The Project Gutenberg eBook, Mara Luisa, Leyenda Histrica, by Andrs
Portillo


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Title: Mara Luisa, Leyenda Histrica


Author: Andrs Portillo



Release Date: July 12, 2014  [eBook #46265]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1


***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK MARA LUISA, LEYENDA HISTRICA***


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Nota del Transcriptor:

      Letras itlicas son denotadas con _lneas_.





MARA LUISA.

LEYENDA HISTRICA

por

ANDRS PORTILLO.







Oaxaca.
Imprenta de Lorenzo San-German.
Avenida Independencia, nm. 50.
1896.




                                         _Hidalgo, Julio de 1899._

_Hay tantos verdugos del idioma!............ Llegan  nuestras manos
da  da tantos sacrilegios literarios! Confieso ingnuamente que
cuando tuve entre las mas un ejemplar de la "Mara Luisa" del Sr. D.
Andrs Portillo, lo abr con desaliento, con esa dejadez melanclica que
infunde en nuestro espritu nostlgico de algo bello, el spleen de la
eterna vulgaridad que nos envuelve._

_Yo no tena el honor de conocer al Sr. Portillo; sus producciones, sus
facultades, hasta su nombre! eran enteramente extraos para m. Pero
una cosa me consolaba: las dimensiones del librito, que eran bien
reducidas, y no sera muy largo el tiempo que se perdiera en su
lectura,......... si es que se perda._

_!Al mal paso darle prisa!--me dije y comenc  recorrer las primeras
pginas!_

_Vamos, el estilo no es enftico......... eh?......... esta clusula es
fluda......... la frase se desencadena con naturalidad......... la
palabra es correcta y los perodos......... reconozcamos que los
perodos tienen cierto aire de distincin, esa elegante sencillez que
promete feliz eplogo. Continuemos!_

_Y sin sentirlo, como no se sienten en la soledad, como se deslizan las
horas en que dejamos el pensamiento volar en alas de sus recuerdos
dulces, se deslizaron para m estos captulos. El inters crece! se ha
empeado la accin! Veo en estas lneas las huellas de algunas
lgrimas._

_El autor nos conduce dentro de las sombras arcadas de un monasterio,
cuya quietud turba el estruendo del combate y cuyos muros ilumina el
relmpago siniestro de la artillera._

_Hermoso contraste! Parcenme aquellos los magistrales y bruscos tonos
de luz y sombra de la "Cena de Emaus," de Zurbarn._

_Pero all debe tener pattico desenlace lo que fuera al nacer tierno
idilio de la adolescencia._

_Y por cierto que el eplogo est lleno de interesante originalidad: una
granada destrozando en obscura noche la bveda del templo, cava en el
pavimento el fnebre y primero y ltimo lecho de amor de dos amantes
infortunados._

_Pero no............ no quiero referiros el argumento de "Mara Luisa,"
porque abdicara de su inters, sin que pusiera  vuestra vista los
elementos que decoran sus interesantes escenas._

_Ya las naves de un templo y el imponente sociego de un claustro; ya la
lujuriosa naturaleza meridional, con sus arrogantes cordilleras, sus
solemnes desiertos, sus selvas sombras y sus diamantinos cielos._

_Ya la estrecha celda en la que, entre los dulcsimos y consoladores
salmos del cristianismo y la luz temblorosa de los cirios, descuella,
como lucero de esperanza, en las borrascas del espritu la ideal imagen
de la Madre del Redentor del Mundo._

_Pero............ no quiero continuar, os lo repito. Leed la obrita que
puede penetrar desde el gabinete de un filsofo hasta el casto retrete
de una virgen. Leedla, que es sana y no daar vuestro espritu como
tantas otras de que se ruborizara la biblioteca de un templo de
Lupercio, y que sin embargo, con cien trompetas recomienda la prensa._

_Y entre tanto, reciba el elegante escritor oaxaqueo, D. Andrs
Portillo, nuestras humildes pero cinceras felicitaciones._

                                       TOMS DOMNGUEZ YILANES.




PRIMERA PARTE.


I.

Era joven an este siglo XIX que hoy contemplamos anciano y moribundo,
tan lleno de glorias y cargado de responsabilidades.

Mxico haba derramado su oro y su sangre por espacio de once aos para
librarse de la dominacin espaola y lanzbase  la vida independiente
con la vaguedad del hombre que acaba de tener un sueo penoso.

Se ensayaban todas las formas de gobierno, se convocaban congresos
nacionales, se defendan principios y contraprincipios y haba de una
parte, quienes suspiraban por el rgimen colonial, y de otra, quienes
aplaudan las doctrinas ms atrevidas de la revolucin francesa.

Pero al mismo tiempo la luz se derramaba en las inteligencias, la
escuela se abra para el campesino y el obrero y la ley daba iguales
derechos  los mendigos y los poderosos.

Dijrase que amaneca en el horizonte de un porvenir halagador.

Y las claridades de aquel risueo crepsculo, llevaban grmenes
preciosos para la libertad y para el progreso  todos los Departamentos
de la Nacin.


II.

Oaxaca era en aquella poca el pas del dinero y de la grana, que haba
proporcionado  Espaa, durante mucho tiempo, tesoros para sus hijos y
prpura para sus reyes.

La ciudad capital, situada cerca de la Sierra Madre, al pi de una verde
colina, recibi de los espaoles el nombre de Antequera en memoria de
una de las ms bellas poblaciones de Andaluca.

Unala con Mxico un camino largo y estrecho por donde remita sus
valiosas producciones, recibiendo en cambio los gneros de Europa y con
alguna frecuencia, grandes cantidades de plata acuada.

En Oaxaca no haba entonces jardines pblicos, ni teatros, ni
peridicos, ni alumbrado en las calles; el carcter pacfico de sus
habitantes no necesitaba de estas cosas.

No eran conocidos los hoteles porque haba poqusimos viajeros; los
prceres enviados de la Capital para servir empleos en el Gobierno, as
como algunos extranjeros que deseaban conocer el rbol gigantesco del
Tule y las legendarias ruinas de Mitla, eran alojados en casas
particulares  en los conventos, cuya supresin aun no se presenta.

La poltica era un misterio apenas conocido por pocos iniciados.

Pero ya el pueblo, sin abandonar el depsito de sus buenas costumbres y
adorables tradiciones, daba indicios de su genio guerrero que ms tarde
hizo milagros de valor y patriotismo.

Ya haba visitado  Oaxaca el gran Morelos y haban nacido en este pas
afortunado los hombres extraordinarios que algn da debieran ponerse
frente  frente de los soberanos europeos, pidiendo para Mxico un
puesto de honor entre las naciones ilustradas.


III.

Era el da 21 de Diciembre de 18.........

A la hora en que se oculta la ltima estrella en el cielo y la brisa del
crepsculo viene  despertar  las aves y  besar  las flores, un
repique  vuelo estall en las torres de los numerosos templos de la
ciudad, dejndose oir entre aquel confuso y agradable ruido, la voz
sonora de la campana mayor del reloj de la Catedral, que por una
tradicional costumbre, solamente una vez al ao agitaba su martillo con
violencia, celebrando la fiesta de Navidad.

Toda la maana de aquel da hubo grande animacin en las calles y plazas
de la regocijada ciudad. Los criados vestidos de limpio, que conducan
de una casa  otra los obsequios de la Pascua  iban  los mercados en
busca de comestibles para la _noche buena_; los chiquillos que corran 
comprar dulces, juguetes y adornos para el imprescindible _Nacimiento_;
las seoras, que cubiertas de bordados pauelones multicoloros, salan y
entraban  las iglesias y las tiendas y los vendedores de diversas
clases de objetos, impidiendo el paso en las entradas de los portales,
formaban un abigarrado conjunto que daba idea de lo que era y lo que
haca el pueblo oaxaqueo en la vspera de sus solemnes festividades.

Los templos se hallaban engalanados con gran lujo de cirios, cortinas y
adornos de metales preciosos.

En casi todas las casas se hablaba de _la misa de media noche_ y se
arreglaba el baile de Navidad, en el que tomaban parte solamente las
personas mayores del sexo femenino, por exigirlo as las costumbres de
la poca.

Y aun en las viviendas ms humildes haba preparado un plato ms para la
mesa, un regalo para el hijo y una flor para la imagen protectora de la
familia.

Pero donde haba ms trabajo y agitacin era en el convento de.........

All no solamente se adornaban los altares, tambin se barran los
claustros, se desempolvaban la biblioteca y el refectorio y bajo la
direccin del mismo Padre Guardin, se preparaba cmodo alojamiento para
un husped distinguido que debera llegar de un momento  otro.


IV.

Amable por su genio y su virtud y dotado de cualidades eminentes, era el
Padre Jos un anciano alto y robusto, espaol de origen, pero mexicano
por sus sentimientos.

Su barba encanecida y su frente maltratada por los aos, como tambin
por los pesares, contrastaban con la viveza de su mirada y el tinte
nacarado de sus labios entreabiertos siempre para decir palabras de
tolerancia y de cario.

A pesar de su habitual moderacin, frecuentemente se descubran bajo el
humilde sayal del misionero, la franqueza del marino y la noble
gallarda del militar retirado.

Toda su existencia fu una lucha constante.

Cuando joven combati con el mar para sostener  una madre anciana,
luego pele contra Napolen en defensa de su patria; despus lleg 
Mxico acompaando al General Mina para proteger  un pueblo abatido;
muy pronto, enfermo y sentenciado  muerte, vino  Oaxaca con un nombre
supuesto y como maestro de escuela, luch por la civilizacin hasta que,
por ltimo, se ocult en el claustro para batallar con sus propias
pasiones.

Poseedor de virtudes antiguas  ideas modernas, era indulgente con todos
y severo consigo mismo.

Su modesta sabidura, sus ideas liberales, las mejoras que hizo en el
convento y las polmicas que mantuvo sobre materias religiosas lo
convirtieron en el personaje ms notable del clero.

La sociedad estaba dividida en opiniones respecto  su persona: los
enemigos del progreso le tenan por hereje, los hombres ilustrados y
virtuosos le llamaban "el Maestro," los pobres le decan "el Padre" y
sus compaeros de religin ms de una vez quisieron elevarlo  la
primera dignidad de su Orden, pero l slo acept el puesto de Guardin.

Aquel da, llegada la hora de comer, se coloc en medio de sus hermanos
despus de bendecir la mesa, pero en seguida sali rpidamente  la
portera, de donde le anunciaron la llegada del viajero que aguardaba.


V.

En la puerta del convento se haba detenido una litera, de la que salt
con violencia un joven alto y moreno, de cabellera negra y agradable
apostura, vestido con bata de indiana color de paja y cubierto por un
sombrero de ancha falda.

Aun estaba despidindose de los conductores de la litera cuando se vi
en los brazos del Padre que lo salud con la franqueza y el cario de un
antiguo amigo  inmediatamente lo condujo al refectorio.

D. Carlos Flix de Miranda, era un rico propietario mexicano, abogado
notable y adems Ministro de la Corte de Justicia de la Nacin. Las
lneas aristocrticas de su rostro, su tez morena y sus grandes ojos
negros presentaban el tipo de esa raza belicosa, noble y bella, formada
en Mxico por la unin de la sangre azteca y espaola, cuyos hijos bien
pudieran llamarse los rabes de Amrica.

Aquel joven magistrado haba conocido  Oaxaca en el ao anterior y
prendado de su cielo y de su clima, ofreci al Padre Jos volver pronto
 establecerse no lejos de la ciudad en una finca del valle; al efecto,
habale remitido con anticipacin varias cantidades de dinero.


VI.

Desde luego not el buen Padre que su amigo haba cambiado mucho en los
doce meses que dej de verle.

Ya no era el joven alegre cuya conversacin animadsima revelaba un
espritu ilustrado y un corazn generoso.

En sus palabras ridas y sus ojos anegados en sombras de tristeza,
encontraba los sntomas de un pesar oculto; mas no se atrevi  inquirir
la causa de su situacin.

Los otros comensales, menos prudentes que su jefe, le dirigan preguntas
que D. Carlos contestaba con monoslabos, al mismo tiempo que adusto y
cabizbajo, apenas probaba de los platos que le ofrecan.

Estrechado por un religioso para que le diera informes respecto  su
malestar, le contest con acento melanclico:--S, Padre, me hallo
enfermo.........--y volvindose al Guardin, concluy en voz
baja:--enfermo del alma.

Pero repentinamente, haciendo esfuerzos para mostrarse agradecido y
complaciente por las atenciones con que lo distinguan, dijo para
s:--qu culpa tienen estos buenos padres de lo que yo padezco?--y les
dirigi la palabra en tono festivo, contndoles algunos episodios de su
viaje, mezclados con ancdotas y epigramas, que agradaron mucho  la
comunidad.


VII.

En aquella poca de turbulencias sociales, la conversacin de casi todas
las reuniones versaba sobre los temblores de tierra y los cambios de
Gobierno.

El viajero procedente de la Capital tena que dar cuenta minuciosa de
los acontecimientos polticos ms  menos desastrosos que all se
repetan y de las fatigas soportadas en el camino durante quince das.

Para D. Carlos haba en aquel monasterio un asunto ms que tratar y aun
discutir, muy grave ciertamente, y era el afn con que procuraban
conquistarlo para que se hiciera fraile.

En otra ocasin se haba excusado diciendo que su carcter pareca
incompatible con las reglas monsticas y hablando cortsmente sobre las
reformas que necesitaban los conventos.

El Padre Jos no tena parte en aquellas discusiones; mas preocupado con
la misteriosa enfermedad de su husped, aquel da se permiti indicarle,
que para ciertas dolencias no podra encontrarse mejor remedio que la
paz y la soledad del claustro, terminando por invitarlo  que se quedara
en el convento aunque no profesara.

D. Carlos, que por entonces slo poda ocuparse de sus tristes ideas,
continu mintiendo y esforzndose por aparecer alegre, locuaz y aun
descredo; dijo que la vida del claustro era fra, montona  imposible
para l y asegur que solamente apeteca las distracciones y placeres
que haba venido  buscar en Oaxaca la vspera de Navidad.

--No obstante, yo me hara fraile--dijo con entusiasmo--si Udes. me
proporcionasen aqu tertulias, banquetes, bailes......... aunque no
fuera con frecuencia.

--Nadie puede resolver los problemas de la Providencia--contest el
anciano Guardin con acento de grave cortesa.--Si esa es la nica
condicin, todo lo tendr Ud. y en esta _noche buena_, por principio, le
daremos un festn.

--Y habr buen vino?

--S, seor.

--Concurrirn seoras?

--Quizs.

--Con una me conformo...... Vea Ud., Padre...... Si me proporcionaran en
este retiro un departamento con balcones al jardn, una biblioteca de mi
gusto y una compaera de quince aos, le aseguro que ya no saldra de
aqu.

--Todo se puede tener para el servicio y la gloria de Dios.

--Todo?

--S, D. Carlos, dndome Ud. su palabra...... yo le proporcionar......
cuando Ud. guste......

--Hoy, si se puede.

--Sin duda, esta noche tendr Ud. banquete, msica.......

--Y la nia?

--Tambin......

--A qu hora?

--A las doce.

--Convenido. Es hermosa?

--Como los ngeles.

Al oir los otros padres tan atrevidas y poco edificantes afirmaciones de
su venerable superior, unos se santiguaron creyendo que haba perdido la
razn, otros se dirigan miradas maliciosas y casi todos cesaron de
comer.


VIII.

El Padre Guardin condujo  su amigo  la celda que le haba preparado;
era una pieza pequea de los altos, con el suelo recin pintado de rojo
y las paredes de blanco.

Frente  la puerta de entrada se abra un balcn para el jardn.

En un ngulo haba un lecho modesto y en el otro una gran mesa con un
pequeo crucifijo de metal; junto  varios libros un vaso con agua y
tiles para escribir.

Algunas sillas de pino y un silln tapizado de piel obscura, completaban
el ajuar.

Sobre una de las sillas se haba colocado la caja de madera con adornos
chinescos, que contena el equipaje de D. Carlos.

El anciano se despidi de su husped y dndole una suave palmada en el
hombro, le dijo:

--A las doce...... No lo olvide Ud.

El joven inclin la cabeza y entr  la celda sin contestar.


IX.

Lento, mudo, cargado con el peso de inefables sufrimientos, fu 
sentarse D. Carlos ante la mesa y permaneci con la frente apoyada entre
ambas manos.

Algo terrible pasaba en su corazn.

De repente se par, di vueltas  largos pasos en toda la extensin del
cuarto hablando palabras ininteligibles y volvi  sentarse con seales
de fatiga y amarga melancola.

Luego escribi velozmente algunas lneas en su cartera y volvi 
pararse oprimindose la cabeza, como si quisiera detener sus ideas
arrebatadas por el huracn del desvaro.

Irguindose con penoso esfuerzo, exclam:--Llorar y sufrir!...... Esta
es la vida...... Para qu se vive? De qu sirve el amor puro y
honrado?......

Sentse otra vez y estuvo ms de una hora con la frente cada como si se
inclinara bajo la enormidad de un gran suceso.

A veces lloraba con la sencillez de un nio y otras con el estrpito de
un desesperado.

Su alma ya no poda soportar el combate de pasiones por largo tiempo
sofocadas.

Cuando anocheci fu un criado  poner luz en la mesa y le pregunt si
algo se le ofreca; pero D. Carlos no di seales de haberle odo.


X.

La noche adelantaba en silencio, apenas iluminada por plidos luceros.

La fuente sollozaba en el fondo del jardn.

Algunas aves nocturnas se detenan graznando sobre las tapias.

Un viento helado agitaba las copas de los rboles y gema lgubremente
al entrar por el balcn para mover la flama de la vela y la cabellera de
D. Carlos.

La campana de la torre inmediata sonaba tan melanclica, tan lenta, como
si repitiera el toque de agonas.

El pobre joven, no de otro modo que si huyera de la tempestad de su
propia conciencia, repentinamente corri hacia el balcn y se inclin
demasiado como para precipitarse al vaco, pero en el acto se retir
diciendo con profunda tristeza:--Est muy cerca el suelo.

Luego con firme pulso, pero detenindose  cada momento para reflexionar
sobre lo que haca, escribi dos cartas; una para el criado que haba
dejado en Mxico cuidando su casa y la otra dirigida al Padre Jos.

La primera deca:

Mariano: Estoy enfermo. Cuando recibas esta carta ya no existir. Ocurre
 mi notario y l te dar los ttulos de propiedad de la casa que te
ofrec por tus buenos servicios......

La otra carta estaba concebida en estos trminos:

Padre: Hay infortunios superiores  las fuerzas humanas. El vaco del
corazn, la ingratitud del mundo y el oprobio inmerecido no tienen
remedio. Yo no he sido culpable hasta este momento, pero mi porvenir
est vaco de esperanzas; la tierra me abandona y el cielo ya no me oye.
Hay un abismo en mi pasado; tengo una enfermedad incurable en el
corazn, que devora mi vida. El destino ha pronunciado su orculo: soy
desgraciado y necesito morir. No desconozco que hago mal, pero me es
imposible retroceder. Perdneme que haya venido  turbar con mis
pasiones la calma de este retiro consagrado  la oracin. Ruego  Ud.
que mi cadver se oculte en un rincn ignorado. El capital que tengo en
su poder, cuya existencia slo Ud. conoce, reprtalo  los pobres sin
mentar mi nombre. Querido y muy querido Padre, como ltimo favor le pido
que olvide para siempre  su infeliz amigo

                                                  CARLOS FLIX.


Concluida esta carta, la puso con la otra en un extremo de la mesa y
vacilando como si caminara entre tinieblas, se dirigi  su caja de
viaje, sac una gran pistola de chispa y con febril violencia, se coloc
la extremidad del can en el pecho, tirando del martillo que son
speramente, pero el arma no di fuego.

El desdichado intent dispararse por segunda vez y todo fu intil; el
ambiente hmedo del camino haba descompuesto la plvora.

Entonces, con los cabellos en desorden y los ojos inyectados de sangre,
volvi  dirigirse  la caja y apresuradamente, como si temiera perder
la ocasin de morir, tom un paquete de sales, vaci una parte en el
vaso de agua y mirando que los polvos no se disolvan, con la mano
trmula y en movimiento giratorio, sacudi el vaso fuertemente y se
llev  los labios el veneno, mas en el acto volvi  ponerlo en la mesa
porque haba escuchado golpear suavemente la puerta y la voz del Padre
Jos que le deca:--Seor Magistrado, aqu est la nia.

En el reloj del convento haban dado las doce.


XI.

El aturdido Magistrado corri hasta la puerta extendiendo los brazos
para impedir que se abriera, pero ya era tarde.

Un torrente de luz, de armonas y de perfumes inund la estancia y una
lluvia de rosas cubri el pavimento mientras D. Carlos retroceda lleno
de asombro hasta chocar con la pared.

Colocada en el umbral de la puerta, estaba como celeste aparicin, una
virgen cndida, modesta y hermossima, vestida de aljofaradas flores y
coronada de diamantes.

Arquetipo del cielo, apocalptica escultura, preciosa imagen de la Madre
de Dios, con los brazos abiertos dirigindose al joven, pareca
envolverlo en sus miradas y decirle:--Yo soy la virgen del amor sin
lmites. Venid  m los que tenis pesares y os aliviar. Yo he sufrido
mucho y s consolar  los que lloran, mi amor es inmortal y mis caricias
dan la gloria.

En aquella imagen hallbase algo superior  la belleza plstica.

Sus cabellos flotaban en ondas de oro salpicadas de perlas, sus ojos
vertan raudales de luz celestial, su boca era una concha de ncar y su
semblante iluminada por la luz prismtica de la fulgente diadema,
ofreca todos los encantos de la mujer velados por la mstica pureza de
los ngeles.

Sobre su pecho y casi escondido entre las blondas de la tnica, mostraba
un corazn de rubes que pareca palpitar con amorosa trepidacin.

A su lado el venerable sacerdote, revestido con sus ornamentos sagrados,
tena en la mano un cliz de oro cubierto con blancas telas de seda;
inspirado por un fuego divino, murmuraba palabras de misericordia.

Al comps de una msica suave, cuyas notas remedaban suspiros y
plegarias, salan del claustro inmediato voces melanclicas y dulces que
clamaban: "Ruega por nosotros, Mara, madre de los hurfanos, ngel de
los ngeles, consuelo de los desgraciados, reina del paraso, salud de
los enfermos."

--Mara! Mara!--Exclam D. Carlos con voz desgarradora y se dej caer
en el silln ponindose una mano en la boca como si temiera descubrir
algn secreto misterioso.

La msica ces, los padres que haban llevado la estatua desde la
iglesia, la colocaron sobre la mesa y pusieron  sus pis dos velas
encendidas y un gran libro con broches de oro, retirndose
inmediatamente.

Despus de cerrar la puerta, el prelado dijo cariosamente  su
amigo:--Ya tiene Ud.  la virgen; ahora vamos al banquete.

D. Carlos no respondi; continuaba sentado pasndose  veces la mano
sobre la frente como para desechar algn pensamiento que lo tiranizaba.

Su pecho se deprima y se ensanchaba con precipitacin y sus lgrimas
rodaban hasta el suelo.

El momento era grande y solemne.

La mesa del suicida se haba convertido en altar de la misericordia.


XII.

El sacerdote aproximndose  la mesa se inclin profundamente, coloc el
cliz  los pis de la imagen y alz los ojos al cielo exclamando con
aire de inspiracin:

"Llego ante el altar de Dios que me rejuvenece y me consuela........."

"Quiero baar mi corazn en la fuente de la vida....."

"Alma ma...... Por qu ests triste?......"

"Yo, pecador, me confieso y me arrepiento...... Dios mo!...... Tened
piedad de m...... Por mi culpa, por mi culpa......"

--No, Padre, yo no tengo la culpa!--grit D. Carlos parndose y volvi
 sentarse arrepentido de haber hablado.

El Padre continu:

"Gloria  Dios en el cielo y paz en el alma conturbada de la pobre
humanidad......"

Luego fu  un lado del altar y despus de examinar la carta que para l
vi en la mesa, abri el libro de los sellos de oro y ley en voz grave,
dirigindose  D. Carlos:

"No hay corazn que no tenga una herida oculta."

"La sed de felicidad que sin cesar est devorando  la familia de Adn,
solamente se apaga con el llanto derramado en el seno de la religin."

"El hombre es un viajero que camina de dolor en dolor...... vive como
las flores y pasa como las sombras..... sus das estn contados en el
libro de la eternidad y no le es permitido extinguir el aliento de la
vida."

Pasando al otro lado volvi  leer:

"Cun penoso es el sendero del error!...... Qu obscuridad en la noche
de la duda!...... Las pasiones mal dirigidas hacen verter muchas
lgrimas y dejan para siempre un rastro de fuego en el corazn. El pobre
corazn humano, mezcla de oro y de escoria, fu formado para el amor
pursimo del cielo; pero con frecuencia se mancha con el fango de la
tierra...... La barca del pescador se pierde en el mar si se ocultan los
luceros y el alma tropieza en los arrecifes del mundo cuando se olvida
de Dios y de sus leyes......"

El fresco ambiente que llegaba del jardn, los aromas esparcidos por las
flores, el suave chispear de las antorchas, el misionero rezando cargado
de das y de experiencia y el joven lleno de vida y de pasiones, que
apuraba las agonas del alma, ofrecan una escena de conmovedora
sublimidad.


XIII.

D. Carlos continuaba con la cabeza inclinada y los brazos cruzados en
actitud de contener las palpitaciones de su corazn; mas repentinamente
se arrodill cubrindose el rostro con las manos.

Haba escuchado al Padre, que alzando el cliz, deca muy conmovido:

"Esta Vctima, tan pura como el inocente Abel, yo la ofrezco por mi
vida...... por mi madre...... por la salvacin de mi alma......"

Despus de un intervalo de recogimiento y adoracin profunda, el
celebrante rez el _Padre nuestro_, mas cuando dijo: _perdnanos como
nosotros perdonamos_, alz D. Carlos su ardorosa frente y con acento de
febril resolucin grit:--No, Padre, yo no perdono...... me es
imposible perdonar......

El Padre ley una vez ms en el libro de la sabidura:

"Qu importan las injusticias de los hombres, si es tan corta la noche
de la vida, que de un momento  otro hemos de contemplar el sol eterno
de la eterna justicia?"

"El ms sabio, el ms justo, el ms santo de los hombres, el Hijo de
Dios, vino  la tierra para sufrir y perdonar...... Am  los pobres,
cur  los ciegos, san  los enfermos y resucit  los muertos......
pero los ciegos, los enfermos y los ingratos exclamaron: _Que muera!_ Y
fu crucificado...... Mas en el instante supremo del martirio, le dijo 
su Padre: _Perdnalos_......... Y muri por culpas nuestras."

Al oir estas sublimes palabras, D. Carlos haca esfuerzos para contener
su llanto y pronunciaba frases incomprensibles, exhalando sordos
gemidos.

Por fin se resolvi  perdonar,  esperar y pedir......

Or con la devocin del creyente y el fervor del nufrago.

Pronto se sinti menos fatigado, porque la oracin es el alimento del
espritu y hay muchos dolores que slo se calman con el blsamo de la
plegaria.

El Padre haba vuelto  cubrir el cliz y contemplando cariosamente 
su amigo, le dijo:

--Adis; he cumplido mi palabra y dejo  Ud. muy bien acompaado.

El joven abraz al bondadoso anciano contestndole:--No, Padre, no me
deje Ud. solo... Est hundido mi corazn en un abismo de pasiones......
Me quedo en el convento, pero...... necesito decirle todo lo que sufro y
depositar en su seno mi pasado y mi dolor.

--En el seno de Dios que todo lo sabe y todo lo perdona,--repuso el
Padre con acento convulsivo abrazndole tambin.

Una rfaga de viento apag las velas y la celda qued en completa
obscuridad.


XIV.

Cerca del amanecer sali el Padre Jos con direccin  la calle y pronto
regres acompaado por el mdico del monasterio.

Una fiebre violenta estaba devorando el cerebro de D. Carlos.

Tendido en la cama, con la mirada vaga, el rostro enardecido y sin
conocer  las personas que le asistan, era presa de repetidas
convulsiones.

Todo aquel da estuvo diciendo palabras incoherentes y quejndose de
dolores en la cabeza y fro en el corazn.

Por la noche cay en un profundo letargo.

Unicamente daba seales de vida por las tristes quejas que salan de su
pecho lacerado y el lgubre chispear de su mirada moribunda.

El mdico haba dicho que el caso era grave y mand que slo estuvieran
en la pieza los que tenan obligacin de ver al enfermo.

