The Project Gutenberg EBook of La Gente Cursi, by Ramn Ortega y Fras

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Title: La Gente Cursi
       Novela de Costumbres Ridculas

Author: Ramn Ortega y Fras

Release Date: December 24, 2014 [EBook #47768]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA GENTE CURSI ***




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  Nota del Transcriptor:


  Se ha respetado la ortografa y la acentuacin del original.

  Errores obvios de imprenta han sido corregidos.

  Pginas en blanco han sido eliminadas.

  Letras itlicas son denotadas con _lneas_.

  Letras oscuras son denotadas con =signos de igual=.

  Las versalitas (letras maysculas de tamao igual a las minsculas)
  han sido sustituidas por letras maysculas de tamao normal.




  URBANO MANINI, EDITOR, MADRID




  LA
  GENTE CURSI


  NOVELA DE COSTUMBRES RIDCULAS


  ORIGINAL DE

  D. RAMON ORTEGA Y FRIAS


  [Ilustracin]


  ADMINISTRACION

  CALLE DE SERRANO, NM. 14, BARRIO DE SALAMANCA

  MADRID.--1872




     Esta obra es propiedad de D. Urbano Manini, y nadie sin su
     consentimiento podr reimprimirla ni traducirla.

     Queda hecho el depsito que marca la ley.


IMPRENTA DE JOS A. MUOZ, ALMIRANTE, 7




CAPTULO I

La mujer casamentera.


Hay quien tiene al ridculo ms miedo que  la muerte, as como hay
quien pone todo su empeo en caer en el ridculo ms lastimoso.

Sabemos que es trabajo perdido hacer advertencias  los tontos y  los
ncios; pero de estos los hay de dos clases: los que lo son por
naturaleza, y los que pudiramos llamar contagiados. Si los primeros son
incurables, porque no puede modificarse su organizacion, para los
segundos hay remedio, y h aqu por qu escribimos este libro.

No temas, lector, que te fatiguemos con disertaciones morales 
cientficas, pues sabemos demasiado bien que una obra como la presente
es preciso que ante todo encierre el inters del drama, y que si se
escribe con el buen fin de ensear, de corregir vicios sociales, es
preciso que ensee recreando, que corrija deleitando.

Por ms que los tipos que vamos  presentarte, amado lector, estn
copiados del natural, y aunque son verdaderos casi todos los episodios
que vamos  darte  conocer, este libro es al fin una novela, que unas
veces te har reir y otras llorar; una novela cuyo artificio habrs de
seguir detalle por detalle, paso  paso, hasta el desenlace, que de
seguro desears conocer. Lela como quien no piensa ms que en solazarse
y en matar el tiempo, que es cosa que saben hacer muy bien los
espaoles, y aunque no quieras habrs de pensar alguna vez en lo que
nunca has pensado; tal vez comprenders lo que no has comprendido,
porque no te has tomado la molestia de examinarlo, y tambien suceder
que al leer alguna pgina digas: Esto ya lo sabia yo; lo cual no ha de
desagradarme, pues es precisamente lo que busco, lo que deseo, lo que me
propongo.

Lo que no es de todos tiempos, lo que no es un vicio social engendrado
por las pasiones inherentes  nuestra naturaleza, sino consecuencia de
las costumbres de una poca  de los extravos de una generacion, no
tiene nombre en ningun idioma, y como es preciso que lo tenga, se le
pone, y esto no lo hacen las academias literarias, ni los sbios
aisladamente, ni siquiera los hombres de mediana ilustracion, sino la
masa popular, el vulgo, y entre el vulgo el ms ignorante quiz de sus
indivduos. La nueva palabra, rechazada primero porque no reconoce una
etimologa griega, ni siquiera latina, hace fortuna  despecho de las
eminencias cientficas, se acepta, y todos la usan como absolutamente
indispensable para hacerse comprender.

Decimos esto, para justificar el ttulo de la presente obra.

Hay en la sociedad un crecido nmero de indivduos que han llegado 
formar verdadera _clase_, y que no tenian calificacion. Este tipo, que
no se parece  ninguno, es digno de ser estudiado. Como no tenia nombre,
se le puso. Quin? No lo sabemos, aunque s tenemos la seguridad de que
se fragu en la cabeza de un hijo de la risuea Andaluca.

Qu significa este nombre?

Nada por su etimologa, y sin embargo, dice mucho al oido y es preciso
reconocerle un gran mrito. La combinacion y sonido de las slabas de
una palabra expresa por s una idea triste  alegre, una cosa sublime 
grotesca, delicada  ruda, y esto sucede con el calificativo de las
gentes que nos proponemos pintar. Los que no conozcan nuestro idioma, no
pueden comprender lo que significa la palabra _cursi_; pero al oirla
pronunciar no ha de quedarles duda de que se refiere  algo que es
ridculo, grotesco  cosa por el estilo, y en esto precisamente consiste
el mrito de la calificacion.

No busqueis otra, porque no la tenemos en nuestra rica lengua, y en vano
le buscarn equivalente en otro idioma los que quieran honrar una vez
ms nuestro ingenio y traducir este libro.

El tipo que nos ocupa lo encontrareis en todas las clases de la
sociedad; pero donde abunda es en esa clase desgraciada que est entre
el obrero y el aristcrata, entre el capitalista y el mendigo; esa clase
que es rica y se muere de hambre; que es pobre y gasta como los ricos;
que tiene todas las necesidades y ningun recurso, y que disponiendo de
grandes recursos, sabe hacer abstraccion de todas las necesidades.

El _cursi_ no puede equivocarse, no puede confundirse, no puede pasar
desapercibido. Se distingue por sus maneras, por su lenguaje, por sus
gustos, por sus inclinaciones y hasta por su aspecto, y si no hubiera de
acusrsenos de exagerados, diramos que se les conoce hasta en la sombra
que proyectan.

No es esto verdad?

Serian dignos de compasion si no fuesen dichosos, porque  pesar de lo
mucho que en ocasiones sufren, creen que representan un gran papel,
sienten halagado su amor propio, y son as felices.

Los que no tienen talento, ni corazon, ni vergenza, son dichosos; esto
nadie lo ignora.

La criatura cursi tiene corazon, pero nada ms, y el corazon, sin el
compensador unas veces de la inteligencia, y otras de la dignidad  de
la voluntad, sin algunas virtudes; el corazon, repetimos, es como la
barquilla sin timon, velas ni remos, que flota  merced del revuelto
oleaje y concluye por sumergirse  estrellarse en las rocas.

Vamos  concluir, porque ya hemos dicho bastante para advertencia 
aclaracion.

Particularmente la mujer de la clase que intentamos retratar, tiene un
porvenir bien triste, pues por las condiciones de su carcter y por las
circunstancias de su manera de vivir, se acerca, aunque lentamente,  un
abismo, sin que de ello se aperciba hasta que est en el fondo de donde
no puede salir. El nio que corre tras la mariposa, cree que un paso ms
no tiene importancia, y paso tras paso se aleja tanto, que cuando quiere
volver  su hogar no encuentra el camino.

As van, lo mismo el hombre que la mujer, hasta el ltimo extremo de
todos los extravos, y hasta el crmen.

Y aqu principia nuestra historia.

Las nueve de la noche habian dado.

El mes de Julio principiaba.

En Madrid, en Julio y  las nueve de la noche, el calor sofoca bastante
para que se comprenda cmo los que habitan cerca del Ecuador pasan la
existencia en dulcsima ociosidad, y  trueque de no moverse se resignan
 no comer.

Dicen que la ociosidad es madre de todos los vicios; pero nos parece que
este refran no es aplicable con exactitud  todos los climas.

Permtasenos creer que en los pases donde la temperatura es muy
elevada, la ociosidad, en vez de ser madre de todos los vicios, es
fuente de todas las delicias.

Salvo algunas calles, no ms que algunas del centro de la Villa tres
veces coronada, se veian en las dems muchas criaturas que se habian
acomodado en las aceras para aspirar el ambiente, si no fresco, al mnos
puro de la noche, y decimos puro, en cuanto es posible en una poblacion
como Madrid, donde respiran y bullen sin cesar ms de trescientas mil
personas.

Abiertos estaban todos los balcones, y abiertas de par en par las
puertas de los cafs y horchateras.

Los afortunados que pueden ir en coche, recostbanse indolentemente
sobre los blandos almohadones de sus vehculos, y los que no tienen
otros medios de locomocion que sus pis, iban y venian flojamente, y de
vez en cuando sacaban el pauelo para limpiar el sudor que corria por
sus rostros.

Ya estaba el Prado lleno de paseantes, jvenes en su mayora, exhibiendo
las mujeres sus encantos y mirando  los hombres como si con los ojos
dijesen:

--Cualquiera de esos me conviene para marido, pues lo que importa es
casarse.

Por desgracia, son muchas las mujeres que no piensan de otra manera en
el casamiento.

En cambio ellos,  la vez que se extasian contemplando tanta belleza,
parece como que andan recelosos y sobrecogidos por el temor de que
alguna de aquellas mujeres consiga lo que desea.

Tambien vagaban algunas personas por los jardines de Recoletos, y
algunas parejas, buscando la soledad y la sombra, entregbanse  las
delicias de un amor misterioso.

Todo esto y mucho ms tendremos ocasion de examinarlo detenidamente;
pero ahora es preciso que abandonemos las calles y paseos, para
introducirnos en la vivienda de doa Robustiana del Peral, tipo que por
ser raro es digno de nuestra atencion.

No habeis visto nunca personas que se complacen en que se casen sus
amigos, y trabajan sin descanso para conseguirlo as?

De seguro habreis visto alguna, y si habeis sospechado que algun
mezquino inters las movia, os equivocsteis.

Hay personas, particularmente mujeres, que no teniendo otra cosa que
hacer, se ocupan en arreglar casamientos, y cada vez que arreglan uno,
gozan y se consideran felices.

Como no se ocupan de otro asunto, como  todas horas piensan en lo
mismo, acaban por ser maestros consumados, tienen habilidad prodigiosa
para vencer todos los inconvenientes, y rara vez sufren una derrota.

Doa Robustiana era el tipo perfecto de las casamenteras, y ocupaba la
posicion social que casi todas las casamenteras ocupan.

Tenia cincuenta y ocho aos, era viuda, y no habia conseguido encontrar
segundo esposo.

Parece que despechada debi complacerse en que ninguna mujer se casase;
pero le sucedi todo lo contrario y se hizo casamentera, obteniendo
grandes triunfos,  pesar de que habia tenido que luchar con hombres
opuestos al matrimonio hasta por instinto.

Disfrutaba la viuda una pension de seis mil reales, y era duea adems
de algunos bienes, con lo cual podia vivir cmoda y decorosamente, y as
vivia, y su fortuna era por muchos envidiada.

Aseguraban todos los amigos de doa Robustiana, que el trato de esta
era el ms agradable del mundo.

La verdad es que ella tenia para todos palabras muy benvolas, y ponia
todo su cuidado en prodigar alabanzas  cuantas personas conocia.

Estaba algo envanecida con lo que ella llamaba su talento, con su
posicion, y sobre todo con sus antecedentes, de que hablaba con
frecuencia.

Tenia doa Robustiana una hija,  quien no hay que decir que habia
conseguido casar; pero la hija se encontraba en el archipilago
Filipino, adonde habia ido con un regular empleo su esposo.

De vez en cuando suspiraba tristemente la viuda, y se lamentaba de su
soledad; pero se consolaba con sus muchos amigos.

Como se habia propuesto pasar la vida todo lo ms agradablemente
posible, en vez de frecuentar los teatros y los paseos, habia hecho todo
lo posible para que su casa fuese el punto de reunion de unas cuantas
familias.

All pasaban estas el tiempo sin sentir, segun decian, entregndose unas
veces  la inocente distraccion de los juegos de prendas, otras  la
lotera, y tambien  las delicias de la msica, pues doa Robustiana,
entre otras cosas de sus buenos tiempos y de sus pasadas glorias,
conservaba un piano.

El armonioso instrumento contaba una respetable antigedad; estaba
desafinado casi siempre, pero bueno era para las manos que habian de
mover sus teclas.

Con este sistema de vida, la viuda tenia muchas ocasiones para
entregarse  su goce favorito de hacer casamientos.

Esto, ms que nada, era un atractivo para las jvenes que aspiraban al
lazo del matrimonio, y atractivo tambien para las madres que  toda
costa querian casar  sus hijas, aunque fuese con el moro Muza y slo
por el placer de poder decir que habian tenido bastante habilidad para
casarlas.

Despues tocaban los inconvenientes; pero qu importaba esto? Las habian
casado, y si el matrimonio constituia la desgracia de los dos cnyuges,
arreglbase todo muy bien con lamentarse, sin que la madre quisiese
aceptar la responsabilidad de la desgracia de la hija, sino que, por el
contrario, decia:

--No es mia la culpa, pues nunca me agrad que se casase con semejante
hombre; pero ella se empe, y consent para evitar escndalos y que la
justicia tuviese que intervenir para que el resultado fuese el mismo.

Tampoco esto menguaba el crdito de la casamentera, pues de todos modos
quedaba probado que en aquella casa se hacian casamientos, y esto era
lo ms interesante para las que  toda costa querian marido.

Si cuando las mujeres cumplen veinticinco aos no ejerciese gran
influencia en sus resoluciones el amor propio, se evitarian muchas
desgracias; pero  los veinticinco aos, y particularmente  los
treinta, muchas mujeres se casan con cualquier hombre, slo por casarse,
para probar que ha habido quien fije en ellas la atencion, para no
representar, en fin, el papel de solteras rancias, papel que les hace
sufrir ms que todas las desgracias, ms que todos los tormentos.

Si no para todas, para algunas mujeres el celibato  cierta edad es mil
veces peor y ms horrible que la deshonra,  de otro modo, es para ellas
una deshonra de cierto gnero, deshonra que pueden sufrir, pero que no
aceptan y con la que jams se resignan.

A cierta edad, dice una mujer:

Soy casada, soy viuda.

Pero decir que es soltera, tener que pronunciar esta palabra terrible,
le cuesta ms trabajo que hubiese podido costarle  Luis XIV decir que
se habia equivocado.

Por supuesto, que todas ellas aseguran que no se han casado porque no
han querido, y que les parece preferible su estado honesto, la pcara
doncellez que las agobia como una montaa de plomo.

Esto dicen, porque la boca ha de servir para algo, siquiera para mentir.

Consiste todo esto en que muchas mujeres no han comprendido que pueden
representar un gran papel sin casarse, porque en este mundo hay algo ms
que hacer que entregarse  las dulzuras y amarguras del matrimonio.

No es la culpa de ellas solamente, sino tambien de la sociedad, que ha
querido echar sobre la mujer la carga de todos los deberes, sin
reconocerle ningun derecho.

Debemos ser justos y reconocer que es bien triste la suerte de la mujer.

Esta tiene inteligencia y sobrado corazon; pero de qu le sirve?

Dadme dinero y prohibidme que lo gaste, y como si no me lo diseis.

A la mujer todo le est prohibido, absolutamente todo. No se la permite
ms que casarse, y aun esto cuando la solicitan, y por consiguiente no
puede pensar en otra cosa,  nada ms aspira, y es capaz de cometer todo
gnero de locuras para ver realizada su nica aspiracion.

No, no escribimos contra vosotras, pobres mujeres, sino contra la
sociedad, que es la verdadera responsable de casi todas vuestras faltas,
vuestras debilidades  extravos; pero si en ciertas cuestiones llegais
 la exageracion, si en momentos de ceguedad sacrificais vuestra
dignidad  vuestro amor propio, si descendeis desde la sublimidad de
vuestros delicados sentimientos  la triste realidad de todas las
vulgaridades, de todas las pequeeces, de todas las necedades, entonces
cumplimos nuestro deber y os advertimos que os extraviais, por ms que
la advertencia os desagrade.

Habeis nacido para representar un gran papel, para ejercer en los
destinos del hombre una gran influencia, y nos duele mucho que no
aprovecheis vuestra ventajosa situacion, pues no parece sino que en
muchas ocasiones se empea en ser esclava la que ha nacido para seora
absoluta.

Hemos dicho que doa Robustiana del Peral tenia cincuenta y ocho aos, y
si ms tenia, ella no confesaba ms.

Ahora completaremos su retrato, pues no lo hemos hecho ms que de la
parte moral, y es preciso que lo hagamos tambien de la fsica.

De escasa estatura era doa Robustiana; pero en compensacion era
excesivamente gruesa, y el exceso de robustez, ayudando al tiempo en sus
naturales estragos, habia hecho que desapareciesen las primitivas formas
de la viuda.

Entre sus abultadas megillas desaparecia casi completamente su nariz,
corta, ancha y aplastada, y escondanse sus ojos, muy pequeos,
redondos y, que ya habian perdido el brillo del fuego de la juventud.

Escassima era la cabellera, en otro tiempo de color castaa, de la
viuda; pero todo se arregla en este mundo, y con un aadido en la parte
posterior de la cabeza y algunos otros mechones convenientemente
colocados, quedaba la viuda peinada admirablemente por mano de su
peinadora.

En la forma del peinado veanse lo que pudiramos llamar reminiscencias
de pasadas y olvidadas modas; pues doa Robustiana no transigia
fcilmente con todo lo moderno.

An conservaba algunos vestidos de los ltimos aos de su matrimonio, y
aunque reformados, tenian el sello inequvoco de la antigedad,
resultando, que cuando la viuda queria vestirse bien en los dias de
fiesta,  ciertas noches para recibir  sus amigos, presentaba una
figura bien extraa por cierto, extravagante, casi grotesca, y pudiera
decirse que sin ms trabajo que retratarla con toda exactitud, se
hubiera tenido una caricatura.

Era muy aficionada  cargarse de adornos, y se los ponia de todas
clases. La cofia  toquilla,  como quiera llamarse, que cubria su
cabeza, estaba cubierta de encajes y lazos de vivos colores.

Adornaban su cuello y su pecho, cintas y relumbrantes cadenas, grandes
medallones y el reloj de repeticion que le habia regalado su difunto
esposo durante la luna de miel.

As ataviada, sentbase la viuda en un ancho sillon, y mientras que con
la mano derecha agitaba un abanico, con la izquierda acariciaba el ancho
lomo de un gatazo rubio, que se le colocaba en el regazo, durmiendo all
y contagiando con su sueo  su seora.

El gato no servia para cazar ratones; pero doa Robustiana lo tenia en
gran estimacion, siquiera porque el invierno al acostarse lo colocaba en
su cama para que le calentase los pis.

Los muebles eran tan antiguos como la ropa y como las costumbres de doa
Robustiana, pues esta, sin querer transigir con lo moderno, almorzaba,
lo mismo que habian hecho sus padres, antes de las ocho de la maana,
comia  las dos de la tarde y cenaba apenas anochecia.

Lo nico moderno que habia en aquella casa era la sirviente, que no
tenia ms de veinte aos, y era bonita, alegre, demasiado alegre quiz,
viva, habladora, aficionada  toda clase de enredos y embustera hasta lo
inconcebible.

Si estas cualidades hubieran podido ser apreciadas por la viuda, la
sirviente habria tenido que buscar nuevo acomodo; pero esta era muy
hbil para fingir, y aquella no pudo comprender la verdad.

Juana, que as se llamaba la sirviente, tenia un novio, del que nos
ocuparemos oportunamente, y aspiraba  casarse, aunque para conseguirlo
as no llevaba el mejor camino.

Cuando el ama y la criada estaban solas, no se oia en la casa ms ruido
que el de la voz fresca y aguda de la sirviente, que cantaba con
envidiable alegra y como quien es completamente feliz.

No falta decir sino que la casa en que habitaba la viuda estaba en la
calle del Ave-Mara.

Recordaremos que habian dado las nueve y que el calor era sofocante.




CAPTULO II

Los amigos de doa Robustiana.


Encontrbase la seora del Peral en un gabinete y sentada junto al
balcon, agitando su abanico, sudando y contemplando el puro horizonte
cuajado de estrellas.

Apoyaba los pis en un pequeo taburete, y all habia hecho que se
colocase su amado _Morito_,  lo que es igual, el gatazo rubio, porque
en la falda le daba demasiado calor.

En el centro de la habitacion habia una mesa con cubierta de pao verde,
y sobre la mesa un quinqu con pantalla bastante grande y de color
oscuro.

Debajo de aquella mesa, y en las noches de invierno, colocbase el
brasero, los tertulianos de doa Robustiana introducian las piernas por
debajo del luengo tapete, apoyaban los brazos en la mesa y jugaban  la
lotera, cuando no se tocaba el piano  no habia quien propusiese algun
juego de prendas.

En el verano hacian lo mismo, aunque no tenian que buscar el calor del
brasero.

Doa Robustiana habia cenado, es decir, estaba bien preparada para toda
la noche, y aguardaba con impaciencia  sus amigos.

Una campanilla reson.

Juana, que en el balcon de otro aposento se deleitaba en aspirar el
ambiente de la noche, corri hasta llegar  la puerta, abri y dej el
paso libre  dos personas.

Eran dos mujeres.

La una vieja y la otra jven.

La primera flaca, consumida, asmtica y de color bilioso.

La segunda tampoco tenia que deplorar el exceso de robustez; pero
gracias  los algodones, crinolinas, aceros y ballenas, presentaba
formas medianamente regulares de mujer.

Lo mismo que sus formas, era mentira su color, pues  la naturaleza le
habia parecido bien hacerla morena, y ella se habia convertido en
blanca.

Si la jven no era lo que parecia, parecia algo bastante agradable, pues
en realidad no carecia de belleza, y sobre todo de gracia, y tenia
suficientes atractivos para hacer que en ella se fijasen las miradas de
los hombres.

Sonreia constantemente, no sabemos si para hacerse agradable  para
lucir la blanca dentadura que le habia dado la naturaleza.

No era menester ms que mirarla para comprender que era de carcter vivo
y alegre.

Donde ella se encontrase, segun doa Robustiana y sus amigos decian, no
era posible la tristeza.

Con tales condiciones, debia suponerse que encontraria pronto un marido,
con tanta ms razon, cuanto que la viuda se habia declarado sobre este
punto su protectora.

Tenia adems muchas habilidades, pues cantaba, aunque sin saber msica,
graciosas canciones del gnero andaluz, y con pretensiones de actriz
recitaba los mejores trozos de las comedias sentimentales.

Adems, ella tenia la pretension de vestir con mucho gusto, con mucha
elegancia, y creia firmemente que por todas partes iba encendiendo
corazones.

Sus padres habian tenido la desgraciada ocurrencia de bautizarla con el
nombre de Francisca; pero todos la llamaban Paquita, y slo as pudo
ella resignarse con nombre tan vulgar.

Llevaba un vestido de una de esas telas que no tienen nombre, que son
muy vistosas, que cuestan muy poco, y que en realidad valen mucho mnos
de lo que cuestan.

No sabemos con cuntos volantes, rizados, lazos y otros adornos, iba
cubierto el vestido.

Lo habia estrenado aquella tarde, lo habia lucido en el Prado, y luego
en el caf, y pensaba dar el ltimo golpe de efecto en la tertulia. Para
conseguirlo as se presentaba ms tarde que de costumbre, suponiendo que
encontraria ya reunidos  todos los amigos de la viuda.

Ya sabemos que Paquita se equivocaba y que tenia que sufrir un
desengao, puesto que no habia de encontrar ms que  doa Robustiana y
 su _Morito_.

La madre de Paquita, medio ahogada por haber subido la escalera, empez
 toser, y como si perdiese el equilibrio, extendi un brazo y se apoy
en uno de los hombros de su hija.

--Jess, mam!--exclam esta, desvindose bruscamente.

--Qu te pasa?--pregunt la madre cuando pudo hablar.

--Pues no parece sino que yo sea un guardacanton... Mira cmo me has
puesto la puntilla del fich.

--Pues, hija mia, con los viejos hay que tener paciencia, y debes
considerar que primero es tu madre que tus moos y pelendengues. Por t
sufro todo esto, pues yo estaria mejor en casa, aunque all tampoco me
falta que rabiar con la calma de tu padre.

--Piensas armarme una escena?

--Mira, nia, si has creido que voy  tolerar todas tus desvergenzas...

--Pero, mam, con tu genio nos pones en ridculo.

--Eso es, porque no dejo que me maltrates.

Este delicioso dilogo sostenian en el recibimiento y mientras se
quitaban y colgaban en una percha las mantillas.

Juana, con una lamparilla en la mano, permanecia inmvil, sonreia
maliciosamente, y como no podia estar mucho tiempo callada, dijo 
Paquita:

--Vamos, seorita, no se enfade usted con su mam.

--Pues esto no es nada,--repuso la biliosa madre;--habia usted de verla
en casa.

--Ahora puedes decir que soy una fria, y con la buena fama que t me
des...

--La que mereces.

--Ha venido alguien?--pregunt Paquita  la sirviente.

--Nadie todava.

Hizo la jven un gesto de disgusto; pero como tenia la costumbre de
decir siempre lo contrario de lo que sentia, murmur:

--Me alegro.

Y haciendo crugir la pomposa falda y balanceando la cabeza, atraves con
paso firme y altivo continente algunas habitaciones, hasta llegar al
gabinete donde se encontraba doa Robustiana con su amado _Morito_.

La madre sigui como mejor pudo  la hija.

--Ah!...--exclam la viuda, ponindose en pi.

El gato levant la cabeza perezosamente, relamise, cambi de postura, y
volvi  dormirse.

Resonaron no sabemos cuntos besos, cruzronse las palabras ms
cariosas, y las tres amigas se sentaron.

Doa Robustiana, cumpliendo su deber, principi por dirigir mil
alabanzas  Paquita, hablndole adems del vestido nuevo, preguntndole
cuntas varas de tela habia empleado y cunto le habia costado:

Paquita respondi  todo, mintiendo segun su antigua costumbre.

La madre se quej del calor, de los nervios y de la imperturbable calma
de su marido, y como cosa que viene de molde, habl del genio insufrible
de su hija.

A tal punto llegaban de la conversacion, cuando nuevamente reson la
campanilla.

--Quin ser?--pregunt la madre de Paquita.

--Siento que nos interrumpan,--dijo doa Robustiana,--porque ahora iba 
darles  ustedes una noticia de inters.

--Tendremos paciencia, y luego ser.

Otras dos seoras se presentaron: otra madre con su hija, tipos opuestos
 las que hemos dado  conocer.

La primera, que apenas tendria cincuenta aos, era excesivamente robusta
y con formas tambien excesivamente desarrolladas.

La cara, de color rojo amoratado, era ms ancha que larga, y estrecha y
deprimida su frente, grande su boca, y extremadamente gruesos los
labios.

La nariz casi no merecia este nombre, pues ms que nariz parecia un
trozo de remolacha colocado sobre la boca.

Sus pequeos ojos, de color indefinible, carecian de pestaas.

Copioso sudor corria por sus megillas.

Apenas podia respirar, y muy trabajosamente agitaba el abanico de
descomunal tamao y de vivos colores.

A pesar de su fealdad, no era desagradable, pues sin cesar sonreia como
pueden sonreir los querubines, y en su semblante se revelaba una
candidez y una benevolencia sin igual.

Vestia lujosamente, pues toda su ropa y adornos eran de bastante valor;
pero al mirarla era preciso acordarse de la fbula de la mona que se
visti de seda.

La segunda, es decir, la hija, se parecia mucho  la madre, era tambien
rechoncha, prodigiosamente desarrollada y de abultadas formas, que es lo
mismo que decir que era una mujer compuesta de diversos y grandes
bultos, sin que el emballenado cors pudiese apenas contener  disimular
tan colosales protuberancias.

Esto era una desgracia de gran consideracion, porque entre otros
inconvenientes, presentaba el de que slo con mucho trabajo podia
mirarse los pis la jven.

Tambien la candidez se pintaba en su semblante.

La robustez no tiene que ver nada con la sensibilidad, y por ms que el
lector se sorprenda, debemos decir que la mofletuda nia era sensible
como una heroina de melodrama. Hablaba poco y suspiraba mucho y con
tanta languidez, que no podian escucharse con indiferencia sus tiernos
suspiros.

Impresionable y tmida hasta el ltimo grado de la timidez, era muy
fcil producir en ella un trastorno, y ms de una vez se la habia visto
desfallecer como la mujer ms delicada.

Habia leido muchas novelas del gnero romntico, y queria  toda costa
ser una mujer sublime.

Al oirla suspirar, al ver cmo languidecia, se hubiera creido que, 
pesar de su temperamento sanguneo, era una de esas criaturas de
organizacion dbil, en que los nervios representan el principal papel.

No hay que decir que en su envidiable organizacion sucedia todo lo
contrario.

Comia poco, muy poco, segun ella aseguraba; pero la verdad Dios la
sabia.

Era desgraciada, y su desgracia consistia en la ruda franqueza de su
madre, que aunque con la mejor buena fe del mundo queria complacer  su
hija y representar la comedia, olvidbase con frecuencia de su papel y
hablaba de los tiempos en que vivia su esposo y ella bajaba al obrador y
vigilaba para que los trabajadores cumpliesen su deber.

Cuando la madre decia esto  cosas por el estilo, su hija, que no se
separaba de ella un instante, le tiraba del vestido  guisa de
advertencia y le dirigia miradas angustiosas.

Llambase la madre Cecilia, y  la hija le habian puesto el sublime
nombre de Adela.

El padre de esta, que ya no existia, habia tenido un gran taller de
cerrajera, y habia conseguido hacer una respetable fortuna.

La viuda y la hija del cerrajero podian, por consiguiente, gastar mucho
y presentarse con verdadero lujo.

Aspiraba la nia  casarse con un gran seor,  por lo mnos con un
hombre que algo tuviese de aristcrata, y algo tambien de romntico,
borrando ella as sus plebeyos antecedentes.

En los paseos, en los teatros, en los cafs y en todos los sitios
pblicos, vease siempre  la sensible Adela en compaa de su madre;
pero hasta entonces no habia conseguido su objeto, si bien abrigaba la
esperanza de conseguirlo, porque habia fijado en ella sus miradas cierto
caballero de ilustre cuna, que la semana anterior habia sido presentado
 doa Robustiana del Peral, y que ya formaba parte de la tertulia.

Como se ve, Adela y Paquita eran dos tipos opuestos. La primera aspiraba
 la realizacion de sublimidades, y la segunda queria  toda costa un
esposo rico, que pudiera gastar mucho dinero, engalanarla, llevarla en
coche, emprender viajes los veranos y otras cosas por el estilo.

Cruzronse nuevos saludos, y otra vez cambi el gato de postura, y se
entabl conversacion sobre los baos, lo cual di  doa Cecilia ocasion
para decir:

--Cuando vivia mi Mateo, las costumbres eran distintas. Todas las tardes
bajbamos al rio...

Interrumpise, porque sinti que Adela le tiraba del vestido.

--El rio!--exclam Paquita con acento de repugnancia.--Jess!

--Pap era caprichoso,--dijo entonces la jven mofletuda.

--S, mucho debia serlo.

--Pero era un hombre muy honrado,--replic doa Cecilia.

--Y quin ha puesto en duda su honradez?--dijo la esculida madre de
Paquita con su natural acritud.

Doa Robustiana crey conveniente tomar parte en la conversacion, y
dirigindose  la sensible Adela, le dijo:

--Creo que esta noche no se olvidar de nosotras Eduardo.

Psose Adela colorada como un tomate, y exhal un lnguido suspiro.

Paquita despleg una sonrisa burlona.

Por tercera vez son la campanilla.

Pocos momentos despues se present un hombre sencillamente vestido, y
cuya raida levita revelaba una situacion demasiado triste.

Era alto, muy delgado, moreno y de mirada viva y penetrante; pero al
entrar di  su rostro una expresion melanclica muy profunda.

Era el que poco antes habia sido nombrado por doa Robustiana.

No se le conocian  Eduardo bienes de fortuna, ni habia seguido ninguna
carrera ni aprendido ningun oficio.

Aseguraba l que vivia con el escaso producto de algunos bienes que
habia heredado de sus padres, y se resignaba con su pobreza, aunque esta
debia tener un trmino, pues un tio suyo, ricachon avaro que vegetaba en
las montaas de Galicia, tenia otorgado testamento legando toda su
fortuna  su sobrino.

Si esto era verdad, Dios lo sabia.

Eduardo habia leido mucho, decia que era un hombre de corazon, miraba
con desprecio los bienes mundanos, no habia tenido ms amor que el de
las musas, y sabia suspirar tan lnguidamente como Adela.

A esta le habia dedicado algunos versos, donde se hablaba del espritu,
del corazon, de las regiones etreas, del aroma de las flores, de los
resplandores de la luna, de los pensiles, de las suaves auras de la
noche y de la eternidad.

Eduardo era, pues, un hombre sublime, espritu puro, que apenas se
concebia cmo podia vivir en el inmundo lodazal de pasiones y ruindades
de este valle de lgrimas.

Y si no era as, por lo mnos as lo habia creido Adela.

La verdad la sabemos nosotros. Eduardo era un bribon consumado, que
vivia de las farsas y que sabia representar admirablemente todos los
papeles.

Comprendi que Adela era una mina de oro, y se propuso explotarla.

Si para conseguirlo era preciso casarse, se casaria, pues nada le
importan los lazos y compromisos al que no tiene intencion de
respetarlos.

Si lo hubisemos visto cinco minutos antes, no lo habramos reconocido.

Salud cortsmente, y pareci turbarse cuando estrech la robusta mano
de Adela.

Ella se estremeci, y no hay que decir que los estremecimientos no puede
disimularlos una criatura de las formas de la romntica nia que nos
ocupa.

Eduardo dijo que estaba sofocado, que era insoportable la atmsfera de
Madrid y que no deseaba ser rico ms que para vivir largas temporadas en
el campo, en la callada soledad,  la sombra de los frondosos rboles, 
orillas de los murmuradores arroyos, contemplando el puro horizonte,
escuchando los armoniosos cantares de los inocentes pajarillos, y amando
y siendo amado, y pudiendo as olvidar al mundo egoista con todas sus
pasiones y debilidades.

Suspir Adela.

--Pues, hijo,--replic doa Cecilia,--yo estoy acostumbrada  la
animacion, y no podria vivir as.

--Hay almas que nacen para la soledad, para el misterioso silencio.

--Es verdad,--repuso tmidamente la mofletuda nia.

--Est usted muy sublime esta noche,--dijo Paquita.

--Hay criaturas que mueren sin que el mundo las haya
comprendido,--murmur tristemente Eduardo.

Y dirigi una mirada elocuente  la sensible Adela.

Esta se ruboriz y baj los ojos.

Doa Robustiana crey la ocasion oportuna, y le dijo al truhan.

--Eduardo, tenemos que hablar, y lo haremos en la primera ocasion.

Presentse otro tertuliano.

Era un jven imberbe, plido y enteco, que apenas se atrevia  moverse
por temor de que se estropease su ropa.

Llevaba corbata de vivos colores, grandes botones en la camisa, guantes
amarillos y un baston muy delgado con puo reluciente y que sin cesar le
servia de entretenimiento.

No queria este aparecer sublime, ni pobre, ni tmido; sino todo lo
contrario, pues tenia pretensiones de hombre de mundo, de calavera, de
desalmado, y con frecuencia hablaba de orgas, de aventuras amorosas, de
desafos y de otras cosas del mismo jaez.

Vivia con el producto de un modesto empleo; pero l aseguraba que
recibia de sus parientes cantidades de consideracion, que se disipaban
sobre el tapete verde y en otros excesos.

Llambase Juan, y por su desgracia no tenia derecho al apellido de
Tenorio, sino al de Gonzalez.

