*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 78630 ***

Obras del autor

Índice

Locura y muerte de Nadie

Nota de transcripción


Cubierta del libro

p. 3

Locura y muerte de Nadie


p. 4

OBRAS DEL AUTOR


REVISTA DE OCCIDENTE

El Profesor inútil. («Nova Novorum».)

El cantar de Roldán. Traducción. («Musas Lejanas».)

Vida de San Alejo. (Núm. LXV de la «Revista».)

Paula y Paulita. Novela.

Viviana y Merlín. (Núm. LXXII de la «Revista».)

EDICIONES ORIENTE

Locura y muerte de Nadie. Novela.

ESPASA-CALPE

Sor Patrocinio. Biografía.

Zumalacarregui. Biografía. (En prensa.)

Teoría del Zumbel. Novela. (En breve.)

LA LECTURA

Ejercicios. («Cuadernos Literarios».)

LA GACETA LITERARIA

Salón de Estío. (Andrómeda, Circe, Folletín, Película.)

HISTORIA NUEVA

El convidado de papel. Novela.

Amor bajo tres lunas. Novela. (En preparación.)

C. I. A. P.

Pauta y Arabesco. Ensayos breves. (En preparación.)


p. 5

BENJAMÍN JARNÉS


LOCURA Y MUERTE
DE NADIE

NOVELA

Primera edición

Logotipo del editor

EDICIONES ORIENTE

MADRID


p. 6

Imprenta ARGIS. Tarragona, 22. Teléfono 71843.—Madrid.


p. 7

Con el lirismo penetra en el arte una sustancia voluble y tornadiza. La intimidad del hombre varía a lo largo de los siglos; el vértice de su sentimentalidad gravita unas veces hacia oriente y otras hacia poniente. Hay tiempos jocundos y tiempos de amargor. Todo depende de que el balance que hace el hombre de su propio valer le parezca, en definitiva, favorable o adverso.

...La poesía y todo arte versa sobre lo humano y solo sobre lo humano. El paisaje que se pinta se pinta siempre como un escenario para el hombre. Siendo esto así, no podía menos de seguirse que todas las formas del arte toman su origen de la variación en las interpretaciones del hombre por el hombre. Dime lo que del hombre sientes y decirte he qué arte cultivas.

...Por eso la literatura genuina de un tiempo es una confesión general de la intimidad humana entonces.

José Ortega y Gasset.


p. 9

Prólogo

p. 11A fuerza de tropezarme con Juan Sánchez he llegado a intimar con él, a quererle; por eso escribo hoy su historia. Me gusta contarla porque en ella apenas hay conflictos, aparte del viejo conflicto de todo héroe que aparece en este mundo: el de su propia aparición.

Porque, de pronto, cuando las aventuras de la carne se van arrinconando —fatigadas— entre los biombos de la frivolidad, se van extinguiendo sobre los almohadones del hastío, y la misma Salomé no provoca vibración simpática ninguna de no acercarse a los espectadores precedida de un costoso y desnudo «conjunto»; cuando la castidad y la lujuria, como la suavidad y la cólera —meros productos de una concurrencia de humores— apenas logran ya conmover a las gentes; cuando todo, en el teatro y en la novela, vacila o cae, se levantan de lo más profundo los antiguos signos de interrogación.

p. 12

La virtud y el vicio, el bien y el mal, fueron perdiendo sus confines; pero cada vez se acusa con más brío el problema gigante.

A su lado todos los demás son menudos anecdotarios, rudimentos vitales, que saltan —inofensivos, ingenuos— luciendo sus escamas, sus tornasoles alrededor del buque, mientras el pulpo, el pulpo voraz, incansable, persigue, acosa, avizora, buscando a quién devorar. Todo lo demás divierte..., cuando divierte. Solo el gran pulpo estremece, alucina, mata.

Juan Sánchez se pasa la vida tentándose el espíritu, de miedo a irlo perdiendo entre las garras de su enorme inquietud. Pero no se aparta de la barandilla. Su vida es una sucesión de escenas junto al verdugo. El espectáculo de su vida es, pues, sombrío, abrumador.

Si yo lo acertase a describir, si yo llegase a inyectar en los nervios de las gentes un poco de ese pánico, todo en torno mío quedaría crispado, convulso.

Yo he sentido ese miedo, me he sentido desfallecido, aniquilado. Pero he preferido siempre no asustar a los demás. Tampoco hoy quisiera p. 13asustar a mis buenos amigos. ¿Haré que el gran pulpo desaparezca entre las ágiles escamas, entre los vivaces tornasoles? ¿No correré el albur de que —como otras veces— el aturdido transeúnte solo vea sobre la superficie del agua esos racimos revoltosos de cohetes?

Prefiero seguir encendiéndolos a rasgar el vientre al agua y dejar que asome el gran pulpo. Al fin, es muy penoso, es muy duro invitar al transeúnte a que medite unas horas con su propia calavera entre las manos.


p. 15

1
El Banco Agrícola

p. 17Los cangilones de la puerta se van vaciando rítmicamente en el vestíbulo. Un campesino, absorto al ver que entre la calle y el zaguán gira una estrella en vez de un plano, se agarra tan fuertemente a una de las puntas, que en lugar de un semicírculo describe dos circunvoluciones.

En el reloj, las doce. En el termómetro, los cien grados. Está ya henchida la enorme caldera de mármol y cristal. Explotan las burbujas disparando cifras:

—¡El 331!

—¡El 332!

Hiende la rotonda un redondo volumen galoneado de plata —el gran cero inquieto, andarín perenne del Banco— que remueve la caldera y acentúa la presión.

Hoy en el Banco Agrícola de Augusta todas las cuentas corrientes, cansadas de dormitar a la sombra de los panzudos libros, están ensayando un cambio de postura. Se escucha el sordo roce de largas serpientes de sumandos que p. 18reptan por los atriles. Por una ventanilla le sonríen a Arturo las cuatro filas de dientes de una «Remington».

Quince troneras, quince ventosas se precipitan a sorber los ahorros del campesino, las carteras voluminosas de los clientes. Las ventanillas son otros tantos confesionarios en donde absuelven gravemente del terrible pecado del miedo. Se ve salir a los penitentes en estado de gracia mercantil, con un crédito más a los ojos inapelables del Consejo de Administración.

Las ventanillas son también diminutos escenarios por donde asoma la cabeza un hábil prestidigitador. Monedas, billetes, papelitos rojos, papelitos azules, van, vienen, se desparraman, se enlazan, desaparecen, se apiñan. El gran juego del tanto por ciento esparce sobre el tapete la baraja entera.

—¡El 333!

—¡El 334!

—¡El 335!

—¡El 336!

Una danza epiléptica de cifras en torno a los dioses de este infierno; melocotón, uva, maíz, p. 19centeno, remolacha, aceituna. Sagrados nombres de dioses, invocados en el torbellino, subrayados por los monótonos cuchicheos de las «Underwood», de las «Smith». De pronto surge el Zeus Tonante de la mitología bancaria: el trigo.

—A 57.

—No hay ofertas.

—¡El alza!

—Mañana, a 58.

—O a 58,50.

—Se está comprando muy de prisa.

Arturo asiste a la solemne ascensión del dios. Se remonta altanero, majestuoso, sobre la conmovida multitud. Una gavilla se yergue —como en las eras de Canaán— y recibe el homenaje de once gavillas subordinadas. Hacen corro otras más humildes: de cebada, de alfalfa. Arturo ve ascender el dios agrícola, mecerse en el aire, esconderse en las nubes.

Queda flotando en el aire una espiga. Una espiga enorme de trigo candeal, crujiente grumo de oro que amenaza desgranarse sobre la frente de Arturo, medio dormido. Enjambre vivo que defiende una guardia de finas lanzas amarillas, p. 20ceñidas en hostiles escalones. Cada grano destaca su centinela, en orden perfecto de batalla.

Arturo ve iniciarse en la espiga un tránsito del símbolo a la geometría. Ve fracasar en ella toda muelle sensualidad. Fruto para goce de los ojos, huraño al tacto, casi mineral, enjuto, soberbio de sus delgadas cápsulas, donde se esconde el alimento de los hombres y la sustancia de los dioses.

Confín de los sentidos. Detrás del racimo dorado se extiende la región de lo esquemático, la región innumerable de las místicas metáforas, hoy la lenta caravana de los números. Por él ondulan las largas columnas de cifras en las falsillas de los libros mayores.

Trigo soberano, cuentas amarillas de un precioso collar, apiñadas en lo sumo de una caña delgada, donde pueden tañerse bellos himnos rurales. Caña sonora que opone su tañido jocundo a la oquedad ética de las altas cañas pensantes que se miran vanidosas en el río fiel.

Hiende el aire la espiga como un hosco insecto aprisionado en los mismos umbrales de las p. 21formas puras. Rubio dios de los campos, convertido en mero nombre por estas gentes codiciosas que, sin saberlo, sin poderlo ver en toda su grandeza, lo acogen, lo desechan, lo almacenan, lo arrojan, según la veleidad de un tablero de precios.

—¡El 344!

Se dispersa el cortejo de lanzas. La espiga da un estallido y se derraman los granos de oro. Pasa el número 344, una espléndida Dánae, que con un cheque en la mano va a cobrarse alguna transitoria cesión de su belleza. La lluvia de oro desciende sobre el número 344, corre a lo largo de sus opulentos flancos...

Dánae abate, al fin, la cabeza. La sumerge en el otro mundo, en el mundo de los números y las máquinas. Va a ser guillotinada. La preciosa cabeza de ámbar se estremece, se desmelena; las manos de Dánae se crispan, arañan un bolso de piel, extraen un poco de encaje... ¡La cuchilla va a caer! Arturo sofoca un grito.

Y se incorpora bruscamente. Ha creído ver unas manchas rojas entre el amarillo ¿de las espigas, de los bucles? Las manchas rojas se desvanecen. p. 22Arturo se frota los ojos. La cuchilla no cae. La boca, pintada; las mejillas, pintadas desaforadamente... Dánae cierra con un chillido metálico su bolso y se va.

La guillotina, ¿no funciona? Forcejean desde dentro, tiemblan un poco las cabezas en la platina. Al fin, nada: un cambio de papelitos rojos, de papelitos morados.

—¡El 345!

***

Un codazo del hombre de la izquierda.

Arturo sale de su semivigilia. En su papelito rojo está marcado el número 352. El 345 deja libre un asiento que Arturo se apresura a ocupar. Incrustado entre un caballero gris y una lozana campesina que recuerda a Gabriel y Galán, se dispone a pasar de masa oscilante al menor vaivén, donde se reflejan todas las presiones, a cuerpo en perfecto equilibrio, inamovible.

El caballero gris se impacienta, le roza un pie, se disculpa:

—Perdone.

p. 23

Surge el diálogo nutrido de protestas contra la lentitud del Banco. El mismo diálogo, entablado, como todos los días, con un número de orden.

El desconocido remira su papelito rojo, como el desconocido de ayer. El 351 es el antecesor de Arturo. Así Arturo puede declinar —como siempre— su temor de perder turno: basta seguir los pasos del hombre desconocido. Le liga a él una relación aritmética a que debe obedecer ciegamente, y esta servidumbre —como todas— le extirpa un ojo sobrante, le borra un campo inútil de atención.

Ya puede invertir su tiempo en contemplar el vaivén de los números que se apiñan en la rotonda. Pocos lugares como un Banco para realizar estudios sobre la vulgaridad. Es aquí muy remoto el peligro de tropezarse con un genio. Y una escrupulosa vigilancia elimina de los clientes lo que pudiera ser considerado como turba. La criba solo deja pasar seres intermedios, normales, caras y cuerpos de desesperante equilibrio. Un mismo maniquí ha servido para treinta p. 24gabanes; igual módulo para cien fisonomías; idéntico manual para todos los saludos.

En vano las implacables ventosas pretenden acentuar el perfil de algún rostro. La misma emoción ante las subidas de Bolsa. La alegría ante un alza de precios es de tipo común. Un mismo coletazo de la larga serpiente de cifras produce en cien bocas el mismo gesto de acritud.

En vano la luz de las altas vidrieras pretende subrayar en las facciones algún gesto inusitado. Solo consigue éxitos efímeros, banales. Sobre tal mejilla color de langostino, se desliza un rayo verde que, por un momento, trueca en biliosa la faz placentera de un comisionista. Un rostro enflaquecido, color garbanzo, se empapa en un chorro granate, trocándose de esquizoide en sensual.

La luz de los cristales se divierte infantilmente en ir cambiando uno por uno los temperamentos de los clientes.

—¡El 348!

—¡El 349!

Va bajando el termómetro. Estallan en la p. 25tina las últimas burbujas. Se apaga, al fin, el hervor. El hombre de galones da plata ya no se perfila para atravesar de canto la sala; camina de frente, sin miedo a chocar con alguna huraña cuenta corriente.

En alguno de los diminutos proscenios se producen ya entreactos: el telón no desciende, pero el héroe suspende sus escamoteos de billetes, deja ver, perfectamente enmarcada, una angulosa faz inmóvil, que lentamente se va convirtiendo en el retrato de sí mismo.

Los cuatro policías de la sala, obligados antes a multiplicar por cuatro su atención sobre la homogénea muchedumbre, pueden ya deshacer la operación y seguir su faena con la visión normal.

Las haces policromadas que llovían de las altas vidrieras no encuentran ya a su paso frentes y mejillas resignadas a tan frívolo bautismo de verbena; se deslizan por bustos, por caderas, por grupas descuidados; en enroscan en tobillos, resbalan por zapatos, se pierden definitivamente en las baldosas.

Pero, en su tránsito, fueron dibujando ingeniosos p. 26bocetos. Los perfiles de los clientes pueden afirmar su escasa originalidad plástica, en plena holgura. La atención tiene zonas más confinadas y, al apretarse, comienzan a surgir escorzos, algunos originales. Tal brazo desnudo, oprimido antes por el torso de un enorme almacenista de alfalfa, recobra su gracioso ademán. Unos senos se yerguen, sin temor a ser punzados por el codo de un tendero enjuto. Todo recobra el sobrante de espacio necesario para crearse una atmósfera personal.

—¡El 350!

—¡El 351!

El caballero gris se levanta y llega a la ventanilla, donde unos ojos implacables le recorren de arriba a abajo. Arturo le sigue. El desconocido alarga su papelito rojo y una mugrienta cédula personal. Manotea nerviosamente, replica al empleado, protesta, infla la voz. El empleado exige el cumplimiento de un rito. Quiere firmas, créditos, certidumbres, evidencias. Pretende que el desconocido deje de serlo, que un número cualquiera logre rápidamente, en la batería del diminuto proscenio, un carácter definitivo p. 27de personalidad. Pretende que aquel hombre destacado de la multitud, que viste análogo terno y canta el mismo cuplé de todos los demás, adquiera de pronto facciones de héroe.

La contienda termina dramáticamente. El caballero se abre el pecho y lo muestra desnudo al empleado. Gesto patricio de los héroes que imploraban en el ruedo, ante los césares, piedad para un vencido. A cuenta de una individualidad reconocida, pedían el olvido para un ente borroso...

Sorpresa, explosión de risas. El empleado alarga unos billetes. El hombre desconocido se abrocha precipitadamente y sale del Banco.

Arturo consigue una pronta evasión, y corre en busca del desconocido. Lo encuentra en una esquina, le pregunta:

—¿Cobró usted, por fin?

—Cobré. Son bobos. Cada día exigen más firmas. Menos mal que yo llevo la mía... Guardo un documento infalible. Cuando no reconocen mi firma, me abro el pecho y la muestro grabada en la piel.

—¿Un tatuaje?

p. 28

—Sí, voy siempre firmado y rubricado. Soy el notario de mí mismo. A mí me identifican en seguida. Venga conmigo.

En un zaguán, el desconocido se desabrocha e invita a Arturo a contemplar una presumida rúbrica en forma de intestino que sirve de pedestal a un nombre: Juan Sánchez y Sánchez.

***

—¡Qué capricho!

—¡Qué sarcasmo!, querrá usted decir. Porque esto es señal de algo terrible. Esta escena del Banco Agrícola se repite diariamente en mi vida. Mi tragedia es abrumadora, tiene muy profunda la raíz. Vea usted que no se trata de fortuna o desdicha, de obrar bien o mal, de producir o de evitar algo nefasto. Se trata de algo anterior a mi voluntad, anterior al destino. Se trata de ser. Fíjese bien: ¡ni siquiera de existir! ¡De ser! Porque a fuerza de pensar mucho en mí mismo, he deducido que, aun suponiendo que exista, no soy.


p. 29

2
Campo magnético

p. 31En la terraza del bar, ante un cocktail de ginebra, se plantea Juan Sánchez un viejo problema filosófico: el de la esencia y la existencia.

Es la hora más banal del día: la hora del aperitivo. Hora de hacer el resumen de la mañana y de fraguar los proyectos que la tarde irá desbaratando. El orador insiste en convencer a Arturo de que él, Juan Sánchez y Sánchez, no es. Entre ese tropel de seres inclasificables, de ambos sexos, que luchan desde sus banquetas por reproducir exactamente el contorno exterior de una estrella de moda, Juan Sánchez, el hombre firmado, de rúbrica en forma de intestino, se revela como un fanático perseguidor de su propia esencia.

Es un místico amante de la personalidad. Tiembla ante la idea de gozar de una forma sustancial colectiva, de un subconsciente solo colectivo, de un alma común. Intentó crearse un rostro, acentuarse, al menos, un defecto, estilizarse alguna aberración que pudiera izar como bandera de un carácter. Nada logró.

p. 32

—He intentado —dice— lo absurdo. Llegué a provocar en mí alguna enfermedad crónica que modificase, que torciese mi temperamento, que me lo cambiase de raíz, a ser posible, para intentar buscarme, con el nuevo, otra fisonomía... Hice experiencias inútiles.

—Eso es peligroso. Se expone usted a quebrarse el aparato.

—Es desesperante no tener nada mío. De niño me tomaban siempre por mi hermano. Y, ahora, el arcediano de Sos tiene mi misma cara. Y un médico. Anteayer me preguntaron reservadamente, en un zaguán, por el estado de un cáncer... ¡Si yo pudiese, al menos, no ser nada, pasar inadvertido! Pero hay algo peor que todo eso: ser otro cualquiera, uno que casi nunca me gustaría ser.

No es fácil estrenar todos los días un amigo, y menos un universal, un hombre-tipo, como Juan Sánchez, que oculta problemas tan arduos bajo su firma y rúbrica grabadas en la piel. Por eso Arturo, además del cocktail, saborea golosamente este placer de convertirse en minero de p. 33espíritus, de socavar, estrato por estrato, las entrañas de un nuevo continente.

Es delicioso estrenar los amigos como quien estrena un gabán, y reponer a tiempo los usados, antes de lamentar su decadencia. No importa que la originalidad de muchos se agote al primer día: al menos en este, todo espíritu nuevo es capaz de ofrecer cierto curioso lote de gracias imprevistas.

Arturo está sentado frente a la viva corriente humana, en la terraza del bar; Juan Sánchez, de espaldas a la calle, frente a Arturo, es decir, frente a un espejo donde pretende verse en todo su crespo interior. Representan dos mundos opuestos. Para Juan Sánchez, Arturo es una placa sensitiva donde va a ser escrupulosamente recogido el gráfico de una inquietud. Pero en los ojos de Arturo, voluntariamente dispersos, se quiebran todos los perfiles de la calle. Su cara es como un lago que se quisiera contemplar en azul reposo, y de pronto comienza a tiritar bajo la loca lluvia de guijarros de un tropel infantil.

El día, en plena granazón, abre sus pomposos p. 34abanicos de emociones sazonadas, normales: pavo real de académico civismo, sin audacia cromática alguna.

Es la hora de acudir al hogar, donde miles de hembras, también maduras, aguardan la dulce confidencia de un alza de bolsa o de un ascenso. Todos los caminos que ahora se recorren en la ciudad son claros y abiertos: el día está en su punto cimero de doméstica legalidad. Ni la religión —como en las primeras horas— desvía los pasos del torturado incrédulo hacia algún templo de los suburbios, ni el amor —como en las horas últimas— desvía los del impetuoso joven hacia la equívoca intimidad de una mujer.

Todo en la calle palpita ordenadamente bajo el signo del trabajo. La disciplina social escalona rigurosamente sus ejércitos, instalándolos según normas tradicionales: los directores y consejeros se arrellanan en opulentos coches; los jefes de contabilidad, en averiados taxis; los sencillos empleados se apretujan en un tranvía; los ordenanzas van a pie. Apenas se advierten a esta hora las conquistas sociales. No se toleraría, como al anochecer, que alguna mecanógrafa p. 35inquieta y un cajero inmoral rompiesen ahora tan severa ordenación jerárquica penetrando en un Hispano a morder el «fruto prohibido».

Nubes de obreros y burócratas cruzan en todos sentidos la calle. Han cesado de castañetear las ametralladoras de cifras de todas las marcas; todas las ventanillas acaban de guillotinar, uno tras otro, los momentos finales de la jornada.

El Banco Agrícola vierte sus empleados en la acera, los desparrama a lo largo de los primeros soportales. Un obeso banquero atraviesa lentamente la calle, deteniéndose cada tres pasos entre las blasfemias contenidas de dos infelices subalternos condenados a marcar idéntico compás de marcha, tan salpicado de insoportables calderones.

Se producen nudos, interferencias, cruces a veces dolorosos. Algún pie se alza indignado y aplastado por otro más aturdido, que desconoce el arte de andar. Se ve que el empleado municipal que yergue virilmente su batuta intenta armonizar las masas ambulantes; pero estos elementos p. 36que han de ejecutar la hirviente sinfonía revelan un total desconocimiento de la partitura. Sobreviene un flujo y reflujo de espesas resonancias, que solo podrían desaparecer si se inculcase a las gentes de a pie cierta virtud que les falta de acomodación a un ritmo.

—Hubo una época —martillea Juan Sánchez— en que llegué a olvidar mi nombre. Me complacía no ser más que «el joven que cruza la acera de seis a siete», «el que compra La Crónica en el quiosco de enfrente»... En una casa me conocían —yo soy comisionista— por «Hermanos Vallés. Cementos»; en otra, por «La Bola de Oro»; en otra, por «Martorell y Compañía»...

Persiste entre las multitudes el tipo de guerrillero de la circulación, que, con grave peligro de sus huesos, se lanza heroicamente a ganar batallas de velocidad. Y la masa se complace en destacar esa suerte de individuos exteriormente indóciles. Exteriormente —piensa Arturo—, porque la docilidad en el hombre apunta en razón inversa de su excelencia personal. Por eso el sabio obedece como un niño a los signos del agente, mientras se obstina en rebelarse contra p. 37un principio de Euclides. A un sabio podrá vestirlo cualquier sastre, pero solo le provee de ideas un genio...

—Yo sabía —no cesa el zumbido de Juan Sánchez— que en todos los escalafones subían y bajaban algunas docenas de Juan Sánchez, y desprecié rotundamente mi firma. ¡Caro me costó! Porque esto me condujo a la evidencia de que en mí no se escondía un determinado individuo, sino un maniquí capaz de soportar una personalidad cualquiera, con preferencia una razón social.

En cambio, un pobre diablo acata las ideas del más humilde teorizante de café, mientras opone su libre, la que él cree libre, personalidad a la blanca mano de un guardia. El orden exterior de la calle —y del mundo— no suelen conservarlo íntegramente sino el sabio y el discreto, sumisos al polizonte, aunque discutan a Platón.

—Si mi nombre lo usaban algunas docenas de empleados en cada escalafón, mi cara, mis gestos, mi andar, toda mi anatomía rodaba al mismo tiempo por los vagos recuerdos de cada transeúnte...

p. 38

Es preciso destruir esa leyenda del sabio distraído que se deja mutilar por un vehículo. Por un Curie habrá miles de necios aplastados. Los atolondrados son los otros. El distraído es un sujeto que ideológicamente —y en el sector sentimental— pertenece a la masa, es masa todo él, desde los conceptos políticos y taurinos hasta el dibujo de sus corbatas. Al sabio nada le preocupa, ni siquiera la advierte, esa porción de materia común que envuelve su rica lumbre personal; el hombre vulgar sí la advierte, porque en él es todo masa, y solo al amarla se ama a sí mismo. Por eso la defiende contra cualquier cinceladura ajena. Cree que en esa porción común radica todo él, y la pasea altivamente como se pasea un gabán estandarizado. Capaz es de entregar a todas horas su inteligencia al tópico, pero se resiste a someter sus pasos a la pauta municipal. La gran muchedumbre se nutre de pequeñas rebeldías, mientras al sabio y al discreto solo les estimulan las grandes.

—Muchas veces me hurté a desconocidos que se acercaban a hablarme, tomándome por un amigo. Fui saludado por centenares de ciudadanos p. 39miopes, a quienes nunca había visto. Padezco todos los peligros del hombre-tipo, sin las felices características del arquetipo. Mi característica es no tener acento, ese acento que añade a la estatura un codo, por quien las letras alzan la frente y se hacen reinas del vocablo.