El bondadoso Guardin se encarg de atenderle y no se apartaba de su
lado sino breves instantes.

Despus de siete das la gravedad no cesaba y la demencia era completa.

El desorden de sus palabras denotaba que las ideas pasaban por su
cerebro en rpida tormenta, provocando las alucinaciones del vrtigo.

A veces con violencia frentica procuraba incorporarse dando gritos de
pasin  lamentos de agona.

Ya suplicaba que le dieran la muerte, ya se cubra con las ropas de su
lecho, como si le persiguieran  llamaba personas que no eran conocidas
por las que le rodeaban.

Una maana, despus de haber pasado el Padre Jos toda la noche
prodigando consuelos y atenciones  su desdichado husped, sali de la
celda diciendo en voz baja:--Mara Luisa...... Mara Luisa......

Todo ese da permaneci el mdico  la cabecera del moribundo y al
retirarse, sin haber recetado cosa de importancia, dijo al Guardin:--Si
acaso amanece con vida, pueden trasladarlo  otra pieza menos estrecha y
me da Ud. aviso. Yo veo esto imposible.


XV.

Al da siguiente se fumig la celda, se pintaron de nuevo las paredes y
orden el prelado que no se hablara ms de la enfermedad ni de la
presencia de D. Carlos en el convento, dando por motivo el temor de que
la autoridad mandara sacarlo de all para evitar el contagio.

Pronto se supo en Mxico el fallecimiento del Magistrado Carlos Flix de
Miranda.

Aquella sociedad sinti mucho la desaparicin del hombre probo 
ilustrado; el Supremo Tribunal suspendi sus trabajos por tres das y
algn peridico enlut sus columnas dando los detalles del suceso muy
variados con el material de su inventiva.

Poco despus, como no tena familia, ya nadie hablaba del finado; su
sirviente tambin, poseyendo la finca que le haba cedido, muy pronto lo
olvid.




SEGUNDA PARTE.


I.

D. Carlos no muri.

En la noche que el mdico desesper de su curacin, la fiebre hizo
crisis presentando los sntomas de un alivio repentino.

El enfermo abri los ojos y viendo  su lado al Padre Jos, le dijo
resueltamente:--Creo que he dormido y he soado mucho. Antes no saba
qu camino tomar en el desierto de mi vida...... pero ya estoy
decidido..... Quiero huir de mis pasiones y de mis errores...... Hay
infortunios que nos separan del resto de los hombres..... Como si
hubiese muerto, deseara ser olvidado de cuantos me han conocido, ya que
slo me quedan recuerdos y lgrimas para todos los das del porvenir.

Despus de un rato de calma, volvi  decir con doloroso sentimiento:

--Me quedo aqu, segn lo he prometido. El hombre nuevo pide  Ud. un
asilo en este lugar adonde no llegan las olas que se azotan en la
sociedad...... Solamente necesito un poco de paz para mi corazn. Ruego
 Ud., Padre, haga lo posible para que no sea conocida mi permanencia en
el convento,  lo menos de personas extraas. Yo procurar que pronto
llegue  Mxico la noticia de mi muerte.

Volvi  callar y despus de algunos instantes, prosigui con voz apenas
perceptible:

--Ojal que  la sombra de la muerte y bajo el peso del olvido, llegue
yo  ser bueno......

--Para serlo, hijo mo,--repuso el anciano--es necesario llevar la cruz
hasta la cumbre de la estril montaa de la vida; en el otro lado se
halla la tierra de promisin.


II.

Volvi  caer el enfermo en un sueo letrgico que lo tuvo insensible
durante algunas horas, pero ya sin seales de fiebre.

La naturaleza enrgica de la juventud haba triunfado de la muerte.

Cumpliendo sus deseos y las prescripciones del mdico, se le traslad 
una casa deshabitada que se comunicaba con el convento por el lado del
jardn.

All pas su convalecencia que fu corta y en cuanto pudo escribir,
mand algunas cartas  Mxico, firmadas por personas desconocidas, que
daban la noticia de su fallecimiento.

Desde entonces consagr sus das al estudio, al trabajo y la
beneficencia.

Deseoso an de libertad no quiso profesar, pero vestido con el tosco
hbito de la Orden, se ocult en aquella casa solitaria.

Unicamente lo vean en el convento cuando la campana llamaba  la
oracin, cuando haba trabajos humildes que desempear  algn enfermo
que socorrer; mas siempre escondiendo su abatida frente bajo la capilla
del monje.


III.

Los religiosos que no ignoraban quin era su nuevo compaero, le
llamaban _el Padre Flix_ y pasaban  su lado con respetuosa
consideracin, admirando la cada de aquella grande alma y el triunfo
del arrepentimiento.

Muchas veces lo vean pasar largas horas rezando en el coro y otras,
barriendo los claustros  regando el jardn.

Algunas ocasiones lo sorprendieron en el campanario arrojando monedas 
los pobres.

Casi siempre andaba solo, silencioso y oprimido bajo el peso de
sufrimientos ignorados de todos excepto del Guardin que lo vea como si
fuera su hijo y cuando estuvo convaleciendo, lo acompaaba dndole el
brazo para que hiciera ejercicio en el jardn.

La vejez y la experiencia sostenan  la juventud y la desgracia.

La hoguera que haban apagado los aos, apagaba con sus cenizas  la
hoguera encendida por las pasiones.

Una tarde bajaron al jardn ms temprano de lo acostumbrado.

Largas hileras de lamos y abetos, pintorescos cuadros de flores y
hortaliza, toldos de caprichosas enredaderas, grandes rboles frutales
que fueron plantados cuando se levant el monasterio, una fuente
monumental derramando el agua con estrpito en un estanque inmediato y
todo esto rodeado por el muro que circua el convento, formaba el
pequeo vergel que los padres denominaban _la huerta_.

Era da de recreo y el Padre Jos pudo permanecer ms tiempo con su hijo
adoptivo.

Cerca de la fuente sentronse al pi de un lamo cuyas hojas plateadas,
sacudidas por el viento, caan formando una alfombra que pareca de
rosas blancas.


IV.

Estaba la tarde tibia y serena, los rayos del sol abrillantaban las
tapias de piedra doradas por los siglos; la fuente gema sin cesar; un
aire ligeramente perfumado agitaba las copas de los rboles y el
luminoso espejo del estanque.

El joven inclin su frente pensativa y cerr los ojos cual si tratara de
impedir que se le escapasen las lgrimas.

El Guardin, respetando el silencio de su amigo, pasaba repetidas veces
la mano sobre su opulenta barba y mova los labios como si murmurara una
oracin.

Aquel cuadro, que hoy solamente pudiramos contemplar entre los
maronitas del Lbano, recordaba el pasaje de "Los Mrtires" de
Chateaubriand, cuando Eudoro refiri la historia de su juventud al
sacerdote de Homero, en la ribera del Alfeo.--Est Ud. cansado?--Dijo
el Padre  D. Carlos, que contest vivamente:--Cansado no, pero s
cargado con la deuda de gratitud y de respeto que no puedo pagar  Ud.
La causa principal de mis desdichas y mi resolucin de morir, siquiera
para el mundo, no le son desconocidas; ms todava, me avergenzo ante
Ud. por haber querido perder mi eternidad en un arrebato de culpable
delirio.

Despus de unos instantes de silencio, continu:--Para que me
compadezca...... y tambin como tributo de confianza, voy  contar  Ud.
detalladamente los acontecimientos de mi vida si quiere permitrmelo.

--Con mucho agrado escuchar su narracin.--Respondi el Padre cruzando
los brazos entre las mangas de su hbito y aadi despus de una breve
pausa:--La vida del hombre es un arroyo fugitivo que se lleva las
efmeras flores de sus ilusiones y las ramas secas de sus
desengaos...... Aunque se haya doblado el cabo de las tempestades y se
viva tantos aos como yo, los recuerdos de afectos perdidos y goces
pasados, ya sean propios  ajenos, traen al corazn perfumes de dulzura
y enseanzas provechosas.


V.

D. Carlos fij la vista en el suelo y habl de esta manera:

"Era yo un nio de seis aos cuando comenc  sentir el peso del funesto
destino que me ha perseguido toda la vida...... Mas no acuso  la
Providencia; mi extrao carcter  la fatalidad de los acontecimientos
han hundido  mi espritu en este abismo de dudas y desengaos donde Ud.
lo encontr."

"Corto fu para m el tiempo en que la niez pasa encantada y escondida
en la ignorancia de los dolores del alma."

"Yo apenas pude saborear la vaguedad deliciosa y fugitiva de la
adolescencia."

"Muy pronto v convertidos en ridos espectros esos fantasmas de
ventura, esas imgenes risueas que acarician  la juventud."

"Mi Padre, originario de Michoacn, hered del suyo una fortuna
considerable, que unida  la de su esposa, le permita vivir en la
Capital con grandes comodidades."

"Era bien reputado como mdico porque recibi el ttulo en Espaa, pero
slo ejerca su profesin en favor de los pobres."

"Habiendo hecho sus estudios preparatorios en Valladolid, bajo la
direccin del inolvidable cura Hidalgo, le amaba con un afecto lleno de
admiracin y cuando aquel hombre extraordinario emprendi la famosa
guerra de independencia, mi padre que haba presenciado en Europa los
prodigios de la libertad, corri  buscar  su maestro para ofrecerle la
fortuna y la vida."


VI.

"Recuerdo que una noche al acostarme, cuando mi madre me haba puesto 
rezar, medio desnudo y arrodillado en la cama, lleg mi padre vestido
con traje de camino y tomando mi cabeza entre sus manos, me bes la
frente con ternura y tristeza; despus abraz  mi madre y parti."

"Aquella despedida debera ser la ltima."

"Yo le pregunt por qu nos dejaba y no quiso contestarme."

"Luego los criados me dijeron que haba ido  una de sus haciendas, mas
no lo cre porque nunca emprenda sus viajes por la noche."

"Poco tiempo despus lleg  Mxico la noticia de la batalla de Las
Cruces, en la que los insurgentes obtuvieron aquel triunfo glorioso,
cuyo resultado hubiera sido la libertad de la Nacin, si el vencedor
hubiese marchado inmediatamente sobre la Capital."

"Mas por una de las funestas emergencias de la guerra, los realistas,
antes de ser vencidos, pudieron aprehender  varios insurgentes que se
haban introducido demasiado en sus lneas y con gran lujo de fuerza y
de odio los llevaron  Mxico para disimular su derrota."

"Entre aquellos desdichados se hallaba mi padre."

"Entonces tuve otra noche fatal."

"Despert oyendo en los corredores pasos precipitados, ruido de armas y
llanto de mi madre."

"Al llamarla sobrecogido de terror y dando gritos, una mano muy dura me
tap la boca y nada pude ver, porque me envolvieron todo en las ropas de
la cama, me cargaron y corrieron."


VII.

"Pens que soportaba una pesadilla, pero pronto me sent realmente
sofocado por falta de aire."

"Despus de correr mucho, fu desenvuelto y me v en la casa de mi to
Juan, hermano de mi madre, atendido por criados extraos y al lado de
Carolina, mi prima, que tan pequea como yo, tambin estaba llorando."

"Al da siguiente supe que mi madre estaba en la crcel, mi casa
convertida en cuartel y que  mi padre lo haban fusilado."

"No quise creer tanta desdicha y haca esfuerzos para persuadirme de que
me engaaban, porque es tan dbil, tan miserable la condicin humana,
que con el mismo afn busca ilusiones increbles y se resiste  soportar
el peso de la espantosa verdad."

"Mas luego me convenc de que ya era yo hurfano, proscrito y
desheredado."

"Mi padre no exista, su infeliz viuda expiaba en los calabozos el
crimen de haber sido esposa de un hombre que se inmol por su patria y
nuestros bienes todos haban sido confiscados en provecho del rey."


VIII.

"Mucho tiempo viv de limosna en la casa de mi to con el criado
Sebastin que no quiso separarse de m."

"Desatendido cual un mueble intil y aun gravoso, porque con frecuencia
me enfermaba, tuve una vida ociosa y solitaria."

"Mis das eran tristes y mis noches llenas de fantasmas."

"Cuntas veces llor como un nio, serv como un criado y sufr como un
hombre!"

"Mi to no me estimaba, era poco afable y demasiado econmico; deca que
sus mltiples negocios le impedan pensar en mi educacin."

"Posteriormente supe que sus inclinaciones por el partido realista le
obligaban  tratarme mal; no obstante, me di el pan de la caridad y no
lo he olvidado."

"Su hija Carolina era una nia rubia, con tez de azucena y ojos
cariosos que iluminaban un semblante lleno de tranquila sencillez; las
lneas armnicas y esculturales de su rostro, prometan que llegada la
juventud sera una belleza de primer orden."

"Slo ella, que guardaba en su alma un tesoro de inocencia y de dulzura,
condolida de mi orfandad inmensa, sostena mis abatimientos y calmaba
mis pesares cuando la permitan estar conmigo."

"Yo por mi parte, posedo siempre de una vaga tristeza, hua de su
presencia como avergonzado por la situacin en que la suerte me haba
puesto."


IX.

"Al cabo de dos aos devolvieron  mi madre su libertad, y sus bienes
muy menoscabados, quedando perdidos los que pertenecan  mi padre."

"Cuando fu  sacarme de la casa de mi to, corr haca ella sintiendo
una mezcla indefinible de dolor y de alegra y la abrac llorando."

"Su frente se haba marchitado, su cabellera estaba encanecida, me vea
con tristeza y caminaba lentamente como cansada de sufrir, pero no
pronunciaba una queja contra sus verdugos."

"Como las rentas que le haban quedado aun eran cuantiosas, le
permitieron desde luego, continuar sus obras de caridad y proporcionar 
su hijo los maestros que necesitaba."

"No volvi  salir de su casa mas que para visitar enfermos y rezar en
los templos."

"Yo principi  estudiar en una escuela de primeras letras, vigilado por
el buen Sebastin."

"Era ste un espaol  quien sus cortas aptitudes no le permitieron
dedicarse al comercio; un da lo recogi mi padre al encontrarlo muy
pobre y enfermo. En casa le llamaban _el gallego_ y tena fama de terco
y tonto; pero como me quera y me cuidaba bien, se granje el el aprecio
de la familia."


X.

"En la maana de un viernes me llam mi madre y hacindome una de esas
caricias que slo las madres saben hacer, me entreg una pequea bolsa
con dinero, diciendo:--Recuerda que tu padre acostumbraba dar limosna
todos los viernes  los pobres que venan........ Imitando los buenos
ejemplos que te dej, ve  repartir esto en memoria suya; Sebastin ir
contigo."

"Bien recordaba yo que cada ocho das se llenaban el zagun y el
corredor de la casa con un sinnmero de mendigos;  cierta hora, cuando
ya el portero los tena formados en lnea, bajaba mi padre  darles
algunas monedas de plata; yo iba las ms veces con l y aunque no dejaba
de mortificarme el aspecto de aquel conjunto de individuos mal vestidos
y sucios, de ambos sexos y diversas edades, al fin quedaba satisfecho
habiendo escuchado sus repetidas palabras de bendicin."

"Aquel da volv  ver  los mismos ciegos,  los mismos invlidos y los
ancianos encorvados que socorra mi padre."

"Algunos me saludaron diciendo mi nombre en diminutivo, otros lloraron
al verme y algunas buenas mujeres dijeron cuando pas junto 
ellas:--Dios lo guarde!"

"Aquel cuadro de dolores y desventuras, me recordaba semanariamente la
poca no muy lejana en que yo tambin haba comido de limosna, y deseaba
tener ms dinero para socorrer mejor  los infelices."


XI.

"Uno de tantos viernes me haba divagado mirando  Sebastin, que
molesto y aturdido trataba de alinear  varios mendigos que me
asediaban, y al sentirme tocado en un brazo me volv con violencia
diciendo:--No me robes-- una nia muy pequea, de rostro moreno,
harapienta y desgreada, que haba logrado introducir su manecita en la
bolsa del dinero."

"Ella corri avergonzada para ocultarse en el grupo de limosneros, mas
yo tuve tiempo de ver que  pesar de su desalio, tena un semblante muy
agradable."

"El valo de su rostro era recto y puro, tena unos ojos audaces y una
dentadura blanqusima y perfecta."

"El viernes siguiente la encontr en la lnea y notando que bajaba la
vista al tenderme la mano, la dije:--Cmo te llamas?--Mara
Luisa--murmur con voz temblorosa pero muy dulce.--Y por qu pides
limosna siendo tan chica?--repliqu.--Porque se muri mi madre--contest
tristemente y despus de titubear unos momentos, prosigui:--Mi ta que
est enferma me ha dicho: anda  esa casa, all hay un nio muy bueno
que da bastante limosna."

"No pudo continuar la pequea mendiga; sus ojos se llenaron de lgrimas
y los mos tambin."

"Tal vez porque me haba llamado bueno y caritativo, la d algunas
monedas ms que  los otros y prosegu el reparto volviendo los ojos
hacia el lugar donde haba quedado inmvil aquella nia infortunada."


XII.

"Desde aquel da Mara Luisa fu mi _pobre_ predilecta."

"Todo el dinero que mi madre me regalaba era para ella."

"Mi to ya me vea con agrado y me obsequiaba un peso cuando iba 
entregar el importe de sus rentas  mi madre; tambin ese peso lo daba
yo  la nia mendiga el prximo viernes y algo ms que haca quedara
sobrando en la bolsa, con detrimento de los otros pobres."

"Un viernes advert que Mara Luisa no se hallaba entre los pordioseros
y habiendo pasado algunas semanas sin que se presentara, pregunt por
ella  otra nia tambin pequea y desaliada, pero no tan amable, la
cual me contest framente:--No s."

"Luego me dirig  un invlido, quien despus de consultar  su memoria,
me dijo:--Creo que se muri."

"En el acto una mujer que tena varias cicatrices en la cara, murmur
dirigindose  otra:--Si se muri hizo bien, porque esa muchacha iba 
tener mal fin."

"Aquel da sub  dar  mi madre cuentas de su encargo sin satisfaccin
alguna y me parecieron ingratos y repugnantes todos los limosneros."


XIII.

"Por algn tiempo no pude olvidar aquella cabellera mal rizada de la
pobre Mara Luisa, aquellos ojos negros ardiendo y aquel pecho turgente
que vea temblar  travs de los harapos."

"El colegio adonde concurra, distaba poco de mi casa y nunca iba ms
lejos; pero una maana, por comprar libros, tom distinta calle."

"Al entrar en un portal, me sent estrechado suavemente por unos brazos
delgados que en el acto me soltaron y contempl junto  m  Mara
Luisa, que vestida de limpio, animada y risuea me ofreca una manzana y
me sealaba la esquina del portal diciendo con encantadora
sencillez:--Ya vendo fruta."

"En aquella esquina estaba una mujer sentada en medio de varios cestos
llenos de frutas y adornados con ramas verdes."

"--Por qu no has ido  mi casa?--dije  la nia tomando la
manzana.--Porque ya san mi ta,--me contest algo turbada y
reponindose aadi:--Con el dinero que Ud. me daba, compramos ese
puesto de fruta."

"Sus ojos me vean con dulzura y sus mejillas se pintaron de rojo muy
subido."

"Volvi  sealarme la esquina y corri, al parecer avergonzada de su
atrevimiento."


XIV.

"Desde entonces, todos los das al regresar de la escuela, tomaba yo el
rumbo del portal."

"A larga distancia buscaba con la vista  Mara Luisa entre los canastos
de fruta; la nia por su parte, se levantaba para distinguirme de los
transeuntes  iba corriendo, me daba una fruta  una flor y volva
precipitadamente  su puesto."

"Yo segua mi camino volviendo muchas veces la cabeza para verla."

"Los domingos y otros das que no iba yo al colegio, la pobre nia me
llevaba su obsequio y no atrevindose  entrar en mi casa, lo pona en
manos de los criados."

"Mi madre, que lleg  tener noticia de aquellas ofrendas de gratitud
hechas por una nia de siete aos, protegi  su ta para que prosperara
el comercio que haba emprendido."

"Un da, pasando como de costumbre, por el portal, me dijo mi obsequiosa
frutera con acento de tristeza:--Maana no estar aqu porque vamos 
vender aguas frescas  la Soledad de Santa Cruz."

"Luego form el proyecto de ir por all  pesar de la distancia."

"Llegada la hora de abandonar la escuela, Sebastin se prest 
seguirme."

"El da estaba caluroso; como fu corriendo llegu fatigado  la puerta
de la iglesia donde me recibi Mara con un vaso de agua dulce y helada
que apur precipitadamente."

"En el acto sent que una rfaga de viento pas por mi cuello causndome
tanto malestar, que me v obligado  volver inmediatamente  casa."


XV.

"Una inflamacin en la garganta, seguida de calentura muy ardiente, me
tuvo en cama muchos das sin probar alimento alguno."

"Cuando comenc  sentir alivio cre estar soando, porque no pudiendo
abrir los ojos, escuchaba muy cerca de m unas voces tiernas y dulces
como arrullos de palomas  ecos perdidos de msica lejana."

"Luego me pareci ver algunas sombras que pasaban  mi lado y percib
una voz infantil que deca:--Yo lo quiero ms que t--y otra que
contestaba:--No, yo ms todava.--Yo lo vel una noche,--dijo la
primera, y la segunda replic:--Yo algunas veces me quedo sin comer por
venir  verlo."

"Hice un esfuerzo para abrir los ojos y encontr paradas junto  mi cama
 Carolina y Mara Luisa."

"Entonces grit mi prima:--Ya abri los ojos! y sali de la pieza."

"La otra se me aproxim diciendo:--Ya no se muere!--Tom mi mano y
acaricindola, me vea con afectuosa languidez."

"Al punto lleg mi madre y luego el mdico que me consider fuera de
peligro."


XVI.

"No extra la presencia de Carolina en la cabecera de mi lecho, pero s
la de su compaera."

"Mara Luisa en cuanto pudo, me refiri que teniendo noticia de mi
enfermedad, iba diariamente  la casa para tomar informes; mas un da el
portero, sin duda por ahuyentarla, dijo que haba yo muerto; ella en el
acto llor con tanto estrpito, que fu oda por mi madre, quien la
mand subir para persuadirla de lo contrario, permitindola verme cuando
quisiera."

"Desde entonces ambas nias permanecieron en la casa, creyndose
comisionadas de velar por mi restablecimiento; la verdad era que pasaban
el da divirtindose  disputando  mi lado."

"Frecuentemente cubran mi cama con los juguetes de Carolina y algunas
veces, disgustadas entre s, permanecan en silencio; pero cuando tenan
buen humor, me participaban  porfa sus esperanzas y deseos."

"Carolina pintaba con creyn letras y flores en mi almohada y me refera
pasajes de la Biblia; la otra contaba historias de muertos y
aparecidos."


XVII.

"En ambas criaturas observaba yo un constante disgusto que las haca
mutuamente antipticas; tal vez lo causaba la diferencia de nacimiento y
la idea que cada una tena de que yo estimaba ms  la otra."

"Carolina era tmida y modesta, se expresaba con un acento virginal y
melodioso, revelando en sus maneras  la hija de la clase culta y
acomodada."

"Mara Luisa, ligera y expresiva, lnguida de cuerpo y fogosa de
espritu, empleaba el lenguaje y los modales aprendidos en su vida
callejera."

"Ciertamente, para m, Carolina no poda soportar el paralelo; la otra
tena ms atractivo; era, sin saberlo yo, el primer cario de mi vida;
le confiaba mis placeres y pesares y le prometa para cuando sanara, ir
al portal todos los das solamente por mirarla."

"Ella me trataba con la misma familiaridad empleada por mi prima."


XVIII.

"En una de aquellas confidencias, la dije con voz muy suave para que
slo ella me oyera:--Tengo hambre, traeme pan  lo que puedas, pero que
nadie lo sepa."

"Luego me llev unos trozos de pan que fu  conseguir clandestinamente,
yo los devor con ansia porque me vea sugeto  una dieta rgida."

"Aquella cariosa nia que coma con los criados, se privaba de lo ms
agradable para ofrecrmelo cuando no la vean."

"Urgida por las dificultades que tena para proporcionarme comestibles,
un da fu  su casa, de donde me trajo varias frutas verdes que fueron
para m un regalo magnfico, pero muy perjudicial."

"Las cscaras que arroj bajo la cama me denunciaron y reconocido el
cuerpo del delito sufr una reconvencin de mi madre."

"Mara, delatada por Carolina, fu despedida de la casa."

"Ella sali temblando, muda y llorosa y yo no supe qu me haca sufrir
ms, si la nueva enfermedad causada por haber quebrantado la dieta  la
separacin de Mara Luisa."

"Mi recada dur algunas semanas y cuando pude salir  la calle, mi
madre me orden que fuera  la iglesia; pero yo quise antes pasar por
aquel portal que tantas veces haba soado."

"Cul fu mi pesadumbre cuando no encontr all  Mara Luisa ni  su
ta ni los cestos de fruta!"


XIX.

"Durante mucho tiempo la busqu por todas partes intilmente."

"Su memoria consolaba el aislamiento de mi corazn."

"Su imagen pasaba en mis sueos como una sombra encantadora."

"Y aun despierto crea oir el eco celestial de la voz de aquella nia
tan hbil, tan bella, tan dispuesta siempre  servirme."

"Perdone Ud., Padre, que me exprese de este modo; nuestras primeras
impresiones sern siempre nuestros ltimos recuerdos."

"Lo que ms me haca sufrir, era el temor de que Mara hubiera vuelto 
su oficio de mendiga y temblaba ante la idea de que hubiese muerto en la
miseria."

"Diariamente pasaba yo por el portal, iba con frecuencia  los mercados,
la buscaba por todas partes y permaneca muchas horas en el balcn
esperando que pasara; pero todo sin resultado."

"Bajo el peso de una inexplicable tristeza, quera estar siempre solo y
 nadie comunicaba mi sufrimiento."

"As pasaron algunos aos."

"El tiempo empez  calmar mis solitarios pesares y lleg un da en que
la imagen de Mara Luisa quedaba en mi corazn como una luz agonizante 
un plido recuerdo."

"Haba llegado para m esa poca fugaz y caracterstica de la juventud,
en que se alimenta el alma con gratas quimeras y da formas tangibles 
las imgenes de sus delirios."

"No obstante, me pareca imposible llenar el vaco de mi vida."


XX.

"Ya contaba yo diez y ocho aos y Mara Luisa debera tener diez y
seis."

"Mi madre quiso dedicarme al sacerdocio, pero yo deseaba ser abogado;
sus temores de que alguna vez pudiese arrastrarme la poltica en su
voraz torbellino, me obligaron  optar por la profesin de mi padre y
comenc  estudiar medicina."

"Una tarde al volver del colegio con el libro bajo el brazo y muy
satisfecho por mis adelantos, qued admirado, mudo  inmvil en la
puerta de la sala donde mi madre trabajaba."

"Vea, sin poder creerlo,  Mara Luisa, que ya convertida en mujer
nbil y hermosa, estaba sentada cosiendo junto  mi madre, con la frente
cada y la cabellera destrenzada."

"La joven, sorprendida y llena de rubor, se par  saludarme con
respetuoso afecto."

"Aquella criatura que haba yo conocido tan pequea y tan dbil, la
contemplaba entonces bellsima, gentil y esbelta, flexible como palmera
y gallarda como antlope."

"Tena la mirada de la noche y la sonrisa de la maana."

"Su tez mrbida y pura ofreca el tinte de las rosas y el terciopelo de
los lirios."

"Me pareci que la primavera viva en su alma y que la estancia se
iluminaba con la luz de sus ojos orientales."

"Vesta un corpio blanco que realzaba sus formas estatuarias y una
enagua obscura y corta permita ver sus pis desnudos y rosados como los
pis de las palomas."

"O su voz tan suave y cariosa como antes, pero algo melanclica."


XXI.

"Mi madre, con su natural ingenuidad, me dijo:--Aqu est Mara Luisa,
qu te parece? Mucho tiempo ha vivido en un pueblo y cuando muri su
ta vino  la ciudad; hoy al encontrarla en la calle, me cont que
serva en una casa donde yo s que hay malas costumbres; por eso la he
ocupado aqu mientras tiene colocacin en otra parte."

"Yo no supe qu responder, estaba sintiendo la turbacin elctrica que
se apodera del espritu en los momentos supremos de placer  de
martirio."

"Ese da form poca en mi vida; despertaron en mi alma las ms tiernas
afecciones, me pareci que se haban satisfecho todas mis vagas y
confusas esperanzas de felicidad."

