The Project Gutenberg eBook of El libro de las mil noches y una noche; t. 8
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Title: El libro de las mil noches y una noche; t. 8
Author: Anonymous
Translator: Vicente Blasco Ibáñez
J. C. Mardrus
Release date: April 13, 2026 [eBook #78437]
Language: Spanish
Original publication: Valencia: Editorial Prometeo, 1916
Other information and formats: www.gutenberg.org/ebooks/78437
Credits: Chuck Greif and the Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This file was produced from images generously made available by The Internet Archive)
*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL LIBRO DE LAS MIL NOCHES Y UNA NOCHE; T. 8 ***
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Director literario: V. Blasco Ibañez
[IMAGEN: EL LIBRO
DE LAS
MIL NOCHES Y UNA NOCHE]
[IMAGEN]
[IMAGEN:
EL LIBRO
DE LAS
MIL NOCHES Y UNA NOCHE
TRADUCCIÓN DIRECTA Y LITERAL DEL ÁRABE POR EL
Doctor J. C. MARDRUS
_Versión española de VICENTE BLASCO IBAÑEZ_
PRÓLOGO DE E. GÓMEZ CARRILLO
TOMO OCTAVO
Historia de la docta Simpatía (continuación).--Aventuras
del poeta Abu-Nowas.--Historia de
Sindbad el Marino.--Historia de la bella Zumurrud
y Alischar, hijo de Gloria.
PROMETEO
SOCIEDAD EDITORIAL
Germanías, 33.--VALENCIA
]
ESTA CARAVANA LA ORIENTO HACIA
EL SAPIENTÍSIMO Y CARÍSIMO
MAURICIO MAETERLINCK
YA QUE ASÍ LO QUIEREN
LA SABIDURÍA Y EL DESTINO
J. C. M.
[IMAGEN]
HISTORIA DE LA DOCTA SIMPATIA
(CONTINUACIÓN)
PERO CUANDO LLEGÓ
LA 280.ª NOCHE
Ella dijo:
[IMAGEN]
Simpatía contestó á la pregunta del médico: «¿Cómo puedes interrogarme
acerca del vino, cuando el Libro es tan explícito sobre este particular?
No obstante sus numerosas virtudes, está prohibido porque turba la razón
y enardece los humores. ¡El vino y el juego de azar son dos cosas que
debe evitar el creyente, bajo pena de las mayores calamidades!»
Él dijo: «Prudente es tu respuesta. ¿Puedes ahora hablarnos de la
sangría?»
Ella contestó: «La sangría es necesaria á cuantas personas tienen
demasiada sangre. Debe practicarse en ayunas, un día de primavera sin
nubes, ni viento, ni lluvia. Cuando ese día cae en martes, la sangría
produce sus mejores efectos, sobre todo si tal día es el décimoséptimo
del mes. Verdaderamente, nada hay tan bueno para la cabeza, los ojos y
la sangre como la sangría. Pero nada peor que ella si se practica
durante los grandes calores ó los grandes fríos, y si al mismo tiempo se
comen cosas saladas ó ácidas, verificándose en miércoles ó en sábado.»
El sabio meditó un instante, y dijo: «Hasta ahora respondiste
perfectamente; pero quiero hacerte todavía una pregunta capital, que nos
demostrará si tu saber se extiende á todas las cosas esenciales en la
vida. ¿Puedes hablarnos con claridad acerca de la copulación?»
Cuando oyó la joven tal pregunta, enrojeció y bajó la cabeza, lo cual
hizo al califa creerla incapaz de responder. Pero no tardó ella en alzar
la cabeza, y encarándose con el califa, le dijo: «¡Por Alah, oh Emir de
los Creyentes! no se atribuya mi silencio á ignorancia sobre esta
pregunta, cuya respuesta tengo en la punta de la lengua, y no quiero que
salga de mis labios por respeto á nuestro señor el califa!» Pero él le
dijo: «Tendría un placer extremado en oir de tu boca tal respuesta.
¡Desecha el temor, pues, y habla con claridad!»
Entonces dijo la docta Simpatía:
«La copulación es el acto que une sexualmente al hombre y la mujer. Se
trata de una cosa excelente, y son numerosos sus beneficios y virtudes.
La copulación aligera el cuerpo y alivia el espíritu, aleja la
melancolía, atempera el calor de la pasión, atrae al amor, alegra el
corazón, consuela de la ausencia y hace recobrar el sueño perdido. Desde
luego que nos estamos ocupando de la copulación de un hombre con una
mujer joven; pero si la mujer es vieja, sucede todo lo contrario, porque
entonces no hay fechoría que este acto no pueda engendrar. Copular con
una vieja es exponerse á males sin cuento, entre otros, las afecciones
de la vista, el dolor de riñones, el dolor de piernas y el dolor de
espalda. ¡En una palabra, es peligroso! Conviene, pues, huir de ello
como de un veneno sin remedio. ¡Para este acto debe escogerse una mujer
experta, que comprenda al primer golpe de vista, que hable con pies y
manos y que dispense á su propietario de tener un jardín y parterres
floridos!
»Á toda copulación completa sigue la humedad. Esta humedad se produce en
la mujer á causa de la emoción que sienten sus partes honorables, y en
el hombre por el jugo que segregan sus dos compañones. Este jugo va por
un camino muy complicado. Porque el hombre posee una gruesa vena de la
que nacen todas las demás venas. La sangre que riega todas estas venas,
cuyo número es de trescientas sesenta, acaba por canalizarse en un tubo
que termina en el compañón izquierdo. En este compañón izquierdo, la
sangre, á causa de agitarse, acaba por clarificarse y transformarse en
un líquido blanco, que se espesa merced al calor del compañón y cuyo
olor recuerda el de la leche de palmera...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
[IMAGEN]
PERO CUANDO LLEGÓ
LA 282.ª NOCHE
Ella dijo:
»...un líquido blanco, que se espesa merced al calor del compañón y cuyo
olor recuerda el de la leche de palmera.»
El sabio exclamó: «¡Con qué sagacidad has respondido! Pero todavía tengo
que hacerte dos últimas preguntas. ¿Puedes decirme qué ser viviente no
vive mas que aprisionado y muere en cuanto respira el aire libre? ¿Y qué
frutas son las mejores?»
Ella contestó: «¡El primero es el pez, y las segundas son la taronja y
la granada!»
Cuando oyó el médico todas estas respuestas de la bella Simpatía, no
pudo por menos de declararse incapaz de cogerla en un error científico,
y se dispuso á ocupar de nuevo su sitio. Pero se lo impidió con un gesto
Simpatía, y le dijo: «Es preciso que á mi vez yo te haga una pregunta:
»¿Puedes decirme, ¡oh sabio! qué cosa hay redonda como la tierra y que
se aloja en un ojo, ausentándose de este ojo unas veces y penetrando
otras en él, que copula sin órgano masculino, que se separa de su
compañero durante la noche para enlazarse á él durante el día y que
elige su domicilio habitual en las extremidades?»
Á esta pregunta el sabio se atormentó en vano el espíritu, porque no
supo responder, y después de quitarle su manto á instancia del califa,
Simpatía contestó por sí misma: «¡Es el botón con el ojal!»
* * * * *
Tras de lo anterior, irguióse entre los venerables jeques un astrónomo,
que era el más famoso entre todos los astrónomos del reino, y á quien
miró sonriendo la bella Simpatía, de antemano segura de que él la
encontraría los ojos más enigmáticos que todas las estrellas de los
cielos.
El astrónomo fué á sentarse ante la adolescente, y luego del
acostumbrado preámbulo, le preguntó:
«¿De dónde sale el sol y adónde va cuando desaparece?»
Ella contestó: «Sabe que el sol sale de los manantiales de Oriente, y
desaparece en los manantiales de Occidente. Ciento ochenta son estos
manantiales. El sol es el sultán del día, como la luna es la sultana de
las noches. Y dijo Alah en el Libro: «Soy yo quien otorgó su luz al sol
y su resplandor á la luna, y quien les asignó lugares matemáticos que
permitiesen conocer el cálculo de los días y los años. ¡Yo soy quien
fijó un límite á la carrera de los astros y prohibió á la luna que jamás
esperase al sol, así como á la noche que se adelantase al día! ¡Por eso
el día y la noche, las tinieblas y la luz, sin mezclar su esencia nunca,
se identifican continuamente!»
El sabio astrónomo exclamó: «¡Qué respuesta tan maravillosa de
precisión! Pero, ¡oh adolescente! ¿puedes hablarnos de los demás astros
y decirnos sus influencias buenas y malas?»
Ella contestó: «Si tuviera que hablar de todos los astros necesitaría
consagrar á ello más de una sesión. Sólo diré, pues, pocas palabras.
Además del sol y la luna, existen otros cinco planetas, que son: Utared
(Mercurio), El-Zohrat (Venus), El-Merrikh (Marte), El-Muschtari
(Júpiter) y Zohal (Saturno).
»La Luna, fría y húmeda, de influencia buena, está en Cáncer, su apogeo
es Tauro, tiene por inclinación á Escorpión y por perigeo á Capricornio.
»El planeta Saturno, frío y seco, de influencia maligna, está en
Capricornio y Acuario, su apogeo es Libra, su inclinación Aries y su
perigeo Capricornio y Leo.
»Júpiter, de influencia benigna, está en Tauro, tiene por apogeo á
Piscis, por inclinación á Libra y por perigeo á Aries y á Escorpión.
»Mercurio, de influencia unas veces benigna y maligna otras, está en
Géminis, tiene por apogeo á Virgo, por inclinación á Piscis y por
perigeo á Tauro.
»Por último, Marte, cálido y húmedo, de influencia maligna, está en
Aries, tiene por apogeo á Capricornio, por inclinación á Cáncer y por
perigeo á Libra.»
Cuando el astrónomo hubo oído esta respuesta, admiró mucho la
profundidad de los conocimientos de la joven Simpatía. Sin embargo,
intentó turbarla con alguna pregunta más difícil, y la interrogó:
«¡Oh joven! ¿crees que este mes tendremos lluvias?»
Al escuchar semejante pregunta, la docta Simpatía bajó la cabeza y
reflexionó bastante tiempo, lo cual hizo al califa suponer que se
reconocía incapaz de contestar. Pero no tardó ella en alzar la cabeza, y
dijo al califa: «¡No hablaré, ¡oh Emir de los Creyentes! mientras no me
dés permiso para desarrollar mi pensamiento por completo!» Asombrado,
dijo el califa: «¡Ya tienes permiso!» Ella dijo: «¡Entonces, ¡oh Emir de
los Creyentes! déjame tu alfanje un instante para que corte la cabeza á
este astrónomo, que no es mas que un impío y un descreído!»
Á estas palabras no pudieron por menos de reir el califa y todos los
sabios de la asamblea. Pero Simpatía continuó: «¡Has de saber, ¡oh
astrónomo! que hay cinco cosas que conoce sólo Alah: la hora de la
muerte, cuándo va á llover, el sexo del niño en el seno de su madre,
los sucesos futuros y el sitio donde morirá cada uno!»
El astrónomo sonrió y le dijo: «No te hice esa pregunta mas que como
prueba. ¿Puedes decirnos, y con ello no nos alejaremos del asunto, la
influencia ejercida por los astros sobre los días de la semana?»
Ella contestó: «El domingo es el día consagrado al sol. Cuando comienza
el año en domingo, es señal de que los pueblos tendrán que sufrir muchas
tiranías y vejaciones de sus sultanes, de sus reyes y de sus
gobernantes; habrá sequía, no prosperarán las lentejas, se agriarán las
uvas y se librarán combates feroces entre los reyes. ¡Pero acerca de
esto Alah es todavía más sabio!
»El lunes es el día consagrado á la Luna. Cuando comienza el año en
lunes, es un buen augurio. Habrá abundantes lluvias, muchas uvas y
cereales, pero estallará la peste, y luego no prosperará el lino, y será
malo el algodón; y además la mitad del ganado morirá de epidemia, ¡Pero
Alah es más sabio!
»Puede comenzar el año en martes, día consagrado á Marte. Caerán
entonces heridos de muerte los grandes y los poderosos, subirá el precio
de los cereales, lloverá poco, habrá escasez de pescado, la miel estará
muy barata, las lentejas se venderán por nada, los granos de lino
estarán caros, habrá una cosecha excelente de cebada. Pero se verterá
mucha sangre, y una epidemia diezmará los asnos, cuyo precio subirá
muchísimo. ¡Pero Alah es más sabio!
»El miércoles es el día de Mercurio. Cuando comienza el año en
miércoles, es señal de grandes catástrofes marítimas, de muchos días de
tempestad y relámpagos, de carestía de cereales y de que los reponches y
las cebollas subirán mucho de precio, sin contar una epidemia que se
cebará en los niños. ¡Pero Alah es más sabio!
»El jueves es el día consagrado á Júpiter. Si abre el año, es indicio de
concordia entre los pueblos, de justicia en gobernantes y visires, de
integridad en los kadíes y de grandes beneficios para la humanidad,
entre otros, abundancia de lluvias, de frutas, de grano, de algodón, de
lino, de miel, de uva y de pescado. ¡Pero Alah es más sabio!
»El viernes es el día consagrado á Venus. Si abre el año, es señal de
que el rocío será abundante y la primavera muy hermosa; nacerá una
enorme multitud de niños de ambos sexos, y habrá muchos cohombros,
sandías, calabazas, berenjenas y tomates, y también cotufas. ¡Pero Alah
es más sabio!
»El sábado, por último, es el día de Saturno. ¡Malhaya el año que
comienza en tal día! ¡Malhaya tal año! ¡Habrá una avaricia general del
cielo y de la tierra, el hambre sucederá á la guerra, las enfermedades
al hambre, y los habitantes de Egipto y de Siria se lamentarán bajo la
opresión que han de sufrir y bajo la tiranía de los gobernantes! ¡Pero
Alah es más sabio!»
Cuando el astrónomo hubo oído tal respuesta, exclamó: «¡Cuán
admirablemente respondiste á todo! Pero ¿puedes aún decirnos de qué
punto ó piso del cielo están suspendidos los siete planetas?»
Simpatía contestó: «¡Desde luego! ¡El planeta Saturno está colgado del
séptimo cielo exactamente; Júpiter está colgado del sexto cielo; Marte,
del quinto; el Sol, del cuarto; Venus, del tercero; Mercurio, del
segundo, y la Luna del primer cielo!»
Luego añadió Simpatía: «¡Voy á interrogarte á mi vez ahora!...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
[IMAGEN]
PERO CUANDO LLEGÓ
LA 284.ª NOCHE
Ella dijo:
»...¡Voy á interrogarte á mi vez ahora! ¿Cuáles son las tres clases
de estrellas?»
En vano meditó el sabio levantando los ojos al cielo, porque no
pudo salir del compromiso. Entonces, y tras de quitarle el manto,
respondió Simpatía por sí misma á su propia pregunta:
«Las estrellas se dividen en tres clases, según la misión á que se
las destina: unas cuelgan de la bóveda celeste como antorchas, y
sirven para alumbrar la tierra; otras están suspendidas de manera
invisible en el aire, y sirven para alumbrar los mares; y las
estrellas de la tercera categoría se mueven á voluntad entre los
dedos de Alah; se las ve desfilar en la noche, y entonces sirven
para lapidar y castigar á los demonios que osan infringir las
órdenes del Altísimo.»
Á estas palabras, el astrónomo se declaró muy inferior á la bella
adolescente en conocimientos, y retiróse de la sala. Entonces, por
mandato del califa, le sucedió un filósofo, que fué á apostarse ante
Simpatía, y le preguntó:
«¿Puedes hablarnos de la infidelidad y decirnos si es innata en el
hombre?»
Ella contestó: «Quiero responderte acerca de esto con las propias
palabras del Profeta (¡con él la plegaria y la paz!), que ha dicho: «La
infidelidad circula entre los hijos de Adán como circula la sangre por
las venas, no bien se dejen arrastrar por la blasfemia contra la tierra,
y los frutos de la tierra, y las horas de la tierra. ¡El crimen mayor
consiste en blasfemar del tiempo y del mundo; porque el tiempo es Dios
mismo, y el mundo es hechura de Dios!»
El filósofo exclamó: «¡Sublimes y definitivas son esas palabras! Dime
ahora quiénes son las cinco criaturas de Alah que bebieron y comieron
sin expulsar de su cuerpo nada por delante ni por detrás.»
Ella contestó: «¡Esas cinco criaturas son: Adán, Simeón, el dromedario
de Saleh, el carnero de Ismael y el pájaro que vió el santo Abubekr en
la caverna!»
Él le dijo: «¡Perfectamente! ¡Dime todavía qué cinco criaturas del
Paraíso no son hombres, ni genios, ni ángeles!»
Ella contestó: «El lobo de Jacob, el perro de los siete durmientes, el
asno de El-Azir, el dromedario de Saleh y la mula _Daldal_ de nuestro
santo Profeta. (¡Con él la plegaria y la paz!)»
Él preguntó: «¿Puedes decirme cuál es el hombre que, al ponerse en
oración, no oraba ni en el cielo ni en la tierra?»
Ella contestó: «¡Soleimán, que se ponía en oración sobre una alfombra
suspendida en el aire entre el cielo y la tierra!»
Él dijo: «¡Vas á explicarme el siguiente caso: un hombre mira por la
mañana á una esclava, y comete con ello un acto ilícito; mira á esta
misma esclava á mediodía, y el hecho es lícito entonces; la mira durante
la siesta, y de nuevo resulta el hecho ilícito; á la puesta del sol le
está permitido mirarla; se le prohibe hacerlo de noche, y á la mañana
del otro día puede perfectamente acercarse á ella con toda libertad!
¿Sabrías explicarme qué distintas circunstancias logran sucederse con
tanta rapidez en el espacio de un día y una noche?»
Ella contestó: «¡Es muy sencilla la explicación! Por la mañana, un
hombre posa sus miradas en una esclava que no es suya, lo cual es
ilícito, según el Libro. Pero la compra á mediodía, y entonces puede
mirarla y gozarla cuanto quiera; á la hora de la siesta, por cualquier
causa, la devuelve la libertad, y en vista de ello ya no tiene derecho
para dirigir á ella sus ojos. ¡Pero al ponerse el sol se casa con ella,
y todo para él se torna lícito; por la noche, cree oportuno divorciarse
y no puede ya acercarse á ella; pero á la mañana, de nuevo la toma por
esposa, tras las ceremonias de costumbre, y entonces puede reanudar sus
relaciones con aquella mujer!»
Dijo el filósofo: «¡Así es! ¿Puedes decirme cuál es la tumba que hubo de
moverse con la persona que encerraba?»
Ella contestó: «¡La ballena que devoró al profeta Jonás!»
Él preguntó: «¿Qué valle alumbró el sol una vez únicamente y jamás
volverá á alumbrarle hasta el día de la Resurrección?»
Ella contestó: «¡El valle formado por la vara de Moisés al hendir el mar
para hacer paso á su pueblo fugitivo!»
Él preguntó: «¿Qué cola arrastró primero por el suelo?»
Ella contestó: «¡La cola del vestido de Agar, madre de Ismael, cuando
barrió la tierra ante Sara!»
Él preguntó: «¿Qué cosa respira sin estar animada?»
Ella contestó: «¡La mañana! Porque dice el Libro: «Cuando la mañana
respira...»
Él dijo: «Dime cuanto puedas acerca de este problema: una bandada de
pajarillos se abate sobre la copa de un árbol; unos se posan en las
ramas superiores y otros en las bajas. Los pajarillos que se hallan en
lo alto del árbol dicen á los de abajo: «Si se juntase á nosotros uno de
vosotros, nuestro grupo sería doble que el vuestro; pero si bajara uno
de nosotros hacía vosotros, nos igualaríais en número.» ¿Cuántos
pajarillos había?»
Ella contestó: «Había en total doce pajarillos. En efecto, estaban siete
en lo alto del árbol y cinco en las ramas bajas. Si uno de los
pajarillos de abajo se reuniese con los de arriba, el número de estos
últimos ascendería á ocho, que es el doble de cuatro; pero si uno de los
de arriba descendiese hasta juntarse con los de abajo, serían seis en
cada sitio. ¡Pero Alah es más sabio!»
Al oir el filósofo las diversas respuestas, temió que le interrogara la
adolescente, y para conservar su manto, se puso en fuga á toda prisa y
desapareció.
* * * * *
Entonces fué cuando se levantó el hombre más sabio del siglo, el
prudente Ibrahim ben-Sayar, que fué á ocupar el sitio del filósofo, y
dijo á la bella Simpatía: «¡Quiero creer que con anterioridad á mis
preguntas te declaras vencida, siendo, por tanto, ocioso interrogarte!»
Ella contestó: «¡Oh venerable sabio, mi consejo es que envíes á buscar
otro traje que el que llevas, pues no tardaré en quitártelo!»
El sabio dijo: «¡Vamos á verlo! ¿Qué cinco cosas creó el Altísimo antes
que á Adán?»
Ella contestó: «¡El agua, la tierra, la luz, las tinieblas y el fuego!»
Él preguntó: «¿Qué obras son las formadas por las propias manos del
Todopoderoso y no por el simple efecto de su voluntad, como fueron
creadas todas las demás cosas?»
Ella contestó: «¡El Trono, el árbol del Paraíso, el Edén y Adán! ¡Sí,
por las propias manos de Alah se crearon estas cuatro cosas, mientras
que para crear todas las demás cosas, dijo: «¡Sean!», y fueron!»
Él preguntó: «¿Quién es tu padre en el Islam y quién es el padre de tu
padre?»
Ella contestó: «¡Mi padre en el Islam es Mohamed (¡con él la plegaria y
la paz!), y el padre de mi padre es Abraham, el amigo de Alah!»
«¿En qué consiste la fe del Islam?»
«En la simple profesión de fe: «¡La ilah ili’Alah, Mohamed rassul Alah!»
«¿Qué cosa empezó siendo de madera y terminó gozando vida propia?»
«La vara que tiró Moisés para que se convirtiese en serpiente. Según las
circunstancias, esta misma vara, clavada en el suelo, podía
transformarse en árbol frutal, en un frondoso árbol muy grande para
resguardar del ardor del sol á Moisés, ó en un perro enorme que
guardara el rebaño durante la noche.»
«¿Puedes decirme qué mujer fué engendrada por un hombre sin que una
madre la llevase en el seno, y qué hombre fué engendrado por una mujer
sin el concurso de un padre?»
«¡Eva, que nació de Adán, y Jesús, que nació de María!»
El sabio continuó...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
[IMAGEN]
PERO CUANDO LLEGÓ
LA 286.ª NOCHE
Ella dijo:
...El sabio continuó: «¡Háblame de las diversas clases de fuego!»
Ella contestó: «¡Hay un fuego que come y no bebe: el fuego del mundo; un
fuego que come y bebe: el fuego del infierno; un fuego que bebe y no
come: el fuego del sol; por último, un fuego que no come ni bebe: el
fuego de la luna!»
«¿Cuál es la clave de este enigma? «Cuando bebo mana de mis labios la
elocuencia, y camino y hablo sin hacer ruido. ¡Y sin embargo, á pesar
de estas cualidades, no tengo honores en mi vida, y después de mi muerte
no me llora nadie!»
Ella contestó: «¡La pluma!»
«¿Y la clave de este otro enigma? «Soy pájaro, pero no tengo carne, ni
sangre, ni plumas, ni plumón; me comen asado, ó cocido, ó al natural, y
es muy difícil saber si estoy vivo ó muerto; en cuanto á mi color, es de
plata y oro.»
Ella contestó: «En verdad que tienes gana de emplear palabras excesivas
para hacerme saber que se trata del huevo. ¡Procura preguntarme algo más
difícil!»
Él preguntó: «¿Cuántas palabras dijo en total Alah á Moisés?»
Ella contestó: «¡Alah dijo á Moisés, exactamente, mil quinientas quince
palabras!»
Él preguntó: «¿Cuál es el origen de la Creación?»
Ella dijo: «Alah hizo á Adán con barro seco; el barro se formó con
espuma; la espuma se sacó del mar; el mar de las tinieblas; las
tinieblas de la luz; la luz de un monstruo marino; el monstruo marino de
un rubí; el rubí de una roca; la roca del agua; y el agua fué creada por
la palabra omnipotente: «¡Sea!»
«¿Y la clave de este otro enigma? «Como sin tener boca ni vientre, y me
nutro de árboles y anímales. ¡Los alimentos solos prolongan mi vida, en
tanto que cualquier bebida me mata!»
«¡El fuego!»
«¿Y la clave de este enigma? Son dos amigos que jamás gozaron, aunque
pasan todas sus noches uno en brazos de otro. ¡Son los guardianes de la
casa, y sólo se separan al llegar la mañana!»
«¡Las dos hojas de una puerta!»
«¿Qué significa lo que voy á decirte? ¡Arrastro largas colas tras de mí,
tengo una oreja para no oir nada y hago trajes para no llevarlos nunca!»
«¡La aguja!»
«¿Cuáles son la longitud y la anchura del puente Sirat?»
«La longitud del puente Sirat, por el cual deben pasar todos los hombres
el día de la Resurrección, es de tres mil años de camino, mil para subir
á él, mil para atravesar su parte plana y mil para bajar de él. ¡Es más
escarpado que un corte de sierra y más estrecho que un cabello.»
Preguntó él: «¿Puedes decirme ahora cuántas veces tiene derecho á
interceder por cada creyente el Profeta? (¡Con él la plegaria y la
paz!)»
Ella contestó: «¡Ni más ni menos de tres veces!»
«¿Quién abrazó primero la fe del Islam?»
«¡Abubekr!»
«Entonces, ¿no crees que fué musulmán Alí antes que Abubekr?»
«Alí, por gracia del Altísimo, no fué jamás idólatra, porque desde la
edad de siete años Alah le hizo seguir el camino recto, iluminando su
corazón y dotándolo de la fe de Mohamed. (¡Con él la plegaria y la
paz!)»
«¡Sí! Pero yo quisiera saber cuál de los dos, entre Alí y Abbas, reune
mayores méritos á tus ojos.»
Ante esta pregunta, con exceso insidiosa, advirtió Simpatía que el sabio
trataba de arrancarle una respuesta comprometedora; porque si daba la
preeminencia á Alí, yerno del Profeta, disgustaría al califa, que era
descendiente de Abbas, tío de Mohamed. (¡Con él la plegaria y la paz!)
Primero enrojeció, luego palideció, y tras un instante de reflexión,
repuso:
«¡Sabe, ¡oh Ibrahim! que no hay ninguna preeminencia entre dos cuando
cada cual de ellos tiene un mérito excelente!»
No bien el califa hubo oído esta respuesta, llegó al límite del
entusiasmo, é irguiéndose sobre ambos pies, exclamó: «¡Por el Señor de
la Kaaba! ¡Es admirable tal respuesta, ¡oh Simpatía!»
Pero el sabio continuó: «¿Puedes decirme de qué trata este enigma? «¡Es
esbelta y tierna y de sabor delicioso; es derecha como la lanza, pero no
tiene hierro agudo; es útil por su dulzura, y se come con gusto por la
noche en el mes de Ramadán!»
Ella contestó: «¡De la caña de azúcar!»
Dijo él: «Todavía tengo que dirigirte algunas preguntas, y voy á hacerlo
rápidamente. Puedes decirme en pocas palabras: ¿Qué hay más dulce que la
miel? ¿Qué hay más cortante que el hacha? ¿Qué hay más rápido que el
veneno en sus efectos? ¿Cuál es el goce de un instante? ¿Cuál es la
felicidad que dura tres días? ¿Cuál es el día más dichoso? ¿Cuál es el
regocijo de una semana? ¿Cuál es la deuda que ni el malo deja de pagar?
¿Cuál es el suplicio que nos persigue hasta la tumba? ¿Cuál es la
alegría del corazón? ¿Cuál es el sufrimiento del espíritu? ¿Cuál es la
desolación de la vida? ¿Cuál es el mal que no tiene remedio? ¿Cuál es la
vergüenza que no puede borrarse? ¿Cuál es el animal que vive en los
lugares desiertos y habita lejos de las ciudades, huyendo del hombre, y
reune la naturaleza de otros siete animales?»
Ella contestó: «¡Antes de hablar, deseo que me entregues tu manto!»
Entonces el califa Harún Al-Rachid dijo á Simpatía: «Sin duda tienes
razón. Pero ¿no convendría más que, por consideración á su edad,
contestases primero á sus preguntas?»
Y dijo ella: «¡El amor de los niños es más dulce que la miel! ¡La lengua
es más cortante que el hacha! ¡El mal de ojo es más rápido que el
veneno! ¡El goce del amor sólo dura un instante! ¡La felicidad que dura
tres días es la que experimenta el marido en las épocas menstruales de
su esposa, porque entonces él descansa! ¡El día más dichoso es el de
ganancia en un negocio! ¡El regocijo que dura una semana es el de la
boda! ¡La deuda que ha de pagar toda persona es la muerte! ¡La mala
conducta de los hijos es la pena que nos persigue hasta la tumba! ¡La
alegría del corazón es la mujer sumisa para con el esposo! ¡El
sufrimiento del espíritu es un sirviente malo! ¡La pobreza es la
desolación de la vida! ¡El mal carácter es el mal sin remedio! ¡La
vergüenza imborrable es el deshonor de una hija! ¡En cuanto al animal
que vive en los lugares desiertos y detesta al hombre, es el
saltamontes, que reune la naturaleza de otros siete animales: tiene,
efectivamente, cabeza de caballo, cuello de toro, alas de águila, pies
de camello, cola de serpiente, vientre de escorpión y cuernos de
gacela!»
Ante tanta sagacidad y saber, el califa Harún Al-Rachid se sintió en
extremo edificado, y ordenó al sabio Ibrahim ben-Sayar que diera su
manto á la adolescente. Después de haberla entregado su manto, levantó
la mano derecha el sabio, y manifestó en público que la joven habíale
superado en conocimientos y que era la maravilla entre las maravillas
del siglo.
Entonces preguntó el califa á Simpatía: «¿Sabes tocar instrumentos
armónicos y cantar acompañándote?» Ella contestó: «¡Sí, por cierto!»
Inmediatamente hizo traer un laúd en un estuche de raso rojo, rematado
con una borla de seda amarilla y cerrado con un broche de oro. Simpatía
sacó del estuche el laúd, y leyó en él estos versos grabados como orla
con caracteres enlazados y floridos:
_¡Era yo todavía una rama verde, y ya enseñábanse canciones las
aves enamoradas!_
_¡En las rodillas de las jóvenes, ahora resueno bajo los dedos y
canto cual las aves!_
Entonces lo apoyó ella contra sí, inclinóse como una madre sobre su
hijo, sacó del instrumento acordes de doce maneras distintas, y en medio
del entusiasmo general cantó con una voz que hubo de repercutir en todos
los corazones y arrancar lágrimas de emoción en los ojos todos.
Cuando acabó ella, irguióse sobre ambos pies el califa, y exclamó:
«¡Aumente en ti sus dones Alah, ¡oh Simpatía! y tenga en su misericordia
á quienes fueron tus maestros y á los autores de tus días!» Y acto
seguido hizo contar diez mil dinares de oro en cien sacos para
Abul-Hassán, y dijo á Simpatía: «Dime, ¡oh maravillosa adolescente!
¿prefieres entrar en mi harem y tener un palacio y tren de casa para ti
sola, ó bien prefieres volver con este joven, tu antiguo amo?»
Á estas palabras, Simpatía besó la tierra entre las manos del califa...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 287.ª NOCHE
Ella dijo:
...Simpatía besó la tierra entre las manos del califa y contestó:
«¡Extienda Alah sus gracias sobre nuestro dueño el califa! ¡Pero su
esclava desea volver á la casa de su antiguo amo!»
Lejos de mostrarse ofendido por esta preferencia, el califa accedió
inmediatamente á su demanda, haciendo que como regalo le entregaran
cinco mil dinares más, y le dijo: «¡Podrás acaso ser tan experta en amor
como lo eres en conocimientos espirituales!» Luego quiso aún poner
remate á su magnificencia, designando á Abul-Hassán para desempeñar un
alto cargo en palacio, y le admitió en el número de sus favoritos más
íntimos. Después levantó la sesión.
Entonces, agobiada bajo mantos de sabios Simpatía y cargado con sacos
repletos de dinares de oro Abul-Hassán, salieron de la sala ambos,
seguidos por todos los asistentes á la asamblea, que alzaban los brazos
y exclamaban, maravillándose de cuanto acababan de ver y oir: «¿Dónde
habrá en el mundo una generosidad semejante á la de los descendientes de
Abbas?»
«Tales son, ¡oh rey afortunado!--continuó Schahrazada--las palabras que
la docta Simpatía dijo en medio de la asamblea de sabios, y las cuales,
transmitidas por los anales del reino, sirven para instruir á toda mujer
musulmana.»
Luego, al ver Schahrazada que el rey Schahriar fruncía ya las cejas y
meditaba de un modo inquietante, apresuróse á abordar las AVENTURAS DEL
POETA ABU-NOWAS, y comenzó el relato en seguida, mientras la pequeña
Doniazada, medio dormida hasta entonces, despertábase sobresaltada de
repente, al oir pronunciar el nombre de Abu-Nowas, y toda oídos
disponíase á escuchar.
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AVENTURAS DEL POETA ABU-NOWAS
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Se cuenta--pero Alah es más sabio--que una noche entre las noches,
poseído de insomnio y con el espíritu preocupadísimo, el califa Harún
Al-Rachid salió solo de su palacio y fué á dar una vuelta por sus
jardines para distraer su hastío. De este modo llegó ante un pabellón
cuya puerta permanecía abierta, pero en su umbral se atravesaba el
cuerpo de un eunuco negro dormido. El califa saltó sobre el cuerpo del
esclavo, penetrando en la única sala de que se componía el pabellón, y
lo primero que se presentó á su vista fué un lecho con cortinas corridas
é iluminado á derecha é izquierda por dos grandes antorchas. Había junto
al lecho una mesita sosteniendo una bandeja con un cántaro de vino, al
que servía de tapa un vaso puesto boca abajo.
Asombróse el califa de encontrar en aquel pabellón aquellas cosas de las
que no tenía noticia, y avanzando hacia el lecho levantó las cortinas, y
se quedó maravillado de la belleza que ofrecíase á su mirada. Era una
joven esclava, tan hermosa cual la luna llena, y cuyo único velo
consistía en su cabellera suelta.
Á su vista, el califa, en extremo encantado, cogió el vaso que coronaba
el gollete del cántaro, lo llenó de vino y formuló en su alma: «¡Por las
rosas de tus mejillas, ¡oh joven!», y lo bebió con lentitud. Luego
inclinóse sobre el hermoso rostro y dejó un beso en un lunar negro que
sonreía desde la comisura izquierda de los labios.
Pero aunque fué levísimo, aquel beso despertó á la joven, quien, al
reconocer al Emir de los Creyentes, se incorporó en el lecho vivamente
aterrada. Pero el califa la calmó y le dijo: «Cerca de ti hay un laúd,
¡oh joven esclava! y sin duda debes saber extraer de él deliciosos
acordes. ¡Como á pesar de que no te conozco tengo determinado pasarme
esta noche contigo, no me disgustaría verte manejarlo mientras te
acompañas con la voz!»
Entonces tomó el laúd la joven, y tras de templarlo, sacó de él sonidos
admirables, haciéndolo de veintiún modos diferentes, y con tanta
maestría, que el califa se exaltó hasta el límite de la exaltación;
advertido lo cual por la joven, no dejó de aprovecharse de ello. Así,
pues, le dijo ella: «¡Sufro rigores del Destino, ¡oh Comendador de los
Creyentes!» El califa preguntó: «¿Y por qué?» Ella dijo: «Tu hijo
El-Amin, ¡oh Comendador de los Creyentes! me compró hace algunos días
por diez mil dinares, á fin de hacerte el regalo de mi persona. ¡Pero al
tener conocimiento de tal proyecto, tu esposa Sett Zobeida reintegró á
tu hijo el dinero que había invertido en comprarme, y me puso en manos
de un eunuco negro para que me encerrase en este pabellón solitario!»
Cuando el califa hubo oído estas palabras, se sintió sumamente
enfurecido y prometió á la joven darle desde el siguiente día un palacio
para ella sola, con tren de casa digno de su belleza. Luego, tras de una
toma de posesión, salió á toda prisa, despertando al eunuco dormido y
ordenándole que inmediatamente fuese á prevenir al poeta Abu-Nowas para
que se presentase en seguida en palacio.
Era costumbre del califa, en efecto, enviar que buscasen al poeta
cuantas veces le asaltaban preocupaciones, con objeto de distraerse
oyéndole improvisar poemas ó poner en verso cualquier aventura que le
contara.
El eunuco se personó en la casa de Abu-Nowas, y como no le encontró
allí, salió en su busca por todos los lugares públicos de Bagdad, y le
encontró al fin en cierta mal afamada taberna, á lo último del barrio de
la Puerta Verde. Se acercó á él y le dijo: «¡Oh Abu-Nowas, por ti
pregunta nuestro amo el califa!» Abu-Nowas se echó á reír, y contestó:
«¿Cómo quieres, ¡oh padre de blancuras! que me mueva de aquí, si me
retiene como rehén un jovencito amigo mío?» El eunuco preguntó: «¿Dónde
está y quién es?» Y le contestó el otro: «Es menudo, imberbe y lindo.
¡Le prometí un regalo de mil dracmas, pero como no tengo encima esa
cantidad, no me parece decente irme antes de satisfacer mi deuda!»
Á estas palabras exclamó el eunuco: «¡Por Alah! ¡Abu-Nowas, enséñame á
ese joven, y si verdaderamente es tan gentil como me estás dando á
entender, quedarás relevado de todo lo demás!»
En tanto hablaban ellos de este modo, el pequeño asomó su linda cabeza
por la puerta entreabierta, y Abu-Nowas, señalándole, exclamó: «Si la
rama se balancea, ¡qué armonioso no será el canto de los pájaros que en
ella anidan!...»
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
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CUANDO LLEGÓ
LA 288.ª NOCHE
Ella dijo:
«...Si la rama se balancea, ¡qué armonioso no será el canto de los
pájaros que en ella anidan!»
Entonces acabó de entrar el joven en la sala. Realmente, era lo más
bello posible, é iba vestido con tres túnicas superpuestas y de
distintos colores: la primera, completamente blanca; la segunda, roja;
la tercera, negra.
Cuando Abu-Nowas le vió vestido de blanco, sintió crepitar en su
espíritu el fuego de la inspiración, é improvisó estos versos en honor
suyo:
_¡Se mostró vestido con un lino de blancura lechosa, y sus ojos
languidecían bajo sus párpados azules, y las rosas tiernas de sus
mejillas bendecían á Quien hubo de crearlas!_
_Y le dije: «¿Por qué pasas sin mirarme, cuando consientes que
caiga en tus manos como la víctima bajo el arma del sacrificador?»_
_Me contestó: «Déjate de discursos y mira en silencio la obra del
Creador: blanco es mi cuerpo y blanca mi túnica; blanco es mi
rostro y blanco mi destino; ¡es blanco sobre blanco, y blanco sobre
blanco!»_
Al oír el joven estos versos, sonrió y se despojó de su túnica blanca
para aparecer todo de rojo. Á su vista, sintió Abu-Nowas poseerle por
completo la emoción poética, y acto seguido improvisó estos otros
versos:
_¡Se mostró vestido con una túnica roja como su proceder cruel!_
_Y exclamé, sorprendido: «¿Cómo, siendo de una blancura lunar,
puedes aparecer con esas dos mejillas que se dirían enrojecidas por
la sangre de nuestros corazones, y vestido con una túnica robada á
las anémonas?»_
_Me contestó: «La aurora me había prestado antes su vestidura; pero
ahora es el mismo sol quien me hizo el regalo de sus llamas: de
llama son mis ojos y rojo mi traje; de llama son mis labios y rojo
el vino que los colorea; ¡es rojo sobre rojo, y rojo sobre rojo!»_
Al oír estos versos, el pequeño arrojó con un gesto su túnica roja y
apareció vestido con la túnica negra que llevaba directamente sobre la
piel, y acusaba con precisión el talle ceñido por un cinturón de seda. Y
Abu-Nowas, al verlo, llegó al límite de la exaltación, é improvisó estos
otros versos en honor suyo:
_¡Se mostró vestido con una túnica negra como la noche, y no se
dignó siquiera dirigirme una mirada! Y le dije: «¿No ves que mis
enemigos y quienes me envidian se alegran del abandono en que me
tienes?_
_»¡Ah! Ya lo comprendo: negras son tus vestiduras y negra tu
cabellera; negros son tus ojos y negro mi destino; ¡es negro sobre
negro, y negro sobre negro!»_
Cuando el enviado del califa vió al joven y escuchó estos versos,
disculpó de todo corazón á Abu-Nowas, y volvió al instante á palacio,
donde puso al califa en autos acerca de la aventura acaecida á
Abu-Nowas, y le explicó que el poeta habíase constituído en rehén en la
taberna por no poder pagar la suma prometida al hermoso mancebo.