Ahora, tres Renault, dos carretillas de mano, una motocicleta y diecisiete Fords se detienen a contemplar el desfile de una institutriz, que arrastra a dos niños, y el de un botones. Hace dos siglos a este botones y a esa institutriz les hubieran propinado muchos puntapiés los lacayos de alguna favorita de turno. Conquista de los tiempos, a la que no corresponde la masa con un asiduo aprendizaje del arte de moverse en la vía pública sin producir nudos y elipsis. Admito —sigue pensando Arturo— que este público dinamismo atente contra la personalidad, que llegue acaso a destruirla, pero, en cambio, robustece la expresión colectiva. Puesto que hoy sea inexorable admitir el dominio de la masa, ¿por qué no trabajar por hacerla más bella?

—Por eso inventé ese medio pintoresco de identificación. Soy el hombre que no tiene señas p. 40personales. Ya que no puedo ofrecer un rostro, ofreceré al menos una firma. De mi cara se tiraron millones de ejemplares, en ediciones económicas. Y de mis ideas. Y de mis ademanes. Yo no soy un individuo. Soy un universal ambulante. Es decir: ¡Nadie!

***

De pronto, para Arturo, todo el paisaje ciudadano enfila sus ritmos en un solo sentido, en el de una mujer que avanza cortando gentilmente cada grupo en dos porciones. Como esa granalla de hierro disciplinadamente repartida en torno a la barra magnética, más cerca o más lejos de ella, según índices de docilidad y ligereza, así la burocrática muchedumbre se va situando, al paso de esta mujer, según una escala de sordas vehemencias harto tiempo adormecidas entre facturas y legajos, despiertas ahora, al aire libre, frente al ondulante panorama.

Y el surco abierto tras ella lo van llenando algunos manoseados, cursis, desfallecidos piropos, p. 41como de gentes en ayunas, arriada la fantasía, cegados los grifos de la jovialidad.

—Creo en la felicidad del anónimo —contesta por fin Arturo—. La tortura de la personalidad, ¿por qué sentirla tan obstinadamente? Quizá el individuo, en absoluto personal, no existe. Si persistimos en mantenerlo en un punto de nuestra vida, nos petrificamos. Si lo dejamos transformarse demasiado, nos tropezamos siempre con una legión de nosotros mismos que entorpece nuestro momento actual, que constituye un peligro para nuestra libertad de hoy.

—Consuela oírle. ¿Usted escribe?

—De ningún modo.

—Lo hubiera jurado.

—Soy profesor de filosofía, pero vi que es más divertido —y productivo, ¿sabe?— inspeccionar siniestros.

—¿Cómo?

—Formo parte de una Sociedad de seguros contra incendios. Actúo siempre en regiones devastadas. Después del último bombero.

—¡Qué raro!

—Conozco a los hombres al borde de una catástrofe. p. 42Me interesan más sus violentas reacciones que sus actos normales. Aunque siempre son muy divertidos. Los hombres suelen ir almacenando pasado. Cuando les pesa mucho, quisieran abandonarlo, pero temen hacerlo porque lo creen ya materia propia; como sienten abandonar un diente maltrecho. Y aun comprendo que se tenga más cariño a un dedo propio que a toda la humanidad; lo que no comprendo es por qué se fija ese cariño en un montón de despojos acumulados.

—Toda la vida del hombre es un esfuerzo desesperado por afirmar su existencia, por dejar surco de ella. Este es el pobre recurso de los artistas.

—¡Bah! Los artistas son unos infelices locos que gastan aturdidamente su vida real en fabricarse una posible. El artista es una deliciosa aberración de la humanidad. Cree, sencillamente, en otra vida y suele sacrificarle esta como un iluminado anacoreta. Teme petrificarse, y no recuerda que su último pago —también posible— ha de ser una estatua de piedra, construida por algún camarada que, al crearla, afirmará que p. 43aquello es su obra más personal. Y el primer artista solo habrá logrado servir de escalafón para que suba el segundo más de prisa. Me he extraviado.

—Siga, siga.

—Creo que puede usted salvarse a fuerza de anécdotas. La acción reconstruye, zarandea, remueve, modifica. Ensaye a obrar activamente: le surgirán actos originales. Y con el acento, la expresión. Y con la expresión, la fisonomía. Métase en danza. Déjese ya del ser y del no ser. Eso está muy anticuado. Obre.

—He ensayado sin éxito. ¿Usted cree...?

—Firmemente.

—Me anima usted mucho. Venga por mi casa. Ahí tiene mis señas. Le espero a cenar esta noche.

—Iré.

***

Desde el velador, oculto en la metafísica maraña de problemas que suscita el hombre firmado y rubricado, sigue avizorando Arturo la p. 44menuda tempestad callejera provocada por el tránsito de Rebeca. La amante es ahora un termómetro donde poder medir los grados de febril irradiación, la pureza de contornos, la dinámica gallardía de cada hembra transeúnte; pero también los de procacidad de cada súbito admirador.

Traza Rebeca en la plaza una firme diagonal, y se interna en los soportales a tiempo que advierte la presencia de Arturo. Y entonces todos sus ademanes se embozan en una nube de más refinada coquetería, como si de pronto quisiera oscurecer el rico botín de sus encantos, envolviéndolo, como en un delgado papel de seda carmín, de un pudor visible no solo en las mejillas y en las inquietas manos, sino en toda su juguetona fábrica.

Y entonces, los soportales adquieren una preciosa calidad de claustro en que la amada transeúnte se va ofreciendo por grados, en progresión decreciente, resurgiendo bajo los arcos sucesivos que añaden a cada aparición un poco más de seductora lejanía.

Y aunque el primer impulso de Arturo, al p. 45ver surgir a Rebeca, es lanzarse tras ella a recoger en sus manos la brasa de aquellas, tan expertas en artes de acariciar, no se mueve del asiento; le contiene el riguroso veto según el cual ambos amantes deben confinar su deleite en un rígido programa del que están excluidos todos los azares.

La aventura es desterrada de este amor. Los encuentros fortuitos no deben ser aprovechados, puesto que ya en el plan erótico se apuntan los precisos para, sin agotarlo, seguir paladeando el goce. (Arturo jamás quiso averiguar las causas de este veto, por no dar de bruces con alguna doméstica trivialidad, con la pobre anécdota conyugal, con algún romántico impulso incomprensible). Refrena su vehemencia, progresivamente dulcificada según avanza la serie de sucesivas Rebecas, cada vez más borrosas; y el placer de acercarse a ella, de sumergirse en su estela voluptuosa, es vencido por el de contemplar el cuadro favorito desde muchas distancias, y a distintas luces, multiplicando y refinando así su goce, consumado catador de vivas plasticidades.

p. 46

Ya al quinto arco, de la total estructura se han perdido deliciosos fragmentos. Al séptimo arco, aún se divisa el guiño picaresco de los ojos, el garabato rosa de la mano que traza en el aire una frase de adiós impronunciada.

Por fin, de aquella vibrante sucesión de imágenes, solo queda el luminoso residuo de un pañuelo perdido poco a poco en la cromática red, hasta poder ser confundido con otro cualquiera, como en los andenes. Pero Arturo sigue paladeando algún tiempo el postrer sorbo, el más sabroso, de aquella copa emocional bebida en progresión aritmética descendente.

Porque este tránsito de Rebeca a través de las pilastras que la ocultan y descubren rítmicamente, haciendo más deliciosa su aparición, hoy dos veces discreta, es una imagen acabada del otro gran tránsito de su belleza palpitante a lo largo de la vida de Arturo, iluminada a trechos por la blanca desnudez de su amante.

Aquella hora resume toda una juventud, como aquellos soportales juegan el papel de días, días anodinos, opacos, en que Rebeca se oculta en su otra vida oscura, doméstica, acaso conyugal p. 47alternados con la sucesión encantadora de los de verla en el refugio de una dulce intimidad: de uno de esos —como el de hoy— en que todas las horas giran locamente en torno a una, las siete de la tarde, pidiéndole un poco de su jocunda irradiación.

—¡Las siete! ¡Las siete!

Suenan las dos palabras en el oído de Arturo como el jovial tañido de una bocina de Rolls que desde lejos reclama virilmente paso libre al tropel de horas monótonas, pesadas, carretas crujientes, camiones grasientos, que cruzan lentamente la luminosa carretera del día. Una hora ardiente, brusca, impetuosa, que irrumpe en la tarde, atropellándolo todo con su cínica desenvoltura.


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3
Amor disperso

p. 51La escalerita del placer suele ser sórdida, oscura, como suele ser reverberante, magnífica, la escalera del fastidio. La escalerita del placer es un breve tránsito entre la acera y unos brazos ardientes; la escalera del fastidio suele ser el preludio de una frívola comedia que principia en unas orondas libreas y termina en la falsa sonrisa de un caballero gran cruz.

Arturo sube precipitadamente la escalerita del placer; angosto desfiladero entre los valles multitudinarios y la solitaria cañada donde una mujer le apaga con besos la última frase inútil arrastrada de la calle.

De pronto, todas las palabras recobran su sentido esencial. O son meros balbuceos. Y todos los ademanes. El instinto, en suma vibración, los armoniza, los ordena en el más sencillo pentagrama. El idioma se reduce considerablemente: bastan algunas infantiles interjecciones.

Y algún vocablo preñado de sentido histórico. He aquí uno:

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¡Incendiaria!

Es el requiebro favorito de Arturo, hallado en cierta excursión profesional, extraído del bloque de textos conminatorios que nutrían su léxico en las horas de faena, como se suele extraer un gramo de radium de entre algunos quintales de mineral.

Al principio se le ofreció en forma de insulto. Pero un insulto se convierte fácilmente en un piropo: basta con una dulce inflexión de voz. Arturo era ya entonces inspector de El Cisne, Sociedad de seguros, y se hallaba investigando en el subsuelo ético del propietario de La Rosa Blanca, almacén de tejidos, las verdaderas causas del sospechoso incendio que había reducido a pavesas el establecimiento.

Arturo realizaba una función intermedia entre el confesor y el buzo. ¡Dura tarea la de extraer de una conciencia tan turbia este grave pecado de inmoralidad mercantil! El incendio se había producido en un sótano donde fueron halladas, aún humeantes, algunas piezas de percal muy pasado de moda. Arturo había bajado al sótano a solas con el propietario de La Rosa p. 53Blanca, cierta sinuosa viuda de treinta años que asistía en silencio a la enojosa exploración. Arturo acumulaba artículos del Código, argucias tomadas del pliego de instrucciones para inspectores de seguros, invitaba a la viuda a llegar a un acuerdo...

En la escaramuza brotó la palabra definitiva:

—¡Incendiaria!

Al apóstrofe le faltó su punto preciso de severidad, y quedó en el mismo instante convertido en una apasionada declaración de servidumbre. Allí perdió El Cisne gran parte de su prestigio: todo por el matiz poco claro de un insulto.

Más tarde, frente al tablero de libros de 2,50 pesetas, Arturo ensayó su requiebro en una desconocida...

Su reiteración a flor de oído provocó en ella un atisbo de llama. Arturo acudía a la feria a adquirir unas tablas de logaritmos, difíciles de encontrar entre aquellos volúmenes «pasionales» de la Biblioteca Antorcha que hojeaba una encantadora desconocida.

Ante los ojos de ambos se extendía el mapa p. 54sentimental del orbe entero, porque la Biblioteca Antorcha acoge en sus volúmenes a todos los enamorados del mundo, siempre que no reclamen derechos de reproducción. El momento era solemne. Sobre ellos tendían sus redes los poetas cordiales, los novelistas del sexo, los filósofos de la rebeldía.

Arturo comenzó también a remover volúmenes, a contemplar escrupulosamente los dibujos, la tipografía de las cubiertas, el año de la edición. Comprendió que su viaje a la feria de libros exigía entonces una explicación de índole emotiva, no algorítmica, y, en lugar de las tablas de logaritmos, adquirió un ejemplar de Tristán e Isolda. Entretanto Rebeca discutía el precio de un tomo de Jorge Sand, y pronto se hallaron los dos, frente a frente, blandiendo sendos libros de frenético amor.

Arturo recorre precipitadamente la historia, frente a este capítulo que diariamente amenaza ser el último. Una pasión cercana al desmoronamiento, que se asoma al río del tiempo, sin audacia para acabar de sumergirse. Un amor que p. 55cada tarde necesita de una fuerte dosis de deleite para seguir viviendo.

Y de un gran derroche de cautelas. El balcón entornado da una luz tan rezumada que el color nunca podrá hacer fracasar los perfiles desnudos de Rebeca. Es tan silenciosa la alcoba, que el ruidillo más tenue rozaría los nervios como un alfiler.

Ahora Rebeca divaga por la salita en contacto con ese mundo de sensaciones inéditas, que todos podríamos hacer nuestro si nos decidiéramos a llevar los pies descalzos, el cuerpo entero desnudo.

Hay entre la piel y las cosas demasiados aisladores, muchas sustancias hostiles que desvían la pura sensación, que mixtifican el deleite de tantas amorosas presiones. Apenas logra besarnos, desnuda, la rica epidermis del mundo.

La sensación se tuerce, se borra. Rodean el cuerpo muros de algodón, de cuero, de seda, de lana; atrincheran el campo táctil fosos de sombra, empalizadas de tupida materia vegetal, residuos animales, minerales. De casi todas las cosas le queda virgen al hombre la epidermis.

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Ocurre hundirse en la entraña de un objeto sin haber paseado los ojos y las manos, voluptuosamente, por regiones inexploradas de la piel. Se contenta con ver pasar por ella las efímeras caravanas del color, tan enemigo del dibujo, del firme relieve. Solo ve en ella lo que apenas existe, dejando lo duradero, su pura extensión, su frágil materia encajada en los compartimientos del aire.

Apenas vislumbra sus deleites, sus amores, cuyo idioma universal posee dialectos encantadores que se llaman porosidad, elasticidad, blandura... tan salpicados de sugestiones eléctricas, magnéticas, luminosas, vibrátiles. Apenas conoce sus odios, cuyo dialecto más plebeyo es la viscosidad, y el más noble el que depura cada frase con un cincel geométrico, con frialdad de aristas que deliciosamente hacen sangrar: la dureza.

Apenas sabe que hay cuerpos blandos y duros, fríos y calientes... Pero esto es como saber que hay hombres buenos y hombres malos; es decir, no saber nada de los hombres.

—¿No vienes?

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—Se me ha extraviado un pendiente.

—¡Déjalo!

¿Por qué hablarán los poetas de nieve y de alabastro al describir la desnudez de una mujer? Lo blanco no es nada. O es el refugio de todos los que fracasan ante los demás colores. Detrás de una pretensión de pureza hay siempre una larga fila de impotencias.

Lo blanco solo existe junto al negro, que también es nada. Pero dos valores negativos producen un valor positivo: el claroscuro. Rebeca es ahora un prodigio de claroscuro.

Curvada, junto a una silla, construye el arco del placer. Su cuerpo es una rama en tensión de la que cuelgan los dos menudos conos, tan sabrosos.

¿Por qué la forma cónica es en los senos más dulce de gustar que la hemisférica? Misteriosa geometría del placer. También el profundo misticismo medieval destruye la redondez de los arcos, e inventa el suyo, terminado en punta. Con una rosa de oro por dentro.

En los menudos arcos de esta encantadora fábrica el rosetoncillo va por fuera.

p. 58

—¡Aquí está!

Tiembla toda la rama al erguirse. La recorre una onda fría. Corre a esconderse entre los brazos de Arturo.

***

Van naufragando las ideas, ausente la última tabla —la distancia entre dos cuerpos ya anulada—. Rebeca ahuyenta la última abstracción, con el último resto de su traje. Por no sentir el rubor de contemplar su hermosura, se lleva las manos a los ojos: deliciosa manera de ser casta. Una cabeza velada, sobre un cuerpo totalmente desnudo.

Pero al fin quedan libres los ojos, cuando ya solo pueden ver los ojos extraviados de Arturo.

El idioma ha perdido definitivamente su estructura. Solo algunas palabras, vacías de sentido, quedan flotando en la plena inundación.

—¡Alfredo!

Ha llegado para Arturo el feliz momento de perder su personalidad. Placer soberano de ser un hombre u otro, de ver hundirse el individuo p. 59en un golfo de vibraciones tumultuosas. Rebeca le borra todo rasgo personal, y se contenta con vagos caracteres específicos, apenas clasificables en sociedad, a los que puede ser aplicado un nombre cualquiera.

Arturo se siente resbalar por la deliciosa pendiente que le empuja a ser un ente colectivo, un número de masa, un Nadie que desmenuza lentamente su gozosa postura de hombre sin ramificaciones sociales, sin tentáculos domésticos, sin opiniones, sin prejuicios, sin pasado y sin futuro, con un fugaz y encantador presente.

Arturo es un sibarita del anónimo. Le deleita el amor vario, generoso. A cada nombre que ahora evocase ardientemente Rebeca, sentiría nacer en sí individuos nuevos, posibles vidas originales, que se van perdiendo, lamentablemente, por el mezquino y monótono placer de continuar siendo uno y el mismo. Análoga sensación de dulce desdoblamiento sentía junto a uno de esos filósofos en tan alta cumbre instalados que solo perciben de los demás mortales algo así como una bruma espiritual, producida por los diversos meteoros de una misma capa atmosférica, p. 60sujeta a parecidas oscilaciones, por la estación, por el clima, por las corrientes emocionales de una edad, a veces de una fecha.

Si Rebeca, en aquel instante cimero de la economía animal, solo veía en Arturo cierta nebulosa de materia cósmica universal, el filósofo solo advierte un hálito de espiritualidad común a una masa de individuos de parecida fisonomía, de algunos caracteres semejantes. De modo que el Arturo verdadero quedaba, en uno y otro caso, intacto; el Arturo individual y único, quedaba sin aprisionar en los moldes de la sensación y del concepto.

Si en esta trepidante coyuntura en que se dejaba definir por Rebeca, se sentía trocado apenas en la materialización genérica de «un mozo vehemente», capaz de soportar todos los nombres del santoral, en el caso del filósofo quedaba convertido en «el joven contemporáneo», en una pura abstracción innominada, lejana, como la otra de definir el total y verdadero Arturo.

Al fin él recobra su nombre, y ella —ante el espejo— recobra también su rostro perdido en la refriega. Arturo piensa en maniobras trascendentales, p. 61en ágiles tránsitos del individuo a la especie, o de la masa al número, por escamoteos de conciencia, por anulaciones nirvánicas, por resurrecciones y reencarnaciones a placer, por incubaciones artificiales en medios distintos, por adaptaciones audaces a climas inéditos.

Arturo, vacío de su propia sensualidad, en el clarividente estado del hombre que se ha dejado arrebatar su parte de elementos cósmicos, libre y ágil, en ese estado de deleite mental —el supremo— que sigue a toda amputación de un sobrante de materia, sueña con una maravillosa multiplicación del espíritu, con un espíritu excelso, libre, de infinitas acomodaciones a todos los estados, capaz de gozar de las delicias de todo el orbe.

Porque hace tiempo que a Arturo no le divierte ya contemplar su propio paisaje anímico, tan idéntico a sí mismo; querría tener a mano, como una lente nueva, unos ojos bien limpios, de recambio.

Y solo puede lograr —efímeramente—, gracias a la encantadora capacidad de olvido de su amante, cambiar alguna vez de nombre.

p. 62

El idioma recobra su normal fisonomía. Aunque solo se utiliza ya para fines utilitarios.

—Hoy llevo prisa, Arturo. Tengo invitados a comer.

—Bien.

Rebeca sale precipitadamente. Desde el balcón —corridos los visillos—, Arturo la ve tomar un coche. No oye la dirección:

—Lanuza, 87.

El día se ha consumido. Cesa el último chisporroteo con el postrer bocinazo del coche. Quedan unas cenizas que Arturo contempla resignado.

Sale.

La escalerita del placer suele ser angosta, como es ancha la escalera del fastidio. Arturo vuelve a recorrer la primera, ahora muy lento. En la calle, llama a un chófer:

—Lanuza, 87.


p. 63

4
Punto muerto y evasión

p. 65Los cuatro ángulos del comedor son perfectamente normales: en cada uno reposa la vista como en una vieja butaca familiar.

Hay amigos así silenciosos, ubicuos —de puro impersonales—, que nos brindan su grata acogida, con el mismo ademán, en todos los lugares del mundo: las almohadillas del tren, por ejemplo. No se duelen de ningún abandono, nos salen al paso en cada nueva coyuntura, respondiendo siempre, fieles a sí mismas, a todas nuestras exigencias de reposo.

Desde los dos ángulos fronteros a la puerta, saludan a Arturo las mismas palmeras, iguales maceteros, que siempre vio en docenas de comedores idénticos; el mismo filtro a la izquierda —porque el agua de Augusta exige todos los días una higiénica depuración— y el mismo trinchante a la derecha. Un comedor tan dócil a la pauta común, que Arturo cree haber cenado allí todas las noches. Es la pieza que se repite en los cromos de novela donde se exalta el amor a la paz conyugal.

En las paredes se ven los mismos cuadros: la p. 66merienda campestre, Ifigenia mirando al mar, el crepúsculo rojo, los corderitos de Millet... Y una lozana joven saliendo del baño.

No podía sospechar Arturo la presencia de aquel intruso elemento decorativo en el ordenado mosaico del hogar. Es un elemento que hace desafinar la pacata orquestación del comedor, como una bacante perdida en el claustro de las Huelgas.

Pero, desde la ventanilla del Banco Agrícola, solo sorpresas podían esperarse de Juan Sánchez. El lienzo es una interrogante que deja perplejo a Arturo.

—¿Qué le parece?

Juan Sánchez lo pregunta con un leve estremecimiento de inquietud. Ve a Arturo contemplar a la bañista y espía su gesto más oscuro.

—Bien.

La joven se lleva las manos a la cara, ocultándola por completo, con el mismo gesto púdico con que se ofrecería en espectáculo a un millar de espectadores. El pintor no tuvo en cuenta la absoluta soledad de la bañista, sino la trascendencia doméstica de la representación.

p. 67

—Es algo atrevido, ¿no?

A Arturo le parece tan edificante como los apiñados corderitos de Millet, a pesar de la trémula desnudez de la doncella. De sobra se advierte que el dulce rubor de aquella solitaria carne juvenil, solo puede ser provocado por una acendrada fe en la presencia de Dios.

—Es una «nota de color» un poco audaz.

Arturo ve entonces una firma bajo el rosado pie que se apoya en la esterilla. Es la firma no reconocida en el Banco Agrícola: una firma que, para revelarse, necesita ser tenazmente señalada por el índice del poseedor.

El cuadro podría ser obra de una Sociedad Anónima de Artes Plásticas, pero es del mismo Juan Sánchez: pertenece al mismo estilo común que el comedor.

Arturo busca una frase que sirva de antifaz a su criterio. No la encuentra y apela al balbuceo:

—Interesante.

—¿Sí?

Arturo, para olvidar aquel fracaso de puros elementos pictóricos, aniquilados bajo la mano p. 68impersonal de Sánchez, hundidos en la fosa común del módulo académico, comienza a recorrer el cuadro, hacia arriba, en busca de otros deliciosos territorios, si ajenos al arte, de lleno, en cambio, en la curiosa y pintoresca región de las anécdotas.

De la firma salta a los pies; de los pies, a los tobillos; desde los tobillos emprende una lenta ascensión, maravillándose, de pronto, de estar recorriendo un terreno conocido. Ya lo debió advertir ante el gesto de la bañista de llevarse las manos a los ojos, idéntico al de Rebeca.

El vientre algo combado, los senos cónicos, los hombros suavemente caídos. Es la mujer gótica, reconstruida en un taller actual, terminada por un rostro sin otra seducción que su belleza. La fisonomía la tiene desigualmente repartida por todo el cuerpo. Apenas le ha llegado a la cara. Se cubre con las manos la parte menos delatora de su cuerpo.

Que acaba de ser impersonal en el pelo. Ejemplar de un modelo corriente, sin un guiño, sin un acento. Toda la cabeza es un común denominador del resto del voluptuoso organismo.

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Arturo junta sus reservas de discreción. Oye los pasos del drama. Se agazapa. Medita. La mujer del cuadro es la misma que poco antes, entre un balcón entreabierto y un solo espectador —Arturo— ha bosquejado aquel gesto de cautela.

De cautela, porque ahora se advierte que con él solo se ha intentado conservar el anónimo, no el pudor. Y con la diferencia de que en el cuadro una luz cruda cayó vorazmente sobre las formas desnudas como una esponja implacable que sorbiese relieves y borrase contornos.

Comienza a desarrollarse ante los ojos asombrados de Arturo la crónica galante de Rebeca; pero Juan Sánchez da un tijeretazo al celuloide.

—Debí quemar el cuadro. Ya sé que es de unas pretensiones deplorables...

—¡No, no!

—Lo pinté hace tiempo, cuando creí que llegaría a ser pintor. Luego escribí música. Al principio, como todos, escribí sonetos... Los sonetos, sí los quemé, y la música; pero esto le gusta a mi mujer.

p. 70

—Lástima de versos.

