealtad, yo os perdono. SOLD. 2.º Sal á restaurar tu imperio. ¡Viva Segismundo! TODOS. ¡Viva! CLARIN. _(Ap.)_ ¿Segismundo dicen? Bueno: Segismundos llaman todos Los príncipes contrahechos. ESCENA III. SEGISMUNDO.—CLARIN, SOLDADOS. SEGISM. ¿Quién nombra aquí á Segismundo? CLARIN. _(Ap.)_ ¡Mas que soy príncipe huero! SOLD. 1.º ¿Quién es Segismundo? SEGISM. Yo. SOLD. 2.º _(A Clarin.)_ ¿Pues cómo, atrevido y necio, Tú te hacías Segismundo? CLARIN. ¿Yo Segismundo? Eso niego. Vosotros fuísteis los que Me segismundeasteis: luego Vuestra ha sido solamente Necedad y atrevimiento. SOLD. 1.º Gran príncipe Segismundo (Que las señas que traemos Tuyas son, aunque por fe Te aclamamos señor nuestro), Tu padre el gran rey Basilio, Temeroso que los cielos Cumplan un hado, que dice Que ha de verse á tus piés puesto, Vencido de tí, pretende Quitarte accion y derecho Y dársele á Astolfo, duque De Moscovia. Para esto Juntó su corte, y el vulgo, Penetrando ya y sabiendo Que tiene rey natural, No quiere que un extranjero Venga á mandarle. Y así, Haciendo noble desprecio De la inclemencia del hado, Te ha buscado donde preso Vives, para que asistido De sus armas, y saliendo Desta torre á restaurar Tu imperial corona y cetro, Se la quites á un tirano. Sal, pues; que en ese desierto, Ejército numeroso De bandidos y plebeyos Te aclama: la libertad Te espera; oye sus acentos. _Voces._ _(Dentro.)_ ¡Viva Segismundo, viva! SEGISM. ¿Otra vez (¡que es esto, cielos!) Quereis que sueñe grandezas, Que ha de deshacer el tiempo? ¿Otra vez quereis que vea Entre sombras y bosquejos La majestad y la pompa Desvanecida del viento? ¿Otra vez quereis que toque El desengaño, ó el riesgo Á que el humano poder Nace humilde y vive atento? Pues no ha de ser, no ha de ser Mirarme otra vez sujeto A mi fortuna; y pues sé Que toda esta vida es sueño, Idos, sombras, que fingís Hoy á mis sentidos muertos Cuerpo y voz, siendo verdad Que ni teneis voz ni cuerpo; Que no quiero majestades Fingidas, pompas no quiero Fantásticas, ilusiones Que al soplo ménos ligero Del aura han de deshacerse, Bien como el florido almendro, Que por madrugar sus flores, Sin aviso y sin consejo, Al primer soplo se apagan, Marchitando y desluciendo De sus rosados capillos Belleza, luz y ornamento. Ya os conozco, ya os conozco, Y sé que os pasa lo mesmo Con cualquiera que se duerme; Para mí no hay fingimientos; Que, desengañado ya, Sé bien que _la vida es sueño_. SOLD. 2.º Si piensas que te engañamos, Vuelve á esos montes soberbios Los ojos, para que veas La gente que aguarda en ellos Para obedecerte. SEGISM. Ya Otra vez ví aquesto mesmo Tan clara y distintamente Como ahora lo estoy viendo, Y fué sueño. SOLD. 2.º Cosas grandes Siempre, gran señor, trajeron Anuncios; y esto sería, Si lo soñaste primero. SEGISM. Dices bien, anuncio fué; Y caso que fuese cierto, Pues que la vida es tan corta, Soñemos, alma, soñemos Otra vez; pero ha de ser Con atencion y consejo De que hemos de dispertar Deste gusto al mejor tiempo; Que llevándolo sabido, Será el desengaño ménos; Que es hacer burla del daño Adelantarle el consejo. Y con esta prevencion De que cuando fuese cierto, Es todo el poder prestado Y ha de volverse á su dueño, Atrevámonos á todo.— Vasallos, yo os agradezco La lealtad; en mí llevais Quien os libre osado y diestro De extranjera esclavitud. Tocad al arma, que presto Vereis mi inmenso valor. Contra mi padre pretendo Tomar armas, y sacar Verdaderos á los cielos. Presto he de verle á mis plantas... (_Ap._ Mas si ántes desto despierto, ¿No será bien no decirlo, Supuesto que no he de hacerlo?) TODOS. ¡Viva Segismundo, viva! ESCENA IV. CLOTALDO.—SEGISMUNDO, CLARIN, SOLDADOS. CLOTAL. ¿Qué alboroto es este, cielos? SEGISM. Clotaldo. CLOTAL. Señor... (_Ap._ En mí Su rigor prueba.) CLARIN. _(Ap.)_ Yo apuesto, Que le despeña del monte. _(Vase.)_ CLOTAL. Á tus reales plantas llego, Ya sé que á morir. SEGISM. Levanta, Levanta, padre, del suelo; Que tú has de ser norte y guía De quien fie mis aciertos; Que ya sé que mi crianza Á tu mucha lealtad debo. Dame los brazos. CLOTAL. ¿Qué dices? SEGISM. Que estoy soñando, y que quiero Obrar bien, pues no se pierde El hacer bien, áun en sueños. CLOTAL. Pues, señor, si el obrar bien Es ya tu blason, es cierto Que no te ofenda el que yo Hoy solicite lo mesmo. ¡Á tu padre has de hacer guerra! Yo aconsejarte no puedo Contra mi rey, ni valerte. Á tus plantas estoy puesto, Dáme la muerte. SEGISM. ¡Villano, Traidor, ingrato! (_Ap._ Mas ¡cielos! El reportarme conviene, Que aún no sé si estoy despierto.) Clotaldo, vuestro valor Os envidio y agradezco. Idos á servir al Rey, Que en el campo nos veremos.— Vosotros tocad al arma. CLOTAL. Mil veces tus plantas beso. _(Vase.)_ SEGISM. A reinar, fortuna, vamos; No me despiertes, si duermo, Y si es verdad, no me aduermas. Mas sea verdad ó sueño, Obrar bien es lo que importa; Si fuere verdad, por serlo; Si no, por ganar amigos Para cuando despertemos. _(Vanse, tocando cajas.)_ * * * * * _Salon del Palacio Real._ ESCENA V. BASILIO y ASTOLFO. BASILIO. ¿Quién, Astolfo, podrá parar prudente La furia de un caballo desbocado? ¿Quién detener de un rio la corriente Que corre al mar soberbio y despeñado? ¿Quién un peñasco suspender valiente De la cima de un monte desgajado? Pues todo fácil de parar se mira, Mas que de un vulgo la soberbia ira. Dígalo en bandos el rumor partido, Pues se oye resonar en lo profundo De los montes el eco repetido, Unos _¡Astolfo!_ y otros _¡Segismundo!_ El dosel de la jura, reducido A segunda intencion, á horror segundo, Teatro funesto es, donde importuna Representa tragedias la fortuna. ASTOLFO. Señor, suspéndase hoy tanta alegría; Cese el aplauso y gusto lisonjero, Que tu mano feliz me prometia; Que si Polonia (á quien mandar espero) Hoy se resiste á la obediencia mia, Es porque la merezca yo primero. Dadme un caballo, y de arrogancia lleno, Rayo descienda el que blasona trueno. _(Vase.)_ BASILIO. Poco reparo tiene lo infalible, Y mucho riesgo lo previsto tiene: Si ha de ser, la defensa es imposible, Que quien la excusa más, más la previene. ¡Dura ley! ¡fuerte caso! ¡horror terrible! Quien piensa huir el riesgo, al riesgo viene: Con lo que yo guardaba me he perdido; Yo mismo, yo mi patria he destruido. ESCENA VI. ESTRELLA.—BASILIO. ESTREL. Si tu presencia, gran señor, no trata De enfrenar el tumulto sucedido, Que de uno en otro bando se dilata Por las calles y plazas dividido, Verás tu reino en ondas de escarlata Nadar, entre la púrpura teñido De su sangre, que ya con triste modo, Todo es desdichas y tragedias todo. Tanta es la ruina de tu imperio, tanta La fuerza del rigor duro, sangriento, Que visto admira, y escuchado espanta. El sol se turba y se embaraza el viento; Cada piedra un pirámide levanta, Y cada flor construye un monumento, Cada edificio es un sepulcro altivo, Cada soldado un esqueleto vivo. ESCENA VII. CLOTALDO.—BASILIO, ESTRELLA. CLOTAL. ¡Gracias á Dios que vivo á tus piés llego! BASILIO. Clotaldo, ¿pues qué hay de Segismundo? CLOTAL. Que el vulgo, monstruo despeñado y ciego, La torre penetró, y de lo profundo Della sacó su príncipe, que luego Que vió segunda vez su honor segundo, Valiente se mostró, diciendo fiero, Que ha de sacar al cielo verdadero. BASILIO. Dadme un caballo, porque yo en persona Vencer valiente un hijo ingrato quiero; Y en la defensa ya de mi corona Lo que la ciencia erró, venza el acero. _(Vase.)_ ESTREL. Pues yo al lado del Sol seré Belona: Poner mi nombre junto al suyo espero; Que he de volar sobre tendidas alas Á competir con la deidad de Pálas. _(Vase, y tocan al arma.)_ ESCENA VIII. ROSAURA, _que detiene á_ CLOTALDO. ROSAURA. Aunque el valor que se encierra En tu pecho, desde allí Da voces, óyeme á mi, Que yo sé que todo es guerra. Bien sabes que yo llegué Pobre, humilde y desdichada A Polonia, y amparada De tu valor, en tí hallé Piedad; mandásteme (¡ay cielos!) Que disfrazada viviese En palacio, y pretendiese, Disimulando mis celos, Guardarme de Astolfo. En fin El me vió, y tanto atropella Mi honor, que viéndome, á Estrella De noche habla en un jardin: Deste la llave he tomado, Y te podré dar lugar De que en él puedas entrar A dar fin á mi cuidado. Así altivo, osado y fuerte, Volver por mi honor podrás, Pues que ya resuelto estás A vengarme con su muerte. CLOTAL. Verdad es que me incliné, Desde el punto que te ví, A hacer, Rosaura, por tí (Testigo tu llanto fué) Cuanto mi vida pudiese. Lo primero que intenté, Quitarte aquel traje fué; Porque, si acaso, te viese Astolfo en tu propio traje, Sin juzgar á liviandad La loca temeridad Que hace del honor ultraje. En este tiempo trazaba Cómo cobrar se pudiese Tu honor perdido, aunque fuese (Tanto tu honor me arrastraba) Dando muerte á Astolfo. ¡Mira Qué caduco desvarío! Si bien, no siendo rey mio, Ni me asombra, ni me admira. Darle pensé muerte; cuando Segismundo pretendió Dármela á mí, y él llegó, Su peligro atropellando, A hacer en defensa mia Muestras de su voluntad, Que fueron temeridad, Pasando de valentía. ¿Pues cómo yo ahora (advierte), Teniendo alma agradecida, A quien me ha dado la vida Le tengo de dar la muerte? Y así, entre los dos partido El efecto y el cuidado, Viendo que á tí te la he dado, Y que dél la he recibido, No sé á qué parte acudir: No sé á qué parte ayudar, Si á tí me obligué con dar, Dél lo estoy con recibir; Y así, en la accion que se ofrece, Nada á mi amor satisface, Porque soy persona que hace, Y persona que padece. ROSAURA. No tengo que prevenir Que en un varon singular, Cuanto es noble accion el dar, Es bajeza el recibir. Y este principio asentado, No has de estarle agradecido, Supuesto que si él ha sido El que la vida te ha dado, Y tú á mí, evidente cosa Es, que él forzó tu nobleza A que hiciese una bajeza, Y yo una accion generosa. Luego estás dél ofendido, Luego estás de mí obligado, Supuesto que á mí me has dado Lo que dél has recibido; Y así debes acudir A mi honor en riesgo tanto, Pues yo le prefiero, cuanto Va de dar á recibir. CLOTAL. Aunque la nobleza vive De la parte del que da, El agradecerla está De parte del que recibe. Y pues ya dar he sabido, Ya tengo con nombre honroso El nombre de generoso: Déjame el de agradecido; Pues le puedo conseguir Siendo agradecido, cuanto Liberal, pues honra tanto El dar como el recibir. ROSAURA. De tí recibí la vida, Y tú mismo me dijiste, Cuando la vida me diste, Que la que estaba ofendida No era vida: luego yo Nada de tí he recibido; Pues vida no vida ha sido La que tu mano me dió. Y si debes ser primero Liberal que agradecido (Como de tí mismo he oido), Que me des la vida espero, Que no me la has dado; y pues El dar engrandece más, Si ántes liberal, serás Agradecido despues. CLOTAL. Vencido de tu argumento, Ántes liberal seré. Yo, Rosaura, te daré Mi hacienda, y en un convento Vive; que está bien pensado El medio que solicito; Pues huyendo de un delito, Te recoges á un sagrado; Que cuando desdichas siente El reino, tan dividido, Habiendo noble nacido, No he de ser quien las aumente. Con el remedio elegido Soy en el reino leal, Soy contigo liberal, Con Astolfo agradecido; Y así escoge el que te cuadre, Quedándose entre los dos, Que no hiciera ¡vive Dios! Más, cuando fuera tu padre. ROSAURA. Cuando tú mi padre fueras, Sufriera esa injuria yo; Pero no siéndolo, no. CLOTAL. ¿Pues qué es lo que hacer esperas? ROSAURA. Matar al Duque. CLOTAL. ¿Una dama, Que padre no ha conocido, Tanto valor ha tenido? ROSAURA. Sí. CLOTAL. ¿Quién te alienta? ROSAURA. Mi fama. CLOTAL. Mira que, á Astolfo has de ver... ROSAURA. Todo mi honor lo atropella. CLOTAL. Tu rey, y esposo de Estrella. ROSAURA. ¡Vive Dios que no ha de ser! CLOTAL. Es locura. ROSAURA. Ya lo veo. CLOTAL. Pues véncela. ROSAURA. No podré. CLOTAL. Pues perderás... ROSAURA. Ya lo sé. CLOTAL. Vida y honor. ROSAURA. Bien lo creo. CLOTAL. ¿Qué intentas? ROSAURA. Mi muerte. CLOTAL. Mira Que eso es despecho. ROSAURA. Es honor. CLOTAL. Es desatino. ROSAURA. Es valor. CLOTAL. Es frenesí. ROSAURA. Es rabia, es ira. CLOTAL. En fin, ¿que no se da medio A tu ciega pasion? ROSAURA. No. CLOTAL. ¿Quién ha de ayudarte? ROSAURA. Yo. CLOTAL. ¿No hay remedio? ROSAURA. No hay remedio. CLOTAL. Piensa bien si hay otros modos... ROSAURA. Perderme de otra manera. _(Vase.)_ CLOTAL. Pues si has de perderte, espera, Hija, y perdámonos todos. _(Vase.)_ * * * * * _Campo._ ESCENA IX. SEGISMUNDO, _vestido de pieles_; SOLDADOS, _marchando_; CLARIN. _(Tocan cajas.)_ SEGISM. Si este dia me viera Roma en los triunfos de su edad primera, ¡Oh, cuánto se alegrara Viendo lograr una ocasion tan rara, De tener una fiera Que sus grandes ejércitos rigiera, A cuyo altivo aliento Fuera poca conquista el firmamento! Pero el vuelo abatamos, Espíritu; no así desvanezcamos Aqueste aplauso incierto, Si ha de pesarme cuando esté despierto, De haberlo conseguido Para haberlo perdido; Pues miéntras ménos fuere, Ménos se sentirá si se perdiere. _(Tocan un clarin.)_ CLARIN. En un veloz caballo (Perdóname, que fuerza es el pintallo En viniéndome á cuento), En quien un mapa se dibuja atento, Pues el cuerpo es la tierra, El fuego el alma que en el pecho encierra, La espuma el mar, y el aire es el suspiro, En cuya confusion un caos admiro; Pues en el alma, espuma, cuerpo, aliento, Monstruo es de fuego, tierra, mar y viento; De color remendado, Rucio, y á su propósito rodado, Del que bate la espuela; Que en vez de correr vuela; A tu presencia llega Airosa una mujer. SEGISM. Su luz me ciega. CLARIN. ¡Vive Dios, que es Rosaura! _(Retírase.)_ SEGISM. El cielo á mi presencia la restaura. ESCENA X. ROSAURA, _con vaquero, espada y daga_.—SEGISMUNDO, SOLDADOS. ROSAURA. Generoso Segismundo, Cuya majestad heroica Sale al dia de sus hechos De la noche de sus sombras; Y como el mayor planeta, Que en los brazos de la aurora Se restituye luciente A las plantas y á las rosas, Y sobre montes y mares, Cuando coronado asoma, Luz esparce, rayos brilla, Cumbres baña, espumas borda; Así amanezcas al mundo, Luciente sol de Polonia, Que á una mujer infelice, Que hoy á tus plantas se arroja, Ampares por ser mujer Y desdichada: dos cosas, Que para obligarle á un hombre, Que de valiente blasona, Cualquiera de las dos basta, Cualquiera de las dos sobra. Tres veces son las que ya Me admiras, tres las que ignoras Quién soy, pues las tres me viste En diverso traje y forma. La primera me creiste Varon en la rigurosa Prision, donde fué tu vida De mis desdichas lisonja. La segunda me admiraste Mujer, cuando fué la pompa De tu majestad un sueño, Una fantasma, una sombra. La tercera es hoy, que siendo Monstruo de una especie y otra, Entre galas de mujer Armas de varon me adornan. Y porque compadecido Mejor mi amparo dispongas, Es bien que de mis sucesos Trágicas fortunas oigas. De noble madre nací En la corte de Moscovia, Que, segun fué desdichada, Debió de ser muy hermosa. En esta puso los ojos Un traidor, que no le nombra Mi voz por no conocerle, De cuyo valor me informa El mio; pues siendo objeto De su idea, siento ahora No haber nacido gentil, Para persuadirme loca A que fué algun dios de aquellos Que en metamorfósis llora Lluvia de oro, cisne y toro En Dánae, Leda y Europa. Cuando pensé que alargaba, Citando aleves historias, El discurso, hallo que en él Te he dicho en razones pocas Que mi madre, persuadida A finezas amorosas, Fué, como ninguna, bella, Y fué infeliz como todas. Aquella necia disculpa De fe y palabra de esposa La alcanzó tanto, que áun hoy El pensamiento la llora; Habiendo sido un tirano Tan Eneas de su Troya, Que la dejó hasta la espada. Enváinese aquí su hoja, Que yo la desnudaré Ántes que acabe la historia. Deste, pues, mal dado nudo Que ni ata ni aprisiona, Ó matrimonio ó delito, Si bien todo es una cosa. Nací yo tan parecida, Que fuí un retrato, una copia, Ya que en la hermosura no, En la dicha y en las obras; Y así, no habré menester Decir que poco dichosa Heredera de fortunas, Corrí con ella una propia. Lo más que podré decirte De mí, es el dueño que roba Los trofeos de mi honor, Los despojos de mi honra. Astolfo... ¡Ay de mí! al nombrarle Se encoleriza y se enoja El corazon, propio efecto De que enemigo le nombra.— Astolfo fué el dueño ingrato, Que olvidado de las glorias (Porque en un pasado amor Se olvida hasta la memoria), Vino á Polonia, llamado De su conquista famosa, A casarse con Estrella, Que fué de mi ocaso antorcha. ¿Quién crêrá, que habiendo sido Una estrella quien conforma Dos amantes, sea una Estrella La que los divida ahora? Yo ofendida, yo burlada, Quedé triste, quedé loca, Quedé muerta, quedé yo, Que es decir, que quedó toda La confusion del infierno Cifrada en mi Babilonia; Y declarándome muda (Porque hay penas y congojas Que las dicen los afectos Mucho mejor que la boca), Dije mis penas callando, Hasta que una vez á solas, Violante mi madre (¡ay cielos!) Rompió la prision, y en tropa Del pecho salieron juntas, Tropezando unas con otras. No me embaracé en decirlas; Que en sabiendo una persona Que, á quien sus flaquezas cuenta, Ha sido cómplice en otras, Parece que ya le hace La salva y le desahoga; Que á veces el mal ejemplo Sirve de algo. En fin, piadosa Oyó mis quejas, y quiso Consolarme con las propias: Juez que ha sido delincuente, ¡Qué fácilmente perdona! Escarmentando en sí misma, Y por negar á la ociosa Libertad, al tiempo fácil, El remedio de su honra, No le tuvo en mis desdichas; Por mejor consejo toma Que le siga, y que le obligue, Con finezas prodigiosas, A la deuda de mi honor; Y para que á ménos costa Fuese, quiso mi fortuna Que en traje de hombre me ponga. Descuelga una antigua espada Que es esta que ciño: ahora Es tiempo que se desnude, Como prometí, la hoja, Pues confiada en sus señas, Me dijo: «Parte á Polonia, Y procura que te vean Ese acero que te adorna, Los más nobles; que en alguno Podrá ser que hallen piadosa Acogida tus fortunas, Y consuelo tus congojas.» Llegué á Polonia, en efecto: Pasemos, pues que no importa El decirlo, y ya se sabe, Que un bruto que se desboca Me llevó á tu cueva, adonde Tú de mirarme te asombras. Pasemos que allí Clotaldo De mi parte se apasiona, Que pide mi vida al Rey, Que el Rey mi vida le otorga, Que informado de quién soy, Me persuade á que me ponga Mi propio traje, y que sirva A Estrella, donde ingeniosa Estorbé el amor de Astolfo Y el ser Estrella su esposa. Pasemos que aquí me viste Otra vez confuso, y otra Con el traje de mujer Confundiste entrambas formas; Y vamos á que Clotaldo, Persuadido á que le importa Que se casen y que reinen Astolfo y Estrella hermosa, Contra mi honor me aconseja Que la pretension deponga. Yo, viendo que tú, ¡oh valiente Segismundo! á quien hoy toca La venganza, pues el cielo Quiere que la cárcel rompas De esa rústica prision, Donde ha sido tu persona Al sentimiento una fiera, Al sufrimiento una roca, Las armas contra tu patria Y contra tu padre tomas, Vengo á ayudarte, mezclando Entre las galas costosas De Dïana, los arneses De Pálas, vistiendo ahora Ya la tela y ya el acero, Que entrambos juntos me adornan. Ea, pues, fuerte caudillo, A los dos juntos importa Impedir y deshacer Estas concertadas bodas: A mí, porque no se case El que mi esposo se nombra, Y á tí, porque, estando juntos Sus dos estados, no pongan Con más poder y más fuerza En duda nuestra victoria. Mujer vengo á persuadirte Al remedio de mi honra, Y varon vengo á alentarte A que cobres tu corona. Mujer vengo á enternecerte Cuando á tus plantas me ponga, Y varon vengo á servirte Con mi acero y mi persona. Y así piensa, que si hoy Como mujer me enamoras, Como varon te daré La muerte en defensa honrosa De mi honor; porque he de ser, En su conquista amorosa, Mujer para darte quejas. Varon para ganar honras. SEGISM. _(Ap.)_ Cielos, si es verdad que sueño, Suspendedme la memoria, Que no es posible que quepan En un sueño tantas cosas. ¡Válgame Dios, quién supiera, Ó saber salir de todas, Ó no pensar en ninguna! ¿Quién vió penas tan dudosas? Si soñé aquella grandeza En que me ví, ¿cómo ahora Esta mujer me refiere Unas señas tan notorias? Luego fué verdad, no sueño; Y si fué verdad (que es otra Confusion, y no menor), ¿Cómo mi vida le nombra Sueño? Pues ¿tan parecidas A los sueños son las glorias, Que las verdaderas son Tenidas por mentirosas, Y las fingidas por ciertas? ¡Tan poco hay de unas á otras, Que hay cuestion sobre saber Si lo que se ve y se goza, Es mentira ó es verdad! ¿Tan semejante es la copia Al original, que hay duda En saber si es ella propia? Pues si es así, y ha de verse Desvanecida entre sombras La grandeza y el poder, La majestad y la pompa, Sepamos aprovechar Este rato que nos toca, Pues sólo se goza en ella Lo que entre sueños se goza. Rosaura está en mi poder, Su hermosura el alma adora; Gocemos, pues, la ocasion; El amor las leyes rompa Del valor y la confianza Con que á mis plantas se postra. Esto es sueño; y pues lo es, Soñemos dichas ahora, Que despues serán pesares. Mas ¡con mis razones propias Vuelvo á convencerme á mí! Si es sueño, si es vanagloria, ¿Quién por vanagloria humana Pierde una divina gloria? ¿Qué pasado bien no es sueño? ¿Quién tuvo dichas heroicas Que entre sí no diga, cuando Las revuelve en su memoria: Sin duda que fué soñado Cuanto ví? Pues si esto toca Mi desengaño, si sé Que es el gusto llama hermosa, Que la convierte en cenizas Cualquiera viento que sopla, Acudamos á lo eterno, Que es la fama vividora Donde ni duermen las dichas, Ni las grandezas reposan. Rosaura está sin honor; Más á un príncipe le toca El dar honor, que quitarle. ¡Vive Dios! que de su honra He de ser conquistador, Ántes que de mi corona. Huyamos de la ocasion, Que es muy fuerte.—Alarma, _(A un soldado.)_ Que hoy he dar la batalla, Ántes que la oscura sombra Sepulte los rayos de oro Entre verdinegras ondas. ROSAURA. ¡Señor! ¿pues así te ausentas? ¿Pues ni una palabra sola No le debe mi cuidado, Ni merece mi congoja? ¿Cómo es posible, señor, Que ni me mires ni oigas? ¿Aun no me vuelves el rostro? SEGISM. Rosaura, al honor le importa, Por ser piadoso contigo, Ser cruel contigo ahora. No te responde mi voz, Porque mi honor te responda; No te hablo, porque quiero Que te hablen por mí mis obras, Ni te miro, porque es fuerza, En pena tan rigurosa, Que no mire tu hermosura Quien ha de mirar tu honra. _(Vase, y los soldados con él.)_ ROSAURA. ¿Qué enigmas, cielos, son estas? Despues de tanto pesar, ¡Aún me queda que dudar Con equívocas respuestas! ESCENA XI. CLARIN.—ROSAURA. CLARIN. ¿Señora, es hora de verte? ROSAURA. ¡Ay Clarin! ¿dónde has estado? CLARIN. En una torre encerrado Brujuleando mi muerte, Si me da, ó si no me da; Y á figura que me diera, Pasante quínola fuera Mi vida: que estuve ya Para dar un estallido. ROSAURA. ¿Por qué? CLARIN. Porque sé el secreto De quien eres, y en efeto, Clotaldo... ¿Pero qué ruido Es este? _(Suenan cajas.)_ ROSAURA. ¿Qué puede ser? CLARIN. Que del palacio sitiado Sale un escuadron armado A resistir y vencer El del fiero Segismundo. ROSAURA. ¿Pues cómo cobarde estoy, Y ya á su lado no soy Un escándalo del mundo, Cuando ya tanta crueldad Cierra sin órden ni ley? _(Vase.)_ ESCENA XII. CLARIN.—SOLDADOS, _dentro_. _Voces._ _(De unos.)_ ¡Viva nuestro invicto Rey! _Voces._ _(De otros.)_ ¡Viva nuestra libertad! CLARIN. ¡La libertad y el Rey vivan! Vivan muy enhorabuena, Que á mí nada me da pena Como en cuenta me reciban Que yo, apartado este dia En tan grande confusion, Haga el papel de Neron, Que de nada se dolía, Si bien me quiero doler De algo, y ha de ser de mí: Escondido, desde aquí Toda la fiesta he de ver. El sitio es oculto y fuerte, Entre estas peñas.—Pues ya La muerte no me hallará, Dos higas para la muerte. _(Escóndese: tocan cajas, y suena ruido de armas)._ ESCENA XIII. BASILIO, CLOTALDO Y ASTOLFO, _huyendo_.—CLARIN, _oculto_. BASILIO. ¡Hay más infelice rey! ¡Hay padre más perseguido! CLOTAL. Ya tu ejército vencido Baja sin tino ni ley. ASTOLFO. Los traidores vencedores Quedan. BASILIO. En batallas tales Los que vencen son leales, Los vencidos los traidores. Huyamos, Clotaldo, pues, Del cruel, del inhumano Rigor de un hijo tirano. _(Disparan dentro y cae Clarin herido de donde está.)_ CLARIN. ¡Válgame el cielo! ASTOLFO. ¿Quién es Este infelice soldado, Que á nuestros piés ha caido En sangre todo teñido? CLARIN. Soy un hombre desdichado, Que por quererme guardar De la muerte, la busqué. Huyendo della, encontré Con ella, pues no hay lugar, Para la muerte, secreto: De donde claro se arguye, Que quien más su efecto huye, Es quien se llega á su efeto. Por eso tornad, tornad A la lid sangrienta luego; Que entre las armas y el fuego Hay mayor seguridad Que en el monte más guardado, Pues no hay seguro camino A la fuerza del destino Y á la inclemencia del hado; Y así, aunque á libraros vais De la muerte con huir, Mirad que vais á morir, Si está de Dios que murais. _(Cae dentro.)_ BASILIO. ¡Mirad que vais á morir, Si está de Dios que murais! ¡Qué bien (¡hay cielos!) persuade Nuestro error, nuestra ignorancia A mayor conocimiento Este cadáver que habla Por la boca de una herida, Siendo el humor que desata Sangrienta lengua que enseña Que son diligencias vanas Del hombre, cuantas dispone Contra mayor fuerza y causa! Pues yo, por librar de muertes Y sediciones mi patria, Vine á entregarla á los mismos De quien pretendí librarla. CLOTAL. Aunque el hado, señor, sabe Todos los caminos, y halla A quien busca entre lo espeso De las peñas, no es cristiana Determinacion decir Que no hay reparo á su saña. Sí hay, que el prudente varon Victoria del hado alcanza; Y si no estás reservado De la pena y la desgracia, Haz por donde te reserves. ASTOLFO. Clotaldo, señor, te habla Como prudente varon Que madura edad alcanza, Yo como jóven valiente. Entre las espesas matas De ese monte está un caballo, Veloz aborto del aura; Huye en él, que yo entre tanto Te guardaré las espaldas. BASILIO. Si está de Dios que yo muera, Ó si la muerte me aguarda Aquí, hoy la quiero buscar, Esperando cara á cara. _(Tocan al arma.)_ ESCENA XIV. SEGISMUNDO, ESTRELLA, ROSAURA, SOLDADOS, ACOMPAÑAMIENTO.—BASILIO, ASTOLFO, CLOTALDO. SOLDADO. En lo intrincado del monte, Entre sus espesas ramas, El Rey se esconde. SEGISM. ¡Seguidle! No quede en sus cumbres planta Que no examine el cuidado, Tronco á tronco, y rama á rama. CLOTAL. ¡Huye, señor! BASILIO. ¿Para qué? ASTOLFO. ¿Qué intentas? BASILIO. Astolfo, aparta. CLOTAL. ¿Qué quieres? BASILIO. Hacer, Clotaldo, Un remedio que me falta.— Si á mí buscándome vas, _(A Segismundo.)_ Ya estoy, príncipe, á tus plantas: _(Arrodillándose.)_ Sea dellas blanca alfombra Esta nieve de mis canas. Pisa mi cerviz, y huella Mi corona; postra, arrastra Mi decoro y mi respeto; Toma de mi honor venganza, Sírvete de mí cautivo; Y tras prevenciones tantas, Cumpla el hado su homenaje, Cumpla el cielo su palabra. SEGISM. Corte ilustre de Polonia, Que de admiraciones tantas Sois testigos, atended, Que vuestro príncipe os habla. Lo que está determinado Del cielo, y en azul tabla Dios con el dedo escribió, De quien son cifras y estampas Tantos papeles azules Que adornan letras doradas, Nunca engaña, nunca miente; Porque quien miente y engaña Es quien, para usar mal dellas, Las penetra y las alcanza. Mi padre, que está presente, Por excusarse á la saña De mi condicion, me hizo Un bruto, una fiera humana: De suerte, que cuando yo Por mi nobleza gallarda, Por mi sangre generosa, Por mi condicion bizarra Hubiera nacido dócil Y humilde, sólo bastara Tal género de vivir, Tal linaje de crianza, Á hacer fieras mis costumbres: ¡Qué buen modo de estorbarlas! Si á cualquier hombre dijesen: «Alguna fiera inhumana Te dará muerte:» ¿escogiera Buen remedio en despertalla Cuando estuviera durmiendo? Si dijeran: «Esta espada Que traes ceñida, ha de ser Quien te dé la muerte;» vana Diligencia de evitarlo Fuera entónces desnudarla Y ponérsela á los pechos. Si dijesen: «Golfos de agua Han de ser tu sepultura En monumentos de plata;» Mal hiciera en darse al mar, Cuando soberbio levanta Rizados montes de nieve, De cristal crespas montañas. Lo mismo le ha sucedido Que á quien, porque le amenaza Una fiera, la despierta; Que á quien, temiendo una espada, La desnuda; y que á quien mueve Las ondas de una borrasca: Y cuando fuera (escuchadme) Dormida fiera mi saña, Templada espada mi furia, Mi rigor quieta bonanza, La fortuna no se vence Con injusticia y venganza, Porque ántes se incita más; Y así, quien vencer aguarda Á su fortuna, ha de ser Con cordura y con templanza. No ántes de venir el daño Se reserva ni se guarda Quien le previene; que aunque Puede humilde (cosa es clara) Reservarse dél, no es Sino despues que se halla En la ocasion, porque aquesta No hay camino de estorbarla. Sirva de ejemplo este raro Espectáculo, esta extraña Admiracion, este horror, Este prodigio; pues nada Es más, que llegar á ver Con prevenciones tan várias, Rendido á mis piés á un padre, Y atropellado á un monarca. Sentencia del cielo fué; Por más que quiso estorbarla Él, no pudo; ¿y podré yo Que soy menor en las canas, En el valor y en la ciencia, Vencerla?—Señor, levanta, _(Al Rey.)_ Dame tu mano; que ya Que el cielo te desengaña De que has errado en el modo De vencerla, humilde aguarda Mi cuello á que tú te vengues: Rendido estoy á tus plantas. BASILIO. Hijo, que tan noble accion Otra vez en mis entrañas Te engendra, príncipe eres. A tí el laurel y la palma Se te deben; tú venciste; Corónente tus hazañas. TODOS. ¡Viva Segismundo, viva! SEGISM. Pues que ya vencer aguarda Mi valor grandes victorias, Hoy ha de ser la más alta Vencerme á mí.—Astolfo dé La mano luego á Rosaura, Pues sabe que de su honor Es deuda y yo he de cobrarla. ASTOLFO. Aunque es verdad que la debo Obligaciones, repara Que ella no sabe quién es; Y es bajeza y es infamia Casarme yo con mujer... CLOTAL. No prosigas, tente, aguarda; Porque Rosaura es tan noble Como tú, Astolfo, y mi espada Lo defenderá en el campo; Que es mi hija, y esto basta. ASTOLFO. ¿Qué dices? CLOTAL. Que yo hasta verla Casada, noble y honrada, No la quise descubrir. La historia desto es muy larga; Pero, en fin, es hija mia. ASTOLFO. Pues siendo así, mi palabra Cumpliré. SEGISM. Pues porque Estrella No quede desconsolada, Viendo que príncipe pierde De tanto valor y fama, De mi propia mano yo Con esposo he de casarla Que en méritos y fortuna, Si no le excede, le iguala. Dáme la mano. ESTREL. Yo gano En merecer dicha tanta. SEGISM. A Clotaldo, que leal Sirvió á mi padre, le aguardan Mis brazos, con las mercedes Que él pidiere que le haga. SOLDADO. Si así á quien no te ha servido Honras, ¿á mí que fuí causa Del alboroto del reino, Y de la torre en que estabas Te saqué, qué me darás? SEGISM. La torre; y porque no salgas Della nunca, hasta morir Has de estar allí con guardas; Que el traidor no es menester Siendo la traicion pasada. BASILIO. Tu ingenio á todos admira. ASTOLFO. ¡Qué condicion tan mudada! ROSAURA. ¡Qué discreto y qué prudente! SEGISM. ¿Qué os admira? ¿qué os espanta, Si fué mi maestro un sueño, Y estoy temiendo en mis ánsias Que he de dispertar y hallarme Otra vez en mi cerrada Prision? Y cuando no sea, El soñarlo sólo basta; Pues así llegué á saber Que toda la dicha humana En fin pasa como un sueño, Y quiero hoy aprovecharla El tiempo que me durare: Pidiendo de nuestras faltas Perdon, pues de pechos nobles Es tan propio el perdonarlas. LA DEVOCION DE LA CRUZ. PERSONAS. EUSEBIO. CURCIO, _viejo_. LISARDO. OCTAVIO. ALBERTO, _sacerdote_. CELIO. } RICARDO. } _Bandoleros._ CHILINDRINA. } GIL, _villano gracioso_. BRAS. } TIRSO. } _Villanos._ TORIBIO. } JULIA, _dama_. ARMINDA, _criada_. MENGA, _villana graciosa_. _Bandoleros._ _Villanos._ _Soldados._ La accion es en Sena y en sus contornos. JORNADA PRIMERA. _Arboleda inmediata á un camino que se dirige á Sena._ ESCENA PRIMERA. MENGA, GIL. MENGA. _(Dentro.)_ ¡Verá por dó va la burra! GIL. _(Dentro.)_ Jo, dimuño; jo mohina. MENGA. Ya verá por dó camina: Arre acá. GIL. ¡El diabro te aburra! ¿No hay quien una cola tenga, Pudiendo tenella mil? _(Salen.)_ MENGA. ¡Buena hacienda has hecho, Gil! GIL. ¡Buena hacienda has hecho, Menga, Pues tú la culpa tuviste! Que como ibas caballera, Que en el hoyo se metiera Al oido la dijiste, Por hacerme regañar. MENGA. Por verme caer á mí, Se lo dijiste, eso sí. GIL. ¿Cómo la hemos de sacar? MENGA. ¿Pues en el lodo la dejas? GIL. No puede mi fuerza sola. MENGA. Yo tiraré de la cola, Tira tú de las orejas. GIL. Mejor remedio sería Hacer el que aprovechó A un coche, que se atascó En la corte esotro dia. Este coche, Dios delante, Que arrastrado de dos potros, Parecia entre los otros Pobre coche vergonzante; Y por maldicion muy cierta De sus padres (¡hado esquivo!) Iba de estribo en estribo, Ya que no de puerta en puerta; En un arroyo atascado, Con ruegos el caballero, Con azotes el cochero, Ya por fuerza, ya por grado, Ya por gusto, ya por miedo, Que saliesen procuraban: Por recio que lo mandaban, Mi coche quedo que quedo. Viendo que no importan nada Cuantos remedios hicieron, Delante el coche pusieron Un harnero de cebada. Los caballos, por comer, De tal manera tiraron, Que tosieron y arrancaron; Y esto podemos hacer. MENGA. ¡Que nunca valen dos cuartos Tus cuentos! GIL. Menga, yo siento Ver un animal hambriento, Donde hay animales hartos. MENGA. Voy al camino á mirar Si pasa de nuestra aldea Gente, cualquiera que sea, Porque te venga á ayudar, Pues te das tan pocas mañas. GIL. ¿Vuelves, Menga, á tu porfía? MENGA. ¡Ay burra del alma mia! _(Vase.)_ ESCENA II. GIL. ¡Ay burra de mis entrañas! Tú fuiste la más honrada Burra de toda la aldea; Que no ha habido quien te vea Nunca mal acompañada. No eres nada callejera: De mijor gana te estabas En tu pesebre, que andabas Cuando te llevaban fuera. Pues ¿altanera y liviana? Bien me atrevo á jurar yo Que ningun burro la vió Asomada á la ventana. Yo sé que no merecia Su lengua desdicha tal; Pues jamás por habrar mal Dijo: Aquesta boca es mia. Pues como á ella la sobre De lo que comiendo está, Luego al punto se lo da A alguna borrica pobre. _(Ruido dentro.)_ Mas ¿qué ruido es este? Allí De dos caballos se apean Dos hombres, y hácia mí vienen, Despues que atados los dejan. ¡Descoloridos, y al campo De mañana! Cosa es cierta Que comen barro, ó están Opilados. Mas ¿si fueran Bandoleros? ¡Aquí es ello! Pero lo que fuere sea, Aquí me escondo: que andan, Que corren, que salen, que entran. _(Escóndese.)_ ESCENA III. EUSEBIO, LISARDO.