Entonces, el califa, divertido á la vez que irritado, entregó al eunuco
la suma necesaria para el rescate del rehén, y le ordenó que fuese á
sacarle de allí en seguida, para llevarle, de grado ó por fuerza, á su
presencia.
Se apresuró el eunuco á ejecutar la orden, y no tardó en volver
sosteniendo con dificultad al poeta, que se tambaleaba por haber bebido
demasiado. Y el califa le apostrofó con una voz que trató de hacer
furiosa; luego, al ver que Abu-Nowas se echaba á reir, se acercó á él,
le cogió de la mano, y en su compañía se encaminó hacia el pabellón
donde se encontraba la esclava.
Cuando Abu-Nowas vió sentada en la cama y vestida toda de raso azul, y
con el rostro cubierto por un ligero velo de seda azul, á aquella joven
de grandes ojos negros que le sonreían en la faz, le pasó la embriaguez,
pero en cambio sintióse inflamado de entusiasmo, y de pronto improvisó
esta estrofa en honor suyo:
_¡Di á la bella del velo azul que la suplico se compadezca de
alguien que arde en deseo de su hermosura! Dile: «¡Te conjuro por
la blancura de tu linda tez, que no igualan ni la tierna rosa ni
el jazmín, te conjuro por tu sonrisa, que hace palidecer las perlas
y los rubíes, á que me dirijas una mirada en la cual no pueda yo
leer la huella de las calumnias que acerca de mí inventaron quienes
me envidian!»_
Cuando hubo concluído su improvisación Abu-Nowas, la esclava presentó
una bandeja con bebidas al califa, quien, para divertirse, invitó al
poeta á que se bebiese él solo todo el vino de la copa. Abu-Nowas
accedió á ello gustoso, y no tardó en sentir de nuevo en su corazón los
efectos del licor enervante. En aquel momento se le ocurrió al califa
levantarse súbito, á fin de asustar á Abu-Nowas, y espada en mano
precipitóse sobre él como para cortarle la cabeza.
Al ver aquello, Abu-Nowas, aterrado, echó á correr por la sala dando
grandes gritos; y el califa le perseguía por todos los rincones,
pinchándole con la punta de la espada. Por último le dijo: «¡Ahora
vuelve á tu sitio á beber otro trago todavía!» Y al mismo tiempo hizo
una seña á la joven para que escondiese la copa, lo cual cumplió
inmediatamente ella ocultándola con su vestido. Pero, á pesar de su
embriaguez, lo advirtió Abu-Nowas, é improvisó esta estrofa:
_¡Cuán extraña aventura es mi aventura! ¡Una cándida joven se
transforma en ladrona y me arrebata la copa para esconderla bajo su
traje, en cierto sitio donde querría verme escondido yo! ¡Se trata
de un lugar que no nombro por respeto al califa!_
Al oir estos versos, se echó á reir el califa, y dijo á Abu-Nowas en
broma: «¡Por Alah! Desde ahora quiero designarte para un alto empleo.
¡En lo sucesivo serás titulado jefe de los alcahuetes de Bagdad!»
Chanceándose, respondió al instante Abu-Nowas: «¡En ese caso, ¡oh
Comendador de los Creyentes! me pongo á tus órdenes, rogándote me digas
en seguida si necesitas de mis alcahueterías!»
Á estas palabras, montó el califa en una cólera terrible, y gritó al
eunuco que llamase inmediatamente á Massrur el portaalfanje, ejecutor de
su justicia. Y algunos instantes después llegó Massrur, y el califa le
ordenó que despojase de su ropa á Abu-Nowas...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 290.ª NOCHE
Ella dijo:
...y el califa le ordenó que despojase de su ropa á Abu-Nowas y le
pusiese una albarda á la espalda, atándole un ronzal y hundiéndole una
espuela en las posaderas, y de tal guisa le llevase por todos los
pabellones de favoritas y demás esclavos, para que sirviese de irrisión
á los habitantes todos de palacio, conduciéndole luego á la puerta de la
ciudad, y ante el pueblo de Bagdad en masa le cortase la cabeza,
sirviéndosela en una bandeja. Y contestó Massrur: «¡Escucho y obedezco!»
Y al momento se dispuso á ejecutar las órdenes del califa.
Arrastró á Abu-Nowas, que juzgaba completamente inútil intentar eludir
el furor del califa, y después de ponerle como queda dicho, comenzó á
pasearle lentamente por delante de los diversos pabellones, cuyo número
era igual al de los días del año.
Y hete aquí que Abu-Nowas, cuya reputación de chistoso era universal en
palacio, no dejó de atraerse la simpatía de todas las mujeres, las
cuales, para hacer más ostensible su piedad, empezaron á cubrirle de oro
y joyas, y acabaron por agruparse y seguirle prodigándole palabras de
consuelo; y entonces el visir Giafar Al-Barmaki, que pasaba por frente
al grupo para personarse en palacio, reclamado por un asunto urgente, al
ver al poeta llorando y lamentándose, se acercó á él y le dijo: «¿Pero
eres tú, Abu-Nowas? ¿Qué crimen cometiste para ser castigado de tal
modo?» El otro respondió: «¡Por Alah, no cometí ni la sombra de un
crimen! ¡No hice otra cosa que recitar algunos de mis más hermosos
versos ante el califa, quien me ha regalado en agradecimiento sus
mejores trajes!»
Como en aquel mismo instante se encontraba muy cerca de ellos el califa,
oculto tras los tapices de un pabellón, no pudo por menos de echarse á
reir al escuchar la respuesta de Abu-Nowas. Le perdonó, regalándole un
ropón de honor y una fuerte suma de dinero, y continuó, como antes,
haciendo de él su compañero inseparable en los momentos de mal humor.
Cuando Schahrazada acabó de contar esta aventura del poeta
Abu-Nowas, la pequeña Doniazada, presa de un ataque de risa que en
vano pretendía sofocar contra la alfombra en que se hallaba
sentada, corrió á su hermana y le dijo: «¡Por Alah, hermana
Schahrazada, cuán divertida fué la historia, y qué gracioso debía
estar Abu-Nowas vestido de borrico! ¡Si nos contases alguna otra
aventura de ese individuo serías muy amable!»
Pero exclamó el rey Schahriar: «¡Me resulta muy antipático el tal
Abu-Nowas, y si deseas que te corten inmediatamente la cabeza, no
tienes mas que continuar con el relato de sus aventuras! En otro
caso, puedes contarme alguna historia de viajes para amenizarme el
resto de la noche; porque me he aficionado á todo lo referente á
viajes instructivos desde el día en que emprendí una excursión á
lejanos países con mi hermano Schahzamán, rey de Samarcanda
Al-Ajam, después de lo ocurrido con mi maldita mujer, á la que hice
cortar la cabeza. Así, pues, si conoces un cuento verdaderamente
delicioso para quien lo escuche, no dejes de contarlo desde luego,
ya que esta noche es más tenaz que nunca mi insomnio.»
Al oir del rey Schahriar tales palabras, se apresuró á decir la
discreta Schahrazada: «Justamente, las más asombrosas y gratas
entre todas las que conozco son las historias de viajes. En seguida
vas á juzgar, ¡oh rey afortunado! porque, en verdad, no hay en los
libros historia comparable á la del viajero llamado SINDBAD EL
MARINO[1]. ¡Y con esta historia es precisamente con la que te voy á
entretener, ¡oh rey afortunado! desde el momento en que tienes á
bien el permitírmelo!»
Y acto seguido comenzó á narrar Schahrazada:
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HISTORIA DE SINDBAD EL MARINO[2]
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He llegado á saber que, en tiempo del califa Harún Al-Rachid, vivía en
la ciudad de Bagdad un hombre llamado Sindbad el Cargador. Era de
condición pobre, y para ganarse la vida acostumbraba á transportar
bultos en su cabeza. Un día entre los días hubo de llevar cierta carga
muy pesada; y aquel día precisamente sentíase un calor tan excesivo, que
sudaba el cargador, abrumado por el peso que llevaba encima. Intolerable
se había hecho ya la temperatura, cuando el cargador pasó por delante
de la puerta de una casa que debía pertenecer á algún mercader rico, á
juzgar por el suelo bien barrido y regado alrededor con agua de rosas.
Soplaba allí una brisa gratísima, y cerca de la puerta aparecía un ancho
banco para sentarse. Al verlo, el cargador Sindbad soltó su carga sobre
el banco en cuestión, con objeto de descansar y respirar aquel aire
agradable, sintiendo á poco que desde la puerta llegaba á él un aura
pura y mezclada con delicioso aroma; y tanto le deleitó, que fué á
sentarse en un extremo del banco. Entonces advirtió un concierto de
laúdes é instrumentos diversos, acompañados por magníficas voces que
cantaban canciones en un lenguaje escogido; y advirtió también píos de
aves canoras que glorificaban de modo encantador á Alah el Altísimo;
distinguió, entre otros, acentos de tórtolas, de ruiseñores, de mirlos,
de bulbuls, de palomas de collar y de perdices domésticas. Maravillóse
mucho, é impulsado por el placer enorme que todo aquello le causaba,
asomó la cabeza por la rendija abierta de la puerta y vió en el fondo un
jardín inmenso, donde se apiñaban servidores jóvenes, y esclavos, y
criados, y gente de todas calidades, y había allí cosas que no se
encontrarían mas que en alcázares de reyes y sultanes.
Tras esto llegó hasta él una tufarada de manjares realmente admirables y
deliciosos, á la cual se mezclaba todo género de fragancias exquisitas
procedentes de diversas vituallas y bebidas de buena calidad. Entonces
no pudo por menos de suspirar, y alzó al cielo los ojos y exclamó:
«¡Gloria á Ti, Señor Creador, ¡oh Donador! ¡Sin calcular, repartes
cuantos dones te placen, ¡oh Dios mío! ¡Pero no creas que clamo á ti
para pedirte cuentas de tus actos ó para preguntarte acerca de tu
justicia y de tu voluntad, porque á la criatura le está vedado
interrogar á su dueño omnipotente! Me limito á observar. ¡Gloria á ti!
¡Enriqueces ó empobreces, elevas ó humillas, conforme á tus deseos, y
siempre obras con lógica, aunque á veces no podamos comprenderla! He ahí
al amo de esta casa... ¡Es dichoso hasta los límites extremos de la
felicidad! ¡Disfruta las delicias de esos aromas encantadores, de esas
fragancias agradables, de esos manjares sabrosos, de esas bebidas
superiormente deliciosas! ¡Vive feliz, tranquilo y contentísimo,
mientras otros, como yo, por ejemplo, nos hallamos en el último confín
de la fatiga y la miseria!»
Luego apoyó el cargador su mano en la mejilla, y á toda voz cantó los
siguientes versos que iba improvisando:
_¡Suele ocurrir que un desgraciado sin albergue se despierte de
pronto á la sombra de un palacio creado por su Destino! ¡Pero ¡ay!
yo cada mañana me despierto más miserable que la víspera!_
_¡Por instantes aumenta mi infortunio, como la carga que á mi
espalda pesa fatigosa, en tanto que otros viven dichosos y
contentos en el seno de los bienes que la suerte les prodiga!_
_¿Cargó nunca el Destino la espalda de un hombre con carga parecida
á la aguantada por mi espalda?... ¡Sin embargo, no dejan de ser mis
semejantes otros que están ahitos de honores y reposo!_
_¡Y aunque no dejan de ser mis semejantes, entre ellos y yo puso la
suerte alguna diferencia, pareciéndome yo á ellos como el vinagre
amargo y rancio se parece al vino!_
_¡Pero no pienses que te acuso lo más mínimo, ¡oh mi Señor! porque
nunca haya gozado yo de tu largueza! ¡Eres grande, magnánimo y
justo, y bien sé que juzgas con sabiduría!_
Al concluir de cantar tales versos, Sindbad el Cargador se levantó y
quiso poner de nuevo la carga en su cabeza, continuando su camino,
cuando se destacó en la puerta del palacio y avanzó hacia él un
esclavito de semblante gentil, de formas delicadas y vestiduras muy
hermosas, que, cogiéndole de la mano, le dijo: «Entra á hablar con mi
amo, que desea verte.» Muy intimidado, el cargador intentó encontrar
cualquier excusa que le dispensase de seguir al joven esclavo, mas en
vano. Dejó, pues, su cargamento en el vestíbulo, y penetró con el niño
en el interior de la morada.
Vió una casa espléndida, llena de personas graves y respetuosas, y en el
centro de la cual se abría una gran sala, donde le introdujeron. Se
encontró allí ante una asamblea numerosa compuesta de personajes que
parecían honorables, y debían ser convidados de importancia. También
encontró allí flores de todas especies, perfumes de todas clases,
confituras secas de todas calidades, golosinas, pastas de almendras,
frutas maravillosas y una cantidad prodigiosa de bandejas cargadas con
corderos asados y manjares suntuosos, y más bandejas cargadas con
bebidas extraídas del zumo de las uvas. Encontró asimismo instrumentos
armónicos que sostenían en sus rodillas unas esclavas muy hermosas,
sentadas ordenadamente en el sitio asignado á cada una.
En medio de la sala, entre los demás convidados, vislumbró el cargador á
un hombre de rostro imponente y digno, cuya barba blanqueaba á causa de
los años, cuyas facciones eran correctas y agradables á la vista, y cuya
fisonomía toda denotaba gravedad, bondad, nobleza y grandeza.
Al mirar todo aquello, el cargador Sindbad...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 291.ª NOCHE
Ella dijo:
...Al mirar todo aquello, el cargador Sindbad quedó sobrecogido, y se
dijo: «¡Por Alah! ¡Esta morada debe ser un palacio del país de los
genios poderosos, ó la residencia de un rey muy ilustre ó de un sultán!»
Luego se apresuró á tomar la actitud que requerían la cortesía y la
mundanidad, deseó la paz á todos los asistentes, hizo votos por ellos,
besó la tierra entre sus manos, y acabó manteniéndose de pie, con la
cabeza baja, demostrando respeto y modestia.
Entonces el dueño de la casa le dijo que se aproximara, y le invitó á
sentarse á su lado después de desearle la bienvenida con acento muy
amable; le sirvió de comer, ofreciéndole lo más delicado, y lo más
delicioso, y lo más hábilmente condimentado entre todos los manjares que
cubrían las bandejas. Y no dejó Sindbad el Cargador de hacer honor á la
invitación luego de pronunciar la fórmula invocadora. Así es que comió
hasta hartarse; después dió las gracias á Alah, diciendo: «¡Loores á Él
siempre!» Tras de lo cual, se lavó las manos y agradeció á todos los
convidados su amabilidad.
Solamente entonces dijo el dueño de la casa al cargador, siguiendo la
costumbre que no permite hacer preguntas al huésped mas que cuando se le
ha servido de comer y beber: «¡Sé bienvenido, y obra con toda libertad!
¡Bendiga Alah tus días! Pero ¿puedes decirme tu nombre y profesión, ¡oh
huésped mío!?» Y contestó el otro: «¡Oh señor! me llamo Sindbad el
Cargador, y mí profesión consiste en transportar bultos sobre mi cabeza
mediante un salario.» Sonrió el dueño de la casa, y le dijo: «¡Sabe, ¡oh
cargador! que tu nombre es igual que mi nombre, pues me llamo Sindbad el
Marino!»
Luego continuó: «¡Sabe también, ¡oh cargador! que si te rogué que
vinieras aquí fué para oirte repetir las hermosas estrofas que cantabas
cuando estabas sentado en el banco ahí fuera!»
Á estas palabras sonrojóse el cargador, y dijo: «¡Por Alah sobre ti! ¡No
me guardes rencor á causa de tan desconsiderada acción, ya que las
penas, las fatigas y las miserias, que nada dejan en la mano, hacen
descortés, necio é insolente al hombre!» Pero Sindbad el Marino dijo á
Sindbad el Cargador: «No te avergüences de lo que cantaste, ni te
turbes, porque en adelante serás mi hermano. ¡Sólo te ruego que te des
prisa á cantar esas estrofas que escuché y me maravillaron mucho!»
Entonces cantó el cargador las estrofas en cuestión, que gustaron en
extremo á Sindbad el Marino.
Concluídas que fueron las estrofas, Sindbad el Marino se encaró con
Sindbad el Cargador, y le dijo: «¡Oh cargador! sabe que yo también tengo
una historia asombrosa, y que me reservo el derecho de contarte á mi
vez. Te explicaré, pues, todas las aventuras que me sucedieron y todas
las pruebas que sufrí antes de llegar á esta felicidad y de habitar este
palacio. Y verás entonces á costa de cuán terribles y extraños trabajos,
á costa de cuántas calamidades, de cuántos males y de cuántas desgracias
iniciales adquirí estas riquezas en medio de las que me ves vivir en mi
vejez. Porque sin duda ignoras los siete viajes extraordinarios que he
realizado, y cómo cada cual de estos viajes constituye por sí solo una
cosa tan prodigiosa, que únicamente con pensar en ella queda uno
sobrecogido y en el límite de todos los estupores. ¡Pero cuanto voy á
contarte á ti y á todos mis honorables invitados no me sucedió, en suma,
mas que porque el Destino lo había dispuesto de antemano y porque toda
cosa escrita debe acaecer, sin que sea posible rehuirla ó evitarla!»
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La primera historia de las historias de Sindbad el Marino, que trata del
primer viaje
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«Sabed todos vosotros, ¡oh señores ilustrísimos, y tú, honrado cargador,
que te llamas, como yo, Sindbad! que mi padre era un mercader de rango
entre los mercaderes. Había en su casa numerosas riquezas, de las cuales
hacía uso sin cesar para distribuir á los pobres dádivas con largueza,
si bien con prudencia, ya que á su muerte me dejó muchos bienes, tierras
y poblados enteros, siendo yo muy pequeño todavía.
Cuando llegué á la edad de hombre, tomé posesión de todo aquello, y me
dediqué á comer manjares extraordinarios y á beber bebidas
extraordinarias, alternando con la gente joven, y presumiendo de trajes
excesivamente caros, y cultivando el trato de amigos y camaradas. Y
estaba convencido de que aquello había de durar siempre, para mayor
ventaja mía. Continué viviendo mucho tiempo así, hasta que un día,
curado de mis errores y vuelto á mi razón, hube de notar que mis
riquezas habíanse disipado, mi condición había cambiado y mis bienes
habían huído. Entonces desperté completamente de mi inacción,
sintiéndome poseído por el temor y el espanto de llegar á la vejez un
día sin tener qué ponerme. También entonces me vinieron á la memoria
estas palabras que mi difunto padre se complacía en repetir, palabras de
nuestro Señor Soleimán ben-Daud (¡con ambos la plegaria y la paz!): _Hay
tres cosas preferibles á otras tres: el día en que se muere es menos
penoso que el día en que se nace, un perro vivo vale más que un león
muerto, y la tumba es mejor que la pobreza_.
Tan pronto como me asaltaron estos pensamientos, me levanté, reuní lo
que me restaba de muebles y vestidos, y sin pérdida de momento lo vendí
en almoneda pública con los residuos de mis bienes, propiedades y
tierras. De ese modo me hice con la suma de tres mil dracmas...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 292.ª NOCHE
Ella dijo:
...me hice con la suma de tres mil dracmas, y en seguida se me antojó
viajar por las comarcas y países de los hombres, porque me acordé de las
palabras del poeta, que ha dicho:
_¡Las penas hacen más hermosa aún la gloria que se adquiere! ¡La
gloria de los humanos es la hija inmortal de muchas noches pasadas
sin dormir!_
_¡Quien desea encontrar el tesoro sin igual de las perlas del mar,
blancas, grises ó rosadas, tiene que hacerse buzo antes de
conseguirlas!_
_¡Á la muerte llegaría en su esperanza vana quien quisiera alcanzar
la gloria sin esfuerzo!_
Así, pues, sin tardanza corrí al zoco, donde tuve cuidado de comprar
mercancías diversas y pacotillas de todas clases. Lo transporté
inmediatamente todo á bordo de un navío, en el que se encontraban ya
dispuestos á partir otros mercaderes, y con el alma deseosa de marinas
andanzas, vi cómo se alejaba de Bagdad el navío y descendía por el río
hasta Bassra, yendo á parar al mar.
En Bassra el navío dirigió la vela hacia alta mar, ¡y entonces navegamos
durante días y noches, tocando en islas y en islas, y entrando en un mar
después de otro mar, y llegando á una tierra después de otra tierra! Y
en cada sitio en que desembarcábamos vendíamos unas mercancías para
comprar otras, y hacíamos trueques y cambios muy ventajosos.
Un día en que navegábamos sin ver tierra desde hacía varios días, vimos
surgir del mar una isla que por su vegetación nos pareció algún jardín
maravilloso entre los jardines del Edén. Al advertirla, el capitán del
navío quiso tomar allí tierra, dejándonos desembarcar una vez que
anclamos.
Descendimos todos los comerciantes, llevando con nosotros cuantos
víveres y utensilios de cocina nos eran necesarios. Encargáronse algunos
de encender lumbre, y preparar la comida, y lavar la ropa, en tanto que
otros se contentaron con pasearse, divertirse y descansar de las fatigas
marítimas. Yo fuí de los que prefirieron pasearse y gozar las bellezas
de la vegetación que cubría aquellas costas, sin olvidarme de comer y
beber.
Mientras de tal manera reposábamos, sentimos de repente que temblaba la
isla toda con tan ruda sacudida, que fuimos despedidos á algunos pies de
altura sobre el suelo. Y en aquel momento vimos aparecer en la proa del
navío al capitán, que nos gritaba con una voz terrible y gestos
alarmantes: «¡Salvaos pronto, ¡oh pasajeros! ¡Subid en seguida á bordo!
¡Dejadlo todo! ¡Abandonad en tierra vuestros efectos y salvad vuestras
almas! ¡Huid del abismo que os espera! ¡Porque la isla donde os
encontráis no es una isla, sino una ballena gigantesca que eligió en
medio de este mar su domicilio desde antiguos tiempos, y merced á la
arena marina crecieron árboles en su lomo! ¡La despertasteis ahora de su
sueño, turbasteis su reposo, excitasteis sus sensaciones encendiendo
lumbre sobre su lomo, y hela aquí que se despereza! ¡Salvaos, ó si no,
os sumergirá en el mar, que ha de tragaros sin remedio! ¡Salvaos!
¡Dejadlo todo, que he de partir!»
Al oir estas palabras del capitán, los pasajeros, aterrados, dejaron
todos sus efectos, vestidos, utensilios y hornillas, y echaron á correr
hacia el navío, que á la sazón levaba el ancla. Pudieron alcanzarlo á
tiempo algunos; otros no pudieron. Porque la ballena se había ya puesto
en movimiento, y tras unos cuantos saltos espantosos se sumergía en el
mar con cuantos tenía encima del lomo, y las olas, que chocaban y se
entrechocaban, cerráronse para siempre sobre ella y sobre ellos.
¡Yo fuí de los que se quedaron abandonados encima de la ballena y habían
de ahogarse!
Pero Alah el Altísimo veló por mí y me libró de ahogarme, poniéndome al
alcance de la mano una especie de cubeta grande de madera, llevada allí
por los pasajeros para lavar su ropa. Me aferré primero á aquel objeto,
y luego pude ponerme á horcajadas sobre él, gracias á los esfuerzos
extraordinarios de que me hacían capaz el peligro y el cariño que tenía
yo á mi alma, que me era preciosísima. Entonces me puse á batir el agua
con mis pies á manera de remos, mientras las olas jugueteaban conmigo
haciéndome zozobrar á derecha y á izquierda.
En cuanto al capitán, se dió prisa á alejarse á toda vela con los que se
pudieron salvar, sin ocuparse de los que sobrenadaban todavía. No
tardaron en perecer éstos, mientras yo ponía á contribución todas mis
fuerzas para servirme de mis pies á fin de alcanzar al navío, al cual
hube de seguir con los ojos hasta que desapareció de mi vista, y la
noche cayó sobre el mar, dándome la certeza de mi perdición y mi
abandono.
Durante una noche y un día enteros estuve en lucha contra el abismo. El
viento y las corrientes me arrastraron á las orillas de una isla
escarpada, cubierta de plantas trepadoras que descendían á lo largo de
los acantilados hundiéndose en el mar. Me así á estos ramajes, y
ayudándome con pies y manos conseguí trepar hasta lo alto del
acantilado.
Habiéndome escapado de tal modo de una perdición segura, pensé entonces
en examinar mi cuerpo, y vi que estaba lleno de contusiones y tenía los
pies hinchados y con huellas de mordeduras de peces, que habíanse
llenado el vientre á costa de mis extremidades. Sin embargo, no sentía
dolor ninguno, de tan insensibilizado como estaba por la fatiga y el
peligro que corrí. Me eché de bruces, como un cadáver, en el suelo de la
isla, y me desvanecí, sumergido en un aniquilamiento total.
Permanecí dos días en aquel estado, y me desperté cuando caía sobre mí á
plomo el sol. Quise levantarme; pero mis pies hinchados y doloridos se
negaron á socorrerme, y volví á caer en tierra. Muy apesadumbrado
entonces por el estado á que me hallaba reducido, hube de arrastrarme, á
gatas unas veces y de rodillas otras, en busca de algo para comer.
Llegué, por fin, á una llanura cubierta de árboles frutales y regada
por manantiales de agua pura y excelente. Y allí reposé durante varios
días, comiendo frutas y bebiendo en las fuentes. Así que no tardó mi
alma en revivir, reanimándose mi cuerpo entorpecido, que logró ya
moverse con facilidad y recobrar el uso de sus miembros, aunque no del
todo, porque vime todavía precisado á confeccionarme, para andar, un par
de muletas que me sostuvieran. De esta suerte pude pasearme lentamente
entre los árboles, comiendo frutas, y pasaba largos ratos admirando
aquel país y extasiándome ante la obra del Todopoderoso.
Un día que me paseaba por la ribera, vi aparecer en lontananza una cosa
que me pareció un animal salvaje ó algún monstruo entre los monstruos
del mar. Tanto hubo de intrigarme aquella cosa, que, á pesar de los
sentimientos diversos que en mí se agitaban, me acerqué á ella, ora
avanzando, ora retrocediendo. Y acabé por ver que era una yegua
maravillosa atada á un poste. Tan bella era, que intenté aproximarme
más, para verla todo lo cerca posible, cuando de pronto me aterró un
grito espantoso, dejándome clavado en el suelo, por más que mi deseo
fuera huir cuanto antes; y en el mismo instante surgió de debajo de la
tierra un hombre, que avanzó á grandes pasos hacia donde yo estaba, y
exclamó: «¿Quién eres? ¿Y de dónde vienes? ¿Y qué motivo te impulsó á
aventurarte hasta aquí?»
Yo contesté: «¡Oh señor! Sabe que soy un extranjero que iba á bordo de
un navío y naufragué con otros varios pasajeros. ¡Pero Alah me facilitó
una cubeta de madera, á la que me así, y que me sostuvo hasta que fuí
despedido á esta costa por las olas!»
Cuando oyó mis palabras, cogióme de la mano y me dijo: «¡Sígueme!» Y le
seguí. Entonces me hizo bajar á una caverna subterránea y me obligó á
entrar en un salón, en cuyo sitio de honor me invitó á sentarme, y me
llevó algo de comer, porque yo tenía hambre. Comí hasta hartarme y
apaciguar mi ánimo. Entonces me interrogó acerca de mi aventura, y se la
conté desde el principio al fin; y se asombró prodigiosamente. Luego
añadí: «¡Por Alah sobre ti, ¡oh dueño mío! no te enfades demasiado por
lo que voy á preguntarte! ¡Acabo de contarte la verdad de mi aventura, y
ahora anhelaría saber el motivo de tu estancia en esta sala subterránea
y la causa por qué atas sola á esa yegua en la orilla del mar!»
Él me dijo: «Sabe que somos varios los que estamos en esta isla,
situados en diferentes lugares...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 293.ª NOCHE
Ella dijo:
»...Sabe que somos varios los que estamos en esta isla, situados en
diferentes lugares, para guardar los caballos del rey Mihraján. Todos
los meses, al salir la luna nueva, cada uno de nosotros trae aquí una
yegua de pura raza, virgen todavía, la ata en la ribera y en seguida se
oculta en la gruta subterránea. Atraído entonces por el olor á hembra,
sale del agua un caballo entre los caballos marinos, que mira á derecha
y á izquierda, y al no ver á nadie salta sobre la yegua y la cubre.
Luego, cuando ha acabado su cosa con ella, desciende de sus ancas é
intenta llevarla consigo. Pero ella no puede seguirle, porque está atada
al poste; entonces relincha muy fuerte él y le da cabezazos y coces, y
relincha cada vez más fuerte. Le oímos nosotros y comprendemos que ha
acabado de cubrirla; inmediatamente salimos por todos lados, y corremos
hacía él lanzando grandes gritos, que le asustan y le obligan á entrar
en el mar de nuevo. En cuanto á la yegua, queda preñada y pare un potro
ó una potra que vale todo un tesoro, y que no puede tener igual en toda
la haz de la tierra. Y precisamente hoy ha de venir el caballo marino.
Y te prometo que, una vez terminada la cosa, te llevaré conmigo para
presentarte á nuestro rey Mihraján y darte á conocer nuestro país.
¡Bendice, pues, á Alah, que te hizo encontrarme, porque sin mí morirías
de tristeza en esta soledad, sin volver á ver nunca á los tuyos y á tu
país y sin que nunca supiese de ti nadie!»
Al oir tales palabras, di muchas gracias al guardián de la yegua, y
continué departiendo con él, en tanto que el caballo marino salía del
agua, saltando sobre la yegua y la cubría. Y cuando hubo terminado lo
que tenía que terminar, descendió de sobre ella y quiso llevársela; mas
ella no podía desatarse del poste, y se encabritaba y relinchaba. Pero
el guardián de la yegua se precipitó fuera de la caverna, llamó con
grandes voces á sus compañeros, y provistos todos de hachas, lanzas y
escudos, se abalanzaron al caballo marino, que lleno de terror soltó su
presa, y como un búfalo, fué á tirarse al mar y desapareció bajo las
aguas.
Entonces, todos los guardianes, cada uno con su yegua, se agruparon á mi
alrededor y me prodigaron mil amabilidades, y después de facilitarme aún
más comida y de comer conmigo, me ofrecieron una buena montura, y en
vista de la invitación que me hizo el primer guardián, me propusieron
que les acompañara á ver al rey su señor. Acepté desde luego, y partimos
todos juntos.
Cuando llegamos á la ciudad, se adelantaron mis compañeros para poner á
su señor al corriente de lo que me había acaecido. Tras de lo cual
volvieron á buscarme y me llevaron al palacio; y en uso del permiso que
se me concedió, entré en la sala del trono y fuí á ponerme entre las
manos del rey Mihraján, al cual le deseé la paz.
Correspondiendo á mis deseos de paz, el rey me dió la bienvenida, y
quiso oir de mi boca el relato de mi aventura. Obedecí en seguida, y le
conté cuanto me había sucedido, sin omitir un detalle.
Al escuchar semejante historia, el rey Mihraján se maravilló, y me dijo:
«¡Por Alah, hijo mío, que si tu suerte no fuera tener una vida larga,
sin duda á estas horas habrías sucumbido á tantas pruebas y sinsabores!
¡Pero da gracias á Alah por tu liberación!» Todavía me prodigó muchas
más frases benévolas, quiso admitirme en su intimidad para lo sucesivo,
y á fin de darme un testimonio de sus buenos propósitos con respecto á
mí, y de lo mucho que estimaba mis conocimientos marítimos, me nombró
desde entonces director de los puertos y radas de su isla, é interventor
de las llegadas y salidas de todos los navíos.
No me impidieron mis nuevas funciones personarme en palacio todos los
días para cumplimentar al rey, quien de tal modo se habituó á mí, que me
prefirió á todos sus íntimos, probándomelo diariamente con grandes
obsequios. Con lo cual tuve tanta influencia sobre él, que todas las
peticiones y todos los asuntos del reino eran intervenidos por mí, para
bien general de los habitantes.
Pero estos cuidados no me hacían olvidar mi país ni perder la esperanza
de volver á él. Así que jamás dejaba yo de interrogar á cuantos viajeros
y á cuantos marinos llegaban á la isla, diciéndoles si conocían Bagdad,
y hacia qué lado estaba situada. Pero ninguno podía responderme, y todos
me aseguraban que jamás oyeron hablar de tal ciudad, ni tenían noticia
del paraje en que se encontrase. Y aumentaba mi pena paulatinamente al
verme condenado á vivir en tierra extranjera, y llegaba á sus límites mi
perplejidad ante estas gentes que, no sólo ignoraban en absoluto el
camino que conducía á mi ciudad, sino que ni siquiera sabían de su
existencia.
Durante mí estancia en aquella isla, tuve ocasión de ver cosas
asombrosas, y he aquí algunas de ellas entre mil.
Un día que fuí á visitar al rey Mihraján, como era mi costumbre, trabé
conocimiento con unos personajes indios que, tras mutuas zalemas, se
prestaron gustosos á satisfacer mi curiosidad, y me enseñaron que en la
India hay gran número de castas, entre las cuales son las dos
principales la casta de los kchatryas, compuesta de hombres nobles y
justos que nunca cometen exacciones ó actos reprensibles, y la casta de
los bracmanes, hombres puros que jamás beben vino y son amigos de la
alegría, de la dulzura en los modales, de los caballos, del fasto y de
la belleza. Aquellos sabios indios me enseñaron también que las castas
principales se dividen en otras setenta y dos castas que no tienen
entre sí relación ninguna. Lo cual hubo de asombrarme hasta el límite
del asombro.
En aquella isla tuve asimismo ocasión de visitar una tierra
perteneciente al rey Mihraján y que se llamaba Cabil. Todas las noches
se oían en ella resonar timbales y tambores. Y pude observar que sus
habitantes estaban muy fuertes en materia de silogismos y eran fértiles
en hermosos pensamientos. De ahí que se hallasen muy reputados entre
viajeros y mercaderes.
En aquellos mares lejanos vi cierto día un pez de cien codos de
longitud, y otros peces cuyo rostro se parecía al rostro de los buhos.
En verdad, ¡oh amigos! que aún vi cosas más extraordinarias y
prodigiosas, cuyo relato me apartaría demasiado de la cuestión. Me
limitaré á añadir que viví todavía en aquella isla el tiempo necesario
para aprender muchas cosas, y enriquecerme con diversos cambios, ventas
y compras.
Un día, según mi costumbre, estaba yo de pie á la orilla del mar, en el
ejercicio de mis funciones, y permanecía apoyado en mi muleta, como
siempre, cuando vi entrar en la rada un navío enorme lleno de
mercaderes. Esperé á que el navío hubiese anclado sólidamente y soltado
su escala, para subir á bordo y buscar al capitán á fin de inscribir su
cargamento. Los marineros iban desembarcando todas las mercancías, que
al propio tiempo yo anotaba, y cuando terminaron su trabajo, pregunté
al capitán: «¿Queda aún alguna cosa en tu navío?» Me contestó: «Aún
quedan, ¡oh mi señor! algunas mercancías en el fondo del navío; pero
están en depósito únicamente, porque se ahogó hace mucho tiempo su
propietario, que viajaba con nosotros. ¡Y quisiéramos vender esas
mercancías, para entregar su importe á los parientes del difunto en
Bagdad, morada de paz!»
Emocionado entonces hasta el último límite de la emoción, exclamé: «¿Y
cómo se llamaba ese mercader, ¡oh capitán!?» Me contestó: «¡Sindbad el
Marino!»
Á estas palabras miré con más detenimiento al capitán, y reconocí en él
al dueño del navío que se vió precisado á abandonarnos encima de la
ballena. Y grité con toda mi voz: «¡Yo soy Sindbad el Marino!»
Luego añadí: «Cuando se puso en movimiento la ballena á causa del fuego
que encendieron en su lomo, yo fuí de los que no pudieron ganar tu navío
y cayeron al agua. Pero me salvé gracias á la cubeta de madera que
habían transportado los mercaderes para lavar allí su ropa.
Efectivamente, me puse á horcajadas sobre aquella cubeta y agité los
píes á manera de remos. ¡Y sucedió lo que sucedió con la venia del
Ordenador!»
Y conté al capitán cómo pude salvarme y á través de cuántas vicisitudes
había llegado á ejercer las altas funciones de escriba marítimo al lado
del rey Mihraján.
Al escucharme el capitán, exclamó: «¡No hay recursos y poder mas que en
Alah el Altísimo, el Omnipotente!...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 294.ª NOCHE
Ella dijo:
»...¡No hay recursos y poder mas que en Alah el Altísimo, el
Omnipotente! ¡Ya no queda conciencia ni honradez en ninguna criatura de
este mundo! ¿Cómo osas afirmar que eres Sindbad el Marino, ¡oh escriba
astuto! cuando todos nosotros le vimos por nuestros propios ojos
ahogarse con los demás mercaderes? ¡Vergüenza sobre ti por mentir con
impudicia tanta!»
Entonces le contesté: «¡Cierto, ¡oh capitán! que la mentira es la renta
de los bellacos! ¡Pero escúchame, porque voy á probarte que soy Sindbad
el ahogado!» Y conté al capitán diversos incidentes que sólo conocíamos
él y yo, y que sobrevinieron durante aquella maldita travesía. El
capitán entonces no dudó ya de mi identidad y llamó á los que iban en el
barco, y todos me felicitaron por mi salvamento, y me dijeron: «¡Por
Alah, no podemos creer que lograras librarte de perecer ahogado! ¡Alah
te concedió una segunda vida!»
Tras de lo cual apresuróse el capitán á devolverme mis mercancías, que
yo hice transportar al zoco en el mismo momento, después de asegurarme
de que no faltaba nada y de que todavía aparecían en los fardos mi
nombre y mi sello.
Una vez en el zoco, abrí mis fardos y vendí mis mercancías con un
beneficio de ciento por uno; pero tuve cuidado de reservarme algunos
objetos de valor, que me apresuré á ofrecer como presente al rey
Mihraján.
Le relaté la llegada del capitán del navío, y el rey asombróse en
extremo de este acontecimiento inesperado, y como me quería mucho, no
quiso ser menos amable que yo, y á su vez me hizo regalos inestimables
que contribuyeron no poco á enriquecerme completamente. Porque yo me di
prisa á vender todo aquello, realizando así una fortuna considerable que
transporté á bordo del mismo navío donde había emprendido antes mi
viaje.
Efectuado esto, fuí á palacio para despedirme del rey Mihraján y darle
gracias por todas sus generosidades y por su protección. Me despidió con
frases muy conmovedoras, y no me dejó partir sin haberme ofrecido aún
más presentes suntuosos y objetos de valor, que ya no me decidí á
vender, y que, por cierto, estáis viendo ahora en esta sala, ¡oh mis
honorables invitados! Tuve igualmente cuidado de llevar conmigo por todo
equipaje los perfumes que estáis aspirando aquí, madera de áloe,
alcanfor, incienso y sándalo, productos de aquella isla lejana.
Subí en seguida á bordo, y á poco dióse á la vela el navío con la
autorización de Alah. Porque nos favoreció la Fortuna y nos ayudó el
Destino en aquella travesía, que duró días y noches, y por último, una
mañana llegamos con salud á la vista de Bassra, donde no nos detuvimos
mas que muy escaso tiempo para ascender por el río y entrar al fin, con
el alma regocijada, en la ciudad de paz, Bagdad, mi tierra.
Cargado de riquezas y con la mano pronta para las dádivas, llegué á mi
calle así, y entré en mi casa, donde volví á ver con buena salud á mi
familia y á mis amigos. Y al punto compré gran cantidad de esclavos de
uno y otro sexo, mamalik, mujeres hermosas, negros, tierras, casas y
propiedades, como no tuve nunca, ni aun cuando murió mi padre.
Con esta nueva vida olvidé las vicisitudes pasadas, las penas y los
peligros sufridos, la tristeza del destierro, los sinsabores y fatigas
del viaje. Tuve amigos numerosos y deliciosos, y durante largo tiempo
viví una vida llena de agrado y de placeres y exenta de preocupaciones y
molestias, disfrutando con toda mi alma de cuanto me gustaba y comiendo
manjares admirables y bebiendo bebidas deliciosas.
¡Y tal es el primero de mis viajes!
Pero mañana, si Alah quiere, os contaré, ¡oh invitados míos! el segundo
de los siete viajes que emprendí, y que es bastante más extraordinario
que el primero.»
* * * * *
Y Sindbad el Marino se encaró con Sindbad el Cargador y le rogó que
cenase con él. Luego, tras de haberle tratado con mucho miramiento y
afabilidad, hizo que le entregaran mil monedas de oro, y antes de
despedirle le invitó á volver al día siguiente, diciéndole: «¡Para mí,
tu urbanidad será siempre un placer y tus buenos modales una delicia!» Y
contestó Sindbad el Cargador: «¡Por encima de mi cabeza y de mis ojos!
