The Project Gutenberg EBook of La Nia de Luzmela, by Concha Espina

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Title: La Nia de Luzmela

Author: Concha Espina

Release Date: March 22, 2004 [EBook #11657]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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     LA NIA DE LUZMELA



        CONCHA ESPINA

     LA NIA DE LUZMELA


            1922





PRIMERA PARTE



I


Habase convertido don Manuel en un soador quejoso. Haca tiempo que
parecan extinguidas en l aquellas rfagas de alegra loca que, de
tarde en tarde, solan sacudirle, agitando toda la casa.

En tales ocasiones, pareca don Manuel un delirante. Todo su cuerpo se
conmova con el huracn de aquel extrao gozo que le haca cantar,
correr, tocar el piano y reirse a carcajadas. Mirbanle entonces,
compadecidos, los criados, y la vieja Rita, hacindose cruces en un
rincn, desgranaba su rosario a toda prisa, murmurando:

--Son _los malos_..., _los malos_...; siempre estuvo el mi pobre
posedo....

Carmencita segua los pasos acelerados de su padrino, plida y
silenciosa, prestando un dulce asentimiento a aquella alegra
disparatada y sonriendo con mucha tristeza.

En algunas de estas extraas crisis don Manuel tomaba entre sus manos
ardientes la cabeza gentil de la nia y, mirando en xtasis sus ojos
garzos y profundos, le haba dicho con fervor:

--Llmame padre..., oyes?... llmame padre.

La nia, trmula, deca que s.

Y pasado el frenes de aquellas horas, cuando el caballero, deprimido y
amustiado, se hunda en su silln patriarcal a la vera de la ventana,
llamaba a Carmencita, y acaricindole lentamente los cabellos, le deca
a escucho:

--Llmame padrino, como siempre, sabes?

Tambin la nia responda que s.

       *       *       *       *       *

Aquel da don Manuel senta en el pecho un dolor agudo y persistente, un
zumbido penoso en la cabeza.... Ira a morirse ya?

El hidalgo de Luzmela aseguraba que no tena miedo a la muerte, que
habiendo meditado en ella durante muchas horas sombras de sus jornadas,
no haba salido de sus fnebres cavilaciones con horror, sino con la
mansa resignacin que deben inspirar las tragedias inevitables.

Sin embargo, don Manuel estaba muy triste en aquella tarde oscura de
septiembre.

Miraba a Carmen jugar en el amplio saln, con aquel apacible sosiego que
era encanto peregrino de la criatura. Todos sus movimientos, todos sus
ademanes, eran tan serenos, tan suaves y reposados, que placa en
extremo contemplarla y figurarse que aquellas innatas maneras seoriles
respondan a un alto destino, tal vez a un elevado origen.

Poda fantasearse mucho sobre este particular, porque Carmencita era un
misterio.

En uno de sus viajes frecuentes y desconocidos, trajo don Manuel aquella
nia de la mano. Tena entonces tres aos y vena vestida de luto.

El caballero se la entreg a su antigua sirviente, Rita, convertida ya
en ama de llaves y administradora de Luzmela, y le dijo:

--Es una hurfana que yo he adoptado, y quiero que se la trate como si
fuera mi hija.

La buena Rita mir a don Manuel con asombro, y viendo tan cerrado su
semblante y tan resuelta su actitud, tom a la pequea en sus brazos con
blandura, y comenz a cuidarla con sumisin y esmero.

La nia no se mostr ingrata a esta solicitud, y desde el da de su
llegada se hizo un puesto de amor en el palacio de Luzmela.

--Cmo te llamas?--le haba preguntado Rita con mucha curiosidad.

Y ella balbuci con su vocecilla de plata:

--Carmen....

--Y tu mam?...

--Mam....

--Y tu pap?...

--Padrino....

--De dnde vienes?

--De all--y seal con un dedito torneado, del lado del jardn.

--Claro, como las flores!--dijo Rita encantada de la docilidad graciosa
de la nia.

Rita deletreaba las facciones de la pequea con avidez, como quien busca
la solucin de un enigma.

Mirndola detenidamente, mova la cabeza.

--En nada, en nada se parece.... El seor es moreno y flaco, tiene
narizona y le hacen cuenca los ojos; esta chiquilla es blanca como los
ncares, tiene placenteros los ojos castaos y lozano el personal...; en
nada se le parece.

Y la buena mujer se qued sumida en sus perplejidades y enamorada de la
nia.

Con una facilidad asombrosa acomodse Carmencita a la vida sedante y
fra de Luzmela. Su naturaleza robusta y bien equilibrada no sufri
alteracin ninguna en aquel ambiente de letal quietud que se respiraba
en el palacio; ella lo observaba todo con sus garzos ojos profundos, y
se identificaba suavemente con aquella paz y aquellas tristezas de la
vieja casa seorial.

El encanto de su persona puso en el palacio una nota de belleza y de
dulzura, sin agitar el manso oleaje de aquella existencia tranquila y
silenciosa, en medio de la cual Carmencita se senta amada, con esa
aguda intuicin que nunca engaa a los nios.

Pareca ella nacida para andar, con su pasito sosegado y firme, por
aquellos vastos salones, para jugar apaciblemente detrs del recio
balconaje apoyado en el escudo y para abismarse en el jardn
penumbroso, entre arbustos centenarios y divinas flores plidas de
sombra.

Jams la voz argentina de la pequea se rompa en un llanto descompuesto
o en un acedo grito; jams sus magnficos ojos de gacela se empaecan
con iracundas nubes, ni su cuerpo gallardo se estremeca con el espasmo
de una mala rabieta. Su carcter sumiso y reposado y la nobleza de sus
inclinaciones tenan embelesados a cuantos la trataban, y la buena Rita,
convertida en guardiana de la criatura, no poda mencionarla sin decir
con ntima devocin:

--Es una santa, una santa.... Slo una vez se recordaba que Carmencita
hubiese alzado en el silencio de la casa su voz armoniosa deshecha en
sollozos.

Fu un da en que doa Rebeca, la nica hermana de don Manuel, residente
en un pueblo prximo, lleg a Luzmela de visita.

Atravesaba la nia por el corral con su bella actitud tranquila cuando
la dama se ape de un coche en la portalada.

Era doa Rebeca menuda y nerviosa, de voz estridente y semblante
anguloso; fuese hacia Carmencita a pasitos cortos y saltarines, la tom
por ambas manos, y de tal manera la mir, y con tales demasas le apret
en las muecas finas y redondas, que la pobrecilla rompi en amargo
llanto, toda llena de miedo.

Se revolvi la servidumbre asombrada, y el mismo don Manuel corri
inquieto hacia la nia, a quien doa Rebeca cubra ya de besos chillones
y babosos, diciendo a guisa de explicacin:

--Como no me conoce, se asusta un poco.

Carmencita tendi ansiosa los brazos a su padrino, y poco despus se
refugiaba en los de Rita hasta que doa Rebeca se hubo despedido.





II


El caballero de Luzmela miraba a la chiquilla, aquella tarde, con una
extraa expresin de vaguedad, como si al travs de ella viese otras
imgenes lejanas y tentadoras.

Acaso delante de aquellas pupilas extasiadas e inmviles, la ilusin
rehaca una historia de amor toda hechizo y misterio; tal vez, por el
contrario, era una tragedia dolorosa. Quin sabe?... Don Manuel haba
rodado tanto por el mundo, y haba sido tan galn y aventurero!

De pronto se le apag al soador su visin misteriosa encendida en el
muro blanco del saln, sobre la cabeza rizosa de la nia.

Exhal un suspiro amargo, y baj los ojos para mirar sus manos
exanges, extendidas sobre las rodillas. Era cierto que estaba muy
enfermo; ira a morirse ya?...

Carmencita, en este momento meca a su mueca regaladamente, sentada en
un taburete en el hueco profundo de una ventana.

Llamaron a la puerta del saln, y al mismo tiempo anunciaron:

--El seorito Salvador.

--Que pase--dijo don Manuel, y la nia, levantndose, corri a recibir
la visita con sonrisa plcida.

Entr un joven mediano. Era mediano en todo lo aparente: en belleza, en
elegancia, en estatura; mediano era tambin en ingenio; slo en lealtad
y en nobleza era grande aquel mozo.

Tendra acaso veinticinco aos, y encontramos muy natural que el
caballero de Luzmela le dijese:

--Hola, mdico!

No poda ser otra cosa sino mdico este hombre que se presentaba de
visita calzando espuelas y botas de montar y llevando en la mano unos
guantes viejos.

Don Manuel se haba enderezado en el silln de nogal y la nia enlazaba
su bracito al del mozo recin llegado.

--No sabes lo oportunamente que llegas, hijo--exclam el enfermo.

--Qu, se siente usted peor, acaso?

--Me siento mal siempre, muy mal; la hipocondra me consume, y tengo la
preocupacin constante de que voy a vivir ya contados das.

--Precisamente esa es la nica enfermedad de usted: la monomana de la
muerte. Es una de las formas ms penosas de la psicosis.

--S, s, scame a colacin nombres modernos para despistarme. Lo que yo
tengo es algn eje roto aqu--y seal su corazn--, y creo que aqu
tambin--aadi tocando su cabeza, prematuramente blanca.

Salvador se ech a reir con una impetuosa carcajada jovial, que rod por
la sala con escndalo. La nia, muy seria y cuidadosa, escuchaba
atentamente.

Observndola don Manuel, le dijo:

--Vete, querida ma, a jugar abajo, quieres?

Ella, un poco premiosa para obedecer, objet:

--Pero de verdad tienes rota una cosa en el pecho y otra en la frente?

--No, preciosa, no te apures; son bromas que yo le digo a tu hermano.

Salvador la atrajo a sus rodillas y la acarici tiernamente.

--Son bromas del padrino, Carmen; anda, corre a jugar.

Se fu con su paso majestuoso y su aire noble de madona.

Desde el umbral de la puerta se volvi a sonreirles, segura de que ellos
estaban mirndola, en espera de aquella gracia suya.

Rein en el saln un breve silencio, y, con otro suspiro doliente,
murmur don Manuel:

--Por ella, por ella lo siento, sobre todo.

--Por Dios, deseche usted esa idea....

Pero l, obediente a su pensamiento, concluy:

--Y por ti tambin, Salvador.

El mozo trag la saliva con alguna dificultad, y balbuci unas,
entrecortadas frases de consuelo; estaba emocionado y torpe.

Le mir el enfermo con cario, y tomndole las manos cordialmente, le
dijo:

--Vamos, hay que ser hombres de veras; yo he andado, hijo mo,
temerosos caminos sin temblar, y es preciso que no me acobarde en el
anhelo de este ltimo que voy a emprender. T debes ayudarme, y en ti
confo; te necesito, Salvador; ests pronto, hijo, a valerme?

--Yo, seor?... Yo siempre estoy pronto a lo que usted mande. Acaso mi
vida no le pertenece a usted?

--Oh, muchacho, qu cosas dices! Tu vida le pertenece a la humanidad, a
la ciencia; le pertenece a la juventud, a la dicha.... T vienes ahora,
Salvador, yo me voy; me voy temprano.... he vivido tan de prisa! He
amado mucho, he sufrido mucho, y tambin he gozado, que no es esta hora
de mentir, ni siquiera de disimular.... Y mira, no creas que yo he sido
tan malo como dicen.... Anduve por el mundo locamente y pequ y ca
veces innumerables; pero otras veces, tambin muchas!, levant a los
cados en mis brazos, prodigu a los tristes mi corazn y mi fortuna...,
fu piadoso y noble....

Callaba Salvador entristecido y confuso. Don Manuel miraba vagamente una
nubecilla blanca que se deshaca en jirones leves, sobre el fondo gris
de un cielo hurao.

Volvise hacia el joven, y le dijo de pronto:--Sabes que ayer estuvo
aqu el notario de Villazn?

El muchacho interrog perplejo:

--Estuvo?

--S; yo le haba mandado decir que deseaba verle. Hablamos un largo
rato y convinimos en que maana volvera para recibir mis ltimas
disposiciones.

Salvador se agit en su silla protestando:

--Pero, Dios mo, acabar usted por matarse con esa ansiedad.

--Al contrario; estos preparativos me tranquilizan; hallar reposo y
bienestar en arreglar todas mis cuentas, y para que, despus de realizar
estos propsitos, tenga descanso mi corazn, es preciso que t me hagas
una solemne promesa.

--Por hecha la puede usted contar.

--T quieres mucho a Carmen, no es cierto?

--Cierto es que la quiero mucho.

Se enderez el de Luzmela conmovido y le blanque intensamente la faz
cetrina.

--Oye bien, Salvador...: voy a dejar sola en el mundo a Carmen, y Carmen
es mi hija; tiene apenas trece aos la inocente, y quedar en la vida
sin sombra y sin nombre....

Se apag tremulante la voz del solariego; Salvador, inmutado por la
gravedad de aquella revelacin que tal vez esperaba, se atrevi a decir,
despus de meditar:

--Si usted la reconoce....

Otra vez se alz, como en sollozo contenido, la voz temblorosa.

--Pero estoy fatalmente condenado a no poder hacerlo.... Esta nica flor
de mi existencia es el fruto de mi mayor pecado...: no hablemos de l,
que es irremediable; hablemos de ella, de la pobre flor sin sombra.

--No estoy aqu yo? De nada podr servirle cuando tanto la quiero?

--S; s que la servirs de mucho: esa es mi esperanza....

--Pues ordene usted, seor.

--Si t fueras tambin mi hijo, yo te la confiara descansadamente.

Estaba Salvador anhelante, mirando al enfermo, que continu con su voz
grave y triste:

--Pero no lo eres, no; yo te lo juro.... Por ah se ha dicho que s...;
se dicen tantas cosas! Yo he odo el rumor de esta calumnia rondando
en torno mo, y la he dejado crecer a intento, porque si esta mentira
pona una mancha ms en mi reputacin, pona en cambio un poco de
prestigio en tu juventud abandonada. Si eras hijo del seor de Luzmela
tenas porvenir, y tenas un puesto en la vida...; pero no lo eres,
no....

Estaba Salvador trmulo; tena el semblante demudado y una expresin
desolada en los ojos. Vea quebrarse en pedazos su ms cara ilusin. Era
bueno; pero era hombre y haba sentido siempre atenuada la ignominia de
su madre, creyendo culpable de ella al noble seor del valle, don Manuel
de la Torre y Roldn. He aqu que don Manuel era inocente de la deshonra
que le hizo nacer, y que Salvador, herido en su orgullo, vea el nombre
de su madre hundirse en la infamia, como si hasta aquel momento hubiera
estado solamente empaado de un leve rubor.

--Entonces, mi padre... murmur temblando.

--Piensa slo en tu madre--respondi el caballero; los padres de ocasin
somos siempre unos cobardes..., unos viles; ellas, las madres s que
son valientes en casi todas las ocasiones! La tuya lo fu; por verla
yo, tan desgraciada y tan sufrida, cargar contigo denodadamente, dile
apoyo y la cobr afecto. No me recat para ampararla, ni ella tuvo
reparo en apoyarse en m, honradamente. Cuando la pobre se alzaba sobre
su dolor, confortada por mi amistad y purificada por tu inocencia, vino
la muerte y se la llev.... Que no te sonroje su recuerdo; gurdale con
respeto y con amor!

Salvador interrog otra vez con amargura.

--Pero, y mi padre..., mi padre?

--Qu te importa de l? Le debes gratitud por el ser que fortuitamente
te di, en la inconsciencia de su brutalidad?... Acaso podemos
considerarnos padres siempre que afrentamos a una mujer?

--Quisiera, sin embargo, saber su nombre.

Don Manuel guard silencio.

--Saber--aadi el mozo--su clase social.

El de Luzmela vi cmo se agitaba en este anhelo la vanidad del joven;
vacil un momento, y luego dijo con firmeza:

--Ya sabes que sta no es hora de mentir. Salvador: tu padre era un
campesino de origen humilde lo mismo que tu madre.

--Y, vive?

--Emigr, y ya no se supo ms de l.

--Era soltero?

--Lo era.

--Y jams consinti...?

--En reparar su delito?... Nunca!... No te digo que nada le debes?
Eres hombre, y hombre cabal. Deja que esa humillacin pase por debajo de
tu orgullo, y no le fundes en hechos de que no eres responsable.

Pero estaba profundamente abatido Salvador. En vano trataba de luchar
contra la pesadumbre de aquella sorpresa que casi destrua su
personalidad de un solo golpe inesperado.

Compadecido don Manuel, abland su voz para decirle efusivamente:

--Todava estoy aqu yo, hijo. En la negra hora de su agona le jur a
tu madre ampararte, y he tratado de cumplir mi juramento. Te eduqu y te
hice un hombre; dcil ha sido tu condicin para que yo haya podido
formar de ti un mozo tan noble y amable como para hijo le hubiera
deseado. Si por creerte mo has tenido tesn y firmeza para llegar a lo
que eres... tan ajeno a m te juzgas ya, que as te amilanas y
vacilas?... Aunque no te di el ser, no soy algo ms padre tuyo que
aquel que te le di?... Y si te acobardas ahora que yo te necesito!...

No acab don Manuel este sentido discurso sin que el joven hubiera
levantado la cabeza, brillantes los ojos zarcos y sinceros, toda
iluminada de una grata expresin su simptica fisonoma.

Se quiso arrodillar con un movimiento espontneo y devoto para suplicar.

--Perdn, seor, perdn.... He dejado arruinar todo mi valor
indignamente, pero ha sido un momento; ya pas; estoy tranquilo, estoy
contento si le puedo servir a usted de algo, yo, pobre de m, que tanto
le debo....

--Cllate.... Si me lo vas a pagar todo! Bien sabe Dios que no tuve
nunca intencin de cobrrtelo; pero ahora--aadi implorante--es
preciso, hijo mo, que me devuelvas en Carmen todo el bien que te hice.

--Cuanto yo pueda y valga se lo ofrezco a usted dichoso.

--Pues oye.

Se recogi un momento a meditar, y dijo luego:

--Qu juicio has formado t de mi hermana?

--Juicio?... Ninguno; la he tratado tan poco!

--Pero, qu impresin te causa?

--Me parece buena seora.

--Y qu has odo de ella por ah, como voz general?

--Dicen que es un poco rara; algo histrica.

--S, tiene que serlo; era epilptica nuestra madre, y nuestro padre el
hidalgo de Luzmela beba tanto ron!... Pero, en fin, la creen buena?

--Buena s.

--Te extraarn estas preguntas; pero yo te voy a decir una cosa: apenas
conozco a mi hermana. Aqu, jugamos un poco de pequeos, ya no me
acuerdo de aquellos aos! En seguida me llevaron al colegio, desde all
a la Universidad; cuando acab la carrera ella estaba ya casada en
Rucanto. Estuve aqu con mi padre corto tiempo, y part a visitar la
Europa, ansioso de ver mundo y correr aventuras. Ya te he contado cunto
mi padre me prefera y con cunta liberalidad satisfaca todos mis
caprichos. Derroch el dinero y la salud hasta que l me llam para
darme el ltimo abrazo, y entonces me encontr mejorado en su
testamento todo cuanto la ley permita. El marido de mi hermana era un
calavera, y mi padre les merm la herencia todo lo posible. Sin embargo,
yo era tan calavera como l; pero era su dolo, y en m no vea ms que
la hidalgua exterior, conservada hasta en los tiempos ms tormentosos
de mi vida. Siempre mi cuado me mir con animosidad, tal vez por mi
superior linaje, tal vez por las muchas preferencias que en vida y en
muerte me prodig mi padre. Estas diferencias me separaron mucho de mi
hermana. Vino entonces mi casamiento, tan lleno de esperanzas para m.
Me cre reconciliado con el amor del terruo y con la paz de mi valle;
restaur esta casa, soando vivir siempre en ella en idlicos goces;
evoqu la visin de unos hijos robustos y de una patriarcal vejez...:
sueo fu todo! Despert de l con la esposa muerta entre los brazos.
Era la ms rica heredera de Villazn, y, tan abundante en bondad como en
dineros, quiso dejarme en prenda de su cario toda la fortuna que tena.
Doblemente rico, perdida la ilusin de la dulce vida quieta y santa que
acarici apenas, de nuevo me lanc a los placeres locos del mundo, lejos
de mi solar. Peregrin mucho; derram el corazn y la vida a manos
llenas; pero no fu tan insensato que llegara a empobrecerme. Algunas
veces volva yo a Luzmela con una vaga esperanza de poder quedarme por
aqu, bien avenido con esta melanclica vida de memorias y ensueos;
pero nunca lograba que de mi corazn voltario se aduease la paz. En uno
de estos viajes vine muy cambiado; me blanqueaba el cabello y traa en
los brazos una nia. Me estuve entonces aqu un ao entero; un ao que
fu para mi alma ocasin de intensas revelaciones; la nia, tan pequea,
tan impotente, iba poseyendo todo mi albedro. En rendirla yo mi
voluntad senta un extrao goce lleno de encantos nuevos. Su inocencia
me cautivaba en dulcsima cadena, y yo, que la salv a esta nia del
abandono, ms por deber de conciencia que por amor de padre, me somet a
su hechizo con una dejacin de m mismo absoluta y feliz. Ya, desde
entonces, slo sal de Luzmela por precisin y muy pocas veces. Mi vida
tena un objeto, y yo senta santificarse mis sentimientos y levantarse
mi corazn al suave contacto de aquella pequea existencia pendiente de
la ma. Continuaba viendo a mi hermana contadas veces: mi cuado me
mostraba cada da mayor hostilidad; y yo, indiferente y orgulloso, no
pona jams los pies en Rucanto. Pero no me era grato saber que mi
hermana pasaba apuros y estrecheces, casi totalmente arruinada por su
marido, y a menudo le mandaba reservadamente algunas cantidades como
regalo para mis sobrinos, a quienes apenas conozco....

Call don Manuel y se qued abstrado breve rato.

Luego dijo:

--Y hemos llegado, querido Salvador, al caso que me preocupa y desvela.
Merecer mi hermana que yo le confe mi hija?... T, qu crees?...

--Yo creo--respondi el joven--que no es muy fcil acertar con la
respuesta, ya que ni usted ni yo la conocemos bien.

--Por eso vacilo....

--Y ha pensado usted en qu condiciones le confiara la tutela de
Carmen?

--S; lo he pensado: le dejara a mi hermana la mitad de mi fortuna con
la condicin de que fuese una buena madre para la nia.

Salvador escuchaba con asombro a don Manuel.

--Pero eso--dijo--sera caso de una comprobacin delicada y difcil.

--Tengo previstas todas las dificultades: de todo ello hablaremos.... Yo
quisiera dejarle a mi hija un constante testimonio de mi ternura, sin
perturbar su alma con la trgica historia de su nacimiento. Puesto que a
la cara del mundo no le puedo decir que soy su padre, a qu inquietar
su inocencia con el descubrimiento de una prfida accin que comet?...
Quiero que mi memoria le acompae dulce y serena, como la vida que ha
disfrutado junto a m. Quiero ser su providencia y su amparo ms all de
la muerte, sin que mi nombre caiga de su corazn, ennegrecido por la
sombra de mis culpas.... Para ella quiero ser siempre bueno... siempre!

Quedse el de Luzmela ensimismado; arda en sus ojos la luz de la
esperanza con radiante expresin.

Y mientras Salvador le contemplaba con recogida actitud, continu don
Manuel:

--Al enviudar mi hermana hace poco, se ha apresurado a mostrrseme
afectuosa, lo que me prueba que antes no tena libertad para hacerlo.
Parece que la nia le es muy simptica. Si ella adems le lleva el
bienestar y la holgura, no ha de quererla bien?

--Yo creo que s.

--Verdad que s?

--Es verdad....

--Pero supongamos que me equivoco; que cometo un gran desatino, y que
ella no trate bastante bien a la nia. En ese caso dejar a Carmen el
derecho de reclamarle mi herencia, y todava te quedas t con otra parte
igual a la de mi hermana.

--Yo, dice usted?

--T, que eres mi segundo heredero, a quien lego la mitad de mis
caudales.

--Pero... usted ha pensado?...

--Yo he pensado mucho, hijo mo; t, si no quieres contrariar mi postrer
deseo, sers un buen administrador de mi media fortuna; gastars las
rentas, como tuyas que sern, y el capital lo conservars para cuando
Carmen lo necesite. Figrate que por amor se casa pobre...; t la dotas;
o que se casa contigo...; la dotas tambin; o que se muere...; la
heredas, quedndote tranquilamente con mi legado, que legalmente ser
tuyo.

--Y si muriese yo?

--Se lo dejas a ella. Y si nada necesita, tuya ser entonces, sin
condiciones, la herencia.

--Por Dios, seor, yo creo que jams un testamento se ha hecho as, de
tan extraa manera....

--No se habr hecho; pero se va a hacer ahora; mejor dicho, ya se est
haciendo.

--Ya?...

--S; le estamos haciendo t y yo; un testamento moral entre dos hombres
honrados.... Testo yo, y t asientes; recibes mi legado y juras cumplir
mi voluntad.... Te figuras que estas condiciones que te impongo iban a
constar en papeles? No, hijo, no; se confirmara entonces la opinin
general de que estoy un poco tocado...; ya sabes que se dice por
ah....

--Sin embargo, seor, medite usted bien que es demasiado absoluta la
confianza con que usted me honra. Puedo extraviarme; puedo
pervertirme..., volverme loco; hgalo usted en otra forma, limitndome
la accin; ajustndome el camino...; nmbreme usted, si quiere, tutor de
Carmen.

--Te nombro su hermano, su protector, acaso su esposo, dentro de mi
corazn; ante la ley te nombro mi heredero sin condicin alguna.

Salvador se paseaba por la sala agitado; mortificaba su barba rubia con
una mano implacable, y sus espuelas levantaban en la estancia silenciosa
un belicoso acento metlico.

Mora la tarde en la cerrazn sombra del cielo, y don Manuel tenda
hacia el joven una mirada ansiosa.

Vindole tan dudoso y alterado, djole, al fin, con tono de dolido
reproche:

--Si no quieres, Salvador, yo no te obligo!...

l se volvi hacia el enfermo; estaba plido y tena la voz angustiosa.

--No querer yo servirle a usted? Es que me aterra el temor de no saber
hacerlo; de no poder, de no ser digno de esta ciega confianza con que
usted me abruma.

--Si no es ms que eso....

Y don Manuel, alzndose del silln, estrech al muchacho en un abrazo
ardiente, y tenindole as, preso y acariciado, dijo con solemnidad:

--Doy por recibido tu juramento, y le pongo este sello de nuestro
cario.

Quiso salvador confirmar: _yo juro_; pero el de Luzmela le tap la boca
con su descarnada mano.

--Est jurado, hijo mo; ven y sintate otra vez a mi lado; no me
sostienen las piernas.

Se sentaron.

Comenz don Manuel a hablar animadamente con la voz impregnada de
emocin y de dulzura.

Salvador le atenda en silencio, sin dejar de mesarse la barba
febrilmente; y en esto se oyeron en el pasillo unas palabras recias y
unos pasos sonoros.

--Son el cura y el maestro--dijo don Manuel contrariado.

--Entonces me voy, con su permiso; aun no hice hoy la visita en Luzmela,
y est cayendo la noche. Cundo quiere usted que vuelva?

Ya haban anunciado a don Juan y a don Pedro, cuando don Manuel
respondi:

--Ven maana temprano; te espero en mi despacho a las nueve, y te
quedars a comer.

Los dos hombres se estrecharon las manos fervorosamente, y Salvador hizo
un breve saludo a los recin llegados.

Sali. En la meseta amplia de la monumental escalera encontr a
Carmencita: estaba apoyada en la maciza reja del ventanal, y miraba al
cielo o al campo ensimismada.

Al sentir las espuelas de Salvador en la escalera, se volvi hacia l
sonriendo, y observndole muy atenta, pregunt:

--Le mandaste al padrino alguna medicina?