—GIL, _escondido_. LISARDO. No pasemos adelante, Porque esta estancia encubierta Y apartada del camino, Es para mi intento buena. Sacad, Eusebio, la espada; Que yo de aquesta manera, A los hombres como vos Saco á reñir. EUSEBIO. Aunque tenga Bastante causa en haber Llegado al campo, quisiera Saber lo que á vos os mueve. Decid, Lisardo, la queja Que de mí teneis. LISARDO. Son tantas, Que falta voz á la lengua, Razones á la razon, Y al sufrimiento paciencia. Quisiera, Eusebio, callarlas, Y áun olvidarlas quisiera; Porque cuando se repiten, Hacen de nuevo la ofensa. ¿Conoceis estos papeles? EUSEBIO. Arrojadlos en la tierra, Y los alzaré. LISARDO. Tomad. ¿Qué os suspendeis? ¿Qué os altera? EUSEBIO. ¡Mal haya el hombre, mal haya Mil veces aquel que entrega Sus secretos á un papel! Porque es disparada piedra Que se sabe quién la tira, Y no se sabe á quién llega. LISARDO. ¿Habeislos ya conocido? EUSEBIO. Todos están de mi letra, Que no la puedo negar. LISARDO. Pues yo soy Lisardo, en Sena, Hijo de Lisardo Curcio. Bien excusadas grandezas De mi padre consumieron En breve tiempo la hacienda Que los suyos le dejaron; Que no sabe cuánto yerra Quien, por excesivos gastos, Pobres á sus hijos deja. Pero la necesidad, Aunque ultraje la nobleza, No excusa de obligaciones A los que nacen con ellas. Julia, pues (¡saben los cielos Cuánto el nombrarla me pesa!), Ó no supo conservarlas, Ó no llegó á conocerlas. Pero al fin, Julia es mi hermana; ¡Pluguiera á Dios no lo fuera! Y advertid que no se sirven Las mujeres de sus prendas Con amorosos papeles, Con razones lisonjeras, Con ilícitos recados, Ni con infames terceras. No os culpo en el todo á vos; Que yo confieso que hiciera Lo mismo, á darme una dama Para servirla licencia. Pero cúlpôs en la parte De ser mi amigo, y en esta Con más culpa os comprehende La culpa que tuvo ella. Si mi hermana os agradó Para mujer (que no era Posible, ni yo lo creo Que os atrevierais á verla Con otro fin, ni áun con este; Pues ¡vive Dios! que quisiera, Ántes que con vos casada, Mirarla á mis manos muerta): En fin, si vos la elegisteis Para mujer, justo fuera Descubrir vuestros deseos Á mi padre, ántes que á ella. Este era término justo, Y entónces mi padre viera Si le estaba bien el darla, Que pienso que no os la diera; Porque un caballero pobre, Cuando en cosas como estas No puede medir iguales La calidad y la hacienda, Por no deslucir su sangre Con una hija doncella, Hace sagrado un convento; Que es delito la pobreza. Aqueste á Julia mi hermana Con tanta prisa la espera, Que mañana ha de ser monja, Por voluntad ó por fuerza. Y porque no será bien Que una religiosa tenga Prendas de tan loco amor Y de voluntad tan necia, Á vuestras manos las vuelvo, Con resolucion tan ciega, Que no sólo he de quitarlas, Mas tambien la causa dellas. Sacad la espada, y aquí El uno de los dos muera, Vos, porque no la sirvais, Ó yo, porque no lo vea. EUSEBIO. Tened, Lisardo, la espada, Y pues yo he tenido flema Para oir desprecios mios, Escuchadme la respuesta. Y aunque el discurso sea largo De mi suceso, y parezca Que, estando solos los dos, Es demasiada paciencia; Pues que ya es fuerza reñir, Y morir el uno es fuerza; Por si los cielos permiten Que yo el infelice sea, Oid prodigios que admiran Y maravillas que elevan; Que no es bien que con mi muerte Eterno silencio tengan. Yo no sé quién fué mi padre; Pero sé que la primera Cuna fué el pié de una Cruz, Y el primer lecho una piedra. Raro fué mi nacimiento, Segun los pastores cuentan, Que desta suerte me hallaron En la falda de esas sierras. Tres dias dicen que oyeron Mi llanto, y que á la aspereza Donde estaba, no llegaron Por el temor de las fieras, Sin que alguna me ofendiese; Pero ¿quién duda que era Por respeto de la Cruz, Que tenía en mi defensa? Hallóme un pastor, que acaso Buscó una perdida oveja En la aspereza del monte, Y trayéndome á la aldea De Eusebio, que no sin causa Estaba entónces en ella, Le contó mi prodigioso Nacimiento, y la clemencia Del cielo asistió á la suya. Mandó en fin que me trajeran A su casa, y como á hijo Me dió la crianza en ella. Eusebio soy de la Cruz, Por su nombre, y por aquella Que fué mi primera guía, Y fué mi guarda primera. Tomé por gusto las armas, Por pasatiempo las letras; Murió Eusebio, y yo quedé Heredero de su hacienda. Si fué prodigioso el parto, No lo fué ménos la estrella Que enemiga me amenaza, Y piadosa me reserva. Tierno infante era en los brazos Del ama, cuando mi fiera Condicion, bárbara en todo, Dió de sus rigores muestra; Pues con solas las encías, No sin diabólica fuerza, Partí el pecho de quien tuve El dulce alimento; y ella, Del dolor desesperada, Y de la cólera ciega, En un pozo me arrojó, Sin que ninguno supiera De mí. Oyéndome reir, Bajaron á él, y cuentan Que estaba sobre las aguas, Y que con las manos tiernas Tenía una Cruz formada Y sobre los labios puesta. Un dia que se abrasaba La casa, y la llama fiera Cerraba el paso á la huida, Y á la salida la puerta, Entre las llamas estuve Libre, sin que me ofendieran: Y advertí despues, dudando Que haya en el fuego clemencia, Que era dia de la Cruz. Tres lustros contaba apénas, Cuando por el mar fuí á Roma, Y en una brava tormenta, Desesperada mi nave Chocó en una oculta peña: En pedazos dividida, Por los costados abierta; Abrazado de un madero Salí venturoso á tierra, Y este madero tenía Forma de Cruz. Por las sierras De esos montes caminaba Con otro hombre, y en la senda Que dos caminos partia, Una Cruz estaba puesta. En tanto que me quedé Haciendo oracion en ella, Se adelantó el compañero; Y despues dándome priesa Para alcanzarle, le hallé Muerto á las manos sangrientas De bandoleros. Un dia, Riñendo en una pendencia, De una estocada caí, Sin que hiciese resistencia, En la tierra; y cuando todos Pensaron hallarla ajena De remedio, sólo hallaron Señal de la punta fiera En una Cruz que traia Al cuello, que en mi defensa Recibió el golpe. Cazando Una vez por la aspereza Deste monte, se cubrió El cielo de nubes negras, Y publicando con truenos Al mundo espantosa guerra, Lanzas arrojaba en agua, Balas disparaba en piedras. Todos hicieron las hojas Contra las nubes defensa, Siendo ya tiendas de campo Las más ocultas malezas; Y un rayo, que fué en el viento Caliginoso cometa, Volvió en ceniza á los dos Que de mí estaban más cerca. Ciego, turbado y confuso Vuelvo á mirar lo que era, Y hallé á mi lado una Cruz, Que yo pienso que es la mesma Que asistió á mi nacimiento, Y la que yo tengo impresa En los pechos; pues los cielos Me han señalado con ella, Para públicos efectos De alguna causa secreta. Pero aunque no sé quién soy, Tal espíritu me alienta, Tal inclinacion me anima, Y tal ánimo me fuerza, Que por mí me da valor Para que á Julia merezca; Porque no es más la heredada, Que la adquirida nobleza. Este soy, y aunque conozco La razon, y aunque pudiera Dar satisfaccion bastante A vuestro agravio, me ciega Tanto la pasion de veros Hablando de esa manera, Que ni os quiero dar disculpa, Ni os quiero admitir la queja; Y pues quereis estorbar Que yo su marido sea; Aunque su casa la guarde, Aunque un convento la tenga, De mí no ha de estar segura; Y la que no ha sido buena Para mujer, lo será Para dama: así desea, Desesperado mi amor Y ofendida mi paciencia, Castigar vuestro desprecio, Y satisfacer mi afrenta. LISARDO. Eusebio, donde el acero Ha de hablar, calle la lengua. _(Sacan las espadas, y riñen; Lisardo cae en el suelo, y procurando levantarse, torna á caer.)_ ¡Herido estoy! EUSEBIO. ¿Y no muerto? LISARDO. No, que en los brazos me queda Aliento para... ¡Ay de mí! Faltó á mis plantas la tierra. EUSEBIO. Y falte á tu voz la vida. LISARDO. No me permitas que muera Sin confesion. EUSEBIO. ¡Muere, infame! LISARDO. No me mates, por aquella Cruz en que Cristo murió. EUSEBIO. Aquesa voz te defienda De la muerte. Alza del suelo; Que cuando por ella ruegas, Falta rigor á la ira, Y falta á los brazos fuerza. Alza del suelo. LISARDO. No puedo; Porque ya en mi sangre envuelta Voy despreciando la vida, Y el alma pienso que espera Á salir, porque entre tantas No sabe cuál es la puerta. EUSEBIO. Pues fíate de mis brazos, Y anímate; que aquí cerca De unos penitentes monjes Hay una ermita pequeña, Donde podrás confesarte Si vivo á sus puertas llegas. LISARDO. Pues yo te doy mi palabra, Por esa piedad que muestras, Que si yo merezco verme En la divina presencia De Dios, pediré que tú Sin confesarte no mueras. _(Llévale Eusebio en brazos.)_ GIL. ¡Han visto lo que le debe! La caridad está buena; Pero yo se la perdono. ¡Matarle y llevarle á cuestas! ESCENA IV. BRAS, TIRSO, MENGA, TORIBIO.—GIL. TORIBIO. ¿Aquí dices que quedaba? MENGA. Aquí se quedó con ella. TIRSO. Mírale allí embelesado. MENGA. Gil, ¿qué mirabas? GIL. ¡Ay Menga! TIRSO. ¿Qué te ha sucedido? GIL. ¡Ay Tirso! TORIBIO. ¿Qué viste? Dános respuesta. GIL. ¡Ay Toribio! BRAS. Dí, ¿qué tienes, Gil, ó de qué te lamentas? GIL. ¡Ay Bras, ay amigos mios! No lo sé más que una bestia. Matóle y cargó con él, Sin duda á salar le lleva. MENGA. ¿Quién le mató? GIL. ¿Qué sé yo? TIRSO. ¿Quién murió? GIL. No sé quién era. TORIBIO. ¿Quién cargó? GIL. ¿Qué sé yo quién? BRAS. ¿Y quién le llevó? GIL. Quienquiera. Pero porque lo sepais, Venid todos. TIRSO. ¿Dó nos llevas? GIL. No lo sé, pero venid, Que los dos van aquí cerca. _(Vanse.)_ * * * * * _Sala en casa de Curcio, en Sena._ ESCENA V. JULIA, ARMINDA. JULIA. Déjame, Arminda, llorar Una libertad perdida, Pues donde acaba la vida, Tambien acaba el pesar. ¿Nunca has visto de una fuente Bajar un arroyo manso, Siendo apacible descanso El valle de su corriente; Y cuando le juzgan falto De fuerza las flores bellas, Pasa por encima dellas Rompiendo por lo más alto? Pues mis penas, mis enojos La misma experiencia han hecho; Detuviéronse en el pecho, Y salieron por los ojos. Deja que llore el rigor De un padre. ARMINDA. Señora, advierte... JULIA. ¿Qué más venturosa suerte Hay, que morir de dolor? Pena que deja vencida La vida, ser gloria ordena; Que no es muy grande la pena Que no acaba con la vida. ARMINDA. ¿Que novedad obligó Tu llanto? JULIA. ¡Ay, Arminda mia! Cuantos papeles tenía De Eusebio, Lisardo halló En mi escritorio. ARMINDA. ¿Pues él Supo que estaban allí? JULIA. Como aqueso contra mí Hará mi estrella cruel. Yo (¡ay de mí!) cuando le vía El cuidado con que andaba, Pensó que lo sospechaba, Pero no que lo sabía. Llegó á mí descolorido, Y entre apacible y airado, Me dijo que habia jugado, Arminda, y que habia perdido: Que una joya le prestase Para volver á jugar. Por presto que la iba á dar, No aguardó á que la sacase: Tomó él la llave y abrió Con una cólera inquieta, Y en la primera naveta Los papeles encontró. Miróme y volvió á cerrar. Y sin decir nada (¡ay Dios!) Buscó á mi padre, y los dos (¿Quién duda es para tratar Mi muerte?) gran rato hablaron Cerrados en su aposento; Salieron, y hácia el convento Los dos sus pasos guiaron, Segun Octavio me dijo. Y si lo que está tratado Ya mi padre ha efectuado, Con justa causa me aflijo; Porque si de aquesta suerte Que olvide á Eusebio desea, Ántes que monja me vea, Yo misma me daré muerte. ESCENA VI. EUSEBIO.—DICHAS. EUSEBIO. (_Ap._ Ninguno tan atrevido, Si no tan desesperado, Viene á tomar por sagrado La casa del ofendido. Ántes que sepa la muerte De Lisardo Julia bella, Hablar quisiera con ella, Porque á mi tirana suerte Algun remedio consigo Si, ignorado mi rigor, Puede obligarla el amor Á que se vaya conmigo; Y cuando llegue á saber De Lisardo el hado injusto, Hará de la fuerza gusto Mirándose en mi poder.) Hermosa Julia. JULIA. ¿Qué es esto? ¿Tú en esta casa? EUSEBIO. El rigor De mi desdicha y tu amor En tal peligro me ha puesto. JULIA. Pues ¿cómo has entrado aquí Y emprendes tan loco extremo? EUSEBIO. Como la muerte no temo. JULIA. ¿Qué es lo que intentas así? EUSEBIO. Hoy obligarte deseo, Julia, porque agradecida Des á mi amor nueva vida, Nueva gloria á mi deseo. Yo he sabido cuánto ofende Á tu padre mi cuidado: Que á su noticia ha llegado Nuestro amor, y que pretende Que tú recibas mañana El estado que desea, Para que mi dicha sea, Como mi esperanza, vana. Si ha sido gusto, si ha sido Amor el que me has mostrado, Si es verdad que me has amado, Si es cierto que me has querido, Vente conmigo; pues ves Que no tiene resistencia De tu padre la obediencia, Deja tu casa; y despues Que habrá mil remedios piensa; Pues ya en mi poder, es justo Que haga de la fuerza gusto, Y obligacion de la ofensa. Villas tengo en que guardarte, Gente con que defenderte, Hacienda para ofrecerte Y un alma para adorarte. Si darme vida deseas, Si es verdadero tu amor, Atrévete, ó el dolor Hará que mi muerte veas. JULIA. Oye, Eusebio. ARMINDA. Mi señor Viene, señora. JULIA. ¡Ay de mí! EUSEBIO. ¿Pudiera hallar contra mí La fortuna más rigor? JULIA. ¿Podrá salir? ARMINDA. No es posible Que se vaya; porque ya Llamando á la puerta está. JULIA. ¡Grave mal! EUSEBIO. ¡Pena terrible! ¿Qué haré? JULIA. Esconderte es forzoso. EUSEBIO. ¿Dónde? JULIA. En aquese aposento. ARMINDA. Presto, que sus pasos siento. _(Escóndese Eusebio.)_ ESCENA VII. CURCIO.—JULIA, ARMINDA; EUSEBIO, _escondido_. CURCIO. Hija, si por el dichoso Estado que tú codicias, Y que ya seguro tienes, No das á mis parabienes La vida y alma en albricias, Del deseo que he tenido No agradeces el cuidado. Todo queda efectuado, Y todo tan prevenido, Que sólo falta ponerte La más bizarra y hermosa, Para ser de Cristo esposa: Mira ¡qué dichosa suerte! Hoy aventajas á todas Cuantas se ven envidiar, Pues te verán celebrar Aquestas divinas bodas. ¿Qué dices? JULIA. _(Ap.)_ ¿Qué puedo hacer? EUSEBIO. _(Ap.)_ Yo me doy la muerte aquí, Si ella le dice que sí. JULIA. (_Ap._ No sé cómo responder.) Bien, señor, la autoridad De padre, que es preferida, Imperio tiene en la vida; Pero no en la libertad. ¿Pues que supiera ántes yo Tu intento, no fuera bien? ¿Y que tú, señor, tambien Supieras mi gusto? CURCIO. No, Que sola mi voluntad En lo justo, ó en lo injusto, Has de tener tú por gusto. JULIA. Sólo tiene libertad Un hijo para escoger Estado; que el hado impío No fuerza el libre albedrío. Déjame pensar y ver Despacio eso; y no te espante Ver que término te pida; Que el estado de una vida No se toma en un instante. CURCIO. Basta que yo lo he mirado, Y yo por tí he dado el sí. JULIA. Pues si tú vives por mí, Toma tambien por mí estado. CURCIO. ¡Calla, infame! ¡calla, loca! Que haré de aquese cabello Un lazo para tu cuello, Ó sacaré de tu boca Con mis manos la atrevida Lengua, que de oir me ofendo. JULIA. La libertad te defiendo, Señor, pero no la vida. Acaba su curso triste, Y acabará tu pesar; Que mal te puedo negar La vida que tú me diste: La libertad que me dió El cielo, es la que te niego. CURCIO. En este punto á crêr llego Lo que el alma sospechó, Que no fué buena tu madre, Y manchó mi honor alguno; Pues hoy tu error importuno Ofende el honor de un padre, A quien el sol no igualó, En resplandor y belleza, Sangre, honor, lustre y nobleza. JULIA. Eso no he entendido yo, Por eso no he respondido. CURCIO. Arminda, salte allá fuera. _(Vase.)_ ESCENA VIII. CURCIO, JULIA. CURCIO. Y ya que mi pena fiera Tantos años he tenido Secreta, de mis enojos La ciega pasion obliga A que la lengua te diga Lo que te han dicho los ojos. La señoría de Sena, Por dar á mi sangre fama, En su nombre me envió A dar la obediencia al papa Urbano Tercio. Tu madre, Que con opinion de santa Fué en Sena comun ejemplo De las matronas romanas, Y áun de las nuestras (no sé Cómo mi lengua la agravia; Mas ¡ay infelice! tanto La satisfaccion engaña), En Sena quedó, y yo estuve En Roma con la embajada Ocho meses; porque entónces Por concierto se trataba Que esta señoría fuese Del pontífice: Dios haga Lo que á su estado convenga, Que aquí importa poco ó nada. Volví á Sena, y hallé en ella... Aquí el aliento me falta, Aquí la lengua enmudece, Y aquí el ánimo desmaya. Hallé (¡ay injusto temor!) A tu madre tan preñada, Que para el infeliz parto Cumplia las nueve faltas. Ya me habia prevenido Por sus mentirosas cartas Esta desdicha, diciendo Que, cuando me fuí, quedaba Con sospecha; y yo la tuve De mi deshonra tan clara, Que discurriendo mi agravio, Imaginé mi desgracia. No digo que verdad sea; Mas quien tiene sangre hidalga, No ha de aguardar á creer, Quel imaginar le basta. ¿Qué importa que un noble sea Desdichado (¡oh ley tirana De honor! ¡oh bárbaro fuero Del mundo!) si la ignorancia Le disculpa? Mienten, mienten Las leyes; porque no alcanza Los misterios al efecto Quien no previene la causa. ¿Qué ley culpa á un inocente? ¿Qué opinion á un libre agravia? Miente otra vez; que no es Deshonra, sino desgracia. ¡Bueno es que en leyes de honor Le comprenda tanta infamia Al Mercurio que le roba, Como al Argos que le guarda! ¿Qué deja el mundo, qué deja, Si así al inocente infama, De deshonra, para aquel Que lo sabe y que lo calla? Yo entre tantos pensamientos, Yo entre confusiones tantas, Ni ví regalo en la mesa, Ni hice descanso en la cama. Tan desabrido conmigo Estuve, que me trataba Como ajeno el corazon, Y como á tirano el alma. Y aunque á veces discurria En su abono, y aunque hallaba Verisímil la disculpa, Pudo en mí tanto la instancia Del temer que me ofendia, Que con saber que fué casta, Tomé de mis pensamientos, No de sus culpas, venganza. Y porque con más secreto Fuese, previne una caza Fingida, porque á un celoso Ficciones sólo le agradan. Al monte fuí, y cuando todos Entretenidos estaban En su alegre regocijo, Con amorosas palabras (¡Qué bien las dice quien miente! ¡Qué bien las cree quien ama!) Llevé á Rosmira, tu madre, Por una senda apartada Del camino, y divertida Llegó á una secreta estancia Deste monte, á cuyo albergue El sol ignoró la entrada, Porque se la defendian Rústicamente enlazadas, Por no decir que amorosas, Árboles, hojas y ramas. Aquí, pues, adonde apénas Huella imprimió mortal planta, Solos los dos... ESCENA IX. ARMINDA.—DICHOS. ARMINDA. Si el valor, Que el noble pecho acompaña, Señor, y si la experiencia Que te han dado honrosas canas, En la desdicha presente No te niega ó no te falta, Exámen será el valor De tu ánimo. CURCIO. ¿Qué causa Te obliga á que así interrumpas Mi razon? ARMINDA. Señor... CURCIO. Acaba; Que más la duda me ofende. JULIA. ¿Por qué te suspendes? Habla. ARMINDA. No quisiera ser la voz De mi pena y tu desgracia. CURCIO. No temas decirla tú, Pues yo no temo escucharla. ARMINDA. A Lisardo, mi señor... EUSEBIO. Esto sólo me faltaba. ARMINDA. Bañado en su sangre traen, En una silla por andas, Cuatro rústicos pastores, Muerto (¡ay Dios!) á puñaladas; Mas ya á tu presencia llega: No le veas. CURCIO. ¡Cielos! ¿Tantas Penas para un desdichado? ¡Ay de mí! ESCENA X. GIL, MENGA, TIRSO, BRAS Y TORIBIO, _que traen á_ LISARDO _muerto en una silla_.—DICHOS. JULIA. Pues ¿qué inhumana Fuerza ensangrentó la ira En su pecho? ¿Qué tirana Mano se bañó en mi sangre, Contra su inocencia airada? ¡Ay de mí! ARMINDA. Mira, señora... BRAS. No llegues á verle. CURCIO. Aparta. TIRSO. Detente, señor. CURCIO. Amigos, No puede sufrirlo el alma. Dejadme ver ese cadáver frio, Depósito infeliz de heladas venas, Ruina del tiempo, estrago del impío Hado, teatro funesto de mis penas. ¿Qué tirano rigor (¡ay hijo mio!) Trágico monumento en las arenas Construyó, porque hiciese en quejas vanas Mortaja triste de mis blancas canas? ¡Ay amigos! decid: ¿quién fué homicida De un hijo, en cuya vida yo animaba? MENGA. Gil lo dirá, que, al verle dar la herida, Oculto entre unos árboles estaba. CURCIO. Dí, amigo, dí, ¿quién me quitó esta vida? GIL. Yo solo sé que Eusebio se llamaba Cuando con él reñia. CURCIO. ¿Hay más deshonra? Eusebio me ha quitado vida y honra. _(A Julia.)_ Disculpa agora tú de sus crueles Deseos la ambicion; dí que concibe Casto amor, pues, á falta de papeles, Lascivos gustos con tu sangre escribe. JULIA. Señor... CURCIO. No me respondas como sueles: A tomar hoy estado te apercibe, O apercibe tambien á tu hermosura, Con Lisardo temprana sepultura. Los dos á un tiempo el sentimiento esquivo, En este dia sepultar concierta, El muerto al mundo, en mi memoria vivo, Tú, viva al mundo, en mi memoria muerta. Y en tanto que el entierro os apercibo, Porque no huyas cerraré esta puerta. Queda con él, porque de aquesta suerte, Lecciones al morir te dé su muerte. _(Vanse.)_ ESCENA XI. JULIA; LISARDO, _muerto_; EUSEBIO. JULIA. Mil veces procuro hablarte, Tirano Eusebio, y mil veces El alma duda, el aliento Falta, y la lengua enmudece. No sé, no sé cómo pueda Hablar; porque á un tiempo vienen Envueltas iras piadosas Entre piedades crueles. Quisiera cerrar los ojos A aquesta sangre inocente, Que está pidiendo venganza, Desperdiciando claveles: Y quisiera hallar disculpa En las lágrimas que viertes; Que al fin heridas y ojos Son bocas que nunca mienten. Y en una mano el amor, Y en otra el rigor presente, A un mismo tiempo quisiera Castigarte y defenderte; Y entre ciegas confusiones De pensamientos tan fuertes, La clemencia me combate, Y el sentimiento me vence. ¿Desta suerte solicitas Obligarme? ¿Desta suerte, Eusebio, en vez de finezas, Con crueldades me pretendes? Cuando de mi boda el dia Resuelta esperaba, ¡quieres Que en vez de apacibles bodas, Tristes obsequias celebre! Cuando por tu gusto era Á mi padre inobediente, ¡Lutos funestos me das En vez de galas alegres! Cuando, arriesgando mi vida, Hice posible el quererte, ¡En vez de tálamo (¡ay cielos!) Un sepulcro me previenes! Y cuando mi mano ofrezco, Despreciando inconvenientes De honor, ¡la tuya bañada En mi sangre me la ofreces! ¿Qué gusto tendré en tus brazos, Si para llegar á verme Dando vida á nuestro amor, Voy tropezando en la muerte? ¿Qué dirá el mundo de mí, Sabiendo que tengo siempre, Si no presente el agravio, Quien le cometió presente? Pues cuando quiera el olvido Sepultarle, sólo el verte Entre mis brazos, será Memoria con que me acuerde. Yo entónces, yo, aunque te adore, Los amorosos placeres Trocaré en iras, pidiendo Venganzas; pues ¿cómo quieres Que viva sujeta un alma A efectos tan diferentes, Que esté esperando el castigo Y deseando que no llegue? Basta, por lo que te quise, Perdonarte, sin que esperes Verme en tu vida, ni hablarme. Esa ventana, que tiene Salida al jardin, podrá Darte paso; por ahí puedes Escaparte; huye el peligro, Porque, si mi padre viene, No te halle aquí. Véte, Eusebio, Y mira que no te acuerdes De mí; que hoy me pierdes tú Porque quisiste perderme. Véte, y vive tan dichoso, Que tengas felicemente Bienes, sin que á los pesares Pagues pension de los bienes. Que yo haré para mi vida Una celda prision breve, Si no sepulcro, pues ya Mi padre enterrarme quiere. Allí lloraré desdichas De un hado tan inclemente, De una fortuna tan fiera, De una inclinacion tan fuerte, De un planeta tan opuesto, De una estrella tan rebelde, De un amor tan desdichado, De una mano tan aleve, Que me ha quitado la vida Y no me ha dado la muerte, Porque entre tantos pesares Siempre viva y muera siempre. EUSEBIO. Si acaso más que tus voces Son ya tus manos crueles Para tomar la venganza, Rendido á tus piés me tienes. Preso me trae mi delito, Tu amor es la cárcel fuerte, Las cadenas son mis yerros, Prisiones que el alma teme, Verdugo es mi pensamiento; Si son tus ojos los jueces, Y ellos me dan la sentencia, Por fuerza será de muerte. Mas dirá entónces la fama En su pregon: «Este muere Porque quiso,» pues que solo Es mi delito quererte. No pienso darte disculpa; No parezca que la tiene Tan grande error; sólo quiero Que me mates y te vengues. Toma esta daga, y con ella Rompe un pecho que te ofende, Saca un alma que te adora, Y tu misma sangre vierte. Y si no quieres matarme, Para que á vengarse llegue Tu padre, diré que estoy En tu aposento. JULIA. ¡Detente! Y por última razon, Que he de hablarte eternamente, Has de hacer lo que te digo. EUSEBIO. Yo lo concedo. JULIA. Pues véte Adonde guardes tu vida. Hacienda tienes, y gente Que te podrá defender. EUSEBIO. Mejor será que yo quede Sin ella; porque si vivo, Será imposible que deje De adorarte, y no has de estar, Aunque un convento te encierre, Segura. JULIA. Guárdate tú, Que yo sabré defenderme. EUSEBIO. ¿Volveré yo á verte? JULIA. No. EUSEBIO. ¿No hay remedio? JULIA. No le esperes. EUSEBIO. ¿Que al fin me aborreces ya? JULIA. Haré por aborrecerte. EUSEBIO. ¿Olvidarásme? JULIA. No sé. EUSEBIO. ¿Veréte yo? JULIA. Eternamente. EUSEBIO. Pues ¿aquel pasado amor...? JULIA. Pues ¿esta sangre presente...?— La puerta abren: véte Eusebio. EUSEBIO. Iré por obedecerte. ¡Que no he de volverte á ver! JULIA. ¡Que no has de volver á verme! _(Suena ruido, vanse cada uno por una parte, y entran el cuerpo algunos criados.)_ JORNADA SEGUNDA. _Monte._ ESCENA PRIMERA. RICARDO, CELIO, EUSEBIO, _en traje de bandoleros, con arcabuces_. _(Suena un tiro dentro.)_ RICARDO. Pasó el plomo violento Su pecho. CELIO. Y hace el golpe más sangriento, Que con su sangre la tragedia imprima En tierna flor. EUSEBIO. Ponle una cruz encima, Y perdónele Dios. RICARDO. Las devociones Nunca faltan del todo á los ladrones. _(Vanse Ricardo y Celio)_ EUSEBIO. Y pues mis hados fieros Me traen á capitan de bandoleros, Llegarán mis delitos A ser, como mis penas, infinitos. Como si diera muerte A Lisardo á traicion, de aquesta suerte Mi patria me persigue, Porque su furia y mi despecho obligue A que guarde una vida, Siendo de tantas bárbaro homicida. Mi hacienda me han quitado, Mis villas confiscado, Y á tanto rigor llegan, Que el sustento me niegan. No toque pasajero El término del monte, si primero No rinde hacienda y vida. ESCENA II. RICARDO, BANDOLEROS; ALBERTO, _preso_.—EUSEBIO. RICARDO. Llegando á ver la boca de la herida, Escucha, capitan, el más extraño Suceso. EUSEBIO. Ya deseo el desengaño. RICARDO. Hallé el plomo deshecho En este libro que tenía en el pecho, Sin haber penetrado, Y al caminante solo desmayado: Vesle aquí sano y bueno. EUSEBIO. De espanto estoy y admiraciones lleno. ¿Quién eres, venerable Caduco, á quien los cielos, admirable Han hecho con prodigio milagroso? ALBERTO. Yo soy, oh capitan, el más dichoso De cuantos hombres hay; que he merecido Ser sacerdote indigno, y he leido En Bolonia sagrada teología Cuarenta y cuatro años con desvelo. Dióme Su Santidad, por este celo, De Trento el obispado Premiando mis estudios; y admirado Yo de ver que tenía Cuenta de tantas almas, Y que apénas la daba de la mia, Los laureles dejé, dejé las palmas, Y huyendo sus engaños, Vengo á buscar seguros desengaños En estas soledades, Donde viven desnudas las verdades. Paso á Roma á que el Papa me conceda Licencia, capitan, para que pueda Fundar un órden santo de eremitas; Mas tu saña atrevida Quita el hilo á mi suerte y á la vida. EUSEBIO. ¿Qué libro es este, dí? ALBERTO. Este es el fruto, Que rinde á mis estudios el tributo De tantos años. EUSEBIO. ¿Qué es lo que contiene? ALBERTO. Él trata del orígen verdadero De aquel divino y celestial madero En que animoso y fuerte, Muriendo, triunfó Cristo de la muerte. El libro, en fin, se llama «Milagros de la Cruz.» EUSEBIO. ¡Qué bien la llama De aquel plomo inclemente, Más que la cera, se mostró obediente! ¡Pluguiera á Dios, mi mano, Ántes que blanco su papel hiciera De aquel golpe tirano, Entre su fuego ardiera! Lleva ropa y dinero Y la vida; sólo este libro quiero. Y vosotros salidle acompañando Hasta dejarle libre. ALBERTO. Iré rogando Al Señor te dé luz para que veas El error en que vives. EUSEBIO. Si deseas Mi bien, pídele á Dios que no permita Muera sin confesion. ALBERTO. Yo te prometo Seré ministro en tan piadoso efeto, Y te doy mi palabra (Tanto en mi pecho tu clemencia labra) Que si me llamas en cualquiera parte, Dejaré mi desierto Por ir á confesarte: Un sacerdote soy; mi nombre Alberto. EUSEBIO. ¿Tal palabra me das? ALBERTO. Y la confieso Con la mano. EUSEBIO. Otra vez tus plantas beso. _(Vase Alberto con Ricardo y los bandoleros.)_ ESCENA III. CHILINDRINA.—EUSEBIO. CHILIND. Hasta venir á hablarte, El monte atravesé de parte á parte. EUSEBIO. ¿Qué hay, amigo? CHILIND. Dos nuevas harto malas. EUSEBIO. Á mi temor el sentimiento igualas. ¿Qué son? CHILIND. Es la primera (Decirla no quisiera), Que al padre de Lisardo Han dado... EUSEBIO. Acaba, que el efecto aguardo. CHILIND. Comision de prenderte ó de matarte. EUSEBIO. Esotra nueva temo Mas, porque en un confuso extremo, Al corazon parece que camina Toda el alma, adivina De algun futuro daño. ¿Qué ha sucedido? CHILIND. Á Julia... EUSEBIO. No me engaño En prevenir tristezas, Si para ver mi mal, por Julia empiezas. ¿Julia no me dijiste? Pues eso basta para verme triste. ¡Mal haya amén la rigurosa estrella Que me obligó á querella! En fin, Julia... prosigue. CHILIND. En un convento, Seglar está. EUSEBIO. ¡Ya falta el sufrimiento! ¡Que el cielo me castigue Con tan grandes venganzas, De perdidos deseos, De muertas esperanzas. Que de los mismos cielos, Por quien me deja, vengo á tener celos! Mas ya tan atrevido, Que viviendo matando. Me sustento robando, No puedo ser peor de lo que he sido. Despéñese el intento, Pues ya se ha despeñado el pensamiento. Llama á Celio y Ricardo. (_Ap._ ¡Amando muero!) CHILIND. Voy por ellos. _(Vase.)_ EUSEBIO. Vé, y diles que aquí espero.— Asaltaré el convento que la guarda. Ningun grave castigo me acobarda; Que por verme señor de su hermosura, Tirano amor me fuerza Á acometer la fuerza, Á romper la clausura, Y á violar el sagrado; Que ya del todo estoy desesperado. Pues si no me pusiera Amor en tales puntos, Solamente lo hiciera Por cometer tantos delitos juntos. ESCENA IV. GIL, MENGA.—EUSEBIO. MENGA. ¿Mas que encontramos con él, Segun mezquina nací? GIL. Menga, yo ¿no voy aquí? No temas ese cruel Capitan de buñuleros, Ni el hallarlo te alborote; Que honda llevo yo y garrote. MENGA. Temo, Gil, sus hechos fieros; Si no, á Silvia á mirar ponte, Cuando aquí la acometió; Que doncella al monte entró, Y dueña salió del monte, Que no es peligro pequeño. GIL. Conmigo fuera cruel, Que tambien entro doncel, Y pudiera salir dueño. _(Reparan en Eusebio.)_ MENGA. _(A Eusebio.)_ ¡Ah señor! que va perdido, Que anda Eusebio por aquí. GIL. No eche, señor, por ahí. EUSEBIO. _(Ap.)_ Estos no me han conocido, Y quiero disimular. GIL. ¿Quiere que aquese ladron Le mate? EUSEBIO. (_Ap._ Villanos son.) ¿Con qué podré yo pagar Este aviso? GIL. Con huir De ese bellaco. MENGA. Si os coge, Señor, aunque no le enoje Ni vuestro hacer ni decir, Luego os matará; y creed Que con poner tras la ofensa Una cruz encima, piensa Que os hace mucha merced. ESCENA V. RICARDO, CELIO.—DICHOS. RICARDO. ¿Dónde le dejaste? CELIO. Aquí. GIL. _(A Eusebio.)_ Es un ladron, no le esperes. RICARDO. Eusebio, ¿qué es lo que quieres? GIL. ¿Eusebio le llamó? MENGA. Sí. EUSEBIO. Yo soy Eusebio; ¿que os mueve Contra mí? ¿No hay quien responda? MENGA. Gil, ¿tienes garrote y honda? GIL. Tengo el diablo que te lleve. CELIO. Por los apacibles llanos Que hace del monte la falda, A quien guarda el mar la espalda, Ví un escuadron de villanos Que armado contra tí viene, Y pienso que se avecina; Que así Curcio determina La venganza que previene. Mira qué piensas hacer: Junta tu gente, y partamos. EUSEBIO. Mejor es que agora huyamos, Que esta noche hay más que hacer. Venid conmigo los dos, De quien justamente fío La opinion y el honor mio. RICARDO. Muy bien puedes, que por Dios Que he de morir á tu lado. EUSEBIO. Villanos, vida teneis, Sólo porque le lleveis A mi enemigo un recado. Decid á Curcio que yo Con tanta gente atrevida Solo defiendo la vida, Pero que le busco no. Y que no tiene ocasion De buscarme de esta suerte, Pues no dí á Lisardo muerte Con engaño ó con traicion. Cuerpo á cuerpo le maté, Sin ventaja conocida, Y ántes de acabar la vida, En mis brazos le llevé Adonde se confesó, Digna accion para estimarse; Mas que si quiere vengarse, Que he de defenderme yo.— Y agora porque no vean _(A los bandoleros.)_ Aquestos por dónde vamos, Atadlos entre estos ramos: Vendados sus ojos sean, Porque no avisen. RICARDO. Aquí Hay cordel. CELIO. Pues llega presto. GIL. De San Sebastian me han puesto. MENGA. De San Sebastian á mí. Mas ate cuando quisiere, Señor, como no me mate. GIL. Oye, señor, no me ate, Y puto sea yo si huyere. Jura tú, Menga, tambien Este mismo juramento. CELIO. Ya están atados. EUSEBIO. Mi intento Se va ejecutando bien. La noche amenaza oscura Tendiendo su negro velo. Julia, aunque te guarde el cielo, He de gozar tu hermosura. _(Vanse.)_ ESCENA VI. GIL, MENGA, _atados_. GIL. ¿Quién habrá que ahora nos vea, Menga, aunque caro nos cueste, Que no diga que es aqueste Peralvillo de la aldea? MENGA. Véte llegando hácia aquí, Gil, que yo no puedo andar. GIL. Menga, vénme á desatar, Y te desataré á tí Luégo al punto. MENGA. Ven primero Tú, que ya estás importuno. GIL. ¿Es decir, que vendrá alguno? Pondré que falta un arriero Las tres ánades cantando, Un caminante pidiendo, Un estudiante comiendo, Una santera rezando, Hoy en aqueste camino, Lo que á ninguno faltó; Mas la culpa tengo yo. _Una voz._ _(Dentro.)_ Hácia esta parte imagino Que oigo voces; llegad presto. GIL. Señor, en buen hora acuda A desatar una duda, En que ha rato que estoy puesto. MENGA. Si acaso buscais, señor, Por el monte algun cordel, Yo os puedo servir con él. GIL. Este es más gordo y mijor. MENGA. Yo, por ser mujer, espero Remedio en las ánsias mias. GIL. No repare en cortesías, Desáteme á mí primero. ESCENA VII. CURCIO, OCTAVIO, BRAS, TIRSO, SOLDADOS.—GIL, MENGA. TIRSO. Hácia aquesta parte suena La voz. GIL. ¡Que te quemas! TIRSO. Gil, ¿Qué es esto? GIL. El diablo es sutil; Desata, Tirso, y mi pena Te diré despues. CURCIO. ¿Qué es esto? MENGA. Venga en buen hora, señor, A castigar un traidor. CURCIO. ¿Quién desta suerte os ha puesto? GIL. ¿Quién? Eusebio, que en efeto Dice... Pero ¿qué sé yo Lo que dice? Él nos dejó Aquí en semejante aprieto. TIRSO. No llores, pues, que no ha estado Hoy muy poco liberal Contigo. BRAS. No lo ha hecho mal, Pues á Menga te ha dejado. GIL. ¡Ay Tirso! no lloro yo Porque piadoso no fué. TIRSO. Pues ¿por qué lloras? GIL. ¿Por qué? Porque á Menga me dejó. La de Anton llevó, y al cabo De seis, que no parecia, Halló á su mujer un dia; Hicimos un baile bravo De hallazgo, y gastó cien reales. BRAS. ¿Bartolo no se casó Con Catalina, y parió A seis meses no cabales? Y andaba con gran placer Diciendo: ¡Si tú lo vieses! Lo que otra hace en nueve meses, Hace en cinco mi mujer. TIRSO. Ello no hay honra segura. CURCIO. ¿Que esto llegue á escuchar yo Deste tirano? ¿quién vió Tan notable desventura? MENGA. Cómo destruirle piensa; Que hasta las mismas mujeres Tomaremos, si tú quieres, Las armas para su ofensa. GIL. Que aquí acude es lo más cierto; Y toda esta procesion De cruces que miras, son, Señor, por hombres que ha muerto. OCTAVIO. Es aquí lo más secreto De todo el monte. CURCIO. _(Ap.)_ Y aquí Fué ¡cielos! donde yo ví Aquel milagroso efeto De inocencia y castidad, Cuya beldad atrevido Tantas veces he ofendido Con dudas, siendo verdad Un milagro tan patente. OCTAVIO. Señor, ¿qué nueva pasion Causa tu imaginacion? CURCIO. Rigores que el alma siente Son, Octavio; y mis enojos, Para publicar mi mengua, Como los niego á la lengua, Me van saliendo á los ojos. Haz, Octavio, que me deje Solo esa gente que sigo, Porque aquí de mí y conmigo Hoy á los cielos me queje. OCTAVIO. Ea, soldados, despejad. BRAS. ¿Qué decís? TIRSO. ¿Qué pretendeis? GIL. Despiojad, ¿no lo entendeis? Que nos vamos á espulgar. _(Vanse todos, ménos Curcio.)_ ESCENA VIII. CURCIO. ¿A quién no habrá sucedido, Tal vez lleno de pesares, Descansar consigo á solas Por no descubrirse á nadie? Yo, á quien tantos pensamientos A un tiempo afligen, que hacen Con lágrimas y suspiros Competencia al mar y al aire, Compañero de mí mismo En las mudas soledades, Con la pension de mis bienes Quiero divertir mis males. Ni las aves, ni las fuentes Sean testigos bastantes: Que al fin las fuentes murmuran, Y tienen lengua las aves. No quiero más compañía Que aquestos rústicos sauces; Pues quien escucha y no aprende, Será fuerza que no hable. Teatro este monte fué Del suceso más notable, Que entre prodigios de celos Cuentan las antigüedades, De una inocente verdad. Pero ¿quién podrá librarse De sospechas, en quien son Mentirosas las verdades? Muerte de amor son los celos, Que no perdonan á nadie, Ni por humilde le dejan, Ni le respetan por grave. Aquí pues, donde yo digo, Rosmira y yo... De acordarme, No es mucho que el alma tiemble, No es mucho que la voz falte; Que no hay flor que no me asombre, No hay hoja que no me espante, No hay piedra que no me admire, Tronco que no me acobarde, Peñasco que no me oprima, Monte que no me amenace; Porque todos son testigos De una hazaña tan infame. Saqué al fin la espada, y ella, Sin temerme y sin turbarse, Porque en riesgos de amor nunca El inocente es cobarde: «Esposo, dijo, detente; No digo que no me mates, Si es tu gusto, porque yo ¿Cómo he de poder negarte La misma vida que es tuya? Solo te pido que ántes Me digas por lo que muero, Y déjame que te abrace.» Yo la dije: «En tus entrañas, Como la víbora, traes A quien te ha de dar la muerte. Indicio ha sido bastante El parto infame que esperas. Mas no le verás, que ántes Dándote muerte, seré Verdugo tuyo y de un ángel.» «Si acaso, me dijo entónces, Si acaso, esposo, llegaste A creer flaquezas mias, Justo será que me mates. Mas á esta Cruz abrazada, A esta que estaba delante, Prosiguió, doy por testigo De que no supe agraviarte Ni ofenderte; que ella sola Será justo que me ampare.» Bien quisiera entónces yo, Arrepentido, arrojarme A sus piés, porque se vía Su inocencia en su semblante. El que una traicion intenta, Ántes mire lo que hace; Porque una vez declarado, Aunque procure enmendarse, Por decir que tuvo causa, Lo ha de llevar adelante. Yo, pues, no porque dudaba Ser la disculpa bastante, Sino porque mi delito Más amparado quedase, El brazo levanté airado, Tirando por várias partes Mil heridas; pero solo Las ejecuté en el aire. Por muerta al pié de la Cruz Quedó, y queriendo escaparme A casa llegué, y halléla Con más belleza que sale El alba, cuando en sus brazos Nos presenta el sol infante. Ella en sus brazos tenía A Julia, divina imágen De hermosura y discrecion: (¿Qué gloria pudo igualarse A la mia?) que su parto Habia sido aquella tarde Al mismo pié de la Cruz; Y por divinas señales, Con que al mundo descubria Dios un milagro tan grande, La niña que habia parido, Dichosa con señas tales, Tenía en el pecho una Cruz Labrada de fuego y sangre. Pero ¡ay! que tanta ventura Templaba el que se quedase Otra criatura en el monte: Que ella, entre penas tan graves, Sintió haber parido dos; Y yo entónces... ESCENA IX. OCTAVIO.—CURCIO. OCTAVIO. Por el valle Atraviesa un escuadron De bandoleros; y ántes Que cierre la noche triste, Será bien, señor, que bajes A buscarlos, no oscurezca; Porque ellos el monte saben, Y nosotros no. CURCIO. Pues junta La gente vaya adelante; Que no hay gloria para mí, Hasta llegar á vengarme. _(Vanse)_ * * * * * _Vista exterior de un convento._ ESCENA X. EUSEBIO, RICARDO, CELIO, _con una escala_. RICARDO. Llega con silencio, y pon A esa parte las escalas. EUSEBIO. Icaro seré sin alas, Sin fuego seré Faeton: Escalar al sol intento, Y si me quiere ayudar La luz, tengo de pasar Mas allá del firmamento. Amor ser tirano enseña. En subiendo yo, quitad Esa escala, y esperad Hasta que os haga una seña. Quien subiendo se despeña, Suba hoy y baje ofendido, En cenizas convertido; Que la pena del bajar, No será parte á quitar La gloria de haber subido. RICARDO. ¿Qué esperas? CELIO. Pues ¿qué rigor Tu altivo orgullo embaraza? EUSEBIO. ¿No veis cómo me amenaza Un vivo fuego? RICARDO. Señor. Fantasmas son del temor. EUSEBIO. ¿Yo temor? CELIO. Sube. EUSEBIO. Ya llego. Aunque á tantos rayos ciego, Por las llamas he de entrar; Que no lo podrá estorbar De todo el infierno el fuego. _(Sube y entra.)