"Entonces conoc esa ilusin espiritual del sentimiento, ese amor
primero que para unir el cielo y la tierra, nace con la adolescencia y
muere con la vida."

"Qu torbellino de ilusiones se levant en mi cabeza delirante!"

"Qu palacios de nubes alzaba yo en el cielo pursimo de mis sueos!"

"Por mucho tiempo  nadie manifest lo que senta."

"El amor que calla es el verdadero amor."

"Yo esconda mi cario como una flor guardada en el alma, y Mara Luisa
por su parte, sin decir su amor, lo exhalaba como un aroma en torno
suyo."


XXII.

"Bajo el humilde traje de la criada, lucan con soberana galanura los
deliciosos contornos de su cuerpo y en su frente de diez y seis aos
admiraba yo la gracia, el esplendor y la belleza de las mujeres que
haba conocido en las leyendas del Oriente."

"Cuando tena necesidad de pasar junto  m  se hallaba de improviso en
mi presencia, sonrea dulcemente, pero luego apartaba su mirada, y
varias veces me pareci verla temblar."

"Yo  su lado senta todas las dichas del cielo."

"No obstante, hua de ella y ella de m como si furamos criminales."

"Mara ocupaba en mi casa el puesto de una sirvienta, pero su carcter
afable, su continuo trabajo y los cuidados que  mi madre prodigaba la
hicieron tan necesaria, que no se volvi  tratar de darle colocacin en
otra parte."

"Solamente Carolina, cuando iba de visita, pareca disgustarse al
encontrarla."

"Dos  tres veces no ms, me atrev  dirigir  la bella joven
insinuaciones cariosas, pero honradas."

"Ella entonces, palideciendo, se alejaba sin contestar, pero ante mi
madre siempre me hablaba con tranquila familiaridad como cuando era
chica."

"Mi to administraba con gran provecho suyo las haciendas y explotaba la
nobleza de los sentimientos de mi madre, inclinndola en algunos casos 
tomar determinaciones que me parecan inconvenientes."

"Por entonces no comprenda yo que las tendencias del padre de Carolina
consistan en realizar ms  menos tarde mi casamiento con ella; pero s
presuma que deseaba separarme de Mara Luisa."

"Como l, sin duda, no haba conocido ms que el amor grosero de la
tierra, quera pactar un matrimonio que slo significara la unin
interesada de dos capitales."

"Una vez me propuso que furamos  viajar por Europa en compaa de su
hija; pero yo me excus manifestndole la necesidad que tena de
concluir mi carrera profesional."


XXIII.

"Trascurrido poco tiempo, en ocasin que pude cruzar algunas palabras
con Mara, me dijo fijando en m sus ojos con tristeza:--T dirs......
la seora me ha indicado que pronto deber ir  la Hacienda para servir
 Carolina."

"Yo le contest resueltamente:--Haz lo que te manden y cuando sea yo
mdico me casar contigo."

"La hurfana inclin su lnguida cabeza y luego, movindola lentamente,
me dijo con expresin de cario y de dolor:--Eso es imposible."

"Antes de que yo replicara, la humilde joven haba desaparecido."

"Tena razn, su alma estaba enferma de amor, pero no se le ocultaba el
mundo de obstculos puesto por la fatalidad entre ella y yo."

"La intriga de mi to no tuvo resultado porque Mara Luisa era la
alegra de la casa, sus servicios importantes y su conducta
irreprensible."

"Mas por haber sufrido yo una dolencia intestinal, mi madre se afect
mucho y un da me habl de esta manera:"

"El mdico ha declarado que nunca sanars completamente si no haces un
viaje largo.--Despus de meditar un momento prosigui:--Hemos dispuesto
que concluyas tus estudios en Madrid; al cabo de dos  tres aos ir por
t. Yo te lo pido por tu bien."

"Su voz temblaba y al pasarse el pauelo por la frente advert que sus
ojos rebozaban lgrimas."

"Quin resiste al llanto y al ruego de una madre?"

"En el instante me resign  mi destino y la dije:--Ir  donde Ud.
quiera."


XXIV.

"Muy pronto qued arreglado el viaje porque mi to luego se ofreci para
llevarme hasta Veracruz donde me recomendara con un comerciante amigo
suyo que estaba prximo  embarcarse para Cdiz."

"En vano intent hablar con Mara Luisa, porque hua de m procurando
estar cerca de mi madre."

"La vspera de mi marcha me esper al anochecer en el fondo de un
corredor por donde yo debera pasar."

"Su mirada me sonrea  travs de sus lgrimas."

"Vindola extender sus brazos hacia m, pens que intentaba abrazarme y
qued inmvil.--Esto era de mi madre,--me dijo ponindome en el cuello
un cordn del que penda una medalla de cobre grabada con la imagen de
la Virgen."

"Yo me sent baado con su aliento y nada pude contestarle porque en el
acto desapareci."

D. Carlos suspendi unos instantes su narracin y ponindose la mano en
el pecho, continu:

"Aqu guardo todava esta prenda del sentimiento y de la gratitud."

"Cuntas veces la he besado, la he comprimido sobre mi corazn y mojado
con mi llanto!"

"Era lo nico que posea en el mundo aquella nia desdichada."

"Aun no amaneca; despus de abrazar  mi madre, baj  tomar el coche
acompaado por mi to; Sebastin conduca el equipaje y una linterna."

"En el descanso de la escalera encontr  Mara Luisa, que haba estado
all toda la noche para verme pasar."

"Sus labios temblaban y sus cabellos caan en desorden; sus ojos llenos
de lgrimas me dirigieron una mirada de agona."

"Al pasar junto  ella me pareci escuchar un gemido triste como el ay
de la trtola cuando llora por el hijo que le han robado."

"Yo no tuve nimo para decirle adis."

"El coche parti en la calle de mi casa y el buque se hizo  la vela en
el puerto de Veracruz."

"Aunque uno de los ms hermosos sueos de mi vida consista en viajar
por lejanos pases y  pesar del encanto secreto que goza el alma de la
juventud cuando corre  lo desconocido, aseguro  Ud., Padre, que no
pude soportar el dolor de la nostalgia y pronto me consider ms
desventurado que nunca."


XXV.

"Todava padezco al recordar el peso que cay sobre mi alma cuando v
desaparecer las encantadas playas de mi patria."

"Me fueron indiferentes las tormentas, las calmas y la magnfica
hermosura del mar; yo llevaba una borrasca perpetua en mi corazn."

"Las imgenes queridas del hogar lejano  quienes da forma sensible la
magia del amor y los recuerdos, me acariciaban y opriman al mismo
tiempo."

"En los dulcsimos rayos de la luna, en los celajes de la aurora y en el
cristal de las aguas contemplaba el semblante de mi madre."

"Los suspiros del viento y el arrullo de las olas me repetan sin cesar
el ltimo gemido de Mara en su silenciosa despedida."

Al oir el Padre Jos hablar de patria y de familia, se puso la mano en
la frente, cerr los ojos cual si quisiera evocar algn recuerdo 
interrumpiendo  D. Carlos, exclam:

--Es verdad; existe un poder invisible que nos sujeta con vnculos de
flores al lugar donde nacimos!...... Las memorias ms gratas y  la vez
ms dolorosas son las de la patria perdida. Cualquier pas que no sea el
nuestro nos parece la tierra del castigo y del destierro. Por ms que
vivamos con tranquilidad y mucho amemos  la patria adoptiva, queda en
lo interior del alma un hondo vaco que no se puede llenar. Yo por mi
parte, despus de cuarenta aos y ciego que estuviera, podra llevar 
Ud.  la distante aldea y al humilde hogar de mi familia, le mostrara
el rbol que me di su sombra, la floresta donde pas los das de la
inocencia y aquel obscuro rincn en que mi madre me ense  rezar.

Despus de una pausa ligera concluy diciendo con tranquila
satisfaccin:--No obstante, D. Carlos, en todas partes hallamos  Dios y
su providencia.

La campana di el toque de la oracin y ambos se dirigieron al convento.

Repentinamente llovi de una manera estrepitosa.

Un fuerte viento sacuda los rboles y maltrataba las flores.

Ocultas entre las ramas piaban tristemente algunas aves, cuyos nidos
haban cado deshechos por la tempestad.


XXVI.

En la tarde siguiente llegaron los dos amigos  ocupar el mismo sitio.

D. Carlos, invitado por el Padre Jos, continu su historia en estos
trminos:

"Por espacio de tres aos mi vida en Madrid fu pesada, solitaria y
montona, con excepcin de breves temporadas."

"Encerrado en un colegio, solamente vea la calle cuando era muy
preciso."

"Estudiaba con ahinco, hua de mis compaeros y pensaba sin cesar en mi
familia y en mi patria."

"Mi madre y Mara Luisa eran los objetos invariables de todos mis votos
y todas mis esperanzas."

"El sueo haba huido de mis ojos."

"Aquella pasin devastadora exasperada con la distancia, estaba
consumiendo mi vida."

"A la par que por complacer  mi madre haba empezado mis estudios de
medicina, tambin frecuentaba las ctedras de jurisprudencia por cuya
carrera tuve siempre decidida vocacin."

"Durante largo tiempo no abandon los libros ni  las horas de comer."

"Viva como refugiado en mi aislamiento, teniendo la patria en el
corazn y la cabeza llena con esas ideas que matan esperanzas y
presentan el porvenir del color de la noche."


XXVII.

"Solamente cada tres  cuatro meses reciba noticias de mi casa porque
deshechos  causa de la guerra los lazos que unieron  Mxico y Espaa,
las comunicaciones entre uno y otro pas no eran muy fciles."

"Escriba yo  mi madre procurando que no conociera mi pesadumbre y ella
me contestaba envindome sus bendiciones y ofrecindome ir  reunirse
conmigo para regresar  los tres aos."

"El respeto inmenso que la deba, siempre me impidi preguntarle por
Mara Luisa."

"Tampoco en mis cartas  Carolina manifest inters por la mujer  quien
ella indudablemente aborreca."

"Desesperado por no saber cul era la suerte de la pobre nia que tanto
amaba y que desde el otro lado del Ocano estara llorando por m, mand
con distintas fechas dos cartas  mi buen criado Sebastin preguntndole
por todas las personas de la casa y para que no sospechara el inters
particular que tena por Mara Luisa, le ped noticias an de cosas
triviales como mis caballos, mis rboles y el perro que nos acompaaba."

"Despus de mucho tiempo tuve por nica respuesta, el aviso que me di
mi to de que Sebastin quera dejar la casa para establecerse con el
producto de sus ahorros en un pueblo lejano."

"Comprend que haban sido interceptadas mis cartas y me resign  no
saber de Mara Luisa hasta el da de mi regreso, pues tambin ella como
no saba escribir y jams haba profanado su amor hacindolo pasar del
corazn  los labios, era seguro que no se comunicara conmigo por no
valerse de personas extraas."


XXVIII.

"El rector del colegio, compadecido de mi situacin, me permiti salir
cuando quisiera y pasar las vacaciones fuera de la capital."

"Aunque tuve tanta libertad no puedo dar amplias noticias de aquella
hermosa ciudad ni de su valiente pueblo, que todava estaba ufano por
haber causado  Napolen la primera derrota de las que lo condujeron al
destierro."

"Tan slo conoc los museos, las bibliotecas y el Palacio real."

"El bullicio de las calles me cansaba y en los paseos me aburra."

"Unicamente en los jardines de la Alhambra y en las soledades del
Escorial vea correr menos lentas las horas de mi vida."

"En uno  otro de aquellos maravillosos sitios pasaba el tiempo de las
vacaciones."

"Al aproximarse la Semana Santa cerrbanse las ctedras y me diriga
inmediatamente al famoso alczar de Felipe II."

"Aquella inmensa mole de piedra obscura, que se alza despreciando los
siglos al pi de un monte rido y bajo un cielo sombro, aquel convento
en forma de parrilla, que por sus altos muros y sus techos de plomo
parece una gran crcel  una morada de sombras donde todo duerme bajo el
peso del misterio y del olvido, con razn se ha llamado la octava
maravilla del mundo, pero es la ms triste y la ms solemne."


XXIX.

"All todo es melanclico, pesado, formidable."

"El silencio reina por todas partes."

"En aquellos patios abandonados se pasean las nieblas  manera de
fantasmas y las fuentes no murmuran."

"Aquellas galeras que se pierden en la distancia, jams han sido
visitadas por los rayos del sol; en aquellos rboles envejecidos ya no
cantan las aves."

"La original estructura del edificio, las memorias clsicas que guarda y
la soledad que le rodea, parecen convidar  la meditacin y las
reminiscencias."

"Dejndome llevar por la corriente de mis recuerdos esconda yo mi vida
en aquel retiro solitario."

"Cuando no pasaba das enteros en la biblioteca leyendo las obras del
ingenio espaol, permaneca en la iglesia contemplando los cuadros de
Giordano y Tintoreto, los riqusimos artesones y las reliquias
consagradas que all existen  ya con el corazn entristecido dirigame
 la cripta de los reyes para meditar y consolarme de mi abandono ante
la negra caja que guarda el polvo de aquel monarca misntropo, primer
dueo del Escorial y dueo tambin de la mitad del mundo."


XXX.

"En invierno, cuando haba yo terminado mis exmenes, tomaba el camino
de Andaluca, provisto de libramientos y recomendaciones."

"Padre, tiene Ud. razn de sentir, como me lo ha manifestado, que por
las vicisitudes de la suerte no haya podido conocer  Granada y su
Alhambra, esa joya preciosa de la ilustracin y el sentimiento religioso
de los rabes."

"Granada, segn la expresin de un poeta espaol, reina del pas risueo
y pintoresco que la rodea, es una ciudad moruna, sultana favorita del
sol y de los genios, que soando en el amor se oculta en sus jardines
ungida con el aliento de las flores y arrullada por el canto de los
bardos."

"Bajo un cielo azul sin mancha ve correr  sus pis las aguas del Darro
y el Genil, mientras que las auras puras y apacibles de Sierra Nevada
descienden  refrescar su frente y  besar sus labios."

"All no hay sombras de invierno ni aquiln ni tempestades."

"La atmsfera est siempre tibia, rosada y trasparente."

"Los das son serenos y las noches luminosas."

"En casi todas las plazas se hallan fuentes y arboledas."

"Cada casa es un jardn y cada jardn un paraso."


XXXI.

"La vega de Granada, vista desde lejos, es una brillante alfombra de
verdura, surcada por limpias corrientes y salpicada de bosques donde
asoman numerosas casitas blancas como nidos de cisnes."

"Al lado de aquellas casas corren bulliciosos arroyos, en sus puertas
anidan pjaros cantores y sobre sus techos pasan enjambres de dorados
colibres."

"En aquel sonriente oasis donde reinan las flores, los torrentes y las
aves, vive un pueblo exquisito en sus costumbres, pueblo bizarro y
contento, cuyos hijos nacen dotados del noble carcter espaol y la
ferviente sangre de los moros."

"Los hombres all, por lo comn, son altos, morenos y gallardos, portan
un traje vistoso parecido al que usan los lidiadores en nuestras plazas
de toros."

"Las granadinas, hermosas y elegantes, vestidas de colores muy vivos y
cubiertas con la tradicional mantilla blanca, tienen el acento de la
pasin y los arranques del genio, cualquiera creera que llevan el sol
en sus ojos soberanos."

"Las jvenes tienen miradas de gacela y donaires inimitables; las nias
parecen mariposas."

"Muchas veces visit la tumba del Gran Capitn y los mausoleos de los
reyes Fernando  Isabel, que ofrecen recuerdos inmortales, as como la
maravillosa Cartuja donde los himnos de la religin suben al cielo
arrebatados por la brisa de la montaa."

"Al dirigir mis solitarios paseos por aquellas sombras encrucijadas y
aquellos aromticos vergeles tapizados de mirtos, encontraba jvenes de
singular belleza, ligeras, altas y morenas, con ojos que despedan
relmpagos."


XXXII.

"Dominado por un solo pensamiento, en aquellas graciosas moriscas
encontraba yo algn parecido con Mara Luisa, quien no sin razn reciba
en mi casa el nombre de _la africana_; una tena su cuello voluptuoso,
la otra sus ojos negros nadando en luz y alguna sus labios de un vivo
ncar como flores de granado."

"Pero lo que ms me atraa y en donde pasaba das enteros y deliciosas
veladas  la luz de la luna era en la Alhambra de Alhamar."

"Aquello no es un alczar oriental, es un conjunto de palacios y
jardines encantados, un mosaico esplndido  inmenso, un fragmento del
Edn perdido que ha pasado  travs de los siglos y subsiste  despecho
de la miseria humana."

"Es una mansin de hadas donde se miran colores de empreo, se goza de
suavsimos aromas y se apura el opio de las hures del paraso."

"--Ver Npoles y morir!--me deca con frecuencia un condiscpulo mo y
yo le contestaba:--Ver la Alhambra y quedarse all para siempre."

"El gran palacio de Alhamar parece  primera vista un conjunto de casas
y templos en ruina coronados de perpetua vegetacin; pero  medida que
se penetra en su recinto, surgen por todas partes bosques de finsimas
columnas revestidas de flores, galeras de asombrosa arquitectura,
fuentes inmensas, patios alfombrados de rosas, cpulas areas y
artesonados de riqueza prodigiosa."

"De un gran patio sigue una galera y una mezquita, de all se pasa 
otro patio  al bao y al retrete oculto que fueron nidos de amor y de
felicidad; despus  un jardn donde se respiran perfumes de paraso y
se oye  los ruiseores cantando en los laureles, hasta que fatigada el
alma, se siente presa de una fascinacin misteriosa y deleitable."

"El Patio de los Leones con su fuente monumental y sus arcadas donde la
piedra toma la forma de la filigrana y el encaje,  la verdad es una
maravilla del arte oriental, que arranca frases de admiracin y suspiros
de tristeza."

"Aquel sitio pintoresco parece una decoracin de teatro preparada para
representar escenas de las legendarias cortes de amor y gentileza, que
ocuparon al mundo aristocrtico en los tiempos de la Caballera."

"El Patio de los Arrayanes cubierto de flores y rodeado de bellsimos
salones, trae  la memoria la hermosura de las odaliscas, la riqueza de
los califas y el valor de los abencerrajes."

"En el bao de las reinas y sobro todo, en el _gabinete de Lindaraja_,
parece que aun habita el amor con sus misterios y sus quimeras; all se
ve la fuente que derramaba perfumes costossimos, el rincn en que arda
el pebetero y la ventana ojiva donde se moran las flores al contacto de
la mano ardiente de la sultana prisionera que tambin agonizaba de amor
 de tristeza."


XXXIII.

"Cuntas veces me sorprendi la noche vagando mudo y errante por aquel
misterioso paraso!"

"Sentado con la frente sobre la mano, vea la luna tender su manto de
plata sobre aquellas esplndidas ruinas."

"Senta una dulce tristeza y abandonndome  la esperanza de mejores
das, pensaba en mi patria, en mi madre y creo que mucho ms en Mara
Luisa."

"El aura suave como el eco de profunda queja me repeta su nombre y yo
acariciaba su imagen que vea en los lnguidos rayos de la luna mientras
mi pecho exhalaba el ay del desterrado."

"En una de las ocasiones que visit aquellos fantsticos parajes,
subiendo la colina donde se alza la Alhambra, mir pasar junto  m una
hermosa gitana que llevaba el mismo rumbo."

"Esbelta y ligera, vesta enagua roja y corpio blanco; sus cabellos
negros y rizados sobre la frente, caan hacia atrs recogidos por una
cinta carmes."

"El hechizo de sus formas peregrinas y su ligereza que la haca nadar en
el aire como mariposa, luego llevaron  mi mente la imagen de la mujer
que amaba; cuando volvi su rostro para verme con ademn gracioso, pude
advertir que entre una y otra exista increble semejanza."

"Iba tan rpida que pareca no tocar el suelo con los pis."

"Yo la segu  cierta distancia y observ que desapareci en una casa
cuya puerta no pude distinguir porque llegando  la mitad de la calle
encontr varias otras iguales."

"Proponindome ir otra vez por aquel lugar para ver si se repeta tan
agradable aparicin, quise tomar nota de la calle y luego advert que me
hallaba en un barrio muy apartado del centro de la ciudad, entre casas
ruinosas y senderos estrechos."

"Estaba yo en el Albaicn, famosa repblica de gitanos."

"All en medio de la moderna Espaa est un pueblo independiente,
vicioso  inculto, escondido en habitaciones arruinadas, junto  una
bellsima ciudad."

"Aquello es un mundo aparte."

"Entre arboledas frondosas y rocas escarpadas se ve un hacinamiento de
casas miserables, mezquitas en ruina y barracas ennegrecidas por el humo
 incrustadas en los restos magnficos de monumentos rabes; todo
dividido por senderos solitarios y adornado con el lujo de una
vegetacin prodigiosa."


XXXIV.

"En Granada el barrio del Albaicn es la primitiva ciudad de los
musulmanes, el cadver disecado de la vieja capital morisca, la sombra
del islamismo que se ha retirado al pi de la montaa llorando como
llor el rey Boabdil al despedirse de su patria."

"En el orden moral, esas familias de gitanos pueden considerarse como
los restos putrefactos de aquel pueblo culto, sabio, fantico y
valiente, al que le fu preciso morir envenenado por la molicie de sus
costumbres y el fatalismo de su religin."

"Los gitanos apenas reconocen al gobierno espaol, no le piden derechos
ni le pagan contribuciones, son chalanes, mendigos y agoreros; ejercen
el comercio por avaricia y la mendicidad como profesin lucrativa."

"Los hombres, altivos y apasionados, tienen fama de ladrones y las
mujeres son bellas, pero siempre andan sucias y mal vestidas."

"En aquel laberinto de calles donde me perd varias veces, conversaba
con ancianas casi desnudas, muchachos harapientos y jvenes graciosas."

"Las mujeres me dirigan miradas indagadoras, los nios se agrupaban en
mi derredor y todos me podan _cualquiera cosa_."

"Yo les daba lo que poda y ellos entonces me decan la buenaventura."

"En honor de la verdad declaro que nada tuve que sentir de aquellas
turbas y jams volv  ver  mi bella desconocida por la que tampoco me
atrev  preguntar."


XXXV.

"Una tarde, al volver del Albaicn, me entregaron cartas de Mxico; sin
saber por qu temblaba al abrir la de mi madre, su lectura me caus
amarga sorpresa, pues en aquella carta aflictiva, participndome su
enfermedad, me llamaba para verme por ltima vez."

"En esa misma noche, haciendo desembolsos y causando molestias  mis
amigos, emprend el viaje de regreso y luego que llegu al puerto, sin
haber tocado  Madrid, tom la primera embarcacin que me ofrecieron."

"Como haba entrado la primavera, el mar estaba tranquilo y la
temperatura muy ardiente."

"Pasaron muchos das sin que las velas se agitaran por una rfaga de
viento."

"El buque no se mova en aquel mar impasible."

"Yo estaba lleno de agitaciones y temores; en el rumor del viento crea
percibir la moribunda voz de mi madre que me llamaba desaprobando mi
tardanza."

"Ms me valiera tal vez, haber naufragado, porque iba muy pronto 
soportar un naufragio peor que el de las olas."

"Cuando llegu  Veracruz me aloj en la casa de un comerciante amigo de
mi familia, que ya tena preparado un carruaje para que continuara mi
marcha, porque el vmito negro estaba en esos momentos atacando
principalmente  los viajeros de Europa."


XXXVI.

"Mientras llegaba el coche fu convidado  comer por mi bondadoso amigo,
quien esper que concluyera para entregarme una carta en cuyo
sobrescrito conoc la letra de mi to."

"Con breves palabras me informaba de que mi madre haba muerto  pocos
das de haberme llamado."

"La muerte quizs por ser mujer es ingrata; cuando se la llama no
responde y los que la quieren no son correspondidos."

"Yo la ped  gritos en aquel da memorable."

"Tuve deseos de ser atacado por la peste y morir en el acto."

"El papel cay al suelo y yo qued fro, mudo  inmvil, sentado
llorando en un silln."

"Cuando me recobr ya era de noche."

"Estaba sufriendo esa opresin de espritu que desconcierta el
pensamiento y rompe el corazn."

"No obstante, el hombre es tan dbil que no puede ser largo tiempo
desgraciado; aun en medio de las ms grandes congojas se consuela  s
mismo y se engaa con pintarse horizontes de lejana ventura."

"Por esa funesta condicin de la humanidad, vea yo en mis sueos
dolorosos  Mara Luisa, tan amada y tan amable, como nico afecto que
me quedaba en el mundo; estara sin duda esperndome para consolarme con
su ternura incomparable; su amor sera el ltimo asilo de mi corazn."


XXXVII.

"Al recoger la carta fatal, v otra que lleg adjunta y de la que no me
haba apercibido cuando tambin cay al suelo."

"Era de Carolina, que con su genial dulzura me daba detalles relativos 
la enfermedad de mi madre prodigndome consuelos y despidindose de m
porque se iba para Guadalajara donde permanecera por algn tiempo en un
colegio; mas en postdata escrita con letra que denunciaba no ser la
suya, me deca con fro laconismo:--Te participo que, contagiada con la
enfermedad de tu mam, tambin muri Mara Luisa."

"Entonces cre que mis sufrimientos haban llegado al lmite del dolor
humano."

"Al asomarme en el abismo que la muerte abra en mi alma quitndome
cuanto amaba en el mundo, sent el vrtigo de la desesperacin. No cree
Ud., Padre, que tena justicia?"

Estas ltimas palabras las pronunci D. Carlos con voz muy agitada y el
Padre Jos le contest inmediatamente:

--No, hijo mo, no le pidamos  Dios cuenta de sus obras; l sabe lo que
hace...... Las gotas amargas que apuramos en algunas ocasiones, suelen
ser preservativos para la desgracia...... el llanto derramado para
dominar una pasin puede ahorrarnos la necesidad de vadear el ro de
lgrimas que corre por el valle de la vida.


XXXVIII.

D. Carlos moviendo ligeramente la cabeza, prosigui:

"No fu aquel llanto el ltimo derramado por esa causa...... Slo mi
corazn sabe cmo fu destrozado despus sin merecerlo."

"Qu haba de hacer? Sofoqu mis lgrimas  hice el viaje  Mxico,
dejndome llevar como el moribundo arrebatado por el alud."

"En el camino todo me disgustaba; vea el pas rido y el cielo
enlutado."

"Sintiendo fro en el corazn y dolor en la cabeza los golpes del coche
me parecan retumbos de lejana tempestad."

"Cuando llegu  mi casa con el pecho oprimido y conteniendo el llanto,
la encontr sola, sin criados, sin flores, sin ruido."

"Mariano, el hijo del mayordomo de la Hacienda, me abri la puerta, era
el nico que all habitaba y no pudo contestar ni una sola de las
innumerables preguntas que le hice, porque acababa de ser empleado por
mi to."

"Todos los criados que me conocan fueron despedidos cuando mi madre
muri y no pude hallarlos despus."

"La primera pregunta que hice  mi to, luego que lo v, fu por el
sepulcro de mi madre  inmediatamente nos trasladamos al panten."

"All permanec largo tiempo y en vano quise ver la sepultura de Mara
Luisa; para los pobres no hay quien grabe su nombre sobre una losa."

"Mi to me dijo que haba sido enterrada violentamente con otros
cadveres en una fosa comn, por temor de que se propagara el tifo y
procurando tratar de otro asunto, empez  darme cuentas de mis bienes,
pero yo no quise oirle."

"Slo me quedaban de aquella nia desgraciada una medalla de cobre y una
memoria dolorosa."

"Pensando en ella se me figuraba una de esas dulces aves de primavera,
que llegan  cantar en nuestras casas y luego se van dejando nicamente
como seas de su paso, el eco de su voz y algunas plumas de sus alas."


XXXIX.

"Mucho tiempo viv encerrado comunicndome apenas con las personas que
me servan."

"Sintiendo cansancio del pasado y desconfianza en el porvenir, no saba
qu hacer con la poca vida que me restaba."

"Obligado por la necesidad de verter lgrimas y posedo de ese hondo
pesar que devora pero no mata cuando se mira el alma sola por la falta
de un bien perdido para siempre, no sala de mi casa ms que para ir al
panten en donde siquiera encontraba vestigios y recuerdos
consoladores."

"Con la vehemencia de mi dolor, pens algunas veces volver  Europa 
profesar en un convento, pero no tena fuerza para tomar resolucin
alguna."

"Por fin, un da reflexionando en los inmensos deberes que el hombre
tiene que llenar en la sociedad, me resolv  salir de mi retiro; pero
con la firme creencia de que no me sera posible alzar una sola ilusin
de felicidad sobre las ruinas de mi amor."