¡Obedezco con respeto! ¡Y sea continua en tu casa la alegría, ¡oh señor
mío!»
Salió entonces de allí, después de dar las gracias y llevarse consigo el
regalo que acababa de recibir, y retornó á su hogar, maravillándose
hasta el límite de la maravilla, y pensó toda la noche en lo que acababa
de escuchar y de experimentar.
Así es que en cuanto amaneció apresuróse á volver á casa de Sindbad el
Marino...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
[IMAGEN]
PERO CUANDO LLEGÓ
LA 295.ª NOCHE
Ella dijo:
...apresuróse á volver á casa de Sindbad el Marino, que le recibió con
aire afable, y le dijo: «¡Séate cosa fácil la amistad aquí! ¡Y la
confianza sea contigo!» Y el cargador quiso besarle la mano, y al ver
que Sindbad no consentía en ello, le dijo: «¡Dilate Alah tus días y
consolide sobre ti sus beneficios!» Y como ya habían llegado los demás
invitados, comenzaron por sentarse en torno del mantel extendido en que
vertían su grasa los corderos asados y se doraban los pollos rellenos
deliciosamente con pastas de alfónsigos, de nueces y de uvas. Y
comieron, y bebieron, y se divirtieron, y se regalaron el espíritu y el
oído escuchando cantar á los instrumentos bajo los dedos expertos de sus
tañedores.
Cuando acabaron, habló Sindbad en estos términos, en medio del silencio
de los convidados:
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La segunda historia
de las historias de Sindbad el Marino,
que trata del segundo viaje
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«Verdaderamente disfrutaba de la más sabrosa vida, cuando un día entre
los días asaltó mi espíritu la idea de los viajes por las comarcas de
los hombres; y de nuevo sintió mi alma con ímpetu el anhelo de correr y
gozar con la vista el espectáculo de tierras é islas, y mirar con
curiosidad cosas desconocidas, sin descuidar jamás la compra y venta por
diversos países.
Hice hincapié en este proyecto, y me dispuse á ejecutarlo en seguida.
Fuí al zoco, donde, mediante una importante suma de dinero, compré
mercancías apropiadas al tráfico que pretendía explotar; las acondicioné
en fardos sólidos y las transporté á la orilla del agua, no tardando en
descubrir un navío hermoso y nuevo, provisto de velas de buena calidad y
lleno de marineros, y de un conjunto imponente de maquinarias de todas
formas. Su aspecto me inspiró confianza, y transporté á él mis fardos
inmediatamente, siguiendo el ejemplo de otros varios mercaderes
conocidos míos, y con los que no me disgustaba hacer el viaje.
Partimos aquel mismo día, y tuvimos una navegación excelente. Viajamos
de isla en isla y de mar en mar durante días y noches, y á cada escala
íbamos en busca de los mercaderes de la localidad, y de los notables, y
de los vendedores, y de los compradores, y vendíamos y comprábamos, y
verificábamos cambios ventajosos. Y de tal suerte continuábamos
navegando, y nuestro destino nos guió á una isla muy hermosa, cubierta
de frondosos árboles, abundante en frutas, rica en flores, habitada por
el canto de los pájaros, regada por aguas puras, pero absolutamente
virgen de toda vivienda y de todo ser humano.
El capitán accedió á nuestro deseo de detenernos unas horas allí, y echó
el ancla junto á tierra. Desembarcamos en seguida, y fuimos á respirar
el aire grato en las praderas sombreadas por árboles donde holgábanse
las aves. Llevando algunas provisiones de boca, fuí á sentarme á orillas
de un arroyo de agua límpida, resguardado del sol por ramajes frondosos,
y tuve un placer extremado en comer un bocado y beber de aquella agua
deliciosa. Por si eso fuera poco, una brisa suave modulaba dulces
acordes é invitaba al reposo absoluto. Así es que me tendí en el césped,
y dejé que se apoderara de mí el sueño en medio de la frescura y los
aromas del ambiente.
Cuando desperté no vi ya á ninguno de los pasajeros, y el navío había
partido sin que nadie se enterase de mi ausencia. En vano hube de mirar
á derecha y á izquierda, adelante y atrás, pues no distinguí en toda la
isla á otra persona que á mí mismo. A lo lejos se alejaba por el mar
una vela que muy pronto perdí de vista.
Entonces quedé sumido en un estupor sin igual é insuperable; y sentí que
mi vejiga biliar estaba á punto de estallar de tanto dolor y tanta pena.
Porque ¿qué podía ser de mí en aquella isla, habiendo dejado en el navío
todos mis efectos y todos mis bienes? ¿Qué desastre iba á ocurrirme en
esta soledad desconocida? Ante tan desconsoladores pensamientos,
exclamé: «¡Pierde toda esperanza, Sindbad el Marino! ¡Si la primera vez
saliste del apuro merced á circunstancias suscitadas por el Destino
propicio, no creas que ocurrirá lo mismo siempre, pues, como dice el
proverbio, _se rompe el jarro cuando se cae dos veces_!
En tal punto me eché á llorar, gimiendo, lanzando luego gritos
espantosos, hasta que la desesperación se apoderó por completo de mi
corazón. Me golpeé entonces la cabeza con las dos manos, y exclamé
todavía: «¿Qué necesidad tenías de viajar ¡oh miserable! cuando en
Bagdad vivías entre delicias? ¿No poseías manjares excelentes, líquidos
excelentes y trajes excelentes? ¿Qué te faltaba para ser dichoso? ¿No
fué próspero tu primer viaje?» Entonces me arrojé al suelo de bruces,
llorando ya la propia muerte, y diciendo: «¡Pertenecemos á Alah y hemos
de tornar á él!» Y aquel día creí volverme loco.
Pero como por último comprendí que eran inútiles todos mis lamentos y mi
arrepentimiento demasiado tardío, hube de conformarme con mi destino.
Me erguí sobre mis piernas, y tras de haber andado algún tiempo sin
rumbo, tuve miedo de un encuentro desagradable con cualquier animal
salvaje ó con un enemigo desconocido, y trepé á la copa de un árbol,
desde donde me puse á observar con más atención á derecha y á izquierda;
pero no pude distinguir otra cosa que el cielo, la tierra, el mar, los
árboles, los pájaros, la arena y las rocas. Sin embargo, al fijarme más
atentamente en un punto del horizonte, me pareció distinguir un fantasma
blanco y gigantesco. Entonces me bajé del árbol, atraído por la
curiosidad; pero, paralizado de miedo, fuí avanzando muy lentamente y
con mucha cautela hacia aquel sitio. Cuando me encontré más cerca de la
masa blanca, advertí que era una inmensa cúpula, de blancura
resplandeciente, ancha de base y altísima. Me aproximé á ella más aún y
la di por completo la vuelta; pero no descubrí la puerta de entrada que
buscaba. Entonces quise encaramarme á lo alto; pero era tan lisa y tan
escurridiza, que no tuve destreza, ni agilidad, ni posibilidad de
ascender. Hube de contentarme, pues, con medirla; puse una señal sobre
la huella de mi primer paso en la arena y de nuevo la di la vuelta
contando mis pasos. Por este procedimiento supe que su circunferencia
exacta era de cincuenta pasos, más bien más que menos.
Mientras reflexionaba sobre el medio de que me valdría para dar con
alguna puerta de entrada ó salida de la tal cúpula, advertí que de
pronto desaparecía el sol y que el día se tornaba en una noche negra.
Primero lo creí debido á cualquier nube inmensa que pasase por delante
del sol, aunque la cosa fuera imposible en pleno verano. Alcé, pues, la
cabeza para mirar la nube que tanto me asombraba, y vi un pájaro enorme,
de alas formidables, que volaba por delante de los ojos del sol,
esparciendo la obscuridad sobre la isla.
Mi asombro llegó entonces á sus límites extremos, y me acordé de lo que
en mi juventud me habían contado viajeros y marineros acerca de un
pájaro de tamaño extraordinario, llamado «rokh», que se encontraba en
una isla muy remota y que podía levantar un elefante. Saqué entonces
como conclusión que el pájaro que yo veía debía ser el rokh, y la cúpula
blanca á cuyo pie me hallaba debía ser un huevo entre los huevos de
aquel rokh. Pero, no bien me asaltó esta idea, el pájaro descendió sobre
el huevo y se posó encima como para empollarle. ¡En efecto, extendió
sobre el huevo sus alas inmensas, dejó descansando á ambos lados en
tierra sus dos patas, y se durmió encima! (¡Bendito Él que no duerme en
toda la eternidad!)
Entonces, yo, que me había echado de bruces en el suelo, y precisamente
me encontraba debajo de una de las patas, la cual me pareció más gruesa
que el tronco de un árbol añoso, me levanté con viveza, desenrollé la
tela de mi turbante...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y
se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 296.ª NOCHE
Ella dijo:
...me levanté en seguida, desenrollé la tela de mi turbante, y luego de
doblarla, la retorcí para servirme de ella como de una soga. La até
sólidamente á mi cintura y sujeté ambos cabos con un nudo resistente á
un dedo del pájaro. Porque me dije para mí: «Este pájaro enorme acabará
por remontar el vuelo, con lo que me sacará de esta soledad y me
transportará á cualquier punto donde pueda ver seres humanos. ¡De
cualquier modo, el lugar en que caiga será preferible á esta isla
desierta, de la que soy el único habitante!»
¡Eso fué todo! ¡Y á pesar de mis movimientos, el pájaro no se cuidó de
mi presencia más que si se tratara de alguna mosca sin importancia ó
alguna humilde hormiga que por allí se pasease!
Así permanecí toda la noche, sin poder pegar ojo por temor de que el
pájaro echase á volar y me llevase durante mi sueño. Pero no se movió
hasta que fué de día. Sólo entonces se quitó de encima de su huevo,
lanzó un grito espantoso y remontó el vuelo, llevándome consigo. Subió y
subió tan alto, que creí tocar la bóbeda del cielo; pero de pronto
descendió con tanta rapidez, que ya no sentía yo mi propio peso, y
abatióse conmigo en tierra firme. Se posó en un sitio escarpado, y yo,
en seguida, sin esperar más, me apresuré á desatar el turbante, con un
gran terror de ser izado otra vez antes de que tuviese tiempo de
librarme de mis ligaduras. Pero conseguí desasirme sin dificultad, y
después de estirar mis miembros y arreglarme el traje, me alejé
apresuradamente hasta hallarme fuera del alcance del pájaro, á quien de
nuevo vi elevarse por los aires. Llevaba entonces en sus garras un
enorme objeto negro, que no era otra cosa que una serpiente de inmensa
longitud y de forma detestable. No tardó en desaparecer, dirigiendo
hacia el mar su vuelo.
Conmovido en extremo por cuanto acababa de ocurrirme, lancé una mirada
en torno de mí y quedé inmóvil de espanto. Porque me encontraba en un
valle ancho y profundo, rodeado por todas partes de montañas tan altas,
que para medirlas con la vista tuve que alzar de tal modo la cabeza, que
rodó por mi espalda mi turbante al suelo. ¡Además, eran tan escarpadas
aquellas montañas, que se hacía imposible subir por ellas, y juzgué
inútil toda tentativa en tal sentido!
Al darme cuenta de ello no tuvieron límite mi desolación y mi
desesperación, y me dije: «¡Ah, cuánto más hubiérame valido no abandonar
la isla desierta en que me hallaba y que era mil veces preferible á
esta soledad desolada y árida, donde no hay nada que comer ni beber!
¡Allí, al menos, había frutas que llenaban los árboles y arroyos de agua
deliciosa; pero aquí sólo rocas hostiles y desnudas, para morir de
hambre y de sed! ¡Qué calamidad! ¡No hay recurso y poder mas que en Alah
el Omnipotente! ¡Cada vez que escapo de una catástrofe, es para caer en
otra peor y definitiva!»
En seguida me levanté del sitio en que me encontraba y recorrí aquel
valle para explorarle un poco, observando que estaba enteramente creado
con rocas de diamante. Por todas partes á mi alrededor aparecía sembrado
el suelo de diamantitos desprendidos de la montaña y que en ciertos
sitios formaban montones de la altura de un hombre.
Comenzaba yo á mirarlos ya con algún interés, cuando me inmovilizó de
terror un espectáculo más espantoso que todos los horrores
experimentados hasta entonces. Entre las rocas de diamante vi circular á
sus guardianes, que eran innumerables serpientes negras, más gruesas y
mayores que palmeras, y cada una de las cuales muy bien podría devorar á
un elefante grande. En aquel momento comenzaban á meterse en sus antros;
porque durante el día se ocultaban para que no las cogiese su enemigo el
pájaro rokh, y únicamente salían de noche.
Entonces intenté con precauciones infinitas alejarme de allí, mirando
bien dónde ponía los pies y pensando desde el fondo de mi alma: «¡He
aquí lo que ganaste á trueque de haber querido abusar de la clemencia
del Destino, ¡oh Sindbad! hombre de ojos insaciables y siempre vacíos!»
Y presa de un cúmulo de terrores, continué en mi caminar sin rumbo por
el valle de diamantes, descansando de vez en cuando en los parajes que
me parecían más resguardados, y así estuve hasta que llegó la noche.
Durante todo aquel tiempo me había olvidado por completo de comer y
beber, y no pensaba mas que en salir del mal paso y en salvar de las
serpientes mi alma. Y he aquí que acabé por descubrir, junto al lugar en
que me dejé caer, una gruta cuya entrada era muy angosta, aunque
suficiente para que yo pudiese franquearla. Avancé, pues, y penetré en
la gruta, cuidando de obstruir la entrada con un peñasco que conseguí
arrastrar hasta allí. Seguro ya, me aventuré por su interior, en busca
del lugar más cómodo para dormir, esperando el día, y pensé: «¡Mañana al
amanecer saldré para enterarme de lo que me reserva el Destino!»
Iba ya á acostarme, cuando advertí que lo que á primera vista tomé por
una enorme roca negra era una espantosa serpiente enroscada sobre sus
huevos para incubarlos. Sintió entonces mi carne todo el horror de
semejante espectáculo, y la piel se me encogió como una hoja seca y
tembló en toda su superficie; y caí al suelo sin conocimiento, y
permanecí en tal estado hasta la mañana.
Entonces, al convencerme de que no había sido devorado todavía, tuve
alientos para deslizarme hasta la entrada, separar la roca y lanzarme
fuera, como ebrio, y sin que mis piernas pudieran sostenerme de tan
agotado como me encontraba por la falta de sueño y de comida, y por
aquel terror sin tregua.
Miré á mi alrededor, y de repente vi caer á algunos pasos de mi nariz un
gran trozo de carne, que chocó contra el suelo con estrépito. Aturdido
al pronto, alcé los ojos luego para ver quién quería aporrearme con
aquello; pero no vi á nadie. Entonces me acordé de cierta historia oída
antaño en boca de los mercaderes, viajeros y exploradores de la montaña
de diamantes, de la que se contaba que, como los buscadores de diamantes
no podían bajar á este valle inaccesible, recurrían á un medio curioso
para procurarse esas piedras preciosas. Mataban unos carneros, los
partían en cuartos y los arrojaban al fondo del valle, donde iban á caer
sobre las puntas de diamantes, que se incrustaban en ellos
profundamente. Entonces se abalanzaban sobre aquella presa los rokhs y
las águilas gigantescas, sacándola del valle para llevársela á sus nidos
en lo alto de las rocas y que sirviera de sustento á sus crías. Los
buscadores de diamantes se precipitaban entonces sobre el ave, haciendo
muchos gestos y lanzando grandes gritos para obligarla á soltar su presa
y á emprender de nuevo el vuelo. Registraban entonces el cuarto de carne
y cogían los diamantes que tenía adheridos.
Asaltóme á la sazón la idea de que podía tratar aún de salvar mi vida y
salir de aquel valle que se me antojó había de ser mi tumba. Me
incorporé, pues, y comencé á amontonar una gran cantidad de diamantes,
escogiendo los más gordos y los más hermosos. Me los guardé en todas
partes, abarroté con ellos mis bolsillos, me los introduje entre el
traje y la camisa, llené mi turbante y mi calzón, y hasta metí algunos
entre los pliegues de mi ropa. Tras de lo cual, desenrollé la tela de mi
turbante, como la primera vez...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 297.ª NOCHE
Ella dijo:
...Tras de lo cual, desenrollé la tela de mi turbante, como la primera
vez, y me la rodeé á la cintura, yendo á situarme debajo del cuarto de
carnero, que até sólidamente á mi pecho con las dos puntas del turbante.
Permanecía ya algún tiempo en esta posición, cuando súbitamente me sentí
llevado por los aires, como una pluma, entre las garras formidables de
un rokh y en compañía del cuarto de carne de carnero. Y en un abrir y
cerrar los ojos me encontré fuera del valle, sobre la cúspide de una
montaña, en el nido del rokh, que se dispuso en seguida á despedazar la
carne aquella y mi propia carne para sustentar á sus rokhecillos. Pero
de pronto se alzó hacia nosotros un estrépito de gritos que asustaron al
ave y la obligaron á emprender de nuevo el vuelo, abandonándome.
Entonces desaté mis ligaduras y me erguí sobre ambos pies, con huellas
de sangre en mis vestidos y en mi rostro.
Vi á la sazón aproximarse al sitio en que yo estaba á un mercader, que
se mostró muy contrariado y asombrado al percibirme. Pero advirtiendo
que yo no le quería mal y que ni aun me movía, se inclinó sobre el
cuarto de carne y lo escudriñó, sin encontrar en él los diamantes que
buscaba. Entonces alzó al cielo sus largos brazos y se lamentó,
diciendo: «¡Qué desilusión! ¡Estoy perdido! ¡No hay recurso mas que en
Alah! ¡Me refugio en Alah contra el Maldito, el Malhechor!» Y se golpeó
una con otra las palmas de las manos, como señal de una desesperación
inmensa.
Al advertir aquello, me acerqué á él y le deseé la paz. Pero él, sin
corresponder á mi zalema, me arañó furioso y exclamó: «¿Quién eres? ¿Y
de dónde viniste para robarme mi fortuna?» Le respondí: «No temas nada,
¡oh digno mercader! porque no soy ningún ladrón, y tu fortuna en nada ha
disminuido. Soy un ser humano y no un genio malhechor, como creías, por
lo visto. Soy incluso un hombre honrado entre la gente honrada, y
antiguamente, antes de correr aventuras tan extrañas, yo tenía también
el oficio de mercader. En cuanto al motivo de mi venida á este paraje,
es una historia asombrosa, que te contaré al punto. ¡Pero de antemano,
quiero probarte mis buenas intenciones gratificándote con algunos
diamantes recogidos por mí mismo en el fondo de esa sima, que jamás fué
sondeada por la vista humana!»
Saqué en seguida de mi cinturón algunos hermosos ejemplares de
diamantes, y se los entregué, diciéndole: «¡He aquí una ganancia que no
habrías osado esperar en tu vida!» Entonces el propietario del cuarto de
carnero manifestó una alegría inconcebible y me dió muchas gracias, y
tras de mil zalemas, me dijo: «¡La bendición está contigo, ¡oh mi señor!
¡Uno solo de estos diamantes bastaría para enriquecerme hasta la más
dilatada vejez! ¡Porque en mi vida hube de verlos semejantes ni en la
corte de los reyes y sultanes!» Y me dió gracias otra vez, y finalmente
llamó á otros mercaderes que allí se hallaban y que se agruparon en
torno mío, deseándome la paz y la bienvenida. Y les conté mi rara
aventura desde el principio hasta el fin. Pero no sería útil repetirla.
Entonces, vueltos de su asombro los mercaderes, me felicitaron mucho por
mi liberación, diciéndome: «¡Por Alah! ¡Tu destino te ha sacado de un
abismo del que nadie regresó nunca!» Después, al verme extenuado por la
fatiga, el hambre y la sed, se apresuraron á darme de comer y beber con
abundancia, y me condujeron á una tienda, donde velaron mi sueño, que
duró un día entero y una noche.
Á la mañana, los mercaderes me llevaron con ellos, en tanto que
comenzaba yo á regocijarme de modo intenso por haber escapado á aquellos
peligros sin precedente. Al cabo de un viaje bastante corto, llegamos á
una isla muy agradable, donde crecían magníficos árboles de copa tan
espesa y amplia, que con facilidad podrían dar sombra á cien hombres. De
estos árboles es precisamente de los que se extrae la substancia blanca,
de olor cálido y grato, que se llama alcanfor. Á tal fin, se hace una
incisión en lo alto del árbol, recogiendo en una cubeta que se pone al
pie el jugo que destila, y que al principio parece como gotas de goma, y
no es otra cosa que la miel del árbol.
También en aquella isla vi al espantable animal que se llama «karkadann»
y pace exactamente como pacen las vacas y los búfalos en nuestras
praderas. El cuerpo de esa fiera es mayor que el cuerpo del camello; al
extremo del morro tiene un cuerno de diez codos de largo y en el cual se
halla labrada una cara humana. Es tan sólido este cuerno, que le sirve
al karkadann para pelear y vencer al elefante, enganchándole y
teniéndole en vilo hasta que muere. Entonces la grasa del elefante
muerto va á parar á los ojos del karkadann, cegándole y haciéndole caer.
Y desde lo alto de los aires se abate sobre ellos el terrible rokh y
los transporta á su nido para alimentar á sus crías.
Vi asimismo en aquella isla diversas clases de búfalos.
Vivimos algún tiempo allí, respirando el aire embalsamado; tuve con ello
ocasión de cambiar mis diamantes por más oro y plata de lo que podría
contener la cala de un navío. ¡Después nos marchamos de allí; y de isla
en isla, y de tierra en tierra, y de ciudad en ciudad, admirando á cada
paso la obra del Creador, y haciendo acá y allá algunas ventas, compras
y cambios, acabamos por bordear Bassra, país de bendición, para ascender
hasta Bagdad, morada de paz!
Me faltó el tiempo entonces para correr á mi calle y entrar en mi casa,
enriquecido con sumas considerables, dinares de oro y hermosos diamantes
que no tuve alma para vender. Y he aquí que, tras las efusiones propias
del retorno entre mis parientes y amigos, no dejé de comportarme
generosamente, repartiendo dádivas á mi alrededor, sin olvidar á nadie.
Luego disfruté alegremente de la vida, comiendo manjares exquisitos,
bebiendo licores delicados, vistiéndome con ricos trajes y sin privarme
de la sociedad de las personas deliciosas. Así es que todos los días
tenía numerosos visitantes notables que, al oír hablar de mis aventuras,
me honraban con su presencia para pedirme que les narrara mis viajes y
les pusiera al corriente de lo que sucedía en las tierras lejanas. Y yo
experimentaba una verdadera satisfacción instruyéndoles acerca de tantas
cosas, lo que inducía á todos á felicitarme por haber escapado de tan
terribles peligros, maravillándose con mi relato hasta el límite de la
maravilla. Y así es como acaba mi segundo viaje.
¡Pero mañana, ¡oh mis amigos!...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 298.ª NOCHE
Ella dijo:
...¡Pero mañana, ¡oh mis amigos! os contaré las peripecias de mi tercer
viaje, el cual, sin duda, es mucho más interesante y estupefaciente que
los dos primeros!»
* * * * *
Luego calló Sindbad. Entonces los esclavos sirvieron de comer y de beber
á todos los invitados, que se hallaban prodigiosamente asombrados de
cuanto acababan de oír. Después Sindbad el Marino hizo que dieran cien
monedas de oro á Sindbad el Cargador, que las admitió, dando muchas
gracias, y se marchó invocando sobre la cabeza de su huésped las
bendiciones de Alah, y llegó á su casa maravillándose de cuanto acababa
de ver y de escuchar.
Por la mañana se levantó el cargador Sindbad, hizo la plegaria matinal y
volvió á casa del rico Sindbad, como le indicó éste. Y fué recibido
cordialmente y tratado con muchos miramientos, é invitado á tomar parte
en el festín del día y en los placeres, que duraron toda la jornada.
Tras de lo cual, en medio de sus convidados, atentos y graves, Sindbad
el Marino empezó su relato de la manera siguiente:
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La tercera historia de las historias de Sindbad el Marino, que trata del
tercer viaje
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«Sabed, ¡oh mis amigos!--¡pero Alah sabe las cosas mejor que la
criatura!--que con la deliciosa vida de que yo disfrutaba desde el
regreso de mi segundo viaje, acabé por perder completamente, entre las
riquezas y el descanso, el recuerdo de los sinsabores sufridos y de los
peligros que corrí, aburriéndome á la postre de la inacción monótona de
mi existencia en Bagdad. Así es que mi alma deseó con ardor la mudanza y
el espectáculo de las cosas de viaje. Y la misma afición al comercio,
con su ganancia y su provecho, me tentó otra vez. En el fondo, siempre
la ambición es causa de nuestras desdichas. En breve debía yo
comprobarlo del modo más espantoso.
Puse en ejecución inmediatamente mi proyecto, y después de proveerme de
ricas mercancías del país, partí de Bagdad para Bassra. Allí me esperaba
un gran navío lleno ya de pasajeros y mercaderes, todos gente de bien,
honrada, con buen corazón, hombres de conciencia y capaces de servirle á
uno, por lo que se podría vivir con ellos en buenas relaciones. Así es
que no dudé en embarcarme en su compañía dentro de aquel navío; y no
bien me encontré á bordo, nos hicimos á la vela con la bendición de Alah
para nosotros y para nuestra travesía.
Bajo felices auspicios comenzó, en efecto, nuestra navegación. En todos
los lugares que abordábamos hacíamos negocios excelentes, á la vez que
nos paseábamos é instruíamos con todas las cosas nuevas que veíamos sin
cesar. Y nada, verdaderamente, faltaba á nuestra dicha, y nos hallábamos
en el límite del desahogo y la opulencia.
Un día entre los días, estábamos en alta mar, muy lejos de los países
musulmanes, cuando de pronto vimos que el capitán del navío se golpeaba
con fuerza el rostro, se mesaba los pelos de la barba, desgarraba sus
vestiduras y tiraba al suelo su turbante, después de examinar durante
largo tiempo el horizonte. Luego empezó á lamentarse, á gemir y á lanzar
gritos de desesperación.
Al verlo, rodeamos todos al capitán, y le dijimos: «¿Qué pasa, ¡oh
capitán!?» Contestó: «Sabed, ¡oh pasajeros de paz! que estamos á merced
del viento contrario, y habiéndonos desviado de nuestra ruta, nos hemos
lanzado á este mar siniestro. Y para colmar nuestra mala suerte, el
Destino hace que toquemos en esa isla que veis delante de vosotros, y de
la cual jamás pudo salir con vida nadie que arribara á ella. ¡Esa isla
es la Isla de los Monos! ¡Me da el corazón que estamos perdidos sin
remedio!»
Todavía no había acabado de explicarse el capitán, cuando vimos que
rodeaba al navío una multitud de seres velludos cual monos, y más
innumerables que una nube de langostas, en tanto que desde la playa de
la isla otros monos, en cantidad incalculable, lanzaban chillidos que
nos helaron de estupor. Y no osamos maltratar, atacar, ni siquiera
espantar á ninguno de ellos, por miedo á que se abalanzas en todos sobre
nosotros y nos matasen hasta el último, vista su superioridad numérica;
porque no cabe duda de que la certidumbre de esta superioridad numérica
aumenta el valor de quienes la poseen. No quisimos, pues, hacer ningún
movimiento, aunque por todos lados nos invadían aquellos monos, que
empezaban á apoderarse ya de cuanto nos pertenecía. Eran muy feos. Eran
incluso más feos que las cosas más feas que he visto hasta este día de
mi vida. ¡Eran peludos y velludos, con ojos amarillos en sus caras
negras; tenían poquísima estatura, apenas cuatro palmos, y sus muecas y
sus gritos resultaban más horrible que cuanto á tal respecto pudiera
imaginarse! Por lo que afecta á su lenguaje, en vano nos hablaban y nos
insultaban chocando las mandíbulas, ya que no lográbamos comprenderles,
á pesar de la atención que á tal fin poníamos. No tardamos, por
desgracia, en verles ejecutar el más funesto de los proyectos. Treparon
por los palos, desplegaron las velas, cortaron con los dientes todas las
amarras y acabaron por apoderarse del timón. Entonces, impulsado por el
viento, marchó el navío contra la costa, donde encalló. Y los monos
apoderáronse de todos nosotros, nos hicieron desembarcar sucesivamente,
nos dejaron en la playa, y sin ocuparse más de nosotros para nada,
embarcaron de nuevo en el navío, al cual consiguieron poner á flote, y
desaparecieron todos con él á lo lejos del mar.
Entonces, en el límite de la perplejidad, juzgamos inútil permanecer de
tal modo en la playa contemplando el mar, y avanzamos por la isla, donde
al fin descubrimos algunos árboles frutales y agua corriente, lo que nos
permitió reponer un tanto nuestras fuerzas á fin de retardar lo más
posible una muerte que todos creíamos segura.
Mientras seguíamos en aquel estado, nos pareció ver entre los árboles un
edificio muy grande que se diría abandonado. Sentimos la tentación de
acercarnos á él, y cuando llegamos á alcanzarle, advertimos que era un
palacio...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 299.ª NOCHE
Ella dijo:
...advertimos que era un palacio de mucha altura, cuadrado, rodeado por
sólidas murallas y que tenía una gran puerta de ébano de dos hojas. Como
esta puerta estaba abierta y ningún portero la guardaba, la franqueamos
y penetramos en seguida en una inmensa sala tan grande como un patio.
Tenía por todo mobiliario la tal sala enormes utensilios de cocina y
asadores de una longitud desmesurada; el suelo, por toda alfombra,
montones de huesos, ya calcinados unos, otros sin quemar aún. Dentro
reinaba un olor que perturbó en extremo nuestro olfato. Pero como
estábamos extenuados de fatiga y de miedo, nos dejamos caer cuan largos
éramos y nos dormimos profundamente.
Ya se había puesto el sol, cuando nos sobresaltó un ruido estruendoso,
despertándonos de repente; y vimos descender ante nosotros desde el
techo á un ser negro con rostro humano, tan alto como una palmera, y
cuyo aspecto era más horrible que el de todos los monos reunidos. Tenía
los ojos rojos como dos tizones inflamados, los dientes largos y
salientes como los colmillos de un cerdo, una boca enorme, tan grande
como el brocal de un pozo, labios que le colgaban sobre el pecho, orejas
movibles como las del elefante y que le cubrían los hombros, y uñas
ganchudas cual las garras del león.
Á su vista, nos llenamos de terror, y después nos quedamos rígidos como
muertos. Pero él fué á sentarse en un banco alto adosado á la pared, y
desde allí comenzó á examinarnos en silencio y con toda atención uno á
uno. Tras de lo cual se adelantó hacia nosotros, fué derecho á mí,
prefiriéndome á los demás mercaderes, tendió la mano y me cogió de la
nuca, cual podía cogerse un lío de trapos. Me dió vueltas y vueltas en
todas direcciones, palpándome como palparía un carnicero cualquier
cabeza de carnero. Pero sin duda no debió encontrarme de su gusto,
liquidado por el terror como yo estaba y con la grasa de mi piel
disuelta por las fatigas del viaje y la pena. Entonces me dejó,
echándome á rodar por el suelo, y se apoderó de mi vecino más próximo y
lo manoseó, como me había manoseado á mí, para rechazarle luego y
apoderarse del siguiente. De este modo fué cogiendo uno tras de otro á
todos los mercaderes, y le tocó ser el último en el turno al capitán del
navío.
Aconteció que el capitán era un hombre gordo y lleno de carne, y
naturalmente, era el más robusto y sólido de todos los hombres del
navío. Así es que el espantoso gigante no dudó en fijarse en él al
elegir: le cogió entre sus manos cual un carnicero cogería un cordero,
le derribó en tierra, le puso un pie en el cuello y le desnucó con un
solo golpe. Empuñó entonces uno de los inmensos asadores en cuestión y
se lo introdujo por la boca, haciéndolo salir por el ano. Entonces
encendió mucha leña en el hogar que había en la sala, puso entre las
llamas al capitán ensartado, y comenzó á darle vueltas lentamente hasta
que estuvo en sazón. Le retiró del fuego entonces y empezó á trincharle
en pedazos, como si se tratara de un pollo, sirviéndose para el caso de
sus uñas. Hecho aquello, le devoró en un abrir y cerrar de ojos. Tras de
lo cual chupó los huesos, vaciándolos de la médula, y los arrojó en
medio del montón que se alzaba en la sala.
Concluida esta comida, el espantoso gigante fué á tenderse en el banco
para digerir, y no tardó en dormirse, roncando exactamente igual que un
búfalo á quien se degollara ó como un asno á quien se incitara á
rebuznar. Y así permaneció dormido hasta por la mañana. Le vimos
entonces levantarse y alejarse como había llegado, mientras
permanecíamos inmóviles de espanto.
Cuando tuvimos la certeza de que había desaparecido, salimos del
silencio que guardamos toda la noche, y nos comunicamos mutuamente
nuestras reflexiones y empezamos á sollozar y gemir pensando en la
suerte que nos esperaba.
Y con tristeza nos decíamos: «Mejor hubiera sido perecer en el mar
ahogados ó comidos por los monos, que ser asados en las brasas. ¡Por
Alah, que se trata de una muerte detestable! Pero ¿qué hacer? ¡Ha de
ocurrir lo que Alah disponga! ¡No hay recurso mas que en Alah el
Todopoderoso!»
Abandonamos entonces aquella casa y vagamos por toda la isla en busca de
algún escondrijo donde resguardarnos; pero fué en vano, porque la isla
era llana y no había en ella cavernas ni nada que nos permitiese
sustraernos á la persecución. Así es que, como caía la tarde, nos
pareció más prudente volver al palacio.
Pero apenas llegamos, hizo su aparición en medio del ruido atronador el
horrible hombre negro, y después del palpamiento y el manoseo, se
apoderó de uno de mis compañeros mercaderes, ensartándole en seguida,
asándole y haciéndole pasar á su vientre, para tenderse luego en el
banco y roncar hasta la mañana como un bruto degollado. Despertóse
entonces y se desperezó, gruñendo ferozmente, y se marchó sin ocuparse
de nosotros y cual si no nos viera.
Cuando partió, como habíamos tenido tiempo de reflexionar sobre nuestra
triste situación, exclamamos todos á la vez: «Vamos á tirarnos al mar
para morir ahogados, mejor que perecer asados y devorados. ¡Porque debe
ser una muerte terrible!» Al ir á ejecutar este proyecto, se levantó uno
de nosotros y dijo: «¡Escuchadme, compañeros! ¿No creéis que vale quizá
más matar al hombre negro antes de que nos extermine?» Entonces levanté
á mi vez yo el dedo y dije: «¡Escuchadme, compañeros! ¡Caso de que
verdaderamente hayáis resuelto matar al hombre negro, sería preciso
antes comenzar por utilizar los trozos de madera de que está cubierta la
playa, con objeto de construirnos una balsa en la cual podamos huir de
esta isla maldita después de librar á la Creación de tan bárbaro comedor
de musulmanes! ¡Bordearemos entonces cualquier isla donde esperaremos la
clemencia del Destino, que nos enviará algún navío para regresar á
nuestro país! De todos modos, aunque naufrague la balsa y nos ahoguemos,
habremos evitado que nos asen y no habremos cometido la mala acción de
matarnos voluntariamente. ¡Nuestra muerte será un martirio que se tendrá
en cuenta el día de la Retribución!...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 300.ª NOCHE
Ella dijo:
...¡Nuestra muerte será un martirio que se tendrá en cuenta el día de la
Retribución!» Entonces exclamaron los mercaderes: «¡Por Alah! ¡Es una
idea excelente y una acción razonable!»
Al momento nos dirigimos á la playa y construimos la balsa en cuestión,
en la cual tuvimos cuidado de poner algunas provisiones, tales como
frutas y hierbas comestibles; luego volvimos al palacio para esperar,
temblando, la llegada del hombre negro.
Llegó precedido de un ruido atronador, y creímos ver entrar á un enorme
perro rabioso. Todavía tuvimos necesidad de presenciar sin un murmullo
cómo ensartaba y asaba á uno de nuestros compañeros, á quien escogió por
su grasa y buen aspecto, tras del palpamiento y manoseo. Pero cuando el
espantoso bruto se durmió y comenzó á roncar de un modo estrepitoso,
pensamos en aprovecharnos de su sueño con objeto de hacerle inofensivo
para siempre.
Cogimos á tal fin dos de los inmensos asadores de hierro, y los
calentamos al fuego hasta que estuvieron al rojo blanco; luego los
empuñamos fuertemente por el extremo frío, y como eran muy pesados,
llevamos entre varios cada uno. Nos acercamos á él quedamente, y entre
todos hundimos á la vez ambos asadores en ambos ojos del horrible hombre
negro que dormía, y apretamos con todas nuestras fuerzas para que cegase
en absoluto.
Debió sentir seguramente un dolor extremado, porque el grito que lanzó
fué tan espantoso, que al oirlo rodamos por el suelo á una distancia
respetable. Y saltó él á ciegas, y aullando y corriendo en todos
sentidos, intentó coger á alguno de nosotros. Pero habíamos tenido
tiempo de evitarlo y echarnos al suelo de bruces á su derecha y á su
izquierda, de manera que á cada vez sólo se encontraba con el vacío. Así
es que, viendo que no podía realizar su propósito, acabó por dirigirse á
tientas á la puerta y salió dando gritos espantosos.
Entonces, convencidos de que el gigante ciego moriría por fin en su
suplicio, comenzamos á tranquilizarnos, y nos dirigimos al mar con paso
lento. Arreglamos un poco mejor la balsa, nos embarcamos en ella, la
desamarramos de la orilla, y ya íbamos á remar para alejarnos, cuando
vimos al horrible gigante ciego que llegaba corriendo, guiado por una
hembra gigante, todavía más horrible y antipática que él. Llegados que
fueron á la playa, lanzaron gritos amendrentadores al ver que nos
alejábamos; después cada uno de ellos comenzó á apedrearnos, arrojando á
la balsa trozos de peñasco. Por aquel procedimiento consiguieron
alcanzarnos con sus proyectiles y ahogar á todos mis compañeros, excepto
dos. En cuanto á los tres que salimos con vida, pudimos al fin alejarnos
y ponernos fuera del alcance de los peñascos que lanzaban.
Pronto llegamos á alta mar, donde nos vimos á merced del viento y
empujados hacia una isla que distaba dos días de aquella en que creímos
perecer ensartados y asados. Pudimos encontrar allí frutas, con lo que
nos libramos de morir de hambre; luego, como la noche iba ya avanzada,
trepamos á un gran árbol para dormir en él.
Por la mañana, cuando nos despertamos, lo primero que se presentó ante
nuestros ojos asustados fué una terrible serpiente tan gruesa como el
árbol en que nos hallábamos, y que clavaba en nosotros sus ojos
llameantes y abría una boca tan ancha como un horno. Y de pronto se
irguió, y su cabeza nos alcanzó en la copa del árbol. Cogió con sus
fauces á uno de mis dos compañeros y lo engulló hasta los hombros, para
devorarle por completo casi inmediatamente. Y al punto oímos los huesos
del infortunado crujir en el vientre de la serpiente, que bajó del árbol
y nos dejó aniquilados de espanto y de dolor. Y pensamos: «¡Por Alah,
este nuevo género de muerte es más detestable que el anterior! ¡La
alegría de haber escapado del asador del hombre negro, se convierte en
un presentimiento peor aún que cuanto hubiéramos de experimentar! ¡No
hay recurso mas que en Alah!»
Tuvimos en seguida alientos para bajar del árbol y recoger algunas
frutas, que nos comimos, satisfaciendo nuestra sed con el agua de los
arroyos. Tras de lo cual, vagamos por la isla en busca de cualquier
abrigo más seguro que el de la precedente noche, y acabamos por
encontrar un árbol de una altura prodigiosa, que nos pareció podría
protegernos eficazmente. Trepamos á él al hacerse de noche, y ya
instalados lo mejor posible, empezábamos á dormirnos, cuando nos
despertó un silbido seguido de un rumor de ramas tronchadas, y antes de
que tuviésemos tiempo de hacer un movimiento para escapar, la serpiente
cogió á mi compañero, que se había encaramado por debajo de mí, y de un
solo golpe le devoró hasta las tres cuartas partes. La vi luego
enroscarse al árbol, haciendo rechinar los huesos de mi último compañero
hasta que terminó de devorarle. Después se retiró, dejándome muerto de
miedo.
Continué en el árbol sin moverme hasta por la mañana, y únicamente
entonces me decidí á bajar. Mi primer movimiento fué para tirarme al mar
con objeto de concluir una vida miserable y llena de alarmas cada vez
más terribles; en el camino me paré, porque mi alma, don precioso, no se
avenía á tal resolución; y me sugirió una idea á la cual debo el haberme
salvado.