_ CELIO. Ya entró. RICARDO. Alguna fantasía De su mismo horror fundada, En la idea acreditada, O alguna ilusion sería. CELIO. Quita la escala. RICARDO. Hasta el dia Aquí le hemos de esperar. CELIO. Atrevimiento fué entrar, Aunque yo de mejor gana Me fuera con mi villana; Mas despues habrá lugar. _(Vanse.)_ * * * * * _Celda de Julia_ ESCENA XI. EUSEBIO; JULIA, _en el lecho_. EUSEBIO. Por todo el convento he andado, Sin ser de nadie sentido, Y por cuanto he discurrido, De mi destino guiado, A mil celdas he llegado De religiosas, que abiertas Tienen las estrechas puertas, Y en ninguna á Julia ví. ¿Dónde me llevais así, Esperanzas siempre inciertas? ¡Qué horror! ¡qué silencio mudo! ¡Qué oscuridad tan funesta! Luz hay aquí; celda es esta, Y en ella Julia. ¡Qué dudo! _(Corre una cortina, y ve á Julia durmiendo.)_ ¿Tan poco el valor ayudo, Que ahora en hablarla tardo? ¿Qué es lo que espero? ¿qué aguardo? Más con impulso dudoso, Si me animo temeroso, Animoso me acobardo. Más belleza la humildad Deste traje la asegura; Que en la mujer la hermosura Es la misma honestidad. Su peregrina beldad, De mi torpe amor objeto, Hace en mí mayor efeto; Que á un tiempo á mi amor incito, Con la hermosura apetito, Con la honestidad respeto. ¡Julia! ¡ah Julia! JULIA. ¿Quién me nombra? Mas ¡cielos! ¿qué es lo que veo? ¿Eres sombra del deseo, O del pensamiento sombra? EUSEBIO. ¿Tanto el mirarme te asombra? JULIA. ¿Pues quién habrá que no intente Huir de tí? EUSEBIO. Julia, detente. JULIA. ¿Qué quieres, forma fingida, De la idea repetida, Solo á la vista aparente? ¿Eres, para pena mia, Voz de la imaginacion? ¿Retrato de la ilusion? ¿Cuerpo de la fantasía? ¿Fantasma en la noche fria? EUSEBIO. Julia, escucha. Eusebio soy, Que vivo á tus piés estoy; Que si el pensamiento fuera, Siempre contigo estuviera. JULIA. Desengañándome voy Con oirte, y considero Que mi recato ofendido Más te quisiera fingido, Eusebio, que verdadero. Donde yo llorando muero, Donde yo vivo penando, ¿Qué quieres? ¡estoy temblando! ¿Qué buscas? ¡estoy muriendo! ¿Qué emprendes? ¡estoy temiendo! ¿Qué intentas? ¡estoy dudando! ¿Cómo has llegado hasta aquí? EUSEBIO. Todo es extremos amor, Y mi pena y tu rigor Hoy han de triunfar de mí. Hasta verte aquí, sufrí Con esperanza segura; Pero viendo tu hermosura Perdida, he atropellado El respeto del sagrado, Y la ley de la clausura. De lo cierto ó de lo injusto Los dos la culpa tenemos, Y en mí vienen dos extremos, Que son la fuerza y el gusto. No puede darle disgusto Al cielo mi pretension; Ántes de esta ejecucion, Casada eres en secreto, Y no cabe en un sujeto Matrimonio y religion. JULIA. No niego el lazo amoroso, Que hizo con felicidades Unir á dos voluntades, Que fué su efecto forzoso; Que te llamé amado esposo, Y que todo eso fué así, Confieso; pero ya aquí, Con voto de religiosa, A Cristo de ser su esposa Mano y palabra le dí. Ya soy suya, ¿qué me quieres? Véte, porque el mundo asombres. Donde mates á los hombres, Donde fuerces las mujeres. Véte, Eusebio; ya no esperes Fruto de tu loco amor; Para que te cause horror, Que estoy en sagrado piensa. EUSEBIO. Cuanto es mayor tu defensa, Es mi apetito mayor. Ya las paredes salté Del convento, ya te ví; No es amor quien vive en mí, Causa más oculta fué. Cumple mi gusto, ó diré Que tú misma me has llamado, Que me has tenido encerrado En tu celda muchos dias: Y pues las desdichas mias Me tienen desesperado, Daré voces; sepan... JULIA. Tente, Eusebio, mira... (¡ay de mí!) Pasos siento por aquí, Al coro atraviesa gente. ¡Cielos, no sé lo que intente! Cierra esa celda, y en ella Estarás, pues atropella Un temor á otro temor. EUSEBIO. ¡Qué poderoso es mi amor! JULIA. ¡Qué rigorosa es mi estrella! _(Vanse.)_ * * * * * _Vista exterior del convento._ ESCENA XII. RICARDO, CELIO. RICARDO. Ya son las tres, mucho tarda. CELIO. El que goza su ventura, Ricardo, en la noche oscura, Nunca el claro sol aguarda. Yo apuesto que le parece Que nunca el sol madrugó Tanto, y que hoy apresuró Su curso. RICARDO. Siempre amanece Más temprano á quien desea; Pero al que goza, más tarde. CELIO. No creas que al sol aguarde Que en el oriente se vea. RICARDO. Dos horas son ya. CELIO. No creo Que Eusebio lo diga. RICARDO. Es justo; Porque al fin son de su gusto Las horas de tu deseo. CELIO. ¿No sabes lo que he llegado Hoy, Ricardo, á sospechar? Que Julia le envió á llamar. RICARDO. Pues si no fuera llamado, ¿Quién á escalar se atreviera Un convento? CELIO. ¿No has sentido, Ricardo, á esta parte ruido? RICARDO. Sí. CELIO. Pues llega la escalera. ESCENA XIII. JULIA, EUSEBIO, _á una ventana_.—RICARDO, CELIO. EUSEBIO. Déjame, mujer. JULIA. Pues cuando Vencida de tus deseos, Movida de tus suspiros, Obligada de tus ruegos, De tu llanto agradecida, Dos veces á Dios ofendo, Como á Dios, y como á esposo, ¡Mis brazos dejas, haciendo Sin esperanzas desdenes, Y sin posesion desprecios! ¿Dónde vas? EUSEBIO. Mujer, ¿qué intentas? Déjame, que voy huyendo De tus brazos, porque he visto No sé qué deidad en ellos. Llamas arrojan tus ojos, Tus suspiros son de fuego, Un volcan cada razon, Un rayo cada cabello, Cada palabra es mi muerte, Cada regalo un infierno: Tantos temores me causa La Cruz que he visto en tu pecho. Señal prodigiosa ha sido, Y no permitan los cielos Que, aunque tanto los ofenda, Pierda á la Cruz el respeto. Pues si la hago testigo De las culpas que cometo, ¿Con qué vergüenza despues Llamarla en mi ayuda puedo? Quédate en tu religion, Julia: yo no te desprecio, Que más agora te adoro. JULIA. Escucha, detente, Eusebio. EUSEBIO. Esta es la escala. JULIA. Detente, Ó llévame allá. EUSEBIO. No puedo, _(Baja.)_ Pues que, sin gozar la gloria Que tanto esperé, te dejo. ¡Válgame el Cielo! caí. _(Cae.)_ RICARDO. ¿Qué ha sido? EUSEBIO. ¿No veis el viento Poblado de ardientes rayos? ¿No mirais sangriento el cielo Que todo sobre mí viene? ¿Dónde estar seguro puedo, Si airado el cielo se muestra? Divina Cruz, yo os prometo, Y os hago solemne voto Con cuantas cláusulas puedo, De en cualquier parte que os vea, Las rodillas por el suelo, Rezar un Ave María. _(Levántase, y vanse los tres, dejando la escala puesta.)_ ESCENA XIV. JULIA. (_En la ventana._) Turbada y confusa quedo. ¿Aquestas fueron, ingrato, Las firmezas? ¿Estos fueron Los extremos de tu amor? ¿Ó son de mi amor extremos? Hasta vencerme á tu gusto, Con amenazas, con ruegos, Aquí amante, allí tirano, Porfiaste; pero luego Que de tu gusto y mi pena Pudiste llamarte dueño, Ántes de vencer, huiste. ¿Quien, sino tú, venció huyendo? ¡Muerta soy, cielos piadosos! ¿Por qué introdujo venenos Naturaleza, si habia, Para dar muerte, desprecios? Ellos me quitan la vida; Pues que con nuevo tormento Lo que me desprecia busco. ¿Quién vió tan dudoso efecto De amor? Cuando me rogaba Con mil lágrimas Eusebio, Le dejaba; pero agora, Porque él me deja, le ruego. Tales somos las mujeres, Que contra nuestros deseos, Aun no queremos dar gusto Con lo mismo que queremos. Ninguno nos quiera bien, Si pretende alcanzar premio; Que queridas despreciamos Y aborrecidas queremos. No siento que no me quiera, Sólo que me deje siento. Por aquí cayó, tras él Me arrojaré. ¿Mas qué es esto? ¿Esta no es escala? Sí. ¡Qué terrible pensamiento! Detente, imaginacion, No me despeñes; que creo Que si llego á consentir, Á hacer el delito llego. ¿No saltó Eusebio por mí Las paredes del convento? ¿No me holgué de verle yo En tantos peligros puesto Por mi causa? ¿Pues qué dudo? ¿Qué me acobardo? ¿qué temo? Lo mismo haré yo en salir Que él en entrar: si es lo mesmo, Tambien se holgará de verme Por su causa en tales riesgos. Ya por haber consentido La misma culpa merezco; Pues si es tan grande el pecado, ¿Por qué el gusto ha de ser ménos? Si consentí, y me dejó Dios de su mano, ¿no puedo De una culpa, que es tan grande, Tener perdon? ¿Pues qué espero? _(Baja por la escala.)_ Al mundo, al honor, á Dios Hallo perdido el respeto, Cuando á ceguedad tan grande Vendados los ojos vuelvo. Demonio soy, que he caido Despeñado deste cielo, Pues sin tener esperanza De subir, no me arrepiento. Ya estoy fuera de sagrado, Y de la noche el silencio Con su oscuridad me tiene Cubierta de horror y miedo. Tan deslumbrada camino, Que en las tinieblas tropiezo, Y áun no caigo en mi pecado. ¿Dónde voy? ¿qué hago? ¿qué intento? Con la muda confusion De tantos horrores, temo Que se me altera la sangre, Que se me eriza el cabello. Turbada la fantasía, En el aire forma cuerpos, Y sentencias contra mí Pronuncia la voz del eco. El delito, que ántes era Quien me animaba soberbio, Es quien me acobarda agora. Apénas las plantas puedo Mover, que el mismo temor Grillos á mis piés ha puesto. Sobre mis hombros parece Que carga un prolijo peso Que me oprime, y toda yo Estoy cubierta de hielo. No quiero pasar de aquí, Quiero volverme al convento, Donde de aqueste pecado Alcance perdon; pues creo De la clemencia divina, Que no hay luces en el cielo, Que no hay en el mar arenas, No hay átomos en el viento, Que, sumados todos juntos, No sean número pequeño De los pecados, que sabe Dios perdonar. Pasos siento. Á esta parte me retiro En tanto que pasan, luégo Subiré sin que me vean. _(Retírase.)_ ESCENA XV. RICARDO, CELIO.—JULIA, _retirada donde no los ve_. RICARDO. Con el espanto de Eusebio Aquí se quedó la escala, Y agora por ella vuelvo, No aclare el dia, y la vean Á esta pared. _(Quitan la escala, y vanse; Julia llega donde estaba la escala.)_ JULIA. Ya se fueron: Agora podré subir Sin que me sientan. ¿Qué es esto? ¿No es aquesta la pared De la escala? Pero creo Que hácia estotra parte está. Ni aquí tampoco está. ¡Cielos! ¿Cómo he de subir sin ella? Mas ya mi desdicha entiendo; Desta suerte me negais La entrada vuestra; pues creo Que, cuando quiero subir Arrepentida, no puedo. Pues si ya me habeis negado Vuestra clemencia, mis hechos De mujer desesperada Darán asombros al cielo, Darán espantos al mundo, Admiracion á los tiempos, Horror al mismo pecado, Y terror al mismo infierno. JORNADA TERCERA. _Monte._ ESCENA PRIMERA. GIL, _con muchas cruces, y una muy grande al pecho_. GIL. Por leña á este monte voy, Que Menga me lo ha mandado, Y para ir seguro, he hallado Una brava invencion hoy. De la Cruz dicen que es Devoto Eusebio; y así He salido armado aquí De la cabeza á los piés. Dicho y hecho: ¡él es pardiez! No encuentro, lleno de miedo. Donde estar seguro puedo; Sin alma quedo. Esta vez No me ha visto; yo quisiera Esconderme hácia este lado, Miéntras pasa; yo he tomado Por guarda una cambronera Para esconderme. ¡No es nada! Tanta púa es la más chica: ¡Pléguete Cristo! más pica Que perder una trocada, Más que sentir un desprecio De una dama Fierabras, Que á todos admite, y más Que tener celos de un necio. ESCENA II. EUSEBIO.—GIL, _escondido_. EUSEBIO. No sé adónde podré ir: Larga vida un triste tiene, Que nunca la muerte viene Á quien le cansa el vivir. Julia, yo me ví en tus brazos Cuando tan dichoso era, Que de tus brazos pudiera Hacer amor nuevos lazos. Sin gozar al fin dejé La gloria que no tenía; Mas no fué la causa mia, Causa más secreta fué; Pues teniendo mi albedrío, Superior efecto ha hecho Que yo respete en tu pecho La Cruz que tengo en el mio. Y pues con ella los dos, ¡Ay Julia! habemos nacido, Secreto misterio ha sido Que lo entiende sólo Dios. GIL. _(Ap.)_ Mucho pica, ya no puedo Más sufrillo. EUSEBIO. Entre estos ramos Hay gente. ¿Quién va? GIL. _(Ap.)_ Aquí echamos Á perder todo el enredo. EUSEBIO. _(Ap.)_ Un hombre á un árbol atado, Y una Cruz al cuello tiene: Cumplir mi voto conviene En el suelo arrodillado. GIL. ¿Á quién, Eusebio, enderezas La oracion, o de qué tratas? Si me adoras, ¿qué me atas? Si me atas, ¿qué me rezas? EUSEBIO. ¿Quién es? GIL. ¿Á Gil no conoces? Desde que con el recado, Aquí me dejaste atado, No han aprovechado voces Para que álguien (¡qué rigor!) Me llegase á desatar. EUSEBIO. Pues no es aqueste el lugar Donde te dejé. GIL. Señor, Es verdad; mas yo que ví Que nadie llegaba, he andado, De árbol en árbol atado, Hasta haber llegado aquí. Aquesta la causa fué De suceso tan extraño. EUSEBIO. (_Ap._ Este es simple, y de mi daño Cualquier suceso sabré.) Gil, yo te tengo aficion Desde que otra vez hablamos, Y así quiero que seamos Amigos. GIL. Tiene razon; Y quisiera, pues nos vemos Tan amigos, no ir allá, Sino andarme por acá, Pues aquí todos seremos Buñoleros, que diz que es Holgada vida, y no andar Todo el año á trabajar. EUSEBIO. Quédate conmigo, pues. ESCENA III. RICARDO, BANDOLEROS; JULIA, _vestida de hombre, y cubierto el rostro_.—EUSEBIO, GIL. RICARDO. En lo bajo del camino Que esta montaña atraviesa, Ahora hicimos una presa, Que segun es, imagino Que te dé gusto. EUSEBIO. Está bien, Luégo della trataremos. Sabe agora que tenemos Un nuevo soldado. RICARDO. ¿Quién? GIL. Gil: ¿no me ve? EUSEBIO. Este villano, Aunque le veis inocente, Conoce notablemente Desta tierra monte y llano, Y en él será nuestra guía: Fuera desto, al campo irá Del enemigo, y será En él mi perdida espía. Arcabuz le podeis dar Y un vestido. CELIO. Ya está aquí. GIL. _(Ap.)_ Tengan lástima de mí, Que me quedo á embandolear. EUSEBIO. ¿Quién es ese gentil hombre Que el rostro encubre? RICARDO. No ha sido Posible que haya querido Decir la patria ni el nombre; Porque al capitan no más Dice que lo ha de decir. EUSEBIO. Bien te puedes descubrir, Pues ya en mi presencia estás. JULIA. ¿Sois el capitan? EUSEBIO. Sí. JULIA. _(Ap.)_ ¡Ay Dios! EUSEBIO. Díme quién eres, y á qué Viniste. JULIA. Yo lo diré, Estando solos los dos. EUSEBIO. Retiraos todos un poco. _(Vanse.)_ ESCENA IV. JULIA, EUSEBIO. EUSEBIO. Ya estás á solas conmigo; Sólo árboles y flores Pueden ser mudos testigos De tus voces; quita el velo Con que cubierto has traido El rostro, y díme: ¿quién eres? ¿Dónde vas? ¿qué has pretendido? Habla. JULIA. Porque de una vez _(Saca la espada.)_ Sepas á lo que he venido, Y quién soy, saca la espada: Pues desta manera digo, Que soy quien viene á matarte. EUSEBIO. Con la defensa resisto Tu osadía y mi temor; Porque mayor habia sido De la accion, que de la voz. JULIA. Riñe, cobarde, conmigo, Y verás que con tu muerte Vida y confusion te quito. EUSEBIO. Yo por defenderme, más Que por ofenderte, riño, Que ya tu vida me importa; Pues si en este desafío Te mato, no sé por qué; Y si me matas, lo mismo. Descúbrete agora pues, Si te agrada. JULIA. Bien has dicho, Porque en venganzas de honor, Sino es que conste el castigo Al que fué ofensor, no queda Satisfecho el ofendido. _(Descúbrese.)_ ¿Conócesme? ¿qué te espantas? ¿Qué me miras? EUSEBIO. Que rendido A la verdad y á la duda En confusos desvaríos, Me espanto de lo que veo, Me asombro de lo que miro. JULIA. Ya me has visto. EUSEBIO. Sí, y de verte Mi confusion ha crecido Tanto, que si ántes de agora Alterados mis sentidos Desearon verte, ya Desengañados, lo mismo Que dieran ántes por verte, Dieran por no haberte visto. ¿Tú, Julia, en aqueste monte? ¿Tú con profano vestido, Dos veces violento en tí? ¿Cómo sola aquí has venido? ¿Qué es esto? JULIA. Desprecios tuyos Son, y desengaños mios. Y porque veas que es flecha Disparada, ardiente tiro, Veloz rayo, una mujer Que corre tras su apetito, No sólo me han dado gusto Los pecados cometidos Hasta agora, mas tambien Me le dan, si los repito. Salí del convento, fuí Al monte, y porque me dijo Un pastor, que mal guiada Iba por aquel camino, Neciamente temerosa, Por evitar mi peligro, Le aseguré y le dí muerte, Siendo instrumento un cuchillo Que él en su cinta traia. Con este, que fué ministro De la muerte, á un caminante Que cortésmente previno En las ancas de un caballo, A tanto cansancio alivio, A la vista de una aldea, Porque entrar en ella quiso, Le pagué en un despoblado Con la muerte el beneficio. Tres dias fueron y noches Los que aquel desierto me hizo Mesa de silvestres plantas, Lecho de peñascos frios. Llegué á una pobre cabaña, A cuyo techo pajizo, Juzgué pabellon dorado En la paz de mis mentidos. Liberal huéspeda fué Una serrana conmigo, Compitiendo en los deseos Con el pastor su marido. Á la hambre y al cansancio Dejé en su albergue rendidos Con buena mesa, aunque pobre, Manjar, aunque humilde, limpio. Pero al despedirme dellos, Habiendo ántes prevenido Que al buscarme no pudiesen Decir: «nosotros la vimos,» Al cortés pastor, que al monte Salió á enseñarme el camino, Maté, y entré donde luego Hago en su mujer lo mismo. Mas considerando entónces Que en el propio traje mio Mi pesquisidor llevaba, Mudármele determino. Al fin, pues, por varios casos, Con las armas y el vestido De un cazador, cuyo sueño, No imágen, trasunto vivo Fué de la muerte, llegué Aquí, venciendo peligros, Despreciando inconvenientes, Y atropellando designios. EUSEBIO. Con tanto asombro te escucho, Con tanto temor te miro, Que eres al oido encanto, Si á la vista basilisco. Julia, yo no te desprecio; Pero temo los peligros Con que el cielo me amenaza, Y por eso me retiro. Vuélvete tú á tu convento; Que yo temeroso vivo De esa Cruz tanto, que huyo De tí.—Mas ¿qué es este ruido? ESCENA V. RICARDO, BANDOLEROS.—DICHOS. RICARDO. Preven, señor, la defensa; Que apartados del camino, Al monte Curcio y su gente En busca tuya han salido. De todas esas aldeas Tanto el número ha crecido, Que han venido contra tí Viejos, mujeres y niños, Diciendo que han de vengar En tu sangre, la de un hijo Muerto á tus manos, y juran De llevarte por castigo, O por venganzas de tantos, Preso á Sena, muerto ó vivo. EUSEBIO. Julia, despues hablaremos. Cubre el rostro, y ven conmigo; Que no es bien que en poder quedes De tu padre y mi enemigo.— Soldados, este es el dia De mostrar aliento y brío. Porque ninguno desmaye, Considere que atrevidos Vienen á darnos la muerte, O prendernos, que es lo mismo: Y si no, en pública cárcel, De desdichas perseguidos, Y sin honra nos veremos: Pues si esto hemos conocido, ¿Por la vida y por la honra, Quién temió el mayor peligro? No piensen que los tememos, Salgamos á recibirlos; Que siempre está la fortuna De parte del atrevido. RICARDO. No hay que salir; que ya llegan A nosotros. EUSEBIO. Preveníos, Y ninguno sea cobarde; Que, vive el cielo, si miro Huir alguno ó retirarse, Que he de ensangrentar los filos De aqueste acero en su pecho, Primero que en mi enemigo. ESCENA VI. CURCIO Y GENTE, _dentro_.—DICHOS. CURCIO. _(Dentro.)_ En lo encubierto del monte Al traidor Eusebio he visto, Y para inútil defensa Hace murallas sus riscos. _Voces._ _(Dentro.)_ Ya entre las espesas ramas Desde aquí los descubrimos. JULIA. ¡A ellos! _(Vase.)_ EUSEBIO. Esperad, villanos; Que, vive Dios, que teñidos Con vuestra sangre los campos, Han de ser undosos rios. RICARDO. De los cobardes villanos Es el número excesivo. CURCIO. _(Dentro.)_ ¿Adónde, Eusebio, te escondes? EUSEBIO. No escondo, que ya te sigo. _(Vanse todos, y disparan arcabuces dentro.)_ * * * * * _Otro lado del monte, en cuyo fondo habrá una Cruz._ ESCENA VII. JULIA. Del monte que yo he buscado, Apénas las yerbas piso, Cuando horribles voces oigo, Marciales campañas miro. De la pólvora los ecos, Y del acero los filos, Unos ofenden la vista, Y otros turban el oido. Mas ¿qué es aquello que veo? Desbaratado y vencido Todo el escuadron de Eusebio Le deja ya el enemigo. Quiero volver á juntar Toda la gente que ha habido De Eusebio, y volver á darle Favor; que si los animo, Seré en su defensa asombro Del mundo, seré cuchillo De la parca, estrago fiero De sus vidas, vengativo Espanto de los futuros, Y admiracion destos siglos. _(Vase.)_ ESCENA VIII. GIL, _de bandolero; despues_ MENGA, BRAS, TIRSO Y VILLANOS. GIL. Por estar seguro, apénas Fuí bandolero novicio, Cuando, por ser bandolero, Me veo en tanto peligro. Cuando yo era labrador, Eran ellos los vencidos; Y hoy, por que soy de la carda, Va sucediendo lo mismo. Sin ser avariento traigo La desventura conmigo; Pues tan desgraciado soy, Que mil veces imagino Que, á ser yo judío, fueran Desgraciados los judíos. _(Salen Menga, Bras, Tirso y otros villanos.)_ MENGA. ¡A ellos, que van huyendo! BRAS. No ha de quedar uno vivo Tan solamente. MENGA. Hácia aquí Uno dellos se ha escondido. BRAS. Muera este ladron. GIL. Mirad Que yo soy. MENGA. Ya nos ha dicho El traje que es bandolero. GIL. El traje les ha mentido, Como muy grande bellaco. MENGA. Dale tú. BRAS. Pégale, digo. GIL. Bien dado estoy y pegado. Advertid... TIRSO. No hay que advertirnos. Bandolero sois. GIL. Mirad Que soy Gil, votado á Cristo. MENGA. ¿Pues no hablaras ántes, Gil? TIRSO. Pues, Gil, ¿no lo hubieras dicho? GIL. ¿Que más ántes, si el _yo soy_ Os dije desde el principio? MENGA. ¿Qué haces aquí? GIL. ¿No lo veis? Ofendo á Dios en el quinto: Mato solo más, que juntos Un médico y un estío. MENGA. ¿Qué traje es este? GIL. Es el diablo. Maté á uno, y su vestido Me puse. MENGA. ¿Pues cómo, dí, No está de sangre teñido, Si le mataste? GIL. Eso es fácil; Murió de miedo, esta ha sido La causa. MENGA. Ven con nosotros, Que victoriosos seguimos Los bandoleros, que agora Cobardes nos han huido. GIL. No más vestido, aunque vaya Titiritando de frio. _(Vanse.)_ ESCENA IX. EUSEBIO, CURCIO, _peleando_. CURCIO. Ya estamos solos los dos. Gracias al cielo que quiso Dar la venganza á mi mano Hoy, sin haber remitido Á las ajenas mi agravio, Ni tu muerte á ajenos filos. EUSEBIO. No ha sido en esta ocasion Airado el cielo conmigo, Curcio, en haberte encontrado; Porque si tu pecho vino Ofendido, volverá Castigado y ofendido. Aunque no sé qué respeto Has puesto en mí, que he temido Más tu enojo que tu acero: Y aunque pudieran tus bríos Darme temor, sólo temo Cuando aquesas canas miro, Que me hacen cobarde. CURCIO. Eusebio, Yo confieso que has podido Templar en mí de la ira, Con que agraviado te miro, Gran parte; pero no quiero Que pienses inadvertido Que te dan temor mis canas, Cuando puede el valor mio. Vuelve á reñir, que una estrella Ó algun favorable signo, No es bastante á que yo pierda La venganza que consigo. Vuelve á reñir. EUSEBIO. ¿Yo temor? Neciamente has presumido Que es temor lo que es respeto; Aunque, si verdad te digo, La victoria que deseo Es, á tus plantas rendido, Pedirte perdon; y á ellas Pongo la espada que ha sido Temor de tantos. CURCIO. Eusebio, No has de pensar que me animo A matarte con ventaja. Esta es mi espada. (_Ap._ Así quito La ocasion de darle muerte.) Ven á los brazos conmigo. _(Abrázanse los dos, y luchan.)_ EUSEBIO. No sé qué efecto has hecho En mí, que el corazon dentro del pecho, A pesar de venganzas y de enojos, En lágrimas se asoma por los ojos, Y en confusion tan fuerte, Quisiera, por vengarte, darme muerte. Véngate en mí; rendida A tus plantas, señor, está mi vida. CURCIO. El acero de un noble, aunque ofendido, No se mancha en la sangre de un rendido; Que quita grande parte de la gloria El que con sangre borra la victoria. _Voces._ _(Dentro.)_ Hácia aquí están. CURCIO. Mi gente victoriosa Viene á buscarme, cuando temerosa La tuya vuelve huyendo. Darte vida pretendo; Escóndete, que en vano Defenderé el enojo vengativo De un escuadron villano, Y solo tú, imposible es quedar vivo. EUSEBIO. Yo, Curcio, nunca huyo De otro poder, aunque he temido el tuyo; Que si mi mano aquesta espada cobra, Verás, cuanto valor en tí me falta, Que en tu gente me sobra. ESCENA X. OCTAVIO, GIL, BRAS _y los demas_ VILLANOS.—DICHOS. OCTAVIO. Desde el más hondo valle á la más alta Cumbre de aqueste monte, no ha quedado Alguno vivo; solo se ha escapado Eusebio, porque huyendo aquesta tarde... EUSEBIO. Mientes, que Eusebio nunca fué cobarde. TODOS. ¿Aquí está Eusebio? ¡Muera! EUSEBIO. ¡Llegad, villanos! CURCIO. ¡Tente, Octavio, espera! OCTAVIO. ¿Pues tú, señor, que habias De animarnos, agora desconfías? BRAS. ¿Un hombre amparas que en tu sangre y honra Introdujo el acero y la deshonra? GIL. ¿A un hombre, que atrevido Toda aquesta montaña ha destruido? A quien en el aldea no ha dejado Melon, doncella que él no haya catado, Y á quien tantos ha muerto, ¿Cómo así le defiendes? OCTAVIO. ¿Qué es, señor, lo que dices? ¿Qué pretendes? CURCIO. Esperad, escuchad (¡triste suceso!): ¿Cuánto es mejor que á Sena vaya preso? Dáte á prision, Eusebio; que prometo, Y como noble juro, de ampararte, Siendo abogado tuyo, aunque soy parte. EUSEBIO. Como á Curcio no más, yo me rindiera; Mas como á juez, no puedo; Porque aquél es respeto, y éste es miedo. OCTAVIO. ¡Muera Eusebio! CURCIO. Advertid... OCTAVIO. Pues qué, ¿tú quieres Defenderle? ¿A la patria traidor eres? CURCIO. ¿Yo traidor? Pues me agravian desta suerte, Perdona, Eusebio, porque yo el primero Tengo de ser en darte triste muerte. EUSEBIO. Quítate de delante, Señor, porque tu vista no me espante; Que viéndote, no dudo Que te tenga tu gente por escudo. _(Vanse todos peleando con él.)_ CURCIO. Apretándole van. ¡Oh quién pudiera Darte agora la vida, Eusebio, aunque la suya misma diera! En el monte se ha entrado, Por mil partes herido: Retirándose baja despeñado Al valle. Voy volando, Que aquella sangre fria, Que con tímida voz me está llamando, Algo tiene de mia; Que sangre, que no fuera Propia, ni me llamara, ni la oyera. _(Vase.)_ ESCENA XI. EUSEBIO, _que baja despeñado_. Cuando, de la vida incierto, Me despeña la más alta Cumbre, veo que me falta Tierra donde caiga muerto: Pero si mi culpa advierto, Al alma reconocida, No el ver la vida perdida La atormenta, sino el ver Cómo ha de satisfacer Tantas culpas una vida. Ya me vuelve á perseguir Este escuadron vengativo; Pues no puedo quedar vivo, He de matar ó morir: Aunque mejor será ir Donde al cielo perdon pida; Pero mis pasos impida La Cruz, porque desta suerte Ellos me den breve muerte, Y ella me dé eterna vida. Arbol, donde el cielo quiso Dar el fruto verdadero Contra el bocado primero, Flor del nuevo paraíso, Arco de luz, cuyo aviso En piélago más profundo La paz publicó del mundo, Planta hermosa, fértil vid, Arpa del nuevo David, Tabla del Moisés segundo: Pecador soy, tus favores Pido por justicia yo; Pues Dios en tí padeció Sólo por los pecadores. A mí me debes tus lôres; Que por mí sólo muriera Dios, si más mundo no hubiera: Luego eres tú Cruz por mí, Que Dios no muriera en tí Si yo pecador no fuera. Mi natural devocion Siempre os pidió con fe tanta, No permitieseis, Cruz santa, Muriese sin confesion. No seré el primer ladron Que en vos se confiese á Dios. Y pues que ya somos dos, Y yo no lo he de negar, Tampoco me ha de faltar Redencion que se obró en vos. Lisardo, cuando en mis brazos Pude ofendido matarte, Lugar dí de confesarte, Ántes que en tan breves plazos Se desatasen los lazos Mortales. Y agora advierto En aquel viejo, aunque muerto: Piedad de los dos aguardo. ¡Mira que muero, Lisardo; Mira que te llamo, Alberto! ESCENA XII. CURCIO.—EUSEBIO. CURCIO. Hácia aquesta parte está. EUSEBIO. Si es que venís á matarme, Muy poco hareis en quitarme Vida que no tengo ya. CURCIO. ¡Qué bronce no ablandará Tanta sangre derramada! Eusebio, rinde la espada. EUSEBIO. ¿A quién? CURCIO. A Curcio. EUSEBIO. Esta es. _(Dásela.)_ Y yo tambien á tus piés, De aquella ofensa pasada Te pido perdon. No puedo Hablar más, porque una herida Quita el aliento á la vida, Cubriendo de horror y miedo Al alma. CURCIO. Confuso quedo. ¿Será en ella de provecho Remedio humano? EUSEBIO. Sospecho Que la mejor medicina Para el alma es la divina. CURCIO. ¿Dónde es la herida? EUSEBIO. En el pecho. CURCIO. Déjame poner en ella La mano, á ver si resiste El aliento. ¡Ay de mí triste! _(Registra la herida, y ve la Cruz.)_ ¿Qué señal divina y bella Es esta, que al conocella Toda el alma se turbó? EUSEBIO. Son las armas que me dió Esta Cruz, á cuyo pié Nací; porque más no sé De mi nacimiento yo. Mi padre, á quien no señalo, Aun la cuna me negó; Que sin duda imaginó Que habia de ser tan malo. Aquí nací. CURCIO. Y aquí igualo El dolor con el contento, Con el gusto el sentimiento, Efectos de un hado impío Y agradable. ¡Ay, hijo mio! Pena y gloria en verte siento. Tú eres, Eusebio, mi hijo, Si tantas señas advierto, Que, para llorarte muerto, Ya justamente me aflijo. De tus razones colijo Lo que el alma adivinó. Tu madre aquí te dejó En el lugar que te he hallado; Donde cometí el pecado, El cielo me castigó. Ya aqueste lugar previene Informacion de mi error; ¿Pero cuál seña mayor Que aquesta Cruz, que conviene Con otra que Julia tiene? Que no sin misterio el cielo Os señaló, porque al suelo Fuerais prodigio los dos. EUSEBIO. No puedo hablar, padre, ¡adios! Porque ya de un mortal velo Se cubre el cuerpo, y la muerte Niega, pasando veloz, Para responderte voz, Vida para conocerte, Y alma para obedecerte. Ya llega el golpe más fuerte, Ya llega el trance más cierto. ¡Alberto! CURCIO. ¡Que llore muerto A quien aborrecí vivo! EUSEBIO. ¡Ven, Alberto! CURCIO. ¡Oh trance esquivo! ¡Guerra injusta! EUSEBIO. ¡Alberto! ¡Alberto! _(Muere.)_ CURCIO. Ya al golpe más violento Rindió el último aliento: Paguen mis blancas canas Tanto dolor. _(Tírase de los cabellos.)_ ESCENA XIII. BRAS, _y luego_ OCTAVIO.—CURCIO; EUSEBIO, _muerto_. BRAS. Ya son tus quejas vanas. ¿Cuándo puso inconstante la fortuna En tu valor extremos? CURCIO. En ninguna Llegó el rigor á tanto. Abrasen mis enojos Este monte con llanto, Puesto que es fuego el llanto de mis ojos. ¡Oh triste estrella! ¡oh rigurosa suerte! ¡Oh atrevido dolor! _(Sale Octavio.)_ OCTAVIO. Hoy, Curcio, advierte La fortuna en los males de tu estado, Cuántos puede sufrir un desdichado. El cielo sabe cuánto hablarte siento. CURCIO. ¿Qué ha sido? OCTAVIO. Julia falta del convento. CURCIO. El mismo pensamiento, dí, ¿pudiera Con el discurso hallar pena tan fiera, Que es mi desdicha airada, Sucedida, áun mayor que imaginada? Este cadáver frio, Este que ves, Octavio, es hijo mio. Mira si basta en confusion tan fuerte Cualquiera pena destas á una muerte. Dadme paciencia, cielos, Ó quitadme la vida, Agora perseguida De tormentos tan fieros. ESCENA XIV. GIL, TIRSO, VILLANOS.—DICHOS. GIL. ¡Señor! CURCIO. ¿Hay más dolor? GIL. Los bandoleros, Que huyeron castigados, En busca tuya vuelven, animados De un demonio de un hombre, Que encubre dellos mismos rostro y nombre. CURCIO. Agora que mis penas fueron tales, Que son lisonjas los mayores males. El cuerpo se retire lastimoso De Eusebio, en tanto que un sepulcro honroso A sus cenizas da mi desventura. TIRSO. ¿Pues cómo piensas darle sepultura Hoy en lugar sagrado, Cuando sabes que ha muerto excomulgado? BRAS. Quien desta suerte ha muerto, Digno sepulcro sea este desierto. CURCIO. ¡Oh villana venganza! ¿Tanto poder en tí la ofensa alcanza, Que pasas desta suerte, Los últimos umbrales de la muerte? _(Vase llorando.)_ BRAS. Sea en penas tan graves, Su sepulcro las fieras y las aves. OTRO. Del monte despeñado Caiga, por más rigor, despedazado. TIRSO. Mejor es darle agora Rústica sepultura entre estos ramos. _(Colocan entre las ramas el cuerpo de Eusebio.)_ Pues ya la noche baja, Envuelta en esa lóbrega mortaja; Aquí en el monte, Gil, con él te queda, Porque sola tu voz avisar pueda, Si algunas gentes vienen De las que huyeron. _(Vanse.)_ GIL. ¡Linda flema tienen! A Eusebio han enterrado Allí, y á mí aquí solo me han dejado. Señor Eusebio, acuérdese, le digo, Que un tiempo fuí su amigo. ¿Mas qué es esto? ó me engaña mi deseo, O mil personas á esta parte veo. ESCENA XV. ALBERTO.—GIL, EUSEBIO, _muerto_. ALBERTO. Viniendo agora de Roma, Con la muda suspension De la noche, en este monte Perdido otra vez estoy. Aquesta es la parte adonde La vida Eusebio me dió, Y de sus soldados temo Que en grande peligro estoy. EUSEBIO. ¡Alberto! ALBERTO. ¿Qué aliento es este De una temerosa voz, Que repitiendo mi nombre En mis oidos sonó? EUSEBIO. ¡Alberto! ALBERTO. Otra vez pronuncia Mi nombre, y me pareció Que es á esta parte; yo quiero Ir llegando. GIL. ¡Santo Dios! Eusebio es, y ya es mi miedo De los miedos el mayor. EUSEBIO. ¡Alberto! ALBERTO. Más cerca suena. Voz, que discurres veloz El viento, y mi nombre dices, ¿Quién eres? EUSEBIO. Eusebio soy; Llega, Alberto, hácia esta parte, Adonde enterrado estoy; Llega y levanta estos ramos. No temas. ALBERTO. No temo yo. GIL. Yo sí. _(Alberto le descubre.)_ ALBERTO. Ya estás descubierto. Díme de parte de Dios, ¿Qué me quieres? EUSEBIO. De su parte, Mi fe, Alberto, te llamó, Para que, ántes de morir, Me oyeses en confesion. Rato há que hubiera muerto; Pero libre se quedó Del espíritu el cadáver; Que de la muerte el feroz Golpe le privó del uso, Pero no le dividió. _(Levántase.)_ Ven adonde mis pecados Confiese, Alberto, que son Más que del mar las arenas Y los átomos del sol. ¡Tanto con el cielo puede De la Cruz la devocion! ALBERTO. Pues yo cuantas penitencias Hice hasta agora, te doy, Para que en tu culpa sirvan De alguna satisfaccion. _(Vanse Eusebio y Alberto.)_ GIL. ¡Por Dios, que va por su pié! Y para verlo mejor, El sol descubre sus rayos. A decirlo á todos voy. ESCENA XVI. JULIA, _algunos_ BANDOLEROS; _despues_ CURCIO Y VILLANOS.—GIL. JULIA. Agora, que descuidados La victoria los dejó Entre los brazos del sueño, Nos dan bastante ocasion. UNO. Si has de salirles al paso, Por esta parte es mejor; Que ellos vienen por aquí. _(Salen Curcio y villanos.)_ CURCIO. Sin duda que inmortal soy En los males que me matan, Pues no me mata el dolor. GIL. A todas partes hay gente; Sepan todos de mi voz El más admirable caso Que jamás el mundo vió. De donde enterrado estaba Eusebio, se levantó, Llamando á un clérigo á voces. Mas ¿para qué os cuento yo Lo que todos podeis ver? Mirad con la devocion Que está puesto de rodillas. CURCIO. ¡Mi hijo es! ¡Divino Dios! ¿Qué maravillas son estas? JULIA. ¿Quién vió prodigio mayor? CURCIO. Así como el santo anciano Hizo de la absolucion La forma, segunda vez Muerto á sus plantas cayó. ESCENA XVII. ALBERTO.—DICHOS. ALBERTO. Entre sus grandezas tantas, Sepa el mundo la mayor Maravilla de las suyas, Porque la ensalce mi voz. Despues de haber muerto Eusebio, El cielo depositó Su espíritu en su cadáver, Hasta que se confesó; Que tanto con Dios alcanza De la Cruz la devocion. CURCIO. ¡Ay, hijo del alma mia! No fué desdichado, no, Quien en su trágica muerte Tantas glorias mereció. Así Julia conociera Sus culpas. JULIA. ¡Válgame Dios! ¿Qué es lo que estoy escuchando? ¿Qué prodigio es este? ¿Yo Soy la que á Eusebio pretende, Y hermana de Eusebio soy? Pues sepa Curcio, mi padre, Sepa el mundo y todos hoy Mis graves culpas: yo misma, Asombrada á tanto horror, Daré voces: sepan todos Cuantos hoy viven, que yo Soy Julia, en número infame De las malas la peor. Mas ya que ha sido comun Mi pecado, desde hoy Lo será mi penitencia; Pidiendo humilde perdon Al mundo del mal ejemplo, De la mala vida á Dios. CURCIO. ¡Oh asombro de las maldades! Con mis propias manos yo Te mataré, porque sea Tu vida y tu muerte atroz. JULIA. Valedme vos, Cruz divina; Que yo mi palabra os doy, De hacer, volviendo al convento, Penitencia de mi error. _(Al querer herirla Curcio, se abraza de la Cruz que estaba en el sepulcro de Eusebio, y vuela.)_ ALBERTO. ¡Gran milagro! CURCIO. Y con el fin De tan grande admiracion, La _Devocion de la Cruz_ Felice acaba su autor. EL MÁGICO PRODIGIOSO. PERSONAS. CIPRIANO. EL DEMONIO. FLORO. LELIO. MOSCON. JUSTINA, _dama_. LIVIA, _criada_. LISANDRO, _viejo_. EL GOBERNADOR DE ANTIOQUÍA. FABIO, _criado_. CLARIN. UN CRIADO. UN SOLDADO. _Soldados._ _Gente._ La escena es en Antioquía y extramuros. JORNADA PRIMERA. _Bosque cercano á Antioquía._ ESCENA PRIMERA. CIPRIANO, _vestido de estudiante_; CLARIN Y MOSCON, _de gorrones, con unos libros_. CIPRIAN. En la amena soledad De aquesta apacible estancia, Bellísimo laberinto De árboles, flores y plantas, Podeis dejarme, dejando Conmigo (que ellos me bastan Por compañía) los libros Que os mandé sacar de casa; Que yo, en tanto que Antioquía Celebra con fiestas tantas La fábrica dese templo Que hoy á Júpiter consagra, Y su translacion, llevando Públicamente su estatua Adonde con más decoro Y honor esté colocada; Huyendo del gran bullicio Que hay en sus calles y plazas, Pasar estudiando quiero La edad que al dia le falta. Idos los dos á Antioquía, Gozad de sus fiestas várias, Y volved por mí á este sitio Cuando el sol cayendo vaya A sepultarse en las ondas, Que entre oscuras nubes pardas Al gran cadáver de oro Son monumentos de plata. Aquí me hallaréis. MOSCON. No puedo, Aunque tengo mucha gana De ver las fiestas, dejar De decir, ántes que vaya A verlas, señor, siquiera Cuatro ó cinco mil palabras. ¿Es posible que en un dia De tanto gusto, de tanta Festividad y contento, Con cuatro libros te salgas Al campo solo, volviendo A su aplauso las espaldas? CLARIN. Hace mi señor muy bien; Que no hay cosa más cansada Que un dia de procesion Entre cofrades y danzas. MOSCON. En fin, Clarin, y en principio, Viviendo con arte y maña, Eres un temporalazo Lisonjero, pues alabas Lo que hace, y nunca dices Lo que sientes. CLARIN. Tú te engañas (Que es el mentís más cortés Que se dice cara á cara, Y yo digo lo que siento). CIPRIAN. Ya basta, Moscon, ya basta, Clarin. ¡Que siempre los dos Habeis con vuestra ignorancia De estar porfiando, y tomando Uno de otro la contraria! Idos de aquí, y (como digo) Me buscaréis cuando caiga La noche, envolviendo en sombras Esta fábrica gallarda Del universo. MOSCON. ¿Qué va, Que aunque defendido hayas Que es bueno no ver las fiestas, Que vas á verlas? CLARIN. Es clara Consecuencia: nadie hace Lo que aconseja que hagan Los otros. MOSCON. _(Ap.)