Bajaba el mozo embargado de emociones. La dulce voz de la nia le hizo
estremecer. Contemplla con un respeto y una sumisin que no le haba
inspirado jams, y apremiado por su mirada interrogadora, replic:

--Est muy bien el padrino, querida.

Ella le tendi la frente esperando un beso, y el pobre muchacho se
inclin y le bes la mano con noble acatamiento.

Quedse algo asombrada Carmencita de la actitud turbada del que llamaba
su hermano; apoyndose en la reja oa cmo se alejaba el caballo de
Salvador y pensaba:

--Es que est malo, de verdad, el padrino!




III


Haban colocado una lmpara sobre la mesa, y don Juan y don Pedro se
pusieron a mirar al de Luzmela. Pareca ms hundido en el silln que
otras veces y como si los ojos se le hubiesen agrandado.

Sirvieron en seguida el chocolate humeante y espumoso, y mientras don
Manuel lo tomaba a sorbos, con esfuerzo, el cura y el maestro lo
saboreaban con deleite, mojando en los delicados pocillos hasta el
ltimo bizcocho y la ltima rebanada de pan rustrido.

Se haba iniciado una trivial conversacin, rota a cada bocado de pan o
de bizcocho, hasta que retiradas las bandejas de encima del tapete, el
criado present otra grande, de plata, con la correspondencia.

Mir don Manuel los sobres de sus dos o tres cartas, y las apart
indiferente; el maestro abri un peridico y comenz la habitual
lectura.

Haba el caballero cerrado los ojos; tena las manos cruzadas sobre las
rodillas.

Don Juan, a veces, haca un punto en su tarea y por encima del papel
miraba con inquietud al enfermo.

Tambin don Pedro le observaba con atencin, y miraba despus a don
Juan.

Y cuando ya los dos se estaban alarmando, por aquella quietud momificada
de su husped, ste di un respingo en la silla y dijo, con la voz
entera y sonora.

--Perdone un momento, don Juan; me van ustedes a permitir unas
preguntas, y aunque les parezcan extraas han de responderme sin hacer
comentarios, no?

Don Manuel haba estado en Amrica dos aos, y esta interrogacin
expresiva no?, importada de aquel mundo joven, la usaba todava en
ciertos momentos.

Se miraron con sorpresa sus dos contertulios, y ambos dijeron que s
varias veces, en contestacin a aquel no interrogante.

--Vamos a ver--indag el solariego, que pareca un resucitado--: a
ustedes qu les parece de mi hermana?

Hubo un silencio explicable, y a la par respondieron los dos seores:

--Nos parece bien; ya lo creo, muy bien....

--Creen ustedes que es buena?

--Ya lo creo; muy buena, s seor.

--Y no dicen por ah que es rara?

--Un poco rara; pero, poca cosa....

Hubo otra pausa, y asever don Manuel:

--De modo que a ustedes les merece excelente opinin?

--Excelente!

El de Luzmela volvi a recostarse en el silln, cerr de nuevo los ojos
y cruz otra vez las manos murmurando:

--Siga, siga la lectura, don Juan, y dispensen.

Don Juan ley otro ratito; l y don Pedro se miraban mucho aquella
noche, y, ms temprano que de costumbre, se despidieron.

Encontraron en el corredor a Rita, que suba con Carmen de la mano, y le
dijeron:

--El amo est peor, eh?

--Peor?

--Mucho peor: tengan cuidado.

Aunque hablaban con misterio, la nia se enter, y pregunt con ansia.

-Mi padrino?

Ellos ya bajaban la escalera y no respondieron nada.

Rita aceler el paso llena de inquietud.

Carmen tena los ojos muy abiertos en la semioscuridad del pasillo, y
toda su alma se asomaba por ellos como escudriando las tinieblas del
porvenir.

Llegando a la sala, la mujer y la nia fueron derechas al silln, y
mientras Carmen se inclinaba devota a besar las manos del enfermo
decale Rita acongojada:

--Se siente mal?

Sin responder a esto, el de Luzmela pregunt a su vez, mirando a la
vieja:

--Oye, a ti qu te parece de mi hermana: es buena?

Atnita la mujer, crey que deliraba su amo, y l quiso disipar aquel
asombro explicando:

--No estoy de la cabeza, Rita, no te apures, y responde.

Dijo Rita:

--Buena es su hermana, qu ocurrencia!

--Poda no serlo....

--Yo poco la tengo tratada; casse apenas yo vine..., no se acuerda?

--Pero, qu has odo por ah?

--Que es algo rara, algo maniosa; pero buena s.

Don Manuel soliloqui:

--Todos dicen que es buena!

--Sabe, que el genial se le habr corrompido algo con las desazones;
pero el fondo ser querencioso y noble como el de todos los amos de
Luzmela....

Tena el enfermo una placentera expresin cuando volvi la cara hacia
Carmen, que atenta escuchaba a su lado.

--Y a ti, hija ma, qu te parece? quieres a mi hermana?

La nia clav en l su mirada lmpida, y tambin pregunt:

--La quieres t?

--Yo s.

--Pues yo tambin, s....

--Te gustara vivir con ella?

Carmen dijo prontamente:

--Quiero vivir contigo--y le ech los brazos al cuello con ternura.

El la enlaz en los suyos lleno de emocin, murmurando con la voz
quebrada:

--Pero si yo tuviera que marchar....

La nia, sollozante, respondi al punto:

--No, no, por Dios; llvame entonces contigo.

Rita haca pucheros y se llevaba a los ojos la punta del delantal, y don
Manuel, incapaz de prolongar aquella escena sin descubrir el profundo
dolor que le posea, trat de calmar a la nia con tranquilizadoras
palabras.

Cuando Carmen, un poco engaada, alz la cabeza y mir al hidalgo, le
vi demudado y con el rostro humedecido. Angustiada todava, le
pregunt:

--Lloras?...; sabes t llorar?

l trat de sonreir diciendo:

--Si son lgrimas tuyas!

Y la despidi con un beso muy grande....

En la alta noche, cuando el monumental lecho de roble cruja sacudido
por el convulso llanto del enfermo, murmuraba el triste:

--Que si s llorar!... Hija ma, hija ma!...




IV


Despus de aquellos primeros ocho das, la vida en Luzmela recobr su
aspecto acostumbrado.

Carmencita di sus lecciones con don Juan y bord su tapicera en un
extremo del saln bajo la mirada solcita del solariego, que pareca un
poco aliviado de sus achaques.

Salvador hizo al enfermo la cotidiana visita, larga y cariosa, y el
maestro y el cura fueron todas las noches, como de costumbre, a hacerle
un rato la tertulia a don Manuel.

La numerosa servidumbre del palacio, engolfada en el trasiego de las
cosechas, lleg casi a olvidar la angustia de aquella maana en que el
notario de Villazn entr solemnemente al despacho del amo, y llegando
poco despus muy descolorido el seorito Salvador, fueron avisados don
Pedro y don Juan, con barruntos de testamento.

Una ansiedad dolorosa haba conmovido a los servidores de la casa, todos
obligados, por innmeros favores, a guardar a su seor una fidelidad
sagrada, y todos capaces de cumplir esta noble obligacin. Acertara el
de Luzmela en los pronsticos que haca de su muerte? Ira a caer ya,
marchito para siempre, aquel nico tronco de la ilustre casa de la Torre
y Roldn?...

Durante algunos das estos temores pusieron en la vida, siempre
melanclica, de aquella mansin, un sello de tristeza y de inquietud
profundas. Todas las voces se hicieron quedas y suspirantes alrededor
del amo, que, sumido como nunca en sus cavilaciones y aoranzas, cay en
un abatimiento alarmante.

Pero habase esponjado de nuevo el cuerpo lacio y consumido de don
Manuel; se ergua en el silln con ms arrogancia y tena el semblante
ms placentero y despejado.

Se fu tranquilizando la buena gente de la casa y volvieron en ella las
labores a su centro natural.

Slo en los ojos hechiceros de Carmencita qued encendida la penosa
expresin de la duda, y a menudo posaba esta llama inquieta en el enigma
de los das futuros como una interrogacin inconsciente.





V


Don Manuel suea, como la tarde en que le conocimos.

Tambin ahora tiene los ojos abiertos sobre la cabeza gentil de Carmen;
pero la nia no juega ni borda en el saln; est en el jardn, hundiendo
distradamente la contera de su sombrilla en las hojas secas amontonadas
por los senderos.

El brego ha saltado brioso al amanecer, y ha despojado a los rboles de
sus ltimas galas, ya mustias.

Tiene el cielo una intensidad de azul rara en Cantabria; a travs de una
atmsfera de limpidez exquisita, todo el valle y los montes se abarcan
de una sola mirada desde el balcn adonde asoma el de Luzmela su
paciente silla de enfermo.

Algunas veces, sus ojos cargados con las imgenes de sus pensamientos se
alzan un momento al cielo, al monte o sobre el valle, para caer siempre
en xtasis de adoracin encima de la nia....

Soaba....

Vea aquella mujer bella y pura que tena los ojos y los cabellos lo
mismo que Carmencita; tena tambin su misma sonrisa serena y su misma
voz de plata. La vea caer acechada, perseguida por l, atropellada por
su loca pasin, y asista a todo el horror de su vergenza, a todas las
horas atormentadas de su vida, hasta que sta se extingui en agona
trgica.

Con haber amado l tanto a aquella mujer, fu ella el grande amor de su
vida?... No: su amor inmenso y puro, supraterreno, inmortal, era la
criatura recogida por compasin, como despojo palpitante de la tremenda
aventura cuya memoria dola siempre en el corazn del hidalgo. Cmo
pagara su conciencia aquella deuda enorme? Acaso l no fu el nico
culpable? No lo fu siempre, en todas las ocasiones en que una mujer
encendi su deseo?...

Con tales remordimientos estaba el de Luzmela perturbado, y por esquivar
tan ntima turbacin, o porque fuese aqulla para l una hora de
evocaciones aventureras, cay de pronto en su memoria otra pgina
galante de sus aos mozos.

Esta no haba quedado mojada de lgrimas: risuea y gozosa, fu otra de
sus grandes locuras. Y se iba aplaciendo el semblante angustiado del
caballero al recordar aquella su expedicin a las Amricas, dueo y
seor de una criolla que le adoraba.

Ella le haba pedido, con clidas frases de terneza, un viaje a su pas,
de donde seguramente la trajo otra aventura amorosa. No valan sus
caprichos la pena de botar la plata?... Fu el viaje una pura gorja en
que a cada momento tuvo la bella indiana descubiertas por tentadora
sonrisa las perlas nitescentes de su boca. Era una delicia vivir y gozar
tanto, no?...

Ya se haba aclarado toda la cara macilenta del enfermo con esta
placentera memoria cuando Carmen grit sobresaltada desde el jardn:

--Padrino, la _ntigua_; espntala!

Y un ave de blando volar, de uas corvas y corvo pico, se sostuvo,
retadora, un instante en el vano del balcn, agitando sus plumas remeras
y graznando con lgubre tono.

Desde las luees playas de la Amrica virgen volvi el de Luzmela los
ojos al pajarraco agorero, y le ahuyent de un manotazo en el aire con
enojo violento; en seguida busc la mirada de la nia y encontr en ella
una singular expresin dolorosa, como slo recordaba haberla visto igual
en los ojos de otra criatura: de aquella triste pecadora que muri del
dolor de haber pecado.... De dnde haba sacado Carmen aquel secreto
penar que se le declaraba en los ojos? Slo saba don Manuel que desde
haca algn tiempo el rostro de la nia estaba ensombrecido por alguna
extraa tristeza que a menudo pona en su mirada una revelacin; y aquel
destello misterioso llenaba de pesadumbre el alma del caballero.

Hizo un esfuerzo por levantarse, y apoyado en el barandaje de hierro, le
dijo:

--Pero te da miedo de la _ntigua_?... No te asustes...; se fu ya.
Sube.... no quieres subir?...

Ella alz el azahar de su mano sealando al cielo, y por toda respuesta
murmur:

--Todava... padrino.

El ave fatdica se cerna obstinada sobre el jardn.

Carmen corri a la casa y subi al saln.

Ya don Manuel haba vuelto a sentarse y la esperaba.

La nia fu derecha a sus brazos con una inexplicable emocin, y su voz
llorante interrogaba:

--No te irs, padrino? Nunca te irs? No me dejars nunca con doa
Rebeca?

El, absorto, clam:

--No la quieres?

--No, no; qu miedo, qu miedo tan grande!

--Pero de quin, hija ma?

Par un coche en la portalada, y Carmen sin soltarse del cuello del
hidalgo, gimi:

--Otra vez la _ntigua_....

Volvi el ave a aletear a la par del alero, graznando agresiva, cuando
abriendo la puerta del saln anunciaron:

--Doa Rebeca.

Carmen implor.

--Viene a buscarme; no me dejes, por Dios, no me dejes!

El de Luzmela haba doblado la cabeza sobre el hombro de la nia, y sus
brazos se iban aflojando en torno al cuerpo grcil de la criatura.

Cuando doa Rebeca entr en la sala y se acerc al grupo, viendo la cara
mortal del enfermo, increp a la nia.

--Le ests ahogando?

Ella apartse prontamente, diciendo:

--Yo?

Y al soltarse de aquel brazo ardiente vi con horror cmo el cuerpo de
don Manuel se desplomaba sobre el respaldo de la silla.

Miraba el moribundo a Carmen con una angustia infinita. Haba adivinado
tardamente sus terrores y sus penas. La muerte llegaba implacable, sin
darle acaso tiempo para reparar su fatal error, fruto de tantas
meditaciones, y que ya antes de consumarse causaba a Carmen una
desolacin tan profunda....

Todo lleno de espanto, el corazn de Carmencita se le subi a los labios
para gritar con afanosa ternura:

--Padre!...

Y de nuevo trat de abrazarle la infeliz.

Doa Rebeca la separ del caballero con aspereza, dicindole:

--Qu padre ni qu _ocho cuartos_!

El de Luzmela abri entonces los ojos inmensamente, con tal expresin
desesperada y colrica, que la seora ech a correr, mientras la nia,
vacilante, caa de rodillas, suplicando:

--Dios mo, Dios mo!

A los gritos de doa Rebeca acudi alarmadsima la servidumbre, y entre
ayes y lamentaciones fu el moribundo transportado a su lecho.

En el ms ligero caballo de la casa parti a escape un hombre a buscar
al mdico, y otro vol a buscar al cura.

Doa Rebeca husme en la capilla, procurndose auxilios piadosos para
aquel trance, y volvi al cuarto de su hermano, donde, muy diligente,
encendi la vela de la agona.

Antes haba dicho a Carmencita que trataba de acercarse a don Manuel:

--Aqu sobran los chiquillos; vete all fuera.

La pobre criatura, desorientada y llena de temor, volvi a la sala, y
de nuevo se hinc delante del silln vaco.

Entretanto el de Luzmela pugnaba en vano por hablar. Su vida pareca
haberse reconcentrado en los desorbitados ojos, que miraban con
incensatez, hasta que, tras un nistagmo penoso los cerr para siempre.

Haba cado la tarde en una serenidad dulcsima; algn caliente suspiro
del brego remova en el jardn las hojas secas, llevando hasta la
ilustre casa de la Torre y Roldn, clara y distinta la voz solemne del
_Salia_, eterno arrullador de la vega.

Carmencita, absorta en su desconsuelo, se levant de pronto estremecida
por un resoplido siniestro, y, toda temblorosa, grit una vez ms:

-La _ntigua_!...

De las habitaciones de don Manuel salan ya los chillidos agudos de doa
Rebeca, y el ave agorera tenda sobre el azul cobalto de la noche su
vuelo silencioso....

El hidalgo de Luzmela haba muerto.




SEGUNDA PARTE


I


Cuatro aos han pasado muy callandito sobre la vida de Carmen. Slo
ella sabe que aquel montn de horas est todo mojado de lgrimas, que no
ha redo en su vida ninguna de aquellas cuatro primaveras con el
alborozo de las ilusiones, ni ha cantado en su pecho ninguno de aquellos
estos la enardecida estrofa de la juventud.

El singular testamento de don Manuel de la Torre fu un jirn de locura
mansa que, desgarrado del noble corazn del solariego, qued flotando
sobre la cabeza inocente de su hija, como nube de un drama silencioso.

Haba quedado Carmencita llena de terror en las manos de doa Rebeca, y
doa Rebeca tenda con ansia sus garras de _ntigua_ hacia la herencia
codiciada, sin poder apresar los caudales, por tener las uas llenas de
la carne inocente de la nia, flor de pecado y de dolor.

Al consumar don Manuel aciagamente sus propsitos de ltima voluntad,
exacerb todas las malas pasiones de su familia y sembr de torturas la
senda de Carmen all donde quiso dejar para ella rosas de piedad y
lozanos capullos de ternura.

Todos los deseos del de Luzmela quedaron atados en su testamento, dentro
de la rigidez del derecho legal, con slida habilidad y previsin, y
doa Rebeca hubo de someterse con aparente comedimiento a las
disposiciones de su hermano y fingir que cobijaba a Carmen en regazo
maternal.

Con el tecnicismo severo de las clusulas testamentarias, la seora de
Rucanto quedaba sometida al cargo de administradora de la media fortuna
del caballero hasta la hora acordada por aqul, y slo a ttulo de
amparadora de la nia. Por el bienestar de sta velaran las leyes, sin
empecer la accin y facultades conferidas a un rancio solariego de los
contornos, nombrado tutor de la pequea y asistido del derecho de
retrotraer para la misma el legado de don Manuel en caso de que doa
Rebeca no cumpliese las condiciones impuestas por el testador....

Cuando lleg a Rucanto la nia de Luzmela, la recibieron los sobrinos de
don Manuel con indiferencia sublime, mirndola de hito en hito...; fu
aquella la primera vez que baj los ojos turbada delante de su nueva
familia!...

Desde aquella hora fatal, Carmen puede asomarse a las pginas de estos
cuatro aos transcurridos, mirando su vida doliente al travs de una
cortina de llanto, y puesto sobre los labios un dedito precioso en seal
elocuente de silencio, como un ngel tmido y resignado, herido a
traicin en las alas gloriosas....




II


Tena cuatro hijos doa Rebeca. El mayor, Fernando, marino mercante,
navegaba en mares lejanos; era un guapo mozo, de carcter aventurero y
de gallardsima figura; su madre senta pasin por l, una pasin
material, fundada nicamente en la belleza del muchacho. El segundo,
rudo y torpe, haca vida montaraz y slo paraba en Rucanto el tiempo
preciso para comer y dormir; algunas veces, para pedir dinero y, con
escasa frecuencia, para mudarse de ropa. Tena el cuerpo recio, los ojos
turnios, spera la voz y fiero el ademn. Era mocero y borracho; se
llamaba Andrs.

Le segua en edad la joven Narcisa, una muchacha de veinticinco aos,
ojizarca y endeble, melindrosa y no mal parecida. Ella era, en ausencia
de Fernando, el mimo de la casa, el centro adonde convergan todas las
atenciones y de donde partan todos los designios. Doa Rebeca, con
hacer honor a su nombre, haba sido toda sumisin y desvelo para
malcriar a su hija.

Quedaba an otro muchacho, Julio, de veinte aos, tambin enclenque, de
cara macilenta y desapacible expresin; hurao y triste, andaba siempre
solo por los rincones de la casa o de la huerta, en misteriosos
soliloquios que a veces tomaban la forma de quejidos lamentables....

Haba comprendido Carmen cul era su destino y crea que siguindole
cumpla la voluntad de su protector. Su inteligencia clara y su corazn
noble se sobrepusieron a la debilidad de los trece aos; dominando con
valor admirable el terror que le inspiraba doa Rebeca, la acompa
dcil a Rucanto, y all se ech sobre los hombros su nueva vida, con un
firme empeo de levantarla y llevarla gallardamente hasta el final del
camino.

Cuatro aos llevaba en la spera ruta, y se haba hecho una mujer a
fuerza de sufrir y de llorar.

La vida de familia en Rucanto era espantosa. Carmen miraba siempre con
el mismo miedo y el mismo asombro a doa Rebeca y a sus hijos.

A veces crea que se odiaban, a veces que se queran; siempre le
parecieron un enigma viviente y trgico, una sima de pasiones pavorosas,
a cuyo borde andaba la infeliz todo temerosa y estremecida, con un paso
incierto de sonmbula, con una mirada pvida y llorosa, llena de lejana
tristeza.

En sus meditaciones de nia temblaban los pensamientos chocando unos con
otros, doloridos, ante el cuadro siniestro de aquel hogar. A menudo, una
compasin inmensa flotaba benigna en el espritu generoso de Carmen,
preguntando: acaso estos pobres no han heredado la maldad y locura?...
Son ellos responsables de ser locos o de ser malos?...

Y la realidad de las cosas responda tirana que era un tormento dursimo
vivir con aquella familia de enajenados, verdugos de la ajena y la
propia felicidad.

Pareca imposible aprender aquellos genios ni llevar una hora seguida
la corriente de aquellas voluntades, porque a cada minuto se tropezaba
en el escollo de una mudanza o en el abismo de un arrebato. Todo era
ciego y duro en la inconsecuencia monstruosa de semejante familia, y
para el alma delicada y dulce de Carmen iba siendo una tortura inmensa
aquel vivir tormentoso, sembrado de imprecaciones y gritos,
desesperaciones y codicias.

Cuando la nia lleg a Rucanto, la instalaron regaladamente en el
gabinete de Narcisa; entraba con ella en casa la abundancia, y tras la
primera mirada inquisitorial y hostil, los sobrinos de don Manuel
tuvieron para la intrusa una displicencia tolerante, nica tregua de paz
que se le concedi en aquella mansin belicosa.

Pasada fugazmente la primera impresin de sorpresa y bienestar, cada uno
di en la casa rienda suelta a sus instintos, sin un asomo de compasin
ni de ternura para la desgraciada forastera.




III


Antes que tal gente mostrase una acerba hostilidad a la muchacha, doa
Rebeca la llam algunas veces sobrina con un tono aduln un poco
irnico; y todava, despus que la siti con todo el enardecimiento de
un plan completo de campaa, cuando en alguna encrucijada estratgica la
quera congraciar, dbale aquel grato nombre de familia y pretenda
halagarla con su vocecilla de falsete endulzada en la punta de la
lengua.

El primer da que doa Rebeca, como general en jefe, acometi a la nia,
armada de toda la perfidia del mundo, fu y le dijo:

--M hermano no era tu padre...; que se te quite eso de la cabeza...;
mi hermano no era nada tuyo...; no tienes sangre infanzona...; eres
hija de padres desconocidos....

Ella humill la frente enrojecida, sin responder.

Esta pasividad excit ms la agresiva intencin de la seora, que,
persiguindola con los ojos y con la actitud, continu:

--Mi hermano estaba loco, loco de atar...: hered de los abuelos esta
dolencia.

Le acudi a Carmen un lgico pensamiento, y delatndole en voz alta,
pregunt:

--No eran tambin abuelos de usted?

Doa Rebeca, furibunda, le puso los puos junto a la cara, gritndole:

--T eres la santa..., eh?...; la santa, y me insultas llamndome
loca?

La infeliz, rompiendo a llorar, gimi:

--Yo?...

--S, t, la santita, el agua mansa, que parece que nunca has roto un
plato....

Y se di a hacer gestos por la casa adelante, con las manos en la cabeza
y la voz retumbante rodando por los pasillos.

Nueva espectadora de aquellas comedias ridculas, Carmen se crey
realmente culpable y lleg a suponer que haba sido grave indiscrecin
preguntarle a doa Rebeca si era nieta de sus abuelos.

Otro da, riendo la hija y la madre, engalladas y descompuestas,
estaban ya a punto de agarrarse, cuando Carmen, entrando en la
estancia, se interpuso entre las dos con impulso bondadoso.

Aprovech Narcisa aquel momento para darle con saa un empelln, y la
nia fu a caer de rodillas cerca de una mesa, sobre la cual una lmpara
vacil, quebrndose.

--Es una loca--dijo Narcisa, avenida de pronto con su madre en tranquila
conversacin.

--S, una loca; hija de su padre haba de ser--repiti la seora.

Carmen, sin hacer caso de la lmpara, del golpe, ni de la injusticia de
aquellas palabras, pregunt:

--De qu padre?

--De mi hermano; del simple de mi hermano, que estaba posedo....

La nia haba odo nicamente _de mi hermano_, y, de rodillas como
estaba, junt las manos con transporte, soando.

--S; es cierto..., es cierto....

El furor de Narcisa volvi entonces a desbordarse ante la devota actitud
de la muchacha, y de nuevo chill a su madre con desatinadas veces.

--No ves cmo se eleva? No ves cmo se cree igual a nosotras? Por qu
le dices que es hija de tu hermano?... T s que ests poseda; t s
que eres simple....

Huy doa Rebeca con su paso menudo y cauteloso, y la hija la sigui a
grito herido llenndola de injurias.

Carmen, sola en la habitacin, sinti que la duda quedaba todava viva
en su pecho; volvi los ojos a todos lados como para interrogar al
misterio de su vida, y vi otros ojos turbados y malignos que se
recreaban en su angustia.

Era Julio, que acechaba el dolor ajeno para manjar de su alma perversa.
Estaba a veces adormilado en los bancos del pasillo o en el sof de la
sala, y cuando oa que, bajo los chillidos agudos de Narcisa o bajo las
sinrazones de su madre, temblaba como un pajarillo la fresca voz de
Carmencita, corra hacia ellas, recatndose detrs de las puertas o a la
sombra de las paredes para no perder ni un detalle de la escena
dolorosa. Si le era posible ver las caras desde sus escondites, entonces
una expresin tenebrosa se asomaba a sus ojos malcos.

No se acordaba Carmen de haber hablado con aquel muchacho una buena
palabra en los aos que llevaba en la casona.

La voz aceda del mozo slo se alzaba iracunda contra su madre, contra su
hermana o contra los criados. Se pasaba muchos das encerrado en su
dormitorio. Doa Rebeca deca que estaba enfermo. Deba de ser verdad,
porque a menudo salan del aposento ayes y gemidos.

Lloraba entonces la madre; Narcisa se enfureca, y si en tales ocasiones
de tragedia llegaba Andrs a Rucanto, rodaban los muebles, estallaban
los cacharros en aicos, y las puertas se batan en tableteos
formidables.

Los criados, siempre nuevos y de lejanos valles, pedan la cuenta con
premura, y Carmen, llena de espanto, se esconda en el ltimo pliegue de
la casa a temblar como una hoja.

Pasaba la tempestad, doa Rebeca guisaba, su hija pona la mesa con
mucha solemnidad, y todos coman amigablemente, con apetito y
abundancia.

Era seguro entonces que Andrs tena dinero en el bolsillo y que Narcisa
haba conseguido un traje nuevo o un viaje a la ciudad.

Julio, que no se aplacaba con dones, apareca tranquilo a fuerza de
cansancio; y la fatiga de haber rugido furiosamente desplegaba su frente
huraa y le haca aparecer menos repulsivo.

Slo Carmen en aquellas ocasiones, harto frecuentes, finga comer y
luchaba con el temblor de sus manos y con la inseguridad de su voz.

Y as, mientras que la madre y los dos hijos mayores hablaban amistados
y serenos, Julio descansaba desfallecido, ella oa, siempre horrorizada,
el eco de las blasfemias y de los insultos, de los golpes y las amenazas
que se haban alzado entre la madre y los hijos, apenas haca una hora,
y tantas veces y en tantos aos....

Era una casa temerosa la de Rucanto.

La fund un quinto abuelo de doa Rebeca, que muri en un manicomio y
que dej lastimosa descendencia de locos y suicidas.

Desde entonces siempre se haban odo en ella gritos frecuentes,
carreras y estruendos; siempre haban gemido las puertas, estremecidas
por violentos impulsos, en el fondo oscuro de los corredores.