Empecé á buscar leña, y encontrándola en seguida, me tendí en tierra y
cogí una tabla grande que sujeté á las plantas de mis pies en toda su
extensión; cogí luego una segunda tabla que até á mi costado izquierdo,
otra á mi costado derecho, la cuarta me la puse en el vientre, y la
quinta, más ancha y más larga que las anteriores, la sujeté á mi cabeza.
De este modo me encontraba rodeado por una muralla de tablas que oponían
en todos sentidos un obstáculo á las fauces de la serpiente. Realizado
aquello, permanecí tendido en el suelo, y esperé lo que me reservaba el
Destino.
Al hacerse de noche, no dejó de ir la serpiente. En cuanto me vió,
arrojóse sobre mí dispuesta á sepultarme en su vientre; pero se lo
impidieron las tablas. Se puso entonces á dar vueltas á mi alrededor,
intentando cogerme por algún lado más accesible; pero no pudo lograr su
propósito, á pesar de todos sus esfuerzos y aunque tiraba de mí en todas
direcciones. Así pasó toda la noche haciéndome sufrir, y yo me creía ya
muerto y sentía en mi rostro su aliento nauseabundo. Al amanecer me dejó
por fin, y se alejó muy furiosa, en el límite de la cólera y de la
rabia.
Cuando estuve seguro de que se había alejado del todo...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
[IMAGEN]
PERO CUANDO LLEGÓ
LA 301.ª NOCHE
Ella dijo:
...Cuando estuve seguro de que se había alejado del todo, saqué la mano
y me desembaracé de las ligaduras que me ataban á las tablas. Pero había
estado en una postura tan incómoda, que en un principio no logré
moverme, y durante varias horas creí no poder recobrar el uso de mis
miembros. Pero al fin conseguí ponerme en pie, y poco á poco pude andar
y pasearme por la isla. Me encaminé hacia el mar, y apenas llegué,
descubrí en lontananza un navío que bordeaba la isla velozmente á toda
vela.
Al verlo me puse á agitar los brazos y gritar como un loco; luego
desplegué la tela de mi turbante, y atándola á una rama de árbol, la
levanté por encima de mi cabeza y me esforcé en hacer señales para que
me advirtiesen desde el navío.
El Destino quiso que mis esfuerzos no resultasen inútiles. No tardé,
efectivamente, en ver que el navío viraba y se dirigía á tierra; y poco
después fuí recogido por el capitán y sus hombres.
Una vez á bordo del navío, empezaron por proporcionarme vestidos y
ocultar mi desnudez, ya que desde hacía tiempo había yo destrozado mi
ropa; luego me ofrecieron manjares para que comiera, lo cual hice con
mucho apetito, á causa de mis pasadas privaciones; pero lo que me llegó
especialmente al alma fué cierta agua fresca en su punto y deliciosa en
verdad, de la que bebí hasta saciarme. Entonces se calmó mi corazón y se
tranquilizó mi espíritu, y sentí que el reposo y el bienestar descendían
por fin á mi cuerpo extenuado.
Comencé, pues, á vivir de nuevo tras de ver á dos pasos de mí la muerte,
y bendije á Alah por su misericordia, y le di gracias por haber
interrumpido mis tribulaciones. Así es que no tardé en reponerme
completamente de mis emociones y fatigas, hasta el punto de casi llegar
á creer que todas aquellas calamidades habían sido un sueño.
Nuestra navegación resultó excelente, y con la venia de Alah el viento
nos fué favorable todo el tiempo, y nos hizo tocar felizmente en una
isla llamada Salahata, donde debíamos hacer escala, y en cuya rada
ordenó anclar el capitán, para permitir á los mercaderes desembarcar y
despachar sus asuntos.
Cuando estuvieron en tierra los pasajeros, como era el único á bordo que
carecía de mercancías para vender ó cambiar, el capitán se acercó á mí y
me dijo: «¡Escucha lo que voy á decirte! Eres un hombre pobre y
extranjero, y por ti sabemos cuántas pruebas has sufrido en tu vida.
¡Así, pues, quiero serte de alguna utilidad ahora y ayudarte á regresar
á tu país, con el fin de que cuando pienses en mí lo hagas gustoso é
invoques para mi persona todas las bendiciones!» Yo le contesté:
«Ciertamente, ¡oh capitán! que no dejaré de hacer votos en tu favor.» Y
él dijo: «Sabe que hace algunos años vino con nosotros un viajero que se
perdió en una isla en que hicimos escala. Y desde entonces no hemos
vuelto á tener noticias suyas, ni sabemos si ha muerto ó si vive
todavía. Como están en el navío depositadas las mercancías que dejó
aquel viajero, abrigo la idea de confiártelas para que, mediante un
corretaje provisional sobre la ganancia, las vendas en esta isla y me
des su importe, á fin de que á mi regreso á Bagdad pueda yo entregarlo á
sus parientes ó dárselo á él mismo, si consiguió volver á su ciudad.» Y
contesté yo: «¡Te soy deudor del bienestar y la obediencia, ¡oh mi
señor! ¡Y verdaderamente, eres acreedor á mi mucha gratitud, ya que
quieres proporcionarme una honrada ganancia!»
Entonces el capitán ordenó á los marineros que sacasen de la cala las
mercancías y las llevaran á la orilla, para que yo me hiciera cargo de
ellas. Después llamó al escriba del navío y le dijo que las contase y
las anotara fardo por fardo. Y contestó el escriba: «¿Á quién pertenecen
estos fardos y á nombre de quién debo inscribirlos?» El capitán
respondió: «El propietario de estos fardos se llamaba Sindbad el Marino.
Ahora inscríbelos á nombre de ese pobre pasajero y pregúntale cómo se
llama.»
Al oir aquellas palabras del capitán, me asombré prodigiosamente, y
exclamé: «¡Pero si Sindbad el Marino soy yo!» Y mirando atentamente al
capitán, reconocí en él al que al comienzo de mi segundo viaje me
abandonó en la isla donde me quedé dormido.
Ante descubrimiento tan inesperado, mi emoción llegó á sus últimos
límites, y añadí: «¡Oh capitán! ¿No me reconoces? ¡Soy el propio Sindbad
el Marino, oriundo de Bagdad! ¡Escucha mi historia! Acuérdate, ¡oh
capitán! de que fuí yo quien desembarcó en la isla hace tantos años sin
que hubiera vuelto. En efecto, me dormí á la orilla de un arroyo
delicioso, después de haber comido, y cuando desperté ya había zarpado
el barco. ¡Por cierto que me vieron muchos mercaderes de la montaña de
diamantes, y podrían atestiguar que soy yo el propio Sindbad el Marino!»
Aún no había acabado de explicarme, cuando uno de los mercaderes que
habían subido por mercaderías á bordo se acercó á mí, me miró
atentamente, y en cuanto terminé de hablar, palmoteó sorprendido, y
exclamó: «¡Por Alah! Ninguno me creyó cuando hace tiempo relaté la
extraña aventura que me acaeció un día en la montaña de diamantes,
donde, según dije, vi á un hombre atado á un cuarto de carnero y
transportado desde el valle á la montaña por un pájaro llamado rokh.
¡Pues bien; he aquí aquel hombre! ¡Este mismo es Sindbad el Marino, el
hombre generoso que me regaló tan hermosos diamantes!» Y tras de hablar
así, el mercader corrió á abrazarme como un hermano ausente que
encontrara de pronto á su hermano.
Entonces me contempló un instante el capitán del navío y en seguida me
reconoció también por Sindbad el Marino. Y me tomó en sus brazos como lo
hubiera hecho con su hijo, me felicitó por estar con vida todavía, y me
dijo: «¡Por Alah, ¡oh mi señor! que es asombrosa tu historia y
prodigiosa tu aventura! ¡Pero bendito sea Alah, que permitió nos
reuniéramos, é hizo que encontraras tus mercancías y tu fortuna!» Luego
dió orden de que llevaran mis mercancías á tierra para que yo las
vendiese, aprovechándome de ellas por completo aquella vez. Y
efectivamente, fué enorme la ganancia que me proporcionaron,
indemnizándome con mucho de todo el tiempo que había perdido hasta
entonces.
Después de lo cual, dejamos la isla Salahata y llegamos al país de Sind,
donde vendimos y compramos igualmente.
En aquellos mares lejanos vi cosas asombrosas y prodigios innumerables,
cuyo relato no puedo detallar. Pero, entre otras cosas, vi un pez que
tenía el aspecto de una vaca y otro que parecía un asno. Vi también un
pájaro que nacía del nácar marino y cuyas crías vivían en la superficie
de las aguas, sin volar nunca sobre tierra.
Más tarde continuamos nuestra navegación, con la venia de Alah, y á la
postre llegamos á Bassra, donde nos detuvimos pocos días, para entrar
por último en Bagdad.
Entonces me dirigí á mi calle, penetré en mi casa, saludé á mis
parientes, á mis amigos y á mis antiguos compañeros, é hice muchas
dádivas á viudas y á huérfanos. Porque había regresado más rico que
nunca, á causa de los últimos negocios hechos al vender mis mercancías.
Pero mañana, si Alah quiere, ¡oh amigos míos! os contaré la historia de
mi cuarto viaje, que supera en interés á las tres que acabáis de oir.»
* * * * *
Luego Sindbad el Marino, como los anteriores días, hizo que dieran cien
monedas de oro á Sindbad el Cargador, invitándole á volver al día
siguiente.
No dejó de obedecer el cargador, y volvió al otro día para escuchar lo
que había de contar Sindbad el Marino cuando terminase la comida...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 302.ª NOCHE
Ella dijo:
...para escuchar lo que había de contar Sindbad el Marino cuando
terminase la comida.
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La cuarta historia de las historias de Sindbad el Marino, que trata del
cuarto viaje
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Y dijo Sindbad el Marino:
«Ni las delicias ni los placeres de la vida de Bagdad, ¡oh amigos míos!
me hicieron olvidar los viajes. Al contrario, casi no me acordaba de las
fatigas sufridas y los peligros corridos. Y el alma pérfida que vivía en
mí no dejó de mostrarme lo ventajoso que sería recorrer de nuevo las
comarcas de los hombres. Así es que no pude resistirme á sus
tentaciones, y abandonando un día la casa y las riquezas, llevé conmigo
una gran cantidad de mercaderías de precio, bastante más que las que
había llevado en mis últimos viajes, y de Bagdad partí para Bassra,
donde me embarqué en un gran navío en compañía de varios notables
mercaderes prestigiosamente conocidos.
Al principio fué excelente nuestro viaje por el mar, gracias á la
bendición. Fuimos de isla en isla y de tierra en tierra, vendiendo y
comprando y realizando beneficios muy apreciables, hasta que un día, en
alta mar, hizo anclar el capitán, diciéndonos: «¡Estamos perdidos sin
remedio!» Y de improviso un golpe de viento terrible hinchó todo el mar,
que se precipitó sobre el navío, haciéndolo crujir por todas partes, y
arrebató á los pasajeros, incluso el capitán, los marineros y yo mismo.
Y se hundió todo el mundo, y yo igual que los demás.
Pero, merced á la misericordia, pude encontrar sobre el abismo una tabla
del navío, á la que me agarré con manos y pies, y encima de la cual
navegamos durante medio día yo y algunos otros mercaderes que lograron
asirse conmigo á ella.
Entonces, á fuerza de bregar con pies y manos, ayudados por el viento y
la corriente, caímos en la costa de una isla, cual si fuésemos un montón
de algas, medio muertos ya de frío y de miedo.
Toda una noche permanecimos sin movernos, aniquilados, en la costa de
aquella isla. Pero al día siguiente pudimos levantarnos é internarnos
por ella, vislumbrando una casa, hacia la cual nos encaminamos.
Cuando llegamos á ella, vimos que por la puerta de la vivienda salía un
grupo de individuos completamente desnudos y negros, quienes se
apoderaron de nosotros sin decirnos palabra y nos hicieron penetrar en
una vasta sala, donde aparecía un rey sentado en alto trono.
El rey nos ordenó que nos sentáramos, y nos sentamos. Entonces pusieron
á nuestro alcance platos llenos de manjares como no los habíamos visto
en toda nuestra vida. Sin embargo, su aspecto no excitó mi apetito, al
revés de lo que ocurría á mis compañeros, que comieron glotonamente para
aplacar el hambre que les torturaba desde que naufragamos. En cuanto á
mí, por abstenerme conservo la existencia hasta hoy.
Efectivamente, desde que tomaron los primeros bocados, apoderóse de mis
compañeros una gula enorme, y estuvieron durante horas y horas devorando
cuanto les presentaban, mientras hacían gestos de locos y lanzaban
extraordinarios gruñidos de satisfacción.
En tanto que caían en aquel estado mis amigos, los hombres desnudos
llevaron un tazón lleno de cierta pomada con la que untaron todo el
cuerpo á mis compañeros, resultando asombroso el efecto que hubo de
producirles en el vientre. Porque vi que se les dilataba poco á poco en
todos sentidos hasta quedar más gordo que un pellejo inflado. Y su
apetito aumentó proporcionalmente, y continuaron comiendo sin tregua,
mientras yo les miraba asustado al ver que no se llenaba su vientre
nunca.
Por lo que á mí respecta, persistí en no tocar aquellos manjares, y me
negué á que me untaran con la pomada al ver el efecto que produjo en mis
compañeros. Y en verdad que mi sobriedad fué provechosa, porque averigüé
que aquellos hombres desnudos comían carne humana, y empleaban diversos
medios para cebar á los hombres que caían entre sus manos y hacer de tal
suerte más tierna y más jugosa su carne. En cuanto al rey de estos
antropófagos, descubrí que era ogro. Todos los días le servían asado un
hombre cebado por aquel método; á los demás no les gustaba el asado y
comían la carne humana al natural, sin ningún aderezo.
Ante tan triste descubrimiento, mi ansiedad sobre mi suerte y la de mis
compañeros no conoció límites cuando advertí en seguida una disminución
notable de la inteligencia de mis camaradas, á medida que se hinchaba su
vientre y engordaba su individuo. Acabaron por embrutecerse del todo á
fuerza de comer, y cuando tuvieron el aspecto de unas bestias buenas
para el matadero, se les confió á la vigilancia de un pastor, que á
diario les llevaba á pacer en el prado.
En cuanto á mi, por una parte el hambre, y el miedo por otra, hicieron
de mi persona la sombra de mí mismo y la carne se me secó encima del
hueso. Así es que, cuando los indígenas de la isla me vieron tan delgado
y seco, no se ocuparon ya de mí y me olvidaron enteramente, juzgándome
sin duda indigno de servirme asado ni siquiera á la parrilla ante su
rey.
Tal falta de vigilancia por parte de aquellos insulares negros y
desnudos me permitió un día alejarme de su vivienda y marchar en
dirección opuesta á ella. En el camino me encontré al pastor que llevaba
á pacer á mis desgraciados compañeros, embrutecidos por culpa de su
vientre. Me di prisa á esconderme entre las hierbas altas, andando y
corriendo para perderlos de vista, pues su aspecto me producía torturas
y tristeza.
Ya se había puesto el sol, y yo no dejaba de andar. Continué camino
adelante toda la noche, sin sentir necesidad de dormir, porque me
despabilaba el miedo de caer en manos de los negros comedores de carne
humana. Y anduve aún durante todo el otro día, y también los seis
siguientes, sin perder mas que el tiempo necesario para hacer una comida
diaria que me permitiese seguir mi carrera en pos de lo desconocido. Y
por todo alimento cogía hierbas y me comía las indispensables para no
sucumbir de hambre.
Al amanecer del octavo día...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 303.ª NOCHE
Ella dijo:
...Al amanecer del octavo día llegué á la orilla opuesta de la isla y me
encontré con hombres como yo, blancos y vestidos con trajes, que se
ocupaban en quitar granos de pimienta de los árboles de que estaba
cubierta aquella región. Cuando me advirtieron, se agruparon en torno
mío y me hablaron en mi lengua, el árabe, que no escuchaba yo desde
hacía tiempo. Me preguntaron quién era y de dónde venía. Contesté: «¡Oh
buenas gentes, soy un pobre extranjero!» Y les enumeré cuantas
desgracias y peligros había experimentado. Mi relato les asombró
maravillosamente, y me felicitaron por haber podido escapar de los
devoradores de carne humana; me ofrecieron de comer y de beber, me
dejaron reposar una hora, y después me llevaron á su barca para
presentarme á su rey, cuya residencia se hallaba en otra isla vecina.
La isla en que reinaba este rey tenía por capital una ciudad muy
poblada, abundante en todas las cosas de la vida, rica en zocos y en
mercaderes cuyas tiendas aparecían provistas de objetos preciosos,
cruzada por calles en que circulaban numerosos jinetes en caballos
espléndidos, aunque sin sillas ni estribos. Así es que cuando me
presentaron al rey, tras de las zalemas hube de participarle mi asombro
por ver cómo los hombres montaban á pelo en los caballos. Y le dije:
«¿Por qué motivo, ¡oh mi señor y soberano! no se usa aquí la silla de
montar? ¡Es un objeto tan cómodo para ir á caballo! ¡Y además aumenta el
dominio del jinete!»
Sorprendióse mucho de mis palabras el rey, y me preguntó: «¿Pero en qué
consiste una silla de montar? ¡Se trata de una cosa que nunca en nuestra
vida vimos!» Yo le dije: «¿Quieres, entonces, que te confeccione una
silla, para que puedas comprobar su comodidad y experimentar sus
ventajas?» Me contestó: «¡Sin duda!»
Dije que pusieran á mis órdenes un carpintero hábil, y le hice trabajar
á mi vista la madera de una silla conforme exactamente á mis
indicaciones. Y permanecí junto á él hasta que la terminó. Entonces yo
mismo forré la madera de la silla con lana y cuero, y acabé
guarneciéndola alrededor con bordados de oro y borlas de diversos
colores. Hice que viniese á mi presencia luego un herrero, al cual le
enseñé el arte de confeccionar un bocado y estribos; y ejecutó
perfectamente estas cosas, porque no le perdí de vista un instante.
Cuando estuvo todo en condiciones, escogí el caballo más hermoso de las
cuadras del rey, y le ensillé y embridé, y le enjaecé espléndidamente,
sin olvidarme de ponerle diversos accesorios de adorno, como largas
gualdrapas, borlas de seda y oro, penacho y collera azul. Y fuí en
seguida á presentárselo al rey, que lo esperaba con mucha impaciencia
desde hacía algunos días.
Inmediatamente lo montó el rey, y se sintió tan á gusto y le satisfizo
tanto la invención, que me probó su contento con regalos suntuosos y
grandes prodigalidades.
Cuando el gran visir vió aquella silla y comprobó su superioridad, me
rogó que le hiciera una parecida. Y yo accedí gustoso. Entonces todos
los notables del reino y los altos dignatarios quisieron asimismo tener
una silla, y me hicieron la oportuna demanda. Y tanto me obsequiaron,
que en poco tiempo hube de convertirme en el hombre más rico y
considerado de la ciudad.
Me había hecho amigo del rey, y un día que fuí á verle, según era mi
costumbre, se encaró conmigo, y me dijo: «¡Ya sabes, Sindbad, que te
quiero mucho! En mi palacio llegaste á ser como de mi familia, y no
puedo pasarme sin ti ni soportar la idea de que venga un día en que nos
dejes. ¡Deseo, pues, pedirte una cosa sin que me la rehuses!» Contesté:
«¡Ordena, ¡oh rey! ¡Tu poder sobre mí lo consolidaron tus beneficios y
la gratitud que te debo por todo el bien que de ti recibí desde mi
llegada á este reino!» Contestó él: «Deseo casarte entre nosotros con
una mujer bella, bonita, perfecta, rica en oro y en cualidades, con el
fin de que ella te decida á permanecer siempre en nuestra ciudad y en
mi palacio. ¡Espero, pues, de ti que no rechaces mi ofrecimiento y mis
palabras!»
Al oir aquel discurso quedé confundido, bajé la cabeza y no pude
responder de tanta timidez como me embargaba. De manera que el rey me
preguntó: «¿Por qué no me contestas, hijo mío?» Yo repliqué: «¡Oh rey
del tiempo, tus deseos son los míos y en mí tienes un esclavo!» Al punto
envió él á buscar al kadí y á los testigos, y acto seguido dióme por
esposa á una mujer noble de alto rango, poderosamente rica, dueña de
propiedades edificadas y de tierras, y dotada de gran belleza. Al propio
tiempo, me hizo el regalo de un palacio completamente amueblado, con sus
esclavos de ambos sexos y un tren de casa verdaderamente regio.
Desde entonces viví en medio de una tranquilidad perfecta y llegué al
límite del desahogo y el bienestar. Y de antemano me regocijaba la idea
de poder un día escaparme de aquella ciudad y volver á Bagdad con mi
esposa; porque la amaba mucho, y ella también me amaba, y nos llevábamos
muy bien. Pero cuando el Destino dispone algo, ningún poder humano logra
torcer su curso. ¿Y qué criatura puede conocer el porvenir? Aún había yo
de comprobar una vez más ¡ay! que todos nuestros proyectos son juegos
infantiles ante los designios del Destino.
Un día, por orden de Alah, murió la esposa de mi vecino. Como el tal
vecino era amigo mío, fuí á verle y traté de consolarle, diciéndole:
«¡No te aflijas más de lo permitido, ¡oh vecino mío! ¡Pronto te
indemnizará Alah dándote una esposa más bendita todavía! ¡Prolongue Alah
tus días!» Pero mi vecino, asombrado de mis palabras, levantó la cabeza
y me dijo: «¿Cómo puedes desearme larga vida, cuando bien sabes que sólo
me queda ya una hora de vivir?» Entonces me asombré á mi vez y le dije:
«¿Por qué hablas así, vecino mío, y á qué vienen semejantes
presentimientos? ¡Gracias á Alah, eres robusto y nada te amenaza!
¿Pretendes, pues, matarte por tu propia mano?» Contestó: «¡Ah! Bien veo
ahora tu ignorancia acerca de los usos de nuestro país. Sabe, pues, que
la costumbre quiere que todo marido vivo sea enterrado vivo con su mujer
cuando ella muere, y que toda mujer viva sea enterrada viva con su
marido cuando muere él. ¡Es cosa inviolable! ¡Y en seguida debo ser
enterrado vivo yo con mi mujer muerta! ¡Aquí ha de cumplir tal ley,
establecida por los antepasados, todo el mundo, incluso el rey!»
Al escuchar aquellas palabras, exclamé: «¡Por Alah, qué costumbre tan
detestable! ¡Jamás podré conformarme con ella!»
Mientras hablábamos en estos términos, entraron los parientes y amigos
de mi vecino y se dedicaron, en efecto, á consolarle por su propia
muerte y la de su mujer. Tras de lo cual, se procedió á los funerales.
Pusieron en un ataúd descubierto el cuerpo de la mujer, después de
revestirla con los trajes más hermosos y adornarla con las más preciosas
joyas. Luego se formó el acompañamiento; el marido iba á la cabeza,
detrás del ataúd, y todo el mundo, incluso yo, se dirigió al sitio del
entierro.
Salimos de la ciudad, llegando á una montaña que daba sobre el mar. En
cierto paraje vi una especie de pozo inmenso, cuya tapa de piedra
levantaron en seguida. Bajaron por allí el ataúd donde yacía la mujer
muerta adornada con sus alhajas; luego se apoderaron de mi vecino, que
no opuso ninguna resistencia; por medio de una cuerda le bajaron hasta
el fondo del pozo, proveyéndole de un cántaro con agua y siete panes.
Hecho lo cual, taparon el brocal del pozo con las piedras grandes que lo
cubrían, y nos volvimos por donde habíamos ido.
Asistí á todo esto en un estado de alarma inconcebible, pensando: «¡La
cosa es aún peor que todas cuantas he visto!» Y no bien regresé á
palacio, corrí en busca del rey y le dije: «¡Oh señor mío! ¡muchos
países recorrí hasta hoy; pero en ninguna parte ví una costumbre tan
bárbara como esa de enterrar al marido vivo con su mujer muerta! Por
tanto, desearía saber, ¡oh rey del tiempo! si el extranjero ha de
cumplir también esta ley al morir su esposa.» El rey contestó: «¡Sin
duda que se le enterrará con ella!»
Cuando hube oído aquellas palabras, sentí que en el hígado me estallaba
la vejiga de la hiel á causa de la pena, salí de allí loco de terror y
marché á mi casa, temiendo ya que hubiese muerto mi esposa durante mi
ausencia y que se me obligase á sufrir el horroroso suplicio que acababa
de presenciar. En vano intenté consolarme diciendo: «¡Tranquilízate,
Sindbad! ¡Seguramente morirás tú primero! ¡Por consiguiente, no tendrás
que ser enterrado vivo!» Tal consuelo de nada había de servirme, porque
poco tiempo después mi mujer cayó enferma, guardó cama algunos días y
murió, á pesar de todos los cuidados con que no cesé de rodearla día y
noche.
Entonces mi dolor no tuvo límites; porque si realmente resultaba
deplorable el hecho de ser devorado por los comedores de carne humana,
no lo resultaba menos el de ser enterrado vivo. Cuando ví que el rey iba
personalmente á mi casa para darme el pésame por mi entierro, no dudé ya
de mi suerte. El soberano quiso hacerme el honor de asistir, acompañado
por todos los personajes de la corte, á mi entierro, yendo al lado mío á
la cabeza del acompañamiento, detrás del ataúd en que yacía muerta mi
esposa, cubierta con sus joyas y adornada con todos sus atavíos.
Cuando estuvimos al pie de la montaña que daba sobre el mar, se abrió el
pozo en cuestión, haciendo bajar al fondo del agujero el cuerpo de mi
esposa; tras de lo cual, todos los concurrentes se acercaron á mí y me
dieron el pésame, despidiéndose. Entonces yo quise intentar que el rey y
los concurrentes me dispensaran de aquella prueba, y exclamé llorando:
«¡Soy extranjero, y no parece justo que me someta á vuestra ley!
¡Además, en mi país tengo una esposa que vive é hijos que necesitan de
mí!»
Pero en vano hube de gritar y sollozar, porque cogiéronme sin
escucharme, me echaron cuerdas por debajo de los brazos, sujetaron á mi
cuerpo un cántaro de agua y siete panes, como era costumbre, y me
descolgaron hasta el fondo del pozo. Cuando llegué abajo, me dijeron:
«¡Desátate, para que nos llevemos las cuerdas!» Pero no quise desligarme
y continué con ellas, por si se decidían á subirme de nuevo. Entonces
abandonaron las cuerdas, que cayeron sobre mí, taparon otra vez con las
grandes piedras el brocal del pozo y se fueron por su camino, sin
escuchar mis gritos que movían á piedad...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 304.ª NOCHE
Ella dijo:
...sin escuchar mis gritos que movían á piedad.
Á poco me obligó á taparme las narices la hediondez de aquel lugar
subterráneo. Pero no me impidió inspeccionar, merced á la escasa luz
que descendía de lo alto, aquella gruta mortuoria llena de cadáveres
antiguos y recientes. Era muy espaciosa, y se dilataba hasta una
distancia que mis ojos no podían sondear. Entonces me tiré al suelo
llorando, y exclamé: «¡Bien merecida tienes tu suerte, Sindbad de alma
insaciable! Y luego, ¿qué necesidad tenías de casarte en esta ciudad?
¡Ah! ¿Por qué no perecistes en el valle de los diamantes, ó por qué no
te devoraron los comedores de hombres? ¡Era preferible que te hubiese
tragado el mar en uno de tus naufragios y no tendrías que sucumbir ahora
á tan espantosa muerte!» Y al punto comencé á golpearme con fuerza en la
cabeza, en el estómago y en todo mi cuerpo. Sin embargo, acosado por el
hambre y la sed, no me decidí á dejarme morir de inanición, y desaté de
la cuerda los panes y el cántaro de agua, y comí y bebí, aunque con
prudencia, en previsión de los siguientes días.
De esto modo viví durante algunos días, habituándome paulatinamente al
olor insoportable de aquella gruta, y para dormir me acostaba en un
lugar que tuve buen cuidado de limpiar de los huesos que en él
aparecían. Pero no podía retrasar más el momento en que se me acabaran
el pan y el agua. Y llegó ese momento. Entonces, poseído por la más
absoluta desesperación, hice mi acto de fe, y ya iba á cerrar los ojos
para aguardar la muerte, cuando vi abrirse por encima de mi cabeza el
agujero del pozo y descender en un ataúd á un hombre muerto, y tras de
él su esposa con los siete panes y el cántaro de agua.
Entonces esperé á que los hombres de arriba tapasen de nuevo el brocal,
y sin hacer el menor ruido, muy sigilosamente, cogí un gran hueso de
muerto y me arrojé de un salto sobre la mujer, rematándola de un golpe
en la cabeza; y para cerciorarme de su muerte, todavía la propiné un
segundo y un tercer golpe con toda mi fuerza. Me apoderé entonces de los
siete panes y del agua, con lo que tuve provisiones para algunos días.
Al cabo de ese tiempo, abrióse de nuevo el orificio, y esta vez
descendieron una mujer muerta y un hombre. Con objeto de seguir
viviendo--¡porque el alma es preciosa!--no dejé de rematar al hombre,
robándole sus panes y su agua. Y así continué viviendo durante algún
tiempo, matando en cada oportunidad á la persona á quien se enterraba
viva y robándola sus provisiones.
Un día entre los días, dormía yo en mi sitio de costumbre, cuando me
desperté sobresaltado al oír un ruido insólito. Era cual un resuello
humano y un rumor de pasos. Me levanté y cogí el hueso que me servía
para rematar á los individuos enterrados vivos, dirigiéndome al lado de
donde parecía venir el ruido. Después de dar unos pasos, creí entrever
algo que huía resollando con fuerza. Entonces, siempre armado con mi
hueso, perseguí mucho tiempo á aquella especie de sombra fugitiva, y
continué corriendo en la obscuridad tras ella, y tropezando á cada paso
con los huesos de los muertos; pero de pronto creí ver en el fondo de la
gruta como una estrella luminosa que tan pronto brillaba como se
extinguía. Proseguí avanzando en la misma dirección, y conforme avanzaba
veía aumentar y ensancharse la luz. Sin embargo, no me atreví á creer
que fuese aquello una salida por donde pudiese escaparme, y me dije:
«¡Indudablemente debe ser un segundo agujero de este pozo por el que
bajan ahora algún cadáver!» Así, que cuál no sería mi emoción al ver que
la sombra fugitiva, que no era otra cosa que un animal, saltaba con
ímpetu por aquel agujero. Entonces comprendí que se trataba de una
brecha abierta por las fieras para ir á comerse en la gruta los
cadáveres. Y salté detrás del animal y me hallé al aire libre bajo el
cielo.
Al darme cuenta de la realidad caí de rodillas, y con todo mi corazón di
gracias al Altísimo por haberme libertado, y calmé y tranquilicé mí
alma.
Miré entonces al cielo, y vi que me encontraba al pie de una montaña
junto al mar; y observé que la tal montaña no debía comunicarse de
ninguna manera con la ciudad, por lo escarpada é impracticable que era.
Efectivamente, intenté ascender por ella, pero en vano. Entonces, para
no morirme de hambre, entré en la gruta por la brecha en cuestión y cogí
pan y agua; y volví á alimentarme bajo el cielo, verificándolo con
bastante mejor apetito que mientras duró mi estancia entre los muertos.
Todos los días continué yendo á la gruta para quitarles los panes y el
agua, matando, á los que se enterraba vivos. Luego tuve la idea de
recoger todas las joyas de los muertos, diamantes, brazaletes, collares,
perlas, rubíes, metales cincelados, telas preciosas y cuantos objetos de
oro y plata había por allí. Y poco á poco iba transportando mi botín á
la orilla del mar, esperando que llegara día en que pudiese salvarme con
tales riquezas. Y para que todo estuviese preparado, hice fardos bien
envueltos en los trajes de los hombres y mujeres de la gruta.
Estaba yo sentado un día á la orilla del mar, pensando en mis aventuras
y en mi actual estado, cuando vi que pasaba un navío por cerca de la
montaña. Me levanté en seguida, desarrollé la tela de mi turbante y me
puse á agitarla con bruscos ademanes y dando muchos gritos mientras
corría por la costa. Gracias á Alah, la gente del navío advirtió mis
señales, y destacaron una barca para que fuese á recogerme y
transportarme á bordo. Me llevaron con ellos y también se encargaron muy
gustosos de mis fardos.
Cuando estuvimos á bordo, el capitán se acercó á mí y me dijo: «¿Quién
eres y cómo te encontrabas en esa montaña donde nunca vi mas que
animales salvajes y aves de rapiña, pero no un ser humano, desde que
navego por estos parajes?» Contesté: «¡Oh señor mío, soy un pobre
mercader extranjero en estas comarcas! Embarqué en un navío enorme que
naufragó junto á esta costa; y gracias á mi valor y á mi resistencia, yo
solo entre mis compañeros pude salvarme de perecer ahogado y salvé
conmigo mis fardos de mercancías, poniéndolos en una tabla grande que me
proporcioné cuando el navío vióse á merced de las olas. El Destino y mi
suerte me arrojaron á esa orilla, y Alah ha querido que no muriese yo de
hambre y de sed.» Y esto fué lo que dije al capitán, guardándome mucho
de decirle la verdad sobre mi matrimonio y mi enterramiento, no fuera
que á bordo hubiese alguien de la ciudad donde reinaba la espantosa
costumbre de que estuve á punto de ser víctima.
Al acabar mi discurso al capitán, saqué de uno de mis paquetes un
hermoso objeto de precio y se lo ofrecí como presente, para que me
tuviese consideración durante el viaje. Pero con gran sorpresa por mi
parte, dio prueba de un raro desinterés, sin querer aceptar mi obsequio,
y me dijo con acento benévolo: «No acostumbro á hacerme pagar las buenas
acciones. No eres el primero á quien hemos recogido en el mar. Á otros
náufragos socorrimos, transportándoles á su país, ¡por Alah! y no sólo
nos negamos á que nos pagaran, sino que, como carecían de todo, les
dimos de comer y de beber y les vestimos, y siempre ¡por Alah! hubimos
de proporcionarles lo preciso para subvenir á sus gastos de viaje.
¡Porque el hombre se debe á sus semejantes, por Alah!»
Al escuchar tales palabras, di gracias al capitán é hice votos en su
favor, deseándole larga vida, en tanto que él ordenaba desplegar las
velas y ponía en marcha al navío.
Durante días y días navegamos en excelentes condiciones, de isla en isla
y de mar en mar, mientras yo me pasaba las horas muertas deliciosamente
tendido, pensando en mis extrañas aventuras y preguntándome si en
realidad había yo experimentado todos aquellos sinsabores ó si no eran
un sueño. Y al recordar algunas veces mi estancia en la gruta
subterránea con mi esposa muerta, creía volverme loco de espanto.
Pero al fin, por obra y gracia de Alah, llegamos con buena salud á
Bassra, donde no nos detuvimos mas que algunos días, entrando luego en
Bagdad.
Entonces, cargado con riquezas infinitas, tomé el camino de mi calle y
de mi casa, adonde entré y encontré á mis parientes y á mis amigos;
festejaron mi regreso y se regocijaron en extremo, felicitándome por mi
salvación. Yo, entonces, guardé con cuidado en los armarios mis tesoros,
sin olvidarme de distribuir muchas limosnas á los pobres, á las viudas y
á los huérfanos, así como valiosas dádivas entre mis amigos y
conocimientos. Y desde entonces no cesé de entregarme á todas las
diversiones y á todos los placeres en compañía de personas agradables.
¡Pero cuanto os conté hasta aquí no es nada, verdaderamente, en
comparación de lo que me reservo para contároslo mañana, si Alah
quiere!»
¡Así habló aquel día Sindbad! Y no dejó de mandar que dieran cien
monedas de oro al cargador, invitándole á cenar con él, en compañía
asimismo de los notables que se hallaban presentes. Y todo el mundo
maravillóse de aquello.
En cuanto á Sindbad el Cargador...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 306.ª NOCHE
Ella dijo:
...En cuanto á Sindbad el Cargador, llegó á su casa, donde soñó toda la
noche con el relato asombroso. Y cuando al día siguiente estuvo de
vuelta en casa de Sindbad el Marino, todavía se hallaba emocionado á
causa del enterramiento de su huésped. Pero como ya habían extendido el
mantel, se hizo sitio entre los demás, y comió, y bebió, y bendijo al
Bienhechor. Tras de lo cual, en medio del general silencio, escuchó lo
que contaba Sindbad el Marino.
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La quinta historia de las historias de Sindbad el Marino, que trata del
quinto viaje
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Dijo Sindbad:
«Sabed, ¡oh amigos míos! que al regresar del cuarto viaje me dediqué á
hacer una vida de alegría, de placeres y de diversiones, y con ello
olvidé en seguida mis pasados sufrimientos, y sólo me acordé de las
ganancias admirables que me proporcionaron mis aventuras
extraordinarias. Así es que no os asombraréis si os digo que no dejé de
atender á mi alma, la cual inducíame á nuevos viajes por los países de
los hombres.
Me apresté, pues, á seguir aquel impulso, y compré las mercaderías que á
mi experiencia parecieron de más fácil salida y de ganancia segura y
fructífera; hice que las encajonasen, y partí con ellas para Bassra.
Allí fuí á pasearme por el puerto, y vi un navío grande, nuevo
completamente, que me gustó mucho y que acto seguido compré para mí
solo. Contraté á mi servicio á un buen capitán experimentado y á los
necesarios marineros. Después mandé que cargaran las mercaderías mis
esclavos, á los cuales mantuve á bordo para que me sirvieran. También
acepté en calidad de pasajeros á algunos mercaderes de buen aspecto,
que me pagaron honradamente el precio del pasaje. De esta manera,
convertido entonces en dueño de un navío, podía ayudar al capitán con
mis consejos, merced á la experiencia que adquirí en asuntos marítimos.
Abandonamos Bassra con el corazón confiado y alegre, deseándonos
mutuamente todo género de bendiciones. Y nuestra navegación fué muy
feliz, favorecida de continuo por un viento propicio y un mar clemente.
Y después de haber hecho diversas escalas con objeto de vender y
comprar, arribamos un día á una isla completamente deshabitada y
desierta, y en la cual se veía como única vivienda una cúpula blanca.
Pero al examinar más de cerca aquella cúpula blanca, adiviné que se
trataba de un huevo de rokh. Me olvidé de advertirlo á los pasajeros,
los cuales, una vez que desembarcaron, no encontraron para entretenerse
nada mejor que tirar gruesas piedras á la superficie del huevo; y
algunos instantes más tarde sacó del huevo una de sus patas el
rokhecillo.
Al verlo, continuaron rompiendo el huevo los mercaderes; luego mataron á
la cría del rokh, cortándola en pedazos grandes, y fueron á bordo para
contarme la aventura.
Entonces llegué al límite del terror, y exclamé: «¡Estamos perdidos! ¡En
seguida vendrán el padre y la madre del rokh para atacarnos y hacernos
perecer! ¡Hay que alejarse, pues, de esta isla lo más de prisa
posible!» Y al punto desplegamos la vela y nos pusimos en marcha,
ayudados por el viento.
En tanto, los mercaderes ocupábanse en asar los cuartos del rokh; pero
no habían empezado á saborearlos, cuando vimos sobre los ojos del sol
dos gruesas nubes que lo tapaban completamente. Al hallarse más cerca de
nosotros estas nubes, advertimos no eran otra cosa que dos gigantescos
rokhs, el padre y la madre del muerto. Y les oímos batir las alas y
lanzar graznidos más terribles que el trueno. Y enseguida nos dimos
cuenta de que estaban precisamente encima de nuestras cabezas, aunque á
una gran altura, sosteniendo cada cual en sus garras una roca enorme,
mayor que nuestro navío.
Al verlo no dudamos ya de que la venganza de los rokhs nos perdería. Y
de repente uno de los rokhs dejó caer desde lo alto la roca en dirección
al navío. Pero el capitán tenía mucha experiencia; maniobró con la barra
tan rápidamente, que el navío viró á un lado, y la roca, pasando junto á
nosotros, fué á dar en el mar, el cual abrióse de tal modo, que vimos su
fondo, y el navío se alzó, bajó y volvió á alzarse espantablemente. Pero
quiso nuestro destino que en aquel mismo instante soltase el segundo
rokh su piedra, que, sin que pudiésemos evitarlo, fué á caer en la popa,
rompiendo el timón en veinte pedazos y hundiendo la mitad del navío. Al
golpe, mercaderes y marineros quedaron aplastados ó sumergidos. Yo fuí
de los que se sumergieron.
Pero tanto luché con la muerte, impulsado por el instinto de conservar
mi alma preciosa, que pude salir á la superficie del agua. Y por
fortuna, logré agarrarme á una tabla de mi destrozado navío.