Arturo acentúa su pena por la desaparición de los versos, para así embozar la que sufre por la conservación del cuadro. El momento es enmarañado, porque el idioma no tiene recursos para expresar la emoción que se siente ante quien, siendo apenas una firma con su rúbrica, ha recorrido tantos modos de expresión sin acertar con ninguno. Todas las artes le prestan, una tras otra, esos preciosos instrumentos por los que puede revelarse el espíritu, sin que Juan Sánchez logre otra cosa que manosearlos, arrinconándolos luego en un zaquizamí de ilusiones mutiladas.

Juan Sánchez se fue asomando a todas las troneras, desde las cuales es posible suscitar la atención del mundo, y el mundo sigue su camino, indiferente, sin querer descifrar la firma y rúbrica de Sánchez. Y los que podrían ser risueños trofeos no son sino irónicos testigos de una franca derrota.

El trance es duro, pero se salva con otro más duro. Rebeca, seguida de un mozo robusto, impertinente, p. 71asoma por el pasillo. En el umbral del comedor, Sánchez presenta a los dos:

—Matilde, mi mujer. Alfredo, mi primo.

Rebeca masculla azoradísima unas palabras inútiles. Alfredo sonríe ceremoniosamente. Del conflicto dramático —porque estamos en presencia de un profundo conflicto dramático— a Arturo solo le preocupa, en primer término, para no precipitar el desenlace, recordar bien el verdadero nombre de Rebeca.

Pregunta, medroso, a Juan Sánchez:

—Dijo usted...

—Matilde.

—¡Ah, sí! Matilde.

Respira como si hubiese realizado con éxito una brillante investigación filológica. Sería peligroso mezclar aturdidamente en el diálogo el falso nombre de Rebeca, que es, sin duda, un bello nombre de batalla.

Acaso Matilde reparte su belleza bajo el manto pudoroso de un grupo de nombres bíblicos, con una generosidad que disculpa todo desordenado amor al incógnito. De la misma manera que las caritativas damas esconden la hermosura de p. 72su gesto bajo el doble negro manto de la noche y del anónimo, para repartir entre los menesterosos vergonzantes dinero y fe: amor, al fin, aunque de calidad muy diferente.

Porque el verdadero amor —como todas sus numerosas falsificaciones— gustó siempre de esconderse para repartir sus dones, con el fin de que —como acontece en el lamentable retrato de Matilde— una luz desaforada no descubra algún torcido perfil, alguna deforme exuberancia. Y esta anónima pluralidad de Matilde, este afán de difundir su personalidad, de repartirla generosamente, pudo sorprenderla Arturo en esos momentos de léxico borroso en que las palabras más pulidas ceden su puesto a cualquier turbia interjección. Tampoco Matilde, en el período cósmico de su ternura, recuerda bien el nombre de sus colaboradores.

¿Y Alfredo?

Parece el personaje más nebuloso de este drama. Es cierta masa vegetal, coronada por un gesto socarrón. De su adolescencia, transcurrida entre sacos de legumbres, ha brotado una espesa juventud, de radio corto, vivida entre facturas, p. 73plazas de toros, mesas de café, vagones de ferrocarril y lechos de placer. Su vida es una teoría de sucesos extraídos del anecdotario común. Sus ambiciones son dos: las buenas comisiones y las mujeres suculentas. Aunque, en trance de elegir, prefiere el tanto por ciento.

El tanto por ciento es su único amor. Matilde es, por ahora, su único deseo. Los negocios decadentes de Juan Sánchez exigen la manipulación de Alfredo. La voracidad erótica de Matilde también recaba el concurso impersonal del negociante. No es el amigo, no es el camarada ni el amante. Es el cómplice. Un cómplice a quien es preciso ceder mesa y lecho, para robustecer su complicidad.

—Con un puntal así —piensa Arturo— persistirá durante mucho tiempo esta estructura doméstica donde yo soy un miembro esporádico.

Y sigue, relumbre a relumbre, repasando las insolentes piedras repartidas por los dedos, por la cadena del reloj, por la corbata de Alfredo. Toda su personalidad la ha reducido a toscos productos de joyería. La ostenta, fanfarrón, en desafío.

p. 74

Son la vanguardia deslumbrante de una opaca fisonomía. El mismo guiño truhan de sus ojos apenas es una chispa desdeñable entre tanta ceniza.

***

Se sitúan los cuatro comensales a los extremos de una cruz. Arturo queda frente a Matilde y Alfredo frente a Juan Sánchez. Las cuatro miradas y los cuatro silencios se cruzan perpendicularmente en un punto: en un punto gris, como el formado por cuatro rayos de color diferente.

Punto muerto. En vano se intenta reavivarlo con algunas palabras insustanciales, ajenas al nudo dramático. El punto crece, se ensancha, amenaza anegar a los cuatro. Lo componen los residuos espirituales más vergonzosos de cada comensal. Es a saber:

El cinismo de Matilde, que, al mismo borde del despeñadero, ha recobrado su desenvoltura.

La timidez de Arturo, incapaz de abandonar aquel curioso cepo doméstico.

p. 75

La socarronería de Alfredo, que calcula íntimamente las fuerzas irrisorias del evidente enemigo nuevo.

Y la flaqueza mental de Sánchez.

Cada uno se instala dentro de su cabaña tejida de tupidas hojarascas; apaga todas las luces de su espíritu, se hunde en una bruma común, desliza frases opacas, mates.

Un halo plomizo enturbia las frentes. De sus pensamientos escogen el más vulgar, el de tipo más conocido, el más lejano de su inquietud; de sus ademanes, el más blando, el menos auténtico, el más fácil de olvidar. Va inundando el comedor una nube cenicienta, nutrida por espesas oleadas, alimentada por los cuadros, por las palmeras, por el filtro, por el trinchante, por los comensales, por todo lo allí agrupado, inerte o vivo.

Ensaya Arturo esfuerzos sobrehumanos para avizorar en la niebla. Le empuja una invencible curiosidad de conocer en cada espíritu sus relieves y fronteras. De aquellos tres paisajes interiores solo conoce un vaho soñoliento, y él p. 76sabe que entre la nube algodonosa y la médula del terruño hay siempre declives imprevistos.

Le desespera no hallar en los ojos de Matilde ningún hito de avance. Matilde cerró herméticamente el cofrecito de sus verdaderas miradas y distribuye, en lotes iguales, entre los tres, unas sonrisas y unos mohines apócrifos.

Y esta misma ausencia de elementos concretos le empuja a mirar a sus compañeros de mesa como elementos abstractos de un drama latente, de un juego cuyas cartas nadie se atreve a arrojar sobre la mesa.

Arturo —que por complacer a la fracasada Rebeca, está leyendo estos días un lote copioso de novelas del siglo XIX— define en esta vaga fórmula la extraña situación íntima del grupo:

—Sobre nosotros se cierne la tragedia.

Arturo siente volar sobre las cuatro cabezas, el gran pajarraco negro. Calcula el ímpetu de los cruentos picotazos...

A juzgar por el número de los personajes, la tragedia se ofrece algo disminuida; una ligera meditación acerca del número cuatro comienza a tranquilizarle sobre el posible final, como el p. 77examen de las sustancias combinadas en la probeta hace posible precisar las consecuencias del cuerpo explosivo resultante.

Del número uno al tres, las posibilidades de tragedia crecen rápidamente. Un solo personaje apenas puede plantearse sino problemas metafísicos: ser, conocer, existir. Es el monólogo, con toda su total ausencia de choques vitales. Hamlet dando paseos por dentro de sí mismo, persiguiendo fantasmas.

Para que surja el conflicto dramático real es preciso contar al menos con dos seres que se atraigan o repelan, que se entable el diálogo, y surjan conflictos que serán fáciles de resolver porque se limitarán a desacuerdos temperamentales, a transitorias ansias de libertad, si se trata de disturbios domésticos.

La tragedia reviste su verdadero carácter al llegar al número tres, en que un tercero rompe el equilibrio definitivamente. El grupo social puede admitir al tercero como elemento de armonía, como el «mediador», pero en el grupo dramático el tercero es siempre un disociador, la dinamita p. 78que hace estallar los bloques más recios.

El número tres es fatal en la tragedia bien planteada, que ya solo podrá disminuir, desvanecerse, con la expulsión de un término.

Pero la tragedia comienza asimismo a reducirse de tamaño, al crecer el número de actores esenciales. Cuatro principian a ser excesivos. Comienza a intervenir el elemento irónico. Tres mantienen la escena, y uno contempla: y todo el que verdaderamente contempla, termina por desgajarse de lo contemplado.

En cinco, se relajan ya tanto las cuerdas patéticas, que solo falta un leve empuje para penetrar de rondón en los dominios de la comedia de enredo. Seis o siete personajes ya solo pueden producir un coro; pocas veces consiguen encontrar su autor.

Ahora, en esta mesa, Arturo señala mentalmente los papeles.

El marido.

La mujer.

Amante primero.

Amante segundo.

p. 79

El amante primero es Alfredo. Lo delatan sus recios músculos de atleta, capaces de adjudicarle el campeonato en todos los concursos de fisiología galante. Arturo no vacila en asignarse el cuarto papel, se reduce a la baja condición de amante subalterno.

Y de contemplador que ya va pensando en desgajarse del grupo.

En esta partida doméstica, como en las de tantos juegos de azar, se llamó a un cuarto jugador para que así pudiera continuar el juego: a ese cuarto que frecuentemente pierde, porque, reclutado a la ventura, no conoce las tretas del resto del grupo. Arturo se siente allí como el verso-ripio en una cuarteta pasional.

Será preciso eliminarse, cautamente, aun a trueque de agudizar el drama. Tres meses de ternura amorosa comienzan a agotar sus posibilidades de tragedia. Como otras veces, renuncia al goce que acaba de disfrutar. Todos sus propósitos podrían medirse por su distancia al deleite.

Fatigada, en declive, su carne obedece, sumisa, al imperativo del espíritu.

p. 80

La tragedia, cansada ya de cernerse sobre las cuatro cabezas, se aburre y se va, dejando abiertas las ventanas al tedio. Matilde se lleva las manos a los ojos: es su gesto favorito, que ahora lo utiliza para simular una jaqueca.

Sale y se enrollan todos los bastidores de la escena. Ni un gesto, ni una sonrisa. Al estrechar las manos deja en cada oído una fecha.

Lejos de Matilde se sienten los tres más cercanos. El recuerdo de Matilde es mejor aglutinante que su real presencia.

Alguien propone una excursión nocturna. Se sentirán más apiñados en una mesa de café. Silenciosamente van penetrando en la calle, desembocan en una plazoleta oscura. Alfredo ordena:

—A La Perla.

Es el caudillo. Uno a uno van entrando en el zaguán.


p. 81

5
Noche de placer

p. 83Dentro del cabaret, los modos de fascinar están ya tan gastados que algunas muchachas inteligentes pretenden ir cambiando todo el repertorio. En vez del pícaro juego de las miradas utilizan la preciosa geometría de las piernas.

A la insolencia ha sucedido el ingenio. Son modales que la sociedad ensaya allí —como en una granja agrícola se ensaya una familia importada de membrillos—, para trasplantarlos luego a los salones.

Una tanguista arrebata a Alfredo, y Juan Sánchez intenta continuar sus confesiones. Arturo ensaya una piel especial de oidor de confidencias por la que resbalen sin dejar huella, como el mercurio. Atiende, resignado.

Se necesita una sabia flexibilidad para ir acomodándose a las ondulaciones emocionales del confidente, a su intensidad, tono y timbre. El oidor de confidencias debe buscar un rodrigón, un punto de apoyo para no flaquear en la larga cuerda floja. Y Arturo encuentra felizmente ese punto en una media de seda que comienza a disgregarse p. 84en el opulento arranque de una curva: punto de patetismo superior al de muchas falsas escenas de caballeros con la mano en el pecho.

Arturo contempla, emocionado, aquella pierna profesional, mientras Juan Sánchez persiste en su sombría locura:

—Ser o no ser. Hallarse a merced de un registro civil, de una cédula falsificada, de un pasaporte. Esperar a que alguien nos diga qué somos...

Las piernas inician un delicioso vaivén para escamotear el punto suelto. Se quiebra la armonía de la mujer sentada, que todo lo fio a la parte inferior, tan esquemática.

Un movimiento torpe produce otro más torpe. Si estudiamos la torpeza en sus dos aspectos sinónimos, dinámico y voluptuoso, veríamos que un caso de torpeza rítmica destruye totalmente la sensual. Nada suscitan unas piernas en franco desnivel armonioso.

—Porque nuestro ser es tan frágil que el más leve control lo desvanece...

Un punto es todo y es nada. El geómetra no p. 85puede atraparlo, y se lo inventa en el cruce de dos caminos. Es un átomo de la línea, es la larva de un poliedro. Sin gozar de ninguna dimensión puede engendrar las tres.

Este punto que examina Arturo esta describiendo una línea recta. Se agranda, se ensancha, anula la distancia de su mesa a la de Arturo; unas manos se posan en los hombros de Juan Sánchez, le tapan los ojos, le vuelven la cabeza, le zarandean, le golpean...

—Pero, ¿no me conoces, Juanito?

Juan Sánchez abre los ojos, atónito; quiere recordar. La muchacha ríe, alborozada.

—¡Pero este Juanito!

—No recuerdo.

—¡Si eres inconfundible! Tu cara no se olvida nunca. ¿Convidas? ¿Vienes?

Juan Sánchez, estremecido, renaciente, se deja arrastrar (¡Inconfundible! ¡Inconfundible!), mientras Arturo recorre el cabaret con los ojos, buscando otro punto de apoyo para mover aquel menudo universo de sus imágenes fatigadas.

Bebe. Queda medio adormilado. Le despierta la explosión de aplausos que provoca Nené, la p. 86atracción de La Perla, bello ejemplar de cocota que se ofrece en el ruedo totalmente desnuda bajo una lluvia de gasas negras. Juega con sus encantos al escondite. Se desliza friolenta, arropándose en las sombras, tiritando bajo la cruda luz de un reflector.

Finge su rostro un mortal abatimiento. De pronto, da un grito, se arranca la máscara de tristeza. Cínicamente reta a los espectadores, adelantando, sonriendo, entre las apretadas nieblas, un seno.

Un vientre redondo gira en torno de su eje, que ahora es el eje de todo el cabaret; ahuyentó las nubes, y una luna rosada describe lentamente glotonas espirales. En el centro ríe un primoroso hoyuelo, boca pintada de grana, que de pronto se pierde entre el ceñudo aluvión de sombras.

Sobre la desnudez siempre en fuga, se van plegando dócilmente los jirones de humo. Nené hace de él cascadas, nubes, rosas enormes. Sujeta en alto las sombras, se las derrama a capricho sobre su carne que se acoge o se hurta a ellas, felina, ondulante.

p. 87

Alza un puñado sobre la frente, lo deja caer sobre sus senos, por su espalda, como una ducha; se lo ciñe a la cintura, a las caderas; se forja peregrinas cúpulas o temblorosos zócalos de bruma sobre los cuales se estremece toda la fábrica voluptuosa.

A veces, del volumen de sombras solo queda una enorme flor patética prendida sobre el sexo azorado, o una empalizada tras de la cual blanquea, romántica, la pudorosa azucena de su rostro.

Finge el pudor, como finge la suprema lascivia.

Borra sus propios perfiles, cambia de acento su sonrisa, se ofrece o se niega, es impúdica o candorosa, dócil, altiva, según el gesto de esa mano que empuña a su placer el cetro del claroscuro.

Nené es la dueña absoluta de su total geometría, y la esconde o la cede a su antojo, como se da a morder una fruta, sin soltarla de la mano.

Nunca vio Arturo sufrir tan deliciosas transformaciones al perfil de una mujer. Miembros tersos, flexibles, temblorosos o inmóviles bajo p. 88una ráfaga de aire negro, cuya ruta se tuerce cada minuto. Ágiles miembros cuya belleza se va multiplicando, según el complejo sombrío —diáfano, denso— que sobre ellos se acumula.

Poco a poco, la sensualidad que despertó Nené se va apagando. Se van repitiendo —van cansando— las circunvoluciones. Su gracia movediza va retrocediendo por los mismos signos del zodíaco. Nace en los espectadores la serena contemplación, como nace una corola clásica de un puñado barroco de hojas verdes.

La mirada de Arturo brinca del blanco vientre —risueña luna— de Nené hacia su propio vientre. Se convierte en un Buda, hincados los ojos del espíritu en su propia intimidad.

—Nuestra vida —se dice— es también así: un juego de sombras. Algo cándido, fraguado con materia infantil, blanca, primitiva, que hacemos ir recorriendo desfiladeros de nubes. Pasan las sombras por esa blancura temblorosa como pasan las inquietudes por nuestro espíritu.

Ateridos bajo una lluvia de oscuras incertidumbres —sigue pensando Arturo—, sucumbimos o resurgimos, según nuestra capacidad de p. 89voltear, de domeñar, nuestros propios fantasmas. Toda nuestra vida es una perenne maniobra para escamotear nuestra esencial desnudez, la verdad fundamental de nuestra vida. Danza patética de la que acaso salimos sin saber otra cosa que nuestra propia fatiga, nuestros íntimos derrumbamientos.

***

El eje de la atención de algunos clientes de La Perla sigue pasando por el ombligo de Nené, y Arturo recuerda las graves palabras del filósofo: «Serio es aquello por donde pasa el eje de nuestra existencia», y piensa en lo cómico de la actitud de estas gentes que, por un momento, parecen haber abandonado su verdadero eje para hacer piruetas en el eje provisional de aquella voluptuosa perspectiva.

Arturo arranca de sí aquel pulpo tiránico que por unos momentos le ha sorbido la atención, y aloja a Nené, con todos sus brumosos subrayados, a Nené aún presente, en el mundo de los frívolos recuerdos.

p. 90

Nené ya no existe. Arturo solo atiende con los ojos: dócil sentido donde suele refugiarse la pereza. Atender con los ojos es la primera fase del buen entendedor. También suele ser la última del cauto distraído. El espíritu reserva para los demás infinitas coqueterías: una de ellas está encomendada a los ojos, por los que nunca suele asomarse el alma.

El espíritu, ante las cosas que le cautivan, comienza por abrir mucho los ojos; pero termina, si las ha capturado bien, por cerrarlos herméticamente para no dejar huir sus maravillosas prisioneras, las imágenes. Ante las que le dejan indiferente, sigue abriéndolos como embobado. Salir y entrar libremente.

Esta frase de abandonar el eje de nuestra vida, simulando una decisiva atracción del contorno, es la farsa mayor de nuestro espíritu. Lo que nos rodea existe en cuanto sumerge, al menos un costado, en nuestra propia irradiación. Lo demás, lo no hundido en nuestra atmósfera, son fríos astros, goce metálico de las ciencias cartujas.

Vibramos, movemos en derredor nuestro un p. 91poco de aire viciado por nuestra propia emanación: cuanto no respire el mismo aire nos es indiferente.

Por eso es tan duro llegar a conocer ninguna auténtica fisonomía. Hay que traspasar esas capas enrarecidas. No podemos fiarnos de su, a veces, petulante transparencia. Lo normal es desistir de conocer a los hombres, porque ir en busca de su verdadero rostro es un comienzo de locura.

Y pretender que los demás conozcan la nuestra es una infantil ingenuidad. Solo nos conocerán cuando una arista de nuestro ser roce el suyo, les hiera, les haga volver los ojos.

Arturo vuelve los suyos hacia la vida de Alfredo. Cada vez que el azar le trae una palabra suya —Alfredo bebe y ríe en una mesa cercana, entre dos tanguistas— se despierta en Arturo el apetito de irrumpir en la intimidad de aquel hombre. Lo advierte un solitario espectador.

—Perdóname, amigo mío. Supongo que Alfredo no lo será tuyo.

—¿Qué quieres decir con eso?

—He venido observando vuestro grupo desde p. 92que entrasteis al cabaret. Es mi profesión de estas horas. Elegí este lugar porque aquí los hombres suelen obrar con más desembarazo. Se acercan más a sus propios instintos. Aquí la gente viene a desnudarse de su traje de sociedad; suele exigir el pago de una semana, de un mes de trabajo encasillado. Suele reclamar cínicamente su plus de goce... Alfredo es de estos hombres. Lo conozco bien. Soy un especialista en esta parcela de humanidad, porque suelo venir frecuentemente; me siento en este mismo sitio, veo cruzar muchas veces los mismos hombres, con sus mismos deseos. Tú eres aquí nuevo.

—Cierto.

—Lo conocí en seguida. Para ti, entrar aquí constituyó una excepción, mientras para Alfredo solo es continuar una actitud. Esto le hace despreciable. Me sorprende veros juntos.

—Nos ha juntado el azar.

—Vuestras vidas no pueden ser paralelas.

—Se encuentran, efectivamente, en un punto.

—¿Dónde?

p. 93

—En una mujer.

—Es la que suele trazar esos ángulos. Debí figurármelo. Ahora, todo lo comprendo mejor.

—Dime.

—Eres el complemento de Alfredo. La mitad superior de un hombre.

—Gracias por la noticia. Pero yo también me siento inferior.

—Hablo de la que domina. ¿No has observado la oblicuidad de los ojos de Alfredo? ¿Y sus labios redondos, gruesos, de glotón, de ente inmundo? ¿Y su nariz curvada hacia la boca? Debes aprender los signos de la repulsión.

—Todo lo confío a mi instinto. Que no suele engañarme. Había reparado en ese retrato de traidor de melodrama que me acabas de pintar. Pero no le temo.

—No te burles, y controla al mismo instinto. Suele dormirse. Puesto que Alfredo es tu mitad inferior, aprende bien sus características.

—No creo en la maldad absoluta. Apelaré a su tanto por ciento de bondad.

—Eres excesivamente generoso.

p. 94

—Soy muy egoísta. Y la generosidad es una forma superior del egoísmo.

—Eres incorregible. Adiós.

***

En la calle, Juan Sánchez y Ruth van quebrando su propia dirección, trazan figuras de infinitos lados que tienen por vértices los faroles, los serenos, los taxis. Y los pálidos supervivientes de algún naufragio lunático —gárgolas perdidas, mojones del vago reino de las sombras—, empapados de versos y de vino: los falsos poetas. Ruth va empujando a su amigo hacia un portal flanqueado por dos aburridas hembras que esperan vanamente un cambio de tedio. Entre tantas herméticas, foscas, una dócil puerta se deja violar. Un pasillo oscuro, que Juan Sánchez alumbra con un encendedor...

Juan Sánchez persigue una extraña voluptuosidad. Le arrastra no la boca ni el sexo de Ruth, sino aquel dedo de contera de nácar, aquel dedo redondo, fascinador, que acaba de señalarle entre la multitud. Una manecita acaba de afirmarlo p. 95como ente personal: Juan sigue el rastro de aquella manecita con el propósito de verla de nuevo, extendida hacia él, señalándole, alborozada:

—¡Tú! ¡Eres tú!

Si no padeciese tan intensa alucinación, dudaría un poco de esta alegría de Ruth, provocada no por el hallazgo de un generoso amigo, menos por la esperanza de un deleite, sino por su fe en la pronta nivelación de un presupuesto. Juan Sánchez se lanza con tal ímpetu a morder esta golosina de la predilección de Ruth, que el espectáculo lamentable de la alcoba no logra prendérsele en la retina; como esas últimas estaciones, ya muy próximas a la gran ciudad, que el viajero no advierte en su fiebre del último minuto, al poner en orden su corbata, su sombrero, su atuendo personal. Ni el mismo espectáculo de Ruth, que, excesivamente ilusionada por el éxito económico de su desnudo, olvida aturdidamente muchos recursos de seducción; y lo que pudo en ella ser fina y cotizable coquetería apenas resulta un cinismo depreciado. Mezcla sin ritmo la golosa intimidad con p. 96el descoco, y todos los valores plásticos de la escena se reducen mucho de calidad. Pero Juan Sánchez nada advierte. El placer más vivo de aquella belleza dinámica no será nada ante esta suma embriaguez del individuo que, por fin, se siente destacado del grupo innumerable, con una crucecita en aspa.