Una rfaga de locura hereditaria y perversa pareca conmover a los
habitantes de la casona, y los vecinos de la comarca miraban siempre con
supersticioso respeto aquella vivienda blasonada.

Se contaba que doa Rebeca haba sido muy desgraciada en su matrimonio.

Cas con un plebeyo, buen mozo y pobre, nico pretendiente que le depar
la fortuna. Era mujeriego y derrochador, y suponase que la dote de doa
Rebeca le haba enamorado ms que la dama.

Aunque al pblico trascenda la desavenencia de los esposos, nada cierto
se supo de sus querellas ntimas, sino que ambos se colmaban de
improperios y andaban a medias en el mutuo lanzamiento de trastos a la
cabeza.

Sin embargo, la opinin general culpaba al marido, vividor poco
edificante; y doa Rebeca, que sola dar limosna y llorar en la iglesia,
y que viva encerrada en su casa, pasaba por ser una infeliz un poco
estrafalaria y algo tocada del mal de la locura.

Andrs tena mala fama; le teman los novios y los maridos, y era mirado
con prevencin en el valle.

A Fernando se le conoca muy poco; decan de l que era bravo marino y
que posea rasgos de nobleza y bondad como el seor de Luzmela.

Julio pereca siempre un nio colrico y misntropo que haba sentado
plaza de enfermo incurable, y Narcisa pasaba por discreta y, altiva,
mediante la solemnidad de su empaque y el orgullo con que se
amigaba--sin intimidad y con reservas--slo con dos o tres seoritas de
las ilustres familias comarcanas....

Haban pasado aos de terrible escasez en la casona. Cuando lleg la
herencia de don Manuel a remediar la precaria situacin de la familia
fu ya urgente levantar hipotecas y pagar trampas apremiantes. Como doa
Rebeca era slo usufructuaria del legado, hubo precisin de arreglarse
con las rentas para hacer frente a la vida y remediar en la posible los
pasados descalabros de la fortuna.

Difcilmente podan ir cubriendo las apariencias de reconstruir su
posicin ruinosa; estaba por medio Carmencita como un obstculo
insuperable. Sin ella, hubiesen tomado del capital heredado lo
imprescindible para remendar la hacienda rota y darse importancia de
gentes poderosas.

Doa Rebeca y su hija andaban atarantadas con esta pesadilla, y una
animadversin latente las separaba ms cada da de la dulce nia de
Luzmela....

Ya haca muchos meses que la sobrina de don Manuel haba quitado el
luto, y todava Carmencita andaba vestida de negro, con resoba dos
trajes. Ella no deca nada; pero algunas veces senta una vaga
pesadumbre al encerrar su cuerpo gallardo en aquellos hbitos austeros y
tristes.

Un da, sofocada con la lana negra de su corpio, tuvo la tentacin de
ponerse uno de sus vestidos blancos de Luzmela. La falda estaba
sumamente corta; el cuerpo muy estrecho. Ingeniosa y lista, descosi
dobladillos y lorzas hasta que la tela roz completamente el borde de
los zapatos. Luego, unas maniobras semejantes hicieron al corpio
extender sus delanteros sobre el seno trgido de la nia. La manga,
menos dcil, dejaba ver el antebrazo alabastrino. Se mir al espejo, y
asombrada de s misma, se ruboriz.

Entonces, con el amargo recelo de provocar el enojo de sus huspedes,
iba a desnudarse, cuando Narcisa se present en el aposento.

Mirando a Carmen, di un grito, como si algo terrible le aconteciera, y
llam a voces a su madre.

La muchacha, sobrecogida, se repleg a un extremo del gabinete, y doa
Rebeca, que acudi a saltitos menudos, se llev las manos a la cabeza y
empez a lamentarse con agudas exclamaciones, engarzadas en su sarta
habitual de refranes y agravios.

--_Cra cuervos y te sacarn los ojos!..._ Esta ingrata se quiere
quitar el luto de mi pobre hermano. _A muertos y a idos_.... Hermano de
mi alma, que por ella se ha condenado; que est en los profundos
infiernos por culpa de esta mal nacida!...

Narcisa, impasible y majestuosa, presida la escena como un juez severo,
asistiendo con gestos de indignacin a los desatinados discursos de su
madre, mientras Julio, que haba acudido saudo y acechante al umbral
de la puerta, fulguraba sobre la trmula nia su mirada monstruosa, y
oyendo buhar y maldecir a las dos mujeres, toda su mezquina figura se
estremeca de satnico gozo....

Plida y convulsa resplandeca tan bella la muchacha, que Narcisa
hubiera querido aniquilarla con sus ojos acerados, cargados de ira.

Cuando la dejaron sola con su terror, se quit con manos temblonas el
alegre vestido blanco, y otra vez se abrum bajo la tela sombra de su
luto. Estaba descontenta de s misma; tal vez doa Rebeca tena un poco
de razn; acaso haba algo de ingratitud de su parte en aquella
involuntaria fatiga que le causaba la ropa negra, vieja y pesada.
Mortificbase con la duda de si el antojo del vestido blanco habra
ofendido la memoria de aquel hombre a quien en el fondo de su corazn
llamaba padre, y le dolan, con violento dolor, las crueles palabras que
acababa de or sobre la condenacin de don Manuel. Toda su alma estaba
sublevada de indignaciones porque la culpasen a ella de aquella
condenacin posible.

Tanto oa anatematizar a todas horas la injusticia del testamento de su
protector, que lleg a tener sospechas de semejante injusticia; porque
si ella no era, por fin, hija del noble solariego, qu era en aquella
familia, y qu motivos haba para que la piedad del testador la
asistiese por encima de los naturales derechos de la hermana?

Pero, y Salvador, no pareca tambin un extrao, un intruso que haba
venido a poseer libre y completamente parte de la fortuna del amigo?

Haba un gran misterio en la ltima voluntad de don Manuel, y Carmencita
martirizaba en vano su inteligencia con aquellas profundas meditaciones.

Cuando en su presencia se insultaba acerbamente al difunto caballero,
rompa a llorar descorazonada al sentirse impotente para defenderle de
aquellas furias, y un lejano temor de que por haberla amado a ella
purgase alguna injusticia el alma de aquel hombre la llenaba de
sobresalto.

Siempre, en tales ocasiones, las dos terribles mujeres se burlaban de su
angustia, y la escena terminaba con el mote convenido.

--La santa... es la santa.... pobrecita!...

Ella, entonces, ergua su corazn acobardado para decirle a Dios en
ntima plegaria:

--Y bien, Seor, yo quiero ser santa; es preciso que lo sea...; hazme
santa, Dios mo..., hazme santa de veras!




IV


Entretanto, Salvador Fernndez, mdico municipal de Villazn, haba
trasladado su residencia desde la villa al pueblo gracioso y pequeo de
Luzmela.

En plena posesin del cuantioso legado del amigo, Salvador no haba
pensado ni un momento en cambiar de vida ni alterar en nada sus
costumbres humildes.

En el palacio de Luzmela como en la posada de Villazn, el mdico era
siempre un hombre bondadoso y amable, de carcter tmido y vida
sencilla.

Haba destinado para su uso las habitaciones de don Manuel, y en la casa
se desenvolvan las horas serenas y blandas, mudas y lentas, igual que
en los das postreros del hidalgo.

Dirase que el espritu benigno del solariego, con la amargura de sus
memorias, con la bondad de sus sentimientos, presida an y gobernaba
las labores y las intimidades de la pudiente casa labradora.

Salvador segua visitando a sus enfermos con la misma atencin que
cuando de su carrera haca estmulo de prosperidad y base de la
existencia, slo que ahora haba renunciado a la subvencin del
Municipio para que otro mdico la disfrutase.

Enamorado de su profesin, hizo de ella un culto piadoso, que practicaba
en favor de los pobres. De la herencia que libremente poda disfrutar
slo tomaba lo preciso para sostener el decoro de la casa y hacer algn
viaje a las grandes clnicas extranjeras, en demanda de luces y medios
con que extender en el valle la misericordia de su misin.

As las gentes le adoraban y le bendecan, y l paseaba por los campos
su conciencia pura, con la santa simplicidad de un apstol del Bien,
convencido y ferviente.

Desde que se reconoci hijo sin nombre de una infeliz aldeana, humill
su corazn en una mansedumbre dignificadora, que le confort y sirvi de
alivio a sus ntimas tristezas.

Luego, su vida tuvo un doble objeto santo y noble: derramar los
consuelos de la ms piadosa de las ciencias sobre los dolientes sin
ventura y velar por la dicha de Carmen.

Era para l una suprema delicia espiritual el consagrarse de lleno a
pagar en la hija la inmensa deuda de gratitud contrada con el padre.

Su oracin cotidiana consista en memorar los bienes recibidos de
aquella prdiga mano que salv a su madre de la desesperacin, la
levant de la ignominia y la honr haciendo del nio desvalido y
miserable un hombre de sano corazn, enveredado por una senda segura de
la vida.

Despus de enfervorizarse con esta membranza sentimental y preciosa,
Salvador discurra amorosamente sobre el porvenir de su protegida.

El nada saba de los misteriosos terrores que la nia le haba inspirado
la sola idea de que doa Rebeca la llevase de la mano camino adelante,
ni mucho menos sospechaba las torturas que la pobre criatura padeca en
poder de los de Rucanto.

Como todas sus atribuciones sobre la pequea eran morales y secretas,
Salvador no se atreva a significarse visitndola demasiado y se
limitaba a verla con toda la frecuencia posible dentro de una prudencia
conveniente.

Antes que la nia partiese de Luzmela pudo l abrazarla y prometerla
toda su fortuna y su desvelo.

Carmen haba llorado sobre aquel noble corazn con un silencioso llanto
contenido y acerbo, que era acaso, ms que el desahogo del dolor
presente, el presentimiento agudo del futuro dolor.

--Todo cuanto te ocurra, me lo contars le haba suplicado el joven--.
Si sufres, si necesitas algo, me lo dirs en seguida; promtemelo.

Ella le mir fijamente a los ojos y preguntle:

--Lo mand mi padrino?

--S, lo mand; te lo juro, Carmen.

--A m no me dijo nada.

--Pero me lo dijo a m todo; t eras muy pequea para hablarte de estas
cosas; adems tema darte demasiada afliccin. El quiso que t fueras
muy dichosa, todo lo ms que sea posible, y que nunca le olvidases.

--No, nunca--repiti la nia sollozando.

Y, con voz firme, aadi despus:

--Yo har todo cuanto l dej mandado...; ser muy buena.

--Ya lo s; estoy seguro; pero es preciso que tambin seas feliz.... No
olvides que yo soy tu mejor amigo, que Luzmela ser siempre tu casa...,
que todo cuanto yo tengo es tuyo, todo, entiendes?

Ella, desconsolada, murmur:

--Si fueses mi hermano!

Enmudecido acarici l aquella linda cabeza, ya inclinada por el
infortunio, y la nia, vindole callado y afligido, sabore la amargura
del desengao irremediable.




V


En aquellos cuatro aos transcurridos, Salvador visitaba a Carmen muchas
veces. La dulce gravedad habitual en la nia le haba engaado, porque
aquella dulzura triste ya no era slo espejo de un alma sensible y
soadora, sino que era tambin seuelo y transfloracin de un alma
dolorida.

La nia haba espigado mucho; su belleza, ya potente, se acentuaba con
una encantadora delicadeza de lneas.

Lo ms atractivo de su persona era el halo de bondad que nimbaba su
frente y la serena expresin amorosa y profunda de sus ojos garzos.

Haba en su sonrisa una mstica expresin, siempre encesa, como en
ideal culto de algn divino pensamiento.

Aquel sublime encanto de la joven era la desesperacin de Narcisa y de
su madre, que llegaron a odiarla.

Salvador participaba en la casona de la aversin que all sentan por la
nia de Luzmela; no en vano era otro heredero de don Manuel de la Torre.

Segn doa Rebeca y su hija, los jvenes favorecidos por el hidalgo
podan considerarse unos ladrones, los secuestradores de la dbil
voluntad de un loco, cuyo testamento constitua un atentado contra los
sagrados derechos de la familia, una estafa perpetrada por aquel
santurrn hipcrita y aquella gatita mansa....

A pesar de estos finos comentarios, hechos sin recato ni vergenza
delante de la misma Carmen, las de Rucanto reciban a Salvador con
agasajo y blandura, considerndole un buen partido.

Delante de l halagaba doa Rebeca a la nia y ponderaba su crecimiento
y donosura.

Narcisa, menos asequible al disimulo y ms altiva, se conformaba con
demostrar, en aquellas ocasiones, una tolerancia benvola hacia Carmen,
concedida con un aire de superioridad y proteccin llenos de majestad.

Salvador era poco ducho en artificios de mujeres; todo sinceridad y
nobleza, dejbase engaar fcilmente por las dolosas apariencias del
buen trato que Carmen pareca recibir.

A veces, en sus breves visitas a Rucanto le acompaaba Rita, la buena
anciana, siempre ganosa de ver a su santa querida.

Viva la fiel servidora al lado del mdico, ocupando en la casa de
Luzmela su puesto de confianza, tantos aos acreditado por una constante
adhesin al difunto caballero.

En vano intentara Rita continuar al inmediato servicio de Carmen. Doa
Rebeca haba manifestado a este deseo una ostensible oposicin, y la
anciana hubo de conformarse con visitar a la nia en todas las ocasiones
posibles.

De estas visitas no sala nunca tan satisfecha como Salvador.

En una de las que hizo por aquel tiempo quedse como nunca mal
impresionada, y, de regreso a Luzmela, iba murmurando:

--Est triste la nia....

--Es su seriedad propia, su traje adusto, lo que le da esa apariencia
melanclica--respondi el mdico.

--No, no; cuando habla parece que va a llorar....

Salvador se qued pensativo, un poco inquieto.

--Adems--aadi la mujer, recelosa--jams nos la dejan ver sin
testigos...; muchos domingos voy a misa a Rucanto por buscar ocasin de
hablarla al salir, y siempre a su vera estn la hija o la madre
guardndola con codicia.

--Est bien que Carmen no vaya sola.

--Bien estar; pero esas mujeres no me van gustando. Se dice que en la
casa hay muchos disturbios, que los hijos son para la madre tan malos
como lo fu el marido....

Salvador, muy preocupado, hablando consigo mismo, dijo en voz alta:

--Habr que averiguar si eso es verdad...; muchas veces la gente levanta
fantasas calumniosas...; ellos son todos algo inconscientes, psquicos
por herencia.... El mismo don Manuel muri de neurastenia renal y fu
siempre exaltado delirante; pero era tan cabal en nobleza y corazn,
que su enfermedad no marchit ninguno de sus bellos sentimientos.

Rita suspiraba.

--El, era otra cosa; nunca la mana que todos ellos padecen le di por
reir ni por daar...: gozaba en hacer bien, y si en sus tiempos fu
enamoradizo y zarandero, pagado lo hubo en buenas obras.... Algo
sospechoso andaba de su hermana, que a m una noche bien me quiso
sonsacar los sentires que de ella tena...; pero cmo iba una a
adivinar?... Tenala yo adems poco tratada. Siempre la casona de
Rucanto fu secreta y aduendada para los lugareos.... Servidores del
valle no los quieren; pero los forasteros que les vienen de criados poco
duran, y, antes de najarse, algo murmuran en el pueblo.

--Pues es necesario enterarse de la verdad de esas habladuras....
Indaga t, Rita; yo tambin he de averiguar algo de lo que nos
interesa.




VI


Con aquellos indicios vagos y algunos ms seguros que Salvador fu
adquiriendo, la incertidumbre se apoder de su espritu y sinti una
honda inquietud atormentadora.

Tuvo la idea de hacer llegar en secreto una carta a manos de Carmen para
recabar de ella una explicacin categrica acerca de los misterios
tenebrosos de aquella casa.

Despus pens pedir a doa Rebeca, francamente, una entrevista con la
muchacha.

Se dirigi a Rucanto lleno de ansiedad.

Pareca que le esperaban o que le haban visto acercarse, porque le
recibi con mucha gracia una sirviente, conducindole a la sala donde,
con grata sorpresa, encontr a Carmen sola.

Estaba bordando.

Una nativa autodidaxia la haca hbil para toda clase de labores, y su
naturaleza pacfica y bien dispuesta se avena mal con la ociosidad.

Sonri a Salvador con una encantadora picarda, muy nueva en su
semblante.

l, gozoso de hablarla sin testigos y de verla tan alegre, le acarici
las manos, dudando si la besara.

Le pareci aquella maana ms mujer, ms linda que otras veces, y como
si estuviera un poco desconocida.

Sin que ella hablase, l la interrog impaciente:

--Ests contenta? Vena hoy a preguntarte, ansioso, si vives a tu gusto
aqu, si te tratan bien; quiero saber con certeza si eres dichosa.
Cuntame la vida que haces, porque se dice por ah que en esta casa hay
una zalagarda continua, y a Rita le parece que t ests triste.

Baj la nia hacia el bordado sus apacibles ojos oscuros, y un poco
turbada murmur:

--Yo triste?

--Lo ests en efecto? Tienes algn deseo, algn disgusto? Es cierto
que aqu no hay paz ni alegra?...

Carmen, esquivando una respuesta categrica, balbuci:

--Ellos rien mucho; pero a m eso no me importa...: el padrino quiso
que yo viviera con su hermana!...

--Siempre que ella fuese para ti buena como una madre....

La pobre nia tena toda la voz llena de lgrimas cuando exclam:

--Oh, una madre!... Madre ma!...

Salvador, muy impresionado, volvi a tomar entre las suyas las manos de
la muchacha.

--T sufres, Carmen; es preciso que me lo cuentes todo...: hblame
pronto, antes que nadie venga.

Ella, serenndose, torn a sonreir con graciosa malicia.

--No vendrn ahora, descuida; me han dado un encargo para ti...; te
vieron llegar y me mandaron venir a esperarte....

Curioso, pregunt el mdico:

--A ver, qu se les ocurre a esas seoras?

Carmen, mirndole con franca mirada deliciosa, le cont sin ms
prembulos:

--Quieren que te cases con Narcisa....

l solt una carcajada demasiado expresiva.

La nia, medrosa, le ataj:

--Calla, no te ras tan fuerte, hombre!

Pero el mdico no poda calmar su hilaridad jocunda.

Ahogando la risa lleg a decir:

--De modo que estn locas de cierto?

--S; locas s lo estn....

--O es que quieren burlarse de m?

--No, eso no; lo dicen en serio; han hablado mucho solas; luego doa
Rebeca me ha llamado con suma amabilidad y me ha explicado el asunto,
entremetido en muchos refranes..., que al buen entendedor con pocas
palabras basta..., que ms vale pjaro en mano que.... El pjaro eres
t, sabes?

--S?... Pues mira, le contestas que no hay peor sordo que el que no
quiere or... que el que mucho abarca poco aprieta....

Ella le interrumpi con argentina carcajada.

--Yo tambin tengo muchas ganas de reirme..., mira que casarte t con
Narcisa..., tendra que ver!...

--De modo que gracias a esta embajada puedo, al fin, hablar contigo
libremente?

--S, me queras hablar?...

--No te digo que estaba muy inquieto por ti? Se comenta ahora mucho la
guerra de esta casa....

--Djalos que estn en guerra....

--Pero t padeces.

--Yo estoy tranquila, Salvador; en todas partes tendra que sufrir.

--Y por qu, hija?

Ella volvi a inclinar la frente y, otra vez, eludiendo una explicacin,
dijo:

--Estos das estn muy amables conmigo.

--Estos das solamente?...

Carmen no quera responder con franqueza, y sali diciendo:

--No sabes que va a venir Fernando?

--El marino?

--S.

--Y a qu viene?

--A pasar una temporada...: ese dicen que es bueno.

--Pero; de verdad son malos los otros?

--Malos?... Es que estn algo locos!...

--T no tienes confianza conmigo, Carmen; eso me entristece....

Ella le mir cariosa.

--S que la tengo...; t qu puedes hacer?... Ya no tiene remedio....

--Como que no?... Yo puedo hacerlo todo; todo, entiendes?... Y lo har
si es preciso; slo falta que t me autorices para ello.

--Qu haras?

--Llevarte adonde estuvieras a tu gusto.... Para eso estoy en el mundo,
para velar por ti.

--Para eso?

--Y lo dudas? No te lo asegur el da en que saliste de Luzmela? No
sabes que el padrino me lo dej encargado?...

Aquella evocacin alter la expresin resignada de la nia. Se
ensombreci su rostro peregrino y estuvo a punto de romper a llorar.

Logr contenerse con un gran esfuerzo, y entreg su mano temblorosa al
joven para protestarle.

--Gracias, gracias....

El, muy conmovido, bes religiosamente aquella linda mano, insistiendo:

--Dime, te quieres ir de esta casa?

--No, no; aqu me quedar; si fuera necesario te avisara.

--Me lo prometes?

--Prometido.

Se quedaron callados un momento; despus Carmen pregunt con sobresalto:

--Y qu dir a doa Rebeca de mi comisin?... La he cumplido muy mal.
De antemano saba que t ibas a reirte, y he gozado con que juntos nos
burlsemos un poco de las dos.... No tiene Narcisa ningn novio,
sabes?, y te queran a ti porque eres rico. Me encarg la madre que te
lo propusiese como ocurrencia ma...; que te dijese cosas muy buenas de
la chica.... Y no te las digo por si acaso las crees y te casas con
ella.... Luego estaras bien desesperado.... Adems de ser locas son
malas; hablan infamias de todo el mundo, de ti tambin, y del
padrino....

--Pobre Carmen!... As no puedes vivir.... Yo arreglar esto.

Carmen, lanzada involuntariamente al terreno de las confidencias, aadi
todava:

--De Andrs tengo miedo..., y tambin de Julio....

Salvador estaba consternado; se haba puesto de pie con impaciencia, y
ella insisti, siempre alarmada:

--Y qu le dir a doa Rebeca ... de eso?...

--De qu, hija ma?

--De la boda....

Y todava la nia se ri, un poco burlona.

--Pues, le dirs que yo no pienso casarme nunca.

--Nunca?... Y es de veras?

La mir Salvador, largamente, para decir:

--Hasta que t te cases.

Ella, enrojecida, no supo qu replicar.

En la casa, sumida en raro silencio, se oyeron entonces pasos y rumores.

Salvador, deseando esquivar en aquel momento la persecucin de las
seoras, se despidi de Carmen aceleradamente, prometindole volver muy
pronto y hacindole prometer que, entretanto, ella le escribira con
reserva, ponindole al corriente de su situacin, sobre la cual era
preciso resolver en definitiva.




VII


Era aqul un da de emociones en Rucanto.

Saboreaba las suyas Carmencita, olvidada de todo para pensar en los das
felices de Luzmela, evocados por la cariosa visita de su nico amigo.

De pronto cay sobre su ensueo la voz punzante de doa Rebeca,
interrogando:

--Se fu ya?

La joven se estremeci y, azorada, repuso:

--Ya....

--Y no has llamado a tu prima?

Tmida para disculparse, guard silencio la joven, y doa Rebeca
contuvo a duras penas su enojo, deseando explorar el resultado de las
gestiones que la encomend.

--Habla, hija ma; qu te ha dicho el mdico?... Le ponderaste a
Narcisa?... La pobre Narcisa te quiere mucho; hoy me ha dicho que tienes
ya que aliviar el luto y salir con ella a paseo. Vamos, explcate:
confes que le era simptica?... El siempre le echa unos ojos!...

Carmen, obligada a responder, torpe y confusa, dijo sencillamente.

--Me ha dicho que no piensa casarse nunca.

La seora, descompuesta en un instante, bramando de furor, alz los
brazos sarmentosos sobre la cabeza de la nia.

Luego se tir de los pelos. Uno de sus desahogos favoritos era
encresparse la melena blanca, que debiera ser albo nimbo de su
ancianidad.

Con la voz temblequeante de despecho, inquiri:

--Y le has ofrecido mi hija?... Mi hija despreciada por ese
advenedizo, un hijo de mala madre, ladrn, asesino!...

Carmen cerr los ojos, se tap los odos, se encogi en su silla
pequea, toda confundida y horrorizada.

Doa Rebeca segua avanzando hacia la infeliz; le echaba encima su
aliento fatigoso y le escupa en la cara los insultos.

--Te aborrezco, usurpadora, infame; que no puedes ver a mi hija porque
es mejor nacida que t, y ms guapa y ms rica....

Di un manotazo furioso encima del bastidor, que rod por el suelo. La
dbil madera del telar haba gemido rota.

Entonces Carmen se levant con un instintivo impulso de defensa.

Estaba blanca y tena en los ojos un extrao fulgor.

Los puso en doa Rebeca con tal expresin de firmeza y desprecio, que la
vieja abati los brazos y la voz para murmurar:

--Me desafas?... Te burlas de m?... T eres la santa..., la
santa....

Esta palabra mordaz, aplicada prfidamente, tena el privilegio de
aplacar las rebeliones de Carmen, tan humanas y tan justas.

Humill la mirada, y cogi del suelo el bastidor.

Estaba pensando: Santa! Todava no lo soy; me sublevo; me he mofado de
ellas con Salvador..., las he acusado..., casi las odio.... Dios mo,
hazme buena, hazme santa!...

Doa Rebeca, jadeante, necesitaba descansar; pas en seguida de lo
trgico a lo jocoso; con una extraordinaria facilidad, para decir:

--_No por mucho madrugar amanece ms temprano_.... _El que con nios
se acuesta_....

Entr en aquel momento la seorita de la casa. Estaba muy retepeinada y
garifa, en previsin de que la hubieran llamado para aceptar
benignamente los homenajes del mdico, pero haba odo los gritos de su
mam, y acuda ceuda y grave al lugar de la catstrofe.

Viendo a Carmen descolorida y confusa, desmelenada y rendida a su madre,
adivin el resultado de sus tentativas, y ya se iba a insolentar, cuando
una voz providente dijo en la puerta:

--Seora, un telegrama....

Di dos saltitos doa Rebeca para apoderarse del papel azul, y Narcisa,
olvidada de sus propsitos, gir como una veleta hacia la noticia
telegrfica.




VIII


Aprovech Carmen aquel afortunado momento para escaparse. Tena en el
desvn un pequeo refugio donde haba pasado muchas horas de miedo y de
dolor.

Era un cuartito con una tronera alzada sobre el alero del tejado; nadie
le habitaba, y ella sola subir all a ver cmo el sol pasaba por el
valle, a mandar un beso a la torre lejana de Luzmela y una oracin al
alto cementerio, donde su protector dorma ajeno a tanta desventura.

Se oa desde el alto rincn la voz recia del _Salia_, acordada en
eterno cantar glorioso.

Carmen, engolfndose all en la exaltacin de los ms altos
pensamientos, no desdeaba la amistad de un ser miserable, que sola
esperarla en el solitario lugar y acariciarla humildemente.

Era un gato, que habitaba casi siempre por aquellos andurriales huyendo
de la escoba de doa Rebeca.

Tan ruin era y tan feo, que le llamaban _Desdicha_.

Carmen le llevaba con frecuencia algo de comer, y el pobre animal le
pagaba su compasin con artsticos arqueos y amorosos ronquidos.

Muchas veces, contemplando ella los cambiantes policromos de los ojos
del gato, pensaba que eran aquellas bestiales pupilas las nicas que en
la casona la miraban sin encono; y cuando el maullido blando y lastimoso
de _Desdicha_ la llamaba con cariosas inflexiones de gratitud, le
sonrea como a un ser racional y le hablaba dulcemente, respondiendo a
sus insinuantes confidencias....

En una de las frecuentes escapatorias al desvn, Carmen haba
descubierto entre inservibles trastos la imagen tallada en madera de un
Nio Jess.

Meda un palmo de altura, estaba desnudo y era una escultura tosca. La
carita, atristada y borrosa, tena unos ojos clementes, de los cuales
haban resbalado a las mejillas unas lgrimas de muy dudoso arte.