Al fin conseguí ponerme á horcajadas encima de la tabla, y remando con
los pies y ayudado por el viento y la corriente, pude llegar á una isla
en el preciso instante en que iba á entregar mi último aliento, pues
estaba extenuado de fatiga, hambre y sed. Empecé por tenderme en la
playa, donde permanecí aniquilado una hora, hasta que descansaron y se
tranquilizaron mi alma y mi corazón. Me levanté entonces y me interné en
la isla, con objeto de reconocerla.
No tuve necesidad de caminar mucho para advertir que aquella vez el
Destino me había transportado á un jardín tan hermoso, que podría
compararse con los jardines del paraíso. Ante mis ojos extáticos
aparecían por todas partes árboles de dorados frutos, arroyos
cristalinos, pájaros de mil plumajes diferentes y flores arrebatadoras.
Por consiguiente, no quise privarme de comer de aquellas frutas, beber
de aquella agua y aspirar aquellas flores; y todo lo encontré lo más
excelente posible...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 307.ª NOCHE
Ella dijo:
...y todo lo encontré lo más excelente posible. Así es que no me moví
del sitio en que me hallaba, y continué reposando de mis fatigas hasta
que acabó el día.
Pero cuando llegó la noche y me vi en aquella isla solo entre los
árboles, no pude por menos de tener un miedo atroz, á pesar de la
belleza y la paz que me rodeaban; no logré dormirme mas que á medías, y
durante el sueño me asaltaron pesadillas terribles en medio de aquel
silencio y aquella soledad.
Al amanecer me levanté más tranquilo y avancé en mi exploración. De esta
suerte pude llegar junto á un estanque donde iba á dar el agua de un
manantial, y á la orilla del estanque hallábase sentado, inmóvil, un
venerable anciano cubierto con amplio manto hecho de hojas de árbol. Y
pensé para mí: «¡También este anciano debe ser algún náufrago que se
refugiara antes que yo en esta isla!»
Me acerqué, pues, á él y le deseé la paz. Me devolvió el saludo, pero
solamente por señas y sin pronunciar palabra. Y le pregunté: «¡Oh
venerable jeique! ¿á qué se debe tu estancia en este sitio?» Tampoco me
contestó; pero movió con aire triste la cabeza, y con la mano me hizo
señas que significaban: «¡Te suplico que me cargues á tu espalda y
atravieses el arroyo conmigo, porque quisiera coger frutas en la otra
orilla!»
Entonces pensé: «¡Ciertamente, Sindbad, que verificarás una buena acción
sirviendo así á este anciano!» Me incliné, pues, y me lo cargué sobre
los hombros, atrayendo á mi pecho sus piernas, y con sus muslos él me
rodeaba el cuello y la cabeza con sus brazos. Y le transporté por la
otra orilla del arroyo hasta el lugar que hubo de designarme; luego me
incliné nuevamente y le dije: «¡Baja con cuidado, ¡oh venerable jeique!»
¡Pero no se movió! Por el contrario, cada vez apretaba más sus muslos en
torno de mi cuello, y se afianzaba á mis hombros con todas sus fuerzas.
Al darme cuenta de ello llegué al límite del asombro y miré con atención
sus piernas. Me parecieron negras y velludas, y ásperas como la piel de
un búfalo, y me dieron miedo. Así es que, haciendo un esfuerzo inmenso,
quise desenlazarme de su abrazo y dejarle en tierra; pero entonces me
apretó él la garganta tan fuertemente, que casi me estranguló y ante mí
se obscureció el mundo. Todavía hice un último esfuerzo; pero perdí el
conocimiento, casi ya sin respiración, y caí al suelo desvanecido.
Al cabo de algún tiempo volví en mí, observando que, á pesar de mi
desvanecimiento, el anciano se mantenía siempre agarrado á mis hombros;
sólo había aflojado sus piernas ligeramente para permitir que el aire
penetrara en mi garganta.
Cuando me vió respirar, dióme dos puntapiés en el estómago para
obligarme á que me incorporara de nuevo. El dolor me hizo obedecer, y me
erguí sobre mis piernas, mientras él se afianzaba á mi cuello más que
nunca. Con la mano me indicó que anduviera por debajo de los árboles, y
se puso á coger frutas y á comerlas. Y cada vez que me paraba yo contra
su voluntad ó andaba demasiado de prisa, me daba puntapiés tan violentos
que veíame obligado á obedecerle.
Todo aquel día estuvo sobre mis hombros, haciéndome caminar como un
animal de carga; y llegada la noche, me obligó á tenderme con él para
dormir sujeto siempre á mi cuello. Y á la mañana me despertó de un
puntapié en el vientre, obrando como la víspera.
Así permaneció afianzado á mis hombros día y noche sin tregua. Encima de
mí hacía todas sus necesidades líquidas y sólidas, y sin piedad me
obligaba á marchar, dándome puntapiés y puñetazos.
Jamás había yo sufrido en mi alma tantas humillaciones y en mi cuerpo
tan malos tratos como al servicio forzoso de este anciano, más robusto
que un joven y más despiadado que un arriero. Y ya no sabía yo de qué
medio valerme para desembarazarme de él, y deploraba el caritativo
impulso que me hizo compadecerle y subirle á mis hombros. Y desde aquel
momento me deseé la muerte desde lo más profundo de mi corazón.
Hacía ya mucho tiempo que me veía reducido á tan deplorable estado,
cuando un día aquel hombre me obligó á caminar bajo unos árboles de los
que colgaban gruesas calabazas, y se me ocurrió la idea de aprovechar
aquellas frutas secas para hacer con ellas recipientes. Recogí una gran
calabaza seca que había caído del árbol tiempo atrás, la vacié por
completo, la limpié, y fuí á una vid para cortar racimos de uvas, que
exprimí dentro de la calabaza hasta llenarla. La tapé luego
cuidadosamente y la puse al sol, dejándola allí varios días, hasta que
el zumo de uvas convirtióse en vino puro. Entonces cogí la calabaza y
bebí de su contenido la cantidad suficiente para reponer fuerzas y
ayudarme á soportar las fatigas de la carga, pero no lo bastante para
embriagarme. Al momento me sentí reanimado y alegre hasta tal punto, que
por primera vez me puse á hacer piruetas en todos sentidos con mi carga,
sin notarla ya, y á bailar cantando por entre los árboles. Incluso hube
de dar palmadas para acompañar mi baile, riendo á carcajadas.
Cuando el anciano me vió en aquel estado inusitado y advirtió que mis
fuerzas se multiplicaban hasta el extremo de conducirle sin fatiga, me
ordenó por señas que le diese la calabaza. Me contrarió bastante la
petición; pero le tenía tanto miedo, que no me atreví á negarme; me
apresuré, pues, á darle la calabaza de muy mala gana. La tomó en sus
manos, la llevó á sus labios, saboreó primero el líquido, para saber á
qué atenerse, y como lo encontró agradable, se lo bebió, vaciando la
calabaza hasta la última gota y arrojándola después lejos de sí.
En seguida se hizo sentir en su cerebro el efecto del vino; y como había
bebido lo suficiente para embriagarse, no tardó en bailar á su manera en
un principio, zarandeándose sobre mis hombros, para aplomarse luego con
todos los músculos relajados, venciéndose á derecha y á izquierda y
sosteniéndose sólo lo preciso para no caerse.
Entonces yo, al sentir que no me oprimía como de costumbre, desanudé de
mi cuello sus piernas con un movimiento rápido, y por medio de una
contracción de hombros le despedí á alguna distancia, haciéndole rodar
por el suelo, en donde quedó sin movimiento. Salté sobre él entonces, y
cogiendo de entre los árboles una piedra enorme, le sacudí con ella en
la cabeza diversos golpes tan certeros, que le destrocé el cráneo y
mezclé su sangre á su carne. ¡Murió! ¡Ojalá no haya tenido Alah nunca
compasión de su alma!...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 308.ª NOCHE
Ella dijo:
...¡Ojalá no haya tenido Alah nunca compasión de su alma!
Á la vista de su cadáver, me sentí el alma todavía más aligerada que el
cuerpo, y me puse á correr de alegría, y así llegué á la playa, al mismo
sitio donde me arrojó el mar cuando el naufragio de mi navío. Quiso el
Destino que precisamente en aquel momento se encontrasen allí unos
marineros que desembarcaron de un navío anclado para buscar agua y
frutas. Al verme, llegaron al límite del asombro, y me rodearon y me
interrogaron después de mutuas zalemas. Y les conté lo que acababa de
ocurrirme, cómo había naufragado y cómo estuve reducido al estado de
perpetuo animal de carga para el jeique á quien hube de matar.
Estupefactos quedaron los marineros con el relato de mi historia, y
exclamaron: «¡Es prodigioso que pudieras librarte de ese jeique,
conocido por todos los navegantes con el nombre de Anciano del mar! Tú
eres el primero á quien no estranguló, porque siempre ha ahogado entre
sus muslos á cuantos tuvo á su servicio. ¡Bendito sea Alah, que te libró
de él!»
Después de lo cual, me llevaron á su navío, donde su capitán me recibió
cordialmente, y me dió vestidos con que cubrir mi desnudez; y luego que
le hube contado mi aventura, me felicitó por mi salvación, y nos hicimos
á la vela.
Tras varios días y varias noches de navegación, entramos en el puerto de
una ciudad que tenía casas muy bien construídas junto al mar. Esta
ciudad llamábase la Ciudad de los Monos, á causa de la cantidad
prodigiosa de monos que habitaban en los árboles de las inmediaciones.
Bajé á tierra acompañado por uno de los mercaderes del navío, con objeto
de visitar la ciudad y procurar hacer algún negocio. El mercader con
quien entablé amistad me dió un saco de algodón, y me dijo: «Toma este
saco, llénale de guijarros y agrégate á los habitantes de la ciudad que
salen ahora de sus muros. Imita exactamente lo que les veas hacer. Y así
ganarás muy bien tu vida.»
Entonces hice lo que él me aconsejaba; llené de guijarros mi saco, y
cuando terminé aquel trabajo, vi salir de la ciudad á un tropel de
personas, igualmente cargada cada cual con un saco parecido al mío. Mi
amigo el mercader me recomendó á ellas cariñosamente, diciéndoles: «Es
un hombre pobre y extranjero. ¡Llevadle con vosotros para enseñarle á
ganarse aquí la vida! ¡Si le hacéis tal servicio, seréis recompensados
pródigamente por el Retribuidor!» Ellos contestaron que escuchaban y
obedecían, y me llevaron consigo.
Después de andar durante algún tiempo, llegamos á un gran valle,
cubierto de árboles tan altos, que resultaba imposible subir á ellos; y
estos árboles estaban poblados por los monos, y sus ramas aparecían
cargadas de frutos de corteza dura llamados cocos de Indias.
Nos detuvimos al pie de aquellos árboles, y mis compañeros dejaron en
tierra los sacos y pusiéronse á apedrear á los monos, tirándoles
piedras. Y yo hice lo que ellos. Entonces, furiosos, los monos nos
respondieron tirándonos desde lo alto de los árboles una cantidad enorme
de cocos. Y nosotros, procurando resguardarnos, recogíamos aquellos
frutos y llenábamos nuestros sacos con ellos.
Una vez llenos los sacos, nos los cargamos de nuevo á hombros, y
volvimos á emprender el camino de la ciudad, en la cual un mercader me
compró el saco, pagándome en dinero. Y de este modo continué acompañando
todos los días á los recolectores de cocos y vendiendo en la ciudad
aquellos frutos, y así estuve hasta que poco á poco, á fuerza de
acumular lo que ganaba, adquirí una fortuna que engrosó por sí sola
después de diversos cambios y compras, y me permitió embarcarme en un
navío que salía para el Mar de las Perlas.
Como tuve cuidado de llevar conmigo una cantidad prodigiosa de cocos, no
dejé de cambiarlos por mostaza y canela á mi llegada á diversas islas; y
después vendí la mostaza y la canela, y con el dinero que gané me fuí al
Mar de las Perlas, donde contraté buzos por mi cuenta. Fué muy grande
mi suerte en la pesca de perlas, pues me permitió realizar en poco
tiempo una gran fortuna. Así es que no quise retrasar más mi regreso, y
después de comprar, para mi uso personal, madera de áloe de la mejor
calidad á los indígenas de aquel país descreído, me embarqué en un barco
que se hacía á la vela para Bassra, adonde arribé felizmente después de
una excelente navegación. Desde allí salí en seguida para Bagdad, y
corrí á mi calle y á mi casa, donde me recibieron con grandes
manifestaciones de alegría mis parientes y mis amigos.
Como volvía más rico que jamás lo había estado, no dejé de repartir en
torno mío el bienestar, haciendo muchas dádivas á los necesitados. Y
viví en un reposo perfecto desde el seno de la alegría y los placeres.
Pero cenad en mi casa esta noche, ¡oh mis amigos! y no faltéis mañana
para escuchar el relato de mi sexto viaje, porque es verdaderamente
asombroso y os hará olvidar las aventuras que acabáis de oir, por muy
extraordinarias que hayan sido.»
* * * * *
Luego, terminada esta historia, Sindbad el Marino, según su costumbre,
hizo que entregaran las cien monedas de oro al cargador, que con los
demás comensales retiróse maravillado, después de cenar. Y al día
siguiente, después de un festín tan suntuoso como el de la víspera,
Sindbad el Marino habló en los siguientes términos ante la misma
asistencia:
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La sexta historia de las historias de Sindbad el Marino, que trata del
sexto viaje
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«Sabed, ¡oh todos vosotros mis amigos, mis compañeros y mis queridos
huéspedes! que al regreso de mi quinto viaje estaba yo un día sentado
delante de mi puerta tomando el fresco, y he aquí que llegué al límite
del asombro cuando vi pasar por la calle unos mercaderes que al parecer
volvían de viaje. Al verlos recordé con satisfacción los días de mis
retornos, la alegría que experimentaba al encontrar á mis parientes,
amigos y antiguos compañeros, y la alegría, mayor aún, de volver á ver
mi país natal; y este recuerdo incitó á mi alma al viaje y al comercio.
Resolví, pues, viajar; compré ricas y valiosas mercaderías á propósito
para el comercio por mar, mandé cargar los fardos y partí de la ciudad
de Bagdad con dirección á la de Bassra. Allí encontré una gran nave
llena de mercaderes y de notables, que llevaban consigo mercancías
suntuosas. Hice embarcar mis fardos con los suyos á bordo de aquel
navío, y abandonamos en paz la ciudad de Bassra...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 309.ª NOCHE
Ella dijo:
...y abandonamos en paz la ciudad de Bassra.
No dejamos de navegar de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad,
vendiendo, comprando y alegrando la vista con el espectáculo de los
países de los hombres, viéndonos favorecidos constantemente por una
feliz navegación, que aprovechábamos para gozar de la vida. Pero un día
entre los días, cuando nos creíamos en completa seguridad, oímos gritos
de desesperación. Era nuestro capitán quien los lanzaba. Al mismo tiempo
le vimos tirar al suelo el turbante, golpearse el rostro, mesarse las
barbas y dejarse caer en mitad del buque, presa de un pesar
inconcebible.
Entonces todos los mercaderes y pasajeros le rodeamos, y le preguntamos:
«¡Oh capitán! ¿qué sucede?» El capitán respondió: «Sabed, buena gente
aquí reunida, que nos hemos extraviado con nuestro navío, y hemos salido
del mar en que estábamos para entrar en otro mar cuya derrota no
conocemos. Y si Alah no nos depara algo que nos salve de este mar,
quedaremos aniquilados cuantos estamos aquí. ¡Por lo tanto, hay que
suplicar á Alah el Altísimo que nos saque de este trance!»
Dicho esto, el capitán se levantó y subió al palo mayor, y quiso
arreglar las velas; pero de pronto sopló con violencia el viento y echó
al navío hacia atrás tan bruscamente, que se rompió el timón cuando
estábamos cerca de una alta montaña. Entonces el capitán bajó del palo,
y exclamó: «¡No hay fuerza ni recurso mas que en Alah el Altísimo y
Todopoderoso! ¡Nadie puede detener al Destino! ¡Por Alah! ¡Hemos caído
en una perdición espantosa, sin ninguna probabilidad de salvarnos!»
Al oir tales palabras, todos los pasajeros se echaron á llorar por
propio impulso, y despidiéndose unos de otros, antes de que se acabase
su existencia y se perdiera toda esperanza. Y de pronto el navío se
inclinó hacia la montaña, y se estrelló y se dispersó en tablas por
todas partes. Y cuantos estaban dentro se sumergieron. Y los mercaderes
cayeron al mar. Y unos se ahogaron y otros se agarraron á la montaña
consabida y pudieron salvarse. Yo fuí uno de los que pudieron agarrarse
á la montaña.
Estaba la tal montaña situada en una isla muy grande, cuyas costas
aparecían cubiertas por restos de buques naufragados y de toda clase de
residuos. En el sitio en que tomamos tierra, vimos á nuestro alrededor
una cantidad prodigiosa de fardos, y mercancías, y objetos valiosos de
todas clases arrojados por el mar.
Y yo empecé á andar por en medio de aquellas cosas dispersas, y á los
pocos pasos llegué á un riachuelo de agua dulce que, al revés de todos
los demás ríos que van á desaguar en el mar, salía de la montaña y se
alejaba del mar, para internarse más adelante en una gruta situada al
pie de aquella montaña y desaparecer por ella.
Pero había más. Observé que las orillas de aquel río estaban sembradas
de piedras, de rubíes, de gemas de todos los colores, de pedrería de
todas formas y de metales preciosos. Y todas aquellas piedras preciosas
abundaban tanto como los guijarros en el cauce de un río. Así es que
todo aquel terreno brillaba y centelleaba con mil reflejos y luces, de
manera que los ojos no podían soportar su resplandor.
Noté también que aquella isla contenía la mejor calidad de madera de
áloe chino y de áloe comarí.
También había en aquella isla una fuente de ámbar bruto líquido, del
color del betún, que manaba como cera derretida por el suelo bajo la
acción del sol y salían del mar grandes peces para devorarlo. Y se lo
calentaban dentro y lo vomitaban al poco tiempo en la superficie del
agua, y entonces se endurecía y cambiaba de naturaleza y color. Y las
olas lo llevaban á la orilla, embalsamándola. En cuanto al ámbar que no
tragaban los peces, se derretía bajo la acción de los rayos del sol, y
esparcía por toda la isla un olor semejante al del almizcle.
He de deciros asimismo que todas aquellas riquezas no le servían á
nadie, puesto que nadie pudo llegar á aquella isla y salir de ella vivo
ni muerto. En efecto, todo navío que se acercaba á sus costas
estrellábase contra la montaña; y nadie podía subir á la montaña, porque
era inaccesible.
De modo que los pasajeros que lograron salvarse del naufragio de nuestra
nave, y yo entre ellos, quedamos muy perplejos, y estuvimos en la
orilla, asombrados con todas las riquezas que teníamos á la vista, y con
la mísera suerte que nos aguardaba en medio de tanta suntuosidad.
Así estuvimos durante bastante rato en la orilla, sin saber qué hacer, y
después, como habíamos encontrado algunas provisiones, nos las
repartimos con toda equidad. Y mis compañeros, que no estaban
acostumbrados á las aventuras, se comieron su parte de una vez ó en dos;
y no tardaron al cabo de cierto tiempo, variable según la resistencia de
cada cual, en sucumbir uno tras otro por falta de alimento. Pero yo supe
economizar con prudencia mis víveres y no comí mas que una vez al día,
aparte de que había encontrado otras provisiones, de las cuales no dije
palabra á mis compañeros.
Los primeros que murieron fueron enterrados por los demás después de
lavarles y meterles en sudarios confeccionados con las telas recogidas
en la orilla. Con las privaciones vino á complicarse una epidemia de
dolores de vientre, originada por el clima húmedo del mar. Así es que
mis compañeros no tardaron en morir hasta el último, y yo abrí con mis
manos la huesa del postrer camarada.
En aquel momento ya me quedaban muy pocas provisiones, á pesar de mi
economía y prudencia, y como veía acercarse el momento de la muerte,
empecé á llorar por mí, pensando: «¿Por qué no sucumbí antes que mis
compañeros, que me hubieran rendido el último tributo, lavándome y
sepultándome? ¡No hay recurso ni fuerza mas que en Alah el Omnipotente!»
Y en seguida empecé á morderme las manos con desesperación...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
[IMAGEN]
PERO CUANDO LLEGÓ
LA 310.ª NOCHE
Ella dijo:
...empecé á morderme las manos con desesperación.
Me decidí entonces á levantarme, y empecé á abrir una fosa profunda,
diciendo para mí: «Cuando sienta llegar mi último momento, me arrastraré
hasta allí y me meteré en la fosa, donde moriré. ¡El viento se encargará
de acumular poco á poco la arena encima de mi cabeza, y llenará el
hoyo!» Y mientras verificaba aquel trabajo, me echaba en cara mi falta
de inteligencia y mi salida de mi país después de todo lo que me había
ocurrido en mis diferentes viajes, y de lo que había experimentado la
primera, y la segunda, y la tercera, y la cuarta, y la quinta vez,
siendo cada prueba peor que la anterior. Y decía para mí: «¡Cuántas
veces te arrepentiste para volver á empezar! ¿Qué necesidad tenías de
viajar nuevamente? ¿No poseías en Bagdad riquezas bastantes para gastar
sin cuento y sin temor á que se te acabaran nunca los fondos suficientes
para dos existencias como la tuya?»
Á estos pensamientos sucedió pronto otra reflexión, sugerida por la
vista del río. En efecto, pensé: ¡Por Alah! Ese río indudablemente ha de
tener un principio y un fin. Desde aquí veo el principio, pero el fin es
invisible. No obstante, ese río que se interna así por debajo de la
montaña, sin remedio ha de salir al otro lado por algún sitio. De modo
que la única idea práctica para escaparme de aquí, es construir una
embarcación cualquiera, meterme en ella y dejarme llevar por la
corriente del agua que entra en la gruta. Si es mi destino, ya
encontraré de ese modo el medio de salvarme; ¡si no, moriré ahí dentro,
y será menos espantoso que perecer de hambre en esta playa!
Me levanté, pues, algo animado por esta idea, y en seguida me puse á
ejecutar mi proyecto. Junté grandes haces de madera de áloes comarí y
chino; los até sólidamente con cuerdas; coloqué encima grandes tablones
recogidos de la orilla y procedentes de los barcos náufragos, y con todo
confeccioné una balsa tan ancha como el río, ó mejor dicho, algo menos
ancha, pero poco. Terminado este trabajo, cargué la balsa con algunos
sacos grandes llenos de rubíes, perlas y toda clase de pedrerías,
escogiendo las más gordas, que eran como guijarros, y cogí también
algunos fardos de ámbar gris, que elegí muy bueno y libre de impurezas;
y no dejé tampoco de llevarme las provisiones que me quedaban. Lo puse
todo bien acondicionado sobre la balsa, que cuidé de proveer de dos
tablas á guisa de remos, y acabó por embarcarme en ella, confiando en la
voluntad de Alah y recordando estos versos del poeta:
_¡Amigo, apártate de los lugares en que reina la opresión, y deja
que resuene la morada con los gritos de duelo de quienes la
construyeron!_
_¡Encontrarás tierra distinta de tu tierra; pero tu alma es una
sola y no encontrarás otra!_
_¡Y no te aflijas ante los accidentes de las noches, pues por muy
grandes que sean las desgracias, siempre tienen un término!_
_¡Y sabe que aquel cuya muerte fué decretada de antemano en una
tierra, no podrá morir en otra!_
_¡Y en tu desgracia no envíes mensajes á ningún consejero; ningún
consejero mejor que el alma propia!_
La balsa fué, pues, arrastrada por la corriente bajo la bóveda de la
gruta, donde empezó á rozar con aspereza contra las paredes, y también
mi cabeza recibió varios choques, mientras que yo, espantado por la
obscuridad completa en que me vi de pronto, quería ya volver á la playa.
Pero no podía retroceder; la fuerte corriente me arrastraba cada vez más
adentro, y el cauce del río tan pronto se estrechaba como se ensanchaba,
en tanto que iban haciéndose más densas las tinieblas á mi alrededor,
cansándome muchísimo. Entonces, soltando los remos, que por cierto no me
servían para gran cosa, me tumbé boca abajo en la balsa, con objeto de
no romperme el cráneo contra la bóveda, y no sé cómo fuí
insensibilizándome en un profundo sueño.
Debió éste durar un año ó más, á juzgar por la pena que lo originó. El
caso es que al despertarme me encontré en plena claridad. Abrí más los
ojos y me encontré tendido en la hierba de una vasta campiña, y mi balsa
estaba amarrada junto á un río; y alrededor de mí había indios y
abisinios.
Cuando me vieron ya despierto aquellos hombres, se pusieron á hablarme,
pero no entendí nada de su idioma y no les pude contestar. Empezaba á
creer que era un sueño todo aquello, cuando advertí que hacia mí
avanzaba un hombre, que me dijo en árabe: «¡La paz contigo, ¡oh hermano
nuestro! ¿Quién eres, de dónde vienes y qué motivo te trajo á este país?
Nosotros somos labradores que venimos aquí á regar nuestros campos y
plantaciones. Vimos la balsa en que te dormiste y la hemos sujetado y
amarrado á la orilla. Después nos aguardamos á que despertaras tú solo,
para no asustarte. ¡Cuéntanos ahora qué aventura te condujo á este
lugar!» Pero yo contesté: «¡Por Alah sobre ti, ¡oh señor! dame
primeramente de comer, porque tengo hambre, y pregúntame luego cuanto
gustes!»
Al oir estas palabras, el hombre se apresuró á traerme alimento, y comí
hasta que me encontré harto, y tranquilo, y reanimado. Entonces
comprendí que recobraba el alma, y di gracias á Alah por lo ocurrido, y
me felicité de haberme librado de aquel río subterráneo. Tras de lo cual
conté á quienes me rodeaban todo lo que me aconteció, desde el principio
hasta el fin.
Cuando hubieron oído mi relato, quedaron maravillosamente asombrados, y
conversaron entre sí, y el que hablaba árabe me explicaba lo que se
decían, como también les había hecho comprender mis palabras. Tan
admirados estaban, que querían llevarme junto á su rey para que oyera
mis aventuras. Yo consentí inmediatamente, y me llevaron. Y no dejaron
tampoco de transportar la balsa como estaba, con sus fardos de ámbar y
sus sacos llenos de pedrería.
El rey, al cual le contaron quién era yo, me recibió con mucha
cordialidad, y después de recíprocas zalemas me pidió que yo mismo le
contase mis aventuras. Al punto obedecí, y le narré cuanto me había
ocurrido, sin omitir nada. Pero no es necesario repetirlo.
Oído mi relato, el rey de aquella isla, que era la de Serendib, llegó al
límite del asombro y me felicitó mucho por haber salvado la vida á pesar
de tanto peligro corrido. En seguida quise demostrarle que los viajes me
sirvieron de algo, y me apresuré á abrir en su presencia mis sacos y mis
fardos.
Entonces el rey, que era muy inteligente en pedrería, admiró mucho mi
colección, y yo, por deferencia á él, escogí un ejemplar muy hermoso de
cada especie de piedra, como asimismo perlas grandes y pedazos enteros
de oro y plata, y se los ofrecí de regalo. Avínose á aceptarlos, y en
cambio me colmó de consideraciones y honores, y me rogó que habitara en
su propio palacio. Así lo hice, y desde aquel día llegué á ser amigo del
rey y uno de los personajes principales de la isla. Y todos me hacían
preguntas acerca de mi país, y yo les contestaba y les interrogaba
acerca del suyo, y me respondían. Así supe que la isla de Serendib tenía
ochenta parasangas de longitud y ochenta de anchura; que poseía una
montaña que era la más alta del mundo, en cuya cima había vivido nuestro
padre Adán cierto tiempo; que encerraba muchas perlas y piedras
preciosas, menos bellas, en realidad, que las de mis fardos, y muchos
cocoteros...
En ese momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana,
y se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 311.ª NOCHE
Ella dijo:
...y muchos cocoteros.
Un día, el rey de Serendib me interrogó acerca de los asuntos públicos
de Bagdad y del modo que tenía de gobernar el califa Harún Al-Rachid. Y
yo le conté cuán equitativo y magnánimo era el califa y le hablé
extensamente de sus méritos y buenas cualidades. Y el rey de Serendib se
maravilló y me dijo: «¡Por Alah! ¡Veo que el califa conoce
verdaderamente la cordura y el arte de gobernar su Imperio, y acabas de
hacer que le tome gran afecto! ¡De modo que desearía prepararle algún
regalo digno de él, y enviárselo contigo!» Yo contesté en seguida:
«¡Escucho y obedezco, ¡oh mi señor! ¡Ten la seguridad de que entregaré
fielmente tu regalo al califa, que llegará al límite del encanto! ¡Y al
mismo tiempo le diré cuán excelente amigo suyo eres y que puede contar
con tu alianza!»
Oídas estas palabras, el rey de Serendib dió algunas órdenes á sus
chambelanes, que se apresuraron á obedecer. Y he aquí en qué consistía
el regalo que me dieron para el califa Harún Al-Rachid. Primeramente
había una gran vasija tallada en un solo rubí de color admirable, que
tenía medio pie de altura y un dedo de espesor. Esta vasija, en forma de
copa, estaba completamente llena de perlas redondas y blancas, como una
avellana cada una. Además, había una alfombra hecha con una enorme piel
de serpiente, con escamas grandes como un dinar de oro, que tenía la
virtud de curar de todas las enfermedades á quienes se acostaban en
ella. En tercer lugar había doscientos granos de alcanfor exquisito,
cada cual del tamaño de un alfónsigo. En cuarto lugar había dos
colmillos de elefante, de doce codos de largo cada uno y dos de ancho en
la base. Y por último había una hermosa joven de Serendib, cubierta de
pedrerías.
Al mismo tiempo el rey me entregó una carta para el Emir de los
Creyentes, diciéndome: «Discúlpame con el califa de lo poco que vale mi
regalo. ¡Y has de decirle lo mucho que le quiero!» Y yo contesté:
«¡Escucho y obedezco!» Y le besé la mano. Entonces me dijo: «De todos
modos, Sindbad, si prefieres quedarte en mi reino, te tendré sobre mi
cabeza y mis ojos; y en ese caso enviaré á otro en tu lugar junto al
califa de Bagdad.» Entonces exclamé: «¡Por Alah! Tu esplendidez es gran
esplendidez, y me has colmado de beneficios. ¡Pero precisamente hay un
barco que va á salir para Bassra y mucho desearía embarcarme en él para
volver á ver á mis parientes, á mis hijos y mi tierra!»
Oído esto, el rey no quiso insistir en que me quedase, y mandó llamar
inmediatamente al capitán del barco, así como á los mercaderes que iban
á ir conmigo, y me recomendó mucho á ellos, encargándoles que me
guardaran toda clase de consideraciones. Pagó el precio de mi pasaje y
me regaló muchas preciosidades que conservo todavía, pues no pude
decidirme á vender lo que me recuerda al excelente rey de Serendib.
Después de despedirme del rey y de todos los amigos que me hice durante
mi estancia en aquella isla tan encantadora, me embarqué en la nave, que
en seguida se dió á la vela. Partimos con viento favorable y navegamos
de isla en isla y de mar en mar, hasta que, gracias á Alah, llegamos con
toda seguridad á Bassra, desde donde me dirigí á Bagdad con mis riquezas
y el presente destinado al califa.
De modo que lo primero que hice fué encaminarme al palacio del Emir de
los Creyentes; me introdujeron en el salón de recepciones, y besé la
tierra entre las manos del califa, entregándole la carta y los
presentes, y contándole mi aventura con todos sus detalles.
Cuando el califa acabó de leer la carta del rey de Serendib y examinó
los presentes, me preguntó si aquel rey era tan rico y poderoso como lo
indicaban su carta y sus regalos. Yo contesté: «¡Oh Emir de los
Creyentes! Puedo asegurar que el rey de Serendib no exagera. Además, á
su poderío y su riqueza añade un gran sentimiento de justicia, y
gobierna sabiamente á su pueblo. Es el único kadí de su reino, cuyos
habitantes son, por cierto, tan pacíficos, que nunca suelen tener
litigios. ¡Verdaderamente, el rey es digno de tu amistad, ¡oh Emir de
los Creyentes!»
El califa quedó satisfecho de mis palabras, y me dijo: «La carta que
acabo de leer y tu discurso me demuestran que el rey de Serendib es un
hombre excelente que no ignora los preceptos de la sabiduría y sabe
vivir. ¡Dichoso el pueblo gobernado por él!» Después el califa me regaló
un ropón de honor y ricos presentes, y me colmó de preeminencias y
prerrogativas, y quiso que escribieran mi historia los escribas más
hábiles para conservarla en los archivos del reino.
Y me retiré entonces, y corrí á mi calle y á mi casa, y viví en el seno
de las riquezas y los honores, entre mis parientes y amigos, olvidando
las pasadas tribulaciones y sin pensar mas que en extraer de la
existencia cuantos bienes pudiera proporcionarme.
Y tal es mi historia durante el sexto viaje. Pero mañana, ¡oh huéspedes
míos! os contaré la historia de mi séptimo viaje, que es más
maravilloso, y más admirable, y más abundante en prodigios que los otros
seis juntos.»
* * * * *
Y Sindbad el Marino mandó poner el mantel para el festín y dió de comer
á sus huéspedes, incluso á Sindbad el Cargador, á quien mandó
entregaran, antes de que se fuera, cien monedas de oro, como los demás
días. Y el cargador se retiró á su casa, maravillado de cuanto acababa
de oir. Y al día siguiente hizo su oración de la mañana y volvió al
palacio de Sindbad el Marino.
Cuando estuvieron reunidos todos los invitados, y comieron, y bebieron,
y conversaron, y rieron, y oyeron los cantos y la música, se colocaron
en corro, graves y silenciosos. Y habló así Sindbad el Marino:
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La séptima historia de las historias de Sindbad el Marino, que trata de
la 7.ª y última historia
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«Sabed, ¡oh amigos míos! que al regreso del sexto viaje di resueltamente
de lado á toda idea de emprender en lo sucesivo otros, pues aparte de
que mi edad me impedía hacer excursiones lejanas, ya no tenía yo deseos
de acometer nuevas aventuras, tras de tanto peligro corrido y tanto mal
experimentado. Además, había llegado á ser el hombre más rico de Bagdad,
y el califa me mandaba llamar con frecuencia para oir de mis labios el
relato de las cosas extraordinarias que en mis viajes vi.
Un día que el califa ordenó que me llamaran, según costumbre, me
disponía á contarle una, ó dos, ó tres de mis aventuras, cuando me
dijo: «Sindbad, hay que ir á ver al rey de Serendib para llevarle mi
contestación y los regalos que le destino. ¡Nadie conoce como tú el
camino de esa tierra, cuyo rey se alegrará mucho de volver á verte.
¡Prepárate, pues, á salir hoy mismo, porque no me estaría bien quedar en
deuda con el rey de aquella isla, ni sería digno retrasar más la
respuesta y el envío!»
Ante mi vista se ennegreció el mundo, y llegué al límite de la
perplejidad y la sorpresa al oir estas palabras del califa. Pero logré
dominarme, para no caer en su desagrado. Y aunque había hecho voto de no
volver á salir de Bagdad, besé la tierra entre las manos del califa, y
contesté oyendo y obedeciendo. Entonces ordenó que me dieran mil dinares
de oro para mis gastos de viaje, y me entregó una carta de su puño y
letra y los regalos destinados al rey de Serendib.
Y he aquí en qué consistían los regalos: en primer lugar una magnífica
cama, completa, de terciopelo carmesí, que valía una cantidad enorme de
dinares de oro; además, había otra cama de otro color, y otra de otro;
había también cien trajes de tela fina y bordada de Kufa y Alejandría, y
cincuenta de Bagdad. Había una vasija de cornalina blanca, procedente de
tiempos muy remotos, en cuyo fondo figuraba un guerrero armado con su
arco tirante contra un león. Y había otras muchas cosas que sería
prolijo enumerar, y un tronco de caballos de la más pura raza árabe...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y
se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 312.ª NOCHE
Ella dijo:
...un tronco de caballos de la más pura raza árabe.
Entonces me vi obligado á partir, contra mi gusto aquella vez, y me
embarqué en una nave que salía de Bassra.
Tanto nos favoreció el destino, que á los dos meses, día tras día,
llegamos á Serendib con toda seguridad. Y me apresuré á llevar al rey la
carta y los obsequios del Emir de los Creyentes.
Al verme, se alegró y satisfizo al rey, quedando muy complacido de la
cortesía del califa. Quiso entonces retenerme á su lado una larga
temporada, pero yo no accedí á quedarme mas que el tiempo preciso para
descansar. Después de lo cual me despedí de él, y colmado de
consideraciones y regalos, me apresuré á embarcarme de nuevo para tomar
el camino de Bassra, por donde había ido.
Al principio nos fué favorable el viento, y el primer sitio á que
arribamos fué una isla llamada la isla de Sin. Y realmente, hasta
entonces habíamos estado contentísimos, y durante toda la travesía
hablábamos unos con otros, conversando tranquila y agradablemente acerca
de mil cosas.
Pero un día, á la semana después de haber dejado la isla, en la cual los
mercaderes habían hecho varios cambios y compras, mientras estábamos
tendidos tranquilos, como de costumbre, estalló de pronto sobre nuestras
cabezas una tormenta terrible y nos inundó una lluvia torrencial.
Entonces nos apresuramos á tender tela de cáñamo encima de nuestros
fardos y mercancías, para evitar que el agua los estropease, y empezamos
á suplicar á Alah que alejase el peligro de nuestro camino.
En tanto permanecíamos en aquella situación, el capitán del buque se
levantó, apretóse el cinturón á la cintura, se remangó las mangas y la
ropa, y después subió al palo mayor, desde el cual estuvo mirando
bastante tiempo á derecha é izquierda. Luego bajó con la cara muy
amarilla, nos miró con aspecto completamente desesperado, y en silencio
empezó á golpearse el rostro y á mesarse las barbas. Entonces corrimos
hacia él muy asustados, y le preguntamos: «¿Qué ocurre?» Y él contestó:
«¡Pedidle á Alah que nos saque del abismo en que hemos caído! ¡Ó más
bien, llorad por todos y despedíos unos de otros! ¡Sabed que la
corriente nos ha desviado de nuestro camino, arrojándonos á los confines
de los mares del mundo!»
Y después de haber hablado así, el capitán abrió un cajón, y sacó de él
un saco de algodón, del cual extrajo polvo que parecía ceniza. Mojó el
polvo con un poco de agua, esperó algunos momentos, y se puso luego á
aspirar aquel producto. Después sacó del cajón un libro pequeño, leyó
entre dientes algunas páginas, y acabó por decirnos: «Sabed, ¡oh
pasajeros! que el libro prodigioso acaba de confirmar mis suposiciones.
La tierra que se dibuja ante nosotros en lontananza es la tierra
conocida con el nombre de Clima de los Reyes. Ahí se encuentra la tumba
de nuestro señor Soleimán ben-Daúd. (¡Con ambos la plegaria y la paz!)
Ahí se crían monstruos y serpientes de espantable catadura. Además, el
mar en que nos encontramos está habitado por monstruos marinos que se
pueden tragar de un bocado los navíos mayores con cargamento y
pasajeros! ¡Ya estáis avisados! ¡Adiós!»
Cuando oímos estas palabras del capitán, quedamos de toda punto
estupefactos, y nos preguntábamos qué espantosa catástrofe iría á pasar,
cuando de pronto nos sentimos levantados con barco y todo, y después
hundidos bruscamente, mientras se alzaba del mar un grito más terrible
que el trueno. Tan espantados quedamos, que dijimos nuestra última
oración, y permanecimos inertes como muertos. Y de improviso vimos que
sobre el agua revuelta y delante de nosotros avanzaba hacia el barco un
monstruo tan alto y tan grande como una montaña, y después otro monstruo
mayor, y detrás otro tan enorme como los dos juntos. Este último brincó
de pronto por el mar, que se abría como una sima, mostró una boca más
profunda que un abismo, y se tragó las tres cuartas partes del barco con
cuanto contenía. Yo tuve el tiempo justo para retroceder hacia lo alto
del buque y saltar al mar, mientras el monstruo acababa de tragarse la
otra cuarta parte, y desaparecía en las profundidades con sus dos
compañeros.
Logré agarrarme á uno de los tablones que habían saltado del barco al
darle la dentellada el monstruo marino, y después de mil dificultades
pude llegar á una isla que afortunadamente estaba cubierta de árboles
frutales y regada por un río de agua excelente. Pero noté que la
corriente del río era rápida hasta el punto de que el ruido que hacía
oíase muy á lo lejos. Entonces, al recordar cómo me salvé de la muerte
en la isla de las pedrerías, concebí la idea de construir una balsa
igual á la anterior y dejarme llevar por la corriente. En efecto, á
pesar de lo agradable de aquella isla nueva, yo pretendía volver á mi
país. Y pensaba: «Si logro salvarme, todo irá bien, y haré voto de no
pronunciar siquiera la palabra «viaje», y de no pensar en tal cosa
durante el resto de mi vida. ¡En cambio, si perezco en la tentativa,
todo irá bien asimismo, porque acabaré definitivamente con peligros y
tribulaciones.»