Ruth busca algo en una cómoda, se arquea levemente sobre el cajón superior, acentúa el arco sobre el cajón más bajo, termina la curva sobre el inferior. Si Juan Sánchez no padeciese tan turbia alucinación, desdeñaría las demás voluptuosidades por seguir la sucesión de estos arcos imprevistos, que multiplican en Ruth, graciosamente, sus posibilidades de belleza, mientras le afirman y reafirman en su condición de lindo animalejo de placer. Porque toda la sabrosa arquitectura, al enroscarse sobre sí misma, va perdiendo el último resto de cínica altivez derrochado en la calle, y adquiere una nueva fascinación de fruta. Al doblarse, vuelto el rostro hacia la tierra, su carne esboza ademanes de oferta; como al doblarse, vuelto el rostro hacia el techo, esbozan un ademán de tortura p. 97las Tres Hermanas Argelinas, Tres, que ahora recogen toda la atención dispersa del cabaret. Con los pies y las manos en la alfombra, las Tres Hermanas Argelinas, Tres parecen disponerse al martirio, tenderse sumisas en un potro. Esos viejos aparatos de martirio que suelen instalarse en los circos, en el ruedo de este cabaret solo están aludidos por rectas ideales, que las tres muchachas recorren con la sonrisa en la boca atrozmente grana, cereza y sangre, respectivamente; porque si las tres coinciden acaso en el modo de besar, que aprendieron en la misma revista de cinema, no coinciden en el modo de preparar el cálido instrumento del beso. Arqueadas, vientre arriba, los tres cuerpos comienzan a perder su calidad humana y a acercarse a la de pulpo. Los frágiles sostenes se atirantan, el vientre amenaza abrirse en dos gajos, de tan tenso. Al fin recuperan, de un salto, su posición normal. Se les perdona la tortura, y las tres reparten besos ideales entre aquella fauna mixta de libertinos profesionales y libertinos de afición. Desnudas hasta el punto —extremo— que toleran los preceptos municipales, juntos los p. 98pies por los talones y las manos sobre las cabezas, construyen luego una ánfora griega, donde los senos se adelantan en cornisa, y los muslos, de piel morena y apretada, tiemblan un poco bajo la lluvia de miradas.

***

Le despierta Juan Sánchez.

—¡Arturo!

Viene solo, desencajado, lívido. Vencido.

—¿Lo ve? ¡Una ilusión de esa imbécil!

—¿Cómo?

—Nos encerramos. Quería obsequiarme con una cara, con un garbo originales. Yo estallaba de alegría. Por fin, alguien me confería una personalidad. Algo dudosa, pero muy halagüeña. Pues bien... ¡Nada! Buscaba a un tal Juan Martínez.

—¿Cómo advirtió su error?

—Al desnudarme, vio la firma y rúbrica, y comenzó a palmotear: «¡Eres otro! ¡Eres otro!». Yo le arrojé un vaso a la cabeza. Chilló, anduvo corriendo por la casa, medio desnuda. Quería p. 99llamar a la Policía... Por fin, todo se arregló con unas pesetas. Pero sus gritos se me hincaron en el cerebro: «¡Eres otro! ¡Eres otro!».

—Culpa de usted. ¿Por qué se ha grabado en la piel su cédula personal?

—Se quedó estupefacta. Luego comenzó a gritarme: «¡Eres otro! ¡Eres otro!».

—¿Va usted a hacer caso de una ramera?

—¡No, no es una ramera! ¡Es un testimonio! Y ya lo ve usted. Yo siempre soy otro cualquiera. Es decir, soy Nadie. ¡Nadie!


p. 101

6
Viraje

p. 103—Felicíteme, Arturo.

—¿Por qué?

—Mi salvación está aquí.

—¿Dónde?

—En esta carta. Léala.

Es de la condesa viuda de Monte Azul. Invita a Juan Sánchez a visitar una antigua finca de los condes, situada a pocos kilómetros de Augusta.

—No comprendo.

—Es muy largo de contar. Esa finca está llena de misterios.

—Como todo.

—La tenían olvidada los condes desde hace muchos años, desde la juventud borrascosa del conde... ¿Comprende? Esa finca, escondida ahí entre robles, entre cerros, era el refugio galante de don Juan de Monte Azul. Porque se llamaba don Juan.

—Como cualquiera.

—Es que importa, me importa mucho que se p. 104llamase así. Porque ese don Juan... ¡era mi padre!

—¿Cómo?

—No tengo aún pruebas concluyentes, pero lo presiento, lo voy viendo clarísimo. Porque, verá usted...

El júbilo ha transformado su rostro, le hace precipitar locamente el relato. Se atropella, quieren las palabras brotar a un mismo tiempo. Es un relato enmarañado, sobre el que flota, como un globo grotesco, una afirmación lanzada al aire con la máxima audacia, con una irrefrenada alegría:

—¡Soy hijo de...!

Juan Sánchez va descendiendo al sótano más profundo de sus deseos. Ha acariciado durante mucho tiempo esta voluptuosidad de ser el fin de una vehemente aventura, no el eslabón de una cadena doméstica burguesa.

Ha soñado con ser fruto del deseo, no de la costumbre. Quiere tener tras de sí una cadena forjada con todos los metales —plata de nobleza, cobre plebeyo, hierro de tizonas, oro fino mental—. Quiere tener por ascendencia guerreros, p. 105poetas, cortesanas, garridas mozas plebeyas de anchas caderas, gañanes de robusto pecho, reconstituyentes de los flácidos linajes. Quiere llevar en su sangre todas las posibilidades del genio, todas las borrascas subterráneas, capaces de hacer surgir en la superficie de la tierra una maravilla vegetal, o un ejemplar magnífico de bestia, o un espléndido hombre resumen, una síntesis humana original.

—Porque yo sé —sigue diciendo atropelladamente Juan Sánchez— que una plena confianza en mi yo interior, en esa cadena de yos anteriores, ha de empujarme a desarrollar algún escondido, hasta hoy insospechado, germen de personalidad. Ya la tengo, ya tengo esa fe. Conocer, como ya comienzo a conocer, cuál es la verdadera materia de que estoy fraguado, es el acontecimiento más decisivo de mi vida, el más risueño, el más consolador... Fíjese bien, Arturo. ¡Soy hijo de una noche de locura! Acaso de la ramera más hermosa del contorno, acaso de una patética violación, quizá de una joven púdica que comenzó aquella noche a enloquecer de p. 106amor... Porque el conde era un ladino, un experto catador de bellezas.

—Pero de esa carta no se desprende...

—Se desprende. Yo sospechaba alguna cosa. Cartas, alusiones, desemejanzas... Siempre creí no ser hijo de mis padres, y eso para mí fue siempre un vago lenitivo. Lo conozco en que siempre he despreciado a los que legalmente aparecen como antecesores míos en el mundo. Unos miserables tenderos. Lo conozco en que los gastos de mi educación no correspondieron nunca a la posición económica de mi falso padre. El conde de Monte Azul medió siempre, como protector... Dicen que conocía a mi padre desde niño. Que mi abuelo fue ayuda de cámara del primer conde de Monte Azul. Que mi madre...

—Pienso que, al menos, respetará la memoria de su madre.

—¿Por qué?

—Es sagrada. Así lo dicen.

Juan Sánchez ríe nerviosamente. ¡Sagrada! Un delicioso animalejo cogido al pasar por un robusto macho; estrujado, exprimido, hasta agotar p. 107en él todas las venas del goce, hasta apurar el último poso del deleite... ¡Sagrada! Una encantadora bestia, erizada de caprichos, estremecida de sensualidad, vibrante de lujuria, de cínica lujuria. Una espléndida máquina donde tirar docenas de ejemplares de hombres. Un aparato de reproducir, que luego olvida lo reproducido, que lo entrega a manos mercenarias... Eso, ¿puede ser sagrado?

Arturo no quiere interrumpir el frenético chorro. Va conociendo a jirones la historia del advenimiento al mundo de Juan Sánchez; historia supuesta, porque la carta nada prueba definitivamente. Juan Sánchez quiere vislumbrar en ella toda una razón de vivir. Cree haber encontrado un firme zócalo para edificar una existencia personal. Piensa en razones científicas que le ayuden a soportar la pesadumbre de su calidad de masa, que le empujen a asomar la cabeza sobre la multitud.

—Yo sé que entre mis ascendientes hubo guerreros, poetas, cortesanas, filósofos. Algo de su espíritu habrá llegado hasta mí. Me siento hervir en proyectos, en gérmenes de aventuras.

p. 108

—Puede usted equivocarse de antepasados. En la carta no veo claro.

—Estoy seguro, quiero estar seguro. Mañana se confirmará todo. No me engaño, no quiero engañarme. Otras veces he descendido hasta el sótano y solo hallé raíces triviales, despojos comunes...

Porque él lo sabe, Juan Sánchez. Lo leyó en un libro. Desciende uno a escudriñar en su propio subterráneo y puede encontrar varias capas. Él siempre tropezó con esa red en la que los peces aprisionados son comunes a toda la Humanidad. Así comenzó su locura. Por eso su vida fue un prolongado martirio. Él era cualquiera de los demás, puesto que solo había sido uno de tantos. Con sus mismos impulsos, con sus mismas experiencias, con sus mismas anécdotas representativas.

Había deseado a la mujer, la había gozado, como todo el mundo. Había deseado ser rico, se había enriquecido, como todos sus semejantes, colocados en feliz o adversa coyuntura. Encontraba en esa región subterránea la misma admiración por la Cena, el mismo respeto a Víctor p. 109Hugo que siempre vio en los demás mortales. Si se detenía un poco, en seguida flotaba la misma frase —colectiva— ante el Cardenal de Rafael, ante la Venus de Milo, que oyó pronunciar un millar de veces en los museos. Regresaba furioso de esa zona hacia donde le empujaba no sé qué instinto de docilidad, de obediencia al gran ejército sin nombre.

—Pero, hace unos días...

—¿Perdió usted la llave del sótano?

—No, me detuve en otro piso. Yo lo sé, yo lo he leído. Había otro piso. Otro piso más noble. Con las mismas tinieblas, con el mismo hervor, con el mismo laberinto; pero allí me cogieron del brazo fantasmas totalmente desconocidos, tropecé con larvas de pensamientos, de deseos originales... Nunca había conocido ese germen de odio a la máquina de carne que nos produjo. Advertí que tal odio no es colectivo. Creí que por él comenzaba a redimirme del ideario común. Creí también que ese germen fue por alguien, por algo, depositado allí. No flotaba en vano entre mis larvas ideales. ¿Iba a ser una broma de los poderes cósmicos ese grano de p. 110sal? ¿Por qué iba yo a ser la masa a quien, por una coquetería de los dioses, se le concede un momento el darse cuenta de su condición de masa? Sería tan cruel como darle al barro la chispa de sabiduría para que conociese su distancia del jaspe. Los dioses, si existen, no pueden ser tan crueles.

—Creo que existen. Es algo que también flota en esa zona común: la fe en los dioses. Pero también hay allí indicios de su crueldad.

—Mañana lo veremos. Venga conmigo a Monte Azul. Es un caserón que casi nadie ha visto. Recuerdo haber estado allí, muy niño, con mi padre, el tendero. Ha estado cerrado mucho tiempo. La condesa quiso restaurarlo, pero su marido no se precipitó a acceder a los deseos de ella. El caserón era un testigo de su vida mejor: no quería destruirlo, al restaurarlo. Así quedó hasta su muerte. Ahora, no sé... ¿Vendrá conmigo?

—Iré.

p. 111

***

Una excursión al pasado de Juan Sánchez. El coche avanza entre chopos vendados, ceñidos los pies por una faja blanca: un paisaje ortopédico.

Al través de los chopos, montañas. Cimas de color de rosa; colinas redondas, que blanquea un rebaño; ondulantes, voluptuosas caderas de color de trigo; cráneos morenos, grises, amarillos, erizados por la siega reciente; rastrojos salpicados de ababoles, de mielgas moradas, de cardos.

Laderas aún verdes, de olivos, de viñedos, de alfalfa; senos de ámbar, rayados por venillas ocres, por senderillos que abren las ovejas por donde resbalan los recentales hacia lo profundo de la curva.

Montañas dormidas al sol. Bruscas y rojas vertientes: un gigantón ha rebanado la tierra. Sus tajos le duelen al campo, rezuman por él su esponjosa entraña.

Más lejos, grupos enormes de centauros, hombros de cíclopes que rozan las nubes. Montañas violeta, montañas azules, montañas de todos los colores inefables, de todas las curvas p. 112imprecisas. El horizonte. Perfil último y borroso.

Tres, cuatro paisajes. El que nos va dando con los codos, humorístico, de clínica, de algodón en rama. Luego, el paisaje real, con sus relieves duros, inatacables por el ácido inútil de la ironía; sugeridor de un subsuelo fértil, de una entraña opulenta.

Y el paisaje de ensueño, intangible, que huye bajo nuestros pies, que va dando brincos hacia atrás, sonriendo melancólico, fino, sutil, levemente burlón, de colores elaborados por el aire y la distancia.

Y, por fin, el remoto paisaje apenas vislumbrado. Lo permanente, que no sabemos si existe. La bruma que flota detrás del horizonte, de la que ya no sabemos si es bruma, si es nube, si es nada.

Avanzan en silencio Arturo y Juan Sánchez. Arturo va pensando en el camino, Juan en el término del viaje: brecha abierta hacia la cueva donde es elaborado su destino. Arturo va situando en cada paisaje un índice humano. Va p. 113escalonando —como en los retablos de gloria— todos los hombres y mujeres que conoce.

Plano humorístico, plano desnudo y permanente, plano brumoso y fugaz, plano irreal, ilusorio.

En cada uno va situando espíritus. Los más próximos no sufren tanta cercanía. No podemos verlos en plenitud, y andamos buscándoles una arista divertida que nos compense de la ignorancia del resto. Son los entes familiares los más desconocidos. Una deformación nos los esconde. Como de estos chopos solo vemos su risible faja ortopédica, de un hombre solo solemos ver su ceceo, su cojera, del cuerpo o del espíritu.

Los del segundo escalón, sí podemos verlos. Son los que giran en derredor nuestro dentro de los aros de nuestra intimidad. Intimidad: sagrado y claro recinto. Solo con su luz podemos ver reflejada en un rostro la inquietud de una mano que se prende a la nuestra; solo dentro de su silencio podemos medir la vibración de un pulso paralelo al nuestro.

En la tercera zona los seres van apiñándose, un p. 114poco desdeñados, borrosos, movedizos, cediéndose unos a otros los perfiles. No tocan los confines de nuestra intimidad, los vemos pasar un momento y desaparecer en la última zona, en la remota cadena de seres que gira en derredor nuestro, en el mismo límite de nuestra vida, donde comienza para nosotros el no ser, en el punto donde todo vacila o muere. La cuarta zona es el país de la abstracción.

Arturo va instalando a sus amigos en el nuevo casillero. A Juan Sánchez, en la zona inmediata de la familiaridad; a este Juan Sánchez de quien solo se conoce su angustiosa inquietud que, a fuerza de subrayársela, llega a ser cómica, pintoresca, como toda prolongación desmesurada de un brote emocional. Le ha nacido en el espíritu un tumor, que la vida no pudo hasta hoy extirpar. Se le ve, lleno de ansiedad, chispeantes los ojos de impaciencia por llegar a ver clara su nebulosa cuna.

—Faltan seis kilómetros.

—No corra tanto. La carretera no está buena. Frene un poco.

A Matilde la instalará en la región de la intimidad, p. 115donde la reiterada concentración del espíritu todo lo va viendo rasgo a rasgo, gesto a gesto. Por eso, de la intimidad se retorna bruscamente, se arranca el espíritu inexorablemente, cuando un gesto o una palabra desnuda al otro espíritu.

La familiaridad es una estación que puede tomarse y dejarse a capricho. En ella podemos salir y entrar cuando queremos. Pero en la intimidad solo dejamos penetrar a los demás una sola vez. Cuando resiste la prueba, allí permanecerá siempre; si no la resiste —si no la resistimos—, la expulsión es definitiva.

Matilde no puede abandonar ya la intimidad de Arturo. Porque Matilde se ha dejado comprender tan dócilmente, que la salva su misma claridad, la redime de todos sus punibles intentos de poseer el hombre integral, unas veces vencedor por el espíritu y otras por la carne.

Matilde descansa de todas sus vehemencias alternativamente, y su juego es infantil y perdonable. Sabe cederse a dos fuerzas que en ella confluyen silenciosamente, a espaldas de este ser borroso, en perpetuo desequilibrio, que solo p. 116persigue conocer —sin conseguirlo nunca— su propio relieve. Hombre a caza de su sombra.

—Falta algo más de dos kilómetros. Pero no podemos seguir por carretera. Hay que tomar una senda. La finca está allí, a mano derecha, detrás de aquellos chopos.

—Iremos a pie. El coche pueden guardarlo esos labriegos.

Por una senda vemos avanzar hacia nosotros el roído caserón de los condes de Monte Azul. Avanza con la boca abierta, amenazándonos con engullirnos.

Deben estar polvorientas sus entrañas, su corazón estará amojamado, apergaminada su lengua. Vamos viendo los ojos del monstruo, sus ventanas desportilladas, la visera de su casco rojo. La enmarañada pelambre de hiedra que cuelga por sus sienes.

Una docena de chopos altísimos escolta a la desmoronada mansión. Una tapia de ladrillo la ciñe. Hay alguien cerca de la verja, un campesino que poda unos rosales.

—¿Y la condesa?

p. 117

—Vuelve en seguida del pueblo. En casa les dirán.

En el vestíbulo surge la negación de aquel paraje: la doncella de la señora, una deliciosa muchacha con atisbos de bulevar, con guiños pícaros de cabaret, con la vivacidad de charla que nunca puede aprenderse en el campo, siempre lento, sin prisa.

—Pues verán ustedes, la señora condesa salió muy de mañanita al pueblo...

—Esperaremos.

Entran los dos en una sala. Juan va delante, conmovido, concentrada en los ojos toda su vida. Frente a él, dentro de un marco de roble, le mira fijamente un militar.

—¡Yo!

—¿Cómo?

—Mire. ¡Soy yo! ¡Yo mismo!

Allí está Juan Sánchez, erguido altaneramente, con la mano en la empuñadura de un sable. Hay una desoladora expresión de vacía arrogancia en sus pupilas. Cuelgan en su pecho unas medallas. Se empina su bigote. Su uniforme impecable, acusa el corte más fino.

p. 118

—Cierto. Se le parece mucho.

—¡Soy yo! ¡Yo mismo!

Juan Sánchez contempla un largo rato al militar de la mano en el sable. Al volver los ojos hacia la derecha, no puede contener un grito:

—¡Yo! ¡Soy yo!

—¿Quién?

Allí está Juan Sánchez con la mano en la pluma, posada sobre un montón de volúmenes. Sus ojos miran al mundo compasivamente, como desde lo alto del Parnaso.

Arturo lee en el lomo de algunos libros: Cervantes, Dante, Milton... Una gran corbata negra subraya el rostro pálido de aquel Juan Sánchez olímpico, lamentable. Sus guedejas sombrías se enmarañan un poco. Posa junto a una ventana, y el viento le mece el pelo y le trae «ráfagas de ardiente inspiración».

El tercer Juan Sánchez lo descubre Arturo. Se asoma al cuadro de la izquierda. Abate los ojos sobre un plano. Su mano se apoya en una rueda.

—¡Es usted mismo!

—¡Yo, otro yo!

p. 119

Un hombre de ciencia, un inventor. Sobre la mesa, una esfera armilar, cartas geográficas, una miniatura de máquina trilladora, una escuadra, un paralelepípedo. Sus ojos, sin brillo, contemplan un ángulo rojo trazado en el papel.

—Tiene usted entre sus antepasados hombres de ciencia, poetas, caudillos. Le felicito, Juan Sánchez. Puede usted ir licenciando sus dudas. El pasado le guardaba sorpresas. Hará de usted un hombre original. Todos los gérmenes están aquí, en estos muros.

Juan Sánchez contempla, abrumado, el bosquejo de trilladora mecánica; el paralelepípedo.

—¡Una trilladora! —murmura—. La misma que yo quise inventar hace seis años.

—No le sorprenda. Seguramente, ese poeta que ahí está recibiendo un chorro de ardiente inspiración, comenzaría a escribir las quintillas que usted ha terminado ayer.

—¿Se burla usted de mí?

—Todo se burla de nosotros, Juan Sánchez. El único partido serio para nosotros es tomar parte en la burla.

Se sienta bajo una panoplia donde se enmohecen p. 120algunas espadas sin gloria. Hojean un volumen donde amarillean ristras de sonetos, silvas y aleluyas.

—¡Qué espléndido libro para una antología de lo cursi!

—Debe de ser mi abuelo. Lea algún verso.

—Este. «A tu pelo»:

¿Si eres de miel, por qué tu amor amarga?
¿Si eres de cera, por qué no te derrites?
¿Si con el sol en abrasar compites...
***

—Señores —interrumpe un anciano que acaba de entrar—, perdonen que interrumpa su lectura. Soy el mayordomo de los condes. La señora les suplica...

—Vamos en seguida —dice Juan Sánchez, levantándose—. Estoy impaciente.

—Comprendo su impaciencia. Pero la señora condesa desearía que la releven del penoso deber de recordar un pasado muy triste para ella. Yo podría sustituirla, si ustedes quieren. Soy p. 121ya muy viejo. Lo conozco todo... Mejor que ella. Permítanme que yo les revele...

El mayordomo mira receloso a Arturo.

—Puede usted hablar sin reservas. Es como un hermano mío.

—En ese caso...

—Diga, diga —replica, nerviosamente, Juan Sánchez.

—Hace unos treinta y cinco años, ¡yo llevo cuarenta en la casa!, «esta finca era un vergel. Las madreselvas escalaban los muros, los rosales bordeaban las avenidas, una bóveda de espesos álamos sombreaba la quinta; los pavos reales paseaban altivos la pompa de...».

—Señor, estoy impaciente por conocer mi pasado.

—Eso es también su pasado. Es una descripción de la finca, escrita por uno de sus parientes, señor.

—Entonces, ¿es cierto...?

—Lo es —y el mayordomo inclina gravemente la cabeza—. Usted nació aquí. Venga a ver su cuna.

p. 122

Se levantan los tres y penetran en un aposento destartalado.

—Uno de esos muebles desvencijados es su cuna. Hubiera querido aderezar esto un poco, pero resultaba imposible...

—E inútil —añade Arturo.

—Seguramente —agrega el mayordomo.

—De modo es que aquí... Cuente.

Vuelven a sentarse bajo la panoplia, y el mayordomo dice:

—Fue un año de locura, de frenesí. «Sueltas las riendas de la fogosa imaginación, el conde se dejó arrastrar por los ímpetus...».

—Señor, estoy impaciente por conocer mi pasado —interrumpe Juan.

—-Perdone. Esto corresponde a su pasado. Está tomado de una carta del arcediano de Sos, hermano del señor conde.

—¿El arcediano de Sos? Le suponía de la familia. Siga.

—En fin, señor, me apena mucho decirle que usted es hijo de...

—Sí, de prostituta.

—No me atrevería a decirlo así. Su señora madre p. 123era una tiple de Marsella, de la que se enamoró locamente el señor conde.

—¡Una artista! ¿Lo oye usted, Arturo? ¡Una artista! Una triunfadora por su belleza, por su talento musical, por el encanto de su voz.

Juan Sánchez se exalta. Poco a poco va alzando el tono de sus frases. Vibra como nunca. Revive. Se transfigura. El mayordomo le mira, sorprendido.

—¡El arte! ¡El poder del arte! Un telón que se alza, una mujer que irrumpe en escena cantando su pasión, asomándose a la zona de los espectadores para verter sobre ellos carbones encendidos...

—¡Juan Sánchez!

—Una mujer en las baterías recogiendo en su regazo millares de flechas, prendiendo en millares de pechos la misma llama. Fue al remate del gran siglo turbulento, Arturo, en el enorme siglo de la pasión desenfrenada. Una mujer convulsa por el arte y el amor que le queman las entrañas, avanza hasta el público y lo pone en pie, y le arranca un furioso oleaje de aplausos... Un joven, desde un palco, la contempla embelesado, p. 124le envía un ramillete. Sale al pasillo, llega al camerino, besa conmovido la mano de la artista... El amor hace el resto. El amor viene a ocultarse púdicamente entre estos robles. Aquí da sus frutos... Arturo, amigo mío, de ese regazo acribillado por millares de deseos, nací yo, Juan Sánchez. De un súbito oleaje de pasión, de una vehemencia, de un latigazo ardiente del deseo que empuja los mundos. Arturo, estoy redimido. ¡Soy hijo de la más deliciosa aventura!

—Si el señor me lo permite..., quisiera rectificar un poco... —insinúa, entre zumbón y compasivo, el mayordomo—. Su señora madre era, efectivamente, una artista, pero siempre que se adelantó hasta las baterías lo hacía acompañada de treinta y nueve más. Era una señorita del coro.

—¿Qué dice usted?

Juan Sánchez se alza bruscamente del asiento, se abalanza al mayordomo, le agarra por las solapas, lo sacude furiosamente.

—¡Del coro! ¡Del coro! ¿Sabe usted lo que dice?

—Señor mío...

p. 125

—¿Sabe usted lo que eso significa para mí?

—Yo no sé... Esa es, sencillamente, la verdad.

Arturo interviene. Juan reacciona, se deja caer, derrumbar, en la butaca; se lleva las manos a los ojos.

—¡Del coro!

—Tenía muy poca voz, pero unas piernas maravillosas. Aquí las tiene usted. La tercera, comenzando por la derecha.

—¿Del actor? —pregunta Arturo.

—Del espectador.

Juan Sánchez contempla ávidamente una página de revista de espectáculos que le ofrece el mayordomo.

—Señor, ¡he aquí a su madre!

—Arturo, ¡he aquí a su hijo!

Cae en una postración aterradora. Sus manos, febriles, parecen querer hacer añicos la revista. Jadea, se debate en lo más profundo de su impotencia.

—¡Cálmese!

Intenta sonreír. Le brota una mueca.