No era posible que el imberbe Juanito engaase al mundo, pues ninguna
habilidad tenia para representar su papel.

Ni siquiera habia sospechado que al hacerse el calavera se ponia en
ridculo, sino que, por el contrario, creia firmemente que todos lo
miraban como puede mirarse  un verdadero don Juan.

A pesar de esto, escuchaba humildemente las rdenes que sus jefes le
daban, no se atrevia  faltar  la oficina, y con la mayor prudencia
evitaba cualquiera cuestion que pudiera tener un trmino desagradable.

A Juanito le sucedia lo que desgraciadamente le sucede  muchas
criaturas, empendose en ser todo lo contrario de aquello para que han
nacido, con lo cual resulta que no se llega  ser nada.

Los que tienen el buen talento de aprovechar sus disposiciones
naturales, consiguen ms  mnos tarde hacer su fortuna.

El jven era dbil, y se empeaba en ser fuerte; era tmido, y queria
aparecer valeroso; tenia un corazon sensible, y se esforzaba para obrar
como descorazonado.

Qu habia de conseguir en el mundo?

Empearse en ir contra la naturaleza, es una estupidez  una locura.

Despues de Juanito fueron otras personas.

Casi todas ellas llevaban el bolsillo, vaco y la cabeza llena de
tonteras.

El piano se abri para que tocase un jven que hacia sus estudios en el
Conservatorio, y que tenia pretensiones de artista.

Despues de muchos ruegos se dign Paquita cantar, moviendo mucho la
cabeza y poniendo los ojos en blanco.

Eduardo habl con Adela.

Doa Cecilia se ocup de la honradez de su difunto marido.

La madre de Paquita murmur sin cesar, y por fin se decidi jugar  la
lotera.

Esto les pareci muy bien  los unos y muy mal  los otros; pero todos
se colocaron al rededor de la mesa, y sobre esta se extendieron los
cartones.

No queremos describir con todos sus detalles esta escena.

Doa Robustiana los observaba  todos con disimulo y atencion profunda,
no para coartar la libertad de nadie, sino para recoger datos que podian
serle de mucha utilidad.

Ms de una vez vironse las mejillas de Adela rojas como si fuese 
brotar la sangre.

Eduardo, como todo hombre pensador, se distraia muy  menudo y dejaba de
apuntar, con perjuicio de sus intereses.

Paquita, excesivamente nerviosa, arrugaba con frecuencia el entrecejo,
palidecia, hablaba con voz insegura, y habia momentos en que parecia que
era presa de un malestar inexplicable.

El jven que estaba  su lado se turbaba tambien.

Y doa Robustiana, que se habia puesto sus lentes, continuaba
imperturbable sacando bolas y diciendo nmeros.

Combinronse ambos y ternos, ganaron los unos y perdieron los otros, y
como el calor era sofocante, todos acabaron por languidecer y el juego
termin.

Otra vez se abri el piano.

Doa Robustiana aprovech entonces la ocasion para hablar en voz baja
con Eduardo, ponderando las cualidades de Adela.

A las doce de la noche se disolvi la reunion.

Al salir Eduardo dirigi  la criada picantes galanteras.

Cuando estuvieron en la calle, suspir Adela y exclam:

--Ay, mam!

--Qu te sucede?--pregunt doa Cecilia.

--No le parece  usted que Eduardo es un hombre sublime?

--S; pero habla de una manera que no lo entiendo.

--Su elocuencia no puede estar al alcance de usted.

--Ya ves, hija mia, yo me he criado entre otra clase de gente.

--Es preciso que olvide usted eso, mam.

--T has pasado bien la noche, y esto es lo que me importa.

--S, muy bien... Qu noche!... No la olvidar jams.

Y Adela suspir, no suavemente, sino pon toda la fuerza de sus vigorosos
pulmones.

Entre tanto, Paquita y su madre sostenian un dilogo de muy distinto
gnero.

--Te advierto,--decia esta con tono de muy mal humor,--que no quiero que
te distraigas cuando juegas.

--No s si me he distraido.

--Y qu te decia el seor de Montalban cuando temblabas?

--Mam, yo no he temblado.

--Paca, hay ciertas cosas...

--Djame en paz.

--Tendr paciencia como siempre.

--Yo tambien necesito mucha.

--De qu puedes quejarte?

--De mi pcara suerte, porque paso el dia trabajando y sufriendo tu
genio, y cuando llega la hora del descanso se me presenta esa tonta de
Adela cargada de joyas para recordarme mi pobreza; pero poco he de
poder,  tomar venganza.

--Si tienes esperanza en la lotera lo mismo que tu padre...

--La tengo en mi talento.

--Entiendo, Paca, entiendo: lo dices por ese buen mozo que antes nos ha
seguido.

--No ha sido esta noche la primera vez.

--Pero quin es ese hombre?

--Un capitalista.

--Un capitalista!

--Y Dios mediante, no se me escapar.

--Siempre ests soando con el dinero.

--Quieres que me resigne  vivir como vivo?

--Me parece que tienes que comer, que te presentas decentemente...

--S, con un vestido de relumbron, con algunos lazos que no valen una
peseta...

--Pero...

--Y poco mnos que sin camisa, pues ya sabes que no me queda ms que
una, y para lavarla tengo que pasar una noche sin dormir.

--Ms vale pobreza con honra, que riquezas con deshonra.

--No me parece deshonra el casarse con un hombre rico.

--Si lo consiguieras...

--All veremos.

--Por de pronto tenemos que pensar...

--S, en el casero, que no nos deja vivir; en el carbonero, que se
desvergenza cada dia, y en el aguador, que armar veinte escndalos.

--La culpa la tiene tu padre con su cachaza. Como  l nadie le
molesta...

--La culpa la tiene la pobreza con honra que  t te parece tan bella.

--Cuidado, Paca...

--Antes que seguir representando el papel que represento, prefiero la
muerte.

Paca y su madre llegaron  su casa.

Abrieron, encendieron un fsforo y subieron hasta el cuarto piso.

No tenian criados, y en cambio Adela tenia tres.

Entraron en su pobre habitacion, cuyo miserable aspecto contrastaba con
los volantes, puntillas y lazos que adornaban  la jven.

El padre cachazudo, que se habia quedado en casa, dormia ya
profundamente y con la tranquilidad de las almas justas.

Una jcara de chocolate sirvi de cena  la madre y  la hija.

Esta se desnud, arregl su cama con un pobre colchon en el suelo, y se
acost para soar con el dinero del capitalista buen mozo.

Despues de sueo tan agradable, la realidad debia ser bien triste, debia
parecerle doblemente horrible.

Entre tanto, Adela y su madre habian devorado un trozo de jamon y dos
chorizos, y se habian acostado en mullidos lechos, para roncar
estrepitosamente.

Si Adela soaba, veia al sublime Eduardo junto  una mesa y escribiendo
sentidos versos.

En cuanto  la mesa, no se debia equivocar la sensible jven, porque
efectivamente, Eduardo se encontraba entonces junto  una mesa, entre
una docena de tahures, viendo cmo los naipes caian sobre el tapete y
esperando la ocasion de _levantar un muerto_, que le permitiese almorzar
al otro dia.

El fingido calavera habia dicho que pensaba ir al casino y pasar all
jugando el resto de la noche; pero se fu  su pobre morada, desnudse,
se santigu devotamente y se acost, para poder levantarse al otro dia 
la hora de ir  su trabajo.

La verdad es, que si Juanito se hubiese casado con Paquita, tal vez
habrian sido dichosos; pero ella queria un hombre rico y l soaba con
novelescas aventuras, cuyo trmino fuese el amor de alguna ilustre dama.

Doa Robustiana cen en compaa de su gato, y traz su plan para que al
mnos Adela consiguiese casarse con el sentimental Eduardo.

Todo esto, que parece poco, entraaba mucho y debia producir las ms
graves consecuencias.

Qu suerte estaba reservada  las dos jvenes en quienes
particularmente hemos fijado la atencion?

Ambas estaban, como suele decirse, fuera de su centro, se habian
empeado en realizar un absurdo, y no debian esperar nada bueno.

En cuanto  Juanito, era tambien digno de compasion, porque sus
estpidas pretensiones debian producirle ms de un srio disgusto.




CAPTULO III

La paloma y el gabilan.


El buen mozo de quien habia hablado Paquita, era efectivamente dueo de
una gran fortuna, que habia heredado y que disfrutaba,  ms bien
disipaba para sostener toda clase de vicios, para satisfacer todas sus
pasiones.

Se habia educado, como por desgracia se educan en Espaa muchos de los
que nacen en la opulencia, acostumbrndose  la ociosidad y sin
contrariarse una sola vez en su vida.

Pertenecia  una familia ilustre, estaba relacionado con lo que se llama
el gran mundo, y representaba, en fin, un papel deslumbrador.

Todo esto significa que era uno de esos calaveras de buen tono, que por
ms que hayan llegado al ltimo punto de la depravacion, como son
ricos, son respetados por todo el mundo, y fcilmente consiguen, no slo
la indulgencia de la sociedad, sino el perdon absoluto de sus criminales
extravos.

Si el capricho de muchas mujeres le habia obligado  derramar el oro 
manos llenas, los caprichos suyos habian hecho derramar muchas lgrimas
 otras infelices.

--As se compensa todo,--decia indiferentemente el aristocrtico
calavera,--pues lo que me cuestan las unas me lo pagan las otras, y si
me acusan las que han sufrido por m, yo tengo el derecho de acusar 
las que me han explotado, y tal vez me arruinen algun dia.

No es menester decir ms para dar  conocer con toda exactitud al
opulento jven.

Por lo dems, sus ideas eran las del ms perfecto caballero del siglo
XVI, y creia que el hombre no se deshonra sino unindose  una mujer de
plebeyo orgen.

Estaba dotado de muy clara inteligencia, era fecundo su ingenio, y en
cuanto  su valor lo habia probado muchas veces con la ms fria
serenidad, y ante el peligro de perder la existencia.

Batirse era para l una cosa muy sencilla, y la disputa de mnos
importancia la hacia cuestion de honor.

Pobre Paquita!

Qu debia sucederle con un hombre as?

El calavera, hijo mimado de la fortuna, para que nada pudiese desear,
estaba dotado de una belleza varonil nada comun, y que en ciertas
situaciones debia ejercer grandsima influencia en las mujeres.

Jven, hermoso, rico y valiente, cmo habia de resistirle ninguna
infeliz?

Tenia la guerra declarada  las mujeres de cierta clase,  esas que se
empean en salir de su centro, en aparentar que son lo que ni siquiera
pueden ser, y que estn mal avenidas con la modestia, que las sublimaria
si ellas tuviesen bastante entendimiento para hacer uso de la belleza de
las virtudes.

Ya hemos dicho que  esas infelices se las conoce al primer golpe de
vista. No hay ms que verlas en la calle, examinar su atavo, fijar la
atencion en sus gestos y en sus ademanes, y si esto no es suficiente,
cualquier hombre har la ltima prueba dicindolas una galantera,
quedndose detrs y observando cmo vuelven la cabeza, suben y bajan los
hombros y se mueven como si estuviesen atacadas de una enfermedad
nerviosa.

Pues y las sonrisas?

Y el abrir y cerrar los ojos y volverlos y revolverlos en sus rbitas
como si estuviesen mal avenidos con encontrarse all aprisionados?

Otra seal: nunca hablan en voz baja, apuran el diccionario de las
palabras ms cultas y su acento no se parece  ninguno.

Lo que todo el mundo conoce, claro es que habia de conocerlo el ilustre
calavera.

Encontrbase este alguna vez en los corrillos que en sitios determinados
de la crte y  ciertas horas forman los desocupados; pasaba una de esas
mujeres tan dignas de compasion, y alguno de aquellos vagos decia:

--Una _cursi_.

Nuestro jven la miraba con insolencia, la dirigia frases ingeniosas y
agradables, y si estaba de buen humor la designaba como una de sus
vctimas.

Paquita fu una maana al Prado  ver una formacion de tropa, porque la
tropa le encantaba, y para ella la msica ms agradable era la de los
figles, los serpentones y las trompetas.

Iba y venia mirando  los soldados que por lo mnos tenian el empleo de
capitan, y el calavera, que paseaba  caballo, dijo para s:

--Es graciosa.

Ms le hubiera valido  la desgraciada Paquita quedar all muerta bajo
la curea de un caon.

El calavera hizo que su cabalgadura se encabritase y caracolease, y
cuando hubo llamado la atencion de la jven, le dirigi una mirada
ardiente, se alej, entreg  su lacayo el hermoso cuadrpedo, y volvi
al sitio donde Paquita se encontraba.

La madre de esta tosia, y el calavera aprovech aquellos momentos para
decir  la morena blanqueada.

--Ahora comprendo que algunos hombres pierden el juicio por las mujeres.

Paquita baj los ojos como si se avergonzase; pero bien pronto los
levant para mirar frente  frente al que por ella sentia trastornado el
juicio.

Cmo palpit el corazon de Paquita!

El calavera, que hemos olvidado decir que se llamaba Alfredo de
Saavedra, averigu fcilmente quin era la nia de los hermosos ojos.

Varias veces la encontr como por casualidad, la sigui y le dijo con
las miradas mucho ms de lo que hubiera podido decirle con los labios.

Entre tanto, Paquita tuvo ocasion de averiguar tambien quin era su
galanteador, y cuando supo que era rico, acab de perder la cabeza,
discurriendo as:

--Por qu no ha de quererme de buena fe? Acaso no se ven todos los
dias casamientos de hombres ricos con mujeres pobres? El verdadero amor
no repara en estas pequeeces. Yo soy jven, bella y elegante, y esto es
todo lo que necesito.

Desde que estas reflexiones se hizo Paquita, triplic el nmero de sus
adornos, porque crey que as su belleza seria ms interesante, y
algunos dias disminuy considerablemente su alimento para poder
comprarse una cinta  cualquiera bagatela por el estilo.

--La ropa se ve,--decia,--y lo que uno ha comido nadie lo sabe. En este
pcaro mundo las apariencias lo hacen todo.

No pens Paquita que por el hilo se saca el ovillo, y que hay ciertas
cosas que no pueden ocultarse  la mirada inteligente de los hombres que
conocen el mundo.

Alfredo crey llegado el instante de hacer una prueba decisiva, y al dia
siguiente del en que hemos asistido  la agradable reunion de los amigos
de doa Robustiana, Paquita tuvo la satisfaccion de que el hombre rico
la siguiese desde el Prado por la calle de Alcal.

--Mam,--dijo la nia,--es preciso absolutamente hacer un sacrificio
ms, porque tal vez de este sacrificio depende mi porvenir.

--Siempre me pedirs algo que cueste dinero.

--Pero que hemos de disfrutar las dos.

--Y qu deseas?

--Entrar en el caf.

--Y no has pensado?...

--He pensado en todo.

--Ya veo que te sigue ese hombre.

--Quiero hacer una prueba, mam.

--Y luego tu padre...

--No hables tan alto, que todo el mundo te oye.

--Iremos al caf; pero habrs de contentarte con un chico de leche
merengada.

--Eso es muy ordinario, y cuando Alfredo lo vea...

--Pues, hija, el sorbete cuesta dos reales, y si adems te empeas en
tomar barquillos...

--Pues es claro.

--Sabes cunto dinero llevo en el bolsillo?

--Ni me importa saberlo,--replic la jven con aspereza.

Y luego se volvi, despleg una sonrisa, y lanz al calavera una mirada
que hubiera podido calcinar una piedra.

Ya ves, lector, que somos justos, y reconocemos  Paquita el mrito de
sus tentadores ojos.

La madre seguia refunfuando; pero entraron en el caf del Iris.

Con aire casi majestuoso atraves Paquita el primer departamento.

Todos los hombres la miraban, pero ella no miraba  ninguno, porque
suponia que Alfredo la seguia y la observaba.

Paquita llev su severidad hasta el punto de hacer un gesto de
desagrado cuando algun atrevido le decia que era bella  que con sus
ojos iba esclavizando corazones.

A la madre le desagradaba mucho que los hombres fuesen tan audaces.

Sentronse.

Pocos momentos despues, y junto  la mesa inmediata, se sent Alfredo.

Entonces fu cuando la madre de Paquita pudo examinar al pretendiente, y
sin que ella supiese por qu, la desagrad mucho.

No era un hombre rico, segun ella misma ambicionaba para su hija, y
adems de buena educacion y distinguidas maneras?

Esta pregunta se la hizo la buena seora; pero no fu bastante para que
se tranquilizara.

El instinto de madre le decia la verdad.

En los ojos de Alfredo habia algo repulsivo para la madre de Paquita.

Las miradas del seductor eran para la jven halageas hasta el ltimo
extremo: pero  la madre le producian el mismo efecto que la mirada
fascinadora de la culebra.

El mozo se acerc.

Las dos mujeres pidieron helados, y mientras los saboreaban dijo la
madre:

--Ese hombre no me gusta.

--Y por qu?--pregunt Paquita.

--No acierto  explicarlo.

--Basta que me guste  m para que t lo encuentres mal.

--Si estuviese aqu tu padre...

--Seria de tu opinion y de la mia, porque ya conoces su sistema.

--S, lo conozco demasiado bien.

--Djame ahora, que necesito observar.

La madre se resign y call.

Entre Paquita y Alfredo cruzronse miradas elocuentes, tan elocuentes
que se entendieron sin necesidad de hablarse.

As pasaron ms de una hora.

Eran cerca de las diez, y determinaron volver  su casa, porque la jven
no queria mortificarse contemplando los vestidos y adornos de gran valor
de doa Cecilia y Adela.

Adems, la visita no tenia ningun objeto de verdadero inters, pues
desde que el nuevo pretendiente se habia presentado, para nada
necesitaba Paquita los buenos oficios de doa Robustiana.

Sin necesidad de esta, aquella tendria marido.

Tambien se evitaria el disgusto de que la casamentera le hablase de las
grandes ventajas que le ofrecia su union con Juanito.

Aunque este contase con recursos para vivir desahogadamente, segun l
decia, no era tan rico como Alfredo, ni pertenecia al gran mundo.

Brillar en el gran mundo!

Esto era la suprema dicha.

Mientras Paquita lanzaba miradas ardientes al seductor, hacia lo mismo
que la lechera de la fbula, y ya le parecia verse en los salones de la
alta sociedad, cubierta de seda y de joyas, siendo la envidia de las
mujeres y la admiracion de los hombres, y mirando con desden  todos los
tertulianos de doa Robustiana.

Llamaron al mozo para pagar; pero este dijo que ya habia cobrado.

Figrese el lector la sorpresa de las dos mujeres.

Mostrronse muy disgustadas, y la madre insisti para que el mozo
cobrase.

El mozo volvi la espalda y se alej.

No habia que preguntar quin se habia tomado la libertad de
obsequiarlas.

El deber de ellas era dejar sobre la mesa el dinero y salir sin dirigir
siquiera una mirada al galanteador, y revelando en sus semblantes que se
consideraban ofendidas; pero les faltaba el valor para hacerlo as.

No les parecia conveniente disgustar al rico caballero, porque entonces
el casamiento se hubiera desbaratado.

As aprecian las situaciones y juzgan esta clase de mujeres. Tienen la
pretension de ser grandes, verdaderas seoras en el sentido moral de
esta palabra, y les falta energa para hacer lo que hacen las que tienen
el verdadero sentimiento de la dignidad y del decoro.

Sentanse turbadas bajo una influencia que no podian contrarestar.

Alfredo, como quien est seguro de lo que vale y de lo que puede,
acercse  ellas, las salud con una finura encantadora y le dijo  la
madre:

--Seora, reconozco que he cometido una gravsima falta, y le debo 
usted una satisfaccion, esperando que sea indulgente y me perdone, en
gracia siquiera de mi buena fe.

--Caballero,--balbuce la madre de Paquita,--yo no s... por qu...

--Hay momentos en que los hombres se vuelven locos  estpidos, y es
natural que entonces, no hagan ms que torpezas. Esto lo comprender
usted fcilmente, porque tiene usted talento sobrado para comprenderlo.
Yo necesitaba un pretexto para tener la honra de hablar con usted, y no
me ha ocurrido otro medio que el de cometer una falta, porque as se
conseguia mi deseo, siquiera fuese para pedirle perdon.

No era este un lenguaje completamente desconocido para las dos mujeres?

Y qu lenguaje tan bello!

Por primera vez en su vida se veia la madre adulada con tanta delicadeza
y tan ingeniosamente.

No hay nadie invulnerable  la adulacion.

Cmo despedia con dureza al hombre que se mostraba tan atento y tan
corts?

Esto hubiera sido una grosera, esto era indigno de una seora.

Movise de un lado para otro la madre de Paquita como si el asiento
estuviera lleno de alfileres.

No sabia qu decir.

Quiso hablar, y la lengua no la obedeci.

Para disimular apel al recurso de toser, sacar el pauelo y limpiarse
la boca.

Alfredo,  quien las respuestas le interesaban muy poco, sigui
hablando.

No hay para qu repetir sus palabras, pues basta decir que manifest el
vivo deseo de sostener con ellas cariosas relaciones.

Con mucha habilidad y gran disimulo hizo comprender que la desigualdad
de fortunas no podia ser un inconveniente, pues l no miraba ms que las
virtudes, y todo lo ms los antecedentes en cuanto  la clase de
educacion de cada persona.

La cndida madre acab por escuchar encantada al hbil seductor.

Paquita sinti lo que siente la paloma cuando se ve perseguida por el
gavilan: estaba fascinada; pero su fascinacion era dulce y agradable
hasta lo inconcebible.

As pasaron otra hora, que fu para ellas un minuto.

Salieron los tres del caf, y paso entre paso fueron hasta la calle de
San Lorenzo, que era donde habitaban las dos mujeres.

La madre habl largamente de su esposo, que era un empleado antiguo, que
no habia podido pasar de seis mil reales de sueldo  pesar de su
aplicacion y su honradez.

--Todo eso se arregla fcilmente,--dijo Alfredo con indiferencia.

Lo cual equivalia  declararse protector del padre de Paquita.

Adems del matrimonio, habia, pues, un ascenso en el horizonte.

Lo que esto es para un empleado de poca categora, no lo comprenden sino
los que lo son.

Sigui hablando la madre y culp  su marido de encontrarse tan atrasado
en su carrera.

--Con su carcter,--decia,--no puede suceder otra cosa. Le prometen, no
le cumplen, y l se queda impasible. Trabaja mucho, no pide nada y nunca
le ocurre hablar mal de sus jefes, de lo cual resulta que ni le tienen
miedo, ni lo respetan, y hasta lo miran con desden. Si yo estuviera en
su pellejo, otro gallo nos cantaria. Mil veces le he dado consejos para
que se meta en poltica, porque as es nicamente como se medra; pero ni
siquiera ha querido ser miliciano, y cuando llegan las elecciones va
como un borrego  votar por quien sus jefes le mandan. No sirve mi
marido ms que para una cosa, para una no ms, para quemarme la sangre
con su cachaza. Mire usted qu suerte le esperaria  mi pobre Paca si yo
no estuviera en el mundo.

--Seora, no todas las criaturas tienen el talento de usted, su energa,
su grandeza de alma. Si esta seorita se parece  usted...

--Es mi retrato, usted lo ver.

--No del todo, mam,--se apresur  decir Paquita,--porque tu carcter
violento...

--Seorita,--interrumpi Alfredo,--usted confunde la rara energa de su
mam con lo que puede llamarse genio irascible, y debe usted tener en
cuenta la diferencia de situaciones, de circunstancias...

--Eso es, las circunstancias,--dijo la madre.

Llegaron  la casa.

Alfredo les prometi una visita, rogando lo pusiesen  las rdenes del
seor don Pascual Bonacha, que este era el nombre del padre de Paquita,
y aadiendo que desde luego podian entregarle una nota en que se
expresaran las vicisitudes del antiguo empleado.

Despidironse.

Di Alfredo algunos pasos, detvose, y vi cmo las dos mujeres abrian
la puerta, encendian un fsforo y desaparecian.

El trastorno de Paquita habia llegado al ltimo punto.

--Y qu dirs ahora?--le pregunt  su madre.

--Confieso que me habia equivocado. Es todo un caballero. Y qu
lenguaje tan fino! Y cmo comprende las cosas  media palabra que se le
diga!... Ya lo has visto, me reconoce talento, me hace justicia... Pues
y el ascenso?... Es un hombre como hay pocos. Te felicito, hija mia, y
bien puedes hacer de manera que no te se escape, porque si pierdes esta
ocasion, no encontrars otra. Cuida mucho de ocultar los pcaros
defectos que tienes, porque si se apercibe de ellos, todo se perder.

--Y en qu consisten mis defectos?

--Lo sabes demasiado bien.

Don Pascual dormia profundamente como la noche anterior.

Paquita arregl su cama despues que hubieron cenado con la jcara de
chocolate, segun costumbre.

Qu dulce debia ser su sueo!

No temia que se le escapase el novio, porque ella se creia con sobrados
encantos y con habilidad sobrada para retenerlo.

A la maana siguiente limpi y arregl la jven el aposento como mejor
pudo, y se visti con ms esmero que nunca.

Don Pascual, que era un hombre de escasa estatura, bastante grueso, de
abultado abdmen y de temperamento linftico, escuch, mientras sonreia
cndidamente, el relato de lo sucedido la noche anterior.

No di muestras de pesar ni de alegra, de agrado ni de disgusto, ni
dijo ms que...

--Bueno.

Semejante frialdad, segun siempre sucedia, hizo montar en clera  su
mujer; pero el buen marido, sin enfadarse, sin alterarse en lo ms leve,
se puso  escribir la nota, rompiendo con mucha calma la primera, porque
no le pareci bien, haciendo lo mismo con la segunda y utilizando al fin
la tercera.

Luego se puso su levita y su sombrero, tom su baston, y sali para ir 
su oficina  cumplir sus deberes.

Iria aquel mismo dia Alfredo?

Paquita suponia que s; pero su madre lo dudaba.

La jven acert, pues  las dos de la tarde reson la campanilla, abri
la madre y se encontr frente  frente con el aristocrtico calavera.

El gavilan estaba ya en el nido de la paloma.




CAPTULO IV

Turbaciones.


La esposa de don Pascual sinti como si le hiciesen cosquillas en todo
su cuerpo, y ni vi, ni oy, ni acert  darse clara cuenta de lo que
sentia.

Quiso saludar al caballero, y no hizo ms que tartamudear algunas
palabras incoherentes; quiso dejarle el paso libre, y se lo estorb, y
pensando abrir ms la puerta, la cerr violentamente y tan fuera de
tiempo, que cogi uno de los faldones de la levita del calavera.

Quiso este adelantar y no pudo, porque se encontraba preso, y tuvo que
retroceder y quedar inmvil, diciendo mientras sonreia dulcemente:

--Perdone usted, seora, pero...

--Perdonar!... Y de qu?... La visita de usted nos honra... Pase
usted, pase usted...

--Es que...

--Con franqueza, pues  m me desagradan los cumplimientos.

--A m tambien; pero es el caso que no puedo moverme.

Cuando una persona se ofusca, es difcil hacerle recobrar la calma, y
mucho ms difcil devolver la lucidez  su entendimiento.

En todo pens la esposa de don Pascual mnos en que habia cogido con la
puerta el faldon de la levita del amoroso pretendiente, y suponiendo que
este habia sentido repentinamente alguna indisposicion, dijo:

--Si se ha puesto usted malo, tendr cuanto necesite.

--Estoy bien...

--Si alguna urgente necesidad...

--Seora.

--Parece que est usted violento, y la verdad, lo que ms me hace sufrir
es que no hable usted con franqueza, porque nosotras somos muy francas.

Difcilmente contenia su impaciencia Alfredo.

No podia volverse para abrir la puerta y quedar libre, porque su levita
se hubiera roto, y no le importaba el valor de la prenda, sino la
situacion ridcula en que debia quedar.

Las preguntas, contestaciones y rplicas acabaron por poner en gran
cuidado  Paquita, y no pudiendo contenerse, corri y se present  su
amante, diciendo con voz angustiosa:

--Dios mio!... Pero qu sucede?... Pierde usted las fuerzas, no puede
negarlo...

--Lo que pierdo es la paciencia,--interrumpi Alfredo, que quiso
terminar aquella escena aun  trueque de renunciar  su amorosa
conquista.--Si no me muevo, es porque no puedo moverme... Abran ustedes
la puerta, y se lo agradecer como el ms sealado favor.

--Abrir la puerta!--exclam la madre de Paquita con acento de sorpresa
profunda.--Pues por qu piensa usted irse apenas ha puesto el pi en
nuestra pobre casa?

--Seora, estoy preso...

--Preso!...

--Mi levita...

--Qu quiere usted decir?... Aqu no aprisionamos  nadie,  nadie
violentamos...

--Mire usted, mire usted,--dijo desesperadamente el calavera.

Y al mismo tiempo llev una mano hcia el dorso de su vientre para
llamar la atencion al punto que le presentaba el obstculo.

Este movimiento se prestaba  interpretaciones que no tenemos para qu
mencionar.

Paquita baj los ojos, y haciendo un esfuerzo consigui ponerse
colorada como un tomate.

La madre arrug el entrecejo.

Supuso que Alfredo se burlaba de ellas, llevando su audacia hasta el
punto de traspasar los lmites de la decencia.

Y Alfredo era digno de lstima en aquellos momentos crticos, pues de
espaldas contra la pared y junto al marco de la puerta, no podia mover
ms que los brazos.

--Y qu hemos de ver ah?--pregunt la madre con severo tono y
aludiendo  las seas que el aristocrtico jven acababa de hacer.

--Mi levita, mi levita,--grit por fin el calavera.

An no entendieron las dos mujeres; pero quiso la casualidad que
llamasen otra vez, y abriendo la esposa de don Pascual, qued Alfredo
libre, y libre tambien qued el paso para el aguador.

--Gracias  Dios  al diablo!--exclam el jven.

Y ense arrugado y medio destrozado el faldon de su levita.

--Ah!--exclam la madre.

--Eres torpe, mam, muy torpe,--dijo Paquita.--Qu pensar este
caballero de nosotras?... Ahora no creer que tienes mucho talento, pues
lo que acaba de suceder...

--Esto no es nada,--dijo Alfredo, que bien pronto recobr la
calma.--Una casualidad... y tal vez la torpeza es mia, por no haberme
explicado bastante bien.

--Jess, estoy sofocada y...

--Olvidemos lo que no merece la pena de mencionarse.

Quiso la madre de Paquita remediar la falta, y corri en busca de un
cepillo para quitar el polvo que habia quedado en la levita.

Alfredo se dej limpiar, porque estaba convencido de que era lo mejor
que podia hacer.

Entraron en la sala, donde no habia ms muebles que una mesa con tapete
de hule, algunas sillas con asiento de paja y un pequeo espejo.

Paquita, que era de esas criaturas ncias hasta el punto de avergonzarse
de la pobreza, como si la pobreza fuera un crmen, cometi la insigne
tontera de decir que si la casa se encontraba en tan humilde estado,
consistia en que se estaba renovando el mueblaje y los adornos, y se
habian puesto provisionalmente aquellas sillas.

Con toda su alma estaba convencida la jven de que Alfredo creeria que
aquella pobreza era transitoria, interina, pudiera decirse.

Asegur el calavera que l tenia su habitacion amueblada, poco ms 
mnos, lo mismo, y con esto quedaron las dos mujeres completamente
tranquilas.

Dise principio  la conversacion, hablando Paquita de lo desagradable
que le era pasar el verano en Madrid, y quejndose de su padre, porque
no queria pedir un par de meses de licencia para llevarla siquiera  San
Sebastian, ya que no fuese  Biarritz  las pintorescas montaas de
Suiza.

--Yo pasaria la vida viajando,--decia la jven con tono sentimental.--En
unos sitios admiraria la naturaleza, en otros estudiaria el arte, y por
donde quiera se me presentarian ocasiones para observar y apreciar las
costumbres.

--No le agrada  usted la vida de Madrid?--pregunt Alfredo.

--En invierno, no ms que en invierno.

--Es usted aficionada  la msica?

--Ah!... La msica!... Es el lenguaje del alma... Y los grandes
artistas... Verdi, Rossini... La Penco, Tamberlikc...

--Te olvidas de Arderus y Caltaazor, que nos han dado tan buenos
ratos?--interrumpi la madre.

--Mam, t no entiendes de eso.

--Que no entiendo!... Pues no tengo ojos para ver todo lo que hacen en
la _Bella Elena_ y en los _Dioses del Olimpo_? Y la zarzuela _Por
seguir  una mujer_? Y la otra de _Los Magiares_, donde sale aquel
soldadote que no habla, y Caltaazor se presenta vestido de fraile? Pues
t bien te reias, y luego estabas  todas horas aturdindome con la
cancion de _la punta del pi_.

Paquita hubiera querido ser basilisco para aniquilar  su madre con una
mirada.

--Perdone usted,--le dijo Alfredo;--pero yo tengo el mismo gusto que su
mam, y por una vez que voy  la pera, voy diez  los bufos.

--Lo nico que me desagrada,--repuso la esposa de don Pascual,--son los
trajes de las suripantas.

--A m tambien; pero no las miro, y as todo se remedia.

--Pues yo,--aadi Paquita,--tengo pasion por la msica alemana, y por
eso hablo de Verdi y de Rossini.

Mucho tuvo que esforzarse Alfredo para no soltar la carcajada al oir 
Paquita; pero si esta decia desatino tras desatino, no era por eso mnos
interesante su belleza, pues sus palabras nada tenian que ver con sus
miradas de fuego y los dems hechizos con que habia querido dotarla la
naturaleza.

Si era tonta, mucho mejor, y si ncia, bien merecia duro castigo por su
culpa.

Lo mismo que de msica, habl la jven de comedias, de novelas y hasta
de poltica, y no hay que decir que de su boca salian tantos disparates
como palabras.

Despues de media hora, pidi el calavera la nota relativa  la
situacion de don Pascual.

Se la entregaron, la ley y la guard.

Llamaron otra vez.

--Con permiso de usted,--dijo la madre de Paquita.

Y sali para abrir.

--Ayer mismo se fu la criada,--dijo la jven,--y esperbamos una que no
ha venido.

Quin visitaba  las seoras de Bonacha?

Era Juanito, que se present, salud como mejor pudo y se sent.

Paquita cumpli su deber, haciendo la presentacion mtua de los dos
caballeros.

A los pocos minutos despidise el seductor, prometiendo ocuparse del
asunto que expresaba la nota, y como luego Juanito mostrase extraeza
por haber encontrado all  una persona de tan elevada clase, la esposa
de don Pascual le dijo speramente:

--Pues qu habia usted creido, que no conociamos ms que gente pobre,
como la que hace la tertulia  doa Robustiana? Pues se habia usted
equivocado.

A Juanito no se le ocult que Paquita y Alfredo se miraban con cierto
inters, y entonces se arrepinti de no haber seguido los consejos de la
viuda casamentera.

Si Paquita tenia novio, tenia un atractivo ms.

Sabrosa fruta del cercado ajeno!

No estaba Juanito enamorado de Paca, y sin embargo sintise despechado y
muy cerca de los celos.

Derrotar al jven aristcrata era un imposible.

Cmo habia de competir un pobre diablo con un capitalista?

Y sobre todo, en caso de rivalidad era posible que el capitalista se
enfadase y que quisiese llevar la cuestion  un terreno que  Juanito le
hacia temblar.

Disimul el pobre como mejor pudo, trag saliva, dirigi algunas frases
irnicas  la jven, y se fu.