"Necesitaba concluir mis estudios y ver por mi salud y mi fortuna que
podan menoscabarse."

"En compensacin de tanto sufrimiento, la sociedad me acogi con todos
sus halagos y fascinaciones."

"Muy pronto el nuevo gobierno de la Repblica me devolvi los bienes de
mi padre, y el pueblo, sabiendo que era yo hijo de uno de los primeros
insurgentes sacrificados por la patria, me di sus votos para presidir
el Ayuntamiento de la ciudad."


XL.

"Carolina volvi  Mxico y entonces ya tuve con quien quejarme."

"Ella era la nica flor aun no marchita en el inmenso pramo de mis
recuerdos; su amistad, como una especie de blsamo, consol mi tristeza
y mi abandono."

"Con frecuencia la comunicaba mis proyectos y mis secretos; pero jams
le hablaba de Mara Luisa, por el contrario, alguna vez pens que si
alivindome del fro indiferentismo que senta, formaba una familia,
slo Carolina por la dulzura de su carcter y su cario nunca
desmentido, podra volverme no dichoso, pero s menos infeliz."

"Poco trabajo tuve para obtener el ttulo de abogado  inmediatamente
recib nombramiento de Juez primero de la Capital, empleo molesto y
laborioso que acept con agrado, considerando el trabajo como remedio
para mi habitual disgusto y esperando que la repeticin de sensaciones
fuertes, moderara el pesar de la prdida de mi madre, as como el ardor
de aquella pasin avasalladora que me oprima sin objeto y sin
esperanza."

"En efecto, el estudio, la aplicacin de una ciencia que apenas conoca
y el trato con diversas personas, bastante me ocupaban, pero mucho
padeca cuando me hallaba en presencia de algo que pudiera relacionarse
con mi pasado."

"Concurra maquinalmente  las diversiones y paseaba mi alma descontenta
viendo todo con desdn, excepto lo que me recordaba la leyenda dorada de
mi primera juventud y tanto era as, que por todas partes crea
encontrar mujeres parecidas  Mara Luisa, las contemplaba y las segua,
cayendo despus en un abatimiento inexplicable."


XLI.

"En el teatro, una noche, v que asomaba por la ms alta galera, la
cabeza de una mujer tan parecida  Mara Luisa, que inmediatamente sub
 buscarla; pero al llegar qued persuadido de que todo era ilusin de
mis sentidos fascinados."

"Otra vez al anochecer, vagando distrado por las calles, tropec con
una joven donosa y esbelta, que al mirarme, baj la frente y se cubri
con el rebozo; yo sent pasar por mi pecho una corriente elctrica que
me conmovi profundamente y regres con violencia para perseguir  la
misteriosa aparicin, considerndola como la imagen de la mujer amada
que me haba robado la muerte; ella precipit el paso y yo casi corr
para no perderla como  la gitana de Granada; pero se ocult en un viejo
casern ante cuya puerta me detuve; inmediatamente sent que me tocaban
el hombro; era un amigo mo alegre y conocedor de toda clase de gente,
que con acento malicioso me dijo:--Resulvete  entrar  aljate, porque
esta casa tiene mala fama. Qu dirn de t?"

"Me separ de aquel lugar con vergenza de haber corrido tras de una
mujer desconocida, slo porque me pareci bella como Mara Luisa y
ponderando mi necedad, me dije:--Cmo haba de estar entre las vctimas
del libertinaje, ni la sombra de aquella nia recatada y pudorosa?"


XLII.

"La vida tan agitada que tena y el conocimiento diario de miserias 
infamias, as como la necesidad de castigarlas, me hacan sufrir mucho."

"Solamente algunas tardes me distraa dirigiendo la reconstruccin de
varias casas que mi to haba descuidado."

"De preferencia me dediqu  formar una huerta sobre un terreno que
haba dejado mi padre sin construccin, en la calle que conduce al
Paseo."

"Sobre la mitad de aquel campo edifiqu dos casas y el resto lo llen el
jardn que dej comunicado con una de ellas."

"Despus vend las casas, reservndome el jardn para ocultar all mis
fastidios y estudiar tranquilamente cuando poda."

"En mi cabeza trastornada comenzaban  calmarse las ideas y al sentir
algo aliviada la pasin que me haba lastimado tanto tiempo, tuve deseos
de buscar un remedio para el aislamiento de mi corazn."

"Al fin, por vivir tranquilo y honrado resolv casarme."

"Carolina era muy digna de ser amada y capaz de volver dichoso  un
hombre mejor que yo."


XLIII.

"Cuando indiqu tal intencin  mi to, inmediatamente accedi porque no
deseaba otra cosa; luego le recib mis bienes sin pedirle cuentas,
dejndole la Hacienda de Guadalajara en compensacin de sus servicios."

"El da que habl  Carolina sobre nuestro porvenir, me contest
llorando:--Ya sabes que toda mi vida te he querido."

"A la vez no dejaba yo de sentir remordimientos, porque en el fondo de
mi alma viva intacta la imagen de Mara Luisa y mi cario para Carolina
no era ms que el resultado de una transaccin que intentaba celebrar
conmigo mismo; en tal virtud dej para un tiempo indeterminado la
realizacin de mi matrimonio."

"Por entonces un acontecimiento tan singular como inesperado, cambi la
faz de mi vida."

"Cierta noche, cuando ya estaba durmiendo, me busc el jefe de la
polica, para levantar el cuerpo de un hombre asesinado en una casa de
vecindad."

"Con mucho disgusto sal proponindome renunciar el cargo que me daba
tantas molestias."

"La temperatura estaba muy fra y bastante lejano el lugar del suceso."

"En la calle me refiri mi conductor que el occiso haba muerto en ria,
por causa de una mujer llamada _la mora_."

"Este apodo no me era extrao porque alguno de mis amigos que no tena
costumbres muy sanas, me haba ponderado la hermosura de aquella famosa
cortesana que yo no conoca."


XLIV.

"Al entrar en la casa donde haba ocurrido aquella desgracia, encontr 
los vecinos agrupados en la puerta de un cuarto, cuyo acceso estaba
defendido por la polica."

"En medio de la pieza v, sobro un charco de sangre, tendido el cadver
de un joven blanco y delgado que segn su traje negro, su sombrero de
fina paja y la brillante pistola que aun apretaba con los dedos
crispados, pareca ser hijo de buena familia."

"Recostado en una pobre cama y envuelto en un cobertor, estaba otro
joven grueso, plido y desgreado que quiso incorporarse al verme."

"Cerca de la cama y sentada en el suelo, contempl  una mujer que
sollozaba cubrindose la frente con ambas manos."

"El hombre que apenas poda moverse, me dijo con voz muy sofocada:--Slo
yo tengo la culpa de lo que ha pasado aqu por haber credo que sera
capaz de amar esa mujer  quien quit del camino de la perdicin........
Yo he sido un artesano trabajador...... ella era una mujer
deshonrada...... pero estaba enamorado y me cas..... mucho trabajaba
para proporcionarle comodidades; la consideraba y la quera esperando
que fuera una esposa honesta y una buena madre de mis hijos...... pero
la encontr con ese hombre...... l me tir un balazo causndome esta
herida...... y yo lo he matado con uno de los fierros que me servan
para trabajar tanto para esa ingrata."

"No pudo decir otra palabra y arrojando sangre por la boca, sacudi la
cabeza con marcada desesperacin."


XLV.

"Yo estaba emocionado ante aquel cuadro desolador y orden que el muerto
y el herido fueran conducidos al hospital y la mujer  la crcel."

"Apenas dorm esa noche; no poda olvidar aquel desastre."

"Cun terrible situacin la de aquel hombre, que como premio de su
honradez y de los sacrificios hechos por una mujer infame, haba
recibido ingratitud, deshonra y un balazo en el pecho!"

"Aquella esposa degradada me pareci un mnstruo de impudicia y
deslealtad, por lo que no haba querido dirigirle la palabra."

"Como juez, mi fallo estaba preconcebido; yo la encerrara en una
prisin, perpetua y solitaria."

"Nunca fu defensor de la pena de muerte; pero en aquella ocasin, cre
que debera subsistir en ciertos casos para cortar en su raz el cncer
de la sociedad."

"Por primera vez me sent un tanto consolado de la prdida de Mara
Luisa."

"Qu habra yo hecho,--me preguntaba,--si unido  ella me hubiera
infamado reconociendo los instintos de su sangre y los ejemplos de su
primitiva educacin? Y luego el mundo condena inicuamente al marido por
las faltas de la esposa infiel!"

"En la primera hora til del da siguiente, me traslad al hospital para
seguir averiguando las causas de aquel triste suceso y me recibieron con
la noticia de que el herido haba muerto sin pronunciar una palabra."

"Inmediatamente fu  la crcel, donde me dijo el alcaide que la mujer
aprehendida en la noche anterior, peda que la dejasen hablar conmigo 
solas, para revelarme un secreto que yo debera conocer."

"Acced  su deseo entrando luego al calabozo cuya puerta cerr."

"Aquel lugar estaba en su mayor parte obscuro, porque slo una pequea
claraboya se abra cerca del techo."


XLVI.

"En el acto sali de las sombras la prisionera, temblorosa y despeinada;
cayendo de rodillas  mis pis, con las manos extendidas, grit
llorando:--Perdname, soy muy culpable!"

"Yo qued como herido por un rayo, con los ojos fijos y los brazos
cados."

"Era Mara Luisa, la misma Mara Luisa que volva yo  encontrar como
aparicin milagrosa!"

"--En nombre del cielo......--la dije:--Eres t Mara?"

"--Perdn! Perdn!--repiti sin oirme,--djame aqu toda la vida 
mtame, porque si no me mato yo; pero antes perdname."

"S, Mara, te perdono con todo el corazn,--contest,--pero levntate y
dime por qu te encuentro as? Por qu me diran que habas muerto?"

--"Por qu me dijeron que te habas casado en Espaa?--repuso sin que
cesara de llorar."

"Despus de un momento de penosa vacilacin se levant y permaneciendo
muda  inmvil como la estatua del dolor, sus ojos derramaban un fuego
sombro y sus lgrimas rodaban hasta secarse en su pecho enardecido."

"Mostraba tal melancola en su frente y tanto dolor en su mirada, que me
caus inmensa compasin y no queriendo que me viera estremecerme de
pesar, retroced buscando un apoyo en la pared."

"En qu estado y en qu lugar encontr  la mujer que haba sido el
hechizo y la adoracin de mi vida!"

"Cuando part  Europa dej una flor sin mancha, una virgen cndida y
pura como ngel del cielo y aquel da contemplaba llorando  mis pis,
una mujer perdida para siempre, un vaso de ignominia sacado  subasta en
el albaal del vicio."

"Por la turbacin de mis sentidos no saba cmo concluir aquella escena
terrible."

"Tuve miedo, vergenza, horror...... y permaneca mudo tambin."

"Ella rompi el silencio y en breves palabras me refiri cmo despus de
la muerte de mi madre se enferm gravemente y apenas restablecida, mi
to quiso seducirla persuadindola de que yo estaba casado en Espaa y
no volvera; ofendido por su resistencia la despidi de la casa, lo
mismo que  Sebastin, nica persona que le daba buen trato en memoria
ma."


XLVII.

"Enferma y abandonada, se refugi en la guardilla de unas mujeres pobres
y vivi algn tiempo  expensas de la caridad; luego fu  servir  una
casa de donde sali tambin acosada por pretensiones infames; despus
vivi sola trabajando en el Estanco de tabacos y ms tarde, abatida y
desesperada, se fu con un militar que la llev  diversos pueblos donde
serva; pero habiendo sufrido mucho con aquel hombre grosero y ebrio, lo
abandon el da que supo sus relaciones con otra mujer; al fin, rodando
de precipicio en precipicio, fu  parar en ese mercado vil de los
placeres, que en los centros de poblacin es siempre censurado, pero
nunca suprimido, aunque derrame la gangrena en las arterias de la
sociedad."

"Por entonces supo que haba yo venido de Europa y que no estaba
casado."

"Avergonzada de su mal vivir, hua de m; mas procuraba verme de lejos."

"Ella fu la que casualmente v en el teatro y la misma que aquella
noche, al encontrarme, corri para ocultarse en la casa que por
desgracia frecuentaba."

"Cansada de arrastrar su existencia por aquel camino en el que todos los
das era simultneamente galanteada, complacida y pisoteada, se cas
con un artesano  quien no amaba, por lo cual le fu infiel y le caus
la muerte."

"Aquella confesin extensa y franca de Mara, me inspir mucha lstima
porque  pesar de todo senta yo que la amaba."

"Y qu hacer con ella? Castigarla me era imposible; ponerla en libertad
sera ponerme yo en evidencia ante la honrosa opinin que se tena de
m."

"Cubrira con velos de flores aquella historia de miserias y bajezas?
Cmo anteponer mi amor  mi conciencia, mi posicin social y la
dignidad de mi carcter?"

"Al fin prevariqu. Padre, porque aquella mujer me dominaba como una
tentacin de Satans."


XLVIII.

"El juez di un fallo venal y el hombre cay bajo el poder de la pasin;
mas el caballero se salv como lo sabr Ud. adelante."

"--Voy  darte libertad, bscame maana en mi casa y hablaremos,--la
dije retirndome."

"Entonces acab de comprender toda la prfida hipocresa de mi to,
puesta en prctica para conseguir que se perdiera de algn modo Mara
Luisa y as preparar mi matrimonio con su hija."

"Con razn no pudo sealarme el sepulcro que le peda."

"La postdata de aquella carta de Carolina, l la invent."

"Sebastin y los dems criados fueron arrojados de mi casa y su misma
hija enviada muy lejos para que no descubriesen tamaa impostura."

"Ese da sent la ms grande aversin por el autor de semejante trama y
hasta Carolina que era inocente particip de mi desvo."

"Como Ud. calcular, no me fu difcil torcer la justicia decretando que
la esposa criminal no era causa de aquel doble asesinato y despus de
ordenar su libertad renunci la judicatura con vergenza de m mismo."

"Mara Luisa no falt  la cita; triste y humillada se present en mi
casa, cubierta con un rebozo negro de seda, vesta enagua negra tambin
y bata blanca muy corta sujeta en la cintura."

Su hermoso semblante, algo demacrado, se cubra de cierta languidez
graciosa y provocativa.

"Su voz era verdaderamente dulce y melanclica."


XLIX.

"No me haban engaado los libertinos que me hicieron tantos elogios de
la seductora belleza de Mara."

"La nia pdica y sencilla que yo conoc estaba convertida en perfecta
cortesana."

"Sus ojos brillaban con un resplandor extraordinario, pero el estigma de
las bacantes haba sustituido sobre su frente  la corona de las
vrgenes."

"Yo la perdon, pero no poda conformarme con su pasado imperdonable;
padeca un dolor intenso pensando que aquella pobre mujer no volvera 
sentir el cario inocente de la adolescencia."

"El arcngel vendi sus velos de oro, para cubrirse con las repugnantes
alas del vampiro!"

"Sus ropas estaban perfumadas con esencia de aloe, su boca exhalaba un
olor de orga y no era natural el color de sus mejillas; pero  la vez,
su acento me pareci la voz del cisne moribundo y sus ojos derramaban
una luz y una ternura incomparables."

"Disculp su cada y sus errores acusando al abandono en que haba
vivido y al fin me cre responsable de todo por haberla dejado."

"Ella, inclinando el rostro hacia el suelo, me refiri extensamente lo
que haba sufrido en su enfermedad despus del fallecimiento de mi madre
y volvi  contarme las seducciones de mi to y su afn por casarla con
uno de sus criados, as como la manera brutal con que despidi al pobre
Sebastin por haberla defendido."


L.

"Mucho haba yo visto en Europa y despus en el tribunal, con relacin 
las miserias y las lceras sociales; pero mucho ms me cont Mara
Luisa, por haberlo presenciado en su poca de afrentosa disipacin."

"Acusndose con dureza me refiri los acontecimientos de la vida y la
lucha de su alma tempestuosa, hasta el momento en que caus la muerte de
aquel hombre que tanto la quera."

"Despus de unos instantes en que  la par nos mirbamos silenciosos y
aterrados, la dije sealndole una silla."

"--Sintate: cuando yo acabe de hablar me dirs: _s_  _no_, porque de
tu resolucin determinante depende nuestro porvenir. T no eres
culpable; has sido presa de un vrtigo fatal. El mundo infame no
comprende los riesgos de la infeliz mujer que vive abandonada  s
misma. Cuando algn desocupado corta las alas  una dbil mariposa,
viene otro y creyendo que es gusano, la pisotea. La sociedad hipcrita
no concede iguales derechos, pero exige los mismos deberes  la nia de
alta cuna, guardada y protegida por todos, que  la pobre hija del
pueblo criada en la servidumbre, como si no fuese capaz de sentir y de
inspirar ese noble y santo amor que perfuma el corazn; en vez de darle
buenas costumbres, la expone al precipicio y cuando delinque seducida y
engaada, la desprecia y la arroja entre flores y gusanos al degradante
trfico del vicio; despus la juzga y la condena sin mirar que aquel
dao infinito es obra suya."


LI.

"Mara Luisa se estremeci y sec el llanto que derramaba
involuntariamente, yo continu:"

"--Los hombres, despus de haber agotado la juventud, quizs con malas
costumbres, llegamos  ocupar puestos distinguidos y nos llaman
respetabilsimos seores, mientras que  la pobre mujer que luch en
defensa de su honor y sucumbi por hambre, al verla pasar humillada bajo
el peso de la deshonra, con el alma herida profundamente y la corona del
oprobio en la cabeza, en vez de llamarla para limpiar el llanto de sus
ojos y las llagas de su corazn, le decimos como los judos: _Adelante,
t has faltado al deber, no mereces compasin_. Y ella, por culpa
nuestra, rueda en la pendiente de la fatalidad pasando desde los salones
hasta los tugurios, de all  los cuarteles y despus al hospital. Qu
horror! En estos tiempos de progreso y democracia, se forman sociedades
de beneficencia, se abren liceos para ilustrar  la juventud, se
inventan mquinas que alivian el trabajo del hombre, se aseguran los
buques para que el mar no absorba el dinero del rico y todava no se
piensa en la rehabilitacin de la joven descarriada...... Pocas son las
mujeres que se pierden por instinto, casi todas son irresponsables; han
sucumbido por engao, por necesidad  por mala educacin. Cuando alguna
nia sola, pobre y hermosa llega  la edad en que el botn se vuelve
flor y la adolescente ngel, los mercaderes del amor impuro y los
libertinos de profesin, la ponen asechanzas, la narcotizan con su
aliento de serpiente, y como perros de presa, la persiguen hasta
precipitarla en el abismo del desprecio. Esa eres t, Mara, hurfana
hermossima, dotada de gigantescas pasiones y falsamente persuadida de
que te haban robado el primer amor de tu corazn qu habas de hacer?
Viviendo en mi casa como una seorita, te lanzaron de repente  la vida
libre de la servidumbre; rodeada de seducciones y necesidades, llena de
juventud y de belleza, fuiste una perla cada en el fango, fuiste un
ngel que se perdi buscando el camino de los cielos. Qu infames son
los que te han engaado, vendido y enlodado! Pero yo s que tu alma est
virgen todava; t tienes talento y un corazn sensible; aun puedes ser
buena y llegar  sentir algn da el inefable contento de la casta
esposa y la honorable madre. Yo me propongo regenerarte por medio del
trabajo, del honor y de la religin. Cremelo, Mara, quiero ser tu
padre  siquiera tu hermano por algn tiempo. T ya no eres la joven que
se pudiera encerrar en un colegio; el ave acostumbrada  volar de rbol
en rbol, se muere de tristeza cuando la guardan en la jaula. Si t
quieres te pondr una casa donde tengas criados que te sirvan, maestros
que te instruyan y respetos que te honren; yo desde lejos procurar que
nada te falte, mirando en t una prenda de ventura puesta por Dios bajo
mi amparo. Cuando hayan pasado tres  cuatro aos, si aprendiste y
observaste los deberes de la dama honesta y fuerte, iremos  vivir donde
no te conozcan y me casar contigo, pero has de cumplir estas tres
condiciones que te exijo: primera, te instruirs en los deberes y las
labores de la buena educacin; segunda, ninguno sabr de tus labios que
yo te amo y te sostengo; y por ltimo, vivirs con modestia y honradez
sin tacha."


LII.

"Cuando acab de hablar, Mara Luisa continuaba llorando y me contest
profundamente conmovida:"

"--Ni mi madre que me quiso tanto, ni mi ta que me di muchos consejos
al morir, ni los hombres ricos, sabios y apasionados que tuve  mis
pis, me han dicho esas cosas. Toda mi vida te servir contenta y
agradecida; t eres mi padre."

"Aquella tarde Mara Luisa, trmula de dicha, se despidi de m bien
aleccionada y provista del dinero suficiente para comprar una de las
casas contiguas  mi jardn, que segn yo saba, era fcil obtener y su
adquisicin nos convena porque, como he dicho antes, cuando form
aquella finca, qued comunicada con el jardn; por all podra visitar 
Mara Luisa, cuando fuera preciso, para no ser visto y dar lugar 
maliciosas interpretaciones."

"A los ocho das qued ella instalada en la casa que haba obtenido y
adornado con cristales, pjaros y flores; yo le obsequi un tocador de
mrmol y una cama de bano adornada con arabescos de marfil, que
ostentaba en la cabecera una magnfica Virgen de Murillo, en placa de
concha, cuyos muebles haban pertenecido  mi madre."

"Tambin la d lo necesario para comprar otra finca, cuyas rentas
completaran sus gastos."

"El pblico supo que Mara Luisa haba recibido uno de los primeros
premios de la lotera; yo, fiel  mi propsito, la visitaba cada ocho
das, permaneciendo  su lado slo el tiempo preciso para que me diera
cuenta de sus adelantos y necesidades."

"Una de las piezas que ocupaba en el jardn cuando iba yo  estudiar 
distraerme desde que comenc  formarlo, era la que tena comunicacin
con la casa de Mara."

"Abriendo una pequea puerta, me hallaba en un pasillo largo que tena
otras dos, una  la derecha para la alcoba y otra en el fondo para la
sala, de modo que cuando Mara cerraba la puerta principal de la sala,
que conduca al corredor, quedaba sola y  la hora convenida poda yo
entrar sin ser visto de los criados."


LIII.

"Protesto  Ud., Padre, bajo mi palabra de caballero, que durante todo
el tiempo en que semanariamente visit  Mara, no tuve para ella una
sola palabra que no fuese honesta, ni un solo pensamiento que no fuese
honrado."

"A veces ni la mano le peda para despedirme."

"Un da no ms, un da de su cumpleaos, recuerdo que tomando su cabeza
entre mis manos, como si fuese una criatura, le d un beso en la
frente."

"Ella por su parte se manejaba como una perfecta seora, pareca ya
completamente regenerada y era feliz porque meca su corazn en las ms
brillantes ilusiones."

"Siempre manifestaba repugnancia  temor de salir  la calle, su trato
era sencillo y afable, su vestido modesto, sus maneras elegantes, y aun
en ciertas ocasiones, cre sorprender en su rostro algo parecido al
pudor de la niez."

"Aquel espritu volcnico daba seales de haberse calmado para siempre."

"Como me senta yo fascinado, encontraba en el porte distinguido y la
palabra fcil de aquella mujer, mucho de lo que hay de puro en los
sentimientos y de noble en las costumbres."

"En su casa respiraba un aire de tranquila felicidad y las horas se me
volvan instantes."

"Mara Luisa no saba escribir ni leer; comprendiendo yo que se
mortificara con imponerle un maestro de primeras letras, me compromet
 ensearla."

"Cada semana reciba mis lecciones, me entregaba lo que haba escrito y
me participaba sus progresos y dificultades con una gracia
verdaderamente infantil."

"Al poco tiempo ya escriba con regularidad y por mi orden, busc una
maestra que la enseara ciertas labores de lujo y le diera lecciones de
msica."


LIV.

"Por entonces fu electo Magistrado del Supremo Tribunal de Justicia y 
pesar de mi resistencia para servir empleos pblicos, deb aceptar el
honorfico puesto que se me ofreci sin solicitarlo."

"Bajo el velo del misterio continuaba mis honradas comunicaciones con
Mara, cuyo comportamiento preparaba mi felicidad."

"Yo vea en ella una hermana  una hija; era el nico afecto de mi vida,
el dolo de amores colocado en el altar de mi corazn, para venerarlo
durante todo el porvenir."

"Y ella me miraba como el amparo de su vida y la salvaguardia de su
honor."

"Pasaron as dos aos sin que el mundo percibiera mi felicidad;
nicamente me remorda el compromiso contrado con Carolina y repetidas
veces me preguntaba yo reconvinindome: Cmo llegar  decirle que no
la quiero, que nunca la he querido?"

"Apenas tena presencia de nimo para hablarla y ya no la visitaba con
frecuencia."

"Ella con exquisita modestia guardaba silencio y esperaba."

"Mara Luisa, en mi concepto, era dichosa, ya tena concluida su
educacin; cumpla con gusto sus deberes domsticos, estudiaba mucho,
haca flores y tocaba el piano perfectamente."

"Mas una tarde, antes de abrir la puerta para entrar en su casa, d el
toque de contrasea y no me contest; segn lo convenido, me abstuve de
entrar por temor de que se hallara enferma y en presencia de sus
criadas, proponindome volver  los ocho das; pero tampoco fu
recibido."

"Como no tena otro medio de comunicacin con ella y para el mundo
ramos extraos completamente, no saba cmo informarme de su salud."

"Ya estaba resuelto  buscarla por la puerta principal de su casa cuando
 la tercera semana me recibi por el jardn."

"La encontr plida, triste y muy consumida; luego me particip, con
cierta indecisin, que haba estado enferma, pero no pudiendo explicarme
su dolencia me dijo que tena insomnios y dolores de nervios."

"En el acto resolv apresurar nuestro matrimonio, pues haba sufrido
mucho en aquellos das por ella y por m."


LV.

"Para el efecto, vine  esta ciudad donde tan bondadosamente fu
recibido en el ao anterior."

"Con intenciones de radicarme aqu, pensaba fundar una empresa
explotadora de filones aurferos y al mismo tiempo dedicarme al cultivo
del nopal que alimenta  la grana siempre valiosa en los mercados
extranjeros."

"Habiendo explorado y elegido esto bello pas, regres  Mxico resuelto
 vender mis bienes y trasladarme con Mara Luisa para que
inmediatamente Ud. bendijera nuestra unin; pero Dios dispuso todo de
otra manera."

"A mi vuelta encontr  Mara ligeramente aliviada y me manifest que ya
no se curara porque el mdico le haba dirigido solicitudes
bochornosas, de lo cual me consider como el nico responsable por
tenerla tan aislada."

"Sin embargo de haber pedido una licencia ilimitada para separarme de la
Corte de Justicia, un da me llam el Presidente de la Repblica y
creyendo que yo conoca el Gabinete de Madrid por haber vivido en
Espaa, me confi el encargo diplomtico de proseguir las negociaciones
entabladas para que aquella nacin reconociera oficialmente la
independencia de Mxico."

"Yo no me consideraba capaz de llenar semejante misin, pero no pude
rehusarla y ped que me acompaasen personas honorables y experimentadas
en asuntos internacionales."

"Pronto dispuse el viaje y ofrec  Mara Luisa que inmediatamente
despus de mi vuelta, vendramos  Oaxaca."

"Ella sollozando me suplic que la llevara, lo cual era imposible dada
mi posicin social, el rango que tena y mi resolucin inquebrantable de
no vivir  su lado hasta el da que pudiera presentarla en el mundo
como mi esposa legtima."


LVI.

"Yo no s cmo son las grandes borrascas, porque slo he sufrido en el
mar dilaciones y calmas eternas."

"La embarcacin que me conduca se detuvo mucho tiempo en Cuba por
enfermedad de su capitn, luego en otros puntos por falta de viento y
provisiones y hasta despus de cuatro meses llegu al puerto deseado."

"Ya estaba yo aburrido de vivir sobre las olas, pero no quise
desembarcar ni permitir que lo hiciera mi comitiva, sin previo aviso 
las autoridades de Cdiz, para que me recibieran con las formalidades
acostumbradas, en honra de la Nacin que representaba."

"Indudablemente hubiera yo sido vctima de un desaire si no le hubiese
ocurrido visitar el buque  un comerciante amigo mo, que luego me
comunic lo que haba pasado en Mxico durante mi larga travesa, segn
noticias llevadas por otros barcos ms afortunados, que salieron de
Veracruz despus y llegaron  Cdiz antes que el mo."