A Carmencita le di mucha lstima de aquel inconsolable dolor rodando
por el rostro bendito.

Tom la imagen y la ase; y a escondidas, con sobresaltos y recelos, le
hizo una tnica piadosa con el traje blanco de triste membranza.

El Nio estaba sobre un mundo dorado, encima de una peana rstica.

Busc la joven un rinconcito donde colocarle, en uno de aquellos muebles
rotos, y all escondido le visitaba todos los das y le contaba en
pltica muda y tierna sus dolores solitarios.

Aquella maana fu a verle y le pareci que l tambin estaba ms
afligido que nunca.

Despus se asom a contemplar la torre grave y maciza de Luzmela, la
torre amiga de su corazn.

Mirndola estaba con sus bellos ojos empaecidos de tristezas, cuando
_Desdicha_ la vino a saludar con expresivos arqueos y ronroneos
apremiantes. Ella le acarici, prometindole un regalo para ms tarde, y
como algunas lgrimas ardientes cayesen entonces sobra la piel tigresa
del animal, volvi ste hacia la nia sus ojos mortecinos llenos de
mansedumbre y le dijo algo piadoso en su brbaro lenguaje; despus lami
con delicia las gotas clidas del llanto y torn a sus arqueos y a sus
ronquidos amistosos.

Carmen se inclin hacia el pobre _Desdicha_ hasta rozar con sus labios
rojeantes la piel hirsuta del animal; luego le coloc blandamente en el
alfeizar de la ventana, a la _raita_ del sol, y despidindose con pesar
de la vista del valle y del cantar del _Salia_, baj al piso principal,
porque era medio da, y se coma all a las doce en punto.




IX


El papelito azul deca:

_Llego en el expreso.--Fernando_.

Y toda la casa se haba revuelto.

La comida no estaba pronta. Haba un trajn impaciente de muebles en
habitaciones, y cada vez que la madre y la hija se encontraban en medio
de tal jaleo, rean y se increpaban, porque Narcisa, celosa siempre del
hermano buen mozo y seductor, opinaba que aquellos eran demasiados
preparativos para recibirle, y protestaba con satricas frases de
aquella revolucin inusitada.

En esto lleg Andrs. Traa hambre y estaba de muy mal humor.

El retraso de la comida le soliviant, y al enterarse del motivo de
aquellas alteraciones pregunt irritado:

--Y a qu viene _ese_?

Doa Rebeca le contest con autoritario tono:

--Viene a casa de su madre; hace seis aos que no le veo, tiene tanto
derecho como t a vivir conmigo.

--Derecho?... El tiene carrera...; t le prefieres porque es guapo, le
consientes todos sus caprichos y le das dinero....

Descarg un puetazo sobre la mesa, con toda la reciedumbre de sus puos
potentes, y platos y copas saltaron con estruendo y destrozo.

--Est borracho!--dijo Narcisa con desprecio.

El se revolvi como una fiera, y le tir a la cabeza su bastn de
cachiporra.

Se di a gritos doa Rebeca; Narcisa, ilesa, invent un desmayo, y Julio
ilumin con un destello de feroz alegra su vidriosa mirada.

Andrs, creyendo que haba herido a su hermana, improvis un segundo
acto melodramtico, y aprovechando una iracunda mirada de su madre,
fingi querer clavarse en el pecho un inofensivo cuchillo de postre.

La cndida nia de Luzmela, con un espontneo movimiento de humanidad,
corri a estorbarle el suicidio, y aquella fu la primera vez que l
mir a la muchacha con detencin y de cerca.

La encontr muy hermosa; toda su materia se estremeci, y al entregarle
el cuchillo sin la menor resistencia le sob las manos groseramente.

Qued aplacado el guijarreo mozo por la magia de aquella sorpresa, y
como Narcisa creyese prudente recobrarse del sncope, porque la sopa
se estaba enfriando, se hizo la paz en un minuto, Julio dej de sonreir,
y todos se sentaron a la mesa, provista de otros platos y de otras
copas.

Comieron de prisa y comieron mucho; all siempre se coma mucho. Con las
bocas llenas de insultos, en discordia, en pelea, los guisos y las
botellas se despachaban lindamente....

Doa Rebeca, muy amable con Carmen, la llam _sobrinita_ varias veces y
la inst a repetir de algunos platos.

La nia, incapaz de acostumbrarse a tales mudanzas estupendas, no saba
si temer o alegrarse en aquella ocasin, y sintindose al fin contagiada
por la extraa tranquilidad general, esper curiosa la hora del tren
expreso, que era la de las cuatro de la tarde.




X


Crey doa Rebeca oportuno dar dinero a su hijo Andrs, con ms largueza
que de costumbre, para que se fuera contento por muchos das; pero l
apuando el pago de la ausencia, no se alej sin rezongar y sin echar
sobre Carmen una mirada licenciosa.

Afortunadamente, la muchacha, distrada por los extraordinarios sucesos
de aquel da, no haba notado la brutal impresin que estaba causando en
Andrs.

A la hora oportuna bajaron las seoras a la estacin, y Carmen se qued
sola. Ella nunca sala sino a la huerta o al campo.... Qu iba a hacer
en lugares de pblica reunin una chiquilla recogida de caridad y
siempre enlutada y triste? La nia haba llegado a creer que doa Rebeca
tena razn en disponer as de sus florecientes diez y siete aos, y no
intentaba nunca quebrantar este decreto, martirial y absurdo, que la
reclua siempre en grave soledad.

Apenas salieron la madre y la hija, Carmen oy que Julio aullaba en su
dormitorio, y temiendo que saliera a asustarla desde algn rincn con
sus ojos crueles, baj al zagun y se puso a escuchar el silencio de la
tarde.

Sintise a poco, por el jardn adelante, un rumor de palabras.

Sobre la dura voz de Narcisa y la chillona de su madre, otra, sonora y
firme, se alzaba risuea.

Carmen se asom a mirar.

All estaba Fernando, esbelto, seductor, con su cara plida y fina, su
bigote negro, sus ojos endrinos y soadores.

Tena despejada la frente, rizo el cabello obscuro, y sensual la boca,
sonreidora y correcta.

Entr el viajero en el zagun, y quedse la muchacha fascinada, dudando
si en efecto sera aquel Fernando Alvarez de la Torre hijo de doa
Rebeca.

Pero lo era, porque vindola l replegada contra el muro, pregunt a su
madre:

--Esta es la hija del to Manuel?

Y sin esperar respuesta, la abraz con efusin, la mir con entusiasmo y
declar al fin:

--Es muy bonita..., muy bonita!

Carmen estaba encantada, Narcisa furiosa, y doa Rebeca pareca
abstrada en perplejidades y temores, con un aire lnguido de vctima,
muy mal avenido con su figurilla inquieta y alocada. Senta un enfermizo
reblandecimiento de amor maternal hacia el marino, y vea avecindarse en
torno suyo los iracundos celos de Narcisa.

Esta perspectiva, la entristeca o la alegraba?... Era difcil
averiguarlo, porque su aspecto, adolecido, pareca poco sincero. Acaso
no estaba ella en su elemento cuando ms fuertes se desencadenaban en la
casona las tempestades familiares?...

Se haban quedado todos sumidos en un silencio molesto, durante el cual
la galante sonrisa de Fernando sigui fija en el turbado rostro de la
nia de Luzmela, y entonces la seora inst a su hijo a subir,
ponderando con entrecortada voz, muy fingida y lacrimosa, los anhelos
que senta de verle a su lado y recrearse con su presencia.

Tan pronto como ellos desaparecieron, Narcisa empez a trastear con
bruscos ademanes; quitaba y pona sillas de un lado a otro, empujaba a
puntapis el equipaje de su hermano, y silbaba unas amargas
murmuraciones.

--Ya tenemos en casa el viril; ya est aqu el orculo; se complet la
seccin de estorbos.... Entre chiquillas de la calle y seoritos guapos
vamos a estar divertidos....

Carmen, sin atender a Narcisa, estaba sintiendo todava cmo la
acariciaba dulcemente la sonrisa serena del marino.

En pocas horas cambi Fernando el semblante sombro de la casa.

Cant, abri los balcones con estrpito, y una brisa otoal, odorante y
pura, refresc las habitaciones lbregas, cerradas por el desuso mucho
tiempo.

No quiso la que le haban preparado, sino otra mayor, con mejores vistas
y peores muebles.

La casona, inmensa, tena amplios aposentos desmantelados y medio
ruinosos.

Todas aquellas ventanas carcomidas y gimientes las abri el marino de
par en par, y el sol se tendi perezoso en las estancias, y entraron con
l en la casa los rumores soberbios del ro y el garganteo meldico de
los malvises.

Estaba la mies en derrota; los ganados, libres, sesteaban soolientos,
se refocilaban en brbaras persecuciones, o pacan en lentas cabezadas
los brotes _sirueos_.

Tintineaban las esquilas en la mansa levedad del ambiente, y todo el
valle se hermoseaba con traje de alegra en la paz gergica de la tarde.

Fernando prodigaba sus admiraciones a los encantos de aquel panorama
delicioso, y saciando sus ojos de hermosura, rememoraba los aos
infantiles, prdigos en aventuras y promesas.

Mientras tanto, doa Rebeca haba dejado de reir a voces; Julio apenas
sala de sus escondites, y Andrs no haba vuelto a aparecer por la
casona.

Narcisa, ms convencida que nunca de la importancia de su persona y de
la sublimidad de su talento, se engolfaba en lamentaciones augurales,
presagiando que el regreso tan festejado del marino haba de traer
graves perjuicios al esclarecido solar de Rucanto....

Con el reciente trasiego de muebles, Narcisa tom pretextos para lanzar
de su cuarto la camita de Carmen, y la nia, muy contenta, eligi para
colocarla un retirado gabinete desalhajado y achacoso, pero con recia
llave en la cerradura y ancha ventana abierta al campo, sobre el camino
de Luzmela.

Entonces, aprovechando los favorables vientos de paz que reinaban en la
casa, se atrevi a bajar del sobrado la abandonada imagen del Nio
Jess. La puso encima de una rinconera adherida al muro espeso del
dormitorio, y se complaci en su compaa y en su devocin con msticos
arrobos.

Parecile que el vestidito de la imagen estaba un poco sucio y se lo
lav, para volvrselo a poner muy bien alisado y pomposo.

Buscaba todos los das algunas flores que ofrecerle y cada noche, antes
de acostarse, le besaba con fervor en las divinas lgrimas.

Una maana de aquellas estaba peinando la acrespada peluca del Nio con
su mano alba y tersa, cuando sinti una inquietud medrosa que le hizo
volver la cara.

Por la puerta entornada, los ojos felinos de Julio la perseguan,
apostados en la oscuridad como una maldicin.




XI


Fernando se complaca en manifestar a Carmen una simpata franca, llena
de atenciones.

Cuidbase poco de su madre y de su hermana, sin preocuparse de merecer
su beneplcito.

Desde la primera mirada, vi cmo ellas aborrecan a la nia de Luzmela,
y, sin protestar de esta monstruosidad, l se puso a quererla, porque le
pareci digna de cario.

Doa Rebeca tragaba saliva, renegaba de todo lo criado, a media voz, y,
quedito, en los pasillos y en los rincones, le deca a Carmen injurias y
refranes con perversa impunidad.

Una calma aparente reinaba en la casona, porque Narcisa, sabiendo que
le era imposible contrarrestar la influencia que Fernando ejerca en su
madre, se contentaba con zaherirlos a los dos a cierta distancia del
marino, apagando la voz y mordiendo las desesperaciones de su envidia.

El fracaso de sus tentativas conquistadoras cerca de Salvador la tena
frentica.

Haba credo que, por miedo o por conveniencia, Carmen iba a cumplir a
satisfaccin la extraa embajada; que no era lerda la nia ni le faltaba
ingenio para enredar una madeja de amores. Pero no haba querido, no,
la pcara, la taimada!...

Uno de aquellos das en que tuvo ocasin de echarle a la muchacha en
cara lo que ella llamaba su ingratitud, tantos cargos terribles la
hizo y de tales apariencias de indignacin adorn su resentimiento, que
la nia lleg a creer en la posibilidad de su culpa.

Mostrse muy apurada entonces, y Narcisa, abusando de aquella turbacin
inocente, derroch sobre la muchacha las recriminaciones y acudi
despus a las amenazas.

Carmen, llena de temor, trat de calmarla, insinuando alguna promesa.

--El me dijo--balbuci--que no pensaba casarse...; pero creo que lo
dijo en broma...; qued en venir pronto....

La presunta novia apacigu un tanto sus furores para manifestar:

--No; si a m por l no me importa un bledo...: tengo pretendientes de
sobra. Lo que siento es tu mala voluntad, tu poca complacencia.... Se
trataba solamente de conocer sus intenciones..., de saber por qu nos
visita tanto.... Por ti no ser...: dicen que sois hermanos!...

La nia, recobrndose, contest al punto:

--Si fuese cierto, por m vendra....

--O no, que a los hermanos no les da tan fuerte. Ya ves lo que se
molestan por m los mos..., como yo por ellos!...

No oy Carmen estas ltimas palabras, embebida en la ilusin de pensar
que Salvador pudiera ser su hermano.

La otra argull todava:

--El bien me mira....

Distrada afirm la muchacha:

--S..., l bien te mira....

--Bueno; pues quiero conocer sus propsitos, porque as estamos
perdiendo el tiempo, y yo me perjudico.

Aun dijo Carmen, perpleja:

--T te perjudicas....

--Pues es preciso que te enteres pronto y bien de su intencin..., con
disimulo..., y si no, pobre de ti!

La nia, como un eco, repiti mentalmente:

--Pobre de m!




XII


Y sin embargo, Carmen ya no era tan pobre; tena un amigo influyente en
la casona donde antes slo tuvo un Nio Jess de madera y un gato feo y
ruin.

Con lozana alegra empezaba a florecer su corazn amoroso; y seducida
por aquellos primeros favores de la suerte, se sinti tan deseosa de
paces y treguas en la batalla de su senda oprimida, que pens en
congraciar con un ardid a la terrible seorita de la casa, escribiendo a
Salvador dos renglones que pudieran convertirse en alguna esperanza para
la cazadora de novios.

Y ella, tan sin artificios ni dobleces, imagin en seguida un medio
fcil y seguro de hacer llegar su misiva a las manos del mdico.

Era un sbado, y doa Rebeca daba algunas limosnas en ese da, por vieja
rutina de la casa. Sola la nia repartirlas, y tena un pobre favorito
muy socorrido por ella en sus prsperos das de Luzmela.

Aguardle, y, con misterio, le di su papel para Salvador.

En l deca:

Estoy bien y mucho ms contenta; no dejes de venir pronto a vernos y
procura estar amable con Narcisa: es un favor que te pido.

Despus que el emisario parti, gozoso de servir a su bella protectora,
Carmen se qued arrepentida de inducir a Salvador a una farsa con aquel
impremeditado ruego.

Quiso tranquilizarse pensando:--No ser ms que una medida para que
ahora me dejen en paz; l lo har con gusto cuando yo le explique....
--Pero qu le explicara?... Carmen enrojeci a solas, y sinti en su
corazn un acelerado latido.

Quedse pensativa....

Entretanto, Andrs se haba avistado ya con su hermano.

Lleg el malviviente a la casona un poco menos feroz que otros das.

El y Fernando se saludaron como si la vspera se hubieran visto.

El marino se content con decir:

--Ests viejo, hombre....

Andrs le atraves con sus ojos bizcos, inexpresivos y torpes, y dijo un
poco sarcstico:

--T ests ms joven.

Se volvieron la espalda. Fernando cantaba una barcarola. Andrs buscaba
a su madre para pedirle dinero.

En el corredor se tropez con Carmen; pareca haberse olvidado de ella,
y al verla di un gruido y trat de hacerla una caricia.

Sobrecogida, no pudo evitar un ligero grito al esquivar su cuerpo
inmaculado de las manazas brutales del hombrn.

Salieron doa Rebeca y Narcisa de sus habitaciones, como dos vboras de
sus escondrijos, silbando:

--Loca!... Si est loca!... Qu escndalo es ste?...

Andrs, detenido en medio del corredor, persegua a la joven con una
mirada estuosa y voraz, y las seoras de la casa, asomadas unas a cada
puerta, atisbaban procaces y malignas.

Fernando, desde la entrada del comedor, sonri sobre aquella escena
amarga, sin sorpresa ni indignacin aparentes, y le dijo a Carmen, que
se le haba acercado medrosa:

--Anda, vente conmigo un poco a la huerta....

Se hizo el silencio en torno a aquella voz armoniosa que ejerca un
milagroso imperio en la familia, y Carmen, bajo la proteccin de aquel
influjo bienhechor, se apresur a obedecer.

Salieron a la huerta por la puerta vidriera del pasillo.

La miraba el marino intensamente, con una delicia manifiesta; ella
senta una turbacin extraa.

Iban al mismo paso descuidado, por el sendero, y le dijo l:

--No tengas cuidado ninguno mientras est yo aqu....

Despus, de pronto, murmur:

--Qu bonita eres y qu buena!

Ella, toda estremecida, se qued silenciosa; su corazn aleteaba con
unas agitaciones inefables.

Fernando suspir. Se inclin para arrancar entre la hierba unas
borrajas, ya casi marchitas, y con otra voz distinta, fraternal y
confidencial, pregunt:

--No tienes ms que este vestido, Carmen?

--Este, y otro ms viejo....

--Y, cundo te quitas el luto?

--Cuando ellas manden....

El tir las flores distrado y repuso:

--Le quitars ahora para todos los Santos....

Entonces la nia le mir maravillada, tan llena de admiracin, que l,
otra vez con acento ardiente, le volvi a decir:

--Qu buena eres... y qu hermosa! Te quiero mucho, Carmencita, me
quieres t algo?

Haciendo esfuerzos por serenarse, balbuci ella con timidez encantadora:

--Algo, s....

--Divina..., divina!--murmur el marino, casi en un soliloquio; y
devoraba con delectacin el rubor de la muchacha y su emocin
profunda....

Cuando volvieron de aquel breve paseo, Andrs se haba marchado sin
esperar a comer; Narcisa tena un pliegue enigmtico en su frente
orgullosa, un poco deprimida, y doa Rebeca pareca que haba llorado.

Carmen, embebida en algn pensamiento celestial, sin duda, mostraba una
expresin nueva y radiante, y Julio, que la persegua con ojos
interrogadores, no quiso comer sin la sal de las lgrimas con que la
nia de Luzmela sola sazonar las familiares viandas.




XIII


Estaba Salvador muy asombrado de los renglones de Carmen. Pens en ir a
Rucanto al da siguiente con pretexto de saludar a Fernando, y le
parecieron largas las horas hasta que llegase la de ver a su amiga.

Se recibi su visita en la casona con mucho agasajo.

Doa Rebeca hzose toda un puro caramelo, y Narcisa, que tard en
presentarse un buen rato, lleg emperejilada y grave. Era delgadsima y
compona maosamente el desgarbo de sus formas mediante postizos
fementidos. Vesta con lujo, y llevaba en la cara vulgar una expresin
dura, y muchos polvos de color de rosa.

Fernando y Salvador se abrazaron cordialmente; contaban una misma edad y
haban hecho juntos algunas memorables jornadas infantiles.

Cuando entr Narcisa en la sala, Salvador no pudo remediar cierto
azoramiento mortificante, que ella interpret a su antojo.

Llevaba el mdico en la solapa una blanca margarita del jardn de
Luzmela.

La seorita de la casa admir con insinuante ponderacin la gracia de la
florecilla, y el joven, por no saber qu hacer ni qu decir, se la quit
del ojal, ofrecindosela.

Fu aquel un momento incomparable para Narcisa; tom en triunfo la flor,
y se la prendi en el pecho, rebosante de gozo....

Fernando convid al mdico a comer, y las seoras asintieron a la
invitacin con tan buena voluntad, que Salvador no pudo evadirse de
aceptarla, aunque estuviese muy disgustado all. No era experto en artes
de coquetera femenil, y los manejos astutos de Narcisa le ponan
nervioso.

Adems, se hallaba impaciente por que Carmen le revelase el motivo de
su extraa splica, mientras ella pareca completamente olvidada de dar
a su amigo esta explicacin. Tena en aquella hora una actitud singular
y extraa que acrecentaba su belleza dulcsima. Abstrada y silenciosa,
mostrbase ajena a todo lo que no fuera oculto embeleso de su alma.

Salvador la observaba lleno de incertidumbre; y slo pudo averiguar, al
cabo, que de tarde en tarde la muchacha alzaba el vuelo de sus pestaas
sedeas hacia los ojos fulgurantes de Fernando....

Cuando, a media tarde, volva Salvador en su caballo hacia Luzmela, una
pena asordada y mordiente lastimaba su corazn, y la gloria del valle y
la cancin del ro, caan sin encantos en la sombra de su espritu.




XIV


En uno de aquellos das, el marino pas en la capital algunas horas.

A su regreso coloc sobre la mesa del comedor unos paquetes.

Narcisa corri a curiosearlos y se complaci a la vista de unas
elegantes telas de finos colores.

Muy amable, dijo a su hermano:

--Has hecho compras, eh?

Y l, con su galante sonrisa, respondi:

--S; unos trajes para Carmencita. Por ahorraros molestias, yo mismo
avis a la modista de Villazn, que vendr maana para que la nia elija
modelos.

Narcisa se puso verde.

Con las manos estremecidas sobre las telas, estuvo un momento dudando si
podra tragar su despecho. Tena asomadas a los labios desdeosos unas
agrias frases de reproche y ofensa, y, con ellas extendidas por toda su
cara descompuesta, sali de la estancia dando un tremendo portazo que
alz en todas las habitaciones un eco penetrante.

Fernando, sin perder su risuea actitud, volvise hacia Carmen, que
estaba inmvil y pasmada, para decirle:

--Te gustan los colores?--y le sealaba las telas desdobladas.

La muchacha no se atreva a responder ni casi a mirar.

El se le acerc afectuoso y la oblig a levantar la cabeza, rozndole
con la mano suavemente la redonda barbilla.

Con acento contenido y amoroso le suplic, casi al odo:

--No te he dicho que mientras yo est en Rucanto no debes temer nada?

Tena Carmen cuajados de lgrimas los ojos y era presa de una emocin
confusa, entre grata y doliente.

Llena de sinceridad infantil interrog ansiosa:

--Y estars aqu mucho?...

Haba tal anhelo revelado y temeroso en esta pregunta, que el impvido
marino, tan seor de s mismo y tan risueo, sinti una verdadera
emocin de piedad y de ternura.

La estaba mirando a los preciosos ojos ardientes, cuando contest:

--Estar... todo el tiempo que t quieras....

--Entonces, siempre....

--Pues... siempre.... Ya sabes t que te quiero mucho, verdad?... Eres
una santa, nia, una santa muy hermosa.

Ella, con la incomparable sorpresa de aquel lenguaje clido y ferviente,
llena de efusin murmur:

--T eres bueno....

Bajo la influencia de aquel minuto grande y puro de su vida, repuso
Fernando:

--No; no soy bueno...; ser, si t quieres, menos malo...; pero,
aunque no soy capaz de nada sublime, tampoco de nada infame.

Y como si quisiera justificar sus palabras, dej de sugestionar a la
nia con su voz conqueridora y con su mirada magntica; la hizo
llegarse a mirar los vestidos, y quiso hablar de ellos en conversacin
amistosa y festiva.

Pero Carmen segua extasiada ante una revelacin luminosa que la posea
toda de extraa y honda felicidad.




XV


Se supo en la casona y aun en los alrededores, que doa Rebeca y su hijo
mayor haban tenido una larga y solemne entrevista.

Y aunque pareca imposible que la seora fuese capaz de sostener una
conversacin seria, sin exaltaciones y mudanzas, sin giros insensatos ni
absurdas interpretaciones, ello fu cierto que Fernando la someti a
esta penitencia y que emple en tal empeo toda la fuerza moral con que
dominaba a su madre.

Se supo, tambin, que, al final de esta memorable confidencia, haba
sido llamada Narcisa, y que despus de escuchar, con mal contenida
impaciencia, las admoniciones de su hermano, ms autoritarias que
suplicantes, sali diciendo, evasivamente y con saa:

--Csate con ella y te la llevas a navegar; mientras tanto, mam dispone
al fin de su herencia, que ya es hora, y paga lo que debe y salimos a
flote.... Eso es lo mejor que podas hacer; ya que tanto te interesa la
chica, a la vez que la sacas de penas, nos sacas a todos.... T que eres
el mayor y el preferido, debes ayudar a tu madre....

Se supo, en fin, que entre otras muchas cosas acordes y sensatas,
inusitadas en aquella casa de locos y de suicidas, Fernando dijo con
acento honrado:

--Yo no soy capaz de hacerla feliz...; yo no la merezco....

Maravill mucho que doa Rebeca escuchase el severo sermn de su hijo
sin tirarse de los pelos ni recitar siquiera un mal refrn, y que, por
remate de cuentas, Carmen estrenase en paz sus lindos trajes y saliese a
paseo a la Estacin, despus de la misa mayor del da de los Santos.

La miraron aquella maana en el pueblo como a una desconocida; pareca
otra.

Llevaba con exquisita gracia su modesto traje de seorita; se haba
recogido sencillamente los cabellos, cuyos ensortijados aladares daban a
sus sienes puras la idealidad de una corona.

Pero lo ms sorprendente, lo ms admirable de la nia era aquella su
incopiable expresin de delicioso ensueo, que encenda en sus labios
sonrisas misteriosas y en sus ojos intensas y divinas luces.

Salvador la encontr al salir de la iglesia; iba Carmen con doa Rebeca
y el marino.

La seora llevaba un semblante dolorido y amargo como si estuviera bajo
el peso de alguna gran desgracia.

Fernando pareca un poco triste; su habitual sonrisa era algo forzada.

Slo Carmen iba poseda de ntimo gozo lleno de fulgores.

Se qued Salvador absorto contemplndola, y el dolor causado por ella en
el corazn del joven haca das, se agudiz y le hizo palidecer.

Nada de esto advirti la muchacha, engolfada en su interno delirio.

Fueron juntos los cuatro hacia la Estacin, al paso menudo de doa
Rebeca, que acentuaba su actitud de vctima musitando entre suspiros:

--_De fuera vendr quien de casa nos echar...; unos nacen con
estrella...._

Fernando y Carmen se adelantaron un poco, enveredados a la par por la
mies adelante.

Mostrbase el otoo benigno y dulce, y era la maana serena y luminosa.

Tena el ambiente una cristalina diafanidad, una templanza gozosa.

Las praderas, enverdecidas con un plido color de esmeralda, ofrecan
suavidad fonge y amable, y en los hondones del terreno alzaban los
arroyos su plcido son.

Los bosques, despojados a medias, daban al paisaje una nota melanclica
de marchitez potica, y su mantillo abundoso en amustiadas hojas, pona
un contraste pintoresco sobre el terciopelo verde de las campas.

La hoz trgica, abierta en el horizonte, levantaba sus montaas bravas y
oscuras hasta el cielo, vestido de ndigo color, terso y puro, sin un
solo jirn de nube triste.

Carmen viva con nuevas y potentes sensaciones toda aquella vida
apacible y fecunda del valle.

Derramaba la sorpresa de sus ilusiones en las caricias con que miraba al
cielo y al campo, al bosque y a la montaa, para luego recoger de toda
aquella belleza ms infinitos anhelos de vida imperecedera, de eterna
esperanza de felicidad.

Cuando oy a su lado la voz amorosa de Fernando, aquella voz que saba
tener para ella acentos subyugadores, irresistibles, se ruboriz de
dulcsimo placer.

l no poda apartar los ojos de la joven.

Pareca que, mirndola, luchaba con una tentacin dominante, y que,
dbil y antojadizo, se dejaba vencer de la mgica tentacin.

Hablaron en voz baja, con las miradas confundidas y los corazones
agitados.

Hacan una pareja encantadora.