_ Por ver á Livia, Vestirme quisiera de alas. _(Vase.)_ CLARIN. _(Ap.)_ Aunque, si digo verdad, Livia es la que me arrebata Los sentidos. Pues ya tienes Más de la mitad andada Del camino; llega, _Livia_, Al _na_, y sé, Livia, _liviana_. _(Vase.)_ ESCENA II. CIPRIANO. Ya estoy solo, ya podré, Si tanto mi ingenio alcanza, Estudiar esta cuestion Que me trae suspensa el alma, Desde que en Plinio leí Con misteriosas palabras La difinicion de Dios; Porque mi ingenio no halla Ese Dios en quien convengan Misterios ni señas tantas. Esta verdad escondida He de apurar. _(Pónese á leer.)_ ESCENA III. EL DEMONIO, _vestido de gala_.—CIPRIANO. DEMONIO. _(Ap.)_ Aunque hagas Más discursos, Ciprïano, No has de llegar á alcanzarla, Que yo te la esconderé. CIPRIAN. Ruido siento en estas ramas. ¿Quién va? ¿quién es? DEMONIO. Caballero, Un forastero es, que anda En este monte perdido Desde toda esta mañana, Tanto que rendido ya El caballo, en la esmeralda Que es tapete destos montes, A un tiempo pace y descansa. A Antioquía es el camino A negocios de importancia; Y apartándome de toda La gente que me acompaña, Divertido en mis cuidados (Caudal que á ninguno falta), Perdí el camino y perdí Criados y camaradas. CIPRIAN. Mucho me espanto de que Tan á vista de las altas Torres de Antioquía, así Perdido andeis. No hay de cuantas Veredas á aqueste monte Ó le linean ó le pautan, Una que á dar en sus muros, Como en su centro, no vaya: Por cualquiera que tomeis, Vais bien. DEMONIO. Esa es la ignorancia, Á la vista de las ciencias, No saber aprovecharlas. Y supuesto que no es bien Que entre yo en ciudad extraña, Donde no soy conocido, Solo y preguntando, hasta Que la noche venza al dia, Aquí estaré lo que falta; Que en el traje y en los libros Que os divierten y acompañan, Juzgo que debeis de ser Grande estudiante, y el alma Esta inclinacion me lleva De los que en estudios tratan. _(Siéntase.)_ CIPRIAN. ¿Habeis estudiado? DEMONIO. No; Pero sé lo que me basta Para no ser ignorante. CIPRIAN. Pues ¿qué ciencias sabeis? DEMONIO. Hartas. CIPRIAN. Aun estudiándose una Mucho tiempo, no se alcanza, ¿Y vos (¡grande vanidad!) Sin estudiar sabeis tantas? DEMONIO. Sí, que de una patria soy Donde las ciencias más altas Sin estudiarse se saben. CIPRIAN. ¡Oh quién fuera de esa patria! Que acá miéntras más se estudia, Más se ignora. DEMONIO. Verdad tanta Es esta, que sin estudios Tuve tan grande arrogancia Que á la cátedra de prima Me opuse, y pensé llevarla, Porque tuve muchos votos; Y aunque la perdí, me basta Haberlo intentado; que hay Pérdidas con alabanza. Si no lo quereis creer, Decid qué estudiais, y vaya De argumento; que aunque no Sé la opinion que os agrada, Y ella sea la segura, Yo tomaré la contraria. CIPRIAN. Mucho me huelgo de que A eso vuestro ingenio salga. Un lugar de Plinio es El que me trae con mil ánsias De entenderle, por saber Quién es el Dios de quien habla. DEMONIO. Ese es un lugar que dice (Bien me acuerdo) estas palabras: «Dios es una bondad suma Una esencia, una sustancia, Todo vista, todo manos.» CIPRIAN. Es verdad. DEMONIO. ¿Qué repugnancia Hallais en esto? CIPRIAN. No hallar El Dios de quien Plinio trata; Que si ha de ser bondad suma, Aun á Júpiter le falta Suma bondad, pues le vemos Que es pecaminoso en tantas Ocasiones: Dánae hable Rendida, Europa robada. Pues ¿cómo en suma bondad, Cuyas acciones sagradas Habian de ser divinas, Caben pasiones humanas? DEMONIO. Esas son falsas historias En que las letras profanas Con los nombres de los dioses Entendieron disfrazada La moral filosofía. CIPRIAN. Esa respuesta no basta, Pues el decoro de Dios Debiera ser tal, que osadas No llegaran á su nombre Las culpas, áun siendo falsas. Y apurando más el caso, Si suma bondad se llaman Los dioses, siempre es forzoso Que á querer lo mejor vayan; Pues ¿cómo unos quieren uno, Y otros otro? Esto se halla En las dudosas respuestas Que suelen dar sus estatuas. Porque no digais despues Que alegué letras profanas... Á dos ejércitos, dos ídolos una batalla Aseguraron, y el uno La perdió: ¿no es cosa clara La consecuencia de que Dos voluntades contrarias No pueden á un mismo fin Ir? Luego yendo encontradas, Es fuerza, si la una es buena, Que la otra ha de ser mala. Mala voluntad en Dios Implica el imaginarla: Luego no hay suma bondad En ellos, si union les falta. DEMONIO. Niego la mayor, porque Aquesas respuestas dadas Así, convienen á fines Que nuestro ingenio no alcanza, Que es la providencia; y más Debió importar la batalla Al que la perdió el perderla, Que al que la ganó el ganarla. CIPRIAN. Concedo; pero debiera Aquel Dios, pues que no engañan Los dioses, no asegurar La victoria; que bastaba La pérdida permitir Allí, sin asegurarla. Luego si Dios todo es vista, Cualquiera Dios viera clara Y distintamente el fin; Y al verle, no asegurara El que no habia de ser: luego Aunque sea deidad tanta, Distinta en personas, debe En la menor circunstancia Ser una sola en esencia. DEMONIO. Importó para esa causa Mover así los afectos Con su voz. CIPRIAN. Cuando importara El moverlos, genios hay (Que buenos y malos llaman Todos los doctos), que son Unos espíritus que andan Entre nosotros, dictando Las obras buenas y malas, Argumento que asegura La inmortalidad del alma: Y bien pudiera ese Dios, Con ellos, sin que llegara Á mostrar que mentir sabe, Mover afectos. DEMONIO. Repara En que esas contrariedades No implican al ser las sacras Deidades una, supuesto Que en las cosas de importancia Nunca disonaron. Bien En la fábrica gallarda Del hombre se ve, pues fué Solo un concepto al obrarla. CIPRIAN. Luego si ese fué un solo, Ese tiene más ventaja A los otros; y si son Iguales, puesto que hallas Que se pueden oponer (Esta no puedes negarla) En algo; al hacer el hombre, Cuando el uno lo intentara, Pudiera decir el otro: «No quiero yo que se haga.» Luego si Dios todo es manos, Cuando el uno le criara, El otro le deshiciera. Pues eran manos entrambas Iguales en el poder, Desiguales en la instancia, ¿Quién venciera destos dos? DEMONIO. Sobre imposibles y falsas Proposiciones, no hay Argumento. Dí, ¿qué sacas Deso? CIPRIAN. Pensar que hay un Dios, Suma bondad, suma gracia, Todo vista, todo manos, Infalible, que no engaña, Superior, que no compite, Dios á quien ninguno iguala, Un principio sin principio, Una esencia, una sustancia, Un poder y un querer solo; Y cuando como éste haya Una, dos ó más personas, Una deidad soberana Ha de ser sola en esencia, Causa de todas las causas. DEMONIO. ¿Cómo te puedo negar _(Levántase.)_ Una evidencia tan clara? CIPRIAN. ¿Tanto lo sentís? DEMONIO. ¿Quién deja De sentir que otro le haga Competencia en el ingenio? Y aunque responder no falta, Dejo de hacerlo, porque Gente en este monte anda, Y es hora de que prosiga A la ciudad mi jornada. CIPRIAN. Id en paz. DEMONIO. Quedad en paz. (_Ap._ Pues tanto tu estudio alcanza, Yo haré que el estudio olvides, Suspendido en una rara Beldad. Pues tengo licencia De perseguir con mi rabia A Justina, sacaré De un efecto dos venganzas.) _(Vase.)_ CIPRIAN. No ví hombre tan notable. Mas pues mis criados tardan, Volver á repasar quiero De tanta duda la causa. _(Vuelve á leer, sin reparar en los que vienen.)_ ESCENA IV. LELIO, FLORO.—CIPRIANO. LELIO. No pasemos adelante; Que estas peñas, estas ramas Tan intrincadas, que al mismo Sol le defienden la entrada, Solo pueden ser testigos De nuestro duelo. FLORO. La espada Sacad; que aquí son las obras, Si allá fuéron las palabras. LELIO. Ya sé que en el campo, muda La lengua, el acero habla Desta suerte. _(Riñen.)_ CIPRIANO. ¿Qué es aquesto? Lelio, tente; Floro, aparta, Que basta que esté yo en medio, Aunque esté en medio sin armas. LELIO. ¿De dónde, dí, Ciprïano, A embarazar mi venganza Has salido? FLORO. ¿Eres aborto Destos troncos y estas ramas? ESCENA V. MOSCON, CLARIN.—DICHOS. MOSCON. Corre, que con mi señor Han sido las cuchilladas. CLARIN. Para acercarme á esas cosas No suelo yo correr nada; Mas para apartarme, sí. MOSCON Y CLARIN. Señor... CIPRIANO. No hableis más palabra.— Pues ¿qué es esto? Dos amigos, Que por su sangre y su fama Hoy son de toda Antioquía Los ojos y la esperanza, Uno del Gobernador Hijo, y otro de la clara Familia de los Colaltos, ¡Así aventuran y arrastran Dos vidas que pueden ser De tanto honor á su patria! LELIO. Ciprïano, aunque el respeto Que debo por muchas causas A tu persona, este instante Tiene suspensa mi espada, No la tienes reducida A la quietud de la vaina Tú sabes de ciencias más Que de duelos, y no alcanzas Que á dos nobles en el campo No hay respeto que les haga Amigos, pues sólo es medio Morir uno en la demanda. FLORO. Lo mismo te digo, y ruego Que con tu gente te vayas, Pues que riñendo nos dejas Sin traicion y sin ventaja. CIPRIAN. Aunque os parece que ignoro Por mi profesion las várias Leyes del duelo que estudia El valor y la arrogancia, Os engañais; que nací Con obligaciones tantas Como los dos, á saber Qué es honor y qué es infamia. Y no el darme á los estudios Mis alientos acobarda; Que muchas veces se dieron Las manos letras y armas. Si el haber salido al campo Es del reñir circunstancia, Con haber reñido ya Esa calumnia se salva. Y así, bien podeis decir Desta pendencia la causa; Que yo, si habiéndola oido, Reconociere al contarla Que alguno de los dos tiene Algo que se satisfaga, De dejaros á los dos Solos, os doy la palabra. LELIO. Pues con esa condicion De que en sabiendo la causa Nos has de dejar reñir, Yo me prefiero á contarla. Yo quiero á una dama bien, Y Floro quiere á esta dama: ¡Mira tú cómo podrás Convenirnos! pues no hay traza Con que dos nobles celosos Den á partido sus ánsias. FLORO. Yo quiero á esta dama, y quiero Que no se atreva á mirarla Ni áun el sol; y pues no hay Medio aquí, y que la palabra Nos has dado de dejarnos Reñir, á un lado te aparta. CIPRIAN. Esperad, que hay que saber Más. Decidme, ¿es esta dama A la esperanza posible, Ó imposible á la esperanza? LELIO. Tan principal es, tan noble, Que si el sol celos causara A Floro, áun dél no podria Tenerlos con justa causa, Porque presumo que el sol Aun no se atreve á mirarla. CIPRIAN. ¿Casáraste tú con ella? FLORO. Ahí está mi confianza. CIPRIAN. ¿Y tú? LELIO. ¡Pluguiera á los cielos Que á tanta dicha llegara! Que aunque es en extremo pobre, La virtud por dote basta. CIPRIAN. Pues si á casaros con ella Aspirais los dos, ¿no es vana Accion, culpable é indigna, Querer ántes disfamarla? ¿Qué dirá el mundo, si alguno De los dos con ella casa, Despues de haber muerto al otro Por ella? que aunque no haya Ocasion para decirlo, Decirlo sin ella basta. No digo yo que os sufrais El servirla y festejarla A un tiempo, porque no quiero Que de mí partido salga Tan cobarde; que el galan Que de sus celos pasara Primero la contingencia, Pasará despues la infamia; Pero digo que sepais De cuál de los dos se agrada, Y luego... LELIO. Detente, espera; Que es accion cobarde y baja Ir á que la dama diga A quién escoge la dama, Pues ha de escogerme á mí O á Floro. Si á mí, me agrava Más el empeño en que estoy, Pues es otro empeño que haya Quien quiera á la que me quiere. Si á Floro escoge, la saña De que á otro quiera quien quiero, Es mayor: luego excusada Accion es que ella lo diga, Pues con cualquier circunstancia Hemos en apelacion De volver á las espadas: El querido por su honor, Y el otro por su venganza. FLORO. Confieso que esa opinion Recibida es y asentada, Mas con las damas que amores Elegir y dejar tratan; Y así, hoy pedírsela intento A su padre. Y pues me basta Habiendo al campo salido, Haber sacado la espada (Mayormente cuando hay Quien el reñir embaraza), Con satisfaccion bastante La vuelvo, Lelio, á la vaina. LELIO. En parte me ha convencido Tu razon; y aunque apurarla Pudiera, más quiero hacerme De su parte, ó cierta ó falsa. Hoy la pediré á su padre. CIPRIAN. Supuesto que aquesta dama En que los dos la sirvais Ella no aventura nada, Pues que confesais los dos Su virtud y su constancia, Decidme quién es; que yo, Pues que tengo mano tanta En la ciudad, por los dos Quiero preferirme á hablarla, Para que esté prevenida Cuando á eso su padre vaya. LELIO. Dices bien. CIPRIAN. ¿Quién es? FLORO. Justina, De Lisandro hija. CIPRIAN. Al nombrarla He conocido cuán pocas Fueron vuestras alabanzas; Que es virtuosa y es noble. Luégo voy á visitarla. FLORO. _(Ap.)_ El cielo en mi favor mueva Su condicion siempre ingrata. _(Vase.)_ LELIO. Corone amor al nombrarme, De laurel mis esperanzas. _(Vase.)_ CIPRIAN. ¡Oh, quiera el cielo que estorbe Escándalos y desgracias! _(Vase.)_ ESCENA VI. MOSCON, CLARIN. MOSCON. ¿Ha oido vuesa merced Que nuestro amo va á la casa De Justina? CLARIN. Sí señor, ¿Qué hay, que vaya ó que no vaya? MOSCON. Hay que no tiene que hacer Allá usarced. CLARIN. ¿Por qué causa? MOSCON. Porque yo por Livia muero, Que es de Justina criada, Y no quiero que se atreva Ni el mismo sol á mirarla. CLARIN. Basta, que no he de reñir En ningun tiempo por dama Que ha de ser esposa mia. MOSCON. Aquesa opinion me agrada, Y así es bien que diga ella Quién la obliga, ó quién la cansa. Vámonos allá los dos, Y ella elija. CLARIN. Es buena traza; Aunque ha de escogerte, temo. MOSCON. ¿Ya tienes deso confianza? CLARIN. Sí, que lo peor escogen Siempre las Livias ingratas. _(Vanse.)_ * * * * * _Sala en casa de Lisandro._ ESCENA VII. JUSTINA, LISANDRO. JUSTINA. No me puedo consolar De haber hoy visto, señor, El torpe, el comun error Con que todo ese lugar Templo consagra y altar A una imágen que no pudo Ser deidad, pues que no dudo Que al fin, sin algun testimonio Da de serlo, es el demonio, Que da aliento á un bronce mudo. LISAND. No fueras, bella Justina, Quien eres, si no lloraras, Sintieras y lamentaras Esa tragedia, esa ruina Que la religion divina De Cristo padece hoy. JUSTINA. Es cierto, pues al fin soy Hija tuya, y no lo fuera Si llorando no estuviera Ansias que mirando estoy. LISAND. ¡Ay, Justina! no ha nacido De ser tú mi hija, no, Que no soy tan feliz yo. Mas ¡ay Dios! ¿cómo he rompido Secreto tan escondido? Afecto del alma fué. JUSTINA. ¿Qué dices, señor? LISAND. No sé. Confuso estoy y turbado. JUSTINA. Muchas veces te he escuchado Lo que ahora te escuché, Y nunca quise, señor, A costa de un sufrimiento Apurar tu sentimiento, Ni examinar mi dolor; Pero viendo que es error Que de entenderte no acabe, Aunque sea culpa grave; Que partas, señor, te pido, Tu secreto con mi oido, Ya que en tu pecho no cabe. LISAND. Justina, de un gran secreto El efecto te callé, La edad que tienes, porque Siempre he temido el efeto; Mas viéndote ya sujeto Capaz de ver y advertir, Y viéndome á mí que el ir Con este báculo dando En la tierra, ir es llamando A las puertas del morir, No te tengo de dejar Con esta ignorancia, no, Porque no cumpliera yo Mi obligacion con callar: Y así, atiende á mi pesar Tu placer. JUSTINA. Conmigo lucha Un temor. LISAND. Mi pena es mucha, Pero esto es ley y razon. JUSTINA. Señor, desta confusion Me rescata. LISAND. Pues escucha. Yo soy, hermosa Justina, Lisandro... No de que empiece Desde mi nombre te admires; Que aunque ya sabes que es este, Por lo que se sigue al nombre Es justo que te le acuerde, Pues de mí no sabes más Que mi nombre solamente. Lisandro soy, natural De aquella ciudad que en siete Montes es hidra de piedra, Pues siete cabezas tiene: De aquella que es silla hoy Del romano imperio, albergue Del cristiano digno, pues Solo Roma lo merece. En ella nací de humildes Padres, si es que nombre adquieren De humildes los que dejaron Tantas virtudes por bienes. Cristianos nacieron ambos, Venturosos descendientes De algunos que con su sangre Rubricaron felizmente Las fatigas de la vida Con los triunfos de la muerte. En la religion cristiana Crecí instruido, de suerte Que en su defensa daré La vida una y muchas veces. Jóven era, cuando á Roma Llegó encubierto el prudente Alejandro, papa nuestro, Que la apostólica sede Gobernaba, sin tener Donde tenerla pudiese; Que como la tiranía De los gentiles crueles Su sed apaga con sangre De la que á mártires vierte, Hoy la primitiva Iglesia Ocultos sus hijos tiene; No porque el morir rehusan, No porque el martirio temen, Sino porque de una vez No acabe el rigor rebelde Con todos, y destruida La Iglesia, en ella no quede Quien catequice al gentil, Quien le predique y le enseñe. A Roma, pues, Alejandro Llegó; y yendo oculto á verle, Recibí su bendicion, Y de su mano clemente Todos los órdenes sacros, A cuya dignidad tiene Envidia el ángel, pues solo El hombre serlo merece. Mandóme Alejandro pues Que á Antioquía me partiese A predicar de secreto La ley de Cristo. Obediente, Peregrinando á merced De tantas diversas gentes, A Antioquía vine; y cuando Desde aquestos eminentes Montes llegué á descubrir Sus dorados chapiteles, El sol me faltó, y llevando Tras sí el dia, por hacerme Compañía me dejó A que le sostituyesen Las estrellas, como en prendas De que presto vendria á verme. Con el sol perdí el camino, Y vagueando tristemente En lo intrincado del monte, Me hallé en un oculto albergue, Donde los trémulos rayos De tanta antorcha viviente, Aun no se dejaban ya Ver, porque confusamente Servian de nubes pardas Las que fueron hojas verdes. Aquí, dispuesto á esperar Que otra vez el sol saliese, Dando á la imaginacion La jurisdiccion que tiene, Con las soledades hice Mil discursos diferentes. Desta suerte, pues, estaba, Cuando, de un suspiro leve El eco mal informado, La mitad al dueño vuelve. Retraje al oido todos Mis sentidos juntamente, Y volví á oir más distinto Aquel aliento y más débil, Mudo idioma de los tristes, Pues con él solo se entienden. De mujer era el gemido, A cuyo aliento sucede La voz de un hombre, que á media Voz decia desta suerte: «Primer mancha de la sangre Más noble, á mis manos muere, Ántes que á morir á manos De infames verdugos llegues.» La infeliz mujer decia En medias razones breves: «Duélete tú de tu sangre, Ya que de mí no te dueles.» Llegar pretendí yo entónces A estorbar rigor tan fuerte; Mas no pude, porque al punto Las voces se desvanecen, Y ví al hombre en un caballo, Que entre los troncos se pierde. Iman fué de mi piedad La voz, que ya balbuciente Y desmayada decia, Gimiendo y llorando á veces: «Mártir muero, pues que muero Por cristiana y inocente;» Y siguiendo de la voz El norte, en espacio breve Llegué donde una mujer, Que apénas dejaba verse, Estaba á brazo partido Luchando ya con la muerte. Apénas me sintió, cuando Dijo, esforzándose: «Vuelve, Sangriento homicida mio, Ni áun este instante me dejes De vida.—No soy (le dije) Sino quien acaso viene, Quizá del cielo guiado, A valeros en tan fuerte Ocasion.—Ya que imposible Es (dijo) el favor que ofrece Vuestra piedad á mi vida Pues que por puntos fallece, Lógrese en esa infeliz, En quien hoy el cielo quiere, Naciendo de mi sepulcro, Que mis desdichas herede.» Y espirando, ví... ESCENA VIII. LIVIA.—JUSTINA, LISANDRO. LIVIA. Señor, El mercader á quien debes Aquel dinero, á buscarte Hoy con la justicia viene. Que no estás en casa, dije: Por esotra puerta véte. JUSTINA. ¡Cuánto siento que á estorbarte En aquesta ocasion lleguen, Que estaba á tu relacion Vida, alma y razon pendiente! Mas véte ahora, señor: La justicia no te encuentre. LISAND. ¡Ay de mí! ¡qué de desaires La necesidad padece! _(Vase.)_ JUSTINA. Sin duda entran hasta aquí, Porque siento afuera gente. LIVIA. No son ellos, Ciprïano Es. JUSTINA. Pues ¿qué es lo que pretende Ciprïano aquí? ESCENA IX. CIPRIANO, CLARIN, MOSCON.—JUSTINA, LIVIA. CIPRIAN. Serviros Mi deseo es solamente. Viendo salir la justicia De vuestra casa, se atreve Á entrar aquí mi amistad, Por lo que á Lisandro debe, Á sólo saber (_Ap._ Turbado Estoy.) si acaso (_Ap._ ¡Qué fuerte Hielo discurre mis venas!) En algo serviros puede Mi deseo. (_Ap._ ¡Qué mal dije! Que no es hielo, fuego es este.) JUSTINA. Guárdeos el cielo mil años; Que en mayores intereses Habeis de honrar á mi padre Con vuestros favores. CIPRIAN. Siempre Estaré para serviros. (_Ap._ ¿Qué me turba y enmudece?) JUSTINA. Él ahora no está en casa. CIPRIAN. Luego bien, señora, puede Mi voz decir la ocasion Que aquí me trae, claramente; Que no es la que habeis oido, La que sola á entrar me mueve Á veros. JUSTINA. Pues ¿qué mandais? CIPRIAN. Que me oigais. Yo seré breve. Hermosísima Justina, En quien hoy obstenta ufana La naturaleza humana Tantas señas de divina: Vuestra quietud determina Hallar mi deseo este dia; Pero ved que es tiranía, Como el efecto lo muestra, Que os dé yo la quietud vuestra, Y vos me quiteis la mia. Lelio, de su amor movido (¡No ví amor más disculpado!), Floro, de su amor llevado (¡No ví error más permitido!), El uno y otro han querido Por vos matarse los dos: Por vos lo he estorbado (¡ay Dios!); Pero ved que es error fuerte Que yo quite á otros la muerte, Para que me la deis vos. Por excusar el que hubiera Escándalo en el lugar, De su parte os vengo á hablar (¡Oh nunca á hablaros viniera!), Porque vuestra eleccion fuera Árbitro de sus recelos, Como juez de sus desvelos; Pero ved que es gran rigor Que yo componga su amor, Y vos dispongais mis celos. Hablaros, pues, ofrecí, Señora, para que vos Escogierais de los dos Cuál quereis (¡infeliz fuí!) Que á vuestro padre (¡ay de mí!) Os pida. Aquesto pretendo; Pero ved (estoy muriendo) Que es injusto (estoy temblando) Que esté por ellos hablando, Y que esté por mí sintiendo. JUSTINA. De tal manera he extrañado Vuestra vil proposicion, Que el discurso y la razon En un punto me han faltado. Ni á Floro ocasion he dado Ni á Lelio, para que así Vos os atrevais aquí: Y bien pudiérades vos Escarmentar en los dos Del rigor que vive en mí. CIPRIAN. Si yo, por haber querido Vos á alguno, pretendiera Vuestro favor, mi amor fuera Necio, infame y mal nacido. Ántes por haber vos sido Firme roca á tantos mares, Os quiero, y en los pesares No escarmiento de los dos; Que yo no quiero que vos Me querais por ejemplares. ¿Qué diré á Lelio? JUSTINA. Que crea Los costosos desengaños De un amor de tantos años. CIPRIAN. ¿Y á Floro? JUSTINA. Que no me vea. CIPRIAN. ¿Y á mí? JUSTINA. Que osado no sea Vuestro amor. CIPRIAN. ¿Cómo, si es dios? JUSTINA. ¿Será más dios para vos, Que para los dos lo ha sido? CIPRIAN. Sí. JUSTINA. Pues ya yo he respondido Á Lelio, á Floro y á vos. _(Vase, y tambien Cipriano.)_ ESCENA X. CLARIN, MOSCON, LIVIA. CLARIN. Señora Livia. MOSCON. Señora Livia. CLARIN. Aquí estamos los dos. LIVIA. Pues ¿qué quereis vos? Y vos ¿Qué quereis? CLARIN. Que usted ahora, Por si por dicha lo ignora, Sepa que bien la queremos. Para matarnos nos vemos; Pero atentos á no dar Escándalo en el lugar, Que uno escoja pretendemos. LIVIA. Es tan grande el sentimiento De que así me hayais hablado, Que mi dolor me ha dejado Sin razon ni entendimiento. ¡Que uno escoja! ¿Hay sufrimiento En lance tan importuno? ¡Uno yo! ¿Pues oportuno No es para tener (¡ay Dios!) Este ingenio á un tiempo dos Que quereis que escoja uno? CLARIN. ¿Dos á un tiempo, cómo quieres? ¿No te embarazaran dos? LIVIA. No, que de dos en dos los Digerimos las mujeres. MOSCON. ¿De qué suerte te prefieres Á eso? LIVIA. ¡Qué necia porfía! Queriéndôs la lealtad mia... MOSCON. ¿Cómo? LIVIA. _Alternative._ CLARIN. Pues ¿Qué es _alternative_? LIVIA. Es Querer á cada uno un dia. _(Vase.)_ MOSCON. Pues yo escojo este primero. CLARIN. Mayor será el de mañana: Yo le doy de buena gana. MOSCON. Livia, en fin, por quien yo muero, Hoy me quiere, y hoy la quiero. Bien es que tal dicha goce. CLARIN. Oye usted, ya me conoce. MOSCON. ¿Por qué lo dice? Concluya. CLARIN. Porque sepa que no es suya, Así como den las doce. _(Vase.)_ * * * * * _Calle._ ESCENA XI. FLORO Y LELIO, _de noche, cada uno por su parte_. LELIO. _(Para sí.)_ Apénas la oscura noche Extendió su manto negro, Cuando yo á adorar la esfera De aquestos umbrales vengo; Que aunque hoy por Ciprïano Tengo suspenso el acero, No el afecto; que no pueden Suspenderse los afectos. FLORO. _(Para sí.)_ Aquí me ha de hallar el alba; Que en otra parte violento Estoy, porque en fin, en otra Estoy fuera de mi centro. ¡Quiera amor que llegue el dia Y la respuesta que espero Con Ciprïano, tocando Ó la ventura ó el riesgo! LELIO. _(Ap.)_ Ruido en aquella ventana He sentido. FLORO. _(Ap.)_ Ruido han hecho En aquel balcon. ESCENA XII. EL DEMONIO, _abriendo una ventana de casa de Lisandro_.—FLORO, LELIO. LELIO. _(Ap.)_ Un bulto Sale dél, á lo que puedo Distinguir. FLORO. _(Ap.)_ Gente se asoma Á él, que entre sombras veo. DEMONIO. _(Para sí.)_ Para las persecuciones Que hacer en Justina intento, Á disfamar su virtud Desta manera me atrevo. _(Baja por una escalera.)_ LELIO. _(Ap.)_ Mas ¡ay infeliz! ¡Qué miro! FLORO. _(Ap.)_ Pero ¡ay infeliz! ¡Qué veo! LELIO. _(Ap.)_ El negro bulto se arroja Ya desde el balcon al suelo. FLORO. _(Ap.)_ Un hombre es, que de su casa Sale. No me mateis, celos, Hasta que sepa quién es. LELIO. _(Ap.)_ Reconocerle pretendo, Y averiguar de una vez Quién logra el bien que yo pierdo. _(Llegan los dos con las espadas desnudas á reconocer quién bajó.)_ DEMONIO. _(Para sí.)_ No sólo he de conseguir Hoy de Justina el desprecio, Sino rencores y muertes. Ya llegan: ábrase el centro, Dejando esta confusion A sus ojos. _(Húndese, y quedan frente á frente Floro y Lelio.)_ ESCENA XIII. FLORO, LELIO. LELIO. Caballero, Quienquiera que seais, á mí Me ha importado conoceros; Y á todo trance restado Con esta demanda vengo. Decid quién sois. FLORO. Si os obliga A tan valiente despecho Saber en quién ha caido Vuestro amoroso secreto, Más que á vos el conocerme, Me importa á mí el conoceros; Que en vos es curiosidad, Y en mí más, porque son celos. ¡Vive Dios, que he de saber Quién es de la casa dueño, Y quién á estas horas gana, Por ese balcon saliendo, Lo que yo pierdo llorando A estas rejas! LELIO. ¡Bueno es eso, Querer deslumbrar ahora La luz de mis sentimientos, Atribuyéndome á mí Delito que sólo es vuestro! Quién sois tengo de saber, Y dar muerte á quien me ha muerto De celos, saliendo ahora Por ese balcon. FLORO. ¡Qué necio Recato, encubrirse, cuando Está el amor descubriendo! LELIO. En vano la lengua apura Lo que mejor el acero Hará. FLORO. Con él os respondo. _(Riñen los dos.)_ LELIO. Quién ha sido, saber tengo, Hoy el admitido amante De Justina. FLORO. Ese es mi intento. Moriré, ó sabré quién sois. ESCENA XIV. CIPRIANO, MOSCON, CLARIN.—FLORO, LELIO. CIPRIAN. Caballeros, deteneos, Si á aquesto puede obligaros Haber llegado á este tiempo. FLORO. Nada me puede obligar. A que deje el fin que intento. CIPRIAN. ¿Floro? FLORO. Sí, que con la espada En la mano, nunca niego Mi nombre. CIPRIAN. A tu lado estoy; Muera quien te ofende. LELIO. Ménos Que temer me dareis todos, Que él me daba solo. CIPRIAN. ¿Lelio? LELIO. Sí. CIPRIAN. Ya no estoy á tu lado, _(A Floro.)_ Porque es fuerza estar en medio. ¿Qué es esto? ¡En un dia dos veces He de hallarme á componeros! LELIO. Esta la última será, Porque ya estamos compuestos; Que con haber conocido Quién es de Justina dueño, No le queda á mi esperanza Ni áun el menor pensamiento. Si no has hablado á Justina, Que no la hables te ruego De parte de mis agravios Y mis desdichas, habiendo Visto que Floro merece Sus favores en secreto. Dese balcon ha bajado De gozar el bien que pierdo; Y no es mi amor tan infame, Que haya de querer, atento A celos averiguados, Con desengaños tan ciertos. _(Vase.)_ FLORO. Espera. ESCENA XV. CIPRIANO, FLORO, MOSCON, CLARIN. CIPRIAN. No has de seguirle (_Ap._ De haberle oido estoy muerto); Que si es él el que ha perdido Lo que has ganado, y dispuesto A olvidar está, no es bien Apurar su sufrimiento. FLORO. Tú y él apurais el mio Con estas cosas á un tiempo; Y así, á Justina no hables Por mí; que aunque yo pretendo A costa de mis agravios Vengarme de mis desprecios, Ya la esperanza de ser Suyo cesó, porque creo Que no es noble el que porfía Sobre averiguados celos. _(Vase.)_ ESCENA XVI. CIPRIANO, MOSCON, CLARIN. CIPRIAN. (_Ap._ ¿Qué es esto, cielos? ¿qué escucho? ¿El uno del otro á un tiempo Unos mismos celos tienen? ¿Yo de uno y otro los tengo? Los dos sin duda padecen Algun engaño, y yo tengo Que agradecerles, pues ya Los dos desisten en esto De su pretension. Desdichas, Aunque haya sido consuelo Este discurso, buscado De mis ánsias, le agradezco.) Moscon, prevenme mañana Galas; Clarin, tráeme luego Espada y plumas; que amor Se regala en el objeto Airoso y lucido; y ya, Ni libros ni estudios quiero, Porque digan que es amor Homicida del ingenio. _(Vanse.)_ JORNADA SEGUNDA. ESCENA PRIMERA. CIPRIANO, MOSCON Y CLARIN, _vestidos de gala_. CIPRIAN. (_Ap._ Altos pensamientos mios, ¿Dónde, dónde me traeis, Si ya por cierto teneis Que son locos desvaríos Los que osados intentais, Pues atreviendôs al cielo, Precipitados de un vuelo Hasta el abismo bajais? Ví á Justina... ¡Á Dios pluguiera Que nunca viera á Justina, Ni en su perfeccion divina La luz de la cuarta esfera! Dos amantes la pretenden, Uno del otro ofendido; Y yo á dos celos rendido, Aun no sé los que me ofenden: Sólo sé que mis recelos Me despeñan con sus furias De un desden á las injurias, De un agravio á los desvelos. Todo lo demas ignoro, Y en tan abrasado empeño, Cielos, Justina es mi dueño, Cielos, á Justina adoro.) Moscon. MOSCON. Señor. CIPRIAN. Vé si está Lisandro en casa. MOSCON. Es razon. CLARIN. No es; yo iré, porque Moscon Hoy no puede entrar allá. CIPRIAN. ¡Oh qué cansada porfía Siempre la de los dos fué! ¿Por qué no puede? ¿por qué? CLARIN. Porque hoy, señor, no es su dia; Mio sí, y de buena gana A dar el recado voy; Que yo allá puedo entrar hoy, Y Moscon no, hasta mañana. CIPRIAN. ¿Qué nueva locura es esta, Añadida al porfiar? Ni tú ni él habeis de entrar Ya, pues su luz manifiesta Justina. CLARIN. De fuera viene Hácia su casa. ESCENA II. JUSTINA Y LIVIA, _con mantos_.—CIPRIANO, MOSCON, CLARIN. JUSTINA. ¡Ay de mí! Livia, Cipriano está aquí. _(Ap. á ella.)_ CIPRIAN. (_Ap._ Disimular me conviene De mis celos los desvelos, Hasta apurarlos mejor. Sólo la hablaré en mi amor, Si lo permiten mis celos.) No en vano, señora, ha sido Haber el traje mudado, Para que, como criado, Pueda á vuestros piés rendido Serviros. Á mereceros Esto lleguen mis suspiros: Dad licencia de serviros, Pues no la dais de quereros. JUSTINA. Poco, señor, han podido Mis desengaños con vos, Pues que no han podido... CIPRIAN. ¡Ay Dios! JUSTINA. Mereceros un olvido. ¿De qué manera quereis Que os diga cuánto es en vano La asistencia, Ciprïano, Que á mis umbrales teneis? Si dias, si meses, si años, Si siglos á ellos estais, No espereis que á ellos oigais Sino solos desengaños: Porque es mi rigor de suerte, De suerte mis males fieros, Que es imposible quereros, Ciprïano, hasta la muerte. _(Vase retirando.)_ CIPRIAN. _(Siguiéndola.)_ La esperanza que me dais, Ya dichoso puede hacerme. Si en muerte habeis de quererme, Muy corto plazo tomais. Yo le acepto, y si á advertir Llegais cuán presto ha de ser, Empezad vos á querer, Que ya empiezo yo á morir. _(Vase Justina.)_ ESCENA III. CIPRIANO, MOSCON, CLARIN, LIVIA. CLARIN. En tanto que mi señor, Livia, triste y discursivo, Está de esqueleto vivo Desengañando su amor, Dáme los brazos. LIVIA. Paciencia Ten, miéntras que considero Si es tu dia; que no quiero Encargar yo mi conciencia.— Mártes sí, miércoles no. CLARIN. ¿Qué cuentas, pues ha callado Moscon? LIVIA. Puede haberse errado, Y no quiero errarme yo; Porque no quiero, si arguyo Que justicia he de guardar, Condenarme por no dar A cada uno lo que es suyo.— Pero bien dices, tu dia Es hoy. CLARIN. Pues dáme los brazos. LIVIA. Con mil amorosos lazos. MOSCON. ¿Oye usarced, reina mia? Bien ve usarced, con la gana Que hoy aquesos lazos hace: Dígolo porque me abrace Con la misma á mí mañana. LIVIA. Excusada es la sospecha De que á usted no satisfaga, Ni quiera Júpiter que haga Yo una cosa tan mal hecha Como usar de demasía Con nadie. Yo abrazaré Con mucha equidad á usté Cuando le toque su dia. _(Vase.)_ ESCENA IV. CIPRIANO, MOSCON, CLARIN. CLARIN. Por lo ménos, no he de vello Yo. MOSCON. Pues eso ¿qué ha importado? ¿Puede á mí haberme agraviado Jamás, si reparo en ello. Una moza que no es mia? CLARIN. No. MOSCON. Luego yo bien porfío Que no ha sido en daño mio Lo que no ha sido en mi dia. Mas ¿qué hace nuestro amo allí Tan suspenso? CLARIN. Por si á hablar Llega algo, quiero escuchar. MOSCON. Y yo tambien. CIPRIAN. ¡Ay de mí! _(Al irse acercando cada uno por su lado. Cipriano con la accion les da á entrambos.)_ ¡Que tanto, amor, desconfíes! CLARIN. ¡Ay de mí! MOSCON. ¡Ay de mí! tambien. CLARIN. Llamar á este sitio es bien La isla de los ay-de-míes. CIPRIAN. ¿Aquí estábades los dos? CLARIN. Yo bien juraré que estaba. MOSCON. Yo y todo. CIPRIAN. Desdicha, acaba De una vez conmigo. ¡Ay Dios! ¿Vióse en tan nuevos extremos El humano corazon? _(Vanse.)_ * * * * * _Campo._ ESCENA V. CIPRIANO, CLARIN, MOSCON. CLARIN. ¿Adónde vamos, Moscon? MOSCON. En llegando lo sabremos Pero fuera del lugar Camina. CLARIN. Excusado es Salirnos al campo, pues No tenemos que estudiar. CIPRIAN. Clarin, véte á casa. MOSCON. ¿Y yo? CLARIN. ¿Tú te habias de quedar? CIPRIAN. Los dos me habeis de dejar. CLARIN. A entrambos nos lo mandó. _(Vanse Clarin y Moscon.)_ ESCENA VI. CIPRIANO. Confusa memoria mia, No tan poderosa estés, Que me persuadas que es Otra alma la que me guía. Idólatra me cegué, Ambicioso me perdí, Porque una hermosura ví, Porque una deidad miré; Y entre confusos desvelos De un equívoco rigor, Conozco á quien tengo amor, Y no de quien tengo celos. Y tanto aquesta pasion Arrastra mi pensamiento, Tanto (¡ay de mí!) este tormento Lleva mi imaginacion, Que diera (despecho es loco, Indigno de un noble ingenio) Al más diabólico genio (Harto al infierno provoco), Ya rendido, y ya sujeto Á penar y padecer, Por gozar esta mujer, Diera el alma. ESCENA VII. EL DEMONIO.—CIPRIANO. DEMONIO. _(Dentro.)_ Yo la aceto. _(Suena ruido de truenos, con tempestad y rayos.)_ CIPRIAN. ¿Qué es esto, cielos puros? ¡Claros á un tiempo, y en el mismo oscuros, Dando al dia desmayos! Los truenos, los relámpagos y rayos Abortan de su centro Los asombros que ya no caben dentro. De nubes todo el cielo se corona, Y preñado de horrores, no perdona El rizado copete deste monte. Todo nuestro horizonte Es ardiente pincel del Mongibelo, Niebla el sol, humo el aire, fuego el cielo. ¡Tanto ha que te dejé, filosofía, Que ignoro los efectos deste dia! Hasta el mar sobre nubes se imagina Desesperada ruina, Pues crespo sobre el viento en leves plumas, Le pasa por pavesas las espumas. Naufragando una nave, En todo el mar parece que no cabe; Pues el amparo más seguro y cierto Es cuando huye la piedad del puerto. El clamor, el asombro y el gemido Fatal presagio han sido De la muerte que espera; y lo que tarda Es porque esté muriendo lo que aguarda. Y áun en ella tambien vienen portentos; No son todos de cielos y elementos. Sin duda se vistió de la tormenta[5]. Á chocar con la tierra Viene. Ya no es del mar sólo la guerra, Pues la que se le ofrece, Un peñasco le arrima en que tropiece, Porque la espuma en sangre se salpique. _(Suena la tempestad, y dan voces dentro.)_ [5] No hay verso que consuene con este. Para el metro y para el sentido falta algo. _Voces._ _(Dentro.)_ Que nos vamos á pique. DEMONIO. En una tabla quiero _(Dentro.)_ Salir á tierra, para el fin que espero. CIPRIAN. Porque su horror se asombre, Burlando su poder, escapa un hombre, Y el bajel, que en las ondas ya se ofusca, El camarin de los tritones busca, Y en crespo remolino, Es cadáver del mar, cascado el pino. _(Sale el Demonio, mojado, como que sale del mar.)