No le quedaba ms consuelo, ms desahogo que la murmuracion, y apenas
lleg la noche fu  casa de la viuda, y en plena reunion di la noticia
de los amores de Paca.

Hicironse comentarios que no queremos repetir.

Doa Robustiana acarici su gato mientras decia:

--No me agrada ese asunto.

Doa Cecilia, agitando el abanico como si estuviera sofocada, exclam:

--Quin habia de pensarlo!... Verdad es que Paquita, como tiene el pico
tan suelto y mueve los ojos con tanta habilidad... En fin, ya lo ves,
Adela, para que una mujer haga fortuna, es menester que sea
desvergonzada.

--Jess!--murmur la nia mofletuda.

Y baj los ojos, aunque bien pronto los levant para cruzar con Eduardo
una mirada tiernsima.

Al tahur le pareci conveniente dar aquella misma noche el paso
decisivo, y si dud algunos momentos, sus vacilaciones terminaron al
decirle doa Robustiana:

--Deje usted pasar algunos dias, y se quedar  la luna de Valencia, lo
mismo que Juanito.

--Antes la muerte,--respondi Eduardo con trgica entonacion.

--Y para que no peque usted de ignorancia, le advierto que hay moros en
la costa.

--Seora!...

--Lo dicho.

--Esta misma noche pasar el Rubicon, y si no triunfo como Csar, morir
como el caballero Bayardo, sin volver la espalda al enemigo.

--No entiendo eso; pero me parece bien, y puesto que est usted tan
decidido, le proporcionar la ocasion, haciendo que los unos se
distraigan con la msica, y entreteniendo yo  doa Cecilia.

--Cunto le debo  usted, doa Robustiana!

--Recompensada me considerar si consiguen ustedes ser dichosos.

Dispuso la viuda que se tocase el piano y ella se sent al lado de doa
Cecilia, mientras que por una hbil maniobra, y perdnesenos la palabra,
quedaba Eduardo al lado de Adela.

Podian hablar los dos jvenes con todo descuido, puesto que su voz debia
quedar ahogada por el ruido del armonioso instrumento.

Adela pareci temerosa de no encontrarse junto  su mam, aunque la
verdad es que aquella evolucion le habia parecido muy agradable.

Baj los ojos, fijando la mirada en el abanico, y esper sin articular
una slaba y como el reo que en presencia de su juez aguarda la
sentencia.

Eduardo quiso probar una vez ms que sabia representar admirablemente su
papel, y despues de exhalar tres suspiros, que gradualmente fueron ms
lnguidos, exclam:

--Adela, Adela!...

Hubirase dicho que la voz se ahogaba en su garganta,  lo que es igual,
que se le atragantaba el amor y que no podia salirle del pecho para
comunicarlo  la sensible jven.

Esta se estremeci, y bajando ms la cabeza, murmur dolientemente:

--Eduardo!...

--Si todo lo que se siente pudiera expresarse, si cuando el corazon,
abrasado y destrozado, y el alma... Oh!... perdone usted, Adela...
estoy trastornado, estoy loco.

--Ay!...

--Sufro mucho, Adela.

--Que sufre usted!--replic la robusta jven, levantando al fin la
cabeza y mirando al tahur.

--Es posible que usted no lo haya comprendido?

--Ay!--volvi  decir Adela.

--No puedo ms, no puedo ms...

--Eduardo!...

--Tal vez para terminar mi vida vengo en busca de la luz de los ojos de
usted, como la mariposa que busca la llama donde ha de abrasarse; pero
la muerte es preferible  mi situacion, porque la muerte es el descanso,
es el olvido...

--La muerte!... Pero est usted loco?

--Loco estoy, s, ya lo he dicho.

--Ay!...

--Y la culpa es de la negra fatalidad que me persigue, la negra
fatalidad contra la que es intil toda lucha. Ya s que usted no me ama,
y que para otro ms feliz guardar el tesoro de sus encantos, de sus
hechizos arrebatadores; el tesoro de sus virtudes y de su angelical
ternura...

--No, no.

--Pero quiero salir de dudas, quiero sucumbir de una vez bajo el peso de
la espantosa realidad que me espera.

Adela se movi con seales de gran desasosiego.

Suspir una y otra vez, abri y cerr el abanico, y al fin exclam:

--Dios mio!...

--Pronuncie usted la sentencia.

--Pero...

--Pronnciela usted... oh!... las vacilaciones de usted son demasiado
elocuentes; usted no me ama, no es usted duea de su corazon...

--Se equivoca usted...

--Pues si otro dichoso mortal no ha encendido en su pecho la llama
inextinguible de una pasion...

--Le digo que se equivoca.

--No me ama usted, Adela.

--Ay!... s.

--Ah!... venga la muerte, venga todo...

--No hable usted de cosas tan tristes...

--Me ama usted!... Es posible tanta dicha? No estoy soando? No he
perdido la razon?

--Pero mam...

--No ser tan cruel que me destroce el alma.

--Djeme usted sosegarme, se lo suplico.

--Dejarla!...

--Nos miran...

--Y qu me importa?

--Luego murmurarn...

--No pueden decir sino que nos amamos, que somos felices.

No tenemos para qu seguir repitiendo las palabras de los dos amantes.

Adela consigui despues de algunos minutos recobrar la calma, y Eduardo
hizo una pintura de su amor, llegando hasta el ltimo punto de la
sublimidad y prometiendo escribir aquella misma noche unos versos que
expresasen su dicha y los goces infinitos que le aguardaban en union de
la hermosa rubia.

Una hora despues volvi Adela al lado de su madre, y esta le pregunt:

--Qu te ha dicho?

--Ay, mam!

--Se ha explicado al fin?

--Qu feliz soy!

--Ahora no se dar importancia Paquita y nada tendrs que envidiarle.

--Con el amor de Eduardo no hay nada que envidiar  ninguna mujer.
Cunta ternura, cunta delicadeza!... Y dice que quiere que nos casemos
en seguida, muy pronto.

--Te casars antes que Paquita, yo te lo prometo.

--Jura que no puede vivir as, y yo... Ay!

Aquella noche cen ms que nunca la mofletuda nia, porque la felicidad
abre el apetito; pero lo que no consigui fu soar como Paquita soaba,
porque no era tan nerviosa como esta.

Al dia siguiente, todas sus amigas supieron que el matrimonio debia
realizarse en un breve plazo.

Juanito llev la noticia  la morada de don Pascual.

Paquita escuch desdeosamente, y dijo con irona:

--Me alegrar que Dios los haga felices.

Doa Robustiana estaba loca de contenta, porque habia conseguido hacer
un matrimonio ms.

La nica persona que sufria era Juanito, porque no podia resignarse 
que la hija de don Pascual se casase con Alfredo.

Si le hubiera sido posible, habria estorbado semejante casamiento, y si
se le presentaba la ocasion para hacerlo as, no debia dejarla pasar.

Los celos trastornan, y Juanito debia cometer ms de una locura que lo
pusiese en grandsimo apuro.

La situacion de todos iba  cambiar en breve.




CAPTULO V

El protector.


Cun dulcemente pasaron los dias para las dos parejas de enamorados!

Sin sentir se resbalaban las horas entre delicias inagotables, y la
felicidad hubiera sido completa para aquellas cuatro criaturas, si  dos
de ellas no les robase el sosiego un temor, que hasta cierto punto era
bien fundado.

Tenia miedo Eduardo de que se descubriesen los misterios de su vida y
que no se realizase el casamiento que de la noche  la maana debia
hacerlo rico, permitindole disfrutar de la vida como hasta entonces no
habia disfrutado.

Paquita tambien temia que Alfredo se arrepintiese  se desencantase y
le volviese la espalda, pues aun le parecia mentira que se casase con
ella un hombre como aquel.

As trascurri una semana, y Alfredo se present, sacando un papel,
entregndolo  la madre de Paquita y diciendo:

--Ya se ha hecho justicia  su esposo de usted.

--Qu es esto?

--La credencial que esta maana me ha enviado el ministro. No ha hecho
todo lo que le ped; pero formalmente me ha prometido que lo har en un
breve plazo.

--No somos ambiciosos, y con el ascenso  ocho mil reales estamos
satisfechos.

--Ocho mil reales!--replic desdeosamente Alfredo.--Yo no hubiera
aceptado jams esa miseria para el padre de la mujer  quien amo.

Estas palabras produjeron un efecto indescriptible.

A la madre le hizo temblar la alegra.

La hija tom el papel y ley, dejando escapar un grito de sorpresa al
ver que  su padre, en lugar de un ascenso, se le daban tres,  lo que
es igual, doce mil reales, duplicando as el sueldo que tenia.

Esto era demasiado.

La esposa de don Pascual se sinti trastornada hasta el punto de que
tuvo que beber agua y vinagre, y Paquita dirigi al calavera palabras
de gratitud y miradas de fuego.

Aquellas dos infelices acababan de esclavizarse.

La jven se creia feliz, y nunca habia sido tan desdichada, puesto que
acababa de perder el ltimo resto de fuerza moral que le quedaba para
poner  salvo su pureza.

Qu podia negar Paquita  su amante?

Si este se mostraba demasiado exigente, ella tendria que ceder  todo,
pues otra cosa podia parecer una ingratitud.

Ya no necesitaba ms Alfredo para terminar en pocos dias su obra.

Cuando don Pascual volvi  su casa y vi la credencial, despleg una
sonrisa y dijo cndidamente:

--Me alegro.

--Todo esto,--grit su esposa,--me lo debes  m.

--No lo dudo.

--Y  tu pobre hija.

--Lo reconozco as.

--Y me parece que ahora no tendrs inconveniente en pedir una licencia
para que pasemos el calor fuera de Madrid.

--Y qu adelantaremos con tener la licencia? Para viajar se necesita
dinero, y no ignoras...

--El dinero se busca, se pide.

--A quin?

--A un prestamista.

--Nos harian pagar de inters el ciento por ciento.

--Y qu importa si se han duplicado nuestros recursos?

--Si los gastamos as, nos quedaremos como estbamos.

Don Pascual hablaba juiciosamente; pero de nada le sirvi, porque entre
la madre y la hija lo aturdieron, obligndole  que al fin prometiese
acudir  un prestamista.

No termin aquel dia sin que la esposa y la hija de don Pascual fuesen 
visitar  todos sus amigos, para participarles el feliz suceso.

Doce mil reales!

Ni siquiera habian podido soar tanta fortuna.

Si don Pascual abrigaba alguna duda en cuanto  la elevada posicion y 
la gran influencia de Alfredo, disipse completamente al ver que en
pocos dias y con poqusimo trabajo, habia conseguido lo que para
cualquier pobre empleado debia parecer un imposible.

El calavera era ya como el ngel bueno para la familia Bonacha.

Cuando hablaba era escuchado con respeto profundo, y si se tomaba la
libertad de dar algun consejo, se ponia inmediatamente en prctica,
pues de no hacerlo as hubiera parecido inferir una grave ofensa al
generoso protector.

Tampoco se adoptaba resolucion alguna sin conocer la opinion del
calavera.

Tanto respeto, tanta sumision, debilit algunas veces el valor de
Alfredo para consumar el abuso con que intentaba coronar su obra.

No era una cobarda herir mortalmente  los que no podian luchar ni
oponer la ms leve resistencia?

As lo pens el depravado jven alguna vez; pero discurriendo
torpemente, crey que retroceder era una cobarda.

Paquita habia sido ya objeto de las burlas y de las conversaciones de
Alfredo, con sus amigos.

Ella no sospechaba nada de esto, sino que creia que representaba un gran
papel.

A quin debia exigirse la responsabilidad de las desgracias que
amenazaban  la familia de don Pascual?

A este le parecia que su esposa y su hija iban por mal camino; pero le
falt el valor para oponerse  las contnuas locuras que las dos mujeres
intentaban.

Paquita, sin conocimiento del mundo, ni mucho mnos del corazon humano,
se habia dejado deslumbrar, habia soado imposibles, y con la
tranquilidad de su ignorancia habase colocado en la resbaladiza
pendiente que debia conducirla al abismo.

No sabia la infeliz, con cunta facilidad se desprestigia una mujer, y
tampoco se le alcanzaba cmo es objeto de desprecio y burla cuando ha
perdido el prestigio.

Ningun hombre que estimase en algo su dignidad, podia decidirse  ser
esposo de la jven.

Y sin embargo, ella no habia cometido ninguna grave falta, y podia
envanecerse con la pureza de su honra.

Empero sobre ella habia caido el ridculo, y esto era lo peor que podia
sucederla.

Todos los hombres se creen con derecho para hablar en cierto lenguaje y
para atreverse  todo, cuando se trata de una de esas infelices que se
encuentran en la misma situacion que Paquita.

Quin respeta  la que no sabe hacerse respetar?

No basta que una mujer sea virtuosa, es preciso que sea digna, porque la
dignidad es lo que infunde respeto.

Y la dignidad no est reida con la pobreza.

A los ricos se les perdona todo fcilmente, mientras que  los pobres no
se les perdona nada.

Por eso los pobres tienen que mirar ms cuidadosamente lo que hacen.

Una mujer rica puede siempre abrigar la esperanza de hacerse estimar por
su dinero y por su elevada posicion; pero las pobres que carecen de
estos recursos, qu les queda si olvidan el decoro?

Hablaron las dos mujeres al calavera del sacrificio que habian exigido
de don Pascual.

Alfredo di otra prueba ms de entendimiento y astucia, diciendo que el
padre de Paquita pensaba cuerdamente, pues no siempre conviene hacer lo
que se desea, sino lo que debe hacerse, y siguiendo sobre este punto la
conversacion, acab por decir:

--Yo tampoco, seora, podr salir de Madrid este ao.

--En ese caso nos quedamos,--se apresur  responder Paquita.

--No se quedarn ustedes, porque me complacern aceptando lo que ya he
querido ofrecerles ms de una vez.

--Caballero...

--No imaginen ustedes que voy  poner mi bolsillo  su disposicion; pero
s mi casa de recreo en las cercanas de Hortaleza. El sitio es
delicioso, y me parece que se encontrarn ustedes all muy bien. Al
mismo tiempo me prestarn ustedes un gran servicio, porque la casa est
en un lastimoso abandono y los criados que hay all hacen lo que se les
antoja. Yo podr ir  visitarlas  ustedes casi todos los dias, y as
no me privar de la dicha de verlas.

La proposicion era deslumbradora.

Alfredo prob, como dos y dos son cuatro, que la madre y la hija
tendrian all cuanto necesitasen, sin que esto representase para l
ningun sacrificio.

Las seoras de Bonacha no necesitaban dinero para hacer este viaje, y
don Pascual podria muy bien pasarse solo una temporada, aprovechando los
domingos para ir  dar un abrazo  su esposa y  su hija.

Sinti esta que el alma le retozaba alegremente en el cuerpo, y le cost
mucho trabajo disimular la turbacion de su inmenso jbilo.

A la madre le parecia tambien delicioso habitar en una casa magnfica, y
estar servida por un ejrcito de criados y tener todas las comodidades
que tienen los ricos.

Por qu habia de morirse sin disfrutar todo esto?

Su marido jams habia de proporcionrselo, y era una tontera
desaprovechar la ocasion.

Respondieron que no mil veces; pero se dejaron convencer, y al fin
aceptaron como si quisieran dar una prueba de gratitud.

Apenas se fu Alfredo, entregse Paquita  los trasportes de su jbilo,
y se ocup en revisar y arreglar su pobre equipaje.

Cuando don Pascual supo lo que sucedia, hizo un gesto de desagrado.

--No te parece bien?--le pregunt su esposa.

--Tanto me disgusta lo mucho como lo poco.

--Est visto, has nacido para ser pobre, y todo lo grande te asusta.

--Me parece que nuestra modesta posicion...

--Calla, Pascual, y no digas tonteras... Pues qu, no somos tan
seoras como la primera? Siempre ests hacindote el humilde, y por eso
no has medrado, ni medrars.

--La humildad nada tiene que ver con que mi hija vaya  vivir
precisamente  la casa de su novio, porque el mundo siempre piensa mal,
y puede suceder...

--El novio se queda en Madrid.

--No importa.

--Y sobre todo, no podemos hacer un desaire al hombre  quien le debemos
toda nuestra fortuna. Qu sucederia si se enfadase? Nuestra hija
perderia el ms brillante porvenir, y tendria que resignarse  ser
esposa de un hambriento como Juanito, si es que alguno queria casarse
con ella.

Lo mismo que siempre,  don Pascual le falt el valor para oponerse 
los deseos de su mujer y de su hija.

Tres dias despues se despidieron de doa Robustiana y sus amigos, y 
las diez de la maana siguiente se detuvo un lujoso faeton  la puerta
de la casa de don Pascual.

El faeton era de Alfredo.

Un criado con librea subi para decir  las seoras que el carruaje
esperaba.

Se baj el equipaje, que se encerraba todo en un cofre de respetable
antigedad.

Paquita estaba ataviada vistosamente, y su madre se habia puesto el
mejor de sus vestidos.

Don Pascual iba y venia por la habitacion sin pronunciar una palabra.

Lleg el momento feliz.

Bajaron los tres.

Las dos mujeres se acomodaron en el carruaje, con asombro de los
vecinos, que las contemplaban y hacian toda clase de comentarios.

Don Pascual tenia que ir  su oficina.

El faeton se puso en movimiento, y desapareci en pocos instantes.

Exhal un triste suspiro el infeliz Bonacha.

Sentia oprimido el corazon.

Su instinto no le engaaba.

Pobre Paquita!

Caras habian de costarle sus necedades.




CAPTULO VI

Juanito representa un triste papel.


Juanito estaba desesperado, porque habia concluido por enamorarse
ciegamente de Paquita.

A todas horas se le veia triste y meditabundo, y en vano doa Robustiana
intent consolarlo, abrindole camino para un nuevo amor.

Pasaron los dias y las semanas con una lentitud horrible para el jven.

Hay un refran que dice: Bien vengas mal, si vienes solo.

El refran debia cumplirse, y una maana, al presentarse en su oficina,
supo Juanito que estaba cesante.

El golpe no podia ser ms terrible.

Habia perdido el objeto de su amor, y perdia tambien su empleo, que era
lo mismo que perder la comida, puesto que no tenia otro recurso para
vivir.

El fingido calavera qued anonadado.

Le perseguia la ms negra fatalidad, mientras que la fortuna sonreia 
la mujer que lo miraba desdeosamente y lo rechazaba con espantosa
crueldad.

Qu le era posible hacer en tan triste situacion?

Nada tenia que hacer ms que acudir  los que otras veces lo habian
protegido, para que empleasen su influencia y lo repusiesen en su
empleo.

En hacerlo as se ocup Juanito, y despues de dos semanas consigui que
le diesen una carta, recomendndolo al conde de Romeral, que necesitaba
los servicios de un jven honrado, bien educado y de mediana
inteligencia.

No le ofrecian otra cosa  Juanito, y le fu preciso aceptar, pidindole
 Dios que el conde lo encontrase de su agrado.

Eran las tres de la tarde cuando nuestro jven, despues de ponerse su
corbata ms vistosa y sus guantes de color de perla, fu  la suntuosa
morada del conde de Romeral.

Tenia este una hija jven y hermosa, y que debia heredar su ttulo y sus
riquezas, y Juanito, pensando como Paquita pensaba, soando como habia
soado siempre, supuso que era posible que su persona interesase  la
hija del conde, en cuyo caso debia considerar hecha su fortuna.

El mes de Agosto corria, y debemos advertir que las seoras de Bonacha
debian muy pronto regresar  su humilde vivienda de la calle de San
Lorenzo.

Lo que habia sucedido en la deliciosa casa de recreo, lo sabremos
despues; pero ahora es preciso que fijemos toda nuestra atencion en el
desdichado pretendiente.

--El seor conde?--pregunt.

--Tiene visita,--le respondieron.

--No importa, esperar, porque he de entregarle una carta da su amigo el
seor don Pedro de Almendares.

--El seor de Almendares!... Eso es otra cosa. Se pasar recado  su
excelencia, porque la visita que tiene es de mucha confianza, y tal vez
no haya inconveniente para que sea usted recibido.

El criado desapareci, volviendo un minuto despues para decir:

--Pase usted, caballero.

Sigui Juanito al sirviente, y despues de atravesar muchas habitaciones
ricamente amuebladas, entr en una donde habia tres personas: el conde,
su hija y el amigo de tanta confianza  quien habia aludido el criado.

El conde de Romeral tenia sesenta y cinco aos: era de escasa estatura,
enjuto de carnes, de rostro aguileo, plido y enfermizo, y ojos
pequeos, redondos y hundidos.

Recostado en un ancho sillon y envuelto en su bata, apenas podia
distingursele, pues estaba colocado en el sitio ms oscuro de la
habitacion.

Indolente por carcter y por costumbre, era uno de esos hombres que
hacen un gran sacrificio cuando tienen que ocuparse de algun negocio, y
aunque para los suyos tenia ms servidores de los que en realidad
necesitaba, faltbale todava uno que  todas horas se encontrase  su
disposicion y que se ocupase de ciertas pequeeces en que no podian
entender los dems.

No tenia el conde ms hijos ni parientes que la bellsima jven que  su
lado se encontraba, y en ella habia concentrado todo su cario.

El conde de Romeral era un hombre honrado en todos sentidos, y puede
decirse que no tenia ms defecto que su pereza.

En cuanto  su carcter, presentaba contrastes dignos de mencion, pues
mientras unas veces se le veia caer en una melancola profunda, otras
veces hablaba, bromeaba y reia como un nio.

Si se enfadaba, no duraba su arrebato ms de medio minuto, y luego
parecia muy pesaroso de haberse dejado llevar por la clera.

Con semejante padre, era la jven completamente feliz, y ella disponia 
su antojo y como absoluta duea, pues el anciano no queria tomarse la
molestia de mandar.

Adems de estas cualidades, era el conde muy sencillo, lo mismo en su
lenguaje que en sus costumbres, pues  lo nico que le daba valor en el
mundo era  la honra.

Dotado de un gran fondo de benevolencia, juzgaba favorablemente  todo
el mundo, y por consiguiente no habia nada ms fcil que engaarlo.

Su hija, que tenia veintidos aos, era un verdadero prodigio de belleza,
y aunque habia heredado muchos de los nobles sentimientos de su padre,
estaba muy lejos de ser tan benvola y tan sencilla como este.

Juanito la contempl admirado mientras saludaba, y al fijar la atencion
en la otra persona que se encontraba all, no pudo el jven pretendiente
contener una exclamacion de sorpresa y de disgusto.

Habia reconocido al dichoso Alfredo,  su odiado rival.

Alfredo salud ceremoniosamente  Juanito, pero como se saluda  la
persona  quien ya se conoce.

Vise Juanito obligado  corresponder cortsmente al saludo, y el conde,
con su llaneza caracterstica, dijo:

--Segun veo, se conocen ustedes?

--S,--respondi el pretendiente.

Y para que no se le acusase de grosero  mal educado, aadi:

--Tengo ese honor.

Contentse Alfredo con hacer un movimiento de cabeza.

El anciano tom la carta que le present Juanito, y con mucha dulzura le
dijo que se sentase.

Luego entreg  su hija el papel, mandndole que leyese, so pretexto de
que la debilidad de sus ojos no se lo permitia  l.

En aquellos momentos la situacion de Juanito era un tanto peligrosa, y
sobre todo muy penosa.

Las veces que por casualidad se habia encontrado con Alfredo en la
vivienda de la familia Bonacha, el jven empleado, siguiendo su
costumbre de aparecer el hombre rico y calavera, habl de los muchos
recursos con que contaba para vivir desahogadamente, para satisfacer
todos sus caprichos y para pagar todas sus locuras.

Y despues de haberse dado tan impremeditadamente los aires de gran
seor, solicitaba una ocupacion muy subalterna y mezquinamente
retribuida, alegando como ttulo principal la circunstancia de no contar
con recursos para atender ni aun  sus ms urgentes necesidades.

Todo esto tenia que hacerlo en presencia de Alfredo, que por aadidura
era su afortunado rival.

Pens tambien el infeliz jven que tal vez valia ms que la que llevaba,
la recomendacion del aristocrtico calavera, y que quizs de este
dependia el resultado de la pretension, pues era amigo ntimo del conde
y de su hija, y debia ejercer en aquella casa grandsima influencia.

Se concibe humillacion igual?

Y Juanito no podia quejarse de la fortuna, puesto que lo que entonces le
sucedia era obra suya exclusivamente: eran consecuencias inevitables de
la srie de necedades y tonteras que habia cometido.

No comprenden esto los desdichados que se dejan extraviar?

Alfredo se recost indolentemente en el sillon que ocupaba, y mir al
desdichado Juanito con un si es no es de irnica burla, capaz de hacer
perder la paciencia aun al hombre que tuviese tanta calma como don
Pascual.

Juanito experimentaba un malestar inexplicable, y era posible que
cometiese muchas torpezas.

Alternativamente se ponia su rostro plido como el de un cadver, 
colorado como una cereza.

Para colmo de desdichas, la hija del conde tenia que leer en voz alta, y
por consiguiente Alfredo se enteraria del contenido de aquella carta, en
que se presentaba al pretendiente como  un pobre infeliz en todos
sentidos.

Hubiera querido Juanito que en aquellos momentos se lo tragase la
tierra, y  serle posible habria recogido aquella carta y renunciado 
la colocacion que debia darle de comer.

Nada de esto le hubiera sucedido  presentarse toda su vida modesto,
aunque con dignidad y enorgullecindose, no con las corbatas de vivos
colores y el dinero que no tenia, sino con su honradez y su pobreza.

Clotilde, que as se llamaba la hija del conde, ley lo siguiente:

Seor conde de Romeral.

Mi estimado amigo: El dador, don Juan Gonzalez, es un jven muy
desgraciado, pues acaba de quedar cesante, perdiendo as el nico
recurso con que contaba para comer. Lo conozco hace algunos aos, y de
muy buena voluntad lo he protegido en cuanto me ha sido posible, pues
as lo merece por sus buenas costumbres y su triste situacion.

Si usted acepta sus servicios, no creo que se arrepentir, porque me
parece que tiene bastante inteligencia para los asuntos en que usted ha
de emplearlo, y con todos sus jefes ha probado ser obediente y discreto.

Tiene muy buena letra, y conoce bastante bien la ortografa.

Me intereso mucho por su suerte, y le agradecer que le dispense su
proteccion.

Ruego  usted haga presente mis cariosos recuerdos  Clotilde, y usted
disponga de su mejor amigo, Q. B. S. M.--PEDRO DE ALMENDARES.

P. S. No he visto estos dias  nuestro amigo Alfredo, y por esta razon
no he podido rogarle que una su recomendacion  la mia, para que el
jven Gonzalez quede al servicio de usted.

Este ltimo detalle era un golpe ms terrible que ninguno.

Cuando el seor de Almendares hacia mencion de Alfredo, era porque la
recomendacion de este tenia muchsima importancia, y ya no podia dudarse
de que, si Juanito obtenia el empleo de que tanto necesitaba, lo deberia
en gran parte al rival  quien tanto odiaba, al hombre  quien habia
querido tratar de potencia  potencia.

El pretendiente no conocia el contenido de la carta, porque esta la
habia recibido cerrada: si la hubiese leido, tal vez no la habria
entregado.

La sorpresa le aturdi.

Apenas acertaba  darse cuenta de lo que le sucedia, y hubo momentos en
que crey que estaba soando.

--Vean ustedes una coincidencia bien rara,--dijo el conde.

--Ciertamente,--aadi su hija.

Y dirigi  Saavedra una mirada, que queria decir:

--Decide sobre la suerte de este desgraciado.

Alfredo volvi  cambiar de postura.

Despleg una dulce sonrisa, y le dijo al conde:

--Ya ha visto usted que este caballero no me es desconocido, y por
consiguiente no necesito que me lo recomiende el seor de Almendares. Le
agradecer  usted mucho que lo tome  su servicio, y si por cualquiera
razon no le conviene hacerlo as, le hablar al ministro para que sea
nuevamente colocado con un ascenso.

Juanito, para cumplir los deberes que impone la buena educacion, debi
dar las gracias  su rival; pero tal era su turbacion, que no pudo
articular una silaba.

--Seor Gonzalez,--dijo el conde,--bien puede usted asegurar que es el
hombre ms afortunado del mundo. Se quedar usted  mi servicio, si es
que le conviene, y yo har por usted cuanto me sea posible. Si prefiere
usted una posicion oficial, nuestro amigo Saavedra se la ofrece; pero
en esta poca de agitacion y revueltas polticas, ningun empleado puede
considerarse seguro, aunque cumpla su deber, mientras que en mi casa
tendr usted asegurado su porvenir.

--Gracias, seor conde,--dijo por fin Juanito.

--Cunto sueldo tenia usted?

--Cuatro mil reales.

--Es una miseria, y no comprendo cmo podia usted atender  todas sus
necesidades. Bien es verdad, que con su buena conducta ha podido hacer
milagros. Yo le hubiera ofrecido  usted doble de lo que tenia; pero
ahora le ofrezco triple, es decir, cincuenta duros cada mes, porque
tengo la obligacion de complacer al mismo tiempo  dos de mis mejores
amigos, al seor de Almendares y al seor de Saavedra. Soy muy
caprichoso, como todos los viejos, y  mi hija la sucede casi lo mismo,
y para ciertos asuntos, que no tienen ms importancia que la que
nosotros les damos, es para lo que tenemos necesidad de los servicios de
usted. Ser usted, como si dijsemos, nuestro secretario ntimo, y si se
pasa un mes sin que tenga usted que hacer nada, en cambio llegar un dia
que trabaje usted con exceso. Le parece  usted bien? Creo que s, y
por consiguiente nada tenemos que hablar. Maana vendr usted  las
diez, se instalar en mi despacho, y luego veremos si hay algo que
hacer. Lo que mi hija disponga, aunque sea un desatino, est bien
dispuesta, y si yo doy una rden y ella otra contraria, hay que obedecer
ante todo lo que ella mande, porque si no se enfadaria, y yo no quiero
que  mi lado nadie se disguste. Ya ir usted conociendo las
interioridades de la casa, y en cuanto  nuestros amigos, le advierto
que el seor de Saavedra es el nico verdaderamente ntimo, porque sus
relaciones con nosotros tienen un carcter y un fin distinto de las
relaciones con los dems.

No necesitaba Juanito ms explicaciones para comprender que Alfredo
amaba  Clotilde y era correspondido con conocimiento y aprobacion del
conde.

Hasta cierto punto, era esto muy agradable para el infeliz pretendiente,
pues le daba la seguridad de que, ms  mnos tarde, Paquita recibiria
un desengao.

Adems, se le presentaba la ocasion de vengarse terriblemente, sin
provocar un lance con su rival.

Las heridas abiertas en el amor propio producen vrtigos.

Mucho odiaba Juanito  Saavedra; pero su dio se encendi ms y ms
desde que se vi humillado y represent el ms triste de los papeles.

Le atormentaba horriblemente la sola idea de que el pan que habia de
comer, se lo debia precisamente  su afortunado rival.

Mal que le pesase, tenia que reconocer su pequeez en comparacion de
Alfredo, y como no tenia valor para rechazar abiertamente lo que se le
ofrecia, era forzoso que pensara en vengarse.

Maquinalmente pronunci Juanito algunas frases de gratitud, y
prometiendo cumplir su deber como mejor pudiera, despidise y sali.

Cuando se encontr en la calle, mir  todos lados como si no
reconociese el sitio.

Su cabeza se abrasaba, y apenas podia respirar.

El infeliz tuvo que volverse  su casa para entregarse all con libertad
completa  sus amargas reflexiones.

Una y otra vez acus  Paquita, que lo despreciaba, que no hacia
justicia  sus nobles sentimientos y sanas intenciones.

Se veia despreciado por un hombre que amaba  otra.

No reconoceria Paquita su error cuando recibiese el terrible desengao?

No amaria entonces al que con la mejor buena fe le ofrecia su ternura?

As crey Juanito que debia suceder; pero con esto no quedaba
satisfecha, pues necesitaba que sufriese mucho su odioso rival.

No hay enemigo pequeo, dice el adagio, y el ms pequeo es  veces el
ms temible.

Acordse Juanito de la fbula del guila y el escarabajo.

Si Alfredo era el guila, Juanito podia muy bien hacer lo que el
escarabajo habia hecho.

Sobre ser escasa la inteligencia de Juanito, hay que tener en cuenta que
estaba profundamente trastornado.

Lo que acababa de suceder habia sido muy desagradable tambien para
Alfredo.

No estaba este tranquilo, y con ansiedad aguardaba una ocasion en que
poder advertirle  Juanito, que ni una palabra dijese sobre sus
relaciones con la familia Bonacha.

Si el aristocrtico calavera hubiese comprendido que una tempestad
horrorosa agitaba el alma del jven cursi, no habria perdido un instante
para ir  buscarlo y exigirle que guardase silencio.

Empero no di Saavedra tanta importancia al asunto, y en esto consisti
su torpeza.

Lleg el dia siguiente.

A las diez en punto de la maana entraba Juanito en la suntuosa morada
del conde.

Estaba el jven plido y ojeroso, porque la noche anterior apenas habia
dormido.

Los criados lo recibieron muy bien, y se instal en el despacho, segun
las rdenes que tenia.




CAPTULO VII

Juanito empieza  vengarse.


No habian trascurrido quince minutos, cuando se present Clotilde
envuelta en una ancha bata, que si no permitia que se dibujasen muchas
de sus bellsimas formas, en cambio dejaba que otras se viesen tal vez
ms de lo que convenia.

Acababa de salir del lecho, y su rubia cabellera estaba en desrden.

A pesar de esto, nunca habia parecido la jven tan arrebatadora.

Salud  Juanito como se saluda  las personas de confianza, y le dijo
que se sentase, mientras ella hacia lo mismo.

No le faltaron  Clotilde pretextos para justificar su presencia all,
y con la habilidad de las mujeres del gran mundo, fu prolongando la
conversacion y dndole el giro que le convenia.

Juanito estaba como fascinado y sin querer contemplaba aquellos
hechizos, preguntndose ms de una vez si Paquita merecia la pena de que
ningun hombre sufriese por ella el ms leve disgusto.

Pero estas reflexiones no podian hacerle cambiar de resolucion, sino
que, por el contrario, ms que nunca estuvo decidido  descargar el
terrible golpe contra Alfredo, ocurrindosele adems que era posible que
la hija del conde no perdonase jams al que la habia engaado y que
pensase en otro hombre.

Por qu Juanito no habia de conseguir algun dia interesar el corazon de
Clotilde?

As su venganza seria completa y le tocaria su vez de mirar
desdeosamente  Paquita.

Era jven, creia que el cielo lo habia dotado de belleza personal, y le
parecia que esto era suficiente para encender el corazon de una mujer.

Se equivocaba, porque no sabia que de lo que mnos se enamora la mujer
es de la belleza fsica, y que sobre este punto sus aspiraciones y
sentimientos estn muy por encima de los del hombre. El talento, el
valor, la gloria, la posicion social y otras circunstancias por el
estilo, hacen que una mujer se enamore, ms que de la juventud  la
hermosura, del cuerpo.

Su pobreza no le parecia un inconveniente  Juanito, pues sobre este
punto discurria como la hija de Bonacha, recordando los ejemplos de
matrimonios entre personas de fortuna muy desigual.

No hay que decir que ambos juzgaban por las apariencias, pues cuando
habian visto casarse  una mujer pobre con un hombre rico,   una mujer
rica con un pobre, no se habian tomado la molestia de examinar y buscar
la verdadera causa, no habian tenido en cuenta las circunstancias de ms
valor.