Mientras tanto, Salvador, acompaando a doa Rebeca, iba gustando una
cruel amargura insoportable.

Carmen no le pareca la misma.

No era su hermanita de Luzmela ni su protegida de Rucanto.

Era ya una mujer, era una novia; y lo era a los ojos de todos, a pleno
sol, en plena posesin de todas las sensaciones divinas del amor,
entregando su alma a otro hombre sin volverse a mirar si l padeca, si
l se quedaba solo en el mundo, abandonado del nico objeto de su
vida....

Oa el mdico, vagamente, el acento lamentoso con que doa Rebeca le iba
diciendo:

--Pues s, all se qued, la pobre, trajinando; vino a misa
primera...; es muy hacendosa, muy formalita...; ahora hay mucho
quehacer en casa; con Fernando y la ropa nueva de Carmen!... Porque es
lo que yo digo: _t que no puedes...._

Cuando llegaron al andn, donde despus de misa sola pasear el seoro,
Salvador se apresur a despedirse con el pretexto de tener que visitar
algunos enfermos.

Entonces, reparando el marino en la profunda alteracin de sus
facciones, observ:

--T tambin pareces enfermo....

El mdico perdi su aplomo hasta el punto de no saber qu contestar, y
la despedida result fra y penosa.




XVI


Todo el resto de aquel da se pas en Rucanto en una tesitura
violentsima, pero sin una voz levantada, sin un insulto echado a volar.

Aquella calma amenazante pareca el presagio de una borrasca.

Doa Rebeca y Narcisa se eclipsaron en sus habitaciones, despus de una
comida silenciosa y triste.

Julio no se haba levantado de la cama, y Carmen y Fernando todo lo
hablaban con los ojos, en mudas contemplaciones, con una ansiedad llena
de homenajes.

Uno y otro haban dejado casi intactos los platos en la mesa.

Como iban siendo breves las tardes, apenas dieron en el huerto unos
paseos ya cay la luz, y el paisaje se hizo impreciso y todo se
enmudeci en la vega, a no ser la fresca voz del ro elevada en gregario
constante como un inmenso arrullo encalmado.

Los dos jvenes entraron entonces en la salita baja y se acercaron a la
reja que daba al jardn sobre el vano de la ventana.

Fernando busc un taburete para sentarse a los pies de la nia, y como
si cediera a un impulso contenido y frentico, con una embriaguez de
palabras ardorosas, la habl de amarla mucho y amarla siempre.

Ella aturdida, hechizada, se dej inflamar en aquel fuego divino que ya
haba prendido en su corazn, y respondi a la querella amorosa con una
encantadora reciprocidad de promesas.

l deca con una vehemencia arrebatadora; ella con una ingenuidad tan
blanda y dulce que su voz regalada pareca un suspiro.

Hicieron su novela.

Se casaran, y l la llevara en su barco por la llanura inmensa del mar
bueno, de su amigo el mar.

Sera su viaje de novios como un vuelo sin fatiga por un desierto azul;
sera la posesin pacfica y suprema de todos los goces del amor, en un
olvido absoluto de la tierra, en una excelsa meditacin sin turbaciones,
en una vida nueva, sin lmites, sin horizontes, inmensamente feliz.

Carmen vea cmo el cielo todo bajaba a su corazn confiado y noble;
vea cmo era verdad que haba en el mundo amor y ventura.

Fu aquel un idilio intenso, ferviente, vibrante, erigido en una hora de
gloria humana, en que todas las ilusiones de Carmen florecieron con
divinas rosas....

Una cosa acre, fra, inclemente, rod encima de aquel himno armonioso.

Era la voz de Narcisa que peda la cena.

Carmencita, incapaz de bajar de un solo paso desde el cielo rtilo y
floreciente hasta el lbrego comedor de la casona, se desliz hacia su
dormitorio para recogerse un momento y componer su semblante
transfigurado.

Iba casi a tientas por salas y pasillos penumbrosos, a los cuales la
luna se asomaba un poco por las vidrieras desnudas.

No saba la joven de cierto si pisaba en el tillo crujiente o en una
nube esplendorosa y flotante, o ya en el barco milagroso de Fernando....
Iba alucinada, henchida de felicidad....

Al llegar cerca de su cuarto, sin miedo a nada ni a nadie del mundo,
desasida de la tierra, elevada a todas las excelsitudes de la gloria,
una sombra siniestra cruz a su lado; la vi desvanecerse hacia el fondo
oscuro del corredor. Con el corazn acelerado, entr en su aposento, y,
buscando cerillas en su mesa, encendi una luz.

Mir en seguida a todos lados con zozobra, y encontr a su pobre Nio
Jess, colgado ignominiosamente de un clavo por los escasos cabellos
rubios.

Corri a libertarle de aquella burla sacrlega y vi con desconsuelo que
haban tratado de sacarle los ojos.

Los tena heridos, como si se los hubiesen pinchado con un punzn. En
uno de ellos el cristal estaba roto con una incisin que laceraba toda
la cndida pupila.

Carmen no saba qu pensar de aquel ominoso atentado contra la sagrada
imagen.

Haba dado un tropezn tremendo desde su nube o su barco contra la
siniestra sombra hundida en el corredor!...

Un minuto ms que hubiera ella tardado, y el pobre Santo, indefenso,
hubiera perdido sus dos ojitos clementes, llenos de lgrimas.

Irguise la muchacha, indignada, con el Nio en los brazos, y le bes
con ternura compasiva, dispuesta a defenderle y amarle contra todas las
sombras perversas de Rucanto.

Cerr su puerta con llave para bajar al comedor, y al entrar en l vi
que Julio, a quien ella crea enfermo, estaba all, espindola con ojos
acerados; y como fulgurase sobre ella una mirada sauda, semejante a una
maldicin, acercndosele, serena y valiente, le mir retadora hasta
hacerle inclinar la cabeza.




XVII


Carmen pas la noche en vigilia febril.

El sueo de las altas horas le pesaba en los prpados, rendidos; pero
acunada por la nave milagrera de su novio y perseguida por la imagen
fatdica de Julio, no poda dormir ni sosegar, hasta que, ya
alboreciendo, se sumi en un leve descanso lleno de estremecimientos.

Despertse bien entrada la maana y le pareci or lamentos y carreras,
como en los das aciagos de aquella casa.

No se inquiet gran cosa, pensando que la presencia benigna del marino
encalmara bien pronto aquella tempestad.

Empez a vestirse lentamente delante de un espejito tan pequeo que se
iba viendo en l por entregas, y reparando en ello se sonrea.

Estaba llena de sonrisas Carmen aquella maana.... Una sonrisa para el
espejo donde, inclinndose, vi su cara preciosa un poco descolorida;
otra sonrisa para la ventana, ya acariciada por el sol plido de
noviembre...; otra, para el cielo; los ojos garzos y acariciadores de la
nia subieron hasta l dulcemente al travs de los vidrios empaecidos
por la helada.... Estaba todo azul; no haba de estarlo?... Azul tenue
el cielo, dorado desvado el sol, verde apagado la campia...; qu
bonitos colores tena la vida aquella maana!

Y en el firmamento apacible cabalgaba una nubecilla blanca y graciosa
que pareca una vela marina hinchada por el viento...; si sera un
barco?...

Carmen qued absorta en una deliciosa meditacin. Estaba abrochando los
botones del peinador y volvi a mirar hacia el espejito, donde ahora se
reflejaban sus dos manos nacarinas ajustando la tela sobre el pecho.

Y en esto llamaron a su puerta.

--Seorita, seorita..., tenga.

Y le dieron una carta.

--Cosa ms sorprendente!...

La sirviente se qued all, mirndola con rara curiosidad, y la joven,
asombrada, pregunt:

--De quin es?

--Del seorito Fernando; me la di para usted antes de marcharse.

--Pero, se ha marchado?

--Y bien de madrugada...; tom el primer tren.

Carmen se apoy en el borde de su cama deshecha y tibia, y con las
bellas manos temblorosas abri la carta.

Ley con ojos de sonmbula, desmesurados y turbios.

Carmencita: Nia santa y hermosa, que me has querido en la hora ms
grata de mi vida, te digo adis con mucha prisa y con mucha pena: con
prisa porque debo separarme de ti cuanto antes; soy malo y temo hacerte
mucho mal...; con pena porque me duele el corazn al dejarte.... Slo
tengo una cosa buena: que me conozco. Esta nica virtud la pongo
humildemente a tu servicio por encima de mis tentaciones y de mis
ansias.... Olvdame: hazte la cuenta de que nuestro barco de novios ha
naufragado y t te salvaste pura y sana, en la playa del olvido.... Si
hoy te hago sufrir un poco, perdname pensando que he tenido lstima de
ti y me trato sin compasin al decirte adis.... Fernando.

La nia de Luzmela alz los ojos de la carta y pase por el cuarto una
sonrisa estpida, que fu a posarse como una mariposa atontada sobre el
Nio Jess lastimado, erguido en su rinconera.

Se qued Carmen mirndole como si nunca le hubiera visto...; qu feo
estaba y qu ajada la ropa! Pero adnde miraba ahora el Nio Jess?...
No se saba.... Hacia la ventana?... No.... Hacia la puerta?... S;
hacia la puerta.... A ver?

Carmen volvi la cara y all estaba todava la criada, boquiabierta,
hacindose la remolona, con una mano en el picaporte y otra en la
cintura, como si esperase algn recado....

La seorita la mir sin dejar de sonreir, con una helada expresin que
daba espanto, y la moza dijo:

--Con que se despide don Fernandito, eh?

Entonces, Carmen, estremecida, agit maquinalmente la mano que tena
inerte sobre la falda, con la carta abierta, y respondi:

--S....

La mozena di dos pasos dentro de la habitacin, y confidencialmente
relat:

--Estos seoritos son el diablo.... Ya ve, a usted la cortejaba, como
quien dice, y lo mismo haca con Rosa la del Molino.

Carmen movi lentos los labios para decir:

--Rosa....

--S; usted no caer.... Como usted apenas sale de casa, no conoce a
la mocedad de Rucanto.... Pues es una, aparente ella, pinturosa de la
rama y de mucho empaque....

Carmen volvi a decir, como en un delirio:

--Rosa!...

Y a tal punto oyronse ms lamentables y distintos unos grites agudos en
el fondo de la casa.

La criada sali corriendo por el pasillo adelante y Carmencita volvi a
posar los ojos, errantes y nublados, sobre el Nio Dios de madera.

Ya el nio no miraba a la puerta.... Adnde mirara?...

La muchacha, sumida en la insensatez confusa de sus pensamientos,
sinti clavrsele en el cerebro aquella curiosidad inexplicable, que le
dola como una punzada violenta.

Adnde miraba el Nio Jess?

Con un andar forzoso y mecnico se le acerc lentamente.

El nio no miraba a parte alguna.

Estaba tuerto, estaba herido, estaba triste y despeinado..., con el
traje en desorden....

Despus de contemplarle un rato en atenta inmovilidad, Carmen se agach
un poco para mirar otra vez su cara en el espejo.

Tambin ella estaba despeinada y triste, con los labios blancos, las
ojeras negras, los ojos huraos, el vestido a medio ceir.... Qu feos
estaban el pobre Nio de madera y la pobre nia de carne!...

Y se sonri otra vez como una idiota.

Por su puerta entreabierta entr en aquel momento un agrio rumor
semejante al graznido del crabo.

Todo el cuerpo de Carmencita tembl, y sin dudar ni un segundo, sin
volver la cabeza, despierta a la realidad de los sucesos, en una brusca
sacudida de su ser, murmur:

--Es Julio, que re.




XVIII


Doa Rebeca se rebulla en su cuarto con las crenchas blancas tendidas
en enredada madeja, con los brazos secos alzados como las quimas de un
rbol marchito que se elevase al cielo pidiendo venganza.

Gesticulaba y maldeca y deca refranes a destajo....

Encima de una silla, con la tapa levantada y el seno vaco, se estaba
muy echada para atrs, y muy burlona, una cajita de hierro, cuyo
contenido se haba llevado tranquilamente el joven Fernando, el hijo
predilecto y mimado de la seora. Ella misma le haba dado la llave de
la caja, dicindole muy acaramelada y blandamente:

--No quiero hacerte de menos, hijo; t eres aqu el amo; para eso eres
el mayor, un hombre de carrera, tan cabal y buen mozo....

Y el buen mozo tom para su viaje los fondos de la familia, todos los
ahorros de la renta, destinados a pagar deudas apremiantes, y el
quinto de Julio, y salarios y obligaciones urgentes de la casa.

En las entraas hueras de la caja dej Fernando un billete que no era,
por cierto, de Banco, y que deca:

Tengo que marchar inmediatamente, sin tiempo para despedirme, y llevo
este dinero porque lo necesito y porque algo he de disfrutar yo de la
herencia de to Manuel....

Doa Rebeca, ante la insolencia provocativa de aquella arrasada, se
desat en improperios contra el hijo guapo de su corazn, y pensando con
terror en el desquite que Narcisa se iba a tomar a costa de aquel
despojo, enton la salmodia estupenda de sus refranes:

_--Al arca abierta, el justo peca.... Del enemigo, el consejo.... Fate
de la Virgen...._

Era toda un puro berrinche la seora de Rucanto!

Narcisa, enterada del suceso, tuvo la ms despiadada y cruel sonrisa
para la boca abierta de la madre y de la caja, y encogindose de hombros
comenz a congratularse de haber acertado en sus pronsticos. Y todos
sus ademanes y sus dichos eran una jactancia orgullosa de sibila, una
mofa hiriente y sangrienta para la desmelenada seora....

Julio no par mientes en los gritos de las damas ni en la desaparicin
de la bolsa, sino en la cartita que la criada, guiando maliciosa, llev
al cuarto de la novia. Aquel acontecimiento haba hecho reir a Julio a
carcajadas por primera vez en varios aos.

Todo se desquici lgubremente en la casa de Rucanto desde aquel punto y
hora.

Ya no hubo un minuto de paz ni siquiera aparente; ya, sin la blanda
influencia de Fernando, se volvi a endurecer la vida spera y zaharea
de aquella gente; ya, sin dinero y con trampas y apuros, volvi la
estrechez de los das negros a caer implacable sobre el trgico casern.

Cuando Andrs se enter por Narcisa de la hazaa de su hermano, di de
puetazos a los muebles y de patadas a las puertas, y crujieron maderas
y cristales, temblaron las habitaciones y rodaron las blasfemias de una
estancia en otra con un eco sacrlego y temerario.

Doa Rebeca, tiritando de miedo ante aquel furor, huy como alma
diablesca por los misteriosos escondrijos de la casona.

En el paroxismo de su ira oy Andrs el nombre de Carmencita.

--No sabes?--le deca su hermana, serena en medio de aquella
borrasca--: la dej plantada.

El brbaro mozo se calm de repente, deteniendo el trueno de su voz ante
la imagen seductora de la nia.

--Dnde est?--pregunt ansioso.

--No s; ah, por algn rincn; est muy triste.

--Quiero verla--rugi el monstruo.

Y se puso a buscarla por la casa adelante.

Iba diciendo siempre:

--Quiero verla, dnde est?

Narcisa le contempl con sorpresa primero; despus, con gozo; luego, con
una crueldad brava y horrible.

Corri tras l y le dijo con voz opaca, llena de perfidia:

--La quieres?... Yo te la buscar.... Te la doy para ti..., te la
regalo....

Y los dos se lanzaron a la caza de Carmencita, oteando febriles como dos
canes buscones.

No la encontraban.

Andrs se iba impacientando.

Para animarle, Narcisa le sirvi una incendiaria copa de ron. Luego que
la hubo apurado de un trago valiente, dijo Andrs:

--Otra!...

Y la terrible seorita se la volvi a llenar.

Todava Andrs present la mano extendida, insistiendo:

--Ms!

Y todava la hermana volvi a escanciarle.

Siguieron buscando. El mozo, tremulento, daba tumbos y juraba
balbuciente; ella se rea y le iba proponiendo:

--Te casas con ella si quieres..., y si no..., no te casas....

Al atravesar la antesala encontraron a doa Rebeca, toda despavorida y
angustiada, apretando convulsa un puo de pesetas.

La contempl Narcisa, ceuda, como indagando de dnde haba sacado
aquello; pero ella se apresur a depositar el tesoro en los hondos
bolsillos de Andrs, prometindole:

--Ya te dar ms..., mucho ms....

Andrs se olvid de Carmencita.

Meti su zarpa agresiva en el bolsillo repleto, y haciendo sonar las
monedas con demente regocijo, hizo un ademn grosero y gan la puerta de
la calle, mecindose en balances peligrosos y borbotando desatinos.

Le contempl Narcisa con desprecio olmpico, murmurando:

--Ni para _eso_ me sirve este bruto; pero si no es hoy ser otro da....




XIX


Dnde estaba aquella tarde de infames maquinaciones la nia dulce y
buena de los ojos garzos?...

No haba encontrado ningn regazo suave donde llorar, ningn amable
retiro donde consolarse.

Estaba escondida como un delito, oculta como una pena, en el cuartito
del sobrado, recostada con fatiga y desaliento en el quicio de la
ventanuca.

El gato, espeluznado, la rondaba mimoso, y ella, lentamente, le pasaba
la mano por el lomo.

Ya no estaban los cielos azules, ni los campos verdosos, ni las horas
doradas por el sol.

La tarde, cargada de tristezas, suba por el valle con trabajo, luchando
con la neblina y con la lluvia. Venteaba, y todos los rboles,
deshojados, accionaban con trgicos ademanes, alzando hacia las nubes
grises sus brazos desnudos. Gema la lluvia en incansable lloriqueo y
todo era desolacin y acabamiento en el paisaje, lo mismo que en el alma
inocente de la nia de los ojos garzos.

Nublados de lgrimas, miraban aquellos ojos hacia el pueblo de Luzmela.
Pero Luzmela se haba hundido en la espesura sombra de la tarde.

Slo en algunos momentos, entre la niebla jironada, apareca austero y
lejano el perfil de la torre seorial.

Entonces Carmencita se enjugaba los ojos con presteza y miraba, miraba
toda anhelante.

Y aunque ya la niebla se hubiera cerrado tragndose otra vez la silueta
grave de la torre, la muchacha vea siempre a Luzmela, haciendo de la
graciosa aldea de sus amores una evocacin intensa y fervorosa....

All, la iglesia, con su maciza planta de baslica, su puerta de arco
de medio punto, sus saeteras y su campanario tosco, rematado por una
cruz de piedra...; all, el casero breve y blanco, humilde y
placentero...; all, el palacio, con su patriarcal solana, su balconaje
de hierro y su escudo nobiliario, y adosada al palacio, seorendole y
prestndole aspecto de fortaleza, la torre, sobre cuyos labrados
dinteles campeaba la piadosa divisa _Credo in unum Deum_. La aldea haba
tomado su nombre del palacio, que, rodeado de fincas rsticas, extenda
sus dominios por la pujante ladera hasta el espeso ansar ribereo del
_Salia_. Todo el valle era tributario de la casa noble de Luzmela. El
palacio rico y el casero pobre se confundan en una misma cosa: un
cuerpo equilibrado y robusto, regido por el alma piadosa del dueo del
solar.

--All, en Luzmela, todo era paz y amor--pensaba la nia soadora--, as
como aqu, en Rucanto, todo es odio y venganza.

Y tembl la pobre.

Prest odo atento.... Rean?... La llamaban?... No; estaba muda la
casona; Carmen poda seguir soando.

Soaba con la mirada desvada y los labios entreabiertos...,
estremecida de fro..., con las mejillas hmedas de llanto.

Preguntaba, desorientado, su corazn:

--Pero quin soy yo? Cmo me llamo yo? Qu hago en esta casa?...
Padrino, eres t mi padre?... Y mi madre, quin es?... Es una madre
muy triste que anda por el mundo buscndome?... Era acaso una mujer muy
blanca, muy bella, que se muri sonriendo?... No s, no s quin era mi
madre, ni quin mi padre, ni quin yo sea!...

Y de pronto se le ilumin la cara con un fugaz resplandor de alegra,
mientras aun su corazoncito soliloqui:

--Ah, pero tengo un hermano!... Tengo a Salvador; lo haba casi
olvidado.... Di, Salvador, eres t hermano mo?... Yo quiero que lo
seas..., yo quiero irme contigo, Salvador....

Y se qued escuchando, como si su amigo fuese a responder, como si fuese
a llegar en aquel momento.

Pensaba en l la nia con una dulce seguranza, con un suave y cordial
afecto.

Salvador era para ella el recuerdo vivo de su felicidad huda, la
personificacin de sus bellos aos infantiles. Le vea inclinado con
afanoso inters sobre el padrino doliente; le vea alegrando siempre la
sala silenciosa del palacio con el repique sonoro de sus espuelas y la
jovial resonancia de su risa saludable...; le vea amable y servicial
con los pobres del contorno, con los criados de la casa; siempre amoroso
y complaciente con ella, la hija del misterio, convertida entonces en
reina de un hogar.

Carmencita se exaltaba en la memoracin de aquellas horas apacibles de
su vida, de las cuales slo le quedaba aquel testigo: Salvador.

La barba rubia del mdico le recordaba a la nia la de los santos que
vea en los altares: era una barba riza y suave que estaba pidiendo un
nimbo celestial para la cabeza serena y dulce de aquel hombre todo
bondad.

Y Carmen, desde la imagen benigna de Salvador lanzaba su pensamiento
vertiginosamente a la imagen seductora y prfida de Fernando, y se
estremeca con temblamientos angustiosos. Fernando le pareca un sueo
delicioso y doloroso que le morda el corazn. Abra los ojos
despavoridos encima de aquella memoria incitante, y no saba qu cosa le
atraa ms a la visin tentadora, si era el gozo de amarla o el
quebranto de perderla.

Y cuando lograba sacudir de encima aquella imagen, con un poderoso
arranque de su alma y de su cuerpo, volva a llamar a Salvador en su
auxilio; pero, sin acordarse nunca de que l era un hombre propenso al
amor, con unos ojos sinceros y acariciadores que la miraban, como
interrogndola, como averiguando.... No; ella slo pensaba....
Salvador, eres t hermano mo?...




XX


En vano Carmencita hubiera hecho a gritos aquella pregunta desde la
tronera de la casona. Salvador no hubiera cruzado el camino al alcance
de su voz apesarada.

Salvador estaba muy lejos de la paz gimiente del valle y del cantar
ronco del _Salia_.

Despus de aquel memorable da de Todos los Santos en que el mdico vi
a la nia enamorada de otro hombre, midi varias noches los salones
solitarios de Luzmela con sus pasos automticos y sonoros, y se agit
insomne y nervioso, muchas horas, en el monumental lecho de roble donde
don Manuel de la Torre muri sin consuelo.

Y una maana muy nublada y tormentosa, Salvador llam a Rita y le dijo:

--Esta tarde salgo de viaje.

Rita, que andaba cavilosa leyendo misteriosos motivos en la pena visible
del mdico, pregunt alarmada:

--Adnde, seorito?

--Voy a Pars, como otros aos.

--Pero siempre iba en primavera.... Con este tiempo ha de salir de
casa?... No oye cmo suena la nube?... Habr temporal.... El viento
levanta tolvaneras por esos caminos.... Tanta prisa tiene por
marchar?...

--Prisa tengo, mujer; no puedo esperar ni un solo da....

Rita, convencida de la decisin del joven interrog con blandura:

--Despidise de la nia?

l se volvi a otro lado para responder.

--Ya me desped.

--Y queda contenta?

--Muy contenta...; como nunca....

--Est seguro, seorito?

--Segursimo.... Anda, Rita, preprame el equipaje...: pon lo que te
parezca...; poca cosa, una maleta pequea.

--Va entonces por poco tiempo?

--No lo s todava...; ya ver.

Y se encerr en su cuarto, en un paseo incansable, como de fiera
enjaulada.

Rita, sintiendo aquellos pasos violentos que desde haca das retumbaban
en los aposentos callados con iscrono rumor de mquina, mova la cabeza
y suspiraba, mientras colocaba en una maleta camisas y calcetines y
prendas interiores de abrigo.

Por la tarde, ya ensillado el caballo del seorito, prxima la hora del
tren que haba de tomar fuera del pueblo, rondaba Rita el cuarto del
viajero, muy compungida.

Al salir le di el mdico la mano, y le dijo revelando preocupacin
secreta:

--Si ocurre algo en Rucanto me escribes o me telegrafas, ya te dir
adonde.

Se despidieron.

Toda la servidumbre se asomaba al zagun; los mozos de las cuadras se
hacan los encontradizos en la corralada, y Rita, detrs del seorito,
se enjugaba los ojos en silencio. Parti Salvador, dicindoles a todos
con la mano un adis afectuoso; llevaba en el semblante extraa
expresin de angustia.




XXI


Al siguiente da, el trasatlntico francs _San Germn_, que zarpaba del
puerto de Santander, llevaba sobre cubierta un melanclico pasajero de
barba rubia, que desafiando la crudeza de la temperatura y la
desapacibilidad de la tarde, pareca embelesado en la contemplacin de
las aguas y de la costa.

Iba pensando aquel pasajero: Pero qu triste es el mar, Dios mo, y la
tierra qu triste es!

Se puso entonces a mirar el cielo, y despus de una meditacin exttica
dijo, ms con el corazn que con los labios: Y el cielo tambin es
triste!...

Ya de noche, Salvador, que era el pasajero de las contemplaciones
doloridas, apoyado en la borda, escuchaba absorto la respiracin
sollozante del mar. La costa se haba borrado en la lejana y la sombra
haba cado densa sobre el impetuoso Cantbrico, envolviendo al barco en
el espritu aterido y misterioso de la noche.

Al lado del joven pensativo resonaron unos pasos, que llevaban el
comps, gratamente, a una linda barcarola.

Salvador volvi la cabeza hacia aquel lado y aguz en la oscuridad su
mirada.

Vi la talla aventajada de un hombre, y le pareci a su vez que aquel
hombre le miraba con atencin....

Y tanto se miraron uno a otro, que dos nombres, pronunciados con
sorpresa, rodaron sobre la cubierta, entre la monstruosa palpitacin del
buque, y fueron a extinguirse en el rumor profundo de las olas.

--Salvador!

--Fernando!

--Adnde vas?

--Al Havre...; y t?

--Exactamente, chico, al Abra de la Gracia, que diramos los espaoles
traduciendo.... Pero qu encuentro ms original!... Yo te haca en
Luzmela.

--Y yo a ti en Rucanto.

--Mi viaje ha sido imprevisto.

--El mo tambin.

--Asuntos profesionales, eh?; empeos arduos y piadosos de ciencia y
humanidad, no?

--S..., cosas de humanidad...; y a ti, qu te trae por estos mares?

--Ah!, cosas triviales, sin importancia, amigo. A m, cualquier viento
me hace girar como a una veleta.... Las velas de este navo se hinchan
con todas las brisas que pasan.

Estaba Fernando tan risueo y gentil como de costumbre, tan dueo de la
situacin como sola estarlo.

Salvador, en cambio, tena conmovido todo el cuerpo a impulsos de toda
el alma. Barajaba, con loca precipitacin, el viaje sorprendente del
marino con el enamoramiento de Carmen, y en su espritu se haca una
noche tan cerrada como aquella que envolva a los dos mozos sobre la
cubierta oscilante del _San Germn._

Por un momento tuvo el mdico la desatinada idea de suponer que el
marino llevaba a la muchacha en su compaa; pas como un rayo por su
imaginacin febril la posible realizacin de un rapto o de una fuga, y,
mirando a su rival a un paso de distancia, le pregunt con insensato
afn:

--Y Carmen?

Esta pregunta, as aislada y ansiosa, poda haber sido una revelacin
para Fernando; pero no fu sino un motivo de dulce sonrisa, y contest
apacible:

--Pues tan buena, y tan bonita.

Como si Salvador hubiera querido preguntarle nicamente: qu tal
dejaste a la novia?