—¡Del coro! —Y, más sombrío—: ¡De la masa!

p. 126

Allí está, desnuda, guiñando picarescamente el ojo al joven del palco. Por todo traje lleva unos claveles y una gasa.

—Si usted quiere —sigue diciendo el mayordomo—, puede seguir por esta revista la vida de su señora madre en aquel tiempo. Hay de ella muchas «fotos». Era el libro que prefería el señor conde.

—¡Del coro!

—La tercera de la derecha, señor. Era magnífica, como usted ve...

—¡Cállese ya!

—Debo continuar mi historia. Es la última voluntad del señor conde, que la señora condesa me transmite. El señor conde no volvió a Madrid en mucho tiempo. Trajo aquí a Margot. Vivieron ocultos algunos meses. Cuando usted nació, nadie lo supo, excepto algún criado. El conde tenía aquí un administrador sin hijos. De pronto, la mujer del administrador se trajo de París un niño: era usted. Porque usted ha venido de París, señor. Allí actuó a los pocos días su señora madre, más bella que nunca... Véala, en esta página. Es la quinta de la izquierda.

p. 127

—¿Del espectador? —pregunta Arturo.

—Del actor —contesta, impasible, el mayordomo—. ¿Tan desfigurada está?

—Un poco. Al fin, ha pasado por ella una vida. La de Juan Sánchez. Sonríe, eso sí, con la misma picardía. ¿Y el conde?

—No volvió a acordarse de ella. El hijo fue bautizado aquí. Es otro Sánchez y Sánchez. Pero, en realidad, señor, sois un Monte Azul.

—¡Soy Nadie!

—En la provincia sois varias sociedades anónimas de firme crédito. No podéis pedir más.

—Bien, vámonos.

—Perdón. He de completar mi misión. Al morir el señor conde, que, como todos saben, derrochó una fortuna con...

—Sí, con señoritas del conjunto.

—También con «estrellas», señor. Su señora madre fue una excepción, una honrosísima excepción.

—Siga.

—Al morir el conde, dejó una cláusula en su testamento por la que se instituye a usted heredero de todo su pasado.

p. 128

—¡Estúpida herencia!

—De modo es que esta misma revista y todos los cuadros de sus abuelos le pertenecen. Con algunos muebles utilizables de esta casa. La de Madrid pertenece a la señora condesa. Y esta finca pertenece a un usurero.

—He de cargar con un montón de trastos viejos.

—Yo diría con un tesoro de recuerdos, señor. Os queda ese poeta, ese ingeniero, ese militar. Os quedan esas «fotos» de Margot, sonetos...

—¡Todos del coro! ¡Nadie!

—Son vuestros antepasados. Nacieron, ambicionaron, figuraron...

—Sí, el tercero de la izquierda, del actor o del espectador, según los casos.

—... y murieron. Margot falleció hace seis años. Se había retirado ya. Pedía dinero al señor conde. Yo le giré algunas cantidades. Un día, este periódico dio cuenta de un accidente... Un camión había aplastado a una anciana... Un suceso triste. Lea...

Juan Sánchez aparta, horrorizado, el periódico.

p. 129

—¡Un camión!

—Algo horrible. La eliminó del mundo, como una goma de borrar.

***

Otra vez en la carretera. De nuevo las filas monótonas de chopos con la espinilla vendada. Cada vez se va quedando más lejos el paisaje espontáneo. La industria va engrasando los caminos para que el hombre se deslice por ellos más rápidamente; los va dejando inútiles para el antiguo caminante, para el sencillo hombre de a pie.

Y sitúa a lo largo del viaje esos graciosos monumentos rojos a la velocidad, que van distribuyendo energía. Las ciudades acortan entre sí las distancias; se reducen las posibilidades de tedio y de novela. Un viaje, que antes podía originar largas pasiones románticas, ahora, a noventa kilómetros por hora, apenas logra producir un brusco roce epidérmico. Los espíritus no se desnudan bien sino en reposo. O en una diligencia, en un coche de tercera...

p. 130

La carretera ha perdido su color poético y se va empapando de color de alquitrán. Suprime algunas imágenes usadas, suscita otras. Suprime algunas peripecias gastadas, como el atraco; suscita el choque violento, la panne, la mutilación aparatosa, el vuelo de un cerebro por las ramas. La carretera atiende, solícita, a destruir la monotonía de la existencia humana.

—Haré un auto de fe con mi pasado.

Juan Sánchez continúa allí, en el fondo del coche. Arturo se había olvidado de él. Creyó haberlo dejado en la sala patética del álbum y los lienzos, entre dos cornucopias, frente al hombre de la mano en el puño de la espada, de la mano en la pluma, de la mano en la rueda.

—Su pasado es magnífico. Es una admirable novela.

—Haré un auto de fe. Quemaré a mis ascendientes. Entrarán definitivamente en la nada.

—Pero no podrá rasparlos de su árbol genealógico.

—Ese no es mi árbol oficial. Todos esos peleles sin fisonomía son como los monos que se entrometen, que se cuelgan a las ramas sin p. 131que nadie los llame. Mi árbol está libre de danzantes, de esos monos de la tierra, ridículos imitadores del artista, del político, del sabio. Mi árbol está plantado por tenderos. Quiero ser un tendero, un comerciante más.

Su voz suena a hueco, lúgubre, rajada, desesperante. Poco a poco se va apagando. De Juan Sánchez solo queda un montón borroso de escombros, agazapados en el ángulo del coche, torvo residuo de las alegres llamaradas —tan fugaces— de aquel día.


p. 133

7
Auto, bodegón y celos

p. 135El balcón da a una avenida histórica donde quedan unos pedruscos acribillados por un diluvio de balas enemigas. Alguna vez estos pedruscos formaron una puerta, pero hoy solo son un espectáculo. Los cerca un jardinillo, como a la estatua de un poeta acribillado por un diluvio de flechas amorosas. La ciudad inventa un decorado único para el arte y la gloria, para la ruda piedra y el frágil verso. A cada hombre o cosa le asigna un fragmento de césped —fondo neutro— salpicado de algunas flores raquíticas.

La ciudad contempla a su puerta heroica, como a una venerable abuelita que hace más de un siglo se resistió bizarramente a una violación. El enemigo acumuló allí toda su energía. Aquella puerta era el sexo de la ciudad.

Puerta que adquirió su personalidad cuando precisamente se obstinaba en perderla, y de lugar de acceso a las entrañas urbanas prefirió convertirse en un muro hermético. Vive por haber resistido a un apremiante deseo. El hombre p. 136y la cosa originales se producen súbitamente en momentos de rebeldía también súbita. Los modos lentos conducen al fracaso, porque las gentes prefieren que la originalidad estalle, para volver a ella los ojos.

En el balcón, Matilde y Arturo. Juan Sánchez pasea nerviosamente por la sala, aguardando la llegada de su herencia. Su pasado viene dentro de un camión: un pasado sucinto; épocas en extracto, amores sintetizados en una redondilla; ambiciones reducidas a un diploma; fiebres prensadas —marchitas, secas, lamentables— entre dos páginas de novela... Volutas, metáforas, caracoleos de roble y de idioma. Una vieja cama barroca, retratos, rollos amarillos de papel.

—Parece que tarda, ¿no? —pregunta Juan Sánchez.

Y advierte sorprendido que nadie le contesta. Que Matilde y Arturo prosiguen una escrupulosa inspección de la puerta inmortal; que algo muy profundo les tiene sumergidos en la calle. Vuelve a preguntar:

—¿Verdad que tardan?

p. 137

Nada. Arturo está hablando casi al oído de Matilde. Flotan, entre los rizos de Matilde, frases mutiladas.

—...una hora..., tardanza...

—...siniestro difícil..., director..., urgente...

—...falso..., catástrofes de pega...

—...porvenir..., comisión muy aceptable..., debes comprender...

Juan Sánchez está allí, a dos pasos. Vagamente llegan a él hilachas de un diálogo desflecado por la cautela. Pero de las últimas palabras se desprende un tuteo sospechoso. Aguza el oído. Frases completas.

—Mi fortuna se fragua entre escombros.

—Se ve que te enamoran los conflictos.

—Por eso estoy entre vosotros, en vez de enseñar lógica en un instituto enmohecido..., donde todos los problemas se dan como resueltos.

—Tienen fe.

—No tienen curiosidad.

—Tú no crees en nada.

Dulcemente, muy bajo:

—...ni siquiera en mí.

p. 138

A Juan Sánchez solo le llega el , un ardiente, afilado, inconfundible.

—No es fe, es deseo. Creo que te basta.

Juan Sánchez está allí, sumergido en un turbio presente. No puede oír la respuesta de Arturo, de Arturo, siempre correcto, frío, inmóvil, que sigue contemplando la puerta gloriosa, mientras Matilde vibra de impaciencia, hace esfuerzos para no gritar su inquietud. Juan Sánchez aguarda una frase nueva, definitiva. Los dos callan. Los pasos de Juan Sánchez han cesado. Un silencio hostil pone en guardia a los amantes.

Y el ruido de un camión que se detiene ante el umbral.

—¡Ya está aquí mi pasado!

Salen todos a recibirlo.

***

La destrucción del pasado de Juan Sánchez se realiza sin patetismo alguno. Folio a folio van desapareciendo los libros, el álbum. Astilla a astilla van sumergiéndose los marcos en la chimenea. Los lienzos se enrollan, se resisten al p. 139aniquilamiento. Al fin, la llama lo unifica todo.

Juan Sánchez va arrojando antepasados al fuego. Un pintor que solo llegó a copiar la realidad, que nunca pudo inventarse otra. Un político que solo llegó a ser cacique. Un guerrero de latón, que nunca ganó más empresas que las del campo de maniobras. Un héroe que ganó el campeonato de las carreras a pie en cierta catástrofe militar. Un poeta, de los llamados chirles, cantor de frondas y arroyuelos, constructor de dos mil cuartetas y tres mil ochocientas quintillas. Un farsante sin genialidad, es decir, un payaso triste.

Al caer en sus manos el hombre de la mano en la pluma, Juan Sánchez le dedica una sorda oración fúnebre.

—Entra definitivamente en el olvido, abuelo mío. Te pasaste la vida buscando consonantes, como quien busca sellos de correo. Fuiste un coleccionista más. Recorriste de álbum en álbum todos los salones cursis de tu siglo. Cantabas a la patria que te vio nacer y a las nubes que recogían tus estúpidas miradas. Construiste poemas a medida, hechos de metáforas tradicionales, p. 140burdamente cosidas con alambre retórico barato. No llegaste a decir nada del sol ni de la luna y los campos, porque todo quedaba oscurecido entre la niebla de tu estilo común. Las cosas quedaron enfundadas en tupidas arpilleras; no las pudiste mostrar desnudas. No tuviste ni aun ingenio para disimular tu incultura, como tantos de nuestros poetas que aún viven. Hablabas del corazón humano, y nunca llegaste a conocerlo, como no lo conocieron tampoco la mayor parte de tus compañeros de rimas enchufadas. Lo simplificabais hasta el extremo de anularlo. Le asignabais dos o tres vulgares resortes, y de toda la complicada máquina emotiva solo visteis alguna patente ruedecilla. Ni siquiera pudisteis señalar los verdaderos estímulos eróticos, ni siquiera los verdaderos resortes de la voluntad. Por eso forjabais los personajes de una pieza, y todas sus posibilidades de acción se reducían al programa preestablecido. Escribíais para el público, sin saber que el público acaba por despreciar a los que solo escriben para él. Erais Nadie, porque no lograbais añadir un verso p. 141al precioso mundo lírico de vuestros antepasados. Tú eras Nadie, porque tus versos estaban tomados a crédito a la historia, y deformados y trivializados luego, en vez de devolverlos bien bruñidos, con aderezo nuevo. Eras Nadie, como yo, tu descendiente, a quien legaste un vago afán de conmover a los hombres por la palabra sonora. Pensaba en un arpa y solo llegaste a manejar la ocarina. ¡Vete al fuego, pobre idiota ilusionado!

La llama le transfigura, le redime. Hay en su mirada una extraña irradiación. En su voz hay una falsa mansedumbre.

—Desaparecéis en absoluto, porque vuestras risibles obras ya hace tiempo que se borraron del mundo, y vuestras vidas solo prendieron en las otras por bestiales contactos, por lazos oscuros de sexualidad que nunca podrán hacer de un Nadie un Alguien... ¡Se acabó!

Juan Sánchez se vuelve hacia Matilde y Arturo. Se acentúa la anormalidad de sus gestos, de su mirada. Matilde, azorada, se acerca más a Arturo como buscando refugio.

—Ahora a cultivar el presente. Le obedeceré, p. 142Arturo. ¡Acción, acción! Me entregaré a la acción. El pensamiento no fragua individuos.

—Es su espuma, su perfume, nada más.

—Y yo quiero robustecer mis huesos, endurecer mis músculos, templar mis nervios, para que den su sinfonía personal. ¡Voy a entregarme a la acción!

Lo dice fieramente, clavando sus ojos en Matilde que, cada vez más azorada, solo acierta a decir:

—Bien. Vamos a comer.

Arturo se despide. Sale en seguida para el habitual escenario de su vida: un incendio. Detective de falsas catástrofes, baja, sobresaltado, la escalera, pensando en la mirada oscura de Juan Sánchez.

***

—Mañana nos veremos en casa —le había dicho Matilde—, Juan sale de viaje. Acude pronto. Merendaremos juntos.

Y Arturo viene dócilmente a merendar. Ahora, con el amor, alternan otras golosinas. p. 143Matilde, hembra cauta, sabe disponerlas a tiempo.

Un gran silencio en la casa. Al fin del pasillo, una puerta se entreabre; una doncella invita a entrar. Sonríe, como se sonríe a todo cómplice.

—La señorita va a venir. Pase al comedor.

Hay sobre el tapete, a cuadros rojos y ocres, un azafate y sobre él una pirámide de fruta recién cogida. Entra Arturo en la habitación y se detiene a contemplar, desde lejos, aquella voluptuosa agrupación de formas redondas que realizan todas las travesuras de la curva. Mientras aguarda a Matilde se divierte en extraer del frutero su esencia cristalina: una pirámide.

Este fugaz momento de esperar solo puede llenarse con contenidos infantiles, de tránsito entre dos graves problemas: ahora aplica un método escolar a la percepción geométrica de la fruta. Si circunscribe al conjunto un poliedro cualquiera, el puñado de curvas perderá en deleite lo que gane en precisión; mientras que inscribiéndolo, conservará toda su delicia, aunque pierda en geometría.

Bien está asignar su sostén a la fragante arquitectura, p. 144pero dejándolo bien oculto. No como andamio, sino como esqueleto.

—Juan ha salido —dice entrando Matilde, recalcando una extraña frialdad—. Tenga la bondad de esperarle. Tome asiento.

De pie ante la mesa, Arturo balbucea unas palabras de excusa. De pronto advierte que Matilde le hace un guiño impreciso... Acaso anda cerca algún criado... Reacciona súbitamente. Y, en la duda, permanece callado, dispuesto a aguardar lo imprevisto.

Continúa la espera. Matilde es allí un objeto más. Se acerca a la pirámide, se sitúa en la baldosa exacta desde donde el azafate puede ser percibido con la máxima luz. El balcón está entreabierto, los visillos apenas empañan el cristal. Más lejos, solo vería manchas inconcretas de color; más próximo, algún matiz insolente apagaría el resto. Llega de la calle la porción de sol que pide cada escorzo, porque Matilde supo administrar bien la luz cruda de la tarde.

Abre la fruta tres horizontes, cada uno con peculiares deleites: el del color, el del aroma, el del contacto. Son los ojos espías vivaces de la p. 145voluptuosidad, de la que suelen consumir la porción más rica, dejando a los otros sentidos el despojo. Traza el aroma anchos círculos sutiles que, según se aprietan, van finamente esclavizando la avidez.

Y, por fin, el mismo contorno de las cosas, su forma plena, su piel, abre el último horizonte, la onda más cercana que cada ser provoca al sumergirse en el espacio: onda que se confunde con el perfil, donde se sacia o naufraga definitivamente el deseo.

Arturo se enamora súbitamente de la fruta, pero quiere irla poseyendo por grados. A todo gran amor corresponde una lenta fruición en apurar el lote de goces que origina. Solo se precipitan los que no saben amar. Por haberse precipitado un poco en el amor de Matilde ha perdido para siempre deliciosos instantes.

Arturo penetra despacio en el aro de los perfumes; aunque cierre los ojos, ya conoce dónde podrá hallar las manzanas, dónde el moscatel y las granadas. Llega con suavidad al último círculo, donde los ojos deben ya prescindir de la visión total y repartirse de escorzo en escorzo, p. 146donde ya cada poro se sorbe una sola proyección de belleza.

En el azafate hay tres manzanas gemelas, tan tersas, tan bruñidas, que parecen de metal. Son verdes, de un verde provocativo, como los ojos de aquella hurí que empujaban a los donceles cristianos hacia un abismo cubierto de rosas donde se ocultaba Lucifer. Arturo conoce aquellos ojos por un cromo, y los anda siempre buscando en sus amigas. Ojos fascinadores, ojos duros, insolentes, de huraña malaquita.

Arturo acaricia las manzanas; resbalan sus dedos por la fría superficie, rechinando un poco, como en las bolas de bronce de la escalera. Al contacto se apaga toda gula, porque ya el helado roce es el máximo deleite que pudiese provocar la posesión. En la curva piel metálica parece terminar la irradiación de su belleza.

Se siente que aquellas lindas esferas, tan cercanas a la pura geometría, no tienen corazón, como otras frutas; sino una línea de cruce de infinitos planos. Lo mismo ocurre en muchos cuerpos de mujer, donde el espíritu fue desalojado p. 147por una estación telefónica de innumerables, de opuestas intenciones.

Pero Arturo está cansado de esas otras frutas vivas y sigue contemplando estas tres, tan hurañas, que arrojan fuera de sí la imagen del mundo en torno.

Y hay otras dos manzanas: lindos orbes azucarados que tienen dibujado un mapa con sus diminutos continentes rojos sobre amarillo claro, con sus islotes rosas, carmesíes.

Hay tres melocotones aterciopelados, de línea perfecta, cerrada, aristocrática, de un dulce amarillo surcado por una faja granate. Ofrece el mayor la graciosa hendidura de una lozana grupa de adolescente. Arturo la toca, siente resbalar sus yemas por el fino terciopelo, que, a contraluz, se tiñe suavemente de plata, de un rocío blanquecino, como si la luz que retrocedía en las tersas manzanas quisiera ahora sumirse por cada poro, levantando al borde de los microscópicos abismos una leve espuma.

La luz se reparte amorosamente por toda la superficie del melocotón, se prende a cada brizna p. 148de pelusilla, muere allí, en un dulce ahogo, risueñamente.

Arturo prefiere las frutas donde el misterio de la miel traspasa la epidermis; no corre al encuentro del sol, jugando con él como un balón de fuego, pero lo atrapa y lo derrota en la misma superficie, chupándole los colores más lindos. La manzana es una vanidosa que solo persigue el infantil devaneo, y hace de su piel un curvo espejo deformador.

Y hay una pera rechoncha, verdusca, elaborada a martillazos, deforme aún y sin pulir, con su faja terrosa ceñida al vientre, apelotonada, ridícula. Aunque Arturo sabe que bajo aquella piel monótona, agreste, hay una mansa dulcedumbre, blanda, jugosa, sin vanidad alguna.

—Coma. ¿Le gustan?

Arturo esboza un gesto dudoso; desconoce el arte de las comedias de enredo y no sabe qué banales palabras serían ahora oportunas.

Ve a mano un cuchillo. Podría ir arrancando tiras de piel de esta grupa encantadora de chiquilla, hasta dejar los músculos palpitantes, con todos sus zumos destilando en plena desnudez.

p. 149

«El melocotón —piensa— es como una pella de tierna carne virginal donde la gula pierde sus brutales acometidas y se convierte en tierna voluptuosidad».

Arturo prefiere hincar los dientes, súbitos, sañudos, en la piel insolente de una manzana. Y, al escoger una en el frutero, se queda con la mano en alto, en la actitud de un ladrón sorprendido.

Juan Sánchez entra en el comedor, saludando torpemente. No se oyó timbre alguno; no se produjo en la casa ese pequeño rebullicio que acompaña a la entrada o salida de alguien. Juan Sánchez estaría acechando...

—Les dejo. Tengo que salir —dice Matilde.

Cuando se quedan solos se oye la voz trémula de Juan Sánchez, que confiesa:

—Perdóneme. Iba a matarle a usted.

—¿A mí?

—Le había preparado esta encerrona. Tuve desde hace tiempo la esperanza de que entre usted y Matilde... No ha sido así. No es culpa mía. Reto a la tragedia, pero la tragedia no acude. Tampoco logré nada con Alfredo.

p. 150

Un gesto de asombro. Arturo permanece mudo.

—Pasaré por el mundo entre bastidores, como un pobre comparsa. Mi vida es de oscuro pasillo de un teatro... «¡Acción, acción!», me dicen todos. «Así un día logrará encontrarse a sí mismo». Ya ve, intento obrar, y los resortes no responden. Nada estalla. Nada se rompe. Todo es fiel. Todo es dócil. Mi vida tiene excesivamente engrasadas sus ruedas. Creo que cuando muera será durmiendo. Y me despertaré entre millones de comparsas, de coristas. ¡Una eternidad cantando salmos, donde ya ni el suicidio puede remediar nada! No creo que mi vida merezca otro premio que el de perpetuo corista, ¿comprende? No ser nunca nada, ni antes ni después de existir.

Arturo no contesta. Mira lleno de estupor a Juan Sánchez, el infortunado tramoyista de su propia tragedia. No consigue ni aun el derecho a ser actor en el drama de su misma vida conyugal tan compartida.

p. 151

Quizá la verdadera interpretación de la tragedia de Juan Sánchez sea esta: tropezar siempre con la cuarta dimensión, ser víctima de las bromas inflexibles de la cuarta dimensión.

Juan Sánchez llega demasiado tarde a los hombres y las cosas. Nunca puede verlos en su minuto de máxima tensión, en la usual temperatura en que los héroes respiran. Le sucede como al que llega a una pirámide cuando ya el vértice es un redondo muñón y las vertientes son de tronco de cono, todo gastado, arañado por los días, sin hoscas aristas, sin hirsutos filos.

Juan Sánchez presintió su drama conyugal; pero al llegar a rozarlo con los dedos, el drama había perdido su temperatura hostil. Si Sánchez irrumpiese en un bosque salvaje, las fieras le verían llegar indiferentes, porque en aquel momento estarían en plena digestión de alguna caravana acabada de engullir.

Cuando Juan Sánchez se acerca a las cosas, todas se le acercan, lamiéndole irónicamente la mano, fatigadas, rendidas. El mundo está nutrido de arcos tensos, pero Juan Sánchez los encuentra siempre relajados.

p. 152

La verdadera tragedia de Juan Sánchez es, quizá, su excesiva realidad. En la realidad, los espíritus extremos, las sumas tensiones del espíritu mediocre, pocas veces aciertan a encontrarse para producir esa chispa fascinadora que marca niveles ilusorios de humanidad heroica.

En la realidad, pasan, se cruzan, se rozan apenas los espíritus. Son casi siempre tangenciales al aro de luz que traza en torno suyo cada ente original; sin que, unas veces por su silencio, y otras por su excesiva charla, logren juntarse para encender temperaturas cumbres.

Tal pasión —la de Arturo— entra aquí en juego cuando apenas es ya una sombra. Tal vanidad —la de Alfredo— viene a escena cuando ya logró plenamente saciarse. Todas las pasiones han perdido sus filos, su pólvora, cuando Juan Sánchez quiere jugar con ellas, utilizarlas como armas arrojadizas.

Solo un astuto novelador consigue armonizar en el tiempo este gran sistema de fuerzas que constituye el tejido dramático: el punto de sazón del deseo femenino, del ímpetu viril de los p. 153amantes, la extrema temperatura de una cólera, el período de celo de toda bestia humana.

Solo un falso novelador puede recortar de aquí y allí trozos singulares de vida y acoplarlos —como los líquidos en un matraz— para hacerlos hervir ruidosamente, en un momento prefijado. En este breve relato, en este fragmento de la vida de Juan Sánchez, no se tuvo la fortuna de hallar a los personajes en su punto de más alta tensión.

Para alguno se adelantó, para otro se retrasó la novela. Aquí aparecen según vivían al ser llamados a figurar en este sencillo relato.


p. 155

8
Las dos muchedumbres

p. 157Arturo sigue escribiendo su informe: «...un ingenuo amanecer, limpio y desnudo. Sin auras ni alondras, sin murmullos en el campo ni nubes teñidas de rosa. Una de estas mañanas en que el sol sale de incógnito, ya cansado de escoltas de nubes amarillas y de orquestas de gorriones. Una mañana color ceniza, todo ceniza muda, neutral, como a quien le da lo mismo el sol que las estrellas, y elige un tono indefinido que borra los confines del día y de la noche. Solo mi reloj es capaz de asegurarme la verdadera fecha».