_ DEMONIO. (_Para sí._ Para el prodigio que intento, Hoy me ha importado fingir Sobre campos de zafir, Este espantoso portento; Y en forma desconocida De la que otra vez me vió, Cuando en este monte yo Miré mi ciencia excedida, Vengo á hacerle nueva guerra, Valiéndome así mejor De su ingenio y de su amor.) Dulce madre, amada tierra, Dáme amparo contra aquel Monstruo que de sí me arroja. CIPRIAN. Pierde, amigo, la congoja Y la memoria cruel De tu reciente fortuna, Viendo en tu mayor trabajo Que no hay firme bien debajo De los cercos de la luna. DEMONIO. ¿Quién eres tú, á cuyas plantas Mi fortuna me ha traido? CIPRIAN. Quien, de la piedad movido De penas y ruinas tantas, Serte de alivio quisiera. DEMONIO. Imposible vendrá á ser; Que no le puedo tener Yo jamás. CIPRIAN. ¿De qué manera? DEMONIO. Todo mi bien he perdido... Pero sin razon me quejo, Pues ya con la vida dejo Mis memorias al olvido. CIPRIAN. Ya que de aquel torbellino El terremoto cesó, Y el cielo á su paz volvió, Manso, quieto y cristalino, Con tal priesa, que su grave Enojo nos da á entender Que sólo debió de ser Hasta sumergir tu nave, Díme quién eres, siquiera Por la piedad que me das. DEMONIO. Más de lo que has visto y más De lo que decir pudiera, Me cuesta el llegar aquí; Que en mi fortuna cruel, La menor es del bajel. ¿Quieres ver si es cierto? CIPRIAN. Sí. DEMONIO. Yo soy, pues saberlo quieres, Un epílogo, un asombro De venturas y desdichas, Que unas pierdo y otras lloro. Tan galan fuí por mis partes, Por mi lustre tan heroico, Tan noble por mi linaje Y por mi ingenio tan docto, Que aficionado á mis prendas Un rey, el mayor de todos (Puesto que todos le temen, Si le ven airado el rostro), En su palacio cubierto De diamantes y piropos (Y áun si los llamase estrella Fuera el hipérbole corto), Me llamó valido suyo, Cuyo aplauso generoso Me dió tan grande soberbia, Que competí al regio solio, Queriendo poner las plantas Sobre sus dorados tronos. Fué bárbaro atrevimiento: Castigado lo conozco. Loco anduve; pero fuera, Arrepentido, más loco. Más quiero en mi obstinacion Con mis alientos briosos Despeñarme de bizarro, Que rendirme de medroso. Si fueron temeridades, No me ví en ellas tan solo, Que de sus mismos vasallos No tuviese muchos votos. De su corte, en fin, vencido, Aunque en parte victorioso, Salí arrojando venenos Por la boca y por los ojos, Y pregonando venganzas, Por ser mi agravio notorio, Logrando en las gentes suyas Insultos, muertes y robos. Los anchos campos del mar, Sangriento pirata corro, Argos ya de sus bajíos, Y lince de sus escollos. En aquel bajel que el viento Desvaneció en leves soplos; En aquel bajel que el mar Convirtió en ruina sin polvo, Esas campañas de vidrio Hoy corria codicioso, Hasta examinar un monte Piedra á piedra y tronco á tronco; Porque en él un hombre vive, Y á buscarle me dispongo, A que cumpla una palabra Que el me ha dado y yo le otorgo. Embistióme esta tormenta; Y aunque pudo prodigioso Mi ingenio enfrenar á un tiempo Al euro, al cierzo y al noto, No quise desesperado, Por otras causas, por otros Fines, convertirlos hoy En regalados favonios. (_Ap._ Que pude, dije, y no quise: Aquí de su ingenio noto Los riesgos, pues desta suerte A mágicas le aficiono.) No te espantes del despecho, Ni del prodigio tampoco: De aquel, porque yo con ira Me diera muerte á mí propio; Ni deste, porque con ciencias Daré al sol pálido asombro. Soy en la magia que alcanzo, El registro poderoso Desos orbes: línea á línea Los he discurrido todos. Y porque no te parezca Que sin ocasion blasono, Mira si á este mismo instante Quieres que lo inculto y tosco Deste Nembrot de peñascos, Más bruto que el babilonio, Te facilite lo horrible, Sin que pierda lo frondoso. Este soy, huérfano huésped Destos fresnos, destos chopos; Y aunque este soy, á tus plantas Quiero pedirte socorro; Y quiero en el que me dieres, Librarte el bien que te compro Con el afan de mi estudio, Que en experiencias abono, Trayéndote á tu albedrío (_Ap._ Aquí en el amor le toco) Cuanto te pida el deseo Más avaro y codicioso. Y en tanto que no le aceptes, Ya de cortés, ya de corto, Págate de los deseos, Si es que en tí no los malogro; Que por la piedad que muestras (Que agradezco y que conozco), Seré tu amigo tan firme, Que ni el repetido monstruo De sucesos, la fortuna, Que entre baldones y elogios, Próspera y adversa muestra Lo avaro y lo generoso; Ni en su contínua tarea Corriendo y volando á tornos El tiempo, iman de los siglos; Ni el cielo, ni el cielo proprio, A cuyos astros el mundo Debe el bellísimo adorno, Tendrán poder de apartarme De tu lado un punto sólo, Como aquí me des amparo; Y áun todo aquesto es muy poco Para lo que yo intereso, Si mis pensamientos logro. CIPRIAN. Puedo decir que al mar albricias pido De que te hayas perdido, Y á este monte llegaras, Donde verás bien claras Muestras de la amistad que ya te ofrezco, Si feliz por mi huésped te merezco: Y así, vénte conmigo; Que he de estimarte por seguro amigo. Mi huésped has de ser miéntras quisieres Servirte de mi casa. DEMONIO. ¿Ya me quieres Por tuyo? CIPRIAN. Con los brazos Firme nuestra amistad eternos lazos. (_Ap._ ¡Oh si á alcanzar llegase Que aqueste hombre la magia me enseñase! Pues con ella quizá mi amor podria En parte divertir la pena mia; O podria mi amor quizá con ella En todo conseguir la causa bella De mi rabia, mi furia y mi tormento.) DEMONIO. _(Ap.)_ Ya al ingenio y amor le miro atento. ESCENA VIII. CLARIN Y MOSCON, _cada uno por su parte, corriendo_.—CIPRIANO, EL DEMONIO. CLARIN. ¿Estás vivo, señor? MOSCON. _(A Clarin.)_ ¡Civilidades Gastas por novedades! Claro está, pues le miras, que está vivo. CLARIN. He usado deste modo admirativo Para ponderacion, noble lacayo, Del milagro que fué no darle un rayo De tantos como vió aquesta montaña. MOSCON. Pues el mirarlo ¿no te desengaña? CIPRIAN. Estos son mis criados.— ¿A qué volveis? MOSCON. A darte más enfados. DEMONIO. Tienen alegre humor. CIPRIAN. A mí me tienen Cansado, porque siempre necios vienen. MOSCON. ¿Quién es aqueste hombre, Señor? CIPRIAN. Un huésped mio, no os asombre. CLARIN. ¿Para qué quieres huéspedes ahora? CIPRIAN. _(Al Demonio)_ Lo que merece tu valor ignora. MOSCON. Mi señor hace bien. ¿Has de heredalle? CLARIN. No; pero tiene talle El tal huésped, si acaso no me engaño, De estarse en casa un año y otro año. MOSCON. ¿De qué lo infieres? CLARIN. Cuando aprisa pasa Un huésped, decir suelen: «No hará en casa Mucho humo;» y de aqueste... MOSCON. Dí. CLARIN. Presumo... MOSCON. ¿Qué? CLARIN. Que ha de hacer en casa mucho humo. CIPRIAN. Para que te repares De las iras del mar y tus pesares, Vénte conmigo. DEMONIO. Voy á obedecerte. CIPRIAN. Tu descanso procuro. DEMONIO. _(Ap.)_ Yo tu muerte. Y pues ya he conseguido El mirarme contigo introducido, Ir á alterar mi saña determina De otra suerte tambien la de Justina. _(Vanse Cipriano y el Demonio.)_ CLARIN. ¿No sabes qué he pensado? MOSCON. ¿Qué? CLARIN. Que del terremoto ha reventado Algun volcan; que mucho azufre he olido. MOSCON. Que es el huésped á mí me ha parecido. CLARIN. Malas pastillas gasta. Mas ya infiero La causa. MOSCON. ¿Qué es? CLARIN. El pobre caballero Debe de tener sarna, y hase untado Con ungüento de azufre. MOSCON. En ello has dado. _(Vanse.)_ * * * * * _Calle._ ESCENA IX. LELIO, FABIO. FABIO. En fin, ¿vuelves á esta calle? LELIO. La vida en ella perdí, Y vuelvo á buscarla aquí: Quiera amor que yo la halle. ¡Ay de mí! FABIO. A la puerta estás De la casa de Justina. LELIO. ¿Qué importa, si hoy determina Mi amor declararse más? Que pues á ver he llegado Que á otro de noche se fía, No es mucho que yo de dia Desahogue mi cuidado. Retírate tú, porque El entrar solo es mejor. Mi padre es gobernador De Antioquía: bien podré Con este aliento y la furia Que á despeñarme camina, En casa entrar de Justina, Y quejarme de su injuria. _(Vanse.)_ * * * * * _Sala en casa de Lisandro._ ESCENA X. JUSTINA; _y luego_, LELIO. JUSTINA. Livia... Mas ¿quién está al paso? _(Sale Lelio.)_ LELIO. Yo soy. JUSTINA. Pues ¿qué novedad, Señor, qué temeridad Obliga?... LELIO. Cuando me abraso Tanto, á mis celos sujeto, No lo he de estar á tu honor. Perdona, que con mi amor Ha espirado tu respeto. JUSTINA. ¿Pues cómo tan atrevido Osas... LELIO. Como estoy furioso. JUSTINA. Entrar... LELIO. Como estoy celoso. JUSTINA. Aquí... LELIO. Como estoy perdido. JUSTINA. Sin advertir y sin ver El escándalo que da Que?... LELIO. No te aflijas, pues ya Tienes poco que perder. JUSTINA. Mira, Lelio, mi opinion. LELIO. Justina, eso mejor fuera Que tu voz se lo dijera A quien por ese balcon Sale de noche. No quiero Más de que sepas que sé Tus liviandades, por que Ménos ingrato y severo Tu honor esté con mi amor; Que es tu desden más injusto Porque tienes otro gusto, Que porque tienes honor. JUSTINA. Calla, calla, no hables más. ¿Quién en mi casa se atreve, Ni quién en mi ofensa mueve Paso y voz? ¿Tan ciego estás, Tan atrevido, tan loco, Que con fingidas quimeras Eclipsar las luces quieras Que áun al sol tienen en poco? ¿Hombre de mi casa... LELIO. Sí. JUSTINA. Por mi balcon?... LELIO. Mi dolor Lo diga, ingrata. JUSTINA. ¡Ay honor! Volved por vos y por mí. ESCENA XI. EL DEMONIO, _por la puerta que está á espaldas de Justina_.—DICHOS. DEMONIO. _(Ap.)_ Acudiendo mi furor A los dos cargos que tengo, A esta casa á entablar vengo El escándalo mayor Del mundo; y pues ya este amante Tan despechado y tan ciego Está, avívese su fuego. Ponerme quiero delante, Y como huyendo, despues De ser visto, retirarme. _(Hace como que va á salir, y en viéndole Lelio, se reboza y vuelve á entrarse.)_ JUSTINA. Hombre, ¿vienes á matarme? LELIO. No, sino á morir. JUSTINA. ¿Qué ves, Que de nuevo te has mudado? LELIO. Los engaños tuyos veo. Dí ahora que mi deseo Mis ofensas ha inventado. Un hombre deste aposento Iba á salir: como vió Gente, embozado volvió A retirarse. JUSTINA. En el viento Te finge tu fantasía Ilusiones. LELIO. ¡Pena brava! JUSTINA. ¿Pues de noche no bastaba, Lelio, mas tambien de dia La luz quieres engañar? LELIO. Si es engaño ó no es engaño, Así veré el desengaño. _(Éntrase por donde estaba el Demonio.)_ JUSTINA. No te lo quiero excusar. Porque la inocencia mia, A costa desta licencia, Desvanezca la apariencia De la noche con el dia. ESCENA XII. LISANDRO.—JUSTINA; LELIO, _dentro_. LISAND. Justina. JUSTINA. _(Ap.)_ Esto me faltaba. ¡Ay de mí, si Lelio sale, Estando Lisandro aquí! LISAND. Mis desdichas, mis pesares Vengo á consolar contigo. JUSTINA. ¿Qué tienes, que en el semblante Muestras disgusto y tristeza? LISAND. No es mucho, cuando se rasgue El corazon. Con el llanto Pasar no puedo adelante. _(Aparece Lelio á la puerta del cuarto.)_ LELIO. _(Ap.)_ Ahora acabo de creer Que sombra los celos hacen, Pues no está en este aposento, Ni tuvo por dónde echarse El hombre que ví. JUSTINA. _(Ap. á Lelio.)_ No salgas, Lelio, que está aquí mi padre. LELIO. Esperaré á que se ausente, Convalecido en mis males. _(Retírase.)_ JUSTINA. ¿De qué lloras? ¿Qué suspiras? ¿Qué tienes, señor? ¿Qué traes? LISAND. Tengo el dolor más sensible, Traigo la pena más grave Que vió la tierna piedad, Para ejemplos miserables, Con que la crueldad se baña De tanta inocente sangre. Al Gobernador envía El césar Decio inviolable Un decreto... Hablar no puedo. JUSTINA. _(Ap.)_ ¿Quién vió pena semejante? Lisandro, compadecido De los cristianos ultrajes, Conmigo habla, sin saber Que Lelio puede escucharle, Hijo del Gobernador. LISAND. En fin, Justina... JUSTINA. No pases, Señor, si así has de sentirlo, Con el discurso adelante. LISAND. Déjame que le repita; Que contigo, es aliviarle. En él manda... JUSTINA. No prosigas, Cuando es tan justo que engañes Tu vejez con más sosiego. LISAND. Cuando, porque me acompañes En los sentimientos vivos Que bastan para matarme, Te doy cuenta del decreto Más cruel que vió la márgen Del Tiber, con sangre escrito Para manchar sus cristales, ¡Me diviertes! De otra suerte Solias, Justina, escucharme Estas lástimas. JUSTINA. Señor, No son los tiempos iguales. LELIO. _(Ap. al paño.)_ No oigo todo lo que hablan, Sino destroncado á partes. ESCENA XIII. FLORO, JUSTINA, LISANDRO; LELIO, _al paño_. FLORO. _(Ap.)_ Licencia tiene un celoso Que llega á desengañarse De una hipócrita virtud, Sin que más respetos guarde. Con este intento hasta aquí... Mas con ella está su padre: Esperaré otra ocasion. LISAND. ¿Quién pisa aquestos umbrales? FLORO. (_Ap._ Ya no es posible ¡ay de mí! Que me vuelva sin hablarle. Daréle alguna disculpa.) Yo soy... LISAND. ¿Tú en mi casa? FLORO. A hablarte Vengo, si me das licencia, Sobre un negocio importante. JUSTINA. _(Ap.)_ Duélete de mí, fortuna; Que son estos muchos lances. LISAND. Pues ¿qué mandas? FLORO. _(Ap.)_ ¿Qué diré Que deste empeño me saque? LELIO. _(Al paño.)_ ¡Floro en casa de Justina Con libertad entra y sale! Si son fingidos aquellos Celos, ya estos son verdades. LISAND. Mudado traes el color. FLORO. No te admires, no te espantes, Que vengo á darte un aviso, Que es á tu vida importante, De un enemigo que tienes, Que de tu muerte en alcance Anda. Esto basta que diga. LISAND. _(Ap._ Sin duda que Floro sabe Que yo soy cristiano, y viene Con esta causa á avisarme De mi peligro.) Prosigue, Y nada, Floro, me calles. ESCENA XIV. LIVIA.—JUSTINA, LISANDRO, FLORO; LELIO, _al paño_. LIVIA. Señor, el Gobernador Me ha mandado que te llame, Y á la puerta está esperando. FLORO. Mejor será que yo aguarde: (_Ap._ Pensaré en tanto el engaño) Y así es bien que le despaches, LISAND. Estimo tu cortesía. Aquí volveré al instante. _(Vasen Lisandro y Livia.)_ ESCENA XV. JUSTINA, FLORO; LELIO, _al paño_. FLORO. ¿Eres tú la virtüosa Que á las lisonjas süaves Del templado viento llamas Descomedidos ultrajes? Pues ¿cómo de tu recato Y de tu casa las llaves Rendiste? JUSTINA. Floro, detente: No tan descortés agravies Opinion de quien el sol Hizo el más costoso exámen De pura y limpia. FLORO. Ya llega Aquesa vanidad tarde, Pues ya yo sé á quién has dado Libre entrada... JUSTINA. ¿Qué así hables? FLORO. Por un balcon. JUSTINA. No pronuncies... FLORO. A tu honor... JUSTINA. ¿Que así me trates? FLORO. Sí, que no merecen más Hipócritas humildades. LELIO. _(Ap.)_ Floro no fué el del balcon. Sin duda que hay otro amante, Puesto que ni él ni yo fuimos. JUSTINA. Pues tienes ilustre sangre, No ofendas nobles mujeres. FLORO. ¡Que noble mujer te llames, Cuando á tus brazos le admites, Y por tus balcones sale! Rindióte el poder; que como Es gobernador su padre, Te llevó la vanidad De ver que á Antioquía mande... LELIO. _(Ap.)_ De mí habla. FLORO. Sin mirar Otros defectos más grandes, Que la autoridad encubre En sus costumbres y sangre. Pero no... _(Sale Lelio.)_ LELIO. Floro, detente, Y no en mi ausencia me agravies; Que hablar del competidor Mal, es de pechos cobardes. Y salgo á que no prosigas, Corrido de tantos lances Como contigo he tenido, Sin que en ninguno te mate. JUSTINA. ¿Quién, sin culpa, se vió nunca En tan peligrosos lances? FLORO. Cuanto yo de tí dijera Detras, te diré delante, Y es verdad no sospechosa. _(Empuñan las espadas.)_ JUSTINA. Tente, Lelio; Floro, ¿qué haces? LELIO. Tomar la satisfaccion Adonde escucho el desaire. FLORO. Sustentaré lo que dije Donde lo dije. JUSTINA. ¡Libradme, Cielos, de tantas fortunas! FLORO. Y yo sabré castigarte. ESCENA XVI. EL GOBERNADOR, LISANDRO, GENTE.—JUSTINA, LELIO, FLORO. TODOS LOS QUE SALEN Tenéos. JUSTINA. ¡Ay infelice! GOBERN. ¿Qué es esto? Mas ¿no es bastante Indicio espadas desnudas, Para que pueda informarme? JUSTINA. ¡Qué desdicha! LISAND. ¡Qué pesar! LELIO. Señor... GOBERN. Baste, Lelio, baste. ¿Tú inquieto, siendo mi hijo? ¿Tú de mi favor te vales Para alterar á Antioquía? LELIO. Señor, advierte... GOBERN. Llevadles; Que no ha de haber excepcion, Ni privilegios de sangre, Para no igualar castigos, Pues son las culpas iguales. LELIO. _(Ap.)_ Celos traje, y llevo agravios. FLORO. _(Ap.)_ Penas á penas se añaden. GOBERN. En diferentes prisiones, Y con gente que los guarde, A los dos tened.—Y vos, Lisandro, ¿tan nobles partes Es posible que mancheis, Sufriendo?... LISAND. No, no os engañen Deslumbradas apariencias, Porque Justina no sabe La ocasion. GOBERN. ¿Dentro en su casa Quereis que viva ignorante, Mozos ellos, y ella hermosa? En peligro tan culpable Me templo, porque no digan Que sentencio como parte, Siendo apasionado juez; Mas vos que esto ocasionasteis, Ya perdida la vergüenza, Sé que volveréis á darme Ocasion (que la deseo) Para que nos desengañen De vuestra virtud mentida Verdaderas liviandades. _(Vanse el Gobernador y la gente, con Lelio y Floro.)_ ESCENA XVII. JUSTINA, LISANDRO. JUSTINA. Mis lágrimas os respondan. LISAND. Ya lloras sin fruto y tarde. ¡Oh qué mal, Justina, hice El dia que á declararte Llegué quién eras! ¡Oh nunca Te contara que en la márgen De un arroyo, en ese monte Fuiste parto de un cadáver! JUSTINA. Yo... LISAND. No des satisfacciones. JUSTINA. Los cielos han de abonarme. LISAND. ¡Qué tarde será! JUSTINA. No hay plazo Que en la vida llegue tarde. LISAND. Para castigar delitos. JUSTINA. Para acrisolar verdades. LISAND. Por lo que ví te condeno. JUSTINA. Yo á tí por lo que ignoraste. LISAND. Déjame, que voy muriendo, Donde mi dolor me acabe. JUSTINA. Pierda yo á tus piés la vida; Pero no me desampares. _(Vanse.)_ * * * * * _Sala en casa de Cipriano. En el fondo una galería por donde se ve el campo._ ESCENA XVIII. CIPRIANO, EL DEMONIO, MOSCON, CLARIN. DEMONIO. Desde que en tu casa entré, Te he visto sin alegría: Profunda melancolía En tu semblante se ve. Tu alivio no es bien que estorbes, Queriéndomelo ocultar, Pues sabré destachonar La clavazon de los orbes, Por solo el menor deseo Que te ofenda y te fatigue. CIPRIAN. No habrá mágica que obligue Al imposible que veo: Son mis ánsias infelices. DEMONIO. Tu amistad me las confiese. CIPRIAN. Quiero á una mujer. DEMONIO. ¿Y es ese El imposible que dices? CIPRIAN. Si tú supieras quién es. DEMONIO. Curiosa atencion te doy, Miéntras que burlando estoy De que tan cobarde estés. CIPRIAN. La hermosa cuna temprana Del infante sol que enjuga Lágrimas cuando madruga, Vestido de nieve y grana; La verde prision ufana De la rosa cuando avisa Que ya sus jardines pisa Abril, y entre mansos hielos Al alba es llanto en los cielos, Lo que es en los campos risa; El detenido arroyuelo, Que el murmurar más süave Aun entre dientes no sabe, Porque se los prende el hielo; El clavel, que en breve cielo Es estrella de coral; El ave, que liberal Vestir matices presuma, Veloz cítara de pluma, Al órgano de cristal; El risco que al sol engaña, Si á derretirle se atreve, Pues gastándole la nieve, No le gasta la montaña; El laurel que el pié se baña Con la nieve que atropella, Y verde Narciso della, Burla sin temer desmayos, En esta parte los rayos, Y los hielos en aquella; Al fin, cuna, grana, nieve, Campo, sol, arroyo, rosa, Ave que canta amorosa, Risa que aljófares llueve, Clavel que cristales bebe, Peñasco sin deshacer, Y laurel que sale á ver Si hay rayos que le coronen, Son las partes que componen A esta divina mujer. Estoy tan ciego y perdido, Porque mi pena te asombre, Que por parecer á otro hombre, Me engañé con el vestido. Mis estudios dí al olvido Como al vulgo mi opinion, El discurso á mi pasion, A mi llanto el sentimiento, Mis esperanzas al viento, Y al desprecio mi razon. Dije (y haré lo que dije) Que ofreciera liberal El alma á un genio infernal (De aquí mi pasion colige), Porque este amor que me aflige Premiase con merecella; Pero es vana mi querella, Tanto que presumo que es El alma corto interes, Pues no me la dan por ella. DEMONIO. ¿Tu valor ha de seguir Los pasos desesperados De amantes que se acobardan En los primeros asaltos? ¿Tan léjos ejemplos viven De bellezas que postraron Su vanidad á los ruegos, Su altivez á los halagos? ¿Quieres lograr tus deseos, Siendo su prision tus brazos? CIPRIAN. ¿Eso dudas? DEMONIO. Pues envía Allá fuera esos criados, Y quedemos los dos solos. CIPRIAN. Idos allá fuera entrambos. MOSCON. Yo obedezco. CLARIN. Y yo tambien. (_Ap._ El tal huésped es el diablo.) _(Escóndese.)_ CIPRIAN. Ya se fueron. DEMONIO. _(Ap.)_ Poco importa Que Clarin se haya quedado. ESCENA XIX. CIPRIANO, EL DEMONIO; CLARIN, _escondido_. CIPRIAN. ¿Qué quieres ahora? DEMONIO. Esa puerta Cierra. CIPRIAN. Ya solos estamos. DEMONIO. Por gozar á esta mujer Aquí dijeron tus labios Que darás el alma. CIPRIAN. Sí. DEMONIO. Pues yo te acepto el contrato. CIPRIAN. ¿Qué dices? DEMONIO. Que yo le acepto. CIPRIAN. ¿Cómo? DEMONIO. Como puedo tanto, Que te enseñaré una ciencia Con que podrás á tu mando Traer la mujer que adoras; Que yo, aunque tan docto y sabio, Traerla para otro no puedo. Las escrituras hagamos Ante nosotros dos mismos. CIPRIAN. ¿Quieres con nuevos agravios Dilatar las penas mias? Lo que ofrecí está en mi mano, Pero lo que tú me ofreces No está en la tuya, pues hallo Que sobre el libre albedrío Ni hay conjuros ni hay encantos. DEMONIO. Hazme la cédula tú Con tal condicion. CLARIN. _(Ap. al paño.)_ ¡Mal año! Segun lo que ahora he visto, No es muy bobo aqueste diablo. ¡Yo darle cédula! Aunque Se me estuvieran mis cuartos Sin alquilar veinte siglos, No la hiciera. CIPRIAN. Los engaños Son para alegres amigos, No para desconfiados. DEMONIO. Quiero darte en testimonio De lo que yo puedo y valgo, Algun indicio, aunque sea De mi poder breve rasgo. ¿Qué ves desta galería? CIPRIAN. Mucho cielo y mucho prado, Un bosque, un arroyo, un monte. DEMONIO. ¿Qué es lo que más te ha agradado? CIPRIAN. El monte, porque es, en fin, De la que adoro retrato. DEMONIO. Soberbio competidor De la estacion de los años, Que te coronas de nubes, Por bruto rey de los campos, Deja el suelo, mide el viento: Mira que soy quien te llamo. Y mira tú si á una dama Traerás, si yo á un monte traigo. _(Múdase un monte de una parte á otra en el fondo del teatro.)_ CIPRIAN. ¡No ví más confuso asombro! ¡No ví prodigio más raro! CLARIN. _(Ap.)_ Con el espanto y el miedo Estoy dos veces temblando. CIPRIAN. Pájaro que al viento vuelas, Siendo tus plumas tus ramos; Bajel que en el viento sulcas, Siendo jarcias tus penachos, Vuélvete á tu centro, y deja La admiracion y el espanto. _(Vuélvese el monte á su lugar primero.)_ DEMONIO. Si esta no es prueba bastante, Pronuncien otra mis labios. ¿Quieres ver esa mujer Que adoras? CIPRIAN. Sí. DEMONIO. Pues rasgando Las duras entrañas, tú, Monstruo de elementos cuatro, Manifiesta la hermosura Que en tu oscuro centro guardo. _(Abrese un peñasco, y aparece Justina durmiendo.)_ ¿Es aquella la que adoras? CIPRIAN. Aquella es la que idolatro. DEMONIO. Mira si dártela puedo, Pues donde quiera la traigo. CIPRIAN. Divino imposible mio, Hoy serán centro tus brazos De mi amor, bebiendo el sol Luz á luz y rayo á rayo. DEMONIO. Detente, que hasta que firmes La palabra que me has dado, No puedes tocarla. _(Quiere llegar, y ciérrase el peñasco.)_ CIPRIAN. Espera, Parda nube del más claro Sol que amaneció á mis dichas.— Mas con el viento me abrazo.— Ya creo tus ciencias, ya Confieso que soy tu esclavo. ¿Qué quieres que haga por tí? ¿Qué me pides? DEMONIO. Por resguardo Una cédula firmada Con tu sangre y de tu mano. CLARIN. _(Ap.)_ El alma le diera yo, Por no haberme aquí quedado. CIPRIAN. Pluma será este puñal, Papel este lienzo blanco, Y tinta para escribirlo La sangre es ya de mis brazos. _(Escribe con la daga en un lienzo, habiéndose sacado sangre de un brazo.)_ (_Ap._ ¡Qué hielo! ¡qué horror! ¡qué asombro!) Digo yo el gran Ciprïano, Que daré el alma inmortal (¡Qué frenesí! ¡qué letargo!) A quien me enseñare ciencias (¡Qué confusiones! ¡qué espantos!) Con que pueda atraer á mí A Justina, dueño ingrato: Y lo firmé de mi nombre. DEMONIO. (_Ap._ Ya se rindió á mis engaños El homenaje valiente, Donde estaban tremolando El discurso y la razon.) ¿Has escrito? CIPRIAN. Sí, y firmado. DEMONIO. Pues tuyo es el sol que adoras. CIPRIAN. Tuya por eternos años Es el alma que te ofrezco. DEMONIO. Alma con alma te pago, Pues por la tuya te doy La de Justina. CIPRIAN. ¿Qué tanto Término para enseñarme La magia tomas? DEMONIO. Un año, Con condicion... CIPRIAN. Nada temas. DEMONIO. Que en una cueva encerrados, Sin estudiar otra cosa, Hemos de vivir entrambos, Sirviéndonos solamente A los dos este criado, _(Saca á Clarin.)_ Que curioso se quedó, Pues con nosotros llevando Su persona, este secreto Desta suerte aseguramos. CLARIN. _(Ap.)_ ¡Oh nunca yo me quedara! ¿Que habiendo vecinos tantos Que acechen, no haya demonio Que venga al punto á llevarlos? CIPRIAN. Está bien. Dos dichas juntas Ingenio y amor lograron, Pues Justina será mia, Y yo vendré á ser espanto Del mundo con nuevas ciencias. DEMONIO. No salió mi intento vano. CLARIN. El mio sí. DEMONIO. Ven con nosotros. (_Ap._ Ya vencí el mayor contrario.) CIPRIAN. Dichosos sereis, deseos, Si tal posesion alcanzo. DEMONIO. (_Ap._ No ha de sosegar mi envidia Hasta que los gane á entrambos.) Vamos, y de aqueste monte En lo oculto y lo intrincado Oirás la primer licion Hoy de la mágica. CIPRIAN. Vamos, Que con tal maestro mi ingenio, Mi amor con dueño tan alto, Eterno será en el mundo El mágico Ciprïano. JORNADA TERCERA. _Bosque. En el fondo una gruta._ ESCENA PRIMERA. CIPRIANO. Ingrata beldad mia, Llegó el feliz, llegó el dichoso dia, Línea de mi esperanza, Término de mi amor y tu mudanza, Pues hoy será el postrero En que triunfar de tu desden espero. Este monte elevado En sí mismo al alcázar estrellado, Y aquesta cueva oscura, De dos vivos funesta sepultura, Escuela ruda han sido Donde la docta mágica he aprendido, En que tanto me muestro, Que puedo dar leccion á mi maestro. Y viendo ya que hoy una vuelta entera Cumple el sol de una esfera en otra esfera, A examinar de mis prisiones salgo Con la luz lo que puedo y lo que valgo. Hermosos cielos puros, Atended á mis mágicos conjuros; Blandos aires veloces, Parad al sabio estruendo de mis voces; Gran peñasco violento, Estremécete al ruido de mi acento; Duros troncos vestidos, Asombráos al horror de mis gemidos; Floridas plantas bellas, Al eco os asustad de mis querellas; Dulces sonoras aves, La accion temed de mis prodigios graves; Bárbaras, crueles fieras, Mirad las señas de mi afan primeras, Porque ciegos, turbados, Suspendidos, confusos, asustados, Cielos, aires, peñascos, troncos, plantas, Fieras y aves, esteis de ciencias tantas; Que no ha de ser en vano El estudio infernal de Ciprïano. ESCENA II. EL DEMONIO.—CIPRIANO. DEMONIO. Cipriano. CIPRIAN. ¡Oh sabio maestro mio! DEMONIO. ¿A qué, usando otra vez de tu albedrío, Más que de mi preceto, Con qué fin, por qué causa, y á qué efeto, Osado ó ignorante, Sales á ver del sol la faz brillante? CIPRIAN. Viendo que ya yo puedo Al infierno poner asombro y miedo, Pues con tanto cuidado La mágica he estudiado, Que áun tú mismo no puedes Decir, si es que me igualas, que me excedes; Viendo que ya no hay parte Della, que con fatiga, estudio y arte Yo no la haya alcanzado, Pues la nigromancia he penetrado, Cuyas líneas oscuras Me abrirán las funestas sepulturas, Haciendo que su centro Aborte los cadáveres, que dentro Tiranamente encierra La avarienta codicia de la tierra, Respondiendo por puntos A mis voces los pálidos difuntos; Y viendo, en fin, cumplida La edad del sol que fué plazo á mi vida, Pues corriendo veloz á su discurso, Con el rápido curso, Los cielos cada dia, Retrocediendo siempre á la porfía Del natural, en que se juzga extraño, El término fatal cumple hoy del año; Lograr mis ánsias quiero, Atrayendo á mi voz el bien que espero. Hoy la rara, hoy la bella, hoy la divina, Hoy la hermosa Justina, En repetidos lazos Llamada de mi amor, vendrá á mis brazos; Que permitir no creo De dilacion un punto á mi deseo. DEMONIO. Ni yo que le permitas Quiero, si es este el fin que solicitas. Con caracteres mudos La tierra línea pues, y con agudos Conjuros hiere el viento, A tu esperanza y á tu amor atento. CIPRIAN. Pues allí me retiro, Donde verás que cielo y tierra admiro. _(Vase.)_ DEMONIO. Y yo te doy licencia, Porque sé de tu ciencia y de mi ciencia Que el infierno inclemente, A tus invocaciones obediente, Podrá por mí entregarte A la hermosa Justina en esta parte; Que aunque el gran poder mio No puede hacer vasallo un albedrío, Puede representalle Tan extraños deleites, que se halle Empeñado á buscarlos, Y inclinarlos podré, si no forzarlos. ESCENA III. CLARIN.—EL DEMONIO. CLARIN. Ingrata deidad mia, No Livia ardiente, sino Livia fria, Llegó el plazo en que espero Alcanzar si tu amor es verdadero; Pues ya sé lo que basta Para ver si eres casta, ó haces casta; Que con tanto cuidado Aquí la ciencia mágica he estudiado, Que por ella he de ver (¡ay de mí triste!) Si con Moscon acaso me ofendiste. Aguados cielos (ya otro dijo puros), Atended á mis lóbregos conjuros: Montes... DEMONIO. Clarin, ¿qué es eso? CLARIN. ¡Oh sabio maestro! Por la concomitancia estoy tan diestro En la magia, que quiero ver por ella Si Livia, tan ingrata como bella, Comete alguna vez superchería En la fatal estancia de mi dia. DEMONIO. Deja aquesas locuras, Y en lo intrincado desas peñas duras Asiste á tu señor, para que veas (Si tanta admiracion lograr deseas) El fin de su cuidado; Que solo quiero estar. CLARIN. Yo acompañado. Y si no he merecido Haber las ciencias tuyas aprendido, Porque, en fin, no te he hecho Cédula con la sangre de mi pecho, En este lienzo ahora _(Saca un lienzo sucio.)_ (Nunca le trae más limpio quien bien llora) La haré, para que más te escandalices, Dándome un mojicon en las narices; Que no será embarazo Salir de las narices ú del brazo. _(Escribe en el lienzo con el dedo, habiéndose hecho sangre.)_ Digo yo, el gran Clarin, que si merezco Ver á Livia cruel, que al diablo ofrezco... DEMONIO. Ya digo que me dejes, Y que con tu señor de mí te alejes. CLARIN. Yo lo haré: no te alteres. Pues que tomar mi cédula no quieres Cuando darla procuro, Sin duda que me tienes por seguro. _(Vase.)_ ESCENA IV. EL DEMONIO. Ea, infernal abismo, Desesperado imperio de tí mismo, De tu prision ingrata Tus lascivos espíritus desata, Amenazando ruina Al vírgen edificio de Justina. De mil torpes fantasmas que en el viento Su casto pensamiento Hoy se forme, su honesta fantasía Se llene; y con dulcísima armonía Todo provoque amores, Los pájaros, las plantas y las flores. Nada miren sus ojos, Que no sean de amor dulces despojos; Nada oigan sus oidos, Que no sean de amor tiernos gemidos; Porque sin que defensa en su fe tenga, Hoy á buscar á Ciprïano venga, De su ciencia invocada, Y de mi ciego espíritu guiada. Empezad, que yo en tanto Callaré, porque empiece vuestro canto. _(Vase.)_ ESCENA V. JUSTINA; MÚSICA, _dentro_. _(Cantan dentro.)_ UNA VOZ. _¿Cuál es la gloria mayor_ _Desta vida?_ CORO. _Amor, amor._ UNA VOZ. _No hay sujeto en que no imprima_ _El fuego de amor su llama,_ _Pues vive más donde ama_ _El hombre, que donde anima._ _Amor solamente estima_ _Cuanto tener vida sabe,_ _El tronco, la flor y el ave:_ _Luego es la gloria mayor_ _De esta vida..._ CORO. _Amor, amor._ JUSTINA. _(Asombrada y inquieta.)_ Pesada imaginacion, Al parecer lisonjera, ¿Cuándo te he dado ocasion Para que desta manera Aflijas mi corazon? ¿Cuál es la causa, en rigor, Deste fuego, deste ardor, Que en mí por instantes creces? ¿Qué dolor el que padece Mi sentido? CORO. _(Dentro.)_ _Amor, Amor._ JUSTINA. _(Sosegándose.)_ Aquel ruiseñor amante Es quien respuesta me da, Enamorando constante A su consorte, que está Un ramo más adelante. Calla, ruiseñor; no aquí Imaginar me hagas ya, Por las quejas que te oí, Cómo un hombre sentirá, Si siente un pájaro así. Mas no: una vid fué lasciva, Que buscando fugitiva Va el tronco donde se enlace, Siendo el verdor con que abrace El peso con que derriba. No así con verdes abrazos Me hagas pensar en quien amas, Vid; que dudaré en tus lazos, Si así abrazan unas ramas, Cómo enraman unos brazos. Y si no es la vid, será Aquel girasol, que está Viendo cara á cara al sol, Tras cuyo hermoso arrebol Siempre moviéndose va. No sigas, no, tus enojos, Flor, con marchitos despojos; Que pensarán mis congojas, Si así lloran unas hojas, Como lloran unos ojos, Cesa, amante ruiseñor; Desúnete, vid frondosa; Párate, inconstante flor, U decid, ¿qué venenosa Fuerza usais? CORO. _(Dentro.)_ _Amor, Amor._ JUSTINA. ¡Amor! ¿A quién le he tenido Yo jamás? Objeto es vano; Pues siempre despojo han sido De mi desden y mi olvido Lelio, Floro y Ciprïano. ¿A Lelio no desprecié? ¿A Floro no aborrecí? Y á Cipriano ¿no traté _(Párase al nombrar á Cipriano, y desde allí habla inquieta otra vez.)_ Con tal rigor, que de mí Aborrecido, se fué Donde dél no se ha sabido? Mas (¡ay de mí!) ya yo creo Que esta debe de haber sido La ocasion con que ha podido Atreverse mi deseo; Pues desde que pronuncié Que vive ausente por mí, No sé (¡ay infeliz!), no sé Qué pena es la que sentí. _(Sosiégase otra vez.)_ Mas piedad sin duda fué De ver que por mí olvidado Viva un hombre, que se vió De todos tan celebrado; Y que á sus olvidos yo Tanta ocasion haya dado. _(Vuelve á inquietarse.)_ Pero si fuera piedad, La misma piedad tuviera De Lelio y Floro, en verdad; Pues en una prision fiera Por mí están sin libertad. _(Sosiégase.)_ Mas, ¡ay discursos! parad: Si basta ser piedad sola, No acompañeis la piedad; Que os alargais de manera Que no sé (¡ay de mí!), no sé Si ahora á buscarle fuera, Si adonde él está supiera. ESCENA VI. EL DEMONIO.—JUSTINA. DEMONIO. Ven, que yo te lo diré. JUSTINA. ¿Quién eres tú, que has entrado Hasta este retrete mio, Estando todo cerrado? ¿Eres monstruo que ha formado Mi confuso desvarío? DEMONIO. No soy sino quien, movido Dese afecto que tirano Te ha postrado y te ha vencido, Hoy llevarte ha prometido Adonde está Ciprïano. JUSTINA. Pues no lograrás tu intento; Que esta pena, esta pasion Que afligió mi pensamiento, Llevó la imaginacion, Pero no el consentimiento. DEMONIO. En haberlo imaginado, Hecho tienes la mitad: Pues ya el pecado es pecado No pares la voluntad, El medio camino andado. JUSTINA. Desconfiarme es en vano, Aunque pensé; que aunque es llano Que el pensar es empezar, No está en mi mano el pensar, Y está el obrar en mi mano. Para haberte de seguir, El pié tengo de mover, Y esto puedo resistir, Porque una cosa es hacer Y otra cosa es discurrir. DEMONIO. Si una ciencia peregrina En tí su poder esfuerza, ¿Cómo has de vencer, Justina, Si inclina con tanta fuerza, Que fuerza al paso que inclina? JUSTINA. Sabiéndome yo ayudar Del libre albedrío mio. DEMONIO. Forzarále mi pesar. JUSTINA. No fuera libre albedrío Si se dejara forzar. DEMONIO. Ven donde un gusto te espera. _(Tira de ella, y no puede moverla.)_ JUSTINA. Es muy costoso ese gusto. DEMONIO. Es una paz lisonjera. JUSTINA. Es un cautiverio injusto. DEMONIO. Es dicha. JUSTINA. Es desdicha fiera. DEMONIO. ¿Cómo te has de defender, _(Tira con más fuerza.)_ Si te arrastra mi poder? JUSTINA. Mi defensa en Dios consiste. DEMONIO. Venciste, mujer, venciste _(Suéltala.)_ Con no dejarte vencer. Mas ya que desta manera De Dios estás defendida, Mi pena, mi rabia fiera Sabrá llevarte fingida, Pues no puede verdadera. Un espíritu verás, Para este efecto no más, Que de tu forma se informa, Y en la fantástica forma Disfamada vivirás. Lograr dos triunfos espero, De tu virtud ofendido: Deshonrarte es el primero, Y hacer de un gusto fingido Un delito verdadero. _(Vase.)_ ESCENA VII. JUSTINA. Desa ofensa al cielo apelo, Porque desvanezca el cielo La apariencia de mi fama, Bien como al aire la llama, Bien como la flor al hielo. No podrás... Mas ¡ay de mí! ¿Á quien estas voces doy? ¿No estaba ahora un hombre aquí? Sí. Mas no: yo sola estoy: No. Mas sí, pues yo le ví. ¿Por dónde se fué tan presto? ¿Si le engendró mi temor? Mi peligro es manifiesto.— ¡Lisandro, padre, señor! _(A voces.)_ ¡Livia! ESCENA VIII. LISANDRO Y LIVIA, _cada uno por su puerta_.—JUSTINA. LISAND. ¿Qué es esto? LIVIA. ¿Qué es esto? JUSTINA. ¿Visteis un hombre (¡ay de mí!) Que ahora salió de aquí? Mal mis desdichas resisto. LISAND. ¡Hombre aquí! JUSTINA. ¿No le habeis visto? LIVIA. No, señora. JUSTINA. Pues yo sí. LISAND. ¿Cómo puede ser, si ha estado Todo este cuarto cerrado? LIVIA. _(Ap.)_ Sin duda que á Moscon vió, Que tengo encerrado yo En mi aposento. LISAND. Formado Cuerpo de tu fantasía El hombre debió de ser; Que tu gran melancolía Le supo formar y hacer De los átomos del dia. LIVIA. Mi señor tiene razon. JUSTINA. No ha sido (¡ay de mí!) ilusion, Y mayor daño sospecho, Porque á pedazos del pecho Me arrancan el corazon. Algun hechizo mortal Se está haciendo contra mí, Y fuera el conjuro tal, Que á no haber Dios, desde aquí Me dejara ir tras mi mal. Mas él me ha de defender, Y no sólo del poder Desta tirana violencia; Pero mi humilde inocencia No ha de dejar padecer.— Livia, el manto, porque en tanto _(Vase Livia.)_ Que padezco estos extremos, Tengo de ir al templo santo, Que tan secreto tenemos Los fieles. _(Sale Livia con el manto, y pónesele á Justina.)_ LIVIA. Aquí está el manto. JUSTINA. En él tengo de templar Este fuego que me abrasa. LISAND. Yo te quiero acompañar. LIVIA. _(Ap.)_ Y yo volveré á alentar En echándolos de casa. JUSTINA. Pues voy á ampararme así, Cielos, de vuestro favor, Confío... LISAND. Vamos de aquí. JUSTINA. Vuestra es la causa, Señor. Volved por vos, y por mí. _(Vanse Justina y Lisandro.)_ ESCENA IX. MOSCON.—LIVIA. MOSCON. ¿Fuéronse ya? LIVIA. Ya se fueron. MOSCON. ¡Con qué susto me tuvieron! LIVIA. ¿Es posible que salieras Del aposento, y vinieras Donde sus ojos te vieron? MOSCON. ¡Vive Dios, que no he salido Un instante, Livia mia, De donde estuve escondido! LIVIA. Pues ¿quién el hombre sería? MOSCON. El mismo diablo habrá sido. ¿Qué sé yo? No muestres ya Por eso, mi bien, enfado. LIVIA. No es por eso. _(Suspira.)_ MOSCON. ¿Qué será? LIVIA. ¿Qué pregunta, si há que está Un dia entero encerrado Conmigo? ¿No echa de ver _(Llora.)