Me levanté, pues, inmediatamente, y después de haber comido alguna
fruta, recogí muchas ramas grandes, cuya especie ignoraba entonces,
aunque luego supe eran de sándalo, de la calidad más estimada por los
mercaderes, á causa de su rareza. Después empecé á buscar cuerdas y
cordeles, y al principio no los encontré; pero vi en los árboles unas
plantas trepadoras y flexibles, muy fuertes, que podían servirme. Corté
las que me hicieron falta, y las utilicé para atar entre sí las ramas
grandes de sándalo. Preparé de este modo una enorme balsa, en la cual
coloqué fruta en abundancia, y me embarqué, diciendo: «¡Si me salvo, lo
habrá querido Alah!»
Apenas subí á la balsa y me hube separado de la orilla, me vi arrastrado
con una rapidez espantosa por la corriente, y sentí vértigos, y caí
desmayado encima del montón de fruta, exactamente igual que un pollo
borracho.
Al recobrar el conocimiento, miré á mi alrededor, y quedé más inmóvil de
espanto que nunca, y ensordecido por un ruido como el del trueno. El río
no era mas que un torrente de espuma hirviente, y más veloz que el
viento, que, chocando con estrépito contra las rocas, se lanzaba hacia
un precipicio que adivinaba yo más que veía. ¡Indudablemente iba á
hacerme pedazos en él, despeñándome sabe quién desde qué altura!
Ante esta idea aterradora, me agarré con todas mis fuerzas á las ramas
de la balsa, y cerré los ojos instintivamente para no verme aplastado y
destrozado, é invoqué el nombre de Alah antes de morir. Y de pronto, en
vez de rodar hasta el abismo, comprendí que la balsa se paraba
bruscamente encima del agua, y abrí los ojos un minuto por saber á qué
distancia estaba de la muerte, y no fué para verme estrellado contra los
peñascos, sino cogido con mi balsa en una inmensa red que unos hombres
echaron sobre mí desde la ribera. De esta suerte me hallé cogido y
llevado á tierra, y allí me sacaron medio vivo y medio muerto de entre
las mallas de la red, en tanto transportaban á la orilla mi balsa.
Mientras yo permanecía tendido, inerte y tiritando, se adelantó hacia mí
un venerable jeique de barbas blancas, que empezó por desearme la
bienvenida y por cubrirme con ropa caliente, que me sentó muy bien...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 313.ª NOCHE
Ella dijo:
...que me sentó muy bien.
Reanimado ya por las fricciones y el masaje que tuvo la bondad de darme
el anciano, pude sentarme, pero sin recobrar todavía el uso de la
palabra.
Entonces el anciano me cogió del brazo y me llevó suavemente al hammam,
en donde me hizo tomar un baño excelente, que acabó de restituirme el
alma; después me hizo aspirar perfumes exquisitos y me los echó por todo
el cuerpo, y me llevó á su casa.
Cuando entré en la morada de aquel anciano, toda su familia se alegró
mucho de mi llegada, y me recibió con gran cordialidad y demostraciones
amistosas. El mismo anciano hízome sentar en medio del diván de la sala
de recepción, y me dió á comer cosas de primer orden, y á beber un agua
agradable perfumada con flores. Después quemaron incienso á mi
alrededor, y los esclavos me trajeron agua caliente y aromatizada para
lavarme las manos, y me presentaron servilletas ribeteadas de seda, para
secarme los dedos, las barbas y la boca. Tras de lo cual, el anciano me
llevó á una habitación muy bien amueblada, en donde quedé solo, porque
se retiró con mucha discreción. Pero dejó á mis órdenes varios esclavos,
que de cuando en cuando iban á verme por si necesitaba sus servicios.
Del propio modo me trataron durante tres días, sin que nadie me
interrogase ni me dirigiera ninguna pregunta, y no dejaban que careciese
de nada, cuidándome con mucho esmero, hasta que recobré completamente
las fuerzas, y mi alma y mi corazón se calmaron y refrescaron. Entonces,
ó sea la mañana del cuarto día, el anciano se sentó á mi lado, y
después de las zalemas, me dijo: «¡Oh huésped, cuánto placer y
satisfacción hubo de proporcionarnos tu presencia! ¡Bendito sea Alah,
que nos puso en tu camino para salvarte del abismo! ¿Quién eres y de
dónde vienes?» Entonces di muchas gracias al anciano por el favor enorme
que me había hecho salvándome la vida y luego dándome de comer
excelentemente, y de beber excelentemente, y perfumándome
excelentemente, y le dije: «¡Me llamo Sindbad el Marino! ¡Tengo este
sobrenombre á consecuencia de mis grandes viajes por mar y de las cosas
extraordinarias que me ocurrieron, y que si se escribieran con agujas en
el ángulo de un ojo, servirían de lección á los lectores atentos!» Y le
conté al anciano mí historia desde el principio hasta el fin, sin omitir
detalle.
Quedó prodigiosamente asombrado entonces el jeique, y estuvo una hora
sin poder hablar, conmovido por lo que acababa de oir. Luego levantó la
cabeza, me reiteró la expresión de su alegría por haberme socorrido, y
me dijo: «¡Ahora, ¡oh huésped mío! si quisieras oir mi consejo,
venderías aquí tus mercancías, que valen mucho dinero por su rareza y
calidad!»
Al oir las palabras del viejo, llegué al límite del asombro, y no
sabiendo lo que quería decir ni de qué mercancías hablaba, pues yo
estaba desprovisto de todo, empecé por callarme un rato, y como de
ninguna manera quería dejar escapar una ocasión extraordinaria que se
presentaba inesperadamente, me hice el enterado, y contesté: «¡Puede
que sí!» Entonces el anciano me dijo: «No te preocupes, hijo mío,
respecto á tus mercaderías. No tienes mas que levantarte y acompañarme
al zoco. Yo me encargo de todo lo demás. Si la mercancía, subastada,
produce un precio que nos convenga, lo aceptaremos, si no, te haré el
favor de conservarla en mi almacén hasta que suba en el mercado. ¡Y en
tiempo oportuno podremos sacar un precio más ventajoso!»
Entonces quedé interiormente cada vez más perplejo; pero no lo di á
entender, sino que pensé: «¡Ten paciencia, Sindbad, y ya sabrás de qué
se trata!» Y dije al anciano: «¡Oh mi venerable tío, escucho y obedezco!
¡Todo lo que tú dispongas me parecerá lleno de bendición! ¡Por mi parte,
después de cuanto por mí hiciste, me conformaré con tu voluntad!» Y me
levanté inmediatamente y le acompañé al zoco.
Cuando llegamos al centro del zoco en que se hacía la subasta pública,
¡cuál no sería mi asombro al ver mi balsa transportada allí y rodeada de
una multitud de corredores y mercaderes que la miraban con respeto y
moviendo la cabeza! Y por todas partes oía exclamaciones de admiración:
«¡Ya Alah! ¡Qué maravillosa calidad de sándalo! ¡En ninguna parte del
mundo la hay mejor!» Entonces comprendí cuál era la mercancía consabida,
y creí conveniente para la venta tomar un aspecto digno y reservado.
Pero he aquí que en seguida el anciano protector mío, aproximándose al
jefe de los corredores, le dijo: «¡Empiece la subasta!» Y se empezó con
el precio de mil dinares por la balsa. Y el jefe corredor exclamó: «¡Á
mil dinares la balsa de sándalo, ¡oh compradores!» Entonces gritó el
anciano: «¡La compro en dos mil!» Y otro gritó: «¡En tres mil!» Y los
mercaderes siguieron subiendo el precio hasta diez mil dinares. Entonces
se encaró conmigo el jefe de los corredores y me dijo: «¡Son diez mil;
ya no puja nadie!» Y yo dije: «¡No la vendo á ese precio!»
Entonces mi protector se me acercó y me dijo: «¡Hijo mío, el zoco, en
estos tiempos, no anda muy próspero, y la mercancía ha perdido algo de
su valor! Vale más que aceptes el precio que te ofrecen. Pero yo, si te
parece, voy á pujar otros cien dinares más. ¿Quieres dejármelo en diez
mil cien dinares?» Yo contesté: «¡Por Alah! mi buen tío, sólo por ti lo
hago para agradecer tus beneficios. ¡Consiento en dejártelo por esa
cantidad!» Oídas estas palabras, el anciano mandó á sus esclavos que
transportaran todo el sándalo á sus almacenes de reserva, y me llevó á
su casa, en la cual me contó inmediatamente los diez mil cien dinares, y
los encerró en una caja sólida cuya llave me entregó, dándome encima las
gracias por lo que había hecho en su favor.
Mandó en seguida poner el mantel, y comimos, y bebimos, y charlamos
alegremente. Después nos lavamos las manos y la boca, y por fin me
dijo: «¡Hijo mío, quiero dirigirte una petición, que deseo mucho
aceptes!» Yo le contesté: «¡Mi buen tío, todo te lo concederé á gusto!»
Él me dijo: «Ya ves, hijo mío, que he llegado á una edad muy avanzada
sin tener hijo varón que pueda heredar un día mis bienes. Pero he de
decirte que tengo una hija, muy joven aún, llena de encanto y belleza,
que será muy rica cuando yo me muera. Deseo dártela en matrimonio,
siempre que consientas en habitar en nuestro país y vivir nuestra vida.
Así serás el amo de cuanto poseo y de cuanto dirige mi mano. ¡Y me
sustituirás en mi autoridad y en la posesión de mis bienes!»
Cuando oí estas palabras del anciano, bajé la cabeza en silencio y
permanecí sin decir palabra. Entonces añadió: «¡Créeme, ¡oh hijo mío!
que si me otorgas lo que te pido te atraerá la bendición! ¡Añadiré, para
tranquilizar tu alma, que después de mi muerte podrás regresar á tu
tierra, llevándote á tu esposa é hija mía! ¡No te exijo sino que
permanezcas aquí el tiempo que me quede de vida!» Entonces contesté:
«¡Por Alah, mi tío el jeique, eres como un padre para mí, y ante ti no
puedo tener opinión ni tomar otra resolución que la que te convenga!
Porque cada vez que en mi vida quise ejecutar un proyecto, no hube de
sacar mas que desgracias y decepciones. ¡Estoy, pues, dispuesto á
conformarme con tu voluntad!»
En seguida el anciano, extremadamente contento con mi respuesta, mandó
á sus esclavos que fueran á buscar al kadí y á los testigos, que no
tardaron en llegar...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 314.ª NOCHE
Ella dijo:
...al kadí y á los testigos, que no tardaron en llegar. Y el anciano me
casó con su hija, y nos dió un festín enorme, y celebró una boda
espléndida. Después me llamó y me llevó junto á su hija, á la cual aún
no había yo visto. Y la encontré perfecta en hermosura y gentileza, en
esbeltez de cintura y en proporciones. Además, la vi adornada con
suntuosas alhajas, sedas y brocados, joyas y pedrerías, y lo que llevaba
encima valía miliares y millares de monedas de oro, cuyo importe exacto
nadie habría podido calcular.
Y cuando la tuve cerca, me gustó. Y nos enamoramos uno de otro. Y
vivimos mucho tiempo juntos, en el colmo de las caricias y la felicidad.
El anciano padre de mi esposa falleció al poco tiempo en la paz y
misericordia del Altísimo. Le hicimos unos grandes funerales y lo
enterramos. Y yo tomé posesión de todos sus bienes, y sus esclavos y
servidores fueron mis esclavos y servidores, bajo mi única autoridad.
Además, los mercaderes de la ciudad me nombraron su jefe, en lugar del
difunto, y pude estudiar las costumbres de los habitantes de aquella
población y su manera de vivir.
En efecto, un día noté con estupefacción que la gente de aquella ciudad
experimentaba un cambio anual en primavera; de un día á otro mudaban de
forma y aspecto: les brotaban alas de los hombros, y se convertían en
volátiles. Podían volar entonces hasta lo más alto de la bóveda aérea, y
se aprovechaban de su nuevo estado para volar todos fuera de la ciudad,
dejando en ésta á los niños y mujeres, á quienes nunca brotaban alas.
Este descubrimiento me asombró al principio; pero acabé por
acostumbrarme á tales cambios periódicos. Sin embargo, llegó un día en
que empecé á avergonzarme de ser el único hombre sin alas, viéndome
obligado á guardar yo solo la ciudad con las mujeres y los niños. Y por
mucho que pregunté á los habitantes sobre el medio de que habría de
valerme para que me saliesen alas en los hombros, nadie pudo ni quiso
contestarme. Y me mortificó bastante no ser mas que Sindbad el Marino y
no poder añadir á mi sobrenombre la condición de aéreo.
Un día, desesperando de conseguir nunca que me revelaran el secreto del
crecimiento de las alas, me dirigí á uno, á quien había hecho muchos
favores, y cogiéndole del brazo, le dije: «Por Alah sobre ti! Hazme
siquiera el favor, por los que te hecho yo á ti, de dejarme que me
cuelgue de tu persona, y vuele contigo á través del aire. ¡Es un viaje
que me tienta mucho, y quiero añadir á los que realicé por mar!» Al
principio no quiso prestarme atención; pero á fuerza de súplicas acabé
por moverle á que accediera. Tanto me encantó aquello, que ni siquiera
me cuidé de avisar á mi mujer ni á mi servidumbre; me colgué de él
abrazándole por la cintura, y me llevó por el aire, volando con las alas
muy desplegadas.
Nuestra carrera por el aire empezó ascendiendo en línea recta durante un
tiempo considerable. Y acabamos por llegar tan arriba en la bóveda
celeste, que pude oir distintamente cantar á los ángeles y sus melodías
debajo de la cúpula del cielo.
Al oir cantos tan maravillosos, llegué al límite de la emoción
religiosa, y exclamé: «¡Loor á Alah en lo profundo del cielo! ¡Bendito y
glorificado sea por todas las criaturas!»
Apenas formulé estas palabras, cuando mi portador lanzó un juramento
tremendo, y bruscamente, entre el estrépito de un trueno precedido de
terrible relámpago, bajó con tal rapidez que me faltaba el aire, y por
poco me desmayo, soltándome de él con peligro de caer al abismo
insondable. Y en un instante llegamos á la cima de una montaña, en la
cual me abandonó mi portador dirigiéndome una mirada infernal, y
desapareció, tendiendo el vuelo por lo invisible.
Y quedé completamente solo en aquella montaña desierta, y no sabía dónde
estaba, ni por dónde ir para reunirme con mi mujer, y exclamé en el
colmo de la perplejidad: «¡No hay recurso ni fuerza mas que en Alah el
Altísimo y Omnipotente! ¡Siempre que me libro de una calamidad caigo en
otra peor! ¡En realidad, merezco todo lo que me sucede!»
Me senté entonces en un peñasco para reflexionar sobre el medio de
librarme del mal presente, cuando de pronto vi adelantar hacia mí á dos
muchachos de una belleza maravillosa, que parecían dos lunas. Cada uno
llevaba en la mano un bastón de oro rojo, en el cual se apoyaba al
andar. Entonces me levanté rápidamente, fuí á su encuentro y les deseé
la paz. Correspondieron con gentileza á mi saludo, lo cual me alentó á
dirigirles la palabra, y les dije: «¡Por Alah sobre vosotros, ¡oh
maravillosos jóvenes! decidme quiénes sois y qué hacéis!» Y me
contestaron: «¡Somos adoradores del Dios verdadero!» Y uno de ellos, sin
decir más, me hizo seña con la mano en cierta dirección, como
invitándome á dirigir mis pasos por aquella parte, me entregó el bastón
de oro, y cogiendo de la mano á su hermoso compañero, desapareció de mi
vista.
Empuñé entonces el bastón de oro, y no vacilé en seguir el camino que se
me había indicado, maravillándome al recordar á aquellos muchachos tan
hermosos. Llevaba algún tiempo andando, cuando vi salir súbitamente de
detrás de un peñasco una serpiente gigantesca que llevaba en la boca á
un hombre, cuyas tres cuartas partes se había ya tragado, y del cual no
se veían mas que la cabeza y los brazos. Éstos se agitaban
desesperadamente, y la cabeza gritaba: «!Oh caminante! ¡Sálvame del
furor de esta serpiente y no te arrepentirás de tal acción!» Corrí
entonces detrás de la serpiente, y le di con el bastón de oro rojo un
golpe tan afortunado, que quedó exánime en aquel momento. Y alargué la
mano al hombre tragado y le ayudé á salir del vientre de la serpiente.
Cuando miré mejor la cara del hombre, llegué al límite de la sorpresa al
conocer que era el volátil que me había llevado en su viaje aéreo y
había acabado por precipitarse conmigo, á riesgo de matarme, desde lo
alto de la bóveda del cielo hasta la cumbre de la montaña en la cual me
había abandonado, exponiéndome á morir de hambre y sed. Pero ni siquiera
quise demostrar rencor por su mala acción, y me conformó con decirle
dulcemente: «¿Es así como obran los amigos con los amigos?» Él me
contestó: «En primer lugar he de darte las gracias por lo que acabas de
hacer en mi favor. Pero ignoras que fuiste tú, con tus invocaciones
inoportunas pronunciando el Nombre, quien me precipitaste de lo alto
contra mi voluntad. ¡El Nombre produce ese efecto en todos nosotros!
¡Por eso no lo pronunciamos jamás!» Entonces, yo, para que me sacara de
aquella montaña, le dije: «¡Perdona y no me riñas; pues, en verdad, yo
no podía adivinar las consecuencias funestas de mi homenaje al Nombre!
¡Te prometo no volverlo á pronunciar durante el trayecto, sí quieres
transportarme ahora á mi casa!»
Entonces el volátil se bajó, me cogió á cuestas, y en un abrir y cerrar
de ojos me dejó en la azotea de mi casa y se fué á la suya.
Cuando mi mujer me vió bajar de la azotea y entrar en la casa después de
tan larga ausencia, comprendió cuanto acababa de ocurrir, y bendijo á
Alah que me había salvado una vez más de la perdición. Y tras las
efusiones del regreso, me dijo: «Ya no debemos tratarnos con la gente de
esta ciudad. ¡Son hermanos de los demonios!» Y yo le dije: «¿Y cómo
vivía tu padre entre ellos?» Ella me contestó: «Mi padre no pertenecía á
su casta, ni hacía nada como ellos, ni vivía su vida. De todos modos, si
quieres seguir mi consejo, lo mejor que podemos hacer ahora que mi padre
ha muerto...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 315.ª NOCHE
Ella dijo:
...lo mejor que podemos hacer ahora que mi padre ha muerto es abandonar
esta ciudad impía, no sin haber vendido nuestros bienes, casa y
posesiones. Realiza eso lo mejor que puedas, compra buenas mercancías
con parte de la cantidad que cobres, y vámonos juntos á Bagdad, tu
patria, á ver á tus parientes y amigos, viviendo en paz y seguros, con
el respeto debido á Alah el Altísimo.» Entonces contesté oyendo y
obedeciendo.
En seguida empecé á vender lo mejor que pude, pieza por pieza y cada
cosa en su tiempo, todos los bienes de mi tío el jeique, padre de mi
esposa, ¡difunto á quien Alah haya recibido en su paz y misericordia! Y
así realicé en monedas de oro cuanto nos pertenecía, como muebles y
propiedades, y gané un ciento por uno.
Después de lo cual me llevé á mi esposa y las mercancías que había
cuidado de comprar, fleté por mi cuenta un barco, que con la voluntad de
Alah tuvo navegación feliz y fructuosa, de modo que de isla en isla, y
de mar en mar, acabamos por llegar con seguridad á Bassra, en donde
paramos poco tiempo. Subimos el río y entramos en Bagdad, ciudad de
paz.
Me dirigí entonces con mi esposa y mis riquezas hacia mi calle y mi
casa, en donde mis parientes nos recibieron con grandes transportes de
alegría, y quisieron mucho á mi esposa, la hija del jeique.
Yo me apresuré á poner en orden definitivo mis asuntos, almacené mis
magníficas mercaderías, encerré mis riquezas, y pude por fin recibir en
paz las felicitaciones de mis parientes y amigos, que calculando el
tiempo que estuve ausente, vieron que este séptimo y último viaje mío
había durado exactamente veintisiete años desde el principio hasta el
fin. Y les conté con pormenores mis aventuras durante esta larga
ausencia, é hice el voto, que cumplo escrupulosamente, como veis, de no
emprender en toda mi vida ningún otro viaje ni por mar ni por tierra. Y
no dejé de dar gracias al Altísimo que tantas veces, á pesar de mis
reincidencias, me libró de tantos peligros y me reintegró entre mi
familia y mis amigos.»
* * * * *
Cuando Sindbad el Marino terminó de esta suerte su relato entre los
convidados silenciosos y maravillados, se volvió hacia Sindbad el
Cargador y le dijo: «Ahora, Sindbad terrestre, considera los trabajos
que pasé y las dificultades que vencí, gracias á Alah, y dime si tu
suerte de cargador no ha sido mucho más favorable para una vida
tranquila que la que me impuso el Destino. Verdad es que sigues pobre y
yo adquirí riquezas incalculables; pero ¿no es verdad también que á cada
uno de nosotros se le retribuyó según su esfuerzo?» Al oir estas
palabras, Sindbad el Cargador fué á besar la mano de Sindbad el Marino,
y le dijo: «¡Por Alah sobre ti, ¡oh mi amo! perdona lo inconveniente de
mi canción!»
Entonces Sindbad el Marino mandó poner el mantel para sus convidados, y
les dió un festín que duró treinta noches. Y después quiso tener á su
lado, como mayordomo de su casa, á Sindbad el Cargador. Y ambos vivieron
en amistad perfecta y en el límite de la satisfacción, hasta que fué á
visitarlos aquella que hace desvanecerse las delicias, rompe las
amistades, destruye los palacios y levanta las tumbas, la amarga muerte.
¡Gloria al Eterno, que no muere jamás!»
Cuando Schahrazada, la hija del visir, acabó de contar la historia
de Sindbad el Marino, sintióse un tanto fatigada, y como veía
acercarse la mañana y no quería, por su discreción habitual, abusar
del permiso concedido, se calló sonriendo.
Entonces la pequeña Doniazada, que maravillada y con los ojos muy
abiertos había oído la historia pasmosa, se levantó de la alfombra
en que estaba acurrucada, y corrió á abrazar á su hermana,
diciéndole: «¡Oh Schahrazada, hermana mía! ¡cuán suaves, y puras, y
gratas, y deliciosas para el paladar, y cuán sabrosas en su
frescura, son tus palabras! ¡Y qué terrible, y prodigioso, y
temerario era Sindbad el Marino!»
Y Schahrazada sonrió y dijo: «¡Sí, hermana mía; pero eso no es nada
comparado con lo que os contaré á los dos la próxima noche, si vivo
todavía por la gracia de Alah y la voluntad del rey!»
Y el rey Schahriar, que había encontrado los viajes de Sindbad
mucho más largos que el que él había hecho con su hermano
Schahzamán por la pradera al borde del mar, cuando se les apareció
el genni cargado con el cajón, se volvió hacia Schahrazada y le
dijo: «¡Verdaderamente, Schahrazada, no sé qué más historias me
podrás contar! ¡De todos modos, quiero una que esté repleta de
poemas! ¡Ya me la habías prometido, y parece que olvides que, si
difieres más el cumplimiento de tu promesa, tu cabeza irá á
juntarse con las cabezas de tus antecesoras!» Y Schahrazada dijo:
«¡Sobre mis ojos! Precisamente la que te reservo, ¡oh rey
afortunado! te satisfará por completo, y en verdad que es mucho más
agradable que las que has oído. Puedes juzgar por el título, que
es: HISTORIA DE LA BELLA ZUMURRUD[3] Y ALISCHAR, HIJO DE GLORIA.
Entonces el rey Schahriar dijo para sí: «¡No la mataré hasta
después!» Y la cogió en brazos y pasó con ella el resto de la
noche.
Por la mañana salió y se fué á la sala de justicia. Y el diván se
llenó con la muchedumbre de visires, emires, chambelanes, guardias
y gente de palacio. Y el último que entró fué el gran visir, padre
de Schahrazada, que llevaba debajo del brazo el sudario destinado á
su hija, á la cual creía aquella vez muerta de veras; pero el rey
no le dijo nada de tal asunto, y siguió juzgando y nombrando para
los empleos, y destituyendo, y gobernando, y despachando los
asuntos pendientes hasta terminar el día. Luego se levantó el
diván, y el rey volvió á palacio, mientras el gran visir seguía
perplejo y en el límite extremo del asombro.
Y cuando fué de noche, el rey penetró en la habitación de
Schahrazada é hicieron juntos lo que solían.
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Y ESTANDO EN LA 316.ª
NOCHE
Concluída la cosa entre el rey y Schahrazada, la pequeña Doniazada
exclamó desde el lugar en que estaba acurrucada:
«¡Te ruego, hermana, me digas á qué esperas para empezar la historia
prometida de la bella Zumurrud y Alischar, hijo de Gloria!»
Y contestó Schahrazada sonriendo: «¡No espero mas que la venia de este
rey bien educado y dotado de buenos modales!» Entonces contestó el rey
Schahriar: «¡Concedida!»
* * * * *
Y dijo Schahrazada:
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Historia de la bella Zumurrud y Alischar, hijo de Gloria
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Se cuenta que en la antigüedad del tiempo, en lo pasado de la edad y del
momento, había en el país del Khorasán un mercader muy rico que se
llamaba Gloria, y tenía un hijo llamado Alischar y hermoso como la luna
llena.
Y un día el rico mercader Gloria, ya de muy avanzada edad, se sintió
atacado de mortal dolencia. Y llamó á su hijo junto á sí y le dijo: «¡Oh
hijo mío! Como está muy próximo el término de mi destino, deseo hacerte
un encargo.» Muy apesadumbrado, dijo Alischar: «¿Y cuál es, ¡oh padre
mío!?» El mercader Gloria le dijo: «He de encargarte que no te crees
nunca relaciones ni frecuentes la sociedad, porque el mundo se puede
comparar á un herrero: si no te quema con el fuego de la fragua, ó no
te saca un ojo ó los dos con las chispas del yunque, seguramente te
ahogará con el humo. Y además, ha dicho el poeta:
_¡Ilusión! ¡No creas que, cuando el Destino te traicione,
encontrarás amigos de corazón fiel en tu camino negro!_
_¡Oh soledad! ¡Cara soledad bendita, al que te cultiva enseñas la
fuerza que no se desvía y el arte de no fiarse mas que de sí
mismo!_
»Otro dijo:
_¡Si lo examina tu atención, verás que el mundo es nefasto por sus
dos caras: una la constituye la hipocresía, y la otra la traición!_
»Otro dijo:
_¡En futilidades, tonterías y frases absurdas suele consistir el
dominio del mundo! ¡Pero si el Destino coloca en tu camino un ser
excepcional, trátale con frecuencia sólo para mejorarte!_
Cuando el joven Alischar oyó estas palabras de su padre moribundo,
contestó: «¡Oh padre mío, te escucho para obedecerte! ¿Qué más me
aconsejas?» Y dijo Gloria el mercader: «Haz bien, si puedes. Y no
esperes que te recompensen con la gratitud ó con un bien parecido. ¡Oh
hijo mío! ¡Desgraciadamente, no todos los días hay ocasión de hacer el
bien!» Y Alischar respondió: «¡Escucho y obedezco! ¿Son esos todos tus
encargos?» Gloria el mercader dijo: «No derroches las riquezas que te
dejo; sólo te considerarán con arreglo al poder que tengas en la mano. Y
ha dicho el poeta:
_¡Cuando yo era pobre, no tenía amigos; y ahora pululan á mi puerta
y me quitan el apetito!_
_¡Oh! ¡Á cuántos feroces enemigos les domó mi riqueza, y cuántos
enemigos tendría si mi riqueza disminuyese!_»
Después prosiguió el anciano: «No descuides los consejos de la gente de
experiencia, ni creas inútil pedir consejo á quien pueda dártelo, pues
el poeta ha dicho:
_¡Junta tu idea con la idea del consejero, para asegurar mejor el
resultado! ¡Cuando quieras mirarte el rostro, te bastará con un
espejo; pero si quieres mirarte el trasero obscuro, no podrás verlo
mas que con la combinación de dos espejos!_
»Además, hijo mío, tengo que darte un último consejo: ¡huye del vino! Es
causa de todos los males. Te expones á perder la razón y á ser objeto de
befa y de desdén.
»Tales son mis encargos en el umbral de la muerte. ¡Oh hijo mío,
acuérdate de mis palabras! Sé un hijo excelente, y acompáñete mi
bendición toda la vida.»
Y tras de hablar así el anciano mercader Gloria, cerró un momento los
ojos y se recogió. Luego levantó el índice hasta la altura de los ojos y
pronunció su acto de fe. Después de lo cual falleció en la misericordia
del Altísimo.
Fué llorado por su hijo y por toda su familia, y le hicieron funerales,
á los cuales asistieron los más altos y los más bajos, los más ricos y
los más pobres. Y cuando se le enterró, inscribieron estos versos en la
losa de su tumba:
_¡Nací del polvo, al polvo vuelvo y polvo soy! ¡Es como si no
hubiera vivido nunca!_
Hasta aquí en cuanto al mercader Gloria. Ocupémonos ahora de Alischar,
hijo de Gloria.
Muerto su padre, siguió Alischar comerciando en la tienda principal del
zoco, y cumplió á conciencia los encargos paternales, especialmente en
lo que se refería á sus relaciones con los demás. Pero al cabo de un año
y un día, que transcurrieron con exactitud hora tras hora, se dejó
tentar por jóvenes pérfidos, hijos de zorra, adulterinos sin vergüenza.
Y alternó hasta el frenesí con ellos, y conoció á sus astutas madres y
hermanas, hijas de perro. Y se sumergió hasta el cuello en el
libertinaje, y nadó en el vino y en el despilfarro, caminando por vía
bien opuesta al camino recto. Porque, como no estaba á la sazón sano de
espíritu, se hacía este menguado razonamiento: «Ya que mi padre me ha
dejado todas sus riquezas, me conviene utilizarlas para que no las
hereden otros. Y quiero aprovechar el momento y el placer que pasan,
pues no he de vivir dos veces.»
Y le pareció tan bien este razonamiento, y siguió Alischar juntando con
tanta regularidad la noche y el día por sus extremos, sin escatimar
ningún exceso, que pronto vióse reducido á vender la tienda, la casa,
los muebles y hasta la ropa, y no le quedó mas que lo que llevaba
encima.
Entonces pudo ver claro y evidente cómo había procedido, y cerciorarse
de la excelencia de los consejos de su padre Gloria. Todos los amigos á
quienes trató con fastuosidad antes, y á cuya puerta fué á llamar
sucesivamente, encontraron algún motivo para despedirle. Así es que,
reducido al límite extremo de la miseria, se vió obligado, un día en que
no había comido nada desde la víspera, á salir del miserable khan en que
se alojaba, y á mendigar de puerta en puerta por las calles.
De este modo llegó á la plaza del mercado, en la cual vió una gran
muchedumbre formando corro. Quiso acercarse para averiguar lo que
ocurría, y en medio del círculo formado por mercaderes, corredores y
compradores, vió...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 317.ª NOCHE
Ella dijo:
...en medio del círculo formado por mercaderes, corredores y
compradores, vió á una joven esclava blanca, de elegante y delicioso
aspecto, con una estatura de cinco palmos, con rosas por mejillas,
pechos bien sentados, y ¡qué trasero! Sin temor á engañarse, se le
podrían aplicar estos versos del poeta:
_¡Ha salido sin defecto del molde de la Belleza! ¡Sus proporciones
son admirables: ni muy alta ni muy baja; ni muy gruesa ni muy
flaca; y redondeces por todas partes!_
_¡Así es que la misma Belleza se enamoró de su imagen, realzada por
el ligero velo que sombreaba sus facciones modestas y altivas á la
vez!_
_¡La luna es su rostro; la rama flexible que ondula, su cintura; y
su aliento, el suave perfume del almizcle!_
_¡Parece formada de perlas líquidas; porque sus miembros son tan
lisos, que reflejan la luna de su rostro, y también parecen
formados por lunas!_
_Pero ¿dónde está la lengua que pudiera describir el milagro de
claridad que constituye su trasero brillante?_...
Cuando Alischar dirigió sus miradas á la hermosa joven, quedó
extremadamente maravillado, y ya fuese que permaneciera inmóvil de
admiración, ya que quisiera olvidar por un momento su miseria con el
espectáculo de la belleza, el caso fué que se metió entre la muchedumbre
reunida que preparábase á la venta. Y los mercaderes y corredores que
por allí se hallaban, é ignoraban aún la ruina del joven, supusieron que
había ido á comprar la esclava, pues sabían que era muy rico por la
herencia de su padre, el síndico Gloria.
Pero pronto se puso al lado de la esclava el jefe de los corredores, y
por encima de las cabezas agrupadas, exclamó: «¡Oh mercaderes, dueños de
riquezas, ciudadanos ó habitantes libres del desierto, el que abre la
puerta de la subasta no ha de incurrir en censura! ¡He aquí ante
vosotros la soberana de todas las lunas, la perla de las perlas, la
virgen llena de pudor, la noble Zumurrud, incitadora de todos los deseos
y jardín de todas las flores! ¡Abrid la subasta, ¡oh circunstantes!
¡Nadie censurará á quien abra la subasta! ¡He aquí ante vosotros á la
soberana de todas las lunas, á la pudorosa virgen Zumurrud, jardín de
todas las flores!»
En seguida uno de los mercaderes gritó: «¡Abro la subasta con quinientos
dinares!» Otro dijo: «¡Diez más!» Entonces gritó un viejo deforme y
asqueroso, de ojos azules y bizcos, que se llamaba Rachideddín: «!Cien
más!» Pero dijo una voz: «¡Diez más todavía!» En aquel momento, el viejo
de ojos azules y feos pujó mucho de pronto, gritando: «¡Mil dinares!»
Entonces los demás compradores encarcelaron su lengua y guardaron
silencio. Y el pregonero se volvió hacia el dueño de la esclava joven y
le preguntó si le convenía el precio ofrecido por el viejo y si había
que cerrar el trato. Y el dueño de la esclava respondió: «¡Conforme!
Pero antes tiene que consentir mi esclava también, pues le he jurado no
cederla mas que al comprador que le guste. Por consiguiente, has de
pedirle el consentimiento, ¡oh corredor!» Y el corredor se acercó á la
hermosa Zumurrud, y le dijo: «¡Oh soberana de las lunas! ¿quieres
pertenecer á ese venerable anciano, el jeique Rachideddín?»
Al oír estas palabras, la hermosa Zumurrud dirigió una mirada al
individuo que le indicaba el corredor, y le encontró tal como acabamos
de describirle. Y apartóse con un ademán de repugnancia, y exclamó: «¿No
conoces, ¡oh jefe corredor! lo que decía un poeta viejo, aunque no tan
repulsivo como éste? Pues escucha:
_Le pedí un beso. Ella me miró. ¡Y su mirada no fué de odio ni de
desdén, sino de indiferencia!_
_¡Sin embargo, sabía que yo era rico y considerado! Pasó, y
cayeron de un pliegue de su boca estas palabras:_
«_¡No me agradan las canas; no me gusta poner entre mis labios
algodón mojado!_»
Al oir estos versos, dijo el corredor á Zumurrud: «¡Por Alah! ¡Razón
tienes para rechazarle! ¡Además, mil dinares no son bastante precio! ¡En
mi opinión, vales diez mil!» Volvióse luego hacia la multitud de
compradores y preguntó si no deseaba otro á la esclava por el precio ya
ofrecido. Entonces se acercó un mercader y dijo: «¡Yo!» Y la hermosa
Zumurrud le miró, y vió que no era asqueroso como el viejo Rachideddín,
y que sus ojos no eran azules ni bizcos; pero notó que se teñía de
colorado la barba, á fin de parecer más joven de lo que era. Entonces
exclamó: «¡Qué vergüenza enrojecer y ennegrecer así la faz de la
ancianidad!» É inmediatamente improvisó estos versos:
_¡Oh tú que estás enamorado de mi cintura y de mi rostro, no
lograrás atraer mis miradas por mucho que te disfraces con colores
ajenos!_
_¡Tiñes de oprobio tus canas, sin lograr ocultar tus defectos!_
_¡Cambias de barba como cambias de cara, y te conviertes en tal
espantajo, que si te mirase una mujer preñada, abortaría!_
Oídos estos versos por el jefe de los corredores, le dijo á Zumurrud:
«¡Por Alah! ¡La verdad está contigo!» Pero como no fué aceptada la
segunda proposición, se adelantó un tercer mercader y dijo al corredor:
«Ofrezco el mismo precio. ¡Pregúntale si me acepta!» Y el corredor
interrogó á la hermosa joven, que miró entonces al hombre consabido. Y
vió que era tuerto, y se echó á reír, diciendo: «¿No sabes, ¡oh
corredor! las frases del poeta acerca del tuerto? Pues óyelas:
_¡Créeme, amigo: no seas nunca compañero de un tuerto, y desconfía
de sus embustes y de su falsedad!_
_¡Tan poco se ganará tratándole, que Alah cuidó de sacarle un ojo
para que inspirara desconfianza!_»
Entonces el corredor le indicó un cuarto comprador, y le preguntó:
«¿Quieres á éste?» Zumurrud lo examinó, y vió que era un hombrecillo
chico, con una barba que le llegaba al ombligo, y dijo en seguida: «¡En
cuanto á ese barbudillo, mira cómo lo describe el poeta:
_¡Tiene una barba prodigiosa, que es planta inútil y molesta,
triste como una noche de invierno, larga, fría y obscura!_»
Cuando el corredor vió que no aceptaba á ninguno de los que
espontáneamente brindábanse á comprarla, dijo á Zumurrud: «¡Oh mi
señora! mira á todos esos mercaderes y nobles compradores, y dime cuál
tiene la suerte de gustarte, para que te ofrezca á él en venta.»
Entonces la hermosa joven miró uno por uno con la mayor atención á todos
los circunstantes, y acabó por fijar su mirada en Alischar, hijo de
Gloria. Y el aspecto del joven la inflamó súbitamente con el amor más
violento, porque Alischar, hijo de Gloria, era en verdad de una belleza
extraordinaria, y nadie le podía ver sin sentirse inclinado hacia él con
ardor. Así es que la joven Zumurrud se apresuró á señalárselo al
corredor, y dijo: «|Oh corredor! quiero á ese joven de rostro gentil y
cintura ondulante, pues le encuentro delicioso y de sangre simpática,
más ligera que la brisa del Norte; y de él dijo el poeta:
_¡Oh jovencillo! ¿Cómo te olvidarán los que hayan visto tu
belleza?_
_¡Dejen de mirarte quienes deploran los tormentos con que llenas el
corazón!_
_¡Los que quieran preservarse de tus encantos peligrosos, cubran
con un velo tu hechicera cara!_
»Y también de él dijo otro poeta:
_¡Oh señor mío, compréndelo! ¿Cómo no amarte? ¿No es esbelta tu
cintura y combados tus riñones?_
_¡Compréndelo, ¡oh señor mío! ¿No es patrimonio de sabios, de gente
exquisita y de espíritus delicados el amor á cosas tales?_
»Un tercer poeta ha dicho:
_¡Sus mejillas están llenas y lisas; su saliva, leche dulce al
beberla, es un remedio para las enfermedades; su mirada hace soñar
á los prosistas y á los poetas, y sus proporciones dejan perplejos
á los arquitectos!_
»Otro ha dicho:
_¡El licor de sus labios es un vino enervante; su aliento tiene el
perfume del ámbar y sus dientes son granos de alcanfor!_
_¡Por eso Raduán, guardián del Paraíso, le rogó que se fuera,
temeroso de que sedujese á las huríes!_
_¡La gente tosca y de entendimiento torpe deplora sus gestos y su
conducta! ¡Como si la luna no fuera bella en todos sus cuartos,
como si su marcha no fuera armoniosa en todas las partes del
cielo!_
»Otro poeta ha dicho también:
_¡Por fin consintió en conceder una cita ese cervatillo de
cabellera rizada, de mejillas llenas de rosas y mirada encantadora!