—Mi informe va a ser interminable. Además, esta indecisión de los tonos ceniza no va a interesarle al jefe. Ceniza... Ceniza... ¡Siempre la obsesión del siniestro!

Arturo destruye la hoja de papel, y, en otra, escribe :

«Son las seis treinta de la mañana. El tren me vuelca en la estación de Los Olmos, con tres fardos de Blas Pérez y Sobrino y una jaula. Es un tren mixto. Un jefe huraño desdeña mi billete p. 158y un mozuelo soñoliento arrastra mi maleta. El pueblo dista dos kilómetros, y no hay coche. El ferrocarril dejó en un total abandono al pueblo, o viceversa; solo hay entre ellos un leve contacto: un rapaz que lleva y trae la correspondencia...».

—Esto se prolonga mucho. Creo que la psicología de una estación de tercera clase no va a interesar al jefe.

Arturo destruye la hoja de papel, y, en otra, escribe:

«Son las seis treinta de la mañana. Desembarco en Los Olmos. Un mozo recoge mi maleta y me propongo comenzar por él mi indagación. Le pregunto, distraídamente, si conoce a la actual propietaria de El Canastillo, y me contesta adormilado que sí. A los tres minutos pretendo arrancarle la confesión del verdadero estado civil de la que yo llamo siniestrada en mi lamentable argot, y él balbucea unas palabras en cierto idioma impreciso, solo utilizable por sonámbulos. Insisto. Averiguo que esta imprecisión no nace del estado de semivigilia del mozo, sino del dudoso estado civil de...».

p. 159

—Parecen unas memorias íntimas. El jefe debe ignorar mi desprecio por el argot de la casa.

Destruye la hoja de papel; en otra escribe:

«Son las seis treinta de la mañana. Desembarco en Los Olmos. Comienzo mis gestiones preguntando al mozo que me lleva la maleta acerca del estado civil de la siniestrada. Parece que esta en su conducta privada deja mucho que desear. Su estado civil es poco claro. Avanzo por un caminito empapado de jugos matinales. Los Olmos me sirve un amanecer en su propia salsa. El rocío me empapa las rodillas. De vez en cuando, una zarza me hace cariñosamente guiños, me sujeta por la americana, me hace entablar una escaramuza infantil con ella. El paisaje me ofrece su sentido hostil, aunque de una suave hostilidad. Las zarzas son jóvenes, son blandos sus dedos, apenas sus uñas han comenzado a afilarse. Es un sendero verde, amarillo y violeta, todo embozado en tules ceniza. La ceniza lo traspasa todo...».

—Ceniza... ¡Siempre la obsesión del siniestro! p. 160Además, el jefe va a reírse de mi sentido de hostilidad del paisaje.

Otra hoja de papel hecha pedazos. Cuando comienza la quinta, un disparo, otro, otro. Toda la fonda se estremece. Arturo corre al balcón.

Abajo, comienzan a correr las gentes. Primero, su actitud es de huida. Poco después, de pesquisa. Por fin, de curiosidad. Los que huían, vuelven; los que giraban en derredor la vista, la fijan en un punto; todos se van apiñando. Fluyen de todas las calles, salen de todas las puertas, asoman por todas las ventanas, gritan en todos los tonos, protestan, alzan los brazos...

—¡Señorito, señorito!

—¿Qué ocurre?

—¡Dos hombres muertos!

—¿Dónde?

—Ahí, abajo. En esa esquina. Eran dos de la luz... ¡Ay, Dios mío!

En seguida circula la noticia. Son dos empleados del municipio, que acaban de ser asesinados. Arturo presencia, desde el balcón, la conducción de los cadáveres a una farmacia; la muchedumbre se agolpa, irrumpe en nuevas p. 161oleadas. Pronto se llenan todos los claros; la plaza está cuajada de cabezas vibrantes, de ojos que chispean, de puños que se levantan pidiendo justicia. Se inician al punto en ella los vaivenes de un mar. Embestidas, corrientes bruscas, contracorrientes. Una espuma de sombreros, de cráneos mondos, de pañuelos. Asoman las menudas tragedias que siempre corean a la grande: violentos pisotones, llantos de niño perdido, codazos impertinentes. Una joven se siente foco de un remolino de presiones táctiles; un grupo de mozuelos ruge en torno de ella, a un tiempo azorada y envanecida. Guardias a caballo recorren penosamente el recinto; desembocan en la plaza los entes representativos, sin gran lujo de atuendo, porque la noticia les alcanzó en pleno traje y espíritu de diario. Precipitadamente se han vestido un traje de luto, y se han compuesto una faz de circunstancias. Cruzan la muchedumbre con un aire dolorido, con un gesto dramático provisional. Las gentes les abren paso, repiten sus nombres —el presidente González, el teniente alcalde Pérez...—. En cada calle, una fila de tranvías detenidos contempla el oleaje. p. 162La multitud crece, no cabe ya en la plaza y comienza a enroscarse a los postes, a rebasar por las terrazas, a invadir los tranvías. La multitud convierte la plaza en un circo máximo, cuyas localidades improvisa, como los asesinos han improvisado el espectáculo.

De pronto, unos hombres audaces surcan las olas con un frágil esquife cargado de imágenes. Son operadores. Van a recoger, a prender en sus cintas aquella espléndida fiebre humana. Se instalan en un ángulo de la plaza, luego en otro. Aquella multitud no perecerá, no se destruirá al disgregarse. Giran los manubrios. Las gentes se dan cuenta. Se rehacen. Comienza en ellas a perderse la espontaneidad. Se preparan a cruzar por la pantalla. Una muchacha se adereza el pelo, otra se fija escrupulosamente un clavel, aquella se abre algo más el escote. Algún mozuelo se engalla, enciende un puro, se ladea el sombrero. La muchedumbre recibe de golpe esta profunda impresión: ¡También ella es espectáculo! Y se dispone a serlo. Se inventan sonrisas, se avivan miradas, se atusan rizos, se ensayan posturas. Se olvida de que se prepara p. 163un espectáculo donde cada espectador puede ser un personaje.

Arturo mira con los gemelos. Recorre los racimos de cabezas que irrumpen en el terreno batido por la máquina. De pronto, en medio de un grupo, ve surgir la cabeza de Juan Sánchez. Juan Sánchez que se adelanta hacia el aparato, que lo mira gravemente, que vuelve a pasar y a mirar. Siempre al frente del grupo, como su quintaesencia; fiel extracto de multitud, ente representativo, delegado insigne de la masa.

Arturo se aparta del balcón. Vuelve a su informe. Los periódicos le enterarán del resto del suceso. El Cisne aguarda el resultado de una investigación. Arturo comienza otra vez sus notas:

«Las seis treinta de la mañana. Me apeo en Los Olmos. Comienzo mi investigación interrogando al mozo que conduce mi equipaje. Dista el pueblo unos dos kilómetros. Al llegar al pueblo, comienzan a parpadear las ventanas, a gemir los goznes, a sonar las campanas, a asomar caras frescas de muchachas...».

Arturo rompe esta hoja. Y la siguiente. Aburrido p. 164de no poder llegar nunca al lugar del siniestro, detenido por todas las mujeres, por todas las ventanas, por todos los latidos, abandona el informe y baja a encontrar a Juan Sánchez.

***

Pasean por la ciudad salpicada de héroes de piedra. Frente a uno de ellos, Juan Sánchez oprime fuertemente el brazo a Arturo.

—Aquí tiene usted un hombre que apenas existió y sigue siendo eternamente. No era nada, como yo; pero un día soltó cuatro trabucazos a tiempo, le contestaron con otros, le abrieron el pecho, como a esos dos empleados, y dentro del corazón le grabaron la firma. Por el agujero de una sien se le huyó el anonimato. Ahí le tiene.

—En cambio —piensa Arturo—, el escultor no existe. Es preciso acercarse a ver la firma, como en el cuadro de Matilde.

—Ahí le tiene —recalca Juan Sánchez—. Inmortal. Tan inmortal como Augusta.

—Busque usted una causa cualquiera, justa o p. 165injusta, y mátese por ella. Le erigirán una estatua.

—La mía solo podría ser la estatua del soldado desconocido.

—La inmortalidad por estos rápidos caminos, va siendo ya muy difícil. Podrá seguir habiendo guerras, también guerras sociales; pero ya apenas hay «hondas convicciones», y, al extinguirse estas, quedan suprimidos considerablemente los «trances heroicos». La vida moderna va eliminando del mapa dramático, situación tras situación, conflicto tras conflicto. Pronto, borradas las cordilleras, cegados los grandes ríos, el ambiente de emociones pasará por el mundo como sobre una equilibrada estepa. Porque los problemas de la inteligencia no levantan más que espuma, ráfagas de aire. Dejará de producirse el héroe. Pero aún es tiempo. Aprovéchelo.

—Se burla usted de mí.

—Le invito a aprovechar los últimos instantes de una vida heroica que se extingue. Pronto, si algún héroe surge, se sonreirá aburridamente de su propio heroísmo. El mundo va adoptando posturas inteligentes; es decir, va suprimiendo p. 166las posturas. Pronto no quedarán héroes «monumentalizables». La vida moderna está reduciendo el rostro del mundo a esquemas simplicísimos, a geometrías colectivas, donde no caben profundas contracciones individuales.

—¿Va a extinguirse la personalidad?

—Van a reducirse los tipos originales. Se llegará quizá a una estandarización del hombre.

—Quedan las grandes hazañas del aire, del mar...

—Queda el éxito, que suele no tener nada que ver con la personalidad. Como el cartel que nada tiene que ver con el muro que, por azar, lo ostenta o lo soporta. Detrás del éxito puede haber un hombre cualquiera, en quien las gracias se han complacido en acumular coyunturas favorables. Un mismo aviador llega o puede no llegar. El que no llega, se borra. Y acaso lo borró una brizna de aire.

—Quedan los grandes negocios...

—Sí, tal vez el héroe moderno está llamado a ser el gran jugador de Bolsa. Pero un jugador de Bolsa no suele soñar con estatuas, sino con millones.

p. 167

—Quedan los grandes amores, las grandes tragedias del amor.

—Si no van acompañadas del asesinato, no creo que destaquen mucho a nadie... De todos modos, el drama pasional arguye en los actores una gran pobreza imaginativa. Los inteligentes suelen desviarlo hacia terrenos más fáciles en sorpresas. El ruidoso drama pasional es ya solo patrimonio de la plebe. De una u otra plebe.

—Quedan los escándalos.

—¿Cuáles?

—El gran robo, la gran estafa.

—Es posible que aún quede algún espléndido collar de reina que robar. Alguna caja de caudales que violar. Pero esto ya va pasando al terreno de la fábula. Las perlas suelen ser ya falsas y los valores de complicada realización. Las cajas de caudales cada día se ciñen más cinturones de castidad. Además, el gran estafador desaparece en seguida de la celebridad. En cuanto lo encierran en un presidio, a menos que se escape. El mundo va intensificando cada día más su capacidad de olvido. El héroe antiguo persistía en la memoria y en la piedra; el héroe p. 168actual —el campeón de boxeo o el bolsista— durará lo que dure la operación de bolsa o el match. Se desvanecen después de una rápida fulguración. Como los grandes criminales, su persistencia en el mundo durará lo que dure su proceso.

—No comprendo bien.

—La razón es porque el mundo, nuestro mundo, comienza a ser toda la tierra. Un grupo de soldados griegos, en una diminuta parcela del orbe, pudo atender recíprocamente a sus idas y venidas, a sus menudos lances de amor. El mundo estaba muy reducido de tamaño, y podía seguirse, grado por grado, segundo a segundo, el gráfico de la cólera de Aquiles o la historia patológica del erotismo de Elena. Hoy estas menudencias no serían ya capaces de atraer las miradas del mundo ni de inaugurar una espléndida literatura de viajes. (Porque, penoso es decirlo, pero toda la literatura occidental tiene por base unos menudos trapicheos de coqueta, una deliciosa comadrería de campamento). El mundo va borrando de su tablero de ajedrez las grandes piezas, y p. 169prefiere seguir la partida con los peones solos, a quienes, de vez en cuando, les endosa una caperuza de caudillo. El novelista nuevo rebana el cuello a los altos fantasmones y prefiere manipular con las masas. Ya los principales personajes de la novela actual tienen cien mil cabezas. A casi nadie le interesa un problema individual. El mundo entero está cansado de monólogos.

—Queda el arte, ¡el gran arte!

—Es posible. Quedará siempre el animador, en el papel, de esas multitudes. El que expresa la gran inquietud de esas cien mil cabezas... En un foso de la gran guerra se desplegó más heroísmo que en toda la guerra de Troya junta. Un sencillo «peludo» ha podido rivalizar con Héctor; y un espía cualquiera, con el sagaz Ulises. No existen, quizá, los héroes; pero sí existen los poetas.

—Yo intenté...

—No importa. El poeta y su tema viven siempre juntos. Busque, Juan Sánchez, una anécdota cualquiera de usted; haga que la cante un poeta, y ambos pasarán a la posteridad. Aún queda un p. 170margen para el individuo... Pero no se retrase mucho, porque todo va a sufrir una profunda mutación. Vea, amigo mío, algunos de los títulos que llenan nuestros escaparates de libros: «Cemento», «Chocolate», «Petróleo», «Gas»...

—-¡Es verdad!

—Se trata, óigalo bien, de libros, aunque parece tratarse de artículos de primera o segunda necesidad. Ya van desapareciendo los «Adolfos» y los «Pedros Infinitos». En cada uno de esos «Cementos» o «Chocolates» hay una muchedumbre que ama y odia, trabaja, goza y sufre. Como en las óperas de Wagner, los tenores deben sujetarse estrictamente a la tiranía de la partitura. Son novelas o poemas sin fermatas, en que el divo no tiene por qué adelantarse a la batería. Son novelas sin enfoques unipersonales. Su personaje central es el coro. Es una masa.

—La masa es siempre algo borroso, sin perfil.

—Eso depende del operador que se instale ante ella. De la avidez y potencia de su máquina. La masa tiene también sus perfiles, aunque innumerables. Exige un poder más robusto de selección y arquitectura. Quien posea esta virtud p. 171creará el nuevo personaje. Creará la novela red.

—¿Cómo?

—La novela poligráfica, en lugar de la ya aburrida monografía.

—Aún no comprendo.

—El hombre no es un pino o una palmera que crecen sueltos, en el norte o en el sur; es un peón de ajedrez que tiene un claro —o misterioso— enlace con gran número de otros peones o piezas mayores. El novelista, el poeta épico actual debe saber jugar muy bien a ese ajedrez.

—¿Y el lírico?

—Demos su parte a Narciso. Que siga cantando a la luna o a su propia zampoña. Al poeta puede eximírsele de conocer el perfil de los hombres si conoce maravillosamente el perfil de una ola. O el del aire. Aunque yo les aconsejaría a todos que aprendiesen a jugar al ajedrez. Narciso va siendo insoportable. Y monótono. Todos acaban por mirarse en la misma fuente... Y con la misma cara.

—¡El verso! ¡Las maravillas del verso!

—Óigalo bien, Juan Sánchez... El verso comienza p. 172ya a no tener sentido entre nosotros. Pronto solo escribirán en verso quienes no sientan la gran poesía de los hombres: los artífices cartujos, cuya sola poesía está en el aparato.

***

En la puerta del palco, el acomodador sonríe levemente a Arturo. Un bosquejo de alusión que para Arturo es más doloroso que una bofetada. Porque el acomodador es el único testigo del amor subterráneo de Matilde y Arturo, en sus dos primeras etapas. El acomodador no ha asistido a la tercera y siguientes, pero su ladina percepción de las curvas inexorables que describe el deseo amoroso le ha llevado a conocer que los amantes, transcurrido el primer ciclo frenético de su pasión, pretenden reanudar la feliz trayectoria, buscando en el recuerdo fruiciones que ya no pueden hallar en la misma voluptuosidad presente. Aquel hombre de faz dúctil, según índices de generosidad en los amantes, ha asistido desde la sombra a la explosión de p. 173un deseo cuyos gérmenes juntó el azar en un puesto de libros. La primera etapa —el orden es inmutable en cada caso— transcurre en el antepalco, corridas las cortinas; la segunda también, pero ya en pleno hermetismo, redoblado el sigilo y la propina. El acomodador sabe que se suceden luego otras etapas en las que él no actúa. El amor en creciente busca otros más amplios escenarios, un hermetismo en nada sujeto a las bruscas alternativas de la luz, a las peripecias de una máquina, a los descuidos de un operador. Solo cuando la curva completa ha sido descrita, los amantes regresan al punto de partida y, durante un buen espacio de tiempo, se nutre de sus propias imágenes.

El acomodador sabe que, poco después de Arturo, se deslizará por el pasillo Matilde, como una consonante forzosa en esta trivial rima de amor. Y así es, en efecto: Matilde se adelanta y recibe en pleno rostro la sonrisa de bienvenida, que ella hace fracasar con un guiño angustioso. Porque, tres pasos más atrás, viene Juan Sánchez. Y el acomodador conoce, en la propina, los grados de normalidad de aquel fenómeno. Lo p. 174anormal ha sido hoy eliminado de aquella pasión tan generosa un tiempo. Y el acomodador, cuya vida económica sería lamentable entre amores legítimos, cierra la puerta y se retira malhumorado.

—Quizá venga después un caballero —le ha dicho, al entrar, Matilde. Pero el acomodador, que hubiese recuperado su alegría si Matilde le hubiese anunciado a una señora, rezonga displicente :

—Está bien.

La sala está completamente a oscuras, salvo esos residuos mortecinos que se van refugiando en el foso donde rebulle la fauna rubia y negra de músicos e instrumentos. La ondulación de las butacas, que avanza en filas simétricas hacia la ribera clara, es apenas perceptible gracias a esas diminutas linternas que andan buscando entre las ondas negras algún espacio náufrago. Pronto, aguzadas las pupilas, se va viendo en lo sumo de cada onda la pálida espuma de los rostros.

Arturo va repartiendo sus miradas entre ambos espectáculos, entre ambas muchedumbres. En p. 175la pantalla, la muchedumbre elaborada; frente a ella, la muchedumbre en estado nativo. En la pantalla, un film ruso, una multitud desorbitada que va empujando cruelmente a un gran duque hecho jirones.

Multitud expresiva y multitud en estado nativo. Multitud armónica y multitud simétrica, repartida en filas, diseminada en palcos, sin realidad apenas. La sala está llena de rostros agrupados al azar, por contagio, mediante la presentación en la puerta de unos papelitos rojos y azules. Un hilo de curiosidad los fue arrastrando hacia el film. No tienen representación alguna, cohesión alguna. En un momento de peligro se destrozarían unos a otros. Un momento de placer les hace sonreír a compás.

Un haz de fisonomías sin sentido colectivo, frente a una armonizada muchedumbre, a la que no comprenden. Solo les complace el divo. Reaccionan ante el que les fustiga, ante el que les tortura los nervios, ante cualquier ente —individual y voceado por los carteles—, no porque realice una labor personal artística, sino porque su nombre es el primero en el programa. En el cinema p. 176se busca la estrella —casi siempre específica, impersonal—, como en la ópera se busca al lindo barítono.

—De todos modos —rezonga Juan Sánchez—, ese hombre ya no ha pasado en vano por la tierra.

—Exacto. Ha pasado velozmente, pero algo queda de él en el mundo. Mañana sus trajes y sus gestos divertirán mucho a nuestros hijos, como a nosotros nos divierten las perillas y las moscas de nuestros abuelos.

—¿Y su gesto? Es algo más que un maniquí.

—Su gesto perdurará mucho tiempo, si ha sabido ser original. Pero dudo que, aparte una docena de rostros, encontremos en el cinema individuos originales.

—Que además sean fotogénicos —añade burlonamente Matilde; mientras, apoya su pie en el de Arturo, continuando una cadena de mudas insinuaciones sin ningún éxito.

—Lo será siempre, si es original. Por eso los hombres, donde se da con alguna mayor frecuencia el gesto personal, son más fotogénicos. La mujer soporta menos la pantalla. Se le tolera casi p. 177siempre por su seducción epidérmica... Pero hay otras bellezas más firmes, poco menos que inencontrables en la mujer.

Entonces el pie no insinúa, tortura.

—Me abruma su delicadeza, Arturo —dice Matilde, mientras le dice al oído—: ¡Pedante!

—La pantalla prefiere, a la desnudez de la carne, la desnudez de un espíritu, que solo fueron capaces de fijar algunos pintores geniales. La de la carne puede ser puesta en conserva por cualquier pintorcillo, para estimulante de las muchedumbres. La piel se pinta fácilmente. El espíritu necesita de otro. Esta prueba de la pantalla solo yendo del brazo con otro podría resistirla.

Arturo sigue divagando entre la indiferencia de sus dos oyentes y los insistentes pisotones de Matilde. Uno de ellos es tan doloroso que la cara de Arturo se contrae en una mueca. Al mismo tiempo dan luz a la sala, y la mueca, precipitadamente, se convierte en sonrisa.

—Me esperan ahí fuera —dice, levantándose, Juan Sánchez—. Vuelvo en seguida.

—Eres insoportable, Arturo, con esa manía de especializarte en multitudes.

p. 178

—Es mi profesión. Avanzo en mi carrera, según mi habilidad en distinguir en un rostro la lealtad o la farsa. Y en un siniestro, lo casual o lo previsto. No atentes contra mis intereses. ¡Quieta! Están mirando.

De pronto, la sala va enfocando sus miles de pupilas hacia el palco. Alguien ha sorprendido la ausencia de Juan Sánchez y un ademán dudoso de Matilde, y el resto, dócilmente, va siguiendo el cauce abierto por los ojos del primero. Cuando todos están ya fijos en el grupo, dice Arturo:

—Ahí tienes ya tu público. Has conseguido convertirte en espectáculo. Regocíjate.

—Son necios.

—Son la masa. Tú has conseguido cosquillearle un poco la médula, y como un monstruo de mil cabezas, se vuelve a mirarte, sin saber por qué.

—¡Qué pena! Están destruyendo nuestra intimidad. Tendremos que recomponerla esta tarde, ¿quieres?

—Tengo un incendio difícil.

—El inevitable incendio.

p. 179

—Además, ¿ya estás segura de que podremos recomponerla?

—Lo estoy.

—Está muy averiada.

Matilde se transfigura.

—¡Que lo esté!

Como en ella han confluido tantas luces —verdes, azules, negras, doradas— de pupilas, las suyas, ahora más ricas, más confiadas que nunca en su poder de seducción, se clavan insolentes en Arturo. Una voluptuosidad nueva enlaza las dos miradas. La de Matilde desafía; la de Arturo se somete.

—Nos miran.

—¿Quién? Dos o tres amigos que nos conocen. El resto no ve nada: a lo más, una pareja anónima. Tienes la manía de las masas. Las masas no existen aquí. Existen algunos espíritus suspicaces. Yo los veo, porque suelo ver la gente al detalle, no como tú, en globo. Harías mal novelista. Yo veo el matiz. Tú solo ves la mancha descomunal. Ahora estás viendo la de aceite, la de la calumnia, que se extiende por el teatro... ¡Qué divertido eres!

p. 180

—Tú solo ves algún hecho menudo. Yo veo conjuntos. Tú solo comprendes un ademán; yo, una corriente de opinión... que ahora nos favorece muy poco.

—Tú no ves nada. El mundo hay que verlo pieza a pieza.

—Y la mujer, palmo a palmo, ¿no es eso?

—Quizá. Ir de la epidermis hacia adentro, no al revés. Porque... Ahí viene Juan.

—Ahora proyectan el crimen de anteayer —entra diciendo Juan Sánchez—. Por poco no lo presencian los operadores. Acudieron inmediatamente.

—En obsequio al público, los asesinos debían avisar a las casas productoras de films la fecha y hora de los atentados —dice Arturo.

—Algunos conspiradores lo han hecho. Claro es que por cobrar la comisión.

—¡Cállense ya! —replica Matilde—. Están llamando la atención.

La orquesta inicia una piadosa obertura y los espectadores se disponen a una discreta compunción. Aparece en la pantalla el «lugar del suceso», la misma plaza hirviente y dolorida que vio p. 181Arturo desde el balcón. Vuelve a aparecer el teniente alcalde y el gobernador, el hombre morado y el hombre caqui. Severos, torturados, llenos de toda la pesadumbre de la ciudad —de la ciudad religiosa, de la ciudad municipal, de la ciudad marciana, que cada uno representa—. Cruzan por la pantalla todas las instituciones, befadas, agredidas hoy por una mano insensata. Y, tras ellos, otra vez, y siempre, la multitud. Ahora se advierte bien en ella cómo ha respondido a la agresión. Unas caras están contraídas por la cólera; otras, sencillamente alteradas; algunas, indiferentes; no falta rostro donde se delate cierto placer. Allí pueden irse anotando grados muy diversos de ciudadanía, grados muy diferentes de sentido ético. No toda la muchedumbre vibra con la misma intensidad. Un pentagrama se extiende a lo largo de la avenida, donde se hacen visibles las notas agudas del terror, las profundas de la tragedia, las notas medias de la serenidad, que aquí es indiferencia.