_ Que habrá tambien menester El otro, su confidente, Que llore hoy tenerle ausente, Pues no lloré en todo ayer? ¿Hase de pensar de mí Que mujer tan fácil fuí, Que en medio año de ausencia, Falté á la correspondencia Que al ser quien soy ofrecí? MOSCON. ¿Qué es medio año? Un año entero Há ya que pudo faltar. LIVIA. Es engaño, pues infiero Que yo no debo contar Los dias que no le quiero. Y si de un año (¡ay de mí!) _(Llora.)_ Te dí la mitad á tí, Fuera injuria muy cruel Contárselo todo á él. MOSCON. Cuando yo, ingrata, creí Que fuera tu voluntad Toda mia, ¡con piedad Haces cuentas!... LIVIA. Sí, Moscon, Porque en fin, cuenta y razon Conservan toda amistad. MOSCON. Pues que tu constancia es tal, Adios, Livia, hasta mañana. Sólo te ruega mi mal Que pues eres su terciana, No seas su sincopal. LIVIA. Ya tú ves que no hay en mí Malicia alguna. MOSCON. Es así. LIVIA. En todo hoy no me has de ver; Mas no sea menester Enviar mañana por tí. _(Vanse.)_ * * * * * _Bosque._ ESCENA X. CIPRIANO, _como asombrado_; CLARIN, _acechando, tras él_. CIPRIAN. Sin duda se han rebelado En los imperios cerúleos Las tropas de las estrellas, Pues me niegan sus influjos. Comunidades ha hecho Todo el abismo profundo, Pues la obediencia no rinde Que me debe por tributo. Una y mil veces el viento Estremezco á mis conjuros, Y una y mil veces la tierra Con mis caracteres sulco, Sin que me ofrezca á mis ojos El humano sol que busco, El cielo humano que espero En mis brazos. CLARIN. Eso ¿es mucho? Pues una y mil veces yo Hago en la tierra dibujos, Una y mil veces el viento A puras voces aturdo, Y tampoco viene Livia. CIPRIAN. Esta vez sola presumo Volver á invocarla.—Escucha, Bella Justina... ESCENA XI. _Aparece una_ FIGURA _fantástica de Justina_.—CIPRIANO, CLARIN. FIGURA. Ya escucho; Que forzada de tus voces, Aquestos montes discurro. ¿Qué me quieres? ¿Qué me quieres, Ciprïano? CIPRIAN. ¡Estoy confuso! FIGURA. Y pues que ya... CIPRIAN. ¡Estoy absorto! FIGURA. He venido... CIPRIAN. ¿Qué me turbo? FIGURA. De la suerte... CIPRIAN. ¿Qué me espanto? FIGURA. Que me halló el amor... CIPRIAN. ¿Qué dudo? FIGURA. Donde me llamas... CIPRIAN. ¿Qué temo? FIGURA. Y así con la fuerza cumplo Del encanto, á lo intrincado Del monte tu vista huyo. _(Cúbrese el rostro con el manto, y vase.)_ CIPRIAN. Espera, aguarda, Justina. Mas ¿qué me asombro y discurro? Seguiréla, y este monte, Donde mi ciencia la trujo, Teatro será frondoso Ya que no tálamo rudo, Del más prodigioso amor Que ha visto el cielo. _(Vase.)_ ESCENA XII. CLARIN. Abernuncio De mujer que viene á ser Novia, y viene oliendo á humo. Pero debió de cogerla Del encanto lo absoluto Soplando alguna colada, O cociendo algun menudo. Mas no: ¡en cocina y con manto! De otra suerte la disculpo. Sin duda debe de ser (Ahora he dado en el punto; Que una honrada nunca huele Mejor) cogida de susto. Ya la ha alcanzado, y con ella, De aqueste valle en lo inculto Luchando á brazos enteros (Que á brazos partidos, juzgo Que hiciera mal en luchar El amante más forzudo), A este mismo sitio vuelven. Desde aquí acechar procuro; Que deseo saber cómo Se hace una fuerza en el mundo. ESCENA XIII. CIPRIANO, _trayendo abrazada á la_ FIGURA _fantástica de Justina_. Ya, bellísima Justina, En este sitio, que oculto, Ni el sol le penetra á rayos, Ni á soplos el aire puro, Ya es trofeo tu belleza De mis mágicos estudios; Que por conseguirte, nada Temo, nada dificulto. El alma, Justina bella, Me cuestas; pero ya juzgo, Siendo tan grande el empleo, Que no ha sido el precio mucho. Corre á la deidad el velo: No entre pardos, ni entre oscuros Celajes se esconda el sol; Sus rayos ostente rubios. _(Descúbrela, y ve un esqueleto.)_ Mas ¡ay infeliz! ¿qué veo? ¡Un yerto cadáver mudo Entre sus brazos me espera! ¿Quién en un instante pudo En facciones desmayadas De lo pálido y caduco, Desvanecer los primores De lo rojo y lo purpúreo? ESQUEL. Así, Ciprïano, son Todas las glorias del mundo. _(Desaparece: sale Clarin huyendo, y se abraza con él Cipriano.)_ ESCENA XIV. CLARIN.—CIPRIANO. CLARIN. Si álguien ha menester miedo, Yo tengo un poco y un mucho. CIPRIAN. Espera, fúnebre sombra. Ya con otro fin te busco. CLARIN. Pues yo soy fúnebre cuerpo. ¿No echas de verlo en el bulto? CIPRIAN. ¿Quién eres? CLARIN. Yo estoy de suerte, Que áun quién soy creo que dudo. CIPRIAN. ¿Viste en lo raro del viento, Ó del centro en lo profundo, Yerto un cadáver, dejando En señas de polvo y humo Desvanecida la pompa Que llena de adornos trujo? CLARIN. ¿Ahora sabes que estoy Sujeto á los infortunios De acechador? CIPRIAN. ¿Qué se hizo? CLARIN. Deshízose luego al punto. CIPRIAN. Busquémosle. CLARIN. No busquemos. CIPRIAN. Sus desengaños procuro. CLARIN. Yo no, señor. ESCENA XV. EL DEMONIO.—CIPRIANO, CLARIN. DEMONIO. _(Ap.)_ ¡Justos cielos! Si juntas un tiempo tuvo Mi sér la ciencia y la gracia Cuando fuí espíritu puro, La gracia sola perdí, La ciencia no. ¿Cómo injustos, Si esto es así, de mis ciencias Aun no me dejais el uso? CIPRIAN. ¡Lucero, sabio maestro! _(Sin verle.)_ CLARIN. No le llames; que presumo Que venga en otro cadáver. DEMONIO. ¿Qué me quieres? CIPRIAN. Que del mucho Horror que padezco absorto, Rescates hoy mi discurso. CLARIN. Yo, que no quiero rescates, Por este lado me escurro. _(Vase.)_ ESCENA XVI. CIPRIANO, EL DEMONIO. CIPRIAN. Apénas sobre la tierra Herida, acentos pronuncio, Cuando en la accion que allá estaba Justina, divino asunto De mi amor y mi deseo... Pero ¿para qué procuro Contarte lo que ya sabes? Vino, abracéla, y al punto Que la descubro (¡ay de mí!), En su belleza descubro Un esqueleto, una estatua, Una imágen, un trasunto De la muerte, que en distintas Voces me dijo (¡oh qué susto!): «Así, Ciprïano, son Todas las glorias del mundo.» Decir que en la magia tuya, Por mí ejecutada, estuvo El engaño, no es posible; Porque yo, punto por punto La obré, sin que errar pudiese De sus caracteres mudos Una línea, ni una voz De sus mortales conjuros. Luego tú me has engañado Cuando yo los ejecuto, Pues solo fantasmas hallo Adonde hermosuras busco. DEMONIO. Ciprïano, ni hubo en tí Defecto, ni en mí le hubo: En tí, supuesto que obraste El encanto con agudo Ingenio; en mí, pues el mio Te enseñó en él cuanto supo. El asombro que has tocado, Más superior causa tuvo. Mas no importará; que yo, Que tu descanso procuro, Te haré dueño de Justina Por otros medios más justos. CIPRIAN. No es ese mi intento ya; Que de tal suerte confuso Este espanto me ha dejado, Que no quiero medios tuyos. Y así, pues que no has cumplido Las condiciones que puso Mi amor, sólo de tí quiero, Ya que de tu vista huyo, Que mi cédula me vuelvas, Pues es el contrato nulo. DEMONIO. Yo te dije que te habia De enseñar en este estudio Ciencias que atraer pudiesen, De tus voces al impulso, A Justina; y pues el viento Aquí á Justina te trujo, Válido ha sido el contrato, Y yo mi palabra cumplo. CIPRIAN. Tú me ofreciste que habia De coger mi amor el fruto Que sembraba mi esperanza Por estos montes incultos. DEMONIO. Yo me obligué, Ciprïano, Solo á traerla. CIPRIAN. Eso dudo; Que á dármela te obligaste. DEMONIO. Ya la ví en los brazos tuyos. CIPRIAN. Fué una sombra. DEMONIO. Fué un prodigio. CIPRIAN. ¿De quién? DEMONIO. De quien se dispuso A ampararla. CIPRIAN. ¿Y cúyo fué? DEMONIO. _(Temblando.)_ No quiero decirte cúyo. CIPRIAN. Valdréme yo de mis ciencias Contra tí. Yo te conjuro Que quién ha sido me digas. DEMONIO. Un Dios, que á su cargo tuvo A Justina. CIPRIAN. Pues ¿qué importa Solo un Dios, puesto que hay muchos? DEMONIO. Tiene este el poder de todos. CIPRIAN. Luego solamente es uno, Pues con una voluntad Obra más que todos juntos. DEMONIO. No sé nada, no sé nada. CIPRIAN. Ya todo el pacto renuncio, Que hice contigo; y en nombre De aquese Dios te pregunto: ¿Qué le ha obligado á ampararla? DEMONIO. _(Despues de hacer fuerza por no decirlo.)_ Guardar su honor limpio y puro. CIPRIAN. Luego ese es suma bondad, Pues que no permite insulto. Mas ¿qué perdiera Justina, Si aquí se quedaba oculto? DEMONIO. Su honor, si lo adivinara Por sus malicias el vulgo. CIPRIAN. Luego ese Dios todo es vista, Pues vió los daños futuros. Pero ¿no pudiera ser Ser el encanto tan sumo, Que no pudiera vencerle? DEMONIO. No, que su poder es mucho. CIPRIAN. Luego ese Dios todo es manos, Pues que cuanto quiso pudo. Díme ¿quién es ese Dios, En quien hoy he hallado junto Ser una suma bondad, Ser un poder absoluto, Todo vista y todo manos, Que há tantos años que busco? DEMONIO. No lo sé. CIPRIAN. Díme quién es. DEMONIO. ¡Con cuánto horror lo pronuncio! Es el Dios de los cristianos. CIPRIAN. ¿Qué es lo que moverle pudo Contra mí? DEMONIO. Serlo Justina. CIPRIAN. ¿Pues tanto ampara á los suyos? DEMONIO. _(Rabioso.)_ Sí, mas ya es tarde, ya es tarde Para hallarle tú, si juzgo Que siendo tú esclavo mio, No has de ser vasallo suyo. CIPRIAN. ¡Yo tu esclavo! DEMONIO. En mi poder Tu firma está. CIPRIAN. Ya presumo Cobrarla de tí, pues fué Condicional, y no dudo Quitártela. DEMONIO. ¿De qué suerte? CIPRIAN. Desta suerte. _(Saca la espada, tírale al Demonio, y no le encuentra.)_ DEMONIO. Aunque desnudo El acero contra mí Esgrimas fiero y sañudo, No me herirás; y porque Desesperen tus discursos, Quiero que sepas que ha sido El Demonio el dueño tuyo. CIPRIAN. ¡Qué dices! DEMONIO. Que yo lo soy. CIPRIAN. ¡Con cuánto asombro te escucho! DEMONIO. Para que veas, no sólo Que esclavo eres, pero cúyo. CIPRIAN. ¡Esclavo yo del demonio! ¿Yo de un dueño tan injusto? DEMONIO. Sí, que el alma me ofreciste, Y es mia desde aquel punto. CIPRIAN. ¿Luego no tengo esperanza, Favor, amparo ó recurso, Que tanto delito pueda Borrar? DEMONIO. No. CIPRIAN. Pues ya ¿qué dudo? No ociosamente en mi mano Esté aqueste acero agudo; Pasándome el pecho, sea Mi voluntario verdugo. Mas ¿qué digo? Quien de tí Librar á Justina pudo, ¿A mí no podrá librarme? DEMONIO. No, que es contra tí tu insulto. Él no ampara los delitos, Las virtudes sí. CIPRIAN. Si es sumo Su poder, el perdonar Y el premiar será en él uno. DEMONIO. Tambien lo será el premiar Y el castigar, pues es justo. CIPRIAN. Nadie castiga al rendido: Yo lo estoy, pues lo procuro. DEMONIO. Eres mi esclavo, y no puedes Ser de otro dueño. CIPRIAN. Eso dudo. DEMONIO. ¿Cómo, estando en mi poder La firma que con dibujos De tu sangre, escrita tengo? CIPRIAN. El que es poder absoluto, Y no depende de otro, Vencerá mis infortunios. DEMONIO. ¿De qué suerte? CIPRIAN. Todo es vista, Y verá el medio oportuno. DEMONIO. Yo la tengo. CIPRIAN. Todo es manos: El sabrá romper los nudos. DEMONIO. Dejaréte yo primero Entre mis brazos difunto. _(Luchan los dos.)_ CIPRIAN. ¡Grande Dios de los cristianos! Á tí en mis penas acudo. DEMONIO. _(Arrojando de entre sus brazos á Cipriano.)_ Ese te ha dado la vida. CIPRIAN. Más me ha de dar, pues le busco. _(Vanse.)_ * * * * * _Sala en el palacio del Gobernador._ ESCENA XVII. EL GOBERNADOR, FABIO, SOLDADOS. GOBERN. ¿Cómo ha sido la prision? FABIO. Todos en su iglesia estaban Escondidos, donde daban Á su Dios adoracion. Llegué con armadas gentes, Toda la casa cerqué, Prendílos, y los llevé Á cárceles diferentes; Y el suceso, en fin, concluyo Con decir que en esta ruina Prendí á la hermosa Justina Y á Lisandro, padre suyo. GOBERN. Pues si riquezas codicias, Puestos, honores y más, ¿Cómo esas nuevas me das, Fabio, sin pedirme albricias? FABIO. Si así estimas mis sucesos, Las que me has de dar no ignoro. GOBERN. Dí. FABIO. La libertad de Floro Y Lelio, que tienes presos. GOBERN. Aunque yo con su castigo Parece que escarmentar Quise todo este lugar, Si la verdad, Fabio, digo, Otra es la causa por qué Presos han vivido un año: Y es que así de Lelio el daño Como padre aseguré. Floro, su competidor, Tiene deudos poderosos: Y estando los dos celosos Y empeñados en su amor, Temí que habian de volver Otra vez á la cuestion; Y hasta quitar la ocasion, No me quise resolver. Con este intento buscaba Algun color con que echar A Justina del lugar; Pero nunca le encontraba. Y pues su virtud fingida, No sólo ocasion me da Hoy de desterrarla ya, Mas de quitarla la vida, No estén más presos; y así, A sus prisiones irás, Y con brevedad traerás A Lelio y á Floro aquí. FABIO. Beso mil veces tus piés Por merced tan peregrina. _(Vase.)_ ESCENA XVIII. EL GOBERNADOR, SOLDADOS. GOBERN. Ya está en mi poder Justina, Presa y convencida: pues ¿Qué espera mi rabia fiera, Que ya en ella no ha vengado Los enojos que me ha dado? A sangrientas manos muera De un verdugo.—Vos, mirad... _(A un soldado.)_ Que aquí la traigais os mando Hoy á la vergüenza, dando Escándalo en la ciudad; Porque si en palacio está, Nada á darla vida baste. _(Vase el soldado con otros.)_ ESCENA XIX. FABIO, LELIO, FLORO.—DICHOS. FABIO. Los dos por quien enviaste Están á tus plantas ya. LELIO. Yo que al fin sólo deseo Parecer tu hijo esta vez, No te miro como juez, Con los temores de reo; Sino como padre airado, Con los temores de hijo Obediente. FLORO. Y yo colijo, Viéndome de tí llamado, Que es para darme, señor, Castigos que no merezco. Pero á tus plantas me ofrezco. GOBERN. Lelio, Floro, mi rigor Justo con los dos ha sido, Porque si no os castigara, Padre, no juez me mostrara. Pero teniendo entendido Que en los nobles no duró Nunca el enojo, y que ya Quitada la causa está, Intento piadoso yo Haceros amigos luego. En muestras de la amistad, Aquí los brazos os dad. LELIO. Yo el venturoso á ser llego En ser hoy de Floro amigo. FLORO. Y yo de que lo seré Doy mano y palabra. GOBERN. En fe Deso, á libraros me obligo, Que si el desengaño toco Que de vuestro amor teneis, No dudo que lo sereis. ESCENA XX. EL DEMONIO, GENTE.—DICHOS. DEMONIO. _(Dentro.)_ ¡Guarda el loco, guarda el loco! GOBERN. ¿Qué es esto? LELIO. Yo lo iré á ver. _(Llega á la puerta, y vuelve luego.)_ GOBERN. En palacio tanto ruido, ¿De qué puede haber nacido? FLORO. Gran causa debe de ser. LELIO. Aqueste ruido, señor (Escucha un raro suceso), Es Ciprïano, que al cabo De tantos dias ha vuelto Loco y sin juicio á Antioquía. FLORO. Sin duda que de su ingenio La sutileza le tiene En aqueste estado puesto. GENTE. _(Dentro.)_ ¡Guarda el loco, guarda el loco! ESCENA XXI. CIPRIANO, _medio desnudo_, GENTE.—DICHOS. CIPRIAN. Nunca yo he estado más cuerdo; Que vosotros sois los locos. GOBERN. Ciprïano, ¿pues qué es esto? CIPRIAN. Gobernador de Antioquía, Virey del gran césar Decio, Floro y Lelio, de quien fuí Amigo tan verdadero, Nobleza ilustre, gran plebe, Estadme todos atentos; Que por hablaros á todos Juntos, á palacio vengo. Yo soy Ciprïano, yo Por mi estudio y por mi ingenio Fuí asombro de las escuelas, Fuí de las ciencias portento. Lo que de todas saqué, Fué una duda, no saliendo Jamás de una duda sola Confuso en mi entendimiento. Ví á Justina, y en Justina Ocupados mis afectos, Dejé á la docta Minerva Por la enamorada Vénus. De su virtud despedido, Mantuve mis sentimientos, Hasta que mi amor, pasando De un extremo en otro extremo, A un huésped mio, que el mar Le dió mis plantas por puerto, Por Justina ofrecí el alma, Porque me cautivó á un tiempo El amor con esperanzas, Y con ciencias el ingenio. Deste, discípulo he sido, Esas montañas viviendo, A cuya docta fatiga Tanta admiracion le debo, Que puedo mudar los montes Desde un asiento á otro asiento; Y aunque puedo estos prodigios Hoy ejecutar, no puedo Atraer una hermosura A la voz de mi deseo. La causa de no poder Rendir este monstruo bello, Es que hay un Dios que la guarda, En cuyo conocimiento He venido á confesarle Por el más sumo y inmenso. El gran Dios de los cristianos Es el que á voces confieso; Que aunque es verdad que yo ahora Esclavo soy del infierno, Y que con mi sangre misma Hecha una cédula tengo, Con mi sangre he de borrarla En el martirio que espero. Si eres juez, si á los cristianos Persigues duro y sangriento, Yo lo soy; que un venerable Anciano, en el monte mesmo El carácter me imprimió Que es su primer sacramento. Ea pues, ¿qué aguardas? Venga El verdugo, y de mi cuello La cabeza me divida, O con extraños tormentos Acrisola mi constancia; Que yo rendido y resuelto A padecer dos mil muertes Estoy, porque á saber llego Que sin el gran Dios que busco, Que adoro y que reverencio, Las humanas glorias son Polvo, humo, ceniza y viento. _(Cae boca abajo en el suelo, como desmayado.)_ GOBERN. Tan absorto, Ciprïano, Me deja tu atrevimiento, Que imaginando castigos, A ninguno me resuelvo. _(Pisándole.)_ Levántate. FLORO. Desmayado, Es una estatua de hielo. ESCENA XXII. SOLDADOS, JUSTINA.—DICHOS. UN SOLD. Aquí está, señor, Justina. GOBERN. (_Ap._ Verla la cara no quiero.) Con ese vivo cadáver Todos sola la dejemos; _(Ap. á los presentes.)_ Porque cerrados los dos, Quizá mudarán de intento, Viéndose morir el uno Al otro; ó sañudo y fiero, Si no adoraren mis dioses, Morirán con mil tormentos. LELIO. _(Ap.)_ Entre el amor y el espanto Confuso voy y suspenso. FLORO. (Ap.) Tanto tengo que sentir, Que no sé qué es lo que siento. _(Vanse todos, ménos Justina.)_ ESCENA XXIII. JUSTINA; CIPRIANO, _sin sentido, en el suelo_. JUSTINA. ¿Todos os vais sin hablarme? Cuando yo contenta vengo A morir, ¡áun no me dais Muerte, porque la deseo! _(Repara en Cipriano.)_ Mas sin duda es mi castigo, Cerrada en este aposento, Darme muerte dilatada, Acompañada de un muerto, Pues sólo un cadáver me hace Compañía. ¡Oh tú, que al centro De donde saliste, vuelves! ¡Dichoso tú, si te ha puesto En este estado la fe Que adoro! CIPRIAN. _(Recobrándose.)_ Monstruo soberbio, ¿Qué aguardas, que no desatas Mi vida en?... _(Ve á Justina, y levántase.)_ ¡Válgame el cielo! _(Ap.)_ ¿No es Justina la que miro? JUSTINA. _(Ap.)_ ¿No es Ciprïano el que veo? CIPRIAN. _(Ap.)_ Mas no es ella, que en el aire La finge mi pensamiento. JUSTINA. _(Ap.)_ Mas no es él: por divertirme, Fantasmas me finge el viento. CIPRIAN. Sombra de mi fantasía... JUSTINA. Ilusion de mi deseo... CIPRIAN. Asombro de mis sentidos... JUSTINA. Horror de mis pensamientos... CIPRIAN. ¿Qué me quieres? JUSTINA. ¿Qué me quieres? CIPRIAN. Ya no te llamo. ¿A qué efecto Vienes? JUSTINA. ¿A qué efecto tú Me buscas? Ya en tí no pienso. CIPRIAN. Yo no te busco, Justina. JUSTINA. Ni yo á tu llamada vengo. CIPRIAN. Pues ¿cómo estás aquí? JUSTINA. Presa. ¿Y tú? CIPRIAN. Tambien estoy preso. Pero tu virtud, Justina, Díme ¿qué delito ha hecho? JUSTINA. No es delito, pues ha sido Por el aborrecimiento De la fe de Cristo, á quien Como á mi Dios reverencio. CIPRIAN. Bien se lo debes, Justina; Que tienes un Dios tan bueno, Que vela en defensa tuya. Haz tú que escuche mis ruegos. JUSTINA. Sí hará, si con fe le llamas. CIPRIAN. Con ella le llamo; pero Aunque dél no desconfío, Mis extrañas culpas temo. JUSTINA. Confía. CIPRIAN. ¡Ay, qué inmensos son Mis delitos! JUSTINA. Más inmensos Son sus favores. CIPRIAN. ¿Habrá Para mí perdon? JUSTINA. Es cierto. CIPRIAN. ¿Cómo, si el alma he entregado Al demonio mismo, en precio De tu hermosura? JUSTINA. No tiene Tantas estrellas el cielo, Tantas arenas el mar, Tantas centellas el fuego, Tantos átomos el dia, Ni tantas plumas el viento, Como él perdona pecados. CIPRIAN. Así, Justina, lo creo, Y por él daré mil vidas. Pero la puerta han abierto. ESCENA XXIV. FABIO, _trayendo presos á_ MOSCON, CLARIN Y LIVIA.—CIPRIANO, JUSTINA. FABIO. Entrad, que con vuestros amos Aquí habeis de quedar presos. _(Vase.)_ LIVIA. Si ellos quieren ser cristianos, ¿Acá qué culpa tenemos? MOSCON. Mucha; que los que servimos, Harto gran delito hacemos. CLARIN. Huyendo del monte, vine De un riesgo á dar á otro riesgo. ESCENA XXV. UN CRIADO.—DICHOS. CRIADO. A Justina y á Cipriano El gobernador Aurelio Llama. JUSTINA. ¡Feliz yo mil veces, Si es para el fin que deseo!— No te acobardes, Cipriano. CIPRIAN. Fe, valor y ánimo tengo; Que si de mi esclavitud La vida ha de ser el precio, Quien el alma dió por tí, ¿Qué hará en dar por Dios el cuerpo? JUSTINA. Que en la muerte te querria Dije; y pues á morir llego Contigo, Cipriano, ya Cumplí mis ofrecimientos. _(Vanse Justina, Cipriano y el criado.)_ ESCENA XXVI. MOSCON, LIVIA, CLARIN. MOSCON. ¡Qué contentos á morir Van! LIVIA. Mucho más contentos Los tres á vivir quedamos. CLARIN. No mucho; que falta un pleito Que averiguar; y aunque aquesta No es ocasion, por si luego No hay lugar, no será justo Que echemos á mal el tiempo. MOSCON. ¿Qué pleito es ese? CLARIN. Yo he estado Ausente... LIVIA. Dí. CLARIN. Un año entero, Y un año Moscon ha sido Sin mi intermision tu dueño; Y á rata por cantidad, Para que iguales estemos, Otro año has de ser mia. LIVIA. ¿Pues de mí presumes eso, Que habia de hacerte ofensa? Los dias lloraba enteros Que me tocaba llorar. MOSCON. Y yo soy testigo dello; Que el dia que no era mio Guardé á tu amistad respeto. CLARIN. Eso es falso, porque hoy No lloraba cuando dentro De su casa entré, y con ella Estabas tú muy de asiento. LIVIA. No era hoy dia de plegaria. CLARIN. Sí era, que si bien me acuerdo, El dia que me ausenté Era mio. LIVIA. Ese fué yerro. MOSCON. Ya sé en lo que el yerro ha estado. Este fué año de bisiesto, Y fueron pares los dias. CLARIN. Yo me doy por satisfecho, Porque no lo ha de apurar Todo el hombre.—Mas ¿qué es esto? _(Suena gran ruido de tempestad.)_ ESCENA XXVII. EL GOBERNADOR, GENTE; _luego_, FABIO, LELIO Y FLORO, _todos alborotados; despues_, EL DEMONIO. LIVIA. La casa se viene abajo. MOSCON. ¡Qué confusion! ¡qué portento! GOBERN. Sin duda se ha desplomado La máquina de los cielos. _(Suena la tempestad, y salen Fabio, Lelio y Floro.)_ FABIO. Apénas en el cadalso Cortó el verdugo los cuellos De Cipriano y de Justina, Cuando hizo sentimiento Toda la tierra. LELIO. Una nube, De cuyo abrasado seno Abortos horribles son Los relámpagos y truenos, Sobre nosotros cae. FLORO. Della Un disforme monstruo horrendo En las escamadas conchas De una sierpe sale, y puesto Sobre el cadalso, parece Que nos llama á su silencio. _(Descúbrese el cadalso con las cabezas y cuerpos de Justina y Cipriano, y el Demonio, en lo alto, sobre una sierpe.)_ DEMONIO. Oid, mortales, oid Lo que me mandan los cielos Que en defensa de Justina Haga á todos manifiesto. Yo fuí quien por disfamar Su virtud, formas fingiendo, Su casa escalé, y entré Hasta su mismo aposento; Y porque nunca padezca Su honesta fama desprecios, A restituir su honor De aquesta manera vengo. Ciprïano, que con ella Yace en feliz monumento, Fué mi esclavo; mas borrando Con la sangre de su cuello La cédula que me hizo, Ha dejado en blanco el lienzo; Y los dos, á mi pesar, A las esferas subiendo Del sacro solio de Dios, Viven en mejor imperio. Esta es la verdad, y yo La digo, porque Dios mesmo Me fuerza á que yo la diga, Tan poco enseñado á hacerlo. _(Cae velozmente, y húndese.)_ LELIO. ¡Qué asombro! FLORO. ¡Qué confusion! LIVIA. ¡Qué prodigio! TODOS. ¡Qué portento! GOBERN. Todos estos son encantos Que aqueste mágico ha hecho En su muerte. FLORO. Yo no sé Si los dudo ó si los creo. LELIO. A mí me admira el pensarlos. CLARIN. Yo solamente resuelvo Que si él es mágico, ha sido El mágico de los cielos. MOSCON. Pues dejando en pié la duda Del bien partido amor nuestro, Al _Mágico prodigioso_ Pedid perdon de los yerros. EL PRÍNCIPE CONSTANTE. PERSONAS. DON FERNANDO, _príncipe_. DON ENRIQUE, _príncipe_. DON JUAN COUTIÑO. EL REY DE FEZ, _viejo_. MULEY, _general_. CELIN. ALFONSO, _rey de Portugal_. TARUDANTE, _rey de Marruecos_. BRITO, _gracioso_. FÉNIX, _infanta_. ROSA. ZARA. ESTRELLA. CELIMA. _Soldados portugueses._ _Cautivos._ _Moros._ La escena es en Fez y sus contornos, y en los de Tánger. La accion principia en el año 1437. JORNADA PRIMERA. _Jardin del rey de Fez._ ESCENA PRIMERA. CAUTIVOS, _que salen cantando_; ZARA. ZARA. Cantad aquí, que ha gustado, Miéntras toma de vestir Fénix hermosa, de oir Las canciones, que ha escuchado Tal vez en los baños, llenas De dolor y sentimiento. CAUT. 1.º Música cuyo instrumento Son los hierros y cadenas Que nos aprisionan, ¿puede Haberla alegrado? ZARA. Sí: Ella escucha desde aquí. Cantad. CAUT. 2.º Esa pena excede, Zara hermosa, á cuantas son, Pues solo un rudo animal, Sin discurso racional, Canta alegre en la prision. ZARA. ¿No cantais vosotros? CAUT. 3.º Es Para divertir las penas Propias, mas no las ajenas. ZARA. Ella escucha, cantad pues. CAUTIVOS _(Cantando.)_ _Al peso de los años_ _Lo eminente se rinde;_ _Que á lo fácil del tiempo_ _No hay conquista difícil._ ESCENA II. ROSA.—DICHOS. ROSA. Despejad, cautivos; dad A vuestras canciones fin; Porque sale á este jardin Fénix á dar vanidad Al campo con su hermosura, Segunda aurora del prado. _(Vanse los cautivos.)_ ESCENA III. FÉNIX, ESTRELLA Y CELIMA, _como acabando de vestir á la Infanta_.—ZARA, ROSA. ESTREL. Hermosa te has levantado. ZARA. No blasone el alba pura Que la debe este jardin La luz ni fragancia hermosa, Ni la púrpura la rosa, Ni la blancura el jazmin. FÉNIX. El espejo. ESTREL. Es excusado Querer consultar con él Los borrones que el pincel Sobre la tez no ha dejado. _(Danle un espejo.)_ FÉNIX. ¿De qué sirve la hermosura (Cuando lo fuese la mia), Si me falta la alegría, Si me falta la ventura? CELIMA. ¿Qué sientes? FÉNIX. Si yo supiera, ¡Ay Celima! lo que siento, De mi mismo sentimiento Lisonja al dolor hiciera; Pero de la pena mia No sé la naturaleza; Que entónces fuera tristeza Lo que hoy es melancolía. Solo sé que sé sentir; Lo que sé sentir no sé; Que ilusion del alma fué. ZARA. Pues no pueden divertir Tu tristeza estos jardines, Que á la primavera hermosa Labran estatuas de rosa Sobre templos de jazmines, Hazte al mar: un barco sea Dorado carro del sol. ROSA. Y cuando tanto arrebol Errar por sus ondas vea, Con grande melancolía El jardin al mar dirá: «Ya el sol en su centro está: Muy breve ha sido este dia.» FÉNIX. Pues no me puede alegrar, Formando sombras y léjos, La emulacion, que en reflejos, Tienen la tierra y el mar; Cuando con grandezas sumas Compiten entre esplendores Las espumas á las flores, Las flores á las espumas; Porque el jardin, envidioso De ver las ondas del mar, Su curso quiere imitar; Y así el céfiro amoroso Matices rinde y olores, Que soplando en ellas bebe, Y hacen las hojas que mueve Un océano de flores; Cuando el mar, triste de ver La natural compostura Del jardin, tambien procura Adornar y componer Su playa, la pompa pierde, Y á segunda ley sujeto, Compite con dulce efeto Campo azul y golfo verde, Siendo, ya con rizas plumas, Ya con mezclados colores. El jardin un mar de flores, Y el mar un jardin de espumas: Sin duda mi pena es mucha, No la pueden lisonjear Campo, cielo, tierra y mar. ZARA. Gran pena contigo lucha. ESCENA IV. EL REY, _con un retrato_.—DICHOS. REY. Si acaso permite el mal, Cuartana de tu belleza, Dar treguas á tu tristeza, Este bello original (Que no es retrato el que tiene Alma y vida) es del infante De Marruecos, Tarudante, Que á rendir á tus piés viene Su corona: embajador Es de su parte; y no dudo Que, embajador que habla mudo, Trae embajadas de amor. Favor en su amparo tengo: Diez mil jinetes alista Que enviar á la conquista De Ceuta, que ya prevengo. Dé la vergüenza esta vez Licencia: permite amar A quien se ha de coronar Rey de tu hermosura en Fez. FÉNIX. _(Ap.)_ ¡Válgame Alá! REY. ¿Qué rigor Te suspende de esa suerte? FÉNIX. _(Ap.)_ La sentencia de mi muerte. REY. ¿Qué es lo que dices? FÉNIX. Señor, Si sabes que siempre has sido Mi dueño, mi padre y rey, ¿Qué he de decir? (_Ap._ ¡Ay Muley! ¡Grande ocasion has perdido!) El silencio (¡ay infelice!) Hace mi humildad inmensa. (_Ap._ Miente el alma, si lo piensa; Miente la voz, si lo dice.) REY. Toma el retrato. FÉNIX. _(Ap.)_ Forzada La mano le tomará; Pero el alma no podrá. _(Disparan una pieza.)_ ZARA. Esta salva es á la entrada De Muley, que hoy ha surgido Del mar de Fez. REY. Justa es. ESCENA V. MULEY, _con baston de general_.—DICHOS. MULEY. Dáme, gran señor, los piés. REY. Muley, seas bien venido. MULEY. Quien penetra el arrebol De tan soberana esfera, Y á quien en el puerto espera Tal aurora, hija del sol, Fuerza es que venga con bien. Dáme, señora, la mano, Que este favor soberano Puede mereceros quien Con amor, lealtad y fe Nuevos triunfos te previene. (_Ap._ Y fué á serviros, y viene Tan amante como fué.) FÉNIX. (_Ap._ ¡Válgame el cielo! ¿qué veo?) Tú, Muley (estoy mortal), Vengas con bien. MULEY. _(Ap.)_ No, con mal Será, si á mis ojos creo. REY. En fin, Muley, ¿qué hay del mar? MULEY. Hoy tu sufrimiento pruebas: De pesar te traigo nuevas, Porque ya todo es pesar. REY. Pues cuanto supieres dí; Que en un ánimo constante Siempre se halla igual semblante Para el bien y el mal.—Aquí Te sienta, Fénix. FÉNIX. Sí haré. REY. Todos os sentad.—Prosigue, Y nada á callar te obligue, _(Siéntanse el Rey y las damas.)_ MULEY. (_Ap._ Ni hablar ni callar podré.) Salí, como me mandaste, Con dos galeazas solas, Gran señor, á recorrer De Berbería las costas. Fué tu intento que llegase A aquella ciudad famosa, Llamada en un tiempo Elisa, Aquella que está en la boca Del Freto Hercúleo fundada, Y de Ceido nombre toma; Que Ceido, Ceuta, en hebreo Vuelto el árabe idïoma, Quiere decir hermosura, Y ella es ciudad siempre hermosa. Aquella, pues, que los cielos Quitaron á tu corona, Quizá por justos enojos Del gran profeta Mahoma, Y en oprobio de las armas Nuestras, miramos ahora Que pendones portugueses En sus torres se enarbolan, Teniendo siempre á los ojos Un padrastro que baldona Nuestros aplausos, un freno Que nuestro orgullo reporta, Un Cáucaso que detiene Al Nilo de tus victorias La corriente, y puesta en medio, El paso á España le estorba. Iba con órdenes pues De mirar y inquirir todas Sus fuerzas, para decirte La disposicion y forma Que hoy tiene, y cómo podrás A ménos peligro y costa Emprender la guerra. El cielo Te conceda la victoria Con esta restitucion, Aunque la dilate agora Mayor desdicha; pues creo Que está su empresa dudosa, Y con más necesidad Te está apellidando otra; Pues las armas prevenidas Para la gran Ceuta, importa Que sobre Tánger acudan; Porque amenazada llora De igual pena, igual desdicha, Igual ruina, igual congoja. Yo lo sé, porque en el mar Una mañana ví (á la hora Que, medio dormido el sol, Atropellando las sombras Del ocaso, desmaraña Sobre jazmines y rosas Rubios cabellos, que enjuga Con paños de oro á la aurora Lágrimas de fuego y nieve, Que el sol convirtió en aljófar), Que á largo trecho del agua Venía una gruesa tropa De naves; si bien entónces No pudo la vista absorta Determinarse á decir Si eran naos ó si eran rocas; Porque como en los matices Sutiles pinceles logran Unos visos, unos léjos, Que en perspectiva dudosa Parecen montes tal vez, Y tal ciudades famosas, Porque la distancia siempre Monstruos imposibles forma; Así en países azules Hicieron luces y sombras, Confundiendo mar y cielo, Con las nubes y las ondas, Mil engaños á la vista; Pues ella entónces curiosa, Sólo percibió los bultos Y no distinguió las formas. Primero dos pareció, Viendo que sus puntas tocan Con el cielo, que eran nubes De las que á la mar se arrojan A concebir en zafir Lluvias que en cristal abortan; Y fué bien pensado, pues Esta innumerable copia Pareció que pretendia Sorberse el mar gota á gota. Luégo de marinos monstruos Nos pareció errante copia, Que á acompañar á Neptuno Salian de sus alcobas; Pues sacudiendo las velas, Que son del viento lisonja, Pensamos que sacudian Las alas sobre las olas. Ya parecia más cerca Una inmensa Babilonia, De quien los pensiles fueron Flámulas que el viento azotan. Aquí ya desengañada La vista, mejor se informa De que era armada, pues vió A los sulcos de las proas Cuando batidas espumas Ya se encrespan, ya se entorchan, Rizarse montes de plata, De cristal cuajarse rocas. Yo, que ví tanto enemigo, Volví á su rigor la proa; Que tambien saber huir Es linaje de victoria. Y así, como más experto En estos mares, la boca Tomé en una cala, adonde, Al abrigo y á la sombra De dos montecillos, pude Resistir la poderosa Furia de tan gran poder, Que mar, cielo y tierra asombra. Pasan sin vernos, y yo Deseoso (¿quién lo ignora?) De saber dónde seguia Esta armada su derrota, A la campaña del mar Salí otra vez, donde logra El cielo mis esperanzas, En esta ocasion dichosas; Pues ví que de aquella armada Se habia quedado sola Una nave, y que en el mar Mal defendida zozobra: Porque, segun despues supe, De una tormenta, que todas Corrieron, habia salido Deshecha, rendida y rota; Y así llena de agua estaba, Sin que bastasen las bombas A agotarla, y titubeando, Ya á aquella parte, ya á estotra, Estaba á cada vaiven Si se ahoga, ó no se ahoga. Llegué á ella, y aunque moro, Les dí alivio en sus congojas; Que el tener en las desdichas Compañía, de tal forma Consuela, que el enemigo Suele servir de lisonja. El deseo de vivir Tanto á algunos les provoca, Que haciendo al intento escalas De gúmenas y maromas, A la prision se vinieron; Si bien otros les baldonan, Diciéndoles que el vivir Eterno es vivir con honra; Y áun así se resistieron: ¡Portuguesa vanagloria! De los que salieron, uno Muy por extenso me informa. Dice, pues, que aquella armada Ha salido de Lisboa Para Tánger, y que viene A sitiarla con heroica Determinacion que veas En sus almenas famosas Las quinas que ves en Ceuta Cada vez que el sol se asoma. Duarte de Portugal, Cuya fama vencedora Ha de volar con las plumas De las águilas de Roma, Envía á sus dos hermanos Enrique y Fernando, gloria Deste siglo, que los mira Coronados de victorias. Maestres de Cristo y de Avis Son, los dos pechos adornan Cruces de perfiles blancos. Una verde y otra roja. Catorce mil portugueses Son, gran señor, los que cobran Sus sueldos, sin los que vienen Sirviéndolos á su costa. Mil son los fuertes caballos, Que la soberbia española Los vistió para ser tigres, Los calzó para ser onzas. Ya á Tánger habrán llegado, Y esta, señor, es la hora Que, si su arena no pisan, Al ménos sus mares cortan. Salgamos á defenderla: Tú mismo las armas toma: Baje en tu valiente brazo El azote de Mahoma, Y del libro de la muerte Desate la mejor hoja; Que quizá se cumple hoy Una profecía heroica De Morábitos, que dicen Que en la márgen arenosa Del África ha de tener La portuguesa corona Sepulcro infeliz, y vean Que aquesta cuchilla corva, Campañas verdes y azules Volvió, con su sangre, rojas. REY. Calla, no me digas más; Que de mortal furia lleno, Cada voz es un veneno Con que la muerte me das. Yo á sus bríos arrogantes Haré que en África tengan Sepulcro, aunque armados vengan Sus maestres los Infantes. Tú, Muley, con los jinetes, De la costa parte luego, Miéntras yo en tu amparo llego; Que si, como me prometes, En escaramuzas diestras Le ocupas, porque tan presto No tomen tierra, y en esto La sangre heredada muestras, Yo tan veloz llegaré Como tú con lo restante Del ejército arrogante Que en ese campo se ve; Y así la sangre concluya Tantos duelos en un dia, Porque Ceuta ha de ser mia, Y Tánger no ha de ser suya. _(Vase.)_ ESCENA VI. FÉNIX, MULEY, ZARA, ROSA, ESTRELLA, CELIMA. MULEY. Aunque de paso, no quiero Dejar, Fénix, de decir, Ya que tengo de morir, La enfermedad de que muero; Que aunque pierdan mis recelos El respeto á tu opinion, Si celos mis penas son, Ninguno es cortés con celos. ¿Qué retrato ¡ay enemiga! En tu blanca mano ví? ¿Quién es el dichoso, dí? ¿Quién?... Mas espera, no diga Tu lengua tales agravios: Basta, sin saber quién sea, Que yo en tu mano le vea, Sin que le escuche en tus labios. FÉNIX. Muley, aunque mi deseo Licencia de amar te dió, De ofender y injuriar no. MULEY. Es verdad, Fénix, ya veo Que no es estilo ni modo De hablarte; pero los cielos Saben que, en habiendo celos, Se pierde el respeto á todo. Con grande recato y miedo Te serví, quise y amé; Mas si con amor callé, Con celos, Fénix, no puedo, No puedo. FÉNIX. No ha merecido Tu culpa satisfaccion; Pero yo por mi opinion Satisfacerte he querido; Que un agravio entre los dos Disculpa tiene; y así, Te la doy. MULEY. ¿Pues hayla? FÉNIX. Sí. MULEY. ¡Buenas nuevas te dé Dios! FÉNIX. Este retrato ha enviado... MULEY. ¿Quién? FÉNIX. Tarudante el infante. MULEY. ¿Para qué? FÉNIX. Porque ignorante Mi padre de mi cuidado... MULEY. Bien. FÉNIX. Pretende que estos dos Reinos... MULEY. No me digas más. ¿Esa disculpa me das? ¡Malas nuevas te dé Dios! FÉNIX. Pues ¿qué culpa habré tenido De que mi padre lo trate? MULEY. De haber hoy, aunque te mate, El retrato recibido. FÉNIX. ¿Pude excusarlo? MULEY. ¿Pues no? FÉNIX. ¿Cómo? MULEY. Otra cosa fingir. FÉNIX. Pues ¿qué pude hacer? MULEY. Morir; Que por tí lo hiciera yo. FÉNIX. Fué fuerza. MULEY. Mas fué mudanza. FÉNIX. Fué violencia. MULEY. No hay violencia. FÉNIX. Pues ¿qué pudo ser? MULEY. Mi ausencia. Sepulcro de mi esperanza. Y para no asegurarme De que te puedes mudar, Ya me vuelvo yo á ausentar: Vuelve, Fénix, á matarme. FÉNIX. Forzosa es la ausencia, parte... MULEY. Ya lo está el alma primero. FÉNIX. Á Tánger, que en Fez te espero, Donde acabes de quejarte. MULEY. Sí haré, si mi mal dilato. FÉNIX. Adios, que es fuerza el partir. MULEY. Oye: ¿al fin me dejas ir Sin entregarme el retrato? FÉNIX. Por el Rey no le he deshecho. MULEY. Suelta, que no será en vano Que saque yo de tu mano A quien me saca del pecho. _(Vanse.)