Hacer un doble negocio, matar dos pjaros de un tiro, como suele
decirse, es una cosa muy bella, y Juanito crey que esto era lo que iba
 conseguir.

Sin saber cmo, acab Clotilde por hablar de Alfredo, y con la mayor
indiferencia pregunt cmo este y Juanito se conocian.

El jven vi el cielo abierto: la ocasion se le presentaba antes de que
l la buscase, y quiso aprovecharla.

Principi por desplegar una sonrisa maliciosa, y luego respondi:

--Nos conocimos en cierta casa.

--Cierta casa!--replic Clotilde.--Y qu quiere decir eso? Usted no
piensa que semejantes palabras pueden traducirse de una manera nada
favorable para Alfredo y para usted?

--Seorita!...

--Dicen que es usted un hombre de muy buenas costumbres.

--No creo haber dado motivo para que se ponga en duda.

--Cierta casa, con el tono que usted lo ha dicho, significa el lugar
donde la honra no es lo que ms resplandece.

--Siento mucho haber cometido la torpeza de expresarme mal.

--Cuando uno se equivoca y rectifica, nada se ha perdido.

--Hace bastante tiempo que conozco  la familia de un empleado, cuya
honradez raya en la exageracion, y en casa de esa familia es donde por
primera vez v  don Alfredo de Saavedra.

--Y quin es ese empleado?

--Un pobre que se llama don Pascual Bonacha, y que tenia seis mil reales
de sueldo, aunque ahora tiene doce mil, gracias  la proteccion que don
Alfredo le dispensa.

--Si esa familia es honrada, no ha podido emplear mejor su influencia
nuestro amigo.

--Vivian con bastante estrechez.

--Tiene muchos hijos ese don Pascual?

--Una hija que ha cumplido veinte aos, y de la que algunos dicen que es
bastante bella.

Por un instante palideci el rostro de Clotilde; pero acostumbrada 
disimular, despleg una sonrisa, acercse ms  Juanito y le pregunt:

--Usted no opina lo mismo en cuanto  la belleza de esa jven?

--Me parece graciosa, y nada ms.

--Graciosa!...

--Pero es algo vanidosa.

Clotilde fij una mirada profunda y fascinadora en el jven, y dijo:

--Y cmo Alfredo ha hecho relaciones con esa familia?

--Lo ignoro, aunque, segun parece... En fin, estos asuntos son muy
delicados, y no quiero mezclarme en ellos.

Otra vez palideci la hija del conde; pero hizo nuevos esfuerzos para
dominarse.

--Comprendo,--murmur.

--Si usted adivina, conste que yo nada he dicho.

--Ocupando la posicion que usted ocupa en esta casa, creo que me debe
hablar con franqueza.

--Es que...

--Sin embargo, no quiero averiguar vidas ajenas. Ya veo que Saavedra
sostiene amorosas relaciones con la hija de don Pascual Bonacha, y que
protege al padre...

--Y ha hecho en favor de esa familia ms de lo que debia esperarse:
Puedo ser ms franco?--aadi Juanito como quien se decide  dar un
paso peligroso.--Deseo para don Alfredo de Saavedra la tranquilidad y la
dicha; pero ustedes son antes para m, y quiero darles pruebas de
lealtad.

As lleg la conversacion  tomar el carcter que deseaba Juanito, lo
mismo que Clotilde.

Esta ya no intent disimular.

Las explicaciones fueron interesantsimas desde aquel momento.

Juanito dijo la verdad de todo lo que habia sucedido, sin olvidarse de
la elocuente circunstancia de haber cedido Alfredo su casa de campo  la
familia Bonacha para que pasase all la fuerza del calor del esto.

Despues hizo algunos comentarios con la peor intencion del mundo.

Clotilde escuch con tanta ansiedad como angustia.

Ms de una vez se torn lvido su rostro y sombra su mirada.

Prometi no decir  nadie quin le habia dado tan graves noticias, y
atormentada por los celos y trastornada por la ira, sali del despacho.

En su semblante se revelaba la borrasca espantosa que agitaba su
espritu.

Juanito empez  sentirse poseido de terror ante su propia obra; pero ya
no podia retroceder. Habia dado el primer paso, y le seria forzoso dar
el ltimo.

Algunas horas despues se present Alfredo de Saavedra.

No tuvo necesidad de explicaciones, pues apenas mir  Clotilde
comprendi que algo muy grave sucedia, y reflexionando le fu fcil
adivinar la verdad.

Pobre Juanito!

Desde aquel momento debia contarse el hombre ms desdichado del mundo.

Alfredo no se dejaba arrebatar fcilmente; estaba dotado de gran fuerza
de voluntad, y sabia dominarse.

Buscar  Juanito para pedirle cuenta de su proceder, le pareci 
Saavedra que era equivalente  olvidar su dignidad y  rebajarse hasta
la pequeez de su ruin enemigo; pero como tampoco queria castigarlo slo
con el desprecio, decidi  su vez vengarse cruelmente y de tal manera,
que  Juanito no le quedase duda de la inmensa distancia que entre ambos
habia.

Por su parte, Clotilde no pensaba tampoco entablar una lucha para
disputar  Paquita el corazon de Alfredo, porque esto hubiese sido
honrar demasiado  la hija de Bonacha.

No, no era posible que la hija del conde olvidase su orgullo de raza,
porque antes preferia destrozarse ella misma el corazon y morir.

No habia dado  los amores de Alfredo con Paquita ms importancia que la
que se da  una locura de la juventud; pero que la mortificaba, porque
heria su amor propio y porque podia tener muy graves consecuencias.

El conde, recostado en un sillon, ocupbase en leer un peridico, y
Clotilde y Alfredo, en otro extremo de la habitacion, ojeaban
distraidamente un lbum, y pudieron hablar con entero descuido.

--Nubes hay,--dijo Alfredo,--que empaan el cielo de tu alegara, y
sentir que esas nubes entraen contra m una tormenta.

--Se equivoca usted, caballero,--replic severamente Clotilde.

Saavedra hizo un gesto, como si quisiese decir:

--Mal principia la conversacion.

--De mujeres como yo,--aadi la hija del conde,--no deben temerse
tormentas, porque cierta clase de arrebatos iracundos se los prohibe la
dignidad  las seoras.

--Y qu me importa que te domines y aparentes calma, si el resultado,
ha de ser para m peor que si desahogases tu enojo con las palabras ms
duras?

--El resultado habia de ser el mismo siempre cuando se trata de un
hombre que se olvida hasta de los deberes que le impone su distinguida
clase.

--Clotilde!...

--He concluido.

--Necesito explicaciones.

--No las dar.

--Sin duda un error...

--El error es imposible cuando hay pruebas...

--Tal vez alguna calumnia...

--No.

--Y en ltimo caso, creo que tengo el derecho de defenderme, y la
defensa es imposible cuando ignoro de qu se me acusa.

--Yo tambien tengo el derecho de disponer de mi corazon.

--Ciertamente; pero cuando se han adquirido compromisos...

--Basta, caballero.

--Si no me das las explicaciones que necesito, acudir  tu padre.

--Y mi buen padre le echar  usted en cara la fealdad de su proceder, y
le preguntar si es un error  una calumnia la desinteresada proteccion
que usted dispensa  cierta familia que hoy ocupa su casa de recreo de
las cercanas de Hortaleza.

Arrugse el entrecejo del jven.

Por un instante relumbraron sus ojos con fulgor siniestro.

--Est bien,--dijo con grave tono.

--Consiste en eso la defensa de usted?

--No me defiendo de lo que es absurdo, porque esto no lo hacen ms que
los estpidos. Gente ruin ha querido herirme, suponiendo lo que no
existe ni puede existir, porque para esa gente es inconcebible que se
haga un beneficio sin otra mira que la satisfaccion de hacerlo.

Clotilde despleg una sonrisa irnica.

--Yo soy el ofendido,--aadi Alfredo.

--Pues no espere usted de m la reparacion.

--El tiempo lo pone todo en claro, y habr que hacerme justicia.

--Pues bien; entre tanto...

--Habr una vctima inocente.

--De seguro no ser usted, caballero.

--Lo ser esa honrada familia, porque me ser preciso volverle la
espalda para probar as la pureza de mis intenciones, y cuando de esta
ya no quede duda, creo que t misma sers la primera en proteger  esos
desgraciados.

Crey Clotilde que no debia continuar la conversacion, y fu  sentarse
cerca de su padre.

Disimul Alfredo como mejor pudo, y algunos momentos despues sali, fu
 su casa, y mand que para aquella noche se preparase su berlina, con
objeto de ir  la casa de campo.

Cuando pas el dia sin que nadie lo hubiese molestado, empez 
tranquilizarse Juanito, suponiendo que Alfredo no habia podido adivinar
de dnde habia partido el golpe.

Ahora lector, si bien te parece, iremos  la casa de campo para conocer
la verdadera situacion de la infeliz Paquita.




CAPTULO VIII

Cmo se llega al fondo del abismo.


La esposa y la hija de Bonacha habian estado tres  cuatro dias como el
que recibe un fuerte golpe en la cabeza.

Grandes esfuerzos tenian que hacer sus facultades intelectuales, para
darse cuenta de su nueva situacion.

Se habian encontrado con tres  cuatro sirvientes, que las agobiaban en
fuerza de respeto y de toda clase de consideraciones, y en todo se
vieron atendidas como no era posible que siquiera imaginasen.

Para el que no tiene la costumbre de mandar, los criados son un estorbo,
una gran molestia.

La esposa de don Pascual hubiera preferido estar sola con su hija; pero
sta, mintiendo como siempre, aseguraba encontrarse muy bien.

No hay que decir que los criados conocieron bien pronto que aquellas dos
mujeres no se habian visto nunca en situacion igual, pues no se atrevian
 dar rdenes, como quien est acostumbrado  hacerlo as, y
particularmente al comer cometian muchas torpezas.

Al dia siguiente se present Alfredo para saber si sus buenas amigas
habian descansado, y los dias siguientes les hizo tambien una visita, ya
por la maana temprano  al oscurecer.

Cuando Alfredo iba se paseaban por el jardin, y si la madre se cansaba y
se sentaba  la sombra, los dos jvenes iban y venian hablando de su
amor, cruzando miradas de fuego y permitindose algunas sencillas
libertades, que para Paquita no tenian ninguna importancia.

Algunos dias almorz all el calavera, y cuando pas una semana le dijo
 la jven que era un martirio insoportable hablar siempre en presencia
de un testigo.

Cmo podia remediarse esto?

Para Saavedra era muy fcil, puesto que  las diez  las once, hora en
que la madre dormia, la hija podia muy bien asomarse  la ventana de su
dormitorio, que daba al jardin, y all, aspirando el aire puro y fresco
de la noche, contemplando el pursimo cielo y dejando que la
imaginacion se remontase en alas de las ms risueas ilusiones, podian
pasar dos  tres horas de incomparable delicia.

Para entrar Alfredo en el jardin, no encontraria ningun inconveniente,
puesto que aquella era su casa.

Paquita hizo alguna resistencia; pero se dej vencer.

La ventana estaba  tres pis del suelo, y bajo la misma habia un banco
de piedra, de manera que los dos amantes se encontrarian bien cerca el
uno del otro.

Paquita, para acallar sus escrpulos, se hizo el siguiente razonamiento:

--Si es peligroso hablar con el hombre  quien se ama, igual es el
peligro estando  solas que con un testigo cualquiera. Cuando mi madre
nos acompaa, no sabe lo que Alfredo me dice, y por consiguiente de nada
sirve su presencia. Lo que Alfredo exige de m nada tiene de particular,
y mientras yo quiera guardarme, es intil toda vigilancia, as como
tambien lo seria si yo me propusiera olvidar mis deberes.

A las diez de la noche estaba Paquita puesta  la ventana, y Alfredo en
el jardin, en pi y junto al asiento de piedra.

Una hora despues, que  la jven le habia parecido un minuto, Alfredo se
coloc sobre la piedra.

As podian hablar ms bajo y evitaban que algun curioso los escuchase.

Qu se decian?

Lo que se dicen siempre los enamorados.

Era ms de la una de la madrugada cuando se separaron.

Saavedra dijo que pensaba volverse  Madrid; pero no se tom semejante
molestia, pues se qued all en su dormitorio, y  la maana siguiente
represent el papel de que acababa de llegar para hacer su visita de
costumbre.

Tres noches despues, los dos enamorados pasaban sin sentir el tiempo,
con las manos entrelazadas y cruzando frases de inmensa ternura.

Luego se quej Alfredo del cansancio consiguiente  permanecer en pi y
parado tres  cuatro horas, mostrando deseos de sentarse y que hiciese
lo mismo  su lado Paquita.

Estar sentados  en pi le pareci  la jven completamente igual, y se
atrevi  salir de la casa, haciendo compaa en el jardin  su amante.

Lleg un dia en que se cansaban tambien de estar sentados, y paseaban
cuando la luna esparcia sus nacarados resplandores.

Paso tras paso se llega sin sentir  la cumbre de la montaa que nos
parece inaccesible,  al fondo del abismo que habamos mirado con
horror.

Ninguna mujer se pierde en un solo dia, porque su perdicion es una obra
lenta, de cuyos adelantos ella misma no se apercibe.

Si desde el primer momento se le dijese adnde paso  paso habia de
llegar, retrocederia espantada; pero no se le exige ms que un paso, uno
solo, y cuando ha dada el primero se le ruega que d el segundo, y as
concluye insensiblemente por llegar adonde le parecia un imposible.

Cuando comprende su verdadera situacion se horroriza y quiere
retroceder; pero ya es tarde.

La que no evita el primer paso, da el ltimo.

Se comprende ahora la triste situacion de Paquita?

No habia llegado al ltimo punto de su perdicion, pero llegaria.

En la casa de recreo debia dejarse todas sus ilusiones, todas sus
esperanzas, y algo ms, que ms que las esperanzas valia.

Lo que sabemos ya que Juanito habia hecho para vengarse, acab de
decidir al desalmado Alfredo.

Si antes se habia detenido por algunos escrpulos, estos desaparecieron,
y exclam:

--Bonito papel represento!... Guardar consideraciones  esta clase de
gente, es una estupidez.

Y decidido  no reparar ya en nada, fu aquella noche  la casa de
campo.

Paquita le sali al encuentro en el jardin.

No comprendia la desdichada que su reputacion estaba ya perdida en
opinion de los criados; no comprendia que un hombre como Alfredo, si
podia casarse con la que hubiera olvidado sus deberes, no se casaria
jams con la que olvidaba su decoro.

Dice el adagio, que no basta ser buenos, sino que es menester parecerlo
tambien.

A la mujer se la perdona todo, mnos el escndalo.

Hay cierta clase de faltas que  la mujer le hacen ms  mnos mal,
segun se cometen.

Una inconveniencia es  veces para una mujer mucho peor que la deshonra.

El mundo es muy celoso de su dignidad, y no perdona  quien se olvida de
cierta clase de consideraciones.

De lo que aquella noche sucedi nada podemos decir, puesto que el
resultado es lo que nos interesa, y hemos de verlo muy pronto.

Alfredo volvi  las cinco de la madrugada  su casa de Madrid, y se
acost.

Cuando Paquita sali aquella maana de su dormitorio, estaba triste y
preocupada.

Alfredo no fu aquel dia, ni tampoco al siguiente, sino  las once de la
noche.

Una semana despues se habl del regreso  Madrid, porque el seor
Bonacha decia que se encontraba muy mal sin los cuidados de su esposa.

La madre y la hija volvieron, pues,  la calle de San Lorenzo.

Su antigua habitacion les parecia horrible.

No hay nada peor que subir, si despues ha de descenderse.

Todo les parecia muy malo all.

Determinaron tomar una criada, porque ya no comprendian que sin criados
pudiera vivirse. Adems, sus recursos habian triplicado, gracias  la
proteccion de Alfredo y  los ahorros que hizo don Pascual mientras
vivi solo.

Fueron  visitar  doa Robustiana; pero ya Paquita no parecia
envanecerse con el amor de Saavedra.

La viuda pregunt cundo se verificaba el matrimonio, y la esposa de don
Pascual respondi:

--Veremos, porque ahora tiene Alfredo necesidad de hacer un viaje para
arreglar asuntos de mucho inters, y no volver hasta el mes de Octubre.

--Bien me parece eso,--repuso doa Robustiana,--muy bien, con tal que
ese hombre cumpla sus promesas.

--Si usted lo conociese, no dudaria.

--Pues, hija, puedes decir que eres muy afortunada, si bien es verdad
que t mereces eso y mucho ms.

--Y Adela?--pregunt la esposa de Bonacha.

--No tardar quince dias en casarse, pues ya estn arreglando los
papeles.

--Tan pronto!...

--Eduardo queria esperar para que sus intereses estuviesen en rden,
porque ya saben ustedes que es el hombre ms delicado del mundo; pero
como ellas no miran el inters, porque el dinero les sobra, han querido
que la boda se haga inmediatamente para emprender un largo viaje antes
del otoo.

--Tampoco Adela puede quejarse de la fortuna.

--Eduardo la adora; pero no es tan rico como el seor de Saavedra, ni
representa en la sociedad tan brillante papel.

--Y qu ms puede pedir la hija de un cerrajero?--replic Paquita.

--Si es honrada, puede pedir mucho.

La jven palideci, y su madre se apresur  decir:

--Mi hija tambien es honrada.

--Nadie lo ha puesto en duda.

--Y es seora desde que naci, y su padre es un caballero, y por
consiguiente pertenece  otra clase. Buen papel haria la hija del
cerrajero entre duques y marqueses, como estar mi hija cuando se case.

--Yo deseo la dicha para las dos, y estoy satisfecha, porque me parece
que las dos han conseguido lo que deseaban.

Si la esposa de don Pascual hablaba de viajes de Alfredo, era porque
este habia dicho que tenia necesidad absoluta de salir de Madrid.

Esto no era un verdadero motivo de alarma, y sin embargo, Paquita empez
 perder la tranquilidad.

Doa Robustiana, con la mejor intencion, le dijo  la jven:

--Pues los aires del campo no te han sentado muy bien, porque ests ms
plida y ojerosa, y me parece que has perdido algo de tu alegra.

Paquita hizo un gran esfuerzo para sonreir.

--Me siento muy bien,--dijo.

Y qu pensaba de todo esto don Pascual?

Aunque parezca inverosmil, su carcter habia cambiado durante la
ausencia de su familia.

Ya no sonreia constantemente: se le veia con frecuencia muy preocupado,
y algunas noches dejaba de leer _La Correspondencia_, lo cual sorprendi
mucho  su esposa.

Tampoco dormia tantas horas como antes, y habia disminuido
considerablemente su apetito.

Sin embargo, don Pascual no estaba enfermo, aunque si hemos de hablar
con exactitud, diremos que su enfermedad era moral.

As como el instinto le habia dicho  su esposa que Alfredo no era
conveniente para su hija, el instinto tambien le hacia adivinar al
honrado padre grandes desgracias.

No encontraba nada malo en lo que habia visto, y sin embargo, le
desagradaba mucho.

Hizo algunas indicaciones; pero su esposa y su hija le contestaron con
tantos razonamientos, que el infeliz se sinti aturdido, y tuvo que
callar.

Alfredo habia dicho que trabajaba para conseguir un nuevo ascenso, y
tanto ascender asustaba ya  don Pascual Bonacha.

Era este de esos hombres que creen que lo que no se justifica con
claridad, es sospechoso; ms an, que no puede ser bueno.

As daba una prueba de recto juicio, que nada tiene que ver con el
talento.

Si  don Pascual le hubiese tocado el premio grande de la lotera, antes
de cobrar hubiera enseado el billete  todo el mundo para que nadie
dudase de que era verdad, y para que de todos fuese conocida la
procedencia de aquel dinero.

Lo mismo le sucedia en cuanto  los adelantos tan rpidos y repentinos
hechos en su carrera.

Por qu le protegia tan decididamente un hombre  quien apenas conocia?

Esta pregunta debi hacrsela el mundo, y para explicarse el efecto
intentaria buscar la causa.

Para que esta fuese adivinada no era menester ms que una mediana
sagacidad.

Cuando Paquita estrenaba un vestido, don Pascual sufria, y tenia buen
cuidado de hacer pblico que su hija trabajaba y ganaba cosiendo, y que
el producto de su trabajo lo invertia en comprarse ropa.

As no daba lugar  que nadie preguntase de dnde salia el dinero que
valian todos aquellos moos, volantes, pendientes y otros adornos por el
estilo, pues era fcil que algun malicioso creyese que don Pascual
explotaba  los que iban  rogarle que despachara pronto un expediente.

El honrado Bonacha era, pues, una vctima de los extravos de su hija,
as como esta debia ser al mismo tiempo vctima de Saavedra y de sus
propias debilidades.

De todos los personajes que hemos presentado, ninguno es digno de
respetuosa consideracion y lstima sino don Pascual, y aun  este
debemos acusarlo, porque no tuvo valor para hacer cumplir sus deberes 
su esposa y  su hija.

Muchos padres hemos conocido as, y sobre haber sufrido ellos mucho,
han hecho muy desgraciados  sus hijos.

Quien bien te quiera te har llorar, dice el adagio.

Bonacha no habia tenido valor para hacer llorar  su hija.

Muchas veces se hace un beneficio haciendo sufrir, y esto es lo que tal
vez no habia comprendido don Pascual.

El hombre que no se considera con fuerzas para sobrellevar en todos
sentidos la enorme carga de la familia, no debe crersela.

Juanito no se descuid, y apenas supo que habian regresado la esposa y
la hija de don Pascual, dispsose  proseguir su obra, yendo  casa de
doa Robustiana precisamente media hora despues que habian salido la
madre y la hija.

A Juanito le faltaba el valor para arrostrar frente  frente la
tormenta, y busc un camino indirecto.




CAPTULO IX

Las primeras lgrimas.


Juanito estaba ms flaco y ms plido que un mes antes, y esta
alteracion no habia pasado desapercibida para la mirada investigadora de
la mujer casamentera.

Como no era la hora de la tertulia, podian hablar con entera libertad.
Adems, Juanito era uno de los amigos ms antiguos de la casa, y la
viuda le profesaba gran estimacion.

--No est usted bien?--le dijo ella apenas lo vi.

Una sonrisa leve y amarga fu la respuesta de Juanito.

--Vamos  ver si nos entendemos,--aadi la viuda;--sintese usted aqu,
 mi lado... Vte, _Morito_.

El pobre gato tuvo que dejar la silla que ocupaba.

--Seora,--dijo Juanito,--aseguran que la fortuna me sonrie.

--Tenia usted cuatro mil reales de sueldo y dependia su suerte de la
voluntad de un ministro, y ahora tiene doce mil, que puede conservar sin
otras recomendaciones que las de su honradez.

--Ciertamente.

--Pero yo no puedo equivocarme como los dems.

--Doa Robustiana, usted me conoce demasiado bien...

--No quiero acusarlo porque no tom mis consejos oportunamente.

--Harto me pesa,--respondi Juanito, suspirando tristemente.

--No tiene usted madre, y yo quise serlo...

--Tengo mucho que agradecerle  usted, y mucho de qu acusarme.

--Lo que ya se hizo no puede deshacerse; pero tampoco debe perderse la
esperanza de que se remedie el mal.

--Remedio!... no lo hay.

--Y por qu?

--Paquita se ha deslumbrado y creo que se ha enamorado ciegamente, y aun
cuando no fuese as, no seria posible que rechazase  un hombre como
Saavedra para casarse con un hombre como yo, ni yo tampoco he de
exigirle que por mi felicidad haga semejante sacrificio.

La viuda despleg una sonrisa irnica, y pregunt:

--Cree usted que don Alfredo de Saavedra se casar con Paquita?

--Al mnos as parece que suceder.

--Es usted muy jven, y yo soy vieja; conozco el mundo, y usted no lo
conoce, aunque se ha empeado en hacernos creer que es un hombre muy
corrido y casi cansado de la vida. Si yo no tuviese del corazon humano
el conocimiento que tengo, no habrian salido de mi casa con marido
muchas mujeres que entraron sin l y sin esperanzas de tenerlo. Y no
vaya usted  decirme que algunos de esos matrimonios son desgraciados,
porque yo nada tengo que ver con eso. Si una mujer necesita marido, se
lo proporciono, y  ella le toca ver si le conviene, aunque si hemos de
decir la verdad, tanta razon tendrian ellos para quejarse como ellas.

--Adnde va usted  parar, doa Robustiana?

--Quiero convencerlo  usted de que no me equivoco fcilmente en esta
clase de asuntos.

--Estoy convencido.

--Paquita no se casar con Alfredo, porque yo s muy bien lo que una
mujer tiene que hacer para casarse, y ella est haciendo todo lo
contrario.

--Tiene usted el don de adivinar.

--Lo cree usted as?

--Lo creo, porque conozco antecedentes de mucha importancia.

--Explquese usted, porque hoy hemos de hablar con franqueza y hemos de
combinar nuestro plan de campaa.

--Le confiar  usted un secreto.

--Sepamos.

--Don Alfredo de Saavedra ama  otra mujer rica y de elevada clase.

--Lo ve usted?

--Y esa mujer le corresponde.

--Ya pareci aquello.

--Mis noticias son exactas, puesto que...

--S, esa mujer amada por Saavedra debe ser la hija del conde de
Romeral.

--Exactamente.

--Y es posible que pierda usted la esperanza?... Recobre usted la
tranquilidad, que ms  mnos tarde, Paquita se ver abandonada;
comparar entonces el corazon de usted con el de Saavedra, y hacindole
justicia, le amar.

--Ah!--exclam Juanito, empezando  reanimarse.

--Deje usted este asunto  mi cargo, que yo lo arreglar.

--Pero el secreto que acabo de confiarle...

--Lo explotar con habilidad...

--Piense usted...

--Es usted un nio.

--Doa Robustiana...

--Hemos terminado.

--Pues bien; queda en manos de usted mi porvenir, mi felicidad, mi vida.

--Ama usted de veras  Paca?

--Con frenes.

--Pues ser usted su marido.

En el colmo del entusiasmo bes con ternura filial Juanito las redondas
manos de la viuda, y esta jur una y otra vez que cumpliria lo que habia
prometido.

El cumplimiento de esta promesa debia ser una nueva desgracia para
Juanito.

Separronse, y al dia siguiente la viuda fu  visitar  la familia
Bonacha.

La recibieron muy bien; pero con esa benevolencia que el superior
dispensa al inferior.

Disimul doa Robustiana y dijo para s:

--Antes de cinco minutos me habreis pagado la ofensa.

Y luego aadi en vez alta:

--No pensaba venir hoy; pero he pasado por la esquina, y me parecia un
crmen no subir.

--Mucho le agradecemos  usted sus demostraciones cariosas,--respondi
la esposa de don Pascual.

Doa Robustiana mir muy atentamente  Paquita, y despues de algunos
minutos le pregunt:

--Conoces  la hija del conde de Romeral?

--No,--respondi la jven.

--Pero la conocer cuando se case,--se apresur  decir la esposa de
Bonacha,--porque entonces se visitar con toda esa gente.

--En cuanto  la hija del conde...

--Qu?

--Nada, nada,--respondi la viuda.

Sus reticencias, el tono con que hablaba y hasta sus gestos, daban mucho
valor  lo que acababa de decir, por ms que al parecer no hubiese dicho
nada.

Estremecise Paquita y densa palidez cubri su rostro.

--Pero por qu,--dijo,--nombra usted ahora la hija del conde de
Romeral?

--Por nada, absolutamente por nada... es que me ha ocurrido... En fin,
hablemos de tu prxima felicidad.

--Doa Robustiana, las palabras de usted tienen mucha intencion, y se lo
digo as, porque siempre hablo con mucha claridad.

--Pues bien; ya que te empeas me explicar, aunque no pensaba hacerlo,
porque estos asuntos son muy delicados.

--Qu quiere usted decir?--pregunt la madre de Paquita, que empezaba 
dejarse arrebatar por la clera.

--Digo lo que es verdad, y cuando sucede una cosa, la culpa no es mia,
sino de quien la hace. Y basta con esto, porque el buen entendedor no
necesita muchas palabras. Estoy mortificndote, no se me oculta; pero
todo esto prueba que me intereso mucho por tu suerte. Ahora averigua,
reflexiona y determina lo que te parezca mejor; pero me tomar la
libertad de aconsejarte, que no dejes pasar mucho tiempo para hacer tu
boda, pues me parece mejor sistema el de Adelita. Ya sabes aquel refran
que dice, que pjaro en mano vale ms que ciento volando.

No es posible que se comprenda el efecto que produjeron estas palabras.

La madre y la hija hablaban  la vez y le exigian  doa Robustiana
terminantes explicaciones.

Qu ms podia decir la viuda?

Sin embargo, tan apurada se vi, que acab por exclamar:

--Hablar, hablar!

--Ya escuchamos.

--Don Alfredo de Saavedra est enamorado,  por lo mnos es novio, de la
hija del conde de Romeral, y ella lo ama, y el padre aprueba esos
amores, y el casamiento es asunto tratado muy formalmente. Este
compromiso no puede romperse sin producir un escndalo, y como las
personas de cierta clase tienen al escndalo ms miedo que  la muerte,
debe suponerse que la hija del conde se casar con Saavedra aunque se
odien.

La madre y la hija quedaron anonadadas.

La primera apenas podia respirar, y tal fu su trastorno, que tuvo que
acudir  su remedio favorito de beber agua y vinagre.

Paquita tambien temblaba; pero no  impulsos de la ira, sino del terror.

Habia inclinado sobre el pecho la cabeza, y no se atrevia  arrostrar la
mirada de la viuda.

Infeliz!

Algunos dias antes le hubiera sobrado valor para soportar el golpe.

Qu seria de ella, si Alfredo de Saavedra la abandonaba?

Nosotros, que conocemos el terrible secreto de su amor, podemos apreciar
sus mortales angustias.

Doa Robustiana no crey conveniente prolongar aquella visita, y se
dispuso  salir.

La jven, que pocos minutos antes se habia mostrado tan orgullosa, se
acerc  la viuda, la cogi las manos, se las estrech cariosamente, y
le dijo con humilde tono:

--Doa Robustiana, usted me quiere casi tanto como mi madre.

--Creo que s.

--No puede usted desear que yo me vea en ridculo.

--Me parece que no tengo un alma tan depravada.

--Pues bien; yo le suplico...

--De lo que hemos hablado nada sabr Adela ni ninguno de los amigos que
me visitan.

--Gracias.

--Hago excepcion de Juanito, porque ya sabes que este...

--S, esta empleado en la misma casa del conde de Romeral, y supongo que
por l habr usted tenido esas noticias.

--Si lo vieses!... El pobre est que pueden ahogarlo con un cabello.

Paquita suspir tristemente.

--Te ama como no puede amarte ningun hombre.

La esposa de don Pascual volvi  tomar parte en la conversacion, y
dijo:

--Lo que tiene Juanito es rbia porque mi hija no lo ha querido, y para
vengarse se ocupa en llevar y traer chismes y cuentos.

--Si es verdad que Saavedra y la hija del conde se aman, lo que 
consecuencia de esto pueda suceder no es culpa de Juanito.

Despidise y sali doa Robustiana, dejando en aquella casa el grmen de
profundos trastornos.

Cuando la madre y la hija quedaron solas, entregronse  todos los
trasportes de la desesperacion.

La madre amenazaba terriblemente.

La hija juraba que no cederia con facilidad, que disputaria palmo 
palmo el terreno, y que antes consentiria morir que declararse vencida.

No habian trascurrido dos horas, cuando Alfredo se present.

Lo mismo que le habia sucedido algunos dias antes en casa del conde, le
sucedi al entrar en la vivienda de Bonacha, es decir, que al primer
golpe de vista comprendi que algo muy grave sucedia.

La esposa de don Pascual, con pretexto de atender  sus faenas, fu y
vino, dejando  los dos enamorados en libertad completa para que
hablasen.

No era posible que Paquita se encerrase en su dignidad y se mostrase
reservada lo mismo que Clotilde.

Habia entre ambas grandsima diferencia, y sobre todo la hija de Bonacha
habia perdido su fuerza moral, y su situacion la obligaba  colocarse en
otro terreno y  seguir distinto sistema.

Fij en Alfredo una mirada, que ms que severa era dolorosa, y le dijo:

--Recuerdas todo lo que ha sucedido desde que tuve la debilidad de
amarte ciegamente?

--No lo he olvidado,--respondi Saavedra con una frialdad espantosa.

--Pues bien; es preciso que yo sepa lo que debo esperar.

--Debes esperar que yo te ame siempre.

--Eso es muy vago.

--Pues qu ms deseas?

--Lo que exige mi honor, que he sacrificado por t.

--Paca, te aconsejo que dejes ese tono trgico, porque...

--Me engaas, Alfredo,--interrumpi la jven sin poder contenerse.

--Que te engao!...

--Amas  otra.

--No es verdad.

--Tengo pruebas.

--Todo lo adivino... Oh!... ese mozalbete estpido se ha empeado en
que yo me rebaje hasta el punto de darle una leccion dursima. No te
pido explicaciones, porque no las necesito.

--No he visto  Gonzalez hace ya mucho tiempo.

--Pero l habr hecho llegar hasta t sus mentiras, porque est
desesperado, y como el valor le falta para disputarme tu amor, hace lo
posible para desunirnos. Ya se ha ocupado de t en casa del conde de
Romeral, y ciertamente no te favorece mucho lo que ha dicho. Lo he
despreciado y lo he perdonado; pero ahora veo que mi generosidad lo
alienta, y me ser preciso adoptar otra resolucion.

--Todo el mundo dice que es convenido tu casamiento con la hija del
conde.

--Todo el mundo puede decir lo que quiera; pero la verdad es que no
pienso casarme.

--Pues dame una prueba de tu amor, una prueba de la rectitud de tus
intenciones; una de esas pruebas que no dejan lugar  dudas y que me
tranquilice para siempre.

--En qu puede consistir esa prueba?--dijo Alfredo mientras encendia un
cigarro.

--Nuestros amores no pueden tener ms que un trmino: unirnos con lazos
indisolubles...

--Paca,--interrumpi Saavedra,--asuntos tan graves no pueden tratarse
ligeramente.

--Ahora no tenemos que hacer otra cosa,--repuso Paquita.

--Te equivocas, porque esta misma noche debo partir.

--Te vas!...--exclam Paquita con acento de terror.

--Pero volver, descuida.

--Te vas!...--volvi  decir la jven.

--He recibido una carta que me obliga  ponerme en camino
inmediatamente.

--Y mi honra, Alfredo, y mi honra?--grit desesperadamente la infeliz.

--De todo eso hablaremos oportunamente, pues debes pensar que irse de
Madrid no es irse del mundo.

La calma de Alfredo atorment  la desgraciada jven como no puede
imaginarse.

Sinti la infeliz que le faltaban las fuerzas.

Un raudal de lgrimas se escap de sus ojos.

Saavedra hizo un gesto de disgusto, y se puso en pi, diciendo:

--Si as te dejas arrebatar, jams nos entenderemos.

--Estoy perdida!...

--Te dejas dominar por la primera impresion; pero cuando reflexiones
recobrars la calma.

--Dios mio!...

--No he venido para oirte llorar.

--Oh!...

--Adios... Creo que dentro de pocos dias volver; pero si mis asuntos me
obligan  detenerme, no pierdas por eso la tranquilidad, puesto que ya
comprendes que ms  mnos tarde he de venir.

La jven quiso hablar, y no pudo.

Sentase medio ahogada.

Acudi la madre  tomar parte en la conversacion, porque era imposible
que permaneciese mucho tiempo callada.