"La ltima revolucin que ha conmovido este pas donde por desgracia
todava no se constituye un buen orden poltico, cambi, como Ud. sabe,
la forma y el personal del gobierno, quedando interrumpidas las
negociaciones con Espaa."

"Como era natural, ya no quise anunciarme ni desembarcar y acord mi
regreso en el mismo buque para el da siguiente."


LVII.

"Mi corresponsal de Cdiz me entreg varias cartas de Mxico que
confirmaban la inutilidad de mi viaje, quedando por consecuencia, el
Ministro plenipotenciario convertido en simple pasajero."

"Ciertamente no me disgust mucho aquel percance por los vivos deseos
que tena de volver  mi patria."

"Entre otras recib una larga carta de Mara, que con gracioso tipo de
letra, principiaba de esta manera:--Aunque te sirviera de rodillas toda
la vida, no te pagara lo que has hecho por m...... terminando con esta
frase lisonjera, si bien repetida en vano por muchas mujeres:--Siempre
te ser fiel tu Mara Luisa."

"Las flores viven con las miradas del sol y mueren al contacto venenoso
de un insecto; as el corazn del hombre se colma de felicidad por una
palabra de cario y se ahoga con una gota de amargura."

"Esto ltimo sucedi al mo con la lectura de otra de aquellas cartas;
era de un Sr. Lpez  quien haba vendido las dos casas contiguas  mi
jardn, de las que una vendi l  Mara Luisa."

"Aquel sugeto creyendo que permanecera yo largo tiempo en Europa, me
peda un certificado de que la casa de Mara Luisa soportaba de la otra
cierta servidumbre de aguas, lo cual haba dado lugar  disputas entre
ambos propietarios."

"Desde luego consider la solicitud del Sr. Lpez como una pretensin
intil, porque cuando yo contrat con l hice constar que exista tal
servidumbre, y al trasladar el dominio  Mara, ratificaron ambos
aquella imposicin; pero el final de la carta me puso fro y colrico;
as deca:--Doy  Ud. tanta molestia, porque  causa de este asunto
estoy soportando malos tratamientos de un joven, que se titula hermano
de la seora que me compr la casa y para m es enteramente
desconocido."

"Dios mo! exclam, Mara tiene un hermano, es joven y se ingiere en
los asuntos de su casa!"

"La pasin de los celos es el cncer del corazn, aparece un punto
negro, luego se extiende, corroe y mata; es el furioso cerbero que
parece dormido en silenciosa calma, pero no deja de oir el paso de una
pluma ni de una sombra!"

"Haca poco tiempo que sin motivo fundado, mantena yo, respecto  la
conducta de Mara una terrible lucha con la duda, peor an que la lucha
por la vida."

"Esta carta--me preguntaba yo--trae una impertinente solicitud  es un
aviso que con mucho tacto me manda el Sr. Lpez? Tiene Mara Luisa un
hermano que yo no conoca  me es infiel y ms an las gentes lo saben?
Esa mujer me oculta sus desrdenes bajo la careta audaz de la
hipocresa? Y yo que la he preferido  todas las cosas de la tierra,
recibir de su propia mano un bofetn en pblico? No, tal vez algn
amante despechado quiere perderla y por eso la calumnia."

"Estas ideas pasaron como relmpagos quemndome la frente durante mi
viaje de regreso, que por fortuna  por desgracia no dur mucho tiempo."


LVIII.

"Turbado por muchas dudas, oprimido por pensamientos tiranos y sin
comunicarme con mis compaeros de legacin, que me consideraban mohino
por el fracaso diplomtico, pasaba las noches velando sobre cubierta y
los das encerrado en mi camarote."

"Cuando llegu  Mxico, sin pensar ms en mi embajada, lo primero que
hice fu dirigirme  la casa del Sr. Lpez para pedirle, de una manera
disimulada, la explicacin de la terrible sospecha que me haba hecho
concebir; pero hasta hoy no s si aquella carta me fu dirigida por
algn amigo prudente  el mismo Lpez se apresur  darme sin
responsabilidad, un grito  tiempo para que cuidara de mi honor; el caso
fu que aquel sugeto, con marcada extraeza, me dijo que nada haba
escrito y mostrndome su firma distinta de la que tena la carta,
protest que ningn disgusto haba sufrido por la casa que vendi."

"Hall  Mara Luisa con perfecta salud; pero estaba distrada y
descontenta; me acusaba de ingratitud por no haberla llevado  Espaa y
conteniendo suspiros que apenas salan  sus labios, se manifestaba sin
gusto y sin sosiego en mi presencia."

"Sus ojos estaban agitados por el llanto, su casa no me pareci tan
arreglada como antes, el teclado del piano tena polvo y sobre las mesas
no encontr libros ni seales de labor alguna."

"Al preguntarla por la causa de aquel cambio, me dijo, entre misteriosas
reticencias y afables rodeos, que yo tena la culpa porque difera
nuestro casamiento  insisti en que cuanto antes deberamos tomar una
determinacin, pues ya estaba sintindose desesperada."


LIX.

"Como yo la amaba locamente, todo lo disimul y resolv venir  Oaxaca
para preparar una casa, pero ya no tena yo calma, los celos me
devoraban."

"Contemplando aquella mujer tan hermosa y tan querida miraba levantarse,
 pesar mo, entre ella y yo, una  una burlndose de m, las siluetas
de los hombres que haban habitado su corazn y pensaba en los recuerdos
y las perpetuas inquietudes que debera encontrar bajo la almohada del
lecho conyugal."

"Empec  desconfiar de todos los que pasaban por la casa de Mara
Luisa, de los que la servan y aun de los que la miraban, creyendo en mi
celoso aturdimiento, que nadie poda verla sin amarla porque haba
nacido para enloquecer los corazones."

"Me acostumbr  pasar de da y de noche por su casa para ver si me
engaaba, pero sus balcones permanecan  toda hora cerrados y no
entraba en la casa persona que me inspirase desconfianza."

"Por un instinto secreto, lo que ms me mortificaba al pasar todos los
das, era ver parado en la puerta de una panadera que estaba frente 
la casa de Mara Luisa, un joven como de quince aos, de moreno rostro y
baja estatura, ojos negros muy vivos y cabellera rebelde y abundante."

"Preocupado por mis celos, me figuraba que aquel muchacho vea con
insistencia los balcones de Mara Luisa y que al mirarme, bajaba la
frente cuando no haba podido esconderse antes de que yo pasara junto 
l."

"Habiendo comunicado mis sospechas  Mara, me dijo con voz dulce y
burlona:--No seas bobo; ese muchacho que se llama Luis y todos le dicen
_Lucho_, es hijo del panadero que vive frente  esta casa y pronto debe
casarse con una joven que yo conozco."

"Todo lo cre, pero no dejaba de sufrir temiendo constantemente que
alguien llegara  imponerse de lo que me pasaba y rerse  expensas de
mi honra."

"Oh! Ciertamente yo era un bobo y no slo para Mara Luisa, sino
tambin ante el tribunal de la opinin pblica, como pude conocerlo por
varios incidentes harto desagradables que ocurrieron poco despus."


LX.

"Una maana saliendo de casa para concurrir  las bodas de uno de mis
criados que quise apadrinar, me detuvo cierta vendedora de alhajas
proponindome un collar de perlas:--No lo compro, seora,--la
dije,--porque no tengo  quin regalarlo.--Cmo no ha de tener Ud!---me
contest con acento animado y un tanto malicioso, aadiendo:--Y la
novia de quien es Ud. padrino? Y la Seorita Mara Luisa?"

"No supe qu contestar y continu mi camino."

"Ms tarde, todos los convidados al casamiento bailaban y rean excepto
yo; pero no queriendo aparecer disgustado ante aquellas buenas gentes
que tanto me obsequiaban, invit para bailar  una joven de alegre
fisonoma y talle muy ancho, que se hallaba sentada junto  m."

"La nia no era fea y yo, por hablar algo, la dije:--Es Ud. la joven ms
graciosa que hay en esta reunin."

"Inmediatamente me contest con mal reprimida coquetera:--Y _la mora_
no es graciosa?"

"Si aquella muchacha me hubiera dado una bofetada en vez de contestarme
como lo hizo, no hubiera sufrido tan fuerte alteracin."

"A cada paso reciba pruebas flagrantes de que Mara Luisa no procuraba
cumplir las condiciones que le puse y sobre las que haba insistido
muchas veces con ruegos y hasta con lgrimas."

"Alegando una ocupacin me retir de aquel baile para ir  soportar
otros golpes no menos dolorosos."


LXI.

"Por casualidad encontr al Doctor con quien ya no quera curarse Mara
Luisa y le ofrec acompaarlo para poder preguntarle capciosamente, si
ya no visitaba enfermos por el barrio donde tena yo mi jardn, porque
haca tiempo que no lo vea pasar."

"--En efecto,--me contest:--mi clientela no es de aquel rumbo; en das
pasados curaba yo por all  una joven, que no era muy apta para seguir
el mtodo nico que pudiera sanarla. Entre las mujeres hay enfermedades
que no pueden curarse mientras estn casadas."

"Este aviso inesperado me llev al colmo de la admiracin. Mara era
vista por un doctor en medicina como mujer casada!"

"Cuando entr  mi casa, ya ni me caus impresin la lectura de una
carta de Carolina, en la que me deca con una modestia digna de ella,
que sabiendo tena yo  quien querer, me libraba de mi palabra y se
despeda de m para siempre, porque iba  marchar con mi to  su
hacienda mientras poda entrar en un convento."

"Entonces comprend que todo lo haba perdido, hasta el honor."

"Padre, los hombres cuando aman como yo he amado se vuelven ciegos,
sordos  imbciles."

"A pesar de todo haca esfuerzos para disculpar  Mara y dispuse
inmediatamente mi viaje  esta ciudad porque me sofocaba la atmsfera de
Mxico."

"Ya estaba concluida la venta de mis propiedades y remitido  Ud. su
valor; solamente las casas de Mara quedaron  su disposicin para que
las poseyera desde Oaxaca y pudieran serle tiles en cualquiera evento
de la suerte."


LXII.

"A mi apoderado dej una casa pequea para que cuando le diese aviso, la
entregara  Mariano, el nico sirviente que me quedaba; tambin remit
un libramiento de mil pesos al viejo Sebastin Gutirrez, mi criado de
la niez, que viva en Michoacn solo y enfermo."

"La casa de mi habitacin y el jardn fueron vendidos al Sr. Lpez, que
convino en recibirlos basta que definitivamente dejara yo la capital."

"Llegada la hora, ocup un asiento en la diligencia que sale diariamente
para Puebla."

"El fro de la maana y los tumbos del coche despertaron  tres
pasajeros que ya estaban colocados en la testera cuando yo sub."

"Al amanecer pude verlos bien y me parecieron unos jvenes de familias
decentes, que se hallaban enardecidos y despeinados como si hubieran
pasado una noche de orga."

"En los coches de posta, lo mismo que en los buques, Ud. habr visto que
muy pronto se familiarizan los compaeros de viaje."

"Pues bien, aquellos sugetos me hablaron con cierta llaneza que  la
verdad me disgust porque yo no saba quines eran."

"En el acto me contaron que uno de ellos era de Puebla y los otros iban
 pasar con l las fiestas de Navidad."

"Los tres hablaban sin parar, salpimentando su conversacin con las
palabras ms rspidas del idioma; yo apenas les contestaba, porque desde
luego comprend que eran vagos de oficio y viciosos de profesin."

"A cada golpe de la diligencia lanzaban imprecaciones terribles y
cuando nos detuvimos en una venta para tomar el desayuno que les ofrec,
volvieron al coche provistos de una botella con aguardiente, asegurando
que aquello era un gran remedio para los contratiempos del camino."

"Uno de ellos, el de Puebla, alto, plido y delgado,  quien los otros
daban el nombre de _Pancho_, hablaba de poltica, de literatura y
reuniones aristocrticas."

"Los otros, segn su propio dicho, eran tahures y adems, muy prcticos
para conquistar corazones de nias y bolsillos de tontos."

"Aquellos tres hombres que manejaban  la perfeccin el dialecto de la
canalla, comenzaron  contar sus hazaas en pleitos y amores,
maltratando reputaciones y publicando con descaro las miserias de la
sociedad lo mismo que sus propias debilidades."


LXIII.

"Nada hay tan despreciable como el cnico que para vergenza de la
especie humana, inventando hechos infames y repitiendo epigramas
punzantes, parece complacerse con recoger las basuras de la sociedad y
despus de hartarse con ellas arroja los restos  la cara del que tiene
delante."

"Aquellos corazones gangrenados no saban lo que es amar ni sentir los
instintos del honor."

"Cuando llegaron al captulo de las mujeres casadas, yo no pude
contenerme y con expresin un tanto airada, les dije:"

"--Hombres, eso es inicuo; las mujeres por s no son tan malas, nosotros
somos el origen de sus faltas; si resisten las calumniamos y si sucumben
las envilecemos. Todos deberamos procurar la regeneracin de la mujer
cada, siquiera disculpando lo que no podemos remediar."

"--Las mujeres tienen instintos depravados.--exclam uno de aquellos
libertinos."

"--La mujer--repliqu yo--tiene hambre y sed de justicia."

"El de Puebla me interrumpi bostezando:"

"Licenciado: todo eso es quimera, teora, ilusin. Si Ud. pudiese
hacernos el milagro de resucitar reputaciones de mujeres perdidas,
aunque fuera en pocos ejemplares, yo le dara el ttulo de _abogado de
imposibles_; pero no se canse Ud.; _La cabra tira al monte_."

"--Y si quiere una muestra; voy  drsela:--dijo otro de aquellos
deslenguados:--Conoce Ud. _ la mora_?"

"--No, Seor,--le contest amostazado y con el fuerte acento del que
dice, cllese Ud."

"Aquel truhn encendido por el aguardiente que acababa de agotar y sin
fijarse en mi semblante, me habl de esta manera:"

"--Esa muchacha que ha dado tanta guerra, es alta, morena y de
provocador atractivo; pero muy desordenada; en un baile de candil, donde
la encontr hace poco, me contaron que un compaero de Ud., abogado muy
rico,  quien yo no conozco, tuvo la feliz ocurrencia de recoger  la
hipcrita cortesana; le compr casas, la tiene con gran lujo y ya est
recibiendo el premio de su simplicidad."

"--Ese Seor ha de llamarse Juan.--insinu el otro tahr."

"--Y apellidarse Lanas.--aadi el de Puebla."

"--Pues bien,--agreg el primero:--ese abogado Juan Lanas  Juan Tonto,
tiene  _la mora_ como si fuera una gran cosa; dicen que la quiere de
veras y la visita pocas veces; pero mientras l estudia las Siete
Partidas  baila en los salones de la aristocracia ella se marcha  las
fiestas de los pueblos muy bien acompaada, concurre  los bailes
pblicos y forma en su casa reuniones que no son muy catlicas; por
supuesto que todo es  costa del Sr. D. Juan. No hace mucho tiempo que
la visitaba con frecuencia un capitn de artillera y ahora pasa con
ella largas horas un joven panadero que vive frente  su casa; es casi
un nio; puedo apostar  que fu conquistado por ella; el muchacho,
aunque guapo, es muy bisoo. No le parece  Ud. que eso es una infamia
imperdonable?"

"Yo sent que me ahogaba, pero era preciso disimular."


LXIV.

"El hombre aquel concluy:--Puede Ud. preguntarle todo esto al mdico
que la visita cuando se declara enferma...... y si no...... aqu est
Pancho que da noticia de aquel magnfico lecho de marfil, adornado con
una imagen de la Virgen para mengua de Murillo que la pint y del
mentecato que la pagara muy cara."

"El Pancho hizo una seal de afirmacin; yo al oir nombrar el casto
lecho de mi madre, cre hundirme en el fondo del carruaje como en un
abismo y dej caer la cabeza con la pesadumbre de aquella verdad tan
espantosa como tarda."

"Experiment nuseas y dolores insufribles que despertaron por un
momento la compasin de aquellos hombres."

"Les dije que el movimiento del coche me haba mareado y dispuse
regresar en el acto."

"Habindose detenido la diligencia en una posta, baj seguido de Mariano
y me desped de aquellos fatales compaeros."

"Al partir el carruaje asom la cabeza por la portezuela el que se
llamaba Pancho y hacindome con la mano una seal de despedida, me
dijo:--Si ve Ud. al Sr. Lanas, dele memorias mas."

"En cuanto me v solo mand pedir un coche  la finca que est cerca de
aquel lugar y es propiedad de un amigo mo."

"Qu hara? Para qu regresaba? Yo no poda saberlo."

"La idea del suicidio apareci en mi mente acalorada como un recurso
salvador."

"Luego dispuse ir  matar  Mara, matar al otro y despus matarme yo;
pero al mismo tiempo reflexionaba en el oprobio que caera sobre mi
nombre, y ms que todo, en los derechos del honor y los deberes de la
conciencia."

"Yo que haba colmado  Mara Luisa de respetos, de confianza y de
dinero, consagrndole mi amor de nio, mis ilusiones de hombre y mi vida
entera, despertaba de repente burlado, vendido, vilipendiado, con el
honor puesto en ridculo y mi juventud perdida para siempre! Quin
pudiera creerlo?"


LXV.

"En un momento de lucidez pens que yo tena la culpa de todo y me hice
estas preguntas:--Con el lujo y la vaguedad de una vida ociosa
semejante  la que tienen las odaliscas de un serrallo es como se
prepara  una mujer pura  no, para que llegue  ser buena esposa y
buena madre? Por qu no tuve  Mara Luisa oculta y respetada en mi
casa desde el da que la saqu de la crcel?"

"Yo infatuado con una honradez convencional  interesada, quise volver
ngel  una mujer pblica con el solo poder de mi riqueza y mi mandato."

"Los hijos de Adn cometemos diariamente la misma imprudencia de nuestro
primer padre, acusando  la mujer porque obedece  la serpiente de la
seduccin, sin atender  que cuando lucha con tan poderoso enemigo la
dejamos sola para que se defienda, no ms con su inocencia y su
debilidad."

"Ud., Padre, que dirige los corazones  ilustra las conciencias en la
ctedra de la sabidura y en el tribunal de Dios, dgale  la sociedad,
que para ser buena tiene que ser justa."

"La madre forma el corazn del hombre, pero el hombre, ante todo, debe
cuidar la educacin de su hija."

"En esta poca de transicin en que vivimos, mucho se habla de ciencias
y progresos, de libertad individual y derechos comunes, pero poco se
piensa en los deberes domsticos y las obligaciones morales del pueblo."

"Descuidamos  la hija y  la hermana, entregndolas desde muy temprano
en los colegios  manos extraas sin haber cimentado su educacin, y
luego las presentamos al mundo, procurando verlas embellecidas ms con
alhajas que con virtudes, para que realicen un enlace fecundo en
comodidades materiales."

"A la esposa, que se adquiere  casi se compra como mueble de lujo, al
principio se le adora, luego se le engaa, y al fin se abandona para que
rece en la iglesia  sufra en el hogar."

"Oh! Y  la infeliz que se atasca en el lodazal de la perdicin, en
lugar de tenderla una mano compasiva, se la desprecia como el calzado
intil  la vil baraja que ya sirvi para el alimento del vicio."

"Y despus los sabios, los filsofos, los maridos burlados y los
insensatos como mis compaeros de viaje, dicen magistralmente:--Las
mujeres tienen instintos depravados."


LXVI.

"Todo esto discurra yo tendido al pi de un rbol, con el corazn
despedazado, cuando lleg el carruaje."

"Mont violentamente y tomando las riendas agitaba los caballos como si
quisiera volver  Mxico en alas del relmpago."

"Tuve impulsos de precipitar el coche  una barranca, pero me detuvo la
consideracin de que tambin pereceran el conductor y Mariano, quien,
temiendo tal vez una catstrofe, me arrebat las riendas; yo se las
abandon inconscientemente."

"El camino era largo y llegu  Mxico  las diez de la noche."

"En la puerta del jardn desped al cochero y orden  Mariano fuese 
la casa, para esperarme hasta nuevo aviso."

"Como siempre guardaba una llave, no me fu difcil entrar sin ser
visto."

"Haca mucho fro y el jardn resonaba con esos murmullos de la noche
que no s de dnde salen."

"La luna casi oculta entre las nubes derramaba una claridad dbil 
indecisa."

"Los espacios de luz y sombra cambiados sin cesar con la oscilacin de
los rboles agitados por el viento, hacan figuras que me parecieron
esqueletos colgados de las ramas y animales que saltaban y
desaparecan."

"Corriendo en lnea recta para llegar cuanto antes  la escalera que
terminaba en la puerta de mi cuarto, v aproximrseme un enorme
fantasma, le acomet sin miedo y me lastim una mano, porque no era otra
cosa que el tronco de un rbol; continuando sin ver  dnde pisaba me
hund en un cao cenagoso que conduca el riego."


LXVII.

"Al subir la escalera o una msica suave y deliciosa que no me era
desconocida y dije como si hablara con alguno: ciertamente soy un
mentecato como me llamaron esta maana; Mara Luisa est tranquila,
encerrada tocando su piano y tal vez acordndose de m cuando yo vengo 
celarla y herirla slo por el dicho de un calumniador."

"Pens volver al coche inmediatamente, pero tem ya no encontrarlo y
sintindome fatigado, entr  descansar en el cuarto."

"All era ms perceptible el sonido del piano y pronto me llam la
atencin el aria que oa, porque tan fcil para Mara Luisa, era
ejecutada con torpeza  enfado."

"No pude resistir la curiosidad de ver por el conducto de la llave lo
que pasaba en la otra casa."

"Esa llave siempre la tena puesta en la cerradura y no quise quitarla,
por no hacer ruido, conformndome con ver lo que pudiera por el pequeo
resquicio que dejaba."

"Por aquella puerta, como he dicho antes, entraba yo al pasillo en cuyo
fondo haba una para la sala y  un lado la otra que daba acceso  la
alcoba."

"Cuando me inclin para observar por aquel conducto, el piano ya no
sonaba."

"Aunque la puerta de la sala no estaba cerrada, slo pude alcanzar con
la vista un corto radio que abarcaba el lugar de la mesa redonda situada
frente al piano."


LXVIII.

"Sobre aquella mesa, en palmatoria de metal blanco, arda una vela de
esperma y  su lado estaba una bandeja pequea."

"Discurr aplicar el odo cerca de la llave y pude percibir la voz
limpia y sonora de Mara Luisa, que hablaba un poco agitada; pero no
entend lo que deca."

"El viento al pasar por aquel agujero, causaba un extrao rumor que me
impeda oir bien; sin embargo, me pareci que aquel ruido se confunda
con el eco de otra voz lenta, ronca  insistente que alternaba con la de
Mara."

"Era sin disputa una voz de hombre."

"Mir otra vez y entonces apareci cerca de la palmatoria la mano
temblante, mrbida y pequea de Mara Luisa, que colocaba en la bandeja
una copa vaca; inmediatamente otra mano ms grande, ms obscura, casi
negra, fu  poner otra copa y luego colm de vino las dos."

"El piano volvi  sonar con precipitado desorden y yo volv  poner el
odo."

"Estaba temblando de pis  cabeza, la espina dorsal me dola mucho por
estar inclinado y mis mandbulas chocaban fuertemente sin poderlo
remediar."

"Entonces me tap la boca con la mano y contuve la respiracin para
escuchar mejor."

"Los acentos de aquel hombre resonaban en la sala  iban  caer en mi
odo como golpes de martillo."


LXIX.

"Oyendo y mirando alternativamente, lleg un momento en que percib que
Mara, esforzndose por hablar con una voz armoniosa y suplicante,
clamaba:--No, No.--Y  pesar de todo estaba yo sintiendo que la amaba
irresistiblemente."

"Trascurrido un largo rato en el que padec todos los vrtigos del
infierno, la vela desapareci de la mesa."

"Mis ojos se cubrieron con un velo de sangre,  travs del cual mir 
la ingrata que risuea, despeinada, y en estado de completa ebriedad, se
diriga con negligente paso  su alcoba y tras ella, llevando la vela,
el joven panadero aquel de quien tanto haba yo desconfiado."

"Al llegar junto  Mara, la tom del talle para sostenerla y ella luego
le puso la mano en el hombro con voluptuosa languidez."

"Ante la evidencia de los hechos me sent aterrado, las sienes me latan
violentamente y queriendo ver ms todava, me aproxim tanto al horrible
agujero, que toqu la llave con la frente haciendo ruido como si
quisiese abrir la puerta."

"En el acto Mara di un grito de espanto, el hombre se estremeci, dej
caer la vela y todo qued en la ms negra obscuridad."

"Entonces yo me ergu con penoso esfuerzo y no pudiendo continuar en
pi, ca hacia atrs causando tal ruido, que sin duda lo percibieron
aquellos desdichados."

"Ay Padre! Slo Dios sabe lo que sufr en aquel lugar."

Aqu desfalleci la voz de D. Carlos, mas reponindose  pocos
instantes, continu:

"No puedo decir cunto tiempo estuve all cado."

"Slo recuerdo que en aquella hora de crisis de mi vida, habl mucho en
voz alta, llor, lanc gritos de nufrago y suspiros de agonizante."


LXX.

"Cuando pude darme cuenta de m mismo, ya estaba en la calle vagando al
acaso."

"Es seguro que dej abierta la puerta de mi cuarto y tambin la del
jardn, porque despus no encontr las llaves en mi bolsillo."

"Por nica fortuna, en medio de la demente perturbacin de mis sentidos,
haba tenido buen juicio para salir de aquel malhadado lugar."

"Aunque haca mucho fro, yo experimentaba los ardores de la insolacin
y el sudor de mi frente rodaba mezclado con mis lgrimas."

"Presa de una febril exaltacin y no sabiendo por qu calles andaba, de
repente corra queriendo huir de m mismo y luego me paraba como
buscando alguna cosa que hubiese perdido."

"Como estaba la noche obscura y mi alma rodeada de tinieblas, ignoraba
por dnde iba y me pareca que mis pis no tocaban el suelo."

"En una esquina tropec con el sereno que dorma y cayendo sobre su
linterna la hice pedazos."

"En el acto se levant el sooliento velador acometindome con su sable,
pero al conocerme murmur:--Dispense Ud."

"Yo sin contestarle segu andando apresuradamente."


LXXI.

"Despus no s por qu calle mir abrirse y cerrarse luego la puerta de
una pulquera de donde salieron varios hombres."

"A poco andar not que uno de ellos me segua; yo me detuve para que se
acercara y l me pidi un socorro.--No tengo, le dije con enfado y segu
andando; mas l insisti dicindome que no haba comido; entonces
record que yo tampoco haba probado alimento alguno desde la noche
anterior y continu mi camino; pero como aquel hombre no me dejaba, le
d tan fuerte golpe sobre la frente, que cay al suelo lejos de m."

"En el acto se me acercaron sus compaeros y la ronda que casualmente
pasaba por all."

"El jefe de la polica se puso  mis rdenes, yo sealando al herido
mand que fuera conducido  la crcel."

"Un da, como juez, torc la ley  favor de Mara Luisa y aquella
noche, como Ministro, vulner la justicia en mi propia causa mandando
encarcelar  un infeliz despus de haberlo ensangrentado! Y todo por
qu......? Porque estaba loco."

"Quiso Dios que me arrepintiera de mi ferocidad; en el momento llamando
 los guardas, dispuso que dejaran libre  mi pobre vctima y le mand
algn dinero."


LXXII.

"Despus de mucho andar y desandar, fatigado por la fiebre y el delirio,
me sent en una puerta temblando de fro y entonces advert que no tena
sombrero, por haberlo tirado cuando ca junto al sereno."

"Abrumado por ideas insensatas y padeciendo una especie de agona, ped
la muerte, llam al abismo y lament no tener con qu matarme."

"Desde luego mi evocacin desesperada no me pareci tan intil, porque
interrumpiendo el silencio de aquella triste noche, resonaron cerca de
m fuertes golpes de martillos y rechinos de cerrojos; acto continuo se
abri una gran puerta frente al lugar donde yo estaba, dejando ver el
interior de una casa como antro infernal donde vagaban sombras
siniestras en torno de una hoguera y corran hombres feroces profiriendo
maldiciones, arrastrando cadenas y llevando por todas partes hachones
incendiarios."

"Una hilera de gigantescos  inquietos animales se dibujaba en la pared
no lejos de las llamas, y en el fondo del gran patio un mnstruo
desmesurado, negro con grandes ojos de fuego, me vea sin moverse."


LXXIII.

"Nada ms  propsito para mi estado de locura, como aquella cueva
misteriosa que me atraa de una manera irresistible."