_ * * * * * _Playa de Tánger._ ESCENA VII. _Tocan dentro un clarin, hay ruido de desembarcar, y van saliendo_ DON FERNANDO, DON ENRIQUE, DON JUAN COUTIÑO, Y SOLDADOS PORTUGUESES. D. FERN. Yo he de ser el primero, África bella, Que he de pisar tu márgen arenosa, Porque oprimida al peso de mi huella Sientas en tu cerviz la poderosa Fuerza que ha de rendirte. D. ENR. Yo en el suelo Africano la planta generosa _(Cae.)_ El segundo pondré. ¡Válgame el cielo! Hasta aquí los agüeros me han seguido. D. FERN. Pierde, Enrique, á esas cosas el recelo, Porque el caer agora, ántes ha sido Que ya, como á señor, la misma tierra Los brazos en albricias te ha pedido. D. ENR. Desierta esta campaña y esta sierra Los alarbes, al vernos, han dejado. D. JUAN. Tánger las puertas de sus muros cierra. D. FERN. Todos se han retirado á su sagrado. Don Juan Coutiño, conde de Miralva, Reconoced la tierra con cuidado: Ántes que el sol, reconociendo el alba, Con más furia nos hiera y nos ofenda, Haced á la ciudad la primer salva. Decid que defenderse no pretenda, Porque la he de ganar á sangre y fuego, Que el campo inunde, el edificio encienda. D. JUAN. Tú verás que á sus mismas puertas llego, Aunque volcan de llamas y de rayos Le deje al sol con pardas nubes ciego. _(Vase.)_ ESCENA VIII. BRITO.—DON FERNANDO, DON ENRIQUE, SOLDADOS PORTUGUESES. BRITO. ¡Gracias á Dios que abriles piso y mayos, Y en la tierra me voy por donde quiero, Sin sustos, sin vaivenes ni desmayos! Y no en el mar, adonde, si primero No se consulta un monstruo de madera, Que es juez de palo, en fin, el más ligero No se puede escapar de una carrera En el mayor peligro. ¡Ah tierra mia! No muera en agua yo, como no muera Tampoco en tierra hasta el postrero dia. D. ENR. ¡Que escuches este loco! D. FERN. Y que tu pena, Sin razon, sin arbitrio y sin consuelo[6], ¡Tanto de tí te priva y te divierte! [6] Verso suelto en una escena escrita en tercetos. Falta un verso que consuene con _dia_, y otro con _pena_. Es de creer que haya una laguna aquí. D. ENR. El alma traigo de temores llena: Echada juzgo contra mí la suerte, Desde que desde Lisboa, al salir, sólo Imágenes he visto de la muerte. Apénas, pues, al berberisco polo Prevenimos los dos esta jornada, Cuando de un parasismo el mismo Apolo Amortajado en nubes, la dorada Faz escondió, y el mar sañudo y fiero Deshizo con tormentas nuestra armada. Si miro al mar, mil sombras considero; Si al cielo miro, sangre me parece Su velo azul; si al aire lisonjero, Aves nocturnas son las que me ofrece; Si á la tierra, sepulcros representa, Donde mísero yo caiga y tropiece. D. FERN. Pues descifrarte aquí mi amor intenta Causa de un melancólico accidente. Sorbernos una nave una tormenta, Es decirnos que sobra aquella gente Para ganar la empresa á que venimos: Verter púrpura el cielo trasparente, Es gala, no es horror; que si fingimos Monstruos al agua y pájaros al viento, Nosotros hasta aquí no los trajimos; Pues si ellos aquí están, ¿no es argumento Que á la tierra que habitan inhumanos, Pronostican el fin fiero y sangriento? Estos agüeros viles, miedos vanos, Para los moros vienen, que los crean, No para que los duden los cristianos. Nosotros dos lo somos; no se emplean Nuestras armas aquí por vanagloria De que en los libros inmortales lean Ojos humanos esta gran victoria. La fe de Dios á engrandecer venimos. Suyo será el honor, suya la gloria, Si vivimos dichosos, pues morimos; El castigo de Dios justo es temerle, Este no viene envuelto en miedos vanos: A servirle venimos, no á ofenderle: Cristianos sois, haced como cristianos.— Pero ¿qué es esto? ESCENA IX. DON JUAN.—DICHOS. D. JUAN. Señor, Yendo al muro á obedecerte, A la falda de ese monte Ví una tropa de jinetes, Que de la parte de Fez Corriendo á esta parte vienen Tan veloces, que á la vista Aves, no brutos, parecen. El viento no los sustenta, La tierra apénas los siente; Y así la tierra ni el aire Saben si corren ó vuelen. D. FERN. Salgamos á recibirlos, Haciendo primero frente Los arcabuceros: luégo Los que caballos tuvieren Salgan tambien á su usanza, Con lanzas y con arneses. ¡Ea, Enrique, buen principio Esta ocasion nos ofrece! ¡Ánimo! D. ENR. ¡Tu hermano soy! No me espantan accidentes Del tiempo, ni me espantara El semblante de la muerte. _(Vanse.)_ BRITO. El cuartel de la salud Me toca á mí guardar siempre. ¡Oh qué brava escaramuza! Ya se embisten, ya acometen. ¡Famoso juego de cañas! Ponerme en cobro conviene. _(Vase.)_ _(Tocan dentro al arma.)_ * * * * * _Otro punto de la playa._ ESCENA X. DON JUAN Y DON ENRIQUE, _peleando con varios_ MOROS. D. ENR. A ellos, que ya los moros Vencidos la espalda vuelven. D. JUAN. Llenos de despojos quedan, De caballos y de gentes, Estos campos. D. ENR. ¿Don Fernando Dónde está, que no parece? D. JUAN. Tanto se ha empeñado en ellos, Que ya de vista se pierde. D. ENR. Pues á buscarle, Coutiño. D. JUAN. Siempre á tu lado me tienes. _(Vanse.)_ ESCENA XI[7]. [7] Esta escena es una especie de glosa, habilísimamente hecha, de varios romances. DON FERNANDO, _con la espada de Muley, y_ MULEY, _con adarga sola_. D. FERN. En la desierta campaña, Que tumba comun parece De cuerpos muertos, si ya No es teatro de la muerte, Solo tú, moro, has quedado, Porque rendida tu gente Se retiró, y tu caballo, Que mares de sangre vierte, Envuelto en polvo y espuma, Que él mismo levanta y pierde, Te dejó para despojo De mi brazo altivo y fuerte, Entre los sueltos caballos De los vencidos jinetes. Yo ufano con tal victoria, Que me ilustra y desvanece Más que el ver esta campaña Coronada de claveles; Pues es tanta la vertida Sangre con que se guarnece, Que la piedad de los ojos Fué tan grande, tan vêmente, De no ver siempre desdichas, De no mirar ruinas siempre, Que por el campo buscaban Entre lo rojo lo verde. En efecto, mi valor, Sujetando tus valientes Bríos, de tantos perdidos Un suelto caballo prende, Tan monstruo, que siendo hijo Del viento, adopcion pretende Del fuego, y entre los dos Lo desdice y lo desmiente El color, pues siendo blanco, Dice el agua: «Parto es este De mi esfera, sola yo Pude cuajarle de nieve.» En fin, en lo veloz, viento, Rayo en fin en lo eminente, Era por lo blanco cisne, Por lo sangriento era sierpe, Por lo hermoso era soberbio, Por lo atrevido valiente, Por los relinchos lozano Y por las cernejas fuerte. En la silla y en las ancas Puestos los dos juntamente, Mares de sangre rompimos, Por cuyas ondas crueles Este bajel animado, Hecho proa de la frente, Rompiendo el globo de nácar, Desde el codon al copete, Pareció entre espuma y sangre (Ya que bajel quise hacerle) De cuatro espuelas herido, Que cuatro vientos le mueven. Rindióse al fin, si hubo peso Que tanto Atlante oprimiese; Si bien el de las desdichas Hasta los brutos lo sienten; O ya fué, que enternecido Entre su instinto dijese: «Triste camina el alarbe Y el español parte alegre; ¿Luego yo contra mi patria Soy traidor y soy aleve?» No quiero pasar de aquí; Y puesto que triste vienes, Tanto, que aunque el corazon Disimula cuanto puede, Por la boca y por los ojos, Volcanes que el pecho enciende. Ardientes suspiros lanza Y tiernas lágrimas vierte; Admirado mi valor De ver, cada vez que vuelve, Que á un golpe de la fortuna Tanto se postre y sujete Tu valor, pienso que es otra La causa que te entristece; Porque por la libertad No era justo ni decente Que tan tiernamente llore Quien tan duramente hiere. Y así, si el comunicar Los males alivio ofrece Al sentimiento, entre tanto Que llegamos á mi gente, Mi deseo á tu cuidado, Si tanto favor merece, Con razones le pregunta Comedidas y corteses, ¿Qué sientes? pues ya he creido Que el venir preso no sientes. Comunicado el dolor, Se aplaca si no se vence; Y yo, que soy el que tuve Más parte en este accidente De la fortuna, tambien Quiero ser el que consuele De tus suspiros la causa, Si la causa lo consiente. MULEY. Valiente eres, español, Y cortés como valiente; Tan bien vences con la lengua, Como con la espada vences. Tuya fué la vida, cuando Con la espada entre mi gente Me venciste; pero agora, Que con la lengua me prendes, Es tuya el alma, porque Alma y vida se confiesen Tuyas: de ambas eres dueño, Pues ya cruel, ya clemente, Por el trato y por las armas Me has cautivado dos veces. Movido de la piedad De oirme, español, y verme, Preguntado me has la causa De mis suspiros ardientes; Y aunque confieso que el mal Repetido y dicho suele Templarse, tambien confieso Que quien le repite, quiere Aliviarse; y es mi mal Tan dueño de mis placeres, Que por no hacerles disgusto, Y que aliviado me deje, No quisiera repetirla; Mas ya es fuerza obedecerte. Y quiérotela decir Por quien soy y por quien eres. Sobrino del rey de Fez Soy; mi nombre es Muley Jeque, Familia que ilustran tantos Bajáes y belerbeyes. Tan hijo fuí de desdichas Desde mi primer oriente, Que en el umbral de la vida Nací en brazos de la muerte. Una desierta campaña, Que fué sepulcro eminente De españoles, fué mi cuna; Pues para que lo confieses, En los Gélves nací el año Que os perdísteis en los Gélves. A servir al rey mi tio Vine infante.—Pero empiecen Las penas y las desdichas: Cesen las venturas, cesen. Vine á Fez, y una hermosura, A quien he adorado siempre, Junto á mi casa vivia, Porque más cerca muriese. Desde mis primeros años, Porque más constante fuese Este amor, más imposible De acabarse y de romperse, Ambos nos criamos juntos, Y amor en nuestras niñeces No fué rayo, pues hirió En lo humilde, tierno y débil Con más fuerza que pudiera En lo augusto, altivo y fuerte; Tanto, que para mostrar Sus fuerzas y sus poderes, Hirió nuestros corazones Con arpones diferentes. Pero como la porfía Del agua en las piedras suele Hacer señal, por la fuerza No, sino cayendo siempre; Así las lágrimas mias, Porfiando eternamente. La piedra del corazon, Más que los diamantes fuerte, Labraron; y no con fuerza De méritos excelentes, Pero con mi mucho amor Vino en fin á enternecerse. En este estado viví Algun tiempo, aunque fué breve, Gozando en auras süaves Mil amorosos deleites. Ausentéme, por mi mal: Harto he dicho en ausentéme, Pues en mi ausencia otro amante Ha venido á darme muerte. Él dichoso, yo infelice, Él asistiendo, yo ausente, Yo cautivo y libre él, Me contrastara mi suerte Cuando tú me cautivaste: Mira si es bien me lamente. D. FERN. Valiente moro y galan, Si adoras como refieres, Si idolatras como dices, Si amas como encareces, Si celas como suspiras, Si como recelas temes, Y si como sientes amas, Dichosamente padeces. No quiero por tu rescate Más precio de que le aceptes. Vuélvete, y díle á tu dama Que por su esclavo te ofrece Un portugues caballero; Y si obligada pretende Pagarme el precio por tí, Yo te doy lo que me debes: Cobra la deuda en amor, Y logra tus intereses. Ya el caballo, que rendido Cayó en el suelo, parece Con el ocio y el descanso Que restituido vuelve; Y porque sé qué es amor, Y qué es tardanza en ausentes, No te quiero detener: Sube en tu caballo y véte. MULEY. Nada mi voz te responde; Que á quien liberal ofrece, Sólo aceptar es lisonja. Díme, portugues, quién eres. D. FERN. Un hombre noble, y no más. MULEY. Bien lo muestras, seas quien fueres. Para el bien y para el mal Soy tu esclavo eternamente. D. FERN. Toma el caballo, que es tarde. MULEY. Pues si á tí te lo parece, ¿Qué hará á quien vino cautivo Y libre á su dama vuelve? _(Vase.)_ D. FERN. Generosa accion es dar, Y más la vida. MULEY. _(Dentro)._ ¡Valiente Portugues! D. FERN. Desde el caballo Habla.—¿Qué es lo que me quieres? MULEY. _(Dentro.)_ Espero que he de pagarte Algun dia tantos bienes. D. FERN. Gózalos tú. MULEY. _(Dentro.)_ Porque al fin, Hacer bien nunca se pierde. Alá te guarde, español. D. FERN. Si Alá es Dios, con bien te lleve. _(Suenan dentro cajas y trompetas.)_ Mas ¿qué trompeta es esta Que el aire turba y la region molesta? Y por estotra parte Cajas se escuchan: música de Marte Son las dos. ESCENA XII. DON ENRIQUE, DON FERNANDO. D. ENR. ¡Oh Fernando! Tu persona, veloz vengo buscando. D. FERN. Enrique, ¿qué hay de nuevo? D. ENR. Aquellos ecos, Ejércitos de Fez y de Marruecos Son; porque Tarudante Al rey de Fez socorre, y arrogante El Rey con gente viene: En medio cada ejército nos tiene, De modo que cercados, Somos los sitiadores y sitiados. Si la espalda volvemos Al uno, mal del otro nos podemos Defender; pues por una y otra parte Nos deslumbran relámpagos de Marte. ¿Qué haremos, pues, de confusiones llenos? D. FERN. ¿Qué? Morir como buenos, Con ánimos constantes. ¿No somos dos Maestres, dos Infantes, Cuando bastara ser dos portugueses Particulares, para no haber visto La cara al miedo? Pues _Avis y Cristo_ A voces repitamos, Y por la fe muramos Pues á morir venimos. ESCENA XIII. DON JUAN.—DON FERNANDO, DON ENRIQUE. D. JUAN. Mala salida á tierra dispusimos. D. FERN. Ya no es tiempo de medios: A los brazos apelen los remedios, Pues uno y otro ejército nos cierra En medio. ¡Avis y Cristo! D. JUAN. ¡Guerra, guerra! _(Éntranse sacando las espadas, y dase la batalla.)_ ESCENA XIV. BRITO. Ya nos cogen en medio, Un ejército y otro, sin remedio. ¡Qué bellaca palabra! La llave eterna de los cielos abra Un resquicio siquiera, Que de aqueste peligro salga afuera Quien aquí se ha venido Sin qué ni para qué. Pero fingido Muerto estaré un instante, Y muerto lo tendré para adelante. _(Échase en el suelo.)_ ESCENA XV. UN MORO _acuchillando á_ DON ENRIQUE.—BRITO _en el suelo_. MORO. ¿Quién tanto se defiende, Siendo mi brazo rayo, que desciende Desde la cuarta esfera? D. ENR. Pues aunque yo tropiece, caiga y muera En cuerpos de cristianos, No desmaya la fuerza de las manos; Que ella de quien yo soy mejor avisa. _(Písanle, y éntranse.)_ BRITO. ¡Cuerpo de Dios con él, y qué bien pisa! ESCENA XVI. MULEY Y DON JUAN COUTIÑO _riñendo_.—BRITO. MULEY. Ver, portugues valiente, En tí fuerza tan grande, no lo siente Mi valor; pues quisiera Daros hoy la victoria. D. JUAN. ¡Pena fiera! Sin tiento y sin aviso, Son cuerpos de cristianos cuantos piso. _(Vanse los dos.)_ BRITO. Yo se lo perdonara, A trueco, mi señor, que no pisara. ESCENA XVII. DON FERNANDO, _retirándose del_ REY _y de otros_ MOROS.—BRITO. REY. Rinde la espada, altivo Portugues; que si logro el verte vivo En mi poder, prometo Ser tu amigo. ¿Quién eres? D. FERN. Un caballero soy; saber no esperes Más de mí. Dáme muerte. ESCENA XVIII. DON JUAN, _que se pone al lado de_ DON FERNANDO.—DICHOS. D. JUAN. Primero, gran señor, mi pecho fuerte, Que es muro de diamante, Tu vida guardará puesto delante. ¡Ea, Fernando mio, Muéstrese ahora el heredado brío! REY. Si esto escucho, ¿qué espero? Suspéndanse las armas, que no quiero Hoy más felice gloria; Que este preso me basta por victoria. Si tu prision ó muerte Con tal sentencia decretó la suerte, Da la espada, Fernando, Al Rey de Fez. ESCENA XIX. MULEY; _despues_ DON ENRIQUE.—DICHOS. MULEY. ¿Qué es lo que estoy mirando? D. FERN. Sólo á un rey la rindiera; Que desesperacion negarla fuera. _(Sale Don Enrique.)_ D. ENR. ¡Preso mi hermano! D. FERN. Enrique, Tu voz más sentimiento no publique; Que en la suerte importuna Estos son los sucesos de fortuna. REY. Enrique, Don Fernando Está hoy en mi poder; y aunque mostrando La ventaja que tengo, Pudiera daros muerte, yo no vengo Hoy más que á defenderme; Que vuestra sangre no viniera á hacerme Honras tan conocidas Como podrán hacerme vuestras vidas. Y para que el rescate Con más puntualidad al Rey se trate, Vuelve tú; que Fernando En mi poder se quedará, aguardando Que vengas á libralle. Pero díle á Duarte, que en llevalle Será su intento vano, Si á Ceuta no me entrega por su mano.— Y agora vuestra Alteza, A quien debo esta honra, esta grandeza, A Fez venga conmigo. D. FERN. Iré á la esfera cuyos rayos sigo. MULEY. _(Ap.)_ Porque yo tenga, ¡cielos! Más que sentir entre amistad y celos. D. FERN. Enrique, preso quedo. Ni al mal ni á la fortuna tengo miedo. Dirásle á nuestro hermano Que haga aquí como príncipe cristiano En la desdicha mia. D. ENR. ¿Pues quién de sus grandezas desconfía? D. FERN. Esto te encargo, y digo Que haga como cristiano. D. ENR. Yo me obligo A volver como tal. D. FERN. Dáme esos brazos. D. ENR. Tú eres el preso, y pónesme á mí lazos. D. FERN. Don Juan, adios. D. JUAN. Yo he de quedar contigo: De mí no te despidas. D. FERN. ¡Leal amigo! D. ENR. ¡Oh infelice jornada! D. FERN. Dirásle al Rey... Mas no le digas nada, Si con grande silencio el miedo vano Estas lágrimas lleva al Rey mi hermano. _(Vanse.)_ ESCENA XX. DOS MOROS.—BRITO. MORO 1.º Cristiano muerto es este. MORO 2.º Porque no causen peste, Echad al mar los muertos. BRITO. En dejándôs los cascos bien abiertos A tajos y á reveses; _(Levántase, y acuchíllalos.)_ Que ainda mortos somos portugueses. JORNADA SEGUNDA. _Falda de un monte cercano á los jardines del rey de Fez._ ESCENA PRIMERA. FÉNIX, _y luego_ MULEY. FÉNIX. ¡Zara! ¡Rosa! ¡Estrella! ¿No Hay quien me responda? _(Sale Muley.)_ MULEY. Sí, Que tú eres sol para mí Y para tí sombra yo, Y la sombra al sol siguió. El eco dulce escuché De tu voz, y apresuré Por esta montaña el paso. ¿Qué sientes? FÉNIX. Oye, si acaso Puedo decir lo que fué. Lisonjera, libre, ingrata, Dulce y süave una fuente Hizo apacible corriente De cristal y undosa plata; Lisonjera se desata, Porque hablaba y no sentia: Süave, porque fingia; Libre, porque claro hablaba; Dulce, porque murmuraba; É ingrata, porque corria. Aquí cansada llegué, Despues de seguir ligera En ese monte una fiera, En cuya frescura hallé Ocio y descanso; porque De un montecillo á la espalda, De quien corona y guirnalda Fueron clavel y jazmin, Sobre un catre de carmin Hice un foso de esmeralda. Apénas en él rendí El alma al susurro blando De las soledades, cuando Ruido en las hojas sentí. Atenta me puse, y ví Una caduca africana, Espíritu en forma humana, Ceño arrugado y esquivo, Que era un esqueleto vivo De lo que fué sombra vana, Cuya rústica fiereza, Cuyo aspecto esquivo y bronco Fué escultura hecha de un tronco Sin pulirse la corteza. Con melancolía y tristeza. Pasiones siempre infelices, (Para que te atemorices) Una mano me tomó, Y entónces ser tronco yo Afirmé por las raíces. Hielo introdujo en mis venas El contacto, horror las voces, Que discurriendo veloces, De mortal veneno llenas, Articuladas apénas, Esto les pude entender: «¡Ay infelice mujer! ¡Ay forzosa desventura! ¿Que en efecto esta hermosura Precio de un muerto ha de ser?» Dijo, y yo tan triste vivo, Que diré mejor que muero; Pues por instantes espero De aquel tronco fugitivo Cumplimiento tan esquivo, De aquel oráculo yerto El presagio y fin tan cierto, Que mi vida ha de tener.— ¡Ay de mí! ¡que yo he de ser Precio vil de un hombre muerto! _(Vase.)_ ESCENA II. MULEY. Fácil es de descifrar Ese sueño, esa ilusion, Pues las imágenes son De mi pena singular. A Tarudante has de dar La mano de esposa; pero Yo, que en pensarlo me muero, Estorbaré mi rigor; Que él no ha de gozar tu amor Si no me mata primero. Perderte yo, podrá ser; Mas no perderte y vivir: Luego si es fuerza el morir Ántes que lo llegue á ver, Precio mi vida ha de ser Con que ha de comprarte, ¡ay cielos! Y tú en tantos desconsuelos Precio de un muerto serás, Pues que morir me verás De amor, de envidia y de celos. ESCENA III. DON FERNANDO, TRES CAUTIVOS.—MULEY. CAUT. 1.º Desde aquel jardin te vimos, Donde estamos trabajando, Andar á caza, Fernando, Y todos juntos venimos A arrojarnos á tus piés. CAUT. 2.º Solamente este consuelo Aquí nos ofrece el cielo. CAUT. 3.º Piedad como suya es. D. FERN. Amigos, dadme los brazos; Y sabe Dios si con ellos Quisiera de vuestros cuellos Romper los nudos y lazos Que os aprisionan; que á fe Que os darian libertad Ántes que á mí; mas pensad Que favor del cielo fué Esta piadosa sentencia; Él mejorará la suerte, Que á la desdicha más fuerte Sabe vencer la prudencia. Sufrid con ella el rigor Del tiempo y de la fortuna: Deidad bárbara, importuna, Hoy cadáver y ayer flor, No permanece jamás, Y así os mudará de estado.— ¡Ay Dios! que al necesitado Darle consejo no más, No es prudencia; y en verdad, Que aunque quiera regalaros, No tengo esta vez qué daros: Mis amigos, perdonad. Ya de Portugal espero Socorro, presto vendrá: Vuestra mi hacienda será; Para vosotros la quiero. Si me vienen á sacar Del cautiverio, ya digo Que todos ireis conmigo. Id con Dios á trabajar, No disgusteis vuestros dueños. CAUT. 1.º Señor, tu vida y salud Hace nuestra esclavitud Dichosa. CAUT. 2.º Siglos pequeños Los del Fénix sean, señor, Para que vivas. _(Vanse los cautivos.)_ ESCENA IV. DON FERNANDO, MULEY. D. FERN. El alma Queda en lastimosa calma, Viendo que os vais sin favor De mis manos. ¡Quién pudiera Socorrerlos! ¡Qué dolor! MULEY. Aquí estoy viendo el amor Con que la desdicha fiera De esos cautivos tratais. D. FERN. Duélome de su fortuna, Y en la desdicha importuna Que á esos cautivos mirais Aprendo á ser infelice; Y algun dia podrá ser Que los haya menester. MULEY. ¿Eso vuestra Alteza dice? D. FERN. Naciendo infante, he llegado A ser esclavo; y así Temo venir desde aquí A más miserable estado; Que si ya en aqueste vivo, Mucha más distancia tray De infante á cautivo, que hay De cautivo á más cautivo. Un dia llama á otro dia, Y así llama y encadena Llanto á llanto y pena á pena. MULEY. ¡No fuera mayor la mia! Que vuestra Alteza mañana, Aunque hoy cautivo está, A su patria volverá; Pero mi esperanza es vana, Pues no puede alguna vez Mejorarse mi fortuna, Mudable más que la luna. D. FERN. Cortesano soy de Fez, Y nunca de los amores Que me contaste, te oí Novedad. MULEY. Fueron en mí Recatados los favores. El dueño juré encubrir; Pero á la amistad atento, Sin quebrar el juramento, Te lo tengo de decir. Tan solo mi mal ha sido Como solo mi dolor; Porque el Fénix y mi amor Sin semejante han nacido. En ver, oir y callar Fénix es mi pensamiento; Fénix es mi sufrimiento En temer, sentir y amar; Fénix mi desconfianza En llorar y padecer; En merecerla y temer Aun es Fénix mi esperanza; Fénix mi amor y cuidado; Y pues que es Fénix te digo, Como amante y como amigo, Ya lo he dicho y lo he callado. _(Vase.)_ D. FERN. Cuerdamente declaró El dueño amante y cortés: Si Fénix su pena es, No he de competirla yo; Que la mia es comun pena. No me doy por entendido; Que muchos la han padecido Y vive de enojos llena. ESCENA V. EL REY.—DON FERNANDO. REY. Por la falda deste monte Vengo siguiendo á tu Alteza, Porque, ántes que el sol se oculte Entre corales y perlas, Te diviertas en la lucha De un tigre, que ahora cercan Mis cazadores. D. FERN. Señor, Gustos por puntos inventas Para agradarme: si así A tus esclavos festejas. No echarán ménos la patria. REY. Cautivos de tales prendas Que honran al dueño, es razon Servirlos desta manera. ESCENA VI. DON JUAN.—DICHOS. D. JUAN. Sal, gran señor, á la orilla Del mar, y verás en ella El más hermoso animal Que añadió naturaleza Al artificio; porque Una cristiana galera Llega al puerto, tan hermosa, Aunque toda oscura y negra, Que al verla se duda cómo Es alegre su tristeza. Las armas de Portugal Vienen por remate della; Que como tienen cautivo A su Infante, tristes señas Visten por su esclavitud, Y á darle libertad llegan, Diciendo su sentimiento. D. FERN. Don Juan amigo, no es esa De su luto la razon; Que si á librarme vinieran, En fe de mi libertad, Fueran alegres las muestras. ESCENA VII. DON ENRIQUE, _vestido de luto, con un pliego_.—DICHOS. D. ENR. _(Al Rey.)_ Dadme, gran señor, los brazos. REY. Con bien venga vuestra Alteza. D. FERN. ¡Ay Don Juan, cierta es mi muerte! REY. ¡Ay Muley, mi dicha es cierta! D. ENR. Ya que de vuestra salud Me informa vuestra presencia, Para abrazar á mi hermano Me dad, gran señor, licencia. ¡Ay Fernando! _(Abrázanse.)_ D. FERN. Enrique mio, ¿Qué traje es ese? Mas cesa: Harto me han dicho tus ojos, Nada me diga tu lengua. No llores, que si es decirme Que es mi esclavitud eterna, Eso es lo que más deseo: Albricias pedir pudieras, Y en vez de dolor y luto Vestir galas y hacer fiestas. ¿Cómo está el Rey mi señor? Porque como salud tenga, Nada siento. ¿Aun no respondes? D. ENR. Si repetidas las penas Se sienten dos veces, quiero Que sola una vez las sientas.— Tú escúchame, gran señor; _(Al Rey.)_ Que aunque una montaña sea Rústico palacio, aquí Te pido me des audiencia, A un preso la libertad, Y atencion justa á estas nuevas. Rota y deshecha la armada, Que fué con vana soberbia Pesadumbre de las ondas, Dejando en África presa La persona del Infante, A Lisboa dí la vuelta. Desde el punto que Duarte Oyó tan trágicas nuevas, De una tristeza cubrió El corazon, de manera Que pasando á ser letargo La melancolía primera, Muriendo, desmintió á cuantos Dicen que no matan penas. Murió el Rey, que esté en el cielo. D. FERN. ¡Ay de mí! ¿Tanto le cuesta Mi prision? REY. De esa desdicha Sabe Alá lo que me pesa. Prosigue. D. ENR. En su testamento El Rey mi señor ordena Que luego por la persona Del Infante se dé á Ceuta. Y así yo con los poderes De Alfonso, que es quien le hereda, Porque solo este lucero Supliera del sol la ausencia, Vengo á entregar la ciudad; Y pues... D. FERN. No prosigas, cesa, Cesa, Enrique; porque son Palabras indignas esas, No de un portugues infante, De un maestre, que profesa De Cristo la religion, Pero áun de un hombre lo fueran Vil, de un bárbaro sin luz De la fe de Cristo eterna. Mi hermano, que está en el cielo, Si en su testamento deja Esa cláusula, no es Para que se cumpla y lea, Sino para mostrar solo Que mi libertad desea, Y esa se busque por otros Medios y otras conveniencias, O apacibles ó crueles. Porque decir: «Dése á Ceuta,» Es decir: hasta eso haced Prodigiosas diligencias. Que un rey católico y justo, ¿Cómo fuera, cómo fuera Posible entregar á un moro Una ciudad que le cuesta Su sangre, pues fué el primero Que con solo una rodela Y una espada enarboló Las quinas en sus almenas? Y esto es lo que importa ménos. Una ciudad que confiesa Católicamente á Dios, La que ha merecido iglesias Consagradas á sus cultos Con amor y reverencia, ¿Fuera católica accion, Fuera religion expresa, Fuera cristiana piedad, Fuera hazaña portuguesa Que los templos soberanos, Atlantes de las esferas, En vez de doradas luces, Adonde el sol reverbera, Vieran otomanas sombras; Y que sus lunas opuestas En la iglesia, estos eclipses Ejecutasen tragedias? ¿Fuera bien que sus capillas A ser establos vinieran, Sus altares á pesebres, Y cuando aquesto no fuera, Volvieran á ser mezquitas? Aquí enmudece la lengua, Aquí me falta el aliento, Aquí me ahoga la pena; Porque en pensarlo no más El corazon se me quiebra, El cabello se me eriza Y todo el cuerpo me tiembla. Porque establos y pesebres No fuera la vez primera Que hayan hospedado á Dios; Pero en ser mezquitas, fueran Un epitafio, un padron De nuestra inmortal afrenta, Diciendo: «Aquí tuvo Dios Posada, y hoy se la niegan Los cristianos, para darla Al demonio.» Aun no se cuenta (Acá moralmente hablando) Que nadie en casa se atreva De otro á ofenderle: ¿era justo Que entrara en su casa mesma A ofender á Dios el vicio, Y que acompañado fuera De nosotros, y nosotros Le guardáramos la puerta, Y para dejarle dentro A Dios echásemos fuera? Los católicos que habitan Con sus familias y haciendas Hoy, quizá prevaricaran En la fe, por no perderlas. ¿Fuera bien ocasionar Nosotros la contingencia Deste pecado? Los niños Que tiernos crian en ella Los cristianos, ¿fuera bueno Que los moros indujeran A sus costumbres y ritos Para vivir en su secta? ¿En mísero cautiverio Fuera bueno que murieran Hoy tantas vidas, por una Que no importa que se pierda? ¿Quién soy yo? ¿soy más que un hombre? Si es número que acrecienta El ser infante, ya soy Un cautivo: de nobleza No es capaz el que es esclavo; Yo lo soy: luego ya yerra El que infante me llamare. Si no lo soy, ¿quién ordena Que la vida de un esclavo En tanto precio se venda? Morir es perder el sér, Yo le perdí en una guerra: Perdí el sér, luego morí: Morí, luego ya no es cuerda Hazaña que por un muerto Hoy tantos vivos perezcan. Y así estos vanos poderes, Hoy, divididos en piezas, Serán átomos del sol, Serán del fuego centellas. _(Rompe el pliego que traia Don Enrique.)_ Mas no, yo los comeré Porque áun no quede una letra Que informe al mundo que tuvo La lusitana nobleza Este intento.—Rey, yo soy Tu esclavo, dispon, ordena De mí; libertad no quiero, Ni es posible que la tenga. Enrique, vuelve á tu patria: Dí que en África me dejas Enterrado; que mi vida Yo haré que muerte parezca. Cristianos, Fernando es muerto; Moros, un esclavo os queda; Cautivos, un compañero Hoy se añade á vuestras penas; Cielos, un hombre restaura Vuestras divinas iglesias; Mar, un mísero, con llanto, Vuestras ondas acrecienta; Montes, un triste os habita, Igual ya de vuestras fieras; Viento, un pobre con sus voces Os duplica las esferas; Tierra, un cadáver hoy labra En tus entrañas su huesa: Porque rey, hermano, moros, Cristianos, sol, luna, estrellas, Cielo, tierra, mar y viento, Fieras, montes, todos sepan Que hoy un _príncipe constante_, Entre desdichas y penas, La fe católica ensalza, La ley de Dios reverencia; Pues cuando no hubiera otra Razon más que tener Ceuta Una iglesia consagrada Á la Concepcion eterna De la que es Reina y Señora De los cielos y la tierra, Perdiera, vive ella misma, Mil vidas en su defensa. REY. Desagradecido, ingrato A las glorias y grandezas De mi reino, ¿cómo así Hoy me quitas, hoy me niegas Lo que más he deseado? Mas si en mi reino gobiernas Más que en el tuyo, ¿qué mucho Que la esclavitud no sientas? Pero ya que esclavo mio Te nombras y te confiesas, Como á esclavo he de tratarte: Tu hermano y los tuyos vean Que ya como vil esclavo Los piés ahora me besas. D. ENR. ¡Qué desdicha! MULEY. ¡Qué dolor! D. ENR. ¡Qué desventura! D. JUAN. ¡Qué pena! REY. Mi esclavo eres. D. FERN. Es verdad, Y poco en eso te vengas; Que si para una jornada Salió el hombre de la tierra Al fin de varios caminos, Es para volver á ella. Más tengo que agradecerte Que culparte, pues me enseñas Atajos para llegar A la posada más cerca. REY. Siendo esclavo tú, no puedes Tener títulos ni rentas. Hoy Ceuta está en tu poder: Si cautivo te confiesas, Si me confiesas por dueño, ¿Por qué no me das á Ceuta? D. FERN. Porque es de Dios, y no es mia. REY. ¿No es precepto de obediencia Obedecer al señor? Pues yo te mando con ella Que la entregues. D. FERN. En lo justo Dice el cielo que obedezca El esclavo á su señor; Porque si el señor dijera Á su esclavo que pecara, Obligacion no tuviera De obedecerle; porque Quien peca mandado, peca. REY. Daréte muerte. D. FERN. Esa es vida. REY. Pues para que no lo sea, Vive muriendo; que yo Rigor tengo. D. FERN. Y yo paciencia. REY. Pues no tendrás libertad. D. FERN. Pues no será tuya Ceuta. REY. ¡Hola! ESCENA VIII. CELIN, MOROS.—DICHOS. CELIN. Señor... REY. Luego al punto Aquese cautivo sea Igual á todos: al cuello Y á los piés le echad cadenas; A mis caballos acuda Y en baño y jardin, y sea Abatido como todos; No vista ropas de seda, Sino sarga humilde y pobre; Coma negro pan, y beba Agua salobre; en mazmorras Húmedas y oscuras duerma; Y á criados y á vasallos Se extienda aquesta sentencia. Llevadlos todos. D. ENR. ¡Qué llanto! MULEY. ¡Qué desdicha! D. JUAN. ¡Qué tristeza! REY. Veré, bárbaro, veré Si llega á más tu paciencia Que mi rigor. D. FERN. Sí verás; Porque esta en mí será eterna. _(Llévanle.)_ REY. Enrique, por el seguro De mi palabra, que vuelvas A Lisboa te permito; El mar africano deja. Dí en tu patria que su Infante, Su Maestre de Avis, queda Curándome los caballos; Que á darle libertad vengan. D. ENR. Sí harán, que si yo le dejo En su infelice miseria, Y me sufre el corazon El no acompañarle en ella, Es porque pienso volver Con más poder y más fuerza, Para darle libertad. REY. Muy bien harás, como puedas. MULEY. _(Ap.)_ Ya ha llegado la ocasion De que mi lealtad se vea. La vida debo á Fernando, Yo le pagaré la deuda. _(Vanse.)_ * * * * * _Jardin._ ESCENA IX. CELIN; DON FERNANDO, _de cautivo y con cadenas; despues_, CAUTIVOS. CELIN. El Rey manda que asistas En aqueste jardin, y no resistas Su ley á tu obediencia. _(Vase.)_ D. FERN. Mayor que su rigor, es mi paciencia. _(Salen varios cautivos, y uno canta miéntras los otros cavan en el jardin.)_ CAUT. 1.º _(Canta.)_ _Á la conquista de Tánger,_ _Contra el tirano de Fez,_ _Al infante Don Fernando_ _Envió su hermano el Rey._ D. FERN. ¡Que un instante mi historia No deje de cansar á la memoria! Triste estoy y turbado. CAUT. 2.º ¿Cautivo, cómo estais tan descuidado? No lloreis, consolaos; que ya el Maestre Dijo que volveremos Presto á la patria, y libertad tendremos. Ninguno ha de quedar en este suelo. D. FERN. _(Ap.)_ ¡Qué presto perdereis ese consuelo! CAUT. 2.º Consolad los rigores, Y ayudadme á regar aquestas flores. Tomad los cubos, y agua me id trayendo De aquel estanque. D. FERN. Obedecer pretendo. Buen cargo me habeis dado, Pues agua me pedís; que mi cuidado, Sembrando penas, cultivando enojos, Llenará en la corriente de mis ojos. _(Vase.)_ CAUT. 2.º A este baño han echado Más cautivos. ESCENA X. DON JUAN Y OTRO CAUTIVO.—DICHOS. D. JUAN. Miremos con cuidado Si estos jardines fueron Donde vino, ó si acaso éstos le vieron; Porque en su compañía Ménos el llanto y el dolor sería, Y mayor el consuelo.— Dígasme, amigo, que te guarde el cielo, Si viste cultivando Este jardin al maestre Don Fernando. CAUT. 2.º No, amigo, no le he visto. D. JUAN. Mal el dolor y lágrimas resisto. CAUT. 3.º Digo que el baño abrieron, Y que nuevos cautivos á él vinieron. ESCENA XI. DON FERNANDO, _con dos cubos de agua_.—DICHOS. D. FERN. Mortales, no os espante Ver un maestre de Avis, ver un infante En tan mísera afrenta; Que el tiempo estas miserias representa. D. JUAN. Pues señor, ¡vuestra Alteza En tan mísero estado! De tristeza Rompa el dolor el pecho. D. FERN. ¡Válgate Dios, qué gran pesar me has hecho, Don Juan, en descubrirme! Que quisiera ocultarme y encubrirme Entre mi misma gente, Sirviendo pobre y miserablemente. CAUT. 1.º Señor, que perdoneis humilde os ruego Haber andado yo tan loco y ciego. CAUT. 2.º Dános, señor, tus piés. D. FERN. Alzad, amigo, No hagais tal ceremonia ya conmigo. D. JUAN. Vuestra Alteza... D. FERN. ¿Qué Alteza Ha de tener quien vive en tal bajeza? Ved que yo humilde vivo, Y soy entre vosotros un cautivo: Ninguno ya me trate Sino como á su igual. D. JUAN. ¡Que no desate Un rayo el cielo para darme muerte! D. FERN. Don Juan, no ha de quejarse desa suerte Un noble. ¿Quién del cielo desconfía? La prudencia, el valor, la bizarría Se ha de mostrar ahora. ESCENA XII. ZARA, _con un azafate_.—DICHOS. ZARA. Al jardin sale Fénix mi señora, Y manda que matices y colores Borden este azafate de sus flores. D. FERN. Yo llevársele espero, Que en cuanto sea servir, seré el primero. CAUT. 1.º Ea, vamos á cogellas. ZARA. Aquí os aguardo miéntras vais por ellas. D. FERN. No me hagais cortesías: Iguales vuestras penas y las mias Son; y pues nuestra suerte, Si hoy no, mañana ha de igualar la muerte, No será accion liviana No dejar hoy que hacer para mañana. _(Vanse el Infante y todos haciéndole cortesías, y quédase Zara.)_ ESCENA XIII. FÉNIX, ROSA, ZARA. FÉNIX. ¿Mandaste que me trajesen Las flores? ZARA. Ya lo mandé. FÉNIX. Sus colores deseé. Para que me divirtiesen. ROSA. ¡Que tales, señora, fuesen, Creyendo tus fantasías, Tus graves melancolías! ZARA. ¿Qué te obligó á estar así? FÉNIX. No fué sueño lo que ví, Que fueron desdichas mias. Cuando sueña un desdichado Que es dueño de algun tesoro, Ni dudo, Zara, ni ignoro Que entónces es bien soñado; Mas si á soñar ha llegado En fortuna tan incierta, Que desdichas le concierta, Ya aquello sus ojos ven, Pues soñando el mal y el bien, Halla el mal cuando despierta. Piedad no espero ¡ay de mí! Porque mi mal será cierto. ZARA. ¿Y qué dejas para el muerto, Si tú lo sientes así? FÉNIX. Ya mis desdichas creí. ¡Precio de un muerto! ¿Quién vió Tal pena? No hay gusto, no, A una infelice mujer. ¿Que al fin de un muerto he de ser? ¿Quién será este muerto? ESCENA XIV. DON FERNANDO, _con las flores_.