¡Y aquí estoy, puntual, con el corazón alborotado y el mirar
anhelante!_
_¡Me prometió esa cita, cerrando los ojos para decirme que sí! Pero
si sus párpados están cerrados, ¿cómo podrán cumplir su promesa?_
»Dijo de él otro, por último:
_Tengo amigos poco sagaces, que me han preguntado: «¿Cómo puedes
querer apasionadamente á un joven cuyas mejillas sombrea ya un bozo
tan fuerte?»_
_Yo les dije: «¡Cuán grande es vuestra ignorancia! ¡Los frutos del
jardín del Edén se cogieron en sus hermosas mejillas! ¿Cómo
hubieran podido dar esas mejillas tan hermosos frutos, si no fueran
ya frondosas?»_
Maravilladísimo quedó el corredor al advertir tanto talento en esclava
tan joven, y expresó su asombro al propietario, que le dijo: «Comprendo
que te pasmen tanta belleza y tan agudo ingenio. Pero sabe que esta
milagrosa adolescente, que avergüenza á los astros y al sol, no se
contenta con conocer los poetas más delicados y complicados, ni con ser
una constructora de estrofas, sino que además sabe escribir con siete
plumas los siete caracteres diferentes, y sus manos son más preciosas
que todo un tesoro. Conoce, en efecto, el arte del bordado y de tejer la
seda, y toda alfombra ó cortinaje que sale de sus manos se tasa en el
zoco á cincuenta dinares. Observa también que en ocho días tiene tiempo
sobrado para terminar la alfombra más hermosa ó el más suntuoso
cortinaje. ¡De modo que, sin duda alguna, quien la compre habrá
recuperado á los pocos meses su dinero!»
Oídas estas palabras, el corredor levantó los brazos admirado, y
exclamó: «¡Oh, dichoso aquel que tenga esta perla en su morada, y la
conserve como el tesoro más oculto!» Y se acercó á Alischar, hijo de
Gloria, señalado por la joven, se inclinó ante él hasta el suelo, le
cogió la mano y se la besó, y luego le dijo...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 319.ª NOCHE
Ella dijo:
...se inclinó ante él hasta el suelo, le cogió la mano y se la besó, y
luego le dijo: «¡En verdad, ¡oh mi señor! que es mucha tu suerte al
poder comprar este tesoro por la centésima parte de su valor, y el
Donador no te ha escatimado sus dones! ¡Tráigate, pues, esta joven la
felicidad!»
Al oir estas palabras, Alischar bajó la cabeza, y no pudo dejar de
reírse interiormente de la ironía del Destino, y dijo para sí: «¡Por
Alah! ¡No tengo con qué comprar un pedazo de pan, y me creen bastante
rico para adquirir esta esclava! ¡De todos modos, no diré que sí ni que
no, para no cubrirme de vergüenza delante de todos los mercaderes!» Y
bajó la vista y no dijo palabra.
Como no se movía, Zumurrud le miró para alentarle á la compra; pero él
seguía con los ojos bajos y sin verla. Entonces ella dijo al corredor:
«Cógeme de la mano y llévame junto á él, que quiero hablarle
personalmente y determinarle á que me compre, pues he resuelto
pertenecer á él sólo, y no á otro.» Y el corredor la cogió de la mano y
la llevó junto á Alischar, hijo de Gloria.
La joven se quedó de pie, alardeando de su belleza, delante del mozo, y
le dijo: «¡Oh amado dueño mío! ¡oh joven que haces arder mis entrañas!
¿Por qué no ofreces el precio de compra? ¿Ó por qué no calculas tú el
valor que te parezca más equitativo? ¡Quiero ser tu esclava á cualquier
precio!» Alischar levantó la cabeza, meneándola con tristeza, y dijo:
«La venta y la compra nunca son obligatorias.» Zumurrud exclamó: «¡Ya
veo, ¡oh dueño muy amado! que encuentras muy alto el precio de mil
dinares! ¡No ofrezcas mas que novecientos, y te pertenezco!» Bajó
Alischar la cabeza, y nada contestó. Ella dijo: «¡Cómprame entonces por
ochocientos!» El bajó la cabeza. Ella añadió: «¡Por setecientos!» Y él
bajó otra vez la cabeza. Zumurrud siguió rebajando hasta que le dijo:
«¡Sólo por cien dinares!» Entonces le dijo: «¡Ni siquiera tengo los cien
dinares completos!» Ella se echó á reír, y le dijo: «¿Cuánto te falta
para reunir la cantidad de cien dinares? Pues si hoy no los tienes
todos, ya pagarás otro día lo que falte.» Él contestó: «¡Oh dueña mía!
¡sabe, por fin, que no tengo ni cien dinares ni uno! ¡Por Alah! No
poseo ni una moneda blanca, ni una roja, ni un dinar de oro, ni un
dracma de plata. De modo que no pierdas más tiempo conmigo y busca otro
comprador.»
Cuando Zumurrud comprendió que el joven carecía de dinero, le dijo: «¡De
todos modos, cierra el trato! ¡Dame la mano, envuélveme en tu manto y
pasa un brazo alrededor de mi cintura, que es, como sabes, la señal de
aceptación!» Alischar, que ya no tenía motivo para negarse, se apresuró
entonces á hacer lo que le mandó Zumurrud, y ésta sacó al momento de su
faltriquera un bolsillo, que le entregó, y le dijo: «¡Ahí dentro hay mil
dinares; tienes que ofrecer novecientos á mi amo, y conservar los otros
cien para nuestras necesidades más apremiantes!» Y en seguida Alischar
entregó al mercader los novecientos dinares, y se apresuró á coger á la
esclava de la mano y llevársela á su casa.
Cuando llegaron á la casa, Zumurrud se sorprendió al ver que la
habitación se reducía á un miserable cuarto, cuyo único mueblaje
consistía en una mala estera vieja y rota por varias partes. Se apresuró
á dar á Alischar otro bolsillo con mil dinares más, y le dijo: «Corre
pronto al zoco, para comprar todos los muebles y alfombras que hagan
falta, y comida y bebida. ¡Y escoge lo mejor que haya en el zoco!
Además, tráeme una gran pieza de seda de Damasco de la mejor clase, de
color de granate, y carretes de hilo de oro, y carretes de hilo de
plata, y carretes de hilo de seda, de siete colores diferentes. Y no
olvides comprar agujas grandes, y también un dedal de oro.» Y Alischar
ejecutó en seguida sus órdenes, y llevó todo aquello á Zumurrud.
Entonces ella tendió por el suelo las alfombras, arregló los colchones y
divanes, lo colocó todo en orden, y puso el mantel, después de haber
encendido los candelabros.
Se sentaron entonces ambos, y comieron y bebieron, y se pusieron muy
contentos. Tras de lo cual, se tendieron en su cama nueva y se
satisfacieron mutuamente. Y pasaron toda la noche estrechamente
enlazados, entre las más puras delicias y los más alegres retozos, hasta
por la mañana. Y su amor se consolidó con pruebas indudables y se grabó
en su corazón de manera indeleble.
Sin perder tiempo, la diligente Zumurrud se puso en seguida á la labor.
Cogió la pieza de seda de Damasco color de granate, y en pocos días hizo
con ella un cortinaje, en cuyo contorno representó con arte infinito
figuras de aves y animales, y no hubo un animal en el mundo, pequeño ni
grande, que no quedara representado en aquella tela. Y la ejecución era
tan asombrosa de parecido y de vida, que se diría movíanse los animales
de cuatro pies y se creía oír cantar á las aves. En medio de la cortina
estaban bordados grandes árboles cargados de fruta, y de sombra tan
hermosa, que con verla se sentía una gran frescura. ¡Y todo aquello fué
ejecutado en ocho días, ni más ni menos! ¡Gloria al que da tanta
habilidad á los dedos de sus criaturas!
Terminada la cortina, Zumurrud le dió brillo, la planchó, la dobló y se
la entregó á Alischar, diciéndole: «Ve á llevarla al zoco y véndesela á
cualquier mercader con tienda abierta, y no por menos de cincuenta
dinares. Pero guárdate muy bien de cedérsela á cualquier mercader de
paso que no sea conocido en el zoco, pues eso sería causa de una cruel
separación entre nosotros. Porque tenemos enemigos que nos acechan.
¡Desconfía de los caminantes!» Y Alischar respondió: «¡Escucho y
obedezco!» Y fué al zoco y vendió por cincuenta dinares á un mercader
con tienda abierta la consabida cortina maravillosa..
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 320.ª NOCHE
Ella dijo:
...y vendió por cincuenta dinares á un mercader con tienda abierta la
consabida cortina maravillosa. Después compró otra vez seda é hilo de
oro y plata, en cantidad suficiente para una nueva cortina ó una
alfombra de gusto, y se lo llevó todo á Zumurrud, que volvió á poner
manos á la obra, y en otros ocho días ejecutó una cortina más hermosa
aún que la anterior, y que también produjo la cantidad de cincuenta
dinares. Y durante el espacio de un año vivieron de tal suerte,
comiendo, bebiendo y sin carecer de nada ni dejar de satisfacer su mutuo
amor, más ardiente cada día.
Un día salió Alischar de la casa, llevando, según costumbre, un paquete
que contenía un tapiz ejecutado por Zumurrud, y emprendió el camino del
zoco para presentárselo á los mercaderes por mediación del pregonero,
como siempre. Llegado al zoco, se lo entregó al pregonero, que empezó á
pregonarlo delante de las tiendas de los mercaderes, cuando acertó á
pasar un cristiano, uno de esos individuos que pululan á la entrada de
los zocos, asediando á los parroquianos con sus ofrecimientos.
Este cristiano se aproximó al pregonero y á Alischar, y les ofreció
sesenta dinares por el tapiz, en vez de los cincuenta por que se
pregonaba. Pero Alischar, que sentía aversión y desconfianza hacia
aquella clase de individuos, y recordaba, además, el encargo de
Zumurrud, no quiso vendérselo. Entonces el cristiano aumentó su oferta y
acabó por proponer cien dinares, y el pregonero le dijo al oído á
Alischar: «¡Verdaderamente, no desaproveches esta excelente ocasión!»
Porque el pregonero ya había sido sobornado secretamente por el
cristiano con diez dinares. Y maniobró tan bien sobre el espíritu de
Alischar, que le decidió á entregar el tapiz al cristiano, mediante la
cantidad convenida. Y lo hizo no sin gran aprensión, cobrando los cien
dinares, y volvió á emprender el camino de su casa.
Conforme iba andando, al volver una esquina notó que le seguía el
cristiano. Se paró y le preguntó: «¿Cristiano, qué tienes que hacer en
este barrio en donde no entra la gente de tu clase?» Éste dijo:
«Perdona, ¡oh señor! pero tengo un encargo que hacer al final de esta
calleja. ¡Alah te conserve!» Alischar siguió su camino, y llegó á la
puerta de su casa. Y allí notó que el cristiano, después de haber dado
un rodeo, había vuelto por el otro extremo de la calle y llegaba á su
puerta al mismo tiempo que él. Y le gritó, lleno de ira: «¡Maldito
cristiano! ¿Á qué me sigues de esa manera por donde voy?» El otro
contestó: «¡Oh señor mío! ¡créeme que me encontraste aquí por
casualidad! ¡Pero te ruego que me des un trago de agua, y Alah te
recompensará, porque la sed me quema interiormente!» Y Alischar pensó:
«¡Por Alah! ¡No se dirá que un musulmán se ha negado á dar de beber á un
perro sediento! ¡Voy á darle un poco de agua!» Y entró en su casa, cogió
un cántaro de agua, é iba á salir para dársela al cristiano, cuando
Zumurrud le oyó levantar el pestillo y salió á su encuentro, conmovida
por su ausencia prolongada. Y le dijo, besándole: «¿Cómo tardaste tanto
en volver hoy? ¿Vendiste al fin el tapiz, y ha sido á un mercader con
tienda, ó á un transeunte?» Él respondió, visiblemente turbado: «He
tardado un poco porque el zoco estaba lleno, pero de todos modos acabé
por vendérselo á un mercader.» Ella dijo con cierta duda en la voz:
«¡Por Alah! Mi corazón no está tranquilo. Pero ¿adónde vas con ese
cántaro?» Él dijo: «Voy á dar de beber al pregonero del zoco, que me ha
acompañado hasta aquí.» Pero no la satisfizo esta respuesta, y mientras
salía Alischar, recitó, muy ansiosa, estos versos del poeta:
_¡Oh corazón mío, que piensas en el amado; pobre corazón lleno de
esperanza y que crees eterno el beso! ¿no ves que á tu cabecera
vela, con los brazos tendidos, la Separadora, y que en la sombra te
acecha, pérfido, el Destino?_
Cuando Alischar se dirigía hacia afuera, encontróse con el cristiano,
que ya había entrado en el zaguán por la puerta abierta. Al verlo, el
mundo se ennegreció delante de sus ojos, y exclamó: «¿Qué haces ahí,
perro, hijo de perro? ¿y cómo osaste penetrar en mi casa sin mi
permiso?» El otro contestó: «¡Por favor, ¡oh mi señor! perdóname!
Cansado de haber andado todo el día y sin poderme ya tener de pie, me vi
obligado á pasar el umbral, pues al cabo no hay tanta diferencia entre
la puerta y el zaguán. ¡Además, no pido mas que el tiempo suficiente
para tomar aliento y me voy! ¡No me rechaces, y Alah no te rechazará!» Y
cogió el cántaro que sostenía Alischar muy perplejo, bebió lo necesario
y se lo devolvió. Y Alischar se quedó de pie enfrente, esperando que se
fuera. Pero pasó una hora, y el cristiano no se movía. Entonces,
Alischar, sofocado, le gritó: «¿Quieres marcharte ahora mismo y seguir
tu camino?» Pero el cristiano le contestó: «¡Oh señor mío! No serás de
aquellos que hacen un beneficio á alguien para obligarle estar
lamentándolo toda la vida, ni de aquellos de quienes dijo el poeta:
_¡Se desvaneció la raza generosa de los que, sin contar, llenaban
la mano del pobre antes de que se les tendiese!_
_¡Ahora hay una raza vil de usureros, que calculan el interés de un
poco de agua prestada al pobre del camino!_
»Yo, mi señor, ya he apagado la sed con el agua de tu casa; pero ahora
me atormenta de tal manera el hambre, que me contentaría con lo que te
haya quedado de la comida, aunque fuera un pedazo de pan seco y una
cebolla, nada más.» Alischar, cada vez más enfurecido, le gritó: «¡Vaya,
vaya! ¡Fuera de aquí! ¡Basta de citas poéticas! ¡No queda nada en la
casa!» El otro contestó sin moverse del sitio: «¡Señor, perdóname! Pero
si no hay nada en tu casa, tienes encima los cien dinares que te ha
producido el tapiz. Te ruego, pues, por Alah, que vayas al zoco más
cercano á comprarme una torta de trigo, para que no se diga que abandoné
tu casa sin que se haya partido entre nosotros el pan y la sal.»
Cuando Alischar oyó estas palabras, dijo para sí: «No hay duda posible.
Este maldito cristiano es un loco y un extravagante. Y lo voy á echar á
la calle y á azuzar contra él á los perros vagabundos.» Y cuando se
preparaba á empujarle afuera, el cristiano, inmóvil, le dijo: «¡Oh mi
señor! ¡es un solo pedazo de pan el que deseo, y una sola cebolla para
poder matar el hambre! ¡De modo que no hagas mucho gasto por mí, que
sería demasiado! Porque el prudente se contenta con poco; y como dice el
poeta:
_¡Un pan seco basta para apagar el hambre que tortura al sabio,
cuando el mundo no bastaría para saciar el falso apetito del
tragón!_
Cuando Alischar vió que no le quedaba más remedio que ceder, dijo al
cristiano: «¡Voy al zoco á buscar de comer! ¡Espérame aquí sin moverte!»
Y salió de la casa después de haber cerrado la puerta, y sacó la llave
de la cerradura para metérsela en el bolsillo. Fué apresuradamente al
zoco, compró queso asado con miel, pepinos, plátanos, hojaldre y pan
recién salido del horno, y se lo trajo todo al cristiano, diciéndole:
«¡Come!» Pero éste se negó, diciendo: «¡Oh mi señor! ¡qué generosidad la
tuya! ¡Lo que traes basta para alimentar á diez personas! ¡Es demasiado,
á menos que quieras honrarme comiendo conmigo!» Alischar respondió: «Yo
estoy harto. ¡Come solo!» El otro exclamó: «¡Oh mi señor, la sabiduría
de las naciones nos enseña que el que se niega á comer con su huésped es
indudablemente un bastardo adulterino!...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 321.ª NOCHE
Ella dijo:
»...el que se niega á comer con su huésped es indudablemente un bastardo
adulterino!» Estas palabras no tenían réplica posible. Alischar no se
atrevió á negarse, y se sentó al lado del cristiano, y se puso á comer
con él distraídamente. Y el cristiano se aprovechó de la distracción de
su huésped para mondar un plátano, partirlo, y deslizar en él con
destreza banj puro mezclado con extracto de opio, en dosis suficiente
para derribar á un elefante y dormirlo durante un año. Mojó el plátano
en la miel blanca, en la cual nadaba el excelente queso asado, y se lo
ofreció á Alischar, diciéndole: «¡Oh mi señor! ¡Por la verdad de la fe,
acepta de mi mano este suculento plátano que mondé para ti!» Alischar,
que tenía prisa por acabar, cogió el plátano y se lo tragó.
Apenas había llegado el plátano á su estómago, cayó Alischar al suelo,
dando con la cabeza antes que con los pies, privado de sentido. Entonces
el cristiano brincó como un lobo pelado y se precipitó afuera, pues en
la calleja de enfrente permanecían en acecho varios hombres con un mulo,
y á su cabeza estaba el viejo Rachideddín, el miserable de los ojos
azules al cual no había querido pertenecer Zumurrud, y que había jurado
poseerla á la fuerza á todo trance. Este Rachideddín no era mas que un
innoble cristiano, que profesaba exteriormente el islamismo para gozar
sus privilegios cerca de los mercaderes, y era el propio hermano del
cristiano que acababa de traicionar á Alischar, y que se llamaba
Barssum.
Este Barssum corrió, pues, á avisar á su miserable hermano del resultado
de su ardid, y los dos, seguidos por sus hombres, penetraron en la casa
de Alischar, se precipitaron en la inmediata habitación, alquilada por
Alischar para harem de Zumurrud, lanzáronse sobre la hermosa joven, á la
cual amordazaron y agarraron para transportarla en un momento á lomos
del mulo, que pusieron al galope, á fin de llegar en pocos instantes,
sin que nadie les molestara en el camino, á casa del viejo Rachideddín.
El viejo miserable de ojos azules y bizcos mandó entonces llevar á
Zumurrud á la estancia más apartada de la casa, y se sentó cerca de
ella, después de haberle quitado la mordaza, y le dijo: «Hete aquí ya
en mi poder, bella Zumurrud, y no será el bribón de Alischar quien venga
ahora á sacarte de mis manos. Empieza, pues, antes de acostarte en mis
brazos y de experimentar mi valentía en el combate, por abjurar de tu
descreída fe y consentir en ser cristiana, como yo soy cristiano. ¡Por
el Mesías y la Virgen! ¡Si no te rindes inmediatamente á mi doble deseo,
te someteré á los peores tormentos y te haré más desdichada que una
perra!»
Al oir estas palabras del miserable cristiano, los ojos de la joven se
llenaron de lágrimas, que rodaron por sus mejillas, y sus labios se
estremecieron y exclamó: «¡Oh malvado de barbas blancas! ¡por Alah!
¡podrás hacer que me corten en pedazos, pero no conseguirás que abjure
de mi fe; podrás apoderarte de mi cuerpo por la violencia, como el
cabrón en celo con la cabra joven, pero no someterás mi espíritu á la
impureza compartida! ¡Y Alah sabrá pedirte cuenta de tus ignominias
tarde ó temprano!»
Cuando el anciano vió que no podía convencerla con palabras, llamó á sus
esclavos y les dijo: «¡Echadla al suelo, y sujetadla boca abajo
fuertemente!» Y los esclavos la echaron al suelo boca abajo. Entonces
aquel miserable cristiano viejo agarró un látigo y empezó á azotarla con
crueldad en sus hermosas partes redondeadas, de modo que cada golpe
dejaba una larga raya roja en la blancura de las nalgas. Y Zumurrud, á
cada golpe que recibía, en vez de debilitarse en la fe, exclamaba: «¡No
hay más Dios que Alah, y Mohamed es el enviado de Alah!» Y el otro no
dejó de azotarla hasta que no pudo ya levantar el brazo. Entonces mandó
á sus esclavos que la llevasen á la cocina con las criadas y que no le
dieran de comer ni de beber. ¡Esto en cuanto á ellos dos!
En cuanto á Alischar, quedó tendido sin sentido en el zaguán de su casa
hasta el día siguiente. Entonces volvió en sí y abrió los ojos, disipada
ya la embriaguez del banj y desaparecidos de su cabeza los vapores del
opio. Se sentó entonces en el suelo, y con todas sus fuerzas llamó: «¡Ya
Zumurrud!» Pero no le contestó nadie. Levantóse anhelante y entró en la
habitación, que encontró vacía y silenciosa, y con los velos y chal de
Zumurrud tirados por el suelo. Se acordó del cristiano importuno, y como
también éste había desaparecido, ya no dudó del rapto de su amada
Zumurrud. Entonces se tiró al suelo, dándose golpes en la cabeza y
sollozando; después se desgarró los vestidos, y lloró todas las lágrimas
de la desolación; y en el límite de la desesperanza, se lanzó fuera de
su casa, recogió dos piedras grandes, una con cada mano, y empezó á
recorrer enloquecido todas las calles, golpeándose el pecho con las
piedras y gritando: «¡Ya Zumurrud, Zumurrud!» Y los chiquillos le
rodearon, corriendo como él y gritando: «¡Un loco, un loco!» Y los
conocidos que le encontraban le miraban con lástima y lamentaban la
pérdida de su razón, diciendo: «¡Es el hijo de Gloria! ¡Pobre
Alischar!»
Y siguió vagando de aquel modo y haciéndose sonar el pecho á
guijarrazos, cuando le encontró una buena vieja, que le dijo: «Hijo mío,
¡así goces de la seguridad y la razón! ¿Desde cuándo estás loco?» Y
Alischar le contestó con estos versos:
_¡La ausencia de una mujer me hizo perder la razón! ¡Oh vosotros
que creéis en mi locura, traedme á la que hubo de causarla, y
daréis á mi espíritu la frescura de un díctamo!_
Al oir tales versos y al mirar más atentamente á Alischar, la buena
anciana comprendió que debía ser un enamorado infeliz, y le dijo: «¡Hijo
mío, no temas contarme tus penas y tu infortunio! ¡Acaso me haya puesto
Alah en tu senda para ayudarte!» Entonces Alischar le contó su aventura
con Barssum el cristiano.
Enterada la buena vieja, estuvo reflexionando una hora, y luego levantó
la cabeza y le dijo á Alischar: «¡Levántate, hijo mío, y ve pronto á
comprarme un cesto de buhonero, en el cual colocarás, después de
adquirirlos en el zoco, pulseras de cristal de colores, anillos de cobre
plateado, pendientes, dijes y otras varias cosas como las que venden las
piadosas por las casas á las mujeres. Y yo me pondré el cesto en la
cabeza, y recorreré las casas de la ciudad, vendiendo esas cosas á las
mujeres. Y así podré hacer averiguaciones que nos orientarán, y sí Alah
quiere, contribuirán á que encontremos á tu amada Sett Zumurrud!...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 322.ª NOCHE
Ella dijo:
»...encontremos á tu amada Sett Zumurrud.» Y Alischar se puso á llorar
de alegría. Y después de haber besado las manos á la buena vieja, se
apresuró á comprar y entregarle lo que le había indicado.
Entonces la vieja se fué á vestirse á su casa. Se tapó la cara con un
velo color de miel obscuro, se cubrió la cabeza con un pañuelo de
cachemira, se envolvió en un velo grande de seda negra, se puso en la
cabeza la consabida cesta, y cogiendo un bastón para sostener su
respetable vejez, empezó á recorrer lentamente los harems de personajes
y mercaderes por los distintos barrios, y no tardó en llegar á la casa
del viejo Rachideddin, el miserable cristiano que pasaba por musulmán,
el maldito á quien Alah confunda y abrase en el fuego del infierno y
atormente hasta la extinción del tiempo. ¡Amin!
Y llegó precisamente en el momento en que la desventurada joven,
arrojada entre las esclavas y criadas de la cocina, y dolorida aún de
los golpes que había recibido, yacía medio muerta en una mala estera.
Llamó á la puerta la vieja, y una esclava abrió y la saludó
amistosamente. Y la vieja le dijo: «Hija mía, tengo cosas bonitas que
vender. ¿Hay en casa quien las compre?» La criada dijo: «¡Ya lo creo!» Y
la llevó á la cocina, en donde la vieja se sentó con gran compostura,
rodeándola en seguida las esclavas. Fué muy benévola en la venta, y les
cedió, por precios muy módicos, pulseras, sortijas y pendientes, de modo
que se granjeó su confianza y ganó sus simpatías por su lenguaje
virtuoso y la dulzura de sus modales.
Pero al volver la cabeza vió á Zumurrud tendida, é interrogó á las
esclavas, que le dijeron cuanto sabían. É inmediatamente comprendió que
estaba en presencia de la que buscaba. Se acercó á la joven y le dijo:
«¡Hija mía! ¡aléjese de ti todo mal! ¡Alah me envía para socorrerte!
¡Eres Zumurrud, la esclava amada de Alischar, hijo de Gloria!» Y la
enteró del objeto de su venida, disfrazada de vendedora, y le dijo:
«Mañana por la noche estate dispuesta á dejarte raptar; asómate á la
ventana de la cocina que da á la calle, y cuando veas que alguien, entre
la obscuridad, se pone á silbar, esa será la seña. Responde silbando
también, y salta sin temor á la calle. ¡Alischar en persona estará allí
y te salvará!» Y Zumurrud besó las manos á la vieja, que se apresuró á
salir y enterar á Alischar de lo que acababa de suceder, añadiendo:
«Irás allá, al pie de la ventana de la cocina de ese maldito, y harás
tal y cual cosa.»
Entonces Alischar dió mil gracias á la vieja por sus favores, y quiso
hacerle un regalo; pero no lo aceptó ella, y se fué deseándole buen
éxito y felicidades, y le dejó recitando versos sobre la amargura de la
separación.
Á la noche siguiente, Alischar se encaminó á la casa descrita por la
buena vieja y acabó por encontrarla. Se sentó al pie de la pared y
aguardó que llegara la hora de silbar. Pero cuando llevaba allí un rato,
como había pasado dos noches de insomnio, le venció de pronto el
cansancio y se durmió. ¡Glorificado sea el Único, que nunca duerme!
Mientras Alischar permanecía aletargado al pie de la pared, el Destino
envió hacia allí, en busca de alguna ganga, á un ladrón entre los
ladrones audaces, que, después de dar vuelta á la casa sin encontrar
salida, llegó al sitio en que dormía Alischar. Y se inclinó hacía éste,
y tentado por la riqueza de su traje, le robó hábilmente el hermoso
turbante y el albornoz, y se los puso en seguida. En el mismo momento
vió que se abría la ventana y oyó silbar á alguien. Miró, y vió una
forma de mujer que le hacía señas y silbaba. Era Zumurrud, que le tomaba
por Alischar.
Al ver aquello, el ladrón, aunque sin saber lo que significaba, pensó:
«¡Me convendrá contestar!» Y silbó. En seguida salió Zumurrud por la
ventana y saltó á la calle con ayuda de una cuerda. Y el ladrón, que era
un mozo robusto, la cogió á cuestas y se alejó con la rapidez del
relámpago.
Cuando Zumurrud vió que su acompañante tenía tanta fuerza, se asombró
mucho, y le dijo: «Amado Alischar, la vieja me había dicho que apenas
podías moverte por lo que te habían debilitado la pena y el temor. ¡Pero
veo que estás más fuerte que un caballo!» Pero como el ladrón no
contestaba y corría con mayor celeridad, Zumurrud le pasó la mano por la
cara y se la encontró erizada de pelos más duros que la escoba del
hammam, de tal modo que parecía un cerdo que se hubiera tragado una
gallina, cuyas plumas se le salieran por la boca. Al encontrarse con
aquello, la joven sintió un terror espantoso, y empezó á darle golpes en
la cara, gritando: «¿Quién eres y qué eres?» Y como en aquel momento
estaban ya lejos de las casas, en campo raso invadido por la noche y la
soledad, el ladrón se detuvo un momento, dejó en el suelo á la joven, y
gritó: «¡Soy Djiwán el kurdo, el compañero más terrible de la gavilla de
Ahmad Ed-Danaf! ¡Somos cuarenta mozos que llevamos mucho tiempo privados
de carne fresca! ¡La noche próxima será la más bendita de tus noches,
pues todos te cabalgaremos sucesivamente, y te pisaremos el vientre, y
nos revolcaremos entre tus muslos, y le haremos dar vueltas á tu
capullo hasta por la mañana!»
Cuando Zumurrud oyó semejantes palabras de su raptor, comprendió todo lo
horrible de su situación, y se echó á llorar, golpeándose el rostro y
deplorando el error que la había entregado á aquel bandido perpetrador
de violencias y á sus cuarenta compañeros. Y después, viendo que su
destino aciago la perseguía y que no podía luchar contra él, se dejó
llevar de nuevo por su raptor sin oponer resistencia y se contentó con
suspirar: «¡No hay más Dios que Alah! ¡Me refugio en Él! ¡Cada cual
lleva su Destino atado al cuello, y haga lo que quiera, no puede
alejarse de él!...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 323.ª NOCHE
Ella dijo:
»...¡Cada cual lleva su Destino atado al cuello, y haga lo que quiera,
no puede alejarse de él!»
El terrible kurdo Djiwán se echó de nuevo á cuestas á la joven, y siguió
corriendo hasta una caverna oculta entre rocas, donde habían
establecido su domicilio la gavilla de los cuarenta y su jefe.
Arreglaba allí la casa de los ladrones y les preparaba la comida una
vieja, que era precisamente la madre del raptor de Zumurrud. Ella fué la
que al oir la seña convenida salió á la entrada de la caverna á recibir
á su hijo con la capturada. Djiwán entregó la persona de Zumurrud á su
madre, y le dijo: «Cuida bien de esta gacela hasta mi regreso, pues voy
á buscar á mis compañeros para que la cabalguen conmigo. Pero como no
hemos de volver hasta mañana á mediodía, porque tenemos que realizar
algunas proezas, te ruego que la alimentes bien, para que pueda soportar
nuestras cargas y nuestros asaltos.» Y se fué.
Entonces la vieja se acercó á Zumurrud y le dió de beber, y le dijo:
«Hija mía, ¡qué dichosa serás cuando penetren pronto en tu centro
cuarenta mozos robustos, sin contar al jefe, que él solo es tan fuerte
como todos los demás juntos! ¡Por Alah! ¡qué suerte tienes con ser joven
y deseable!» Zumurrud no pudo contestar, y envolviéndose la cabeza con
el velo, se tendió en el suelo y así permaneció hasta por la mañana.
La noche la había hecho reflexionar, cobró ánimos y dijo para sí: «¿En
qué indiferencia condenable caigo al presente? ¿Voy á aguardar sin
moverme la llegada de esos cuarenta bandidos perforadores, que me
estropearán al taladrarme y me llenarán como el agua llena un buque
hasta hundirlo en el fondo del mar? ¡No, por Alah! ¡Salvaré mi alma y
no les entregaré mi cuerpo!» Y como ya era día claro, se acercó á la
vieja, y besándole la mano, le dijo: «Esta noche he descansado bien, mi
buena madre, y me siento con muchos ánimos y dispuesta á honrar á mis
huéspedes. ¿Qué haremos ahora para pasar el tiempo hasta que lleguen?
¿Quieres, por ejemplo, venir conmigo al sol, y dejar que te despioje y
te peine el pelo, buena madre?» La vieja contestó: «¡Por Alah!
¡Excelente ocurrencia, hija mía, pues desde que estoy en esta caverna no
me he podido lavar la cabeza, y sirve ahora de habitación á todas las
clases de piojos que se alojan en la cabellera de las personas y en los
pelos de los animales! ¡Y cuando anochece, salen de mi cabeza y circulan
en tropel por todo mi cuerpo! ¡Y los tengo blancos y negros, grandes y
chicos! ¡Hay algunos, hija mía, que tienen un rabo muy largo, y se
pasean hacia atrás, y otros de olor más fétido que los follones y los
cuescos más hediondos! ¡Si consigues librarme de esos animales
maléficos, tu vida conmigo será muy dichosa!» Y salió con Zumurrud fuera
de la caverna y se acurrucó al sol, quitándose el pañuelo que llevaba á
la cabeza. Y entonces pudo ver Zumurrud que había allí todas las
variedades de piojos conocidas y otras más. Sin perder valor, empezó á
quitarlos á puñados, y á peinar los cabellos por la raíz con espinas
gordas; y cuando no quedó mas que una cantidad normal de aquellos
piojos, se puso á buscarlos con dedos ágiles y numerosos y á
aplastarlos entre dos uñas, según se acostumbra. Y alisó la cabellera
con suavidad, con tanta suavidad, que la vieja se sintió invadida de un
modo delicioso por la tranquilidad de su propia piel limpia, y acabó por
dormirse profundamente.
Sin perder tiempo, Zumurrud se levantó y corrió á la caverna, en la cual
cogió y se puso ropa de hombre; y se rodeó la cabeza con un turbante
hermoso, que procedía de un robo hecho por los cuarenta, y salió á
escape para dirigirse á un caballo, robado también, que por allí pacía
con los pies trabados; le puso silla y riendas, saltó encima á
horcajadas y salió á galope en línea recta, invocando al Dueño de la
salvación.
Galopó sin descanso hasta que anocheció; y al amanecer siguiente reanudó
la carrera, sin parar mas que alguna que otra vez para descansar, comer
alguna raíz y dejar pacer al caballo. Y así prosiguió durante diez días
y diez noches.
Por la mañana del día undécimo, salió al cabo del desierto que acababa
de atravesar y llegó á una verde pradera por donde corrían hermosas
aguas y alegraba la vista el espectáculo de frondosos árboles, de
umbrías, y de rosas y flores que un clima primaveral hacía brotar á
millares; allí jugueteaban también aves de la creación y pastaban
rebaños de gacelas y de animales muy lindos.
Zumurrud descansó una hora en aquel sitio delicioso, y luego montó de
nuevo á caballo, y siguió un camino muy hermoso que corría por entre
masas de verdor y llevaba á una gran ciudad, cuyos alminares brillaban
al sol en lontananza.
Cuando estuvo cerca de los muros y de la puerta de la ciudad, vió una
muchedumbre inmensa, que al distinguirla empezó á lanzar gritos
delirantes de alegría y triunfo, y en seguida salieron de la puerta y
fueron á su encuentro emires á caballo y personajes y jefes de soldados,
que se prosternaron y besaron la tierra con muestras de sumisión de
súbditos á su rey, mientras por todas partes brotaba este clamor inmenso
de la multitud delirante: «¡Dé Alah la victoria á nuestro sultán!
¡Traiga tu feliz venida la bendición al pueblo de los musulmanes, ¡oh
rey del universo! ¡Consolide Alah tu reinado, ¡oh rey nuestro!» Y al
mismo tiempo millares de guerreros á caballo se formaron en dos filas
para separar y contener á las masas en el límite del entusiasmo, y un
pregonero público, encaramado en un camello ricamente enjaezado,
anunciaba al pueblo á toda voz la feliz llegada de su rey.
Pero Zumurrud, disfrazada de caballero, no entendía lo que podía
significar todo aquello, y acabó por preguntar á los grandes
dignatarios, que habían cogido por cada lado las riendas del caballo:
«¿Qué pasa, distinguidos señores, en vuestra ciudad? ¿Y qué me queréis?»
Entonces, de entre todos ellos se adelantó un gran chambelán, que, tras
de inclinarse hasta el suelo, dijo á Zumurrud: «El Donador, ¡oh dueño
nuestro! no contó sus gracias al otorgártelas! ¡Loor se le dé! ¡Te trae
de la mano hasta nosotros para colocarte como nuestro rey sobre el
trono de este reino! ¡Loor á Él, que nos da un rey tan joven y tan
bello, de la noble raza de los hijos de los turcos de rostro brillante!
¡Gloria á Él! Porque si nos hubiera enviado algún mendigo ó cualquiera
otra persona de poco más ó menos, nos habríamos visto obligados también
á aceptarlo por nuestro rey y á rendirle pleito homenaje. Sabe, en
efecto...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 324.ª NOCHE
Ella dijo.
»...Sabe, en efecto, que la costumbre de los habitantes de esta ciudad
cuando muere nuestro rey sin dejar hijo varón, es dirigirnos á esta
carretera y aguardar la llegada del primer caminante que nos envíe el
Destino para elegirle como rey y saludarle como á tal. ¡Y hoy hemos
tenido la dicha de encontrarte á ti, el más hermoso de los reyes de la
tierra y el único de tu siglo y de todos los siglos!»
Y Zumurrud, que era una mujer de seso y de excelentes ideas, no se
desconcertó con noticia tan extraordinaria, y dijo al gran chambelán y á
los demás dignatarios: «¡Oh vosotros todos, fieles súbditos míos desde
ahora, no creáis de todos modos que yo soy algún turco de obscuro
nacimiento ó hijo de algún plebeyo. ¡Al contrario! ¡Tenéis delante de
vosotros á un turco de elevada estirpe que ha huído de su país y de su
casa después de haber reñido con su familia, y ha resuelto recorrer el
mundo buscando aventuras! ¡Y como precisamente el Destino me hace dar
con una ocasión bastante propicia para ver algo nuevo, consiento en ser
vuestro rey!»
Y en seguida se puso á la cabeza de la comitiva, y entre las
aclamaciones y gritos de júbilo de todo el pueblo, hizo su entrada
triunfal en la ciudad.
Al llegar á la puerta principal de palacio, los emires y chambelanes se
apearon, y la sostuvieron por debajo de los brazos, y la ayudaron á
bajar del caballo, y la llevaron en brazos al gran salón de recepciones;
y después de revestirla con los atributos regios, la hicieron sentar en
el trono de oro de los antiguos reyes. Y todos juntos se prosternaron y
besaron el suelo entre sus manos, pronunciando el juramento de sumisión.
Entonces Zumurrud inauguró su reinado mandando abrir los tesoros regios
acumulados durante siglos, y mandó sacar cantidades considerables, que
repartió entre los soldados, los pobres y los indigentes. Así es que el
pueblo la amó é hizo votos por la duración de su reinado. Y además
Zumurrud tampoco se olvidó de regalar gran cantidad de ropas de honor á
los dignatarios de palacio, y otorgar mercedes á los emires y
chambelanes, así como á sus esposas y á todas las mujeres del harem.
Además, abolió el cobro de impuestos, los consumos y las contribuciones,
y mandó libertar á los presos, y corrigió todos los males. Y de tal modo
ganó el afecto de grandes y chicos, que todos la tenían por hombre, y se
maravillaban de su continencia y castidad cuando supieron que nunca
entraba en el harem ni se acostaba jamás con sus mujeres. En efecto, no
quiso tener de noche más servicio particular que el de sus lindos
eunucos, que dormían atravesados delante de su puerta.
Lejos de ser dichosa, Zumurrud no hacía mas que pensar en su amado
Alischar, de quien no tuvo noticias, no obstante todas las
investigaciones que mandó hacer secretamente. Y no cesaba de llorar
cuando estaba sola, ni de rezar y ayunar para atraer la bendición de
Alah sobre Alischar y lograr volverle á ver sano y salvo después de la
ausencia. Y así pasó un año; y todas las mujeres del palacio levantaban
los brazos, desesperadas, y exclamaban: «¡Qué desgracia para nosotras
que el rey sea tan devoto y casto!»
Al cabo del año, Zumurrud tuvo una idea y quiso ejecutarla
inmediatamente. Mandó llamar á visires y chambelanes, y les ordenó que
los arquitectos é ingenieros abrieran un vasto meidán, de una parasanga
de ancho y largo, y que construyeran en medio un magnífico pabellón con
cúpula, que había de tapizarse ricamente para colocar un trono, y tantos
asientos como dignatarios había en palacio.
Se ejecutaron en muy poco tiempo las órdenes de Zumurrud. Y trazado el
meidán, y levantado el pabellón, y dispuestos el trono y los asientos en
el orden jerárquico, Zumurrud convocó á todos los grandes de la ciudad y
del palacio, y les ofreció un banquete tal, que ningún anciano recordaba
de otro parecido. Y al final del festín, Zumurrud se volvió hacia los
invitados y les dijo: «¡En adelante, durante todo mi reinado, os
convocaré en este pabellón á principios de cada mes, y os sentaréis en
vuestros sitios, y convocaré asimismo á todo el pueblo, para que tome
parte en el banquete, y coma y beba, y dé gracias al Donador por sus
dones!» Y todos le contestaron oyendo y obedeciendo. Y entonces añadió:
«¡Los pregoneros públicos llamarán á mi pueblo al festín y les
advertirán que será ahorcado quien se niegue á venir!»