Aguijoneado por la impaciencia, y sin saber ya lo que deca, aadi el
mdico:

--Habr sentido mucho tu partida.

El otro, con nfulas de filsofo, puso otra sonrisa benvola sobre estas
palabras:

--Mucho?... Las nias de diez y ocho aos nunca sienten mucho, por
muy romnticas que sean....

--Es ella romntica?

--Todas las buenas lo son.

Salvador, asombrado, dijo:

--S, eh?

--Pues claro, hombre; la bondad de las mujeres es puro romanticismo. Yo
conozco mucho el gnero; las mujeres son mi flaco...: lo tengo en la
masa de la sangre, chico; ya ves, mi padre..., mis abuelos..., mi
to....

Salvador callaba mirando a Fernando de hito en hito con ardiente
ansiedad.

El marino, con los ojos vagamente perdidos en el misterio del mar,
sigui contando:

--Pues s: es romntica y tentadora la nia de Luzmela...; te confieso
que hasta se me pas por la cabeza casarme con ella, y hasta se lo
propuse en una divina hora de debilidad amorosa.... Tuve su alma en mis
manos, una almita dulce y santa, llena de atractivos...; fu romntico
yo tambin, adorando a aquel ngel que vive en mi casa por un crimen de
lesa humanidad. La misericordia y la simpata me fueron metiendo a
Carmen en el corazn; luego ella, con una adorable ingenuidad, hizo el
resto, y llegu a sentirme apasionado por mi prima..., porque es mi
prima, se lo he conocido en lo ardiente de la mirada, sabes?

Salvador dijo que s con la cabeza.

Y Fernando interrumpi su relato para interrogar:

--No estaramos mejor en el saln de fumar? Aqu hace mucho fro.

--Vamos donde quieras.

Se cogi el marino del brazo del mdico, y se hundieron ambos en la
breve puertecilla de la cmara.

Dentro del fumador se senta ms intenso trepidante el resuello del
buque y quedaba confusa y apagada la voz grave del mar.

Sentados en las blandas almohadillas de un divn, los dos amigos
encendieron sus cigarros en silencio, y luego el marino, sin petulancia,
con una sinceridad admirable, reanud su relato:

--Pues Carmencita me quera, chico; vaya una tentacin! Pero yo no soy
malo del todo, Salvador; yo soy lo mejorcito de la familia, sabes?, y
me dije: yo, a esta chiquilla la hago desgraciada si me quedo aqu...;
yo pierdo a esta nia, porque en el ms honrado de los casos, casndome
con ella, la pierdo...: valiente marido hara yo, prendado cada semana
de una moza del contorno!... No sabes t que yo me enamoro todas las
semanas?... Pues s, hijo, no lo puedo remediar.... Ya ves, amando a
Carmencita por todo lo alto, me amartel atrozmente con Rosa la del
Molino.... La conoces?

Salvador hizo otro signo de asentimiento.

--Bueno; pues no me negars que es una mujer con todas las agravantes,
una super-hembra con una arboladura, y un calado...; vamos, te
digo que la mar y los peces de colores!...

Y Fernando di una larga chupada a su cigarro, lanz el humo leve al
techo artesonado del saloncito y se qued mudo y sonriente, como en la
grata contemplacin de una gaya imagen.

Despus de un xtasis breve y dulce, suspiro y dijo:

--No quise yo meterme en los, all a la vera de mi casa; bastantes
escndalos hemos dado en el pueblo los seores de aquel solar....
Luego, Carmencita!... Aquel era para m otro cuidado ms fino, otra
mira ms noble, Salvador...; me asust al pensar que poda hacerla
llorar y sufrir toda la vida, y tuve el valor de renunciar al divino
manjar de su cario. Yo me conozco; muchas veces me he juzgado ya
enamorado _de veras_, y me he equivocado siempre. En materia de amores,
parece que pesa sobre m la maldicin del judo. Voy errante a travs
de las mujeres y en ninguna me puedo detener...! He engaado a muchas,
a muchas!..., porque yo tengo partido, sabes?..., yo tengo labia... y
hasta parezco listo; hombre, no te da risa?...

Vaya si al mdico le daba risa....

Sigui su cuento Fernando.

--Pero a Carmencita la haba yo de engaar?... Vamos, hombre, de eso
no es capaz este cura!... Ya te he dicho que yo no soy siempre malo....

Qu haba de serlo! A Salvador le estaba pareciendo un ngel del
paraso.

El marino se volvi hacia su amigo, para preguntarle alegremente:

--Pero no dices nada? Qu te sucede?

--Estoy pensando en todas esas cosas que me cuentas.... Son muy
interesantes.

Y para disimular un poco su ensimismamiento, aadi:

--Conque t, ahora, al Havre....

--S, hijo mo, camino de Pars. Voy a divertirme un poco antes de
volver a navegar.... Las francesas.... oh las francesas!... Las puras
mieles, Salvador; ya las conoces....

--S, ya las conozco--murmur el mdico.

Y dijo, de pronto, Fernando:

--Pero t no eres de mi cuerda; no te divierten mis aventuras ni te
enardecen mis proyectos.... Para ti la mujer es una cliente, un caso
patolgico.... Ya s que eres un San Antonio sin tentaciones.... Apuesto
a que no has reparado en Rosa la del Molino, ni en la propia Carmencita;
y, mira, esa era para ti que ni pintada...; por qu no la pretendes?

Desemblantado y confuso, contest Salvador:

--No me querra....

--Cmo que no? Deja a un lado la modestia, hombre; t no eres costal
de paja; un mozo de carrera y de fortuna, de tu reputacin y de tu
prestigio; pues ah es nada! Eres digno de ella, Salvador, serais una
primorosa pareja; y luego, chico, sacabas un alma del purgatorio, porque
te confieso que la nia de Luzmela lo pasa muy mal con mi gente..., pero
muy mal..., como lo oyes. Yo no s su tutor qu hace, ni acabo de
entender ese lo del testamento de su padre; pero creo que alguien
tendr obligacin de mirar por esa criatura, y esa obligacin no se
cumple.... Mira, hay en mi casa para ella hasta el peligro brbaro de
Andrs, sabes?... Andrs la mira con buenos ojos..., es decir, con los
malos ojos turnios que tiene y que no delatan ni una sola intencin
derecha. Luego, mi hermana la tiene una envidia feroz..., y mi madre...,
yo no deba hablar mal de mi madre, verdad?, pues slo te dir de ella
que no est en su sano juicio. He hecho por Carmencita cuanto he podido.
Mientras estuve all la defend contra todos y la proporcion algunas
alegras.... Ahora tal vez ha llorado un poco por mi causa; no acierto
nunca a hacer las cosas con perfeccin; pero te aseguro, Salvador, que
me he portado con ella todo lo mejor que he podido.... como que estoy
una barbaridad de contento y orgulloso!... Choca esos cinco, hombre....

Salvador choc, no los cinco, sino los diez, tendiendo las dos manos
al marino con muda gratitud.

Haba atendido a la ltima parte de aquella franca confidencia con una
inquietante perplejidad, sumindose en temores agrios y mordientes, con
la conciencia alterada por la zozobra cruel de haber abandonado a Carmen
en medio de los peligros siniestros de la casona de Rucanto. Hubiera
querido unas alas para tenderlas hacia aquella nia querida que lo era
todo para l en el mundo....

Tuvo que hacerse una dura violencia y seguir departiendo con su amigo
sobre aquel inesperado viaje de los dos.

Afortunadamente, Fernando hizo el gasto de la conversacin, y con su
peculiar desenfado fu refiriendo jovialmente todas las fases de su
escapatoria, sin omitir aquella de la desahogada caricia hecha por su
mano a la cajita de hierro.

Con acento un poco cnico, comentari, rindose:

--Est mal hecho..., ya lo s, qu demonio!; pero yo necesitaba salir
de Rucanto a escape, sin despedidas ni explicaciones; me haca falta
dinero, y ya, de coger algo, cog todo lo que haba...; que se arreglen
como puedan!... Vena yo de muy mal humor...; sacrificarse duele,
hombre; hace mala sangre y pone la vida oscura. Yo pens: llevando
_guita_ abundante, puedo distraerme un poco...; olvidar sin dolor a la
nia de Luzmela y a Rosa la del Molino...; y no es tambin de justicia
que yo pruebe el dinero de to Manuel?

--Claro que s--dijo Salvador distrado.

--Pues aqu me tienes, mdico, caminito de Pars...; y t?

Salvador, vacilante, repuso:

--Probablemente tambin ir a Pars; pero por de pronto me detendr en
el Havre unos das. T vas derecho a la capital?

--A toda prisa, hijo; me interesa poco el gran puerto que los
revolucionarios llamaron Havre-Marat....

Ya crecida la noche, se despidieron Salvador y Fernando en el charolado
pasadizo de sus camarotes; pero el mdico, apenas soportados unos
minutos dentro de la minscula pieza, se aventur de nuevo por los
intrincados corredores de la cmara y gan la cubierta, presuroso y
anhelante, con paso de fantasma, sin alzar ningn ruido bajo la suela de
goma de sus zapatos marineros.

Un desasosiego punzante le empujaba a moverse y a levantar sus ojos en
callada consulta hacia el cielo.

Estaba toda la luz estelar presa en la extrema cerrazn de la noche, y
en vano Salvador trataba de avizorar, con atnita mirada, el secreto
sagrado de la altura. Su alma, serena y apacible en las corrientes
diarias de la vida, se senta en aquella hora atribulada con honda
ansiedad.

Avaro de vivir para sus esperanzas, supona que la muerte le acechaba,
volando astuta en el seno del abismo, y a cada vuelta estridulante de la
hlice se acongojaba pensando cmo la fatalidad le alejaba del rincn de
su valle, donde la mujer de sus amores padeca y lloraba, tal vez
llamndole, atormentada y perseguida.... Un pesimismo desesperante le
haca escuchar ecos de naufragio y agona, y prestando atento el odo
con demente zozobra, perciba distinta y trpida una voz de desgracia
que naca en el fondo gimiente de las olas y culebreaba entre la madeja
de los mstiles, hasta extinguirse como un suspiro en la sombra infinita
de la noche....

No saba de cierto Salvador si era aqulla la voz querellosa y tmida de
su amada, o un hlito de misteriosa tragedia que iba a perderse a un
desierto playal en las alas negras del viento....

Escuchaba y temblaba, y tena llenos de lgrimas los ojos
interrogadores, donde fulga una varonil expresin enamorada y
ferviente....




TERCERA PARTE


I


Carmencita tenda desolada sus manos en las tinieblas, a tientas en su
senda, otra vez nublada por densa nube. As andando, despavorida entre
la sombra, lleg a la parroquia de la aldea, y se arrodill delante de
un confesonario.

Dijo sus dolores al padre cura, y el buen seor, compadecido, le di
unos consejos llenos de santa intencin, y le di, tambin, un librito
de letra diminuta, escrito por un tal Kempis.

Al drsele, djole el sacerdote con sentenciosa conviccin:

--Le abrirs a bulto y leers todos los das los renglones que la
Providencia te ponga delante de los ojos...: esa es la fija...; as Dios
te adivinar las necesidades diarias de tu vida y te dar paz y
consuelo.

Obedeci sumisa la muchacha, y de hinojos, abatida y suspirante, ley el
primer da:

Muchas veces por falta de espritu se queja el cuerpo miserable. Ruega,
pues, con humildad al Seor que te d espritu de contricin y di con el
profeta:

_Dame, Seor, a comer el pan de mis lgrimas, y a beber con abundancia
el agua de mis lloros...._

Aquella tarde fu Rita a Rucanto, impaciente por ver a su nia y saber
si era cierto que estaba tan contenta como el mdico haba dicho.

Encontr abierta la casa, y a su llamada nadie responda.

Fu subiendo la escalera lentamente y se desliz un poco azorada por los
pasillos.

Un silencio temeroso le sali al paso, y ya iba a retroceder asustada,
cuando oy unos quejidos lastimeros detrs de una puertecilla.

Eran ayes y juramentos de una voz estridente y amarga.

Empuj Rita la puerta con recelo, cautelosamente, y vi en un cuarto
hondo y destartalado una cama estremecida por un cuerpo tremuloso.

Sobre la almohada, de limpieza equvoca, se balanceaba una cabeza parda
y amarilleaba un rostro en el cual refulgan las llamas diablicas de
unos ojos.... Aquel enfermo era el que gema con acento maldiciente y
desatinado.

Iba Rita a entornar la puerta, llena de pavor, cuando vi a los pies del
lecho alzarse una figura delicada y gentil, que avanzaba hacia ella con
los brazos abiertos, y a poco tuvo a Carmen acariciada sobre su corazn
viejo y bondadoso.

Salieron las dos por el corredor adelante, y la anciana iba preguntando,
atnita:

--Pero, qu tiene Julio?

--No s--dijo la mansa voz de Carmencita--; ya oyes cmo se queja; est
muy malo del cuerpo, sin duda..., y el alma ... ya ves cmo la tiene:
slo salen de ella palabras horribles....

--Y por qu ests t con l?

--Porque le tengo compasin...; nadie le quiere ni le cuida....

--Y ellas?

--Estn muy enojadas...; no tienen dinero....

--Me dijeron que el marino se haba marchado.

Carmen, con la voz vacilante y el semblante muy blanco, dijo:

--S....

--Y es cierto que se llev los cuartos?

--Dicen eso...; yo no lo s....

Desconoca Rita la pgina amorosa de Carmen, rpida y casi secreta, y
observando con inquietud la turbacin de la joven continu:

--Parece que andaba liado con Rosa la del Molino....

Se qued callada la nia, mirando con mucha insistencia al ruedo de su
vestido.

Haban llegado a su cuarto, y sentadas en las dos nicas sillas del
aposento, hablaron de Salvador.

Carmen, que ya tena noticias de su partida, se maravill de que no
hubiera ido a despedirse de ella.

Entonces se qued Rita muy asombrada, y descubri por primera vez una
mentira de seorito.

--Aqu hay gato encerrado--pens, y trat de obtener de la muchacha
alguna luz para alumbrar aquel misterio.

Pero ella habl de Salvador con grato afecto, sin revelar ninguna cosa
extraa.

Rita hizo girar por el cuarto sus ojos de prsbita, curiosos y
esforzados, y se condoli:

--Hija, qu habitacin tan _ruina_ tienes...; no hay otra mejor para
ti?

--Yo escog sta; aqu estoy bien.

--No te criaste as, que tenas en tu cama colgaduras de damasco y en tu
gabinete sitiales de tis y mesas con mrmoles....

Carmencita tendi por su rostro una sonrisa llena de lgrimas.

La vieja, angustiada, le acarici las manos, y al punto exclam:

-Qu fro tienes!... No llevas bastante abrigo? Ests t tambin
enferma?

La acogi en su regazo como para darla calor, y comenz a besarla.

Carmen rompi a llorar con espasmo anhelante.

A Rita le resbalaban por las arrugas de las mejillas unos lagrimones
como puos, y, con hipo de sollozos, le deca a la nia:

--Salvador vendr en seguida; te llevaremos a Luzmela...; no llores,
santa ma, no llores, paloma....

Pero Carmen se repuso valerosa, enjug su llanto con mano firme, alz la
frente y dijo con serenidad:

--Para qu ir a Luzmela si aqu tambin est Dios?... Mira, all tengo
mi Nio Jess...; vino una sombra una noche y me lo puso feo; pero es
Dios...; tiene el vestido sucio y el pelo enmaraado...; pero es
Dios....

La anciana sirviente repuso atontecida:

--Nia, Dios no tiene la cara fea ni la ropa sucia.... qu disparates
cuentas?

Y, levantndose, fuese a mirar la imagen sostenida en la rinconera.

--Ave Mara!--murmur--: vaya un santo...; si parece un enemigo!...
Y qu sombra le puso as?

--La de Julio....

-Vlgame Cristo! T vives entre herejes.... Y cundo dices que fu
eso, hijuca?

--Una noche....

Y la muchacha se qued muda, obsesa en un pensamiento, llena la cara de
una tristeza remota. Tena cruzadas sobre la falda con indolencia las
manos fras y plidas, y miraba a Rita con expresin apagada, con una
sonrisa mustia que causaba dolor.

Contemplndola la buena mujer, sintise ms alarmada y condolida, y
corri a decirle:

--T no estas bien aqu.... T te vendrs con nosotros; es preciso
cuidarte y alegrarte. En esta casa no tienes bienestar ni cario.... Yo
creo que hasta padeces fro y hambre y sed....

La nia se levant a su vez de la silla, fuese a la rinconera donde
estaba el santo, y tom de ella un librito que tena por registro la
hoja seca de una flor. Despleg aquella pgina sealada, y, con voz
lenta y dulce, ley a la asombrada mujer:

_Dadme, Seor, a comer el pan de mis lgrimas y a beber con abundancia
el agua de mis lloros...._

Despus aadi:

--Esta es mi oracin de este da...; cmo puedes suponer que yo tenga
hambre y sed, puesto que tengo lgrimas abundantes?...

Un poco ms tarde volva Rita hacia Luzmela, sola y acongojada,
repitiendo:

--Est poseda..., est poseda ella tambin, lo mismo que su padre....
Dios lo remedie!...




II


Haba pisado Salvador la tierra de Francia con un impetuoso deseo de
atravesarla a escape en busca otra vez de la tierra espaola.

Dej partir a Fernando solo, porque trataba de ocultarle su repentino
regreso, y en el muelle se despidieron con un abrazo cordial.

Iba Fernando a buscar el primer tren que saliera para Pars; Salvador
quedaba esperando que aquel tren partiera para tomar el inmediato en la
misma direccin.

Cuando ya los dos amigos se haban separado, el marino se volvi de
pronto para decir, jovial y sonriente, con su voz pastosa, suave como
el terciopelo:

--Oye: cuando vuelvas al valle, llevas de mi parte sto.

Y lanz al aire dos besos sonoros, en la punta de los dedos, aadiendo:

--Uno, para Rosa la del Molino, y otro, para la nia de Luzmela....

Fulgur el mdico sobre Fernando una mirada iracunda, apagada sobre la
radiante sonrisa que ilumin toda la figura donjuanesca y marcial del
marino....

Y los dos, amistosamente, se dijeron adis con la mano por ltima vez.

Salvador pase unas cuantas calles del gran puerto francs, con aquel
paso automtico y febril con que haba medido en Luzmela las estancias
mudas del palacio.

Parado delante de la Bolsa, se puso a contar las cpulas del edificio
con obstinado empeo: una... dos... tres... cuatro... hasta seis; y se
alej, repitiendo mentalmente: _seis cpulas..., seis cpulas...._
Sigui caminando a toda prisa, y en la plaza de Gambetta se encar con
las estatuas de Bernardin de Saint Pierre y de Delavigne, como si les
fuese a echar un discurso. Despus de una larga contemplacin, les
volvi la espalda con sumo desdn y se puso a liar un cigarrillo.

En seguida ech a correr a la estacin, sin acordarse de que no haba
comido en muchas horas ni de que senta en el estmago el agudo malestar
del hambre.

Tom el tren y rod por Francia como una masa inerte, con todas las
sensaciones dormidas bajo el deseo nico de tener alas o de suplirlas
con una desenfrenada carrera que le llevase, en un vuelo inaudito, a la
casa temible de Rucanto.

Pas como un relmpago por Pars.

El espectculo, apenas entrevisto, de la gran capital le di aquella vez
la impresin de una inmensa sonrisa fra y galante; tal vez la sonrisa
de Fernando, dicindole:

--Este beso para la nia de Luzmela....

Atraves Versalles, la de los jardines de ensueo, cuna de reyes, de
amores y de escndalos.... Salvador no estaba muy enterado de estos
lances de historia cortesana; conoca vagamente un poco de todo ello, y
apenas si aquellas memorias se asomaron un minuto a la niebla de sus
pensamientos. l saba de cierto nicamente su ciencia de mdico y su
amor de hombre..., su amor sobre todo.

Estaba seguro de adorar a Carmen con ciega pasin, y no le importaba
cmo ni cundo de un cario fraternal y suave haba brotado aquel hondo
y vehemente amor. No haca tampoco averiguaciones sobre este punto;
acaso los males del alma deban analizarse cientficamente, como los
males del cuerpo? No; Salvador no trataba de escudriar aquella sagrada
dolencia que atormentaba su espritu con dulcsimo amargor; dejaba su
pasin quieta, clavada en su vida como un dardo de fuego, nica y
decisiva en su destino. Le bastaba sentirla luminosa en su conciencia,
ardiente y pura en su corazn.

Atraves como en un sueo Chartres, Nort, Burdeos, Bayona.... Empez a
respirar por fin el aire internacional de los Pirineos, y se dilat su
pecho con un aliento profundo de esperanza.

Llegando a Espaa, recorri con toda la rapidez posible la tierra que le
llevaba a su valle norteo.

Cuando se sinti cobijado por las montaas y los celajes de su pas,
tuvo a la vez una viva emocin de temor y de alegra. Fuese a rendir su
viaje a la estacin de Rucanto, y, sin detenerse un punto, se dirigi a
la casa de doa Rebeca.

Al hacer sonar el recio aldabn de la portalada se qued asombrado y
trmulo. Qu iba a decir? Por quin preguntara? Cmo estaba l all,
anhelante y resuelto, rendido de rodar por mares y tierras con
desatinado afn?... Con qu derecho llamaba en aquella puerta con aire
tan firme y arrogante?...

No tuvo tiempo de ms cavilaciones, porque gir ante l la hoja enorme
pintada de rojo, bajo el dintel labrado, y la propia Carmencita se
apareci a sus ojos, siempre dulce y grave.

Mirndole con despacio, clam absorta:

--Salvador!

l, mudo, fascinado, le abri los brazos con tan frvida expresin de
ternura, que la muchacha se refugi en ellos ansiosamente, y en ellos se
qued largo rato; un instante para el enamorado galn!...

Bajo los arcos abiertos del portaln se sentaron en un banco de roble
algo cojo.

Carmen manifest la sorpresa que le causaba aquel regreso, tan
imprevisto por ella como lo fu la partida de su amigo; le encontraba el
semblante desencajado y todo el aspecto de fatiga y ansiedad.

l miraba con sobresalto la desalentada expresin de la joven, su
blancura enfermiza de lirio y el opaco fulgor de sus ojos.

Con voz de secreto le deca:

--Vengo a buscarte.

Contest Carmen, muy sorprendida:

--Cmo a buscarme?

--S, acordemos en seguida un medio de que salgas de aqu.

--Pero, por qu, Salvador?

--Y todava me preguntas por qu...? Yo s que aqu ests muy mal; que
sufres mucho...; que corres graves peligros....

--Quin te ha dicho eso?

l, mirndola santamente, como cuando era chiquitina, le respondi:

--Un pajarito...; dijo verdad?...

Y se qued pensando, no es, acaso, Fernando un pajarito?...

Pero ella mova la cabeza y replicaba:

--Algo de mentira dijo.... Adems, aqu estoy cumpliendo la voluntad de
Dios.

--La voluntad de Dios es que yo vele por tu seguridad y por tu dicha.

--Por mi dicha? interrog incrdula Carmen.

--S, vengo a libertarte de los suplicios que aqu padeces; pero es
preciso que t consientas en ello...; no consientes?

Ella, con lento ademn, sac del bolsillo su breviario diminuto, y
desdoblando la hoja que aquel da estaba sealada por la flor marchita,
ley con voz de rezo, un poco temblorosa:

El mundo pasa y sus deleites.... Y as el que se aparta de sus amigos y
conocidos, consigue que se le acerque Dios y sus santos ngeles.... Gran
cosa es estar en obediencia, vivir debajo de un superior, y no tener
voluntad propia....

Pleg Carmen el libro y quedse muda, mirando a Salvador.

l, todo alarmado, lleno de sorpresa, pregunt:

--Y qu es eso?

--Esto es la oracin que tengo hoy que rezar; esto es lo que Dios me
manda hacer....

--Dios te manda estar supeditada toda la vida a doa Rebeca?

--S....

Y tambin al brbaro de Andrs? Carmen, inmutada, dijo:

--A ese no.

--Pues l es aqu el amo....

--Pocas veces est en casa....

--Con una vez sola que venga y quiera mandar en ti....

Ella se asi con terror del brazo de su amigo.

--No, por Dios...; no digas eso....

--Es mi deber decrtelo...; quin te di ese libro?

--El padre cura....

--A ver?... Yo tambin quiero buscar una oracin para m.

Y tomando Salvador el libro, abrile al azar y ley:

Si me oyeres y siguieres mi voz podrs gozar de mucha paz.... Mi paz
est entre los humildes y mansos de corazn....

Doblando el libro, le dijo a la muchacha:

--Ya ves, mi oracin es ms consoladora que la tuya; tmala para ti y
medita si tienes t en esta casa la paz de Dios, la santa paz que l
vino a traer a los hombres, y si vives entre mansos y humildes de
corazn....

Carmen, agitada, combatida, inclinaba la frente, y tena en los ojos,
profundos y tristes, una llama de incertidumbre.

Se sinti arriba crujir el tillado, y un pasito rpido y breve se oy en
la escalera.

Salvador le dijo a la nia con acento de splica y de mando:

--Te libertar; vendr por ti muy pronto; esprame y ten nimos....

Le estrech las manos con afn, y ella callada y distrada, le present
la frente.

Puso el mdico en aquella carne virginal el ascua de sus labios, y salv
los umbrales de la portalada antes de que doa Rebeca se presentase en
el portal....




III


Rod un coche dando tumbos por la spera cambera lindante con la casona,
y en las habitaciones de la misma hubo un revuelo de faldas y un atisbo
fisgn a la vera de los balcones.

Llamaron en la puerta roja dos golpes secos y vibrantes, tan solemnes,
que parecan decir, como en las actuaciones judiciales:

--Abrid, en nombre de la ley....

A doa Rebeca le temblaron los pellejos a falta de otra cosa, y la poca
carne con que Narcisa contaba para adorno de su persona se puso toda de
gallina, muy spera y granujienta; Julio se revolvi en la cama hostil
quejoso, y la nia de Luzmela se sinti poseda de una vaga inquietud.

Despus de carreras, exclamaciones y cabildeos, baj la criada a abrir
la puerta, y subi al punto diciendo:

--Que aqu est el tutor de la seorita Carmen.

La seora de la casa, tan espavecida corno si la hubiesen dicho: Dse
usted presa, contest con un leve esbozo de sonrisa:

--Que pase..., que pase....

Repicaron pausadamente unas botas por el pasillo, y entr en la sala,
sombrero en mano, vestido de negro, con rostro afable, algo impasible,
el seor don Rodrigo Caldern, solariego del cercano valle del Nidal.

Con acento muy fro y muy corts, y lenguaje abierto y conciso, expuso a
doa Rebeca el motivo de su visita.

Le haban asegurado que su pupila, la seorita Carmen, estaba muy mal
hallada en compaa de la seora, y maltratada por sta y por sus
hijos..., y la seora comprendera que era preciso aclarar aquel asunto
cuanto antes y resolver en consecuencia con enrgica resolucin.

Doa Rebeca apenas poda interrogar disimulando su despecho y su
pnico:

--Y quin nos calumnia?... Quin ha dicho?...

--Persona que merece mi confianza; y la seora har el favor de llamar a
su pupila para que diga en concreto la verdad.

Sali doa Rebeca como un cohete, y en cuanto ech a Carmen la vista
encima, le ech tambin los brazos al cuello.

La muchacha, horrorizada, iba a pedir socorro, cuando se sinti halagada
y besada con besos hmedos y repugnantes.

La bruja, lagotera y melosa, contaba, lloriqueando:

--Le han dicho a don Rodrigo mal de nosotros, hija ma; defindenos t
que eres una santa..., slvanos de este disgusto tan grande.... Ya ves
mi situacin...: sin dinero, con un hijo a las puertas de la muerte....