—FÉNIX, ZARA, ROSA. D. FERN. Yo. FÉNIX. ¡Ay cielos! ¿Qué es lo que veo? D. FERN. ¿Qué te admira? FÉNIX. De una suerte Me admira el oirte y verte. D. FERN. No lo jures, bien lo creo. Yo pues, Fénix, que deseo Servirte humilde, traia Flores, de la suerte mia Jeroglíficos, señora, Pues nacieron con la aurora, Y murieron con el dia. FÉNIX. Á la maravilla dió Ese nombre al descubrilla. D. FERN. ¿Qué flor, dí, no es maravilla Cuando te la sirvo yo? FÉNIX. Es verdad. Dí, ¿quién causó Esta novedad? D. FERN. Mi suerte. FÉNIX. ¿Tan rigurosa es? D. FERN. Tan fuerte. FÉNIX. Pena das. D. FERN. Pues no te asombre. FÉNIX. ¿Por qué? D. FERN. Porque nace el hombre Sujeto á fortuna y muerte. FÉNIX. ¿No eres Fernando? D. FERN. Sí soy. FÉNIX. ¿Quién te puso así? D. FERN. La ley De esclavo. FÉNIX. ¿Quién la hizo? D. FERN. El Rey. FÉNIX. ¿Por qué? D. FERN. Porque suyo soy. FÉNIX. ¿Pues no te ha estimado hoy? D. FERN. Y tambien me ha aborrecido. FÉNIX. ¿Un dia posible ha sido A desunir dos estrellas? D. FERN. Para presumir por ellas, Las flores habrán venido. Estas, que fueron pompa y alegría Despertando al albor de la mañana, A la tarde serán lástima vana, Durmiendo en brazos de la noche fria. Este matiz, que al cielo desafía, Iris listado de oro, nieve y grana, Será escarmiento de la vida humana: ¡Tanto se emprende en término de un dia! A florecer las rosas madrugaron, Y para envejecerse florecieron: Cuna y sepulcro en un boton hallaron. Tales los hombres sus fortunas vieron: En un dia nacieron y espiraron; Que pasados los siglos, horas fueron. FÉNIX. Horror y miedo me has dado, Ni oirte ni verte quiero; Sé el desdichado primero De quien huye un desdichado. D. FERN. ¿Y las flores? FÉNIX. Si has hallado Jeroglíficos en ellas, Deshacellas y rompellas Sólo sabrán mis rigores. D. FERN. ¿Qué culpa tienen las flores? FÉNIX. Parecerse á las estrellas. D. FERN. ¿Ya no las quieres? FÉNIX. Ninguna Estimo en su rosicler. D. FERN. ¿Cómo? FÉNIX. Nace la mujer Sujeta á muerte y fortuna; Y en esta estrella importuna Tasada mi vida ví. D. FERN. ¿Flores con estrellas? FÉNIX. Sí. D. FERN. Aunque sus rigores lloro, Esa propiedad ignoro. FÉNIX. Escucha, sabráslo. D. FERN. Dí. FÉNIX. Esos rasgos de luz, esas centellas Que cobran con amagos superiores Alimentos del sol en resplandores, Aquello viven que se duele dellas. Flores nocturnas son; aunque tan bellas, Efímeras padecen sus ardores; Pues si un dia es el siglo de las flores, Una noche es la edad de las estrellas. De esa, pues, primavera fugitiva Ya nuestro mal, ya nuestro bien se infiere: Registro es nuestro, ó muera el sol ó viva. ¿Qué duracion habrá que el hombre espere, O qué mudanza habrá, que no reciba De astro, que cada noche nace y muere? _(Vanse Fénix, Zara y Rosa.)_ ESCENA XV. MULEY.—DON FERNANDO. MULEY. A que se ausentase Fénix En esta parte esperé; Que el águila más amante Huye de la luz tal vez. ¿Estamos solos? D. FERN. Sí. MULEY. Escucha. D. FERN. ¿Qué quieres, noble Muley? MULEY. Que sepas que hay en el pecho De un moro lealtad y fe. No sé por dónde empezar A declararme, ni sé Si diga cuánto he sentido Este inconstante desden Del tiempo, este estrago injusto De la suerte, este cruel Ejemplo del mundo, y este De la fortuna vaiven. Pero á riesgo estoy, si aquí Hablar contigo me ven; Que tratarte sin respeto Es ya decreto del Rey. Y así, á mi dolor dejando La voz, que él podrá más bien Explicarse como esclavo, Vengo á arrojarme á esos piés. Yo lo soy tuyo, y así No vengo, Infante, á ofrecer Mi favor, sino á pagar Deuda que un tiempo cobré. La vida que tú me diste, Vengo á darte; que hacer bien Es tesoro que se guarda Para cuando es menester. Y porque el temor me tiene Con grillos de miedo al pié, Y está mi pecho y mi cuello Entre el cuchillo y cordel, Quiero, acortando discursos, Declararme de una vez. Y así digo, que esta noche Tendré en el mar un bajel Prevenido; en las troneras De las mazmorras pondré Instrumentos, que desarmen Las prisiones que teneis. Luégo, por parte de afuera, Los candados romperé: Tú con todos los cautivos, Que Fez encierra hoy en él, Vuelve á tu patria, seguro De que yo lo quedo en Fez; Pues es fácil el decir Que ellos pudieron romper La prision; y así los dos Habremos librado bien, Yo el honor y tú la vida; Pues es cierto que á saber El Rey mi intento, me diera Por traidor con justa ley, Que no sintiera el morir. Y porque son menester Para granjear voluntades Dineros, aquí se ve A estas joyas reducido Innumerable interes. Este es, Fernando, el rescate De mi prision, esta es La obligacion que te tengo; Que un esclavo noble y fiel Tan inmenso bien habia De pagar alguna vez. D. FERN. Agradecerte quisiera La libertad; pero el Rey Sale al jardin. MULEY. ¿Hate visto Conmigo? D. FERN. No. MULEY. Pues no des Que sospechar. D. FERN. Destos ramos Haré rústico cancel, Que me encubra miéntras pasa. _(Escóndese.)_ ESCENA XVI. EL REY.—MULEY. REY. (_Ap._ ¿Con tal secreto Muley Y Fernando? ¿Y irse el uno En el punto que me ve, Y disimular el otro? Algo hay aquí que temer. Sea cierto, ó no sea cierto, Mi temor procuraré Asegurar.) Mucho estimo... MULEY. Gran señor, dáme tus piés. REY. Hallarte aquí. MULEY. ¿Qué me mandas? REY. Mucho he sentido el no ver A Ceuta por mia. MULEY. Conquista, Coronado de laurel, Sus muros; que á tu valor Mal se podrá defender. REY. Con más doméstica guerra Se ha de rendir á mis piés. MULEY. ¿De qué suerte? REY. Desta suerte: Con abatir y poner A Fernando en tal estado, Que él mismo á Ceuta me dé. Sabrás, pues, Muley amigo, Que yo he llegado á temer Que del Maestre la persona No está muy segura en Fez. Los cautivos, que en estado Tan abatido le ven, Se lastiman, y recelo Que se amotinen por él. Fuera desto, siempre ha sido Poderoso el interes; Que las guardas con el oro Son fáciles de romper. MULEY. (_Ap._ Yo quiero apoyar agora Que todo esto puede ser, Porque de mí no se tenga Sospecha.) Tú temes bien, Fuerza es que quieran librarle. REY. Pues sólo un remedio hallé, Porque ninguno se atreva A atropellar mi poder. MULEY. ¿Y es, señor? REY. Muley, que tú Le guardes, y á cargo esté Tuyo; á tí no ha de torcerte Ni el temor ni el interes. Alcaide eres del Infante, Procura el guardarle bien; Porque en cualquiera ocasion Tú me has de dar cuenta dél. _(Vase.)_ MULEY. Sin duda alguna que oyó Nuestros conciertos el Rey. ¡Válgame Alá! ESCENA XVII. DON FERNANDO.—MULEY. D. FERN. ¿Qué te aflige? MULEY. ¿Has escuchado? D. FERN. Muy bien. MULEY. ¿Pues para qué me preguntas Qué me aflige, si me ves En tan ciega confusion, Y entre mi amigo y el Rey, El amistad y el honor Hoy en batalla se ven? Si soy contigo leal, He de ser traidor con él; Ingrato seré contigo, Si con él me juzgo fiel. ¿Qué he de hacer (¡valedme, cielos!), Pues al mismo que llegué A rendir la libertad, Me entrega, para que esté Seguro en mi confianza? ¿Qué he de hacer si ha echado el Rey Llave maestra al secreto? Mas para acertarlo bien, Te pido que me aconsejes: Díme tú qué debo hacer. D. FERN. Muley, amor y amistad En grado inferior se ven Con la lealtad y el honor. Nadie iguala con el Rey; El solo es igual consigo: Y así mi consejo es Que á él le sirvas y me faltes. Tu amigo soy; y porque Esté seguro tu honor, Yo me guardaré tambien; Y aunque otro llegue á ofrecerme Libertad, no acetaré La vida, porque tu honor Conmigo seguro esté. MULEY. Fernando, no me aconsejas Tan leal como cortés. Sé que te debo la vida, Y que pagártela es bien; Y así lo que está tratado, Esta noche dispondré. Líbrate tú, que mi vida Se quedará á padecer Tu muerte: líbrate tú, Que nada temo despues. D. FERN. ¿Y será justo que yo Sea tirano y cruel Con quien conmigo es piadoso, Y mate al honor cruel Que á mí me está dando vida? No, y así te quiero hacer Juez de mi causa y mi vida: Aconséjame tambien. ¿Tomaré la libertad De quien queda á padecer Por mí? ¿Dejaré que sea Uno con su honor cruel, Por ser liberal conmigo? ¿Qué me aconsejas? MULEY. No sé; Que no me atrevo á decir Sí ni no: el no, porque Me pesará que lo diga; Y el sí, porque echo de ver Si voy á decir que sí, Que no te aconsejo bien. D. FERN. Sí aconsejas, porque yo, Por mi Dios y por mi ley, Seré un príncipe constante En la esclavitud de Fez. JORNADA TERCERA. _Sala de una quinta del rey moro._ ESCENA PRIMERA. MULEY, EL REY. MULEY. (_Ap._ Ya que socorrer no espero, Por tantas guardas del Rey, A Don Fernando, hacer quiero Sus ausencias, que esta es ley De un amigo verdadero.) Señor, pues yo te serví En tierra y mar, como sabes, Si en tu gracia merecí Lugar, en penas tan graves Atento me escucha. REY. Dí. MULEY. Fernando... REY. No digas más. MULEY. ¿Posible es que no me oirás? REY. No, que diciendo Fernando, Ya me ofendes. MULEY. ¿Cómo, ó cuándo? REY. Como ocasion no me das De hacer lo que me pidieres, Cuando me ruegas por él. MULEY. ¿Si soy su guarda, no quieres, Señor, que dé cuenta dél? REY. Dí; pero piedad no esperes. MULEY. Fernando, cuya importuna Suerte, sin piedad alguna Vive, á pesar de la fama, Tanto que el mundo le llama El monstruo de la fortuna, Examinando el rigor, Mejor dijera el poder De tu corona, señor, Hoy á tan mísero sér Le ha traido su valor, Que en un lugar arrojado, Tan humilde y desdichado, Que es indigno de tu oido, Enfermo, pobre y tullido, Piedad pide al que ha pasado; Porque como le mandaste Que en la mazmorra durmiese, Que en los baños trabajase, Que tus caballos curase Y nadie á comer le diese, A tal extremo llegó, Como era su natural Tan flaco, que se tulló; Y así la fuerza del mal Brío y majestad rindió. Pasando la noche fria En una mazmorra dura, Constante en su fe porfía; Y al salir la lumbre pura Del sol, que es padre del dia, Los cautivos (¡pena fiera!) En una mísera estera Le ponen en tal lugar, Que es, ¿dirélo? un muladar; Porque es su olor de manera, Que nadie puede sufrille Junto á su casa; y así Todos dan en despedílle, Y ha venido á estar allí Sin hablalle y sin oílle, Ni compadecerse dél. Sólo un criado y un fiel Caballero en pena extraña Le consuela y acompaña. Estos dos parten con él Su porcion, tan sin provecho, Que para uno solo es poca; Pues cuando los labios toca, Se suele pasar al pecho Sin que lo sepa la boca; Y áun á estos dos los castiga Tu gente, por la piedad Que al dueño á servir obliga; Mas no hay rigor ni crueldad, Por más que ya los persiga, Que dél los pueda apartar. Miéntras uno va á buscar De comer, el otro queda Con quien consolarse pueda De su desdicha y pesar. Acaba ya rigor tanto: Tén del Príncipe, señor, Puesto en tan fiero quebranto, Ya que no piedad, horror; Asombro, ya que no llanto. REY. Bien está, Muley. ESCENA II. FÉNIX.—DICHOS. FÉNIX. Señor, Si ha merecido en tu amor Gracia alguna mi humildad, Hoy á vuestra Majestad, Vengo á pedir un favor. REY. ¿Qué podré negarte á tí? FÉNIX. Fernando el Maestre... REY. Está bien; Ya no hay que pasar de ahí. FÉNIX. Horror da á cuantos le ven En tal estado; de tí Sólo merecer quisiera... REY. ¡Detente, Fénix, espera! ¿Quién á Fernando le obliga Para que su muerte siga, Para que infelice muera? Si por ser cruel y fiel A su fe, sufre castigo Tan dilatado y cruel, Él es el cruel consigo, Que yo no lo soy con él. ¿No está en su mano el salir De su miseria, y vivir? Pues eso en su mano está, Entregue á Ceuta, y saldrá De padecer y sentir Tantas penas y rigores. ESCENA III. CELIN.—DICHOS. CELIN. Licencia aguardan que des, Señor, dos embajadores: De Tarudante uno es, Y el otro del portugues Alfonso. FÉNIX. _(Ap.)_ ¿Hay penas mayores? Sin duda que por mí envía Tarudante. MULEY. _(Ap.)_ Hoy perdí, cielos, La esperanza que tenía. Mátenme amistad y celos, Todo lo perdí en un dia. REY. Entren, pues. En este estrado _(Vase Celin.)_ Conmigo te asienta, Fénix. _(Siéntanse.)_ ESCENA IV. DON ALFONSO Y TARUDANTE, _cada uno por su parte_.—DICHOS. TARUD. Generoso rey de Fez... D. ALF. Rey de Fez altivo y fuerte... TARUD. Cuya fama... D. ALF. Cuya vida... TARUD. Nunca muera... D. ALF. Viva siempre... TARUD. _(A Fénix.)_ Y tú de aquel sol aurora... D. ALF. Tú de aquel ocaso oriente... TARUD. A pesar de siglos dures... D. ALF. A pesar de tiempos reines... TARUD. Porque tengas... D. ALF. Porque goces... TARUD. Felicidades... D. ALF. Laureles... TARUD. Altas dichas... D. ALF. Triunfos grandes... TARUD. Pocos males... D. ALF. Muchos bienes... TARUD. ¿Cómo miéntras hablo yo, Tú, cristiano, á hablar te atreves? D. ALF. Porque nadie habla primero Que yo, donde yo estuviere. TARUD. A mí, por ser de nacion Alarbe, el lugar me deben Primero; que los extraños Donde hay propios, no prefieren. D. ALF. Donde saben cortesía, Sí hacen; pues vemos siempre Que dan en cualquiera parte El mejor lugar al huésped. TARUD. Cuando esa razon lo fuera, Aun no pudiera vencerme; Porque el primero lugar Sólo se le debe al huésped. REY. Ya basta, y los dos ahora En mis estrados se sienten. Hable el portugues, que en fin Por de otra ley se le debe Más honor. TARUD. _(Ap.)_ Corrido estoy. D. ALF. Ahora yo seré breve: Alfonso de Portugal, Rey famoso, á quien celebre La fama en lenguas de bronce A pesar de envidia y muerte, Salud te envía, y te ruega Que pues libertad no quiere Fernando, como su vida La ciudad de Ceuta cueste, Que reduzcas su valor Hoy á cuantos intereses El más avaro codicie, El más liberal desprecie; Y que dará en plata y oro Tanto precio como pueden Valer dos ciudades. Esto Te pide amigablemente; Pero si no se le entregas, Que ha de librarle promete Por armas, á cuyo efecto Ya sobre la espalda leve Del mar ciudades fabrica De mil armados bajeles; Y jura que á sangre y fuego Ha de librarle y vencerte, Dejando aquesta campaña Llena de sangre, de suerte, Que cuando el sol se levante Halle los matices verdes Esmeraldas, y los pierda Rubíes cuando se acueste. TARUD. Aunque como embajador No me toca responderte, En cuanto toca á mi Rey, Puedo, cristiano, atreverme, Porque ya es suyo este agravio, Como hijo que obedece Al Rey mi señor; y así Decir de su parte puedes A Don Alfonso, que venga, Porque en término más breve Que hay de la noche á la aurora, Vea en púrpura caliente Agonizar estos campos, Tanto que los cielos piensen Que se olvidaron de hacer Otras flores que claveles. D. ALF. Si fueras, moro, mi igual, Pudiera ser que se viese Reducida esta victoria A dos jóvenes valientes; Mas díle á tu Rey que salga Si ganar fama pretende; Que yo haré que salga el mio. TARUD. Casi has dicho que lo eres, Y siendo así, Tarudante Sabrá tambien responderte. D. ALF. Pues en campaña te espero. TARUD. Yo haré que poco me esperes, Porque soy rayo. D. ALF. Yo viento. TARUD. Volcan soy que llamas vierte. D. ALF. Hidra soy que fuego arroja. TARUD. Yo soy furia. D. ALF. Yo soy muerte. TARUD. ¿Que no te espantes de oirme? D. ALF. ¿Que no te mueras de verme? REY. Señores, vuestras Altezas, Ya que los enojos pueden Correr al sol las cortinas Que le embozan y oscurecen, Adviertan que en tierra mia Campo aplazarse no puede Sin mí; y así yo le niego, Para que tiempo me quede De serviros. D. ALF. No recibo Yo hospedaje ni mercedes De quien recibo pesares. Por Fernando vengo: el verle Me obligó á llegar á Fez Disfrazado desta suerte: Ántes de entrar en tu corte Supe que á esta quinta alegre Asistias; y así vine A hablarte, porque fin diese La esperanza que me trajo; Y pues tan mal me sucede, Advierte, señor, que solo La respuesta me detiene. REY. La respuesta, rey Alfonso, Será compendiosa y breve: Que si no me das á Ceuta, No hayas miedo que le lleves. D. ALF. Pues ya he venido por él, Y he de llevarle: prevente Para la guerra que aplazo.— Embajador, ó quien eres, Véamonos en la campaña. ¡Hoy toda el África tiemble! _(Vase.)_ ESCENA V. EL REY, FÉNIX, MULEY, TARUDANTE. TARUD. Ya que no pude lograr La fineza, hermosa Fénix, De serviros como esclavo, Logre al ménos la de verme A vuestros piés. Dad la mano A quien un alma os ofrece. FÉNIX. Vuestra Alteza, gran señor, Finezas y honras no aumente A quien le estima, pues sabe Lo que á sí mismo se debe. MULEY. _(Ap.)_ ¿Qué espera quien esto llega A ver y no se da muerte? REY. Ya que vuestra Alteza vino A Fez impensadamente, Perdone del hospedaje La cortedad. TARUD. No consiente Mi ausencia más dilacion Que la de un plazo muy breve; Y supuesto que venía Mi embajador con poderes Para llevar á mi esposa, Como tú dispuesto tienes, No, por haberlo yo sido, Mi fineza desmerece La brevedad de la dicha. REY. En todo, señor, me vences; Y así por pagar la deuda, Como porque se previenen Tantas guerras, es razon Que desocupado quede Destos cuidados; y así Volverte luégo conviene Ántes que ocupen el paso Las amenazadas huestes[8] De Portugal. [8] _Amenazadas_ significa en este lugar _las que amenazan_ ó _las anunciadas_. TARUD. Poco importa, Porque yo vengo con gente Y ejército numeroso, Tal, que esos campos parecen Más ciudades que desiertos, Y volveré brevemente Con ella á ser tu soldado. REY. Pues luégo es bien que se apreste La jornada; pero en Fez Será bien, Fénix, que entres A alegrar á esa ciudad. Muley. MULEY. Gran señor. REY. Prevente, Que con la gente de guerra Has de ir sirviendo á Fénix, Hasta que quede segura, Y con su esposo la dejes. MULEY. _(Ap.)_ Esto sólo me faltaba, Para que, estando yo ausente, Aun le falte mi socorro A Fernando, y no le quede Esta pequeña esperanza. _(Vanse.)_ . . . . . . . . . . . .[9] [9] Falta un verso para el romance. * * * * * _Una calle de Fez._ ESCENA VI. DON JUAN, BRITO, Y _otros_ CAUTIVOS, _que sacan á_ DON FERNANDO, _y le sientan en una estera_. D. FERN. Ponedme en aquesta parte, Para que goce mejor La luz que el cielo reparte.— ¡Oh inmenso, oh dulce Señor, Qué de gracias debo darte! Cuando como yo se vía Job, el dia maldecia; Mas era por el pecado En que habia sido engendrado; Pero yo bendigo el dia Por la gracia que nos da Dios en él; pues claro está, Que cada hermoso arrebol Y cada rayo del sol, Lengua de fuego será Con que le alabo y bendigo. BRITO. ¿Estás bien, señor, así? D. FERN. Mejor que merezco, amigo. ¡Qué de piedades aquí, Oh Señor, usais conmigo! Cuando acaban de sacarme De un calabozo, me dais Un sol para calentarme: Liberal, Señor, estais. CAUT. 1.º Sabe el cielo, si quedarme Y acompañaros quisiera; Mas ya veis que nos espera El trabajo. D. FERN. Hijos, adios. CAUT. 2.º ¡Qué pesar! CAUT. 3.º ¡Qué ánsia tan fiera! _(Vanse los cautivos.)_ D. FERN. ¿Quedais conmigo los dos? D. JUAN. Yo tambien te he de dejar. D. FERN. ¿Qué haré yo sin tu favor? D. JUAN. Presto volveré, señor; Que sólo voy á buscar Algo que comas, porque Despues que Muley se fué De Fez, nos falta en el suelo Todo el humano consuelo; Pero con todo eso iré A procurarle, si bien Imposibles solicito, Porque ya cuantos me ven, Por no ir contra el edito, Que manda que no te den Ni agua tampoco, ni á mí Me venden nada, señor, Por ver que te asisto á tí; Que á tanto llega el rigor De la suerte. Pero aquí Gente viene. _(Vase.)_ D. FERN. ¡Oh si pudiera Mi voz mover á piedad A alguno, porque siquiera Un instante más viviera Padeciendo! ESCENA VII. EL REY, TARUDANTE, FÉNIX, CELIN.—DON FERNANDO, BRITO. CELIN. Gran señor, Por una calle has venido, Que es fuerza que visto seas Del Infante y advertido. REY. _(A Tarudante.)_ Acompañarte he querido, Porque mi grandeza veas. TARUD. Siempre mis honras deseas... D. FERN. Dadle de limosna hoy A este pobre algun sustento: Mirad que hombre humano soy, Y que afligido y hambriento, Muriendo de hambre estoy. Hombres, doleos de mí, Que una fiera de otra fiera Se compadece. BRITO. Ya aquí No hay pedir de esa manera. D. FERN. ¿Cómo he de decir? BRITO. Así: Moros, tened compasion, Y algo que este pobre coma Le dad en esta ocasion, Por el santo zancarron Del gran profeta Mahoma. REY. Que tenga fe en este estado, Tan mísero y desdichado, Más me ofende, más me infama.— Maestre, Infante. BRITO. El Rey llama. D. FERN. ¿A mí? Brito, haste engañado: Ni Infante ni Maestre soy, El cadáver suyo sí; Y pues ya en la tierra estoy, Aunque Infante y Maestre fuí, No es ese mi nombre hoy. REY. Pues no eres Maestre ni Infante, Respóndeme por Fernando. D. FERN. Ahora, aunque me levante De la tierra, iré arrastrando A besar tu pié. REY. Constante Te muestras, á mi pesar. ¿Es humildad ó valor Esta obediencia? D. FERN. Es mostrar Cuánto debe respetar El esclavo á su señor. Y pues que tu esclavo soy, Y estoy en presencia tuya Esta vez, tengo de hablarte: Mi Rey y señor, escucha. Rey te llamé, y aunque seas De otra ley, es tan augusta De los reyes la deidad, Tan fuerte y tan absoluta, Que engendra ánimo piadoso; Y así es forzoso que acudas A la sangre generosa Con piedad y con cordura; Que áun entre brutos y fieras Este nombre es de tan suma Autoridad, que la ley De naturaleza ajusta Obediencias; y así lêmos En repúblicas incultas, Al leon rey de las fieras, Que cuando la frente arruga De guedejas se corona, Es piadoso, pues que nunca Hizo presa en el rendido. En las saladas espumas Del mar el delfin, que es rey De los peces, le dibujan Escamas de plata y oro Sobre la espalda cerúlea Coronas, y ya se vió De una tormenta importuna Sacar los hombres á tierra, Porque el mar no los consuma. El águila caudalosa, A quien copete de plumas Riza el viento en sus esferas, De cuantas aves saludan Al sol es emperatriz, Y con piedad noble y justa, Porque brindado no beba El hombre entre plata pura La muerte, que en los cristales Mezcló la ponzoña dura Del áspid, con pico y alas Los revuelve y los enturbia. Aun entre plantas y piedras Se dilata y se dibuja Este imperio: la granada, A quien coronan las puntas De una corteza, en señal De que es reina de las frutas, Envenenada marchita Los rubíes que la ilustran, Y los convierte en topacios, Color desmayada y mustia. El diamante, á cuya vista Ni áun el iman ejecuta Su propiedad, que por rey Esta obediencia le jura, Tan noble es, que la traicion Del dueño no disimula; Y la dureza, imposible De que buriles la pulan, Se deshace entre sí misma, Vuelta en cenizas menudas. Pues si entre fieras y peces, Plantas, piedras y aves, usa Esta majestad de rey De piedad, no será injusta Entre los hombres, señor: Porque el ser no te disculpa De otra ley, que la crueldad En cualquiera ley es una. No quiero compadecerte Con mis lástimas y angustias Para que me des la vida, Que mi voz no la procura; Que bien sé que he de morir De esta enfermedad que turba Mis sentidos, que mis miembros Discurre helada y caduca. Bien sé que herido de muerte Estoy, porque no pronuncia Voz la lengua, cuyo aliento No sea una espada aguda. Bien sé al fin que soy mortal, Y que no hay hora segura; Y por eso dió una forma Con una materia en una Semejanza la razon Al ataud y á la cuna. Accion nuestra es natural, Cuando recibir procura Algo un hombre, alzar las manos En esta manera juntas; Mas cuando quiere arrojarlo, De aquella misma accion usa, Pues las vuelve boca abajo Porque así las desocupa. El mundo, cuando nacemos, En señal de que nos busca, En la cuna nos recibe, Y en ella nos asegura Boca arriba; pero cuando, O con desden ó con furia, Quiere arrojarnos de sí, Vuelve las manos que junta, Y aquel instrumento mismo Forma esta materia muda; Pues fué cuna boca arriba Lo que boca abajo es tumba. Tan cerca vivimos, pues, De nuestra muerte, tan juntas Tenemos, cuando nacemos, El lecho como la cuna. ¿Qué aguarda quien esto oye? Quien esto sabe, ¿qué busca? Claro está que no será La vida: no admite duda; La muerte sí: esta te pido, Porque los cielos me cumplan Un deseo de morir Por la fe; que, aunque presumas Que esto es desesperacion, Porque el vivir me disgusta, No es sino afecto de dar La vida en defensa justa De la fe, y sacrificar A Dios vida y alma juntas: Y así aunque pida la muerte, El afecto me disculpa. Y si la piedad no puede Vencerte, el rigor presuma Obligarte. ¿Eres leon? Pues ya será bien que rujas, Y despedaces á quien Te ofende, agravia é injuria. ¿Eres águila? Pues hiere Con el pico y con las uñas A quien tu nido deshace. ¿Eres delfin? Pues anuncia Tormentas al marinero Que el mar de este mundo sulca. ¿Eres árbol real? Pues muestra Todas las ramas desnudas A la violencia del tiempo, Que ira de Dios ejecuta. ¿Eres diamante? Hecho polvos Sé pues venenosa furia, Y cánsate; porque yo, Aunque más tormentos sufra, Aunque más rigores vea, Aunque llore más angustias, Aunque más miserias pase, Aunque halle más desventuras, Aunque más hambre padezca, Aunque mis carnes no cubran Estas ropas, y aunque sea Mi esfera esta estancia sucia, Firme he de estar en mi fe; Porque es el sol que me alumbra, Porque es la luz que me guía, Es el laurel que me ilustra. No has de triunfar de la Iglesia; De mí, si quieres, trïunfa: Dios defenderá mi causa, Pues yo defiendo la suya. REY. ¿Posible es que en tales penas Blasones y te consueles, Siendo propias? ¿Qué condenas, No me duelan, siendo ajenas, Si tú de tí no te dueles? Que pues tu muerte causó Tu misma mano y yo no, No esperes piedad de mí; Ten tú lástima de tí, Fernando, y tendréla yo. _(Vase.)_ D. FERN. _(A Tarudante.)_ Señor, vuestra Majestad Me valga. TARUD. ¡Qué desventura! _(Vase.)_ D. FERN. _(A Fénix.)_ Si es alma de la hermosura Esa divina deidad, Vos, señora, me amparad Con el Rey. FÉNIX. ¡Qué gran dolor! D. FERN. ¿Aun no me mirais? FÉNIX. ¡Qué horror! D. FERN. Haceis bien; que vuestros ojos No son para ver enojos. FÉNIX. ¡Qué lástima! ¡qué pavor! D. FERN. Pues aunque no me mireis Y ausentaros intenteis, Señora, es bien que sepais, Aunque tan bella os juzgais, Que más que yo no valeis, Y yo quizá valgo más. FÉNIX. Horror con tu voz me das, Y con tu aliento me hieres. ¡Déjame, hombre! ¿qué me quieres? Que no puedo sentir más. _(Vase.)_ ESCENA VIII. DON JUAN, _con un pan_.—DON FERNANDO, BRITO. D. JUAN. Por alcanzar este pan Que traerte, me han seguido Los moros, y me han herido Con los palos que me dan. D. FERN. Esa es la herencia de Adan. D. JUAN. Tómale. D. FERN. Amigo leal, Tarde llegas, que mi mal Es ya mortal. D. JUAN. Déme el cielo En tantas penas consuelo. D. FERN. Pero ¿qué mal no es mortal, Si mortal el hombre es, Y en este confuso abismo La enfermedad de sí mismo Le viene á matar despues? Hombre, mira que no estés Descuidado: la verdad Sigue, que hay eternidad; Y otra enfermedad no esperes Que te avise, pues tú eres Tu mayor enfermedad. Pisando la tierra dura De contínuo el hombre está, Y cada paso que da Es sobre su sepultura. Triste ley, sentencia dura Es saber que en cualquier caso Cada paso (¡gran fracaso!) Es para andar adelante, Y Dios no es á hacer bastante, Que no haya dado aquel paso. Amigos, á mi fin llego: Llevadme de aquí en los brazos. D. JUAN. Serán los últimos lazos De mi vida. D. FERN. Lo que os ruego, Noble Don Juan, es que luego Que espire me desnudeis. En la mazmorra hallaréis De mi religion el manto, Que le traje tiempo tanto; Con este me enterraréis Descubierto, si el Rey fiero Ablanda la saña dura, Dándome la sepultura; Y señaladla; que espero, Que aunque hoy cautivo muero, Rescatado he de gozar El sufragio del altar; Que pues yo os he dado á vos Tantas iglesias, mi Dios, Alguna me habeis de dar. _(Llévanle en brazos.)_ * * * * * _Playa distante de la ciudad de Fez.—Es de noche._ ESCENA IX. DON ALFONSO, SOLDADOS _con arcabuces_. D. ALF. Dejad á la inconstante Playa azul esa máquina arrogante De naves, que causando al cielo asombros, El mar sustenta en sus nevados hombros: Y en estos horizontes Aborten gente los preñados montes Del mar, siendo con máquinas de fuego Cada bajel un edificio griego. ESCENA X. DON ENRIQUE.—DICHOS. D. ENR. Señor, tú no quisiste que saliera Nuestra gente de Fez en la ribera, Y este puesto escogiste Para desembarcar: infeliz fuiste, Porque por una parte Marchando viene el numeroso Marte, Cuyo ejército al viento desvanece, Y los collados de los montes crece. Tarudante conduce gente tanta, Llevando á su mujer, felice Infanta De Fez, hácia Marruecos... Mas respondan las lenguas de los ecos. D. ALF. Enrique, á eso he venido, A esperarle á este paso; que no ha sido Esta eleccion acaso; prevenida Estaba, y la razon está entendida: Si yo á desembarcar á Fez llegara, Esta gente y la suya en ella hallara; Y estando divididos, Hoy con ménos poder están vencidos; Y ántes que se prevengan, Toca al arma. D. ENR. Señor, advierte y mira Que es sin tiempo esta guerra. D. ALF. Ya mi ira Ningun consejo alcanza. No se dilate un punto esta venganza: Éntre en mi brazo fuerte Por África el azote de la muerte. D. ENR. Mira que ya la noche, Envuelta en sombras, el luciente coche Del sol esconde entre las sombras puras. D. ALF. Pelearemos á oscuras; Que á la fe que me anima, Ni el tiempo ni el poder la desanima. Fernando, si el martirio que padeces, Pues es suya la causa, á Dios le ofreces, Cierta está la victoria: Mio será el honor, suya la gloria. D. ENR. Tu orgullo altivo yerra. ESCENA XI. DON FERNANDO.—DICHOS. D. FERN. _(Dentro.)_ ¡Embiste, gran Alfonso! ¡Guerra! ¡guerra! D. ALF. ¿Oyes confusas voces Romper los vientos tristes y veloces? D. ENR. Sí, y en ellos se oyeron Trompetas que á embestir señal hicieron. D. ALF. ¡Pues á embestir, Enrique! que no hay duda Que el cielo ha de ayudarnos hoy. _(Aparécese el Infante D. Fernando, con manto capitular, y una hacha encendida.)_ D. FERN. Sí ayuda, Porque obligando al cielo, Que vió tu fe, tu religion, tu celo, Hoy tu causa defiende. Librarme á mí de esclavitud pretende, Porque, por raro ejemplo, Por tantos templos, Dios me ofrece un templo; Y con esta luciente Antorcha desasida del oriente, Tu ejército arrogante Alumbrando he de ir siempre delante, Para que hoy en trofeos Iguales, grande Alfonso, á tus deseos, Llegues á Fez, no á coronarte agora, Sino á librar mi ocaso en el aurora. _(Vase.)_ D. ENR. Dudando estoy, Alfonso, lo que veo. D. ALF. Yo no, todo lo creo; Y si es de Dios la gloria, No digas guerra ya, sino victoria. _(Vanse.)_ * * * * * _Vista interior de los muros de Fez._ ESCENA XII. EL REY Y CELIN; _y en lo alto estará_ DON JUAN _y_ UN CAUTIVO, _y un ataud en que parezca estar el Infante_. D. JUAN. Bárbaro, gózate aquí De que tirano quitaste La mejor vida. REY. ¿Quién eres? D. JUAN. Un hombre, que aunque me maten, No he de dejar á Fernando, Y aunque de congoja rabie, He de ser perro leal Que en muerte he de acompañarle. REY. Cristianos, ese es padron Que á las futuras edades Informe de mi justicia; Que rigor no ha de llamarse Venganza de agravios hechos Contra personas reales. Venga Alfonso agora, venga Con arrogancia á sacarle De esclavitud; que aunque yo Perdí esperanzas tan grandes De que Ceuta fuese mia; Porque las pierda arrogante De su libertad, me huelgo De verle en estrecha cárcel. Aun muerto no ha de estar libre De mis rigores notables; Y así puesto á la vergüenza Quiero que esté á cuantos pase. D. JUAN. Presto verás tu castigo, Que por campañas y mares Ya descubro desde aquí Mis cristianos estandartes. REY. Subamos á la muralla A saber sus novedades. D. JUAN. Arrastrando las banderas Y destemplados los parches, Muertas las cuerdas y luces, Todas son tristes señales. _(Vanse.)_ * * * * * _Vista exterior de los muros de Fez._ ESCENA XIII. _Tocan cajas destempladas; sale_ DON FERNANDO _delante, con una hacha encendida, y detras_ DON ALFONSO, DON ENRIQUE _y_ SOLDADOS, _que traen presos á_ TARUDANTE, FÉNIX Y MULEY; _despues_ EL REY Y CELIN. D. FERN. En el horror de la noche, Por sendas que nadie sabe, Te guié: ya con el sol Pardas nubes se deshacen. Victorioso, gran Alfonso, A Fez conmigo llegaste: Este es el muro de Fez, Trata en él de mi rescate. _(Vase.)_ D. ALF. ¡Ah de los muros! Decid Al Rey que salga á escucharme. _(Salen el Rey y Celin al muro.)_ REY. ¿Qué quieres, valiente jóven? D. ALF. Que me entregues al Infante, Al maestre Don Fernando, Y te daré por rescate A Tarudante y á Fénix, Que presos están delante. Escoge lo que quisieres: Morir Fénix, ó entregarle. REY. ¿Qué he de hacer, Celin amigo, En confusiones tan grandes? Fernando es muerto, y mi hija Está en su poder. ¡Mudable Condicion de la fortuna, Que á tal estado me trae! FÉNIX. ¿Qué es esto, señor? Pues viendo Mi persona en este trance, Mi vida en este peligro, Mi honor en este combate, ¡Dudas qué has de responder! ¿Un minuto, ni un instante De dilacion te permite El deseo de librarme? En tu mano está mi vida, ¿Y consientes (¡pena grave!) Que la mia (¡dolor fiero!) Injustas prisiones aten? De tu voz está pendiente Mi vida (¡rigor notable!), ¿Y permites que la mia Turbe la esfera del aire? A tus ojos ves mi pecho Rendido á un desnudo alfanje, ¿Y consientes que los mios Tiernas lágrimas derramen? Siendo Rey, has sido fiera; Siendo padre, fuiste áspid; Siendo juez, eres verdugo: Ni eres Rey, ni juez, ni padre. REY. Fénix, no es la dilacion De la respuesta negarte La vida, cuando los cielos Quieren que la mia acabe. Y puesto que ya es forzoso Que una ni otra se dilate, Sabe, Alfonso, que á la hora Que Fénix salió ayer tarde, Con el sol llegó al ocaso, Sepultándose en dos mares De la muerte, y de la espuma, Juntos el sol y el Infante. Esta caja humilde y breve Es de su cuerpo el engaste. Da la muerte á Fénix bella: Venga tu sangre en mi sangre. FÉNIX. ¡Ay de mí! Ya mi esperanza De todo punto se acabe. REY. Ya no me queda remedio Para vivir un instante. D. ENR. ¡Válgame el cielo! ¿qué escucho? ¡Qué tarde, cielos, qué tarde Le llegó la libertad! D. ALF. No digas tal; que si ántes Fernando en sombras nos dijo Que de esclavitud le saque, Por su cadáver lo dijo, Porque goce su cadáver Por muchos templos un templo, Y á él se ha de hacer el rescate.— Rey de Fez, porque no pienses Que muerto Fernando vale Ménos que aquesta hermosura; Por él, cuando muerto yace, Te la trueco. Envía, pues, La nieve por los cristales, El enero por los mayos, Las rosas por los diamantes, Y al fin, un muerto infelice Por una divina imágen. REY. ¿Qué dices, invicto Alfonso? D. ALF. Que esos cautivos le bajen. FÉNIX. Precio soy de un hombre muerto; Cumplió el cielo su homenaje. REY. Por el muro descolgad El ataud, y entregadle; Que para hacer las entregas A sus piés voy á arrojarme. _(Quítase del muro.—Bajan el ataud con cuerdas por el muro.)_ D. ALF. En mis brazos os recibo, Divino Príncipe mártir. D. ENR. Yo, hermano, aquí te respeto. ESCENA XIV. EL REY, DON JUAN, CAUTIVOS.—DICHOS. D. JUAN. Dáme, invicto Alfonso, dáme La mano. D. ALF. Don Juan, amigo, ¡Buena cuenta del Infante Me habeis dado! D. JUAN. Hasta su muerte Le acompañé, hasta mirarle Libre, vivo y muerto estuve Con él: mirad dónde yace. D. ALF. Dadme, tio, vuestra mano; Que aunque necio é ignorante A sacaros del peligro Vine, gran señor, tan tarde, En la muerte, que es mayor, Se muestran las amistades. En un templo soberano Haré depósito grave De vuestro dichoso cuerpo.— A Fénix y á Tarudante _(Al Rey.)_ Te entrego, Rey, y te pido Que aquí con Muley la cases, Por la amistad que yo sé Que tuvo con el Infante. Ahora llegad, cautivos, Vuestro Infante ved, llevadle En hombros hasta la armada[10]. [10] La muerte de D. Fernando fué en el año 1443; el rescate de sus reliquias en 1472. REY. Todos es bien le acompañen. D. ALF. Al són de dulces trompetas Y templadas cajas marche El ejército con órden De entierro, para que acabe, Pidiendo perdon humilde Aquí de sus yerros grandes, El lusitano Fernando, _Príncipe en la fe constante_. ÍNDICE. Págs. ESTUDIO CRÍTICO V La vida es sueño 1 La devocion de la Cruz 117 El mágico prodigioso 211 El Príncipe constante 329 *** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK TEATRO SELECTO, TOMO 1 DE 4 *** Updated editions will replace the previous one—the old editions will be renamed. Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright law means that no one owns a United States copyright in these works, so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United States without permission and without paying copyright royalties. Special rules, set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to copying and distributing Project Gutenberg™ electronic works to protect the PROJECT GUTENBERG™ concept and trademark. Project Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you charge for an eBook, except by following the terms of the trademark license, including paying royalties for use of the Project Gutenberg trademark. If you do not charge anything for copies of this eBook, complying with the trademark license is very easy. You may use this eBook for nearly any purpose such as creation of derivative works, reports, performances and research. 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It exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from people in all walks of life. Volunteers and financial support to provide volunteers with the assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg™’s goals and ensuring that the Project Gutenberg™ collection will remain freely available for generations to come. In 2001, the Project Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure and permanent future for Project Gutenberg™ and future generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4 and the Foundation information page at www.gutenberg.org. Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non-profit 501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal Revenue Service. The Foundation’s EIN or federal tax identification number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by U.S. federal laws and your state’s laws. The Foundation’s business office is located at 809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to date contact information can be found at the Foundation’s website and official page at www.gutenberg.org/contact Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation Project Gutenberg™ depends upon and cannot survive without widespread public support and donations to carry out its mission of increasing the number of public domain and licensed works that can be freely distributed in machine-readable form accessible by the widest array of equipment including outdated equipment. 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