--Pero qu es esto?--dijo.--Me parece, don Alfredo, que un hombre de la
clase de usted...

--Seora, puede usted evitarse la molestia de darme lecciones que no
estoy dispuesto  recibir; y en cuanto  lo dems, ya he dado
explicaciones  su hija de usted, y todo quedar arreglado.

Quiso la madre replicar; pero Alfredo no escuch, y sali sin dar tiempo
 que le dirigiesen nuevas reconvenciones.

--Ya lo ves,--dijo la madre;--este hombre no me gustaba... Seria la
primera vez que yo me hubiese equivocado.

Paquita guardaba silencio y lloraba.

Su madre no podia comprender todava todo lo horrible de la situacion.

Bien puede decirse que la suerte de la jven estaba decidida.

A quien ms compadecemos es al honrado don Pascual.




CAPTULO X

Dos bribones que se entienden.


Tenemos que presenciar una escena que en nada se parece  las que ya
hemos pintado, porque es preciso que el lector se convenga de que
Eduardo era un mozo que valia mucho, y que, como decirse suele, servia
lo mismo para un barrido que para un fregado.

No hemos tenido ocasion de verlo ms que en la vivienda de doa
Robustiana, ni de oirlo ms que cuando hablaba sublimemente con la
sensible Adela.

Era Eduardo uno de esos hombres que tienen habilidad para hablar  cada
uno en su lenguaje y para dar  su rostro la expresion, ahora cndida,
luego picaresca, ya triste como un entierro, ya alegre como una boda.

Por esta razon tenemos que reconocerle el mrito que se reconoce  un
actor consumado.

Lstima era que un hombre dotado de tan clara inteligencia se hubiese
extraviado hasta el punto de llegar  ser un miserable, tan digno de
compasion como de castigo.

Eduardo no tenia corazon, y sin embargo era dbil alguna vez; cuando se
trataba del bello sexo, estaba sujeto  caprichos, y estos le habian
producido ya ms de un disgusto; pero cuando se trata de las pasiones,
la criatura no escarmienta, ni es posible que se corrija, porque la
causa est en su propia organizacion.

Se recordar que el futuro esposo de Adela se permitia ser demasiado
galante con la criada de la viuda, y sobre este punto vamos  dar
explicaciones.

Juana era bonita, bastante bonita para llamar la atencion de cualquier
hombre, y bien podia suceder que alguno se enamorase de ella, si no
ciegamente, con inters sobrado para cometer alguna locura.

En este caso se encontraba Eduardo, y como  Juana, contra su costumbre,
le pareci bien mostrarse esquiva, avivse ms lo que no sabemos si
llamar pasion del amante de Adela, quedando as probado que los
inconvenientes y los obstculos encienden el deseo, son combustible
aadido  la hoguera.

Empese el truhan en satisfacer su anhelo, y como Juana se empe en
resistir, defendindose hericamente en la antesala, los pasillos y la
escalera, lo que primero fu un capricho sin importancia, lleg  ser
una cuestion grave, hasta de amor propio.

No era posible que Eduardo se resignase  verse derrotado cuando se
trataba de una fregona; pero no le ocurri pensar que al empearse en
aquella lucha iba  quedar preso en las redes que l mismo tendia.

Ablandse al fin Juana, aunque poco, y permiti ciertas franquezas, que
del caso no son, cuando bajaba  las doce de la noche para abrir la
puerta de la calle al truhan, llevando en una mano la luz y en la otra
la llave.

Tenia Juana su novio, como ya sabemos, que la queria con las mejores
intenciones y la mejor buena fe; pero ella no queria privarse de
divertirse cuanto pudiera, porque decia que la juventud dura poco, y es
preciso aprovecharla.

Cuando era ya cosa convenida el casamiento de Eduardo, crey este que
podia arriesgar algunas promesas deslumbradoras, puesto que dinero habia
de sobrarle para cumplirlas con el dinero de su mujer.

La sirviente necesitaba un dote, y para reunirlo no era bastante lo que
ahorraba de su salario, resultando de todo esto que acab por escuchar
al tahur y le di una cita para poder hablar despacio y tranquilamente.

Cada quince dias gozaba Juana de completa libertad por algunas horas, y
esta libertad la aprovech para el arreglo del asunto que nos ocupa.

Las ocho acababan de dar, y el caf del Sur, situado en la Plaza del
Progreso y esquina  la calle de Lavapis, estaba ya ocupado hasta el
ltimo rincon.

En el caf del Sur se representan comedias, se baila, se canta, se fuma
mucho tabaco virginia, se bebe mucho aguardiente, se oye un lenguaje que
puede ruborizar  un coracero y se respira una atmsfera pesada y
nauseabunda, capaz de resentir los pulmones ms firmes.

Esto no mengua en nada el crdito de que goza el caf del Sur, pues
precisamente se ha establecido para hacer comedias que diviertan  los
concurrentes y para que all se beba y se fume, sin que  nadie deba
hacerse responsable de la mala calidad del tabaco,  nadie ms que al
gobierno, que no lo vende mejor.

Junto  una de las mesas encontrbase Eduardo.

Habia bebido ya una copa de ron, y empezaba  beber la segunda, en tanto
que aspiraba con verdadera delicia el humo del tabaco que en su pipa se
quemaba, pipa que se habia guardado muy bien de sacar en presencia de
su futura.

Juana entr en el caf.

Se habia puesto su mejor ropa, y aunque el vestido era de percal, tenia
mucho que ver cmo arrastraba una larga cola, que producia un ruido
bastante desagradable, en tanto que con la mano izquierda levantaba la
falda para no pisarla y lucir sus botas de color azul celeste, y con la
diestra abria, cerraba y agitaba el abanico.

Una lluvia de piropos cay sobre la sirviente; pero ella, sin tomar en
consideracion tales atrevimientos, atraves el caf y fu  sentarse
frente  Eduardo.

--Ea,--dijo,--aqu me tiene usted, y ahora veremos si puede convencerme
de lo que no se convenceria la ms tonta. Lo entiende usted?

--Ante todo, es preciso que digas lo que quieres tomar.

--Yo no soy cumplimentera, ni hago remilgos como ese talego con quien se
va usted  casar, porque ha de saber usted que nac en el barrio de
Maravillas y all todo el mundo habla muy claro.

Interrumpise Juana, porque el mozo se acerc, preguntando:

--Qu se ofrece?

--Caf con media tostada de abajo,--dijo la sirviente.

Pocos momentos despues estaba complacida.

--Mira, Juana,  m no me vengas con msica celestial, porque yo te
conozco demasiado bien. T necesitas hacer tu negocio; yo tengo
necesidad de satisfacer mi capricho, y por consiguiente...

--Poco  poco.

--Te ofendes?

--No; pero...

--Hablemos con claridad, como dices que hablan los de tu barrio. En este
pcaro mundo los que andan con escrpulos de monjas.

--Entiendo.

--Todos van  su negocio, y el que no lo hace...

--Que no soy torpe.

--Voy  decir que te den una copita.

--Mire usted, me gusta; pero la seora tiene el olfato ms fino que un
perro.

--No quiero que te comprometas, aunque muy pronto has de dejar  doa
Robustiana y cambiar de vida.

--La que paso no puede ser peor.

--No ignoras que voy  casarme.

--Y lo dice usted con tanto descaro!

--S, porque tengo la seguridad de que t no crees que estoy enamorado
de Adela.

--Me parece que ni usted ni nadie puede enamorarse de semejante mujer;
pero as dormir usted tranquilo.

--Me caso con Adela...

--Por el dinero, no es verdad?

--S.

--Y con ese dinero?...

--Obsequiar  otra que pueda satisfacer mi gusto.

--Y eso es una picarda.

--Puedes darle el nombre que mejor te parezca; pero es una cosa que me
agrada, que me conviene. Una picarda parece tambien que t busques de
cierta manera el dote que necesitas para casarte con tu Manolo, y sin
embargo, lo hars feliz y t podrs ser tambien dichosa sin que la
conciencia te atormente.

Juana sigui tomando el caf, y aunque era muy habladora, guard
silencio.

Eduardo prosigui as:

--Me casar dentro de una semana, y aunque Adela quiere emprender viajes
 lo gran seora, yo har que desista de su propsito, porque la vida de
Madrid me agrada mucho ms que la que me espere por esos mundos de Dios.
Apenas nos casemos me har cargo de cuanto posee mi robusta suegra, y t
podrs inmediatamente dejar de servir.

--Y qu dir Manolo?

--No soy adivino; pero t eres sobradamente lista, y le hars ver que lo
negro es blanco.

--Bien, eso corre de mi cuenta.

--Tendrs dinero abundante, aunque no me parece prudente que lo gastes
en adornos, porque infundiria sospechas que no podrias desvanecer.

--Y si algun dia se descubre el negocio?

Eduardo se encogi de hombros con indiferencia, apur el contenido de la
copa, dej escapar una bocanada de humo, y respondi:

--Mi esposa har entonces lo que le parezca mejor, y t te arreglars
con Manolo lo mejor que te parezca.

--Considere usted que si ya estoy comprometida...

--Jugars el albur como yo lo juego, en la inteligencia de que no he de
abandonarte, y si te decides por m, nos reiremos de todo el mundo.

--En ese caso, lo mejor que puede hacer Manolo...

--Es arreglarse con mi mujer.

La sirviente solt una carcajada, porque le parecia muy gracioso lo que
acababa de decir Eduardo.

Este aadi:

--Los dos son tontos, y se entenderian perfectamente.

--Eso no puede suceder.

--Pero al mnos se contarn sus penas y se consolarn, mientras que
nosotros pasaremos la vida lo mejor que nos sea posible. Ya sabes que 
la fortuna la pintan calva, y si pierdes la ocasion...

--Es usted capaz de dar tentaciones  un santo.

--Como t no tienes de ngel ms que el rostro...

--Te veo,--replic Juana, haciendo uno de esos mohines que caracterizan
 la gente de su clase.

--Estamos conformes?

--Que s.

--Me parece que ahora no te mostrars tan esquiva, y por de pronto me
tratars con la franqueza que debe haber entre nosotros.

--Mientras estoy con doa Robustiana, es preciso que tengamos prudencia.

--S, mucha prudencia; pero...

--Djame en paz.

--Siento que no te atrevas  tomar una copa.

--Ya lo har cuando nadie tenga derecho  pedirme cuenta de mi conducta.

--Sabes lo que pienso?

--Lo sabr si me lo dices.

--Si Manolo no fuese un estpido, me agradeceria lo que hago en su
favor, puesto que de aqu  un ao ser rico.

--Para que veas lo que son las cosas. Yo hago un sacrificio para
favorecer al pobre Manolo, y si l supiera la verdad, se pondria hecho
una fria.

--Ya te he dicho que es un estpido.

As continuaron hablando hasta despues de las nueve.

No habian fijado la atencion en la comedia que se representaba, ni
siquiera se habian apercibido de que de vez en cuando resonaban aplausos
estrepitosos, con los que el pblico demostraba su agrado por lo
admirablemente bien que los actores trabajaban.

--Ya es muy tarde,--dijo la sirviente.

--Pues no te detengas, que pronto nos veremos otra vez.

--Irs esta noche?

--S.

--Tambien ir tu novia, y aunque s que no la quieres...

--Tienes celos?

--No, pero...

--Juana mia, deja que ruede la bola, pues al final de la funcion hemos
de ser felices, y nos reiremos de todos.

Llam Eduardo y pag, agotando todos sus recursos; pero esto no le hacia
perder la tranquilidad, porque era uno de esos hombres que tienen un
tesoro de esperanzas.

Salieron del caf, y junto  la puerta se despidieron cariosamente y
se separaron, tomando en opuestas direcciones.

No habia dado tres pasos Juana, cuando fu detenida por un hombre, que
parecia ser un artesano.

Era el llamado Manolo.

--Adnde vas por aqu?--pregunt, mientras su entrecejo se arrugaba.

--Pues ya lo ves, voy  mi casa,--respondi ella.

--Y de dnde vienes, paloma?--replic Manolo irnicamente.

Juana, con el fin de tomarse algun tiempo para reflexionar, dijo:

--No vengo del sermn, ya puedes figurrtelo.

--S, me lo figuro.

--Esta tarde he paseado por la Montaa del Prncipe Pio.

--Mientras yo te esperaba en Chamber, segun lo convenido.

--Sal tarde, porque la seora me entretuvo, y cre que ya no te
encontraria.

--Y despues de la Montaa...

--Vindolo ests.

--Pero en alguna parte te habrs detenido.

--Detenerme... Pues tiene la seora buen genio para hacerla esperar!

--Juana,--replic Manolo con tono que algo tenia de amenazador,--t has
creido que puedes burlarte de m; pero te equivocas.

--Y por qu dices eso?

--Demasiado bien lo sabes.

--Mira, si tienes mal humor, puedes romperte la cabeza contra una
esquina, pues no es justo que yo lo pague.

--Juana!...

--No puedo detenerme.

--Ahora tienes prisa, y cuando estabas en el caf...

--Y qu?--interrumpi la sirviente, convencindose de que ya era intil
negar.--T ves visiones.

--Con que no sales ahora del caf?

--S.

--Pues entonces...

--Ser menester decrtelo todo.

--No necesito que me digas que has estado en conversacion con ese
silbante que va de visita  casa de tu seora.

--Me ofendes, Manolo.

--Yo no hago ms que decir lo que ha sucedido.

--Pues bien; he venido  buscar  ese hombre, porque mi seora me lo ha
mandado as, para decirle que no falte esta noche, pues no s lo que
sucede con doa Adela, y hay miedo de que el casamiento se desbarate.
Ahora,--aadi Juana, como si en realidad fuese la ofendida,--qujate
cuanto quieras, acsame; pero no vuelvas  mirarme en toda tu vida,
porque yo no puedo querer  un hombre que desconfia de m.

Interrumpise como si no pudiese hablar, y llev el pauelo  los ojos
para enjugar sus lgrimas  aparentar que las enjugaba.

--Adios,--dijo con voz ahogada;--hasta el Valle de Josafat.

Y di un paso para alejarse.

Manolo la detuvo, diciendo:

--Espera.

--Djame.

--Por qu lloras?

--Por nada, puesto que no tengo motivos para llorar... Djame, y busca
otra que te quiera ms que yo, otra que sea ms honrada...

--No he puesto en duda tu cario ni tu honradez...

--Despues de tanto tiempo y tantos sacrificios!...

--Que la gente nos mira.

--Pues djame.

--No creo que he cometido ninguna gran falta; pero t tienes un
genio:...

--Si  t te ofendiesen, veramos.

--No hablemos ms de este asunto: mis quejas son siempre de cario... Se
acab... Te acompaar, si es que mi compaa no te desagrada.

Se limpi Juana los ojos y envolvi  su amante en una mirada ardiente.

Siguieron por la calle de la Magdalena, y entraron en la del Ave-Mara.

Cuando llegaron  la vivienda de la viuda, estaban los dos amantes
reconciliados y se hablaban ms cariosamente que nunca.

Despidironse y se separaron.

Ya empiezas  comprender, lector, hasta qu punto era afortunada la
sensible Adela; pero su desgracia puede decirse que era obra de ella
misma.

Quiso casarse  toda costa con un hombre de cierta clase, y acept el
primero que se le habia presentado.

Ni la madre ni la hija se cuidaron de averiguar si aquel hombre era lo
que parecia.

Era un marido, y con esto tenian bastante.

Todo esto ser demasiado desagradable, tal vez horrible; pero
desgraciadamente es verdad; pues no lo hemos inventado, sino que nos
hemos concretado  referir lo que hemos visto ms de una vez.

Las novelas ms interesantes se encuentran en la vida real, y basta
copiarlas para hacer un libro.

Volvamos  la familia Bonacha.




CAPTULO XI

Lo que para algunos hombres vale la honra de una mujer.


Con una ansiedad indescriptible aguardaba Paquita carta de Alfredo; pero
habia trascurrido una semana, y la carta no lleg.

Durante este tiempo tuvo la jven motivo para comprender en toda su
extension su desgracia.

Esper otros cuatro dias, y como la situacion era la misma, decidi
escribir  su amante.

H aqu la carta de Paquita:

Mi querido Alfredo: Cuento los dias, cuento los minutos.

Por qu no me escribes?

Te ha sobrevenido alguna desgracia?

Te has olvidado de m?

No quiero creerlo, porque mi situacion es demasiado horrible.

Mis presentimientos se han realizado, y bien pronto me ser imposible
ocultar mi deshonra.

Respetables intereses deben haberte obligado  salir de Madrid, y esos
mismos intereses te detendrn; pero hay algo que vale mucho ms que
todos esos intereses, ms an que toda tu fortuna, y ese algo es mi
honor.

Preciso es que de todo te desentiendas, de todo te olvides, para acudir
 salvar mi honor, que debe ser el tuyo; para poner  cubierto nuestras
debilidades y la suerte de una criatura inocente, y que algun dia puede
pedirnos cuenta de nuestra conducta.

No te hablo de mi amor, porque has visto ya que no he reparado en
sacrificios, y que para satisfacer hasta tus ms leves deseos, he
olvidado todos mis deberes y mi propia conveniencia.

Ha llegado tu vez, y ahora espero de t las pruebas; ahora ests t
obligado  consumar todos los sacrificios sin vacilaciones.

No te exijo que olvides el honor ni quiero que eches sobre tu
conciencia la carga enorme de graves faltas; sino que, por el contrario,
lo que quiero es que cumplas tus promesas, lo cual es honrarse, y que
evites que tu conciencia te acuse algun dia.

El dolor me trastorna.

Desde que nos separamos, el sueo huye de mis ojos.

Lloro noche y dia.

Cunto sufro, Alfredo, cunto sufro!

Si no cumples tu deber, qu ser de m?

Y cuando mi honrado padre conozca la deshonra de su hija, qu le
suceder?

No podr el infeliz soportar golpe tan terrible.

Con todo se ha resignado; lo mismo con la pobreza que con los infinitos
sinsabores de la vida. Estaba tranquila su conciencia y esperaba en la
eternidad los goces que en este mundo le negaba la fortuna; pero con lo
que no se hubiera resignado, con lo que no se resignar, es con la
deshonra.

Somos pobres; pero, no lo dudes, tenemos el sentimiento del honor como
los ricos, y quiz ms an, porque es lo nico que tenemos.

Si nos arrebatan el honor, qu nos queda?

T me has arrojado al fondo de un abismo, y t eres la nica persona
que puede salvarme.

Alfredo, salva mi honor y qutame despues la vida.

No me importa morir; pero que mi padre no conozca la horrible
desgracia.

Toda su vida ha sido un mrtir, y ya que no otra cosa, que pueda al
mnos morir tranquilamente, que no me maldiga, porque slo Dios sabe lo
que la maldicion de mi padre produciria en mi alma.

No eres, no puedes ser un miserable depravado: tienes sentimientos
generosos, y si no por cario, por compasion, Alfredo, siquiera por
compasion, corre, ven, slvame, y luego huye de m, si es que mi
presencia te enfada, que yo devorar en silencio mi dolor y mis
amarguras, y no turbar tu dicha con la importunidad de mis quejas, sino
que te dejar en completa libertad para que goces y seas dichoso.

No puedo ms, Alfredo, no puedo ms... Ven y salva  tu vctima
infeliz, compadece  mi padre, piensa que t tambien eres padre, y haz
por tu hijo lo que por m no harias.

El sentimiento habia sublimado la inteligencia de Paca.

Nadie hubiera esperado semejante carta de la hija de don Pascual; pero
el sentimiento, cuando llega  cierto grado, iguala todas las
inteligencias.

No habia meditado Paca para escribir.

Las elocuentes frases de su carta se habian escapado de su alma sin que
ella misma pudiera apreciar todo su mrito en ningun sentido.

Era posible que Alfredo leyese la carta con indiferencia?

Era posible que abandonase  la mujer que todo se lo habia sacrificado?

S era posible, por ms que no lo parezca.

Alfredo tenia que cumplir otro compromiso, que aunque no tan sagrado,
era para l de mucha importancia.

Adems, parecale horroroso casarse con Paquita,  quien l mismo, en
presencia de sus amigos, habia hecho objeto de las ms sangrientas
burlas.

No, Saavedra no podia ser esposo de la hija de don Pascual, no podia
serlo sin deshonrarse, segun l mismo creia.

Y entre su deshonra y la de aquella infeliz, no era dudosa la eleccion,
tratndose de un hombre de sus circunstancias y carcter.

Alfredo debia luchar, debia sufrir; pero al fin triunfaria su vanidad,
su amor propio, su orgullo desmedido y su perversion moral.

Debia pensar Alfredo que cuando se casase con Paquita, Clotilde lo
miraria con profundo desden, y que en los crculos de lo que se llama
gran mundo se aguzaria el ingenio para inventar epgramas.

Lo repetimos, el demonio de la vanidad debia decidir la cuestion.

Una vez escrita la carta, encontrse Paquita con que no sabia cmo
dirigirla.

Qu hacer para salir de este apuro?

Consult con su madre, y despues de discurrir largamente, resolvieron ir
 la casa de Saavedra para preguntar  los criados del mismo.

Hicironlo as.

Nunca lo hubieran hecho, porque fueron recibidas con mucha frialdad,
casi con desden,  pesar de que el mayordomo de Alfredo las conocia.

--Ahora,--dijo el criado, que debia estar bien instruido por su
seor,--se encuentra el seor don Alfredo en Santander; pero no estar
all ms que tres  cuatro dias, porque asuntos de inters lo llaman 
Francia.

Volvieron  su casa la madre y la hija, y aquel mismo dia qued la carta
en el correo.

Otra vez contaron los minutos con angustioso afan; pero el tiempo pas
sin que recibiesen ninguna carta.

Volvieron  ver al mayordomo de Alfredo.

El criado dijo:

--Cuando el seor de Saavedra sale de Madrid no nos escribe sino en caso
de absoluta necesidad, porque no cree que est obligado  dar cuenta de
sus acciones  su servidumbre.

--Pero dnde se encuentra?--pregunt Paquita.

--No lo sabemos con seguridad, aunque suponemos que debe estar en Paris
 en Lndres.

--Y cundo volver?

--Tampoco el seor de Saavedra dice eso  sus criados.

Todas las preguntas, observaciones y razonamientos fueron completamente
intiles.

Habia recibido Alfredo la carta?

Debia suponerse que s, pero esto no era ms que una suposicion.

Despues de quince dias de mortal angustia, el mayordomo de Alfredo se
present  las seoras de Bonacha, dicindoles:

--El seor de Saavedra me escribe desde Lndres, y me manda entregar
esto  ustedes y advertirles que recibi su carta.

Y al mismo tiempo present el criado un pliego, que aunque no muy
voluminoso, lo era ms que una carta cualquiera.

La hija de don Pascual exhal un grito de alegra.

Por fin Alfredo contestaba, y tal vez se justificaba y aun anunciaba su
regreso.

El criado aadi:

--El mismo dia que el seor don Alfredo me escribi, debia salir de
Lndres para Francia y Alemania; de manera, que ignoro dnde se
encuentra en estos momentos.

No bien hubo pronunciado estas palabras, sali.

Paquita daba entre sus manos vueltas al pliego, como si tuviese miedo de
abrirlo.

Sus manos temblaban convulsivamente.

--Acaba,--le dijo su madre.

La jven rompi al fin el sobre.

No era una carta lo que este contenia, sino cinco billetes de cuatro mil
reales, es decir, mil duros.

La madre dej escapar una exclamacion de sorpresa.

La hija exhal un grito desgarrador, y perdi el conocimiento.

No se necesitaban explicaciones.

Alfredo habia tasado en mil duros el honor de la hija de don Pascual, y
pagaba la deuda.

Esto no necesita comentarios.

La ltima esperanza se habia desvanecido.




CAPTULO XII

Otro celoso que quiere vengarse.


Qu feliz era Adela!

El sacerdote acababa de bendecir la union de la jven con Eduardo, con
el hombre sensible, carioso y tierno, con el hombre sublime hasta el
ltimo grado de la sublimidad.

Eduardo habia conseguido que le prestasen algun dinero, y pudo
presentarse con ropa nueva, llevando su audacia hasta el punto de poner
en uno de los ojales de su frac una cruz de Isabel la _Catlica_.

--Qu es eso?--le pregunt Adela.

--Una de las condecoraciones que tengo.

--Yo no sabia...

--Ya me conoces,--repuso el tahur,--y sabes que no soy vanidoso.

--Pero si tienes esas distinciones...

--Hago uso de ellas en ciertas solemnidades y nada ms, y aun eso, ms
que para dar importancia  mi persona, para cumplir exigencias sociales,
y sobre todo para que se vea que te has casado con un hombre que algo
representa en el mundo.

Lo que sinti Adela no puede explicarse.

Casada con un hombre que tenia una cruz!

No sospechaba la infeliz que debia ser crucificada.

Se casaron al amanecer, descansaron hasta las once, y  esta hora fueron
 almorzar  la fonda del Cisne.

Muchos de sus amigos habian sido convidados, y casi todo el dia se pas
alegremente.

Adela se sentia tan orgullosa, que no se hubiera cambiado por una reina.

La esposa y la hija de Bonacha, aunque invitadas tambien  la fiesta, no
asistieron, porque no era posible que Paquita quisiera presenciar la
dicha de Adela, ni mucho mnos exponerse  que le preguntran cundo se
casaba ella.

Ocho dias antes habia recibido la infeliz los mil duros con que le
pagaban su honor, y fcil es comprender el estado de su nimo.

Habia aceptado el dinero?

No; pero tuvo que guardarlo, porque al dia siguiente fu  devolverlo
al mayordomo, y se encontr con que este habia partido para ir 
reunirse  su seor.

Conserv Paquita aquellos billetes para hacer de ellos el uso que exigia
su dignidad; pero le era preciso esperar hasta que volviese Alfredo.

No ms que una semana trascurri, despues de haberse casado Adela con
Eduardo, cuando una maana tuvo Juana por conveniente maltratar 
_Morito_.

--Qu significa esto?--dijo la viuda con acento colrico.

--Significa,--respondi la sirviente,--que yo estoy aqu para servirla 
usted; pero no para aguantar las impertinencias de un gato.

--Pues si no quieres sufrirlas, tendrs que buscar nuevo acomodo.

--Ahora mismo, porque ni un minuto quiero estar en una casa de donde me
echen.

--Puedes hacer lo que te parezca mejor.

--Pues dme usted la cuenta, y tal dia har un ao.

Cruzronse algunas frases ms, todas grias hasta el ltimo grado de
acritud.

Doa Robustiana pag  su sirviente, y esta se fu.

Aunque ya sabemos lo que significaba su despedida, diremos que el dia
anterior habia recibido mil reales de Eduardo y debia irse  vivir con
una amiga suya.

El tahur habia satisfecho as todos sus deseos, y se consideraba el
hombre ms dichoso del mundo.

Empero no bien habian pasado otros cuatro dias cuando sentia la
necesidad de nuevas emociones, y se acord de su antigua vida,
suspirando tristemente y pensando que era insoportable la monotona de
su nueva existencia.

Siempre Adela  su lado, siempre su suegra frente  l, y si conseguia
dejarlas por espacio de una hora y con cualquiera pretexto, era para ver
 Juana.

Juana y Adela debian, por consiguiente, constituir el martirio de
Eduardo.

Un hombre como l, no podia vivir as.

Ya era dueo absoluto del dinero de aquellas dos infelices, dueo de una
gran parte de la fortuna que poseian.

Por qu habia de seguir guardando consideraciones?

Crey que representaba un mal papel.

Si encontraba  sus amigos, se le burlaban, llamndole esposo manso y
otras cosas por el estilo.

Y Adela se mostraba cada dia ms exigente para que le guardasen cierta
clase de consideraciones, porque ella se habia casado para verse
halagada en su amor propio, y no para otra cosa necesitaba un marido.

Por fin, una tarde, despues de haber comido, dijo Eduardo que tenia que
hacer, y sali.

Su esposa pensaba haber ido  paseo, luego al caf, y por ltimo al
teatro   la tertulia de doa Robustiana.

--Tardars mucho en volver?--le habia preguntado Adela  su marido.

--No lo s,--respondi l;--pero har lo posible para venir pronto.

--Te aguardar vestida.

--Como quieras.

--Si ya no es hora de ir  paseo, iremos desde luego al caf  al
teatro.

Lleg la noche, y Eduardo no habia vuelto.

Adela y su madre se vistieron cubrindose de adornos, y determinaron
pasar la noche en el caf.

Pero dieron las nueve y el infiel esposo no se presentaba.

--Dios mio!...--exclam la jven.--Le habr sucedido alguna desgracia?

Doa Cecilia se content con hacer un gesto de disgusto.

A las nueve y media estaba la esposa profundamente abatida, y  las diez
se quit los guantes y las flores y los lazos que adornaban su cabeza.

La madre seguia callada; pero no por prudencia, sino porque queria
reunir toda la cantidad de bilis posible, para dejarla escapar de una
vez.

A las diez y media perdieron las esperanzas.

Adela cambi su lujoso vestido por una bata, dejse caer en un sillon y
empez  llorar.

--No tengas cuidado,--le decia entonces su madre,--que ninguna desgracia
le habr sucedido. Luego lo vers entrar bueno y sano, y diciendo que
sus negocios no le han permitido volver antes; pero si esto sucede otra
vez, la culpa ser tuya. Te he dado consejos que no has querido seguir.
A los hombres es menester tenerlos muy sujetos, porque si se les deja en
libertad abusan. La cabra tira siempre al monte, y tu marido ser como
todos. Si yo me hubiese descuidado, pobre de m! pero me mantuve
siempre firme, y as consegu que tu padre anduviese siempre derecho. Si
te muestras indulgente, puedes considerarte perdida. Verdad es que aqu
estoy yo, que no permitir que tu marido se burle de t.

--Tal vez...

--Si le hubiera sucedido una desgracia, ya lo sabramos.

--Sus quehaceres...

--Y qu negocios tiene tu marido? Ningunos, porque no se ocupa ms que
en comer y en pasear, y la buena vida que lleva te la debe  t, puesto
que tuyo es todo cuanto hay en la casa. No digo que Eduardo no te
quiera; pero la verdad es que ha hecho un gran negocio al casarse
contigo.

--Piensa que no es ningun descamisado.

--Pues qu tiene? Las esperanzas de heredar  su tio, y si ste vive
cien aos y quiere dejar  otro su fortuna, ni aun eso tendr. Luego has
de pensar que lo del tio gallego es una cosa muy oscura, pues parece
natural que se le hubiese dado parte de vuestro casamiento, y que l
hubiera contestado ponindose en relaciones contigo.

Adela suspir tristemente.

Empezaba  comprender una verdad horrible.

--Tarde  temprano todo se descubre,--prosigui diciendo la madre,--y
sabe Dios lo que al fin resultar.

Haciendo estos y otros comentarios, siguieron la conversacion.

Ya habian dado las once cuando son la campanilla y entr Eduardo,
dejndose caer en una silla, limpindose el sudor que corria por su
frente, y diciendo:

--Cenamos ya?

Era de ver el semblante de las dos mujeres.

--Yo no quiero cenar,--dijo Adela.

--Yo tampoco,--aadi su madre.

Las dos esperaban explicaciones; pero Eduardo no tuvo por conveniente
darlas.

Su silencio las mortificaba horriblemente.

--Ests mala?--pregunt el tahur  su esposa.

--Estoy buena.

--Yo tambien,  Dios gracias, muy buena,--dijo doa Cecilia con acento
irnico.

--Me alegro.

No era posible que la madre se contuviese ms.

Su clera estall.

--Ya se conoce,--dijo,--que debias tener mucho cuidado por nuestra
salud.

--No habia motivos para abrigar ningun temor.

--Te vas, te paseas, te diviertes, y vuelves  tu casa  la hora de
dormir. Y entre tanto, tu mujer se viste, espera, representa un triste
papel llorando, porque cree que te ha sucedido alguna desgracia, y
cuando vienes no te se ocurre ms que pedir la cena.

--Si he venido tarde, ha sido...

--Porque te agradaba estar solo, porque ya te cansas de tu mujer.

Adela dej escapar un raudal de lgrimas.

--Bien, muy bien,--dijo Eduardo,--no me faltaba ms que una escena.

--Caballero,--grit doa Cecilia con creciente arrebato,--no tolerar
que trate usted as  mi hija; y si esto se repite, adoptar una
resolucion enrgica.

Pens Eduardo que lo mejor era terminar de una vez aquella violenta
situacion, y ponindose en pi, replic enrgicamente:

--Seora, usted no es mi mujer, usted no es nada para m...

--Que no soy nada!...

--No tiene usted derecho  pedirme cuentas de mi conducta, porque sobre
este punto me entender con mi esposa.

--Lo que usted quiere es abusar de su inocencia, de su candidez, de su
bondad. Ha visto usted que  la pobrecita le falta el valor para hablar
fuerte...

--Basta, seora.

--Ahora es preciso que todo quede en claro.

--Pues bien; se empean ustedes en ajustarme la cuenta del tiempo que
estoy fuera de casa, y les probar que no soy uno de esos hombres que se
dejan dominar.

--Y es usted aquel que siempre estaba suspirando?...

--Yo soy bondadoso, pero no dbil; estoy dispuesto  ser un marido
carioso, pero no un Juan Lanas; y si era esto lo que ustedes querian,
han podido buscar otro.

--Tenga usted entendido...

--Est usted hiriendo mi dignidad,--grit Eduardo.

--Usted est pasando buena vida con nuestro dinero...

--El dinero de usted no lo necesito para nada, y puesto que se me trata
as, puesto que las ofensas llegan  tal punto, ahora mismo saldr de
esta casa para no volver, y ustedes se quedarn con su dinero y yo con
mi decencia, que vale mucho ms.

Adela se atrevi al fin  tomar parte en la conversacion, porque las
amenazas de su marido eran demasiado terribles.

--Eduardo, Eduardo, mio!...--exclam con acento de angustiosa splica.

Y quiso acercarse  l para abrazarle y hacerle salir de la habitacion.

--Djame,--replic bruscamente el tahur.

La madre estaba ciega de ira, y era ya imposible que se contuviese.

--Que se ir con su decencia!--exclam irnicamente.--Miren la
decencia con el bolsillo vaco!...

--Tienen ustedes mucho dinero,--grit Eduardo;--pero deben ustedes
considerarse honradas  mi lado.

--Honradas!...

Y doa Cecilia, que no habia olvidado las costumbres de sus buenos
tiempos, apoy las manos en las caderas y grit fuera de s:

--Oiga usted, seor hambriento, es preciso que usted sepa...

--Seora, antes de hablar conmigo es menester que se lave usted para que
se le quiten las manchas del carbon de la fragua...

--Silbante!...

--Cursi!--grit Eduardo con toda la fuerza d sus pulmones.

Esta palabra produjo un efecto inconcebible.

Rugi doa Cecilia, y quiso arrojarse sobre el tahur.

Grit Adela pidiendo socorro, mientras intentaba contener  su madre.

Los criados acudieron, y sujetaron  Eduardo, que juraba y maldecia como
si se encontrase en una taberna.

Agitbanse todos, y todos hablaban  la vez.

Cruzbanse los improperios y las palabras ms groseras.

La infernal gritera puso en conmocion  todos los vecinos de la casa, y
muchos acudieron y llamaron, los unos con el buen fin de prestar
socorro, y los otros para averiguar lo que sucedia.

--As se trata  un caballero como yo!--exclamaba Eduardo.

--Nos ha llamado cursis!--gritaba fuera de s doa Cecilia.

--Qu escndalo, qu horror!--decia la pobre Adela.