"Penetr  ella con ardor demente y llegando cerca del mnstruo, me v
en la indefinible situacin de los sonmbulos cuando al despertar, dudan
de lo que ven confundindolo con lo que han soado y les parece al mismo
tiempo todo ilusin y todo realidad."

"Estaba yo en el patio de la Casa de Diligencias, donde varios cocheros,
 la luz de una fogata, preparaban la salida del carruaje con grande
algazara, porque un tronco de potros nuevos no quera sujetarse al
tiro."

"En el instante form mi plan, pagu un asiento y sub al vehculo que
me haba parecido un animal del infierno, el cual parti con furiosa
rapidez."

"Ojal--deca yo--que esos caballos brutos azoten la diligencia en una
esquina y se acabe todo! Mas si esto no sucede, aun me queda el recurso
de precipitarme desde lo alto de aquellas rocas acantiladas que se alzan
en el camino de Tehuacn  Oaxaca,  hundirme en un remanso del ro de
Quiotepec."

"Poco despus me embarg un pesado sueo; pero concluyamos: en Puebla ya
me aguardaba la litera que tuvo Ud. la bondad de remitirme."

"Con la sola esperanza de morir continu mi viaje, trayendo la
desastrosa resolucin de suicidarme en este lugar consagrado  la
virtud, pues calculaba locamente que aqu  nadie comprometera,
mientras que si lo efectuaba en el camino, podran ser culpados de mi
desaparicin los inocentes conductores de la litera."


LXXIV.

"Ud. sabe lo dems, Padre mo,  Ud. debo la vida. Le ruego nuevamente
que me perdone lo que hice y lo que haga, porque la calma que ahora
siento, por desgracia, no es paz, es tregua solamente."

"Bajo este hbito protector aun se subleva mi corazn."

D. Carlos call y despus de unos instantes dijo con emocin profunda:

"S Padre. Aquella mujer era mi vida y no puedo olvidarla porque no
puedo morir!"

"Este amor insensato es un fuego deletreo, un elemento corrosivo que me
martiriza sin consumirme. Ya oprimido de invencible tristeza  agobiado
por tenaz misantropa quiero huir de m mismo y  veces pido y lloro en
el templo como si me hubieran robado la ltima esperanza de mi
salvacin."

Su voz se ahog en un sollozo y arrojndose en los brazos del anciano,
apenas pudo decirle:--Que hago, Padre? Qu hago?

El sabio Guardin que conoca maravillosamente el corazn humano, abraz
al pobre joven y permaneci en silencio esperando nicamente la accin
de la Providencia.

Era ya de noche cuando los dos amigos abandonaron aquel lugar;
alejndose trmulos y mudos, fueron  perderse como dos sombras  travs
de una calle de lamos que terminaba en la escalera del claustro.




TERCERA PARTE.


I.

El Padre Jos con sus atenciones y consejos haba logrado salvar  su
amigo de las garras de la muerte, pero muy pronto se persuadi de que no
podra curarse la fiebre de su alma.

Ni el prestigio de la virtud, ni los consuelos de la religin eran
bastantes para conjurar las tempestades que se alzaban en la conciencia
de D. Carlos; su corazn estaba herido de muerte.

La persuasiva elocuencia de aquel anciano que lea en el fondo de las
almas, se estrellaba en el loco excepticismo del joven esclavizado y
consumido por la eterna melancola de su pensamiento.

Se asombraba el Padre Jos de los estragos causados por aquel infortunio
que destrua violentamente una existencia tan estimable.

Condolido de sus inmensos dolores, aprovechaba toda oportunidad para
recordar al joven abogado, cmo haba podido triunfar de sus pasiones
oponiendo el perdn al agravio; hacindole admirar la sublimidad de la
virtud y el poder de los sacrificios que  veces no consuelan, pero
siempre honran, terminaba de esta manera:--El amor es una quimera
inagotable, que ha hecho derramar muchas lgrimas  la humanidad, ya
como el ngel que abre las puertas de la gloria  como una sierpe que
se enrosca en el corazn. Nuestro deber principal es saber sufrir. El
hombre ultraja pero el tiempo castiga y Dios perdona  todos, l slo
sabe su hora providencial en que descansan los corazones oprimidos y
nunca se olvida de recompensar al que ha satisfecho sus deberes.


II.

Mas todo era en vano; D. Carlos, insensible  los discursos del Padre
Jos, con el corazn fro y lastimado, guardaba silencio y slo algunas
veces, alzando su frente melanclica, responda con estos conceptos, ya
repetidos  modificados segn la intensidad de su abatimiento:--La
experiencia es intil para dirigir las pasiones. De qu sirve remover
las cenizas de un corazn que no puede revivir? Me estremezco sintiendo
hasta qu grado de miseria puede bajar el espritu del hombre cuando
pospone el pensamiento de la divinidad al profano amor de la criatura.
Yo cre que calmado el dolor vendra la indiferencia, despus el olvido
y el descanso; pero el amor es ms grande que la muerte. A veces creo
que el cielo me ha quitado la razn. De nada me ha servido acogerme  la
sombra del claustro. Cuando la vida ya no tiene vaguedad no hay
porvenir. La fuerza del deber y la voz de la conciencia no consiguen ms
que prolongar las agonas de mi alma. Estoy pasando das intiles sobre
la tierra. Mi corazn fundido en lgrimas oculta un inquieto fuego que
me devora y devorara todo lo que amo y todo lo que aborrezco. Quisiera
beber hasta el fondo en la copa del olvido y no s qu hacer ni Ud.
podra decrmelo porque eso es el secreto de Dios.

Como el Padre Jos haba conseguido la paz del corazn  costa de
infortunios, no perdonaba medios para curar  D. Carlos; pens, de
acuerdo con el mdico, llevarlo fuera de la ciudad, porque respirando el
aire puro del campo y viendo nuevos horizontes, era de esperar que
seran menos frecuentes las agitaciones de su alma.

Para el efecto prepar una estratagema piadosa y comprometedora.

Era costumbre en aquel convento enviar  los pueblos cercanos, en
ciertas pocas del ao, una comisin formada de dos miembros de la
comunidad para conseguir limosnas que ayudaban  sostener los gastos del
culto.

En das sealados partan los colectores  sus expediciones; uno de
ellos, el ms respetable, iba en una mula y el otro  pi; ambos
llevaban rosarios, cruces y reliquias para corresponder  los donantes;
 pocos das volvan con la mula cargada de comestibles y algn dinero,
dispuestos  emprender un nuevo viaje.


III.

Aquella comisin era nombrada por el Guardin y desde que lo fu el
ilustrado Padre Jos, agreg  la coleccin de rosarios algunos libros
de lectura y doctrina para los nios.

En ese ao, con gran sorpresa de toda la comunidad, el buen Guardin se
nombr  s mismo invitando  D. Carlos para que lo acompaara.

El enfermo baj la frente y obedeci.

Cuando los colectores salieron de la ciudad, ninguno de los dos pens en
hacer uso de la mula, lo cual hubiera sido imposible porque iba cargada
con un fardo que contena, sin contar con las reliquias, una regular
cantidad de ropas, libros y medicamentos, as como tambin algn dinero
puesto por D. Carlos,  quien pareca precisarle que se agotara su
capital en obras de beneficencia.

El prelado iba por delante dirigiendo la carga y  veces lea en su
breviario; D. Carlos tras l meditaba y sufra.

Era la primavera, el sol de la maana brillaba sobre la frente de los
viajeros, las montaas cubiertas de verdor, los campos sembrados con
plantas de diversos climas y los caminos guarnecidos por doble hilera de
rboles frutales, ofrecan sombra, frescura, mirajes y armonas.


IV.

El bondadoso padre se afanaba por levantar las fuerzas de D. Carlos con
el ejercicio del camino, los buenos alimentos y la contemplacin de la
naturaleza.

Como el objeto de aquel viaje consista en impartir la caridad ms que
en solicitarla, dispusieron apartarse de los caminos nacionales y de los
lugares muy concurridos para visitar solamente las pequeas poblaciones
y las cabaas de los pobres donde son ms notables las necesidades y se
pueden curar mejor los dolores del pueblo.

Cuando vean en la orilla del camino algn mendigo pidiendo limosna, le
daban un pan y un vestido; pero si estaba enfermo lo conducan al pueblo
inmediato para que fuese curado  sus expensas.

En algunos lugares que vean mujeres infelices cargadas de familia,
inmediatamente les daban cartas para que sus hijos fuesen recibidos y
educados en el convento; mas si entre aquellas criaturas encontraban
alguna que llevara el nombre de Mara, experimentaba D. Carlos
estremecimientos invencibles y tomaba datos de la familia y el lugar 
que perteneca, para dotarla y tenerla bajo su proteccin.

Aquellos agentes de la caridad disfrazados de frailes mendicantes,
llegaban  las habitaciones de los labradores, se detenan en la puerta
invocando el nombre de Dios y la paz entre los hombres y presentaban en
silencio una alcanca que las mujeres besaban con veneracin.

Despus de recibir los respetos del pobre y el bolo de la viuda,
dejndoles en cambio, libros, cruces y bendiciones, continuaban su
marcha; pero cuando bajo aquel techo de paja vean algn pobre viejo 
un recin nacido, regresaba D. Carlos  manifestar, que si algo haba
dejado l  su compaero lo cedan en provecho del ms necesitado, y se
retiraba con presteza.

Eso quera decir que intencionalmente haban puesto alguna cantidad de
monedas en la cuna del inocente  en el lecho del anciano.


V.

Al medio da se alojaban al pi de un rbol  bajo alguna de esas
enramadas porttiles donde se reunen los trabajadores del campo  comer
y pasar la siesta; all gustaban el banquete de la hospitalidad que
aquellas pobres gentes les ofrecan con insistencia.

Terminada la comida, el Padre les lea el libro de las bienaventuranzas
y D. Carlos les haca regalos que los dejaban admirados.

Un momento despus, los dos amigos desaparecan en el prximo bosque 
en un desfiladero dejando la paz y la instruccin en el alma de sus
huspedes como aquellos misteriosos caminantes que habiendo comido en la
tienda de Abraham, le anunciaron la felicidad de sus descendientes.

Al caer la tarde iban  pedir un albergue  la choza del guardamonte,
situada en la cumbre de una colina   la cabaa del pastor, que humeaba
en medio de las florestas.

En todas partes hallaban carios, atenciones y desventuras humanas.

El padre de familia se descubra la cabeza con respeto ante los
misioneros y desocupaba su habitacin para cedrsela, ofrecindoles la
mejor estera que tena; las mujeres preparaban la cena y los nios se
lavaban la cara para ir  besar la mano del venerable religioso que los
acariciaba con paternal dulzura.

Mientras cenaban, el anciano sacerdote sentado  la luz del hogar, en
medio de la familia, oa sus quejas, alentaba sus esperanzas y les
contaba las historias de Ruth y de Tobas.

Cuando ya la lumbre iba extinguindose y los nios estaban dormidos en
el regazo de sus madres, ofreca un libro  un vestido al jefe de la
casa, y  su esposa dinero y consejos para la familia.

Por ltimo, les daba su bendicin y se retiraba para hablar con Dios en
la montaa  para buscar  D. Carlos que pocas veces figuraba en
aquellas escenas porque, saciado de amargura, prefera vagar en los
bosques  permanecer inmvil  orillas de un torrente siguiendo el
profundo curso de sus sueos.


VI.

Antes del amanecer, los dos viajeros dejaban aquel hospitalario techo,
bien as como esas parejas de aves acuticas, que por las tardes del
esto llegan  las granjas, pasan la noche anunciando con sus cantos la
abundancia de las cosechas y al salir el sol alzan su vuelo para no
volver jams.

Cuando tenan necesidad de pasar por algn pueblo de importancia se
dirigan  la iglesia donde el piadoso ministro bautizaba  los nios
aconsejando la paz y la fraternidad mientras D. Carlos andaba en busca
de los enfermos y los pobres.

Su salida tenan que hacerla furtivamente para no escuchar las
aclamaciones de la gratitud  impedir que los detuvieran con splicas y
lgrimas.

La fama de su amable indulgencia, sus medicinas y beneficios de toda
especie, circul por muchos pueblos de indgenas.

Los enfermos iban  esperarlos por donde tenan que pasar, los dueos de
las fincas inmediatas les ofrecan sus carruajes, las madres alzaban en
brazos  sus hijos para que los conocieran y todos los consideraban como
mensajeros de la Providencia.

Ellos  su vez, tenan que ocultarse en las selvas y en los barrancos
para no ser llevados en triunfo.

Perseguidos as por las solicitudes de la miseria y las bendiciones del
agradecimiento, D. Carlos sufra mucho porque en lugar del reposo y el
olvido que se propuso encontrar en la soledad, se vea cargado de
atenciones y aturdido por el bullicio de los que le rodeaban sin cesar.


VII.

El Guardin compadeciendo  su amigo y calculando que aquella situacin
producira malas consecuencias para la salud y el crdito de ambos, un
da lleg  decir  D. Carlos:--Ya no es posible la vida que llevamos;
la ocupacin de instruir al pueblo es el ejercicio ms noble de la vida
y la caridad es un oficio de ngeles; pero amigo mo, por cuanto el
corazn del hombre est formado con tierra deleznable donde germinan los
gusanos del pecado, el bien que vamos haciendo, quizs pudiera engendrar
envidias ajenas y soberbias propias. Huyamos de aqu para ocultarnos
entre las cuatro paredes de nuestra casa, que sern un baluarte contra
la tentacin.

Caminando de noche por sendas extraviadas volvieron  su convento.

El da que llegaron fatigados y cubiertos de polvo,  todos extra que
no hubieran cumplido su misin porque no presentaban las importantes
limosnas que otros padres haban llevado en iguales casos y aun la mula
que debera cargarlas, la regalaron  un caminante porque vieron morir
de cansancio  su caballo.

Pero D. Carlos tuvo cuidado de que apareciera en la colectura del
monasterio una gruesa cantidad de dinero como producto de la expedicin.

Poco tiempo despus, observando el Padre Jos que si bien D. Carlos no
sanaba, por lo menos el mal haba detenido sus progresos, dispuso hacer
otra excursin por lugares en donde no fueran conocidos; pero ese viaje
no tuvo efecto  causa de varios sucesos inesperados.


VIII.

Una tarde se haba colocado el celoso Guardin en el confesionario para
oir  varias seoras que lo esperaban, cuando entr en la iglesia un
viejo invlido, tembloroso y macilento como si saliera de un hospital.

Iba cubierto de harapos, apoyndose difcilmente en una gruesa caa con
la que golpeaba el suelo  cada paso.

Sus ojos dirigan miradas recelosas por todas partes, la barba le
temblaba y su frente pareca inclinarse bajo el peso de una maldicin.

Llegando al confesionario, se dej caer de rodillas y exclam:--Padre,
Padre, yo quiero confesarme porque me muero de dolor y desesperacin!
Pero antes necesito hablar  solas con Ud. por fuera de la iglesia, para
decirle muchas cosas y llorar...... y dar de gritos......

El Padre, condolido de aquel septuagenario que apenas poda hincarse, lo
levant dicindole con persuasiva benevolencia:--Calma, hermano, calma;
para todo hay remedio si confiamos en Dios.--Tomndolo del brazo, lo
condujo  un rincn del atrio, en donde haba unas grandes piedras y lo
invit  sentarse  su lado.

El viejo mendigo, luego que pudo calmar su agitacin, habl sin ms
prembulos:--Yo me llamo Sebastin Gutirrez, fu criado de D. Carlos
Miranda cuando l era nio; ahora que estoy seguro de que vive
desgraciado y enfermo en este convento, vengo  suplicar  Ud. me
permita verlo, pues mi amo se encuentra as por causa de una mujer
que......--Basta,--dijo el Padre Jos interrumpindole:--Todo lo s y
como no puedo negar que aqu se oculta el Sr. D. Carlos, manifiesto 
Ud. que tiene la resolucin de no ver ms que  las personas de la casa
y no quiere saber cosa alguna que pueda recordarle sus desgracias.


IX.

Despus de unos instantes de silencio, en que Sebastin temblaba y
palideca, el Guardin tomando con una mano su venerable barba,
aadi:--Si Ud. tiene algo que confiarme respecto  su propia
conciencia......

--S, Padre, mi conciencia me pesa y me acusa,--clam Sebastin con los
ojos llenos de lgrimas,--Ud. puede saber lo que le habr contado mi
amo, pero no lo que ha pasado despus. Yo no he sido bueno como l;
queriendo vengarlo comet un crimen y no se borra todava de mis manos
la sangre que derram; por eso vengo  pedir  D. Carlos me perdone y me
permita servirlo durante la poca vida que me queda: si Ud. no puede
permitirme que le hable, djeme siquiera que lo vea de lejos y que viva
cerca de l, aqu, en la calle........ Impngame un castigo, mndeme 
la crcel, pero esccheme.

--Hable Ud., hable Ud.--repuso el Padre cruzando los brazos 
inclinndose para oir al mendigo, cuya voz espiraba en el fondo de su
pecho lastimado.

Sebastin exhalando un hondo lamento se expres de esta manera:

"Cuando yo vine de mi tierra fu  servir  la casa de su padre de D.
Carlos, que me quiso mucho y deca que, aunque tonto, era yo muy honrado
y me confiaba su dinero lo mismo que su hijo para que los cuidara."

"El da que fusilaron  mi buen Seor porque haba sido General de los
insurgentes, llor por l como por mi padre y me qued pasando trabajos
con el nio; pero despus la Seora me pag muy bien; por eso D. Carlos
me quera y yo tambin lo amaba como si fuera mi hijo, lo cuidaba mucho
y cuando se fu  Europa quiso llevarme, pero no se lo permitieron."

"El nio mi amo tena un to muy malo y una novia muy bonita que se
llamaba Mara Luisa."

Al pronunciar Sebastin estas ltimas palabras se dirigieron ambos
ancianos una mirada de inteligencia y de tristeza.


X.

El mendigo sigui hablando con ms calma:

"Mientras D. Carlos estudiaba en Madrid, muri la Seora su mam y
pronto supimos que ya l se haba casado y no regresara."

"Mara Luisa y yo, que tanto llorbamos por la Seora y su hijo, ramos
mal vistos por el to D. Juan, quien un da me despidi de la casa por
haber defendido el honor de aquella pobre muchacha."

"No pudiendo yo ir  Espaa en busca de mi amo, como eran mis deseos,
hice contrato de servir  un maestro de obras, que me llev  Michoacn
y con l aprend el oficio de albail."

"All pas algunos aos y cuando ya me senta rendido por el trabajo y
los pesares, me llam un Seor  quien le haba construido una casa y me
di mil pesos dicindome que me los mandaba D. Carlos."

"Hasta entonces supe que mi buen amo se hallaba en Mxico y no se haba
casado."

"Al verme dueo de aquella cantidad dije para m:--De qu me servir
tanto dinero habiendo encontrado  D. Carlos? Voy  devolvrselo y me
quedar en su casa siquiera de portero; l me mantendr en los ltimos
das de mi vejez."

"Ay Padre! Slo han pasado seis meses desde el da que tom camino para
Mxico llevando mis sesenta onzas de oro."

"Desde entonces he sufrido muchas penalidades; todava no era cojo, ni
manco, ni tan viejo como estoy ahora."

"Sin pensar en que muy pronto debera pedir limosna de puerta en puerta,
entraba en la Capital muy contento porque pronto iba  ver  mi amo,
cuando unos salteadores me quitaron el dinero y me dieron muchos
palos."


XI.

"Desnudo y lastimado llegu  la casa de D. Carlos con la esperanza de
hallar recursos y consuelos; pero en el zagun sent que las fuerzas me
faltaban y ca al suelo escuchando  un criado que me dijo:--Esta casa
es de D. Jos Lpez, su antiguo dueo D. Carlos ha muerto en Oaxaca."

"En cuanto volv en m, pens que estaba soando, pero seguro de la
realidad, quise luego venir para ver el lugar donde haba muerto mi amo
y pasar cerca de su sepultura los das que me quedaban de vida; mas no
tena con que hacer un viaje tan largo por lo cual comenc  trabajar
como simple jornalero."

"A pocos das supe que un Seor de Guatemala volva para su tierra y
necesitaba un criado; luego fu  ofrecerle mis servicios que acept,
prometiendo pagarme bien y dejarme en Oaxaca."

"La noche anterior  nuestra partida me llev  su casa para que lo
despertase temprano y luego mand que me dieran de cenar."

"Mucho gusto y dolor tuve al mismo tiempo, mirando que la cocinera de
aquella casa era la misma Josefa que serva en la de D. Carlos cuando me
corri su to."

"Luego me conoci y me dijo llorando:--Qu le parece  Ud. de la muerte
del nio?--y en seguida me di cuenta de todo lo que haba pasado
mientras yo viv en Michoacn, comunicndome que Mara Luisa y los otros
criados fueron despedidos, la Srita. Carolina entr en un colegio y
nadie volvi  tener noticia de D. Carlos hasta despus de algunos aos
que regres de Madrid hecho un caballero. Cuando encontr  Mara Luisa,
vindola que se haba desgraciado y andaba en mala vida, la recogi, la
puso en una casa muy buena, la di mucho dinero y la tena como si fuera
su hermana.--No me lo crea Ud., to Sebastin,--aadi la Josefa en voz
baja:--esto que voy  decirle lo he odo en el mercado cuando hago mis
compras; unos cuentan que ya estaba D. Carlos para casarse con Mara,
otros que se haba casado en secreto con ella; el caso fu, que una
noche la encontr con un hombre y al da siguiente se fu para Oaxaca
donde muri, pero algunos han dicho que se mat en el camino. El mozo de
su jardn y el sereno de la esquina cuentan que aquella noche anduvo
corriendo en la calle, sin sombrero, como si estuviera loco y yo he odo
decir al Seor de esta casa, que D. Carlos se meti  fraile, disgustado
por una inconsecuencia que le hicieron en el Gobierno, pero la verdad
slo Dios la sabe."


XII.

"Cuando Josefa me deca todo sto, sent que me temblaban las piernas y
se me mova el pelo de la cabeza."

"D. Carlos tan bueno y tan decente, burlado por una mujer canalla, se
haba muerto de pesar  se haba matado de vergenza y hasta en la plaza
se contaba su deshonra!"

"En el acto jur matar  Mara Luisa y  cuantos tuvieran la culpa de lo
sucedido; pero ya tena yo el compromiso de caminar al da siguiente y
pens que sera mejor venir  Oaxaca para persuadirme de que D. Carlos
ya no exista  hablar con l si era verdad que se hallaba en un
convento como dijo aquel Seor."

"En esa noche nada pude dormir; despus el camino me pareci muy largo y
slo pensaba en la venganza."

"Cuando me v en esta ciudad, dej al Seor de Guatemala y me dirig al
Panten para buscar el sepulcro de D. Carlos, pero no lo hall."

El viejo mendigo call unos instantes para tomar aliento, porque le
faltaba la respiracin.

Las lgrimas le caan mojando sus harapos; llevndose la mano  la
frente como para evocar recuerdos y detener la anarqua de sus ideas,
continu:

"El guarda del campo santo me dijo que sin duda mi amo haba sido
enterrado en alguna iglesia. Yo no me conform y volv al da siguiente,
pero como no s leer, fu antes  una escuela donde pagu porque me
pusieran en un papel, repetido con diversas formas de letra, el nombre
de D. Carlos Flix de Miranda."

"Varios das pas cotejando las letras de mi papel con las de todos los
sepulcros y nada consegu; despus anduve registrando los suelos de las
iglesias, pero tambin sin resultado alguno."

"Fu al curato, pagu porque me leyeran el libro donde apuntan  todos
los que se mueren y tampoco estaba el nombre que yo peda."

"No quise ni pensar en que mi amo estuviera enterrado fuera de la
iglesia y sin lpida como sepultan  los que se matan."


XIII.

"Acordndome de lo que saba Josefa, recorr los conventos y como  los
pobres todo les cuesta, segu pagando  jardineros y sacristanes para
que me dijeran los nombres de los religiosos."

"Cuando vine  revisar los sepulcros de esta iglesia y entr al
convento, fu recibido bien, pero al preguntar  un lego por el Sr. D.
Carlos, me dijo que haba prohibicin de dar noticias de lo que pasaba
en la casa y me orden que saliera."

"Desde aquel da mi corazn empez  decirme que aqu estaba D. Carlos."

"Siguiendo  visitar conventos y buscar sepulcros, andaba yo como si
estuviera loco y senta envidia al ver muchas gentes que llegaban  la
iglesia, se arrodillaban y muy pronto salan consoladas."

"Despus de ocho das perd la esperanza y me dispona para volver 
Mxico, preguntando en los pueblos del trnsito si haba muerto D.
Carlos en el camino; pero una tarde, al entrar en esto atrio, mire al
pi del campanario un grupo de limosneros y muchachos que haciendo
ruido, se agachaban y rean.--A m me toc un real.--deca uno.--A m
una peseta.--contestaba el otro."

"Cuando llegue  la puerta del templo, sent caer  mis pis un peso que
recogi una pobre anciana, sta empez  disputar con otra que no haba
podido tomarlo y aquella me habl diciendo:--Ud. dir, Seor, sta
quiere cogerse el peso habindolo tirado para m un padre muy bueno que
sale todos los viernes  dar limosna por el campanario."

"Antes de que acabara de hablar levant la frente y mir que asom la
cabeza en el balcn de la torre y la ocult luego el mismo D. Carlos."

"Entonces tuve placer y miedo creyendo que miraba  un muerto; sin saber
qu hara, entr  la iglesia y me dej caer al suelo como si estuviera
ebrio."


XIV.

"Haba encontrado  mi amo y no fu mentira lo que me contaron! Era
desdichado y por eso se ocultaba de todos, hasta de los pobres
limosneros!"

"Sintiendo nuevamente grandes deseos de vengarlo, en esa misma noche me
fu para Mxico."

"Luego que llegu v  Josefa, quien me asegur lo que antes haba
dicho; habl tambin con el jardinero y el criado de D. Carlos; ambos me
contaron cosas horribles."

"As como el que quiere casarse pasa frecuentemente por la casa de su
novia, yo haca otro tanto con la de Mara Luisa."

"Ella viva en una casa de altos muy bonita y cuando me vi pasar no
pudo  no quiso reconocerme."

"Desde luego procur informarme de su vida, med la altura de sus
balcones y entabl amistad con sus criados, los cuales me dijeron que
permaneca encerrada y tena relaciones con el hijo del panadero dueo
de la casa de enfrente."

"Pocas veces la vea y me alejaba de ella no tanto por temor de que me
conociera, como por la repugnancia que me causaba."

"Siempre iba vestida de negro y cada vez la encontraba ms plida y
enferma."


XV.

"Por fortuna, junto  la panadera y casi frente  los balcones de Mara
Luisa, estaban construyendo una casa, en cuya obra me coloqu de segundo
maestro."

"Como trabajaba diariamente sobre los andamios, poda ver con facilidad
la casa de Mara, medir su altura y conocer los lugares por donde
pudiera entrar  matarla."

"De noche continuaba pasando para ver quin entraba y sala de la casa,
pero siempre vea la puerta cerrada."

"Discurr conquistar la confianza del sereno encargado de cuidar la
calle, quien, como era joven y paseador, me dejaba su capote y su
linterna; yo haca la guardia pasando y repasando por la calle 
fingindome dormido en la puerta de Mara Luisa."

"Disfrazado de aquel modo pude notar que  las once de la noche sala de
su casa el panadero y cuando nadie pasaba, se diriga  la de Mara
Luisa, franqueando la puerta con su llave; casi siempre no sala de all
hasta poco antes del amanecer."

"Convencido de la verdad dej de hacer mis guardias algunas noches,
porque me dediqu  sacarle filo  un gran pual que me vendieron en la
mercera donde compraba herramienta para la obra."

"El extranjero  quien lo ped me dijo:--Para qu quiere Ud. este
cuchillo de monte, to Sebastin?--Y yo creyendo que en la cara me haba
conocido mis intenciones, le contest:--Para cortar dos cabezas de viga
que ya estorban en los andamios.--Esto servir mejor para cortar dos
cabezas de gente.--replic. Entonces sal corriendo de la tienda como si
me hubiera robado el cuchillo."

"Despus de algunas noches de trabajo, mi arma ya tena filo por ambos
lados y cortaba como navaja de barba; senta yo por ella mucho cario y
la guardaba debajo de mi almohada mientras dorma."

"Por fin, una noche que sali la criada de Mara Luisa y no cerr la
puerta, entr cautelosamente  la casa y me ocult tras de los macetones
que haba en el patio."