La muchedumbre sigue con avidez contemplándose a sí misma. Todos los espectadores son ahora un solo Narciso, un Narciso descomunal que p. 182se mira estremecer en el agua neutral de la pantalla. A unos ojos desorbitados de allá, corresponden otros ojos desorbitados de acá. Suenan exclamaciones:

—¡Ese, ese eres tú!

—¡Ahora vengo yo!

—¡Aquella es Paulita!

—¡El general!

—¡El guardia 47, mi portero!

—¡Ella!

—¡Él!

Por fin, zarandeado por un grupo de mozalbetes, aparece Juan Sánchez. Matilde da con el codo a Arturo. Juan Sánchez, apresurado, impaciente por sumergirse en la zona milagrosa que abarca el ojo del aparato, en esa zona donde se consigue la inmortalidad, una plástica inmortalidad.

Callan los tres. El Juan Sánchez de la pantalla se va acercando. El Juan Sánchez del palco, recoge con avidez cada frunce de las cejas de sí mismo, cada gesto de las manos que pugnan por lograr el primer puesto en la masa anónima. Que llega a lograrlo. De pronto, Juan Sánchez, un p. 183lamentable Juan Sánchez se instala al mismo borde del marco de sombras, conquista todo el rectángulo, crece prodigiosamente, la masa desaparece detrás de unas mejillas, detrás de una boca, detrás de unos ojos sin brillo —impersonales, comunes, ventanas a la nada, troneras hacia un paisaje ceniza.

Dura la visión unos momentos. Los ojos lamentables, los obstinados ojos, contemplan a la muchedumbre, se contemplan a sí mismos, se asoman, siguen asomándose al implacable espejo.

Solo unos momentos. El frenético oleaje le arranca de los bordes, le empuja hacia el abismo.

Él forcejea, se defiende inútilmente.

De las dos muchedumbres brotan gestos de impaciencia.

Pasan por encima, lo sumen, lo funden en la turbia corriente.

Desaparece, entre unas risas burlonas.

En el palco, los tres siguen —conmovidos— en silencio.


p. 185

9
Anécdota

p. 187—Vea usted este devocionario —dice a Arturo el librero de lance—. Tafilete, broche de oro.

El librito, juguete voluptuoso para la inquietud de unas manos, resbala por los dedos, se acurruca entre ellos, como un mimoso gatito. Es un suave cojín para los dedos fatigados, un pretexto para agruparse en torno.

—Muy lindo. ¿Cómo ha llegado aquí?

El librero le dice al oído, socarronamente:

—Es una pieza de convicción. ¿Quiere reconstruir el crimen? Llévelo.

—Es el Áncora de Salvación ¿Algún naufragio?

El librero cuenta la historia del naufragio. Apareció una mañana, junto a una botella, en uno de los reservados de Villa Juanita, restorán abierto a unos kilómetros de Augusta, lugar de esparcimiento para las gentes que no ven entre cada día un muro de sombras, sino un amplio casillero donde ir alojando sus caprichos menos confesables. Es el restorán donde el adulterio, el estupro, la estafa y otros fenómenos, al parecer p. 188repudiables, van perdiendo su empaque jurídico, convirtiéndose en algo amorfo, apenas definible, silenciado siempre; en algo tan familiar como secreto.

El camarero halló el Áncora sobre un diván. Acaso el librito fue el indiferente espectador de un naufragio. El camarero, consciente de su deber, lo guardó en rehenes algunas semanas, esperando el precio del rescate, y al fin se decidió a hundirlo en el mar insondable de un puesto de libros también náufragos. También el librero espera obtener de él una ganancia fabulosa, si surge el comprador interesado; discreta, si el desinteresado.

Arturo hojea, indaga, husmea, sin poder hallar rastro de la aturdida enamorada que, de algún templo, tan frío como recatado, salió un amanecer huyendo hacia Villa Juanita buscando algún amor más cálido, pero también más turbio.

—Se lo doy barato, por ser usted.

En las tiendas, cada cliente se ve investido plenamente de toda su personalidad, como ante el comisario del distrito que examina las huellas dactilográficas. Las ventas se realizan mejor así, p. 189entre un buen tasador y un individuo que lo sea plenamente.

—No lo necesito.

—Para un regalo.

Arturo no se desprenderá ya de aquel librito. Se le va durmiendo entre los dedos, caliente ya bajo las reiteradas caricias. Es la pieza de un sumario en que el delito es el amor.

Arturo repasa las hojas, curiosea unas estampitas candorosas intercaladas en el texto, un recordatorio de defunción. Aspira el perfume. Muy fino, tenue, voluptuoso.

—Es acacia.

—Sí, huele muy bien. Se ve que ella...

El librero se detiene en aquel punto sin saber a punto fijo lo que se ve. Arturo lee despacio los nombres de dos adolescentes que acaban de recibir el Pan divino y aún conservan, en la estampita, su aire de serafín. Las dos muchachas y el difunto del recordatorio le ofrecen sus nombres y su edad, como esos tres puntos por donde podría trazarse una circunferencia cuyo centro es, sin duda, la mujer frágil, quizá la mujer adúltera.

p. 190

¿Cómo averiguar el nombre de esa hembra situada en el cruce de las líneas cordiales que parten de estas tres figuras acusadoras? Las niñas se llaman Estrella y Mónica. El difunto, Luis. Sus apellidos determinan, poco a poco, exactamente, el lugar que ocuparon u ocupan en el espacio...

Ya, ya es fácil hallar el centro. El centro es Matilde. Primero, lo supone; después, lo cree ciegamente. El perfume era ya un indicio.

Una mañana, Matilde, desde el templo al que suele concurrir casi a diario, se decidió a dar, cínicamente, el brinco preciso para saltarse toda una biblioteca de moral piadosa. Matilde ha visto amanecer en Villa Juanita, en esa región difusa donde el día y la noche se relevan sin límite exacto de presencia, donde muchos programas normales de vida se quebrantan con números de fuerza, con invasiones efímeras, pero intensas, de otras vidas.

Matilde ha visto amanecer, en brazos de otro hombre, seguramente Alfredo. No perdona al día ningún crepúsculo, y utiliza indistintamente el p. 191matutino o vespertino, para así disfrutar de toda la jornada.

—Bien. Me lo llevo.

Esto es más que un libro. Es cierto punto de partida para realizar una investigación.

—Dice usted que un camarero...

—Sí, sí. En Villa Juanita.

—Es curioso.

—Suelen ir allí señoras..., a oír misa de alba.

—Ya.

Arturo guarda el librito, con el propósito de devolverlo a su dueña en la primera coyuntura. Una tarde cualquiera, en que el amor hecho costumbre se haya extinguido totalmente, Arturo extraerá aquel Áncora del bolsillo y la ofrecerá a Matilde con estas palabras:

—Amiga mía: Aquí tienes la prueba de una doble infidelidad. No quiero utilizarla contra nadie, porque se convertiría para mí en un arma de dos filos. Probablemente, yo no soy en este caso más que la mitad de un amigo, la mitad más débil, y es necio revolverse contra la otra mitad. No puedo yo mismo darme un pisotón sin pecar de estupidez. Triste es confesarlo, pero p. 192así es: para ti soy, amiga mía, la mitad superior de un hombre, del cual Alfredo es la inferior. Mis condiciones de superioridad sobre la segunda parcela solo pueden revelarse en este breve discurso. Al dar tu mano a Juan Sánchez, viste con sorpresa que te habías entregado a Nadie. Entonces quisiste desdoblar tu amor en dos, porque Alfredo es un robusto ejemplar de la raza y yo soy un frágil estuche de pensamientos que quieres tener siempre a mano como se tiene a mano un frasco de perfume. No sé si deplorarlo o felicitarte. Tampoco me decido a obrar: no suelo nunca decidirme. Podría, un amanecer cualquiera, espiar y seguir tus huellas hasta Villa Juanita, atisbar allí la llegada del jayán, sorprenderos... Pero esto a nada conduciría, si no es a intentar una lamentable fusión de dos hostiles mitades de hombre, incapaces de soldadura alguna. Bien es cierto que el hombre integral apenas existe, y, si queda algún ejemplar, tú no mereces poseerlo. Lo perderías en cualquier diván, como el devocionario.

p. 193

Aquella tarde, Matilde no acude a la cita de las siete. Arturo aguarda, en vano, dos horas, y sale de la casa decidido a perderse por cualquier encrucijada de Augusta. Tampoco acude al día siguiente, y ya entonces Arturo decide investigar la conducta matutina de la ausente. Admite el total desmoronamiento de aquella pasión iniciada ante un depósito literario de cadáveres, pero le complace averiguar todas sus vicisitudes. En él eso constituye un deber profesional. Es un detective de catástrofes improvisadas. De incendios apagados.

Recorre los alrededores de la ciudad y, maquinalmente, se encuentra sentado en la terraza de Villa Juanita ante un bien perfilado camarero y una barroca minuta.

Es media noche. Faltan cinco horas para el suceso. Las cinco horas menos propicias para mantener caliente un deseo. Es junio, y la estación aún guarda para el corazón de sus noches sus nostalgias del invierno. Pronto queda solo en la terraza. Los clientes se han repartido por las celdillas silenciosas donde se elabora el amor comercial. Hay trasiegos frecuentes. Los coches p. 194van y vienen conduciendo tedios y vehemencias. La ciudad envía a Villa Juanita remesas variables de locura, siempre de acuerdo con la temperatura de la noche.

Ha callado el jazz-band. Las caras van perfilando su gesto más turbio. Las líneas se relajan, los colores se empañan; algún ebrio deja caer la copa, que rueda a veces bajo la mesa, acabando con un estrépito el torpe y oscuro gesto de las manos. Hay un momento en que la noche solo se mueve con ademanes de cansancio. Esta prolongación del día, que con tal ímpetu ha irrumpido en el siguiente, va perdiendo vivacidad; las válvulas de sus gritos han perdido su tensión; a veces, quedan abiertas, dando paso a plebeyas caravanas de bostezos.

Arturo queda adormilado. Se abre dentro de él la puerta de comunicación entre el sótano de las imágenes olvidadas y su taller de reparación y reconstrucción. Los menudos obreros —siempre aturdidos— barajan las piezas a capricho, y el primer amor —¡tan púdico!— de Arturo asoma la cabeza guiñando los ojos como el último —¡tan cínico!—, como la última atracción del programa.

p. 195

Una pierna desnuda, primorosamente modelada, rematada por un zapatito de piel de serpiente, se alza en el aire, retando a Arturo, que desliza sus ojos por aquellas revoltosas curvas hasta acariciar el redondo arranque, el zócalo movedizo que se prolonga en otros volúmenes esféricos levemente enfundados en seda granate.

Una pierna desnuda que apunta infantilmente a las estrellas como si con ella quisiera soportar todo el peso de la noche. Como si quisiera ser el eje del orbe. Arturo le va buscando la cara que coquetonamente se le esconde entre los senos, a punto de brincar del sostén. Cuando logra verla, aparta los ojos horrorizado...

¡Es Matilde, Matilde, que rueda por la alfombra, ofreciendo sus piernas, alternativamente, a la contemplación de los ángeles! Sus piernas se elevan al cielo como impuras oraciones. Profanan la serenidad indiferente de la noche. Repiten las plegarias del librito, las lanzan con los pies hacia arriba, mientras el cuerpo se remueve voluptuoso bajo la seda color ámbar que apenas le cubre el regazo y los senos. Su ombligo palpita nerviosamente, queriendo emular a un sexo.

p. 196

Arturo se frota los ojos, queda unos momentos alerta, en plena vigilia. Una risa menuda le hace volver la cabeza.

Nadie. Un camarero, a lo lejos, le mira sorprendido. No suele ver consumidores puentes, noctámbulos que se decidan a unir dos días de crápula con tan soñolienta, con tan silenciosa pasarela.

Vuelve Arturo a dormitar. Su frente se apoya resueltamente en la mano. Ofrece el perfil de un buzo filosófico, hundido hasta la entraña de un problema. Pero en lo más hondo solo hay una pierna, el coral rosado de una pierna, que vuelve a removerse, a disparar sus jaculatorias al cielo. De pronto, surge también un brazo, un brazo redondo y desnudo terminando en un rubí, en otra rama de coral, que se posa en la cabeza de Arturo.

—Perdona, creí que eras Pepe.

—Puedo serlo, si quieres.

—Antes, acaba de despertarte.

En ese estado intermedio, Arturo puede asumir —ya lo hemos visto así en brazos de Rebeca— todas las personalidades. Hay un vestíbulo p. 197donde la especie puede adjudicarse el bastón y el sombrero —y la voz y el rostro— de todos los que circulan por la casa. Para salir a la intemperie, Arturo no vacila en tomar del perchero todo lo que allí ha dejado Pepe.

Irrumpe en la cruda realidad. La pierna. La pierna está allí con su zapatito de piel de serpiente.

—Tienes unas piernas deliciosas. ¿Muy caras?

—Han bailado mucho. Todo les será perdonado porque bailaron mucho.

Ríe como después de haber cometido una juguetona profanación.

—Hablas como el Áncora.

—¿Qué?

—No puedes comprenderme.

—¿Misterio?

—Quizá no pasa de tontería.

—¿Te gustan mis piernas? Me gusta invitar con ellas a los amigos. El baile las tornea, las endurece. Fíjate en esa línea, cómo nace y cómo muere.

—Nada muere en ti. Donde acaba un perfil, p. 198arranca un haz de curvas. Como al final de un tallo se abre una estrella.

—¿Eres poeta?

—No; debí ser filósofo, pero soy agente de seguros.

—¿De vida?

—Contra incendios. Pero he fracasado. No puedo ser cliente de mí mismo. Yo no puedo asegurarme.

—¡Qué gracioso!

—Me prende cada llama. Me hace arder cada cohete. Las emociones que en otro son momentáneas centellas, en mí encienden largas, interminables hogueras. Soy el peor cliente de mí mismo.

—Funda una sociedad de seguros contra el frío. O contra la cursilería.

—Me crees cursi.

—Corres el peligro de serlo, si sigues esperando lindas tapadas de cuatro a seis de la madrugada. El amor tiene sus horas, como el comercio.

—El amor comercial.

—Ese no es amor. Es algo más serio. Es deleite puro.

p. 199

—Puro deleite.

—Lo mismo da. Quería decirte que el amanecer es bueno para el puro apetito o el apetito puro, como quieras, no para el amor dramático. Porque supongo que tu amor será un amor dramático.

—No mucho. Está hace tiempo en decadencia.

—Te la deseo muy alegre. A estas horas no se piensa ni se maquina. Se desea, sencillamente. El frío del amanecer estimula..., lo sé.

—Sí, ya veo que conoces bien las bromas del instinto.

—Las maravillas del instinto. Yo sé que un poco de frialdad y otro poco de dureza le sientan muy bien.

Ríen jovialmente. Ella se sienta junto a Arturo, le enlaza, coquetona.

—¿Me convidas?

—Bien.

—¿De veras esperas a alguien?

—Sí, pero faltan dos o tres horas... Mi amiga no trasnocha, madruga.

—Eres un modelo de paciencia.

p. 200

—No quiero acostarme. Y me canso de dar vueltas por la ciudad. La noche tiene pocas sorpresas.

—Excepto yo.

—Excepto tú. Porque, además de tus primorosas piernas, tendrás algo que decirme. Cuéntame tu vida.

—No tengo.

—Por lo menos tendrás imaginación para inventarla.

—Ni eso. No opero por fantasías, opero por cálculos.

—Me parece muy bien. Pero comenzarías con algún momento patético, incalculado...

—¡Oh! Es el que más números me costó. Nunca he escrito tantas cifras. El negocio era entonces más serio.

—Me das frío.

—Sí, estoy asegurada de incendios. Haría buena cliente tuya. ¿Firmamos el contrato?

—Espero a esa amiga... no profesional del cálculo, aunque muy poco asegurada.

—¿La conozco?

—No sé. Todo es posible.

p. 201

—Lo que yo decía. Plan romántico.

—No es plan, es un problema. Bebe.

Ella subraya con el mosconeo de una zarzuelilla el mutismo de Arturo. Riendo estúpidamente, irrumpen en la terraza dos parejas. Dos últimos «juerguistas» se complacen en hacer retroceder todo lo posible los minutos postreros de su minuta de deleites, mientras las infelices alquiladas bostezan sin ningún escrúpulo.

Las tres. Arturo mira el reloj, sorprendido.

—Te has engullido una hora en cinco minutos. Sígueme hablando. Cuéntame el éxito de tu primer... cálculo. De tu caída.

—Yo no caí. No he caído nunca. Eso son cosas de los tangos.

—De los tangos, es cierto. Pero, no creas, hay una larga tradición. Eso se ha llegado a complicar con la prehistoria.

—No me importa. En mí todo ha sido, sencillamente, una cadena de contratos.

—Que apenas puede ser una cadena de conflictos.

—Lo fue a veces para algún amigo. Creo que también he provocado amores eternos. No soy p. 202responsable de que algún mozo no sea tu cliente. Debéis activar la propaganda. La juventud es inexperta.

Guiña picarescamente los ojos. El rojo de sus labios se mantiene impecable. Hay en sus dientes una fragante juventud, y en sus manos una sabia destreza para recorrer los nervios de Arturo.

—¿Cuánto hace que trabajas?

—Siempre. Desde niña. Con mucha suerte y malos y buenos empresarios. Ahora hay que bregar un poco. Hay mucha competencia, no de gente que siente la profesión, eso no... De gente que la lamenta. Y hay muchas aficionadas. ¿No bebes?

—Bebe tú.

—Podríamos seguir charlando ahí dentro. Me molestan esos estúpidos y la noche refresca mucho.

—Bien.

En el reservado, las manos de ella se posan de nuevo en la frente de Arturo.

—Estás triste.

—Sí. Un poco.

p. 203

—Voy a alegrarte.

—Prueba. No me opongo.

—Cuando acuda tu dramática amiga, la podrás recibir sin fiebre. Yo te devuelvo la serenidad. Tengo primores en esa clase de reconstituyentes.

—Los supongo.

—¿Crees conocer todos los matices? Conmigo hay sorpresas.

—¡Vanidosa!

—Recorrí Europa. Me llevaba un hombre de ciencia que tenía que asistir a unos congresos de Histología, o no sé qué... Durante las sesiones, yo recorría las calles, las plazas, husmeaba, sonsacaba, cazaba maravillas exóticas. Al regreso de Berlín, mi sabio me dejó por una mecanógrafa. Porque, según él, yo solo era una preciosa bestia inútil, excesivamente alegre para un especialista en enfermedades del corazón.

—Podía haber estudiado el tuyo.

—No tengo.

Las cuatro. Las cuatro y media. Ella se ha dormido en los brazos de Arturo. Comienza a marchitarse el cereza de sus labios. El amanecer p. 204va diluyendo su helada ceniza sobre el grupo, también marchito.

—Vete, pequeña. Va a comenzar la representación. Gracias por este delicioso entreacto. Toma.

—Gracias. Pero no le llames entreacto. Quizá vale por el espectáculo entero. En todo caso ha sido un puente entre tu tedio y el amor friolento que va a venir. No le llames entreacto. Es uno de los momentos más graves de tu vida, porque en él has llegado a ser tu propio cliente. Yo, deleite puro, amor que se adquiere como una corbata, te aseguro hoy de muchos formidables incendios. Quedas inmunizado. Ahí te dejo, ya solo con la razón. Verás qué bien te sale la escena. Podrás acomodarla al gusto clásico, hacerla perfecta, de orden frío. Porque el instinto no te dictará ninguna voluta barroca. Estás por encima del deseo. Eres dueño de ti, estás plenamente asegurado.

—Vete.

—Salud. ¿Lo oyes? ¡Plenamente asegurado!

Sale riendo, un poco soñolienta, sin brillo en p. 205los ojos, arriada toda su belleza. Se sume en un coche, desaparece.

***

El día —de agonía artificialmente prolongada— muere definitivamente. Su último aliento ya nadie lo advierte ante la llegada del día niño que llega frenético, intactas sus fuerzas, tenso y vibrante como un dardo.

El primer coche que anuncia el día vuelca en Villa Juanita una muchacha azorada, casi una adolescente, en brazos de su maduro iniciador. Rápidamente se sumergen en un reservado... Acaso la mañana comienza inaugurando una mujer.

Arturo, de espaldas a la luz, avizora la carretera. Las figuras se desprenden de los coches al modo impresionista, arrastrando aún los residuos de la noche. Han acabado las complicadas toaletas, inventadas para la cruda luz, y se suceden las elaboradas para escamotearlas, para mejor escabullirse en las sombras.

El día —recién venido— va arrojando de su p. 206cuna los últimos profanadores del día muerto, y destaca una guerrilla de pudores domésticos, una avanzada de sentimentalidad, todo muy mal avenido, aún mal fundido en una clara y cínica intención. Porque en muchas de las escenas de esta hora estratégica —como todas las de transición— suelen intervenir dos vidas, almas a dos vertientes. Al cinismo de las actrices profesionales que ya abandonaron el campo de batalla, dejando tras ellas un puñado de copas rotas y unas espléndidas facturas, sucede el recato de estas otras, mediocres actrices de incógnito, cuya voz apenas se oye; cuyo rostro apenas se adivina; cuyo paso es vacilante, mudo; cuya efervescencia se concentra en solo el pecho —volcánico, desbordado—, por cuyas desgarraduras se ve asomar tímidamente una vida monótona, sumisa, que se resiste a ser zarandeada, violada, bruscamente rota por estos números excepcionales que provoca su presencia en Villa Juanita.

La mañana, con sus riendas de hielo, va frenando su espumoso lirismo. Arturo siente frío; le acomete el ansia de arrebujarse en su lecho de todos los olvidos, de sumirse en el día nuevo, bien p. 207bañado de adherencias enfermizas, restañando de tizne anecdótica, podado el último retoño pasional hacia Matilde; le acomete la tentación de arrojar el Áncora al río y renunciar el goce de una inútil escena dramática, de la cual va se siente espectador, más que actor. Pero un taxi que llega en aquel momento va a torcer todos estos propósitos de inhibición. Porque del taxi, cauta, desfigurada por un velo, se desliza Matilde y, discretamente, como si tuviera ya bien conocido el plan de maniobras galantes, se oculta en un reservado, seguida discretamente por el mozo.

Sola.

Arturo, con las manos en la cara, ha contemplado, al través de la reja de sus dedos, la cautelosa maniobra. Matilde, como en el crepúsculo de la tarde, observa en todos los preliminares el más escrupuloso régimen.

Para salir a escena solo hay ya dispuestos dos personajes. Falta Alfredo, falta Juan Sánchez... En aquel reservado, frente al congelado amanecer, podría ahora llegarse al decoroso fin de este relato; pero el alba es una gran disociadora, el momento menos propicio del día para ejecutar —cálido, p. 208frenético— un razonable epílogo, un buen último acto de drama.

Todo lo más característico del hombre está en él dormido; apenas queda de Arturo un poco de carne desmoronada que tiende a apagarse, a borrarse entre materias blandas —pluma, lana, algodón— y esperar allí una resurrección de energías.

Alfredo no acaba de llegar. El sol ha invadido los aleros, corretea por los montes, siempre juvenil, retozando entre dos nubes. Arturo recibe el sol como un leve estimulante, le tiende los pies para que se los dore; le ofrece la cabeza desnuda, todo su cuerpo y su espíritu para que se los caliente.

Se levanta y, con esta inyección luminosa, se siente más acometedor; piensa —rápidamente— poner fin por sí mismo a la escena, sin aguardar más actores. Aprovecha la coyuntura de volverse de espaldas el centinela del proscenio, y llama con los nudillos.

—Pasa, pasa, Alfredo.

No se produce ni siquiera el «¡Ah, eres tú!» de todo melodrama acreditado. Matilde, que está sentada junto al balconcillo, recibe con una mirada p. 209de asombro al inesperado visitante. Arturo se adelanta hacia ella y, tendiéndole el Áncora, dice sencillamente:

—Te olvidaste aquí el libro hace unos días, y vengo a devolvértelo.

Todo es pregunta en los ojos de Matilde; angustiosa pregunta.

—No creas por esto que pretendí ser tu detective, no. Ha sido un caprichoso azar... Al parecer, no todos los camareros conocen bien a sus clientes. Alguien hubo aquí poco discreto, y el librito corrió una pequeña aventura: fue a parar al mismo punto donde nos conocimos. Sin duda, con el fin de separarnos.

—Perdóname, Arturo.

—Un pintoresco lance que yo quizá no he comprendido bien. He alargado un poco la anécdota. Debí devolvértelo en silencio, sin frases... Pero no fue así. A mi vez te ruego que me perdones, y me permitas salir.

—No.

—Mi hora —si aún quedan de esas horas— es otra. Te aguardo al otro crepúsculo, más cálido, pero más fatigado que el de estos instantes. p. 210Yo lamento que en este amor a dos vertientes me haya tocado a mí la hora de la tarde. Quizá en ella no hiciste sino recapitular, resumir un poco la anterior.

—¡Arturo!