Y los criados suplicaban, y resonaba sin cesar la campanilla, agitada
por los vecinos.

Para poner trmino  tan violenta escena, no qued ms recurso que sacar
medio arrastrando  la madre y encerrarla en otra habitacion; y Eduardo,
queriendo tambien contribuir  la paz, tom su sombrero y sali de la
casa, jurando que no volveria si no le daban cumplida satisfaccion.

Desmayse Adela.

Los vecinos invadieron todas las habitaciones.

Fueron en busca de un mdico, y eran ya ms de las dos de la madrugada
cuando la calma se restableci completamente.

Todas las ilusiones de Adela se habian desvanecido.

Su situacion habia cambiado.

Eran las diez de la maana, y Eduardo no habia vuelto.

Entonces se entabl la discusion entre doa Cecilia y Adela.

Esta lloraba, se desesperaba y acusaba  su madre de cuanto sucedia.

La madre empezaba tambien  arrepentirse de haberse dejado arrebatar por
la clera, porque temia que Eduardo cumpliese su propsito de no
volver, en cuyo caso la jven se quedaria mucho peor que antes de
haberse casado.

Pero no queria doa Cecilia dar su brazo  torcer, como suele decirse, y
replic:

--Olvidas que nos ha llamado cursis, y sobre ser esto una ofensa, es una
injusticia.

--Antes le llamaste t hambriento y perdido, y no s cuntas cosas ms.

--Eso no es una razon.

--Tenia que defenderse.

--Y sobre todo, yo dije la verdad, porque hambriento es el que no cuenta
con recursos para vivir, y antes de casarse no tenia Eduardo ms que la
noche y el dia. Acurdate de la ropa que llevaba, mientras que ahora va
vestido como un gran seor. Y entonces no se ocupaba ms que en escribir
versos para t, y ahora...

--Pues con decir todo eso he ganado mucho,--dijo Adela.

--Djalo, que ya volver como vuelven los gorriones cuando se les corta
el pico.

--T no conoces  Eduardo.

--Pero ya voy conocindolo por mi desgracia.

Dieron las once.

Tampoco el marido parecia.

Trascurrieron las horas con horrible lentitud.

Era preciso adoptar una resolucion.

Adela quiso ir  buscar  su marido.

Doa Cecilia no se opuso, porque tenia ya por lo mnos tanto miedo como
la hija.

Pero dnde estaba Eduardo?

H ah lo que no podian adivinar.

Despues de mucho discurrir, decidieron ir  pedir consejo  doa
Robustiana, porque esta clase de gente, como desconoce la verdadera
dignidad; hace pblico cuanto ha de ponerla en ridculo.

Vistironse, y ya iban  salir, cuando se present un criado, diciendo
que acababa de llegar un hombre que queria verlas.

--No estamos para ver  nadie.

--Asegura que ha de tratar de un asunto de mucho inters, y segun se
explica, trae noticias del seorito.

Estas palabras, verdaderamente mgicas entonces, produjeron su efecto.

El hombre en cuestion fu recibido.

Era Manolo.




CAPTULO XIII

Borrascas matrimoniales.


Adela no sabia quin era aquel hombre; pero le pregunt:

--Tiene usted noticias de mi esposo?

El novio de Juana apret los puos y respondi:

--Por desgracia, s.

--Dios mio!...

--No se asusten ustedes, porque la nica persona que pierde en este
juego soy yo, y he venido por si les parece bien emplear su influencia y
hacer de modo que el asunto se ponga en claro. No digo que haya nada de
particular; pero, en fin, cuando  uno se le pone algo entre ceja y
ceja... Yo conozco bien que pueden ustedes tener un disgusto; pero no
me quedaban ms que dos caminos, el de hacer esto  el de tomar la
justicia por mi mano, y han de saber ustedes que aunque soy un hombre
muy pacfico, cuando se me sube la sangre  la cabeza cierro los ojos y
hago una barbaridad con mucha frescura.

Qu queria decir Manolo?

Doa Cecilia y Adela le miraron sorprendidas.

--Si no se explica usted con ms claridad...

--Me explicar.

--Qu le ha sucedido  mi esposo?

--A quien le ha sucedido es  m.

--Pero dnde est?

--Con ella.

--Con ella!--exclam Adela, en tanto que su rostro se cubria de mortal
palidez.

--Con ella!--grit doa Cecilia, de cuyos ojos se escaparon dos
centellas.

--Eso es.

--Y quin es ella?

--La Juanita.

--Juana!... No sabemos...

--Acaso no se acuerdan ustedes de una criada que tuvo doa Robustiana
del Peral?

--Aquella relamida!

--Aquella desvergonzada!

--Poco  poco, seoras...

--Aquella bribona!...

--Aquella perdida!...

--Cuidado con lo que se dice!--interrumpi Manolo, como si amenazase.

--Concluya usted.

--Juana no es desvergonzada, ni bribona, y mucho mnos perdida.

--Eso ya lo veremos.

--Y tanto como se ver, porque han de saber ustedes que yo soy su novio.

--Pues ms le valiera  usted haberse muerto,--dijo doa Cecilia.

--Mi desgracia es haberlas conocido  ustedes.

--Si piensa usted desvergonzarse...

--Lo que pienso es decir las cosas claras.

--No se olvide usted de que somos unas seoras.

--Y  m qu?

--Dice usted que mi marido est con esa mujer?...

--S, pero yo tengo pruebas de la honradez de Juana.

--Nos alegramos mucho.

--Y no es que haya sucedido nada de particular; pero quiero evitar que
suceda, porque al fin todos somos dbiles en el mundo, y como Juana es
bonita, mucho ms bonita que todas esas seoras cursis que andan por
ah...

--No pronuncie usted palabras ofensivas.

--A nadie ofendo con decir que Juana es bonita; pero tambien es pobre, y
el dinero es mala tentacion, y como hace ms de un mes que est sin
acomodo...

--Entiendo,--interrumpi doa Cecilia.

--He visto algunas cosas que no me han gustado; pero, en fin, no tenian
nada de particular, y anoche sucedi que en la Plaza del Progreso v 
Juana hablando con su marido de usted.

--Esos sern los negocios que lo tenian fuera de casa,--dijo doa
Cecilia.--Ya lo ests viendo, Adela; eres tonta, y todo esto sucede
porque t no tienes carcter.

--Mam, pudo suceder que Eduardo se encontrase por casualidad con esa
mujer, y si ella le habl, tuvo que escucharla.

--As es como Juana se explica,--repuso Manolo,--pues asegura que al ver
 don Eduardo le ocurri encargarle que le proporcionase alguna casa
donde servir.

--Ya lo ves, mam.

--S,--dijo irnicamente doa Cecilia;--y luego habr ido  darle la
contestacion.

--Lo que me tiene con cuidado,--aadi Manolo,--es que don Eduardo,
segun me ha dicho una vecina ha pasado toda la noche al lado de Juana, y
todava no se ha separado de ella. Fu  buscarla  las doce.

--No necesito ms,--grit fuera de s doa Cecilia.--Ahora veremos cmo
se defiende; ahora veremos si se atreve  llamarnos _cursis_... Vamos,
Adela, vamos, si es que no ha de faltarte el valor.

Coger  Eduardo _in fraganti_ delito, era para doa Cecilia una
complacencia sin igual.

Con su encaso entendimiento, no comprendi que hacia un gran mal  su
hija y que en beneficio de esta debi buscar razones para justificar la
conducta del infiel esposo.

Adela, temblando convulsivamente, psose en pi.

A toda costa queria salir de dudas, tener la prueba de lo que debia
esperar de su esposo.

La infeliz, como todas las que se encuentran en su situacion, no
comprendia que por mucho que atormenten las dudas, atormenta doblemente
la realidad.

No hay nada tan amargo como los desengaos, y tras un desengao corria
la jven.

Manolo, por el contrario, se empeaba en hacerse ilusiones y en creer
que Juana lo amaba y era la mujer ms honrada del mundo.

Podria justificarse Eduardo?

Cuando se separ de su esposa y de su suegra, se fu en busca de Juana,
y en la vivienda de esta pas toda la noche, refirindole cuanto habia
sucedido y ponindose con ella de acuerdo para estar prevenidos por lo
que pudiera suceder.

--As me gusta,--dijo Manolo, disponindose  salir con las dos
mujeres.--Don Eduardo se avergonzar, y con cuatro cosas que le digan
ustedes, dejar tranquila  Juana, y yo tambien vivir tranquilo.

No hablaron entonces ms.

Veinte minutos despues subian hasta el cuarto piso de una casa de la
calle del Salitre.

Adela apenas podia sostenerse.

Doa Cecilia di algunos golpes en una puerta indicada por Manolo.

--Quin es?--se oy preguntar.

--Abra usted,--respondi la madre.

Y la puerta se abri, apareciendo Juana.

Dej esta escapar una exclamacion de sorpresa, y luego dijo:

--Ustedes por aqu!

--De seguro no nos esperaria usted, no es verdad? Pues aqu estamos
para hacerle  usted saber quines somos, y para anonadar al hombre que
olvida sus deberes y hasta su decencia, dejando su casa para buscar
refugio en este nido de gente perdida.

--Jess!--exclam Juana con esa entonacion especial de la gente de su
clase.--Pues no vienen ustedes poco fuertes.

--Como podemos, lo entiende usted?--replic doa Cecilia.

Se entreabrieron algunas de las puertas que habia en el pasillo,
dejndose ver los rostros de vecinas curiosas, que al oir las voces se
asomaban para averiguar lo que sucedia.

Juana, que no se asustaba fcilmente, despleg una sonrisa burlona, y
dijo:

--Supongo que vienen ustedes  buscar  su hombre... Pues aqu est; no
se ha perdido, ni le falta ningun pedazo, y por consiguiente pueden
ustedes tranquilizarse.

--Desvergonzada.

--Mucho cuidado con lo que se dice, que aunque yo soy una pobre y no
gasto seda, ni me pongo nada postizo, tengo muchsima alma para ponerle
las peras  cuarto al mismsimo rey en persona, est usted?

--Mam, vmonos de aqu.

--No se asuste usted, seorita; que yo no me como los nios crudos, y ya
que ha venido usted  buscar  su marido, debe usted cogerlo de una
oreja y llevrselo, porque  m no me sirve ms que para estorbo; porque
ha de saber usted que si yo quisiera ms hombres que mi Manolo, los
tendria, porque puedo y porque s. Y no hay que tentarme mucho la ropa,
pues si la sangre se me calienta... En fin, ms vale callar.

--S,--replic doa Cecilia;--mejor es que calle usted, pues si se
olvida de que habla con unas seoras...

--Vaya un seoro!... Ustedes s que se han olvidado de la fragua donde
hicieron el dinero con que se dan tanto tono, y ahora...

--Que le arrancar la lengua.

--A m!... Pues no faltaba ms sino que yo dejara que me pusiesen las
manos encima unas silbantonas cursis como ustedes!

Mont en clera doa Cecilia, y como Manolo, en un rincon del pasillo,
permanecia inmvil y silencioso, Dios sabe lo que hubiera sucedido  no
adoptar Eduardo la determinacion de presentarse.

Las vecinas salieron para divertirse con aquel espectculo.

Adela se ponia alternativamente plida y colorada.

Eduardo, grave y severamente, dijo  su esposa y  su suegra:

--A esto se exponen ustedes, y ahora pueden blasonar de seoras. Si
estoy aqu, es porque en alguna parte habia de pasar la noche. Y aqu
estar el tiempo que necesite para buscar casa, puesto que ya les
dije...

--Eduardo!--exclam Adela con angustioso tono, cogiendo las manos del
truhan.

--Aparta... Me habeis puesto en ridculo, y para un hombre de mi clase
el ridculo es peor que la muerte. Quin habia de creerlo de t?
Siempre tan delicada, tan sublime...

--No es mia la culpa; pero mam...

--Eso es,--grit fuera de s doa Cecilia,--ahora yo tendr la culpa de
todo, y vosotros hareis las paces y me mirareis como se mira  un
enemigo... Bien, muy bien... He querido defenderte, hija mia, y el pago
que me das...

--Ven, Eduardo mio, ven...

--No.

--Yo te juro no hacer caso de mam.

--Qu ests diciendo, hija desnaturalizada?

--Reconozco,--aadi Adela,--que he cometido una falta y que he sido
demasiado exigente; pero no volver  suceder, te lo prometo, lo juro
por nuestro amor.

Eduardo fingi que empezaba  sentirse conmovido.

Algunas lgrimas de Adela pusieron trmino  las aparentes vacilaciones
del tahur.

--Por una sola vez, te perdono,--dijo.

Las explicaciones que habia dado le parecieron muy satisfactorias  la
jven.

Esta, su esposo y doa Cecilia salieron de la casa, con gran sentimiento
de las vecinas,  quienes pareci poco animada la escena que acababa de
tener lugar.

Manolo, turbado y confuso, pidi perdon  Juana, y esta lo reconvino con
la mayor dureza, dicindole que si no se curaba de aquellos celos
estpidos, le volveria la espalda para siempre.

Manolo prometi aprobar todo lo que hiciese Juana, y una y otra vez
reconoci que merecia el ms duro castigo.

Entre Adela y Eduardo qued restablecida la paz; pero l supo sacar
partido de la situacion, y desde aquel dia cambi de conducta, saliendo
cuando bien le parecia, volviendo  su casa cuando se le antojaba, y
faltando algunos dias  la hora de comer.

Todas las situaciones se aceptan cuando no hay otro remedio, y Adela
acept la suya.

Ya no podia ser feliz.

Quedbase muchos dias sin ir  paseo, y concluy por ir con su madre
como antes de haberse casado.

Por la noche, si no iban al teatro, concurrian  la tertulia de doa
Robustiana, y all iba, aunque no siempre,  buscarlas Eduardo.

Cuando pas un mes, empez el marido  recogerse  la madrugada.

Adela no se atrevi  quejarse.

Debia ser madre muy pronto, y esta era una razon ms para que la infeliz
jven guardase silencio.

Aun no podia conocer su desgracia en toda su horrible extension.

La mayor parte de la fortuna de las dos mujeres estaba representada por
ttulos de la deuda del Estado.

Tenian adems una casa en Madrid, que les producia unos quince mil
reales de renta.

Los ttulos habian sido torpe y cndidamente entregados al tahur, para
que este se cuidara de cobrar los intereses.

Si Adela hubiese sido ms sagaz, habrase apercibido de que su esposo
empezaba  estar muy preocupado, que comia poco, que se dejaba arrebatar
por la clera muy fcilmente y que con frecuencia se quejaba de dolor 
incomodidad en el estmago.

Qu significaba todo esto?

Significaba simple y sencillamente, que los ttulos de la deuda iban
pasando  otras manos, y su valor iba quedando sobre el tapete verde en
los garitos.

Antes de un ao no quedaria de aquella fortuna ms que la casa, y esta
se venderia tambien; es decir, que la miseria amenazaba  las dos
infelices, y que cuando reconociesen sus errores, seria demasiado tarde
para remediar la desgracia.

Eduardo nada habia perdido, pues ni aun su hijo le haria sufrir, porque
hay que tener presente que en esta clase de hombres el vrtigo de sus
vicios ahoga todos los sentimientos delicados, hasta el sentimiento del
amor paternal.

Dejaremos  esta familia, para ocuparnos otra vez de la de Bonacha.




CAPTULO XIV

Otro esfuerzo.


Habia principiado el mes de Octubre, y Alfredo no volvia, ni nadie tenia
noticias de su paradero.

Cada dia que pasaba era, por consiguiente, ms crtica la situacion de
la desgraciada hija de don Pascual.

Bien pronto le seria imposible ocultar su falta  los ojos del mundo, y
mucho mnos  los de su padre, que por torpe que fuese era padre al fin,
y debia penetrar con la mirada mucho ms que el mundo.

Para la madre no era ya un secreto aquella espantosa desgracia, y por
consiguiente habia empezado  expiar sus debilidades y  sufrir las
consecuencias de sus necedades y extravos.

La mayor parte de la responsabilidad debia caer sobre ella por no haber
sabido evitar que su hija se perdiese, y aunque don Pascual era un
hombre demasiado bueno, demasiado indulgente y tmido hasta la
exageracion, su esposa temblaba.

Nunca le habia tenido miedo  su marido, y entonces se sentia poseida de
terror.

Este cambio consistia en que su conciencia la acusaba, y cuando la
conciencia no est tranquila, el ms valeroso se vuelve cobarde, y
tiembla y se aturde el que ha dado pruebas de ms serenidad.

La madre y la hija pasaban el dia conferenciando y buscando medios para
salir del apuro; pero cavilaban intilmente.

Sin Alfredo nada podian hacer, y este no volvia, y ni siquiera se
comprometia escribiendo una carta.

El miserable debia tener bien meditado su plan, y no podia dudarse en
cuanto  sus intenciones desde el primer momento en que fij la atencion
en Paquita.

Ya lo hemos dicho: desgraciadamente referimos una historia que es algo
ms que verosmil, puesto que es verdad.

En los momentos de suprema angustia se trastorna la cabeza ms firme, se
cometen todas las torpezas, se hace todo lo que es inconveniente,
resultando que la situacion se agrava.

Los que sienten demasiado no piensan como los que estn en completa
calma,  lo que es igual, cuando el sentimiento se excita hasta cierto
grado, cambian las ideas, porque todo se ve  travs de un prisma que
con frecuencia nos engaa.

La criatura es propensa  creer que todo el mundo ha de tomar en
consideracion sus sufrimientos,  que estos son de ms importancia que
los que agobian  los dems, y de aqu resulta muchas veces el desengao
 el desencanto cuando se ve que el mundo escucha con fria indiferencia
el relato de aquellos dolores.

La esposa y la hija de Bonacha debian extraviarse en este sentido, y
debian sufrir nuevos y terribles golpes que acrecentasen su martirio.

Creyeron que ante todo debian averiguar  toda costa dnde se encontraba
Alfredo, para escribirle amenazndole con el escndalo.

Quin podia darles la noticia que deseaban?

Nadie mejor que el conde de Romeral, y h aqu cmo Juanito podia
prestar un gran servicio  la familia Bonacha.

--Aunque Juanito lo sepa,--dijo la hija,--lo ocultar, porque como se ha
empeado en que yo me case con l, no le conviene que continen mis
relaciones con Alfredo.

--Todo puede arreglarse.

--Esto no.

--Me ocurre una buena idea.

--En qu consiste?

--Acudiremos  doa Robustiana, y ella se encargar de obligar  Juanito
 decir cuanto sepa.

--Pero cuando doa Robustiana vea nuestro empeo, sospechar lo que no
es menester que sospeche.

--Y por qu ha de sospecharlo?

--Porque  cualquiera le ocurre que cuando una mujer persigue  un
hombre con tanto empeo y tenacidad, es porque hay algo que la liga 
aquel hombre, y ese algo no puede ser ms que una cosa, no puede ser ms
que mi situacion horrible.

--Pues, hija mia, el que no se embarca no pasa el mar, y algo es preciso
exponerse  perder, si ha de ganarse algo.

--Me horroriza la idea de que mi secreto...

--Piensa que doa Robustiana tiene buen corazon, y aunque ella sepa la
verdad, no hay miedo de que  nadie se la diga.

--No me atrevo.

--Ir yo sola y le dir que t no sabes que doy semejante paso, sino que
es cosa mia, porque te veo sufrir mucho y quiero hacer lo posible para
devolverte la calma.

--Siendo as...

--Hoy mismo ir.

Paquita suspir y guard silencio.

Cunto hubiera dado por poder borrar de su memoria aquellos dias
deliciosos que pas en la casa de campo!

La esposa de don Pascual fu  ver  la viuda.

--Y Paquita,--pregunt doa Robustiana,--est enferma?

--No, aunque le sobran motivos para estarlo.

--Supongo que alude usted...

--S,  ese perjuro que ha hecho creer  mi hija que la adora y le
vuelve repentinamente la espalda.

--Les hice  ustedes la advertencia...

--Ya era tarde, porque mi pobre hija se habia enamorado.

--Y no escribe?

--Ni se sabe dnde est.

--Pues ya es cosa de que den ustedes por terminadas esas relaciones.

--Por terminadas las da Paquita, y jura que no perdonar al que la ha
engaado, aunque ahora volviese arrepentido; pero como al mismo tiempo
sufre mucho y yo soy su madre, quiero hacer todo lo posible para evitar
que mi pobre hija pierda la salud. Se pasa las noches enteras sin
dormir, apenas come, llora sin cesar y no sabe hablar sino de la muerte.
Le aseguro  usted, doa Robustiana, que estoy pasando lo que no ha
pasado ninguna criatura, y  todo esto, tengo tambien el tormento de mi
marido, que no hace ms que decir que la culpa es mia, porque consent
esos amores, y para que nada falte  mi desesperacion, se ha empeado en
hacer renuncia del empleo, diciendo que no quiere deber nada al que ha
engaado  su hija.

--Nada de eso me sorprende, porque don Pascual es muy severo, muy
delicado, y no transige con cierta clase de cosas.

--Y en este apuro y no sabiendo qu hacer, acudo  usted sin que Paquita
lo sepa.

--Si  costa de cualquier sacrificio me es posible remediar su
desgracia, ya pueden ustedes considerarse dichosas.

--Hasta hoy me he concretado  ver, oir y callar; pero ya estoy decidida
 tomar parte en este asunto, y quiero escribir  ese hombre por si
consigo ms que mi hija.

--Pero si no saben ustedes dnde se encuentra...

--En eso precisamente consiste el favor que usted puede hacerme.

--No comprendo bien...

--Voy  explicarme.

--S, sepamos.

--No es posible que el conde de Romeral ignore dnde se encuentra el
que, sobre ser su amigo ntimo, ha de casarse con su hija.

--Empiezo  entender.

--Y si el conde lo sabe...

--Debe saberlo Juanito, no es verdad?

--Eso he querido decir.

--Y usted desea que yo...

--Le pregunte  Juanito como mejor le parezca; porque si nosotras lo
hacemos...

--La comision es delicada.

--Tiene usted con Juanito mucha influencia.

--Me respeta bastante, no lo niego.

--Entonces...

--Intentar dejarlas  ustedes complacidas, y abrigo la esperanza de
conseguirlo as.

Doa Robustiana, dando una prueba de delicadeza y de nobles
sentimientos, no hizo ninguna pregunta ni alusion que pudiera mortificar
 la esposa de Bonacha.

Despidise esta, y se fu tan satisfecha como podia estarlo en su
situacion.

--Pobre Paquita!--murmur la viuda.

Habia adivinado la verdad, porque no era difcil adivinarla.

Aquella misma noche fu Juanito algo ms temprano que de costumbre, y
as pudo la viuda desempear con ms libertad su comision.

--Amigo mio,--dijo doa Robustiana,--preciso es que me d usted otra
prueba de franqueza y de generosidad.

--Dispuesto estoy.

--Acurdese usted que tengo ya su palabra.

--Y la cumplir.

--Quiero saber cmo puede dirigirse una carta  don Alfredo de Saavedra.

Palideci Juanito y qued, silencioso por algunos minutos.

Le era muy fcil mentir sin que la mentira se descubriese; pero no quiso
hacerlo, aunque ignoramos si al decidirse  decir la verdad lo hacia
para cumplir su palabra  con daada intencion.

--Seora,--contest al fin,--aunque nadie me obliga, ser franco.

--No espero otra cosa de usted,--dijo doa Robustiana.

--Don Alfredo de Saavedra est en Lndres.

--Pero cmo debe dirigrsele una carta?

Por toda contestacion sac Juanito su cartera, y con el lpiz escribi
algunas lneas.

Luego arranc la hoja, se la present  la viuda, y le dijo:

--Esas son las seas exactas, y si se le escribe y no contesta, la
culpa no es mia.

--Gracias.

--He cumplido mi deber.

--Su generosidad tendr algun dia la recompensa que merece.

Juanito despleg una sonrisa amarga.

--Me parece,--aadi la viuda,--que la hija de don Pascual dia ya 
don Alfredo de Saavedra.

--Y por qu se afana tanto por l?

--Esto es ya una cuestion de amor propio.

--Cuestion que le costar muchos disgustos.

--As lo creo; pero cuanto ms duro sea el desengao, ms probabilidades
hay de que usted, sea correspondido.

--El tiempo lo dir.

Se presentaron otros amigos, y la conversacion fu interrumpida.

A las once de la siguiente maana volvi la esposa de don Pascual  ver
 su amiga, y esta le entreg el papel donde estaban las seas.

Sin perder tiempo escribi Paquita, suplicando, amenazando, evocando
recuerdos y pintando con los ms vivos colores su dolor y su
desesperacion.

Esta ltima carta era mucho ms elocuente que la que ya hemos dado 
conocer.

La llevaron al correo y la certificaron, para que as no les quedase
duda de que Alfredo la habria recibido.

Otra vez contaron los dias con una ansiedad inconcebible.

Apenas salian de casa.

El honrado don Pascual continuaba triste y meditabundo, y de vez en
cuando hablaba de su propsito de dejar el empleo que debia al que habia
engaado  su pobre hija.

Qu resultado produciria esta carta?

Suponemos que el mismo que las anteriores, pues desde que Alfredo di
los mil duros debieron desvanecerse todas las esperanzas de Paquita.




CAPTULO XV

El ltimo esfuerzo.


Pasaron quince dias, que era mucho ms tiempo del que se necesitaba para
que Alfredo recibiese la carta y contestase; pero ni habia contestado,
ni la situacion habia cambiado tampoco, y antes de adoptar una nueva
resolucion, la madre y la hija creyeron conveniente ir  la
administracion de correos.

Esperaban que les entregasen firmado por Alfredo el sobre de la carta;
pero su sorpresa fu la ms profunda cuando les presentaron la carta
misma intacta y con una nota en que se decia que se devolvia  su
procedencia, porque no habia querido recibirla la persona  quien se
habia dirigido.

Las dos mujeres miraron al empleado como si no entendieran lo que este
decia, y no acertaron  pronunciar una palabra.

--Les explicar  ustedes lo que esto significa,--dijo el
empleado.--Cualquiera persona est en su derecho de no recibir las
cartas que se le dirigen, y cuando as sucede, se hace lo que est usted
viendo. Ya sea porque al reconocer la letra del sobre haya comprendido
que no le convenia,  por otra razon cualquiera, ello es que la persona
 quien va dirigida la carta se ha negado  recibirla, y aqu la tiene
usted, y puede llevrsela, entregndome el recibo del certificado.

Tampoco entonces acertaron  responder las infelices.

--Me han comprendido ustedes?

--Si,--dijo al fin la esposa de Bonacha.

--Pues me quedo con el recibo, y aqu est la carta.

Lo que Paca sentia, no puede hacerse comprender.

Como un autmata que obedece  sus resortes, tom la carta y la guard
en el bolsillo.

Salieron de la administracion.

La desdichada jven no hubiera podido decir dnde s encontraba.

Apenas podia sostenerse, todo lo veia confuso y vago.

Apoyndose en un brazo de su madre, pudo seguir hasta la calle de
Atocha; pero all se detuvo, diciendo:

--No puedo ms.

--Te has puesto mala?

--No; pero... entremos en un coche.

Lo que sufria podia verse en su rostro, cadavricamente plido y
desfigurado.

No pudo entonces derramar una sola lgrima.

Cuando estuvo en su casa, se sent, inclin la cabeza sobre el pecho, y
qued inmvil como una estatua.

La madre fu y vino, gritando sin cesar, amenazando y haciendo
comentarios sobre su situacion.

Esto no era ms que un desahogo, pero no un remedio.

As pas casi todo el dia.

Indudablemente Alfredo habia reconocido la letra, y para evitarse
disgustos no quiso recibir la carta.

Verdad es que si la hubiera recibido habria sido completamente igual el
resultado.

Lo que el tiempo vale, lo mucho que puede, lo sabia muy bien Saavedra, y
tenia la seguridad de que con el tiempo la desdichada jven acabaria de
perder la poca fuerza moral que le quedaba, y que se resignaria.

Debia la infeliz encontrarse en ms de un apuro que la obligase  gastar
el dinero que hasta entonces no habia querido tocar, cuando esto
hiciese debia renunciar  todas sus aspiraciones.

Uno de los medios que hay para que las personas se aburran y se
desalienten, es dejar que el tiempo pase, y en fuerza de tiempo debia
Paquita desalentarse, porque hacia demasiado uso de sus fuerzas, y por
lo mismo estas debian concluir ms pronto.

Empero todava no se habia resignado; todava le quedaban alientos para
luchar, y lo nico que le faltaba eran los medios.

Pens si debia arrostrarlo todo, dar  conocer su desgracia  su padre y
emplear los mil duros en hacer un viaje en busca de Alfredo; pero esto
presentaba el inconveniente de que el seductor iba de un punto  otro
sin cesar, y antes de encontrarlo podia haberse concluido el dinero.

Adems, hubiera sido preciso dar un escndalo, confesar claramente la
deshonra, porque un viaje como este no podia justificarse de otro modo.

No era Clotilde el obstculo?

Pues si Clotilde rechazaba enrgicamente  Saavedra, debia ser ms fcil
conseguir que este se casase con Paquita.

No ideaba la jven ms que locuras.

Ya lo hemos dicho: se encontraba en ese estado de trastorno en que el
juicio se pervierte.

Conferenci con su madre, y al fin decidi hacer el ltimo esfuerzo.

Lleg el dia siguiente.

La madre y la hija salieron  las dos de la tarde de su casa, tomaron un
coche, y fueron  la suntuosa morada del conde de Romeral.

Habase puesto Paquita su mejor ropa, habase adornado con el ms
cuidadoso esmero.

Esto era una torpeza, como otras muchas que habia cometido.

Si Clotilde era bella y elegante, Paquita no queria aparecer mnos
seductora.

No pens que en sus adornos estaba el sello de su modesta clase, y que,
ms que otra cosa, debia ponerse en ridculo.

Entr en la morada del conde, quedando en el coche la esposa de don
Pascual.

H ah otra torpeza.

La hija quiso evitar que su madre se dejase arrebatar por la clera, y
no pens que debia formarse de su decoro una triste idea al presentarse
sola, y con el fin que se presentaba.

Encontr muchos inconvenientes en los criados, porque era ms difcil
ver  Clotilde que  su padre; pero ella encareci tanto la importancia
del asunto que la llevaba, que al fin uno de los sirvientes le dijo:

--Espere usted, y veremos.

Sentse Paquita en una antesala.

A los pocos minutos se present una mujer jven y bella, y bastante bien
vestida.

Crey la hija de don Pascual que aquella era Clotilde, y se puso en pi
y salud; pero era una doncella, que despues de contestar al saludo,
pregunt:

--Cmo se llama usted?

--Soy la hija de don Pascual Bonacha.

--Mi seorita no tiene costumbre de recibir  nadie, porque como puede
usted comprender...

--Su seorita!

--Eso he dicho.

Paquita conoci su error, quedndose avergonzada.

La doncella prosigui diciendo:

--Pero tanto han encarecido el asunto que  usted la trae...

--S, es de mucha importancia, de mucha gravedad, y no creo que su
seorita de usted se arrepienta de haberme recibido.

--La ver usted.

Desapareci la sirviente.

Paquita volvi  sentarse.

Trascurrieron cinco minutos, que fueron para ella cinco siglos.

Levantse una cortina, y Clotilde se present vestida sencillamente y
sin ningun adorno.

Su doncella la sigui, y se qued junto  la puerta en actitud
respetuosa.

La hija del conde atraves la antesala, salud con un movimiento de
cabeza  la vctima de Alfredo, y le pregunt:

--En qu puedo complacerla  usted?

Lo primero que  Paquita le ocurri pensar, fu que Clotilde era
excesivamente hermosa.

Los celos la atormentaron horriblemente, y tambien se sinti
trastornada, porque empez  comprender que le seria imposible entrar en
cierta clase de explicaciones, ni mucho mnos entablar una discusion en
aquella antesala en presencia de la sirviente y cuando la actitud de
Clotilde era una corts despedida.

Sin embargo, ya no podia retroceder, y haciendo sobrehumanos esfuerzos
para recobrar la calma y dominar su trastorno, dijo:

--Debo suponer que no le es  usted desconocido mi nombre.

--No.

--Pues bien; en la situacion en que me encuentro se hace preciso...

--Seorita,--interrumpi Clotilde,--le evitar  usted la molestia de
explicarse.

--Es que...

--No ignoro que tiene usted,  ha tenido, relaciones de cierta clase con
Alfredo de Saavedra; pero cualquiera que sea el estado de esas
relaciones, le advertir dos cosas: primera, que mi decoro no me permite
escuchar el relato de historias  sucesos de esa clase; y segunda, que
hace ya algunos meses que devolv  Saavedra su ms completa libertad,
no habiendo entre l y yo ms relaciones que las de una buena amistad.
De todo esto puede usted deducir que no tengo inters alguno en los
amores de Saavedra, y que no puedo influir en ningun sentido para que
adopte tal  cual resolucion. Si es que Saavedra le ha vuelto  usted la
espalda, lo siento; pero la culpa no es mia, y sobre todo, como nada
puedo hacer en favor de usted, no quiero saberlo.

--A pesar de esas razones...

--Repito que hablarme  m de ese asunto es como hablar  otra persona
cualquiera, y perdneme usted que no la escuche ms, porque ya le he
dicho que mi decoro me lo prohibe.

Y no bien hubo pronunciado la hija del conde estas palabras, se inclin
y se dirigi  la puerta, mientras la sirviente levantaba la cortina.

Paquita qued anonadada.

La vergenza la hizo enrojecer.

La ira produjo en ella el ms profundo trastorno.

Clotilde atraves el umbral, y cay la cortina.

La doncella qued inmvil.

La desdichada hija de don Pascual se oprimi el pecho.

Dej escapar un grito desgarrador.

Sinti que repentinamente renacian sus fuerzas.

Quiso seguir  la hija del conde pero la sirviente se lo estorb, y le
dijo:

--Tranquilcese usted, seorita... Ya veo que sufre usted mucho; pero
debe usted considerar que la culpa no es de nadie ms que de don
Alfredo. Todos los hombres son lo mismo, y si quisiera usted tomar mi
consejo, no le pesaria: engae usted al primero que se la presente, y
as se vengar sin que le remuerda la conciencia por aquello de que
paguen justos por pecadores, pues repito que todos ellos son iguales y
merecen la misma pena. Cuando se tranquilice usted y reflexione, se
convencer de que usted hubiera hecho lo mismo que mi seorita.

Por fin el llanto corri por las mejillas de Paquita.

--Viene usted sola?--pregunt la doncella.

--No.

--Me alegro, porque est usted muy agitada... la acompaar hasta la
puerta.

Paquita sigui maquinalmente  la criada, entrando en el coche y
dejndose caer pesadamente.

El vehculo se puso en movimiento.

Entre tanto, la hija del conde se preguntaba:

--Cmo esta mujer se atreve  dar este paso?

Y luego pens que por Juanito le seria posible obtener explicaciones y
hacerse bien cargo de su situacion.

Ya sabemos que Juanito no podia descubrir el terrible secreto, porque lo
ignoraba y ni siquiera lo sospechaba.

Sin embargo, Clotilde podia hacer algunas deducciones, y adivinar lo que
no se le decia claramente.

Por de pronto, tenia ya una prueba de que Alfredo habia abandonado  la
hija de don Pascual, y esto halagaba el amor propio de Clotilde y
facilitaba una reconciliacion con su antiguo amante.

Cmo habia de suponer Paquita que iba  favorecer  su rival?

Y as lo habia hecho.