Y besa que te besa, le pona a Carmencita la cara hecha una compasin,
entre gotas de llanto y rezumos de baba.

Limpindose las mejillas con su pauelo, fuse la muchacha a la sala,
llena de zozobra, detrs de doa Rebeca.

Muy urbano y sereno, don Rodrigo la cometi a un interrogatorio prolijo
y grave acerca del trato que reciba y de si conviva gratamente con
aquellos seores. Y Carmen, en medio de sus angustias, fu hbil y
prudente para mentir poco y disculpar a la gente de la casona, viniendo
a declarar, en suma, que era su voluntad seguir viviendo con aquella
familia.

Satisfecho el hidalgo, muy correcto y galante, dijo que la seora deba
disimular lo desagradable de su visita, pero que era su deber velar por
aquella nia y que se congratulaba de que fuesen infundadas las
acusaciones que se le haban hecho.... Tal vez un exceso de
solicitud..., o alguna mala interpretacin, haba dado lugar a aquel
incidente, que l lamentaba.... La seora perdonara....

Y como si tuviera mucha prisa, se despidi y repic otra vez
delicadamente sus botas por el pasillo.

Sali entonces Narcisa de un escondite con su librote debajo del brazo y
en la boca un surtidor de insolencias.

Se encar con su madre para decirle:

--Todo esto es obra del medicucho ese, de acuerdo con la santita.... No
te dije que aquella conferencia que tuvieron los dos la otra tarde
traera cola?... Todava vamos a ver aqu una boda entre hermanos....
Qu escandalosos!

La seora, atajndola, interrumpi:

--Tu prima se ha portado muy bien en esta ocasin.... No consiento que
la faltes.

Y almibarada y ponderativa, torn a regalar a Carmen con caricias y
frases de gratitud.

En seguida sali de la sala, no ya con su paso saltarn de todos los
das, sino con una carrera liviana y veloz, una especie de trotecillo
fantstico.

Narcisa hizo tambin _mutis_, como en las comedias, por una puerta
lateral, con su novela en la mano y en la sonrisa tica una despectiva
expresin.

Quedse Carmen sola, sentada en el sof de terciopelo carmes, muy fofo
y deslucido. Sobre la blancura agria de la cal destacaban en las paredes
unas lminas cromadas, con marcos de madera un poco apolillados. En
lontananza una consola sostena sendos fanales colmados de flores de
trapo, incoloras y deformes. El tillo sin un solo tapiz, combado y
lustroso, daba una impresin de fro y ancianidad, como de espalda
inclinada y desnuda en un viejo achacoso. Algunas sillas, compaeras
del sof, se replegaban contra los muros con vergonzosa timidez.

Hundida en su asiento, la nia de Luzmela posaba una mirada tona y
errante sobre la tristeza helada del saln enorme, y oy vagamente
alzarse en el silencio sepulcral de la casa un tarareo gangoso seguido
de una escala vocal rota y aceda.

Carmen pens: doa Rebeca canta y corre y se re.... Lo mismo que el
padrino!...

Y cerr los ojos, cansados de mirar realidades y visiones de
tragedia....

Entretanto, Salvador, que esperaba a don Rodrigo a la salida del pueblo,
escuchaba con desesperacin las terminantes explicaciones del caballero,
que, un poco impertinente y sagaz, comentariaba su visita insinuando:

--Acaso usted juzga con animosidad a la seora..., acaso siente usted
por la seorita un inters excesivo....

Y sigui el coche su camino, tras una afable despedida del caballero,
que volva a encerrarse en su empinado y estrecho valle del Nidal....

En medio de la senda, bajo la luz lvida del atardecer, Salvador,
desorientado, inconsolable, murmuraba:

--Padece ella tambin la terrible psicastenia hereditaria...; es
neurpata, con la monomana del martirio...; est loca..., loca de
remate.... Y no la podr salvar?




IV


Suba enero su cuesta invernal, desbordado en inclemencias, con los
vientos desmelenados y las aguas roncas y turbias, borbollantes, fuera
de sus cauces rotos... Suba, espantoso y fiero, con una nube torva en
la frente y las recias abarcas chocleando sobre los lodazales del
camino.

En la casona, enero reinaba exterminador, silbando por las innmeras
rendijas de las ventanas; y en la cocina, enorme y abandonada, entraba
por la bocaza bruna de la chimenea y se complaca en apagar el rescoldo
mezquino del llar, casi cegado por un montn de helada ceniza.

Ya en aquel fogn descascarado no se guisaba en profundas cacerolas ni
se trasteaba en continuo ajetreo. No haba ms que una sirviente intil
con quien doa Rebeca rea de la maana a la noche; escaseaban las
viandas, y apenas si unas ascuas rusientes daban all una idea remota de
hogar.

El cuarto de Carmencita era un pramo. Los escasos muebles parecan
perdidos a la sombra de las paredes, en una lnea confusa como de
horizonte. Por los cristales agujereados entraba el soplo glido de los
huracanes, y la colcha rameada de la camita temblaba estremecida por
aquellas rfagas yertas, que adquiran voz de sortilegio y de amenaza.

Algunos lamentos de aquella voz siniestra, llegndose al rincn del Nio
Jess, le henchan la tnica, deshilachada y sin alio, y le hacan
balancearse sobre la rstica peana como en un pnico acunamiento de
terremoto. El techo de cal, reblandecido en hmedas manchas, dejaba
filtrar al aposento las gotas de la lluvia, recogidas en el suelo sobre
algunos cacharros sin nombre ni forma, ollas extraas y panzudas de
centenaria fecha.

Aquel lento gotear de enero dentro del cuarto tena un son de quejido y
de miseria que laceraba el corazn....

Todo era tedio y dolor en la casona.

Doa Rebeca rebuscaba en armarios, bargueos y arcaces algunos papeles
escritos y sellados que parecan importarle mucho. Abra legajos,
escudriaba carpetas, y todo lo revolva y desparramaba fuera de su
sitio. Estas maniobras las acompaaba de pasetos menudos, adagios y
murmuraciones. A intervalos rea con la criada, y otras veces se
evaporaba, como por arte de duendera.

Narcisa se haba llevado a su aposento las alfombras de la sala y un
brasero de cobre, donde, con insolente egosmo, acaparaba toda la lea
combusta del hogar para confortarse y satisfacerse. Haba hecho
provisin abundante de novelas terribles, y lea a la sazn, con
tenacidad salvaje, una con _santos_ de colores y un ttulo que deca:
_La Condesa ensagrentada...._ All se haca servir la comida, y, ceuda
y brava, apenas sala de su escondrijo. Un despecho picante y rabioso le
morda el corazn, viendo quebrarse en aicos sus ilusiones de boda con
Salvador, y viendo cmo el mdico alimentaba, con crecientes
demostraciones, el inters que siempre le haba inspirado la nia de
Luzmela.

Carmen comparta sus horas densas y amargas entre las cavilaciones
incoherentes en su cuarto y las calladas esperas a los pies de la cama
de Julio.

La primera vez que entr a verle fu una tarde en que el enfermo se
estuvo desgaitando en un clamor de angustia: Agua..., agua!, como si
tuviera las entraas adurentes y en el pecho lamentable un volcn
enceso.

Todo callaba en torno a la voz implorante, que lleg a hacerse desmayada
y balbuciente como la de un nio.

Doa Rebeca y Narcisa se haban sumido en una de sus frecuentes
desapariciones, y la criada tampoco apareca por ninguna parte.

Entonces Carmencita entr tmidamente en el aposento del mozo, llevando
en la mano un vaso de agua de piedad.

La mir Julio, pasmado en medio de un quejido, y bajando los ojos, desde
los serenos de la nia hasta la limosna refrigerante del agua, bebi
ansioso y dej de quejarse.

Carmen, llena de misericordia, se sent callandito cerca de la cama, y
all se estuvo con las manos cruzadas sobre el regazo, con una blanda
actitud de meditacin y de tristeza....

El enfermo, de tarde en tarde, abra los ojos para mirarla sin encono y
sin perfidia, como nunca la haba mirado; y desde aquel da Carmen le
cuidaba dulcemente, y le hablaba algunas breves frases consoladoras. l,
para contestarla, pareca como si hiciese un esfuerzo, tratando de
adulcir la amargura de su voz, y ya nunca volvi a aojarla con expresin
satnica de maleficio. Cuando le acometan las crisis tremendas de
temblores y ayes, Carmen rezaba suavemente, con el bello semblante
compungido, y sobre las palabras impas del enfermo tendan sus
plegarias un callado vuelo de trtola, que pareca purificar aquel
pesado ambiente de dolor y de terror....

Haba cado la nia de Luzmela en una languidez insana y penosa.

Todo su cuerpo apabilado se desmadejaba en trgico abandono. En sus ojos
divinos ya no lucan ensueos ni ilusiones, ni en sus labios haba
sonrisas gloriosas, ni aleteaba en su pensamiento el ave azul de la
esperanza.

Se haban apagado todas las luminarias que la diosa juventud encendi
triunfante en su corazn enamorado; haban enmudecido para ella todas
las promesas del porvenir y se le haban cerrado todos los horizontes de
sol, todos los caminos de rosas....

De aquel libro pequeo, que le di condolido el padre cura, tomaba todos
los das unas palabras y trataba de hacerse con ellas una vida humilde,
llena de evanglica conformidad; pero aquel esfuerzo la dejaba siempre
la boca amarga y el alma trmula, y la voz y los ojos llenos de
lgrimas.

Toda estaba envuelta en una melancola fatal, en una indiferencia
morbosa que la iba consumiendo.

Su belleza tomaba un aspecto de ocaso prematuro que inspiraba compasin.

Abandonado el esmero de su persona, inerte, con una atona enfermiza v
dolorosa, pareca una planta afotista sin flores ni galas.

Y en medio de aquella languidez espiritual y de aquella debilidad
fsica, el deseo de ser santa arda en su corazn con encendimiento
tenaz, atormentndole con la punzada hiriente de una idea fija.

Era aquella la nica luz que, con parpadeo vacilante, brillaba en su
existencia.




V


Pas un mes lento y sordo, a media luz, con las nubes a ras de la
tierra, y lleg marzo alzando un poco la frente sobre las montaas
gigantes que ensombrecan la vega.

Cuando marzo lleg, el enfermo de la casona se estaba muriendo. El
mdico que le asista solicitaba una consulta con acento augural, y
doa Rebeca haba llamado a Salvador pensando: ste no me cobra nada....

Entr el seor de Luzmela en el cuarto de Julio, con el alma abierta, un
alma que rondaba en infatigable guardia de honor en torno a la nia
triste de los ojos garzos. Ella estaba all, tmida y culpada, ante la
mirada elocuente de su amigo. Delante de l se abran en el corazn de
Carmen todas las grietas profundas del dolor, porque aquel corazn
atormentado peda paz y calma y suspiraba por descansar en otro corazn
blando y generoso; pero cada da una nueva meditacin religiosa traa
sobre aquellas ansias su mandato austero y rgido, helado como los
soplos invernales que geman en la casona al travs de todas las
rendijas de los muros y de las puertas. Y al sentirse empujada al
descanso y a la dulzura, Carmen suba su sacrificada voluntad a la
excelsitud del propsito encendido en su alma, y sus labios, plegados en
muda queja, musitaban:--Quiero ser santa..., quiero serlo.

La miraba Salvador aquella tarde sin reproches ni desvos, adivinando
toda la tormenta ruda y callada de aquel inocente espritu. Una
compasin inmensa le dola en el corazn y le pona en los ojos un
fulgor ardiente de ternura.

Todo el aspecto de la muchacha era una viva lamentacin de pena y de
trabajo; el mdico vea con espanto que Carmen finaba lentamente, en un
profundo descuido de la vida.

Nada se dijeron al verse en el cuarto de Julio; se buscaron los ojos, y
ella baj los suyos, cobarde y sobrecogida.

Despus de examinar al enfermo, salieron los dos mdicos a conferenciar
a la sala; hablaron de salicidad y de patomana y se condolieron,
con un poco de amargo desdn, del temperamento proclive y relajado de
aquella familia.... En el comedor les esperaba doa Rebeca, y entonces
Carmen se acerc a Salvador como aguardando algunas palabras amistosas.
Pero l saba que, al hablarla, le iba a temblar mucho la voz, y se
qued callado y contemplativo, rimando, en una mirada codiciosa y
compasiva, todo el poema desesperanzado de sus amores.

Ella, por quebrar aquel silencio triste entre los dos, le dijo:

--Se muere Julio?

Respondi l nicamente:

--S....

--Y de qu se muere?

Pensativo y como lastimado por aquel inters de la muchacha hacia el
enfermo, Salvador repuso entre dientes:

--De... perversidad.

Carmen baj hacia el suelo los prpados, cargados con la sombra divina
de las pestaas, y murmur:

--Pobre!...

Se qued luego suspensa, sin alzar los ojos ni la voz, con los brazos
cados. Pareca ms alta, y, en la luz muriente de la tarde, daba una
nota de emocin dulcsima, una delicada nota de sentimiento pasional....

Doa Rebeca, con mucho aparato de sollozos, se enteraba del prximo fin
de su hijo y pensaba con terror en los gastos del entierro.

Ya los mdicos se despedan, andando despacito con la seora a lo largo
del corredor, cuando Salvador, vuelto hacia Carmen, que se quedaba sola,
le dijo:

--No sentiras tanto mi muerte como la de Julio....

--Tu muerte!--exclam ella.

Pero Salvador ya se alejaba, sin aguardar contestacin, y Carmen se
volvi al lado del moribundo, pensando en su amigo con agitacin
extraa, con vago arrepentimiento, mientras que doa Rebeca y su hija se
oscurecan hacia un rincn, en amarga disputa....

Ya la muerte haba llegado a la alcoba de Julio y se haba aposentado
encima de la cama. Estaba sola con su vctima, y Carmen la salud muy
cortsmente hacindose sobre las sienes la seal de la cruz.

Aunque la nia no conoca a la vieja de la guadaa, al punto que entr
en el aposento la sinti y dijo:

--Ya est aqu.

No crey ella que llegase tan pronto, y pens, un momento, en avisar a
la familia del agonizante; pero en seguida se acogi a la dulce idea de
procurar que fuese apacible aquella ltima hora del infeliz peregrino, y
que no le amedrentasen los gritos desatinados de las seoras de la casa.

Quedse mirando con respeto la figura triste de aquel hombre, detenido
por la muerte en la ms lozana senda de la vida, y record una elocuente
oracin de su libro que rezaba:

-Oh, da clarsimo de la eternidad que no le oscurece la noche, sino
que siempre le alumbra la suma verdad; da siempre alegre, siempre
seguro y sin mudanza!... Oh, si ya amaneciese este da y se acabasen
todas estas cosas temporales!...

Carmen se sumergi en la mstica contemplacin de _aquel da_ y le
pareci que se le iba acercando con una amaneciente claridad, espesa y
hmeda como vaho de lgrimas. Sinti un dolor lancinante en el corazn y
otro en la cabeza, y pens: tambin yo tendr, como el padrino, rota
una cosa en la frente y otra en el pecho?...

Las escenas lejanas de la muerte del de Luzmela se le aparecieron en una
confusin tenebrosa, y se qued mirndolas con los ojos abiertos y
parados sobre la vidriera plegada del balcn.

Crey sentir entonces que una cosa dura golpeaba los cristales con
siniestro aleteo.... Si sera la _ntigua_?

Se acerc a observar, andando de puntillas con infantil sigilo. No era
la _ntigua_.

Sobre las nubes grises ningn ave tenda las alas.

Haba una infinita melancola de desierto en la mansedumbre apacible del
atardecer.

Se apagaba el da en una quietud, en una soledad como de tumba sin
flores ni plegarias.

El cielo, bajo, inmvil, deslucido, daba la impresin indecisa de un
alma sin anhelos, de un corazn sin latidos.

Y encima de un cristal, un listn desprendido de la cornisa golpeaba
lento cuando le estremeca, al pasar, una brisa sin rumores que bajaba
de la montaa....

Carmen, suspirando, se sent en el borde del lecho al lado de la
intrusa, y se puso a rezar por el alma del agonizante.

Ya Julio no se quejaba. Haba cado en prolongado estado comatoso, y
rgido, yerto, se acercaba al da _siempre seguro y sin mudanza_ de la
eternidad.

Mora sin fatiga ni dolor, como en un dulce descanso de aquella
enfermedad misteriosa y horrible que haba sido toda ella un estertor
violento y una fatal agona. Tena los ojos entoldados por la nube
fatdica del _no ser_, y la boca seca y dura, abierta en una mueca
desgarrante. El delirio espantoso que padeci en los ltimos das
impidi que se le administrasen los Sacramentos, salvaguardia de las
sagradas promesas de salvacin. Un sacerdote haba llegado aquella tarde
con los Santos Oleos, y luego de haber ungido al moribundo, se haba
marchado entristecido de no poder decirle cosa alguna a la pobre alma
viajera.

Slo Carmen hablaba con la fugitiva en un coloquio de frvida
compasin. Le deca, sin voz, en secreto de inefable gracia: Por qu
has dado tantos gritos malos, alma de Julio?... Por qu has dicho
tantos pecados y tantas palabras feas?... Por qu te has asomado a
mirarme con odio, y por qu me has amenazado y me has perseguido?...
Por qu, di, maltrataste a mi Nio Jess aquella noche?...

Todava iba a preguntar por qu te reiste como un demonio cuando
Fernando me enga?

Pero sin hacer aquella ltima interrogacin se levant solcita y
atenta, porque haba crujido la hoja del jergn bajo el cuerpo trmulo
del agonizante.

Carmen, poseda de piedad, comenz a decirle con su voz hialina, como
susurro de arroyo:

--Yo te perdono, Julio; yo tengo mucha lstima de ti...; yo te
quiero...; y Dios tambin te quiere y te perdona...; no te mueras con
rencor ni con maldad...; reza..., reza el nombre de Jess...; ya amanece
tu da, Julio....

Tembl otra vez la cama, y dos gotas de turbio cristal rodaron por las
mejillas lvidas de Julio. Sus labios de cirio se contrajeron con una
postrera desgarradura, y Carmencita, inclinndose sobre aquella
despedida suprema, le bes en la frente con una caricia sedosa y pura,
llena de celestial encanto....

Cay en la habitacin el manto de la noche sin estrellas ni luna, y el
listn desprendido de la cornisa golpe en el cristal con lento
soniquete....




VI


En el palacio de Luzmela anidaban el dolor y la zozobra, en ayuntamiento
infeliz.

Salvador, incapaz de contener por ms tiempo en su corazn la marejada
viva de sus tormentos amorosos, se los haba confiado a la anciana Rita,
en una buena hora de alivio y descanso, llevado a la intimidad,
blandamente, por el afecto y confianza que le inspiraba la excelente
mujer, y por el agobio violento de su carga de pesares.

Despus de la confidencia, se qued Rita llena de inquietud y de pena.
Mova la cabeza de arriba a abajo con una expresiva manifestacin de
asombro desconsolado, como diciendo:--Vlgame Dios!... Vlgame
Dios!...

Mientras tanto el mdico se paseaba, con los brazos cruzados sobre el
pecho y los ojos errantes en las plidas flores de la alfombra....

Tard Rita en ordenar sus pensamientos, que saltarines y revoltosos,
iban de aqu para all lastimando el cerebro fatigado de la pobre vieja.
Hizo un gran esfuerzo para arreglar aquel barullo mortificante de ideas
desmandadas, y fu colocando cada cosa en su sitio dentro de su cabeza,
con toda la serenidad posible, dicindose a la vez: De modo que el
seorito quiere a la seorita _para casarse con ella;_ que la nia no le
quiere a l y est empeada en hacerse santa y mrtir en la casona,
sufriendo a los mismsimos diablos... y que adems se muere porque est
comalida y all no tiene _tresno_ ni cosa que lo valga....

Y, en alta voz, mirando compasiva al abstrado paseante, inquiri:

--Y don Rodrigo, el del Nidal, no tiene podero para terciar entre
usted y la nia y hacerla salir de aquella cueva de lobos?

Rompi su caminata Salvador y se dej caer, fatigado, en una silla, para
responder:

--Ya acud a don Rodrigo y estuvo en Rucanto; pero Carmen no quiso
decir la verdad; ciega en la mana de sufrir, disimul el martirio que
padece en trminos de engaar a su tutor; l es algo indiferente, no le
gusta mucho molestarse, y se alegr de poder volverse a casa muy
tranquilo, sin ms diligencias.... Todo el mal est en que Carmen no me
quiere!

Y estas ltimas palabras temblaron en el silencio del saln saturadas de
tristeza.

Anhelaba Rita consolarle.... Le tena tan en el alma! Cariciosa, le
dijo:

--La nia le quiere...; hablme de usted, poco hace, con mucha ley...;
pero para quererle como cortejo tendr algn reparo.... Como se ha
dicho que si usted y ella eran hijos del seor!...

El mdico, conmovido por sbita esperanza, con inseguro acento murmur:

--Pero ella sabe que no somos hermanos....

Y se qued seducido por la magia de una ilusin confusa, pensando: Si
Carmen me fuera esquiva slo por ese temor!...

Despus, como hablndose a s mismo, fu diciendo:

--Ese libro que le di el padre cura la confunde.

--S--dijo Rita--; es un libruco pequeo.... Verdad?... Tambin a m
me le sac y me relat en l unas cosas muy apuradas de comer y beber
lloros.... Vlgame Dios!...

--El libro es hermoso..., un magnfico libro, Rita; pero ella est muy
dbil y enferma para una medicina tan amarga, y toma del libro, cada
da, lo que tiene ms de cauterio y revulsivo para curar los males en
almas fuertes y viriles.... As se pone peor..., as se est matando....

--Pero est _picada_ del pecho, seorito?

--Picada est de locura....

Y Salvador, alzndose de la silla, volvi a cruzar el saln al comps de
sus cavilaciones, mientras Rita suspiraba al son de las suyas....




VII


Aprovech el mdico la ocasin de haber sido llamado a la cabecera de
Julio para menudear sus visitas a Rucanto, y doa Rebeca le reciba muy
amable.

Narcisa, en cambio, le pona una cara feroz y le zahera con irnicas
frases, que alcanzaban con su acritud a la nia de Luzmela.

Pasaba Salvador grandes fatigas en aquellas ocasiones; pero las
soportaba con resignacin y hasta con alegra, compensado por el
incomparable placer de hablar a Carmen y de mirarla.

Haba tratado de averiguar si en la casona se tenan noticias de
Fernando, temiendo que la voluntad tornadiza del marino le hubiera
inducido a volver el pensamiento al punto donde, con rara liberalidad,
dej quietas sus ltimas tentaciones de amor. Pero, con gozo, vino a
convencerse de que el ambulario mozo se haba sumido de nuevo en la
aventura de su vida errante, sin dejar en el camino otra huella que la
que deja un ave en el espacio con sus alas, o en el mar una onda con sus
espumas.... Tampoco de Andrs haba en Rucanto ms que remotas nuevas en
aquella temporada. Se le haba visto en el alto puerto de Cumbrales, en
montaraz vagancia con los pastores, y luego decan que se haba
corrido hacia Reinosa, con una cuadrilla de gitanos.

Cobr con esto Salvador un asomo de tranquilidad y un respiro en el
anhelo con que llegaba a la casona, siempre que a ello se atreva.

Una de aquellas tardes que fu, encontr sola a Carmencita, y apenas se
saludaron, le pregunt Salvador:

--Todava lees aquel libro que te hace desvariar?

Ella dijo, con su voz de meloda triste:

--Todava....

--Pues yo voy a traerte otro libro santo muy alegre, con tapas azules y
letras de oro, si me prometes que leers en l un poco todos los das.

--Si dices que es santo....

--Ya lo creo; es el Evangelio..., figrate!

--Tremele pronto....

--Maana.

Se quedaron callados, mirndose. Ella tena un destello de curiosidad en
los garzos ojos entristecidos. l, con los suyos, le estaba diciendo un
delirante discurso inflamado y sumiso. De pronto, la nia se le acerc
confidencial, con una ntima confianza rota por ella entre los dos,
tiempo haca, y le dijo:

--No sabes que la pobre doa Rebeca no tiene ni un cntimo?... Ahora,
conmigo, es mucho mejor que antes....

Salvador, precipitadamente, interrog:

--Quieres t dinero?

Ruborizada, torpe, confes:

--Quisiera tener un poco para drselo.

--Pero t no necesitas nada para ti?

--Para m no.

--Yo veo que te hacen falta muchas cosas, Carmen.

Ella repiti con desaliento:

--Ninguna cosa me hace falta....

Ya Salvador tena en las manos su cartera, y tomando algunos billetes
que contena, los puso sobre el regazo de la muchacha.

--Yo te dar--le dijo con ardor--todo lo que necesites..., todo lo que
quieras..., todo lo que tengo....

Ella, al mirarle, todava encendida y confusa, le contest:

--Gracias...; eres tan bueno!...

--No sabes que lo mo todo es tuyo?

Se sonri Carmen preguntando:

--Por qu ha de ser eso?

--Porque Dios lo ha querido as..., y si yo tena algo que era mo
nicamente..., ya te lo di hace tiempo; te lo di en absoluto, para
siempre, y me he quedado sin nada.... Si t quisieras!...

--Qu?--pregunt la nia.

Y entr Narcisa como un huracn, vociferando:

--Mam est un poco mala, y yo no puedo estarme aqu llevndoles a
ustedes la cesta.... Con que....

Carmen y Salvador se pusieron en pie, sobrecogidos, y los billetes que
la muchacha tena sobre el regazo cayeron desparramados por el suelo.

--Qu es eso?--pregunt colrica la de la casona, con el gozo cruel de
haber descubierto una intriga tenebrosa.

--Esto es... nada que a usted le importe--contest el mdico, alterado.

Y Carmen, atolondrada, se qued quieta y muda.

--Esta casa--increp entonces Narcisa, como un basilisco--no se ha
prestado nunca a... porqueras.... Ya est usted aqu de ms, seor de
Fernndez....

Y se acerc a l tratando de cogerle por un brazo.

Hizo Salvador un movimiento de repugnancia como si se le aproximara un
reptil, la midi con mirada despreciativa y colrica y sali de la sala
muy altivo, sonrindose, con una audacia nueva en l, tan provocativa,
que Narcisa le persigui dicindole desvergenzas, extinguido ya el
resto de pudor que hasta aquel da la contuvo en su tentacin de
insultarle a la cara.

Y Carmen recogiendo del suelo los billetes, fuse a llevrselos a doa
Rebeca, que de cierto pareca que andaba algo malucha.




VIII


Abril floreca. Tenan sus auroras nuevas un plido rosicler de
esperanza; gentileaban las margaritas en las praderas, blanquendolas
con remedos de nieve; haban nacido muchas mariposas, y en los nidos
recientes las hembras padecan la fiebre dulce y santa de la
procreacin....

Todo el valle se hencha en gestacin potente, y ya el alba de una vida
de milagro y de gloria vesta de flores los espinos y les unga de
perfumes.... Espejndose en el valle fecundizado, el corazn de la nia
de Luzmela se dilataba tambin en un inconsciente afn de
florecimiento, con barrunto de brotes y bella nostalgia de capullos. Los
diez y ocho aos de Carmencita pedan lo suyo, aun en el apagado
lenguaje de un cuerpo abatido y un alma herida.

Perdido el tino del sendero, cansada v doliente, la muchacha se agarraba
ahora a su pedazo de vida negra, con instinto de juventud y de
esperanza, como si no tuviera las manos desgarradas de los zarzales del
camino...; y era que en la hermosura prdiga de su tierra hasta las
zarzas echaban flores!...

No saba Carmen si quera a Fernando; no saba tampoco si le olvidaba;
slo supo que la vida la llamaba a gritos desde los campos y desde los
bosques, desde las huertas y desde los nidos, desde el cielo irisado en
amaneceres risueos y desde los espinos en flor.