—No es un reproche. Ni una ironía. Es un producto de mi modesta experiencia. Un día me cambiaste el nombre. Me llamaste Alfredo, y yo advertí desde entonces que tu amor se duplicaba con cierta falta de justicia. Al menos, hay que otorgar a cada uno su propio nombre, no convertirlo en un ente específico, es decir, en un Nadie.

Matilde no responde, oculta la cara entre las manos. Un momento alza los ojos y Arturo le sorprende una lágrima. Se acerca a ella, la acaricia.

—Perdón, Matilde. Estuve insufrible y más injusto que tú. He sentido un momento esa ridícula idea de dominio que suele sentir un marido cualquiera que ve codiciada a su mujer. Te dejo.

—No te vayas. Alfredo no viene. No viene hace tres días. Estoy desesperada.

—¿Tanto le quieres?

—No, no es eso... Es que... Óyeme como a una p. 211hermana. Yo sé que están tramando no sé qué... Una operación ruidosa. Un golpe de mano...

—¿Quiénes?

—Juan y él... No sé qué... En el Banco Agrícola. Andan entre cuchicheos, entre misterios. Ya conoces a Juan.

—Sí.

—Está loco. Siempre lo estuvo. Se ha pasado la vida inventando modos de llamar la atención.

—Modos de sentirse ser.

—Y no acertó nunca. Ahora se metió en negocios. Perdió mucho dinero. Estamos casi arruinados, Arturo. Yo salvé alguna cosa, a espaldas suyas. ¡Está loco! Quería hablar de esto con Alfredo, que conoce nuestros asuntos; pero a Alfredo no puedo verlo solo; no abandona ya a mi pobre loco. ¿No podríamos salvarlo?

—Por lo pronto, vámonos de aquí.

—Como quieras. Llévame.

—Salvarlo es inútil. Volverá a su locura.

Salen. Villa Juanita queda vacía de sus últimos clientes. El coche va recorriendo paisajes ya recién reconstruidos por el sol. A lo largo de los campos se arrastran perezosamente las yuntas.

p. 212

Matilde, friolenta, estremecida, se acurruca entre los brazos de Arturo. El coche los deja a la puerta de un templo. Matilde baja precipitadamente y se sume en el vestíbulo, entre plañidos de dos mendigas.

Arturo, quebrantado, soñoliento, hunde un poco más tarde su cuerpo desnudo entre oleadas de blancura que le anegan definitivamente, náufrago de un día turbulento, inconcluso.


p. 213

10
El robo

p. 215Arturo se siente fuertemente sujeto por un brazo. Es Juan Sánchez, tembloroso, desencajado.

—¡Por fin!

—Por fin, ¿qué?

—Hoy se hablará de mí en toda la ciudad. Mañana, en toda España.

Arturo teme por la razón del amigo firmado y rubricado. Abre los ojos, preguntando:

—Diga.

A borbotones se le derrama la confesión. Juan Sánchez habla de una estafa magnífica al Banco Agrícola. ¡Una estafa genial! Miles y miles de pesetas. Familias en la miseria. Muchos empleados comprometidos... Arturo comienza a no creer sino en el definitivo fracaso mental de Juan Sánchez.

—Y aquí me ve usted, encaramado sobre mi propia obra. Subido a la catástrofe, poniéndome por pedestal mi propia deshonra. ¡Todo, todo, antes que pasar borrado por el mundo!

Arrostrará los insultos, las blasfemias, los gemidos de las víctimas. Será el «blanco de las p. 216iras» de Augusta, acosado por la Prensa, zarandeado vivamente por la popularidad.

—¿Qué ha hecho usted?

—Lo he sacrificado todo: posición social, amigos, hogar. Pero mi triunfo será definitivo.

—¡Huya usted!

—No.

—Hágalo por Matilde.

—No. Espéreme aquí. Van a detenerme de un momento a otro. Mire la gente. Ha corrido ya el rumor. Se miran sorprendidos, preocupados. ¡Es mi obra! Espié los alrededores del Banco Agrícola. ¡Un delicioso espectáculo! Gentes apresuradas que preguntan llenas de zozobra, que recorren los pasillos, las ventanillas. Sollozos de viudas, rugidos de cuentacorrentistas... Verá usted: todo irá concentrándose en derredor mío. Seré llevado en triunfo a la cárcel. Un triunfo al revés, pero con igual número de espectadores.

—Vámonos de esta plaza. Subiremos a Bella Vista. Desde allí esperaremos los sucesos.

—No. Váyase usted, Arturo. Prevenga a Matilde. Yo escribiré desde la cárcel.

p. 217

—Es inútil. No le abandono. Venga conmigo.

Juan Sánchez se resiste a abandonar el punto estratégico desde donde quiere ver surgir la multitud. Se sientan en una terraza de bar.

—Aquí esperaré la policía.

De pronto, un grito :

—¡La Crónica!

—¡Ahí está!

—¡La Crónica, con la estafa al Banco Agrícola!

La multitud se arroja sobre el primer rapaz que llega con un fajo de periódicos.

—¡La Crónica, con el retrato del criminal!

—¡Mi retrato! ¡Ahí está mi retrato!

Hiende Juan la muchedumbre y arranca un periódico de manos del rapaz. Arturo adquiere, precipitadamente, otro. Lo abre nervioso, torpe. Lo desgarra.

—¡Ah!

Allí está el retrato de Alfredo.

—¡Esto es un robo inicuo! —aúlla Juan Sánchez.

El detenido es Alfredo. Es él, el famoso autor p. 218de la estafa. Juan Sánchez está a punto de caer desvanecido.

—¡Esto es un robo! —sigue gritando.

La multitud le rodea, compativa. Un caballero apunta al oído de otro:

—¡Ahí tiene usted una de las víctimas! Se ve que es un hombre de bien. ¿Por qué se habrá fiado así de esas gentes?

—Sí, el pobre tiene cara de haber sido engañado.

—¡Esto es un error! ¡Esto es un robo!

—El pobrecillo tiene para volverse loco. Los ahorros de toda su vida se los come ahora cualquier truhan.

—¡Ladrón! ¡Ladrón! —sigue gritando, convulso, Juan Sánchez.

Acude la policía. Dos guardias le atienden, solícitos:

—¡Cálmese, cálmese! No es usted solo. La indignación es justa, justísima... Pero debemos evitar este escándalo.

—¿Quién es? —pregunta un transeúnte.

—Nadie. Uno de los estafados.

Juan Sánchez estruja violentamente el periódico. p. 219Las gentes van pasando. Le miran un momento, compasivas, y se alejan. Los guardias intentan llevarlo a una Casa de Socorro, a una farmacia.

—Yo le asistiré —interviene Arturo—. Muchas gracias. Le llevo a su casa.

—¡Un error! ¡Un robo! ¡Este canalla solo es un cómplice vulgar! La idea, los planos, todo, todo, todo es mío. ¡Todo! ¡Él ha sido un obrero! ¡Ladrón! ¡Me han robado!

—-¡Pobre!

—Está loco.

—Habrá perdido mucho.

—Tiene cara de haber sido engañado.

—¿Quién es?

—Nadie. Un estafado.

—¡Le mataré!

—Calle, calle —dice Arturo, arrastrando a Juan Sánchez—. Venga conmigo.

—Me han robado mi personalidad.

—Pues preséntese a la Policía a que se la restituyan.

—No me creerán. Me tienen por muy honrado, por incapaz. Son estúpidos. Tendría que probarlo p. 220de tal modo que demostraría, según ellos, todo lo contrario. Me tendrían por loco. ¡Qué estafa!

—Déjelo ya. Ellos lo averiguarán en el sumario. Aún puede usted disfrutar de alguna cosa. También hay cómplices geniales. Usted será el cómplice genial.

—La última ocasión... ¿La última?

—¿Qué?

Juan Sánchez se queda pensativo. De súbito, una luz cárdena en los ojos.

—-No. ¡No es la última! —añade con voz ronca—. ¡Me queda otra! ¡Otra!

—¿Cuál? Me asusta.

—¡Desaparecer bruscamente del mundo!

—¡Bah!

Arturo le deja hablar, con la esperanza de verlo tranquilizarse. Juan Sánchez le arrastra a un café. Pide papel de cartas. Comienza a escribir.

—Una para el juez. Otra para Matilde.

—Bien, bien. Escriba todo lo que quiera.

Por la mesas del café, los clientes se van repitiendo las información de la gran estafa. Se oyen risas de los no perjudicados. Blasfemias de los demás y vivaces comentarios de todos. Anochece. p. 221El retrato de Alfredo será contemplado en todas las sobremesas por millares de ojos indignados o curiosos. De pronto, toda la ciudad gira en torno de una fisonomía vulgar, subrayada por un frío cinismo.

—Se ve que es un truhan.

—Pero con talento.

—Claro, para dar esos golpes...

Una muchacha contempla el retrato embelesada. Fragua un amor imposible. Una huida, un rapto recíproco.

Una madre lo muestra a sus hijos.

—Ahí lo tenéis. En la cárcel. ¡Por criminal!

Va creciendo precipitadamente la popularidad de Alfredo. Los mismos guardias de la Comisaría le contemplan con una mezcla de respeto y asombro.

***

Juan Sánchez termina sus dos cartas. Una larguísima, para Matilde. Otra breve, para el juez. Sale del café, seguido de Arturo, y se dirige a un buzón.

p. 222

—¡No! Traiga esas cartas.

Es imposible evitarlo. Las cartas se deslizaron ya por la garganta del monstruo de piedra.

—No importa; yo iré a rectificar inmediatamente. Con usted.

—Yo me voy a aprovechar mi última ocasión. ¡Adiós, Arturo!

—No le dejo.

Arturo piensa ya en reclamar el auxilio de un guardia, pero se detiene al ver algo más reposado a Juan Sánchez, que toma el camino del arrabal.

—Vamos un rato al pretil.

—Preferiría ir un rato a casa —responde Arturo.

—Bien, luego.

En el pretil, Juan Sánchez adopta un tono solemne y dice:

—Adiós, Arturo. Vele por Matilde. Sé que no le es indiferente. Ahí le queda, con todos sus amigos. Distribúyansela equitativamente, puesto que ella aspira a un perfecto equilibrio de valores humanos. Busca a cierto hombre integral, que yo no pude llegar a ser. Como no lo halló, va buscando las características de su hombre-tipo p. 223entre una porción de ciudadanos. Del hombre que anhela poseer, tiene usted una porción muy aceptable. En usted ama el cerebro. No le importe el que luego complete su tipo ideal con órganos tomados de otros cuerpos. Matilde es resignada, y comprende que poseer una síntesis humana es aspirar a demasiado. Resígnese también usted, Arturo. Yo no pude serlo, y, por eso, me suicido. ¡Vele usted por Matilde! ¡Velen ustedes por Matilde!

—¡Ea! ¡Basta de bromas!

—Mi vida no puede continuar. Mañana iría a una cárcel... Lo corriente. Este momento supremo que me acaba de robar Alfredo, nunca podrá ya reproducirse. Siempre seré el comparsa, el cómplice. ¡No!

—Huya. Sale un tren dentro de quince minutos. Ahí tiene usted la estación... Invéntese usted un tipo de gran criminal fugitivo. Fórjese usted un antifaz de ente original, ya que no supo destacar su originalidad verdadera. Paséela usted por lugares apartados, donde nadie vaya a arañar la costra de farsa que a usted le encubra. Ahí tiene la estación. Aún es tiempo. ¡Huya! ¡Sea p. 224usted un falso personaje, puesto que de nada le sirve el verdadero!

—¿Y mi firma, y mi rúbrica?

—Eso no es nada. Solo la verán las mujeres. Diga que se trata del nombre del mejor amigo. La firma y la rúbrica no son nada. Nuestra firma y rúbrica la vamos dejando nosotros en el pecho de los demás, en la medida en que influimos en su vida. Nuestra personalidad está repartida entre todos los pechos que nos aman o nos odian. Nada llevamos con nosotros; son los demás quienes fabricaron y guardan nuestra personalidad. En el punto en que los amores o los odios de todos coincidan; en el punto en que el pensamiento de todos acerca de nosotros coincida, en ese punto de cruce está nuestro verdadero ser, nuestra verdadera personalidad. Nosotros solo hacemos ir desmintiéndola por todas partes, con nuestras vacilaciones, con nuestras fragilidades, con nuestro incauto exceso de ambición. ¡Váyase al extranjero, Juan Sánchez, y repártase allí entre muchos hombres inteligentes que son los únicos que pueden forjar una personalidad! ¡Constrúyase un antifaz discreto! ¡Adiós!

p. 225

—Quizá... Claro...

—Se le ofrecerán nuevas posibilidades. No renuncie a ser plenamente lo que aún puede ser. ¡Huya!

Arturo extiende trágicamente la mano, contagiado por este momento de solemne folletín. Abajo, el Ebro subraya con su magistral zumbido el canto llano de la escena. Juan Sánchez va y viene a lo largo del pretil.

—No pierda tiempo.

El Ebro invita a prolongar la gran disquisición. A veces hay en el agua irónicos siseos. Juan Sánchez mira hacia el fondo, se inclina... Se le cae al agua el sombrero, y Juan Sánchez intenta lanzarse tras él.

—¡No, no! ¡La huida!

Arturo repite su patético ademán.

Juan Sánchez se arranca de la barandilla y, al fin, decide seguir viviendo. Echa a andar hacia la estación del ferrocarril.

A los pocos pasos, se detiene, se vuelve a Arturo, en medio de la avenida. Van a despedirse definitivamente.

Los dos están conmovidos. En el instante hay p. 226un hueco para un latiguillo escénico. Juan Sánchez se dispone a llenar el hueco.

—¡Adiós, amigo mío!

—¡Adiós!

—Vele usted por Ma...

Un camión que surge de improviso de un recodo, que brota precipitadamente de las sombras —abrumador, fatal— rebana el solemne latiguillo. En un segundo, con un frío, con un desdeñoso ademán, elimina de la tierra la firma y rúbrica y problema de Juan Sánchez.

Como una goma de borrar.


p. 227

Epílogo

p. 229El hombre de galones de plata se infla hasta convertirse en un globo que todos los clientes del Banco Agrícola se apresuran a desinflar, apretándolo, apretándolo hasta reducirlo a las estrictas dimensiones de un conserje. Siguen girando, sumergidos en los cangilones de la puerta, campesinos azorados. Uno de ellos se dispara contra el hombre del pisapapeles, preguntándole angustiado:

—¿Suspenden pagos? ¡Hablan de un robo, de suspensión de pagos! ¡De suspensión de pagos!

El hombre desinflado resopla, muge, estruja al campesino, enfila hacia su cara las puntas aceradas del bigote, le arrastra hacia una ventanilla, le hunde la cabeza en un golfo de guarismos que le sofocan, le dejan sin aliento, le asesinan. Insinúa, intenta rogar, tímidamente, que le dejen ver su dinero, que se lo dejen acariciar un minuto para cerciorarse de que continúa allí, a salvo de estafas; la súplica se le enrolla en la garganta, se anuda a su lengua, le hace enmudecer, arrancar de allí la cabeza despavorida, huir, siempre p. 230seguido de cerca por la puntas aceradas del bigote, penetrar de nuevo en el cangilón, volver a aparecer ante el globo estrujado, desaparecer al fin, escamoteado por los diedros de cristal.

Junio, al terminar sus días, va restando opacidad a los trajes femeninos y añadiendo jugosidad a la piel, que descubre por etapas discretas. Desnuda brazos, entorna —coquetón— escotes. Hoy es el primer día en que podemos ya contar el número de sostenes que hacen posible en la mujer una prudente estabilización de las más aventuradas transparencias; en que podemos, color a color, seguir la ruta fugaz de un desnudo. La piel va perdiendo sus misterios y el equipo va ganando agilidad. Algunos abanicos imprimen al aire velocidades frenéticas, empujándolo hacia cada ventanilla donde remece esos largos papeles —cheques, letras, facturas— por donde pasan en filas cerradas los números, en su marcha interminable hacia los grandes libros, estaciones de reposo. El empleado huraño contiene bruscamente un cheque que se lanzó a bailar, azuzado por el viento, lo aplasta con un lingote de hierro, sigue contando monedas.

p. 231

El verano es buen cliente de la casa. Para recibirlo han bruñido los bronces y cambiado el papel verde de todos los secafirmas. Han abierto unas hojas del techo de cristales, y ya desde la rotonda es posible mirar directamente las nubes. Han destruido la armonía clásica de la techumbre por dar paso a la aventura. Solo a trechos se descompone ya la luz. Aquella luz de ámbar que se filtraba por las gavillas de Ceres ha dejado pasar un chorro discreto de luz impura, es decir, blanca. Quedan esos menudos grifos de luz simplificada que van ganando en sencillez cuanto pierden en claridad, hasta llegar al violeta, luz penosa e inservible para el uso común, de tan pura.

Arturo se reserva un hilo naranja que se le anuda a la corbata y le cosquillea la nariz; vuelve a leer su número en el papelito rojo y se dispone a llenar los minutos de su espera con un tropel de imágenes advenedizas que está oyendo cuchichear impacientes, nerviosas, al otro lado del muro: valquirias febriles que sueñan con galopar a su capricho por la memoria de Arturo. Acuden de cerca y de lejos, de la infancia y de la p. 232juventud, de las tardes en que el amor se despereza, de las noches en que el amor se agota, se desmorona, se queda convertido en un aburrido gesto. Hembras ubicuas, jánicas; rostros que se barajan, que se ceden los rasgos, el color de la boca, la falsedad de sus perlas y de sus risas, los modos nuevos de fascinar. Rebeca, el moribundo amor que cambia de nombre al renovar sus encantos; Matilde, el doliente fantasma —un poco de crespón negro sobre una carne apretada, de inquietud hoy sin brújula—, irrumpe como siempre en el tropel, arrollándolo todo con su cínica desenvoltura. Regresa a sus paisajes del sur, a recomenzar su vida entre rejas prendidas de claveles, en el patio oloroso a menta donde se reveló al hombre firmado y rubricado, una tarde en que recorrían juntos cierto muestrario de sedas —Hijos de Jaime González y Compañía—. Corre ahora el expreso por tierras planas, sin un frunce, en que algún árbol se suicida, torturado por su inútil soledad, o se refugia en una interminable huida, cuando no tiene la fortuna de tropezar, a orillas de un arroyo, con algún meditabundo camarada. Matilde se asoma al paisaje p. 233esquemático, que ella va poblando de espectros, destocada la frente, donde su historia podría ser escrita en cuatro renglones, sencillamente: infancia juguetona, adolescencia febril, juventud esperanzada, madurez prematura a fuerza de tedios junto al hombre del muestrario. Y un deseo frenético de poseer el hombre definitivo, inencontrable. Alguien penetra en el vagón, y ella vuelve a su butaca y a su libro, sin levantar los ojos, sin saber que frente a ella está Arturo, en el mismo diván del Banco Agrícola, que le mira en silencio a los ojos, húmedos ojos por donde estos días cruzó una borrasca de llanto. Quizá no lo conozca ya, como si sobre ese rostro hallado al azar entre unos volúmenes sin fortuna hubiese ido cayendo el polvillo de dos centurias. Aunque se viesen, nada tendrían que decirse. Entre ellos no ha pasado nada. Ni un rival, ni un problema, ni una mujer, ni un hombre. Un día hallaron en sí mismos un hueco que acertaron a llenar de alegres vibraciones, de sonoros besos, de dulces contactos. La vida de cada uno se metió efímeramente en la del otro. p. 234El azar dejó caer entre ellos un imán, y ellos giraban en torno a él, hasta que el imán se convirtió en un lingote más de hierro, sin polarización alguna. El empleado huraño lo coloca sobre los cheques que amenazan siempre con alzar el vuelo. Saca de la maleta un libro y se dispone también a leer, sin preocuparse de Arturo ni de Rebeca. Ha entrado no se sabe por dónde. Lleva una boina y un traje oscuro. Su boca no habrá sonreído nunca, porque alrededor de esos labios nadie podría ver ni el surco más tenue de una arruga. Y el libro será algún horrendo folletín donde los nudos sentimentales solo pueden romperse a trabucazos. Otra vez vuelve a asomarse Rebeca a contemplar la huida del único árbol del paisaje, mientras Arturo prefiere salir al pasillo a contemplar el paisaje opuesto, donde se extiende en filas bien ordenadas un ejército de muchachas al mando del conde de Monte Azul, que señala con un puntero las piernas de la quinta, a partir de la izquierda del actor. Las muchachas mueven sus piernas a compás; avanzan rítmicamente, acribilladas por dardos invisibles que van dejando en ellas huecos. La p. 235quinta de la izquierda desaparece en un torbellino de carcajadas, y en su lugar, enlazado a las muchachas, aparece el hombre firmado y rubricado, hundiendo sus ojos tristísimos en el público que se asoma a lo largo del pasillo del vagón. Pero de pronto una raquítica alameda se engulle una a una las señoritas del coro y se precipita a lo largo a lavarse los pies en una acequia. El revisor le da a Arturo con el codo.

—¿Me hace el favor?

Van a llamarle a Caja. Le piden su número, pero Arturo rechaza otra vez al revisor. Ha perdido el billete. Lo busca por los bolsillos. Como el empleado insiste, Arturo le ofrece un cigarrillo, diciendo familiarmente:

—He perdido el kilométrico.

—Claro, claro —contesta el revisor—. Este Banco siempre a paso de buey.

Arturo se arrepiente de haber abandonado a la viajera, sola en el departamento, y se apresura a volver a su butaca, frente al hombre del folletín, que en el momento de asomar Arturo se arroja sobre Rebeca, la oprime entre sus brazos de jayán, la besa golosamente. Es robusto, es agreste, p. 236es Alfredo, Alfredo, que ha huido de la cárcel; habrán tramado juntos la fuga, y ahora miran a Arturo estúpidamente, sin conocerlo. El revisor vuelve a pedirle el billete. Rebeca, Alfredo y el hombre de los galones de plata le dicen a coro:

—Venga a la ventanilla. Le ha llegado el turno.

Arturo mira por la ventanilla, completamente solo, dentro de una cabina gris que se detiene frente a una estación donde tres mujerucas abrazan a Rebeca, y un mozuelo se la bebe con los ojos embobados. La zarandean, la quebrantan, le sorben el color a besos. Su crespón negro se lo lleva el aire y lo deja colgado en una rama de chopo. Su combinación, sus zapatos, sus medias, su pulsera, todo se lo reparten las mujerucas, el mozuelo. La dejan desnuda, trémula, en medio del andén.

—¡Desnuda vuelves a los brazos de tu madre! ¡Pobre hija mía! —dice la más anciana—. ¡Desnuda, pero con toda la honra del mundo!

Y vuelven a abrazar todos a Rebeca, y siguen repartiéndose el equipaje.

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—¡Desnuda salí también de aquí, madre! No debemos quejamos.

Y entre plañidos la van empujando hacia el rebaño de casas agrupadas alrededor de una torre. Arturo quiere apuntar la escena en un papel y saca uno del bolsillo, un papel ya escrito, la carta de Rebeca:

«...me muero de fastidio; llévame, porque me muero. Estoy desesperada entre estos majagranzas que me acosan, me manchan con sus ojos, con sus piropos soeces. Cuando llegué me recibieron como a un despojo. ¡Como apenas me quedó dinero...! Sobre lo poco que traje se arrojaron como buitres, los míos...». Se van alejando. La desnudez de Rebeca apenas es ya una manchita blanca entre los burdos trajes negros de las mujerucas. El mozuelo sigue engulléndosela con los ojos. El tren comienza a trepidar. Un túnel se lo traga todo: Rebeca desnuda, las mujerucas, el mozuelo, las casas en racimo. Arturo se hunde en un lago de tinta, bracea desesperadamente, mientras el empleado huraño golpea su mesa con el pisapapeles.

—¡El número 142! ¿Quién tiene el 142?

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—¿Quién tiene el 142? —repite broncamente el hombre desinflado, dirigiéndose hacia los cuatro puntos cardinales.

Arturo mira asombrado su billete de ferrocarril. ¡El 142! Va saliendo del túnel. Se acerca a la ventanilla bajo las miradas furibundas del revisor. En el camino aún le detiene el espectáculo de un viajero que intenta en vano explicar su personalidad.

—Esta no es la misma firma.

—Es la misma, de hace cinco años.

—Dos testigos. Traiga dos testigos.

—¡Soy yo mismo!

—¡Otra firma que responda!

Por fin Arturo se arranca del conflicto y se dirige al huraño cajero del pisapapeles que le recibe encolerizado.

—Pero ¿no oía usted que le llamaban? ¿En qué estaba pensado?

—En nada.


p. 239

ESTE LIBRO
SE ACABÓ
DE IMPRIMIR
EN LA
IMPRENTA ARGIS
EL 25
DE OCTUBRE
DE 1929


Índice

Presentación de Ortega y Gasset 7
Prólogo 9
1.   El Banco Agrícola 15
2.   Campo magnético 29
3.   Amor disperso 49
4.   Punto muerto y evasión 63
5.   Noche de placer 81
6.   Viraje 101
7.   Auto, bodegon y celos 133
8.   Las dos muchedumbres 155
9.   Anécdota 185
10.   El robo 213
Epílogo 227


*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 78630 ***