Y lo peor de todo era que contra su voluntad, y poco  poco, iba ella
misma publicando su deshonra.

Cuando la madre y la hija estuvieron en su casa, exclamaron:

--Ya no hay esperanza!

No so equivocaban: Alfredo no se casaria con la hija de don Pascual.

La infeliz jven habia hecho el ltimo esfuerzo.

Ya le era forzoso resignarse.

En vez de emplear el tiempo en lo que no habia de producirle ningun
buen resultado, debia invertirlo en poner  cubierto su honor en cuanto
era posible que lo pusiese.

Le convenia salir de Madrid; pero esto presentaba muchas dificultades:
su padre y el dinero.

En cuanto  lo segundo, por qu no habian de hacer uso de los veinte
mil reales?

Si de todas maneras no habian de conseguir otra cosa de Alfredo, al
mnos con aquella cantidad podian ms fcilmente poner en prctica
cualquiera resolucion.

Pensaba la madre que tan deshonrada quedaba su hija tomando los mil
duros como devolvindolos.

No hay que decir que esto era un error.

Paquita mostr algunos escrpulos; pero al fin se convenci.

Veinte mil reales son tentadores para los que de la verdadera dignidad
no conocen ms que el nombre.

Otra idea le ocurri  la esposa de don Pascual.

--Me parece,--dijo,--que debes tomar al pi de la letra el consejo que
te di la doncella de tu rival. Los hombres todos son iguales, y ninguno
merece compasion. Salgamos ahora de este apuro, y que luego Juanito
pague lo que hizo Alfredo.

--Pero eso...

--T has sido demasiado crdula, has sido tonta y han abusado de tu
buena fe, lo cual prueba que para los crdulos no hay compasion. Por
qu has de tener escrpulos cuando no los han tenido para engaarte?
Adems, engaando  Juanito lo hars dichoso, porque te ama, mientras
que al engaarte  t te han hecho sufrir mucho. Y para que no te quede
duda de que todos los hombres son iguales, piensa lo que le ha sucedido
 la pobre Adela, que se cas con un hombre que parecia un santo, que no
tenia que comer, mientras que ella es rica, y antes de un mes ya ense
las uas, y hoy lo tienes hecho un perdido, sin hacer caso de su pobre
mujer y gastando el dinero de ella en divertirse y en obsequiar  otras.

--Todo eso est bien; pero pap...

--Descuida, que  tu padre tambien le haremos ver lo negro blanco.

--Es imposible.

--Para esto nos ayudar tambien doa Robustiana.

--No s cmo.

--Tengo mi plan, y triunfaremos.




CAPTULO XVI

La honradez y el corazon de don Pascual.


Doa Robustiana debia dar una prueba ms de su buen corazon y de su
ingenio, y sobre todo era preciso que se cumpliera su propsito de ser
ella la que casase  Paquita.

Preciso era ya confesarle claramente lo que habia sucedido 
consecuencia de los amores de Alfredo, y la esposa de don Pascual dijo
un dia:

--Pecho al agua.

Y sin ms ni ms fu  ver  la viuda.

Como era consiguiente, la conversacion recay sobre la conducta de
Alfredo de Saavedra, y cuando doa Robustiana dijo que nada de lo
sucedido le sorprendia, exclam la madre de Paquita:

--Ay!... pues no lo sabe usted todo; pero es usted nuestra mejor amiga,
y ya no queremos ocultarle la verdad...

Interrumpise, empezando  llorar.

Suspir tristemente la viuda, y dijo:

--He adivinado lo que ustedes ocultaban, y por consiguiente no se
mortifique usted en decrmelo. La desgracia es horrible; pero como ya no
tiene remedio, lo que debe hacerse es ver cmo se repara. Nadie est
libre de un momento de debilidad, y Paquita es digna de compasion ms
que de castigo.

--La pobrecita, tan inocente, tan crdula... hija de mi alma!

De crdula ni de inocente habia tenido nada Paquita, y la causa de su
perdicion habian sido sus necedades.

--Pues veamos,--repuso la viuda,--en qu puedo yo ayudarles  ustedes,
pues an quedan muchos recursos para evitar que la falta sea conocida.

--Nos ha ocurrido que un viaje seria lo mejor, y aunque puede
justificarse para el mundo con la falta de salud, las dificultades son
en cuanto  mi marido...

--Y que les seria  ustedes preciso estar por lo mnos tres  cuatro
meses fuera de Madrid.

--A Dios gracias, contamos con recursos bastantes en estos momentos.

--No es poco, pues con el dinero todo se consigue.

--Tambien mi marido es crdulo, y representando nosotras bien el papel,
creo que todo se conseguiria.

--Djeme usted reflexionar.

Guard silencio y medit la viuda.

--H aqu mi plan,--dijo despues de algunos minutos.

--Veremos si le ha ocurrido  usted lo mismo que  m.

--Paquita se ha desmejorado bastante.

--Como que apenas duerme ni come.

--Desde hoy debe quejarse  todas horas, ya de dolores de cabeza, ya de
malestar, y cuando pasen algunos dias se levantar tarde, se acostar
temprano, y no querr salir, asegurando que le faltan las fuerzas.

--Muy bien.

--Entre tanto, yo hablar  todos los amigos del triste estado de
Paquita, y dir que me parece que tiene mala enfermedad y que temo que
se desenvuelva una tsis, lo cual  nadie debe sorprender, porque
Paquita es de pocas carnes y de organizacion dbil, y ya sabe usted que
los que estn robustos no creen que pueden vivir los que estn flacos.

--Prosiga usted.

--Irn todos los amigos  visitar  Paquita, y la encontrarn plida y
ojerosa. Ella tendr buen cuidado de estar siempre mal vestida y
despeinada, porque los enfermos no tienen ganas de adornarse.

--Tiene usted mucho talento, doa Robustiana.

--Suspirar tristemente, hablar muy poco y de vez en cuando toser, que
yo le aseguro  usted que apenas la hayan oido toser, han de darla por
muerta.

--No se equivoca usted.

--Don Pascual querr que  su hija la vea un mdico; pero ella se
resistir, y yo entre tanto habr ponderado el talento y la ciencia de
cierto mdico que ha hecho prodigiosas curaciones de esa clase de
enfermedades.

--Y ese mdico?...

--Es persona de mi ms completa confianza, y adems debe usted tener
entendido que cuando se trata de estos asuntos, no hay mdico que no sea
honrado y reservado, siquiera por egoismo.

--Tiene usted razon.

--Desde el momento en que amenace un peligro  Paquita, Juanito, que la
ama, la adorar, y aqu est el punto grave de la cuestion.

--Juanito es bueno.

--El mdico asegurar que su hija de usted no puede salvarse si no pasa
los rigores del frio en un clima ms templado, como el de Valencia 
Andaluca, y es imposible que don Pascual se oponga al viaje.

--Y si intenta pedir una licencia para acompaarnos?

--La licencia no han de drsela para tanto tiempo como ustedes han de
estar fuera de Madrid.

--Capaz es de dejar el destino.

--No lo dejar, porque es el nico recurso con que cuenta para atender 
la curacion de su hija.

--Y dice usted que Juanito?...

--Convencido de que ya Paquita no ama  don Alfredo de Saavedra, har su
declaracion formal.

--Y se escribirn...

--Y cuando Paquita salga de su apuro y vuelva  Madrid saludable y
alegre...

--Comprendo, comprendo.

--Pues si le parece  usted bien...

--S, s.

--Manos  la obra, que Dios nos proteger.

--Hoy mismo empezaremos.

La esposa de don Pascual y doa Robustiana se abrazaron y se dirigieron
las palabras ms cariosas.

Aquel mismo dia, cuando don Pascual volvi  su casa, se encontr
acostada  su hija.

--Qu es esto?--pregunt.

--Me duele mucho la cabeza; pero no es nada de cuidado,--respondi la
jven.

Hizo Bonacha un gesto de disgusto, y guard silencio.

Paquita apenas tom alimento, asegurando que la comida le repugnaba.

Cuando lleg la noche, la viuda habl  sus tertulianos de la enfermedad
de Paquita.

Esta supo representar admirablemente su papel.

Fueron  visitarla sus amigos, y antes de una semana todos decian que la
jven no podia vivir.

Don Pascual se concretaba  preguntar  su hija si se sentia mejor; pero
ni siquiera nombr  los mdicos.

Cmo se explicaba esto en un hombre tan carioso, y que siempre habia
llevado hasta la exageracion los cuidados por su hija?

Era inexplicable su conducta.

Otra semana pas, y como don Pascual no parecia dispuesto  cambiar de
sistema, su mujer le dijo:

--En qu piensas?

--En trabajar lo mismo que siempre,--respondi Bonacha.

--Nuestra pobre hija est cada dia peor.

--Ya lo veo.

--Y lo dices con esa calma!...

--Sufro y me resigno, porque Dios lo manda as.

--Pero resignarse no es abandonarse.

--Y qu quieres decir?--replic don Pascual, mientras tomaba el
sombrero para salir.

--Quiero decir, que es preciso que  nuestra hija la vea un mdico.

--Un mdico!--exclam Bonacha con acento de profunda sorpresa.

--S.

--Y qu ha de hacer el mdico?

--Curarla.

Cambi de expresion el rostro de don Pascual.

No era en aquellos momentos el hombre cndido y bonachon.

Fij una mirada profunda en su esposa, y despues de algunos momentos
dijo:

--Me parece que el mdico nada puede hacer.

Tembl la esposa de Bonacha y baj los ojos, como si no se atreviese 
arrostrar la mirada de su marido.

Este se puso el sombrero, tom el baston y dijo sencillamente:

--Hasta luego.

Sospechaba la verdad?

Su mujer hubiera querido averiguarlo; pero no se atrevi  provocar
explicaciones sobre este punto.

Pasaron otros tres dias, y ya todos los amigos mostraban extraeza
porque  la jven la tuviesen en tal abandono, sin acudir  los socorros
de la ciencia.

--Vindolo ests,--dijo la mujer al marido;--la gente murmura, y tiene
sobrada razon.

--Si es preciso llamar  un mdico para que el mundo no se ocupe de mi
hija, que el mdico venga.

Y segun se habia convenido, fu  visitar  la enferma el mdico amigo
de doa Robustiana.

El honrado don Pascual continu encerrado en su reserva.

Al cabo de una semana declar el mdico que era imposible que Paquita se
salvase si no pasaba algunos meses bajo la influencia del clima benigno
de alguna de las provincias del Medioda, y design los puntos que le
parecian ms convenientes.

No se opuso don Pascual al viaje, ni mucho mnos pens en pedir licencia
para acompaar  su familia.

Guardando siempre su tenaz silencio, se fu en busca de un prestamista,
tom dos mil reales, que debian servir para los primeros gastos del
viaje, y firm un recibo de tres mil y quinientos, cantidad que debia
descontrsele de su paga en virtud de providencia judicial y en el
espacio de unos once meses.

Entre tanto, su esposa quiso empezar  hacer uso de los veinte mil
reales pera comprar vestidos y adornos, pues hay que advertir que 
pesar de todas sus desgracias, no se habian curado radicalmente, ni
habian escarmentado aquellas dos infelices.

Abri el cofre en cuyo fondo guardaba el dinero; pero este habia
desaparecido.

Qued la esposa de don Pascual inmvil, sin aliento, con la mirada fija
y abiertos los ojos como si fuesen  saltar de sus rbitas.

Hay que advertir que dos dias antes habian despedido  la criada, y que
despues de haberse ido esta, habia tenido en la mano los mil duros la
esposa de don Pascual.

No podia, por consiguiente, sospecharse un robo, y mucho mnos cuando no
se veian en el cofre seales de violencia.

Trascurrieron algunos minutos.

--Me equivoco,--murmur por fin la mujer de Bonacha.

Y empez  sacar una por una cuantas prendas habia en el cofre.

Los mil duros no parecian.

--Paca, Paca!--grit la madre.

--Qu quieres?--respondi la hija, que acostumbrada ya  representar su
papel de enferma, no se movia fcilmente.

--Ven, ven...

--Para qu?

--Los mil duros...

--Bien, traelos.

--Pero...

--Djame tranquila, mam.

--Esto es horrible...

--Debes tener en consideracion que estoy enferma.

--Los mil duros, los mil duros...

--No grites, no alborotes...

--Han desaparecido.

Levantse al fin la jven, mientras decia:

--Mam, tienes la cabeza trastornada, lo cual debe consistir en tu edad.

--Si alguna de las dos est loca, debes ser t, y si no piensa en lo que
te ha sucedido.

--Quieres armar un escndalo?

--Lo que quiero es morirme,--dijo la madre, revolviendo una y otra vez
las prendas, que del cofre habia sacado.

La jven comprendi entonces toda la gravedad de lo que sucedia; pero
abrig la esperanza de que su madre hubiese guardado en otro cajon el
dinero y que no se acordase.

Desde el cofre fueron  una cmoda, y luego  la nica mesa que tenia el
cajon.

No estaban los billetes en ninguna parte.

Puede decirse que revolvieron la casa y registraron hasta el interior de
los colchones.

Quin las habia robado?

Y todo estaba en su lugar, sin que pareciese que nadie habia tocado al
contenido de los cajones.

Hicieron todas las suposiciones imaginables; pero no adivinaron la
verdad.

Perder mil duros era una gran desgracia; pero habia que tomar tambien en
consideracion cmo habia desaparecido aquel dinero.

No podian decir una sola palabra  don Pascual.

--Y cmo podremos ahora hacer el viaje?

--Tu padre no querr acudir  un prestamista.

--Y si acude le pedir una miseria.

--Y tenemos muchos gastos que hacer.

--Necesito por lo mnos tres vestidos.

--Yo tambien.

--Y un sombrero.

--Y yo otra sombrilla.

--Por t no tengo cuidado, porque puedes arreglarte ms fcilmente.

--Es claro; yo aunque vaya llena de harapos, voy bien, no es verdad?

--Pero  tu edad...

--Todava no soy ninguna vieja.

--Mam, piensa que ya has cumplido cincuenta y un aos.

--S; ya s que soy una jamona; pero me parece...

--Jamona!... algo ms.

--Mira, Paca, no me tientes la paciencia.

--Bien dice el refran, que las verdades amargan.

--Siempre te empeas en compararme  tu padre, que es un viejo que no
puede tenerse en pi.

--Tiene cinco aos ms que t, y ya ves que no se pone ningun adorno, ni
piensa en ciertas cosas propias de la juventud.

--T tampoco deberias pensar, porque tu estado...

--He cometido una falta; pero es menester que sepamos lo que t has
hecho en tu juventud.

--Paca, que soy tu madre...

--El resultado es que has perdido los mil duros.

--Ya sabes que estaban bien guardados.

--Tan bien guardados, que han desaparecido sin saber cmo.

--Oh!... daria lo que me queda de vida por saber quin los ha robado.

Paquita se di una palmada en la frente, y exclam:

--Ah!...

--Qu te sucede?

--Todo lo adivino.

--Explcate.

--Los mil duros los ha cogido pap.

--Dios bendito!...

--No lo dudes.

--Y habia de estar callado?

--S, porque se ha propuesto no decir una palabra respecto  mis
desgraciados amores.

--Ahora recuerdo que cuando le dije que era preciso que viniese un
mdico, me mir no s cmo... Jess!... estoy temblando.

--Ya no me atrever  mirar  mi padre frente  frente.

No fu menester ms para que la madre perdiese instantneamente todo su
valor.

Ambas enmudecieron.

Quedaron profundamente abatidas.

Arreglaron los cajones, y esperaron  que don Pascual llegara.

Este se present  la hora de costumbre.

Ni la madre ni la hija se atrevieron  mirarlo frente  frente.

--Quieres ya comer?...--le pregunt la primera.

--S; pero antes me direis cundo pensais emprender el viaje.

--Cuando sea posible, porque los pobres no hacen las cosas cuando
quieren.

Con mucha calma sac don Pascual los cien duros que habia tomado del
prestamista, se los entreg  su esposa, y le dijo:

--Con ese dinero podreis atender  los primeros gastos, y yo os enviar
de la paga cada mes lo suficiente para cubrir con modestia vuestras
atenciones.

--Y este dinero?...

--Son dos mil reales que he tomado de un prestamista, firmando un recibo
de tres mil quinientos, y dejando que el juez embargue una parte de mi
sueldo.

--No tenias otro recurso?

--Ninguno, y t misma lo sabes, puesto que en tus manos est cuanto
poseemos,--dijo don Pascual.

--Podia suceder que algun amigo...--repuso su esposa.

--La amistad, con raras excepciones, no es bastante para abrir el
bolsillo, y sobre todo,  m no me gusta molestar  nadie, y prefiero
hacer un sacrificio.

--Pero cien duros...

--Es poco?

--Hay que hacer tantos gastos...

--Cuando se va en busca de la salud, no es menester vestidos ni adornos.

--Siempre dices lo mismo.

--Comamos,--repuso con calma don Pascual.

Su esposa no se atrevi  continuar hablando.

Las dos mujeres supusieron que aquellos dos mil reales procedian de los
veinte mil que habian desaparecido, y acusaron al pobre don Pascual,
porque guardaba para s la mayor parte, sin consideracion  las
necesidades de su familia, necesidades imperiosas, como para ciertas
mujeres lo son los relumbrantes adornos.




CAPTULO XVII

La declaracion.


Aquella misma tarde se present Juanito.

Pobre Juan!

Paquita revelaba en su semblante el abatimiento y la tristeza ms
profunda.

Salud  su amigo con dbil voz, tosi tres  cuatro veces, y guard
silencio.

--Usted es de confianza,--dijo la madre,--y como tengo mucho que hacer,
porque hemos de irnos maana...

--Si he de estorbar, me ir.

--Nada de eso... con su permiso.

Y la esposa de don Pascual se fu  la cocina.

--Maana!--murmur tristemente Juanito.

Paquita suspir, inclin la cabeza y tosi.

--Se van ustedes...

--Y Dios sabe si volveremos  vernos,--respondi al fin la jven.

--Qu dice usted?

--Ah!... siento en el corazon el frio de la muerte...

--Paca, Paca!--exclam con espanto el jven.

--Estoy resignada, y casi espero con ansiedad el instante supremo de
dejar este mundo. Qu es la vida?

--La vida!--murmur maquinalmente Juanito.

--Siempre luchando, siempre sufriendo, siempre corriendo tras un
fantasma que se desvanece al tocarlo...

--Es verdad.

--Ilusiones que se desvanecen como el humo.

--Ilusiones!...

--Esperanzas que se pierden...

--Las esperanzas!--dijo el jven, que parecia un eco de Paquita.

El desdichado sufria mucho en aquellos momentos.

--Y el corazon entre tanto se destroza

--Pobre corazon mio!

--Y as llega la vejez...

--Yo quisiera ser viejo.

--Pero no lo es usted.

--Ni usted tampoco.

--S,--dijo Paquita;--he llegado  la decrepitud, cuando no tengo ms
que veinte aos, porque he sufrido mucho, y vivir es sufrir, y cada dia
representa para m un ao...

--Y para m un siglo.

Paca tosi.

Juanito suspir lnguidamente.

Mirronse, y bajaron los ojos.

Ella se oprimi el pecho, y l apret los puos como si estuviese
desesperado.

Bonito papel estaba representando el pobre Juan!

No sabemos en qu novela habia leido Paquita, lo que acababa de decir.

Para las mujeres que no tienen entendimiento, las novelas son un gran
recurso.

Verdad es que Juanito se encontraba en el mismo caso.

Ella guardaba silencio, y  l le tocaba lucirse con otras cuantas
frases de enamorado de melodrama.

--Qu triste es la soledad!--exclam.--Y la soledad ms horrible es la
del alma, la del corazon, en medio del bullicio del mundo. Qu es la
vida sin amor y sin ilusiones? Un desierto donde por todas partes nos
rodea el calcinado arenal, sin que la vista alcance  descubrir el verde
ramaje de una palmera, ni llegue al oido el dulce susurro del
cristalino arroyo que ha de apagar nuestra sed devoradora.

Paquita volvi  toser.

--Ah!...--prosigui diciendo Juanito.--Se va usted, y yo me quedo; se
va usted...

--En busca de la muerte, y usted se queda...

--Muriendo entre los vivos y sin el consuelo de que nadie comprenda mi
dolor... Oh!... Dnde habr un alma para mi alma, dnde para mi
corazon habr un corazon?

--Juanito, Juanito!...

--Qu!... pues no digo la verdad?

--Ay!...

--Paquita!...

--Las palabras de usted son horriblemente amargas.

--Es que la hiel de que est impregnado mi espritu...

--Es usted injusto.

--Injusto!

--Tiene usted vida...

--Para qu me sirve?

--Se queja usted de la soledad, no encuentra usted un corazon...

--Hay alguno para m?

--Tal vez; pero...

Interrumpise Paquita, hizo un gesto doloroso, y luego aadi:

--Debo resignarme, porque mia es la culpa.

--Qu quiere usted decir?

--Si nadie le comprende  usted, quin puede apreciar lo que pasa en mi
alma?

No pudo ya Juanito contenerse, y cayendo de hinojos, cogi una de las
manos de Paquita, la estrech fuertemente y exclam:

--Compadzcame usted...

--Ya es tarde!

--Tarde!...

--Usted no puede tener fe en mi amor, no puede usted comprender lo que
los desengaos...

--Me hace usted sufrir mucho.

--Levntese usted...

--Una sola palabra, una sola...

--Que puede venir mi mam.

--Y qu me importa?--replic Juanito fuera de s.

Y apret ms y ms la mano de Paquita, y  tal punto lleg su entusiasm
que le produjo un vrtigo, y sin miramiento alguno, sin darse cuenta de
lo que hacia, sin respeto  la inmaculada pureza de Paquita, bes con
frenes aquella mano, que temblaba, que abrasaba...

--Jess!--se oy exclamar.

Y la madre apareci.

Turbado y confuso se levant Juanito, con el pantalon empolvado, los
cabellos en desrden, la corbata desarreglada...

Paquita se cubri el rostro con las manos.

--Reconozca usted--dijo severamente la esposa de don Pascual,--que abusa
usted indignamente de mi confianza.

--Seora, todo mi delito consiste...

--Ya lo he visto.

--La pasion me trastorna...

--As se excusan todos los que cometen cierta clase de faltas.

--No es un crmen amar...

--Pero s es un crmen hacer lo que usted estaba haciendo.

--Me reconviene usted con demasiada dureza, me rechaza tal vez porque
soy pobre...

--Eso no.

--Si su hija de usted acepta mi amor...

--Quiere usted que se exponga  otro desengao? Ya ve usted cmo se ha
quebrantado su salud...

--Yo soy ms pobre, pero ms honrado que ese otro miserable.

--En fin, Paquita decidir; pero me parece...

--Hable usted, hable usted,--dijo Juanito con acento suplicante  la
jven.

Levant esta la cabeza, y como si estuviese profundamente conmovida,
dijo:

--Si Dios quiere conservarme la vida; le dar  usted una prueba de que
hay corazones que sientan como el suyo.

Juanito jur que era el hombre ms dichoso del mundo, y continuando la
conversacion, convinieron en escribirse diariamente,  por lo mnos con
la frecuencia que lo permitiese la salud de Paquita.

Aquella noche Juanito, en el ltimo punto de su entusiasmo, abraz y
bes  doa Robustiana.

Al dia siguiente pens que debia atenuar los efectos de todo lo que
habia hecho contra Saavedra, y decidi hablar  Clotilde para que esta
se convenciese de que su antiguo amante no se ocupaba de otra mujer.

Era posible que  la hija del conde se le ocultase la verdad?

No se le ocultaria, y de lo que se convenceria era de que Juanito lo
habia hecho todo impulsado por los celos, y sin otro fin que el de hacer
 Saavedra todo el mal imaginable.

Como se comprende, as se conseguia justificar al miserable seductor, y
este no tendria que hacer ms que gozar del triunfo que sus mismos
enemigos le habian proporcionado tan torpemente.

Ya tenia Paquita novio, ya podia estar segura de casarse, y por
consiguiente sufri mnos por no poder comprar los adornos que
necesitaba para embellecerse.

Lleg el momento de partir.

El padre y la hija se abrazaron.

El primero apenas pronunci algunas palabras.

No podia dudarse de que conocia el terrible secreto, y nos inclinamos 
creer que en su poder estaban los mil duros que habian desaparecido del
cofre.

Juanito pas tres dias de mortal angustia.

Cuando recibi la primera carta, de Paquita, la ley siete veces, la
bes ms de mil, y luego fu  dar parte de su dicha  doa Robustiana.

--Lo ve usted?--decia esta.

--Todo lo debo al talento y  la habilidad de usted.

--Me felicitar si son ustedes ms dichosos que Adela y Eduardo.

--Eduardo es un miserable.

Nada ms sucedi entonces que sea digno de mencion.




CAPTULO XVIII

La fortuna vuelve la espalda  Juanito.


Pasaron tres meses.

A don Pascual se le habia visto constantemente triste y meditabundo.

A las nueve de la maana salia de su casa, iba  tomar chocolate  un
caf, y despues se encaminaba  su oficina.

Una vez cumplidos sus deberes, dirigase  una de esas fondas que casi
merecen llamarse bodegones, y tomaba algun alimento, sin que nunca
excediese el gasto de dos  tres reales.

Desde all volvia  su casa para no salir hasta otro dia, y unas veces
sentado y otras pasendose, miraba  su alrededor, levantaba los ojos al
cielo y suspiraba dolorosamente.

Lo que pasaba en su alma no es posible hacerlo comprender.

Su salud se quebrantaba visiblemente y sus fuerzas disminuian con
rapidez; pero l aseguraba que se sentia completamente bueno.

Distraase con mucha facilidad, y trabajando en su oficina se quedaba 
veces inmvil como si se hubiese petrificado, y pasaba as una  dos
horas.

Un ruido cualquiera le hacia salir de su distraccion, estremecase como
si despertase del ms profundo sueo, y continuaba su trabajo.

Muchas veces le hablaban y no respondia, porque no habia oido.

Creyeron algunos que don Pascual empezaba  perder la razon.

Lo que el infeliz perdia era la existencia en medio de una agona lenta
y horrorosa.

El golpe habia sido demasiado terrible, y no podia soportarlo.

El extravo de su hija, la deshonra; habia caido sobre don Pascual como
una montaa de plomo.

Forzoso era que sucumbiese.

Por fin recibi una carta en que su esposa le decia que Paquita estaba
mejor, hasta el punto de que muy pronto podrian volver  Madrid.

Lo que esto significaba lo comprendi perfectamente don Pascual.

Pens entonces que era preciso averiguar lo que su hija habia
determinado en cuanto al fruto de su deshonra.

Hombre de conciencia recta, no era posible que Bonacha consintiese que
la madre abandonara al hijo inocente, que no le habia pedido la vida.

Tal era la situacion de aquella familia desdichada, cuando Alfredo
volvi por fin  la crte.

Entonces Clotilde se mostr ms dispuesta  transigir.

Qu hubiera sucedido si supiese la verdad en cuanto  la deshonra de
Paquita?

No lo sabemos; pero s podemos asegurar que en semejante caso el conde
no habria consentido que su hija se casara con Alfredo.

De las explicaciones que mediaron entre este y Clotilde, result lo que
debia resultar, que Juanito, despechado por los celos ms  mnos
fundados, habia querido herir alevosamente.

Juanito fu desde aquel momento, y en opinion de Clotilde, un hombre
ruin hasta el ltimo grado de la ruindad.

Podia ella consentir que un hombre semejante continuara ocupando en su
casa un puesto de confianza?

No.

La sentencia fu pronunciada, y Juanito debia encontrarse otra vez sin
recursos para vivir.

Esto era doblemente horrible en los momentos en que pensaba casarse.

Pero qu le importaba  Clotilde la suerte de Juanito?

Lo que le importaba era su dignidad, que creia ofendida.

Aquel hombre, que nada representaba en el mundo, que nada valia, habia
querido hacerla instrumento de su venganza, de sus propios intereses, de
sus ruines pasiones.

Perdonar esto no parecia generosidad, sino estupidez y falta de decoro.

Era aquella una cuestion de dignidad en opinion de Clotilde.

No quiso hacer partcipe  su padre de lo que sucedia, porque habiendo
de ser el mismo el resultado, quiso evitarle disgustos.

Cuando una mujer se empea en conseguir lo que parece imposible, triunfa
ms  mnos tarde.

Clotilde empez por hablar de la falta de inteligencia de Juanito.

Luego asegur que este tenia la mala costumbre de discutir sobre las
rdenes que se le daban, y por ltimo lo acus de curioso, porque se
habia tomado la libertad de hacer toda clase de averiguaciones para
descubrir lo que habia querido ocultrsele.

Y todo esto era verdad, todo lo habia hecho Juanito; pero no porque
quisiese hacerlo, sino porque con una habilidad admirable lo habia
puesto Clotilde en el resbaladero, sin que l viese el lazo que se le
tendia.

La curiosidad, llevada  cierto punto, es una falta gravsima y hasta
peligrosa, y el conde no podia perdonar  Juanito.

Adems, la jven estaba disgustada, y el padre lo sacrificaba todo para
que su hija estuviese contenta.

Tenia necesidad el conde de salir de Madrid por consejo de los mdicos,
y aprovechando esta ocasion, despidi  Juanito.

Tan horrible desgracia la conoci el jven precisamente en los momentos
en que acababa de recibir una carta de Paquita anunciando su completo
restablecimiento y su vuelta  Madrid.

No podia llegar ms  tiempo.

Poco le falt  Juanito para volverse loco.

Sin empleo ni esperanzas de conseguir otro, temi que la familia Bonacha
lo rechazase; pero aun cuando no sucediese as, cmo casarse sin medios
de atender  sus nuevas obligaciones?

Acudi  doa Robustiana, porque esta era, como suele decirse, el pao
de lgrimas de Juanito.

--Todo se arreglar,--respondi la viuda, que era optimista por
naturaleza.

--Cmo ha de arreglarse?

--No lo s; pero ello es que se arreglar.

--Al seor de Almendares no puedo acudir, porque creer que yo he dado
motivos para que el conde me despida.

--Por de pronto, puede usted contar con el amor de Paquita, y luego,
como no hay bien ni mal que cien aos dure...

--El remedio llegar tarde.

--Deje usted rodar la bola, que la dicha viene cuando mnos se espera.

--Ahora que Paquita habia recobrado la salud...--exclam Juanito.

--Usted tambien recobrar su empleo.

Algo se tranquiliz Juanito, por ms que las palabras de la viuda no
tuviesen ningun valor.

A las diez de aquella noche encontrbanse en la estacion del
ferro-carril del Medioda don Pascual Bonacha y Juanito.

Saludronse, y al jven le pareci conveniente hablar de su desgracia
mientras llegaba el tren.

--Tengo,--dijo,--que darle  usted una noticia muy desagradable.

--Desagradable!--replic Bonacha distraidamente.

--S.

--Qu sucede?

--Me he quedado sin empleo.

--Es una gran desgracia.

--Adivino de dnde ha partido el golpe, y me vengar cuando se me
presente la ocasion.

--No estaba usted empleado en casa del conde de Romeral?

--S.

--Y no tiene ese conde una hija?

--Veo que no necesita usted ms explicaciones.

--No.

--Ese miserable Alfredo de Saavedra...

--Basta, basta.

--Y mi situacion es doblemente terrible en estos momentos.

--Siempre es horrible quedarse sin recursos para vivir.

--Pero usted todava ignora que yo estaba decidido  casarme muy
pronto?

--Casarse!...

--S.

--Entonces le han hecho  usted un gran beneficio.

--Don Pascual!...

--De qu se admira usted?

--Me sorprende que hable usted as, porque un hombre de las sanas ideas
de usted no es posible que se muestre contrario al matrimonio. Ms de
una vez le he oido  usted dar su opinion sobre este punto, y...

--Los hombres cambian de opinion.

--Usted, que tiene una esposa modelo de virtudes...

--Es verdad; pero empiezo  comprender que la familia es una enorme
carga, que no siempre puede soportarse, y en este sentido hablo contra
el matrimonio.

--Si usted supiese quin es la mujer elegida por mi corazon...

--Cualquiera que sea.

--Me parece que ya no est bien guardar este secreto.

--Amigo mio, le advierto  usted que no soy curioso.

--La mujer que ha de participar de mi suerte, es su hija de usted.

--Mi hija!--dijo don Pascual con asombro.

--S.

--Mi hija!... Imposible.

--Acaso?...

--No basta que usted la quiera.

--Pues qu ms se necesita?--pregunt Juanito.

--Que ella corresponda  ese amor.

--Y corresponde, y quiere ser mi esposa, y mientras ha estado ausente
nos hemos escrito todos los dias.

No se le alcanzaba al honrado don Pascual que su hija se casase con
Juanito ni con ningun hombre, como no fuese Alfredo.

Dud el anciano si soaba, y se pas las manos por la frente y se
restreg los ojos.

Juanito pens lo peor que podia pensar, es decir, que porque habia
perdido su empleo se le miraba con desden.

--Seor don Pascual, espero que Dios me abrir camino, y como soy
honrado y trabajador, encontrar donde ganar el sustento.

--Honrado!...

--Me parece que no hay motivo para ponerlo en duda.

--Peor para usted.

--Peor para m?

--Eso he dicho.

Empez Juanito  sospechar que Bonacha habia perdido la razon, y despues
de algunos momentos, le dijo:

--No puedo creer que la honradez sea una desgracia.

--Yo tampoco creia otras cosas; pero el tiempo... En fin, si mi hija
quiere casarse con usted, que se case; pero conste que yo no tomo parte
en este asunto.

No sabemos adnde hubieran ido  parar en el trascurso de la
conversacion; pero fueron interrumpidos por el silbido de la locomotora,
y tuvieron que acudir para recibir  las viajeras.

Poco despues se presentaron estas.

Hubo abrazos, saludos cariosos, sonrisas y lgrimas.

Entraron en un coche y se alejaron de la estacion.

Paquita parecia haber recobrado toda la alegra de otro tiempo.

Lleg el instante de entrar en cierta clase de explicaciones, porque la
jven pregunt  su novio:

--Y qu novedades hay por Madrid?

--Ninguna buena,--respondi tristemente Juanito.

--Pues qu sucede?

--Hoy me he quedado sin empleo.

--Sin empleo!--exclamaron la madre y la hija.

--Y en estos momentos, en estas circunstancias... oh!... estoy
desesperado.

Todos guardaron silencio.

Los semblantes, que estaban alegres, revelaron la ms profunda tristeza.

Largo rato pas sin que se percibiese otro ruido que el que producia el
coche al rodar sobre el empedrado de las calles.

Por fin Juanito reanud la conversacion, para decir que ya no le parecia
conveniente guardar el secreto de sus amores, y que lo habia dado 
conocer  don Pascual.

Al estupor sucedi la ira, y las dos mujeres se desataron en
improperios contra Saavedra, acusndolo de la desgracia de Juanito.

Don Pascual escuchaba y callaba, y cuando fu interpelado por su esposa,
respondi:

--Todo me parece bien, y as se lo he dicho  este caballero.

--Con que te parece bien que lo dejen sin destino?

--Nadie sabe dnde est ni en qu consiste su fortuna.

En vano habl la esposa de don Pascual, porque este continu guardando
silencio.

El carruaje lleg  la calle de San Lorenzo.

Las viajeras necesitaban descansar, y Juanito se despidi, prometiendo
volver al siguiente dia.

La madre y la hija, mientras cenaban, hablaron sin cesar de su viaje, de
la nueva situacion de Juanito y de la maldad de Alfredo de Saavedra.

Dos horas despues se habian acostado y dormian.