Y ella volva la cara hacia aquel lado donde la primavera naca cantando
amores, y senta todo su ser congestionado por el hechizo de vivir y por
la ilusin de amar....

Cuando se daba cuenta de haberse entregado a estos xtasis humanos,
seducida por las voces sordas de la Naturaleza, un espritu de
religiosa austeridad la haca estremecerse, y su alma, poseda del afn
del martirio y de la santidad, responda con todas sus escasas fuerzas
al reclamo implacable de aquel afn.

Era entonces cuando buscaba enardecida los libros devotos para aplacar
en los manantiales de su doctrina la sed y la fatiga del corazn.

En aquel libro de tapas azules y letras de oro que Salvador le enviara
en secreto, con una carta insinuante y tierna, haba ledo Carmen con
emocin:

No traigas yugo con los impos, porque qu comunicacin tiene la
justicia con la injusticia? O, qu compaa la luz con las tinieblas?
O, qu concordia Cristo con Belial?... Qu parte tiene el fiel con el
infiel?... Por tanto, salid de en medio de ellos y apartaos, dice el
Seor, y no toquis lo que es inmundo.

Maravillada de la limpieza y altura de estas mximas del Evangelio,
Carmen senta crecer su repugnancia instintiva hacia la existencia y los
seres de la casona, y miraba al cielo puro con un inconfeso anhelo de
volar, con un callado presentimiento de las alas ligeras y giros
alegres, abstrayndose con delicia en la contemplacin de las mariposas
y de las aves suspirando con hasto en su crcel sombra de Rucanto.

En una de aquellas divinas horas de resurreccin de tierras y corazones,
Carmen subi a su observatorio del sobrado para mirar a la naciente
primavera cara a cara y calentar al sol su alma aterida.

Todo el paisaje, en la calma de la tarde abrilea, cantaba un _hosanna_
de triunfo; y del celaje difano, de la vegetacin lujuriosa, de las
hiendas humeantes y de las glebas en oreo se alzaba en voz sin acentos,
valiente y subyugadora, un frvido _aleluya!_ que a la nia de los ojos
garzos le apres el alma. Cautiva la tena, puesta en una milagrosa
sonrisa que haba florecido en sus labios, cuando sinti tras de si un
jadeo de carne brava y un resuello caliente y brutal.

Sin tiempo para volverse a mirar se encontr prisionera en unos brazos
duros y torpes, y el aliento de Andrs, apestando a vino, la encendi la
cara.

No supo si fueron los labios del mozo una cosa rusiente que le doli en
el cuello, ni supo de dnde haba sacado ella un grito de furiosa
rebelda y una fuerza salvaje para desasirse de aquel abrazo exultante
y ansioso.

Andrs, impulsado hacia atrs por las dos manos breves y nerviosas de la
nia, di un traspi no muy gallardo y solt una palabrota soez.

Ella toc casi el dintel de la habitacin, y en aquel momento las dos
hojas de la puertecilla se plegaron rpidas como por infernal conjuro y
se corri un pesado cerrojo, cerrndolas en firme, al son de una
implacable risa de mujer....

Haba llegado Andrs a la casona aquella maana, desarrapado y sucio,
borracho y rendido de fatiga en los brbaros azares de sus aventuras. Su
hermana le inst a dormir y a descansar sin descubrir su presencia; y
espiando a Carmencita, la vi subir al sobrado, y fuse a despertar a la
fiera, azuzndola con el nombre de la muchacha y con la promesa de que
arriba la hallara sola y suya..., regalada..., ofrecida...,
esperndole....

Le empuj hacia la escalera, ponindose un dedo en los labios en seal
de silencio y prudencia, y Andrs subi en calcetines y en mangas de
camisa, como le haba sorprendido durmiendo aquella tentacin
monstruosa....

Al ver el mozo cmo la puerta cerrada le aseguraba la presa, se rehizo
sobre sus piernas, no muy fuertes, y avanz de nuevo hacia Carmen con
los brazos extendidos.

La alcanz; la tuvo ceida y manoseada brutalmente; la tuvo saturada por
su aliento avinagrado, maculada por sus besos voraces y estuosos.... Ya
se rea, con una risa sdica y proterva, una risa de victoria y
ufana.... Pero la muchacha se defenda, convulsa y desesperada, con
denuedo asombroso y tenaz que centuplicaba sus fuerzas y pona en sus
ojos profundos una lumbre de sagrado furor.

Con la suprema vibracin de todos sus nervios, Carmen se desprendi por
segunda vez de las garras feroces, y en aquel minuto de libertad
providente le puso al mozo las dos manos en el pecho y le di un empujn
con todo el vigor juvenil de su noble sangre sublevada y de sus msculos
en tensin.

Andrs, no muy libre de los vapores del vino, cansado y temblequeante,
rod por el suelo, levantando sobre el tillado trpido una nube de
polvo.

El golpe recio de la cada retumb por la casa abajo como el eco sordo
de un trueno. El hombrn, pataleando, con la boca llena de blasfemias y
los puos crispados, trataba de levantarse, y Carmen meda, con mirada
de loca, la altura de la ventana.

_Desdicha_, el gato errante y hambriento, que haba presenciado aquella
escena, hua por los aleros ondulantes con un galope de terror; y en un
alambre tendido sobre el hueco de la tronera, dos golondrinas, recin
llegadas, coqueteaban en un delicioso _palique_ discutiendo sus
proyectos de anidar....

Andrs ya se incorporaba rugiente, mascullando amenazas espantosas; y la
muchacha, sin dar un grito, con los labios secos y los ojos llenos de
llanto, le esperaba inmvil, apoyando en la ventana sus brazos
doloridos, sumida en un desesperado propsito.

Se abri entonces la puerta, tras un violento coloquio de dos voces
agudas y punzantes, y doa Rebeca apareci en el umbral, oportuna y
piadosa por primera vez en su vida. Carmen tena, detrs de sus
lgrimas, una desgarradora expresin de extravo.

Se abalanz hacia la puerta entornada y la traspuso, haciendo vacilar a
la seora. En la escalera tropez a Narcisa y la empuj, dejndola
pegada a la pared, con la boca abierta. Atraves la casa en una
desalentada carrera, baj al corral y a poco la portalada roja se
cerraba con estrpito detrs de la nia de Luzmela.

En pleno campo corri sin tino, huyendo siempre....

En la casona, sobre la cumbre del tejado, _Desdicha_ maullaba con
lastimera voz y las dos golondrinas rimaban dulcemente su poema de amor
en el vano de la tronera.




IX


Nadie pudo averiguar por qu artes diablicas fu restituida Carmencita
aquella misma noche a poder de doa Rebeca.

La vieron vagar por el campo como enajenada, con los, cabellos
destrenzados y flotantes y la ropa abierta en trdigas.

Un pastorcillo de Luzmela, que tornando las ovejas la tropez, oyla
suspirar un nombre conocido, como en demanda de amparo, y adems la vi
tender sus manos en la sombra creciente de la noche y no atinar con
ningn sendero y perderse en la soledad silente de la vega.

Al da siguiente, despus de rumiar mucho aquel encuentro extrao, el
pastorcillo llegse al palacio de su aldea a tiempo que la tarde caa, y
pidiendo hablar al seorito, le dispar este discurso:

--Que ayer vide a la nia de esta casa llorando y sola por las mieses y
llamndole a ust.... Y que digo yo que iba muy desmelen y con el
hbito rompido....

Salvador, desalado, se asegur:

--Pero era ella, de cierto?

--Era ella, como yo soy Pablo....

--Y cmo no has venido a escape?...

Lo cavil despacio y ahora, en un pronto, me determin....

Tampoco se supo en qu tiempo inverosmil Salvador ensill su caballo
por s mismo; y mientras Rita clamaba a todos los santos del cielo y el
pastor se quedaba con un palmo de narices, l volaba hacia Rucanto, en
velocsima carrera, que levantaba chispazos de lumbre bajo las
herraduras del potro.

Llegando a la casona, at la brida del animal jadeante en el aldabn de
la portalada y llam con mayor solemnidad y bro que lo hiciera en
reciente ocasin don Rodrigo el del Nidal.

No tena Salvador cobarda ni miramientos como aquella otra vez que, a
su regreso de Francia, esper en aquel mismo sitio, sobresaltado por el
eco arrogante de su llamada.

A la moza que abri la puerta le pregunt, spero y breve:

--La seorita Carmen?

--Est en la cama.

--Qu tiene?

--Una punta de calentura.... Salise ayer de casa como una loca, y
cuando la encontramos pareca que no estaba en sus cabales.... La
acostamos, sin que haya querido desnudarse.... A usted le mienta
mucho.... Maana dice la seora que llamar al mdico....

--Maana, eh?--rugi Salvador.

Pisaba fuerte, estaba fuera de s, violento y arisco....

Llvame a su cuarto..., pronto!--le dijo a la moza.

Fu la mujer delante, guiando por difciles encrucijadas, y al llegar a
una puerta en un rincn, dijo:

--Aqu es.

Entr el mdico sin llamar; estaba el cuarto envuelto en la media luz
del atardecer, y l fuse derecho a la cama y, se inclin sobre el
cuerpo inerte de Carmencita.

Pareca que estaba dormida; pero a la blanda voz de su amigo abri los
ojos, y, mirndole con inquieta expresin, balbuci:

--Eres t?... Cunto has tardado!

--Pero ya no me voy sin ti--dijo l, enrgico y amoroso--. Aunque t no
quieras, te llevo ahora mismo.

Pareca que quera clavarla sus palabras en el corazn, mientras la
pulsaba con ansiedad devoradora.

Ella dijo, con acento mimoso de nia pequea:

--S, yo quiero que me lleves.... Pero cmo?... No puedo andar....
Estoy muy cansada....

--Tengo abajo al _Romero_, sabes? Nos lleva a los dos en un vuelo.

--En un vuelo?--murmur Carmen con deleite--. Yo tengo muchas ganas de
volar....

Salvador temi que delirase. Tena un poco de fiebre y estaba muy
decada.

Se oy un rumorcito en la puerta y avanzaron unos pasos de duende por la
estancia.

El mdico, sin hacer caso de que entraba doa Rebeca, le dijo a la nia:

--Te bajar en brazos.... Vamos en seguida.... No tienes un abrigo?

Y pase una mirada por el cuarto, que tena un dramtico aspecto de
pobreza.

Estaban los muebles en desorden y empolvados, las sbanas del lecho
amarillentas y mal zurcidas, y sobre la colcha rameada, tumbado como un
despojo, el Nio Jess, calvo y tuerto, lleno de heridas y con la tnica
desgarrada.

La propia Carmencita completaba aquel cuadro de punzadora tristeza.

Tena el vestido hecho pedazos, enmaraado el cabello, las uas sucias y
el semblante demudado y miedoso.... La lucha horrible del da anterior
haba dejado en sus delicadas muecas unas manchas carbonadas.

Salvador midi con aquella sola mirada la escena desoladora, y no slo
con pena, sino con ira, con imperio y furor, le dijo a doa Rebeca:

--A ver, un abrigo; tenemos mucha prisa!

--Pero adnde van ustedes?--arguy la vieja, estupefacta.

Carmen se asi a una mano de Salvador, atemorizada, mientras l
responda orgulloso:

--Vamos a la paz y al amor...; vamos a Luzmela....

--Tambin Carmen? Eso no puede ser--quiso decir la seora, afilando el
grifo de su vocecilla.

Pero el mdico no la dej engallarse, y la interrumpi:

--Carmen tambin.

--Y con qu derecho se la quiere usted llevar?

--La llevo... porque es ma.

--Suya?... Pero est enferma....

--Yo la sanar....

--Eso no puede ser.... Es imposible--repiti.

Salvador la agarr por un brazo y la llev al otro extremo de la
habitacin, casi en vilo.

Ella iba chillando:

--Ay..., ay..., ay!...

La orden l, zarandendola:

--Cllese usted, doa,... Bruja, y escuche.... Cabe en lo posible que
Carmen renuncie la herencia de su padre en favor de usted..., y cabe en
lo posible que reclame su legado.... Esto depende de que usted nos deje
o no ir en paz.... Y ahora, pronto, un abrigo; no espero ni un minuto
ms.

Doa Rebeca sali del cuarto como una centella y en seguida volvi con
un chal en la mano.

Carmen, incorporada y anhelante, deca:

--Me llevar mi Nio Jess....

Pero Salvador la alz en sus brazos, envuelta en el chal, protestando:

--De aqu no te llevas nada....

Y sali con ella triunfalmente, con la gallarda de un galn de comedia.

En la antesala, una sombra siniestra se dobl, tal vez en reverencia de
irnica despedida, tal vez al peso de una maldicin secreta.

Y en el patio enlosado y en el corral, abierto a una plida luna recin
nacida, se perciba un rumor cauteloso y ttrico, como de cipresal
mecido por un hlito de muerte....




X


Qu alegre son el golpazo postrero de la puerta roja detrs de los dos
viajeros!

Carmen, segura en los brazos firmes y cuidadosos de su amigo, se dejaba
mecer y regalar como un nio en la cuna.

Haba dado un suspiro de profundo alivio, y todo el gozo de la noche
azul se le meta en el alma, con halagos de primavera y de ilusin.

Sobre la frente inmaculada de la joven se alzaba como un nimbo el oro
de la barba rizosa de Salvador, que pareca hermoso con el victorioso
encendimiento de sus ojos zarcos, la sonrisa de noble ufaneza y el
bizarro alarde con que amparaba a Carmen junto al corazn. Refrenando el
impaciente retorno del _Romero_, desafiaba al porvenir, alta la frente,
y gloriosa la vida, abierto con sumisin el campo a su carrera y abierta
con dulzura la noche a su mirada.

La brisa odorante de la campia corra a la par del _Romero_. La brisa
columpiaba las flores, leda y gentil, muy acariciadora, y el caballo
andaluz, fino y esbelto, beba brisa y aromas, dejndoles al pasar la
espuma blanca de su aliento.

Cuchicheaba la vida un secreto rumor de promesas en el misterio
delicioso de aquella noche de amor, y acompasada con el ritmo solemne de
la Naturaleza, la voz de Salvador, apasionada y feliz, secreteaba al
odo de Carmen:

--Ahora siempre vas a estar fuerte y gozosa; ahora vas a ser otra vez la
reina de Luzmela... y, adems, la reina de mi vida.

Ella se estrechaba suspirante contra el pecho del mozo, y deca:

--Tengo sueo....

Con los labios sobre los cabellos enmaraados de la nia, le iba
contando el mdico un cuento de hadas.

--Durmete y suea, que yo te voy a regalar unas cosas muy bonitas....
Vestidos de seda, cadenas de oro, anillos y pendientes....

Alz ella la cabeza con un infantil movimiento de curiosidad, y sonri,
murmurando:

--Qu precioso!...

--Y tendrs--aadi la voz sugestionadora--una cama dorada, con paos de
brocatel...; un tocador vestido de encajes..., quieres?...; unas
nforas de bronce llenas de rosas....

Carmen, levemente, como en el xtasis de un encantamiento, responda:

--S....

--Y tendrs un Nio Jess hermoso, con tnica de damasco y corona de
plata, dueo del altar elegante de la capilla, sonriente, mirndote con
los santos ojos, sanos y dulces...; t no sabes que Dios es muy
hermoso?

--S....

--Pues cmo te empeabas en amarle nicamente en aquel Nio tuerto,
calvo y sucio de la casona?

--Me daba lstima....

--Y Dios no inspira ms que lstima?

--Yo no s....

--Dios, alma ma, inspira admiracin suma y fervor y entusiasmos y
alegras. Dios hace sonreir.... Dios hace gozar....

--Hace gozar?--interrog la muchacha, con ansiedad de antojo.

--Ya lo creo--afirmaba la voz convicta y enamorada--. Todo lo bello y
santo de la vida, Dios nos lo da para disfrutarlo.... No ves la noche,
qu encantadora?... Pues es nuestra y de Dios....

Ella pase los ojos un instante por la paz divina de aquella hora, y
otra vez respondi:

--S....

--Yo te llevar--contaba Salvador--a ver muchas cosas admirables que hay
en el mundo.... Iremos por la tierra y por el mar curioseando la
vida....

--Pero Carmen interrumpi, pronta y asustada:

--Por el mar no....

--Le tienes miedo?

Dijo la nia, con timidez humilde:

--Tengo miedo a los barcos....

Y la imagen apuesta de Fernando flot un segundo, al claror de la luna,
delante de los viajeros, sonreidora y liviana, como una tentacin.

Pero el mdico, transformado ya en un hombre impetuoso y triunfador,
asegur, audaz:

--T ya no tendrs miedo a nada...; t sers mi mujercita..., mi gloria,
y ya nadie jams podr daarte, ni perseguirte, ni hacerte llorar...;
no sabes que vamos a la paz y a la dicha?...; no sabes que vamos a
Luzmela?

Carmen, toda estremecida, toda confusa por un vago tropel de
pensamientos y sensaciones, se desci un poco de los brazos que la
mecan, y mirando a Salvador con hondo afn, le pregunt:

--Dime: quin era mi padre?

l detuvo un minuto la respuesta y luego dijo, con acento clido y
seguro:

--El amor.

La nia, incrdula, pero fascinada, sonrea.

--Y mi madre?

--El amor.

Torn ella a sonreir, sacudiendo sobre su frente las crenchas rebeldes
del cabello; despus, muy ansiosa, volvi a preguntar:

--Y t..., quin eres?

Otra vez dijo la voz, convencida:

--El amor.

Y el amor fu a buscar, sediento, un beso en los labios preguntones de
la muchacha.

Pero ella le detuvo con un breve gesto de mujer, lleno de gracia,
ordenndole:

--Espera....

Y en seguida, como si ya no quisiera ms palique ni tuviera ms
ansiedades, se volvi a recostar con abandono inocente en los brazos
amigos, musitando:

--Tengo sueo....

Salvador, acogindola como cuando era chiquita, todava quiso averiguar:

--Y qu espero, di, Carmencita?

--Espera que yo descanse.... Espera que amanezca y que salga el sol....

En la temperie blanda de la noche resbalaron estas palabras pas, con
inflexiones armoniosas de romance, y la mansa brisa que corra a la par
del _Romero_ fu llevando el eco de la voz romancesca por los confines
serenos del paisaje.

Entonces, en la adumbracin del bosque seero y en el cantar ululante
del _Salia_, la resonancia maravillosa de aquella voz repiti, intensa
y vibrante:

--Espera!...

Y los rizos murmurantes de las hojas nuevas, y las resplandecas
apacibles del cielo, y el olor generoso de la tierra, y toda la
respiracin misteriosa y profunda de la vida, repitieron en un solo
acento, penetrante y firme:

--Espera!...

Ya la torre de Luzmela, un poco desalmenada, seria y noble, se recostaba
en el azul sin mancha del celaje.

Un gallo trasnochador lanz su canto estridente fuera de las tapias
enzarzadas de su corral.

El potro andaluz, instigado por la querencia de la cuadra, dej
deshacerse en el viento, con un bravo resoplido, el ltimo copo blanco
de espuma.

Carmen descansaba en regalada quietud, tal vez soando con el Dios
bienhechor y piadoso de las almas buenas, y Salvador, inflamado de
anhelos, saboreaba la inmensa felicidad de luchar y de sufrir con la
esperanza en los brazos.




XI


Cuando Rita recibi a la puerta del palacio el maltratado cuerpo de su
nia, tomle bajo su cuidado como un sagrado depsito y le hizo reposar
entre lienzos albos y finos, orlados de puntillas, en la cama dorada,
bajo la colcha joyante y rica....

Mimada y socorrida, hermoseada por la limpieza y el esmero, con el
cabello alisado sobre las sienes y el alma aquietada, la nia de Luzmela
cerr los ojos en la placidez de un sueo leve, incompleto, que no la
desligaba de la realidad y la permita memorar los suplicios de sus
cinco aos de esclavitud al travs de la sonrisa de su libertad.

En el dulce sopor de aquellas horas, cobijada por la piedad y el amor,
Carmen senta una secreta voluptuosidad en remover las imgenes
espantosas de la casa de Rucanto y hacerlas desfilar en su memoria como
una procesin negra, maldita y condenada.

Con su breve mano de nia levantaba el velo de compasin que haba
echado siempre su bondad sobre aquella familia enloquecida y brbara, y
se iban presentando en la escena de sus dolores la hermana y los
sobrinos de don Manuel en traza alegrica, en caricatura de miedo y de
risa.

Doa Rebeca iba delante, montada en una escoba; llevaba a medio cubrir
las piernas, secas y nudosas como leos, y en los pies unas alpargatas
cenicientas.

La melena blanca, corta y, desigual, agitbase erizada, sacudida por el
viento; luca un corpio de color de ala de mosca, prendido con
alfileres, y en la falda, mezquina y desgarrada, un landre voluminoso
lleno de llaves de alacenas, cofres y arcas.... Iba cantando, en voz de
falsete, pladera y, tenaz, una extraa cancin hecha con refranes y
majaderas.

Marchaba detrs Narcisa, muy tiesa, con la cara verde y el traje
amarillo; llevaba en el pecho una margarita blanca muy marchita. Le
haban puesto en los labios un candado cruel y tena en los codos dos
bocas horribles, abiertas por sangrienta desgarradura de la carne en una
explosin de sapos y culebras.

Detrs de Narcisa se arrastraba Andrs a cuatro patas, sobre un charco
de vino hediondo, luchando por levantarse, en un pataleo intercalado de
blasfemias y amenazas.

Despus llegaba Julio, amortajado, andando sin pasos ni ruidos, como un
nima en pena; abra desmesuradamente los ojos, con expresin satnica,
y lanzaba unas desatinadas imploraciones.

Pasaron todos y se fueron alejando en una sombra espesa y flotante,
hmeda y fatal, como nube preada de tormenta, mientras Carmencita,
desde la blandura suave de su lecho, sonrea con una sutilsima
sensacin de placer.

Cuando la procesin temerosa haba desaparecido, se present en remota
lejana la silueta gentil de Fernando; llevaba en la mano un ramillete
de borrajas y una gorra de marino sobre el endrino pelo rizoso.

A Carmen se le aceler entonces el corazn con un latido ardiente, y la
imagen de Fernando se inclin, muy galante y zarandera, para ofrecer el
ramo de flores a una moza que pasaba. Carmen no la conoci...; quin
sera?... Le pareci que le estaban diciendo al odo, con oficiosidad
maliciosa:--S...; es Rosa, la del molino; una de mucho empaque...,
pinturosa de la rama....

La nia de Luzmela volvi la cabeza hacia otro lado, muy despreciativa,
con un desdeoso gesto de mujer de calidad.... Se haba encalmado ya su
corazn en un comps armonioso y grato.

Abri los ojos, sus divinos ojos obscuros, encendidos otra vez con un
sano fulgor de alegra, y vi cmo la luna, al travs de los vidrios
descubiertos, pona a los pies de su cama una plida alfombra de luz que
iluminaba tmidamente toda la habitacin.

Con aquel rtilo gozo de la noche alumbr la muchacha la memoria de los
serenos das que disfrut en aquella noble casa, hasta la infausta hora
de la muerte del hidalgo.

Siempre que el recuerdo de aquella muerte le acuda, senta en torno
suyo el sordo rumor de unas alas hostiles y el graznido agorero de un
ave siniestra.

Un fatalismo implacable la sacudi obligndola a incorporarse, trmula,
bajo aquel susto misterioso, huyendo del vuelo torpe y del canto
augural.

Vi entonces a Salvador, vigilante y desvelado, contemplndola con
insaciables arrobos, con infinita y atenta solicitud.

Ella, sin sorpresa, segura de que all la estaba acompaando el
constante amigo de su alma, le pregunt, con voz lagrimeante de nia
miedosa:

--Todava vuela por aqu la _ntigua?_

Salvador ignoraba que Carmen una siempre a la idea de la muerte la
aparicin del ave fatdica; pero al notar el entristecimiento de su
semblante, adivinador y cuidadoso, le dijo, como quien cuenta una
infantil conseja:

--Ya no volver la _ntigua_ nunca a volar sobre tu jardn. Yo la mat,
no sabes?, con mi escopeta cazadora, desde el balcn de mi cuarto.
Cay, sin vida, encima de un rosal, v me cost encontrarla, porque las
flores que ella lastim al caer la cubrieron de hojas....

--Toda la cubrieron?

--Toda; y as, cubierta de rosas, la hice enterrar.... Ya no hay
_ntigua_!...

Carmen, con voz de maravilla, repiti como un eco:

--Ya no hay _ntigua_!

Y, con la cara radiante, pos otra vez en la almohada su cabeza
peregrina.

Salvador la puls, acaricindola como a un ngel o como a un nio,
blanda y dulcemente. La fiebrecilla que, al atardecer, la enardeca,
haba remitido en el bienhechor reposo de aquellas ltimas horas, y al
esconder los ojos a la sombra ideal de las pestaas, el buen sueo
reparador la bes en los prpados, hasta que, vigilada de cerca por el
amor, se qued dormida.




XII


Engendrada en el seno recatado de aquella noche de abril, naca la
primera maana de mayo, rasgando los tules cndidos de la aurora
desenvolvindose, con divina gracia, del manto azulino que la luna haba
puesto plido de luz.

Todo el jbilo de la primavera se asom al cielo y se fundi en un azul
profundo, nuevo y triunfante, que recort en su intensidad milagrosa los
montes gigantes, los bravos montes de Cantabria.

Blanquearon en el valle todos los senderos, tendidos sobre el verde
lozano de mieses y praderas, y en todos los nidos se inici una armona
de gorjeos, y en todas las hojas rezaron las brisas una plegaria
henchida de misteriosas promesas, impregnada de secretas caricias.

Las aguas del _Salia_, mugientes y espumosas, aplacieron su cantar
valiente en una mansedumbre de homenaje, como dicindole un escucho de
amor a la maana.

En los surcos floridos de la vega, tambin las mansas arroyadas le
contaron una dulce querella a la luz gloriosa que naca.

Y toda la tierra fu aromas, y todo el aire armonas, y toda la vida
resurreccin y victoria....

El alma de Salvador estaba de rodillas, afanosa y esperanzada, delante
de aquel amanecer feliz.

Carmen le haba dicho: Espera que yo descanse, espera que amanezca...,
espera que salga el sol....

Y llegaba, por fin, la hora bendita, la hora soada, la sublime hora....

El mdico miraba, exttico, a su amada, dormida, entregada a l en
abandono de fraternal confianza, segura y serena bajo la egida del
noble amor....

Una deliciosa brisa, saturada de la belleza y la poesa de la maana,
baj al jardn, muy despacito, despus de besar en silencio la ventana
de Carmen; a su paso, todas las flores hicieron a comps una graciosa
reverencia.... Se prendi en los cielos el primer rayo de sol y Carmen
abri los ojos.

Acarici con mirada curiosa la habitacin, elegante y alegre, y mir a
Salvador, fascinada, muy, sorprendida.... Vena del pas del sueo y del
olvido.

Gozndose l en aquel asombro risueo, le cont:

--Anoche te salv; te redim; te traje conmigo a la paz y al amor, no
te acuerdas?... Aqu est la primavera, vestida de galas para ti...;
aqu est mayo, loco de alegra, lleno de rosas...; aqu est la maana
de mi esperanza.... Carmen, acurdate!: ha salido el sol.... Dios te
mira y te sonre y te ofrece la felicidad...; ya se acabaron las sombras
de tus penas..., ya toda la vida para ti es luz....

Ella, posesionada de la realidad hermosa de aquel da, con sus ilusiones
que se despertaban y sus ansias que renacan, mir a Salvador con
inefable promesa, y haciendo una sola frase elocuente y cndida,
respondi nicamente:

--S..., ya me acuerdo...: estamos en Luzmela!...





    NDICE


    PRIMERA PARTE

    SEGUNDA PARTE

    TERCERA PARTE









End of the Project Gutenberg EBook of La Nia de Luzmela, by Concha Espina

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA NIA DE LUZMELA ***

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