Y al principio del mes los pregoneros públicos recorrieron las calles,
gritando: «¡Oh vosotros todos, mercaderes y compradores, ricos y pobres,
hambrientos y hartos, por orden de nuestro señor el rey, acudid al
pabellón del meidán! ¡Comeréis y beberéis y bendeciréis al Bienhechor!
¡Y será ahorcado quien no vaya! ¡Cerrad las tiendas y dejad de vender y
comprar! ¡El que se niegue será ahorcado!»
Á esta invitación, la muchedumbre acudió y se hacinó en el pabellón,
estrujándose en medio del salón unos á otros, mientras el rey permanecía
sentado en el trono, y á su alrededor, en los sitios respectivos,
aparecían colocados jerárquicamente los grandes y dignatarios. Y todos
empezaron á comer toda clase de cosas excelentes, como carneros asados,
arroz con manteca, y sobre todo el excelente manjar llamado «kisck»,
preparado con trigo pulverizado y leche fermentada. Y mientras comían,
el rey los examinaba atentamente uno tras otro, y durante tanto tiempo,
que cada cual decía á su vecino: «¡Por Alah! ¡No sé por qué me mira el
rey con esa obstinación!» Y entretanto, los grandes y dignatarios no
dejaban de alentar á toda aquella gente, diciéndole: «¡Comed sin
cortedad y hartaos! ¡El mayor gusto que le podéis dar al rey es
demostrarle vuestro apetito!» Y ellos decían: «¡Por Alah! ¡En toda la
vida hemos visto un rey que quisiera tan bien á su pueblo!»
Y entre los glotones que comían con más ardiente voracidad, haciendo
desaparecer en su garganta fuentes enteras, estaba el miserable
cristiano Barssum que durmió á Alischar y raptó á Zumurrud, ayudado por
su hermano el viejo Rachideddín. Cuando Barssum acabó de comer la carne
y los manjares con manteca ó grasa, vió una fuente colocada fuera de su
alcance, llena de un admirable arroz con leche cubierto de azúcar fino y
canela; atropelló á todos los vecinos y agarró la fuente, que atrajo á
sí y colocó debajo de su mano, y cogió un enorme pedazo, que se metió en
la boca. Escandalizado entonces uno de sus vecinos, le dijo...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 325.ª NOCHE
Ella dijo:
...Escandalizado entonces uno de sus vecinos, le dijo: «¿No te da
vergüenza tender la mano hacia lo que está lejos de tu alcance, ni
apoderarte de una fuente tan grande para ti solo? ¿Ignoras que la
educación nos enseña á no comer mas que lo que tenemos delante?» Y otro
añadió: «¡Ojalá que ese manjar te pese en la barriga y te trastorne las
tripas!» Y otro muy chistoso, gran aficionado al haschich, le dijo:
«¡Eh, por Alah! ¡Repartamos! ¡Acerca eso, que tome yo un bocado, ó dos ó
tres!» Pero Barssum le dirigió una mirada despreciativa, y le gritó con
violencia: «¡Ah maldito devorador de haschich! ¡Este noble manjar no se
ha hecho para tus mandíbulas! ¡Está destinado al paladar de los emires y
gente delicada!» Y se preparaba á meter otra vez los dedos en la
deliciosa pasta, cuando Zumurrud, que lo observaba hacía un rato, le
conoció, y mandó hacia él á cuatro guardias diciéndoles: «¡Id en seguida
á apoderaros de ese individuo que come arroz con leche, y traédmelo!» Y
los cuatro guardias se precipitaron sobre Barssum, le arrancaron de
entre los dedos el bocado que iba á tragar, le echaron de cara contra el
suelo y le arrastraron por las piernas hasta delante del rey, entre los
espectadores asombrados, que en seguida dejaron de comer, cuchicheando
unos junto á otros: «¡Eso es lo que se saca por ser glotón y apoderarse
de la comida de los demás!» Y el comedor de haschich dijo á los que le
rodeaban: «¡Por Alah! ¡qué bien he hecho en no comer con él ese
excelente arroz con leche! ¿Quién sabe el castigo que le darán?» Y todos
empezaron á mirar atentamente lo que iba á ocurrir.
Zumurrud, con los ojos encendidos por dentro, preguntó al hombre: «Dime,
hombre de malos ojos azules, ¿cómo te llamas y cuál es el motivo de tu
venida á este país?» El miserable cristiano, que se había puesto
turbante blanco, privilegio de los musulmanes, dijo: «¡Oh nuestro señor
el rey, me llamo Alí y tengo el oficio de pasamanero. He venido á este
país á ejercer mi oficio y á ganarme la vida con el trabajo de mis
manos!»
Entonces Zumurrud dijo á uno de sus eunucos: ¡Ve pronto á buscar en mi
mesa la arena adivinatoria y la pluma de cobre que me sirve para trazar
las líneas geománticas!» Y en cuanto se ejecutó su orden, Zumurrud
extendió cuidadosamente la arena adivinatoria en la superficie plana de
la mesa, y con la pluma de cobre trazó la figura de un mono y algunos
renglones de caracteres desconocidos. Después de lo cual recapacitó
profundamente un rato, levantó de pronto la cabeza, y con voz terrible
que fué oída por toda la muchedumbre, le gritó al miserable: «¡Oh perro!
¿cómo te atreves á mentir á los reyes? ¿No eres cristiano y no te llamas
Barssum? ¿Y no has venido á este país para buscar una esclava raptada
por ti en otro tiempo? ¡Ah perro! ¡Ah maldito! ¡Ahora mismo vas á
confesar la verdad que me acaba de revelar tan claramente la arena
adivinatoria!»
Aterrado el cristiano al oir estas palabras, se cayó al suelo juntando
las manos, y dijo: «¡Perdón, ¡oh rey del tiempo! no te engañas! ¡En
efecto (preservado seas de todo mal), soy un innoble cristiano y vine
aquí con la intención de apoderarme de una musulmana á quien rapté y que
huyó de nuestra casa!»
Entonces Zumurrud--en medio de los murmullos de admiración de todo el
pueblo, que decía: «¡Ualah! ¡no hay en el mundo un geomántico lector de
arena comparable con nuestro rey!»--llamó al verdugo y á sus ayudantes y
les dijo: «¡Llevaos á ese miserable perro fuera de la ciudad, desolladle
vivo, rellenadle con hierba de la peor calidad, y volved y clavad la
piel en la puerta del meidán! En cuanto al cadáver, hay que quemarlo con
excrementos secos y enterrar en el albañal lo que sobre.» Y contestaron
oyendo y obedeciendo, y se llevaron al cristiano, y lo ejecutaron según
la sentencia, que al pueblo le pareció llena de justicia y cordura.
Los vecinos que habían visto al miserable comer el arroz con leche no
pudieron dejar de comunicarse mutuamente sus impresiones. Uno dijo:
«¡Ualah! ¡En mi vida volveré á dejarme tentar por ese plato, aunque me
gusta en extremo! ¡Trae mala sombra!» Y el comedor de haschich exclamó,
agarrándose el vientre porque tenía cólico de terror: «¡Ualah! ¡Mi buen
destino me ha librado de tocar á ese maldito arroz con canela!» ¡Y todos
juraron no volver á pronunciar ni el nombre del arroz con leche!
Á todo esto, entró un hombre de aspecto repulsivo, que se adelantó
rápidamente, atropellando a todo el que hallaba al paso, y viendo todos
los sitios ocupados menos alrededor de la fuente del arroz con leche, se
acurrucó delante de ella y en medio del espanto general se dispuso á
tender la mano para comerlo.
Y Zumurrud en seguida conoció que aquel hombre era su raptor, el
terrible Djiwán el kurdo, uno de los cuarenta de la gavilla de Ahmad
Ed-Danaf. El motivo que lo llevaba á la ciudad no era otro que buscar á
la joven, cuya fuga le había inspirado un furor espantoso cuando estaba
ya preparado á cabalgarla con sus compañeros. Y se había mordido la mano
de desesperación y había jurado que la encontraría, aunque estuviera
escondida detrás del monte Cáucaso, ú oculta como el alfónsigo en la
cascara. Y había salido á buscarla, y había acabado por llegar á la
ciudad consabida, y por entrar con los demás en el pabellón para que no
le ahorcaran...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 326.ª NOCHE
Ella dijo:
...y entrar con los demás en el pabellón para que no le ahorcaran.
Sentóse, pues, ante la fuente de arroz con leche y metió toda la mano en
medio. Y entonces por todas partes le gritaron: «¡Eh! ¿Qué vas á hacer?
¡Ten cuidado! ¡Te van á desollar vivo! ¡No toques á esa fuente, que es
de mala sombra!» Pero el hombre les dirigió miradas terribles y les
gritó: «¡Callaos vosotros! ¡Quiero comer de este plato y llenarme la
barriga! ¡Me gusta el arroz con leche!» Y le dijeron otra vez: «¡Que te
ahorcarán y te desollarán!» Y por toda contestación se acercó más á la
fuente, en la cual ya había metido la mano, y se inclinó hacia ella. Al
verlo el comedor de haschich, que era el que tenía más cerca, se escapó
asustado y libre ya de los vapores del haschich, para sentarse más
lejos, protestando de que no tenía nada que ver con lo que ocurriera.
Y Djiwán el kurdo, después de haber metido en la fuente la mano negra
como la pata del cuervo, la sacó enorme y pesada como el pie de un
camello. Redondeó en la palma el prodigioso pedazo que había sacado,
hizo con él una bola tan gorda como una cidra, y con un movimiento
giratorio se la arrojó al fondo de la garganta, en donde se hundió con
el estruendo de un trueno ó con el ruido de una cascada en una caverna
sonora, hasta el punto de que la cúpula del pabellón resonó con un eco
sonoro que hubo de repercutir saltando y rebotando. ¡Y fué tal la huella
dejada en la masa de donde se sacó el pedazo, que se vió el fondo de la
enorme fuente!
Al percibir aquello, el comedor de haschich levantó los brazos y
exclamó: «¡Alah nos proteja! ¡Se ha tragado la fuente de un solo bocado!
¡Gracias á Alah que no me creó arroz con leche ó canela ú otra cosa
semejante entre sus manos!» Y añadió: «¡Dejémosle comer á su gusto, pues
ya veo que se le dibuja en la frente la imagen del desollado y ahorcado
que ha de ser!» Y se puso más lejos del alcance de la mano del kurdo,
gritándole: «¡Así se te pare la digestión y te ahogue, espantoso
abismo!» Pero el kurdo, sin hacer caso de lo que decían á su alrededor,
metió otra vez los dedos, gordos como estacas, en la masa tierna, que se
entreabrió con un crujido sordo, y los sacó con una bola como una
calabaza en las puntas, y ya le estaba dando vueltas en la palma antes
de tragarla, cuando Zumurrud dijo á los guardias: «¡Traedme pronto al
del arroz, antes de que se trague el bocado!» Y los guardias saltaron
sobre el kurdo, que no los veía por tener la mitad del cuerpo encorvado
encima de la fuente. Y le derribaron con agilidad, le ataron las manos á
la espalda y le llevaron á presencia del rey, mientras decían los
circunstantes: «Él se empeñó en perderse. ¡Ya le habíamos aconsejado que
se abstuviera de tocar á ese nefasto arroz con leche!»
Cuando le tuvo delante, Zumurrud le preguntó: «¿Cuál es tu nombre? ¿Cuál
es tu oficio? ¿Y qué causa te ha impulsado á venir á esta ciudad?» El
otro contestó: «Me llamo Othmán, y soy jardinero. Respecto al motivo de
mi venida, busco un jardín en donde trabajar para comer.» Zumurrud
exclamó: «¡Que me traigan la mesa de arena y la pluma de cobre!» Y
cuando tuvo ambos objetos, trazó caracteres y figuras con la pluma en la
arena extendida, reflexionó y calculó una hora, después levantó la
cabeza y dijo: «¡Desdicha sobre ti, miserable embustero! Mis cálculos
sobre la mesa de arena me enteran de que en realidad te llamas Djiwán el
kurdo, y que tu oficio es el de bandolero, ladrón y asesino! ¡Ah cerdo,
hijo de perro y de mil zorras! ¡Confiesa en seguida la verdad ó lo harás
á golpes!»
Al oir estas palabras del rey--del cual no podía sospechar que fuese la
joven robada poco antes por él--, palideció, le temblaron las mandíbulas
y los labios se le contrajeron, dejando al descubierto unos dientes que
parecían de lobo ó de otra alimaña silvestre. Después intentó salvar la
cabeza declarando la verdad, y dijo: «¡Cierto es cuanto dices, ¡oh rey!
¡Pero me arrepiento ante ti ahora mismo, y en adelante seguiré el buen
camino!» Mas Zumurrud le dijo: «¡Me es imposible dejar vivir en el
camino de los musulmanes á una fiera dañina!» Después ordenó: «Que se lo
lleven y le desuellen vivo y le rellenen de paja para clavarle á la
puerta del pabellón, y sufra su cadáver la misma suerte que el del
cristiano!»
Cuando el comedor de haschich vió que los guardias se llevaban á aquel
hombre, se levantó y se volvió de espaldas á la fuente de arroz, y dijo:
«¡Oh arroz con leche, salpicado con azúcar y canela, te vuelvo la
espalda, porque no te juzgo, malhadado manjar, digno de mis miradas, ni
casi de mi trasero...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 327.ª NOCHE
Ella dijo:
«...porque no te juzgo, malhadado manjar, digno de mis miradas, ni casi
de mi trasero! ¡Te escupo encima y abomino de ti!» Y nada más por lo que
á él respecta.
Veamos en cuanto al tercer festín. Como en las dos circunstancias
anteriores, los pregoneros vocearon el mismo anuncio, y se hicieron
iguales preparativos; y el pueblo se congregó en el pabellón, los
guardias se colocaron ordenadamente y el rey se sentó en el trono. Y
todo el mundo se puso á comer, á beber y á regocijarse, y la multitud se
amontonaba por todas partes, menos delante de la fuente de arroz con
leche, que permanecía intacta en medio del salón, mientras todos los
comensales le volvían la espalda. Y de pronto entró un hombre de barbas
blancas, que, al ver vacíos los alrededores de la fuente, se dirigió
hacia aquel lado y se sentó para comer, á fin de que no le ahorcaran. Y
Zumurrud le miró, y vió que era el viejo Rachideddín, el miserable que
la había hecho raptar por su hermano Barssum.
Efectivamente; como Rachideddín vió que pasaba un mes sin que volviera
su hermano, al cual había enviado en busca de la joven desaparecida,
resolvió partir en persona para tratar de dar con ella, y el Destino le
llevó á aquella ciudad hasta aquel pabellón, delante de la fuente de
arroz con leche.
Al reconocer al maldito cristiano, Zumurrud dijo para sí: «¡Por Alah!
¡Este arroz con leche es un manjar bendito, pues me hace encontrar á
todos los seres maléficos! Tengo que mandarlo pregonar algún día por
toda la ciudad como manjar obligatorio para todos los ciudadanos. ¡Y
mandaré ahorcar á quienes no les guste! ¡Entretanto, voy á emprenderla
con ese viejo criminal!» Y dijo á los guardias: «¡Traedme al del arroz!»
Y los guardias, acostumbrados ya, vieron al hombre, en seguida se
precipitaron sobre él y le arrastraron por las barbas á presencia del
rey, que le preguntó: «¿Cómo te llamas? ¿Cuál es tu profesión? ¿Y por
qué has venido aquí?» Él contestó: «¡Oh rey afortunado, me llamo Rustem,
pero no tengo más profesión que la de pobre, la de derviche!» Zumurrud
gritó: «¡Tráiganme la arena y la pluma!» Y se las llevaron. Y después de
haber extendido ella la arena y haber trazado figuras y caracteres,
estuvo reflexionando una hora, al cabo de la cual levantó la cabeza y
dijo: «¡Mientes delante del rey, maldito! ¡Te llamas Rachideddín, y tu
profesión consiste en mandar raptar traidoramente á las mujeres de los
musulmanes para encerrarlas en tu casa; en apariencia profesas la fe del
Islam, pero en el fondo del corazón eres un miserable cristiano
corrompido por los vicios! ¡Confiesa la verdad, ó tu cabeza saltará
ahora mismo á tus pies!» Y el miserable, aterrado, creyó salvar la
cabeza confesando sus crímenes y actos vergonzosos. Entonces, Zumurrud
dijo á los guardias: «¡Echadle al suelo y dadle mil palos en cada planta
de los pies!» Y así se hizo inmediatamente. Entonces dijo Zumurrud:
«¡Ahora lleváosle, desolladle, rellenadle con hierba podrida y clavadle
con los otros dos á la entrada del pabellón! ¡Y sufra su cadáver la
misma suerte que los de los otros dos perros!» Y en el acto se ejecutó
todo.
Después, todo el mundo reanudó la comida, haciéndose lenguas de la
sabiduría y ciencia adivinatoria del rey y ponderando su justicia y
equidad.
Terminado el festín, el pueblo se fué y la reina Zumurrud volvió á
palacio. Pero no era feliz en su intimidad, y decía para sí: «¡Gracias á
Alah, que me ha apaciguado el corazón ayudándome á vengarme de quienes
me hicieron daño! ¡Pero todo ello no me devuelve á mi amado Alischar!
¡Sin embargo, el Altísimo es al mismo tiempo el Todopoderoso, y puede
hacer cuanto quiera en beneficio de quienes le adoran y lo reconocen
como único Dios!» Y conmovida al recordar á su amado, derramó abundantes
lágrimas toda la noche, y después se encerró sola con su dolor hasta
principios del mes siguiente.
Entonces el pueblo se reunió otra vez para el banquete acostumbrado, y
el rey y los dignatarios tomaron asiento, como solían, bajo la cúpula. Y
había empezado ya el banquete, y Zumurrud había perdido la esperanza de
volver á ver á su amado, y rezaba interiormente esta oración: «¡Oh tú
que devolviste á Iussuf á su anciano padre Jacob, que curaste las llagas
incurables del santo Ayub, abrígame en tu bondad, que vuelva á ver
también á mi amado Alischar! ¡Eres el Omnipotente, ¡oh señor del
universo! ¡Tú que llevas al buen camino á quienes se descarrían, tú que
escuchas todas las voces, y atiendes á todos los votos, y haces que el
día suceda á la noche, devuélveme á tu esclavo Alischar!»
Apenas formuló Zumurrud interiormente aquella invocación, entró un joven
por la puerta del meidán, y su cintura flexible se plegaba como se
balancea la rama del sauce á impulso de la brisa. Era hermoso cual la
luz es hermosa, pero parecía delicado y algo fatigado y pálido. Buscó
por doquiera un sitio para sentarse y no encontró libre mas que el
cercano á la fuente del consabido arroz con leche. Y allí se sentó, y le
seguían las miradas espantadas de quienes le creían perdido, y ya lo
veían desollado y ahorcado.
Y á la primera mirada conoció Zumurrud á Alischar. Y el corazón le
empezó á palpitar apresuradamente y le faltó poco para exhalar un grito
de júbilo. Pero logró vencer aquel movimiento irreflexivo para no
traicionarse á sí misma delante del pueblo. Sin embargo, era presa de
intensa emoción, y las entrañas se le agitaban y el corazón le latía
cada vez con más fuerza. Y quiso tranquilizarse por completo antes de
llamar á Alischar.
* * * * *
He aquí lo ocurrido á éste. Cuando se despertó...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 328.ª NOCHE
Ella dijo:
...Cuando se despertó ya era de día, y los mercaderes empezaban á abrir
el zoco. Asombrado Alischar al verse tendido en aquella calle, se llevó
la mano á la frente, y vió que había desaparecido el turbante, lo mismo
que el albornoz. Entonces empezó á comprender la realidad, y corrió muy
alborotado á contar su desventura á la buena vieja, á quien rogó que
fuera á averiguar noticias. Ella consintió de grado, y salió para volver
al cabo de una hora con la cara y la cabellera trastornada, á enterarle
de la desaparición de Zumurrud y decirle: «Creo, hijo mío, que ya puedes
renunciar á volver á ver á tu amada. ¡En las calamidades, no hay fuerza
ni recurso mas que en Alah Omnipotente! ¡Todo lo que te ocurre es por
culpa tuya!»
Al oir esto, Alischar vió que la luz se convertía en tinieblas á sus
ojos, y desesperó de la vida, y deseó morir, y se echó á llorar y
sollozar en brazos de la buena vieja, hasta que se desmayó. Después, á
fuerza de cuidados, recobró el sentido; pero fué para meterse en la
cama, presa de una grave enfermedad que le hizo padecer insomnios, y
sin duda le habría llevado directamente á la tumba, si la buena anciana
no le hubiera querido, cuidado y alentado. Muy enfermo estuvo un año
entero, sin que la vieja le dejara un momento; le daba las medicinas, y
le cocía el alimento, y le hacía respirar los perfumes vivificadores. Y
en un estado de debilidad extrema, se dejaba cuidar, y recitaba versos
muy tristes sobre la separación, como éstos entre otros mil:
_¡Acumúlanse las zozobras, se aparta el amor, corren las lágrimas y
el corazón arde!_
_¡El peso del dolor cae sobre una espalda que no puede soportarlo,
sobre un corazón extenuado por el deseo de amar, por la pasión sin
rumbo y por las continuadas vigilias!_
_¡Señor! ¿queda algún medio de ayudarme? ¡Apresúrate á socorrerme,
antes de que el último aliento de vida se exhale de un cuerpo
agotado!_
En tal estado permaneció Alischar sin esperanza de restablecerse, lo
mismo que sin esperanza de volver á ver á Zumurrud, y la buena vieja no
sabía cómo sacarle de aquel letargo, hasta que un día le dijo: «¡Hijo
mío, el modo de volver á encontrar á tu amiga no es seguir lamentándote
sin salir de casa! Si quieres hacerme caso, levántate y repón tus
fuerzas, y sal á buscarla por las ciudades y comarcas. ¡Nadie sabe por
qué camino puede venir la salvación!» Y no dejó de alentarle de tal
manera ni de darle esperanza, hasta que le obligó á levantarse y á
entrar en el hammam, en el cual ella misma le bañó, y le hizo tomar
sorbetes y comerse un pollo. Y le estuvo cuidando de la misma manera un
mes, hasta que le dejó en situación de poder viajar. Entonces Alischar
se despidió de la anciana, después de haber terminado sus preparativos
de marcha, y se puso en camino para buscar á Zumurrud. Y así fué como
acabó por llegar á la ciudad en donde Zumurrud era rey, y por entrar en
el pabellón del festín, y sentarse delante de la fuente de arroz con
leche salpicado de azúcar y canela.
Como tenía mucha hambre, se levantó las mangas hasta los codos, dijo la
fórmula «Bismilah», y se dispuso á comer. Entonces, sus vecinos,
compadecidos al ver el peligro á que se exponía, le advirtieron que
seguramente le ocurriría alguna desgracia si tenía la mala suerte de
tocar aquel manjar. Y como se empeñaba en ello, el comedor de haschich
le dijo: «¡Mira que te desollarán y ahorcarán!» Y Alischar contestó:
«¡Bendita sea la muerte que me libre de una vida llena de infortunios!
¡Pero antes probaré este arroz con leche!» Y alargó la mano y empezó á
comer con gran apetito.
Eso fué todo. Y Zumurrud, que lo observaba muy conmovida, dijo para sí:
«¡Quiero empezar por dejarlo saciar el hambre antes de llamarle!» Y
cuando vió que había acabado de comer y que había pronunciado la fórmula
«¡Gracias á Alah!», dijo á los guardias: «Id á buscar afablemente á ese
joven que está sentado delante de la fuente de arroz con leche, y
rogadle con muy buenos modales que venga á hablar conmigo, diciéndole:
«¡El rey te llama para hacerte una pregunta y una respuesta nada más!» Y
los guardias fueron y se inclinaron ante Alischar, y le dijeron:
«¡Señor, nuestro rey te llama para hacerte una pregunta y una respuesta
nada más!» Alischar contestó: «¡Escucho y obedezco!» Y se levantó y les
acompañó junto al rey.
En tanto, la gente del pueblo hacía entre sí mil conjeturas. Unos
decían: «¡Qué desgracia para su juventud! ¡Dios sabe lo que le
ocurrirá!» Pero otros contestaban: «Si fueran á hacerle algo malo, el
rey no le habría dejado comer hasta hartarse. ¡Le hubiera mandado
prender al segundo bocado!» Y otros decían: «¡Los guardias no le
llevaron arrastrándole por los pies ni por la ropa! ¡Le acompañaron
siguiéndole respetuosamente á distancia!»
Entretanto, Alischar se presentaba delante del rey. Allí se inclinó y
besó la tierra entre las manos del rey, que le preguntó con voz
temblorosa y muy dulce: «¿Cómo te llamas, ¡oh hermoso joven!? ¿Cuál es
tu oficio? ¿Y qué motivo te ha obligado á dejar tu país por estas
comarcas lejanas?» Él contestó: «¡Oh rey afortunado! me llamo Alischar,
hijo de Gloria, y soy vástago de un mercader en el país de Khorasán. Mi
profesión era la de mi padre; pero hace tiempo que las calamidades me
hicieron renunciar á ella. En cuanto al motivo de mi venida á este
país...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 329.ª NOCHE
Ella dijo:
»...En cuanto al motivo de mi venida á este país, ha sido la busca de
una persona amada á quien he perdido, y á quien quería más que á mi
vista, á mis oídos y á mi alma! ¡Y desde que me la quitaron, vivo como
un sonámbulo! ¡Y tal es mi lamentable historia!» Y Alischar, al terminar
estas palabras, prorrumpió en llanto, y se puso tan malo, que se
desmayó.
Entonces, Zumurrud, en el límite del enternecimiento, mandó á sus dos
eunucos que le rociaran la cara con agua de rosas. Y los dos esclavos
ejecutaron en seguida la orden, y Alischar volvió en sí al oler el agua
de rosas. Entonces Zumurrud dijo: «¡Ahora que me traigan la mesa de
arena y la pluma de cobre!» Y cogió la mesa y la pluma, y después de
haber trazado renglones y caracteres, reflexionó durante una hora, y
dijo con dulzura, pero de modo que todo el pueblo lo oyera: «¡Oh
Alischar, hijo de Gloria! la arena adivinatoria confirma tus palabras.
Dices la verdad. Por eso puedo predecirte que Alah te hará encontrar
pronto á tu amada! ¡Apacígüese tu alma y refrésquese tu corazón!»
Después levantó la sesión y mandó á los esclavos que condujeran á
Alischar al hammam, y después del baño le pusieran un traje del armario
regio, y montándole en un caballo de las caballerizas reales, se lo
volvieran á presentar al anochecer. Y los dos eunucos contestaron oyendo
y obedeciendo, y se apresuraron á ejecutar las órdenes del rey.
En cuanto á la gente del pueblo, que había presenciado toda aquella
escena y oído las órdenes dadas, se preguntaban unos á otros: «¿Qué
oculta causa habrá movido al rey á tratar á ese hermoso joven con tanta
consideración y dulzura?» Y otros contestaban: «¡Por Alah! El motivo
está bien claro: ¡el muchacho es muy hermoso!» Y otros dijeron: «Hemos
previsto lo que iba á pasar sólo con ver al rey dejarle saciar el hambre
en aquella fuente de arroz con leche, ¡Ualah! ¡Nunca habíamos oído decir
que el arroz con leche pudiera producir semejantes prodigios!» Y se
marcharon, diciendo cada cual lo que le parecía ó insinuando una frase
picaresca.
Volviendo á Zumurrud, aguardó con una impaciencia indecible que llegase
la noche para poder al fin aislarse con el amado de su corazón. De modo
que apenas desapareció el sol y los almuédanos llamaron á los creyentes
á la oración, Zumurrud se desnudó y se tendió en la cama, sin más ropa
que su camisa de seda. Y bajó las cortinas para quedar á obscuras, y
mandó á los dos eunucos que hicieran entrar á Alischar, el cual
aguardaba en el vestíbulo.
Por lo que respecta á los chambelanes y dignatarios de palacio, ya no
dudaron de las intenciones del rey al verle tratar de aquel modo
desacostumbrado al hermoso Alischar. Y se dijeron: «Bien claro está que
el rey se prendó de ese joven. ¡Y seguramente, después de pasar la noche
con él, mañana le nombrará chambelán ó general de ejército!» Eso en
cuanto á ellos.
He aquí, por lo que se refiere á Alischar. Cuando estuvo en presencia
del rey, besó la tierra entre sus manos, ofreciéndole sus homenajes y
sus votos, y aguardó que le interrogaran. Entonces Zumurrud dijo para
sí: «No puedo revelarle de pronto quién soy, pues si me conociera de
improviso, se moriría de emoción». Por consiguiente, se volvió hacia él,
y le dijo: «¡Oh gentil joven! ¡Ven más cerca de mí! Dime: ¿has estado en
el hammam?» Él contestó: ¡Sí, oh señor mío!» Ella preguntó: «¿Te has
lavado, y refrescado, y perfumado por todas partes?» Él contestó: «¡Sí,
oh señor mío!» Ella preguntó: «¡Seguramente el baño te habrá excitado el
apetito, ¡oh Alischar! Al alcance de tu mano, en ese taburete, hay una
bandeja llena de pollos y pasteles. ¡Empieza por aplacar el hambre!»
Entonces Alischar respondió oyendo y obedeciendo, y comió lo que le
hacía falta, y se puso contento. Y Zumurrud le dijo: «¡Ahora debes de
tener sed! Ahí en otro segundo taburete, está la bandeja de las
bebidas. Bebe cuanto desees y luego acércate más á mí». Y Alischar se
bebió una taza de cada frasco, y muy tímidamente se acercó á la cama del
rey.
Entonces el rey le cogió de la mano, y le dijo: ¡Me gustas mucho, ¡oh
joven! ¡Tienes la cara muy linda, y á mí me gustan las caras hermosas!
Agáchate y empieza por darme masaje en los pies.»
Al cabo de un rato, el rey le dijo: «¡Ahora dame masaje en las piernas y
en los muslos!» Y Alischar, hijo de Gloria, empezó á dar masaje en las
piernas y en los muslos del rey. Y se asombró y maravilló á la vez de
encontrarlas suaves y flexibles, y blancas hasta el extremo. Y decía
para sí: «¡Ualah! ¡Los muslos de los reyes son muy blancos! ¡Y además no
tienen pelos!»
En este momento, Zumurrud le dijo: «¡Oh lindo joven de manos tan
expertas para el masaje, prolonga los movimientos hasta el ombligo,
pasando por el centro!» Pero Alischar se paró de pronto en su masaje, y
muy intimidado, dijo: «Dispénsame, señor, pero no sé hacer el masaje del
cuerpo mas que hasta los muslos. Ya he hecho cuanto sabía...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 330.ª NOCHE
Ella dijo:
»...mas que hasta los muslos. Ya he hecho cuanto sabía.»
Al oir estas palabras, Zumurrud exclamó con acento muy duro: «¡Cómo! ¿Te
atreves á desobedecerme? ¡Por Alah! ¡Como vaciles otra vez, la noche
será bien nefasta para tu cabeza! ¡Apresúrate, pues, á inclinarte y á
satisfacer mi deseo! ¡Y yo, en cambio, te convertiré en mi amante
titular, y te nombraré emir entre los emires, y jefe de ejército entre
mis jefes de ejército!» Alischar preguntó: «No comprendo exactamente lo
que quieres, ¡oh rey! ¿Qué he de hacer para obedecerte?» Ella contestó:
¡Desátate el calzón y tiéndete boca abajo!» Alischar exclamó: «¡Se trata
de una cosa que no he hecho en mi vida, y si me quieres obligar á
cometerla, te pediré cuenta de ello el día de la Resurrección! ¡Por lo
tanto, déjame salir de aquí y marcharme á mi tierra!» Pero Zumurrud
replicó con tono más furioso: «¡Te ordeno que te quites el calzón y te
tiendas boca abajo, si no, inmediatamente mandaré que te corten la
cabeza! ¡Ven en seguida, ¡oh joven! y acuéstate conmigo! ¡No te
arrepentirás de ello!»
Entonces, desesperado Alischar, no tuvo más remedio que obedecer. Y se
desató el calzón y se echó boca abajo. En seguida Zumurrud le cogió
entre sus brazos, y subiéndose encima de él, se tendió á la larga sobre
la espalda de Alischar.
Cuando Alischar sintió que el rey le pesaba con aquella impetuosidad
sobre su espalda, dijo para sí: «¡Va á estropearme sin remedio!» Pero
pronto notó encima de él ligeramente algo suave que le acariciaba como
seda ó terciopelo, algo á la vez tierno y redondo, blando y firme al
tacto á la vez, y dijo para sí: «¡Ualah! Este rey tiene una piel
preferible á la de todas las mujeres». Y aguardó el momento temible.
Pero al cabo de una hora de estar en aquella postura sin sentir nada
espantoso ni perforador, vió que el rey se separaba de pronto de él, y
se echaba de espaldas á su lado. Y pensó: «¡Bendito y glorificado sea
Alah, que no ha permitido que el zib se enarbolase! ¡Qué habría sido de
mí en otro caso!» Y empezaba á respirar más á gusto, cuando el rey le
dijo: «¡Sabe, ¡oh Alischar! que mi zib no acostumbra á encabritarse como
no lo acaricien con los dedos! ¡Por lo tanto, tienes que acariciarlo, ó
eres hombre muerto! ¡Vamos, venga la mano!» Y tendida de espaldas,
Zumurrud le cogió la mano á Alischar, hijo de Gloria, y se la colocó
suavemente sobre la redondez de su historia. Y Alischar, al tocar
aquello, notó una exuberancia alta como un trono, y gruesa como un
pichón, y más caliente que la garganta de un palomo, y más abrasadora
que un corazón quemado por la pasión; y aquella exuberancia era lisa y
blanca, y suave y amplia. Y de pronto sintió que al contacto de sus
dedos se encabritaba aquello como un mulo pinchado en los hocicos, ó
como un asno aguijado en mitad del lomo.
Al comprobarlo, Alischar dijo para sí, en el límite del asombro: «¡Este
rey tiene hendidura! ¡Es la cosa más prodigiosa de todos los prodigios!»
Y alentado por este hallazgo, que le quitaba los últimos escrúpulos,
empezó á notar que el zib se le sublevaba hasta el extremo límite de la
erección.
¡Y Zumurrud no aguardaba mas que aquel momento! Y de pronto se echó á
reir de tal modo, que se habría caído de espaldas si no estuviera ya
echada. Después le dijo á Alischar: «¿Cómo es que no conoces á tu
servidora, ¡oh mi dueño amado!?» Pero Alischar todavía no lo entendía, y
preguntó: «¿Qué servidora ni qué dueño, ¡oh rey del tiempo!?» Ella
contestó: «¡Oh Alischar, soy Zumurrud tu esclava! ¿No me conoces en
todas estas señas?»
Al oir tales palabras, Alischar miró más atentamente al rey, y conoció á
su amada Zumurrud. Y la cogió en brazos y la besó con los mayores
transportes de alegría. Y Zumurrud le preguntó: «¿Opondrás todavía
resistencia?» Y Alischar, por toda respuesta, se echó encima de ella
como el león sobre la oveja, y reconociendo el camino, metió el palo del
pastor en el saco de provisiones, y echó adelante sin importarle lo
estrecho del sendero. Y llegado al término del camino, permaneció largo
tiempo tieso y rígido, como portero de aquella puerta é imán de aquel
mihrab. Y ella, por su parte, no se separaba ni un dedo de él, y con él
se alzaba, y se arrodillaba, y rodaba, y se erguía, y jadeaba, siguiendo
el movimiento. Y al amor respondía el amor, y á un arrebato un segundo
arrebato, y diversas caricias y distintos juegos. Y se contestaban con
tales suspiros y gritos, que los dos pequeños eunucos, atraídos por el
ruido, levantaron el tapiz para ver si el rey necesitaba sus servicios.
Y ante sus ojos espantados apareció el espectáculo de su rey tendido de
espaldas, con el joven cubriéndole íntimamente, en diversas posturas
agitadas, contestando á ronquidos con ronquidos, á los asaltos con
lanzazos, á las incrustaciones con golpes de cincel, y á los movimientos
con sacudidas.
Al ver aquello, los dos eunucos...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
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PERO CUANDO LLEGÓ
LA 331.ª NOCHE
Ella dijo:
...Al ver aquello, los dos eunucos se apresuraron á alejarse
silenciosamente, diciendo: «¡La verdad es que esta manera de obrar del
rey no es propia de un hombre, sino de una mujer delirante!» Pero se
guardaron muy bien de propalar el secreto.
Por la mañana, Zumurrud se puso su traje regio, y mandó reunir en el
patio principal de palacio á sus visires, chambelanes, consejeros,
emires, jefes de ejército y personajes notables de la ciudad, y les
dijo: «Os permito á vosotros todos, mis súbditos fieles, que vayáis hoy
mismo á la carretera en que me habéis encontrado y busquéis á alguien á
quien nombrar rey en mi lugar. ¡Pues he resuelto abdicar la realeza é
irme á vivir al país de este joven, al cual he elegido por amigo para
toda la vida, pues quiero consagrarle todas mis horas, como le he
consagrado mi afecto! ¡Uasalam!»
Á estas palabras, los circunstantes contestaron oyendo y obedeciendo, y
los esclavos se apresuraron, rivalizando en celo, á hacer los
preparativos de marcha, y llenaron para el camino cajones y cajones de
provisiones, de riquezas, de alhajas, de ropas, de cosas suntuosas, de
oro y de plata, y las cargaron en mulos y camellos. Y en cuanto estuvo
todo dispuesto, Zumurrud y Alischar subieron á un palanquín de
terciopelo y brocado colocado en un dromedario, y sin más séquito que
los dos eunucos volvieron al Khorasán, la ciudad en que se encontraban
su casa y sus parientes. Y llegaron con toda felicidad. Y Alischar, hijo
de Gloria, no dejó de repartir grandes limosnas á los pobres, las
viudas y los huérfanos, ni de entregar regalos extraordinarios á sus
amigos, conocidos y vecinos. Y ambos vivieron muchos años, con muchos
hijos que les otorgó el Donador. ¡Y llegaron al límite de las alegrías y
felicidades, hasta que los visitó la Destructora de placeres y la
Separadora de los amantes! ¡Gloria á Aquel que permanece en su
eternidad! ¡Y bendito sea Alah en todas ocasiones!
Pero--prosiguió Schahrazada dirigiéndose al rey Schahriar--no creas
ni un momento que esta historia sea más deliciosa que la HISTORIA
DE LAS SEIS JÓVENES DE DISTINTOS COLORES. ¡Y si sus versos no son
mucho más admirables que los que ya has oído, mándame cortar la
cabeza sin demora!
* * * * *
Y dijo Schahrazada
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INDICE
_Páginas_
_Dedicatoria_ VII
HISTORIA DE LA DOCTA SIMPATÍA (CONTINUACIÓN) 9-32
AVENTURAS DEL POETA ABU-NOWAS 33-44
HISTORIA DE SINDBAD EL MARINO 45-178
que contiene:
LA PRIMERA HISTORIA DE LAS HISTORIAS DE SINDBAD
EL MARINO, QUE TRATA DEL PRIMER VIAJE 53-71
LA SEGUNDA HISTORIA DE LAS HISTORIAS DE SINDBAD
EL MARINO, QUE TRATA DEL SEGUNDO VIAJE 72-88
LA TERCERA HISTORIA DE LAS HISTORIAS DE SINDBAD
EL MARINO, QUE TRATA DEL TERCER VIAJE 88-107
LA CUARTA HISTORIA DE LAS HISTORIAS DE SINDBAD
EL MARINO, QUE TRATA DEL CUARTO VIAJE 107-126
LA QUINTA HISTORIA DE LAS HISTORIAS DE SINDBAD
EL MARINO, QUE TRATA DEL QUINTO VIAJE 127-139
LA SEXTA HISTORIA DE LAS HISTORIAS DE SINDBAD EL
MARINO, QUE TRATA DEL SEXTO VIAJE 140-155
LA SÉPTIMA HISTORIA DE LAS HISTORIAS DE SINDBAD
EL MARINO, QUE TRATA DEL SÉPTIMO Y ÚLTIMO
VIAJE 155-175
HISTORIA DE LA BELLA ZUMURRUD Y DE ALISCHAR
HIJO DE GLORIA 179-246
NOTAS:
[1] Sindbad, vocablo consagrado por el uso en Francia, en lugar de
_Sindabad_, pronunciación árabe.
[2] El traductor introduce en este volumen y en los siguientes alguna
modificación, justificada por ciertas divergencias entre los textos
árabes, respecto al orden con que propúsose en un principio que se
sucedieran los cuentos. Por tanto, se ha puesto aquí la _Historia
de Sindbad_, aunque primitivamente no debía aparecer hasta más
adelante.--_J. C. M._
[3] Zumurrud significa Esmeralda.
*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL LIBRO DE LAS MIL NOCHES Y UNA NOCHE; T. 8 ***
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