Don Pascual no pudo conciliar el sueo, pensando en la inocente criatura
fruto de la debilidad de su hija.




CAPTULO XIX

El hombre bueno sigue probando que no es bonachon.


Don Pascual aprovech la ocasion de que era domingo, y cuando sali de
su casa se encamin  la de Alfredo.

Qu intentaba el desgraciado?

Tal vez iba  verse tratado como su hija cuando se present  Clotilde.

El rostro de Bonacha estaba plido, y su mirada era sombra.

Tampoco aquella maana se hubiera dicho que era el hombre bonachon y
cndido hasta el ltimo grado de la candidez.

Pregunt por Alfredo, y le contestaron que este acababa de levantarse.

--Pues es absolutamente preciso que yo lo vea,--dijo don Pascual con
una energa que nadie hubiera sospechado en l.

--Su nombre de usted, caballero?

--Bonacha.

--El criado no se atrevi  replicar; desapareci, y volvi muy pronto
para decir:

--Pase usted.

--Entr don Pascual en un gabinete ricamente amueblado, y donde se
encontraba Alfredo envuelto en una bata y recostado indolentemente en un
sillon.

Habia creido que el desdichado don Pascual iba  exigirle que se casase
con Paquita, pintndole la triste situacion de esta.

Resuelto estaba el jven  mostrarse inflexible y aun  rechazar con
dureza al infeliz padre; pero bien pronto se convenci de que se
equivocaba.

Presentse don Pascual con la cabeza erguida, detvose un momento, y
luego dijo:

--Caballero, no vengo  pedirle  usted nada, ni siquiera la honra que
me ha robado, y se lo advierto as para que no se tome la molestia de
calcular cmo saldr mejor del apuro.

Tan sorprendido qued Alfredo, que no acert  replicar.

El anciano, con grave tono, prosigui diciendo:

--Mi desgraciada hija ha guardado para m el secreto de su falta; pero
yo la he adivinado fcilmente, he guardado silencio, he observado, he
hecho todo lo que puede hacer un espa, y as he conseguido conocer
hasta el ltimo detalle.

--Entonces nada tengo que decirle  usted.

--No he venido para que me diga, sino para que me escuche.

--Quiere usted echarme en cara la fealdad de mi conducta?

--No, porque para los abusos como el que usted ha cometido, no hay
calificacion. Cuando un hombre hiere despues de estar seguro de la
impunidad, prueba que es un cobarde.

--Caballero!--grit Saavedra, ponindose en pi como impulsado por un
resorte y lanzando una mirada terrible  don Pascual.

Empero este permaneci impasible, y arrostr serenamente aquella mirada.

--Le he llamado  usted cobarde...

--Si ha venido usted para ofenderme...

--Aqu estoy para responder, porque yo, cuando ofendo, acepto la
responsabilidad.

--Si ha creido usted que sus canas han de ponerlo  cubierto de mi
enojo...

--Justo seria, ya que mis canas y mi triste situacion le dieron  usted
antes la seguridad de que podia ofenderme sin recibir el castigo que
merecia. De los ultrajes se queja usted, caballero, sin pensar que no
hay ultraje mayor que el que usted ha hecho  mi honra.

--A pesar de todo eso, estoy en mi casa...

--Yo estaba en la mia, y all fu usted para echar una mancha sobre mi
honor; pero dejemos esto, porque lo que yo he querido, lo que deseo, es
probarle  usted que la honra puede perderse si  uno se la arrebatan;
pero que aun despues de perdida, es posible conservar la dignidad.

--No pongo en duda la de usted, caballero.

--No niego que mi pobre hija, tentada por el demonio de la vanidad, se
habia extraviado; pero sus extravos no eran criminales. Usted
comprendi que era muy fcil explotar las debilidades de mi hija, y las
explot sin pensar que heria de muerte  un desgraciado, que no tenia
otro patrimonio ni otra dicha que su honradez, y que, por conservar esta
inmaculada, habia trabajado toda su vida, habia hecho todos los
sacrificios imaginables, habia aceptado todas las privaciones y se habia
resignado con todas las desgracias. Descarg usted el golpe terrible, y
con la conciencia tranquila se ocup usted en buscar la dicha por otros
medios. Su vctima de usted pidi reparacion, recordando promesas y
juramentos, porque no creia que fuese perjuro el que tanto se envanecia
con su honor; pero usted crey que  nada estaba obligado, porque se
trataba de una pobre mujer que nada representaba en el mundo; la habia
usted deshonrado, habia usted contraido una deuda, y queriendo pagarla
como buen caballero, tas usted la honra de toda una familia en mil
duros... Oh!...

Relumbraron como dos carbunclos los ojos de don Pascual, y temblando
convulsivamente  impulsos de la ira, acercse ms  Saavedra, y aadi
con sarcstico tono:

--S, pagando la deuda no tenia nadie derecho  poner en duda que es
usted un hombre bien nacido, un caballero, y que abriga usted un corazon
grande y noble.

Alfredo,  pesar de toda su audacia, no se atrevi  levantar la cabeza.

El anciano, con voz ahogada por el coraje, prosigui diciendo:

--Y el miserable que hace eso con una mujer indefensa y con un viejo
dbil, el que as escarnece la virtud, abusa de la inocencia, explota
las debilidades y se burla de todo lo que es ms respetable, de todo lo
que es sagrado; el miserable que mancha el honor de una familia para
satisfacer un capricho, un impuro deseo; el que se atreve  tasar el
valor de esa honra y el reposo, y hasta la vida de un honrado padre, se
ofende luego, y se levanta airado y amenazador porque le llaman cobarde.

--Oh!...

--Poco vivir, porque la herida ha sido mortal; pero quiero que mi
conciencia est tranquila; quiero probar que si la cobarda de usted me
ha deshonrado, no he perdido el noble sentimiento de la dignidad.

--Basta, basta;--murmur Alfredo con voz ronca.

--Hoy mismo quedar hecha la renuncia de mi empleo.

--Pero...

--Y en cuanto al precio de la honra de mi hija, que es mi honra...
Oh!...

El infeliz don Pascual sac los mil duros en billetes, y con fuerza
convulsiva los arroj al rostro de Saavedra.

Rugi este como el leon cuando se siente herido.

Volvi  ponerse en pi.

Centellas se escaparon de sus ojos.

Sus mejillas habian enrojecido como si fuese  brotar la sangre.

--Yo,--grit don Pascual,--el infeliz que nada representa en el mundo y
que nada vale, el anciano dbil, he tenido bastante valor para sellar
las mejillas del miserable que manch mi honra.

--Salga usted, salga usted!--exclam Alfredo, sin poder apenas
contenerse.

Empero don Pascual cruz los brazos, irgui la cabeza y dijo:

--Aqu estoy... Puede usted vengarse... Aqu estoy, porque el valor me
sobra para aceptar por completo la responsabilidad de mis acciones...
Por qu se detiene usted?... Le he ofendido gravemente, est usted en
su casa, y tiene derecho hasta para matarme... Oh!... pero en estos
momentos es usted el que ha de temblar, porque  m no hay nada,
absolutamente nada que pueda infundirme terror. Cuando la vida es un
tormento insoportable, no es posible tener miedo. Usted espera gozar, y
yo no espero ms que sufrir... Una sola cosa habia que me hiciese
agradable la existencia: la satisfaccion de mi propia honradez, el amor
de mi pobre hija... Ah!... cuando sea usted padre...

El infeliz anciano empezaba  perder las fuerzas, y tuvo que
interrumpirse.

Despues de algunos momentos, y con voz que parecia llevarse tras s el
alma, exclam:

--Pobre hija mia!... Yo no tenia en el mundo ms que mi hija, y usted
abus de su inocencia; la coloc usted en la pendiente que ha de
llevarla hasta el fondo del abismo, y ya no hay poder humano que la
detenga, porque dado el primer paso dar el ltimo, porque la
desesperacion la ha trastornado... Pobre hija mia!... Hija de mi
alma!...

Desapareci la ira de Alfredo, y empez  sentirse conmovido.

No, no era posible mirar con indiferencia el dolor de aquel padre
infeliz.

Ya que otra cosa buena no hiciese, quiso Saavedra dirigir algunas
palabras dulces y cariosas al anciano; pero este, recobrando por un
momento la energa, retrocedi y dijo:

--Hemos concluido... Ahora duerme la conciencia de usted, pero algun dia
despertar.

Y haciendo grandes esfuerzos para sostenerse, sali.

Largo rato pas antes de que Alfredo pudiera desaturdirse.

--Oh!... Ese hombre... me ha impresionado no s cmo... Pero nada puedo
hacer... Me amenaza con mi propia conciencia... Pues es mia la culpa,
si su hija ha sido dbil?... Me parece que doy  este asunto una
importancia que no tiene. Qu es esto ms que una calaverada como otra
cualquiera?... Digno es de consideracion y lstima el padre; pero bien
sabe Dios que no he querido hacerle mal alguno, sino, por el contrario,
beneficios. Quin habia de creer que tuviese la energa que ha
demostrado?... Y asegura que va  dejar el empleo, y como no puede
dejarlo  medias, es decir, como no puede renunciar la parte que  m me
debe, se quedar sin nada, y tras la deshonra sufrir la miseria...
Oh!... eso no, eso no, pues  pesar de mis calaveradas, no soy un
miserable, como me ha dicho, no lo soy, pues algo noble queda en mi
alma.

Llam Alfredo  su mayordomo, y le dijo:

--Recoge esos billetes, y ahora mismo corre y entrgalos al gobernador
para que los distribuya como mejor le parezca en los establecimientos de
beneficencia, y ten cuidado de no pronunciar mi nombre, porque no quiero
que se sepa quin hace la obra de caridad.

El criado obedeci.

Entonces le ocurri  Saavedra decir:

--Y mi hijo?... Porque supongo que ya soy padre... Ni siquiera lo ha
nombrado don Pascual... Oh!... no, no abandonar  esa criatura
inocente, que debe la existencia  mis locuras.

Nos parece que las locuras de Alfredo habian acabado, pues por ms que
l se esforzase para desentenderse de su conciencia, no era posible que
esta dejase de atormentarlo.




CAPTULO XX

Bonacha se explica con su mujer.


Don Pascual cumpli su propsito, y renunci el destino.

La renuncia, como era consiguiente, fu aceptada.

Cuando ya no tenia remedio, fu cuando Bonacha dijo  su familia que se
habia quedado sin empleo.

Mostrando tanta firmeza, compensaba la debilidad de toda su vida.

Su esposa, dejndose arrebatar por la ira, acus y reconvino con las ms
duras palabras al pobre anciano.

La hija tambien puso el grito en el cielo, porque abrigaba la esperanza
de casarse con Juanito, y que este viviese  costa del suegro mientras
otro recurso no habia.

La situacion era en verdad bien crtica.

Cesante el padre, cesante el futuro marido, qu iba  suceder?

Si al mnos uno de los dos hubiera contado con el recurso del empleo, no
se habrian apurado tanto, ni la madre ni la hija.

Esta podia otra vez trabajar; pero cosiendo diez  doce horas diarias,
apenas ganaria una peseta, con cuya cantidad no habia ni para cubrir la
sexta parte de las atenciones, y eso contando vivir muy modestamente,
con esa modestia que se parece mucho  la miseria y que casi no es
vivir.

--Te has propuesto,--decia furiosa la esposa de Bonacha,--te has
propuesto matar de hambre  tu familia?

Don Pascual sonri; pero no con la candidez que lo hemos visto sonreir
otras veces, sino con una expresion indefinible.

--No has pensado que tienes la obligacion de mantener  tu familia?

--S.

--Pues ahora veremos cmo se hace el milagro.

--Muy sencillamente.

--Me picas la curiosidad, y quiero conocer el secreto.

--Murindose, no es preciso comer,--dijo don Pascual.

--Pascual, Pascual!...

--Todas las necesidades,--dijo con dulzura el hombre
bonachon,--concluyen en la sepultura.

--Si no te has vuelto loco, quieres hacernos perder el juicio.

--Os infunde miedo la muerte?

--Ms vale que calles, porque se me apura la paciencia...

--Te probar que no estoy loco,--repuso Bonacha.

--Si la prueba consiste en alguna de tus necedades...

--Puesto que te empeas, ser. Toda mi vida, y particularmente contigo,
he sido dbil: ahora me habia propuesto demostrar energa; pero por una
sola vez, hoy no ms, ser dbil como siempre lo he sido.

--No te comprendo, y en cuanto  tu debilidad...

--Ten alguna paciencia, que voy  explicarme.

--Lo deseo.

Don Pascual le dijo  su hija:

--Vte.

--Que me vaya!...

--S, yo te lo mando.

--Y por qu ha de irse?

--Porque no quiero que oiga lo que voy  decir.

--Pero...

--Paca, te he mandado salir,--replic imperiosamente don Pascual.

Su hija tembl y obedeci.

Arrepintise la madre de haber provocado aquellas explicaciones, porque
comprendi lo que debia suceder.

Cuando marido y mujer quedaron solos, el rostro del primero cambi,
volviendo  ser el mismo hombre  quien hemos visto ya frente 
Saavedra, y provocando la clera de este.

--Pascual,--dijo tmidamente la esposa,--t ests trastornado...

--Tal vez.

--Sin duda tu salud...

--Es buena.

--No quiero que te incomodes, porque si caes enfermo ser peor.
Reconozco que me he dejado arrebatar; pero es tan triste nuestra
situacion...

--Calla y escchame.

--Te veo tan alterado que...

--No perder la calma, descuida.

--Maana hablaremos...

--Ha de ser ahora.

--Obedezco y te escucho.

--Si toda tu fortuna, tu dicha, tu porvenir, consistiese en una joya
que con ciega confianza depositases en manos de un amigo ntimo, de un
pariente...

--Pascual, Pascual,--interrumpi temblando la descuidada madre.

--Y si esa persona, en vez de guardar cuidadosamente el depsito...

--Basta, basta.

--Mi hija era mi nica felicidad; mi honra, era mi nico tesoro...

No se necesitaban ms explicaciones.

La esposa de don Pascual, anonadada, cay de rodillas, cruz las manos y
exclam:

--Perdname, perdname!...

--Yo te he perdonado; pero es menester que tambien te perdone Dios y que
te perdone tu hija.

--Compadceme, esposo mio!...

--Ahora levanta la voz, pregntame por qu he dejado ese empleo que
debia  la proteccion del miserable que nos ha deshonrado; pregntame
con qu hemos de cubrir las necesidades de la vida, y por ltimo, dme
si todava te espanta la muerte.

Un raudal de lgrimas corri por las mejillas de la esposa de don
Pascual.

La infeliz no pudo articular una slaba.

--Si no tenemos que comer, moriremos sin exhalar una queja, que ya que
hemos perdido la honra, debemos siquiera conservar la dignidad. Hace
tres dias que arroj al rostro del miserable seductor los mil duros con
que habia querido pagar nuestro honor, con que habia querido cicatrizar
las heridas abiertas en mi alma. Y le llam cobarde y le hice temblar, y
volv  mi casa con la conciencia tranquila.

--Mtame, Pascual, mtame!...

--Te matar la conciencia con tormentos los ms horribles.

--Dios mio!

--Ahora quiero saber lo que habeis hecho con la criatura inocente que
debia su existencia  vuestras debilidades.

--Esa criatura ha muerto.

--Que ha muerto!

--Mira.

La esposa sac una carta, que aun no hacia dos horas que habia recibido,
y en la que le participaban que la tierna criatura habia dejado de
existir,  pesar de los cuidados de su honrada nodriza.

--H aqu con cunta facilidad,--murmur don Pascual,--resuelve la
muerte las situaciones ms difciles! Dios lo ha dispuesto as; pero...
ah!... siento no haber podido estampar un beso en la frente pura de ese
ngel, porque al fin era el hijo de mi hija; era...

No pudo proseguir, porque la voz se ahog en su garganta.

Trascurrieron algunos minutos, durante los cuales no se percibi otro
ruido que el de los sollozos de la esposa de don Pascual.

Este rompi al fin el silencio para decir:

--Nuestra hija piensa casarse con un hombre honrado, quiere engaar al
que de buena fe le ofrece su ternura y deposita en ella su honor...

--Exageras, Pascual.

--Que exagero!...

--Mientras nuestra hija sea una esposa fiel, de nada podr quejarse
Juanito. Lo pasado pas, y as como ella no le pide cuentas de lo que ha
podido hacer antes de casarse...

--No prosigas.

--Reflexiona bien...

--Nuestra hija va  cometer otra falta, quiz ms grave que la primera;
pero no le pondr obstculos, porque no quiero ser responsable de su
suerte.

--Ya que se le presenta esa proporcion...

--Hemos concluido.

Y no quiso escuchar ms el desgraciado Bonacha, sino que tom el
sombrero y sali.

No necesit preguntar Paquita para saber lo que habia sucedido, pues
curiosa en demasa, habia estado escuchando.

Con el rostro lvido y descompuesto se present la jven  su madre.

--Todo lo sabe!--exclam esta.

Paquita no quiso seguir la conversacion.

Ya ves, lector, de lo que es capaz un hombre como Bonacha.

Esas criaturas que parecen dbiles, son las ms fuertes en ciertas
situaciones.




CAPTULO XXI

Alfredo se empea en hacer algo bueno.


Un mes habia pasado.

Eran las tres de la tarde.

Disponase  comer doa Robustiana, cuando son la campanilla y se
present su sirviente, dicindole:

--Un caballero quiere verla  usted.

--No lo conoces?

--Dice que se llama don Alfredo de Saavedra.

--Don Alfredo!...

--Y es muy guapo y muy elegante...

--Que entre, que entre,--dijo la viuda sorprendida.

Alfredo se present, saludando con la delicadeza que  su clase
convenia, y diciendo despues:

--Seora, hay situaciones en que es preciso apelar  supremos recursos.

--Caballero...

--Ante todo le pido  usted perdon, y le suplico...

--Si en algo puedo serle til...

--Para pedirle un favor he venido.

--Pues ya escucho.

--Supongo que conoce usted los secretos de la familia Bonacha.

--S, conozco todas las desgracias de esas criaturas.

--As me evito el disgusto de entrar en explicaciones enojosas, tanto
ms enojosas para m, cuanto que tengo que reconocer que soy culpable;
pero crea usted que estoy bien castigado con mi propia conciencia, y que
ya no puedo ser completamente dichoso.

--An tiene remedio el mal.

--En su menor parte.

--La infeliz Paca...

--Ya s que piensa casarse, y yo, sin mengua de mi honor, no puedo dejar
de ser esposo de la hija del conde de Romeral.

--Pues si acaso intenta usted indemnizar con dinero  esa pobre
familia...

--No, porque ya una vez con el dinero ha tenido valor para azotarme el
rostro ese anciano que tan dbil parece.

--Entonces...

--Don Pascual dej su empleo, y yo he sido causa indirecta de que se
quede tambien sin recursos para vivir ese jven que ha de casarse con
Paquita.

--Si les ofrece usted un destino...

--No se lo ofrecer; pero lo necesitan, y si usted quiere ayudarme, har
 esos desgraciados un gran beneficio y tranquilizar mi conciencia en
cuanto es posible que se tranquilice.

--No comprendo...

--Est usted bien relacionada.

--Es cierto.

--Nada tendria de particular que encontrase usted  uno de los que
fueron amigos de su difunto esposo.

--Y algunos de ellos han hecho gran fortuna,--dijo doa Robustiana.

--Ese amigo imaginario pudo deber la vida  su esposo de usted.

--Ahora entiendo.

--Es agradecido...

--S, pone  mi disposicion su influencia, y yo le pido un empleo para
Bonacha y otro para Juanito.

--Y ser usted la madrina, y el regalo consistir en las dos
credenciales...

--No necesito ms explicaciones.

--Puedo contar con el auxilio de usted?

--S, caballero, porque para hacer un beneficio no debe nadie vacilar.

--Gracias, seora, gracias.

--Por supuesto, que es menester que no se sospeche la verdad, porque mi
amigo Bonacha...

--Lo conozco demasiado bien.

--Estamos de acuerdo.

--Ahora si usted quisiera decirme...

--Qu?

--Y mi hijo?

--Hay un ngel ms en el cielo.

--Oh!

--Dios lo ha dispuesto as.

La conversacion no podia prolongarse.

Revelando en el semblante profunda tristeza, psose en pi el jven,
ofreci la diestra  la viuda, y le dijo:

--Seora, no habian exagerado al hablarme del noble corazon y de la
clarsima inteligencia de usted.

--Caballero...

--Si se me presentase la ocasion de prestarle  usted algun servicio, me
consideraria feliz.

--Nada valgo, nada puedo...

--Vale usted mucho, seora,--dijo Alfredo.

Y saludando como hubiera podido saludar  una duquesa, sali.

--Lo corts no quita  lo valiente,--dijo la viuda cuando estuvo
sola.--Este hombre ha hecho una cosa muy mala; pero hay que reconocer
que es muy fino, que tiene mucho talento y... qu bella figura!...
ahora no me sorprende que Paquita perdiese la cabeza por l, porque, la
verdad, si yo me hubiese encontrado en el lugar de Paquita... ay!...

Suspir la viuda, y se consol pasando la mano por el lomo  _Morito_.

Desde aquel mismo dia empez doa Robustiana  preparar el terreno, y lo
hizo con tanta habilidad, que nada sospech el seor de Bonacha, aunque
vivia muy sobreaviso.

Sigui la viuda dando noticias del estado del asunto, y repitiendo las
palabras de su imaginario amigo.

Despues de quince dias volvi Alfredo  presentarse  la viuda, y le
entreg dos credenciales que daban derecho al mismo sueldo,  doce mil
reales, la una para don Pascual y la otra para Juanito.

--Seora,--dijo Saavedra,--ms hubiera pedido por mi voluntad y ms me
hubieran dado; pero he temido infundir sospechas.

--Ha procedido usted con mucho acierto.

--Cuando pasen algunos meses, podr usted acudir nuevamente  su amigo,
y se mejorar la suerte de esa familia, en la inteligencia de que
mientras yo represente algo en la sociedad y usted quiera ayudarme, ir
ascendiendo el esposo de Paca hasta ocupar un puesto distinguido. No
puedo hacer ms.

--A pesar de la falta que ha cometido usted, hay que reconocerle nobleza
de sentimientos y una delicadeza bien rara.

--Usted nada necesita; pero si tiene algun otro amigo  quien favorecer,
aproveche usted la ocasion, pues ahora los ministros me servirn en
cuanto yo les pida, y no sabemos lo que podr suceder maana si hay
cambio poltico.

As doa Robustiana, sin saber cmo, se encontr hecha mujer de gran
influencia.

Si el mundo hubiese visto cmo la trataba Alfredo, no habria podido
adivinar la causa.

Los agraciados recibieron las credenciales.

Juanito quiso casarse inmediatamente.

Infeliz!




EPLOGO


Habia trascurrido un ao desde los ltimos sucesos que hemos referido.

Juanito se consideraba el hombre ms dichoso del mundo, y la verdad es
que no tenia motivo para quejarse de su esposa.

Esta cumplia sus deberes con religiosa exactitud, y creemos que los
cumpliria siempre, pues en realidad no era mala.

Tambien Juanito era un excelente esposo, que se parecia algo  su
suegro.

Tenian un hijo, y esto lo consideraron una nueva felicidad, y adems del
hijo habian conseguido un ascenso, gracias  la proteccion de doa
Robustiana del Peral.

Don Pascual Bonacha no habia vuelto  recuperar la alegra; su salud
seguia quebrantndose, y parecia que habian trascurrido diez aos,
segun lo que se avejentaba. No debia vivir mucho, porque el tiempo no
calmaba su dolor.

La herida que habia recibido era mortal, y forzosamente habia de
sucumbir.

Su esposa estaba tranquila y gozaba, porque la bondad del marido de su
hija permiti  la madre constituirse en jefe de todos. Ella disponia
sin contradiccion, y no necesitaba ms para encontrarse bien.

Lo nico que le desagradaba era que sus amigos le preguntasen por su
nieto, que era lo mismo que llamarle abuela.

La esposa de don Pascual, segun ya hemos visto, crease todava jven, y
si no tenia pretensiones de enamorar, parecale que an podia ser mirada
con agrado.

Continuaban yendo  la tertulia de doa Robustiana, y esta presentaba
siempre como modelo de esposos  Paquita y  Juanito.

No sucedia lo mismo con la desgraciada Adela, pues Eduardo habia dado
fin al importe de todos los ttulos de la deuda que tenia en su poder, y
quiso luego que se vendiese la casa.

Era forzoso que esta situacion llegase, y lleg.

No hay que decir que en las casas de juego habia quedado la mayor parte
de aquella fortuna, adquirida en fuerza de tanto trabajo, de tanta
honradez y hasta de muchas privaciones.

Por de pronto, quiso el tahur justificar su conducta, diciendo que habia
emprendido algunos negocios, y que en todos ellos habia sido
desgraciado, ya porque las circunstancias no le favorecieron, ya porque
habia sido vctima de la mala fe de criminales especuladores.

Empero siempre resultaba lo mismo, es decir, que habian desaparecido
muchos miles de duros, que producian una renta respetable.

Les era preciso cambiar de sistema de vida  las dos pobres mujeres,
suprimiendo criados y todo aquello que no era de absoluta necesidad,
puesto que ya no contaban con ms que con los catorce  quince mil
reales que la casa producia.

A pesar de todo esto, no se atrevi Adela  reconvenir  su marido.

La infeliz sufria y callaba.

Su madre perdi al fin la paciencia y tom parte en el asunto, no
solamente para decir lo que su hija callaba, sino para oponerse  que la
casa se vendiese  hipotecase.

Eduardo, con gran habilidad, hizo ver claramente que con el importe de
la finca podian salvarse los negocios perdidos, recuperando el capital y
mucho ms an; pero doa Cecilia replic:

--No entiendo de negocios ni de cuentas.

--Pues como yo entiendo, los explico,--repuso el esposo de Adela.

--Todos los bienes que dej mi marido los adquiri despues que nos
casamos, y por consiguiente la mitad de la herencia es mia.

--Nadie lo niega.

--La casa representa mnos que esa mitad, y por consiguiente me la
apropio, y si esto no te parece bien, puedes acudir  los tribunales.

--Yo acudir  los tribunales para una cuestion de dinero!... Me
consideraria deshonrado.

--Pues, hijo, yo no me deshonro por guardar lo que es mio.

--Si pudiera usted comprender...

--Comprendo muy bien que estamos arruinadas, y no niego que tendrs un
gran talento para los negocios; pero es lo cierto que muy bonitamente ha
desaparecido un capital. Ms valia que te hubieses ocupado en escribir
versos como antes de casarte y en llevar  tu mujer  paseo.

--Seora, mi delicadeza no me permite seguir esta discusion.

--Y habla de delicadeza el que nos ha dejado poco mnos que sin
recursos para comer!...

--Si nos colocamos en el terreno de las ofensas...

--Estoy resuelta  decir las verdades,  gritar,  escandalizar...

--Grite usted cuanto se le antoje.

--No tenia usted sobre qu caerse muerto.

--Pero yo soy un caballero, mientras ustedes...

--Caballero!... Y el tio que estaba en Galicia?... Nos ha engaado
usted, ha cometido un abuso, nos ha robado...

--Que mi paciencia se apura.

--Desde hoy mismo yo ser la duea de la casa, y aqu nadie manejar el
dinero ms que yo, y no se obedecern ms rdenes que las mias, y si no
le conviene  usted as, buscar usted otros tontos que se dejen
engaar.

--Saldr de esta casa para no volver.

--No cometeremos la torpeza de ir  buscarlo.

--Esta bien, seora: ya que usted adopta una resolucion...

--Puede usted hacer lo que bien le parezca, que para tener semejante
marido, mejor est mi hija sin ninguno.

Por de pronto acept Eduardo la nueva situacion, porque le quedaba el
recurso de hacer uso del crdito que el dinero de su mujer le habia
dado.

Tom, pues, algunas cantidades de consideracion, que se disiparon lo
mismo que todas.

Bien pronto lo acosaron los acreedores, y ms de una vez le amenazaron
graves peligros.

De dnde sacaria ms dinero?

Se apoder de algunas prendas de valor que en la casa habia, como eran
cubiertos y otras alhajas, que es lo mismo que decir que se rob  s
mismo.

Doa Cecilia se puso hecha una fria y adopt las precauciones
convenientes para que no se repitiesen estos abusos.

Eduardo lleg al perodo de la desesperacion, trmino inevitable de la
vida de estos hombres.

No podia retroceder al punto de partida de su existencia, y sobre todo
era insoportable el sufrimiento que lo agobiaba.

Nunca habia reconocido ms ley que su capricho, y no era posible que se
sometiese  su suegra.

La pobre Adela,  quien no le habian quedado ms recursos que sus ruegos
y sus lgrimas, llor y suplic, pero intilmente.

Un vrtigo arrastraba  Eduardo, y era imposible detenerlo.

Sufria como padre?

Decia que s; pero su conducta desmentia sus palabras.

Le hablaban de la triste suerte que le esperaba  su hijo, y se conmovia
profundamente; pero algunos minutos despues salia de su casa y se
entregaba con furor  toda clase de desrdenes.

Cuando le falt el dinero abandon  Juana,  ms bien ella lo dej por
otro.

Manolo, comprendiendo al fin la verdad, volvi la espalda para siempre 
la que habia querido tan de veras.

Acostumbrada  la holganza, ni siquiera volvi  pensar Juana en ponerse
 servir.

No habia hecho ahorros, porque esta clase de mujeres gastan cuanto
tienen.

Su segundo amante la dej tambien.

Lleg para la jven el espantoso dia de la miseria.

Vendi sus ropas y adornos.

Al fin no tuvo que vender.

Su belleza se habia marchitado.

Sinti los tormentos del hambre, y entonces acept las proposiciones de
una amiga suya, hundindose para siempre en el lodazal de los ms
repugnantes vicios.

Su existencia debia concluir en el hospital.

Viendo Eduardo que no intimidaba  su suegra con amenazas, hizo
indicaciones para que comprendiesen que intentaba quitarse la vida.

Tampoco este sistema le di el resultado que deseaba.

--Cuando quieras,--le decia doa Cecilia,--puedes matarte; porque mi
hija estar mucho mejor viuda que casada contigo.

--Se ver usted perseguida por mi sombra.

--Mejor es que me persiga una sombra que el hambre.

Eduardo se dedic entonces  trazar planes, que es la ocupacion favorita
de todos los desocupados.

Al fin decidi ir  buscar la fortuna en Amrica.

En vano intent su esposa disuadirlo de este propsito.

Necesitaba el tahur dinero para emprender el viaje; pero doa Cecilia le
dijo:

--Bscalo.

El miserable se dijo un dia:

--Nada conseguir de estas mujeres.

Y desapareci sin que pudiera averiguarse su paradero.

Entonces fu cuando Adela pens que hubiera podido ser dichosa con un
hombre trabajador y honrado como su padre.

Y Alfredo?

Se habia casado con la hija del conde.

Sus amigos decian:

--Est desconocido Saavedra.

Efectivamente, su carcter habia cambiado.

Semejante cambio lo atribuian todos al casamiento; pero se equivocaban.

Alfredo no era tan dichoso como pudo ser.

De vez en cuando lo atormentaba su conciencia.

Si por casualidad se encontraba alguna vez con Juanito, este levantaba
la cabeza con mucho orgullo, mientras decia para s:

--Ya est viendo esa gente que para nada necesito su proteccion.

Qu hubiera pensado si le dijesen que el pan que comia lo debia  su
antiguo rival?

Y qu le hubiera sucedido al conocer los motivos que para protegerlo
tenia el que le disput el corazon de Paca?

La candidez de Juanito era verdaderamente lastimosa.

Doa Robustiana del Peral continuaba lo mismo que siempre, y tenia ya en
proyecto otras tres bodas, que debian hacer felices  desgraciadas 
tres de las jvenes que formaban su tertulia.

La extension de este libro no nos ha permitido dar  conocer  la gente
cursi que hay en otras clases de la sociedad; pero ocasion tendremos
para presentarlas, penetrando en su vida ntima y levantando el velo que
cubre muchos misterios.

Pobres mujeres, para vosotras he escrito este libro: no olvideis las
provechosas lecciones que encierra, y preferidlo todo antes que el
ridculo, teniendo presente que cuando los pobres no olvidan la
dignidad, son tan respetados como los ricos.


    --FIN--




NDICE


                                                                  Pgs.

  CAP. I. La mujer casamentera.                                       5

  -- II. Los amigos de doa Robustiana.                              21

  -- III. La paloma y el gavilan.                                    43

  -- IV. Turbaciones.                                                59

  -- V. El protector.                                                74

  -- VI. Juanito representa un triste papel.                         84

  -- VII. Juanito empieza  vengarse.                                98

  -- VIII. Cmo se llega al fondo del abismo.                       109

  -- IX. Las primeras lgrimas.                                     121

  -- X. Dos bribones que se entienden.                              135

  -- XI. Lo que para algunos hombres vale la honra de una mujer.    149

  -- XII. Otro celoso que quiere vengarse.                          157

  -- XIII. Borrascas matrimoniales.                                 171

  -- XIV. Otro esfuerzo.                                            182

  -- XV. El ltimo esfuerzo.                                        192

  -- XVI. La honradez y el corazon de don Pascual.                  204

  -- XVII. La declaracion.                                          219

  -- XVIII. La fortuna vuelve la espalda  Juanito.                 227

  -- XIX. El hombre bueno sigue probando que no es bonachon.        238

  -- XX. Bonacha se explica con su mujer.                           247

  -- XXI. Alfredo se empea en hacer algo bueno.                    255

  EPLOGO.                                                          261




URBANO MANINI, EDITOR

CALLE DE SERRANO, NM. 14. BARRIO DE SALAMANCA, MADRID



OBRAS EN VENTA

                                                                Rvn.

  =Abelardo y Eloisa=; _por D. Ramon Ortega y Frias_.
    Dos tomos en gran tamao.                                     40

  =Don Quijote de la Mancha=; _por Cervantes_.
    Dos tomos ilustrados. Precio.                                 25

  =Cristbal Colon= (_descubrimiento de las Amricas_).
    Cuatro tomos ilustrados. Precio.                              50

  =Hernan Corts= (_descubrimiento y conquista de Mjico_).
    Cuatro tomos ilustrados. Precio.                              70

  =El Pas del Oro= (_descubrimiento y conquista del Per_).
    Cuatro tomos ilustrados. Precio.                              40

  =El Motin de Esquilache=; _por D. Manuel Fernandez y
    Gonzalez_.--Dos abultadsimos tomos ilustrados.               40

  =Mendigos y Ladrones=; _por D. Julio Nombela_.
    Cuatro tomos ilustrados. Precio.                              40

  =Los Miserables=; _por Vctor Hugo_.
    Cinco tomos ilustrados. Precio.                               50

  =La Fiebre de Riquezas= (_viaje  California_); _por don
    Julio Nombela_.--Dos tomos ilustrados. Precio.                20

  =Los Dramas de Paris=; _por Ponson du Terrail_.
    Tres tomos ilustrados. Precio.                                62

  =El Rey de Sierra-Morena=; _por D. Manuel Fernandez
    y Gonzalez_.--Cinco tomos ilustrados. Precio.                 56

  =D. Miguelito Capa-rota=; _por id._--Cuatro tomos id.           40

  =La Candela de San Jaime=; _por id._--Un tomo.                   4

  =Las Cuatro Barras de Sangre=; _por id._--Un tomo.               4

  =La Gente Cursi=; _por D. R. Ortega y Frias_.--Un tomo.          4


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