"Cuando dieron las diez sent que bajaron  echar la llave y apagaron
los faroles."


XVI.

"Pasado un rato lleg el hombro aquel y despus de correr el pasador, se
dirigi  la escalera en medio de la obscuridad con la firmeza del que
sabe por donde anda."

"Yo me quit los zapatos para no hacer ruido y sub tras l tocando los
escalones con las manos porque nada vea."

"Cuando lleg  empujar la puerta de la sala ya bamos casi juntos y no
me haba sentido; la puerta se abri y pude ver  Mara sentada en un
silln cerca del piano."

"El joven se precipit hacia ella que iba  pararse tendindole los
brazos; entonces le d tal pualada por la espalda que lo arroj sobre
Mara; ella cay en el silln dando un grito, l rod muerto  sus pis
y yo corr persuadido de que  los dos haba traspasado el pual."

"Con la llave que haba quedado puesta por dentro, cerr la puerta de la
calle y me ocult tras de los escombros de la casa donde trabajaba; pero
luego sent mucho miedo y corr para la ma."

"Por supuesto que nada dorm porque me pareca que ya me buscaba la
justicia."

"En cuanto amaneci me dirig  la obra hipcritamente y sub  los
andamios para ver lo que suceda en la otra casa; mas todo se hallaba en
silencio."

"Poco despus mir con gran sorpresa, que sali al balcn la madre del
joven que yo haba matado."

"Me figur que habiendo quedado herido, estara curndolo su mam; pero
la Seora se diverta muy tranquila con los que pasaban por la calle y
su semblante no denotaba cuidado alguno."


XVII.

"No pudiendo ya sufrir la curiosidad que me agitaba y el viento fro de
la maana, dej mi trabajo y entr  la panadera con pretexto de
comprar pan."

"--Ya sabe Ud. lo que pasa, maestro Sebastin?--me dijo el
dependiente."

"--Qu, ha pasado algo?--le pregunt mirndome la ropa, pues en aquel
momento advert que pudiera tener alguna mancha de sangre."

"El muchacho me contest:--Que la maldita mujer, esa que vive enfrente,
haca tiempo que llevaba relaciones con el hijo del patrn y anoche lo
asesin; pero ya se la llevaron  la crcel. Ud. dir: cerca de la media
noche sali al balcn diciendo  gritos que haba entrado un hombre para
robar y matar  todos; pero eso no es cierto; las criadas han declarado
que nadie pudo entrar porque haban cerrado con llave. Ya la esposa del
maestro est en posesin de la casa; dice que se la tomar en pago de
los daos y perjuicios."

"El pan que yo coma se me detuvo tanto en la garganta que ya no pude
hablar y sal de la tienda."

"Como tena fro y miedo, fu  tomar un vaso de aguardiente y segu
trabajando."

"Estaba yo poniendo la ltima piedra de la cornisa superior; desde all
pudo ver  la seora panadera entrar y salir al balcn y andar por las
piezas como si estuviera en su casa."

"De repente baj y parada en la puerta de la panadera, empez  decir
muchas maldiciones contra Mara Luisa."

"A todas sus conocidas que pasaban las detena para contarles lo que
llamaba _el caso_, las invitaba  que viesen la casa que ya consideraba
suya, ponderndoles el valor de sus muebles y deca manoteando:
--Afortunadamente me ha quedado una buena finca porque para
eso tiene uno hijos."


XVIII.

"Indignado contra la infame  quien ms preocupaban los espejos y
candiles que la muerte de su hijo, me v tentado de aplastarla tirndole
un trozo de cornisa, pues precisamente la puerta de su tienda quedaba al
pi de un andamio."

"En esos momentos sent que la bebida ya estaba descomponindome y al
voltearme para oir mejor lo que deca la panadera, puse un pi en el
vaco y ca sobre aquella mujer, sin hacerle gran dao por pura
casualidad."

"Al verme tirado dijo gritando:--Jess me valga! Otro muerto! Hoy es
el juicio final!"

--Justicia de Dios!--Murmur el Padre Jos moviendo la cabeza.

"Yo no perd completamente los sentidos,--continu Sebastin,--miraba y
oa sin poder hablar ni moverme y soportaba fuertes dolores en un brazo
y una pierna."

"Ya ve Ud., Padre, que Dios me castig tan pronto como lo mereca."

"Mientras bajaban mis compaeros  socorrerme, pas una seora que me
conoca y habl por m  la panadera diciendo:--Pobre maestro
Sebastin! No quiere Ud. que lo llevemos  su casa mientras vienen por
l?"

"No lo permita Dios!--Contest la mala mujer apretndose la cabeza,--si
acaba de morir mi hijo y no quiero estorbos en mi casa nueva. No ve Ud.
que se mancharan las alfombras?"

"Inmediatamente me condujeron al hospital."

"All por desgracia, v el cadver del joven que haba matado; estaba en
el corredor, tendido sobre una mesa de piedra muy limpia y para ms
tormento mo, me colocaron en una sala cuya puerta se abra frente  la
piedra, por lo que no dejaba yo de ver al muerto."


XIX.

"Pronto lleg el mdico seguido de varios estudiantes, que sin hacer
aprecio de mis quejidos, rodearon al cadver y le introdujeron un fierro
en la herida; hablaron muchas palabras de medicina y dijeron que el
pual de Mara Luisa debera ser ms que un sable."

"Despus platicaron iniquidades de aquella pobre mujer y refirieron
otros hechos de su mala conducta que yo no saba."

"Respecto al muerto aseguraron, que  pesar de ser criollo, estaba bien
formado y que haba sido un tonto."

"Despus de hacer pedazos al muerto y cuestionar sobre cada intestino y
cada ojo que le sacaban, lo pusieron en una tabla para llevarlo al
panten, sin que su familia se viera por all."

"Yo haba recobrado el habla, pero volv  perderla cuando aquellos
seores llegaron  martirizarme; todos me apretaban el brazo roto; unos
decan que sera preciso cortarlo y otros que no."

"Ya tenan puestos junto  m muchos fierros, que me horrorizaron porque
algunos eran como mi pual, cuando son una campana y se fueron diciendo
que volveran despus de ctedra."

"Tres meses viv en el hospital desesperndome con mis dolores y oyendo
diariamente que iban  cortarme las piernas y un brazo."

"Mi consuelo nico era el dueo de la casa donde haba trabajado, que me
remita un peso cada semana."

"Los remordimientos me hacan padecer ms que la enfermedad; todas las
noches crea ver al muerto sentado en mi cama y la sombra de D. Carlos
que pasaba junto  m reprochando mi maldad."

El mendigo se vi precisado  suspender su narracin para secar el
llanto que involuntariamente derramaba y luego prosigui:

"Por fin se contentaron los doctores con dejarme la pierna encogida y el
brazo seco."


XX.

"Luego que sal del hospital, fu  dar las gracias  mi protector,
dicindole que ya no recibira lo que me daba porque tena con qu
vivir, lo cual no era cierto, pero me avergonzaba de aceptar aquel
socorro, pues no me haba inutilizado en su servicio, sino por la
embriaguez y la malignidad."

"Solo, enfermo y mutilado, no me qued ms recurso que tomar este oficio
de limosnero en que voy acabando mi pobre vida."

"Al encontrarme entre los grupos de mendigos que ciertos das se
apiaban en las puertas de los ricos, recordaba la poca en que mi amo
era un nio y yo iba con l  repartir la limosna."

"Entonces me entristeca mucho, deseando con todo mi corazn llegar 
Oaxaca, siquiera para ver  D. Carlos y morir."

"A efecto de obtener lo que debiera gastar en el viaje, me resolv 
pedir mucho, comer poco y guardar todo lo que me dieran en monedas."

"Senta fro y temblor de cuerpo cuando pasaba por la casa de Mara y de
pronto no quise tomar informes de su situacin; mas para poder dar  D.
Carlos alguna noticia, si me la peda, me atrev  preguntar en la
crcel por la prisionera, diciendo ser su to."

"El alcaide me dijo que haba salido en libertad, pero estaba muy
enferma; entonces una de las presas oyendo mis preguntas, grit tras de
la reja:--Quin? _La matona_? Buena alhaja de sobrina tiene Ud.;
despus que quiso darse importancia con nosotras, porque somos pobres,
como todo se paga en esta vida, cuando se le acab su riqueza y tuvo tal
enfermedad que ni se puede decir, nos peda por amor de Dios que le
pasramos un vaso de agua."

"Yo estaba confundido y el alcaide agreg:--En efecto, se fu muy
enferma y pobre, pues una de sus casas la dej  la familia del difunto
para que retirara su acusacin y la otra tuvo que venderla para pagar
las costas del juicio. Adems, ella dijo que lo restante se lo tom no
s quin; el caso es que ahora tiene que andar pidiendo limosna."


XXI.

"Al salir de all rogu  Dios no permitiera que llegase  ver  Mara,
considerndome responsable de tanta desgracia; mas no tard mucho en
hallarla porque siendo ambos limosneros debamos encontrarnos en el
mismo camino."

"Cierto da, entrando en una de las casas donde me socorran, la v que
llegaba cojeando."

"Estaba muy negra, sucia, encalvecida y ms invlida que yo; tena los
ojos hundidos, demasiado salientes los huesos de la cara y  cada paso
que daba repeta una queja  una maldicin."

"En la frente y  un lado de la boca mostraba unas llagas muy feas como
si le saliera por el rostro la lepra de su alma corrompida."

"Con el rebozo hecho pedazos y llevando en el brazo un canasto tambin
roto, exhalaba un aire pestilente al grado de que los mismos mendigos
huan de ella y la llamaban por sus antecedentes _La matona_."

"Despreciada por las mismas gentes despreciables, era tan infeliz, que
yo aborrecindola, llegu  sentir compasin al verla que apenas poda
recoger lo necesario para vivir."

"Un da busqu al seor que me haba favorecido en el hospital y volv 
pedirle el peso de cada semana, dicindole que haba otro ms
desgraciado que yo  quien quera socorrer. Aquella limosna se la
enviaba  la pobre Mara con otro mendigo porque yo no quise mirarla de
cerca."


XXII.

"Cuando la vea sentada en la puerta de una iglesia  en la esquina de
un portal, causando asco y sufriendo que todos huyeran de su lado, se me
figuraba una de esas viejas aves de rapia que despus de haber chupado
la sangre de animales incautos, viven abandonadas sobre una roca y se
mueren de hambre en los muladares."

--Castigo del cielo!--Exclam el Padre, y el mutilado tomando aliento,
concluy:

"Como Mara es joven y solamente por los pesares y la enfermedad estaba
consumida, muy pronto se repar cuando ya tuvo algo con que alimentarse
y vestirse."

"Al poco tiempo not que sus llagas desaparecieron, se le compuso el
color, le creci el cabello y dej de pedir limosna."

"Ya no quise saber ms de aquella pobre mujer y me dispona para venir 
buscar  D. Carlos, cuando una tarde al pasar por la taberna que hay
frente al cuartel de caballera, o la voz de Mara Luisa y me detuve."

"La desdichada disputaba con un soldado borracho que la deca
insolencias  intentaba pegarle forcejeando con otros que se lo
impedan."

"Luego conoc que aquel hombre tena para ella derechos de marido  de
verdugo, porque cuando se calm, le dijo Mara:--Vmonos  mi casa para
que no ests aqu escandalizando.--Y sali con l tomndole el brazo."

"Lo que llamaba su casa era una accesoria que no distaba del cuartel.
Sentado yo en la banqueta, no lejos de la puerta, tuve por ltima
desgracia que oir ruidos de llanto y golpes, que salan de aquel cuarto;
luego se abri la puerta y el soldado brbaro sali  la calle
arrastrando de las trenzas  la infeliz, que daba gritos y golpeaba el
suelo con la frente."

"Entonces ocurrieron algunos hombres de la pulquera y del cuartel."

"Un jefe mand al soldado  la crcel y unos borrachos cargaron con
Mara Luisa en direccin al hospital."

"Para qu deseaba yo ms venganza? Haba visto  la desgraciada bajar
de sus salones  los calabozos, luego comer de limosna, despus vivir en
un cuartel y al fin caminar para el hospital."


XXIII.

"Me alej de all como si estuviera loco; no sabiendo qu hacer, tom el
camino de Oaxaca."

"Y aqu estoy, Padre, con mis dolores y mis remordimientos. Ahora, Ud.
castgueme  avsele  la justicia; pero que no lo sepa D. Carlos; ya he
pensado que no soy digno de llegar  su presencia; slo quiero verlo de
lejos y morir donde l est. Ud. que es bueno pdale  Dios que me
perdone."

Estas ltimas palabras las pronunci Sebastin hincado, gimiendo y
bajando la frente hasta tocar las rodillas del anciano prelado.

Despus de largo rato en que hablaron con voz muy baja, dijo el Padre al
afligido pordiosero:--Vaya Ud. en paz; yo creo que no estar lejos el
da que pueda permitirle abrazar  D. Carlos; entre tanto quedar Ud.
bajo la proteccin del convento.

El pobre invlido se levant sereno y consolado, como el paraltico de
la Piscina cuando escuch la voz del cielo que le dijo: _Levntate y
anda_.

Desde aquel da qued Sebastin como mandadero del monasterio; pero sin
poder pasar adentro, comunicndose nicamente con el Padre Jos.

D. Carlos apenas se dejaba ver por el claustro, pasaba como una sombra,
su acento slo se oa en la iglesia cuando exhalaba plegarias y quejidos
arrancados de la profundidad de su tristeza.

Viva ms retrado que nunca, pensando solamente cmo distribuira su
fortuna en provecho de los necesitados.

Esta idea pudo realizarse con oportunidad durante las plagas que
asolaron  Oaxaca por aquel tiempo.


XXIV.

Un da lleg Sebastin muy agitado y dijo al Padre Jos
palideciendo:--El clera est en Mxico, acaban de contrmelo.

--Ya era tiempo.--contest el Guardin con su habitual serenidad.

Y no pasaron muchos das sin que llegara el azote de Dios  las
fronteras de Oaxaca.

Segn los datos adquiridos por un sabio de aquella poca, la peste sali
de la India Oriental  principios del siglo y emple diez y seis aos
para recorrer una extensin de cinco mil kilmetros de Norte  Sur y
catorce mil seiscientos de Oriente  Poniente, invadiendo con sus
horrores mil cuatrocientas poblaciones y arrebatando cuarenta millones
de individuos.

Como un conquistador irritado, atravesando mares y montaas, lleg 
Mxico el mensajero de la muerte, armado con su terrible guadaa y
seguido por un ejrcito invisible de microbios devoradores.

El cielo se cubri con nubes color de plomo, la atmsfera saturada de
gases mortferos estaba tibia y amarga, el hombre inclin la frente con
pnica tristeza bajo tan inmenso castigo y la eternidad abri sus
puertas para recibir  las vctimas.

El clera-morbo, como chispa elctrica, pasaba de un pueblo  otro
haciendo destrozos; terrible mnstruo arrojado sobre un rebao
indefenso, atropellaba, hera, devoraba y desapareca, para volver acaso
ms hambriento.

En ocasiones acometa slo al ms cobarde olvidando al valiente  pasaba
sin daar  los pequeos llevndose  los poderosos; cuando pareca
saciarse y adormecerse, despertaba repentinamente para matar al que
haba dejado herido.


XXV.

Cuando el clera se apareci en la infeliz Antequera, por todas partes
se vean semblantes plidos y puertas cerradas.

Los cobardes y los creyentes iban temblando  la casa del mdico y  la
casa de Dios, mientras que los espritus fuertes se ocultaban en las
suyas para temblar tambin.

Las campanas tocaban  muerto con triste clamoreo.

El Vitico era llevado de puerta en puerta; muchas casas quedaron
deshabitadas, en otras slo se oa rezar el oficio de agonizantes y en
las bocacalles reunanse los cortejos fnebres para seguir el camino del
panten.

Tres golpes de una campanilla y el eco de una voz imperiosa que gritaba:
_El carro_, anunciaban  los pobres el penoso deber de abandonar en un
inmundo carretn los cadveres de sus padres  de sus hijos para que
fuesen arrojados y confundidos en la fosa comn de los colricos.

Las boticas y las iglesias estaban llenas de gente y la voz del plpito
recordaba el juicio de Dios.

Los viciosos se arrepentan, los deudores pagaban y los infieles pedan
perdn.

Los padres de familia como generales en da de batalla, vean caer  su
lado y morir uno  uno todos sus hijos, hasta que rodaban ellos mismos
heridos mortalmente.

Dos amigos se aplazaban en la noche para verse al da siguiente y antes
del amanecer estaban en la eternidad.

Los mdicos iban y venan pudiendo trabajosamente acudir  los
llamamientos de todas partes y los agentes de polica eran pocos para
contar las vctimas.

El primer caso de clera que se supo en el monasterio fu el de
Sebastin, que albergado en la casa de un amigo del Padre Jos, pudo
salvarse, aunque su enfermedad fu muy larga por haber sido tambin
atacado de fiebre  causa de sus alucinaciones y remordimientos.


XXVI.

Desde luego el anciano Guardin dej su autoridad en manos de otro
Padre, y D. Carlos, aunque cansado y enfermo, consum un sacrificio ms,
resolvindose  salir de su retiro con riesgo de que conociera el mundo
su existencia y sus desgracias.

Los dos amigos organizaron un plan de servicio y proteccin  los
colricos.

El departamento ms amplio del monasterio, qued convertido en hospital
y una botica recibi los fondos suficientes para despachar las medicinas
que pidiesen los pobres.

Sin temor al contagio, el joven y el anciano andaban da y noche por los
barrios ms distantes visitando  los infelices apestados.

El Padre llevaba un libro, y su compaero una caja con medicinas; el
primero daba consuelos y esperanzas; el segundo remedios y monedas; el
uno hablaba de Dios y de la eternidad y el otro prometa  los
moribundos recoger  sus padres decrpitos y  sus hijos abandonados.

El religioso era visto por el pueblo como enviado de la Providencia, y
_el Padre Flix_, como todos le llamaban, fu declarado un mdico
excelente.

El nuevo hospital se llenaba con los enfermos que recogan sus activos
fundadores y los que iban de todas partes, resultando sorprendentes las
curaciones debidas  los cuidados y los gastos que se prodigaban.

Los pobres, los hurfanos, los enfermos y los miedosos que aun no
estaban atacados de la peste, ocurran en grupos al convento como lugar
de refugio.


XXVII.

A toda hora y de todas partes, incluyendo las casas de los ricos, eran
llamados aquellos ministros de la beneficencia, no siempre para curar el
mal inevitable, pero s para decir una palabra consoladora en el umbral
de la tumba.

As trascurrieron algunas semanas y el clera segua, pero la clera del
cielo no estaba satisfecha; la ciudad culpable necesitaba para su
expiacin otra pena ms, que no fu tan grande pero igualmente
aterradora.

Vino la guerra con sus venganzas y sus horrores; ese vrtigo de sangre y
de furor, esa lucha insensata con que Dios ha castigado  la descontenta
humanidad, desde los tiempos de Can y de sus hijos.

Un caonazo disparado del cerro de la Soledad, al anochecer de un da
lluvioso, anunci que haba llegado la hora de la matanza.

Cerrbanse las puertas de las tiendas y las casas, hombres y mujeres
corran para ocultarse donde les era posible, los clarines tocaban
generala, los empleados civiles y militares se dirigan al fuerte de
Santo Domingo y prontamente quedaron las calles desiertas y los mercados
vacos.

Slo se oa el ruido de las armas de algn ayudante de rdenes, que
pasaba violentamente y el andar precipitado de los que conducan al
campo santo el atad de algn colrico, no de otro modo que si huyera la
muerte de la muerte misma.

Poco despus dejse ver desde las azoteas el ejrcito sitiador, que
compuesto de algunos batallones, avanzaba sobre la ciudad por el lado
del Oeste, compacto, silencioso y brillante como una gran serpiente de
colores con escamas de acero.


XXVIII.

Las revoluciones que no tienen por objeto libertar  un pueblo, son
abortos de la falsa poltica y el malestar de la sociedad.

En su infancia las naciones lo mismo que los individuos, cometen
lamentables locuras; detestan hoy lo que adoraron ayer y vuelven 
pedirlo para despus abandonarlo.

Como resultado de las desgracias inseparables  la emancipacin de los
pueblos, se forman partidos poderosos  intransigentes, que de ms 
menos buena fe defienden sus principios con encarnizamiento, y de la
terrible contienda entre las ideas y las pasiones,  veces resultan
inocentes las vctimas  inocentes los verdugos, pero casi siempre se
menoscaban las costumbres  la integridad nacional.

En la noche de las revoluciones aparecen militares vidos de gloria, y
polticos sin experiencia que se precipitan desde la cumbre de las
teoras, proclamando excelentes principios los cuales puestos en
prctica suelen producir consecuencias funestas; entonces la
civilizacin se atrasa y se empequeecen los destinos de la patria.

Y ms todava; por una inevitable fatalidad, como esas rocas
incandescentes que salen de los volcanes, surgen del caos revolucionario
espritus fogosos y extraviados, que ateos en poltica  fanticos en
religin, destruyen las mismas instituciones por las que arriesgan su
vida.

Ellos y no el pueblo son los que con afn turbulento hacen chocar las
ideas contra los hechos y representan dramas salvajes de pasiones y
miserias, en cuyo desenlace aparece la libertad salpicada de sangre y
heridas mortalmente las creencias de los corazones.


XXIX.

En aquella poca el ilustre poeta Lamartine pintaba el estado poltico y
social de la Francia en estos trminos:

"...... Al principio no fu ms que un combate; bien pronto sigui una
ruina; el polvo de esta lucha y de esta ruina lo ha obscurecido todo y
no se ha sabido ni por qu, ni en qu terreno, ni bajo qu bandera se
combata. Se ha hecho fuego como en la obscuridad de la noche, contra
los amigos y contra los hermanos; las reacciones han seguido  la
accin; los excesos y los crmenes han mancillado  los partidos de
todos colores; los hombres han abandonado con horror la causa que el
crimen supona servir y que la perda como las pierde todas; se ha
pasado de un exceso  otro y los movimientos tumultuosos no se han
comprendido mejor que las vicisitudes de la batalla. Todo era confusin
y desorden; todo era triunfo y derrota, entusiasmo y desaliento."

Esta era tambin la situacin convulsiva y tumultuaria de Mxico.

El pueblo que haba obtenido su libertad improvisando hroes y
ofreciendo mrtires, ansioso de luz y de progreso, se levant en actitud
revolucionaria sin saber cmo constituirse.

Lleno de odio por lo antiguo y amor  lo desconocido, pidiendo derechos
y olvidando deberes, lleg  los lmites del despotismo despus de haber
desgarrado sus libertades.


XXX.

Los elementos sociales permanecan confundidos, todos los ciudadanos
queran mandar y nadie obedecer.

Corazones mezquinos y cabezas extraviadas, conducan  las ciegas
multitudes por falsos caminos en busca de ideales impracticables.

Adoptbanse todas las formas posibles  imposibles para dirigir al
pueblo, desde el gobierno de hecho emanado de un motn, hasta el imperio
absoluto y desde la constitucin ms liberal, hasta el reinado del
terror.

Dos partidos iracundos se haban retado  muerte; uno queriendo cambiar
el rgimen estacionario del pasado, reclamaba derechos y reformas; el
otro, cansado por una libertad tempestuosa, peda un gobierno central,
como el nufrago que se agarra de una tabla de su bajel despedazado.

Cuando uno de los contendientes posea la Capital, dictaba leyes y haca
tratados internacionales, mientras el otro, merodeando en los
Departamentos, asechaba tenazmente  su enemigo para derribarlo y ser
derribado  su vez.

Por una parte la reaccin conservadora y por otra el enciclopedismo
revolucionario, dividieron largo tiempo la nacin y deshonraron los
dogmas polticos que defendan.

Entonces hasta los hombres pacficos, las mujeres y los nios tenan un
partido que proclamaban con energa, distinguindose por sus odios y aun
por el color de sus vestidos.


XXXI.

Los dos bandos presenciaban indiferentes las agonas de la patria
llevando sus disputas hasta el pi del altar, y por una monstruosa 
increble anomala Triste es decirlo! el uno en nombre de la religin
asesinaba y el otro predicando el progreso retroceda.

Mas no debemos culpar de un modo absoluto  los hombres de ayer, que por
otra parte, muchos de ellos ofrecan talentos superiores y bien merecen
el respeto de la generacin actual.

En aquella poca de hierro y de sangre la nacin mexicana cometi
grandes locuras porque no saba qu hacer ni de qu asirse, careciendo
de la experiencia que la vieja Europa lleg  conseguir despus de
muchos siglos de combate.

Aun no haba sonado la hora en que de las llamas y los escombros de
aquellos incendios surgieran hombres extraordinarios como el coloso de
Paso del Norte, que grab en la frente de los reyes el sagrado lema de
que "El respeto al derecho ajeno es la paz."

Tampoco brillaba en la escena poltica el bizarro caudillo que hoy
protege los destinos de su patria, el Edipo mexicano nacido bajo el
cielo de Antequera y predestinado para destruir la esfinge de la
revolucin.

En aquel ao funesto una parte del Estado de Oaxaca desconoci al
gobierno de la Capital.

Los promovedores de aquella borrasca civil clamaban contra el Presidente
de la Repblica, protestando que ya no era posible soportar el peso de
su autocrtica tirana, y aquel magistrado, no queriendo perder tan
bello territorio, movi sus tropas con el propsito de sofocar lo que l
llamaba desenfrenada rebelin.


XXXII.

Las fuerzas expedicionarias, ufanas con la esperanza que se inspira  s
mismo un cuerpo disciplinado cuando cae sobre una provincia rebelde,
ocuparon la parte baja de la ciudad y tendieron su lnea de operaciones
en las calles que la dividen de Oriente  Occidente, abriendo fosos y
alzando barricadas.

Al mismo tiempo sus enemigos encerrados en el inexpugnable convento de
Santo Domingo, con su fama de valientes y hacindose la ilusin de
marchar en triunfo  la Capital, estaban resueltos  todo.

Las avanzadas se aproximaron al grado de poder insultarse arrojando
alaridos de fiera; las piezas de artillera se pusieron frente  frente
y empez el combate de hermano contra hermano.

Un fuego nutrido de fusilera resonaba sin cesar por todas partes
infestando el aire, y los caonazos disparados de Santo Domingo enviaban
muy lejos la destruccin y la muerte.

Al mismo tiempo el clera continuaba diezmando la poblacin.

El soldado que no rodaba al golpe de la metralla caa herido por la
peste.

La mujer hambrienta que se haba salvado del clera  iba buscando el
pan de sus hijos, debera morir atravesada por una bala fratricida.

Por un resto admirable de humanidad en ambos partidos, convinieron
aquellos asesinos disciplinados, en no hacer fuego sobre los indefensos
transeuntes que corran buscando  los mdicos; stos, para
distinguirse, iban  caballo de da, y de noche portaban una linterna.

Sin embargo de aquellas precauciones, no faltaron vctimas del deber y
de la caridad; varias veces los cadveres llevados al panten recibieron
balazos  travs de su fretro, como si no hubiera sido certero el golpe
que la muerte les haba dado en el corazn.


XXXIII.

El Padre Jos y su noble compaero, llegaron  convertir el monasterio
en casa de asilo y hospital de sangre.

A riesgo de ser traspasados por las balas, recogan heridos, enterraban
muertos  iban  todas partes donde haba rastro de sangre  lamentos de
agona.

Ellos no eran adictos  partido alguno, miraban  los jefes como
ministros de la clera de Dios y  los soldados como ciegos instrumentos
de justo castigo.

En honor de la verdad es preciso decir que ambos misioneros eran
respetados y queridos por las dos facciones; tenan paso franco en las
trincheras y los cuarteles, porque el ejercicio del bien goza
privilegios de honor entre amigos y enemigos, desarmando la malignidad
del corazn humano aun entre las hordas de salvajes.

Viendo que se prolongaba tanto aquella crisis terrible, los dos amigos
intentaron conjurarla, para lo que tuvieron un mismo pensamiento.

El veterano de la Independencia crea ver la sombra de Morelos
horrorizndose con tantos desastres y el joven abogado senta
desfallecimientos al contemplar el suicidio de su patria.

Seguro el uno con el prestigio de su pasado glorioso y el otro de su
genio diplomtico, y confiados ambos en las consideraciones que gozaban
en los dos partidos, se dirigieron  sus jefes para proponerles una
suspensin de hostilidades, en la cual se procurara el avenimiento ms
honroso para ellos y benfico  la poblacin.

Los jefes opuestos eran hombres de buena voluntad, peleaban defendiendo
el ideal que para ellos representaba la causa de los buenos y  la vez
ya no queran ms derramamiento de sangre.


XXXIV.

Por una y otra parte hubo consejos de guerra, para los que fueron
invitados el sacerdote y el jurisconsulto.

Uno les hablaba de la paz, la prosperidad y la honra de la nacin,
conviniendo en que sera necesaria una reforma en las costumbres y las
leyes; el otro peda libertades, progresos, decretos generosos 
instituciones benficas.

Probaron que la poltica debe consistir en hacer  los pueblos dichosos
y pidieron en nombre de la patria moribunda, que se suspendiese la
guerra mientras poda redactarse una constitucin general fundada en los
principios del progreso y la justicia, que aboliendo los fueros, los
privilegios y las antiguas preocupaciones detuviera el terrible huracn
de la demagogia.

Aquel proyecto de libertades y derechos iguales para todos, de impulso
al trabajo y respeto al pensamiento ajeno, alentara el patriotismo
desfallecido, dndole  Mxico crdito, prosperidad y orden social.

El nuevo plan cuyo primer artculo daba una amnista general, debera
ser enviado al Presidente de la Repblica para que lo sometiera  la
discusin de un congreso nacional convocado al efecto, y entre tanto,
los cuerpos beligerantes conservaran sus puestos.

Aquella solucin no poda ser ms benfica y consoladora; pero no
pareca sino que un espritu de vrtigo habase apoderado de todos los
corazones.

El egosmo, esa eterna dolencia del espritu humano, ha sofocado muchas
veces el sentimiento de la patria.

La sociedad de aquel tiempo pasaba por una poca de turbulencia y de
pasin en que no era practicable ms ley que la desptica voluntad de
los fuertes.

Aunque la iniciativa de D. Carlos fu acogida con entusiasmo por los
polticos de buena fe y por los militares honrados, que con gusto
depusieron sus armas ante la magistratura del talento, entre sitiados y
sitiadores se hallaban muchos hombres de secta y de partido, espritus
mezquinos y corazones ambiciosos, esclavos de su inters personal,
quienes no queriendo hundirse en su antigua nulidad y aspirando  un
premio por la sangre derramada, se opusieron  todo con declamaciones y
razonamientos sin lgica y sin ejemplo.


XXXV.

Funcionarios improvisados que no queran perder sus empleos, sargentos
de un da y generales del da siguiente, traficantes de mezquina
poltica y sanguinaria codicia, intimidaron  los jefes, alucinaron  la
tropa con la promesa del saqueo y todo arreglo se hizo imposible.

Declaradas intiles las negociaciones, alzse otra vez la bandera de la
muerte y tron el can de las barricadas.

El Padre Jos y su ilustrado colaborador volvieron  tomar las vendas de
los heridos y el libro de los agonizantes.

Aquellos hombres abnegados que sin particular inters pusieron la mano
entre la boca de los fusiles y la vida de los ciudadanos, se haban
adelantado medio siglo con sus ideas.

No era la tolerancia, la transaccin, ni el olvido del pasado lo que
poda pedirse por entonces.

En el momento supremo de una revolucin, el que trata de adelantarse es
arrebatado por la avalancha y el que se atrasa tiene que hundirse en el
surco que aquella forma cuando resbala por la montaa.

El premio que alcanzaron los generosos mediadores fu la maledicencia de
algunos partidarios encarnizados.

Gibelinos para los gelfos y gelfos para los gibelinos, stos llamaron
retrgrado y fantico al Padre Jos, y muchos de los otros, impo  D.
Carlos de Miranda. Fantico el que hablaba en nombre de la humanidad!
Retrgrado al que haba derramado su sangre por la libertad de un
pueblo extrao! Impo el que curaba las heridas de sus enemigos!

As es el mundo.

Una noche se advirti que haban cesado los fuegos, slo se oa el
alerta de los centinelas y el ruido del carro de la muerte que pasaba
cargado de cadveres; de tiempo en tiempo, un caonazo disparado de
Santo Domingo recordaba que no haba terminado la carnicera.


XXXVI.

El Padre Guardin se haba ocultado para rezar en una capilla que se
abra en la iglesia, junto al presbiterio.

Repentinamente oy los golpes continuos del bastn de Sebastin que lo
buscaba.

El viejo limosnero haba sanado del clera, pero estaba muy dbil
todava y slo se ocupaba en pasar recados al Guardin.

--Padre, Padre, le dijo acercndose, acaban de contarme que ya estn
levantando el campo las tropas de Mxico; asomado al postigo he visto
pasar grupos de soldados en desorden; unas mujeres iban compadeciendo 
los heridos que han quedado abandonados en el cuartel.

--Vamos  traerlos.--dijo con viveza el religioso levantndose y ambos
salieron de la capilla.

--Lo haba yo dicho.--murmuraba suavemente el Padre Jos.--En esa
horrible lucha de las ideas y los caones, era preciso que triunfaran
las ideas.

En aquel momento se oy  lo lejos una fuerte detonacin, luego el ruido
espeluznante que producen las granadas al pasar como si una gran
serpiente corriera silbando por los aires, y despus una luz rpida y
fosfrica inund la iglesia.

El edificio se estremeci, los cristales de las ventanas y las estatuas
de los altares cayeron en pedazos, una nube de polvo y de humo se alz
del suelo y las lmparas se apagaron.

Era que haba entrado una granada por la linterna de la capilla y
cayendo en el mismo punto de donde se haba levantado el Padre Jos,
hundise en el pavimento; al estallar hizo una excavacin en forma de
sepulcro.

Sebastin huy aterrado y D. Carlos lleg  reunirse con el Padre, que
sin sentir alterada la serena paz de su alma, contemplaba el lugar donde
haba corrido el peligro de recibir al mismo tiempo la muerte y la
sepultura.

Un momento despus los dos se dirigieron al cuartel con el farol de la
contrasea.

La noche estaba fra y silenciosa, el aire pareca repetir las quejas de
los heridos y al mismo tiempo se oan rumores como de tropa que
marchaba.

A no ser por algunos disparos de fusil que sonaban  lo lejos, se
hubiera dicho que la ciudad estaba en la ms profunda calma.


XXXVII.

El cuartel distaba mucho del convento y tuvieron que detenerse varias
veces para ser reconocidos por algunas guerrillas que protegan la
marcha de los fugitivos y evadirse de otros soldados ebrios que decan
blasfemias, disparando sus armas al aire.

En el zagun del cuartel tropezaron con algunos cuerpos muertos que
haban sido arrastrados all por falta de tiempo para sepultarlos.

El silencio reinaba en aquel edificio abandonado, un hedor de sangre y
de plvora infestaba las obscuras galeras cuyas paredes hmedas
ofrecan,  varios trechos, rtulos infamatorios escritos con carbn.

Leos, municiones y fusiles rotos, estaban esparcidos por el suelo y del
fondo de un corredor salan murmullos y gemidos.

Al entrar en la pieza obscura donde se oan aquellos lamentos, D. Carlos
que llevaba el farol, distingui en el suelo un bulto informe cubierto
con una jerga sucia y agujereada; era el cadver de un sargento joven,
rubio y grueso que acababa de morir; tena las manos ensangrentadas y en
su rostro quedaba impreso el ltimo gesto de la agona.

D. Carlos se inclin sobre el cadver para tocarle la frente y
cerciorarse de que no le quedaba un resto de vida, mientras el Padre se
haba dirigido al fondo de la pieza porque le pareci escuchar un
quejido.--Venga Ud. con la luz,--dijo  D. Carlos--aqu est una mujer
agonizando.

En aquel suelo hmedo, sobre una estera inmunda, teniendo por almohada
un rollo de harapos, estaba tendida una joven luchando con las
convulsiones del clera.

Plida y bella, casi desnuda, con el pelo destrenzado y la cabeza vuelta
hacia atrs, lanzaba por todas partes miradas moribundas.

Pareca una flor marchita en la maana de su vida, una paloma muerta y
pisoteada en el fango.


XXXVIII.

D. Carlos aproxim la luz cuanto pudo; entonces la enferma tuvo un
estremecimiento, lanz un grito de terror y cubrindose el rostro con
las manos exclam:--Dios mo! El muerto! y qued desmayada.

A la vez D. Carlos tir el farol gritando:--Mara Luisa! Mara Luisa!

La pieza estaba completamente obscura.

En el arrebato del momento, el amante de Mara se arroj sobre ella para
estrecharla en sus brazos, pero el anciano lo detuvo dicindole con voz
terrible:

--Valor, amigo mo, lo que aqu precisa es un mdico, vaya Ud.  traerlo
porque esta mujer se muere.

El joven obedeci maquinalmente, corri como un loco en las tinieblas
pisando los cadveres tendidos en el corredor y se lanz  la calle.

A esa hora las tropas de Santo Domingo bajaban haciendo fuego sobre las
trincheras para posesionarse con precaucin de la plaza desocupada.

D. Carlos se diriga precipitadamente  la casa de su mdico y cuando
algn centinela le gritaba:--Quin vive?-- le marcaba el alto, l
responda con penoso acento:--Un mdico! Un mdico!--y continuaba su
carrera.

Hubo un momento en que no escuch la voz de unos soldados que lo
llamaban y slo se apercibi de ello al sentir en el rostro varios
golpes de piedras y tierra desprendidas de la pared por una bala que le
haban disparado.

El plomo desvi su direccin quizs porque la muerte se compadeci de
tan inmenso dolor.


XXXIX.

Entre tanto el Padre Jos haba encendido el farol y la enferma volvi
de su paroxismo.

Aquel prudente anciano, que saba demasiado la historia de Mara Luisa,
pudo penetrar en las tinieblas de su corazn para consolarla y
sostenerla.

Ella pens que  la ltima hora de su vida se apareca la sombra de D.
Carlos acusndola ante Dios y ante los hombres.

Baada en lgrimas cont al Padre cmo haba rodado de abismo en abismo
y cmo fu tan ingrata con aquel hombre virtuoso que tanto la haba
querido y perdonado, hasta quedar esclava del sargento que yaca muerto
cerca de ella.

Despus de un rato de angustiosa fatiga, el enfriamiento del clera se
apoder de su corazn y con acento suplicante dijo:--Padre, le ruego que
por caridad, llame  el alma de Carlos y en mi nombre, pdale perdn.

Al punto dej caer su lnguida cabeza como la flor que rueda por el
suelo cuando un vil gusano ha llegado  morder su tallo vacilante.

Su agona fu tranquila y momentnea.

El Padre no quiso decirle que D. Carlos exista; poniendo entre sus
manos un pequeo crucifijo, pronunci en su odo palabras de salvacin.

La pobre mujer volvi  balbucear el nombre de D. Carlos y muri.


XL.

El infatigable Guardin sala de aquella sala en busca de otros
moribundos cuando lleg D. Carlos con el mdico; mientras ste se
diriga al saln de los heridos, el Padre fu  encontrar  su amigo, le
seal el cielo y lo abraz exclamando:--Es la voluntad de Dios!

--Muri!--dijo D. Carlos con voz ronca y vibrante.

Era media noche; la soledad, las tinieblas y la muerte dominaban en el
cuartel abandonado.

Apenas se oa en medio de aquel silencio augusto, el aleteo de algunas
aves nocturnas atradas por el olor de la sangre, y las quejas
lamentables que salan del obscuro departamento de los heridos como de
un antro de dolores.

Callado, inmvil, lleno de profundo estupor, con la cabeza inclinada y
el corazn aterido, permaneca D. Carlos mirando el cadver como si se
dejara llevar por un sueo que le presentase todos los recuerdos de su
vida, desde cuando Mara Luisa era nia y le peda socorro, hasta el da
en que la dej seguir su propio destino.

Aquel techo negro que pareca tapizado de cortinas fnebres, aquel
cuerpo inanimado, rgido, casi desnudo y bello todava, semejando una de
esas estatuas yacentes obscurecidas por los siglos en los sepulcros
antiguos; un amante desolado llorando  sus pis, otro cadver ms all
en la actitud de la desesperacin y el sacerdote orando  la luz de la
moribunda lmpara, formaban un cuadro tristsimo y solemne.


XLI.

El Padre Jos, respetando el dolor de D. Carlos, se retir  seguir su
oracin en la obscuridad; de tiempo en tiempo alzaba la voz para repetir
alguna de estas lamentaciones del libro de Job:

"Dios mo! T slo sabes los lmites del infinito y eres dueo de la
vida y de la muerte...... T me la diste y t me la quitaste......
Bendito sea tu santo nombre."

Habiendo dado el sabio religioso algunos consejos  su amigo,
refirindose  Mara Luisa termin:--Era una mujer de grandes pasiones.

--Era un ngel que Lucifer arrastr al mundo y el mundo le cort las
alas!--replic D. Carlos con desesperacin.

A pesar de las huellas que deja el clera en el semblante de sus
vctimas, en los labios de la muerta pareca vagar una sonrisa; sus
manos apretaban con fuerza el crucifijo; dirase que su pecho palpitaba
al contacto de aquella prenda de redencin.

Mas en su mejilla se adverta una cicatriz honda y obscura, era el
estigma indeleble, que como un cauterio imprime el vicio con sus besos
de fuego.

Despus de unos instantes de angustioso silencio, D. Carlos alz la
frente diciendo con amarga expresin:

--Padre: Ahora qu hacemos?

--Vamos  darle una sepultura digna de su postrer
arrepentimiento,--contest el anciano envolviendo el cadver en su
propia capa.

Entonces D. Carlos, ardiendo todava en aquella pasin que lo haba
subyugado siempre, se arroj sobre el cuerpo de Mara, lo abraz por
primera vez, como si quisiera deshacerlo  inspirarle nueva vida y
ponindolo sobre su hombro derecho, sali de aquel triste lugar
precedido por el Padre que llevaba el farol.


XLII.

Las calles estaban desiertas, el aire gema tristemente y las estrellas
temblaban en el firmamento que revestido de un azul obscuro y profundo,
pareca un gran sudario salpicado de lgrimas.

El convoy fnebre, compuesto de la desgracia, la virtud y la muerte,
pasaba silencioso entre las sombras.

El Padre iba por delante diciendo en voz baja los salmos penitenciales y
alumbrando  su amigo que apenas poda caminar con aquella carga tan
pesada y tan querida.

Mara Luisa gravitaba sobre D. Carlos aun despus de la muerte.

Su mejilla dura y helada tocaba el cuello ardiente del joven y su
hermosa cabellera movida por el viento, acariciaba el rostro de D.
Carlos, como para enjugar su llanto en seal de pstuma  intil
gratitud.

l caminaba oprimiendo sobre su corazn el cuerpo de Mara Luisa y el
Padre  veces detena su marcha para alumbrar mejor y contemplaba con
asombro aquel tardo himeneo de la muerte con el infortunio.

Cuando llegaron al convento, el Guardin abri la iglesia con una llave
que siempre llevaba y D. Carlos corri  depositar el cadver de su
amada en la capilla de la Virgen que lo haba salvado del suicidio,
quedando mudo  inmvil reclinado en el altar.


XLIII.

El Padre sali de la capilla y regresando luego con la pala y el azadn
del jardinero, acab de abrir un sepulcro en el mismo lugar donde pocas
horas antes haba estallado la granada.

Triste destino el de aquella mujer excepcional, que despus de haber
pasado su vida en la constante anarqua de las pasiones, hubo de hallar
un sepulcro en el hueco que abriera el proyectil de la revolucin!

En medio de un silencio absoluto y con religiosa veneracin pusieron
ambos el cadver en su lecho de tierra.

D. Carlos coloc en el rostro de Mara su pauelo mojado con lgrimas.

La tierra cubri aquella fatal belleza; su amante cay de rodillas
murmurando una oracin y el Padre se retir.

Al punto una fuerte rfaga de viento entr por las vidrieras rotas y
apag la lmpara del altar.

El desdichado joven, como si temiera que le robasen los despojos de su
amor que haba ocultado en el secreto de la tumba, no quiso salir de la
capilla.

Detenido por una fuerza sobrenatural, permaneci all veinticuatro horas
en vigilia solitaria y dolorosa.

Sus recuerdos y sus pensamientos chocaban y se confundan en aquella
tumba, como los restos del buque despedazado se adhieren  la roca donde
los lleva la tempestad.


XLIV.

Al anochecer del da siguiente, el Padre Jos compadecido de tanto dolor
y temiendo que la debilitada existencia de D. Carlos se agotara con el
sufrimiento, quiso ir  pedirle  mandarle, si era necesario, que se
retirase  descansar; pero hasta la media noche sus mltiples atenciones
le permitieron dirigirse  la capilla.

Despus de orar un momento, fu adonde se hallaba D. Carlos postrado con
la frente sobre la tierra y los brazos extendidos.

Intilmente le habl, le toc el hombro y le movi la cabeza creyendo
que dorma; D. Carlos Flix de Miranda, por fin gozaba de la eterna paz,
haba muerto de dolor abrazando el sepulcro de aquella mujer tan
querida, tan ingrata y tan funesta.

l lo haba dicho: la vida de Mara era su vida.

El anciano sacerdote que debera tener un cuerpo de hierro para resistir
tantas fatigas y un corazn de oro para padecer y amar como l sufra y
amaba, tom en sus brazos el cuerpo de su amigo, lo tendi al pi del
altar y di gracias al cielo por haber quitado del mundo aquel pobre
hombre que ya no poda vivir con una llaga tan grande abierta en el
corazn.

Luego se dirigi al prtico de la iglesia donde Sebastin dorma y lo
despert.

El pobre viejo desde que cargaba tantos remordimientos, no poda dormir
bien, por lo que se levant muy asustado murmurando:

--Mande mi padre.

--Sebastin,--le dijo el religioso con triste acento:--ahora ya puedo
permitirte que veas y abraces  tu amo,--y lo invit  entrar en el
templo.

El mendigo lo sigui aturdido.


XLV.

Aquel gallego de corazn duro, envejecido en el indiferentismo de la
vida material, aquel asesino que saba matar  sangre fra, di un grito
de horror al ver que D. Carlos estaba muerto, se irgui con desesperado
esfuerzo y solt su bastn diciendo:--Mi amo! Mi padre! Mi
hijo!--luego llorando se dej caer y bes los pis del cadver.

Pasado un breve rato, dijo el Guardin:--Es preciso darle un sepulcro
ignorado como l me lo pidi.

Con los tiles que en la noche anterior haban quedado tras de un altar,
cavaron una sepultura junto  la de Mara Luisa.

Antes de colocar el cuerpo en la fosa, el Padre Jos le quit del cuello
la medalla que Mara le haba dado cuando era nia y la entreg al
mendigo, que la bes llorando.

Por ltimo, tom el padre la mano del cadver, la estrech fuertemente 
invocando el espritu de Dios sobre aquellas dos tumbas se retir.

Sebastin cubri la sepultura de su amo y cada paletada de tierra que
arrojaba, iba mezclada con su llanto.

Al otro da ofreci el Padre Jos un sacrificio ante los sepulcros de
aquella pareja infortunada y cuando se propona descansar de tantas
impresiones, le avisaron que lo buscaba el Secretario del Gobierno.


XLVI.

Aquel religioso septuagenario, que como el Apstol de Corinto, haba
sido varias veces proscrito, encarcelado, herido y sentenciado  muerte,
as como tambin querido y venerado por ciudades enteras, aun deba
soportar un golpe ms en castigo de ajenos delitos.

Pero la paz inmaculada de su conciencia no se alteraba con las
ingratitudes ni las aclamaciones ni los golpes de fortuna.

En tantos aos de pruebas y combates adquiri una filosofa profunda y
elevada; todos los sobresaltos de su vida los consideraba dirigidos por
la mano de Dios.

Si se hubiese ilustrado entre los sabios de la antigua Grecia, sin duda
hubiera sido jefe de una escuela fatalista.

En la Edad Media, no de otro modo que Pedro el Ermitao, hubiera podido
con su fe y su valor arrojar  medio mundo sobre el otro; pero en los
tiempos de positivismo, de negaciones y de dudas en que vivi, slo era
un pobre fraile que curaba enfermos y enterraba muertos, un hroe
olvidado que como el santo poeta de la Arabia, luchaba con amigos y
enemigos, diciendo tranquilamente  la hora de las grandes vicisitudes:
"Ha de llegar el da de la compensacin y aunque hubiere muerto vivir."

El alto funcionario que buscaba al Guardin era un joven abogado,
correcto y elegante, que haba sido educado por el mismo Padre Jos.

Estimbanse ambos cordialmente, el Licenciado respetaba  su maestro y
siempre oa su voz como la de un orculo.

Aquel da, sentados el uno frente al otro, tuvieron la siguiente
conversacin.


XLVII.

--Padre, hoy estamos de plcemes y yo me congratulo ms, porque traigo
para Ud. una buena noticia.

--Ciertamente debemos felicitarnos porque ya ces el derramamiento de
sangre y la peste va desapareciendo.

--Hay ms todava; el Seor Gobernador me manda participe  Ud., que
acaba de salir el decreto de expulsin para los sbditos espaoles;
razones de alta poltica y necesidades de la situacin han obligado 
dar este paso; pero dice Su Excelencia, que como Ud. es ms mexicano que
espaol y por sus servicios hechos  la patria tiene ttulos gloriosos y
derechos  la gratitud nacional, ser Ud. una excepcin, pudiendo
permanecer con nosotros.

--Y  qu otras personas excepta ese mandato?

--A ninguna, Padre, pero el Seor Gobernador quiere tener con Ud.
solamente, una distincin, una......

--Una tolerancia.

--S, Padre.

--Siendo as, puedes manifestar  Su Excelencia que mi alma le agradece
su bondadosa distincin; pero que con la mano en la conciencia rehuso
ese favor. Muy doloroso me ser dejar este pas, porque aqu he hallado
la paz del corazn y veo  todos ustedes como hermanos y como hijos,
respeto la razn de estado que haya tenido el Gobierno para dictar esa
determinacin y tal vez los pequeos servicios que durante mi juventud
prest  la causa de la libertad pudieran clamar en mi favor; pero yo no
debo renegar de mi nacionalidad ni el decreto de que me hablas puede
hacer mencin de mi persona. T sabes que los efectos de una ley slo se
suspenden con otra; si yo aceptara esa tolerancia, comprometera
ciertamente la honra del jefe del Estado.

--El Gobernador puede......

--Los gobernantes no pueden lo que no deben hacer. Por otra parte, hay
en Oaxaca muchos espaoles, que ajenos  la poltica, merecen toda
consideracin y yo no debo anteponerme  esas honorabilsimas personas.
Qu diran del Gobierno y de m los que me vieran permanecer tranquilo
mientras mis hermanos caminaban al destierro? Cmo vera correr las
lgrimas de la viuda y de los hurfanos, disfrutando yo las comodidades
del claustro?


XLVIII.

El venerable prelado call unos instantes como reflexionando en lo que
iba  decir; luego aadi con noble dignidad:

--Los que nos llamamos liberales y tanto hemos defendido la igualdad
poltica del derecho hemos de practicar la desigualdad en los hechos?
Para la administracin que acaba de constituirse  costa de tanta
sangre, no es decoroso barrenar las leyes el mismo da que las promulga.
Eso sera herir el derecho ajeno y entronizar el absolutismo bajo el
dosel de la repblica; yo creo que un gobierno prudente deber estudiar
mucho sus determinaciones antes de sancionarlas, porque los excesos de
la libertad conducen al despotismo; pero en el ejercicio de su deber, le
es deshonroso inclinarse ante las consideraciones de amistad y los
respetos humanos.

--Sin embargo, Padre...... Cmo podra Ud. caminar?...... Su salud y su
edad no se lo permitirn, y adems, si va Ud.  Espaa...... sbese all
que combati en las filas de la insurreccin......

--No tengas cuidado, verdad es que ya me inclino al sepulcro; pero Dios
me dar fuerzas. No s si el gobierno de mi patria me habr borrado de
la lista de los proscritos; mas ahora pienso dirigirme  Guatemala,
donde tengo hermanos que me darn un rincn para clamar  Dios y servir
 los hombres; maana partir. No olvides manifestar al Seor Gobernador
mi agradecimiento. T, sigue siendo bueno y acurdate de m.


XLIX.

El joven funcionario, conmovido ante la generosidad y el valor de
aquella noble alma, insisti y suplic en vano, hasta que bajando la
frente con respeto, se despidi del religioso despus de compararlo con
aquel filsofo de Atenas, que llen de bendiciones y consuelos al
portador de la cicuta enviada por sus enemigos.

Era el 24 de Junio, haca seis meses que el activo Guardin haba
removido y aliado el convento para recibir  D. Carlos Flix de
Miranda, y ese da, dijrase que haca otro tanto para dejar los restos
de su amigo abandonados en un rincn de la iglesia.

Preparaba su marcha y la recepcin del nuevo Guardin, adornando el
convento  inventariando libros, papeles, imgenes y vasos sagrados.

Concluido todo esto, se retir  la casa que haba servido  D. Carlos,
huyendo de la multitud de personas que iban  procurar impedir su viaje
  despedirse ofrecindole ropas, monedas y lgrimas.

Antes de que amaneciera el da siguiente, tom el bastn de peregrino
con que haca veinte aos haba llegado al monasterio pidiendo asilo
como extranjero suplicante y entr  la iglesia llevando bajo el brazo
un pequeo bulto que contena su breviario, su pasaporte y sus cilicios.

All encontr  Sebastin que haba velado sobre la sepultura de D.
Carlos.


L.

Arrodillado el anciano religioso ante el altar de aquella Virgen que
tanto amaba y de quien haba recibido consuelos y milagros, se despidi
de ella y or por sus hermanos, por su patria, por la paz de Mxico y
por el alma de D. Carlos.

Luego dirigindose al viejo invlido, le dijo suavemente:

--Levntate, porque ya nos vamos.

--A dnde, Padre?--Murmur Sebastin ponindose en pi.

--Al destierro.--Contest el prelado;--T tambin eres hijo de Espaa y
todos debemos obedecer  Dios y  los que gobiernan en su nombre.

Pero yo soy gallego,--insinu Sebastin vivamente impresionado y aadi
en el acto como para dar ms peso  su respuesta:--Y cmo dejaremos 
D. Carlos?

--D. Carlos ya no necesita de nosotros.--Dijo el Padre hacindole sea
de que lo siguiera, y ambos dejaron el templo.

Temiendo ser vistos y detenidos por el pueblo, que segn se saba,
estaba dispuesto  impedir la partida de su bienhechor, salieron por la
puerta del campo y hacia el Sur de la ciudad tomaron un camino slo
frecuentado por los pastores y los contrabandistas, en la falda del
Monte Albn.

El Padre caminaba por delante rezando en voz baja; Sebastin cojeando
lloraba y le segua.

La aurora los sorprendi al llegar  la cumbre de una colina, donde la
vereda desciende con direccin al Valle Grande.

All existe todava una triste acacia que abre sus ramas
horizontalmente, como para ofrecer al viajero la nica sombra que puede
hallar en ese lado de la montaa.

En aquel punto se pararon ambos de repente y volvieron la vista hacia la
ciudad.

Haban odo la campana de su convento llamando  la oracin.

La brisa de la maana mova ligeramente la barba del Padre Jos y
refrescaba la frente ardorosa de su compaero.


LI.

El cielo empezaba  teirse de un color anaranjado, la suave luz del
crepsculo dibujaba en lneas indecisas  travs de una niebla ligera,
el panorama de la ciudad con sus jardines, sus casas blancas y sus
torres encarnadas.

Las aves al despertar hacan salir armoniosos murmullos de las copas de
los rboles.

El ro de Atoyac, brillante y perezoso, pareca una serpiente de plata
durmiendo  los pis de la vieja ciudad, y en el fondo de aquel cuadro,
el monte azul de San Felipe ocultaba sus altas crestas entre nubes de
aljofarada filigrana.

El Padre permaneci un momento sereno y pensativo.

Sebastin temblaba cubrindose el rostro con las manos.

El uno diriga la ltima mirada  la tierra de la hospitalidad; el otro
ya no quera ver ms el lugar donde quedaba la mitad de su corazn.

De repente dijo el Padre al invlido con voz emocionada:

--Hermano: Adelante...... No tengas cuidado, en todas partes hallaremos
 Dios y su Providencia.

Y continuaron su camino en busca de una nueva patria.




      *      *      *      *      *      *




Nota del Transcriptor:

Errores obvios de imprenta han sido corregidos.

Pginas en blanco han sido eliminadas.

Las versalitas (letras maysculas de tamao igual a las minsculas)
han sido sustituidas por letras maysculas de tamao normal.



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